domingo, 1 de febrero de 2026

Argentina: Felicitas Guerrero de Álzaga, el asesinato de la "joya de los salones porteños"


Felicitas Guerrero, el asesinato de la mujer más bella del país: un hombre despechado y una tragedia que se convirtió en leyenda

Hace 150 años el crimen de la dueña de una incalculable fortuna, sacudió a la sociedad porteña. La llamada “joya de los salones porteños” fue asesinada por un pretendiente obsesionado que terminaría muerto en un confuso que la Justicia decidió olvidar. Una parroquia en Barracas la recuerda y es cita casi obligada de las chicas que buscan recuperar un amor perdido
Por Adrián Pignatelli || Infobae





Felicitas Guerrero enviudó muy joven, y heredó una fortuna de su marido, Martín de Alzaga


Felicitas era joven, rica, bella y amaba el campo. Solía pasar temporadas en su estancia “La Postrera”, en el partido de Castelli, donde se criaban ovejas. Era dueña además de miles de hectáreas, que iban desde el río Salado hasta el actual partido de General Madariaga. “La Postrera” era su favorita. Esos campos habían pertenecido a Ambrosio Crámer, muerto en la revolución de los Libres del Sud en 1839. Su nombre alude que estaba en los confines de la civilización y era el último mojón frente a las tierras dominada por el indígena.
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Cuando enviudó y se encontró poseedora de una inmensa fortuna, y dueña de miles de hectáreas se dedicó a administrarlas. Solía ir al campo en compañía de su tía Tránsito Cueto.

Fue una de esas tardes dignas de una escena de película. Paseando con su carruaje por tierras alejadas de su estancia, la sorprendió una tormenta y se perdió. De pronto, se cruzó con un jinete que la tranquilizó y la acompañó en el regreso. Se llamaba Samuel Sáenz Valiente, era joven y estanciero.
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El flechazo fue mutuo.

Felicitas había nacido en Buenos Aires el 26 de febrero de 1846. Su papá Carlos Guerrero era un agente marítimo y su mamá, Felicitas Cueto, hermana de renombrados tenderos porteños. A los 18 años, su padre le arregló el casamiento. El candidato era 32 años mayor: Martín Gregorio de Álzaga, 50 años, tenía una fortuna de 60 millones de pesos y el casamiento era perfecto para estrechar lazos que iban más allá de los sentimientos.
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El apellido Álzaga era uno de los que se repetía en los libros de historia. Su abuelo, Martín, había tenido una actuación destacada durante las invasiones inglesas y había sido fusilado en julio de 1812 cuando el secretario Bernardino Rivadavia lo involucró en una conspiración para derrocar al Primer Triunvirato.

De nada sirvieron las protestas de Felicitas. El 2 de junio de 1864 se casó. Tuvieron dos hijos. Félix Francisco, muerto el 3 de octubre de 1869 a los 3 años víctima de la epidemia de fiebre amarilla, y Martín, quien falleció al nacer el 2 de marzo de 1870. Álzaga murió el día anterior, el 1 de marzo de 1870, afectado profundamente por la desaparición de su hijo.

Felicitas, de 24 años, se transformó en una hermosa viuda, dueña de una importante fortuna, y pretendientes no le faltaron. Era conocida como “la mujer más hermosa de la República” o “la joya de los salones porteños”.


Lugar de la tragedia. La casa de descanso de la familia Guerrero, en Barracas, cuando ya existía la iglesia Santa Felicitas

Uno de los que estaba atraído por ella se llamaba Enrique Ocampo, también de una familia de renombre. El que sería el tío abuelo de la escritora Victoria Ocampo la visitaba con la esperanza de poder llegar a formalizar una relación, aunque Felicitas mantenía una distancia amistosa.

Por ese tiempo ya había anunciado su compromiso con Sáenz Valiente, noticia que Ocampo no pudo digerir.

La pareja anunció su compromiso para el 29 de enero de 1872. La reunión se haría en la casa de descanso que los Guerrero poseían en Barracas, donde antiguamente estaba la “Quinta de la Noria”, junto a la Calle Larga, que era el primitivo nombre de la avenida Montes de Oca.


Martín Gregorio de Álzaga, el marido de Felicitas, inmortalizado en una estatua que se encuentra dentro de la iglesia de Santa Felicitas

Tenía días agitados por delante. Estaba organizando la inauguración de un puente de hierro sobre el río Salado, cercano a “La Postrera”, lo que permitiría transitar aún con crecidas. Sería un acto importante, planeado para el 3 de febrero -aniversario de la batalla de Caseros-, en el mismo campo al que concurriría el gobernador bonaerense Emilio Castro. Felicitas planeaba incluir en el festejo un simulacro de la Revolución de 1839, con la participación de un escuadrón de caballería con jinetes vestidos con camisas celeste.

Ese día, ella había ido al centro a realizar unas compras. Cuando regresó, al anochecer, ya estaban los invitados. Antes de subir a sus habitaciones a cambiarse, le anunciaron que la esperaba Ocampo para hablarle en privado. Envió a alguien para decirle que no lo podía ver, pero el visitante, instalado en la sala, insistió en hablar con ella.

Felicitas estaba en compañía de su amiga íntima Albina Casares. También sus parientes Bernabé Demaría, su hijo Cristian y su esposa Tránsito.

Luego de saludar a su prometido y a los invitados, se dirigió a la sala donde un atribulado Ocampo la esperaba. Los Demaría se ofrecieron acompañarla pero ella se negó. Tampoco quiso que lo hiciera su amiga Albina. Todos aguardarían expectantes detrás de la puerta para escuchar la conversación.


Enrique Ocampo, el pretendiente que desencadenó la tragedia la noche del 29 de enero de 1872.

Discutieron. Escucharon que Ocampo le preguntaba a Felicitas si se iba a casar con él o con Samuel. Dicen que él le exigió que no viese a otro hombre, lo que puso fuera de sí a Felicitas: que cómo se atrevía a pedirle algo semejante, que ella se casaba con quien le cuadrase. Le exigió que no volviese más a la casa.

En ese momento, Ocampo sacó un revólver. Ella se asustó e intentó salir de la sala. Se escuchó un disparo y un grito.

Bernabé y Cristian Demaría entraron y vieron a Felicitas con la espalda ensangrentada, caminando tambaleante. Cayó al suelo cuando la cola de su batón se enganchó con la punta de un mueble, aunque pudo levantarse y salir al pasillo, donde se desplomó.

Todos la rodearon. Sáenz Valiente la abrazó. Ella le pidió: “Me muero, me muero, no me abandone en este instante…”. La llevaron a su habitación.

¿Qué pasó después de la tragedia? Una versión dice que Ocampo se suicidó, y otros que el agresor fue muerto por el primo de Felicitas.

La historia fue así. Cuando los Demaría entraron, Ocampo les disparó, y la bala se incrustó en el marco de una ventana. Cristian se arrojó sobre él y forcejearon. Pudo quitarle el revólver y lo hirió en el pecho. Años después Bernabé Demaría recordaba que “el chaleco blanco de Ocampo humeaba de sangre y fuego”.

Aún herido, Ocampo quiso tomar su grueso bastón de estoque y Cristian le introdujo el caño del arma en la boca e hizo fuego. Le destrozó el cráneo.

Mientras tanto, habían llamado a los médicos Montes de Oca y Larrosa. Comprobaron que el proyectil había ingresado por arriba del omóplato derecho y había afectado la columna y el pulmón.

Agonizó unas horas y falleció en la madrugada del día siguiente, 30 de enero. Fue velada en la casa familiar de México 524, en el barrio de San Telmo y enterrada en el Cementerio de la Recoleta. La ironía del destino quiso que su cortejo fúnebre coincidiera, en la entrada de la necrópolis, con el de su asesino, Ocampo.

El juez Angel Justiniano Carranza dictaminó que Ocampo se había suicidado y cerró el caso.


Frente de la iglesia Santa Felicitas, erigida en memoria de la muchacha asesinada en 1872 (Gentileza Diario de un turista)

Los padres de Felicitas, desconsolados, mandaron construir una iglesia en el lugar donde la habían matado. Así nació el 30 de enero de 1879 la iglesia de Santa Felicitas, sobre Isabel La Católica 520, frente a Plaza Colombia, en Barracas. Sus padres murieron esperando en vano la autorización para sepultar allí los restos de su hija.

Samuel Sáenz Valiente se casó con Dolores Justa de Urquiza Costa, hija del caudillo entrerriano. Tuvieron seis hijos y se suicidó el 11 de enero de 1924.

El templo conserva una estatua de Felicitas y de su esposo Martín. La tradición cuenta que las chicas que desean recuperar a un amor perdido, deben atar un pañuelo en las rejas de la iglesia. Y que los pañuelos, a la mañana siguiente, si amanecen húmedos, es por las lágrimas de Felicitas, cuyo espectro, siempre según la leyenda, aparecería en los aniversarios de su trágica muerte.

Es que aún su historia causa tristeza y melancolía en los visitantes que presienten que Felicitas aún está allí, buscando su felicidad.



sábado, 31 de enero de 2026

Guerra civil: Carta de Juan Manuel de Rosas a Facundo Quiroga

Carta de Juan Manuel de Rosas a Juan Facundo Quiroga, manchada con su sangre tras ser asesinado en Barranca Yaco

Hacienda de Figueroa en San Antonio, de Diciembre 20 de 1834.




Carta de Juan Manuel de Rosas a Juan Facundo Quiroga, manchada con su sangre tras ser asesinado en Barranca Yaco.
Hacienda de Figueroa en San Antonio, de Diciembre 20 de 1834.
Mi querido compañero, señor don Juan Facundo Quiroga.
Consecuente a nuestro acuerdo, doy principio por manifestarle haber llegado a creer que las disensiones de Tucumán y Salta, y los disgustos entre ambos gobiernos, pueden haber sido causados por el ex Gobernador D. Pablo Alemán y sus manipulantes. Este fugó al Tucumán, y creo que fue bien recibido, y tratado con amistad por el señor Heredia. Desde allí maniobró una revolución contra Latorre, pero habiendo regresado a la frontera del Rosario para llevarla a efecto, saliéndole mal la combinación fue aprehendido:, y conducido a Salta. De allí salió bajo fianza de no volver a la provincia, y en su tránsito por el Tucumán para ésta, entiendo estuvo en buena comunicación con el señor Heredia. Todo esto no es extraño que disgustase a Latorre, ni que alentase el partido Sr. Alemán, y en tal posición los Unitarios que no duermen, y están corno el lobo acechando los momentos de descuido, o distracción infiriendo, al famoso estudiante López que estuvo en el Pontón, han querido sin duda aprovecharse de los elementos que les proporcionaba este suceso para restablecer su imperio. Pero de cualquier modo que esto haya sucedido me parece injusta la indemnización de daños y perjuicio que solicita el señor Heredia. El mismo confiesa en sus notas oficiales a este gobierno y al de Salta, que sus quejas se fundan en indicios, y conjeturas, y no en hechos ciertos e intergiversables, que alejen todo motivo de duda sobre la conducta hostil que le atribuye a Latorre. Siendo esto así, él no tiene por derecho de gentes más acción que a pedir explicaciones, y también garantías, pero de ninguna manera indemnizaciones.



Los negocios de Estado a Estado no se pueden decidir por las leyes que rigen en un país para los asuntos entre particular cuyas leyes han sido dictadas por circunstancias, y razones que sólo tienen lugar en aquel Estado en donde deben ser observadas. A que se agrega que no es tan cierto, que por sólo indicios, y conjeturas se condene a una persona a pagar indemnizaciones en favor de otra. Sobre todo debe tenerse presente que, aun cuando esta pretensión no sea repulsada por la justicia, lo es por la política. En primer lugar sería un germen de odio inextinguible entre ambas provincias que más tarde o más temprano de un modo o de otro, podría traer grandes males a la República. En segundo porque tal ejemplar abriría la puerta a la intriga y mala fe para que pudiese fácilmente suscitar discordias entre los pueblos, que sirviesen de pretexto para obligar a los unos a que sacrificasen su fortuna en obsequio de los otros. A mi juicio no debe perderse de vista el cuidado con que el Sr. Heredia se desentiende de los cargos que le hace Latorre por la conducta que observó con Alemán cuando éste, según se queja el mismo Latorre, desde el Tucumán le hizo una revolución sacando los recursos de dicha provincia a ciencia y paciencia de Heredia sobre lo que inculca en su proclama publicada en la Gaceta del jueves que habrá Vd. leído.
La justicia tiene ciertamente dos orejas, y es necesario para buscarla que Vd. desentrañe las cosas desde su primer origen. Y si llegase a probar de una manera evidente con hechos intergiversables, que alguno de los dos contendientes ha traicionado abiertamente la causa nacional de la Federación, yo en el caso de Vd. propendería a que dejase el puesto.
Considerando excusado extenderme sobre algunos otros puntos, porque según el relato que me hizo el Sr. Gobernador ellos están bien explicados en las instrucciones, pasaré al de la Constitución.
Me parece que al buscar Vd. la paz, y orden desgraciadamente alterados, el argumento más fuerte, y la razón más poderosa que debe Vd. manifestar a esos señores gobernadores, y demás personas influyentes, en las oportunidades que se le presenten aparentes, es el paso retrógrado que ha dado la Nación, alejando tristemente el suspirado día de la grande obra de la Constitución Nacional. ¿Ni qué otra cosa importa, el estado en que hoy se encuentra toda la República? Usted y yo deferimos a que los pueblos se ocupasen de sus constituciones particulares, para, que después de promulgadas entrásemos a trabajar los cimientos de la gran Carta Nacional. En este sentido ejercitamos nuestro patriotismo e influencias, no porque nos asistiere un positivo convencimiento de haber llegado la verdadera ocasión, sino porque estando en paz la República, habiéndose generalizado la necesidad de la Constitución, creímos que debíamos proceder como lo hicimos, para evitar mayores males. Los resultados lo dicen elocuentemente los hechos, los escándalos que se han sucedido, y el estado verdaderamente peligroso en que hoy se encuentra la República, cuyo cuadro lúgubre nos aleja toda esperanza de remedio.



Y después de todo esto, de lo que enseña y aconseja la experiencia tocándose hasta con la luz de la evidencia, ¿habrá quién crea que el remedio es precipitar la Constitución del Estado? Permítame Vd. hacer algunas observaciones a este respecto, pues aunque hemos estado siempre acordes en tan elevado asunto quiero depositar en su poder con sobrada anticipación, por lo que pueda servir, una pequeña parte de lo mucho que me ocurre y que hay que decir.
Nadie, pues, más que Vd. y yo podrá estar persuadido de la necesidad de la organización de un Gobierno general, y de que es el único medio de darle ser y responsabilidad a nuestra República.
¿Pero quién duda que éste debe ser el resultado feliz de todos los medios proporcionados a su ejecución? ¿Quién aspira a un término marchando en contraria dirección? ¿Quién para formar un todo ordenado, y compacto, no arregla, y solicita, primeramente bajo una forma regular, y permanente, las partes que deben componerlo? ¿Quién forma un Ejército ordenado con grupos de hombres, sin jefes sin oficiales, sin disciplina, sin subordinación, y que no cesan/ un momento de acecharse, y combatirse contra sí, envolviendo a los demás, en sus desórdenes? ¿Quién forma un ser viviente, y robusto con miembros' muertos, o dilacerados, y enfermos de la más corruptora gangrena, siendo así que la vida y robustez de este nuevo ser en complejo no puede ser sino la que reciba de los propios miembros de que se haya de componer? Obsérvese que una muy cara y dolorosa experiencia nos ha hecho ver prácticamente que es absolutamente necesario entre nosotros el sistema federal porque, entre otras razones de sólido poder, carecemos totalmente de elementos para un gobierno de unidad. Obsérvese que el haber predominado en el país una facción que se hacía sorda al grito de esta necesidad ha destruido y aniquilado los medios y recursos que teníamos para proveer a ella, porque ha irritado los ánimos, descarriado las opiniones, puesto en choque los intereses particulares, propagado la inmoralidad y la intriga, y fraccionado en bandas de tal modo la sociedad, que no ha dejado casi reliquias de ningún vínculo, extendiéndose su furor a romper hasta el más sagrado de todos y el único que podría servir para restablecer los demás, cual es el de la religión; y que en este lastimoso estado es preciso crearlo todo de nuevo, trabajando primero en pequeño; y por fracciones para entablar después un sistema general que lo abrace todo. Obsérvese que una República Federativa es lo más quimérico y desastroso que pueda imaginarse, toda vez que no se componga de Estados bien organizados en sí mismos, porque conservando cada uno su soberanía e independencia, la fuerza del poder general con respecto al interior de la República, es casi ninguna, y su principal y casi todo, su investidura, es de pura representación para llevar la voz a nombre de todos los Estados confederados en sus relaciones con las naciones extranjeras; de consiguiente si dentro de cada Estado en particular, no hay elementos de poder para mantener el orden respectivo, la creación de un Gobierno general representativo no sirve más que para poner en agitación a toda la República a cada, desorden parcial que suceda, y hacer que el incendio de cualquier Estado se derrame por todos los demás. Así es que la República de Norte América no ha admitido en la confederación los nuevos pueblos y provincias que se han formado después de su independencia, sino cuando se han puesto en estado de regirse por sí solos, y entre tanto los ha mantenido sin representación en clase de Estados; considerándolos como adyacencias de la República.



Después de esto, en el estado de agitación en que están los pueblos, contaminados todos de unitarios, de logistas, de aspirantes, de agentes secretos de otras naciones, y de las grandes logias que tienen en conmoción a toda Europa, ¿qué esperanza puede haber de tranquilidad y calma al celebrar los pactos de la Federación, primer paso que debe dar el Congreso Federativo? En el estado de pobreza en que las agitaciones políticas han puesto a todos los pueblos, ¿quiénes, ni con qué fondos podrán costear la reunión y permanencia de ese Congreso, ni menos de la administración general? ¿Con qué fondos van a contar para el pago de la deuda exterior nacional invertida en atenciones de toda la República, y cuyo cobro será lo primero que tendrá encima luego que se erija dicha administración? Fuera de que si en la actualidad apenas se encuentran hombres para el gobierno particular de cada provincia, ¿de dónde se sacarán los que hayan de dirigir toda la República? ¿Habremos de entregar la administración general a ignorantes, aspirantes, unitarios, y a toda clase de bichos? ¿No vimos que la constelación de sabios no encontró más hombre para el Gobierno general que a don Bernardino Rivadavia, y que éste no pudo organizar su Ministerio sino quitándole el cura a la Catedral (1) , y haciendo venir de San Juan al Dr. Lingotes (2) para el Ministerio de Hacienda, que entendía de este ramo lo mismo que un ciego de nacimiento entiende de astronomía ? Finalmente, a vista del lastimoso cuadro que presenta la República, ¿cuál de los héroes de la Federación se atreverá a encargarse del Gobierno general? ¿Cuál de ellos podrá hacerse de un cuerpo de representantes y de ministros, federales todos, de quienes se prometa las luces, y cooperación necesaria para presentarse con la debida dignidad, salir airoso del puesto, y no perder en él todo su crédito, y reputación? Hay tanto que decir sobre este punto que para sólo lo principal y más importante sería necesario un tomo que apenas se podría, escribir en un mes.



El Congreso general debe ser convencional, y no deliberante, debe ser para estipular las bases de la Unión Federal, y no para resolverlas por votación. Debe ser compuesto de diputados pagados y expensados por sus respectivos pueblos y sin esperanza de que uno supla el dinero a otros, porque esto que Buenos Aires pudo hacer en algún tiempo, le es en el día absolutamente imposible.
Antes de hacerse la reunión debe acordarse entre los gobiernos, por unánime avenimiento, el lugar donde ha de ser, y la formación del fondo común, que haya de sufragar a los gastos oficiales del Congreso, corno son los de casa, muebles, alumbrado, secretarios, escribientes, asistentes, porteros, ordenanzas, y demás de oficina; gastos que son cuantiosos y mucho más de lo que se creen generalmente. En orden a las circunstancias del lugar de la reunión debe tenerse cuidado que ofrezca garantías de seguridad y respeto a los diputados, cualquiera que sea su modo de pensar y discurrir; que sea uno, hospitalario, y cómodo, porque los diputados necesitan largo tiempo para expedirse. Todo esto es tan necesario cuanto que de lo contrario muchos sujetos de los que sería preciso que fuesen al Congreso se excusarán o renunciarán después de haber ido, y quedará reducido a un conjunto de imbéciles, sin talento, sin saber, sin juicio, y sin práctica en los negocios de Estado. Si se me preguntase dónde está hoy ese lugar diré que no sé, y si alguno contestase que en Buenos Aires, yo diría que tal elección sería el anuncio cierto del desenlace más desgraciado y funesto a esta ciudad, y a toda la República. El tiempo, el tiempo solo, a la sombra de la paz, y de la tranquilidad de los pueblos, es el que puede proporcionarlo y señalarlo. Los Diputados deben ser federales a prueba, hombres de respeto, moderados, circunspectos, y de mucha prudencia y saber en los ramos de la Administración pública, que conozcan bien á fondo el estado y circunstancias de nuestro país, considerándolo en su posición interior bajo todos aspectos, y en la relativa a los demás Estados vecinos, y a los de Europa con quienes está en comercio, porque hay grandes intereses y muy complicados que tratar y conciliar, y a la hora que rayan dos o tres diputados sin estas calidades, todo se volverá un desorden como ha sucedido siempre, esto es si no se convierte en una tanda de pillos, que viéndose colocados en aquella posición, y sin poder hacer cosa alguna de provecho para el país, traten de sacrificarlo a beneficio suyo particular, como lo han hecho nuestros anteriores Congresos concluyendo sus funciones con disolverse, llevando los diputados por todas partes el chisme, la mentira, la patraña, y dejando envuelto al país en un maremágnun de calamidades de que jamás pueda repararse.
Lo primero que debe tratarse en el Congreso no es, como algunos creen, de la erección del Gobierno general, ni del nombramiento del jefe supremo de la República. Esto es lo último de todo. Lo primero es dónde ha de continuar sus sesiones el Congreso, si allí donde está o en otra parte. Lo segundo es la Constitución General principiando por la organización que habrá de tener el Gobierno general, que explicará de cuántas personas se ha de componer ya en clase de jefe supremo, ya en clase de ministros, y cuáles han de ser sus atribuciones, dejando salva la soberanía e independencia de cada uno de los Estados Federados. Cómo se ha de hacer la elección, y qué calidades han de concurrir en los elegibles; en dónde ha de residir este Gobierno, y qué fuerza de mar y tierra permanente en tiempo de paz es la que debe tener, para el orden, seguridad, y respetabilidad de la República.



El punto sobre el lugar de la residencia del Gobierno suele ser de mucha gravedad, y trascendencia por los celos y emulaciones que esto excita en los demás pueblos, y la complicación de funciones que sobrevienen en la corte o capital de la República con las autoridades del Estado particular a que ella corresponde. Son éstos inconvenientes de tanta gravedad que obligaron a los norteamericanos a fundar la ciudad de Washington, hoy Capital de aquella República que no pertenece a ninguno de los Estados confederados.
Después de convenida la organización que ha de tener el Gobierno, sus atribuciones, residencia y modo de erigirlo, debe tratarse de crear un fondo nacional permanente que sufrague todos los gastos generales, ordinarios y extraordinarios, y al pago de la deuda nacional, bajo del supuesto que debe pagarse tanto la exterior como la interior, sean cuales fueren las causas justas o injustas que la hayan causado, y sea cual fuere la administración que haya habido de la hacienda del Estado porque el acreedor nada tiene que ver con esto, que debe ser una cuestión para después. A la formación de este fondo, lo mismo que con el contingente de tropa para la organización del Ejército nacional, debe contribuir cada Estado Federado, en proporción a su población cuando ellos de común acuerdo no tomen otro arbitrio que crean más adaptable a sus circunstancias; pues en orden a eso no hay regla fija, y todo depende de los convenios que hagan cuando no crean conveniente seguir la regla general, que arranca del número proporcionado de población. Los norteamericanos convinieron en que formasen este fondo de derechos de Aduana sobre el comercio de ultramar, pero fue porque todos los Estados tenían puertos exteríores no habría sido así en caso contrario. A que se agrega que aquel país por su situaci6n topográfica es en la principal y mayor parte marítimo como se ve a la distancia por su comercio activo, el número crecido de sus buques mercantes, y de guerra construidos en la misma república, y como que esto era lo que más gastos causaba a la república en general, y lo que más llamaba su atención por todas partes, pudo creerse que debía sostenerse con los ingresos de derechos que produjesen el comercio de ultramar o con las naciones extranjeras.



Al ventilar estos puntos, deben formar parte de ellos los negocios del Banco Nacional, y de nuestro papel moneda que todo él forma una parte de la deuda nacional a favor de Buenos Aires; deben entrar en cuenta nuestros fondos públicos, y la deuda de Inglaterra, invertida en la guerra nacional con el Brasil; deben entrar los millones gastados en la reforma militar, los gastados en pagan la deuda reconocida, que había hasta el año de Ochocientos veinte y cuatro procedente de la guerra de la Independencia, y todos los demás gastos que ha hecho esta provincia con cargo de reintegro en varias ocasiones, como ha sucedido para la reunión y conservación de varios congresos generales.
Después de establecidos estos puntos, y el modo como pueda cada Estado Federado crearse sus rentas particulares sin perjudicar los intereses generales de la República, después de todo esto, es cuando recién se procederá al nombramiento del jefe de la República y erección del Gobierno general. ¿Y puede nadie concebir que en el estado triste y lamentable en que se halla nuestro país pueda allanarse tanta dificultad, ni llegarse al fin de una empresa tan grande, tan ardua, y que en tiempos los más tranquilos y felices, contando con los hombres de más capacidad, prudencia v patriotismo, apenas podría realizarse en dos años de asiduo trabajo? ¿Puede nadie que sepa lo que es el sistema federativo, persuadirse que la creación de un gobierno general bajo esta forma atajará las disensiones domésticas de los pueblos? Esta persuasión o triste creencia en algunos hombres de buena fe es la que da ansia a otros pérfidos y alevosos que no la tienen o que están alborotando los pueblos con el grito de Constitución, para que jamás haya paz, ni tranquilidad, porque en el desorden es en lo que únicamente encuentran su modo de vivir. El Gobierno general en una República Federativa no une los pueblos federados, los representa unidos: no es para unirlos, es para representarlos en unión ante las demás naciones: él no se ocupa de lo que pasa interiormente en ninguno de los Estados, ni decide las contiendas que se suscitan entre sí. En el primer caso sólo entienden las autoridades particulares del Estado, y en el segundo la misma Constitución tiene provisto el modo cómo se ha de formar el tribunal que debe decidir. En una palabra, la unión y tranquilidad crea el Gobierno general, la desunión lo destruye; él es la consecuencia, el efecto de la unión, no es la causa, y si es sensible su falta, es mucho mayor su caída, porque nunca sucede ésta sino convirtiendo en escombros toda la República. No habiendo, pues, hasta ahora entre nosotros, como no hay, unión y tranquilidad, menos mal es que no exista, que sufrir los estragos de su disolución. ¿No vemos todas las dificultades invencibles que toca cada Provincia en particular para darse constitución? Y si no es posible vencer estas solas dificultades, ¿será posible vencer no sólo éstas sino las que presenta la discordia de unas provincias con otras, discordia que se mantiene como acallada y dormida mientras que cada una se ocupa de sí sola, pero que aparece al instante como una tormenta general que resuena por todas partes con rayos y centellas, desde que se llama a Congreso general?



Es necesario que ciertos hombres se convenzan del error en que viven, porque si logran llevarlo a efecto, envolverán a la República en la más espantosa catástrofe, y yo desde ahora pienso que si no queremos menoscabar nuestra reputación ni mancillar nuestras glorias, no debemos prestarnos por ninguna razón a tal delirio, hasta que dejando de serlo por haber llegado la verdadera oportunidad veamos indudablemente que los resultados han de ser la felicidad de la Nación. Si no pudiésemos evitar que lo pongan en planta, dejemos que ellos lo hagan enhorabuena pero procurando hacer ver al público que no tenemos la menor parte en tamaños disparates, y que si no lo impedimos es porque no nos es posible.



La máxima de que es preciso ponerse a la cabeza de los pueblos cuando no se les pueda hacer variar de resolución es muy cierta; mas es para dirigirlos en su marcha, cuando ésta es a buen rumbo, pero con precipitación o mal dirigida; o para hacerles variar de rumbo sin violencia, y por un convencimiento práctico de la imposibilidad de llegar al punto de sus deseos. En esta parte llenamos nuestro deber, pero los sucesos posteriores han mostrado a la clara luz que entre nosotros no hay otro arbitrio que el de dar tiempo a que se destruyan en los pueblos los elementos de discordia, promoviendo y alentando cada gobierno por sí el espíritu de paz y tranquilidad. Cuando éste se haga visible por todas partes, entonces los cimientos empezarán por valernos de misiones pacíficas y amistosas por medio de las cuales sin bullas, ni alboroto, se negocia amigablemente entre los gobiernos, hoy esta base, mañana la otra hasta colocarlas en tal estado que cuando se forme el Congreso lo encuentre hecho casi todo, y no tenga más que marchar llanamente por el camino que se le haya designado. Esto es lento a la verdad, pero es preciso que así sea, y es lo único que creo posible entre nosotros después de haberlo destruido todo, y tener que formarnos del seno de la nada.



Adiós, compañero. El cielo tenga piedad de nosotros, y dé a Vd. salud, acierto, y felicidad en el desempeño de su comisión; y a los dos, y demás amigos, iguales goces, para defendernos, precavernos, y salvar a nuestros compatriotas de tantos peligros como nos amenazan.
Juan M. de Rosas.
(1) Julián Segundo de Agüero
(2) Salvador Maria del Carril
Colección Adolfo Saldías, folios 179 al 184. Sala VII Nº 229. Dpto. Documentos Escritos. Buenos Aires. Argentina. (AGN│Archivo General de la Nación)



viernes, 30 de enero de 2026

SGM: El fin del acorazado de bolsillo Graf Spee

Últimos momentos del acorazado de bolsillo Graf Spee después de la Batalla del Río de la Plata, justo antes de ser destruido por su tripulación frente a Montevido el 17 de diciembre de 1939.


jueves, 29 de enero de 2026

Siglo 17: Buques de guerra holandeses


Buques de guerra holandeses




War History



El Brederode frente a Hellevoetsluis.
Este famoso barco fue construido en 1644. El vicealmirante Witte de With comandó el Brederode durante la mayor parte de su carrera, con excepción del período entre 1650 y 1654. Desde principios de 1652 hasta agosto de 1653, el Brederode fue el buque insignia del teniente almirante Tromp, pero para julio de 1654 volvió a ser el buque insignia de Witte de With. La primera operación importante en la que participó el Brederode fue escoltar una gran flota de buques mercantes holandeses a través del Estrecho (el Sund) sin pagar el peaje a Dinamarca, una misión que fue exitosa. La siguiente gran operación no llegó hasta la expedición de socorro enviada a Brasil a fines de 1647, que regresó a finales de 1649. Esta empresa estaba condenada al fracaso desde el inicio, ya que los barcos estaban desprovistos de apoyo y sin los recursos ni el liderazgo político necesarios para revertir la situación holandesa en Brasil. Para esa misión, parece que Witte de With comandó su propio barco, con Jan Janszoon Quack como su teniente. Luego de que Witte de With fuera encarcelado al regresar de Brasil, el Brederode fue asignado al teniente almirante Tromp como su buque insignia. El plan original había sido enviar al Brederode al Mediterráneo en 1652, pero la enfermedad de Tromp hizo que el barco permaneciera en aguas domésticas hasta que pareció inminente una guerra con Inglaterra.

Construcción naval

La industria de construcción de buques de guerra holandesa tenía considerables ventajas sobre sus competidoras de países vecinos, especialmente Inglaterra y Francia. Podía construir barcos más baratos y con mayor rapidez gracias a una tecnología superior (como los aserraderos movidos por viento) y a la presencia, en las inmediaciones de los astilleros, tanto de una numerosa mano de obra especializada como de suministros navales de todo tipo. También era relativamente fácil obtener materias primas. Los holandeses conseguían roble para los cascos desde Polonia, así como de Westfalia, Brandeburgo y otras regiones de Alemania, enviando la madera por los ríos Mosa y Rin hacia Dordrecht en el sur o hacia Zaandam, Edam, Hoorn y Enkhuizen en el norte. El pino para mástiles y vergas provenía de Escandinavia, Pomerania, Prusia y Polonia; el hierro, de España, Suecia y las montañas Harz; el cáñamo, de Rusia o Riga; la brea, de Rusia y Suecia, especialmente de Vyborg; la pez, de Estocolmo. La lona para velas se importaba tradicionalmente de Bretaña, pero desde alrededor de 1660 se comenzó a producir localmente, en los pueblos cercanos a los astilleros a lo largo del río Zaan.

Sin embargo, hacia fines del siglo XVII, los holandeses empezaron a quedarse atrás respecto a sus rivales. Una persistente adhesión a métodos antiguos hizo que, hasta casi fines del siglo, los barcos todavía se diseñaran principalmente “a ojo”, basados en “la mirada y el juicio del maestro carpintero naval”, como decía un contemporáneo, en vez de usar planos y modelos que permitieran repetir diseños. Ámsterdam y Róterdam construían barcos de maneras completamente distintas, incluso con dimensiones algo diferentes: los de Ámsterdam seguían el estilo escandinavo, construyendo primero la “cáscara” (el casco externo), mientras que los de Róterdam empezaban por el armazón y luego añadían el forro exterior (aunque no está claro cuándo ni por qué cada centro adoptó su método). Todos los barcos de guerra holandeses se caracterizaban por tener popas relativamente altas, cuadradas y decoradas con símbolos de lealtad nacional o provincial, como el emblema del león saliendo del mar que decoraba a los barcos de Zelanda.

Tamaño de los buques de guerra

El tamaño de los buques de guerra holandeses estaba limitado, sobre todo, por las aguas poco profundas frente a la costa y en los accesos a los puertos de la república. Eso también determinaba la forma del casco: los barcos holandeses tenían fondos más planos y calado más bajo que los de otros países. Hasta la década de 1590, la república usaba barcos que en general desplazaban menos de 100 toneladas, y pocos pasaban las 200. Entre 1599 y 1601 se construyeron diecisiete barcos mucho más grandes, planificados para bloquear puertos españoles, incluyendo dos que superaban ampliamente las 1000 toneladas (o, según la medida de la época —los “lasten”—, unas 500). Esta experiencia con buques muy grandes se repitió a comienzos de la década de 1620, pero fueron transferidos a la Compañía Holandesa de las Indias Orientales (VOC), y no se volvieron a construir barcos de ese tamaño para la armada hasta los años 1650 y 1660. En su lugar, los holandeses se concentraron en unidades más pequeñas, de entre 300 y 700 toneladas, más aptas para escoltar convoyes.

La diferencia con Inglaterra era notable. En 1620, el tonelaje medio de los buques de guerra ingleses de más de 100 toneladas era de 830 toneladas; para los holandeses, apenas 270. La brecha se fue cerrando, pero incluso para 1650 las cifras eran 680 y 470, respectivamente. Cuando comenzó la primera guerra anglo-holandesa en 1652, el Estado británico tenía al menos dieciocho barcos de guerra más grandes que cualquier cosa que los holandeses pudieran enviar al mar. El tamaño comparativamente pequeño de los buques de guerra holandeses se ve claramente en los dos famosos buques insignia de Maarten Tromp: el Aemilia, desde el cual izó su insignia en la batalla de los Downs, tenía 57 cañones, mientras que su reemplazo, el Brederode, apenas más grande, tenía una eslora de unos 40 metros, montaba entre 53 y 59 cañones y tenía una tripulación de 270 hombres. En comparación, el inglés Sovereign of the Seas, construido en 1637–8, tenía más de 51 metros de eslora, inicialmente montaba 102 cañones y, cuando enfrentó al Brederode, contaba con una tripulación de 700 hombres.

Aumentar el tamaño de los buques holandeses encontraba obstáculos tanto geográficos como políticos. Cuando en 1652 se decidió construir barcos más grandes, Tromp propuso buques de al menos 150 pies de eslora, pero la Almirantazgo de Ámsterdam se opuso a cualquier cosa mayor a 140 pies, alegando —sin fundamento— que ese era el tamaño máximo que podía cruzar los bancos de arena del Pampus, que restringían el acceso a su puerto. Por lo tanto, los nuevos ciclos de construcción naval que empezaron en 1654–55 se concentraron en barcos de 130, 136 y 140 pies. Las únicas excepciones, tras arduos debates en los Estados Generales a fines de 1652, fueron el Eendracht, nuevo buque insignia de la flota, y el Groot Hollandia, buque insignia del Almirantazgo del Mosa. Aun así, la gran mayoría de estos nuevos buques “grandes” eran equivalentes en tamaño a los Fourth Rates británicos, y los dos buques insignia apenas alcanzaban la escala de Second Rates pequeños; no había nada comparable a los enormes First Rates ingleses, como el Sovereign y el Naseby (más tarde Royal Charles) de 1655.

Para 1664–65, sin embargo, la oposición de Ámsterdam había sido superada por la experiencia, y se empezaron a ordenar buques de entre 145 y 170 pies, mucho más cercanos a los disponibles para Carlos II y su armada. Durante la década de 1660, los holandeses incorporaron diez buques de entre 1400 y 1600 toneladas con 72 a 84 cañones, como el Dolfijn construido en Ámsterdam en 1667, y otros veinte de 1100 toneladas con 60 a 74 cañones. Fue un programa de construcción grande y veloz, que finalmente colocó a la flota de batalla holandesa al mismo nivel que las de sus rivales. El cambio drástico en el tamaño puede verse también en los promedios: en 1670, los 129 buques más grandes de la armada holandesa tenían un desplazamiento medio de 790 toneladas; los de la armada de Carlos II, 810; y ambos fueron superados por la marina francesa, con un promedio de 950 toneladas, dominada por grandes buques de prestigio. Todos los buques holandeses grandes construidos desde los años 1660 fueron ordenados por los Estados Generales, aunque las almirantazgos individuales siguieron encargando barcos más pequeños por su cuenta. El aumento de tamaño trajo un aumento enorme en los costos: un buque típico en 1632 costaba entre 19.000 y 22.000 florines; el Eendracht, que explotó en la batalla de Lowestoft en 1665, costó 60.000.

Artillería

Las limitaciones de las aguas costeras holandesas implicaban que, incluso los barcos nuevos más grandes construidos en la década de 1660, seguían siendo de dos cubiertas y llevaban 80 cañones, bastante menos que los 100 o más que montaban los barcos ingleses (y cada vez más también los franceses) de línea. Los holandeses recién empezaron a construir barcos de tres cubiertas completas en la década de 1680. Pero el simple número de cañones da una impresión engañosa, ya que la artillería holandesa era muy diferente en escala respecto de la de sus enemigos.

En 1666, por ejemplo, los barcos británicos más grandes montaban cañones de “siete libras” que disparaban proyectiles de 42 libras, mientras que muchos otros llevaban demi-cannons de 32 libras. En cambio, los holandeses tenían muy pocos cañones que dispararan más de 24 libras, por lo que sus andanadas eran inevitablemente más débiles que las de sus adversarios (incluso teniendo en cuenta que los países usaban diferentes medidas de libra, como se describe más abajo). Así, los nuevos buques británicos Third Rate de 64 cañones, Rupert y Defiance, podían disparar al menos 1334 libras de proyectiles —probablemente más—, mientras que los cinco buques holandeses de 70 cañones construidos en la misma época solo podían disparar entre 924 y 1054 libras.

Esto se debía en parte a la incapacidad de los Países Bajos para producir suficiente artillería, especialmente los cañones de bronce que preferían los ingleses, y en parte a diferencias deliberadas en concepciones tácticas. Los constructores y almirantes ingleses favorecían montar la mayor cantidad de cañones posible con mínima altura sobre la línea de flotación, mientras que los holandeses preferían una borda más alta, mayor maniobrabilidad y seguir priorizando el abordaje por sobre el duelo de artillería. Los británicos solían incorporar los buques capturados a su propia flota, pero los holandeses encontraban que algunos de los barcos ingleses que capturaban durante las guerras anglo-holandesas no eran aptos ni para operar en sus aguas ni para su estilo de combate naval. Por ejemplo, el Royal Charles, célebremente remolcado desde Chatham durante la incursión del Medway en 1667, fue simplemente puesto fuera de servicio en Róterdam hasta ser desguazado en 1673. En cambio, el Swiftsure, capturado durante la Batalla de los Cuatro Días en 1666, llevaba una gran cantidad de cañones de bronce, muy valorados por la república, por lo que fue rápidamente incorporado a la marina holandesa con el nombre Oudshoorn.

Hasta aproximadamente 1648, los pesos de proyectil más comunes usados por los holandeses eran de 5, 10, 15 y 20 libras. A partir de entonces, los calibres estándar fueron de 3, 4, 6, 8, 12, 18, 24 y 36 libras, aunque estas cifras pueden ser engañosas. Por un lado, la libra holandesa no era equivalente a la inglesa: la libra de Ámsterdam pesaba 494,1 gramos, mientras que la inglesa equivalía a 453,6 gramos. Además, muchos cañones eran capturados a barcos extranjeros o comprados en el exterior; de ahí, posiblemente, los cañones de 5 libras antes de 1648 (quizá sakers de origen inglés) y los de 7 libras usados por barcos alquilados de Zelanda en 1652, que originalmente habían sido tomados a los españoles.

Como se mencionó, los holandeses dependían en gran medida de la importación de artillería. Muchos cañones de hierro provenían de las fundiciones de Finspång en Suecia, dirigidas por el expatriado valón Louis de Geer. Las carencias llevaron a soluciones desesperadas, como desmontar la artillería de fortificaciones costeras y murallas urbanas para armar los barcos. También significaba que, hasta los años 1670, era raro que los buques holandeses grandes pudieran montar baterías uniformes por cubierta. En su lugar, combinaban un número reducido de los cañones más pesados en la cubierta inferior, junto con piezas de calibres algo menores.

Los buques Middelburg, Veere, Dordrecht y Vlissingen, todos construidos por la Almirantazgo de Zelanda entre 1654 y 1655, estaban diseñados para llevar cuatro cañones de bronce de 24 libras, diez de hierro de 18 libras, cuatro de bronce de 12 libras, ocho de hierro de 12 libras, diez de hierro de 8 libras y ocho de bronce de 6 libras. La práctica de baterías mixtas (que, vale aclarar, no era exclusiva de los holandeses) continuó en algunos casos hasta fines del siglo, como en el Beschermer de 1691, que llevaba una mezcla de cañones de 36 y 24 libras en su cubierta inferior.

Fragatas, galeras y otros tipos de buques de guerra

Para la década de 1620, los corsarios de Dunkerque (los Dunkirkers) estaban introduciendo buques de guerra relativamente pequeños, de borda baja pero anchos y veloces, que recibieron el nombre de “fragatas”. Los holandeses los imitaron rápidamente, aunque la definición del término “fragata” fue cambiando con el tiempo (al igual que en Gran Bretaña). Hacia fines del siglo XVII, el término se aplicaba a barcos de entre 20 y 36 cañones, con una sola cubierta de artillería continua. Estos se distinguían de los buques de línea con dos o tres cubiertas, que se clasificaban en cuatro Charters (categorías) que correspondían aproximadamente a las First to Fourth Rates de la Royal Navy.

Durante la Revuelta, los holandeses también hicieron uso limitado de galeras, y en 1600 construyeron la Black Galley de Dordrecht, una nave relativamente grande con diecinueve remos por banda y quince cañones. Esta se hizo famosa, incluso en Inglaterra, tras participar en un ataque exitoso contra Amberes el 7 de noviembre de 1600. Las galeras de la república fueron retiradas antes o durante la tregua de 1609, aunque parece que una seguía existiendo en Schiedam hasta la década de 1630.

Otros tipos de embarcaciones incluían:

  • el hoy,

  • el fluyt (que resultó insatisfactorio como buque de guerra),

  • el crommesteven (conocido como cromster en inglés; un queche ampliamente usado a fines del siglo XVI y principios del XVII),

  • y el jacht o yate, utilizado como barco mensajero y para otros fines.

Los holandeses también hicieron un uso considerable de los barcos incendiarios (fireships). Tromp los usó con éxito en la Batalla de los Downs en 1639, donde incendiaron la nave capitana portuguesa Santa Teresa. El mayor éxito de este tipo de buque llegó durante la Batalla de Solebay en 1672, cuando el Vrede, buque incendiario de la Almirantazgo del Mosa, se aferró al Royal James, buque insignia del conde de Sandwich, vicealmirante de Inglaterra. El gran barco fue destruido, y Sandwich, junto con entre 400 y 500 hombres, murieron.


martes, 27 de enero de 2026

SGM: Los Branderburgers en el Afrika Korps

Los Brandenburgers, los comandos alemanes


 

Los Brandenburgers (oficialmente Lehr-Regiment Brandenburg z.b.V. 800) fueron una unidad de operaciones especiales del servicio de inteligencia militar de la Wehrmacht, el Abwehr, formado antes y durante la Segunda Guerra Mundial. Fueron una de las fuerzas de guerra no convencional más antiguas y más efectivas de Alemania, especializándose en operaciones encubiertas detrás de las líneas enemigas.
Soldados de la unidad de fuerzas especiales alemanas "Brandenburgo" durante la operación de comando Unternehmen Dora en el desierto del Sahara, junio de 1942.


domingo, 25 de enero de 2026

Vuelta de Obligado: Las banderas argentinas capturadas

Banderas capturadas en Vuelta de Obligado     

Revisionistas


 
Bandera devuelta por el almirante Sullivan en 1883. Actualmente en el Museo Histórico Nacional de Buenos Aires.

La primer bandera que ilustra este artículo es de origen mercante y se encontraba en uno de los 24 barcos de cabotaje o lanchones que, unidos con cadenas, se fondearon en Obligado para impedir el paso de la flota anglo-francesa. Pertenece a aquellas enseñas que tenían diferentes tamaños y diversos símbolos federales, pero no eran banderas argentinas de guerra.

Fue capturada por las tropas del almirante D.B.J. Sullivan después de la batalla del 20 de noviembre de 1845, y devuelta en 1883 por este almirante en la legación argentina en Londres. La recibió el cónsul argentino Alberto A. Guerrico, en tributo a la valentía demostrada por el coronel Ramón Rodríguez, al frente del 2º Batallón del Regimiento de Infantería de Patricios, en la Vuelta de Obligado.

Sullivan confundió al coronel Rodríguez con el heroico teniente coronel Juan Bautista Thorne, que estuvo a cargo de la batería “Manuelita” y fue el último en retirarse del combate, el 21 de noviembre.

Según el testimonio del almirante británico, cuando la bandera fue arriada por los ingleses, cayó sobre algunos cuerpos de los caídos y se manchó con la sangre patriota.

Mide 4 metros de largo por 2,50 metros de ancho, como toda bandera naval de tamaño grande. Por sus medidas y la falta de lemas obligatorios de la época de Rosas no se ajusta a la reglamentación de las banderas federales de guerra. Por lo tanto no pertenecía a ningún batallón y no fue considerada un trofeo, si bien sí lo creen los franceses. Estos tenían cuatro banderas similares en el Hotel de los Inválidos de París (en la actualidad Museo del Ejército) bajo los números 329 al 333, registradas en el Catálogo del Musée de L’Armée del general Noix, página 164, bajo el título de Drapeaux et Trophées, con el extracto de un documento: el “Procés verbal de réception de cinq drapeaux prisa au combat d`Obligado dans le Paraná”.

El parte del combate de Obligado del capitán Hotham, oficial subalterno de Sullivan, no menciona ninguna toma de banderas. Y tampoco se consignó la pérdida de alguna enseña por parte de Lucio N. Mansilla.

El autor Martiniano Leguizamón se refirió a este tema en dos artículos del diario La Nación. Evaristo Ramírez Juárez, por su parte, elaboró acertadas conclusiones en su trabajo “Las banderas cautivas” donde muestra fotos de la capilla de St. Louis, del Hotel de los Inválidos, con esas banderas muy mal conservadas, en los años treinta del siglo XX. Escribió el teniente coronel Ramírez Juárez:

“1º – Las banderas que se dicen tomadas en Obligado por los franceses e ingleses, serían de los buques mercantes requisados por Mansilla, o de otros de la misma categoría.

2º – A las tropas argentinas de agua y tierra que pelearon en Vuelta de Obligado no les fue tomada ninguna bandera de combate”.




Bandera colgada de la nave central de la capilla de St. Louis, París, Francia

Además, el parte oficial del almirante francés Trehouart habla de “…varios pabellones argentinos tomados sobre las baterías y en los navíos que formaban la estacada (buques que sostenían las cadenas)”.

La enseña tomada por los franceses en Obligado está confeccionada a tres franjas horizontales: la superior e inferior de color azul turquí, y la franja del medio de color blanco con un sol rojo punzó en el centro, el sol tiene una cabeza circundada por 32 rayos. Los gorros frigios con picas o venablos en los cuatro ángulos son de color rojo, están confeccionados en lanilla y fueron recortados y cosidos a la bandera.

El material con el cual se realizó la enseña es lanilla y no seda como correspondía a las banderas de guerra o nacionales. En el lado del asta lleva un cordón trenzado que forma anillos en los dos extremos. Se encuentra en el Museo Histórico Nacional de la ciudad de Buenos Aires, bajo el número de legajo 2568, carpeta 326. Fue donada por la Intendencia Municipal de la Ciudad de Buenos Aires el 18 de abril de 1891, como “Bandera tomada por los ingleses, en la batalla de Obligado”.

Una de las banderas mercantes que se encontraban en París (la número 330) fue devuelta por el presidente francés Jaques Chirac en su visita a nuestro país, en 1999, y recibida por el director del Museo Histórico Nacional, Dr. Juan José Cresto. Se encuentra hoy depositada en ese museo, indudablemente, además de su interés vexilológico, tiene un valor histórico. Es igual a la remitida por Sullivan.

Otras dos banderas mercantes argentinas de Obligado (numeradas 329 y 331) se presumen desaparecidas durante la Segunda Guerra Mundial, durante la ocupación alemana de París, o perdidas por deterioro. El Museo del Ejército las dio de baja en 1957. Se ignora el destino de los números 332 y 333, que medían 2,40 m por 1,35m y no ostentaban ningún atributo.

Actualmente existe una bandera argentina sin sol ni gorros frigios en los ángulos ni leyendas, colgada de la nave central de la capilla de St. Louis. Parece nueva o restaurada. De las dos enseñas argentinas restantes mencionadas más arriba, y dado que la información diplomática solicitada a la embajada de Francia en Buenos Aires al respecto no ha permitido aclarar este punto, ¿puede ser alguna de las originales mercantes de 1845, hoy restaurada? No lo sabemos.

Fuente

Efemérides – Patricios de Vuelta de Obligado
Leguizamón, Martiniano – Hombres y cosas que pasaron – Buenos Aires (1926)
Peña, J. M. y Alonso, J. L. – Las banderas de los argentinos – Aluar, Buenos Aires (2009)
Portal www.revisionistas.com.ar
Ramírez Juárez, Evaristo – La estupenda conquista – Buenos Aires (1946)
Turone, Oscar Alfredo – Las banderas de Obligado