Carta de Moscú
The New Yorker, 1983
A DIFERENCIA de sus predecesores,
Yuri Andropov disfrutó de una campaña de relaciones públicas en Occidente antes
de convertirse en líder de la Unión Soviética. Empezaron a filtrarse desde el
Kremlin comentarios favorables cuando era jefe de la K.G.B., o Comité para la
Seguridad del Estado, como se llama a la policía secreta. El tema cobró fuerza
cuando pasó de la K.G.B. al Secretariado del Partido Comunista, en mayo de
1982. Para noviembre, cuando fue nombrado Secretario General después de la
muerte de Leonid Brezhnev, ya había nacido una leyenda en torno de Andropov. Se
decía de él que vestía con elegancia, hablaba en voz baja, vivía con modestia,
disfrutaba del coñac, entendía inglés, jugaba al tenis, le gustaba el jazz y
sostenía ideas liberales, entre ellas el apoyo a la reforma económica y la
oposición a la invasión de Afganistán. No habría resultado sorprendente leer
que podía caminar por la cuerda floja mientras tocaba el violín, mejor que
Heifetz.
Cuando visité Moscú poco después de la sucesión, tenía en
mente intentar reconstruir cómo se había moldeado la imagen de Andropov. Lejos
de encontrar las dificultades habituales del trabajo periodístico en la Unión
Soviética, el proyecto prácticamente se hizo solo. De hecho, Moscú me hizo
acordar a Cambridge, Massachusetts, justo después de la elección de John
Kennedy. Muchos de quienes habían desempeñado papeles importantes en la
promoción de Andropov pertenecían a la “nueva clase” de intelectuales,
científicos y periodistas bien conocidos por los occidentales. Aunque no
vinieron corriendo precisamente, los acercamientos relativamente directos
dieron resultado. De hecho, encontré por primera vez la fuente más prolífica de
andropoviana en un pequeño almuerzo ofrecido por el embajador estadounidense,
Arthur Hartman, en Spaso House, su residencia oficial.

El invitado de honor era Roy Medvedev, un hombre de unos
cincuenta y cinco años, de pelo blanco y tez rubicunda, con ojos azul celeste y
un aspecto benévolo que lo hacía parecerse a Boris Pasternak en sus últimos
años. Según los parámetros soviéticos, Medvedev vivía en el limbo: era un
inadaptado y un excéntrico. No tenía un empleo regular. Se describía como un
“marxista independiente” y un “eurocomunista”. Había publicado en Occidente
libros escritos en colaboración con su hermano gemelo, Zhores, biólogo
residente en Gran Bretaña. Uno de esos libros atacaba a Stalin en términos
severos. Otro elogiaba a Khrushchev, aunque débilmente. Un tercero era una
recopilación de samizdat, es decir, escritos publicados clandestinamente en la
Unión Soviética. A mediados de la década del setenta estuvo en problemas y se
movía furtivamente por Moscú, a veces con una peluca como disfraz. En algún
momento de ese período se convirtió en un ferviente propagandista de Andropov.
Ahora gozaba de protección. “Si no tuviera un padrino”, observó un experto
estadounidense en Rusia, “estaría en un manicomio”.
En el almuerzo del embajador, Roy Medvedev habló sin parar
durante un par de horas sobre la política interna que, en unos pocos meses,
había llevado a Andropov de jefe de la K.G.B. a Secretario General. Un par de
días después, para verificar el relato, fui con Dusko Doder, del Washington
Post, a visitar a Medvedev en su departamento. Vivía en el quinto piso de un
edificio sin ascensor, en una zona alejada del norte de la ciudad, el
equivalente moscovita del Bronx. Un corte de electricidad había apagado las
luces, pero tenía una vela sobre el escritorio y me dio una linterna para
ayudarme a tomar apuntes. Repitió, con mucho más detalle, el relato que había
dado en el almuerzo del embajador. Aunque esa historia no es necesariamente
cierta, y hasta puede estar diseñada para encubrir una toma del poder por parte
de la K.G.B., resulta fascinante y abarcadora. Coincide con muchos episodios
conocidos y no es intrínsecamente inverosímil. Por lo tanto, la siguiente
crónica de la carrera de Andropov se basa principalmente en la descripción de
Medvedev.
El Secretario General nació en 1914, en un pequeño pueblo
del Cáucaso. La madre de su padre era judía, y ese hecho fue usado en su contra
en la competencia por el liderazgo. Su padre ocupaba un puesto administrativo
en los ferrocarriles y provenía de una familia de condición social ligeramente
superior a las de Brezhnev, Khrushchev o Stalin, aunque no a la de Lenin. Las
primeras actividades políticas de Andropov se desarrollaron en organizaciones
del Komsomol, o Juventud Comunista, en comunidades del Volga. Hacia el final de
su adolescencia se mudó a Petrozavodsk, en Karelia, cerca de la frontera
finlandesa. A los veintiséis años, Andropov ya era Primer Secretario de la
organización regional del Komsomol. A los treinta y tres era Segundo Secretario
del Partido para la República Carelo-Finesa y protegido de Otto Kuusinen, un
comunista finlandés que se convirtió en jefe de la república después de un
breve período al frente de un gobierno comunista títere de Finlandia durante la
guerra fino-rusa de 1939-40. Kuusinen llevó a Andropov a Moscú en 1951 como
inspector del Secretariado del Partido.
Dos años después, inmediatamente después de la muerte de
Stalin, Andropov cayó en graves dificultades. Georgi Malenkov, que había
sucedido a Stalin como primer ministro y secretario del Partido, tuvo que
librar una batalla con Khrushchev por el control de la organización partidaria.
Para reforzar su posición, Malenkov quería desplazar al secretario del Partido
en la República de Lituania. Andropov fue designado para informar sobre ese
hombre, y Malenkov le dio a entender que quería un informe desfavorable. En
cambio, Andropov absolvió por completo al secretario lituano del Partido. Como
castigo, Malenkov desterró a Andropov a Budapest. Así fue como terminó siendo
embajador allí en 1956, cuando estalló la rebelión húngara contra el dominio de
Moscú.
Los relatos de distintos refugiados sobre el papel de
Andropov en el levantamiento húngaro no fueron confirmados por Medvedev. No
indicó si, como se ha afirmado, Andropov engañó a varios húngaros para ganarse
su confianza y luego los entregó a las tropas rusas de ocupación. Lo que sí
dijo Medvedev fue que, como embajador, Andropov llamó la atención y se ganó la
admiración de varios dirigentes soviéticos, entre ellos el propio Khrushchev y
Mikhail Suslov, ideólogo del Partido y veterano miembro del Secretariado. En
1957, Andropov fue llevado de regreso a Moscú para trabajar bajo las órdenes de
Suslov como jefe del departamento del Secretariado encargado de los partidos
comunistas de los países satélite. Cinco años después, Khrushchev lo convirtió
en miembro pleno del Secretariado. “Se lo debía todo a Khrushchev”, dijo
Medvedev.
LA policía secreta siempre fue un
problema para la dirigencia soviética, en especial durante los períodos de
sucesión, cuando las líneas de autoridad se vuelven imprecisas. Khrushchev y
sus aliados dispusieron que Lavrenti Beria, el principal policía de Stalin,
fuera juzgado y fusilado. Después se dividió el poder de seguridad interna: la
K.G.B. quedó separada del Ministerio del Interior, que controlaba a la policía
uniformada. Brezhnev, tras desplazar a Khrushchev en 1964, resistió un desafío
de Alexander Shelepin, quien había sido jefe de la K.G.B. En 1967, por
recomendación de Suslov, Brezhnev confió la organización a Andropov. “Era una
persona inteligente en quien todos los demás miembros de la dirigencia
confiaban”, dijo Medvedev.
Como jefe de la K.G.B., Andropov implantó programas para
contener la disidencia y el oposicionismo que eran a la vez eficaces y, según
Medvedev, relativamente moderados. A un cuarto de millón de rusos, muchos de
ellos judíos pero también no pocos no judíos que eran figuras destacadas de la
cultura, se les permitió o se los obligó a emigrar. A varios disidentes se les
dio un margen amplio antes de que finalmente fueran juzgados y condenados. En
algunos casos, Andropov intervino personalmente para aliviar sus condiciones.
Un caso citado por Medvedev que pude verificar fue el del estudioso de la
literatura Mikhail Bakhtin.
Bakhtin se hizo famoso con la publicación de un libro sobre
Dostoyevski en 1929. Ese mismo año fue desterrado a Kazajistán durante seis
años, aparentemente por sus intereses religiosos. Después, para no correr el
riesgo de volver a tener problemas, se instaló en la ciudad de Saransk, en la
República Autónoma de Mordovia, unos ochocientos kilómetros al sudeste de
Moscú. Bakhtin enseñó y escribió allí tranquilamente hasta que se jubiló, en
1961. Dos años más tarde, como parte del deshielo iniciado por Khrushchev, su
obra sobre Dostoyevski volvió a publicarse. En 1965 publicó un estudio sobre
Rabelais que levantó algunas cejas, tanto porque citaba las frecuentes
referencias al sexo del maestro francés como porque tendía a elogiar la
literatura obscena como un desafío al despotismo. En 1969, Bakhtin regresó a
Moscú. La vida allí no le resultó fácil. Sufría osteomielitis y tenía enormes
dificultades para conseguir una atención médica decente. Colegas del Instituto
Gorki y de la Universidad de Moscú intentaron ayudarlo. Uno de ellos, Vladimir
Turbin, tenía a Irina, la hija de Andropov, como alumna en la Universidad de
Moscú. Ella puso el caso de Bakhtin en conocimiento de su padre. Andropov
dispuso que Bakhtin y su esposa ingresaran al hospital vinculado al Kremlin.
Permanecieron allí, en la sala reservada para huéspedes del Tercer Mundo, desde
1969 hasta 1970. Después dejaron la clínica y se mudaron a un departamento en
Moscú, donde él murió en 1975.
Según Medvedev, Andropov se había interesado desde siempre
por los problemas generales y mantenía la mirada fija en el principal puesto de
liderazgo. Su carrera hacia la cima comenzó en diciembre de 1981. Para
entonces, Brezhnev estaba claramente muy enfermo. El dirigente moribundo quería
inclinar la sucesión hacia un antiguo asociado que lo había servido como
asistente personal durante más de dos décadas, Konstantin Chernenko. Brezhnev
llegó incluso a hablar de renunciar, con la condición de que el cargo de
Secretario General fuera para Chernenko. Pero la mayoría de los demás miembros
plenos del Politburó despreciaban a Chernenko por considerarlo un mero lacayo
de Brezhnev. Para frenarlo, se alinearon detrás de otro asociado de Brezhnev,
Andrei Kirilenko, responsable de los cuadros del Partido. En ese momento
Andropov estaba muy abajo en la jerarquía de la dirigencia. No sólo tenía por
delante a Brezhnev, Kirilenko, Suslov y Chernenko, sino que también estaba por
debajo del primer ministro Nikolai Tikhonov, del jefe del Partido en Moscú,
Viktor Grishin, y del presidente de la Comisión de Control del Partido, Arvid
Pelshe. “Tenía que pasar del octavo puesto al primero a toda velocidad”, dijo
Medvedev sobre Andropov. “Lo jugó como una partida de ajedrez”.
El primer movimiento consistió en debilitar a Brezhnev y, de
ese modo, reducir el apoyo a Chernenko. Con ese fin, la K.G.B. puso en
conocimiento de Suslov varios escándalos de contrabando de divisas y diamantes
que involucraban a Galina, la hija de Brezhnev, y a una figura del circo
conocida como Boris el Gitano, de quien se decía que era su amante. En el
asunto estaba involucrado el general Semyon Tsvigun, número dos de la K.G.B.,
que intentó hacer arrestar a Boris. Al enterarse, Suslov reprendió a Tsvigun.
Este entró en pánico y se suicidó el 19 de enero. El aviso necrológico, que no
llevaba la firma de Brezhnev, y el funeral inusualmente modesto llamaron la
atención sobre todo el asunto. El propio Suslov murió el 25 de enero. Brezhnev
y Chernenko estaban “desorientados”, como lo expresó Medvedev, y Andropov vio
su oportunidad de obtener el puesto de Suslov en el Secretariado.
Su siguiente movimiento fue establecer una alianza con los
militares por medio del ministro de Defensa, Dmitri Ustinov, y del jefe del
Estado Mayor, el mariscal Nikolai Ogarkov. Según Medvedev, los militares
siempre desempeñaron un papel entre bambalinas en la política de la dirigencia.
Khrushchev consolidó su victoria sobre Malenkov llamando a su lado al héroe de
la Segunda Guerra Mundial, el mariscal Georgi Zhukov. Brezhnev allanó el camino
para desplazar a Khrushchev al ganarse al mariscal Rodion Malinovski, que había
reemplazado a Zhukov como ministro de Defensa. Brezhnev rechazó el desafío de
Shelepin demostrando, mediante una visita a Bielorrusia, donde el Ejército
realizaba maniobras, que contaba con el apoyo del mariscal Andrei Grechko.
Aunque los soldados y la policía secreta son enemigos tradicionales, Andropov
inició su cortejo a los militares con varias ventajas. Él y el ministro de
Defensa Ustinov, junto con el ministro de Relaciones Exteriores Andrei Gromyko,
formaban, como jefes de organismos operativos de seguridad, una pequeña colonia
separada de los demás miembros del Politburó, que eran puramente políticos.
También tenía vínculos con el mariscal Ogarkov que se remontaban al servicio
compartido en el frente de Karelia durante la Segunda Guerra Mundial. Además,
los militares tenían varias cuentas pendientes con el régimen de Brezhnev.
Estaban descontentos con el énfasis puesto en la distensión y el control de
armamentos. Querían una economía más eficaz, que pudiera proporcionar fondos
adicionales para modernizar el equipamiento, y no solamente los misiles. Les
preocupaba que los jóvenes soviéticos mostraran falta de espíritu combativo.
Andropov, aunque nunca se enfrentó abiertamente con Brezhnev, se había alejado
del apoyo total a la distensión que mostraba Chernenko. En algún momento de
febrero o marzo, dijo Medvedev, Andropov y Ustinov llegaron a un acuerdo. Uno
de sus frutos fue que, el 22 de abril, Andropov pronunció el discurso del Día
de Lenin. En ese discurso, destacó de manera implícita la importancia del Estado
y de sus dirigentes, como él y Ustinov, frente a meros burócratas del Partido,
como Chernenko. Al terminar la sesión se ejecutó el himno nacional, pero no,
como era habitual, el himno del Partido.
El pleno de mayo del Comité Central llevó la lucha a su
punto decisivo. La cuestión principal era la designación de un sucesor de
Suslov en el Secretariado. Ustinov propuso a Andropov, Gromyko apoyó la
nominación y ambos recibieron el respaldo del jefe de Leningrado, Grigori
Romanov; del dirigente del Partido ucraniano, Vladimir Shcherbitsky; del
dirigente moscovita Grishin; y de Pelshe. Brezhnev y Chernenko se opusieron,
pero sólo pudieron obtener el apoyo del primer ministro Tikhonov; del
especialista en agricultura del Secretariado, Mikhail Gorbachev; y del jefe del
Partido kazajo, Dinmukhamed Kunaev. De ese modo, Andropov pasó de la K.G.B. al
Secretariado del Partido. Había regresado al núcleo central de la dirigencia.
Durante el verano, Andropov permaneció entre bambalinas,
despejando caminos y afianzando alianzas. Su aparición como aspirante abierto
al puesto máximo volvió innecesario el papel de Kirilenko como candidato para
frenar a Chernenko. Kirilenko venía padeciendo problemas físicos, pero quedó en
evidencia que su enfermedad también era política. La causa concreta, según
Medvedev, fue un rumor que circuló por Moscú según el cual el yerno de
Kirilenko había intentado desertar a Occidente, había sido capturado y devuelto
por la fuerza a Moscú. El rumor sostenía que Kirilenko había intentado suicidarse
y, quizá peor todavía, había fracasado.
Para reemplazar a Andropov al frente de la K.G.B., el pleno
de mayo había elegido a Vitali Fedorchuk, un funcionario de carrera de la
K.G.B. proveniente de Ucrania. Esa elección aparentemente consolidó la alianza
entre Andropov y el dirigente ucraniano Shcherbitsky, protector de Fedorchuk.
Pero, en el proceso, otro candidato —Geidar Aliyev, un exfuncionario de la
K.G.B. que, gracias a una exitosa campaña contra la corrupción, se había
convertido en secretario del Partido en Azerbaiyán— había quedado privado del
principal cargo de la K.G.B. en Moscú. En algún momento del verano, Andropov
forjó nuevos vínculos con Aliyev, quizá mediante algunas maniobras políticas
internas de la K.G.B. y volviendo a destacar que él también era un firme
enemigo de la corrupción.
A pesar de esos avances, al llegar el otoño la sucesión de
Andropov seguía en duda. Chernenko había ocupado el antiguo despacho de Suslov
y había asumido el viejo papel de Kirilenko como responsable de los cuadros del
Partido. Presidía las reuniones del Politburó durante las ausencias de
Brezhnev. Además, él y Brezhnev habían lanzado una especie de contraataque. Uno
de sus elementos era una búsqueda del apoyo militar. Ese esfuerzo salió a la
luz en una reunión inusual de comandantes militares en el Kremlin, el 27 de
octubre. Brezhnev habló e indicó que estaba prestando una atención personal
minuciosa a las necesidades militares. Dijo que, lejos de desatender a los
soldados, aumentaría los recursos destinados a defensa. Al mismo tiempo, rindió
un homenaje especial a Ustinov.
Un segundo aspecto del contraataque se concentró en las
gestiones de acercamiento con China. Suslov, como ideólogo del Partido, había
sostenido que reincorporar a Pekín al redil fortalecería la posición de los
comunistas independientes de Europa Oriental. Su muerte había despejado el
camino para un nuevo enfoque. En un discurso pronunciado en Tashkent en marzo,
Brezhnev había indicado que estaba en marcha una nueva ronda de negociaciones y
que China era considerada ahora “un país socialista”. En su discurso del 27 de
octubre ante los militares reiteró ese punto. Dos días después, en un discurso
en Tiflis, Chernenko fue un paso más allá que su jefe, en lo que pareció un
intento de apropiarse de la apertura hacia China. Entre otras cosas dijo —y en
este caso verifiqué el texto original—: “Deseamos sinceramente normalizar las
relaciones con el gran vecino chino y estamos convencidos de que tanto China y
la Unión Soviética como la causa de la paz en todo el mundo saldrán
beneficiadas”.
La aparición en Tiflis fue sólo uno de una serie de pasos
que Chernenko dio para cerrarle el paso a Andropov. Publicó un libro que
recibió numerosas reseñas. Ocupó el lugar de honor junto a Brezhnev en la
reunión del 27 de octubre y en una sesión del Soviet Supremo el 5 de noviembre.
En esa sesión, el discurso principal no estuvo a cargo de Andropov sino de una
figura oscilante, Grishin. En su discurso, Grishin pareció inclinarse hacia
Brezhnev y Chernenko. Además, el propio Brezhnev se presentó en la sesión y, el
7 de noviembre, permaneció de pie durante un desfile de dos horas por el Día
Nacional. Se lo veía enfermo, pero claramente estaba en condiciones de
desempeñar sus funciones. Un rumor en Moscú decía que podría renunciar el 21 de
diciembre de 1982, en el sexagésimo aniversario de la formación de la Unión de
Repúblicas Socialistas Soviéticas, aunque, una vez más, sólo con la condición
de que Chernenko fuera su sucesor. Brezhnev murió en esas circunstancias,
cuando la cuestión del liderazgo todavía no estaba resuelta.
El 7 de noviembre, cuando Brezhnev permaneció de pie durante
el desfile, fue un día helado, y contrajo lo que literalmente resultó ser el
resfrío que lo llevó a la muerte. Esa noche fue a su dacha en las afueras de
Moscú y nunca regresó. La versión oficial sostiene que murió a las ocho y media
de la mañana del 10 de noviembre. Medvedev dio esa versión durante su
conversación con el embajador Hartman en el almuerzo. Cuando lo vi más tarde,
insinuó que Brezhnev había muerto antes, quizá durante la noche del 9 de
noviembre. Los médicos de la dacha intentaron reanimarlo durante varias horas.
Después lo trasladaron a una clínica cardiológica cercana, donde fue declarado
muerto. En cualquier caso, durante el 10 de noviembre Andropov dispuso de
tiempo de sobra para organizar su mayoría. Al parecer, aseguró el resultado en
una reunión relativamente pequeña del Politburó hacia el mediodía. Esa noche se
convocó una reunión más amplia, de unas cincuenta personas, entre ellas los
diez miembros del Politburó, varios comandantes militares y otros hombres
importantes. Shcherbitsky, aliado ucraniano de Andropov, fue nombrado
presidente provisional. Ustinov propuso a Andropov como Secretario General.
Gromyko apoyó la moción y esta fue aprobada. Se decidió que Chernenko nominaría
formalmente a Andropov en una reunión plenaria del Comité Central del Partido
convocada para el 12 de noviembre.
En la mañana del 11 de noviembre se anunció la muerte de
Brezhnev. Medidas de seguridad extraordinarias mantuvieron a los visitantes
alejados del Kremlin durante casi todo el día. Según Medvedev, varios
funcionarios provinciales del Partido hostiles a Andropov, porque temían una
posible purga por motivos de corrupción, intentaron organizar una mayoría para
Chernenko. Pero Chernenko se negó a presentarse. Propuso a Andropov, quien fue
debidamente elegido Secretario General por el pleno del Comité Central.
DE cara al futuro, Medvedev nos dijo
que tenía esperanzas. Pensaba que el nuevo dirigente estaba preocupado por
Occidente y que trabajaría por el control de armamentos. Dijo que Andropov
favorecía una disminución de la tensión con China y que continuaría la política
conciliadora puesta en marcha por Brezhnev, aunque expresó dudas acerca de que hubiera
una retirada temprana de Afganistán. En cuanto a los asuntos internos, Medvedev
pronosticó un fuerte énfasis en eliminar la corrupción y mejorar la eficiencia
económica. Pero consideraba que Andropov sólo se afirmaría lentamente. Dijo que
gobernaría en nombre del Comité Central hasta que su propia autoridad quedara
consolidada. No habría nada de la idolatría de los últimos años de Brezhnev: no
habría una avalancha de condecoraciones para Andropov ni retratos clavados en
las paredes. “En lugar del culto a la personalidad”, dijo Medvedev, “habrá un
culto a la modestia”.
El comentario sobre los retratos adquirió para mí un énfasis
especial cuando fui a visitar a otro conocido constructor de la imagen de
Andropov: Georgi Arbatov, director del Instituto de Estados Unidos y Canadá.
Arbatov tenía sobre el escritorio una fotografía de Brezhnev firmada. Le dije
que no la había visto en visitas anteriores. “Brezhnev me la mandó hace algún
tiempo”, explicó Arbatov. “La guardaba en casa porque la dedicatoria era tan
elogiosa que pensé que a los demás podría parecerles una ostentación. Desde que
Brezhnev murió, eso dejó de importar. Así que llevé la foto a la oficina”.
“Eso es una señal suprema de confianza en uno mismo”, dijo
un diplomático estadounidense cuando le conté la historia de la fotografía.
También es la señal de cierto tipo de persona con cierto tipo de historia.
Arbatov era un hombre regordete de cincuenta y nueve años, de nariz grande,
piel pálida y expresivos ojos azules. Hablaba con autoridad sardónica en inglés
y alemán, además de ruso, sobre la mayoría de los temas comprendidos por la
política y el arte de gobernar. Como director del instituto —un organismo de la
Academia de Ciencias que ocupaba un elegante edificio antiguo en el centro de
Moscú y contaba con varios cientos de empleados—, era miembro del Soviet
Supremo, o parlamento; viajaba con frecuencia a Estados Unidos y Europa; y era
una figura pública que aparecía a menudo en televisión, tanto en Rusia como en
Occidente. Se creía que era cercano a Brezhnev, y me dijo que había estado con
él tan recientemente como el 26 de octubre, cuando Brezhnev trabajaba en un
discurso que debía pronunciar ante un pleno del Comité Central convocado
originalmente para el 15 de noviembre. Cualquiera fuera su vínculo con
Brezhnev, Arbatov estaba mucho más cerca de Andropov de lo que había estado de
Brezhnev. Trabajaron juntos después de 1957, cuando Andropov asumió el
departamento del Comité Central encargado de las relaciones con los partidos
comunistas gobernantes de otros países. Igor, el hijo de Andropov, había sido
miembro del Instituto de Estados Unidos antes de incorporarse al Ministerio de
Relaciones Exteriores ruso, y todavía mantenía vínculos con él. Durante todo el
verano de 1982, en conversaciones con occidentales, Arbatov descalificó
regularmente a Chernenko como “poco más que un campesino” y como una figura
“impensable como líder de la Unión Soviética”. Un académico estadounidense que
vio a Arbatov en septiembre lo describió como “absolutamente seguro” de que
Andropov sucedería a Brezhnev.
En nuestra conversación, Arbatov reconoció que efectivamente
había existido una campaña para promover a Andropov ante los ojos de Occidente.
Sin que yo se lo sugiriera, afirmó que algunas personas creían que el propio
Andropov había intervenido en la campaña. “Eso no es cierto”, dijo. “La
promoción de Andropov surgió de fuentes espontáneas. No fue obra suya. Fue obra
de voluntarios. Una razón principal fue que hizo que la K.G.B. fuera distinta
de lo que había sido. Bajo su conducción, su reputación mejoró. Ya no encajaba
con el estereotipo de un órgano de terror. Su reputación es mejor que la de la
C.I.A. o el F.B.I. Aun así, no es una institución de beneficencia”.
Al hablar de Andropov como persona, Arbatov fue directo pero
no verborrágico. Dijo: “Siempre me pareció una persona práctica. Tenía los pies
sobre la tierra y se concentraba en cuestiones concretas. No puede decirse que
tuviera un buen título de una buena universidad. Pero le interesaba la teoría.
Había leído los libros de Lenin y de Plekhanov. Estudió inglés. No creo que
hablara inglés, pero podía leerlo. No sé cuánto le habrá quedado. Quizá queden
rastros”. Después Arbatov agregó una observación que más tarde otros repetirían
y que, a mi juicio, llegó a parecer muy significativa. Dijo: “El campo de
Andropov es la política. Podría decirse que tiene un instinto innato para la
política”.
Pregunté por la política económica y mencioné informes
occidentales según los cuales Andropov favorecía el tipo de reforma que había
dado buenos resultados en Hungría. Arbatov dijo: “Andropov no es economista y
no pretende serlo. Le interesa mejorar las cosas, pero para él reforma no
significa lo mismo que para los estadounidenses: descentralización. Supone algo
de centralización y algo de descentralización. Necesitamos centralización en
muchas áreas. En energía, por ejemplo, tenemos que integrar el petróleo, el
gas, el carbón, la energía nuclear y la conservación. Mejorar la agricultura
significa administrar mejor el transporte y el almacenamiento, y la
conservación y distribución de alimentos”. Arbatov confirmó entonces un informe
según el cual la nueva estrella de la política soviética, Geidar Aliyev,
promovido a primer viceprimer ministro en un pleno del Comité Central el 22 de noviembre,
quedaría a cargo del transporte. Dijo que Aliyev había demostrado una gran
capacidad de gestión económica después de pasar del cargo de jefe de la K.G.B.
provincial al de secretario del Partido en Azerbaiyán: había llevado a
Azerbaiyán “desde el último puesto de la clasificación de desempeño económico
entre las repúblicas hasta el primero”.
El tema siguiente fue la política exterior, y allí Arbatov
trazó un panorama general de lo que, a su juicio, podía esperarse de Andropov.
Empezó por el cambio de política hacia China. “Llegamos a la conclusión de que
era inútil y estúpido considerar a China un problema que no podía abordarse.
Comprendimos que, con el tiempo, los chinos entenderían que no les convenía ser
hostiles a la Unión Soviética. Tienen enormes problemas de desarrollo. No
pueden resolverlos sin nosotros. Así que, cuando revisaron su política,
nosotros estábamos preparados. Puede haber habido cierta inercia para responder
a su jugada. Quizá exista alguna relación con nuestro deseo de avanzar en el
control de armamentos con Estados Unidos y de impedir que Estados Unidos use la
carta china contra nosotros. Pero nuestra convicción básica es que estamos
tratando de mejorar la seguridad mundial. No podemos mejorar la seguridad
mundial sin los chinos. Ellos tienen que asumir responsabilidades. Puede que no
nos resulte agradable. Puede que no les resulte agradable a ustedes. Pero así
son las cosas”.
Arbatov trató con gran desapego las regiones del Tercer
Mundo, donde el régimen de Brezhnev había parecido lograr avances. “Nosotros no
asumimos compromisos en África”, dijo. “Cuba sí. De todos modos, ahora está
claro que no vamos a arrasar África”. En cuanto a Medio Oriente, Arbatov
reconoció que “cometimos errores allí” y agregó: “Ahora les toca a ustedes
cometer errores. Vemos que muchos países se vuelcan hacia nosotros: Arabia
Saudita, Jordania, Kuwait”. Después, como si la Unión Soviética no estuviera
realmente en contra de lo que ocurría allí, dijo: “La invasión del Líbano fue
un acontecimiento trágico. Pero hizo posibles otras cosas”.
Europa y Estados Unidos, dijo Arbatov, eran, en cambio,
“terriblemente importantes”. Mencionó el proyecto de la OTAN de instalar
misiles estadounidenses Cruise y Pershing II en Europa Occidental, salvo que
las negociaciones sobre armamentos condujeran a una reducción de las armas
nucleares soviéticas —principalmente misiles SS-20— apuntadas hacia Europa
Occidental. Dijo que Rusia quería negociar un acuerdo de control de armamentos.
“Queremos tener relaciones normales. No queremos volver a tener una guerra”.
Agregó: “Pero el gobierno de Reagan es absolutamente hostil. Sólo trata con
nosotros por la presión de sus aliados o de la economía. Son anticomunistas
trogloditas. Por eso debo decir que nos acercamos al momento en que ya no
podremos permitirnos el lujo de negociar. Si ustedes despliegan los Pershing,
tendremos que entregar todo el asunto a las computadoras. Tendremos que poner
nuestros misiles en situación de lanzamiento ante alerta”.
Expresé la opinión de que estaba siendo excesivamente
alarmista, y que en realidad Moscú y Washington terminarían alcanzando un
acuerdo de control de armamentos. Sugerí que sus advertencias sobre peligros
futuros eran una táctica de negociación destinada a asustar a los europeos,
para que la Unión Soviética pudiera cerrar un trato más ventajoso con Estados
Unidos, un acuerdo que implicara una reducción menor de los misiles soviéticos.
Arbatov no discutió esa acusación. En cambio, sugirió que se
aproximaba una prueba de fuerza soviético-estadounidense en Europa. Dijo:
“Hemos superado la aguda crisis del problema polaco. Hemos manejado sin
sobresaltos el problema de la transición. Ustedes, los estadounidenses, están
molestos porque calcularon que seríamos débiles, y no lo somos”.
EN los días inmediatamente
posteriores a mi reunión con Arbatov, dos de sus adjuntos me invitaron a
almorzar. Uno era especialista en asuntos económicos y el otro, en cuestiones
militares y de política exterior. Con la condición de que no revelara sus
nombres, me proporcionaron detalles que ampliaban lo dicho por Arbatov.
El economista dijo que el mundo entero atravesaba
dificultades económicas y que las de la Unión Soviética no eran menores que las
de Estados Unidos y Europa Occidental. Dijo que el problema general consistía
en administrar economías de gran escala, y que la idea occidental de que la
reforma significaba descentralización e incentivos era, en lo esencial,
equivocada. En la Unión Soviética, el gran problema era la falta de disciplina.
Los administradores y no pocos trabajadores del Partido eran corruptos. Los
obreros tendían al ausentismo y al alcoholismo. A los jóvenes sólo les
interesaba conseguir cosas. Dijo que siempre aparecían “reformistas” para
defender la necesidad de más incentivos. Dudaba de que llegaran muy lejos. Para
mejorar el sistema hacían falta palos, no zanahorias. “Si hay algo que ustedes
tienen y nosotros necesitamos”, dijo acerca de Occidente, “es el derecho a
despedir gente”.
Para reforzar el argumento, repitió un dicho que circulaba
en Moscú sobre las seis maravillas de la Unión Soviética. Decía así: “Nadie
está desocupado, pero nadie trabaja. Nadie trabaja, pero a todos les pagan. A
todos les pagan, pero no hay nada para comprar. No hay nada para comprar, pero
a nadie le falta lo que necesita. A nadie le falta lo que necesita, pero todos
se quejan. Todos se quejan, pero cuando llega el momento de votar todos votan
que sí”.
Pregunté por la posibilidad de que, bajo Andropov, la Unión
Soviética siguiera el modelo húngaro. Dije que, cualquiera hubiera sido la
situación mundial, todo el mundo sabía que, entre los Estados comunistas,
Hungría exhibía un desempeño económico comparativamente sólido. Seguramente la
razón era la descentralización y la admisión de incentivos.
El economista suspiró y, con el aire de un padre que se
dirige a un chico especialmente lento, dijo que quería contarme una historia
sobre la vida en tiempos de los zares. Había un joven muy inteligente y lleno
de promesas que había crecido en una ciudad alejada de Moscú. El gran
acontecimiento de la ciudad era un baile de beneficencia. Cuando alcanzó la
edad suficiente, el joven fue invitado y compró una rosa para usar en el ojal,
como era costumbre entre los hombres que asistían al baile. La florista le
cobró quince rublos. Mientras se prendía la rosa, apareció su abuelo para
comprar otra. La mujer le cobró al abuelo un precio mucho menor: apenas
cuarenta kopeks. El nieto protestó. La mujer respondió: “Vos sos joven y no
tenés responsabilidades, así que podés permitirte pagar quince rublos por la
rosa. Tu abuelo tiene muchas responsabilidades, así que a él le cobramos sólo
cuarenta kopeks”. Así eran las cosas, explicó el economista, entre Hungría y
Rusia. Los húngaros sólo tenían que ocuparse de sí mismos. Podían permitirse
toda clase de lujos. Pero la Unión Soviética era un país enorme, con doscientos
setenta millones de habitantes. También era el bastión de todo el campo
socialista, el sostén principal del que dependían todos los demás. “No podemos
permitirnos el lujo de la reforma”, dijo.
El especialista en política exterior me aseguró que el
estado de las relaciones entre Estados Unidos y Rusia “no era sombrío”. Dijo
que Andropov estaba profundamente interesado en el control de armamentos y que
presentaría propuestas serias. La única cuestión era si el presidente Reagan y
quienes lo rodeaban las rechazarían de plano.
Señalé que mucha gente en Estados Unidos quería el control
de armamentos y que el apoyo a las limitaciones era particularmente fuerte en
Alemania y Francia. Dije que, si los rusos “hacían una oferta generosa”, los
europeos y la opinión pública obligarían al gobierno de Reagan a aceptarla.
Respondió que una “oferta generosa” era difícil. “A Andropov
no le resulta tan fácil explicarles eso a los militares”, dijo. “No deberían
hacernos la vida más difícil de lo necesario. Poco a poco estamos perdiendo
nuestra obsesión con ustedes. Ahora comprendemos que hay muchos otros países en
el mundo. No vamos a quedar empantanados en Polonia y Afganistán y aislados del
resto del mundo durante cien años. Podemos acercarnos a China. Podemos
recuperar a Yugoslavia y Rumania. Pronto van a ver muchas cosas sucediendo en
Europa Oriental”.
Alexander Bovin, comentarista de Izvestia y probablemente el
periodista más poderoso de Rusia, fue el siguiente integrante del club de
admiradores de Andropov con quien me reuní. Al igual que Arbatov, había
trabajado con Andropov en el Comité Central. Seguía siendo muy cercano a él:
“tanto asesor y formulador de políticas como periodista”, dijo un diplomático
europeo. Yo no había conocido antes a Bovin, pero había llegado a conocer
bastante bien al ex corresponsal de Izvestia en Moscú, Melor Sturua —Melor por
“Marx-Engels-Lenin-Revolución de Octubre”—, y él consiguió una cita en el
diario. Bovin me pareció de inmediato Balzac vuelto a la vida. Era un hombre
enorme y gordo, con una cabeza descomunal. Enmarcaba su abundante panza con
tiradores. Era extremadamente locuaz. Mucho antes de que cambiara la línea
oficial soviética se lo conocía como partidario del acercamiento
soviético-chino, así que empecé por ese tema.
Dijo que, durante años, los chinos habían dado señales de
que querían mejores relaciones, pero que Moscú había tardado mucho en captar la
insinuación. El gran cambio, dijo Bovin, llegó con el discurso que Brezhnev
pronunció en Tashkent en marzo anterior, cuando llamó a China “un país
socialista”. Hacía muchos años que nadie decía algo así en Moscú. Ahora quedaba
abierto el camino para una mejora gradual, pero esta no llegaría rápidamente.
“A lo largo de los años hemos acumulado mucha desconfianza y mala fe”, dijo
Bovin. “A los chinos les gusta jugar. China también es una gran potencia. No
puede estar subordinada a la Unión Soviética dentro de la comunidad socialista.
Tal vez nos lleve diez años construir una buena relación. El proceso avanzará
muy lentamente y será difícil”.
Llevé la conversación hacia Europa Oriental y le planteé el
caso a Bovin con cierta firmeza. Dije que la mayoría de los estadounidenses
aceptaba que la Unión Soviética era una gran potencia, con un ejército inmenso
y las armas nucleares más avanzadas: un Estado plenamente igual a Estados
Unidos. Siempre habíamos creído que, si la Unión Soviética no tenía seguridad,
tampoco podía haber seguridad para el mundo. Ese era el significado de Yalta.
Lo que no podíamos comprender era por qué la seguridad soviética dependía de
tener un secretario del Partido Comunista en cada ciudad de segunda categoría
desde el Báltico hasta el mar Negro. “¿Rusia se derrumbaría”, pregunté, “si un
socialdemócrata fuera el dirigente de Gdansk o Bratislava?”.
“No se trata de nuestra seguridad física”, respondió Bovin.
“Se trata de las relaciones entre una gran potencia y Estados más pequeños que
son Estados socialistas. No sólo está en juego la seguridad, sino también la
ideología. Por ejemplo, si Lech Walesa se convirtiera en dirigente de Polonia,
Polonia abandonaría el Pacto de Varsovia. Eso no sería una amenaza para nuestra
seguridad física, pero representaría una pérdida de prestigio terrible. Sería
como lo que les ocurrió a ustedes en Irán. Cuando expulsaron a Estados Unidos
de Irán, Estados Unidos perdió prestigio en todas partes”.
Le pregunté por las relaciones entre Rusia y Estados Unidos,
y su respuesta proporcionó, de manera implícita, una explicación de por qué
tantos de los rusos con quienes me había encontrado insistían de forma tan
constante y personal sobre el presidente Reagan. “Ahora casi no hay
posibilidades de un acuerdo serio y profundo”, dijo Bovin. “No creo en Reagan.
Hace teatro con la política. Cuando fue elegido por primera vez, algunos de
nuestros especialistas en Estados Unidos pensaron que repetiría la experiencia
de Nixon: primero adoptaría posiciones duras y después llegaría a compromisos.
Por supuesto, se sintieron decepcionados cuando esa predicción resultó falsa.
Personalmente, yo nunca lo creí, porque no pienso que la historia marche hacia
atrás. No creo que se pueda jugar a Alicia en el País de las Maravillas en la
vida real”.
Dije que, si Reagan era solamente teatro político, podía
interpretar cualquier papel: el general Custer o Toro Sentado. La cuestión era
simplemente que Rusia dispusiera las presiones políticas de modo que resultara
oportuno avanzar hacia un acuerdo de control de armamentos. Dije que el
problema era que los rusos estaban tan decididos a obtener ventajas minúsculas
y eran tan poco generosos en sus enfoques que dejaban pasar las oportunidades.
Dije que habían demorado tanto las ofertas sobre control de armamentos que, en
Alemania Occidental, el socialdemócrata Helmut Schmidt había cedido su lugar al
demócrata cristiano Helmut Kohl. “Schmidt estaba mucho más dispuesto que Kohl a
llegar a un compromiso sobre control de armamentos”, dije. “Perdieron por
avanzar con tanta lentitud”.
Como otros rusos que al principio habían hablado con
profundo pesimismo sobre las relaciones entre Estados Unidos y la Unión
Soviética, Bovin cambió rápidamente de posición. Dijo: “No hay tanta diferencia
entre Schmidt y Kohl. Los dos son nacionalistas alemanes. No están jugando las
cartas de Estados Unidos. Ambos siguen la política que consideran mejor para
Alemania Occidental. A Alemania Occidental no le conviene tener malas
relaciones con la Unión Soviética. Quieren la reunificación. Pero ahí es donde
Estados Unidos y la Unión Soviética coinciden. Ni usted ni yo vamos a vivir lo
suficiente para ver la reunificación. La Unión Soviética no la quiere, y
Estados Unidos tampoco”.
Le pregunté a Bovin por el nuevo dirigente soviético.
“Andropov es un hombre inteligente”, dijo. “Está bien informado y posee amplios
conocimientos generales. Le gusta contemplar los problemas dentro de su
contexto más amplio. Es un error pensar que, por haber estado en Hungría, verá
los problemas de Europa Oriental o de Rusia con los ojos de Hungría. Verá a
Hungría en el contexto de Europa Oriental, y a ambas dentro del contexto de la
comunidad socialista. Sabe más sobre China que Brezhnev y Chernenko juntos”.
Le pregunté por su personalidad. Bovin dijo que Andropov
vivía con modestia. Había visto una gramática inglesa sobre el escritorio de
Andropov, pero no sabía si hablaba inglés. “De todos modos, es un intelectual”,
agregó Bovin.
Le pregunté qué quería decir con “intelectual”. Bovin dijo
que había intelectuales como Henry Kissinger y otros como Robert McNamara. “Andropov
es como Kissinger”, continuó Bovin, para mi cierta sorpresa. “No cree en los
listados de computadora ni en todos los gráficos y números que le sirve la
burocracia. Tiene una visión más amplia”. Después repitió la observación que
había hecho Arbatov. Dijo: “Andropov es un verdadero político. La política es
su trabajo y también su pasatiempo. Tiene una excelente cabeza política. Ama la
política”.
EL significado pleno de ese énfasis
en la política sólo se me hizo evidente después de observar a Andropov desde
otro ángulo: el cultural. Eran comunes las historias sobre su apoyo a artistas
y escritores, pero mis primeros intentos de definir su posición respecto de la
cultura soviética no dieron resultados inmediatos. Una parte considerable del
mundo literario soviético emigró durante los años de Brezhnev; y Andrei
Voznesensky, un poeta a quien había llegado a conocer con el paso de los años,
estaba de visita en París. Por lo tanto, recurrí a Bella Akhmadulina y a su
esposo, el artista y diseñador Boris Messerer. Akhmadulina, además de ser una
excelente poeta, siempre estaba involucrada en algún proyecto que la mantenía
en contacto con mucha gente. Un par de años antes, ese proyecto había
consistido en trasladar la tumba de Kazimir Malevich desde debajo de un árbol
en las afueras de Leningrado hasta un lugar en un cementerio de Moscú digno de
un gran pintor. Esa esperanza no se había concretado, porque resultó imposible
obtener autorización para desenterrar la antigua sepultura. Ahora Akhmadulina
intentaba preservar como monumento nacional la casa de Boris Pasternak en la
colonia de escritores de Peredelkino, en las afueras de Moscú. Dijo que
existían buenas posibilidades de una rehabilitación completa de Pasternak y de
que su obra maestra, “Doctor Zhivago”, fuera publicada en la Unión Soviética.
Acababa de aparecer un libro con su prosa reunida. Pero, cuando le pregunté por
las condiciones generales bajo Andropov, fue cautelosa. “Es demasiado pronto
para saberlo”, dijo. “Tenemos esperanzas. Pero sólo tenemos esperanzas porque
antes las cosas estaban muy mal”.
Había llevado a la pareja a un restaurante japonés del nuevo
Hotel Internacional. Al salir, nos encontramos con un grupo de amigos suyos que
celebraban el cumpleaños de alguien. Todos nos fuimos juntos a otra cena, en
una especie de discoteca del hotel. Allí me crucé con un guionista que
trabajaba para la televisión. Dijo que sabía algo sobre la familia de Andropov
porque Alexander Filipov, el yerno de Andropov, era actor. Dijo que Filipov era
un buen actor, pero que lo más interesante era que no utilizaba el vínculo
familiar para impulsar su carrera. “Hay una persona que puede contarle mucho
sobre todo esto”, dijo el guionista. “El director Yuri Lyubimov”.
Lyubimov, director del Teatro Taganka, es quizá la personalidad
teatral más conocida de la Unión Soviética. Lo había conocido años antes,
cuando montó una excelente dramatización del poema “Antimundos”, de
Voznesensky. Organizar un nuevo encuentro resultó fácil e interesante. Con dos
amigos, Vladimir Shamberg y su esposa, Klara Boyko, pasé un día en el campo, en
las afueras de Moscú, en la casa de otros dos amigos, Sergei y Tania Kapitsa.
Vladimir Shamberg era economista y tenía un conocimiento considerable de
Estados Unidos. Planteó la pregunta habitual sobre si el presidente Reagan
estaba obstaculizando un acuerdo de control de armamentos. Di la respuesta
habitual: si los rusos hacían una oferta que resultara atractiva para
estadounidenses y europeos, el presidente seguramente la aceptaría.
La economía soviética, dijo Shamberg, no estaba ni cerca de
encontrarse tan afectada como imaginaban muchos extranjeros. Mencionó la zona
que rodeaba la nueva línea del ferrocarril transiberiano entre el lago Baikal y
el río Amur, donde se pagaban salarios muy altos a los trabajadores de la
construcción y a sus esposas. “Las familias de allí pueden ahorrar mil rublos
por mes”, dijo. “Al final del año pueden comprarse un auto. Trabajan muy duro.
Ya va a ver que pronto produciremos en esa zona el petróleo, el carbón y otras
fuentes de energía que se estaban agotando. Habrá un nuevo impulso para la
economía soviética en su conjunto”.
Sergei Kapitsa era un físico que conducía un programa
científico en la televisión soviética. Me comentó que anteriormente había
reunido en el programa a economistas estadounidenses y rusos, y que le gustaría
volver a hacerlo. Señaló que las dificultades económicas eran mundiales y
habían reducido considerablemente el crecimiento tanto en Estados Unidos como
en Rusia, y dijo que se preguntaba si no podría haber algo de verdad en la
teoría conocida como ciclo de Kondratieff, acerca de flujos y reflujos
regulares y de largo plazo de la actividad económica que afectan al mundo
entero. “Aunque probablemente no”, dijo. “Creo que lo que sucede es que la gente
empieza a sentirse muy optimista. Aumenta los salarios y asume compromisos
sociales en materia de bienestar, promesas que no pueden cumplirse. Después
llega la realidad y les pega en la cara. Quizá eso esté ocurriendo ahora en
todo el mundo”.
Los Kapitsa tenían una cancha de tenis, en la que yo había
jugado una vez. Probablemente por ese motivo, durante el almuerzo les pregunté
por una historia que había visto por primera vez en la revista alemana Der
Spiegel: que Andropov jugaba al tenis. Hubo una carcajada general. Me dijeron
que Andropov tenía una afección cardíaca grave. También padecía diabetes y
tenía dificultades de visión.
Después del almuerzo fuimos a visitar al padre de Kapitsa,
Peter, un físico de renombre que se había destacado en la década de 1930 por su
trabajo con Sir Ernest Rutherford, premio Nobel, en Cambridge, Inglaterra.
Peter Kapitsa tenía ochenta y ocho años y estaba muy frágil. Le dije que los
científicos estadounidenses estaban preocupados por el caso del físico ruso
Andrei Sakharov, cuyos reclamos por los derechos humanos en Rusia le habían
valido el Premio Nobel de la Paz y habían conducido a su exilio de Moscú a la
ciudad de Gorki. Dije que los estadounidenses tenían la impresión de que,
durante los meses anteriores, se había intensificado el hostigamiento policial
contra Sakharov. Agregué que, si había una única medida que la dirigencia
soviética pudiera tomar para promover relaciones más armoniosas con Estados
Unidos, sería devolverle la libertad a Sakharov.
Kapitsa padre asintió. En respuesta a una pregunta, recordó
que había intervenido personalmente ante Andropov cuando este era jefe de la
K.G.B. para ayudar a Lyubimov a montar algunas de sus producciones más
controvertidas. Entonces, al recordar sus tratos con altos funcionarios
soviéticos, el anciano Kapitsa contó un episodio que decía mucho sobre la
incongruencia de lo que se toleraba y lo que no se toleraba en la sociedad
soviética. A fines de la década de 1950, Kapitsa trabajaba en un importante
proyecto nacional y tenía en su oficina una línea telefónica directa con la
casa del primer ministro soviético, que entonces era Nikolai Bulganin, aliado
de Khrushchev. Una mañana temprano, una empleada de limpieza levantó el
teléfono y pidió hablar con Bulganin. Despertaron al primer ministro y lo
sacaron de la cama para atender la llamada. La mujer se quejó de que tenía
enormes dificultades para conseguir un departamento adecuado. Ese mismo día le
dieron uno. Al día siguiente cortaron la línea entre la oficina de Kapitsa y la
casa de Bulganin.
Antes de terminar la visita a Peter Kapitsa se acordó que el
Kapitsa más joven organizaría un encuentro mío con Lyubimov. Me reuní con
Lyubimov en su oficina del Teatro Taganka poco antes de una función de su
producción de ese momento, una nueva versión de “Crimen y castigo”. Era un
hombre de piel oscura, pelo gris acero y rostro amable y atractivo. Estaba en
medio de un ensayo y lo abandonó de mala gana, pero su atención se concentró
cuando mencioné a Peter Kapitsa. Me contó que Kapitsa lo había presentado a
Andropov y que, posteriormente, él mismo había hablado varias veces con
Andropov y recibido ayuda discreta para montar producciones controvertidas. En
una de esas ocasiones, dijo Lyubimov, Andropov le había contado una historia
sobre su hijo Igor y su hija Irina. Cuando estaban al final de la adolescencia,
ambos habían querido dedicarse al teatro. Andropov y su esposa habían discutido
con ellos, les habían dicho que primero debían completar sus estudios y les
habían advertido que, de no hacerlo, podían arruinarse la vida. Las
advertencias no habían tenido efecto. Los hijos sentían que tenían que estar en
el teatro. Se habían presentado en el Taganka como aprendices de actuación.
Lyubimov los había rechazado y ambos habían continuado su formación
universitaria. “Andropov me dijo: ‘Le debo mucho’”, contó Lyubimov. “Lo extraño
es que yo nunca supe que eran hijos de Andropov”.
La producción de “Crimen y castigo” que vi a continuación
explicaba en parte las circunstancias que forjaron la alianza entre Andropov y
Lyubimov, y también con varios otros intelectuales. En los últimos años había
ganado terreno en Rusia una interpretación del clásico de Dostoyevski que lo
comprendía todo y lo perdonaba todo. En esa versión, Raskolnikov era presentado
como una víctima del régimen zarista, con su corrupción y su estructura de
clases. Las presiones que pesaban sobre él y su familia, especialmente sobre su
hermana, y sobre sus amigos, lo empujaban a asesinar a la anciana. Así, el
asesinato se convertía en un acto de rebelión justificado y, en efecto, en un
antecedente de la Revolución Bolchevique.
Esa interpretación estaba tan difundida que los estudiantes
rusos escribían tesis en las que se ponían del lado de Raskolnikov y sostenían
que la anciana se lo había buscado. Una crítica de esa actitud constituía el
punto de partida de “Crimen y castigo”, de Lyubimov. En la producción de
Lyubimov, al entrar al teatro, el público pasaba junto a un pupitre escolar.
Los programas estaban apilados sobre el pupitre y, dentro de cada uno, escrito
con letra inmadura, había una reproducción de un ensayo estudiantil que
exoneraba a Raskolnikov y culpaba al espíritu de la época. En la primera escena
de la obra, el asesinato ya había ocurrido, y unos estudiantes subían al
escenario y se enteraban de que iban a juzgar el caso.
Entonces comenzaba la acción conocida, con los personajes
familiares: varios supuestos filósofos que proferían disparates escandalosos, y
el joven dandi que compraba a una prostituta y hacía avances hacia la hermana
de Raskolnikov. El propio Raskolnikov, lejos de ser una víctima de la época o
de la gente con la que se relacionaba, era un personaje cruel con delirios de
grandeza. Le daba la espalda a su hermana. Se burlaba de sus amigos y
blasfemaba contra la religión. Se creía Napoleón. El detective encargado de la
investigación que finalmente encontraba a Raskolnikov era el personaje más
simpático de la versión de Lyubimov. Tenía un aspecto atractivo, era claramente
inteligente y sentía la responsabilidad de su vocación. Cuando Raskolnikov
finalmente confesaba, el detective enunciaba la moraleja de la obra. Decía:
“Después de todo lo dicho y hecho, al mal no se lo puede llamar bien”.
No hace falta subrayar demasiado el atractivo que ese tipo
de mensaje podía tener para Andropov. Después de todo, él había ocupado la
posición del detective investigador. La sociedad con la que debía lidiar había
caído en la corrupción y la permisividad. De modo que él y muchos intelectuales
soviéticos serios compartían el interés por fomentar la autodisciplina.
Sin embargo, si un interés compartido por una ética más
rigurosa establecía un vínculo entre los intelectuales soviéticos y el poder
soviético, también existía tensión. La conciencia frente a la autoridad nunca
estaba lejos del centro del arte de Lyubimov. Un ejemplo era su producción de
“Boris Godunov”, de Pushkin, que vi durante un ensayo. El mensaje de esa obra
aparecía con toda crudeza cuando se la presentaba como pieza teatral, sin los
elaborados adornos musicales y escénicos de la gran ópera. Además, Lyubimov
agudizaba el punto en su producción. Un coro permanecía todo el tiempo sobre el
escenario, aportaba comentarios continuos de fondo y también cantaba como un
coro que participaba en rituales religiosos dentro de una iglesia. Lyubimov
ponía patas para arriba el realismo socialista mediante el coro. En vez de que
todos sus integrantes fueran campesinos u obreros, cada uno tenía una
individualidad marcada. Aunque, por supuesto, había algunos obreros y
campesinos, también había una bailarina de ballet, una joven a la moda, un
noble, varios prelados y algunos jóvenes vestidos con jeans. Todos los
personajes principales, entre ellos Boris y el monje que se convertía en el
falso Dmitri y finalmente sucedía a Boris como zar, surgían de las filas del
coro. Se ponía un gran énfasis en el ascenso original de Boris mediante el
asesinato del heredero legítimo al trono, el verdadero Dmitri. Un punto
dramático culminante era el soliloquio del primero de los dos actos, en el que
Boris declaraba que todos sus esfuerzos por dar a su pueblo “gloria y
bienestar” habían quedado arruinados por las consecuencias del asesinato. “Una
sola mancha”, se lamentaba, “¡y después, la desgracia!”. Al final de la obra,
cuando Boris había sido depuesto, uno de los personajes rodeaba la parte
trasera del escenario y aparecía entre el público. Desde allí le hacía al coro
—que claramente representaba al pueblo ruso, inclinado bajo el despotismo— la
terrible pregunta con la que terminaba la acción: “¿Por qué callan?”.
Además, otras obras, en otros teatros de Moscú, exploraban
la ética del poder de maneras mucho más directamente relacionadas con el aquí y
ahora. Un caso notable era una producción del Teatro de Arte de Moscú titulada
“Así venceremos”, basada en el testamento de Lenin y en la lucha por la
sucesión que empezaba a tomar forma poco antes de su muerte. El autor, Mikhail
Shatrov, y el director, Oleg Yefremov, habían concebido originalmente la obra
para que se estrenara a tiempo para el Vigesimosexto Congreso del Partido, en
febrero de 1981. El Instituto de Marxismo-Leninismo la demoró durante un año,
aparentemente por orden de Suslov. Fue autorizada, supuestamente por Chernenko,
apenas antes de la muerte de Suslov. Brezhnev encabezó un grupo del Politburó que
fue a verla en marzo de 1982, y algunos pensaban que él y Chernenko usaban la
obra para advertir a los adversarios de Brezhnev en la lucha por la sucesión.
La vi con Sergei Kapitsa y Vladimir Shamberg el 19 de diciembre. Entre el
público había muchos delegados llegados de toda Rusia para una reunión conjunta
del Comité Central y el Soviet Supremo, convocada para el 21 y el 22 de
diciembre con el fin de conmemorar el sexagésimo aniversario de la unión de
distintas regiones étnicas en la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas.
La obra transcurría en el despacho de Lenin en el Kremlin y
tenía lugar el 18 de octubre de 1923, cuando Lenin llegaba desde su casa de
campo en Gorki para recuperar su testamento, que anteriormente le había dictado
a su secretaria. Mientras leía ese documento, se sucedían escenas
retrospectivas de momentos culminantes de la historia soviética. Todo el
énfasis retórico de la obra recaía en Lenin como dirigente democrático,
decidido a mantener abierto el Partido. Así, leía del testamento la famosa
advertencia contra Stalin: “Stalin ha concentrado un poder enorme en sus manos.
¿Siempre será capaz de utilizarlo con sabiduría?”. Además, en distintos
momentos de la obra, Lenin hacía los siguientes comentarios:
El
Partido Bolchevique tendrá que evitar la decadencia que se apodera de los
partidos políticos.
Somos
los primeros en recorrer este camino [del socialismo], y los errores son
inevitables. Sin embargo, deberíamos ser capaces de admitir nuestros errores.
Hay tres
cosas que valoro más que ninguna otra: la paz, el pan y la libertad; y la
libertad no puede llegar sin las dos primeras.
El público, encabezado por los delegados visitantes,
estallaba repetidamente en aplausos cuando Lenin afirmaba el derecho de los
miembros del Partido a controlar el Partido y a expresar lo que pensaban.
Shamberg y Kapitsa, aunque eran personas tan sofisticadas como cualquiera que
yo hubiera conocido en cualquier parte, estaban visiblemente conmovidos. El
entusiasmo era contagioso, y yo también me descubrí alentando a Lenin.
Pero, en mi caso, también aparecieron algunas dudas y
reparos. Advertí una fuerte disparidad entre la retórica democrática y el curso
de la acción. Los puntos dramáticos culminantes eran dos acontecimientos
conocidos en Occidente, aunque quizá no en la Unión Soviética, como ejemplos
tempranos de la dictadura del proletariado aplastando al proletariado. El telón
del primer acto caía cuando Lenin lograba convencer a los delegados de un
Congreso del Partido de que fueran a ayudar al Ejército Rojo a aplastar a los
marineros que habían protagonizado el motín de Kronstadt. En el final, Lenin
obtenía un voto de confianza para una moción destinada a expulsar del Partido a
los dirigentes del movimiento sindical que querían una mayor participación de los
trabajadores en los asuntos partidarios.
El aplastamiento del sindicato me hizo pensar
inevitablemente en los problemas que Solidaridad había enfrentado en Polonia,
pero ese no era el único acontecimiento contemporáneo incorporado en esta
representación del pasado. De hecho, aparecían todos y cada uno de los temas
que entonces eran objeto de debate en la Unión Soviética. Así, en una discusión
sobre la Nueva Política Económica de 1921, Lenin planteaba la cuestión de si la
gente trabajaría bajo el socialismo sin incentivos materiales. Después, en una
escena retrospectiva referida a una consecuencia diplomática del Tratado de
Versalles —la Conferencia de Génova de 1922, a la que habían sido invitados los
rusos—, se planteaba la cuestión de la coexistencia pacífica con Occidente.
También se debatía reiteradamente la acusación de chovinismo panruso frente a
las reivindicaciones de autonomía de las minorías étnicas que vivían dentro del
país.
La persistencia de todas esas cuestiones sin resolver me
hizo pensar en una idea que se reforzó dos días después, cuando Andropov
pronunció un discurso por el sexagésimo aniversario que evitó cualquier mención
seria de la historia soviética. El hecho es que, en realidad, no hay demasiada
historia política soviética. En los sesenta años posteriores a 1789, Francia
pasó por el Directorio, Napoleón, distintas monarquías y una república. En los
sesenta años que acababan de transcurrir, Rusia, a pesar de todos los
altibajos, sólo había conocido un único régimen: el régimen del Partido.
Al final de la obra estaba sinceramente desconcertado. No
comprendía cómo conciliaban los rusos el papel heroico asignado a Lenin con el
hecho indudable de que había utilizado la retórica de la democracia para
encubrir acciones claramente antidemocráticas. Así que le pregunté a mi amigo
Shamberg por qué le resultaba tan atractiva la representación de Lenin en la
obra. Como respuesta, dijo sobre el dirigente muerto hacía tanto tiempo
exactamente lo mismo que Arbatov y Bovin habían dicho acerca de Andropov:
“Lenin, tanto en la obra como en la vida, no intentaba resolver los problemas
reales de manera burocrática: no se limitaba a crear una comisión o anunciar un
programa. Tampoco sucumbía a la mera retórica de la izquierda: no se limitaba a
aceptar consignas revolucionarias sobre la virtud de los trabajadores y la
maldad de los capitalistas. Enfrentaba cada problema políticamente. Era, por
encima de todo, un hombre político”.