jueves, 5 de noviembre de 2026

Chile: El Boinazo de Pinochet (h)

“Boinazo” a Aylwin por un hijo de Pinochet

Pocos momentos en la historia de Chile un caso de corrupción termina sacando militares a la calle para amedrentar al poder civil. Lo ocurrido en mayo de 1993 fue uno de esos tristes casos, que se adornó con otras demandas institucionales pendientes.




El 28 de mayo de 1993 la imagen de militares con boinas negras y tenidas de camuflaje sorprendió al país: Un problema familiar de Augusto Pinochet ligado al manejo irregular de dineros de uno de sus hijos llevó al Ejército a provocar una crisis con el mundo político.


Por Oscar Sepúlveda P. || La Segunda


Escudriñar en lo ocurrido en Santiago de Chile ese viernes 28 de mayo de 1993 es un ejercicio tenso, nervioso y a ratos incluso triste, pero necesario.

El tiempo transcurrido desde entonces –casi tres décadas– ayuda a separar lo esencial de lo accesorio, y a distinguirlo negro del blanco, superados temores y sensibilidades que en esos años imponían lecturas en extremo cautelosas.

A Patricio Aylwin –quien acababa de cumplir entonces tres de los cuatro años que duraba el mandato para el que había sido elegido en 1989– le tocó vivir entre fines de mayo y comienzos junio del 93 una nueva pesadilla, y esta vez a la distancia, porque desde hacía una semana se encontraba fuera de Chile, en gira por los países nórdicos de Europa y la Rusia de Boris Yeltsin, acompañado de cuatro de sus ministros: Alejandro Foxley, Edgardo Boeninger, Enrique Silva Cimma y Alejandro Hales.

Personaje principal de ese episodio que remecía al país y agitaba los cuarteles, una vez más, era Augusto Pinochet Ugarte.
Habiendo perdido, en el plebiscito del 5 de octubre de 1988, la conducción del gobierno que ejerció a sangre y fuego durante 17 años, y utilizando una norma estipulada en su Constitución de 1980, permanecía aún al mando del Ejército como capitán general, uno de los tantos rasgos sui generis de la llamada “transición” chilena que eran incomprensibles para el mundo. Hoy hasta el nombre de esa etapa resulta controversial.

Cuando avisaron al Presidente Aylwin, en medio de una cena oficial en Copenhague, que los altos mandos militares en Chile se estaban movilizando nuevamente por orden de Pinochet –y esta vez, además, luciendo boinas negras, propias de las tenidas de combate–, el septuagenario gobernante debe de haber sentido una mezcla de desagrado y temor, pero no de sorpresa. Mal que mal, el primer gran gesto de amenaza lo conoció en diciembre de 1990 –cuando daba los primeros cuidados a la recién nacida criatura democrática, que aún ni siquiera cumplía un año–, bajo el tragicómico eufemismo de “ejercicio de enlace”.

Para Aylwin, lo que ocurría ahora en Santiago era uno más de los tironeos que él supo que tendría que soportar desde el minuto en que aceptó convertirse en Presidente elegido por el pueblo, pero bajo las reglas dictadas por la Constitución de Pinochet

Para Aylwin, lo que ocurría ahora en Santiago era uno más de los tironeos que él supo que tendría que soportar desde el minuto en que aceptó convertirse en Presidente elegido por el pueblo, pero bajo las reglas dictadas por la Constitución de Pinochet. De hecho, cuando en las reuniones de coordinación del cambio de mando, Aylwin insinuó al general derrotado que sería mejor para la democracia que él renunciara y aceptó recibir de vuelta esa irónica respuesta de que “nadie lo va a defender mejor que yo”, intuía en lo que se estaba metiendo.

Lo que asomaba en el trasfondo de ambas movilizaciones militares, bien lo sabía Aylwin, era uno de los problemas que más preocupaba al general: los efectos para él, su familia y su institución, del escándalo de los “pinocheques”. Se trataba de documentos por 971 millones de pesos (unos tres millones de dólares de esa época) girados por el Ejército a la cuenta del mayor de sus hijos varones, Augusto Pinochet Hiriart, por la compra de su empresa Valmoval, que se encontraba en quiebra. En 1990, el asunto derivó en la formación de una comisión investigadora de la Cámara de Diputados, que presidió el PPD Jorge Schaulsohn. Según este parlamentario, los cheques habían sido usados por el hijo de Pinochet para pagar deudas contraídas en razón de créditos conseguidos para sostener su empresa.

De todos los sinsabores que el poder trajo a Pinochet, sin duda que lo relativo a sus hijos era lo que más lo conmovía. Me lo comentó él mismo en una entrevista que me concedió ese año para el diario “La Época”. El lugar escogido para ese encuentro periodístico fue el Comando de Telecomunicaciones del Ejército, ubicado en los faldeos de la cordillera, en La Reina. Acudí esa mañana acompañado del editor fotográfico del diario, Miguel Ángel Larrea. Pinochet se mostraba,al comienzo, un tanto desconfiado sobre lo que le iba a preguntar, pero finalmente adoptó un tono distendido y cordial, mientras unos cuarenta generales lo esperaban en medio de un notorio nerviosismo para conocer las evaluaciones de la Junta Calificadora de la institución, es decir, para saber si continuaban o pasaban a retiro. Hablamos largamente de ello, del proceso de reinserción del Ejército en la nueva etapa que vivía el país y de varios otros temas. Cuando le pregunté qué haría ante la evolución del proceso por el caso de los millonarios cheques pagados por la institución a su hijo, se puso melancólico, hizo una mueca con la barbilla, y confesó que las cosas que más le dolían en la vida eran los problemas que le originaban sus hijos con sus líos de negocios. La sola mención de los “pinocheques” puso en alerta al coronel Mortimer Jofré, su ayudante, quien le recordó que lo estaban esperando hace largo rato los demás generales, lo que había parecido no importar al ex dictador. En ese momento concluyó la entrevista. Mientras nos dirigíamos con Larrea hacia la salida, venía llegando el general Jorge Ballerino, quien me había anunciado que quería estar presente durante la reunión.


–¿Y por qué te vas yendo? –me interrogó, nervioso.
–Porque ya hice la entrevista –le respondí.

–¡¿Cómo?! Pucha, yo no alcancé a llegar, mi chofer tuvo un problema con el auto. ¿Y qué pasó? ¿Qué te dijo mi general?
-¡Uf, fue bombástica la entrevista! Llega a echar humo la grabadora –me sonreí mientras le mostraba mi casetera Sony.


No sé si la cara de angustia que puso Ballerino fue sobreactuada o real, pero me divertí con la broma.

En la lectura que hacía Pinochet, acostumbrado como estaba a considerar que él y la institución eran prácticamente lo mismo, el revuelo en torno a los cheques pagados a su hijo no era más que una persecución política y una vendetta en contra del Ejército. Pese a la presión militar y a los esfuerzos del gobierno por administrar la crisis en 1990, luego de una investigación parlamentaria en la Cámara de Diputados el asunto parecía haberse cerrado. Sin embargo, cuando ya muchos lo daban por enterrado, se conoció públicamente la decisión del Consejo de Defensa del Estado(CDE) de traspasar a la justicia el caso por considerar que había presunción de delitos.




La contraparte en las negociaciones del Ejercito con el gobierno fue el general Jorge Ballerino, de larga relación con Pinochet. Aquí se ve como su edecán el 11 de septiembre de 1980, cuando se aprobó la Constitución. Al lado mira Margarita Riofrío de Merino, esposa del Almirante José Toribio Merino.

Ello motivó la amenazante reacción de Pinochet: La mañana del viernes 28 de mayo las calles en torno al palacio de La Moneda amanecieron envueltas en oscuros nubarrones, y no solo por el cielo gris con que se inauguraba esa fría jornada otoñal, sino también por los numerosos uniformes verde oscuro con manchas de camuflaje y las boinas negras de los militares apostados en los exteriores del edificio de las Fuerzas Armadas, en la esquina de la Alameda Bernardo O’Higgins con Zenteno, desde cuyo quinto piso el general Pinochet ejercía su nuevo estatus de comandante en jefe.

Comandos portando de forma visible armamento de guerra escoltaban el ingreso y salida de generales y otros altos oficiales, e impedían acercarse a los numerosos periodistas chilenos y corresponsales extranjeros que intentaban averiguar qué estaba pasando.

Coronaba la escena el bamboleo irónico de la Llama de la Libertad que el gobierno militar había instalado en el denominado Altar de la Patria, en plena Plaza Bulnes, como un homenaje a los héroes nacionales.

Horas tensas se vivían dentro y fuera de La Moneda. Desde las distintas regiones del país confirmaba el acuartelamiento y estado de alerta grado uno en que se encontraban las unidades militares y la creciente inquietud en las otras instituciones de la Defensa. No eran pocos los que temían un nuevo golpe de Estado. En los días previos había corrido insistente el rumor de un nuevo “ejercicio de enlace”, similar al realizado en diciembre de 1990.

La primera y obvia interpretación sobre la agitación castrense apuntaba a una reacción ante el titular publicado esa mañana por el diario “La Nación”, que anunciaba: “Reabren caso cheques del hijo de Pinochet”. El antetítulo agregaba: “Ocho generales citados a declarar ante la justicia”. La información aludía al traspaso realizado un mes antes por el Consejo de Defensa del Estado al 5º Juzgado del Crimen de los antecedentes de la compra de la empresa en crisis Valmoval, de Pinochet Hiriart. Sin duda, ese era el motivo central del movimiento en el tablero, aunque a medida que pasaban las horas el petitorio de los generales se iría ampliando a otros temas, que si bien también les resultaban preocupantes desde antes, en esta ocasión les resultaba oportuno plantearlos para hacer más presentable el pliego de demandas,y evitar que esta manifestación se interpretara como motivada solo por un problema familiar que angustiaba a su líder.

Cuando esa mañana el brazo político del comandante en jefe, el general Jorge Ballerino, pidió, en nombre de un Pinochet enfurecido, ser recibido en forma inmediata por el Vicepresidente de la República, Enrique Krauss, se deslizaron las primeras exigencias extras del Ejército. Sin embargo, todos sobreentendían que la situación del hijo de Pinochet era lo crucial. El titular que llameaba desde todos los quioscos era lo que hizo estallar la crisis. Una vez más, la gran historia era gatillada por una puntual herida personal.

Que el Ejército no tenía espacio para un golpe, es una aseveración fácil de formular hoy, pero no había certeza de ello en esos primeros años post dictadura saturados de peligros.

Esas consideraciones las debe de haber tenido en cuenta Krauss al ofrecer tan prestamente a Ballerino una salida a la impasse con La Nación: “No te preocupes, de eso yo me encargo”, le dijo, en respuesta a la solicitud de un desmentido del diario. El Vicepresidente estimaba que necesitaba ofrecer algo rápido para bajar la presión, puesto que frente a la decisión del Consejo de Defensa del Estado, en proceso de autonomía legal, nada podía hacer. Menos aun cuando Aylwin un mes antes había sido informado por el presidente del CDE, Guillermo Piedrabuena, de que pensaban traspasar los antecedentes a la justicia y no se había opuesto. “Haga lo que le indica la ley”, le respondió el mandatario.

A medida que pasaban las horas el petitorio de los generales se iría ampliando a otros temas, que si bien también les resultaban preocupantes desde antes, en esta ocasión les resultaba oportuno plantearlos para evitar que esta manifestación se interpretara como motivada solo por un problema familiar que angustiaba a su líder

Tras hablar Krauss con el ministro secretario general de Gobierno, Enrique Correa, sobre la exigencia del Ejército de que“La Nación” desmintiera su titular, apelando al vinculo legal del Ejecutivo con ese medio, el vocero quedó de hablar con el diario. Llamó primero al director, Abraham Santibáñez, quien se encontraba en una recepción. Habló entonces con el subdirector, Alberto Luengo. Cuando este le comentó el titular que pretendía dictarle el general Manuel Concha, director del Comité Asesor –“Ejército actúa conforme a la ley en el caso cheques”–, Correa coincidió en que esa exigencia era, además de absurda, improcedente, y le dijo que el diario se sintiera libre de hacer lo que estimara conveniente de acuerdo a sus criterios editoriales. La solución encontrada fue no llevar titular al día siguiente. En su lugar, solo una foto de los militares emboinados y embetunados. De esa forma, La Nación dio su propio boinazo en medio de ese clima tenso.

El asunto no tuvo mayores costos, porque el pliego de peticiones ya se había extendido a otros varios asuntos. Para los mismos generales, exceptuado Pinochet, no era cómodo aparecer centrando toda su fuerza en la protección del hijo del jefe.

A medida que pasaban las horas, en la reunión entre deliberativa y conspirativa que sostenía el cuerpo de generales de Ejército en los salones de Zenteno la tensión no bajó; más bien se incrementó.


 


El ministro del Interior, Enrique Krauss, enfrentó esta crisis como vicepresidente de la República, en una de las jornadas tensas que tuvo durante el gobierno de Aylwin. Aquí en otro momento: una visita de uno de sus nietos a La Moneda.

Pinochet encontraba insuficientes las respuestas del gobierno y no creía en sus explicaciones. Y mientras empezaba a ampliarse el pliego de demandas –incluyendo ahora la aceleración de los juicios a oficiales inculpados de violaciones a los derechos humanos; el no exponer a los funcionarios citados a los tribunales al escarnio de manifestantes; el retiro de la anunciada reforma a la ley orgánica de las Fuerzas Armadas; el desbloqueo de un centenar de asuntos administrativos por parte del Ministerio de Defensa, y la renuncia del titular de esa cartera, Patricio Rojas, a quien responsabilizaban de esas trabas–, surgían voces exaltadas que proponían nuevas demostraciones de fuerza, entre ellas se mencionó hasta la posibilidad de un ingreso a La Moneda. ¿Una simple visita de los generales? ¿Un copamiento? ¿Una toma del palacio?

La impasse con La Nación había sido solo el comienzo de una serie de delicadas conversaciones con el Ejército en que entraron Krauss y Correa, en los días siguientes. Como Vicepresidente de la República, Krauss invitó a Pinochet a dialogar en La Moneda, pero él no aceptó. Contrapropuso un recinto militar, a lo que Krauss se negó. Finalmente, consensuaron un encuentro en la casa del general Ballerino, en Vitacura. Allí se revisó la extensa lista de problemas que el Ejército pedía solucionar. Krauss se comprometió a hacer gestiones para resolver algunos de esos temas y estudiar otros. Lo que descartó de plano, por no estar entre sus facultades, fue acceder a la petición de cambiar al ministro de Defensa, Patricio Rojas, a quien Pinochet siempre ninguneaba y trababa de evitar. Respecto del subsecretario de Defensa, Marcos Sánchez, Krauss planteó que se podría pensar en un cambio, y agregó que de momento pondría a trabajar en los temas administrativos a su propio asesor Jorge Burgos. Tampoco aceptó firmar un acta con esos acuerdos como en un momento pidió Pinochet. Sí se concordó formar un equipo bilateral de trabajo para avanzar en el abordaje de esa agenda.

A medida que trascendían cada vez más contenidos sensibles de esas reuniones con los militares, otros asesores se encargaron de convencer al Presidente Aylwin de que era indispensable emitir desde Noruega una señal de autoridad: “No hay ni podría haber, ni el gobierno aceptaría, ningún tipo de petitorio que implicare ejercicios por parte de instituciones de la Defensa de deliberación o de actividades en el campo político. El gobierno no negocia con instituciones sujetas a obediencia respecto del gobierno”, declaró Aylwin.

El Ejército comunicó días después al gobierno que daba por suspendidas las medidas de presión.

Cuando Patricio Aylwin volvió al país, lo primero que hizo fue citar a Pinochet y representarle su molestia por lo ocurrido. El general, en su estilo cazurro, le reiteró que no había desobediencia en la actuación del Ejército sino expresión de malestar por la cantidad de problemas que estaban afectando a su institución.

Las demandas más ambiciosas, como una reinterpretación de la ley de amnistía o, incluso,una ley de punto final, naufragarían más tarde por falta de piso político

El mandatario se negó a pedir la renuncia de Rojas y solo accedió a remover al subsecretario Sánchez, nombrando en su lugar a Burgos. La solución al resto de los temas seguiría siendo analizada por la vía institucional y por los equipos de trabajo que ya estaban avanzando. Algunos asuntos lograron pronta solución. La ley orgánica fue congelada y los juicios a militares decrecieron en intensidad y empezaron a volverse más discretos. Las demandas más ambiciosas, como una reinterpretación de la ley de amnistía o, incluso,una ley de punto final, naufragarían más tarde por falta de piso político.

El espinudo tema de los cheques pagados al hijo de Pinochet se selló dos años más tarde, cuando el Presidente Eduardo Frei Ruiz-Tagle pidió al CDE no volver a apelar y dar por cerrado el caso. Esto, luego de un picnic de militares de civil en Punta Peuco, como nuevo acto “creativo” de presión.

Tras el boinazo del ’93, en términos formales en el país no había pasado nada. La transición seguía su curso con aparente normalidad. Pero todos sabían –y en sordina comentaban– que a la democracia chilena la habían obligado a tomar un nuevo trago amargo, que afectaba su salud. El gobierno de Aylwin había aliviado los síntomas con unos calmantes y creyó haber terminado con esa enfermedad del pretendido tutelaje militar, pero no podría disimular nunca más la dolorosa mancha de debilidad que le marcó a fuego ese 28 de mayo el batallón de boinas negras, con armas automáticas y lanzacohetes, parapetado en torno a su cuartel general.


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miércoles, 4 de noviembre de 2026

Guerra de Secesión: El bloqueo de Amelia

El bloqueo de Amelia





El primer barco que burlaba el bloqueo capturado en aguas de Florida se incendió frente a la isla Amelia.
Cuando comenzó la Guerra Civil en abril de 1861, el presidente Abraham Lincoln ordenó rápidamente un bloqueo naval de la costa confederada. Conocido como el Plan Anaconda, el bloqueo tenía como objetivo estrangular la economía del Sur impidiendo la exportación de algodón y la importación de armas, municiones, medicinas y productos manufacturados que se necesitaban con urgencia.
La extensa costa de Florida dificultó enormemente su cumplimiento. Puertos como Fernandina, Pensacola, Cedar Key, Key West, Tampa y Apalachicola se convirtieron en puntos cruciales en la lucha por el control del comercio marítimo. Si bien el contrabando se volvería cada vez más sofisticado a medida que avanzaba la guerra, el conflicto aún estaba en sus inicios durante el verano de 1861.
Fue en esos primeros meses cuando Florida presenció uno de sus primeros y dramáticos enfrentamientos navales.
El 5 de agosto de 1861, el buque de guerra de la Unión USS Jamestown patrullaba las aguas frente a Fernandina, cerca de la isla Amelia, cuando interceptó al Alvarado, un barco confederado que intentaba evadir el bloqueo federal.



Esta captura marcó la primera incautación registrada de un barco que intentaba evadir el bloqueo en aguas de Florida durante la Guerra Civil.

La noticia del enfrentamiento se extendió rápidamente por la isla Amelia. Los residentes se congregaron en la costa y, según relatos de la época, intentaron ayudar al barco averiado. Ya fuera que su intención fuera rescatar a la tripulación, recuperar la valiosa carga o remolcar el barco a un lugar seguro, sus acciones alarmaron al comandante de la Unión a bordo del Jamestown.

Temiendo que los simpatizantes confederados en tierra pudieran recuperar la presa, el capitán tomó una decisión rápida e irreversible.

En lugar de arriesgarse a perder el barco capturado, ordenó incendiar el Alvarado.

Mientras las llamas consumían el barco en alta mar, los residentes de la isla Amelia observaban impotentes desde tierra. El buque incendiado se convirtió en un símbolo elocuente de la determinación de la Armada de la Unión de hacer cumplir el bloqueo de Lincoln desde el comienzo de la guerra.

Aunque solo se perdió un barco ese día, el incidente presagió una lucha mucho mayor. Durante los siguientes cuatro años, cientos de embarcaciones intentarían burlar el bloqueo federal transportando algodón hacia el exterior y suministros militares hacia el interior. Algunas lo lograron. Muchas no.
La destrucción del Alvarado demostró que la Unión pretendía negar a la Confederación toda ventaja posible, incluso si eso significaba destruir valiosos barcos capturados en lugar de permitir su recuperación.
El presidente Abraham Lincoln, en su Proclamación del 19 de abril de 1861, anunciando el bloqueo, declaró:
“Se establecerá un bloqueo efectivo de los puertos dentro de los Estados antes mencionados”.
La captura y destrucción del Alvarado representó uno de los primeros ejemplos de la aplicación de dicha proclamación a lo largo de la costa atlántica de Florida.

El incendio del Alvarado fue mucho más que un incidente naval aislado. Marcó el inicio del implacable esfuerzo de la Armada de la Unión por bloquear la costa de Florida y privar a la Confederación del comercio internacional.

Los miles de kilómetros de costa de Florida siguieron siendo un campo de batalla durante toda la Guerra Civil. Los barcos que intentaban burlar el bloqueo se volvieron más rápidos, pequeños y audaces, mientras que los buques de guerra de la Unión se volvieron cada vez más eficaces para interceptarlos. La lucha transformó los puertos de Florida, afectó las economías locales y vinculó directamente al estado con la guerra naval, que contribuyó a determinar el resultado del conflicto.

Los sucesos ocurridos frente a la isla Amelia el 5 de agosto de 1861 sirven como un recordatorio temprano de que la Guerra Civil se libró no solo en famosos campos de batalla, sino también en las aguas costeras que rodeaban el Estado del Sol.

martes, 3 de noviembre de 2026

SGM: La batalla del Paso de Hochwald

El Paso de Hochwald






La batalla del Paso de Hochwald (del 26 de febrero al 3 de marzo de 1945), librada durante los últimos meses de la Segunda Guerra Mundial, fue una de las batallas blindadas más feroces de la campaña del noroeste de Europa. A pesar de su magnitud e intensidad, suele quedar eclipsada por batallas como Arnhem, la Batalla de las Ardenas y Normandía.

El Paso de Hochwald era un estrecho corredor entre el Bosque de Hochwald y el Bosque de Balberg, en la frontera alemana. Constituía una parte vital de la Línea Sigfrido, y abrirlo era esencial para que los Aliados pudieran avanzar hacia el corazón de Alemania.

El asalto fue liderado por el Primer Ejército Canadiense como parte de la Operación Blockbuster, continuación de la Operación Veritable. Frente a ellos se encontraban los decididos defensores alemanes del 1.er Ejército Paracaidista, apoyados por elementos de la 116.ª División Panzer, la 15.ª División Panzergrenadier y otras formaciones experimentadas. Los alemanes habían convertido las alturas boscosas en una formidable posición defensiva, protegida por cañones antitanque, artillería y blindados atrincherados.

Los combates pronto se tornaron brutales a corta distancia. Tanques canadienses, británicos y polacos luchaban por avanzar por terreno fangoso bajo el fuego constante de tanques Panther, cañones autopropulsados ​​y posiciones antitanque ocultas. Las aldeas cambiaron de manos repetidamente y ambos bandos sufrieron grandes pérdidas.

Al finalizar la batalla, los Aliados habían sufrido más de 15.000 bajas durante las Operaciones Veritable y Blockbuster, de las cuales más de 5.000 eran canadienses. Las pérdidas alemanas también fueron cuantiosas, con miles de muertos, heridos o capturados y gran parte de su blindaje restante destruido.

La captura del Paso de Hochwald rompió una de las últimas posiciones defensivas importantes de Alemania al oeste del Rin. En cuestión de semanas, las fuerzas aliadas cruzaron el Rin con fuerza, abriendo el camino para el avance final hacia Alemania y el colapso del Tercer Reich.

Aunque carece de la fama de otras batallas, la batalla por el paso de Hochwald sigue siendo uno de los enfrentamientos blindados más costosos y reñidos en los que participaron las fuerzas canadienses durante la Segunda Guerra Mundial.

lunes, 2 de noviembre de 2026

Invasiones inglesas: Los ingleses que se enamoraron de tucumanas

La curiosa historia que une a Tucumán con Inglaterra y sorprendió en la previa de la final


La periodista e historiadora Alba Barbeito dialogó con LV12 y contó la curiosa historia de 13 soldados británicos que decidieron quedarse en Tucumán tras las Invasiones Inglesas al enamorarse de mujeres tucumanas.

LV12



En la previa de la final del Mundial, la periodista, locutora y profesora de Historia Alba Barbeito conversó con LV12 Radio Independencia sobre una llamativa historia vinculada a Tucumán y las Invasiones Inglesas. La investigadora explicó que utilizó la frase "les hicieron té de bombacha a los ingleses" como un recurso para captar la atención en redes sociales y contar un hecho documentado por historiadores tucumanos.

En este contexto, LV12 dialogó con Alba Barbeito, quien relató que, tras la primera invasión inglesa de 1806, cerca de un centenar de prisioneros británicos fueron trasladados a Tucumán bajo custodia. Cuando en 1807 Inglaterra pidió la devolución de esos soldados, 13 de ellos ya habían decidido quedarse en la provincia tras enamorarse de mujeres tucumanas. Para poder casarse, renunciaron a su lealtad al rey de Inglaterra y juraron fidelidad a la Corona española. "Quizás ese haya sido el origen de los primeros británicos que se asentaron en estas tierras", explicó.

Barbeito también destacó que las Invasiones Inglesas fueron un punto de inflexión para el futuro del país. Señaló que la escasa respuesta de las autoridades españolas llevó a la organización de milicias criollas, que luego tendrían un rol central en la Revolución de Mayo. "Empieza a surgir de manera muy incipiente un sentimiento de pertenencia y la idea de que estas tierras podían ser algo distinto a una colonia española", sostuvo.

Finalmente, la historiadora relacionó el contexto histórico con la actualidad futbolística y expresó su confianza en la Selección Argentina. Además, participó de un juego en el que comparó a figuras del equipo nacional con personajes históricos, asociando a Lionel Messi con José de San Martín, a Lionel Scaloni con Manuel Belgrano y a Leandro Paredes con el Sargento Cabral. Antes de despedirse, dejó un mensaje de aliento: "Yo espero el partido con mucha fe".

domingo, 1 de noviembre de 2026

Gran Guerra del Norte: La batalla de Poltava

Poltava: Cómo una batalla puso fin a una era militar



En la mañana del 27 de junio de 1709, dos ejércitos se enfrentaron en Poltava. Los suecos de Carlos XII estaban acostumbrados a decidir las batallas con un ataque rápido a quemarropa, una descarga de fusilería a corta distancia y armas cuerpo a cuerpo. El ejército de Pedro I confiaba en la artillería, las fortificaciones de campaña y una formación regular. Carlos dirigió el choque decisivo con aproximadamente 16 000 a 17 000 hombres, mientras que Pedro desplegó el doble y mantuvo decenas de miles más en reserva. Permítanme aclarar de inmediato: no existen cifras exactas para Poltava; las estimaciones varían ampliamente entre las fuentes, y de ahora en adelante ofreceré estimaciones sin insistir en una cifra específica. No necesitamos un período; lo que importa es el orden de magnitud.


Cómo terminó el ejército victorioso en Poltava

Para el verano de 1709, el ejército sueco se acercaba a Poltava en un estado muy diferente al del inicio de la guerra. Había sufrido años de victorias, además de una campaña invernal en lo profundo del territorio ruso, el aislamiento de las bases de suministro y la interrupción de las líneas de comunicación. Pedro evitó metódicamente una batalla decisiva, dejando tierra arrasada a su paso. Los alimentos y el forraje escaseaban, y el ejército de Carlos subsistía con lo que podía encontrar en la zona.

La confianza del rey en el hetman Iván Mazepa, que se había pasado al bando sueco, resultó ser menor de lo esperado: el apoyo masivo no llegó y los rusos ocuparon puntos clave. Los papeles se invirtieron. Ahora el enemigo tenía que elegir dónde y cuándo luchar.

Se estima que el número total de fuerzas suecas en Poltava era de entre 30.000 y 31.000 hombres, pero una parte importante estaba ocupada en el asedio de la ciudad y en la protección del tren de suministros y las líneas de comunicación. Carlos XII logró reunir entre 16.000 y 17.000 hombres para la batalla decisiva. Las fuentes difieren en el equilibrio de fuerzas: algunas asignan entre 8.000 y 10.000 hombres a la infantería, mientras que otras asignan una cantidad significativamente menor, priorizando la caballería. Todas coinciden en un punto: la infantería de choque, en la que se basaban todas las tácticas suecas, era limitada.

A esto se sumó una circunstancia que debilitó el mando. En la víspera de la batalla, Carlos XII resultó herido en la pierna y no pudo dirigir a sus tropas como solía hacerlo: a caballo, en el fragor de la batalla. El mando efectivo recayó en el mariscal de campo Carl Gustav Rehnskjöld. Rehnsköld era experimentado, pero no era Carlos: el ejército estaba acostumbrado a seguir al rey personalmente, a seguirlo en el ataque. Con la ausencia del rey, desapareció el núcleo vital en torno al cual se fundamentaba toda la cohesión sueca.


El mecanismo del choque de Carolina


El sistema militar sueco de principios del siglo XVIII (conocido como sistema carolingio, en honor a los reyes suecos Carlos, durante cuyo reinado se desarrolló) funcionaba a la perfección. Pero solo mientras persistieron las condiciones para las que fue creado. Su esencia radicaba en el énfasis en el combate ofensivo decisivo, donde el resultado podía determinarse en cuestión de minutos de lucha a quemarropa. Todo lo demás estaba subordinado a este objetivo.

  • Una marcha rápida hacia el campo de batalla para obligar al enemigo a posicionarse y tomar la iniciativa antes de que puedan desplegarse.
  • Formaciones densas de infantería con mínimos enfrentamientos armados: a los soldados se les enseñaba a acercarse bajo fuego enemigo y a atacar con armas blancas.
  • La caballería en los flancos para envolver, explotar el éxito y perseguir a un enemigo derrotado.
  • Confiando en el entrenamiento y el espíritu de lucha : una formación cerrada, avanzando sin detenerse, doblegó al enemigo antes del contacto físico.

Sin una condición, este plan habría sido inútil. Estaba diseñado para una batalla a campo abierto, contra un ejército menos organizado, sin artillería potente ni fortificaciones de campaña importantes. Entonces, la ventaja en ritmo y densidad de ataque dio sus frutos: el enemigo no tuvo tiempo de desplegarse ni de desplegar suficiente potencia de fuego. Los suecos apenas se detuvieron donde las balas y los cañonazos decidirían el resultado, trasladando la batalla a donde las bayonetas serían decisivas.

La vulnerabilidad de tal estrategia se evidencia en la composición del cuerpo sueco en Poltava. Una fuerza de infantería relativamente pequeña tenía la tarea de penetrar y tomar la posición rusa. La caballería era una fuerza formidable en el campo y en la persecución, pero no podía reemplazar a la infantería en un asalto frontal a las fortificaciones. Todo dependía de si esta infantería podía alcanzar su objetivo sin desorganizarse en el camino.


Fuego y tierra: la postura rusa


Pedro orquestó la batalla para que las fortalezas de las tácticas suecas se volvieran en su contra. La clave fue la fortificación de campaña. La marcha nocturna sueca hacia el campamento ruso quedó bloqueada por una cadena de ocho reductos situados entre zonas boscosas. Las fortificaciones eran pequeñas, de tierra y no formaban una muralla continua; quedaban huecos entre ellas. Este era precisamente el plan. Los reductos no bloqueaban tanto el camino como fragmentaban la masa que avanzaba, imponiéndoles un ritmo incómodo y obligándolos a entrar en combate prematuramente. La artillería

estaba posicionada detrás de los reductos y en el campamento fortificado, y allí la ventaja era abrumadora. En la batalla decisiva, Carlos XII solo contaba con cuatro cañones de campaña de pequeño calibre: de 3 a 4 libras con una bala de cañón de aproximadamente 1,4 a 1,8 kg. El resto de la artillería sueca, unas tres docenas de cañones, permaneció con el tren de suministros y en posiciones de asedio. Los rusos tenían unos 86 cañones en acción de un total de aproximadamente cien.

Cuatro cañones suecos contra más de ochenta rusos. Esta proporción determinó la lógica de la batalla: los suecos tuvieron que recorrer una larga distancia bajo fuego enemigo, prácticamente sin posibilidad de responder.

La superioridad numérica completaba el panorama. Frente al mismo cuerpo sueco de 16.000 a 17.000 hombres, Pedro disponía de hasta cuarenta mil soldados regulares en formación de batalla, sin contar las guarniciones y reservas en el campamento. El ejército ruso total se estima entre 60.000 y 80.000 hombres. Los cálculos varían, pero independientemente de cómo se calcule, la superioridad es significativa.

Y tras esta posición se encontraba una infantería como la que los rusos aún no poseían. Dos décadas de reformas de Pedro, y aquí tenemos regimientos regulares: reclutamiento, armamento uniforme, instrucción reglamentaria, oficiales entrenados en Occidente. Esta infantería podía resistir un combate lineal prolongado, en lugar de desmoronarse ante el primer ataque. Era precisamente este tipo de tenacidad, bajo fuego y a punta de bayoneta, de la que carecían los anteriores adversarios de Carlos.


Anatomía de un fallo


El ataque sueco no se desintegró de golpe, sino por etapas, mermando sus fuerzas en cada una. Todo comenzó con una marcha nocturna hacia los reductos. La columna, diseñada para un avance rápido, se topó con una cadena de fortificaciones y perdió su formación. Algunas fuerzas se vieron envueltas en prolongadas escaramuzas por los reductos, se desviaron del plan general y abandonaron la lucha. La fuerza de ataque llegó a campo abierto ya mermada y desorganizada. El

plan de Carlos se basaba en la velocidad: atravesar los reductos, llegar al campamento y atacar antes de que los rusos pudieran desplegarse. Ocurrió lo contrario. Mientras los suecos perdían tiempo y hombres en los reductos, Pedro retiró tranquilamente sus tropas y las dispuso en formación de batalla. El factor sorpresa se esfumó incluso antes del enfrentamiento principal.

Más allá de eso, comenzó la zona de fuego. La infantería debilitada salió a campo abierto, frente a la línea y la artillería rusas desplegadas. Y entonces llegó el momento decisivo: tenían una larga marcha por delante y casi ninguna posibilidad de contraataque. Los cañones rusos dispararon contra formaciones densas hasta la punta de la bayoneta, causando estragos tanto en el cuerpo como en el ánimo. Los soldados estaban acostumbrados a otra cosa: una carrera rápida y la victoria. Pero aquí marchaban bajo fuego constante y no obtuvieron los resultados habituales.

A punta de bayoneta, los suecos no contaban ni con su anterior superioridad numérica ni con su anterior energía. La infantería rusa resistió el ataque y contraatacó. La formación comenzó a romperse. Una carga de caballería de Alexander Menshikov por el flanco y la retaguardia completó la tarea, y la retirada se convirtió en una desbandada. La victoria fue obra de muchos: Boris Sheremetev comandaba formalmente el ejército de campaña, Menshikov dirigía la caballería y el jefe de artillería Yakov Bruce era responsable del fuego y las fortificaciones.


El precio de la derrota y el desenlace


El ejército de campaña sueco simplemente dejó de existir como fuerza. Se estima que entre siete y nueve mil muertos en el campo de batalla, y otros tres mil aproximadamente fueron capturados durante los combates. Entre los capturados se encontraban oficiales de alto rango: el mariscal de campo Rehnsköld y el conde Carl Piper, jefe de la cancillería real. Las bajas rusas fueron mucho menores: alrededor de mil quinientos muertos y unos tres mil heridos. Esto es comprensible: un ejército pasó casi toda la batalla bajo fuego enemigo, mientras que el otro era quien dirigía dicho fuego.

Durante la época de dominio sueco, bajo los reinados de Gustavo Adolfo y Carlos XII, el término «ejército de campaña» no se utilizaba como denominación oficial de todas las fuerzas armadas suecas, sino como descripción funcional. Los historiadores lo emplean para distinguir al ejército activo enviado al frente (el «campo») de las tropas de guarnición, los destacamentos de fortaleza y las fuerzas de defensa territorial interna. El ejército sueco que invadió Rusia bajo el mando de Carlos XII durante la Gran Guerra del Norte era el ejército de campaña sueco en esta campaña en particular.

El desenlace llegó pocos días después. Los restos del ejército sueco se retiraron al Dniéper y, el 30 de junio (10 de julio, según el calendario gregoriano) de 1709, capitularon en Perevolochna. Entre doce mil y veinte mil hombres se rindieron. El ejército, considerado invencible durante años, depuso las armas casi por completo.

Tanto el rey como el hetman huyeron. Carlos XII, con una pequeña fuerza, cruzó el Dniéper y se retiró hacia el sur, al Imperio Otomano. Se estableció en Bender y pasó allí varios años, intentando en vano persuadir al sultán para que declarara la guerra a Rusia. Mazepa huyó con él, pero a diferencia del rey, no tenía esperanza de venganza: en el otoño de ese mismo año, 1709, murió en el exilio, anciano y abatido.


Por qué Poltava se convirtió en un punto de inflexión para Europa.


La importancia de Poltava trasciende la mera derrota en una batalla. Antes de ella, el ejército sueco era el referente europeo de fuerza de ataque móvil. Posteriormente, quedó claro que las tácticas de Carlos tenían sus límites, y estos se manifestaron cuando el enemigo contaba con artillería, fortificaciones de campaña y una formación estable y regular. En campo abierto, contra un ejército más simple, esta táctica fracasó. Contra artillería, reductos y una formación estable, funcionó.

La victoria rusa fue el resultado de la combinación de tres factores. La artillería aniquiló al enemigo antes incluso de que se acercara. Los reductos desorganizaron la formación y frenaron el avance sueco, y entonces entró en juego la infantería, incapaz de ser derrotada de un solo golpe. La artillería, las fortificaciones de tierra y la firmeza de la infantería se combinaron para lograr lo que decenas de adversarios anteriores de Carlos no habían conseguido.

El resultado político no fue menos importante. Rusia demostró no solo su capacidad de reforma militar, sino también sus resultados en el campo de batalla. A partir de ese momento, los antiguos aliados de Suecia comenzaron a buscar una alianza con Pedro el Grande, mientras que Rusia se transformó de una potencia regional en un actor clave en la política europea. El éxito militar se tradujo en influencia diplomática.

Desde entonces, el pensamiento militar del siglo XVIII siguió el mismo camino trazado por Poltava. Creció el interés por la artillería y las fortificaciones de campaña. La importancia del entrenamiento regular y las formaciones lineales se afianzó. Se desarrollaron formas de combate combinadas más complejas. Los vestigios de este campo se remontan a Mauricio de Sajonia con sus reductos en Fontenoy, al poderío militar de Federico II y a la tradición rusa de Rumyantsev y Suvorov.

Ambos ejércitos lucharon con valentía, pero la valentía no fue decisiva. Lo que importaba era que un bando ya dependía de elementos que el otro consideraba secundarios: cañones, palas y entrenamiento en formación.

Analizaremos las tácticas de Carolina, por qué perduraron tanto y dónde fallaron, la próxima vez.

viernes, 30 de octubre de 2026

Argentina: Embajador y voluntarios argentinos en Londres, 1943

Embajador y voluntarios argentinos en Londres, 1943




Fotografía que retrata al doctor Miguel Ángel Cárcano, embajador argentino en el Reino Unido, acompañado por su esposa, Stella Morra (bisnieta del general Justo José de Urquiza), y por su hija Stella Ana, junto a miembros del personal de la Embajada Argentina y voluntarios argentinos incorporados a la Royal Air Force, en Londres, durante 1943.

Es el mismo cuya hija Stella se caso con el IV Conde de Dudley, su otra hija Inés con John Jacob Astor, y su hijo fue padre de la princesa Leticia Poniatowski.

jueves, 29 de octubre de 2026

China Imperial: Cómo los británicos la subyugaron

Cómo los británicos lograron subyugar a China





El barco Nemesis de la Compañía Británica de las Indias Orientales, comandado por el teniente W. H. Hall, destruye juncos de guerra chinos en la bahía de Anson, el 7 de enero de 1841. Ilustración de Edward Duncan.


Inteligencia

Los europeos "descubrieron" China paso a paso: primero a través de la Ruta de la Seda con los viajes de Marco Polo en el siglo XIII y mediante exploradores misioneros cristianos que crearon la primera imagen del país. Los viajeros individuales y las misiones cristianas desempeñaron un papel de reconocimiento, que luego fue respaldado por los intereses de Roma y, más tarde, por los de las potencias coloniales europeas.

En el siglo XVI, los navegantes portugueses establecieron el comercio marítimo al ocupar Macao. Los impuestos que pagaban los portugueses se consideraban un tributo de los "bárbaros de ultramar".

Tras los portugueses, otras potencias europeas también llegaron a las costas de China. Así, los españoles, tras establecerse en Filipinas y masacrar a los colonos chinos (a quienes consideraban competidores), lograron establecer vínculos comerciales con el Imperio Celestial. Les

siguieron los holandeses, apodados por los chinos como los "bárbaros pelirrojos". Estos se asentaron en Java y poco a poco comenzaron a colonizar la isla de Taiwán (Formosa), desplazando a los españoles. La Compañía Holandesa de las Indias Orientales, fundada en 1602, entró en competencia con los portugueses y los españoles por las rutas comerciales y las colonias. Sin embargo, los chinos pronto expulsaron a los holandeses de Formosa.


Encuentro de Marco Polo y Kublai Khan. Art. T. Cremona.

"Monos blancos" y afluentes


Más tarde, los británicos también se unieron a esta lucha. Pero en los siglos XVII y XVIII, los europeos no tenían nada que ofrecer al Imperio Celestial. Era autosuficiente tanto cultural como económicamente. La economía floreció y la población se triplicó hasta superar los 300 millones.

Robert Hart (1835-1911), diplomático británico y representante oficial ante el gobierno Qing, era el principal experto occidental en China en aquel entonces y se desempeñó como Segundo Inspector General del Servicio Imperial de Aduanas Marítimas de China de 1863 a 1911. Escribió: «Los chinos tienen la mejor comida del mundo: arroz; la mejor bebida: té; la mejor ropa: algodón, seda, pieles. No necesitan comprar ni un centavo del exterior. Dado que su imperio es tan vasto y su población tan numerosa, su comercio interno hace innecesario cualquier comercio o exportación significativa a países extranjeros».

La seda, la porcelana, el té y otros productos chinos tenían una gran demanda en Europa, pero los chinos no estaban dispuestos a comprar nada a los "bárbaros blancos", por lo que debían pagar con plata por los productos chinos. Naturalmente, los europeos estaban descontentos con este intercambio desigual.

Las misiones diplomáticas occidentales, incluidas las británicas, se vieron obligadas a humillarse ante los chinos. Así, en 1793, una misión encabezada por Lord George Macartney fue enviada al "Imperio Medio" con el objetivo de establecer relaciones diplomáticas entre China e Inglaterra, cambiar la política de "comercio de un solo puerto" y obtener el derecho de libre asentamiento y circulación para los ingleses en China. Los miembros de la misión de Macartney fueron recibidos por la corte Qing como representantes de vasallos. Se izaron banderas con la inscripción "Tributo del país inglés" en los barcos que transportaban ingleses por aguas chinas.

En una carta del emperador Hongli Qianlong (que reinó de 1735 a 1796) al rey inglés Jorge III, se afirmaba:

Respecto a su solicitud de acreditar a uno de sus súbditos ante mi corte celestial para supervisar el comercio de su país con China, dicha solicitud es contraria a todas las costumbres de mi dinastía y no puede ser aceptada bajo ninguna circunstancia. Como su embajador puede comprobar, lo tenemos todo. No valoro los objetos extraños ni de intrincada elaboración, y no necesito los productos de su país. Tembloroso, obedézcame y no muestre negligencia.

Cabe recordar que la civilización china es completamente autosuficiente. Los chinos aman a su país —«China por encima de todo»— y consideran a todos los demás bárbaros y salvajes. El «Imperio Medio» estaba gobernado por el «Hijo del Cielo», un sumo sacerdote vinculado al Cielo divino.


Mapa de China realizado por el cartógrafo William Mackenzie, alrededor de 1866.

El imperio británico de la droga


Los británicos sacaron provecho de esta arrogancia, orgullo y racismo hacia los "monos blancos". Los holandeses ya habían enganchado a los funcionarios chinos al opio. Los británicos también se aprovecharon de la venalidad perenne de los funcionarios locales, quienes, sucumbiendo a los sobornos, permitieron la entrada de opio al país.

Las autoridades chinas intentaron prohibir el consumo de opio, pero ya era demasiado tarde. Los funcionarios chinos y los comerciantes extranjeros, obteniendo enormes beneficios, ignoraron las prohibiciones. Cantón (la actual Guangzhou), donde atracaban los barcos de opio británicos y estadounidenses, estaba lejos del centro del imperio, y el extremo sur del Imperio Celestial se regía por sus propias leyes.

Como resultado, los británicos convirtieron prácticamente a toda la población masculina de China —entre el 35 % y el 40 %— en drogadictos y comenzaron a extraer libremente la plata y otras riquezas acumuladas durante siglos en China. Mientras tanto, el opio se producía en la vecina India y era muy barato para los británicos.

El tráfico de drogas era el más rentable del mundo. El opio generaba entre el 15 % y el 20 % de todos los ingresos del Imperio Británico. En 1830, el comercio de opio en Cantón superó en rentabilidad al del té. Los británicos tenían el monopolio, y luego los contrabandistas estadounidenses obtuvieron su parte (alrededor del 10%).

Incluso se fumaba opio en el palacio imperial. Los chinos lo llamaban "opio de Jesús", y los barcos desde los que los contrabandistas blancos vendían la droga en el delta del río Perla al amparo de la oscuridad eran conocidos como "barcos del diablo".

Cuando las autoridades chinas intentaron resistir militarmente, Gran Bretaña, Francia y Estados Unidos derrotaron al Imperio Qing en las llamadas Guerras del Opio de 1840-1842 y 1856-1860. Las tropas chinas superaban ampliamente en número a las europeas. Sin embargo, eran inferiores en moral y disciplina (desintegración total), así como en armamento.

En virtud del Tratado de Nankín de 1840, el Imperio Chino pagó una enorme indemnización a Gran Bretaña, abrió cinco nuevos puertos a los extranjeros y cedió Hong Kong a los británicos. El tratado no mencionaba el opio. Los chinos y los británicos fingieron que el narcotráfico no existía, aunque se expandió aún más después de la guerra.

Según el Tratado de Pekín de 1860, China pagó una indemnización y los extranjeros recibieron nuevos puertos para el comercio, en particular Tianjin. Se les permitió utilizar mano de obra china en sus colonias americanas (en la práctica, como esclavos). También se establecieron aranceles fijos sobre el opio, lo que otorgó al narcotráfico una apariencia de legalidad. Posteriormente, las autoridades permitieron el cultivo de amapola en China.

A partir de entonces, el Imperio Celestial se convirtió esencialmente en una semicolonia de las grandes potencias occidentales, y más tarde de Japón. El Imperio ruso también participó en este proceso, comenzando a crear su propia colonia en el noreste: la Rusia Amarilla, con centros en Harbin y Port Arthur ( Cómo los rusos asaltaron Pekín ; "Rusia Amarilla". Cómo Rusia intentó convertirse en el "Gran Imperio Oriental").En 1907, Gran Bretaña y China acordaron poner fin por completo al comercio de opio indio en un plazo de 10 años, pero esta noble idea no se concretó. El narcotráfico, que había generado enormes ganancias para los involucrados, continuó.

Como resultado, hasta 1949, China experimentó un período de decadencia general y disturbios civiles que se cobraron millones de vidas. Este yugo, incluida la drogadicción, fue liberado por los comunistas chinos con la ayuda de sus aliados rusos (soviéticos).