Postal de época. Puerto Comercial de Bahía Blanca. Año 1911.
(Mapa de la Exposición Internacional de Turín del año 1911) Buenos Aires, República Argentina. (MLP│Marcelo Loeb Postcards)(SKU: 281047850533)(Gentileza Marcelo Loeb)
Buenos Aires, la ciudad de los porteños no tuvo puerto hasta poco antes del 1900
Las
carretas eran utilizadas para trasladar a los pasajeros hasta el
muelle, porque al no haber puerto y ser de gran calado, las
embarcaciones no podían acceder tan cerca de la costa.Archivo General de la Nación
Si
bien es una ciudad a orillas de un gran estuario, la capital argentina
tuvo su primer Muelle de Pasajeros recién en 1855. Los inmigrantes, sin
embargo, debía desembarcar en carretas.
Es casi un saber popular: Buenos Aires le da la espalda al Río de la Plata, pero no existiría sin él. Juan de Garay llamó a la ciudad Santísima Trinidad, pero fue su puerto, Nuestra Señora de los Buenos Aires,
el que terminó bautizando a la gran urbe. La importancia cabal de ese
enclave orillero llegó hasta el mismo gentilicio por el que
identificamos a sus habitantes: los porteños, los que viven en el
puerto.
La
actividad de los muelles no terminó con las carretas, que continuaron
descargando mercaderías hasta la construcción del Puerto Madero. Al
fondo, el primitivo Hotel de Inmigrantes.Archivo General de la Nación
La
historia de su crecimiento no fue simple ni lineal. El período colonial
no se caracterizó por impulsar la idea de un puerto en Buenos Aires. Los intereses del Virreinato del Perú no veían con buenos ojos la apertura de una nueva ruta comercial hacia el Atlántico. De
hecho, la Corona española prohibió el comercio y la construcción de
cualquier tipo de puerto. Sólo los contrabandistas más osados se
arrimaban a estas costas.
Recién
cuando Buenos Aires se convirtió en la capital de un nuevo virreinato,
en 1776, comenzaron a cambiar las cosas, pero transformarla en un puerto
marítimo era una tarea muy complicada. El Río de la Plata es extremadamente difícil de navegar, incluso para las embarcaciones modernas, y la tecnología de la época apenas alcanzaba para paliar esta situación.
Muelle de Pasajeros.Gentileza Centro de Arqueología Urbana
Así
describía el Mayor Alexander Gillespie –quien participó de la Primera
Invasión Inglesa en 1806– la situación portuaria de la ciudad: “Al
cruzar a Buenos Aires […] uno desembarca en un muelle de piedra que se
adentra considerablemente dentro del agua, construido con mucho costo de
trabajo y dinero. La mayoría de los barcos deben anclar a cuatro millas
de distancia, por seguridad, a excepción de pequeñas embarcaciones,
usadas para transportar la mercadería desde y hacia los barcos hasta la
rada”.
El
Riachuelo, el único oasis frente a las sudestadas, era de tan difícil
acceso que pocos barcos usaban esa opción. Gillespie sentenció, tajante:
“Buenos Aires no puede ser llamada un puerto marítimo”.
Si llegar hasta la ciudad era toda una odisea, el desembarco se convertía en una experiencia terrible para los pasajeros.
El recién llegado debía subirse a un pequeño bote que lo llevaba hasta
unos carretones de ruedas gigantes que se metían cientos de metros río
adentro. Desde allí, los carros volvían a la costa con gran trabajo,
avanzaban sobre el terreno accidentado, saltando y salpicando a los
pobres viajeros y la mercadería, que, muchas veces, se arruinaba en el
trayecto.
El muelle no sólo tenía una utilidad práctica. También era un sitio de paseo para los porteños Samuel Boote. Colección César Gotta.
A medida que la ciudad crecía quedaba claro que este sistema era insuficiente,
pero la guerra de la Independencia y los conflictos internos frenaron
todos los avances. Rivadavia fue el primero en intentar solucionar este
problema con la construcción de un puerto, pero el empréstito pedido a
la Baring Brothers terminó siendo usado para pagar la guerra del Brasil y
con la salida del primer presidente se fue su proyecto.
De cara al mundo
La
caída de Rosas trajo una nueva etapa para el país. Las fuerzas
políticas que ganaron el poder entendían que los grandes recursos
nacionales eran una fuente enorme de riquezas inexplotadas. Sin embargo,
era imposible mantener un comercio de gran escala con el mundo si
Buenos Aires no modernizaba su principal ruta de acceso: el Río de la
Plata.
Hasta la década de 1850, llegar a estas latitudes seguía requiriendo los mismos pasos que en los tiempos de la colonia: del barco a un bote, del bote al carretón y de ahí el camino tortuoso a la costa.
Las dos casetas octogonales del ingreso al muelles son atribuidas a Prilidiano Pueyrredon.Colección César Gotta
El
Estado de Buenos Aires, recientemente separado de la Confederación
Argentina, aprovechó su monopolio sobre los ingresos aduaneros para
comenzar un período de desarrollo amparado en el crecimiento de la obra
pública. En 1857 se inauguró el Ferrocarril del Oeste
(hoy Ferrocarril Sarmiento), que recorría diez kilómetros y conectaba la
actual Plaza Lavalle con el pueblo de Flores: un importante paso a la
hora de facilitar la comunicación con el interior y ofrecer un puerto de
salida a la mercadería de exportación.
Se
fundaron nuevos pueblos, como Chivilcoy, Bragado y Lomas de Zamora,
para expandir y asegurar el control sobre el territorio y aprovechar el
desarrollo agrícola que comenzaba a crecer. Para 1855 la producción de
trigo superaba, por primera vez, la demanda local y abría las
posibilidades de exportar el excedente. Surgían así los primeros
indicios de lo que sería el modelo agroexportador, futuro motor de la
riqueza del país.
Un
mapa del antes y después, en el que se aprecian superpuestos, los
viejos muelles con su antigua ubicación sobre lo que es el mapa actual.
Las avenidas Huergo y Alicia Moreau de Justo son ganadas al río a través
del relleno que se realizó en toda la zona.Gentileza Bruno Ivan Correia. Mapa: Santiago Doeyo.
El
incremento del flujo comercial aumentó la presión. La demanda de una
solución al problema de la infraestructura portuaria era cada vez mayor.
Felizmente,
el Estado contaba con fondos y pudo atender esa postergada necesidad.
El primer paso fue lanzar un concurso para construir una nueva aduana
que reemplazara el viejo edificio que se encontraba en la esquina de las
avenidas Paseo Colón y Belgrano.
La Aduana Nueva
El
proyecto de la Aduana Nueva fue una de las obras públicas más
importantes de su época. El edificio que se proyectó, obra del ingeniero
Edward Taylor, era enorme y costó 16 millones de pesos, una fortuna para aquellos tiempos.
El terreno elegido se encontraba detrás del antiguo fuerte (hoy Casa Rosada). Para la construcción de los cimientos fue necesario demoler parte de la muralla y rellenar el terreno, el primer registro que se tiene de este tipo de actividad que más tarde se volvería una costumbre.
Aduana Taylor vista desde el muelle de carga.Samuel Boote.Colección César Gotta
Es
posible imaginar el asombro de los habitantes, que probablemente nunca
habían visto una construcción de esa escala, mientras observaban el
avance de las obras y comenzaba a hacerse evidente la envergadura del
proyecto.
El edificio era semicircular,
con arcadas que dominaban toda su fachada a lo largo de sus dos pisos.
Al frente, una torre de 20 metros de altura era coronada por un faro que
era visible a varios kilómetros de distancia y servía como guía para
los navegantes. Bajo esa torre, un enorme pórtico era la puerta de
ingreso para la mercadería y los pasajeros que llegaban a su muelle, que
se adentraba 300 metros y contaba con sistemas de grúas y transporte
sobre rieles.
Mientras no hubo puerto, las lavanderas lavaban la ropa en las orillas del río, entre los dos muelles.Archivo General de la Nación
La Aduana Nueva
(también conocida como la Aduana de Taylor) llegaba para cumplir un rol
que la ciudad necesitaba. Sin embargo, su papel no era meramente
utilitario. Esta obra también cumplía un fin simbólico que tenía dos
claros destinatarios. En primer lugar, se quería mostrar a los
extranjeros que llegaban al país el avance tecnológico y el enorme
potencial de la zona para tentarlos a invertir sus capitales en la
región.
El segundo destinatario del
mensaje era el resto de las provincias, reunidas en la Confederación
Argentina, con las que se mantenía una fuerte disputa desde 1852. El
progreso económico y material servía para hacer gala de la superioridad
de Buenos Aires y como justificación perfecta para demandar la posición
privilegiada y de comando que esta quería imponer sobre el resto del
país.
El Muelle de Pasajeros
Aunque
el muelle de la Aduana Nueva era capaz de recibir pasajeros, las
operaciones de carga y descarga de materiales hacían que no fuera
aconsejable su uso para esta actividad. Era imperiosa la construcción de
un muelle para los viajeros.
La obra
recayó también en las capaces manos del ingeniero Taylor. Los trabajos
terminaron en septiembre de 1855. El muelle se adentraba 200 metros en
el río y, aunque no servía para que atracaran directamente los barcos,
era un punto al que podían llegar las pequeñas embarcaciones que
realizaban el transbordo de pasajeros y equipaje. Así, los carretones de
grandes ruedas comenzaron a quedar obsoletos, aunque la evidencia
fotográfica nos muestra que siguieron operando varios años más.
El Muelle de Pasajeros estaba a escasos metros de la estación Central. Las vías pasaban justo por delante. Archivo General de la Nación
Respecto
de las imágenes que se conservan, es preciso tener en cuenta que la
mayoría es de finales de 1860 y, por lo general, posteriores a 1870
(antes prácticamente eran sólo daguerrotipos), razón por la que gran
parte de las fotos del muelle que se ven son las de su última etapa. Una
forma de datarlas es observar las estatuas que decoran la salida, junto
a las casillas de planta octogonal prefabricadas cuya instalación
habría impulsado Prilidiano Pueyrredon: provienen del primitivo edificio
del Banco de la Provincia de Buenos Aires, que se inauguró en 1874, en
San Martín 173, a una cuadra de la catedral. Decorado con 16 esculturas
de mármol (que duraron poco en su sitio original y tuvieron un largo
derrotero), hacia 1877 fueron removidas por problemas estructurales y
porque oscilaban con el viento. Cuatro de ellas terminaron en la
Pirámide de Mayo –retiradas en 1912 y repuestas en 2017– y otras cuatro
en el muelle. Cuando el muelle fue demolido, a finales del siglo XIX,
las mudaron –junto con otras cuatro que ya estaban ahí– al Asilo de Mendigos de la Recoleta.
En tierra firme
Al
concluir sus trámites migratorios, los recién llegados se encontraban
en lo que es hoy la avenida Alem, a la altura de Sarmiento, justo frente
al edificio que ocupaba la Capitanía del Puerto. Era
uno de los enclaves más álgidos de la ciudad: a pocas cuadras de la
Plaza Mayor, cerca de los centros comerciales y bancarios y con acceso
directo al tranvía que comunicaba con el Ferrocarril del Norte (actual
línea Mitre). En 1872 esa vía sería reemplazada por la Estación Central,
que duraría hasta 1897, cuando un incendio la destruyó.
El Muelle de Pasajeros se convirtió en la puerta de entrada a Buenos Aires. Por
allí llegaron casi todos los viajantes y se registraron grandes
eventos, como el desembarco de las tropas de la Guardia Nacional, tras
su victoria en Pavón, o el recibimiento de los restos de Sarmiento
cuando fueron traídos desde Paraguay.
Las dos casetas octogonales del ingreso al muelles son atribuidas a Prilidiano Pueyrredon.Colección César Gotta
Fue
Sarmiento quien dijo, en su discurso durante la inauguración de la
obra, las siguientes palabras: “El muelle es la mano que avanza Buenos
Aires hacia el río para recibir la civilización que nos envía el mundo
en esas naves”.
La construcción de la
Aduana y el Muelle de Pasajeros no era sólo una obra material enfocada
en el movimiento de mercancías, sino una gesta intelectual que servía de
puntapié inicial de un nuevo proyecto de país que culminaría en la obra
de la Generación del 80.
Las Catalinas
Cuando se nombran los muelles de Buenos Aires, se evoca el de la Aduana de Taylor y el de Pasajeros, pero el de “Las Catalinas” suele pasar inadvertido, quizás porque su construcción fue más tardía y porque no atrajo la lente de los fotógrafos.
Depósito y muelle de las Catalinas.Archivo General de la Nación.Cortesía Ediciones de la Antorcha
Este muelle se construyó hacia finales de la década de 1870 por orden de Francisco Seeber, que
más tarde sería el cuarto intendente de Buenos Aires. La idea detrás de
este proyecto era la de convertir la zona de Las Catalinas (llamada así
por su proximidad con la iglesia de Santa Catalina) en un polo aduanero
que absorbiera parte del incesante flujo comercial, dado que la
capacidad de la Aduana Nueva estaba casi desbordada.
El
proyecto fue un éxito rotundo y pronto la empresa se encontró comprando
terrenos en La Boca para construir depósitos. Esa zona estaba en pleno
auge comercial y se estaba volviendo el principal foco portuario gracias
a las obras del Riachuelo, a cargo del ingeniero Huergo. Así fue como
nació la distinción entre Catalinas Norte –los primeros terrenos comprados por Seeber en Retiro– y Catalinas Sur, que utilizamos hasta hoy.
Quizás
el evento más importante para este muelle haya ocurrido el 28 de mayo
de 1880, cuando el humilde vapor “Telita” desembarcó los restos del
General San Martín que llegaban desde Francia, en lo que fue su último
viaje, de camino a la cripta que lo esperaba en la Catedral
Metropolitana.
De los muelles al puerto
En
el momento que comenzaron a ser construidos, la Aduana y el Muelle de
Pasajeros fueron enormes avances tecnológicos. En unos pocos años, la
ciudad estuvo lista –por fin– para aprovechar el incipiente desarrollo
comercial y agrícola. Pero el crecimiento fue acelerado y la
infraestructura construida pronto resultó insuficiente.
Con
poco más de tres décadas en funcionamiento, lo que fue moderno y de
punta se volvió obsoleto. A esto hubo que sumar que la estética
arquitectónica que enamoraba a los porteños había cambiado. Si la Aduana
había aparecido imponente en sus primeros días, la moda ya la declaraba
vetusta, pesada y poco agraciada. A todo esto, hay que agregar que las
inclemencias del tiempo habían ejercido ya su buena cuota de desgaste
sobre los materiales. Con todo, hacia 1880, la Aduana ya no gustaba y,
para empeorar las cosas, había quedado chica, víctima
de su propio éxito. Buenos Aires ya no podía seguir dependiendo de unos
pocos muelles: se requería un puerto que eliminara la necesidad de
transbordar las mercaderías a embarcaciones menores.
Por
años se sucedieron los proyectos, se multiplicaron las discusiones y se
cultivaron profundas disputas en torno a la obra enorme que se estaba
planteando. Al final, se alzó vencedor Eduardo Madero, quien impuso su sistema de esclusas y diques, importado de Inglaterra.
La
inauguración de las obras selló el destino de los muelles. El nuevo
puerto se construiría justo frente a la antigua costa. Lentamente, con
el avance de las obras, comenzó el desmantelamiento de aquellas
estructuras que tan noblemente habían servido al país. Primero
desapareció el muelle de la Aduana, que fue demolida poco tiempo
después. De su memoria no quedó casi nada, lo único que sobrevivió fue
su patio de maniobras, enterrado por cien años hasta que fue excavado en
la década de 1980, y pasó a ser parte del Museo de la Casa Rosada.
El Muelle de Pasajeros y el de las Catalinas fueron desensamblados sin ninguna pompa.
No se conservan registros fotográficos de su desaparición. Hoy sólo se
guardan, en el Museo de la Ciudad, las puntas de los pilotes que
sostenían la estructura, descubiertos durante las excavaciones para un
estacionamiento frente al antiguo edificio del Correo Central.
Para
1890 ya no quedaba rastro de aquellas estructuras. Fugaces, nacieron y
desaparecieron muy rápidamente, pero no sin dejar de servir como el
primer catalizador de la riqueza y el desarrollo de esta nación.