lunes, 28 de septiembre de 2026

SGM: La resistencia francesa al rescate de un marido

Lucie Aubrac y el rescate de su marido





En 1943, la Gestapo finalmente capturó a Raymond Aubrac, uno de los líderes de la Resistencia francesa más buscados.

La policía secreta alemana lo sentenció a muerte, y su ejecución estaba a solo días de distancia.

En ese preciso momento, su esposa Lucie estaba embarazada de seis meses de su segundo hijo.

La mayoría de las personas se habrían escondido, llorado en silencio y esperado un milagro.

Lucie Aubrac eligió un camino diferente.

Usando documentos de identidad falsificados y una historia cuidadosamente elaborada, caminó directamente a la oficina de Klaus Barbie, el hombre que la historia recordaría como el Carnicero de Lyon.

Lo miró a los ojos y lo convenció de permitir una última visita con su esposo condenado.

Pero no estaba allí para despedirse.

Dentro de la prisión, Lucie estudió todo.

Memorizó las posiciones de los guardias, contó el tiempo entre las patrullas y trazó la ruta exacta que seguiría el camión de la prisión.

Cada detalle se convirtió en parte de una misión cuidadosamente planificada.

El 21 de octubre de 1943, el camión de la prisión transportaba a Raymond y a otros prisioneros por las calles de Lyon hacia lo que debería haber sido su destino final.

Lo que los guardias alemanes no sabían era que Lucie había pasado semanas reuniendo un equipo de la Resistencia y planeando una emboscada con una precisión extraordinaria.

Cuando el camión llegó al lugar elegido, su equipo atacó sin dudar.

Se desató un tiroteo.

En medio del caos, Raymond Aubrac fue sacado del camión y liberado.

La operación había sido organizada por una mujer que estaba visiblemente embarazada.

Tras el rescate, la pareja desapareció en la clandestinidad.

Semanas después, Lucie dio a luz a su hija en una casa segura secreta mientras las fuerzas alemanas buscaban por toda Francia.

Permanecieron libres hasta que la guerra finalmente terminó.

Cuando regresó la paz, eligieron reconstruir en lugar de retirarse.

Raymond se convirtió en ingeniero y ayudó a reconstruir la infraestructura de Francia.

Lucie se convirtió en una respetada historiadora, dedicando su vida a asegurar que las mujeres de la Resistencia francesa nunca fueran olvidadas.

Juntos criaron a tres hijos, compartieron décadas de vida y envejecieron uno al lado del otro.

Cuando le preguntaron por qué arriesgó todo, Lucie respondió sin dudar.

"Era mi esposo. ¿Qué más iba a hacer?"

Su historia demostró que el amor es más fuerte cuando se niega a rendirse, incluso en los momentos más oscuros de la historia.

sábado, 26 de septiembre de 2026

Babilonia: Homenaje de un hijo a su padre

Texto en Acadio-Babilónico




 

El texto está en acadio babilónico (similar al sumerio) escrito con caracteres cuneiformes. La escritura cuneiforme podía utilizarse para varias lenguas, del mismo modo que el alfabeto latino sirve para escribir español, inglés o francés.

La pieza está identificada: es la estela conmemorativa BM 90834, procedente del templo de Marduk en Babilonia y datada aproximadamente entre 900 y 800 a. C. Fue levantada por Marduk-balāssu-iqbi en honor de su padre Adad-eṭir, funcionario y sacerdote del templo. Los dos hombres representados son el padre y el hijo. (Museo Británico)

Traducción al castellano

Esta es la imagen de Adad-eṭir, portador de la daga de Marduk, favorecido por Sîn, Šamaš y Nergal, reverente ante Nabû y Marduk, y leal al rey, su señor.

Marduk-balāssu-iqbi, su hijo mayor, la hizo y la erigió para los días futuros, para su descendencia y su posteridad. (Archivo de Internet)

Quienquiera que, en los días venideros, destruya esta imagen o esta piedra conmemorativa, o haga que desaparezcan mediante alguna maniobra engañosa:

que Marduk, el gran señor, lo contemple con ira y haga desaparecer su nombre y su descendencia;

que Nabû, escriba de todas las cosas, acorte el número de sus días.

Pero que aquel que proteja esta piedra sea colmado con la plenitud de la vida. (Archivo de Internet)

La estructura es bastante típica: primero se identifica y elogia al homenajeado; después se explica quién levantó el monumento; finalmente aparece una maldición protectora contra quien lo destruya y una bendición para quien lo conserve.

Los símbolos de la parte superior representan al disco solar alado de Šamaš, la media luna de Sîn y una maza con cabeza de león vinculada a una divinidad protectora. La fotografía no tiene resolución suficiente para reconstruir responsablemente cada signo de manera independiente, pero el texto completo fue publicado y transliterado por L. W. King en 1912. (Archivo de Internet)

viernes, 25 de septiembre de 2026

Conquista de México: La batalla de Otumba

La batalla de Otumba

 

La batalla de Otumba ocurrió en el marco de la Conquista de México alrededor del 8 de julio de 1520 y en la misma se enfrentaron fuerzas mexicas encabezadas por Cihuacóatl Matlatzincántzin y las de Hernán Cortés compuestas por tropas españolas y sus aliados tlaxcaltecas. Otumba fue la última oportunidad que tuvieron los mexicas para derrotar a los españoles, sin embargo, eso no ocurrió y las fuerzas de Cortés obtuvieron la victoria, aunque contaban con extrema inferioridad numérica. 




La caballería castellana fue la clave de la batalla ya que los aztecas nunca se habían enfrentado a un ataque de tropas montadas y entraron en pánico al ver el avance de las mismas. 
Mientras esto ocurría, Cortés pudo divisar a lo lejos a Cihuacóatl, el caudillo de los mexicas, y sin perder tiempo realizó una carga en conjunto con otros jinetes españoles contra el líder azteca logrando matarlo. Los guerreros mexicas al ver a,su caudillo muerto, rompieron filas y comenzaron a combatir desorganizadamente lo cual combinado con la superioridad tecnológico-armamentística de los españoles produjo la victoria para estos últimos.
Como resultado de esta victoria, las fuerzas de Cortés pudieron alcanzar el refugio de Tlaxcala donde se reagruparon y reforzaron para realizar un eventual contraataque en lo profundo de territorio azteca que resultó en la caída de Tenochtitlan y la fundación de la Nueva España. 

jueves, 24 de septiembre de 2026

URSS: La venganza de Andropov

 

El juramento del padre

Un drama soviético sobre el poder, el silencio y la Guerra Fría

Moscú, primavera de 1975.

La capital soviética vivía envuelta en una calma artificial. En las avenidas flameaban banderas rojas, los altoparlantes repetían consignas sobre la unidad del pueblo y los diarios celebraban, una vez más, los triunfos inevitables del socialismo.

Pero detrás de las fachadas monumentales, de los retratos de Lenin y de los desfiles perfectamente coreografiados, la ciudad respiraba miedo.

En una sola noche desaparecieron tres jóvenes.

Alexéi Krímov, de veintitrés años, hijo de un influyente funcionario del Partido. Víktor Bélov, de veinticinco, ingeniero y promesa de la industria soviética. E Ígor Savin, de veinticuatro, periodista ambicioso, convencido de que algún día escribiría artículos que llegarían hasta el Kremlin.

Los tres se esfumaron sin dejar rastros.

En el departamento de Krímov quedó una taza de té frío junto a una carta inconclusa. En la habitación de Bélov, una camisa todavía colgaba del respaldo de una silla. En el escritorio de Savin permanecía abierta una libreta con nombres, fechas y anotaciones cifradas.

La milicia hizo preguntas rutinarias. Los vecinos bajaron la voz. Las familias recibieron respuestas vagas.

Tal vez habían escapado.

Tal vez habían desertado.

Tal vez los había reclutado alguna oficina secreta del Estado.

En Moscú, cuando alguien desaparecía, la verdad siempre tenía demasiadas puertas cerradas.

Sin embargo, en los corredores de la Lubianka, sede del Comité para la Seguridad del Estado, nadie tenía dudas.

El KGB sabía exactamente qué había ocurrido.

Los tres jóvenes habían atacado a una estudiante de la Universidad Estatal de Moscú llamada Svetlana Sokolova.

No era una estudiante cualquiera.

Aunque ella misma lo ignoraba, Svetlana era hija de Yuri Vladímirovich Andrópov, presidente del KGB y uno de los hombres más poderosos de la Unión Soviética.

En el aparato comunista, el poder no necesitaba presentarse ante un tribunal. No tenía que explicar sus decisiones ni rendir cuentas. Se movía detrás de puertas acolchadas, dentro de sobres sin membrete y a través de llamadas que nadie se atrevía a registrar.

Cuando Andrópov recibió el informe, lo leyó sin decir una palabra.

Se quitó los anteojos.

Los dejó cuidadosamente sobre el escritorio.

Afuera nevaba sobre las murallas del Kremlin, aunque la primavera ya había comenzado. Adentro, el aire parecía inmóvil.

—Encuéntrenlos antes del amanecer —ordenó—. Ningún juicio. Ningún expediente público.

El coronel que estaba frente a él esperó unos segundos.

—¿Qué procedimiento debemos aplicar, camarada presidente?

Andrópov volvió a ponerse los anteojos.

—Desaparición administrativa.

En el lenguaje del KGB, aquellas palabras no eran una metáfora.

Significaban borrar a una persona de los registros, de los archivos, de los recuerdos oficiales. Convertir una vida en una ausencia imposible de demostrar.

El Estado soviético sabía encarcelar, deportar y ejecutar.

Pero su habilidad más temida era otra: sabía hacer que alguien nunca hubiera existido.

La hija secreta

La historia había comenzado muchos años antes, en 1953, cuando Stalin acababa de morir y Moscú estaba atravesada por rumores de conspiraciones, purgas y traiciones.

Andrópov, todavía un funcionario en ascenso, había conocido a María Sokolova, esposa de Nikolái Sokolov, un veterano condecorado de la guerra contra Alemania.

La relación entre ambos debía permanecer oculta.

En una sociedad donde el Partido vigilaba incluso la vida privada de sus dirigentes, reconocer un adulterio podía destruir una carrera. Mucho más si ese vínculo amenazaba con convertirse en un escándalo dentro de la burocracia comunista.

Cuando María quedó embarazada, Andrópov tomó una decisión.

La niña llevaría el apellido Sokolova.

Nikolái sería legalmente su padre.

El Estado conservaría el secreto.

Svetlana creció creyendo que era hija de un héroe de guerra. Vivió en un departamento modesto, estudió, participó en organizaciones juveniles y aprendió a repetir las consignas que todo ciudadano soviético debía conocer.

Nunca supo que hombres del KGB informaban periódicamente sobre sus estudios, amistades y movimientos.

Nunca supo que, desde la distancia, uno de los jefes del sistema observaba su vida como si fuera un expediente confidencial.

Andrópov no podía reconocerla.

Tampoco podía olvidarla.

Los hijos de la nomenklatura

Krímov, Bélov y Savin pertenecían a una generación criada bajo el amparo de la élite soviética.

Sus padres ocupaban cargos, administraban fábricas, firmaban permisos y decidían quién obtenía un departamento, un automóvil o un puesto privilegiado.

En teoría, la Unión Soviética era una sociedad sin clases.

En la práctica, los hijos de la nomenklatura sabían que algunas puertas se abrían para ellos y permanecían cerradas para los demás.

Krímov creía que el apellido de su padre lo protegía.

Bélov confiaba en su futuro dentro de la industria estatal.

Savin, el periodista, se consideraba más inteligente que todos. Había investigado el pasado de Svetlana y descubierto indicios sobre su verdadera identidad.

Pensó que ese secreto era su garantía.

Estaba convencido de que Andrópov jamás permitiría que se conociera la existencia de una hija no reconocida. Creía que el jefe del KGB preferiría guardar silencio antes que provocar un escándalo dentro del Partido.

Confundió el miedo al escándalo con debilidad.

En la Unión Soviética, los secretos no limitaban el poder.

Lo alimentaban.

La operación

El operativo comenzó antes del amanecer.

Krímov salió a correr por el parque Sokólniki, como hacía todas las mañanas. Dos hombres vestidos con ropa deportiva lo siguieron durante varias cuadras.

Un vehículo sin identificación esperaba junto a una entrada lateral.

Nadie escuchó un disparo.

Nadie vio una detención.

Cuando un jardinero pasó por el lugar, sólo encontró huellas sobre el barro y una bufanda abandonada junto a un banco.

Bélov fue interceptado al salir de la planta donde trabajaba. Un automóvil oficial se detuvo a su lado. Uno de los agentes le mostró una credencial.

—Debe acompañarnos para responder unas preguntas.

Bélov no se resistió. En la Unión Soviética, resistirse a una credencial del Estado equivalía a declararse culpable.

Savin fue el último.

Lo encontraron en un club de jazz del Arbat, rodeado de humo, música extranjera y conversaciones en voz baja. Durante años había escrito artículos contra la decadencia occidental, pero admiraba los discos norteamericanos que circulaban clandestinamente por Moscú.

Los agentes lo sacaron por una puerta trasera.

En la Lubianka fue interrogado durante horas.

Savin intentó negociar.

Habló de nombres, documentos y funcionarios. Prometió revelar redes de corrupción y contactos con diplomáticos extranjeros. Dijo que poseía información capaz de comprometer a miembros del Comité Central.

Los interrogadores escucharon sin interrumpirlo.

En plena Guerra Fría, cualquier acusación de espionaje podía condenar a un hombre. Pero Savin no comprendía que ya no estaba siendo interrogado para obtener información.

Estaba siendo interrogado para completar un archivo que luego sería destruido.

Setenta y dos horas después, los tres habían desaparecido.

Las mentiras oficiales

A cada familia le dieron una explicación diferente.

A los padres de Krímov les dijeron que su hijo había sido enviado a Norilsk para participar en un proyecto industrial reservado.

A la familia de Bélov le informaron que había sido trasladado a una ciudad cerrada, donde trabajaría en tecnología militar.

Sobre Savin circuló otra versión: habría huido hacia Occidente después de contactar a una embajada extranjera.

Las historias eran contradictorias.

Pero en el sistema soviético, una contradicción oficial no debilitaba la mentira. La hacía más difícil de investigar.

Los familiares presentaron pedidos, escribieron cartas y esperaron respuestas.

Los funcionarios prometieron averiguar.

Los expedientes pasaron de una oficina a otra.

Cada sello agregaba una nueva capa de silencio.

Con el tiempo, las familias comprendieron que insistir podía resultar peligroso. Preguntar demasiado podía convertir a un padre, una madre o un hermano en sospechoso de actividades antisoviéticas.

Así funcionaba el miedo: primero desaparecía una persona; después, el resto aprendía a no pronunciar su nombre.

Svetlana

Svetlana sobrevivió al ataque, pero no recuperó su libertad.

Después de los hechos, un funcionario le reveló parcialmente la verdad sobre su origen. No le dio explicaciones completas. No pronunció palabras como “hija” ni “padre”.

Sólo le dijo:

—El camarada Andrópov ha asumido personalmente la responsabilidad de su seguridad.

Desde ese momento, Svetlana comprendió que había dejado de ser una estudiante común.

La acompañaban hombres que fingían leer diarios en los cafés. Sus llamadas telefónicas producían ecos extraños. Algunas cartas nunca llegaban a destino. Ciertos amigos dejaron de visitarla después de recibir advertencias anónimas.

Sus atacantes habían desaparecido.

Pero también había desaparecido una parte de su propia vida.

No podía denunciar.

No podía preguntar.

No podía contarle a nadie quién era realmente su padre.

El mismo Estado que la había protegido la había convertido en prisionera de su secreto.

Andrópov había castigado a los responsables, pero no había buscado justicia.

Había usado el aparato represivo del comunismo para resolver una tragedia personal.

En lugar de un proceso, hubo órdenes.

En lugar de pruebas, hubo expedientes cerrados.

En lugar de condenas, hubo desapariciones.

El ascenso de Andrópov

Mientras las familias esperaban noticias que nunca llegarían, la carrera de Andrópov continuó.

Su influencia creció dentro del Partido Comunista. Bajo su dirección, el KGB persiguió disidentes, vigiló escritores, internó opositores en hospitales psiquiátricos y combatió cualquier señal de desafío al régimen.

En Occidente, los servicios de inteligencia estudiaban cada uno de sus movimientos. Washington veía en él a un estratega frío. Londres lo consideraba uno de los hombres más peligrosos del bloque soviético.

Dentro de la URSS, pocos se atrevían a mencionarlo sin bajar la voz.

En los años siguientes, la Guerra Fría entró en una nueva etapa de tensión. Misiles, agentes dobles, guerras indirectas y operaciones clandestinas mantenían al mundo al borde de una catástrofe nuclear.

Andrópov llegó finalmente a la conducción del Partido Comunista.

Para entonces, el caso de los tres jóvenes había sido enterrado bajo toneladas de burocracia.

Las fichas desaparecieron de los archivos.

Las fotografías fueron retiradas.

Los nombres dejaron de aparecer en registros universitarios y laborales.

El Estado no sólo había eliminado a tres hombres.

Había eliminado las pruebas de su eliminación.

El derrumbe

A fines de los años ochenta, la Unión Soviética comenzó a resquebrajarse.

Las consignas ya no alcanzaban para ocultar la escasez, la corrupción y el agotamiento del sistema. Los archivos empezaron a abrirse. Viejos funcionarios hablaron. Antiguos presos regresaron. Familias enteras comenzaron a preguntar por los desaparecidos de décadas anteriores.

En 1991 cayó la bandera roja sobre el Kremlin.

El país que había prometido construir una sociedad nueva se desintegró entre golpes de Estado, crisis económicas y documentos secretos.

Sin embargo, no todos los archivos fueron encontrados.

Algunos habían sido quemados.

Otros habían sido modificados.

Muchos continuaron ocultos en depósitos controlados por hombres formados en el antiguo aparato de seguridad.

El supuesto expediente conocido como “Operación Justicia” nunca apareció completo.

Sólo quedaron versiones, testimonios contradictorios y rumores transmitidos por antiguos agentes.

Para algunos, la historia era una invención nacida durante los últimos años de la Unión Soviética.

Para otros, era la prueba perfecta de cómo había funcionado el régimen: un sistema en el cual la verdad dependía de quién controlaba los archivos.

Svetlana guardó silencio durante el resto de su vida.

Las familias de Krímov, Bélov y Savin murieron sin obtener respuestas.

Y Moscú continuó levantándose cada mañana sobre sus propios secretos.

Epílogo

Aquella historia no trataba solamente sobre la venganza de un padre.

Trataba sobre una forma de poder que no reconocía límites entre el Estado y la vida privada.

Andrópov pudo creer que estaba protegiendo a su hija. Sin embargo, al ordenar la desaparición de tres hombres, convirtió su dolor personal en una decisión política y al aparato soviético en un instrumento de venganza.

Los responsables del ataque no enfrentaron un tribunal.

Svetlana no recibió justicia.

Las familias no conocieron la verdad.

Todos quedaron atrapados en una maquinaria construida para preservar al Partido, aun cuando eso exigiera deformar la realidad.

En la lógica de la Guerra Fría, cada secreto podía convertirse en un arma.

En la lógica del comunismo autoritario, el Estado decidía qué había sucedido, quién era culpable y qué vidas merecían ser recordadas.

No había preguntas.

No había juicio.

No había misericordia.

Sólo quedaba el silencio de los archivos y la certeza de que, cuando el poder controla la memoria, también puede intentar borrar la verdad.

miércoles, 23 de septiembre de 2026

Crisis del Beagle: Relatos de la vida de conscriptos chilenos

Ex conscriptos de 1978 relatan cómo vivieron el conflicto del Beagle

Un grupo de jóvenes fue trasladado al sur de Chile para defender la frontera del país de una invasión argentina que nunca llegó.
Diario El Día



Hoy rondan los 60 años, pero hace 40 años atrás, cuando apenas abandonaban la adolescencia, jóvenes conscriptos del entonces Regimiento “Arica” de La Serena fueron trasladados al sur del país para defender la soberanía chilena de una probable invasión argentina, en lo que se denominó el Conflicto del Beagle.

En la actualidad, los ex conscriptos del año 1978 anhelan que sus esfuerzos sean reconocidos por la sociedad y el Estado. Advierten que, de alguna forma, se sienten olvidados.

Un viaje inesperado

Segundo Tello, Humberto Lazo, Héctor Rojas, Víctor Echeverría, Mario Mendieta y Ricardo Prado son parte de un grupo de 37 jóvenes que hacían su Servicio Militar en el Regimiento Arica de La Serena a fines de los 70.

En 1978, Chile estaba enfrentado en un conflicto político con Argentina por la traza de la boca oriental del Canal Beagle. Un conflicto que sólo años después se hizo público en nuestro país en su total dimensión y que hasta el día de hoy ha sido poco conocido, y que el director Alex Bowen recreó muy bien en la película “Mi Mejor Enemigo” el año 2005.

Víctor Echeverría cuenta que durante su período de instrucción sabían que serían destinados a Arica, pero por filtraciones de otros soldados se enteraron de los cambios de planes y que viajarían a Punta Arenas. Algo en lo que coincide Mario Mendieta, quien señala que gracias a su padrino, que era suboficial mayor, se enteró que su destino serían las tierras australes.

“Me fui algo abrigado y con zapatos mocasines que se usaban en la época, y allá dábamos la hora porque era un clima distinto”, recuerda.

Héctor Rojas, recrea que el viaje se hizo bajo el amparo de la noche. “Todo el traslado nuestro fue nocturno, sin que la población se diera cuenta, en buses con cortinas cerradas, con el avión de Santiago a Punta Arenas despegando a las 2 de la madrugada y después llegamos al regimiento”.

Mendieta agrega que una vez que llegaron a Punta Arenas se juntaron. Un paso inicial en una relación fraternal que ha persistido en el tiempo. “Éramos 37, teníamos un capitán que nos mandó a todos al Regimiento Caupolicán. De ahí nos derivaron”.

Rojas enfatiza en que fueron días difíciles, “con soldados provenientes de distintos puntos del país, con hambre. Habían soldados que comíamos dos o tres de un mismo plato, dos cucharadas uno y luego dos cucharadas otro, realmente la pasábamos mal”. Después vinieron las designaciones.

Estadía y La última cena

De su estadía, Segundo Tello dice que nunca supieron a lo que iban. “Cuando llegamos nos encontramos con una realidad caótica, porque, primero, no teníamos ni siquiera un lugar dónde dormir. Durante un tiempo, dormimos en las galerías del estadio del regimiento y había militares por todos lados de la ciudad”, expresa.

Tiempo después, los conscriptos fueron distribuidos en distintos puntos de la frontera. “A mí me correspondió estar en una compañía de comandos en el Regimiento de Blindados Número 5 de Punta Arenas y luego, en terreno, en la frontera. Fui destinado a los alrededores de las cuevas de Pali-Aike en Punta Arenas, donde ya andamos de civil, de guerrillero: patilludos y con una ametralladora debajo del poncho”.

En los recorridos por la frontera, los conscriptos chilenos se encontraban con sus “colegas” argentinos. “Con ellos conversábamos y nos decían que tenían hambre y ganas de fumar. Nosotros lo único que teníamos era cigarrillos y les regalábamos”, asegura Segundo Tello, quien añade que “nos preguntamos mutuamente cuánto tiempo tenían allí, cuántas veces eran abastecidos o si tenían agua en forma permanente”, agrega.

Héctor Rojas recuerda que en esa época vivían prácticamente bajo tierra, “estábamos en una trinchera, durmiendo y comiendo allí”. En su caso, “éramos una especie de grupo de avanzada, éramos grupos de ocho, éramos el grupo de choque, barba, bigote, con guantes, bien desastrosos y más parecíamos mercenarios que soldados”.

Mario Mendieta, en tanto, fue destinado  al área de telecomunicaciones, en que le tocó interceptar mensajes y conocer más de la estrategia de los argentinos. Ahí se enteró de que por las noches los trasandinos hacían simulacros “en que se preparaban para el conflicto”.

Todos recuerdan la escasa comunicación que tuvieron con sus parientes, que atribuyen al reguardo dada las circunstancias.

“No teníamos televisor, celular como se usa ahora. Estábamos aislados y leíamos las cartas si es que llegaban, porque supe después que las quemaban. Hubiera sido bueno haberlas guardado porque estábamos in situ”, dice.

Lazo, señala que entre los efectos de la prolongada estadía en las trincheras, los conscriptos perdieron la noción del tiempo con el transcurso de los meses. “No sabíamos en qué día estábamos viviendo. Si era lunes o martes, daba lo mismo, sólo veíamos pasar las horas”.

Uno de los hechos que marcaron a estos exuniformados fue lo que se denominó la última cena.


“Me acuerdo de una navidad, el 19 de diciembre de 1978 fue el tiempo más crítico entre Chile y Argentina, a nosotros nos hicieron firmar un documento el cual podíamos enviar algo a nuestra familia, nos dieron la última cena, en que nos entregaron un escapulario. Era triste, llegaba la Navidad y nos dieron una bolsa con medio pollo, medio cartón de cigarros y caramelos, media botella de ron, y hacíamos té caliente, lo poníamos en el hielo para tomarlo como una bebida”.

Humberto Lazo cuenta que “en ese momento, nos pasaron un medalla de guerra para que en  caso de falleciéramos en combate, fuéramos reconocidos”.

Para Ricardo Prado, en tanto, como parte de la Unidad de Ingenieros, encargada de dinamitar puentes, plantar minas, repeler con bombas, ese diciembre le correspondió esperar en la avanzada. “Cuando estaban avanzando, lo único que faltó es que pasara un camión y se iniciara el combate”, dice.

Gracias a la mediación del Papa Juan Pablo II, un 24 de diciembre de 1978 se inició un diálogo que permitió que la guerra no se concretara. “Ese día comenzamos a respirar más tranquilos porque podíamos volver a nuestros hogares”, dice Lazo, quien había dejado a su polola en La Serena y con quien a su regreso, contrajo matrimonio.

El regreso tampoco fue una nota alegre para todos. Cuenta  Echeverría que fue  uno de los últimos en volver debido a las condiciones climáticas. “Cuando se mejoró el tiempo cruzó la barcaza y nos encontramos con la gente de Puerto Natales y nos dejaron en Santiago botados”, dice.

Relata que quedó a la deriva y que gracias a un compañero que tenía familia en Santiago permaneció en la capital por cerca de una semana, en un hecho que le parece increíble. “Me quedé una semana en Santiago y mi familia me estaba esperando”.

Los soldados desconocidos

La mayor parte de los exconscriptos coinciden que las circunstancias les forjó lazos especiales, pero Héctor Rojas enfatiza es el desinterés y poca empatía hacia quienes vivieron estos hechos.

Rojas, que se casó con una mujer argentina y tiene hijos de esa nacionalidad, señala que sabe que en Argentina a los soldados que estuvieron en el conflicto “salieron como excombatientes y con una jubilación”.

“Acá hemos tratado de pelear por algo como eso, que algo se recuerde.  Acá a todos se recuerda: se cayó alguien a un hoyo, lo sacan y lo recuerdan. A nosotros nadie nos recuerda a menos que hagamos este tipo de cosas para que sepan lo que realmente pasamos”, dice.

Rojas agrega que “como hombres y niños lloramos nuestras lágrimas porque estábamos lejos de la familia. Cada vez que nos juntamos es una alegría y una tristeza también, porque cuando un compañero se muere, nadie sabe directamente nada. Es bueno que la gente se recuerde que nosotros aunque fuera inconscientemente estábamos para defender un país y creo que es importante”.

Reconocimiento

Humberto Lazo es actualmente funcionario de la municipalidad de La Serena y en septiembre del 2017 fue invitado por el regimiento “Caupolicán” de Punta Arenas, para recibir una medalla por su participación en el conflicto por el canal Beagle.

Lazo indica que la unidad militar puntarenense cumplirá 50 años de existencia en abril del año 2019 y como una forma de homenajear a los jóvenes chilenos que se sumaron a las filas del Ejército para defender al país en el marco del Conflicto del Beagle, realizará un homenaje a los ex conscriptos.

Lazo reconoce que “la mayoría de quienes tenían 18 años en esa época no han regresado al sur, a esas tierras donde pasamos momentos muy difíciles y donde vivimos tristezas y alegrías, donde nos convertimos en camaradas”.

“Después de 40 años tendremos la oportunidad de recorrer nuevamente los lugares donde estuvimos desplegados (...) Para nosotros es un orgullo haber defendido nuestra  soberanía”, agrega.

 

martes, 22 de septiembre de 2026

Malvinas: La ayuda de Cabo Verde a Argentina

La audacia de una nación pequeña ante un conflicto gigante


Durante la Guerra de Malvinas, el Reino Unido enfrentó un desafío logístico enorme: Debía sostener una fuerza militar a miles de kilómetros de su territorio. La campaña británica dependió de rutas aéreas y marítimas extensas, con un rol central de la isla Ascensión, territorio británico en el Atlántico medio, utilizada como base de apoyo para aviones Hércules, buques y operaciones de reabastecimiento.




También eligieron como alternativa la pista ubicada en la Isla de Sal a lo cual Cabo Verde le negó al Reino Unido el uso del aeropuerto posición que fue interpretada como un gesto de respaldo político hacia la Argentina y como una señal de autonomía frente a las presiones de las potencias occidentales.

Por qué el aeropuerto de Sal era estratégico para Reino Unido

El Aeropuerto Internacional Amílcar Cabral, ubicado en la isla de Sal, no era un punto cualquiera en el mapa. Desde mediados del siglo XX, la terminal aérea caboverdiana fue utilizada como escala de larga distancia por distintas compañías internacionales debido a su posición privilegiada en el Atlántico. Incluso, su pista principal cuenta con unos 3.000 metros, una extensión clave para operaciones de largo radio.

En ese contexto, Sal aparecía como una alternativa geográfica de enorme valor. Su cercanía relativa a las rutas del Atlántico y su infraestructura aeroportuaria podían facilitar escalas, reabastecimiento o apoyo logístico. Por eso, la negativa de Cabo Verde a habilitar ese uso tuvo una lectura política que excedió lo estrictamente operativo.

Un pequeño país africano frente a una potencia mundial

Cabo Verde era entonces un Estado joven. Había alcanzado su independencia de Portugal el 5 de julio de 1975, apenas siete años antes del conflicto de Malvinas. Su identidad política estaba atravesada por el proceso de descolonización africana y por la figura de Amílcar Cabral, líder independentista que dio nombre al aeropuerto de Sal y se convirtió en símbolo de la lucha anticolonial en África occidental.

Por eso, la posición de Cabo Verde fue leída como parte de una sensibilidad política más amplia: La de los países recientemente independizados que miraban con desconfianza las estructuras coloniales heredadas del siglo XIX.

Malvinas, África y la diplomacia del Atlántico Sur

El episodio de Sal permite mirar la Guerra de Malvinas desde una perspectiva menos habitual: no solo como un conflicto militar entre Argentina y Reino Unido, sino también como una disputa que atravesó al Atlántico Sur, África occidental y el tablero diplomático.

La negativa caboverdiana al uso del aeropuerto de Sal, en ese marco, tuvo valor diplomático si bien en si modificó por sí sola el resultado de la guerra, pero sí mostró que la posición internacional frente al conflicto no era monolítica.

El antecedente de 1982 que conecta con el presente,

Con el paso de los años, el aeropuerto de Sal volvió a quedar vinculado a las rutas británicas hacia las Malvinas. Décadas después de la guerra, el puente aéreo entre el Reino Unido y las islas utilizó Cabo Verde como escala de reabastecimiento cuando la pista de Ascensión presentó problemas operativos. En 2017, el Ministerio de Defensa británico confirmó que los vuelos del South Atlantic Airbridge pasarían por Sal, Cabo Verde, debido al estado de la pista en Ascensión.

Ese dato actualiza la importancia estratégica de Sal y refuerza el interés histórico del antecedente de 1982. Lo que en plena guerra fue un gesto político de distancia frente al Reino Unido, décadas más tarde se transformó en una ruta funcional para el puente aéreo británico hacia Mount Pleasant, la base construida en Malvinas después del conflicto. A más de cuatro décadas de la guerra, el episodio vuelve a iluminar una pregunta clave: Cómo los países pequeños, incluso con recursos limitados, pueden tomar decisiones de alto impacto simbólico frente a las grandes potencias.

En 1982, Cabo Verde lo hizo desde un lugar estratégico y político. Y para la Argentina, esa negativa al Reino Unido quedó como un antecedente que merece ser recordado dentro de la historia diplomática de Malvinas.

Por: Yasmin Ali-Redactora sobre historia argentina y curiosidades de Buenos Aires
(Canal 26)

Yapa: Paradoja histórica posterior-. Declaraciones en la Zona de Paz y Cooperación del Atlántico Sur (ZCPAS)

  • Aunque este organismo transatlántico fue creado formalmente unos años después (en 1986 mediante la Resolución 41/11 de la ONU), el antecedente documental del accionar de Cabo Verde en 1982 quedó ratificado en las sucesivas declaraciones ministeriales de la ZCPAS (como la cumbre de Mindelo). En estas actas oficiales, los Estados miembros —incluido Cabo Verde— han refrendado históricamente su apoyo a la posición argentina y su rechazo a la presencia o expansión militar británica en las aguas compartidas del Atlántico Sur.


Diarios y Boletines Oficiales del Estado de Cabo Verde,

En los registros hemerográficos estatales de mediados de 1982 se encuentran las comunicaciones públicas de la administración caboverdiana reafirmando su estricta neutralidad militar. Esta "Neutralidad" operó en la práctica como un bloqueo logístico decisivo para la Real Fuerza Aérea (RAF), que se vio obligada a desviar y saturar la operación en la Isla Ascensión como única alternativa viable en esa ruta.

Este "Portazo" diplomático ha sido rescatado de los archivos históricos en análisis recientes sobre la diplomacia de África Occidental y la geopolítica de Malvinas, es por eso que Cabo Verde para los argentinos debe ser recordado como …….


lunes, 21 de septiembre de 2026

Guerras de Flandes: El sitio de Ostende

El sitio de Ostende 




Durante el sitio de Ostende, las fuerzas españolas emprendieron la conquista de este estratégico puerto, considerado el último gran enclave protestante de Flandes bajo control de las Provincias Unidas. El asedio se prolongó durante más de tres años, desde julio de 1601 hasta septiembre de 1604, y se convirtió en uno de los episodios más prolongados y sangrientos de la Guerra de los Ochenta Años. La extraordinaria duración de las operaciones, la intensidad de los combates y el elevado número de bajas hicieron que Ostende fuera conocida entre sus contemporáneos como la «Nueva Troya».

El 5 de julio de 1601, un ejército español de aproximadamente 20.000 hombres inició formalmente el sitio de la ciudad, cuya guarnición estaba integrada por unos 3.500 efectivos. Durante el invierno de 1601, las enfermedades, el agotamiento y las bajas debilitaron considerablemente a los defensores. Con el propósito de retrasar un ataque español que parecía inminente y ganar tiempo para la llegada de refuerzos por vía marítima, los sitiados negociaron una tregua temporal. Los holandeses aprovecharon esta interrupción de las hostilidades para desembarcar alrededor de 1.200 soldados adicionales.

Cuando las fuerzas españolas lanzaron un asalto general el 7 de enero de 1602, fueron rechazadas después de intensos combates. Para marzo de ese mismo año, la guarnición anglo-holandesa había aumentado hasta alcanzar aproximadamente los 7.000 hombres, mientras que los suministros y refuerzos continuaban llegando con relativa regularidad por mar. Esta capacidad de abastecimiento permitió que la plaza resistiera durante un período mucho más prolongado de lo previsto inicialmente por los sitiadores.

La situación comenzó a modificarse de manera significativa en septiembre de 1602, cuando Ambrosio Spínola asumió la dirección de las operaciones españolas. El nuevo comandante llegó a los Países Bajos acompañado por unos 9.000 soldados de refuerzo y reorganizó el asedio mediante una estrategia sistemática de aproximación, desgaste y destrucción progresiva de las fortificaciones enemigas.

Bajo la dirección de Spínola, los ingenieros italianos al servicio de la Monarquía Hispánica recurrieron extensamente a la construcción de trincheras, terraplenes y galerías subterráneas, así como al empleo de minas destinadas a destruir las defensas de Ostende. Los defensores fueron obligados a retroceder lentamente, en medio de violentas y costosas escaramuzas libradas en las trincheras, fortificaciones y terrenos inundados que rodeaban la ciudad.

Entretanto, las fuerzas de las Provincias Unidas habían obtenido importantes avances estratégicos en otros sectores de los Países Bajos españoles. Ante el creciente coste humano de la defensa de Ostende, Mauricio de Nassau consideró que la plaza ya había cumplido su función militar y que no debía ocasionar nuevas pérdidas innecesarias. La resistencia de la ciudad había inmovilizado durante años a una parte considerable del ejército español, facilitando las operaciones neerlandesas en otros frentes.

Reducida en gran medida a ruinas después de más de tres años de sitio, Ostende capituló finalmente el 22 de septiembre de 1604. Ambrosio Spínola entró triunfalmente en la ciudad y concedió a los defensores condiciones honorables de rendición: la guarnición pudo retirarse sin sufrir represalias, conservando sus armas y recibiendo los honores militares correspondientes. La victoria otorgó a Spínola un enorme prestigio, aunque la conquista se había obtenido a costa de extraordinarias pérdidas humanas y materiales.