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sábado, 30 de abril de 2016

Conquista del desierto: La vida en la frontera

La vida de frontera



Regimiento 2 de Caballería


Ustedes que creen que el militar en la frontera pasa una vida napolitana, tendido panza abajo o panza arriba, rascándose la punta de la nariz, no tendrían, para desengañarse, más que asomar la nariz por la frontera en una de esas madrugadas afeitadoras.  Allí verían que el soldado como el oficial son dignos de todo cariño y respeto, y apreciarían la diferencia que hay en dejar la buena cama abrigada y limpia a las nueve de la mañana y salir entre los pobres ponchos al primer vislumbre del día sobre una escarcha tremenda y bajo un rocío glacial.

Allí no hay placeres, no hay dulzuras, no hay nada que pueda halagar el corazón o el espíritu.  Se vive lejos de toda caricia, como un parásito, sin más mañana que la lanza de un indio, ni más ayer que el hambre pasado o continuado.

El perro mismo del campamento es más feliz que el hombre; él duerme siquiera tranquilo cuando el cuerpo necesita reposo, y no hay quien le arranque el bocado de la boca para enviarlo al combate.  Sin enemigo al frente, parece que su vida fuera lo más desconsolada de este mundo, y sin embargo, vive siempre como si tuviera a su frente el ejército más respetable.  Se levanta a la diana, haga el tiempo que haga, limpia sus armas y sus correajes, hace su ejercicio, pasa sus revistas y hace el servicio más penoso y completo.

La alimentación es poca y mala, la leña escasea, el proveedor especula con los estómagos de la tropa, y el sueldo no lo recibe el soldado, sino el pulpero que le fía con vale del oficial y a veinte veces el precio de cada cosa.

En las noches tremendas de junio y julio, cuando el frío hiela los huesos, el servicio de imaginarias y guardias es necesario hacerlo con relevos de cuarto de hora, muchas veces cada diez minutos.  Estando más tiempo, los centinelas morirían de frío.  Esto sin contar con que el traje de invierno es de brin, porque la comisaría ha demorado el envío del uniforme, o porque este se ha quedado en los lodazales del camino.

Parece que no hubiera nada más penoso ni nada más ingrato que el servicio de fronteras, y sin embargo hay algo más terrible aún.  Y este algo es el servicio de fortines, donde hay momentos en que la vida se hace positivamente inaguantable.  Allí va un oficial con cuatro o más soldados, según la importancia del fortín que ha de guarnecer, y pasa un mes o sus dos meses en aquel verdadero presidio, donde no ve más cara humana que la de sus cuatro soldados.

Aquel ranchito mezquino, con un foso por toda defensa y un cañón de señales por todo aparato, es la cárcel de aquel quinteto de seres humanos, condenados por tiempo fijo a pasar una vida completamente animal y peligrosa.  Como los cuerpos de línea son remontados con pampas y vagos, cuando no con criminales, el oficial no tiene confianza en sus cuatro o seis soldados, porque teme que lo asesinen para desertar, y no se atreve a dormir sino a intervalos irregulares y llenos de sobresaltos.  ¡Cuántos desventurados como el ayudante Petit del 3 de Caballería no han sido asesinados durante el sueño por la guarnición del fortín!  Y el mismo sargento o cabo que lo acompaña se alterna para dormir, porque tampoco tiene confianza en su tropa y él sería responsable de la vida de su oficial.

La ración no la recibe durante su estada en el fortín, porque no se la mandan, en razón del mal estado de los caminos o de que no ha habido reses.  Y el oficial se ve en la alternativa durísima de morir de hambre con sus soldados o enviar a éstos para que marchen a bolear algo en el campo, a riesgo de que deserten y lo dejen con la responsabilidad más dura.

Y tiene que velar día y noche por la seguridad de su fortín y sus alrededores, enviando las descubiertas necesarias, porque una sorpresa o un golpe de mano de los indios importaría para él no sólo la pérdida de la vida, sino de su honor y su reputación.  Y hace personalmente el servicio más penoso para estar bien a cubierto de todo peligro.

Las marchas se hacen en la frontera a cuerpo gentil y bajo la inclemencia del tiempo, sea cual fuere.  El soldado de Caballería no conoce lo que es el sibaritismo de una carpa, ni ha experimentado nunca el placer infinito de pasar bajo techo un aguacero.  El sol del día siguiente secará la ropa sobre su cuerpo y estamos del otro lado, aunque una pulmonía se encargue bien pronto de secar la carne sobre sus huesos.  Para eso están en la brecha, y como ellos dicen pintorescamente, ninguno tiene el cuero para negocio.

Todo su equipaje, tanto el oficial como el soldado, está en el recao donde va montado.  Esa es su cama, que tiende indistintamente sobre la laguna o sobre el pajonal; esa es su mesa, en las caronas pica tabaco, con las mantas improvisa un capote, y el freno acomodado sobre los bastos o el lomillo le sirve de la mejor almohada.  Y duerme así bajo la lluvia más torrencial y cubierto sólo por el poncho patrio, como duerme sobre el caballo durante la marcha y apoyado en el cañón de la carabina cuando queda a pie firme.  La cuestión es disminuir un poco la deuda contraída con el sueño, y todas las posiciones son para él igualmente plácidas.

Hace fuego sobre los cañadones, haciendo nadar un pedazo de palo o sosteniendo cualquier pedazo de piedra y es capaz de hacer un churrasco bajo el mismo diluvio universal.  Si se trata de pelear, sonríe alegremente, porque saldrá por un momento de aquella monotonía espantosa.  Atrás del regimiento o escuadrón que marcha, viene la caballada de refresco, que es rodeada en el acto de avistarse el enemigo.  Allí cada soldado y cada oficial toma un caballo sin averiguar las condiciones, y sin tener derecho de elección ensilla y salta en él en pelos y forma atento a la primera voz de mando.  El caballo puede corcovear o hacer lo que quiera por desembarazarse del jinete.  Pero éste, siempre firme y siempre atento, lo domina, lo guía y lo lleva al combate, porque el caballo no ha sido nunca para nuestro soldado el menor inconveniente.

Recordamos entre mil otros, uno de los episodios más curiosos de la vida de frontera.  El Regimiento 2 de Caballería, a órdenes del coronel Lagos, había hecho una persecución al enemigo al extremo de postrar sus caballos.  Y era una lástima que llevando aquél sus caballos igualmente postrados, no pudiera alcanzársele por esta mis causa.  Al pasar por los toldos de Coliqueo, en la Tapera de Díaz (hoy Los Toldos), el coronel pidió a este cacique le facilitara caballos para que mudase el regimiento.  Coliqueo no tuvo inconveniente, e hizo acercar una caballada magnífica y gorda como pocas veces la había tenido.

Alborozados los milicos con aquellos fletes, desensillaron, dejaron allí sus patrios extenuados y empezaron a ensillar los de los indios.  Estos no se prestaban muy gustosos a la operación; pero ¿qué caballo, por brioso que sea, puede resistirse a un soldado de línea?.  Una vez que con más o menos trabajo hubieron ensillado milicos y oficiales, atribuyendo los bríos a la gordura de los caballos, se tocó a caballo y en seguida marcha y galope.  ¡Nunca se hubiera escuchado semejante toque!

Apurados por el rebenque de los soldados, salieron los mancarrones como una manada de diablos, corcoveando el uno, dándose contra el suelo el otro y queriéndose empacar los demás.  Cada pingo salió por un lado como si llevara una gruesa de cohetes a la cola, sin poder guardar la menor formación.  ¡El indio maldito les había hecho ensillar potros, de los cuales los más mansos eran redomones de rienda!.

No era posible recambiar los caballos, porque hubiera sido perder todo el éxito de la operación, y se mandó seguir adelante.  Y aquel regimiento, domando, y sin que hubiera caído un solo soldado, al otro día alcanzaba al enemigo, llevando caballos hechos de los que la tarde anterior eran potros.

Esto es un ligero bosquejo de la vida militar en la frontera, que recomendamos a los que creen que aquellos milicos son unos rascapanzas.

Fuente
Gutiérrez, Eduardo – Croquis y siluetas militares – Ed. Edivérn – Buenos Aires (2005)

viernes, 29 de abril de 2016

Las reses que evitaron que Jamaica caiga en manos británicas

Cuando las reses evitaron que los ingleses tomaran Jamaica
Javier Sanza  — Historias de la Historia




El 3 de abril de 1502, Cristobal Colón iniciaba su cuarto viaje al continente americano. Después de explorar la costa atlántica de Centroamérica y ya de regresó a la isla de La Española, fueron sorprendidos por una tormenta que les obligó a desviarse a Jamaica. En junio de 1503 Colón desembarcaba en la playa de Santa Gloria. Salvaron la vida, pero los cascos de sus dos carabelas estaban seriamente dañados y era imposible volver a echarse a la mar. El almirante ordenó utilizar los restos de las naves para construir un fortín. Una vez terminado, se enviaron expediciones al interior de la isla para contactar con los nativos y poder conseguir víveres mediante el trueque con las habituales baratijas. Así se mantuvieron durante meses con la esperanza de que algún barco español navegase por la zona y los pudiese rescatar, ya que no tenía las herramientas necesarias para construir una embarcación para salir de allí. Las cosas se pusieron tensas en el fortín cuando los nativos se negaron a proporcionar más alimentos si no ofrecían alguna cosa de más valor… los conocimientos astronómicos de Colón les salvarán. Gracias al libro Almanach Perpetuum (1478), del astrónomo sefardita Abraham Zacuto, el almirante sabía que el 29 de febrero de 1504 habría un eclipse total de luna. Ese mismo día, se reunió con los caciques locales y les amenazó:

Si no nos suministráis más víveres, mi Dios ocultará la luna esta noche.



Supongo que no sería el primer eclipse que verían por aquellos lares, pero que llegase un individuo que pudiese hacerlo a su antojo, aquello acongojaba al más chulo. Los nativos pidieron perdón y volvieron a enviarles suministros sin pedir nada a cambio. Además, consiguieron una canoa de remos con la que Diego Méndez y siete hombres se aventuraron para llegar hasta La Española. En junio de 1504 consiguieron ser rescatados por un barco enviado por Diego Méndez. En 1508, Diego Colón, hijo del almirante y ya como gobernador de La Española, ordenó colonizar Jamaica. Al año siguiente se fundaba el primer asentamiento en el mismo lugar donde su padre había construido el fortín. Lo llamaron Sevilla la Nueva. A pesar de los esfuerzos por consolidar la nueva fundación, los manglares que lo rodeaban y la zona pantanosa cercana obligaron a abandonarlo e intentarlo más al sur. Allí establecieron la Villa de la Vega (para los ingleses Spanish Town), que sería la capital de Jamaica hasta el siglo XIX.

Inicialmente la convivencia con los nativos fue pacífica —supongo que todavía guardarían el recuerdo de la magia de Colón—, pero cuando comenzaron los desmanes de los españoles, los problemas con los nativos se convirtieron en algo habitual. Todo ello agravado con las constantes visitas, que no de cortesía, de los franceses, holandeses y, sobre todo, de los ingleses. Los corsarios ingleses, al servicio de su bolsillo y al de su graciosa majestad, la reina Isabel I de Inglaterra, asaltaban cualquier barco o asentamiento con bandera española… y Spanish Town recibió varias visitas de este tipo. Aunque el corsario más famoso de la época fue Francis Drake —llegó a ser nombrado vicealmirante de la Marina real británica—, tuvo un aprendiz que aventajó al maestro: Christopher Newport. Este corsario capturó en 1592 el buque portugués Madre de Deus y consiguió el mayor botín del siglo: una carga de quinientas toneladas de especias, sedas, piedras preciosas y otros tesoros. Lógicamente, se ganó el favor de la reina de Inglaterra y de su sucesor, el rey Jaime I, que en 1606 lo puso al frente de la expedición encargada de establecer una colonia inglesa en Virginia. Pero tres años antes, en Spanish Town, conoció la derrota frente a un ejército… de reses.


Christopher Newport

Con una flota entera al mando del Christopher Newport, se presentaron los ingleses ante las costas de Jamaica. Debido a las insuficientes defensas de la Villa de la Vega y el escaso número de defensores, el capitán no creyó oportuno proceder con el correspondiente bombardeo desde el mar, así que decidió desembarcar a la mayor parte de sus tropas. Esta chulería, disfrazada de superioridad manifiesta, fue aprovechada por los españoles que defendían el asentamiento. Reunieron a todas las reses de la zona y cuando tuvieron frente a ellos a los ingleses, azuzaron a los cornúpetas con antorchas. Asustados, salieron en estampida arrasando las primeras líneas de los atacantes y provocando el caos en el grueso del ejército desembarcado. Tal y como llegaron, se volvieron a sus embarcaciones y salieron de allí.

jueves, 28 de abril de 2016

Conquista del desierto: "Tabletas" de indio

Las tabletas malditas


Los indios habían avanzado la población de Río Cuarto, haciendo toda clase de iniquidades. Los cautivos pasaban de cien, el arreo era de veinte mil cabezas entre ovejas y vacas, y la guarnición, a órdenes del coronel Baigorria, no daba señales de vida. La confusión era espantosa y el terror verdaderamente pánico. El coronel Lagos, de guarnición en La Carlota, comprendió que era necesario proteger la población, pero no tenía elementos para ello.

Con la viveza de carácter que le es característica y esa rapidez audaz de concepción que le distingue, se pone en marcha con unos cuantos milicos y vecinos, entre los que iba el doctor Avila y otras personas conocidas. Hace una marcha forzada de catorce leguas, bajo todas las penurias posibles, pero ya los indios se habían retirado, llevando los cautivos y un arreo inmenso.

Del coronel Baigorria no se tenía noticias y no era posible dejar en poder de los indios aquellos cautivos, sin hacer, por lo menos, un esfuerzo para rescatarlos. La jornada era penosa y peligrosa en extremo, pero esto mismo era un aliciente para Lagos, a quien los peligros atraen con fuerza desconocida. Sin más pensamiento que el de salvar a los ctabautivos, se lanza en persecución de los indios, acompañado de unos cuantos milicos, dos o tres oficiales y los vecinos, de los que siempre formaba parte el doctor Avila, apasionado por estas aventuras.

Después de galopar toda la noche y gran parte del día, dio alcance a un grupo como de veinte indios. Estos, que se sienten alcanzar, dan vuelta, cuentan el enemigo y encuentran más prudente disparar, abandonando el arreo que llevaban. Y huyen con toda la rapidez de sus caballos pampas, pues los milicos vienen cerca y alguna bala de revólver les ha pasado ya rascándoles las costillas.

Uno de los indios siente que su caballo se le aplasta y se va quedando atrás del grupo de sus perseguidos compañeros. Apura su caballo de todos modos, lo azota, le clava la espuela, pero el caballo no da más y amenaza caerse. Entonces el indio, con un ademán bravío y soberbio, empuña la lanza con las dos manos, y echando pie a tierra hace frente al grupo que lo persigue. Dos de los otros indios que han visto la acción del compañero, retroceden valientemente y se ponen a su lado tratando de alzarlo en ancas, y el combate desesperado se empeña, entre los indios que quieren salvar al compañero y el grupo de Lagos que desea tomar a los tres.

Sólo Lagos tenía revólver, y matarlos, así a mansalva, parecía al bizarro jefe una cobardía. Saca el sable y atropella resuelto, pero las lanzas y el grito de los indios asustan al caballo, que se resiste a la espuela. Los soldados quieren avanzar, pero les sucede lo mismo. Un nuevo grupo de indios acude, pero en aquel momento los milicos logran avanzar el caballo y, después de una lucha rápida y enérgica, dan muerte a dos de los indios, haciendo huir al tercero.

El nuevo grupo, compuesto de treinta indios, había llegado en son de carga y hasta acometido con bríos. El combate era álgido y al arma blanca. A los indios se les había hecho bueno el partido al ver el corto número de los enemigos, y peleaban duro, creyendo tener el triunfo seguro. Era preciso concluir antes de que cerrara la noche, y el coronel Lagos cargó resueltamente. Poco resistieron los indios: cuando vieron que ocho o diez compañeros quedaban estirados en el suelo; arremolinearon, dispersándose después en todas direcciones.

Lagos los persiguió una o dos leguas más, hasta que tuvo que abandonarlos, pues disparaban de a uno tratando de presentar el menor blanco posible y obligar a fraccionarse al grupo de perseguidores para batirlos después en detalle. Vuelto al sitio donde había tenido lugar la refriega, decidieron acostarse un momento para dar descanso a los caballos; pero fueron asaltados por un enemigo más incómodo y cruel: el hambre. Hacía dos días que no comían, y la imposibilidad de hacerlo en dos días más, aumentaba el hambre de una manera insoportable.

Estaban a veintidós leguas de todo recurso y tenían que esperar a que descansaran los caballos, pues de otro modo estaban expuestos a quedarse a pie. Los platos más suculentos desfilaban por la imaginación hambrienta, al extremo de no poder conciliar el sueño. Los milicos, que todo lo hurgan, empezaron a matar el tiempo registrando los cadáveres de los indios para quitarles las pocas pilchas que pudieran tener. Eran indios que venían de invadir y era natural que algo llevaran consigo.

A lo mejor que cada cual pensaba con una voracidad canina en el plato de su predilección, uno de los milicos lanzó un grito de fabulosa alegría:

-¡Comida! –gritó-, quesadillas y tabletas; ¡viva la Patria!

Efectivamente, entre el seno de dos cadáveres, los soldados habían hallado una mina de tabletas, de aquellas famosas cuya masa leve y bien batida se deshace en la boca. Todos rodearon los cadáveres y empezaron a devorar las tabletas con una ansiedad de sesenta horas de dieta rigurosa. El doctor Avila y Lagos se le habían afirmado con tanta fe a las quesadillas que comieron con exceso, dejando de hacerlo porque ya lo les cabía más en el estómago.

Y tal era la provisión de tabletas que llevaban en el seno los indios que, a pesar de haber comido de aquella manera excesiva, quedaron todavía para almorzar al día siguiente. Satisfecha la imperiosa necesidad del estómago, el cansancio reclamó para el cuerpo el sueño reparador, y después de colocar la vigilancia necesaria, se acostaron a dormir cada cual sobre sus caronas. A la mañana siguiente todos estaban en pie y listos para marchar.

En el primer momento nadie pensó sino en ensillar su caballo, pues se le había sacado la montura para hacerla dragonear de cama. Concluida la tarea y viendo a un milico que raspaba una tableta para comer, Lagos y Avila se acercaron y sintieron con espanto que el pelo se les enderezaba sobre la cabeza. Aquella tableta estaba empapada de sangre. Horrorizados revisan todas las que habían quedado y todas presentaban el mismo aspecto espantoso. Las heridas causadas en el cuerpo de los indios les había llenado de sangre el seno y las tabletas se habían bañado en aquella levadura horrible.

-¡Hemos comido tabletas con sangre de indio! –dijo Avila, haciendo un gesto formidable.

-¡Hemos comido sangre de indio con tabletas! –contestó Lagos, sintiendo que las tabletas le bailaban un malambo en el estómago. Y ambos se dieron vuelta en un movimiento símil. La vista de los cadáveres había precipitado el resultado formidable.

Hablando anteayer con el coronel Lagos, le recordábamos este episodio de su penosa vida militar y haciendo un gesto espantoso nos decía:

-Cállese, por Dios, se me figura que todavía estoy mascando las quesadillas.


Fuente

Gutiérrez, Eduardo – Croquis y Siluetas militares – Ed. Edivérn – Buenos Aires (2005).


Se permite la reproducción citando la fuente: www.revisionistas.com.ar

miércoles, 27 de abril de 2016

Biografía: Roca, el "comunista" de la educación

El programa comunista de Julio Argentino Roca

Rodolfo Terragno - Clarín






Incheon fue, en 1950, escenario de la mayor batalla librada durante la Guerra de Corea, que enfrentó a Occidente con el mundo comunista. El año pasado, unos 130 ministros de Educación y legiones de expertos dieron comienzo, desde esa misma ciudad coreana, una batalla por la “educación inclusiva”. Se habían reunido en el Foro mundial sobre la educación, y terminaron aprobando una declaración de principios (“Educación 2030”) que sitúa a la inclusión educativa al tope de un implícito programa universal de educación.

“Educación inclusiva” es un lugar común, a menudo vacío de contenido, que no falta en ningún discurso político. ¿Cómo se la logra? El Foro esbozó ciertos principios que ayudarán a los gobiernos a formular políticas conducentes a la inclusión, y la Argentina ha propuesto que se forme una base de datos universal para el intercambio de ideas y experiencias relativas a ese propósito.

Es la Argentina, precisamente, la que ostenta una histórica política inclusiva que (salvo en los ex países comunistas) tiene muy pocos precedentes. Fue en el siglo 19 y, por distintas razones, hoy no sería aplicable. Sin embargo, demuestra que, para convertir el slogan en realidad, el Estado debe hacer esfuerzos extraordinarios y constantes.

Hubo una ley –asiduamente invocada pero poco conocida—que organizó esa política. Fue la ley 1420, de 1884.

Esa ley — impulsada por Domingo Faustino Sarmiento y promulgada por Julio Argentino Roca— fue precisa y expeditiva:

  • Dispuso que hubiera una escuela por cada 1.500 habitantes. Una por cada 500 en el campo.
  • Creó las “escuelas ambulantes”, para llevar enseñanza a lugares remotos.
  • Decidió “convertir cuarteles, guarniciones, buques de guerra, cárceles, fábricas u otros establecimientos” en escuelas para adultos.
  • Impuso la no discriminación. De hecho prohibió la diferenciación del alumnado según la condición social, el color, la nacionalidad o la religión.
  • Decidió que la mujer debía tener la misma educación que el hombre y dio lugar a clases mixtas.
  • Obligó a que los padres inscribieran en la escuela a sus hijos de 6 a 14 años, no admitiendo la exención con motivo de pobreza familiar, ya que hizo la enseñanza completamente gratuita.
  • Fijó sanciones para los padres que no asegurasen la permanente asistencia de sus hijos a la escuela. Si un menor faltaba “más de dos días” a la escuela, los padres tenían que pagar multas. El chico, a la vez, podía ser conducido a la escuela por la fuerza pública.
  • Prohibió catequizar. La enseñanza religiosa sólo se podía impartir fuera de las horas de clase, por los ministros autorizados de los diferentes cultos, a los niños de su respectiva comunión”.
  • Obligó a que en las escuelas se vacunara y revacunara en los correspondientes períodos.
  • Forzó a los padres a gerenciar las escuelas desde cargos públicos irrenunciables y ad honorem. En cada distrito escolar debía establecerse un Consejo Escolar, integrado por cinco padres elegidos por el Consejo Nacional de Educación, que fue creado por el mismo Roca. Los designados no tenían derecho a rechazar el nombramiento. Durante dos años desempeñarían un trabajo exigente, sin recibir ni un peso. Tenían que reunirse, como mínimo, una vez por semana; y no para un mero intercambio de opiniones. La ley les imponía tareas precisas. Debían recaudar las rentas del distrito, procedentes de “multas y donaciones o subvenciones particulares”, y con ellas hacer cosas como “proporcionar vestido a los alumnos indigentes”, establecer “cursos nocturnos o dominicales para adultos” y promover la fundación de “bibliotecas populares”.


Para la Iglesia, la ley 1420 era “atea” e “impía”. Los obispos la desafiaron mediante pastorales. Los párrocos la atacaron desde los púlpitos o los presbiterios. Pedro Goyena y José Manuel Estrada la denostaron en diarios católicos.

Eso avivó las manifestaciones religiosas que se produjeron en todo el país. Al frente de tal movilización estaba el nuncio apostólico, Luis Mattera, que denostó a Roca por la promulgación de la ley y lo acusó de ser “el inspirador” de los “duros ataques” contra su persona. La disputa entre el delegado papal y el gobierno prosiguió hasta que, el 14 de octubre de 1884, Roca tomó una drástica decisión: expulsó al nuncio del país y rompió con el Vaticano antes que renunciar a la educación laica.

Mirada a través de un cristal ideológico, la ley 1420 causa perplejidad. Los efectos de la educación masiva no podían ser favorables a la clase dominante. En el pueblo culto germina, enseguida, la ambición de igualdad.        

¿Por qué Roca, que encarnaba a la oligarquía, quiso esparcir conocimientos, arriesgándose a la ulterior rebeldía de las masas? Es que cuando una clase domina una nación, el interés nacional percibido se vuelve tan importante como los intereses objetivos de clase.

La generación del 80 sintió que era dueña de una Argentina destinada a crecer e –ignorando su ubicación geográfica en el sur de América– convertirse en potencia. Para eso, se requerían transformaciones que –juzgadas con criterios ideológicos— parecen contradictorias.

Roca sintió, por un lado, que un “destino manifiesto” lo forzaba a emprender la Campaña del Desierto, conquistando 15.000 leguas cuadradas y sacrificando o tomando prisioneros por doquier.

La inclusión educativa requiere hoy métodos distintos a los del siglo 19. La ley 1420 impuso una suerte de servicio militar educativo, que hoy no sería admisible. Cuesta imaginar, por ejemplo, que un chico sea arrastrado a la escuela por la policía. Lo importante es que las políticas educacionales tengan, con métodos distintos, la profundidad, el rigor y la constancia de aquel plan cifrado en la ley 1420.

La Asignación Universal por Hijo –que los padres no pueden cobrar entera si no envían a sus hijos a la escuela— es un paso en la dirección correcta. Pero la política educacional no puede quedar ahí, y además debe entenderse que la inclusión no se logra ni con los mejores planes educacionales si no va asociada a una política de desarrollo económico y redistribución del ingreso.

rodolfo.terragno@gmail.com

Rodolfo Terragno es escritor y político. Embajador argentino en UNESCO.

martes, 26 de abril de 2016

Conquista del desierto: El coronel Chanampa

El coronel Chanampa




El coronel Ceferino Chanampa, alias el indio Shefe, escuchaba el ruido apagado de los cascos contra el arenoso camino. Una luna de algodón acuchillado jugaba a resplandecer y apagarse entre las nubes. Cuando asomaba, podía verse la pequeña tropa desarrapada, desgreñada, caminando en silencio. Apenas se veían los espesos romerales, los ariscos chañares. Cuando se escondía la luna, parecía que tierra, yuyos y caballos fueran una sola cosa oscura y palpitante.

El coronel Ceferino Chanampa sacó un pie del tosco estribo para no entumecerse. Se balanceó un poco. Si tan siquiera pudiera pitar. Pero la sorpresa del Carrizalito había sido desastrosa. No hubo tiempo más que para encarar un poco a la tropa de línea y escapar con lo puesto. Jodida suerte. Desde que murió el General en nada les había ido bien. Cierto que cuando peleaban a su lado tampoco habían ganado muchas batallas, pero por lo menos el desbande era una táctica y el huir un anticipo de victoria. Y, además, ellos sabían que como quiera, el General arreglaría las cosas. Pero esto era la derrota bárbara, la derrota sin remedio, pobre y desolada como choco que los rondara toriándolos con sus fauces sumidas de hambre. El tintín del sable contra la espuela casi lo sobresaltó. Ese ruidito juguetón era cosa que sobraba. Todo parecía obligadamente trágico en esta ocasión. El coronel Ceferino Chanampa arrugó la jeta aindiada y se encasquetó el gorro sobre los ojos. ¡Bah! El sable… ¡Para lo que servía…! Fueran otros tiempos, cuando la cosa se resolvía en la primera arremetida a fuerza de fierro y pechazo: pero ahora, con los cañones de los Regimientos quemándolos de lejos y los Remingtons minuciosos bajándolos como cachilitas, ¡adónde! ¡Qué guerra ésta! El coronel Ceferino Chanampa revolvía palabras y sucedidos mientras estiraba alternativamente sus piernas sobre los bastos duros. ¡Qué destino éste! Ya ni sabía para qué peleaban, salvo para defender el cuero. Cuando estaba con el General todo era más fácil. El General pensaba por ellos y les decía si iban a pelear o no. A veces estaban semanas de ociosos en el campamento o en la ciudad, comiendo y chupando. Y un día entre los días los hacía reunir y decía:

- Bueno, muchachos, hay que largarse de nuevo…

Entonces el secretario les leía trabajosamente una proclama y después empezaban otra vez los días iluminados y heroicos, acribillados de muerte, de dolor, de miedo y de exaltación; días enaltecidos de victorias y guitarras, de saqueo jocundo y risas bárbaras resonando gloriosamente en la calles de las ciudades conquistadas. ¡Ah, Catamarca la empinada! ¡Ah, San Juan resistente! ¡Ah, Córdoba la orgullosa! Y el desbande luego, planeado en la voz cadenciosa del General:

- De aquí en cinco días, en La Hedionda.

O en el Chamical. O en Mollaco. O en Anjullón. O en Guaja. Donde fuera. Y allí estaban todos a los cinco días, firmes, esperando la nueva orden. El General… Era como si lo viera, los ojos mansos, el cabello enrubiado ya encanecido, la vincha desflecada… Sí: antes había sido más fácil. Es difícil vivir mandando uno. Acaudillar ¡qué difícil es! El coronel Ceferino Chanampa recordaba. Si por él fuera, no hubiera pasado de soldado. Total, la vida era densa y áspera lo mismo. Pero el coraje lo va siguiendo a uno y lo señala. Un jefe que lo distingue, un instante cargado de destino que se le rinde, una desmesura celebrada por los compañeros, y de repente cata que uno es caudillo. Se acordaba cuando el General lo ascendió a su grado actual. Había sido después de la derrota grande. Sin que nadie se lo mandara, el Indio Shefe juntó una docena de muchachos y se puso a guardar las espaldas de la gente en retirada. Al pisar lugar seguro, el General lo mandó llamar, lo miró con esos ojos que de puro zarcos parecían mostrar el alma, y le dijo:

- Hijito, sos coronel.

Desde entonces, el Indio Shefe era coronel. ¡Y que se le hubiera muerto su General así, tan enteramente indefenso, sin haber estado él para ponerse delante de la lanza y hacerse rajar el pecho antes de que lo atravesara al viejo jefe derrotado! ¡Mala suerte! El coronel Ceferino Chanampa sintió un picor en los ojos y pegó un feroz espolazo al caballo.

Atrás, los montados de sus diez hombres hacían un ruido acolchonado sobre el polvo. Los muchachos casi no hablaban. Se dejaban andar, sin palabras. La noche seguía cargada, mezquinando luna.

Iban hacia Chile por Jagüe. Tal vez allí tuvieran más fortuna. Algunos amigos habían logrado pasar. Si la expedición pacificadora no los alcanzaba a la altura de Los Hornillos, ya no les preocuparía nada. Eran todos baquianos y con un poco de charqui y unos chifles de aguardiente podrían atravesar las montañas grandes. Los caballos estaban cansados, pero verdeando antes de meterse en el Paso andarían bien. La cosa era llegar a Los Hornillos. De allí a Chile, ya se vería. En Chile podrían trabajar en las minas o irse al sur, a los fundos. Total, un conocido nunca falta para buscar conchabo. Un hombre está bien en cualquier lado. Lo único, estar en tierra extraña. Cuando pensaba esto una inquieta desazón le ponía regustos amargos en la boca. Dejar la patria era como si le arrancaran las entrañas. Una escondida voz le decía a gritos esto: el coronel Ceferino Chanampa seguiría siendo el mismo hombre en Chile; sus greñas ásperas, sus pómulos marcados, su voz aflautada y esdrújula no cambiarían; pero el coronel Ceferino Chanampa era también la tierra, el paisaje, el cielo, las gentes, las cosas. El era él, con su cuerpo y su alma, con sus días y sus noches; pero él era también todo lo cotidiano y si le arrancaban esto, quedaría mutilado. Cuando así pensaba, se le achicaba el corazón y sentía lo que sintió hacía muchos años, cuando estuvieron a punto de degollarlo tras una revolución fracasada…

Menos mal que los muchachos lo acompañaban. Sus muchachos. Allí estaban ellos, cada uno con sus mañas. Los conocía como si fueran hijos. Sin darse vuelta podía señalar de quién era la voz que se escuchaba de tanto en tanto. Werfil Herrera, con su corpachón enorme y su cara de niño, agrandado y su risa extemporánea. El negro Sostaita, que solía rasguear implacablemente con sus dedos torpes, frente a los fogones benignos, una percudida guitarra. El sargento Avallay del lado de los Pueblos, agobiado de tantos trabajados años. Don Shola Carrizo, sentencioso y grave, que nadie sabía por qué andaba en cosas de guerra. Y los tres pasados de San Luis, con sus barbazas y sus vinchas, taciturnos y eficaces. Y el “Shulco”, el chiquilín alocado y gritón que todos querían y que se permitía macanear con todos, hasta con el capitán Carmen Barrionuevo, costeño, que tenía una voz bronca y sonora y jamás se reía. De todos podía el coronel Ceferino Chanampa dar testimonio. A algunos los conocía de años atrás, cuando la guerra larga. Otros habían sido compañeros suyos al lado del General. Menos mal que iban juntos. Pensaba que verlos en Chile sería como tener cerca un pedazo de patria…

Seguían andando sin pausa. Agitó innecesariamente el chifle para verificar si tenía aguardiente. A él no le gustaba macharse, pero antes del entrevero y en las retiradas largas solía chupar. Eran las únicas veces que le brillaban los ojos achinados y soltaba su grito agudo y sostenido. Pensó, con una sonrisa resignada, que nunca se le había dado por las farras. Casi no bailaba. Esas fantásticas cuecas de los cuyanos, esos gatos cordobeses, nunca los había bailado. Cuando lo llevaban a alguna farra, él se quedaba enculado, retraído bajo la enramada, escuchando discutir a los hombres.

- ¡Ay, indio! Así no has de encontrar nunca mujer…

Le decía, riéndose, su compadre Sotomayor. A él no le importaba eso de no conseguir mujer. Tener mujer, ¿para qué? Tomaba alguna hembra al pasar, después de una campaña o cuando se le daba la gana. Una, lo quiso bastante. Se acordaba. ¡La pobre! Tenía unos ojos grises y el modo sumiso y querendón. Vivió un tiempo con ella en un rancho de adobe, decente como el que más, cerca de Cochangasta, frente a la acequia. Tenía unos naranjos al fondo y el agua cantaba día y noche cerca de la casa. El, trabajaba de compositor de caballos. Ella hacía dulces y tortas. Fueron días pacíficos. Pero esa vida lo cansaba. Y en cuanto supo que el General estaba preparando otra campaña, montó su mejor caballo, buscó los amigos más cerca y enfiló hacia los llanos, sintiendo como si se hubiera arrancado unos grillos, pesados y dulces a la vez. Nunca la volvió a ver. Le dijeron, mucho después, que ella se había ido con un desertor del Regimiento de Arredondo. No se le importó. Pero a veces extrañaba un poco su modito y el gris de sus ojos. ¡Bah! El hombre no debe atarse a polleras. Por lo menos, el que anda en estas cosas… Suspiró fuerte, y miró hacia atrás. La luz de la luna ponía escalas de polvo plateado sobre el grupo que lo seguía. Se arrebujó en su áspero poncho y avivó el paso del caballo. Si los alcanzaban los de línea antes de meterse en los contrafuertes de la Cordillera, estaban perdidos.

Buenas tropas, los nacionales. Armas largas, ganado fresco, ropa entera. ¡Qué podían hacer contra ellos las raquíticas chuzas, los trabucos desvencijados de los montoneros! El coronel Ceferino Chanampa los había visto de lejos, con no disimulada admiración. Observaba sus maniobras perfectas, sus conversiones cerradas, sus formaciones impecables: y tenía que contener un secreto impulso para no largarse hacia ellos pegando gritos amistosos y abrazarlos. ¿Y los oficiales? Los había visto de cerca en dos o tres ocasiones: cuando hicieron un tratado de paz que fue traicionado muy luego y otra vez en la ciudad, al entrar el Regimiento al son de la banda y con las banderas desplegadas. El estaba escondido en la casa de un compadre, cerca del Estanque. Los había visto pasar. ¡Esos sí que eran oficiales! Todos traían entorchados y charreteras decorándoles los combados pechos; Las peras y los bigotillos cuidadosamente recortados. Recordaba al ayudante del General, que una vez apareció con un poncho agujereado por todo vestido, tan en la miseria estaba. Y a ese capitán Wamba que nunca usó zapatos. Tal vez si ellos hicieran unos arreos como los de las tropas nacionales, andarían mejor. ¿Quién podría creerlo Coronel a él, Ceferino Chanampa, más conocido por el Indio Shefe, con esos pantalones remendados, ese blusón hecho harapo, ese gorro agujereado donde lucía una escarapela argentina para distinguir su jerarquía…? Y, sin embargo, ¡carajo! Era tan Coronel como el mismísimo Arredondo, que había visto entrar en la ciudad tan churito, al frente del Regimiento, resplandeciente de oros y sin un remiendo ¡sin un solo remiendo! en su uniforme azul y rojo.

Al coronel Ceferino Chanampa le hubiera gustado hablar con ellos, con los hombres contra quienes tanto había luchado. Le hubiera gustado sentarse mano a mano, pitando despacio, y hablar sin apuro toda una tarde, toda una noche. Le hubiera gustado saber por qué peleaban. Les hubiera preguntado por qué los perseguían, con qué derecho habían matado al General, cómo era que se largaban sobre los pueblos para asolarlos. Ellos, que sabían leer y escribir, podrían hablarle largamente de sus motivos. Debían tenerlos, y seguramente muy importantes.

Sonrió un poco: ¿y si se lo preguntaban a él? ¿Qué diría? Bueno, no diría muchas palabras. Nunca decía muchas. Pero por lo menos les haría saber que él luchaba porque siempre lo había hecho, porque ésa era su tierra y no le gustaba ver regimientos extraños paseándose por sus pagos; que luchaba contra los cogotudos de la ciudad que eran enrevesados para hablar y le hacían desconfiar siempre; que peleaba porque el General siempre había peleado contra ellos, y porque no tenía casa ni tenía mujer ni otra cosa mejor que hacer. Porque la guerra era linda y dura y lo hacía sentir más hombre; porque eso de estar cuerpeando a la muerte parece que a uno lo purificara. Por todo eso ¡y que se yo! Tal vez por otras cosas más grandes, cosas tan altas y tan oscuras que no podía descubrirlas ni entenderlas y era preferible callarlas, para no disminuir su grandeza con sus pobres palabras de indio iletrado. El las sentía: eran cosas que venían en tumulto desde el fondo de la noche, una cabalgata de muertos queridos que desfilaban borrosamente o las palabras bellas que había escuchado en las proclamas del General y que ya no recordaba… ¡Pelear! Qué otra cosa podía hacer… Pelear hasta terminar, como fuera. Una resignación orgullosa lo iba invadiendo. Era como un juego. Ahora comprendía. Era como jugar a la taba o al monte, con apuestas mucho más valiosas que las que solía hacer. Se apostaba la vida.

Cuando ganaba, tenía a su Mercer la vida de sus enemigos. Cuando perdía, su vida era de ellos. Juego limpio y riesgoso. Ahora estaba jugando las últimas vueltas. Lástima que en la apuesta también estuvieran implicados los compañeros. Eso hacía todo más complicado. Cuando el General se largaba a una campaña, él sabía que era parte de su apuesta y aceptaba ese mínimo destino sin protestas ni responsabilidades. Ahora, en cambio, era él, el coronel Ceferino Chanampa, quien tiraba sobre la mesa esas diez paradas. Eso lo desazonaba. Pero podía tranquilizarse pensando que todo obedecía a un ritmo ciego e inexorable al que era ajeno. Otro, alguien, lo estaría jugando a él. Ganar o perder, no importaba. Cumplir un destino, tal vez sí.

Amanecía. A la derecha, muy lejos, se adivinaba la roja imponencia de Los Colorados. Patquía quedaba atrás. Con un poco de suerte habrían de llegar al otro día, a la oración. El cielo estaba ahora limpio de nubes y llegaba a ratos un olor fresco a retamo, como un regalo del campo pobre a sus derrotados. Ya estaba saliendo el sol cuando avistaron a retaguardia la polvareda de los nacionales. Pronto se distinguirían sus uniformes azules y rojos, sus Remingtons certeros, sus caballos frescos.

Miró a los compañeros. Nadie decía nada. Un aliento eterno suspendía a todos y transfiguraba sus rostros atezados. Detuvieron las derrengadas cabalgaduras y se prepararon. Cuando dio, rutinariamente, las últimas órdenes, el coronel Ceferino Chanampa tuvo la sensación de ser un ciclo cerrado y que en ese instante estelar se completaba su existencia armoniosamente, auténticamente. Sintió lo que nunca había sentido a través de sus correrías: una plenitud, una paz infinita, la oscura certeza de que todo debía pasar así y no de otro modo. Se sintió leal a su destino anónimo y desolado, y no trató de eludirlo. Desató el chifle y bebió con largueza. Después esperó.

Fuente


Efemérides – Patricios de Vuelta de Obligado

Luna, Félix – La última montonera – Biblioteca Boedo, Buenos Aires (1992).

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lunes, 25 de abril de 2016

Guerra de Secesión: Shiloh y los soldados fluorescentes

Después de la batalla de Shiloh algunos soldados de la guerra civil realmente brillaban en la oscuridad!



Hay muchas historias notables de la guerra civil americana. Uno de los más notables es la historia de los soldados que brillaban en la oscuridad. En la primavera de 1862, estaba claro que la guerra civil iba a ser sangrienta y larga. El mayor general Ulysses S. Grant había empujado profundamente en la liderada por Confederados del Sur a lo largo del río Tennessee. Eso abril, acampó en el aterrizaje de Pittsburg cerca de Shiloh, Tennessee, a la espera de la llegada del Mayor General Don Carlos Buell y su ejército.
tropas de la Confederación estaban atrincherados cerca de Corinto, Mississippi, lanzaron un ataque sorpresa contra las tropas de Grant con la esperanza de derrotar a ellos antes de que el segundo ejército se unió. los hombres de Grant ya se habían aumentado en número por algunas llegadas de tropas de Ohio. Ellos mantuvieron su posición y se estableció una línea de batalla que fue respaldada por la artillería. Lucha continuó durante toda la noche, pero por la mañana había llegado a las tropas restantes viajan desde Ohio. Ahora la Unión superaban en número a los confederados por más de 10.000.
Las tropas de la Unión empujados hacia atrás hasta los confederados se retiraron a Corinto. Los confederados se dieron cuenta de que no podían ganar y no lanzaron otro ataque hasta agosto. Pero la batalla de Shiloh fue una masacre sangrienta que los médicos de ambos lados no estaban preparados para hacer frente a este y aumentó el número de bajas. En total, 16.000 soldados quedaron heridos y más de 3.000 murieron en ese campo de batalla.
Los soldados de la época no sólo estaban luchando heridas de balas y bayonetas, pero eran muy propensos a las infecciones. La metralla y la suciedad se infectar a sus heridas. El ambiente cálido y húmedo del campo de batalla llevó a atacar a las bacterias al tejido ya dañado. Dadas las condiciones de todos los alrededores horrible durante la Guerra Civil, los soldados siempre estaban operando con sistemas inmunes debilitados. Esto disminuye aún más su capacidad para combatir las infecciones bacterianas por su propia cuenta. Los antibióticos aún no habían sido descubiertos, y, a menudo los médicos del ejército no podían ayudar a los heridos. Por desgracia, esto llevó a muchos soldados que mueren de infecciones que podrían ser fácilmente subsanada en la actualidad.
Durante la batalla de Shiloh no había suficientes médicos para todos. Algunos de los soldados tuvieron que esperar dos días y noches en el barro para el tratamiento médico para llegar a ellos. Por el crepúsculo tiempo cayó en la primera noche algunos de los soldados notó un brillo extraño viniendo de sus heridas. La tenue luz se podía ver en la oscuridad del campo de batalla. Resultó que, cuando las tropas con el tiempo llegaron a hospitales de campaña, que los que habían tenido heridas brillantes vieron sus heridas se curan más rápido y eran más propensos a vivir para luchar otro día. Parecía que el resplandor era de algún tipo de efecto protector, lo que le valió el apodo de "Resplandor del ángel".
Cuando 17 años de edad, Bill Martin visitó el campo de batalla de Shiloh con su familia en 2001 (140 años después de la batalla real), escuchó la historia de las heridas que brillan intensamente con interés. Su madre es un microbiólogo en el Servicio de Investigación Agrícola, USDA, y ha estudiado las bacterias luminiscentes que vivían en el suelo. Martin dijo Ciencia Netlinks que le preguntó a su mamá si estas bacterias podrían haber causado las heridas a brillar. Al ser un científico, le dijo a su hijo que debe llevar a cabo un experimento para averiguar. Martin estaba listo para el reto!
Martin y su amigo Jon Curtis se ubicó en el estudio de la bacteria y se familiaricen con las condiciones en la batalla de Shiloh. Se descubrió que la bacteria había estudiado su madre, Photorhabdus luminescens, y el de las heridas que brillan intensamente tanto experimentan el mismo ciclo de vida extraña. Ambos viven en los intestinos de los gusanos parásitos llamados nematodos. Los nematodos penetran en las larvas de insectos y residen en los vasos sanguíneos. Entonces vomitan los P. luminescens bacterias que viven dentro de ellos.
Esta bacteria es bioluminiscente y emite un resplandor azulado suave. Se comienza a producir una serie de productos químicos que matan el insecto huésped junto con todos los otros microorganismos ya dentro. El nematodo luminescens y socio P. quedan para alimentarse, crecer, multiplicarse y sin interrupción. Finalmente, el nematodo se comerá las bacterias. Las bacterias entonces recolonizar las entrañas del nematodo para que se hagan transportado al estallar del cadáver en busca de un nuevo huésped.
Los dos niños fueron capaces de determinar a partir de registros históricos que las condiciones de clima y suelo eran propicias tanto para los luminescens P. y sus socios de nematodos. Sin embargo, estas bacterias no pueden vivir en la temperatura del cuerpo humano, por lo que los soldados heridas un huésped imposible. Sin embargo, muchos de estos soldados se quedaron atrapados en la lluvia de primavera durante muchas horas antes de recibir tratamiento médico. Es muy probable que sufrían de hipotermia, lo que habría reducido su temperatura corporal suficiente para hacer que un hogar viable para P. luminescens.
Los chicos llegaron a la conclusión de que la evidencia demostró que las bacterias junto con los nematodos se metieron en las heridas de los soldados de la tierra. Resulta que este podría haber salvado sus vidas. Esencialmente las bacterias borra a los patógenos que podrían haber causado más infecciones que los soldados no habrían sido capaces de combatir. Ni P. luminescens ni el nematodo es infecciosa para los seres humanos, lo que significa que habrían sido finalmente derrotado por el sistema inmune. Los nematodos pueden causar úlceras, sin embargo, lo que no es un tratamiento ideal para los seres humanos por cualquier medio.
Pero teniendo en cuenta las condiciones extremas durante la batalla de Shiloh, algunos de los soldados de la suerte de haber estado en contacto con este dúo dinámico bacteriana. Las heridas brillantes es una de las historias más notables de la Guerra Civil y deben ser más ampliamente conocidas.

domingo, 24 de abril de 2016

Guerra de la Independencia: Batalla de Sauce Redondo (1814)

Batalla de Sauce Redondo


Gral. Martín Miguel de Güemes (1785-1821)

Luego de la derrota de las tropas patriotas en Ayohuma y aprobado el plan sugerido por Dorrego para la reorganización de la vanguardia, éste permaneció unos días en las líneas avanzadoras, instruyendo oficiales y tomando diversas disposiciones.  En su transcurso llegó al cuartel general de Tucumán el mayor Martín Güemes, a quien Manuel Belgrano había expulsado del ejército en la primera retirada de Jujuy, a consecuencia de una historia de amoríos que se hizo pública y chocó con las ideas de riguroso orden social sustentadas por el general ahora en desgracia.  San Martín lo envió a la vanguardia, y Dorrego le colocó en el lugar que anteriormente había destinado a Pedro Zabala, que era de mucha acción y sirvió después a tan famoso y heroico guerrillero, para dar la medida de su capacidad.

Güemes pertenecía a una familia honorable de la Capital de la provincia que tanto habría de defender, y no carecía de cultura; pero, penetrado de la idiosincrasia del gaucho, especialmente en breve estadía en la Banda Oriental, donde contempló y admiró de cerca la popularidad de Artigas, aunque sin gustar de los propósitos de este caudillo, procuró identificarse con los campesinos el norte usando su traje, empleando su lenguaje, halagando en grotescas y zafadas peroraciones –que no dejaba escuchar a ninguna persona con alguna educación, ni aun a sus ayudantes- el odio a las clases superiores de la sociedad en general y a los falsos “nobles”, entre los cuales hubiera podido alternar, particularmente.  Tenía esbelta figura, ancha y despejada frente, ojos singularmente vivarachos, poblada barba negra que dejaba crecer hasta el pecho; pero su vos era trabajosa y confusa, a consecuencia de un defecto de la úvula, según un contemporáneo: “quien no estaba acostumbrado a su trato, sufría una sensación penosa al oírlo” (1).  Los jóvenes decentes, para vengarse de sus diatribas, en los tiempos que empezó a destacarse, pusieron en boga unos malos versos, que le llamaban

“Loco, vano, fullero, mentiroso;

Todo eso junto y ainda mais gangoso” (2)

Mientras el coronel Saravia daba cuenta a San Martín que habían sido distribuidas todas las partidas de acuerdo con las órdenes de Dorrego (10 de febrero de 1814), éste daba por terminada su misión en Salta y se retiraba al cuartel general de Tucumán.

Afanoso Güemes por probar en la pelea la bravura y la adhesión de los gauchos, como el enemigo no se atrevía a lanzar partidas a la campaña aleccionado por los percances ya sufridos, fue en su busca introduciéndose en el valle de Lerma; el 9 de marzo batió una avanzada realista en los suburbios de la ciudad, y el 11, habiendo realizado el coronel Castro una salida con toda su poderosa vanguardia para hacer lo que le parecía peligroso e inútil esperar de pequeños destacamentos, fue acosado de tal manera por los gauchos apostados detrás de los árboles, que se descorazonó muy pronto, y sin haber salido del valle, regresó a su cuartel a los tres días.  “Los gauchos de Salta solos –oficiaba San Martín al Gobierno General- están haciendo al enemigo una guerra tan terrible….”.

El 18 de marzo, otra avanzada de la plaza fue sorprendida por los gauchos de Güemes; pero a despecho de eso, un piquete realista de 56 hombres al mando del capitán José Lucas Fajardo, consiguió deslizarse hasta las cercanías de Guachipas.

El 24, habiendo sido sentido por José Apolinar Saravia –gaucho joven que sentía dio feroz a los “godos”, y del cual se refiere que en la gloriosa tarde de Tucumán riñó con otro oficial que se opuso al sacrificio de un prisionero, y un rato después, viendo a aquél agredido por un enemigo rezagado, le salvó la vida, exponiendo la suya, sin reconciliarse-, pagó su temeridad.  Saravia, reuniendo 30 “partidarios” de los que estaban a sus órdenes y algunos gauchos armados con garrotes y chuzas, lo acometió en Sauce Redondo, matando 11 hombres, entre los cuales cayó Fajardo, y haciendo 27 prisioneros, a cambio de cuatro bajas solamente.  “No puedo prescindir de manifestar a V. S., aunque de paso –escribió San Martín al coronel Pedro José Saravia-, cuán pausible y satisfactoria me ha sido la valerosa comportación del precitado comandante don José Apolinar, la de su hermano don Domingo y de toda la demás gente de su mando en la brillante guerrilla del 24”.

Filiberto de Oliveira Cezar en su obra “Güemes y sus Gauchos”, transcribe una carta referida a este combate del comandante Saravia, dirigida a Güemes, fechada en Guachipas el 25 de marzo de 1814: “……. A las 2 de la tarde observaron mis descubiertas que el enemigo en número de 56 hombres bien armados, al mando del Capitán D. José Lucas Fajardo, se dirigía por el paso del río de Guachipas hacia este rumbo; inmediatamente di orden para que mis descubiertas y avanzadas, que estaban en el Sauce Redondo, se replegasen hasta las casas de D. Manuel Castellanos, entre tanto yo hacía avanzar mi retaguardia que se hallaba situada en la capilla para protegerlas oportunamente.  En efecto, a las 3 ½ de la tarde campó el enemigo en el Sauce Redondo, y a las 4 rompí el fuego contra su avanzada, con una guerrilla de doce hombres al mando del Alférez de caballería de línea, D. José Antonio Suárez. Observando que muerto dicho alférez me rechazaban la guerrilla, cargué inmediatamente con el resto de mi división, y pasadas las primeras descargas de fusil, a las que se sostenía vigorosamente, mandé avanzar, sable, garrote y chuza en mano: en ese momento desordenado, el enemigo huyó vergonzosamente, de lo que resulta haber conseguido una completa victoria, haciéndoles 27 prisioneros, entre ellos 14 mal heridos; a más de éstos, 8 soldados, 2 sargentos y el Comandante Fajardo muerto; consistiendo mi pérdida únicamente en la muerte del Alférez Suárez, dos soldados y un paisano herido (…)  Después de encarecer a V.E. el valor, constancia y regocijo con que todos mis soldados y paisanos se han comportado, debo particularmente recomendar a la consideración de V. E., la viuda e hijos de dicho Alférez Suárez, cuyo ingente valor lo precipitó en la tumba donde yace, con solo el interés de la libertad…” .

El 29 salieron de la plaza 80 realistas mandados personalmente por Castro, para atacar a los patriotas mandados por Güemes, cuyas posiciones habían sido descubiertas, pero el segundo se anticipó al primero, logrando sorprenderlo y desbaratarle la mitad de la gente.

Los servicios de Güemes fueron premiados con el grado de teniente coronel y el mando superior de la vanguardia, en que relevó al coronel Saravia.  Aumentó su prestigio, su acción cobró aún mayor energía, y los realistas, cada vez más encerrados en la ciudad, creyeron sufrir el asedio de un gran ejército.  Pidieron nuevamente refuerzos, y obtenidos, destinaron mil hombres a la conquista de una zona de la campaña, que les sirviese para extraer recursos.  Esa fuerza, que maniobró fraccionada en dos divisiones mandadas respectivamente por los coroneles Gullermo Marquiegui (salteño) y Antonio María Alvarez, nada pudo conseguir; regresó a los pocos días, con gran fatiga y algunas pérdidas causadas por la diaria hostilización de los gauchos.

Referencias


(1) José María Paz – Memorias póstumas.

(2) Joaquín Carrillo – Historia civil de Jujuy.

Fuente

Efemérides – Patricios de Vuelta de Obligado.

Oliveira Cezar, Filiberto de – Güemes y sus Gauchos: escenas de la independencia argentina – Buenos Aires (1895).

Paz, José María – Memorias póstumas.

Portal www.revisionistas.com.ar

Uteda, Saturnino – Vida Militar de Dorrego – La Plata (1917).

Se permite la reproducción citando la fuente: www.revisionistas.com.ar

sábado, 23 de abril de 2016

UK: Restos sajones y de la PGM



Un sitio de enterramiento sajón y artefactos de la PGM encontrados en la llanura de Salisbury
Los secretos de un pasado antiguo y artefactos militares de la guerra mundial 1 y 2 han sido descubiertos durante los trabajos de pre-desarrollo de nuevos cuarteles militares en Bulford en la llanura de Salisbury.
El cementerio sajón de alrededor de 150 tumbas y características militares ha sido descubierto en la tierra poseída por el Ministerio de Defensa y asignada para 227 nuevas viviendas para familias del Ejército.
Los elementos arqueológicos se encontraron por primera vez durante la excavación de zanjas de pre-planificación estándar por un equipo de especialistas de Wessex Archaeology.
Uno de los enterramientos ha sido fecha de carbono entre los días 6 y 7 de siglo.
Durante la PGM el sitio fue utilizado para el entrenamiento. Los investigadores han encontrado pruebas de que un herrador de campaña puede tener caballos re-zapateados en el sitio.
El sitio era también el hogar de los campos de tiro de la SGM.

Forces T

viernes, 22 de abril de 2016

El iceberg del Titanic


Esta es la fotografía que retrata el presunto iceberg que hundió al Titanic
Un día después del trágico hundimiento del Titanic, ocurrido entre la noche del 14 y la mañana del 15 de abril de 1912, el jefe de camareros del buque Prinz Adalbert, que navegaba por la zona, tomó una fotografía del iceberg con el que presuntamente colisionó el trasatlántico, en el Atlántico Norte.
Según confesó el autor de la fotografía, realizó la captura cuando todavía no sabía nada acerca de la tragedia. Argumentó que llamó su atención la mancha de pintura roja que evidenciaba el iceberg, como si un barco acabara de rozarlo.
La fotografía estuvo exhibida durante décadas en las paredes de un bufete de abogados, que representó a los propietarios del Titanic, la compañía White Star Line. Tras su clausura, en 2002, los socios decidieron subastarla, junto con una nota.
La nota dice lo siguiente: "Un día después del hundimiento del Titanic, el barco de vapor Prinz Adalbert pasa por el iceberg que se muestra en esta fotografía. Aún desconocíamos el desastre del Titanic. Por un lado, la pintura roja era claramente visible, pues se ve como si hubiera sido resultado del roce de una embarcación con el iceberg. SS Prinz Adalbert Hamburg America Line".
Si bien no existe evidencia que demuestre si efectivamente la foto retrata al iceberg con el que colisionó el Titanic, es cierto que su subasta, realizada en Inglaterra, tuvo una base de 23.200 dólares.

History Channel

jueves, 21 de abril de 2016

USA: La masacre de Colfax (1873)

La Masacre de Colfax 1873 paralizó la era de la reconstrucción
Uno de los peores incidentes de violencia racial después de la Guerra Civil preparó el escenario para la segregación


Un grabado de las familias negras recopilación de los muertos después de la Masacre de Colfax publicado en Harper semanal, 10 de mayo de 1873. (dominio público a través de Wikimedia Commons)
Por Danny Lewis
SMITHSONIAN.COM

El período de la reconstrucción que siguió a la Guerra Civil de Estados Unidos era una de las peores épocas, más violentos de la historia de América. Durante ese tiempo, miles de afroamericanos fueron asesinados por terroristas domésticos como el Ku Klux Klan que trataron de reforzar las políticas antes de la guerra de la supremacía blanca. Para muchos historiadores, uno de los peores ejemplos de este tipo de violencia se produjo hace 143 años en la actualidad: la Masacre de Colfax de 1873.

Inmediatamente después del final de la Guerra Civil, las diferentes facciones comenzaron a luchar por el poder. Amargado por la pérdida de la Confederación, muchos blancos demócratas del sur hicieron todo lo posible para continuar privar de sus derechos y la restricción de los derechos de los ex esclavos. Al mismo tiempo, grupos de supremacía blanca, insurgentes aterrorizaron a los afroamericanos en todo el Sur. En Louisiana, la lucha por el gobierno de posguerra fue particularmente sangrienta, como PBS 'serie American Experience explora.

Cocer a fuego lento resentimientos entre los demócratas del sur, la mayoría de los antiguos dueños de esclavos, y el gobierno federal dominada por los republicanos, explotó en las elecciones de 1872 para gobernador de Louisiana. La votación resultó en una división muy reñida entre el Republicano y los candidatos demócratas, y cuando el presidente Ulysses S. Grant envió tropas federales para apoyar al candidato republicano, los blancos del Sur se rebelaron y formaron un ejército insurgente fuertemente armada llamada la "Liga Blanca." Al igual que en el Ku Klux Klan, la Liga de White fue un grupo paramilitar que intimida y atacó a los negros y los blancos republicanos en todo el estado, Henry Louis Gates, Jr. escribe para la raíz.

Por temor a que los demócratas locales podrían tratar de tomar el control del gobierno regional de Grant Parish, que se divide casi por igual entre los ciudadanos en blanco y negro, una milicia de color negro tomó el control de la corte local en abril de 1873. Poco después, una turba de más de 150 hombres blancos, la mayoría de los ex soldados confederados y miembros del Ku Klux Klan y la Liga blanca llegaron y rodearon el palacio de justicia, Bill Decker escribe para el Anunciante Lafayette. Después de disparar un cañón a los milicianos dentro del juzgado el 13 de abril, las dos fuerzas dispararon el uno al otro hasta que los defensores de los negros se vieron obligados a rendirse. Pero cuando se rindieron, la turba de blancos mató a muchos de los hombres de raza negra, disparando a ellos y colgar alguna. Los historiadores no están seguros de cuántas personas murieron en el final, pero mientras que los registros muestran que la matanza resultó en la muerte de tres hombres blancos, se estima que entre 60 a 150 afroamericanos fueron asesinados.

"El más sangriento de instancia única de la matanza racial en la era de la reconstrucción, la masacre de Colfax enseñó muchas lecciones, incluyendo los extremos a los que algunos oponentes de Reconstrucción iría a recuperar su autoridad acostumbrados", el historiador Eric Foner escribe en reconstrucción: revolución inconclusa de Estados Unidos de 1863 -1877. "Entre los negros de Louisiana, el incidente fue recordado por mucho tiempo como prueba de que en cualquier gran enfrentamiento, que se sitúa en una desventaja fatal."

Mientras que la matanza fue noticia en todo el país y 97 miembros de la turba de blancos fueron acusados, al final sólo nueve hombres fueron acusados ​​de violar las leyes de Aplicación de 1870 y 1871, a veces conocidos como los Hechos Klu Klux Klan, destinadas a garantizar los derechos de libertos virtud de las enmiendas 14 y 15. Los abogados de las víctimas creían que tenían una mejor oportunidad de llevar a los cabecillas a la justicia en un tribunal federal de conspiración citan convicciones, en lugar de acusarlos de asesinato, lo que habría sido juzgado en los tribunales del estado de mayoría demócrata. Pero el plan fracasó. Los acusados ​​apelaron, y cuando el asunto en última instancia ante el Tribunal Supremo en 1876, los magistrados rechazaron las condenas de los tribunales inferiores, al dictaminar que las Actas de Aplicación aplican sólo a las acciones por parte del Estado, no por individuos, Decker escribe.

Este fallo castrado esencialmente la capacidad del gobierno federal para enjuiciar los crímenes de odio cometidos contra los afroamericanos. Sin la amenaza de ser juzgado por traición en un tribunal federal, la supremacía blanca ahora sólo tenían que buscar resquicios legales y funcionarios corruptos para seguir atacando a sus víctimas, Puertas informes. Mientras tanto, los principios de la segregación comenzaban a trabajar su camino en la ley, con Plessy v. Ferguson codificar oficialmente "separados pero iguales" sólo 20 años más tarde.

La Masacre de Colfax fue más o menos ignorado hasta que la década de 1920, cuando las autoridades locales levantaron un monumento en honor a los tres hombres blancos que murieron en el ataque contra el palacio de justicia, que llamó la batalla "disturbios". En 1951, los funcionarios marcaron el sitio de la matanza con una placa, una vez más, llamándolo un disturbio que "marcó el fin del desgobierno maleta en el Sur." la placa sigue en pie hasta nuestros días.




miércoles, 20 de abril de 2016

Egipto Antiguo: Megido y el inicio de la historia militar

La batalla de Megido: El comienzo de la historia militar
por Andrew Knighton - War History Online



La primera batalla de la que tenemos un registro histórico clara se llevó a cabo en el Levante en el siglo BC 15 de. Aunque sabemos que la guerra había existido durante siglos de antemano, y algunos detalles de las batallas anteriores se registran en el folklore y las escrituras religiosas, los detalles siguen siendo turbia.

Eso cambió con la batalla de Meguido.

Las dificultades de citas

los registros del antiguo Egipto, en la que nos basamos para las cuentas de la batalla de Meguido, lo sitúan en el año 23 del reinado del faraón Tutmosis III, en el día 21 del primer mes de la tercera temporada. Exactamente cómo esto se relaciona con nuestro propio sistema de datación es incierta, y los historiadores han fechado diversamente la batalla de 1457, 1479 o 1482 antes de Cristo. Todo lo que podemos decir con certeza es que se llevó a cabo en la primera mitad del siglo 15 AC.

Guerra en el Levante

Tutmosis III llegó al trono en un momento en Egipto controlado amplias zonas del Levante - las tierras del este del Mediterráneo y el norte de Oriente Medio. Al principio de su reinado, se encontró frente a una revuelta en esta región, en torno a Siria moderna.

Líder de la revuelta fue el rey de Kadesh, una ciudad cuya gran fortaleza le dio una base segura. Los Canannites, Mitani y Amurru se unieron a su alianza rebelde, al igual que el rey de Meguido, otro gobernante con una fuerte base de fortaleza.

Meguido era estratégicamente vital, el control de la principal ruta comercial entre Egipto y Mesopotamia, ahora conocida como la Vía Maris. Las fuerzas rebeldes se reunieron allí.


La Marcha del Faraón 




Estatua de Tutmosis III en el Museo de Luxor 

Al igual que muchos gobernantes antiguos, Tutmosis III tomó personalmente el mando de sus fuerzas. Reunió un ejército de entre diez y veinte mil hombres, que consta de infantería y carros, en la fortaleza fronteriza de Tjaru.

Este fue el apogeo de la guerra carro. Caballos aún no habían sido criados lo suficientemente fuerte como para llevar un jinete armado, por lo que la única manera de carros para moverse rápidamente por todo el campo de batalla y entregar los ataques repentinos de choque. El arco compuesto desarrollado recientemente dio a los corredores de carros en un arma poderosa para atacar a la infantería antes galopante de distancia. armas de hierro, que eventualmente llevarían a la caída de las aristocracias de los carros, todavía no se habían desarrollado.

En el corazón del ejército del faraón eran las armas más mortíferas de su época.

La elección de la más directa, pero también más peligroso de los tres rutas disponibles, Tutmosis tomó Aruna - la zona que ahora se llama Wadi Ara - casi sin resistencia. El ejército Kadeshi había sido enviado lejos hacia el norte y el sur para bloquear sus otras vías de avance, y ahora podía marchar en Meguido.

El rey de Kadesh, sorprendido por la apariencia de los egipcios en el centro de su línea defensiva, se puso de reunir sus tropas en el terreno elevado fuera de la fortaleza de Meguido. Faraón le dio poco tiempo para prepararse.


Oportunidad aprovechada



Una carga en la batalla de Megido, en 1457 aC, en lo que hoy es el norte de Israel, a partir de la historia 'humanidad'

Tener establecido un campamento al final del día, Tutmosis hace avanzar sus fuerzas amparo de la noche. Mientras que el Kadeshi concentró sus tropas alrededor de la fortaleza, el faraón se extendió a cabo su. Dos alas amenazados los flancos del enemigo, mientras que el núcleo del ejército avanzó en el centro. Por la mañana, atacó.

Las dos partes fueron muy igualados en número, con alrededor de 10.000 soldados de infantería y 1.000 carros cada uno. Pero después de haber extendido sus fuerzas, el faraón estaba en mejores condiciones para hacer uso de sus números. Mientras que él dirigió el ataque en el centro, su ala izquierda hizo una huelga rápido, agresivo contra el flanco rebelde.

La voluntad del flanco rebelde se rompe fácilmente por la velocidad y la habilidad del ataque egipcio. El ala derecha se derrumbó, y el resto del ejército siguieron con rapidez, la moral del colapso como guerreros vieron sus compañeros huyen. Algunos corrieron a la ciudad, cerrando las puertas detrás de ellos para mantener a los egipcios a cabo.

Los egipcios ahora desperdicia la oportunidad rápida victoria les había dado. Al igual que muchos vencedores largo de la historia, que se dedicó a saquear el campamento enemigo, capturando 200 armaduras y 924 carros. Sin embargo, aunque lo hicieron los rebeldes dispersos encontraron su camino de regreso a Meguido, trepando por cuerdas improvisadas de ropa bajados por la gente dentro de las paredes. Los que lo hizo con la seguridad incluyen los reyes de Megido y Cades.

Asedio y Consecuencias

La batalla de Megido fue seguido inmediatamente por un sitio. Faraón había sus hombres cavar una fosa y construir su propio muro defensivo alrededor de la ciudad. Después de siete meses de inanición, la ciudad finalmente se rindió. El rey de Kadesh escapó, pero el resto de los de la ciudad fueron capturados, y salvó por un faraón misericordioso.

Así como la armadura y carros, los vencedores se llevó a casa más de 2.000 caballos, 340 prisioneros, casi 25.000 de ganado y ovejas, y el tren de guerra real del rey de Meguido.


Más importante aún, la victoria en Meguido les permitió conquistar otras ciudades en la región, asegurando una vez más por el Imperio Egipcio.

¿Cómo sabemos sobre Meguido?

¿Cómo se ha convertido en esta sola batalla nuestra primera imagen clara de la historia de la guerra?

La respuesta se encuentra con escribano personal de Tutmosis III, Tjaneni. Acompañando a su regla en campaña, Tjaneni mantuvo un registro diario de la guerra. Años después, Tutmosis quería tener sus hazañas militares talladas en las paredes del templo de Amón-Ra en Karnak. El diario de Tjaneni permitió a los acontecimientos de Meguido a ser inscritas en detalle glorioso, que ha durado nos largo de los años.

Por tanto, el ejército egipcio ocupa un lugar importante en la historia temprana de la guerra por dos razones. En primer lugar porque no tenían la fuerza para llegar hasta el momento, incluyendo un líder de éxito y los últimos desarrollos militares. Y en segundo lugar porque se registran sus hazañas en una forma que duraría - las piedras antiguas de Egipto.

martes, 19 de abril de 2016

Masacres mongolas en Hungría Medieval

Horrores mongoles en Hungría en 1241
En 1241-1242 las invasiones mongoles de Hungría causaron una destrucción generalizada Recientemente, una casa llena de los restos calcinados de las víctimas asesinadas más un tesoro olvidado nos recuerda de estos horrores.

 La madre y los niños se encuentran en un horno de quemado Hungría 1241
La madre y los niños se encuentran en un horno de quemado Hungría 1241
"No mucho más tarde, llegó la noticia de que los tártaros habían tomado en la madrugada del citado Tǎmaşda, el pueblo de los alemanes, y todos aquellos a quienes no mantuvieron vivos fueron decapitados por la espada con una crueldad terrible. Al escuchar esto, me pusieron los pelos de punta, mi cuerpo se estremeció de miedo, mi lengua tartamudeó miserablemente, porque vi que el momento inevitable de la muerte espantosa me estaba amenazando. Ya veía a mis asesinos en el ojo de mi mente; mi cuerpo exudaba el sudor frío de la muerte ". [1]
En estos días, que se utilizan para fotos y vídeos de la aniquilación casi total de los pueblos de Irak y Siria causadas por Daesh. Que esto no es algo nuevo, un descubrimiento arqueológico reciente en un pueblo medieval cerca de Kiskunmajsa en el sur de Hungría es testigo.


Las monedas de Kiskunmajsán, Hungría 1241. © Ujvári Sándor

Aquí un arado volvió recientemente un alijo de monedas de plata y otras joyas para arriba. Los arqueólogos encontraron más tarde los restos de quemado vivienda llenos de los cuerpos carbonizados de personas, principalmente niños. El tesoro incluye 250 monedas de plata, así como una serie de anillos. La mayor parte de las monedas datan de principios del reinado del rey Béla IV (1235 -1270), lo que significa que la destrucción y muertes se pueden fechar a la invasión de los mongoles en 1241 - 42. Otros hallazgos similares cerca de Cegléd y Szank hablan de horrores similares. En Szank se encontraron los restos de 17 mujeres y niños dentro de una casa, que había sido quemado junto con otro tesoro. El mismo era el caso en Cegléd, donde se encontraron los cadáveres de una mujer y sus dos hijos. Habían intentado, sin éxito, de ocultar en un horno de su casa, mientras que ser objeto de ataques. En otros lugares se encontraron otros órganos, lo que sin ceremonia había sido echado en una zanja. Hace algunos años otra tal hallazgo macabro se realizó cerca de Szank en una casa incendiada reveló los restos de al menos 17 mujeres y niños. Por último, un nuevo descubrimiento macabro en Kiskunmajsa se publicó el otro día por el museo en Kecskemét. Incluyendo más de 250 monedas de plata, el tesoro había sido, obviamente, nunca se recuperó. Se encontraron los restos de los propietarios y sus hijos, una vez más quemado hasta la muerte.

La invasión de Mongolia


Anillo de Kiskunmajsán, Hungría 1241. © Ujvári Sándor

No hay duda de la invasión mongol de Hungría en 1241 causó una destrucción a gran escala, especialmente en las partes del este y central de Hungría. Se sabe que el rey húngaro, Bela IV hade recibido noticias sobre los mongoles. Sin embargo, él y su séquito creía que era sólo uno de los partidos de ataque nómadas habituales, que se utilizan para tratar. Posteriormente, este error resultó ser bastante costoso como los mongoles atacaron de manera coordinada. En el 11 de abril 1241, el ejército real fue aniquilada en la batalla de Muhi después de haber pasado a través del Paso Verecke en marzo.


Segundo anillo de Kiskunmajsán, Hungría 1241. © Ujvári Sándor

Como de costumbre el número de tropas que participan en la batalla varían entre las diferentes fuentes y las estimaciones varían entre 30.000 - 70.000 mongoles frente a 10.000 - 80.000 húngaros, que estaba acampado detrás de los vagones en círculo. Varios historiadores modernos han especulado que las armas de fuego y armas de pólvora chinos fueron desplegados por los mongoles en la batalla de Mohi y el crédito a los mongoles con la introducción de la pólvora y cánones a Europa. Lo que fue decisivo, el ejército húngaro fue aniquilada y el rey sólo se escapó por la mayor suerte.

Posteriormente, Hungría estaba muy abierto para los mongoles, que procedió a ocupar la Gran Hungría llanos y montañas de los Cárpatos y Transilvania. Esta ocupación fue sin duda alguna, acompañado de la destrucción y la devastación del campo a gran escala. Sin embargo, la controversia histórica todavía rodea el impacto. La pérdida de la vida de este modo se ha estimado entre 15 a 50% con una estimación más conservadora que oscila entre 15 - 25%. Eruditos, que abogan por las estimaciones más bajas, afirman que la hazaña de matar a tanta gente fue más allá de los medios tecnológicos de ese día. Otros apuntan al hecho de que más de 800.000 personas murieron en el interior Wre 100 días durante el genocidio Rwuanda. Cualquiera que sea la conclusión a la que se sabe que las personas huyeron en masa en los pantanos o en las montañas parapetarse detrás de antiguas fortalezas de movimiento de tierras o cualquier otro tipo de línea de defensa natural, que podría encontrarse más hacia el oeste. Otra opción eran las muchas iglesias y monasterios fortificados, que puntea la región.

Hasta hace poco, muchos estudiosos creen que el terror dado voz por el sacerdote italiano, el Maestro Roger, era tal vez más de una convención literaria que un informe adecuado de lo que ocurrió. De vez en cuando, sin embargo, las acumulaciones se han encontrado que podría fecharse con precisión al período anterior a 1241, señaladamente el hecho de que las personas habían muerto y no volvió a recuperar sus tesoros entierra. Las acumulaciones de fecha para este período parecían ser más frecuentes. Sin embargo, los hallazgos recientes han pulpa, literalmente, fuera de los horrores infligidos a los aldeanos durante el 1241, lo que resultó en un gran número de pueblos abandonados, especialmente en la Gran Llanura.

Es un hecho curioso que probablemente nunca habrían ocurrido no había tenido lugar la construcción de autopistas a través del paisaje suroeste de Budapest, estos hallazgos - solamente repoblada poco después de la destrucción del campo y de los pueblos en el siglo 13.

En el otoño de 2016 el museo local en Kecskemét planea exhibir los hallazgos realizados en la región.


NOTAS:


[1] De: Epístola de Maestro Roger a la Dolorosa lamento sobre la destrucción del reino de Hungría por los tártaros
En: Anónimo, notario del rey Béla. Los Hechos de los húngaros. Editado, traducido y anotado por Martyn Rady y László Veszprémy y la Epístola de Maestro Roger a la Dolorosa lamento sobre la destrucción del reino de Hungría por los tártaros, traducido y anotado por János M. Bak y Martyn Rady. CEU Press, 2010. p. 205.

Medieval Histories

lunes, 18 de abril de 2016

Guerra contra la Subversión: Los hijos

El drama de los hijos de los 70
Una generación que heredó la tragedia, sin haber tenido responsabilidad ni participación en lo actuado por sus padres. 



A 40 años del inicio del Golpe de Estado cívico-militar de 1976, Pilkenny y Arenes lanzaron un libro sobre los hijos de los 70 | Foto: Cedoc

Perfil


El libro de Astrid Pilkenny y Carolina Arenes cuenta la tragedia de la dictadura, desde la perspectiva de los hijos de quienes fueron protagonistas de la era más oscura para los argentinos. Las autoras conversaron con Perfil.com sobre su obra:

-¿Por qué decidieron la temática de los hijos para el libro?

-Porque los hijos, que no son responsables de nada, que no tuvieron  participación en ninguna de las decisiones que tomaron los adultos, son los que cargan con la herencia, con las heridas, con el peso de una historia que marcó y, en muchos casos, sigue marcando sus propias vidas. Nos interesaba saber cómo  había tramitado esas huellas la generación siguiente. Hijos e hijas de hombres y mujeres que estuvieron relacionados de algún modo con la violencia política de los años 70. Padres represores, padres y madres asesinados por la dictadura o por las organizaciones armadas o por la Triple A, guerrilleros, militantes, desaparecidos, madres obligadas a parir en cautiverio, padres presos por causas de lesa humanidad.  Hijos que defienden lo actuado por sus padres, hijos que los idealizan. Hijos que los cuestionan y toman distancia.

Fue la historia de la hija de un general de la dictadura, que conocimos casi por casualidad hace unos cinco años, la que nos puso en el camino de los hijos. Ella nos hizo pensar en las huellas, los traumas, que la tragedia política había dejado no ya en los protagonistas o en las víctimas directas, sino en la generación siguiente. Y nos hizo pensar por primera vez en algo que no había estado muy presente, que eran los hijos de quienes habían sido parte de la represión ilegal. “Sentía vergüenza y culpa–nos dijo-, vergüenza de la mirada de los otros, culpa ante la sociedad.” Hijos que sintieron la necesidad de saber qué habían hecho sus padres. “Tenía miedo de que me dijera que él había estado en un campo de concentración”, nos dijo el hoy fiscal Diego Molina Pico, hijo del almirante Enrique Molina Pico.

Hijos de militares y policías que, muchas veces, buscaron información en el Nunca Más o llamaron a los organismos de Derechos Humanos para saber qué habían hecho sus padres.

- ¿Cuál fue el testimonio que más les impactó?

-Todos los testimonios son impactantes y muy conmovedores porque en todos hay mucho dolor. Tal vez una de las primeras cosas que nos sorprendió y que terminó de darle forma a la búsqueda del libro fue cuando empezamos a conocer historias de acercamiento entre hijos de desaparecidos y ex guerrilleros con hijos de militares. Había poco registro del modo en que se miran y se piensan mutuamente “los hijos de los 70”. Sin embargo, desde hace algunos años, se encuentran y se ven las caras en los recintos de la Justicia o en los pasillos de la política. Se ven celebrar un fallo o romper en llanto al escucharlo. Coinciden como padres de los grupos escolares de sus hijos. Se encuentran porque la vida social muchas veces los acerca y, a veces se encuentran porque se buscan. El escritor Félix Bruzzone, hijo de dos militantes del ERP desaparecidos, fue hasta el penal de Marcos Paz en el auto de Aníbal Guevara, vocero de la autodenominada agrupación "Hijos y nietos de presos políticos". Félix está trabajando en un libro sobre los condenados por lesa humanidad y Aníbal, que denuncia ilegalidad en los juicios y, en muchos casos, como en el de su padre, desvíos procesales que violan garantías constitucionales, oficia de guía e interlocutor en ese recorrido. Aníbal impugna los juicios; Félix, que impulsa la investigación de la Justicia para saber qué pasó con sus padres, los defiende, aunque acepta que en algún caso pueda haber arbitrariedades. No se obligan a ponerse de acuerdo, pero se escuchan, discuten y se asoman al dolor del otro lado. Hijos con experiencias diversas que expresan matices de una historia muchas veces contada en blanco y negro.

Tal vez el testimonio de Luciana Ogando fue uno de los más conmovedores. Nació en cautiverio durante el secuestro de su madre y su padre fue un oficial montonero que pidió ser ajusticiado por sus compañeros montoneros porque había dado información bajo tortura. Ella conoció su historia siendo ya adolescente y desde entonces busca reconstruirla, sin idealizar el pasado militante de sus padres, tomando distancia, pero sin entregarse tampoco a una crítica feroz, desentendida de las coordenadas de la época.​

- ¿Cuáles son los puntos de unión y cuáles son las diferencias entre la visión de los entrevistados?

- Las historias y los testimonios están hermanados por  la violencia de los años 70. Sus padres han sido asesinados por la dictadura, por ERP, por Montoneros o la Triple A o han tenido participación en la estructura represiva de las fuerzas armadas y policiales y hoy están procesados o condenados por delitos de lesa humanidad.  Los hermana el dolor de una época que reemplazó la política por la violencia y el impacto ineludible, indeleble -en algunos casos atroz- en la generación siguiente. También  los une su condición de “hijos”, hijos que en algunos casos portan los mismos nombres y apellidos que sus padres (Mario Firmenich, Jaime Smart, Marcelo Dupont, Aníbal Guevara) y deben lidiar con el peso de una historia en la que no fueron protagonistas ni tomaron decisiones. En cuanto a las diferencias, cada historia tiene sus matices y sus singularidades; y los hijos se paran de maneras muy distintas frente a esa historia. Hay hijos que idealizan a sus padres y otros que los critican y han roto lazo con ellos. Hay hijos que no conocieron a sus padres y otros que hoy se hacen cargo de ellos visitándolos en las cárceles, ocupándose de los temas legales y médicos, poniendo sus vidas en suspenso. Hay hijos con una enorme capacidad reflexiva y de resiliencia, y hay hijos a los que les cuesta más ese camino. Hay hijos que coinciden con la perspectiva política de su padre y otros que hacen planteos y preguntas de otro orden.

-¿Les costó mucho lograr que los hijos se abran y hablen?

-Es imposible generalizar. Con todos los entrevistados tuvimos encuentros  informales previos en los que les contamos la idea del libro para que pudieran hacer todas las preguntas que necesitaban antes de definir si finalmente aceptarían conversar con nosotras on the record y con un grabador de por medio. Aunque hubo algunos hijos que finalmente prefirieron no participar del libro por motivos distintos – porque no querían reabrir heridas familiares, porque preferían enfocarse “en el futuro más que en el pasado”, porque los angustiaba hablar de estos temas y además hacerlo público- hubo muchos otros que sí quisieron hacerlo. En muchos casos hubo necesidad de hablar, de contar y de ser escuchados; y a pesar de que había pasado el tiempo y el tema era doloroso, rápidamente pudimos construir un clima de intimidad y respeto que les permitió a los entrevistados reconstruir, rememorar y reflexionar descarnadamente sobre las marcas del pasado en el presente, sobre lo que habían podido hacer con aquello que les había tocado vivir.

En otros casos hubo más pudores y resistencias y también, estrategias para “administrar” lo que podían decir, por motivos distintos. Algunos buscaron antes que nada cuidar la memoria familiar o poner a resguardo a los seres queridos que aún viven; otros midieron sus palabras porque sus padres están procesados o condenados y hay cuestiones legales en curso que condicionan sus testimonios.

-¿Piensan hacer una segunda parte?

-La verdad es que no lo habíamos pensado hasta ahora,  pero desde que el libro fue publicado, recibimos muchos mensajes y correos de personas con distintas historias, hasta ahora desconocidas, que quieren contar lo que hasta ahora no habían contado. Quién sabe. Quizás haya una segunda parte.




"Hijos de los 70. Historias de la generación que heredó la tragedia argentina", Carolina Arenes y Astrid Pikielny, Editorial Sudamericana.