domingo, 4 de octubre de 2026

Arcabuz: La cuerda ardiendo en la mano del tirador

¿Por qué el arcabucero sostenía en la mano una cuerda ardiendo?


Anatoly Blinov || Top War




Cuando se dice que las armas de fuego revolucionaron la guerra, generalmente se hace referencia al acto mismo de dispararlas. En realidad, detrás de ello se encontraban tres avances de ingeniería independientes , y ninguno funcionó por sí solo: la intrincada mecánica del mecanismo de disparo, la física del impacto de una bala de plomo pesada y la colosal logística de la pólvora. El arcabuz del siglo XVI funcionó porque estos tres avances se desarrollaron simultáneamente. El resto es historia.

Mecha, o cómo encender la pólvora con un solo dedo

Imaginemos a un soldado del siglo XVI con un arcabuz listo para disparar. En una mano, un rifle; entre los dedos de la otra, una mecha encendida que no debe apagarse, dejarse caer ni acercarse al frasco de pólvora de su cinturón. Cerca, una caravana de carretas con barriles de pólvora. Una chispa perdida y una docena de sus compañeros más cercanos se convertirían en noticia para los cronistas.

El principal problema de ingeniería de las primeras armas de fuego suena casi cómico: cómo llevar el fuego a la pólvora de forma fiable sin soltar la culata. La respuesta es el arcabuz de mecha . Un pequeño mecanismo que sustituía al ayudante por una varilla encendida.

El corazón del diseño es una palanca en forma de S, también conocida como serpentina. El extremo superior sujeta la mecha que arde lentamente, mientras que el extremo inferior está conectado al gatillo. Cuando el tirador aprieta el gatillo, la palanca gira y deja caer el extremo humeante de la mecha en una pequeña copa metálica en el lateral del cañón. Esta copa es una cazoleta de encendido, del tamaño aproximado de un dedal.

Se espolvorea en ella una pizca de pólvora de cebado —una pólvora particularmente fina, molida especialmente para la ignición— de antemano. La mecha humeante enciende la pólvora de cebado, que se inflama, y ​​la llama irrumpe a través de un estrecho orificio en el cañón e incendia la carga principal. Los gases se expanden, empujando la bala hacia afuera. Un resorte devuelve la palanca a su posición original y el mecanismo queda listo para el siguiente disparo. Eso es todo.

La mecha en sí es un componente de ingeniería independiente. Se tejía con lino o cáñamo, se remojaba en una solución de salitre y se secaba. Una buena mecha arde a aproximadamente un centímetro por minuto, de manera uniforme y sin llama abierta. El tirador enrolla la mecha alrededor de su arma o cinturón y la vigila durante todo el combate para asegurarse de que la llama no se apague.


Cinco razones para odiar tu propio castillo

Según los estándares actuales, este diseño presenta sus propios problemas.

Primero, la mecha debe mantenerse encendida en todo momento , incluso entre disparos. Está justo al lado de las cantimploras, las cargas y los barriles abiertos. Una sola chispa basta para causar la pérdida de varios hombres en una formación compacta, y si hay un tren de suministros cerca con cargas listas para usar, las consecuencias se multiplican.

Segundo, la mecha se moja y se apaga. Lluvia, viento fuerte o un movimiento descuidado: el arcabucero se queda con un garrote caro y pesado. La infantería empapada por el aguacero se convierte en una masa inútil en una batalla campal. No es de extrañar que en Crespi (1544) y Moncontour (1569), las lluvias repentinas interrumpieran los planes de tiro de cuerpos enteros.

Tercero, el extremo humeante brilla en la oscuridad. Las emboscadas y los ataques nocturnos con armas de mecha son, en el mejor de los casos, una solución de compromiso: la línea de tiradores es visible desde lejos por puntos naranjas, y el enemigo tiene un blanco fácil.

En cuarto lugar, está el retardo en el disparo. Transcurre un tiempo considerable entre apretar el gatillo y que la bala salga de la recámara; los instructores de habla inglesa lo llaman tiempo de bloqueo . Con un arcabuz de mecha, este tiempo oscila entre medio segundo y un segundo, e incluso más en condiciones climáticas adversas. Para un blanco en movimiento, esto implica una ventaja, como la de un cazador de patos. Si el tirador se mueve, aumenta la probabilidad de fallar.

En quinto lugar, está el mantenimiento. Los residuos de pólvora negra obstruyen las ranuras del mecanismo, se adhieren a la cazoleta y ensucian el orificio de ignición. Es necesario limpiar el arma después de cada disparo; de lo contrario, es posible que no se pueda disparar el siguiente tiro.

Blaise de Montluc, futuro mariscal de Francia, testigo directo de la Revolución de la Pólvora y quien recibió un disparo de arcabuz en la cara durante el asedio de Rabastin en 1570, escribió con nostalgia en sus "Comentarios" que hubiera sido mejor que esta desafortunada arma nunca se hubiera inventado: según él, despoja a la guerra de todo su valor, permitiendo que un canalla y un cobarde maten al caballero más valiente desde detrás de un arbusto. El lamento de un veterano, pero esencialmente cierto: el castillo, con todas sus deficiencias, seguía siendo superior a todo lo anterior.


Una ilustración medieval que representa el uso de un arma de fuego primitiva, el arcabuz.

Un kilojulio frente a dos milímetros de acero


A pesar de todo este revuelo, el arcabuz podía hacer algo que ni el arco ni la ballesta podían: perforar con fiabilidad las corazas de acero. Aquí es donde entra en juego la física.

La energía cinética de un objeto en vuelo se calcula de forma sencilla: la mitad de la masa multiplicada por el cuadrado de la velocidad. Una bala de arcabuz que pesa entre 17 y 25 gramos, volando a 300-400 metros por segundo, transporta entre 800 y 1300 julios. Un mosquete pesado, que apareció a mediados del siglo XVI, con una bala de 40-50 gramos, podía transportar hasta 2500-3500 julios, lo que lo convertía prácticamente en un arma aparte. Como referencia, una bala moderna de rifle Winchester produce alrededor de 3500 J. Esto significa que un arcabuz es de tres a cuatro veces menos potente que un rifle moderno, pero para el siglo XVI, esto era inalcanzable.

El arco largo inglés, el mismo que infligió grandes pérdidas a los caballeros franceses en Agincourt en 1415, disparaba una flecha de entre 60 y 90 gramos a una velocidad de entre 50 y 60 m/s. La energía de la flecha —entre 80 y 150 J, según reconstrucciones de armas recuperadas del Mary Rose— es diez veces menor que la de una bala de arcabuz. Una ballesta pesada de acero producía entre 100 y 200 J, y los ejemplares más potentes alcanzaban hasta 400 J, pero su cadencia de fuego era pésima: un disparo cada medio minuto o un minuto con un cabrestante o una pata de cabra.

Ahora bien, ¿qué ocurre en el otro extremo de la trayectoria? La coraza de un caballero del siglo XVI es una lámina de acero (a menudo endurecida) de entre 1,5 y 3 mm de espesor, o hasta 4 mm en las corazas reforzadas «a prueba de balas» de finales de siglo. La resistencia a la tracción de dicho acero es de 200 a 400 MPa.

Cuando una bala impacta la armadura, su energía se concentra en un área de varios milímetros cuadrados. La presión en el punto de contacto alcanza varios miles de megapascales, superando con creces la resistencia a la tracción del material. El acero se destruye localmente. Se forma un cráter, con parte del metal expulsado hacia afuera y parte comprimido hacia adentro. Si la energía es suficiente, la bala viaja más lejos: a través de la chapa, a través de la armadura interior, a través de la persona.

Según datos experimentales de Williams y sus seguidores, el arcabuz penetraba con fiabilidad corazas delgadas (1,5-2 mm) a distancias de 30 a 50 metros, y armaduras ligeras de caballería a distancias de hasta cien metros. Las corazas reforzadas, de 3 a 4 mm de espesor, resistían cada vez más las balas, especialmente a más de 50 metros; por eso, a finales de siglo, se puso de moda probar las corazas en el propio taller: el armero disparaba a la coraza y la abolladura resultante servía como marca de prueba . Pero incluso sin una penetración completa, el arma funcionaba.

Ambroise Paré, cirujano de la corte de cuatro reyes franceses, un hombre que operaba tanto a monarcas como a mosqueteros en la misma mesa, lo describió a la perfección. Durante la campaña italiana de 1536-1537, el joven Paré, al carecer del aceite hirviendo tradicional para cauterizar las heridas de bala, se las arregló con una pomada de yema de huevo, aceite de rosa y trementina. Por la mañana, resultó que los heridos que no había cauterizado dormían profundamente, mientras que aquellos a quienes sus colegas habían untado con aceite según el protocolo se retorcían de fiebre. Así, la era de la pólvora revolucionó la cirugía.

Paré dejó descripciones detalladas de las heridas que desconcertaron a todos los médicos militares durante un siglo. La coraza estaba intacta, no había agujeros, pero debajo había costillas rotas, músculos aplastados y vasos sanguíneos desgarrados. En español, esto se denomina lesión por aplastamiento : una lesión por compresión cerrada, un golpe aplastante; un golpe de tal fuerza deforma la armadura y transfiere energía a través del acero al cuerpo. Un golpe en el pecho solía significar la muerte, incluso si la coraza resistía. Para la cultura caballeresca, esto era una sentencia de muerte: la armadura dejaba de ser una garantía.


Tres mercenarios alemanes están armados con arcabuces. El soldado de la derecha lleva un frasco de pólvora colgado del cuello.

Una sola batalla consume una tonelada de pólvora.

La mecánica y la física son solo una parte de la historia. La otra parte es dónde conseguir la pólvora.

A finales del siglo XVI, la composición de la pólvora negra ya estaba establecida: aproximadamente un 75 % de salitre, un 15 % de carbón vegetal y un 10 % de azufre. En épocas anteriores, las proporciones variaban considerablemente, y la pólvora de los distintos talleres variaba significativamente en potencia. El salitre (nitrato de potasio) es un oxidante, una fuente de oxígeno para la combustión. El carbón vegetal es el combustible. El azufre reduce la temperatura de ignición y aglutina los componentes. Las proporciones se mantienen con precisión; de lo contrario, la pólvora es demasiado lenta o demasiado agresiva, lo que provoca la explosión de los cañones.

En 1540, se publicó en Venecia la obra "Pirotecnia" del metalúrgico italiano Vannoccio Biringuccio, el primer libro de texto impreso sobre pólvora y metalurgia. Describía detalladamente cómo funcionaban los molinos de pólvora, qué tipo de carbón usar (aliso o sauce) y cómo distinguir el salitre de buena calidad de una imitación barata por su sabor y color. El libro se leyó en toda Europa y, durante el medio siglo siguiente, los fabricantes de pólvora, desde Nápoles hasta Amberes, utilizaron sus recetas.

El problema era que el salitre rara vez se encontraba en la naturaleza. Se extraía raspando las paredes de sótanos húmedos, establos y graneros, donde el nitrógeno animal se convertía lentamente en nitratos. En Francia, existía una profesión específica para este fin: los destiladores de salitre (en francés: salpêtriers ). Los funcionarios con patente real tenían derecho a entrar en el sótano de cualquier ciudadano sin permiso, excavar el suelo de tierra, extraer la tierra impregnada de salitre y llevársela. La compensación era prácticamente inexistente. Los habitantes del pueblo odiaban con vehemencia a los productores de salitre, escribían peticiones y se quejaban ante el parlamento, pero el rey respondía que sin pólvora no había reino y, por lo tanto, tampoco bodega. En el siglo XVII, el sistema se endureció aún más.

Las plantaciones de salitre, donde el suelo se cubría deliberadamente con estiércol y orina y la cosecha se esperaba durante varios años, también fueron una invención de los siglos XVI y XVII. El carbón era más sencillo: se obtenía quemando madera en un pozo cerrado. El azufre se extraía en zonas volcánicas o se aislaba de los minerales.

La mezcla final aún tenía que convertirse en pólvora. Simplemente mezclar los componentes no era suficiente: el polvo fino se separaba al agitarlo, y lo que terminaba en el barril no era pólvora, sino salitre y carbón separados. Por lo tanto, la mezcla se humedecía, se prensaba en forma de tortas, se secaba y se trituraba hasta obtener granos del tamaño requerido. En la tradición rusa, este proceso se llama granulación. Los granos grandes arden lentamente, mientras que los pequeños arden rápidamente, por lo que se fabricaban diferentes grados para pistolas y artillería. La pólvora debía almacenarse seca y alejada del fuego. El salitre húmedo pierde su potencia: es higroscópico y atrae la humedad.

Ahora bien, veamos la aritmética básica del combate. Un arcabucero dispara un tiro por minuto y consume entre 5 y 10 gramos de pólvora por disparo. Supongamos mil tiradores y una batalla de dos horas. Incluso a un ritmo de fuego moderado, el consumo total es de entre 600 y 1200 kilogramos. Aproximadamente una tonelada de pólvora para una sola batalla de intensidad media. Para producirla, se necesitan aproximadamente 750 kg de salitre, 150 kg de carbón y 100 kg de azufre. Y todo esto se prepara con antelación.


Los arcabuceros mercenarios y sus lanceros de apoyo se preparan para la batalla de Pavía en 1525.

Por qué la pólvora transformó el estado

Solo un poder centralizado con recursos económicos y funcionarios podía mantener semejante cadena. Y los países que aspiraban a convertirse en grandes potencias construyeron una cadena de producción de pólvora tras otra.

La República de Venecia mantuvo la producción en el corazón de la ciudad, en el Arsenal, ubicado en islas cercadas. A finales del siglo XVI, el Arsenal producía pólvora, fundía cañones y lanzaba galeras en un único complejo industrial, empleando hasta dos mil trabajadores permanentes. Fue, en efecto, la primera fábrica militar estatal de Europa.

Los reyes españoles establecieron fábricas y almacenes de pólvora estatales que abastecían al ejército y producían pólvora de mejor calidad que la de los talleres privados. Francia puso el salitre bajo control estatal, a través de destilerías de salitre y una red de fábricas reales de pólvora. Inglaterra, que siempre tuvo escasez de su propio salitre, resolvió el problema radicalmente en el siglo XVII: la Compañía de las Indias Orientales organizó la adquisición industrial de salitre indio de Bihar, y los suministros indios siguieron siendo una materia prima estratégica para la corona hasta finales del siglo XVIII [Frey. The Indian Saltpetre Trade, 2009]. En una sola generación, la Suecia de Gustavo II Adolfo construyó sus propias industrias de pólvora y cobre, que se convirtieron en uno de los apoyos materiales de la "revolución militar sueca" de las décadas de 1620 y 1630.

Transportar la pólvora era un dolor de cabeza aparte. Los barriles se transportaban en carros bajo escolta militar: la pérdida de un tren de suministros significaba que el ejército dejaba temporalmente de ser un ejército. Cada soldado de infantería recibía una ración estándar de pólvora. Según las normas de los tercios españoles de la segunda mitad del siglo XVI, un fusilero tenía derecho a aproximadamente una o dos libras de pólvora por mes; Para un regimiento de mil fusileros, eso representa media tonelada mensual, una cantidad comparable al salario mensual de varias docenas de soldados [Parker. El ejército de Flandes y la ruta española , 1972]. Por supuesto, la pólvora no era lo único que determinaba el límite de los ejércitos; también incluía los salarios de los mercenarios, el forraje, las provisiones y los sobornos a los aliados. Pero fue la logística de la pólvora la que requirió por primera vez una infraestructura estatal permanente en tiempos de paz, y esa fue su principal innovación.


Tecnología que dicta las tácticas

Las limitaciones de ingeniería del arcabuz no se limitaron al taller del armero. Se manifestaron en el campo de batalla y reescribieron las reglas del combate.

Una cadencia de fuego de uno o dos disparos por minuto hacía imposible el fuego continuo desde una sola fila, lo que dio origen a todas las tácticas lineales europeas de los dos siglos siguientes, desde el tercio español hasta las reformas holandesas de Mauricio de Orange con su contramarcha : una formación en la que la fila que dispara retrocede para recargar y la siguiente ocupa su lugar. La poca fiabilidad del mecanismo bajo la lluvia y la alta tasa de fallos de encendido exigían una cobertura constante para los tiradores por parte de piqueros. Y una insaciable demanda de pólvora obligaba a los ejércitos a maniobrar constantemente en torno a sus trenes de suministros: no podían alejarse mucho del depósito, maniobrar durante largos periodos y luchar en territorio enemigo en invierno era difícil. La movilidad estratégica de los ejércitos europeos en el siglo XVI no estaba determinada por la potencia de los caballos, sino por el calendario de entregas de cañones.

Tres pilares invisibles, ni un solo castillo.

Si se elimina cualquiera de las tres líneas, no habrá revolución.

Sin cerradura, se obtiene un petardo, peligroso de usar. Sin la energía necesaria, una bala es un juguete ruidoso que rebota contra una coraza. Sin logística, es una pieza costosa en el arsenal de un rey, pero no un ejército. El arcabuz del siglo XVI funcionó porque la mecánica, la física y la logística habían madurado simultáneamente para entonces. Y de Montluc tenía razón en una cosa: la era en la que los arbustos importaban más que los escudos de armas nunca ha terminado.

Continuará, próxima parte: El arcabuz en el ejército ruso.

sábado, 3 de octubre de 2026

Arqueología: Los restos de la colonia española de Floridablanca en la Patagonia

San Julián, 1779. La sorprendente historia de la colonia española Floridablanca

La Voz del Chubut





El 08/05/1778, don José Mofiino y Redondo, conde de Floridablanca, envía a José Gálvez-Ministro Universal de las Indias- una nota donde resume la pérdida inglesa de sus posesiones americanas y el decaimiento mercantil, por lo que era probable que se asentaran en las costas patagónicas, entonces le expresa su proyecto: “(…) Dos son los parajes principales a donde desde luego debemos dirigir nuestro conato para ocuparlos inmediatamente y formar con ellos alguna población: Bahía Sin Fondo y Bahía San Julián (…)”.

Como consecuencia de estas advertencias, el 20/06/1778 zarpan Juan de la Piedra y los hermanos Viedma rumbo al Río de la Plata; y el 15/12/1778 parten de Montevideo para fundar varias poblaciones en las costas patagónicas.

En abril de 1779 se funda Puerto Deseado, el 12/11 se produce el arribo de las naves Carmen y Nuestra Señora del Carmen, y zarpan el día 21 con destino a San Julián.

Al llegar, se encuentran con la nave San Sebastián, que había hecho el viaje directamente; por desgracia, la fragata Carmen zozobra al entrar, y se pierden ganado, semillas y víveres; con su desguace obtienen materiales para la nueva colonia.

El 01/12/1779 comienzan a instalarse en Cañadón de los Españoles, a 7 km al oeste de la actual San Julián, y el 01/04 se labra el acta de posesión y el día 20 finalizan las obras del fuerte.

La Nueva Colonia de Floridablanca -homenaje al ministro de Carlos III-, ofrece al finalizar 1781 un nutrido y animado caserío: fuerte de 28 varas en cuadro con alojamiento para la plana mayor, maestranza, cuartel de tropa, cocinas y almacenes; un hospital con sala para enfermos, habitación de los practicantes, farmacia, cocina y consultorio del cirujano; nueve casas para familias, panadería, más viviendas de particulares.

En Floridablanca vivían 150 colonos y unos 600 tehuelches que colaboraban con carne de guanaco y puma. En mayo de 1782, se repartió la semilla y el resultado de la cosecha no fue desfavorable, pues en total se cuadruplicó la cantidad de trigo y se sextuplicó la de avena sembrada.

En la colonia había vacunos, mulares, equinos, ovinos, porcinos y aves de corral. Antonio de Viedma dispone varias exploraciones; una va al puerto Santa Cruz con Juan de la Peña; la otra, encabezada por Viedma parte hacia el interior el 07/11/1782.

No obstante los esfuerzos, fallece una docena de pobladores, hay muchos enfermos por desnutrición y crece el descontento de la gente que pide el regreso; entonces, Antonio de Viedma embarcó a los enfermos y murmuradores.

El 10/02/1783 se da orden de reducir las raciones a la mitad y poco después se marcha Viedma en busca de socorros, previa entrega del mando a Feliciano Iriarte. En Buenos Aires advierte la intención del virrey de abandonar Floridablanca.

Vértiz, el 01/08/1783 emite un informe completamente desalentador; el mismo día, por Real Cédula, el Rey ordena el levantamiento total y el 28/01/1784 se da cumplimiento al mandato: se destruye todo lo que no puede llevarse y se arrasa con las construcciones para que nadie pueda aprovecharlas.

viernes, 2 de octubre de 2026

SGM: Peiper en las Ardenas

Peiper en las Ardenas





«¿Cuánto tiempo le tomaría a su regimiento panzer recorrer 80 kilómetros de noche?». Peiper pudo haber respondido a la pregunta basándose en experiencias anteriores, pero no era de esos hombres a los que les gusta especular. 



Ordenó a uno de sus carristas más experimentados, Hans Hennecke, que recorriera aquella distancia a bordo de un Panther durante la noche del 11 de diciembre. Al día siguiente, Peiper informó con cierta nostalgia a Krämer que, si bien un solo carro podía realizar el trayecto, lograrlo con una columna entera en territorio enemigo y sobre carreteras heladas era una cuestión muy distinta. 



Peiper sospechaba que se estaba preparando un gran ataque nocturno. Aunque tenía la sospecha de que se avecinaba algo, aún no estaba seguro, por lo que decidió reforzar el entrenamiento de sus tripulaciones, haciéndolas practicar la conducción en terreno montañoso y sobre carreteras heladas. 




Sin embargo, no pudo continuar con los ejercicios por mucho tiempo debido a que ya se encontraban bastante cerca del enemigo y sus maniobras podrían ponerlos en estado de alerta. Lo peor era que que no se permitía ningún tipo de reconocimiento previo, ya que su presencia en la región de Eifel, lugar en el que se iba a llevar a cabo el ataque, debía permanecer completamente en secreto.





miércoles, 30 de septiembre de 2026

Patagonia: Los molinos de Trelew

Los molinos de Coslett Thomas en Trelew y Dolavon. Y el “moderno” de Escribano en Dolavon

La Voz del Chubut




Antiguo Molino Harinero de Trelew

En el libro de Matthew Henry Jones podemos leer que a fines de junio de 1914 Drafod, circuló por primera vez el rumor de que en breve se instalaría un molino harinero en Trelew, nueva industria que coadyuvaría al progreso, aclarándose que su propietario era de Trelew, por lo que se apresuraban a felicitar al nuevo industrial. Por su parte El Avisador Comercial informa el día 27 de junio que se están realizando construcciones en la falda de la loma, frente al ferrocarril para instalar un molino harinero que trabajará los trigos del Chubut y logrará el abaratamiento de la harina al no tener que pagar los fletes exagerados en este artículo de primera necesidad.

El periódico Y Drafod del 10 de julio nos informa: “El molino de harina que pertenece a una empresa de habitantes de la ciudad es afanosamente construido detrás del depósito de lana de la C. M. C. Es, sin duda, una aventura que pagará bien”.

Poco después se confirmó que el establecimiento pertenecía a Evan Coslett Thomas que estaba asociado con Evan Roberts, Trevor Jones y Thomas Freeman, y estaba ubicado en la actual Avenida Gales, entre Mitre y Rivadavia. Las máquinas fueron adquiridas en Gran Bretaña y el molino comenzó a funcionar a mediados de abril de 1915. En Setiembre de 1921 realizaba propaganda de reparto a domicilio de sus productos. Funcionó hasta la década del 40.

En agosto de 1920 el Y Drafod nos cuenta que había escasez de harina en el valle y el trigo se iba de las manos antes de la nueva cosecha, había oferta en la cordillera, sólo que su precio era alto. A pesar de ello se estaba disponiendo el envío de grandes cantidades de harina desde la cordillera al valle.

El 7 de noviembre de 1947 se produjo un incendio en las instalaciones del molino que en esa época se dedicaba a la limpieza y clasificación de semilla de alfalfa. Fue combatido en primer momento por personal del Distrito Militar y luego la Policía local, logrando controlarlo y evitó mayores pérdidas.

El señor Evan Coslett Thomas estuvo al frente de la firma hasta 1937, año en que se constituyó la firma Evan Coslett Thomas SRL, cuyos gerentes apoderados serían su hijo Alberto Thomas y su yerno don Gustavo Sundblad. Alrededor del año 1950 esta firma se disolvió, sus socios se dedicaron a otras actividades y el edificio abandonado se fue deteriorando.

Por Ordenanza N° 04547/93 se creó el “Registro Permanente de Bienes del Patrimonio Cultural y Natural” de la ciudad de Trelew, en el cual se incluyó este edificio. Se firmó un convenio con los propietarios de ese momento para recuperarlo y ponerlo en valor. Las obras fueron de envergadura, manteniendo el frente del edificio y agregando una parte nueva que también mantenía el estilo. Fue inaugurado en noviembre de 1997 con una exposición y a partir de marzo de 1999 se pudo admirar como restaurante. Hoy ocupado por la librería Mandala Libros.


Molino Dolavon de Evan Coslett Thomas

Nos relata Matthew Henry Jones en su capítulo de 1921, que desde hacía varios años el molino harinero de Trelew, propiedad de Evan Coslett Thomas compraba grandes cantidades de trigo en la zona de Dolavon y Tierra Salada (hoy 28 de Julio), y entonces con excelente criterio, resolvió instalar en Dolavon, en las cercanías de la estación del ferrocarril, otro molino harinero.

En un reportaje publicado en Patagonia Cero, Llwyd Thomas, hijo de Evan Coslett, relata que su padre compró un molino que había traído a Chubut T. Freeman para instalarlo en Trevelin y que por motivos que desconocía había quedado abandonado en Puerto Madryn. Ese fue el molino que se instaló en Dolavon.

ElY Drafod del 28 de enero de 1921 nos dice bajo el título Dolavon: “El molino de harina de la empresa Trelew, ha comenzado la construcción de un gran edificio, cerca de la vía férrea, para un molino harinero aquí. Se pretende que esté listo para comenzar a moler a principios del próximo mes de marzo”.

Los periódicos de comienzos de Febrero de 1921 indicaban que en poco tiempo en Dolavon quedaría terminado el edificio del molino que se estaba construyendo en esa localidad, el cual sería un gran adelanto para toda la Colonia. Agregaba que el propietario no omitía en gastos para que dicha obra sea un verdadero exponente del progreso de Dolavon. Este molino quedó habilitado en Marzo de 1921. El movimiento de toda la maquinaria se realizaba mediante un motor a gasoil.

En 1942 vemos por las propagandas en los periódicos que los molinos de Dolavon y Trelew y la producción diaria (12 horas de trabajo) era de 15 bolsas de harina. Eran administrados por los hijos de Evan Coslett Thomas y José Kent. Atendían la venta de toda clase de repuestos para máquinas agrícolas, además de la venta de grasas y lubricantes.

Trabajó hasta comienzos de 1951. El 4 de enero de 1952 se produjo in incendio que se cree originado en una chispa de la locomotora que lo destruyó totalmente, pese al esfuerzo de la Policía local y el Cuerpo de Bomberos de Trelew.



Interior del “Moderno” molino harinero de Dolavon y su maquinaria

El molino se construyó en 1927, comenzando a funcionar al año siguiente.

En Mayo de 1930 el Molino harinero “El Moderno” de Víctor Escribano, ubicado en Dolavon informa que sigue pagando más que otros molinos por el trigo molinero. Acusa a los otros molinos de bajar estacionalmente el precio de la harina como pretexto para pagar menores precios del trigo y la suben una vez realizadas sus compras, cosa que él no hace. Por su parte vende la harina La Palomita 000 al mismo precio que las harinas inferiores de los otros molinos.

En abril de 1935 el Molino de Víctor Escribano informa que cuenta con nuevas máquinas y reformas en los procedimientos de molienda, con lo que ha mejorado sus productos y también ha rebajado los precios de molienda cuando se superan los 5.000 kilos. En junio de 1938 insiste con esta propaganda e informa haber agregado una nueva máquina Cernidora y Clasificadora de Harina que le permitía obtener harina integral, 0, 00 y 000.

Este molino funcionó hasta la década del 40 en que fue cerrado. Reabrió en 1968 funcionando solamente por 3 años. Se cerró nuevamente hasta que finalmente la Municipalidad de Dolavon lo adquiere como atractivo turístico y lo alquila a Raúl Velazco que lo pone en marcha desde 1985 hasta 1991, cerrando por su poca rentabilidad y las quejas de los vecinos (se quejaban de las vibraciones que provocaba el molino). En 1997 un grupo de jóvenes formó la “Comisión Juvenil Dolavon” que lo limpió y refaccionó para atraer turistas, pero desistieron a los dos años.

Es el único molino en el Valle del Chubut que se mantiene intacto con su edificio y sus máquinas en funcionamiento.

martes, 29 de septiembre de 2026

Inglaterra: El gran incendio de Londres de 1212

El gran incendio de Londres de 1212



El 10 de julio de 1212, Londres sufrió un incendio de proporciones y consecuencias devastadoras. Y aunque somos llegar a las cifras alcanzadas en el conocido como El gran incendio de Londres (1666),  el que se produjo en 1212, fue para muchos londinenses, algo que se parecía mucho al infierno bíblico. 
Murieron no menos de 3.000 personas. Tengamos en cuenta, que por entonces la población total de Londres ascendía a los 50.000 habitantes, de modo que el fuego, directa o indirectamente, mató al siete por ciento de su población.
El incendio se desató en el barrio de Southwark, ubicado al sur del río Támesis. Y en esa zona se alzaba la Iglesia de St. Mary Overie, que fue lo primero que empezó a arder. El fuego continuó su avance por la calle Borough, alcanzando finalmente London Bridge (el Puente de Londres). El London Bridge, tras un incendio que lo había destruido en 1135, se había vuelto a reconstruir, esta vez de piedra, precisamente para que no pudiera arder. Pensaban los londinenses qué la tragedia no se volvería a repetir. Pero cuando el incendio de 1212 alcanzó al puente,  efectivamente éste no se quemó, pero sí que lo hicieron las edificaciones y las tiendas, construidas en su mayor parte de madera, y con techumbre de paja.
Se sabe que el fuego alcanzó el puente por ambos extremos, de modo que quienes se encontraban en él, hubieron de enfrentarse a una terrible decisión: morir quemados, o saltar al Támesis y morir ahogados. Lo que nunca se ha podido determinar es qué  fue lo que causó el incendio, debiendo entenderse todas las razones que se han apuntado como especulaciones sin probar.


lunes, 28 de septiembre de 2026

SGM: La resistencia francesa al rescate de un marido

Lucie Aubrac y el rescate de su marido





En 1943, la Gestapo finalmente capturó a Raymond Aubrac, uno de los líderes de la Resistencia francesa más buscados.

La policía secreta alemana lo sentenció a muerte, y su ejecución estaba a solo días de distancia.

En ese preciso momento, su esposa Lucie estaba embarazada de seis meses de su segundo hijo.

La mayoría de las personas se habrían escondido, llorado en silencio y esperado un milagro.

Lucie Aubrac eligió un camino diferente.

Usando documentos de identidad falsificados y una historia cuidadosamente elaborada, caminó directamente a la oficina de Klaus Barbie, el hombre que la historia recordaría como el Carnicero de Lyon.

Lo miró a los ojos y lo convenció de permitir una última visita con su esposo condenado.

Pero no estaba allí para despedirse.

Dentro de la prisión, Lucie estudió todo.

Memorizó las posiciones de los guardias, contó el tiempo entre las patrullas y trazó la ruta exacta que seguiría el camión de la prisión.

Cada detalle se convirtió en parte de una misión cuidadosamente planificada.

El 21 de octubre de 1943, el camión de la prisión transportaba a Raymond y a otros prisioneros por las calles de Lyon hacia lo que debería haber sido su destino final.

Lo que los guardias alemanes no sabían era que Lucie había pasado semanas reuniendo un equipo de la Resistencia y planeando una emboscada con una precisión extraordinaria.

Cuando el camión llegó al lugar elegido, su equipo atacó sin dudar.

Se desató un tiroteo.

En medio del caos, Raymond Aubrac fue sacado del camión y liberado.

La operación había sido organizada por una mujer que estaba visiblemente embarazada.

Tras el rescate, la pareja desapareció en la clandestinidad.

Semanas después, Lucie dio a luz a su hija en una casa segura secreta mientras las fuerzas alemanas buscaban por toda Francia.

Permanecieron libres hasta que la guerra finalmente terminó.

Cuando regresó la paz, eligieron reconstruir en lugar de retirarse.

Raymond se convirtió en ingeniero y ayudó a reconstruir la infraestructura de Francia.

Lucie se convirtió en una respetada historiadora, dedicando su vida a asegurar que las mujeres de la Resistencia francesa nunca fueran olvidadas.

Juntos criaron a tres hijos, compartieron décadas de vida y envejecieron uno al lado del otro.

Cuando le preguntaron por qué arriesgó todo, Lucie respondió sin dudar.

"Era mi esposo. ¿Qué más iba a hacer?"

Su historia demostró que el amor es más fuerte cuando se niega a rendirse, incluso en los momentos más oscuros de la historia.