miércoles, 14 de enero de 2026
viernes, 9 de enero de 2026
Roma: El clima y la batalla de los Campos Raudios
Batalla de los Campos Raudios

Imagina ver a más de cien mil guerreros gigantescos marchando hacia tu hogar con la única intención de borrarlo del mapa. Esto no es una película de fantasía, fue el terror absoluto que vivió Roma en el año 101 antes de Cristo en los Campos Raudios. Los cimbrios, una tribu germánica imparable que ya había humillado a las legiones romanas anteriormente, cruzaron los Alpes listos para el golpe final. El pánico en la Ciudad Eterna era total, pues nadie creía que sobrevivirían a esta marea humana que descendía buscando sangre y tierras fértiles, amenazando con destruir los cimientos de la civilización latina.
Pero Roma tenía un as bajo la manga, un general que no entendía de miedo: Cayo Mario. En lugar de luchar en desventaja, eligió el campo de batalla cerca de Vercellae con una astucia letal. Mario posicionó a sus tropas de tal manera que el sol y el viento soplaran directamente a la cara de los invasores. Cegados por la luz del mediodía y asfixiados por nubes de polvo, la fuerza bruta de los cimbrios se desmoronó ante la disciplina de las nuevas legiones reformadas. Lo que prometía ser el fin de Roma se convirtió en una masacre sistemática donde la estrategia venció a la furia.
El final fue tan trágico como sangriento. Al ver la derrota inminente, las mujeres de la tribu, que esperaban en la retaguardia, prefirieron acabar con sus propias vidas y las de sus hijos antes que ser esclavas de Roma. Fue una victoria total para la República, pero el campo quedó teñido de un silencio estremecedor. Esta batalla no solo salvó una civilización, sino que cimentó el poder de Mario y cambió la forma de hacer la guerra para siempre. A veces, la historia se escribe en un solo día de polvo y acero bajo el sol abrasador.
jueves, 8 de enero de 2026
Guerra del Paraguay: Batalla de Pehuajó / Corrales (31/1/1866)
Batalla de Pehuajó (31/1/1866)
Batalla de Corrales
jueves, 1 de enero de 2026
Roma de Julio César: Análisis de la batalla de Sambre
En el verano del 57 a. C. , Julio César se encontraba en lo profundo de territorio belga, con sus legiones dispersas e inconscientes de la trampa que les aguardaba. A orillas del río Sambre, decenas de miles de guerreros nervios irrumpieron entre los setos, sorprendiendo a los mejores de Roma con los escudos agachados y los cascos desprendidos. En cuestión de minutos, el orden se disolvió en caos. Lo que siguió no fue un triunfo táctico, sino de algo mucho más antiguo y humano: el latido de la cohesión y el coraje de un comandante que se negó a ceder.
La Batalla del Sambre es importante porque demuestra cómo las fuerzas disciplinadas pueden resistir el factor sorpresa y la confusión resultante. Las legiones de César sobrevivieron no gracias a su superioridad numérica o tecnológica, sino a la cohesión, la iniciativa y la voluntad de sus comandantes para restablecer el orden bajo extrema presión.
Viejos enemigos, nuevas ambiciones
Durante siglos, la República Romana —y posteriormente el Imperio— mantuvo una relación tensa y a menudo violenta con los pueblos al norte de los Alpes, en lo que hoy es Francia, Bélgica y Suiza. Conocidos por los romanos como galos y por los historiadores modernos como celtas, estos supuestos bárbaros desafiaron repetidamente la fuerza de las legiones romanas y el coraje de sus comandantes.
La rivalidad comenzó en desastre. En 390 a. C., guerreros galos bajo un jefe llamado Breno saquearon Roma después de derrotar a las fuerzas romanas en el río Alia, dejando atrás la inquietante frase vae victis: "¡Ay de los conquistados!". La amenaza resurgió con el paso de los siglos: los guerreros galos ayudaron a Aníbal en la Segunda Guerra Púnica y aniquilaron varios ejércitos romanos entre 218 y 216 a. C. Regresó de nuevo durante la Guerra Cimbria (113-101 a. C.), cuando las fuerzas galas y germánicas destruyeron legiones romanas hasta que Cayo Mario finalmente las aplastó en Vercellae en 101 a. C. Sin embargo, incluso después de esta victoria, las tribus más allá de los Alpes siguieron siendo una amenaza real para la seguridad romana.
En el 59 a. C., Julio César se convirtió en gobernador de la Galia Transalpina (actual sur de Francia) e inició rápidamente una nueva fase, más brutal, de la expansión territorial de Roma hacia Europa occidental. Al año siguiente, los helvecios, una tribu gala procedente de Suiza, comenzaron a migrar hacia el oeste, hacia la Galia central, amenazando a los aliados de Roma y representando una amenaza directa para las tierras romanas. César aprovechó esta situación, presentando su campaña como una defensa de sus aliados y como una forma de prevenir una migración descontrolada que pudiera extenderse a territorio romano. Derrotó a los helvecios en una batalla campal y, más tarde ese mismo año, giró hacia el este para enfrentarse al rey germánico Ariovisto, haciendo retroceder a su ejército a través del Rin.
Para el 57 a. C., César había logrado dos victorias decisivas que demostraron tanto la eficacia de sus legiones como su habilidad como general. Sin embargo, las tribus del norte de Bélgica —ubicadas en las actuales Francia y Bélgica— permanecieron invictas e inflexibles. Orgullosas de su independencia y alejadas de la influencia de Roma, eran conocidas por su tenacidad.
Cuando se difundió la noticia de las victorias de César, los belgas formaron una gran coalición para oponerse a él. Entre ellos, destacaron los nervios, que rechazaban los lujos romanos, como el vino y el comercio, por considerarlos influencias corruptoras . Para César, eran «los más feroces de los belgas». Para ellos mismos, eran los últimos galos libres.
La Batalla del Sambre enfrentó a dos bandos radicalmente distintos. Las legiones romanas eran profesionales, organizadas y adaptables. Por el contrario, los guerreros galos eran feroces, rápidos y estaban ligados por el honor tribal.
Los soldados romanos usaban cota de malla, cascos abiertos y espadas cortas gladius para embestir en formaciones cerradas. Sus escudos curvos ( scutum ) servían tanto de armas como de protección, mientras que sus lanzas arrojadizas ( pila ) podían atravesar tanto la carne como los escudos. Sin embargo, la verdadera ventaja de Roma residía en su estructura: legiones de unos 5000 hombres, divididas en cohortes de 480 hombres, centurias de 80 hombres y escuadras de ocho hombres ( contubernia ), que vivían y luchaban juntas. Esta organización fomentaba la cohesión a todos los niveles, una disciplina sin parangón en el mundo antiguo.
Los guerreros galos dependían de la furia . Armados con largas espadas cortantes, grandes escudos y lanzas, cargaban con una ferocidad aterradora diseñada para destrozar las líneas enemigas y la moral. Los nobles luchaban con cota de malla, pero la mayoría iba con el torso desnudo para mayor velocidad y conmoción. Sus ejércitos, unidos por el parentesco y el carisma más que por una jerarquía estricta, podían atacar con una fuerza abrumadora. Sin embargo, si su ímpetu flaqueaba, se desintegraban rápidamente.
En el Sambre, estos dos mundos chocaron: el orden romano contra la pasión gala. El resultado dependería no solo del coraje, sino también de la voluntad y la disciplina de cada bando capaz de resistir el caos de la batalla.
Una emboscada planeada
A medida que César avanzaba hacia tierras belgas, los galos eran muy conscientes de la destrucción que sus legiones habían infligido a las tribus galas y germánicas al intentar derrotar a César en batallas campales. Decididos a no compartir su destino, identificaron una de las pocas debilidades de la guerra romana: nunca permitir que los romanos formaran en sus líneas de batalla bien organizadas y de apoyo mutuo. En cambio, atacarlos en movimiento, antes de que pudieran desplegar la maquinaria de guerra romana.
Oponiéndose a las fuerzas de César se encontraba una coalición gala de aproximadamente 75.000 guerreros: 50.000 nervios, 15.000 atrebates y 10.000 viromanduis, todas tribus unidas por el temor compartido a la conquista romana y la determinación de atacar antes de que fuera demasiado tarde. La coalición basó su estrategia en aprovechar un momento de vulnerabilidad: el cambio de marcha a campamento. La doctrina romana exigía que los ejércitos establecieran un campamento fortificado cada noche, una notable proeza de organización que proporcionaba a los romanos tanto protección como influencia psicológica. Estas castras —el equivalente antiguo de las bases de operaciones avanzadas— permitían a los soldados descansar con seguridad y reagruparse cada mañana como la fuerza bien engrasada que ya había dominado gran parte de la Galia.
Gracias a espías, los nervios supieron que el ejército de César, compuesto por ocho legiones —unos 40.000 soldados romanos—, avanzaba en una larga columna, cada legión separada por su convoy de bagajes. Su plan era simple pero devastador: emboscar a la legión que iba en cabeza antes de que las demás pudieran desplegarse, aplastarla por completo y expulsar a César de tierras belgas.
César, anticipándose al peligro, dispuso sus fuerzas con cuidado: seis legiones veteranas al frente, seguidas por el convoy de bagajes, y dos legiones recién reclutadas custodiando la retaguardia. Los nervios, por su parte, eligieron su terreno con igual precisión. Cerca del río Sambre, poco profundo, junto a la actual Hautmont, Francia, ocultaron a sus guerreros en una colina tras densos setos que enmascaraban su número y sus movimientos. La batalla se desarrolló en tres fases.
Escaramuzas iniciales
Los exploradores romanos detectaron actividad gala al otro lado del río. César respondió enviando caballería y honderos para despejar la orilla opuesta. Los galos fingieron retirarse y desaparecieron entre los bosques. Creyendo que la zona estaba segura, el ejército de César comenzó la rutina nocturna de acampar: se quitaron los cascos y apilaron los escudos. Los soldados se convirtieron entonces en obreros y albañiles.
Imagen cortesía del autor.
La emboscada
En cuanto apareció el convoy romano, los galos prepararon su emboscada. Con un fuerte rugido, miles de guerreros irrumpieron entre los setos y cargaron contra las legiones romanas, que no estaban preparadas para la batalla. Para la mayoría de los ejércitos, esto habría significado la aniquilación. Pero los veteranos de César reaccionaron instintivamente. Pequeños grupos se reunieron alrededor de sus centuriones, formando líneas defensivas improvisadas.
A la izquierda, cuatro legiones —X, XI, VIII y IX— se reagruparon y contraatacaron. La X y la IX hicieron retroceder a los atrebates a través del Sambre, mientras que la VIII y la XI masacraron a los viromandui en el río. Por un breve instante, las fuerzas de César evitaron una masacre, pero la batalla estaba lejos de terminar.

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Una brecha y casi un desastre
Los nervios aprovecharon una debilidad crítica en el centro romano, aislando a las legiones VII y XII en el flanco derecho. Aproximadamente 50.000 guerreros nervios invadieron la brecha, rodeando a las legiones atrapadas.
César presenció el colapso. Galopando hacia el punto crítico, desmontó y envió a su caballo lejos, una sutil promesa de compartir el destino de sus hombres. Arrebatando un escudo a un soldado de retaguardia, se lanzó a la refriega, llamando a sus centuriones por su nombre y reuniendo a los supervivientes. Casi todos los centuriones de la XII Legión murieron o resultaron heridos. Los restos de la VII y la XII formaron un cuadro y resistieron.
Al ver a César en el fragor de la batalla, la X Legión avanzó para relevarlo. Momentos después, llegaron las Legiones XIII y XIV, arremetiendo contra el flanco nervio. El contraataque destruyó la emboscada.
Lo que debería haber sido la destrucción de César se convirtió en su triunfo decisivo. Los nervios fueron aniquilados, su poder quebrantado. La batalla fue un testimonio de la disciplina en medio del caos, del instinto de cohesión y de un comandante que, escudo contra escudo con sus hombres, convirtió el desastre en victoria.

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La última resistencia de los galos en campo abierto
La Guerra de las Galias no fue una lucha asimétrica en el sentido moderno, pero el desequilibrio en la capacidad bélica entre Roma y las tribus galas, germánicas y britanas era inmenso. Desde las Guerras Púnicas, los excedentes de grano y las vastas reservas de mano de obra de Roma le permitieron sostener campañas continuas a una escala que ninguna confederación tribal podría igualar. Sambre marcó uno de los últimos intentos de las tribus galas por enfrentarse a Roma en batalla abierta. Tras esta derrota, los líderes galos reconocieron que la confrontación directa con las legiones de César resultaría desafiante. La apuesta por la batalla campal —una característica definitoria de la guerra inicial contra los helvecios, los germanos y los nervios— no era la opción más favorable.
La resistencia gala no desapareció: evolucionó. Los galos se adaptaron a la sombría nueva realidad de luchar contra las legiones romanas profesionalizadas de César. Antes de sus campañas, los ejércitos galos podían derrotar a Roma, y lo habían hecho, saqueándola en el 390 a. C. y en las guerras cimbria y teutónica. Pero tras las reformas marianas , el ejército romano renació. Dejó de ser una milicia temporal de ciudadanos-soldados para convertirse en una fuerza permanente y profesional. Los legionarios se alistaban durante 16 años y se entrenaban como equipos cohesionados desde el contubernio de ocho hombres hasta la centuria, la cohorte y la legión. A esta disciplinada máquina de guerra, César añadió su genio para la velocidad, la psicología y la crueldad calculada.
Ante semejante adversario, los galos transformaron su estrategia. Este cambio se asemejaba a la evolución norvietnamita tras la Ofensiva del Tet de 1968 : abandonaron las costosas y decisivas batallas por una guerra prolongada y de baja intensidad. Las fuerzas galas comenzaron a priorizar la emboscada, el desgaste y la resistencia fortificada sobre la confrontación abierta.
En los últimos años de la guerra, las tácticas galas se centraron en aislar legiones y atacar cuarteles de invierno vulnerables. En Atuatuca, en el 54 a. C., los combatientes galos aniquilaron una legión y media (más de 7500 romanos ) en un solo día. Incluso cuando el rey galo Vercingétorix unió a las tribus bajo un solo estandarte, reconoció la inutilidad de enfrentarse a César de frente. En cambio, lanzó una campaña de tierra arrasada: quemó granjas, destruyó cosechas y abandonó pueblos indefensos para matar de hambre a los invasores. Las principales batallas se centraron entonces en fortalezas como Gergovia y Alesia, donde el ingenio galo al utilizar sus fortalezas en la cima de las colinas, u oppida , fortificadas por empinadas laderas y terreno natural, contrarrestó brevemente la disciplina romana.
Esta evolución también obligó a César a adaptarse. Sin la opción de batallas a gran escala, adoptó una brutal estrategia de divide y vencerás: enfrentó a las tribus galas entre sí y destruyó el campo para privar a sus enemigos de alimento y refugio. Sus campañas se convirtieron en herramientas precisas de destrucción, caracterizadas por una eficiencia despiadada y una guerra psicológica. Tribus enteras fueron blanco de exterminio, se quemaron campos y se esclavizó a poblaciones. Los académicos modernos han descrito aspectos de estas operaciones como actos de ecocidios . Contra la tribu gala de los eburones, César pretendía nada menos que la erradicación, una campaña que rozaba el genocidio .
A medida que la resistencia gala se retiraba a las ciudades fortificadas de las colinas, Roma respondió con maestría en ingeniería. Los asedios de Alesia y Uxellodunum revelaron cómo la logística, las fortificaciones y la determinación romanas podían sofocar incluso a los defensores más desesperados. En Uxellodunum, los hombres de César excavaron túneles en la roca para cortar el suministro de agua de la ciudad, forzando la rendición sin un asalto directo.
La batalla del Sambre, por lo tanto, representa un punto de inflexión. Fue la última gran resistencia de las tribus galas en Europa contra Roma en una batalla campal. Fue donde el coraje se unió al profesionalismo y la pasión al orden. Lo que siguió no fue paz, sino transformación: un cambio del choque de ejércitos a una guerra de resistencia y desgaste.
Leyendo la Guerra de las Galias
Durante más de 100 años, los historiadores han analizado los Commentarii de Bello Gallico (La Guerra de las Galias) de Julio César , una mezcla de informe de campo, memorias y propaganda. Los primeros académicos, desde finales del siglo XIX hasta mediados del siglo XX, a menudo aceptaban los relatos de César al pie de la letra. Consideraban su prosa como un registro directo de un general que combinaba inteligencia con una determinación inquebrantable. Para ellos, César era el estratega definitivo : un hombre capaz de poner orden en el caos, ganando batallas en tierras extranjeras mientras se encontraba aislado de las líneas de suministro y lejos de la seguridad de Roma. Estas interpretaciones ven los Commentarii como un testimonio de la disciplina romana y el talento individual, un registro de victorias escrito por el hombre que las logró.
Sin embargo, a finales del siglo XX, esa confianza comenzó a debilitarse. Los historiadores comenzaron a ver el relato de César no solo como un informe directo, sino como retórica, un acto intencionado de autopromoción . Los Commentarii , argumentaban, eran el arma de César más allá del campo de batalla: una herramienta para moldear la opinión pública, alardear de sus victorias e intimidar a sus rivales políticos en casa. Los académicos ahora analizan sus elecciones estilísticas (escritas como una narración en tercera persona, representaciones de enemigos "bárbaros" y curiosas omisiones) como actos de persuasión, no de objetividad. Desde esta perspectiva, la Galia de César no solo fue conquistada, sino también cuidadosamente diseñada: una frontera imaginaria donde la virtud romana triunfó sobre el caos, todo bajo la mano firme de su comandante.
Y, sin embargo, dentro de la prosa calculada, hay momentos que sin duda debieron describir con precisión el enorme riesgo que implicaba la batalla. En la Batalla del Sambre, César escribe que casi todos los centuriones de la XII Legión murieron o resultaron heridos. Tal detalle es impactante precisamente porque carece de utilidad política: ningún general romano en busca de gloria inventaría la aniquilación de su cuerpo de oficiales. Inventar algo así habría sido una mentira imperdonable para quienes lucharon y sobrevivieron a su lado. Este momento —cuando el texto desangra la humanidad a través del horror— sugiere que ni siquiera la propaganda de César pudo suprimir por completo la realidad del caos de la guerra.
Esa tensión entre la autopromoción y la sinceridad es la base de cómo deberíamos leer a César hoy. Sus Commentarii son propaganda, sí, pero también un registro invaluable escrito por un hombre que comprendía tanto el teatro político como el bélico. Sus adornos eran reales, pero tenían límites. El público de César —senadores, soldados y ciudadanos por igual— incluía hombres que habían recorrido con él el lodo de la Galia. Alejarse demasiado de la verdad invitaría a la exposición y al ridículo .
Así, los Commentarii ocupan un extraño espacio dual: automitificador y autorrevelador a la vez. En sus páginas encontramos el esbozo de una campaña tanto política como militar. Sin embargo, incluso a través de la neblina retórica, aún resuenan los gritos del campo de batalla. Bajo el latín pulido se esconde la lucha desesperada de un comandante por controlar no solo la Galia, sino también la narrativa de su propia grandeza.
Liderazgo en la batalla
Las lecciones del Sambre trascienden la antigüedad. Esta batalla revela por qué algunos ejércitos resisten lo insoportable; por qué, incluso rodeados por el caos y una muerte segura, los hombres se niegan a rendirse. La respuesta no reside en la doctrina, la tecnología ni la armadura, sino en algo más antiguo y difícil de medir: la cohesión y el coraje. El ejército de César no sobrevivió en las llanuras entre la actual Francia y Bélgica porque estuviera mejor equipado. Sobrevivió porque estaba unido por la confianza, la disciplina y la voluntad de su comandante.
Los soldados del Sambre no eran los reclutas de la República anterior, sino profesionales curtidos. Se habían alistado durante 16 años, viviendo, entrenando, comiendo y sangrando juntos. Las dificultades compartidas los unieron en algo más grande que individuos: una hermandad más fuerte que el miedo. No lucharon por Roma como una idea ni por nociones abstractas de gloria. Lucharon los unos por los otros: por el hombre a la izquierda y a la derecha, y por el centurión que los llamaba a través de la bruma. Cuando los nervios surgieron de los setos, ese vínculo perduró.
Sorprendidos mientras construían su campamento nocturno, sin cascos ni escudos a punto, las legiones hicieron lo que siempre hacen los soldados bien entrenados cuando la muerte acecha: se encontraron, formaron una línea y contraatacaron. Las legiones VII y XII, rodeadas y ensangrentadas, podrían haber sido destruidas hasta el último hombre de no haber llegado refuerzos del otro flanco de César. La batalla estuvo a punto de convertirse en el Bosque de Teutoburgo de César , una catástrofe en la que tres legiones fueron masacradas en el desierto de Germania. Lo que salvó a los romanos no fue la suerte, sino la disciplina y la cohesión que definieron a las legiones posmarianas.
Y luego estaba el propio César. Su conducta en el Sambre sigue siendo una lección atemporal de mando firme bajo fuego. Liderar es fácil en el campo de desfiles o en una sala de conferencias. Es algo completamente distinto entre el polvo, la confusión, el miedo y el olor a sangre. Cuando su línea flaqueó y la batalla estuvo al borde del colapso, César no se retiró ni delegó. Tomó un escudo, corrió al frente y se mantuvo firme en la tormenta. Rodeado de hombres que creían estar a punto de morir, se convirtió en su ancla, el punto de calma en el caos. A través del tiempo, cuando el miedo se apodera de las filas, ninguna tecnología —ni un dron, ni un satélite, ni un algoritmo— puede reemplazar la presencia de un líder que se mantiene hombro con hombro con sus tropas.
Las secuelas del Sambre también ofrecen una advertencia a los responsables políticos. La destrucción de los nervios no pacificó la Galia, sino que endureció la resistencia. Las victorias tácticas rara vez producen paz política. Las guerras de Estados Unidos en Irak y Afganistán reflejan esta verdad. Una potencia de fuego abrumadora puede destruir una fuerza enemiga, pero no la voluntad de un pueblo.
La Batalla del Sambre, entonces, es más que una historia antigua. Es un estudio de la anatomía del coraje: de lo que une a los soldados cuando el mundo se derrumba a su alrededor y de cómo se manifiesta el verdadero liderazgo cuando la muerte parece inminente.
jueves, 25 de diciembre de 2025
Revolución Americana: Arnold en Fort Griswold

El maldito traidor Benedict Arnold en Fort Griswold

El 4 de septiembre de 1781, Benedict Arnold —antaño celebrado como un valiente héroe de la causa estadounidense y ahora tildado de traidor— regresó a su Connecticut natal al frente de una expedición británica. Siendo ya general de brigada del ejército británico, Arnold lideró a más de 1500 hombres, incluyendo tropas regulares británicas, tropas lealistas y auxiliares hessianas, río Támesis arriba para atacar el puerto de New London.
New London era un objetivo prioritario. Su puerto bullía de corsarios, los barcos estadounidenses semioficiales que se aprovechaban del comercio británico durante la guerra. La ciudad almacenaba material militar y provisiones, y sus defensas se basaban principalmente en dos pequeños fuertes que custodiaban las orillas opuestas del río: Fort Trumbull, en el lado de New London, y Fort Griswold, en Groton Heights, al otro lado del río.
Arnold dividió sus fuerzas. Una columna desembarcó cerca de New London y rápidamente invadió Fort Trumbull, cuya guarnición se retiró tras una defensa simbólica. Los soldados británicos marcharon entonces hacia la ciudad, donde comenzaron a incendiar almacenes, barcos y viviendas. Arnold afirmó posteriormente que solo había ordenado la destrucción de objetivos militares, pero las llamas se propagaron sin control, consumiendo casi todo el asentamiento. Al final del día, casi 150 edificios yacían en ruinas, y la prosperidad de New London se vio mermada.
En la orilla opuesta, una segunda columna británica avanzó hacia Fort Griswold, comandada por el coronel William Ledyard y defendida por unos 160 milicianos de Connecticut. Aunque muy superados en número, los estadounidenses lucharon tenazmente. Tras un feroz asalto, los británicos tomaron por asalto las murallas y Ledyard se rindió. Lo que siguió se convirtió en una de las atrocidades más notorias de la guerra: en el caos posterior a la rendición, las tropas británicas masacraron a muchos de los defensores, matando a más de 80 hombres e hiriendo a docenas más. El propio Ledyard fue asesinado con su propia espada. La incursión tenía como objetivo desviar al ejército de Washington de su marcha hacia el sur, rumbo a Virginia, donde se avecinaba el decisivo enfrentamiento con Cornwallis. Pero la brutalidad del ataque a New London y la masacre de Fort Griswold solo acentuaron la indignación estadounidense y endurecieron la resistencia. En lugar de atraer a Washington hacia el norte, las acciones de Arnold acrecentaron la infamia de su nombre, marcándolo para siempre como el mayor traidor de la Revolución.
lunes, 22 de diciembre de 2025
Guerra del Paraguay: Batalla de Humaitá
Batalla de Humaitá
Revisionistas
Batalla de Humaitá – 18 de febrero de 1868
Guerra de la Triple Alianza. Marcos Paz, vicepresidente de la República Argentina, había muerto en Buenos Aires por la epidemia de cólera que traída del frente de guerra, se propagó como una maldición durante el verano de 1867-68. La verdad es que los brasileños – dueños casi únicos de la guerra, pues solamente del Imperio llegaban refuerzos y armas – se pusieron serios con Mitre después del feo desastre de Tuyú-Cué y le impusieron volverse a Buenos Aires. Constitucionalmente no era necesaria su presencia, no obstante la muerte de Paz, porque el gabinete desempeñaba sus funciones (no había ley de acefalía) y faltaban escasamente ocho meses para la conclusión del período presidencial. Pero Brasil quería apresurar la conclusión de la guerra.
Alejado Mitre (para no volver más), las perspectivas fueron más risueñas para Brasil: Caxias volvió a tomar el mando en jefe. Tal vez no había leído a Federico II, pero llevaba a Mitre la ventaja de ganar batallas.
Sin el general en jefe todo resultaría fácil. El 19 de enero el almirante Inácio fuerza el paso de Humaitá; el 24 dos monitores brasileños llegan hasta Asunción y bombardean la capital paraguaya. Dominado el río por los brasileños, no le era posible al mariscal mantener las fortificaciones de Humaitá y Curupaytí, y el 10 de marzo hizo el repliegue del grueso de su ejército por el camino del Chaco. Apenas dejó cuatro mil hombres de Humaitá para cubrir la retirada. En canoas, chatas y jangadas, los diezmados paraguayos que han defendido hasta más allá del heroísmo la línea de Curupaytí y Humaitá, cruzan el río Paraguay, y por el Chaco toman rumbo norte: en Monte Lindo vuelven a atravesar el río y acampan finalmente en San Fernando. Esa operación resulta un alarde de conducción y valor: es todo un ejército con sus bagajes y armas, heridos y enfermos, evacuando una posición comprometida y en presencia del enemigo. Dos veces cruzaron el río sin que “la escuadra de Brasil se diera por enterada de la doble y audaz maniobra”, dice Arturo Bray.
El coronel Martínez quedó en Humaitá como cebo para inmovilizar al ejército aliado. Pero ya la fortaleza inexpugnable carecía de objeto. El julio recibe la orden de abandonarla con sus pocos efectivos clavando los 180 cañones que no pueden transportarse. Pero el impaciente mariscal Osorio quiere darse la satisfacción de tomarla por las armas y ataca con 8.000 soldados. Martínez hará en Humaitá y con Osorio la misma defensa de Díaz en Curupaytí y ante Mitre: lo deja acercar hasta las primeras líneas y allí lo envuelve en la metralla de su fuego de artillería. Muy cara pagaría Osorio la pretensión de entrar en Humaitá tras un ataque; finalmente se vio obligado a desistir y ordenar la retirada. Fue Humaitá la última gran victoria paraguaya. Pero más afortunado que Mitre, Osorio ha dado a tiempo la orden de retirada y consigue salvar gran parte de sus efectivos. Los cambá (negros brasileños) entrarían en Humaitá y en Curupaytí solamente después de que el último paraguayo las hubiera evacuado el 24 de julio. El 23 a la noche, Martínez ha hecho salir por el río a los efectivos postreros, hombres y mujeres. El 24 al amanecer los brasileños izan la bandera imperial en la ya legendaria fortaleza; poco antes lo habían hecho en Curupaytí. No es feliz la retirada de Martínez a través del Chaco. Los heroicos defensores de la fortaleza han debido sacrificarse para proteger el repliegue del grueso del ejército; van por el Chaco hostilizados por fuerzas muy superiores, ametrallados desde el río por la escuadra. Inácio y Osorio quisieran vengar en Martínez el respeto que le han tenido a Humaitá durante tres años. Finalmente la diezmada guarnición queda encerrada en Isla Poi; logra resistir durante diez días y debe rendirse agobiada por el hambre y el número. Se rinden así los últimos paraguayos que quedaban en ese teatro de guerra. Conmovido, el general Gelly y Obes, hace desfilar a los nuestros “ante los grandes héroes de la epopeya americana”. Hermoso ejemplo que nos debe llenar de orgullo.
Un paraguayo no puede rendirse, aunque la inanición le impida moverse y la falta de municiones no le permita contestar el fuego enemigo. Solano López, ya convertido en el frenético “soldado de la gloria y el infortunio” que dice Bray, es implacable con quienes no demuestran tener su mismo temple. Es imposible ganar la guerra y no han sido prósperas las gestiones de una paz honrosa. Por lo tanto el solo camino que queda a los paraguayos es la muerte; dar al mundo una lección de coraje guaraní.
El coronel Martínez se había conducido como un héroe en su defensa de Humaitá y en su imposible retirada por el Chaco. Pero se había rendido. No importa que contara con mil doscientos hombres y mujeres sin más uniforme que un calzón desgarrado, un quepí, sin pólvora para su fusil de chispa, ni alimentos, frente a tropas veinte veces superiores. Pero el mariscal se había rendido y eso no le era permitido a un paraguayo: la palabra “rendición” había sido borrada del léxico. López declara traidor al defensor de Humaitá.
Los tres años de guerra injusta y desproporcionada han hecho del atildado Francisco Solano una verdadera fiera: está resuelto a morir con su patria y no comprende ni perdona otra conducta. Ni a sus amigos ni a sus jefes más capaces ni a su misma madre y hermanos. Ante todo está Paraguay y por él sacrificará sus afectos más caros. No es la suya una conducta “humanitaria”, seguro; pero López no es en aquella agonía un ser humano sometido a la moral corriente. Es el símbolo mismo de un Paraguay que quiere morir de pie; un jaguar de la selva acosado sin tregua por sus batidores.
En esa última etapa de la guerra nacerá la versión del monstruo, del tirano sanguinario, del gran teratólogo, que alimentaría medio siglo de liberalismo paraguayo. Se le imputaron hechos terribles y no todo fue leyenda urdida por el enemigo. Hay cosas que estremecen, pero pongámonos en la tierra y en el tiempo para juzgarlos; en ese Paraguay de fines de la guerra envuelto en un halo de tragedia. Pensemos en los miles de paraguayos muertos en los combates por defender su tierra o caídos de inanición o de peste en la retaguardia. Sólo así puede juzgarse ese conductor que no puede perdonar a quienes manifiestan flaqueza, hablen de rendirse o tengan simplemente otro pensamiento que no sea morir en la guerra. Para comprenderlo hay que tener un corazón como el de los paraguayos y un alma lacerada por la inminencia de la derrota de la patria. Porque ocurrirán ahora cosas espantosas: el fusilamiento del obispo Palacios, los azotes y el fusilamiento de la esposa de Martínez, la muerte de los hermanos de López, acusados de conspiración; la prisión y los azotes de sus hermanos y hasta de su misma madre. En la atmósfera de tragedia, se yergue la figura del mariscal implacable, convencido de que a los paraguayos, con él a la cabeza, sólo les queda disputar palmo a palmo el querido suelo o morir.
Fuente
Bray, Arturo – Solano López Soldado de la Gloria y el Infortunio, Asunción (1984)
Efemérides – Patricios de Vuelta de Obligado
Portal www.revisionistas.com.ar
Rosa, José María – La Guerra del Paraguay y las Montoneras Argentinas, Buenos Aires (1985)
Se permite la reproducción citando la fuente: www.revisionistas.com.ar
viernes, 19 de diciembre de 2025
G7A: La batalla de Leuthen
En la nevada tarde del 5 de diciembre de 1757, un granadero prusiano cantó el coro del himno Nun danket alle Gott ("Ahora damos gracias a Dios"), y miles de voces se unieron a él mientras su ejército daba gracias por una de las mayores victorias en el campo de batalla de su rey, Federico el Grande. El ejército acababa de librar una batalla a las afueras de la aldea de Leuthen, en la actual Polonia. Esta escena, famosamente narrada a lo largo de la historia alemana, se convirtió en sinónimo de la destreza guerrera y el genio militar de Federico II de Prusia, así como del auge del estado prusiano.
La batalla de Leuthen fue un momento crucial en la Guerra de los Siete Años y en la historia de Europa Central. Los militares modernos deberían preocuparse por esta batalla, ya que los resultados obtenidos por Federico el Grande en Leuthen ponen de relieve la contingencia y el dinamismo de la guerra. Igualmente importante, Leuthen demuestra los peligros de la especularización: asumir que el enemigo reaccionaría de la misma manera que nosotros en una situación operativa dada. Los oponentes austriacos de Federico observaron las maniobras del rey y las interpretaron desde la perspectiva de lo que harían en el mismo entorno. Los resultados fueron fatales para ellos y forjaron la reputación militar de Federico.
Conflicto entre grandes potencias en la Europa del siglo XVIII
A principios de diciembre de 1757, parecía que, al menos en la Europa continental, Prusia y sus aliados habían perdido lo que se conocería como la Guerra de los Siete Años (1756-1763). Una serie de mazazos, asestados a finales del verano por los enemigos franceses y austriacos del rey prusiano Federico II, "el Grande", amenazaron con poner fin a la guerra. Federico había sufrido su primera derrota seria en Kolín en junio, y sus aliados anglo-hannoverianos sufrieron una catástrofe tras la batalla de Hastenbeck en julio. Mientras Federico se había vuelto para enfrentarse a los franceses, sus enemigos austriacos habían establecido una base en su territorio al tomar la fortaleza de Schweidnitz y aplastar al ejército de campaña prusiano en Silesia, en Breslavia, en noviembre.
Los dos últimos acontecimientos fueron especialmente preocupantes para Federico, ya que ambos ocurrieron en el Ducado de Silesia. En Europa Central, la Guerra de los Siete Años se libró por el control de Silesia: un territorio vital en la intersección entre el norte y el sur del Sacro Imperio Romano Germánico (similar en gran medida a Alemania y partes de la Polonia actual). Silesia también era una zona fronteriza de gran importancia económica, situada entre la Europa germanoparlante y la Mancomunidad de Polonia-Lituania, al este. El control de Silesia catapultaría (apenas) el estatus de Prusia a la categoría de grandes potencias europeas, junto con Francia, Austria, Rusia y Gran Bretaña, mientras que una Silesia dominada por Austria garantizaría que Prusia nunca más ascendiera por encima de las filas de las potencias medianas en Alemania, sufriendo un destino similar al de Baviera tras las Guerras de Sucesión Española y Austriaca.
Así, mientras el ejército de Federico II había obtenido una importante victoria en Rossbach el 5 de noviembre sobre los ejércitos francés y del Sacro Imperio Romano Germánico, el futuro de Prusia pendía de un hilo mientras las fuerzas de Federico retrocedían hacia Silesia a finales de noviembre y principios de diciembre de 1757. Si el ejército prusiano ganaba la batalla que se avecinaba, la guerra continuaría, con el destino de Prusia aún en duda. Si el ejército austriaco, más numeroso, que aguardaba a los prusianos de Federico ganaba la batalla, al menos una parte de Silesia permanecería casi con toda seguridad en manos austriacas al final de la guerra.
Flanqueando a los austriacos
Al mover fuerzas entre teatros y reconstituir las fuerzas destrozadas en Breslau el 22 de noviembre, Federico logró reunir una fuerza de poco menos de 40.000 tropas . Su oponente austriaco, el príncipe Carlos de Lorena, tenía entre 50.000 y 55.000 soldados. El vencedor de Breslau (aunque perdedor de muchas otras batallas), el príncipe Carlos mantuvo el mando gracias a su alta cuna. Había sido derrotado repetidamente por Federico en la anterior Guerra de Sucesión Austriaca de 1741 a 1748 (Prusia abandonó la guerra en 1745, pero los combates entre Austria y Francia continuaron hasta 1748), pero su lugar como (doble) cuñado de la archiduquesa austriaca María Teresa lo había mantenido, hasta este punto, aislado de las consecuencias del fracaso.
Federico, probablemente el caudillo real más hábil del siglo XVIII, distaba mucho de ser un comandante impecable , pero había estudiado rigurosamente el arte del generalato durante gran parte de su vida adulta y poseía la capacidad, tanto de jefe de estado como de comandante de campo ( roi-connétable ), de asumir riesgos agresivos que muchos otros generales se negaban a asumir. Estos riesgos obligaron a su veloz ejército a atacar repetidamente a fuerzas enemigas mayores desde direcciones inesperadas: con frecuencia, esto conducía a victorias espectaculares . En ocasiones, a derrotas igualmente espectaculares .
En la mañana del 5 de diciembre, Federico ordenó a su ejército acercarse a la posición austriaca desde Neumarkt, al oeste, y luego flanquearla hacia Lobetinz, al sur. Un débil asalto hacia la aldea de Frobelwitz fijó la atención austriaca en su frente, en el centro de la línea, y entonces el ejército prusiano se desplazó hacia el sur. El movimiento de flanqueo prusiano probablemente fue visible para el ejército austriaco, al menos al principio: ¿Por qué no se movilizaron para hacer frente a esta amenaza? En cada batalla importante de mediados del siglo XVIII, hubo múltiples "casos de combate" o no batallas, en los que un bando se acercaba en formación de batalla, pero tras reconocer la posición enemiga, declinaba atacar y se retiraba. En Leuthen, el príncipe Carlos y su alto mando malinterpretaron fatalmente el objetivo prusiano. Creyeron que Federico se había acercado, decidieron que su posición parcialmente fortificada era demasiado fuerte para atacarla y entonces se desplazaron para amenazar las comunicaciones austriacas con la fortaleza de Schweidnitz, al sur.
El objetivo de Federico no eran las fortalezas ni las líneas de comunicación enemigas, sino el ejército de campaña de su oponente. Como resultado, las fuerzas prusianas desviaron su marcha hacia el sur, de vuelta al oeste, y luego se acercaron al flanco sur (izquierdo) de la posición austriaca, que era una línea orientada al oeste, que se extendía de sur a norte. El ejército prusiano se aproximaba a esa línea desde el sur —para emplear mal una metáfora de táctica naval, « cruzando la T» del ejército austriaco—. Esta maniobra de flanqueo se convirtió en el sello distintivo de la batalla, comúnmente asociada con el arte de la guerra prusiano bajo el reinado de Federico el Grande. La vanguardia prusiana de granaderos y regimientos de élite abrumó rápidamente a las fuerzas aliadas con Austria de Baviera y Wurtemberg en el extremo sur del campo de batalla, cerca del pueblo de Sagschütz.
Lejos de ser una batalla rápida, con un final breve y relativamente pocas bajas como la batalla de Rossbach del mes anterior, Leuthen fue una batalla larga y prolongada. El alto mando austriaco logró desplazar a muchas de las tropas del norte y centro de su línea de batalla a una posición defensiva alrededor del pueblo de Leuthen. Los regimientos de élite prusianos sufrieron bajas al intentar asaltar posiciones defensivas improvisadas, como el cementerio central de Leuthen.
Mientras la infantería de ambos ejércitos disputaba la aldea de Leuthen, las únicas fuerzas importantes no comprometidas eran las alas de caballería de la derecha austriaca y la izquierda prusiana. El comandante de la caballería austriaca, el inspirador Joseph Graf Lucchesi d' Averna, lanzó sus fuerzas al ataque con la esperanza de invadir las posiciones de artillería prusiana en la cresta de Butter-Berg y atacar a la infantería prusiana en torno a Leuthen por el flanco. De haber tenido éxito, este contraataque habría decidido la batalla a favor de los austriacos. Sin embargo, debido a la posición elevada que se interponía, Lucchesi no pudo ver que las unidades de caballería prusiana esperaban para proteger a la infantería. Estos prusianos lograron interceptar y retrasar el avance de los escuadrones de caballería pesada austriaca. Lucchesi fue decapitado por un disparo de bala, y llegaron escuadrones adicionales de caballería prusiana para decidir la situación a su favor. Con la caballería enemiga neutralizada, la infantería prusiana finalmente ganó la contienda por la aldea de Leuthen y expulsó al enemigo del campo de batalla. Federico había obtenido lo que se consideraría, con o sin razón, la mayor victoria de su carrera militar.
La batalla y la guerra
El impacto inmediato de la batalla de Leuthen fue significativo : con un coste aproximado de 6.000 bajas, los prusianos infligieron unas 21.000 bajas a sus oponentes, incluyendo la toma de unos 13.000 prisioneros de guerra. A esta desalentadora cifra hay que añadir las consecuencias de las operaciones de limpieza prusianas en Silesia durante los cinco meses siguientes: casi 20.000 soldados austriacos quedaron varados en Breslavia y se rindieron como prisioneros, y otros 5.000 fueron capturados cuando la fortaleza de Schweidnitz capituló en abril del año siguiente. Por lo tanto, la consecuencia de Leuthen fue la pérdida de casi 50.000 austriacos, la mayoría como prisioneros de guerra.
A pesar de esto, Leuthen no fue una batalla decisiva: no determinó la Guerra de los Siete Años, donde las operaciones de combate se prolongarían cinco años más y la paz finalmente llegaría a principios de 1763. Leuthen sí garantizó que Federico continuara luchando. Las batallas gemelas de Rossbach y Leuthen salvaron a la monarquía prusiana de la destrucción. En su reciente análisis de Leuthen, TG Otte la ha llamado (quizás melodramáticamente) «la segunda fundación de Prusia». Probablemente no se equivoca mucho, ya que sin Leuthen, el reino prusiano no habría sobrevivido para convertirse en una gran potencia.
Es imposible resumir la historia posterior de la Guerra de los Siete Años en un breve ensayo, pero basta con decir que se avecinaban muchas victorias austriacas y derrotas prusianas. Federico seguiría aprendiendo de sus costosos errores, adaptando su arte de la guerra a las necesidades del conflicto. Justo cuando se disponía a rendirse, Isabel Petrovna, emperatriz de Rusia, falleció a principios de 1762. Su muerte le permitió a Federico centrarse en su enemigo austriaco, ganando batallas menores clave al final de la guerra y (una vez más) liberando Silesia del control austriaco. Sin recursos económicos y con sus recursos militares agotados, la archiduquesa María Teresa de Austria se vio obligada a firmar la paz cuando la suerte de la guerra favoreció a sus enemigos prusianos.
Leuthen a través de los años
Como la mayoría de las batallas relacionadas con la vida y la muerte de naciones, la lucha en Leuthen ha pasado por diversas etapas de interpretación. Inmediatamente después, la propaganda prusiana intentó inflar el número de austriacos presentes, de modo que, incluso hoy en día, es frecuente oír afirmaciones de que 65.000 o más soldados austriacos lucharon en la batalla. Un oponente más numeroso hizo que Federico el Grande pareciera un genio militar aún mayor del que merecían sus impresionantes victorias.
Del lado austriaco, la búsqueda de un chivo expiatorio se centró en dos áreas. En primer lugar, las tropas aliadas no austriacas (bávaros y wurtembergianos) desplegadas en la zona del ataque prusiano inicial resultaron ser un blanco fácil para el estamento militar austriaco que buscaba excusas para el desastre. En segundo lugar, el general Lucchesi, quien había muerto al frente de sus tropas en combate, fue rápidamente elegido como un oportunista conveniente para la pérdida. Esto se puede ver en las memorias frecuentemente citadas del príncipe de Ligne, un oficial subalterno del servicio austriaco en la batalla: «Nunca debimos haber escuchado a Lucchesi... los pocos wurtembergianos que no huyeron se rindieron... los bávaros se marcharon pocos minutos después». A pesar de sus esfuerzos por permanecer en el mando, el príncipe Carlos de Lorena no pudo desviar completamente la culpa por el desastre y abandonó el ejército en enero de 1758. Su caída coincidió con el ascenso de una nueva generación de líderes militares austriacos, que infligieron severas derrotas a Federico en los años siguientes de la guerra.
Con el paso del siglo XVIII al XIX, las victorias de Federico se convirtieron en la fuente de un nacionalismo en el norte de Alemania que emergió antes, durante y después de las Guerras Napoleónicas. Tras una posición ambigua en la era posnapoleónica, Federico y Leuthen ocuparon el lugar de un mito fundacional mientras Otto von Bismarck libraba una serie de guerras y allanaba el camino para la unificación de Alemania bajo el liderazgo prusiano en 1864, 1866 y de 1870 a 1871. La batalla, y en particular el canto del himno " Nun danket alle Gott" por las tropas inmediatamente después de la batalla, adquirió un profundo significado espiritual y nacional. Las pinturas de la batalla, las tropas cantando y el rey se generalizaron durante el período del Kaiserreich . Con la entrada y la derrota de Alemania en la Primera Guerra Mundial, Leuthen permaneció en el corazón de la identidad alemana. En las décadas de 1920 y 1930, la Batalla de Leuthen cobró nueva vida en un nuevo medio: el cine. Más de una docena de películas , en las que Federico II fue interpretado casi siempre por el actor Otto Gebühr, intentaron cautivar al público con la era fredericana. Una entrega particularmente patriótica, " Der Choral von Leuthen" , centrada en la batalla, se estrenó cuatro días después de que Adolf Hitler asumiera la cancillería de la República de Weimar. Dado que el recuerdo popular de Leuthen estaba estrechamente vinculado al régimen nazi, las representaciones populares de Federico y Leuthen se volvieron mucho menos frecuentes, incluso y sobre todo en Alemania, tras los horrores del Holocausto y la Segunda Guerra Mundial.
Lecciones de Leuthen
Leuthen sigue siendo un tema relevante para el estudio militar en el siglo XXI. La batalla es un importante recordatorio de la contingencia de los acontecimientos militares. Un notable éxito táctico, Leuthen aportó beneficios estratégicos a Prusia. El gobierno británico, obligado a aceptar la vergonzosa convención de Kloster-Zeven , repudió este acuerdo ante las victorias prusianas y proporcionó a Prusia una sustancial ayuda militar durante el resto del conflicto. Esto impidió que los ejércitos franceses intervinieran decisivamente contra Prusia. El dinero proporcionado por los subsidios británicos permitió a Federico continuar la ardua lucha por la supervivencia que caracterizó la Guerra de los Siete Años después de Leuthen.
Leuthen, entonces, demuestra cómo una victoria inesperada en el campo de batalla puede galvanizar y cambiar las relaciones internacionales y los asuntos diplomáticos: tal vez como el éxito disfrutado por las fuerzas armadas ucranianas en los días inmediatamente posteriores a la invasión rusa a gran escala en 2022. Las historias de heroísmo y estoicismo de un jefe de estado en peligro pueden cambiar la opinión internacional, ya sean Frederick y Leuthen en 1757, o el presidente ucraniano Volodymyr Zelenskyy y el aeropuerto de Hostomel en 2022.
Leuthen también es una poderosa lección de que una victoria, incluso una que parezca decisiva, no siempre conlleva el colapso del enemigo y el fin de la guerra. El público británico se enamoró profundamente de Federico tras las consecuencias de Rossbach y Leuthen, pero poco a poco lo relegó a un lugar de irrelevancia y crítica al no materializarse una victoria rápida. De hecho, una victoria espectacular e inesperada puede generar expectativas de tal manera que la realidad habitual de la guerra de desgaste parezca casi una derrota.
Para los profesionales militares, el combate en Leuthen muestra los peligros de la especulación y la suposición en el pensamiento estratégico. Los profesionales deben ser cautelosos al asumir que "sabemos" lo que el enemigo está haciendo o va a hacer. El alto mando austriaco en Leuthen asumió que su oponente prusiano se desplazaba hacia el sur para amenazar sus comunicaciones con Schweidnitz y obligarlos a abandonar una posición defensiva favorable. Es lo que habrían hecho, por lo que asumieron que Federico también lo haría. Después de la batalla, un oficial austriaco informó que "todos creían que marchaba hacia Schweidnitz". Esta especulación provocó complacencia ante un ataque inesperado.
Finalmente, Leuthen ofrece un espacio para reflexionar sobre el rol del mando. Liberado por su rol como rey de mando, Federico pudo aceptar riesgos prudentes y lanzar operaciones contra oponentes numéricamente superiores en posiciones defensivas. Fue excepcionalmente capaz de superar un problema endémico entre los comandantes de ejército de su época: la cautela y la indecisión. El general austriaco Lucchesi también tomó la iniciativa y aceptó riesgos prudentes al lanzar su contraataque de caballería. A veces, la diferencia entre un comandante al que se elogia durante los siguientes 250 años y uno que es convertido en chivo expiatorio y luego olvidado es tan sutil como la trayectoria imprecisa de una bala de cañón.


