¿Qué se esconde detrás de la persistente hostilidad del pueblo mexicano hacia los argentinos?
Gaucho malo
El chisporroteo suscitado recientemente a propósito de la gripe
sirvió para sacar a la luz el profundo sentimiento de animadversión
hacia los argentinos existente en el pueblo mexicano, algo bien conocido
por quienes residen, han residido, o tienen contacto frecuente con el
país norteamericano, pero más bien ignorado o desestimado por la opinión
pública en su conjunto.
Éste, por supuesto, no es un problema de la Argentina ni de los
argentinos. Es un problema de México y de los mexicanos, especialmente
de quienes desde la esfera pública o la privada tienen la
responsabilidad de formar opinión, y que con demasiada frecuencia
alientan esos sentimientos negativos hasta convertirlos en una especie
de misión nacional.
Para la Argentina y los argentinos esa enemistad ha de ser tomada
simplemente como un dato de la realidad e incorporado al análisis a la
hora de definir estrategias geopolíticas, buscar socios comerciales o
seleccionar destinos turísticos. Sin embargo, una pregunta queda en pie:
¿por qué esa actitud de parte de un pueblo al que casi no conocemos y
apenas nos interesa?
Mi trabajo me llevó a residir, o pasar algún tiempo, en diversos
países de América y Europa. Conocía desde la distante cordialidad de los
anglosajones, que es la misma que se dispensan entre ellos, hasta la
efusiva hospitalidad de los centroamericanos, también propia de su
carácter y prodigada con amplia generosidad.
Pero cuando llegué a México, en 1987, por primera vez me sentí -me
hicieron sentir- extranjero. Mi condición de argentino se convirtió en
una cualidad de mi persona, como mi nombre o mi cuerpo, y de la cual
tenía que hacerme cargo. Por primera vez, también, tomé conciencia de
ser blanco, y de que eso me aseguraba ciertas prerrogativas.
De a poco fui advirtiendo la duplicidad esencial de los mexicanos, o al menos de los chilangos,
los habitantes de la capital. El trato explícito era cordial: “ay, qué
rico que hablan”, “mi casa es su casa”, etc. Pero tan pronto me
detectaban el acento en una comunicación ligada, escuchaba el clásico
“vuélvete a tu país”. Detrás de las sonrisas acechaba la inquina.
La animosidad contra los argentinos es en México casi una política de estado.
Y me dí cuenta de que esa animosidad era casi una política de estado. Todos los lunes la agencia noticiosa oficial Notimex
emitía un despacho en el que comparaba las actuaciones dominicales en
Europa de Maradona y … ¡Hugo Sánchez! En el canal de dibujos animados,
unas ratitas de inconfundible acento argentino le hacían la vida
imposible a un sufrido gato mexicano. A través de una emisora cultural,
probablemente estatal, un esforzado erudito procuraba desmontar la
superchería de que el tango era una creación argentina.
Uno podía pensar que la animosidad contra nosotros era un pasatiempo
arrojado por un régimen autoritario para entretener al populacho,
dándole un punto de referencia desde el cual comparar favorablemente a
México, aún a costa de la verdad y las estadísticas. Y algo de eso
había, si se tomaba como muestra la política informativa de la entonces
monopólica Televisa, la misma que ahora sigue puntualmente CNN en
Español.
Pero el prejucio antiargentino impregna incluso a los sectores más
empinados de la sociedad mexicana. Uno de mis primeros objetivos
periodísticos al llegar a México fue el de entrevistar a Cuauhtémoc
Cárdenas, hijo del ex presidente Lázaro Cárdenas, y que en ese entonces
asomaba como campeón de la disidencia dentro del PRI. Su primera
reacción al recibirme en su oficina de las Lomas fue preguntar por qué
la organización noticiosa internacional para la que yo trabajaba no le
había “mandado” a un mexicano.
El escritor Carlos Fuentes, que frecuentemente es acogido con
beneplácito en la Argentina, como disertante o colaborador de los medios
locales, ha hecho de la denigración (sutil, maliciosa) de nuestro país
un tópico reiterado de sus artículos periodísticos, muchas veces -es
cierto- con “letra” prestada por su amigo, el sinuoso progresista Tomás
Eloy Martínez. Y Fuentes no es el único intelectual mexicano que
contribuye a la “misión nacional” antiargentina.
Hace un par de años me tocó tratar con un consultor de empresas
mexicano, un hombre con buenos contactos en el gobierno y que había
viajado bastante por el mundo. Mientras caminábamos por el centro de
Buenos Aires, notó que locales cuyo alquiler era presumiblemente elevado
alojaban librerías, indicador de que el público local seguía siendo tan
buen lector como para que esos comercios continuasen siendo rentables.
Seguimos andando y se quedó en silencio, como si algo en el fondo de
la conciencia le recordase su “misión nacional” tras una inesperada
distracción. “¿Sabías -me espetó, sin que el tema viniera al caso- que
muchos vienen a Buenos Aires a hacer turismo sexual?” Y se explayó sobre
sus (tristes) experiencias personales en ese campo. La agresividad
implícita, la falta de cortesía de su comentario me hizo acordar a la
que su compatriota Cárdenas exhibiera veinte años atrás. (Cuando nos
reencontramos un mes más tarde en la ciudad de México el consultor de
marras trató de ocultar las tarjetitas que los “servicios de
acompañantes” habían dejado en el parabrisas de su camioneta).
“Lo que se siente es: violencia. Violencia a punto de estallar, violencia que estalla”.
Conduciendo años antes por la avenida Horacio, en el barrio de
Polanco, mi esposa tuvo la osadía muy porteña de reclamar con la bocina a
un conductor que había hecho una mala maniobra. El hombre le cruzó el
auto, se bajó y se lanzó hacia ella. Al verla, contuvo como pudo su
furia. “¿Por qué hizo eso?”, le gritó. “¿No se da cuenta de que se
arriesga a que yo la lastime?”. Mi esposa -que no abrió la boca para no
delatar el acento- cree que la salvó su piel blanca, y el pelo de
nuestro hijo que la acompañaba, del color del trigo al sol.
Veinte años antes de mi llegada a México, H. A. Murena, que dedicó
buena parte de sus ensayos a interpretar la realidad americana, había
volcado en un artículo sus impresiones sobre ese país: “Lo que se siente
es: violencia. Violencia a punto de estallar, violencia que
estalla; también el anverso de la violencia, la extremada amabilidad de
los que conocen el peligro del estallido en un medio violento. (Se)
descubre que en esta ciudad no conviene sostenerle la mirada a la
gente”.
Esa violencia sorda, contenida, está en el fondo del carácter
mexicano, y rara vez se expresa abiertamente: espera agazapada el
momento de reparar el agravio, probablemente imaginario y del que el
presunto agraviador tal vez sea absolutamente ignorante. La frontalidad
con que los argentinos suelen expresar sus opiniones o sus desacuerdos
es lo que en México se percibe como arrogancia o soberbia.
Esa violencia mexicana refleja una serie de profundas
contradicciones, que nacen de su condición de mestizos y se expresan en
complejos de inferioridad y resentimientos contra lo extranjero que no
acaban de resolverse, y que por el contrario parecen ser realimentados
deliberadamente como si fueran parte de un imaginario carácter nacional.
Los mexicanos se declaran orgullosos de su pasado indígena, pero a la vez se avergüenzan de él.
“Si un extranjero pudo escribir un buen libro sobre México, este libro es Vecinos distantes y
ese extranjero es Alan Riding”, escribió Jorge Castañeda, quien más
tarde sería canciller de la república, cuando apareció ese libro en
1985. Repárese en la duplicación del adjetivo “extranjero” que
Castañeda, un intelectual de relieve, se sintió obligado a estampar en
su comentario. El libro de Riding, efectivamente, me ayudó a encontrar
explicaciones para los interrogantes que me planteaba el país donde
estaba trabajando.
“A más de 460 años de la Conquista, no se ha asimilado el triunfo de
Cortés ni la derrota de Cuauhtémoc, y aún se sienten repercusiones de
aquel sangriento atardecer en Tlatelolco. Hoy día, 90 por ciento de los
mexicanos son mestizos, en términos estrictamente étnicos, aunque como
individuos sigan atrapados en las contradicciones de su ascendencia. Son
tanto hijos de Cortés como de Cuauhtémoc, no son españoles ni
indígenas, son mestizos, aunque no admitan su mestizaje”, escribió
Riding.
“También como país, México busca interminablemente una identidad y
oscila, en forma ambivalente, entre lo antiguo y lo moderno, lo
tradicional y lo de moda, lo indígena y lo español, lo oriental y lo
occidental. La complejidad de México radica tanto en el enfrentamiento
como en la fusión de estas raíces”.
Ambivalencia, enfrentamiento y fusión, son, me parece, las palabras
clave en este texto. Los mexicanos se declaran orgullosos de su pasado
indígena, pero a la vez se avergüenzan de él. La historia oficial
disimula cuidadosamente la despótica crueldad que caracterizaba a las
mayores culturas precolombinas del área. Los mestizos tratan con desdén a
los indios puros, y las señoras de las Lomas de Chapultepec describen
despectivamente como “inditas” a sus empleadas.
Aunque sólo lo declaren abiertamente respecto de los argentinos (y
por esa razón ésto lo iba a descubrir más tarde), los mexicanos odian
por igual a todos los extranjeros, pero al mismo tiempo quieren
imitarlos, jugar en sus mismas ligas, ser reconocidos como iguales. Y
experimentan una fascinación hipnótica frente a la piel blanca. “Así de
güera (blanca), aquí tendrías todos los caminos abiertos”, le dijo a mi
hija adolescente Irma Carranza, nieta del ex presidente Venustiano
Carranza, jefe de una de las facciones surgidas tras la revolución.
Los argentinos (como yo y mi familia descubrimos en México) somos
blancos, y por eso caemos en el rango de los odios de los mexicanos, que
se encarnizan porque también somos latinoamericanos, y ellos entienden
que con nosotros pueden medirse. Pero también, por las mismas razones,
caemos en el rango de sus fascinaciones. Ciertamente, las clases medias
mexicanas conocen mucho más acerca de la Argentina que a la inversa.
Más allá de los exilios políticos, los argentinos empezaron a viajar a
México a mediados de la década de 1990. Pero su conocimiento de ese
país se reduce a una recorrida apurada por la capital y estadías en los
centros turísticos, que son lugares anónimos acondicionados
principalmente para una audiencia estadounidense. Las visitas a los
sitios arqueológicos no aportan nada porque los mexicanos ocultan el
sentido y función de esos lugares (vacío informativo que vino a llenar
la película Apocalypto).
Muchos argentinos han encontrado en México los caminos abiertos, sea
por güeros, como decía Irma Carranza, o por sus capacidades
profesionales o empresariales. Desde Arnaldo Orfila Reynal, el editor
infatigable que puso al Fondo de Cultura Económica en el primer nivel de
las editoriales en castellano y fundó otra casa encomiable como Siglo
XXI, hasta Gustavo Santaolalla, artífice en las sombras de muchas de las
bandas de rock mexicanas. México siempre supo beneficiarse de las
sucesivas diásporas argentinas.
Pero esto no lo sabe la mayoría del pueblo mexicano, como no sabe que
buena parte de sus programas de televisión preferidos nacen de guiones o
formatos comprados en Argentina, ni sabe que nuevas publicaciones como El Gráfico y Gente son réplicas de las creadas en Buenos Aires por Editorial Atlántida y adquiridas por Televisa.
México está enfermo, pero no de gripe sino de xenofobia.
Una joven mexicana, de razonable nivel de educación, me preguntó un día si Mafalda era conocida en la Argentina. El diario Excelsior
publicaba la tira, pero eliminando todos los “vos”, los “che” y
cualquier cosa que la identificara como argentina. Como si nosotros
hubiésemos llamado “Pibe” al Chavo, y lo hubiésemos doblado al argentino
… La ignorancia es la materia prima del fanatismo, el prejuicio y la
discriminación.
No se crea que estas reflexiones son el efecto de una mala
experiencia durante mi estadía en México o en los múltiples contactos
con ciudadanos mexicanos que mantuve posteriormente. Por el contrario,
tanto mi familia como yo pudimos vivir allí una vida normal, aunque
tolerando el reiterado “Ustedes no parecen argentinos” que supuestamente
debíamos recibir como un elogio. En realidad, lo que nos querían decir
es que no nos ajustábamos al estereotipo del argentino que ellos mismos
habían creado.
Nuestra permanencia en México coincidió en parte con el período en
que Jorge Abelardo Ramos fue el embajador argentino allí. Pocas personas
han sostenido, como intelectuales y como políticos, el ideal
latinoamericanista como lo hizo Ramos a lo largo de su vida, y por lo
tanto pocos mejor dispuestos y más abiertos que él a un buen
entendimiento con los mexicanos.
Pero en un encuentro casual mantenido años después, cuando ya todos
estábamos de vuelta en Buenos Aires, Ramos le comentó a mi esposa que
planeaba escribir un libro sobre su experiencia en México, “ese país
oscuro y hostil”. Los acontecimientos de las últimas semanas revelan que
esa oscuridad y esa hostilidad no se han disipado. Por el contrario, la
canciller Patricia Espinosa y el presidente Felipe Calderón se
encargaron de atizarlos.
A propósito de la cancelación de vuelos mexicanos que provocó todo
este encono, recordemos que fue dispuesta por el gobierno argentino
cuando el gobierno mexicano, responsablemente, avisó al mundo que
padecía de una epidemia de gripe desconocida, con más de un centenar de
muertos, y la Organización Mundial de la Salud alertó sobre el riesgo de
una pandemia de grado cinco sobre seis. Irritarse después porque la
gente reacciona sobre la base de la información que uno mismo provee
parece poco serio.
La ministra de salud argentina Graciela Ocaña, por su parte, se
equivocó dos veces al describir a México como el “hermano enfermo”. En
primer lugar, México no es hermano de la Argentina: poco tenemos en
común con ese país más allá de la lengua, y eso apenas en parte. Entre
los países no hay lazos de parentesco sino una compleja red de
intereses, comunes y divergentes.
En segundo lugar, México sí está enfermo, pero no de gripe como
sugiere la ministra, sino de xenofobia, una enfermedad mucho más grave,
que empieza con las descortesías verbales, sigue con los escupitajos a
la cara en un estadio de fútbol, y continúa de forma seguramente peor.
Las autoridades mexicanas, los responsables de sus medios de
comunicación y de su sistema educativo debieran hacer algo al respecto.
–Santiago González