domingo, 24 de mayo de 2026

Reino Unido: Oxford vs Cambridge en el poder británico

Oxford contra Cambridge: el poder británico y la pregunta que nadie termina de responder

Un soliloquio sobre ideología, espionaje y la anatomía secreta del gobierno inglés


Empecemos por donde siempre hay que empezar: con un dato que parece trivial y resulta ser una ventana.

¿Cuántos primeros ministros británicos desde la Segunda Guerra Mundial se graduaron en Cambridge? La respuesta correcta no es "pocos". La respuesta correcta es ninguno. Cero. El último fue Stanley Baldwin, que dejó el cargo en 1937, cuando Hitler ya llevaba cuatro años en el poder y todavía faltaban dos para que el mundo se incendiara. Desde entonces —ochenta y pico de años, más de una docena de primeros ministros— todos los que fueron a la universidad en Inglaterra fueron a Oxford. Todos. Sin excepción, salvo Gordon Brown, que estudió en Edimburgo y que, significativamente, era escocés.

Bien. ¿Y qué? ¿Por qué debería importarle esto a alguien que vive en Buenos Aires?

Porque el poder tiene anatomía, y entender cómo se reproduce —quiénes lo heredan, de dónde vienen, qué instituciones los forjan— es entender algo fundamental sobre cómo funciona el mundo. Y Gran Bretaña, que alguna vez gobernó un cuarto del planeta y que todavía hoy moldea instituciones, lenguajes y estructuras de poder desde Lagos hasta Hong Kong, tiene una anatomía particularmente interesante. Arrancamos.


Universidad de Oxford

La pregunta obvia: ¿cuántos primeros ministros salieron de cada universidad?

Hagamos las cuentas históricas primero, porque el cuadro completo es más rico que el dato moderno.

De los 58 primeros ministros que tuvo Gran Bretaña desde que el cargo existe formalmente —y existe desde Robert Walpole, que asumió en 1721—, 31 fueron a Oxford y 14 a Cambridge. Durante buena parte del siglo XVIII y el XIX las dos universidades competían con relativa paridad. Cambridge tiene figuras enormes: William Pitt el Joven, el fundador de la premiership moderna, fue a Cambridge. Walpole mismo fue a Cambridge. Palmerston, Melbourne, varios de los grandes whigs del siglo XIX.

Pero después algo cambia. Oxford empieza a distanciarse. Y después de la Segunda Guerra, la brecha se convierte en un abismo.

La lista de primeros ministros de posguerra que fueron a Oxford es casi la historia entera del cargo: Attlee, Eden, Macmillan, Douglas-Home, Harold Wilson, Heath, Thatcher, Blair, Cameron, May, Boris Johnson, Liz Truss, Rishi Sunak. Los que no fueron a Oxford no fueron a Cambridge tampoco: Churchill no fue a ninguna universidad (fue al Sandhurst militar), Callaghan tampoco, John Major tampoco, y Brown fue a Edimburgo. Nadie de Cambridge. Literalmente nadie.

¿Cómo es posible que una de las dos universidades más prestigiosas del mundo no haya producido un solo líder de gobierno en casi noventa años?

¿Hay algo estructural, más allá del azar?

Acá la respuesta es sí, y viene de varias direcciones.

La primera explicación es institucional y casi banal: Oxford tiene la Oxford Union y una cultura política que funciona como un Congreso en miniatura. Los futuros primeros ministros debatían ahí desde los veinte años, hacían redes, aprendían a hablar en público, cultivaban alianzas. Heath fue presidente de la Union. Boris Johnson también. Macmillan tuvo múltiples cargos. Thatcher participaba activamente. La Union no es solo un club de debates: es, en palabras de quienes la conocen de adentro, una suerte de "Cámara de los Comunes para chicos de veinte años".

La segunda explicación es académica: la carrera de Filosofía, Política y Economía —el famoso PPE de Oxford— se convirtió en el conveyor belt por excelencia hacia la política británica. Tres de los últimos seis primeros ministros la estudiaron. El PPE impregna los ministerios, los think tanks, el periodismo político, las bancadas de los dos partidos principales. Cambridge nunca tuvo un equivalente con ese peso político específico.

La tercera explicación es más sutil y más interesante: las dos universidades desarrollaron identidades culturales distintas. Oxford, con toda su carga monárquica, anglicana y conservadora, se convirtió en el hogar natural de quienes aspiraban a gobernar desde adentro del sistema. Cambridge, más orientada a las ciencias, más dispuesta a cuestionar el orden establecido, más internacionalista en su cultura intelectual, formó brillantes científicos, jueces, CEOs tecnológicos, premios Nobel —pero no tantos primeros ministros.

Momento. ¿Tiene algo que ver la ideología con todo esto?

Acá nos ponemos más interesantes.

La diferencia Oxford-Cambridge no es simplemente una diferencia de partido. No es que Oxford forme conservadores y Cambridge forme laboristas. Los datos lo refutan de entrada: los primeros ministros laboristas de posguerra —Attlee, Wilson, Blair— también fueron a Oxford. La hegemonía oxoniense atraviesa partidos.

Pero sí hay una diferencia de temperamento político que viene de larga data. Oxford históricamente cargó con la tradición anglicana, monárquica, tory en el sentido más profundo del término: el poder como algo a preservar, administrar y transmitir dentro de ciertos círculos. Cambridge, la más "joven" de las dos (fundada en 1209 contra los 1096 de Oxford), adoptó antes el newtonianismo, las ciencias, y más tarde una cultura intelectual más irreverente y dispuesta al cuestionamiento radical.

Y en los años treinta del siglo pasado, esa diferencia de temperamento produjo algo que marcaría la historia política británica durante décadas: en Cambridge, entre 1929 y 1935, un grupo de jóvenes brillantes, privilegiados y profundamente desilusionados con el capitalismo en crisis y con el avance del fascismo en Europa, se convirtieron en comunistas. Y algunos de ellos, reclutados por la inteligencia soviética, se convirtieron también en espías.

¿Cambridge tenía elementos de extrema izquierda en su cuerpo docente y estudiantil?

Sí, y esto no es propaganda anticomunista retrospectiva: es historia documentada.

En los treinta, ser comunista o simpatizante del marxismo era, en ciertos círculos intelectuales de Cambridge, casi una posición mainstream entre quienes pensaban con seriedad. El capitalismo había producido la Gran Depresión. El fascismo avanzaba. La Unión Soviética parecía, a ojos de muchos jóvenes idealistas, la única alternativa creíble al desastre. En ese contexto, agentes de la NKVD —el predecesor del KGB— identificaron en Cambridge un terreno fértil para el reclutamiento.

Lo que encontraron excedió sus propias expectativas.

¿Qué fue exactamente la pandilla de Cambridge?

Cinco hombres. Guy Burgess, Donald Maclean, Kim Philby, Anthony Blunt y John Cairncross. Todos pasaron por Cambridge en los años treinta. Todos fueron reclutados por la inteligencia soviética. Y todos lograron infiltrarse en los lugares más sensibles del Estado británico: el MI5, el MI6, el Ministerio de Relaciones Exteriores, la embajada en Washington, el Palacio de Buckingham.

Lo que hace al caso particularmente perturbador —y fascinante— no es solo lo que espiaron, sino cómo pudieron hacerlo.



Universidad de Cambridge

La respuesta está en la propia anatomía de la clase dirigente británica. Estos cinco hombres eran exactamente el tipo de persona que se supone que debe gobernar Gran Bretaña: educados en los mejores colegios privados, egresados de Cambridge, con los modales, los acentos, las redes sociales y la confianza irradiada por siglos de clase alta. El sistema de "old boys" —esa red de confianza implícita entre quienes comparten escuela, universidad y club— estaba diseñado para funcionar sin documentar, sin cuestionar, sin sospechar de los suyos. Y los soviéticos lo aprovecharon con maestría.

Philby llegó a ser el jefe de contrainteligencia soviética del MI6 —es decir, el hombre a cargo de encontrar espías soviéticos dentro del servicio de inteligencia británico era él mismo un espía soviético. Desde ese cargo filtró información sobre operaciones conjuntas con la CIA, avisó a Maclean y Burgess que estaban por ser descubiertos, y durante años fue considerado el sucesor más probable del jefe del MI6.

Maclean tuvo acceso al Comité de Desarrollo Atómico conjunto entre Estados Unidos y Gran Bretaña. Blunt fue asesor de arte de la reina Isabel y trabajó en el MI5. Cairncross pasó documentos sobre el proyecto nuclear y sobre los planes de la OTAN. La penetración fue total, sostenida durante dos décadas, y sus consecuencias para la relación especial angloamericana fueron devastadoras.

¿Y cuándo se supo todo esto?

En etapas, y cada revelación fue más escandalosa que la anterior.

El primer golpe fue en 1951, cuando Burgess y Maclean desaparecieron abruptamente y reaparecieron en Moscú. La sospecha inmediata cayó sobre Philby —que los había avisado— pero no había pruebas suficientes para acusarlo formalmente. Philby siguió operando, negando todo, con esa aplomada seguridad que solo dan los colegios privados británicos. Recién en 1963 huyó a la Unión Soviética.

Blunt fue descubierto en 1964, confesó a cambio de inmunidad, y siguió siendo el curador de arte de la reina durante quince años más, su secreto celosamente guardado por el Estado británico. Fue Margaret Thatcher quien finalmente lo expuso públicamente ante el Parlamento en noviembre de 1979 —en uno de los momentos más dramáticos de la historia política de posguerra— y la reina le retiró el título de caballero.

Cairncross no fue públicamente identificado como el "quinto hombre" hasta los noventa.

Entonces, ¿el escándalo de los espías explica por qué Cambridge dejó de dar primeros ministros?

Acá hay que ser precisos, porque la tentación de construir una causalidad directa es grande pero no del todo sostenida por los hechos.

El problema cronológico es este: el último primer ministro de Cambridge, Baldwin, dejó el cargo en 1937. El escándalo público del anillo no estalló hasta 1951, con la fuga de Burgess y Maclean. Es decir: la sequía de primeros ministros de Cambridge precede en catorce años al momento en que la opinión pública se enteró de que había espías soviéticos formados en esa universidad.

Entonces, la causalidad directa —"Cambridge dejó de dar PMs porque sus egresados resultaron espías"— no funciona como explicación principal. El fenómeno ya estaba en marcha antes.

Lo que sí puede decirse con más cuidado es esto: el anillo de Cambridge y la izquierda radical de los treinta eran síntomas del mismo fenómeno subyacente que también explica la sequía. La cultura intelectual de Cambridge —más abierta al cuestionamiento radical, más internacionalista, más distante del conservadurismo establecido— creó al mismo tiempo espías soviéticos y una reputación de institución políticamente "poco confiable" para quien aspirara a dirigir el Estado. Oxford, con su cultura de preservación del orden y su infraestructura política (la Union, el PPE, los clubes), era simplemente el lugar donde se formaban los que querían gobernar y donde el sistema los reconocía como suyos.

Dicho de otro modo: no es que Cambridge produjera espías y por eso dejó de producir primeros ministros. Es que las mismas razones por las que Cambridge era culturalmente más permeable al radicalismo también explican por qué no era el hogar natural de quienes aspiraban a ejercer el poder desde las instituciones establecidas. El anillo de espías y la sequía de PMs son dos síntomas del mismo diagnóstico, no causa y efecto.

Ahora bien: a partir de 1951, con cada nueva revelación —Philby en el 63, Blunt en el 79— la asociación simbólica entre Cambridge y la traición se profundizó en el imaginario político británico. Y eso sí puede haber contribuido, en el margen, a desalentar a los pocos egresados de Cambridge con ambiciones políticas que pudieran haber llegado a lo más alto. El estigma no crea la tendencia, pero puede reforzarla.

¿Por qué debería importarle esto a un argentino?

Por varias razones que van más allá del cotilleo histórico.

Primera: porque ilustra cómo el poder se reproduce. Gran Bretaña es, en muchos sentidos, el caso más puro que existe de una oligarquía moderna: un sistema que logró sobrevivir la democratización, las guerras mundiales, la descolonización y el Estado de bienestar sin perder el núcleo de sus élites. Esas élites se reproducen a través de las public schools y de Oxford principalmente —no por conspiración, sino por mecanismos institucionales mucho más sutiles y por eso mismo más eficaces que cualquier conspiración.

Segunda: porque muestra que las instituciones tienen cultura, y que esa cultura importa tanto como el conocimiento que transmiten. Oxford no formó mejores economistas ni mejores filósofos que Cambridge. Formó mejores operadores políticos porque tenía la infraestructura, los ritos y la identidad que orientaban a sus estudiantes hacia el poder del Estado.

Tercera: porque el caso de los espías de Cambridge es una de las advertencias más elocuentes de la historia sobre los límites del modelo de la confianza de clase. Los soviéticos no necesitaron infiltrarse en los barrios obreros de Manchester. Fueron directo al corazón de la élite, donde el sistema funcionaba sobre la base de que "los nuestros" no traicionan. Y los nuestros traicionaron durante veinte años seguidos.

Y cuarta: porque la Argentina tiene su propia versión de estas preguntas. ¿Qué universidades forman a quienes gobiernan? ¿Qué culturas institucionales los moldean? ¿Cuándo la permeabilidad ideológica es una virtud intelectual y cuándo una vulnerabilidad política? ¿Cómo se reproduce el poder en una sociedad que dice ser meritocrática pero que funciona sobre redes de confianza no del todo distintas a las del viejo sistema de old boys inglés?

La distancia geográfica con Cambridge es enorme. La distancia entre esas preguntas y las nuestras, mucho menos.

Todas las cifras citadas en este texto están documentadas en registros de las universidades de Oxford y Cambridge, Wikipedia, Times Higher Education y la Sutton Trust, entre otras fuentes.

sábado, 23 de mayo de 2026

Argentina: Encuentran ADN propio del centro del país

Identifican un nuevo linaje genético del centro de Argentina que persiste desde hace 8.500 años


Esas marcas genéticas todavía están presentes en la población actual. El hallazgo representa un aporte a la historia evolutiva de la población humana y, en especial, de Sudamérica



Rodrigo Nores y Nicolás Pastor, en el Museo de Antropología de Córdoba, Argentina.
RAMIRO PEREYRA

Mariana Otero || El País




Una investigación bioantropológica realizada por expertos argentinos, en colaboración con la Universidad de Harvard, reveló la existencia de un nuevo linaje genético desconocido hasta el momento, el cual identifica una ancestría propia del centro de Argentina. Estos resultados, publicados recientemente por la revista Nature, constituyen un aporte significativo a los campos de la paleogenómica, la bioantropología y la historia evolutiva de las poblaciones humanas.

Rodrigo Nores, biólogo, doctor en Ciencias Químicas e investigador del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (Conicet) en el Instituto de Antropología de Córdoba, junto a casi 70 autores (la mitad, argentinos), determinaron una ancestría con 8.500 años de antigüedad que persiste hasta la actualidad en el sur del continente americano.

Durante mucho tiempo, el mapa de la historia evolutiva en Sudamérica se dividió en tres grandes componentes genéticos: andino, amazónico y patagónico. El centro del actual territorio argentino permanecía en una zona gris en los registros del ADN antiguo.

“De esta área que quedaba al medio de esos tres grandes componentes, no se sabía nada. Ahora estamos caracterizando un cuarto componente genético para Sudamérica”, subraya Nores. Nicolás Pastor, biólogo y profesional de apoyo del Conicet, destaca que la investigación “completa una región que estaba subrepresentada o vacía en cuanto a este tipo de estudios paleogenéticos”.


Tortero de hueso hallado en el sitio arqueológico Los Molinos. RAMIRO PEREYRA

El hallazgo se produjo a partir del análisis de ADN de individuos de contextos arqueológicos del centro y norte de Argentina, lo que permitió identificar el nuevo linaje y comprender mejor la historia de estos pueblos.

Ahora se conoce que en esta región no hubo reemplazos ni extinciones poblacionales sino una asombrosa continuidad genética. Es decir, que el linaje detectado en los primeros habitantes de las sierras y llanuras centrales no desapareció con la llegada de otros grupos ni se desplazó de manera drástica sino que evolucionó localmente y adquirió características genéticas propias que se mantienen desde hace más de ocho milenios.

“Esta investigación permite la reconstrucción del pasado que no está escrito, la historia previa a la conquista hispana”, explica Nores. Para ello se empleó un enfoque metodológico complementario a la información arqueológica.

La investigación

El trabajo se basó en el análisis de 344 muestras (de dientes y huesos) de 310 individuos de 133 lugares arqueológicos ubicados en el norte, este y centro del país. El proceso comenzó en 2017 en el marco de una iniciativa de la National Geographic Society -Ancient DNA: The Americas Project-, a partir de una muestra inicial conformada por 29 dientes recuperados en sitios arqueológicos de la provincia de Córdoba.

“Analizamos las muestras biológicas, dientes o huesos de esqueletos, que aparecen en las excavaciones arqueológicas y también trabajamos con colecciones de museos en donde hay repositorios de cuerpos humanos que han sido encontrados en los últimos 100 años”, explica el investigador.


Arqueología serrana de 8000 años atrás, expuesta en el Museo de Antropología de Córdoba.
RAMIRO PEREYRA

El trabajo de búsqueda de muestras, el de laboratorio y el de análisis biocomputacional de datos se extendió durante siete años y contó con el aval de las comunidades de pueblos originarios y la participación de más de 20 equipos de investigación de universidades públicas argentinas.

“Para recuperar el ADN antiguo de dientes o huesos hay que pulverizar la muestra y utilizar procesos químicos reactivos sobre ese polvillo. De esta manera se recupera el material genético”, sintetizan los expertos.

Nicolás Pastor destaca que trabajar con ADN antiguo es complejo debido a la degradación de la molécula por el paso del tiempo y las condiciones ambientales. “El ADN de una persona viva es muy fácil de obtener, pero el antiguo es muy esquivo”, subraya.

Para obtener la información genética se secuenciaron cientos de miles de marcadores presentes en el genoma de cada muestra que permitieron reconstruir la historia poblacional de la región. “Eso genera un volumen de datos gigante y ahí empieza un gran proceso bioinformático y análisis estadísticos”, explica Pastor, quien participó activamente en el análisis de datos.

El biólogo precisó que no se analizan las características físicas externas de las personas, sino variables genómicas que hablan de la historia de los pueblos: sus orígenes, migraciones y mestizajes.

El hallazgo

Un punto clave de la investigación fue el análisis de un individuo de 8.500 años de antigüedad hallado en el área de Jesús María, hoy una próspera zona agrícola ganadera de la provincia de Córdoba. Su ADN reveló un linaje desconocido y diferente.

Este componente genético aparece también en muestras de entre 4.600 y 150 años de antigüedad del centro de Argentina, y fue detectado en habitantes actuales de la región, lo que habla de una continuidad a lo largo del tiempo hasta el presente.

Lo que el ADN cuenta es una historia de estabilidad y arraigo, donde los grupos originarios no fueron desplazados por oleadas migratorias, sino que permanecieron en sus territorios, transformándose pero manteniendo su esencia biológica. Este patrón difiere de lo que ocurrió en otras partes del mundo, como Europa, donde los desplazamientos migratorios resultaron en un recambio poblacional.

“El hallazgo de un linaje genético sudamericano previamente desconocido demuestra que nuestra comprensión del poblamiento de América sigue siendo limitada en comparación con otras regiones”, sostiene Nores.


Los investigadores Rodrigo Nores y Nicolás Pastor en el Museo de Antropología de Córdoba.
RAMIRO PEREYRA

La investigación aporta información sobre la identidad de la población de este territorio. Estudios previos ya habían identificado que alrededor del 70% de la población del centro y norte del país posee ancestría indígena por vía materna. Ahora se conoce el origen de ese componente genético que se arrastra desde hace ocho milenios.

“Esto contrarresta la idea de que todos venimos de los barcos”, señala Nores en relación a la masiva inmigración europea de los siglos XIX y XX. Esta expresión popular, apunta el investigador, indica de manera errónea que hubo un reemplazo poblacional completo, como si los grupos originarios se hubieran extinguido tras la conquista y antes de la llegada de los inmigrantes. “Muchos vinieron de los barcos, se mezclaron con los que estaban acá y lo que somos es el producto de esa mezcla”, apunta Nores. Ese mestizaje entre los ancestros americanos y los migrantes euroasiáticos y africanos, es lo que define el mapa genómico actual de Argentina. 

viernes, 22 de mayo de 2026

Alimentación: La comida de los esclavos que los progres nos vendieron con saludable

La comida de los esclavos que nos vendieron como saludable





Los esclavos en Roma comían pan, aceitunas y gachas.  
La nobleza romana comía carne.

Los obreros egipcios construyeron las pirámides con pan, cebollas y cerveza.  
El faraón comía carne.

Los campesinos aztecas comían maíz y frijoles.  
La nobleza azteca comía carne.

Los campesinos chinos comían arroz y verduras.  
La nobleza china comía carne.

Las castas bajas indias comían arroz, lentejas y pan plano.  
La corte mogol comía carne.

Los campesinos japoneses feudales comían arroz y encurtidos.  
Los samuráis comían pescado y carne.

Los agricultores nativos americanos comían maíz y calabaza.  
Las culturas guerreras comían bisontes.

Los siervos europeos medievales comían potaje y pan negro.  
Los señores comían venado y cisne.

Los plebeyos de la era Tudor comían pan cortado con tiza.  
La corte de Enrique VIII consumía miles de cabezas de ganado al año.

La clase trabajadora victoriana comía pan, té y lo que quedaba.  
La aristocracia victoriana comía res, caza y mantequilla.

Toda civilización. Cada siglo. Cada continente.

Los pobres comían las plantas.  
Los ricos comían los animales.

Luego, en 1977, un comité de senadores estadounidenses le dijo al mundo que la dieta campesina era la saludable todo el tiempo.

Ninguna civilización en la historia humana lo había descubierto.

Hasta entonces.

Aparentemente.

jueves, 21 de mayo de 2026

Virreinato del Río de la Plata: El escandaloso matrimonio de Mariquita Sánchez

Una de las historias de amor más rebeldes de la Buenos Aires colonial: eran primos y debió intervenir el virrey para poder estar juntos

Ella se rebeló contra sus padres y hasta le pidió al virrey de turno que intercediera por ellos, él recibiría un merecido homenaje 200 años después. Luces y sombras de una historia que terminó de la peor manera.

Por Yasmin Ali || Canal 26



La historia de amor más escandalosa de la época colonial Foto: Archivo

Antes de que prestara su casa, más precisamente su piano, para que sonara por primera vez lo que conocemos como himno nacional, Mariquita Sánchez de Thompson fue protagonista de uno de los amores más escandalosos de la Buenos Aires colonial.

Martín Thompson no solo fue su primer esposo, era su primo, y la historia para lograr formalizar su amor es tan fascinante como el relato que conocemos, casi de memoria, sobre cómo su figura fue clave para que suene la canción patria más importante. Mariquita y Martín, un romance de 15 años que solo pudo vencer la locura y la muerte.

El candidato que no quería

Para los 14 años de Mariquita sus papás, Cecilio y Magdalena, ya le habían elegido al candidato “ideal”: el español Diego del Arco. Ella se negó, su corazón ya tenía dueño y era su primo segundo Martín Jacobo Thompson, pero había un problema: sus progenitores lo consideraban “indigno” por no pertenecer a su misma clase social.

Su papá intentó por cualquier vía que ella lo olvide, incluso logró que el virrey Joaquín del Pino lo traslade a la ciudad de Montevideo y luego a Cádiz para trabajar en el puerto. Ella seguía negada y recluida en la Santa Casa de Ejercicios Espirituales. Los años pasaron, su padre murió en 1802 y doña Magdalena estaba decidida a que se cumpla la voluntad de su difunto esposo.




Mariquita Sánchez de Thompson y Martín, su primer esposo

Pero parecía que el destino tenía otros planes porque en 1804 Martín regresó al Río de la Plata, más precisamente a Montevideo, para poner en orden la herencia familiar. Los tórtolos se cansaron de estar a escondidas y él recurrió a la Justicia utilizando la “Pragmática Sanción para evitar el abuso de contraer matrimonios desiguales” que se aplicaba cuando el padre no quería que su hija se case al ver la unión como “desigual”.

El hombre llevó a su ¿futura? suegra a juicio, ella afirmaba que se oponía al casamiento porque veía a Thompson como un cazafortunas. Del Pino, quien debía decidir, fue reemplazado por Rafael de Sobremonte y el 20 de julio de 1804 falló a favor del Romeo versión Virreinato.

Cuando Mariquita tenía 18 años le envió una carta al virrey Sobremonte para explicarle por qué debía permitir su casamiento con Thompson:

“Me es preciso defender mis derechos: casarme con mi primo, porque mi amor, mi salvación y mi reputación así lo desean y exigen. Nuestra causa es demasiado justa”. Vivió como quiso.


Mariquita Sánchez de Thompson

¿Triunfó el amor?

Los enamorados se casaron en 1805 y tuvieron cinco hijos entre 1807 y 1815: Clementina, Juan, Magdalena, Florencia, y Albina. Para esa época Mariquita se encargaba de organizar tertulias en su casa, en una de ellas se dice que sonó el himno por primera vez, y se consolidó como una de las “damas patricias” más importantes de la época.

Su matrimonio fue feliz, pero el tiempo siempre tiene reservada una última carcajada. En 1815 su esposo fue enviado a una misión diplomática a Estados Unidos para dar a conocer la causa independentista del Río de La Plata y conseguir dinero. Pero su visita a esas tierras fue un desastre y el director supremo Juan Martín de Pueyrredón lo echó dos años después.


Martín Thompson, primer Prefecto Nacional Naval

Thompson estaba enfermo, perdió la razón y cuentan que por las calles de Washington y Nueva York gritaba y decía cosas sin sentido a quienes pasaban, nunca se confirmó pero podría haber manifestado síntomas de sífilis. Terminó internado en un lugar para enfermos mentales y Mariquita, enterada de su situación, le envió dinero para que regrese en un barco donde recibió un pésimo trato.

No se sabe el día exacto, pero murió en altamar. Su cuerpo fue arrojado al agua el 23 de octubre de 1819 y recién meses después se sabría de su trágico desenlace.

Ella volvió a casarse, pero nada fue igual y su segundo matrimonio fue un desastre que terminó en separación en 1837. Ya lo había dicho la misma Mariquita de joven, en una carta dirigida a su primer y único amor: “Seré suya o de nadie”.

miércoles, 20 de mayo de 2026

SGM: Detección de un submarino alemán el 23 de julio de 1945 en la BNPB

Detección de un submarino alemán en 1945







MEMORANDUM N.S. [ilegible] 29

Para información del
señor Ministro de Marina

Producido por
Prefectura General Marítima

Buenos Aires, 24 de julio de 19 45

ASUNTO: Avistaje submarino.-

INFORMACION: A horas 1520 el subprefecto inspector Demetrio Vergara de
la Prefectura de Zona de la Costa Sud, informa telefónicamente que sien-
do las 1400 horas del día de la fecha se presentó el señor Alfaro, pes-
cador, conocido de aquella autoridad marítima en razón de sus activida-
des y expresó:

Que siendo las horas 18 del día 23 del corriente, avistó a
la altura de la estación Copetonas del F.C.S., un submarino que se en-
contraba como a 10 millas de la costa; que no pudo distinguir ninguna
característica y que apreció su eslora en 70 metros más o menos, tenien-
do la torre pintada de gris. Que en momentos de avistarlo se ocupaba
en faenas propias de su profesión en el lugar de la costa mencionado.-

La Prefectura de Zona ha informado de la novedad a la Base Na-
val de Puerto Belgrano.

FRANCISCO J. CLARIZZA
CONTRALMIRANTE
PREFECTO GENERAL MARITIMO

[Sello ovalado: REPUBLICA ARGENTINA – PREFECTURA GENERAL MARITIMA]

[Sello: ES COPIA FIEL DEL ORIGINAL]

[Sello inferior derecho: ES COPIA FIEL DEL ORIGINAL]

EXPTE. M.D. Nº 35275/07


Hay una anotación manuscrita en la parte superior junto a “MEMORANDUM” que no se distingue bien. Si quieres, puedo hacerte una segunda versión en formato diplomático, respetando exactamente saltos de línea, mayúsculas y cortes de palabra del original.





martes, 19 de mayo de 2026

Ciclos de crecimiento de 250 años en los imperios

El Reich de 250 años




Sir John Glubb, teniente general británico, pasó 36 años al mando de ejércitos en Medio Oriente. A lo largo de ese tiempo estudió todos los grandes imperios de la historia registrada y llegó a una conclusión que no esperaba: más allá de las diferencias culturales, tecnológicas o geográficas, todos siguen un mismo patrón.

Glubb identificó seis etapas por las que atraviesa todo imperio. Primero aparece la era de los pioneros, cuando un pueblo pobre y relativamente desconocido irrumpe con energía, coraje y una fuerte voluntad de afirmarse. Le sigue la era de las conquistas, marcada por la expansión militar disciplinada. Luego llega la era del comercio, donde la riqueza comienza a fluir y los comerciantes desplazan a los guerreros como figura central. A continuación, la era de la abundancia instala una lógica distinta: el dinero pasa a ocupar el lugar del deber como objetivo vital. Después emerge la era del intelecto, en la que se multiplican las universidades y el debate reemplaza a la acción. Finalmente, aparece la era de la decadencia, caracterizada por el egoísmo, la frivolidad y, en última instancia, el colapso.

Lo más inquietante de su estudio es la regularidad casi mecánica del ciclo. Cambian las armas, cambian las tecnologías, cambian los escenarios. Pero la duración y la trayectoria general se repiten con una precisión llamativa.

A continuación, una síntesis de los principales imperios analizados por Glubb y su duración aproximada:

NaciónFechas de auge y caídaDuración (años)
Asiria859–612 a.C.247
Persia (Ciro y sus descendientes)538–330 a.C.208
Grecia (Alejandro y sus sucesores)331–100 a.C.231
República Romana260–27 a.C.233
Imperio Romano27 a.C.–180 d.C.207
Imperio Árabe634–880 d.C.246
Imperio Mameluco1250–1517267
Imperio Otomano1320–1570250
España1500–1750250
Rusia de los Romanov1682–1916234
Gran Bretaña1700–1950250

Los asirios marchaban a pie y combatían con lanzas. El Imperio británico dominaba los mares con artillería y grandes flotas. Sin embargo, ambos duraron aproximadamente lo mismo: unos 250 años. La tecnología cambia. Las armas cambian. El ciclo humano, no.

El punto de inflexión entre la grandeza y la decadencia también se repite. Los imperios empiezan a declinar cuando el dinero reemplaza al honor como aspiración de sus mejores jóvenes. En la era de las conquistas, los varones son formados para ser duros, valientes y veraces. El deber se inculca de manera sistemática, incluso a través de una educación austera y exigente. El objetivo es forjar carácter.

Pero cuando llega la riqueza, ese objetivo se desplaza. El servicio deja lugar al interés económico. La transformación es sutil, casi imperceptible para quienes la atraviesan. La educación deja de formar ciudadanos dispuestos a servir a su país y pasa a orientarse a obtener credenciales que aseguren ingresos elevados. Ya no se estudia por virtud o conocimiento, sino por rentabilidad.

Este fenómeno no es nuevo. El moralista árabe Al-Ghazali ya denunciaba este patrón en el año 1058, y cuando Glubb leyó esos textos, reconoció en ellos a su propia sociedad. A medida que se consolida la abundancia, aparece también una actitud defensiva: la nación se vuelve demasiado rica y cómoda como para combatir, y comienza a delegar la guerra en otros. Luego surge la justificación moral: “no es que tengamos miedo de pelear; simplemente creemos que es inmoral”.

En la era del intelecto, el debate sustituye a la acción. Las universidades se multiplican y la actividad intelectual florece, pero muchas veces desconectada de las necesidades prácticas de supervivencia. Los atenienses en decadencia pasaban su tiempo escuchando o discutiendo novedades. El Imperio árabe logró medir con notable precisión la circunferencia de la Tierra en el siglo IX, y menos de cincuenta años después colapsó. El progreso científico, por sí solo, no los salvó.

De hecho, una de las ideas más peligrosas de esta etapa es la creencia de que la inteligencia, por sí sola, puede resolver todos los problemas. No es así. Cualquier organización humana —desde un club de barrio hasta un Estado— necesita sacrificio y compromiso de sus miembros para sostenerse. Cuando la astucia pretende reemplazar al deber, el resultado termina siendo el mismo: la caída.

Luego llega la decadencia, y sus síntomas son sorprendentemente constantes a lo largo de la historia: defensividad, pesimismo, materialismo, frivolidad, debilitamiento de la religión, expansión del asistencialismo y una creciente hostilidad interna. Las divisiones políticas se vuelven tan intensas que las facciones prefieren destruirse entre sí antes que preservar la nación.

El Imperio bizantino pasó sus últimos cincuenta años en guerras civiles mientras los otomanos avanzaban sobre sus fronteras. Glubb estudió el Bagdad del siglo X en decadencia y observó que sus descripciones podrían haber sido tomadas de un diario moderno: descomposición social, abandono de normas morales, figuras del espectáculo influyendo sobre la juventud, tensiones culturales profundas y decisiones políticas desconectadas de la crisis económica.

También cambia el tipo de referentes sociales. En las naciones en declive, los héroes dejan de ser estadistas o líderes militares y pasan a ser celebridades: deportistas, cantantes, actores. Tanto en Roma como en Gran Bretaña, Glubb observó una creciente obsesión por el entretenimiento mientras el entramado imperial se deterioraba desde adentro. Juegos, espectáculos, distracción constante.

En ese contexto, cabría esperar que, ante el peligro, las dirigencias se unifiquen. Ocurre lo contrario: las tensiones internas se agravan. Los adversarios políticos dejan de ser vistos como rivales legítimos y pasan a ser enemigos a eliminar. El patrón es antiguo y se acelera a medida que el sistema se debilita.

En palabras de Glubb, llega un punto en que los ciudadanos ya no hacen el esfuerzo de salvar su propia sociedad, porque dejan de creer que haya algo que valga la pena preservar.

Todas las grandes potencias compartieron una misma convicción en su apogeo: que su dominio sería permanente. Roma, Bagdad, Gran Bretaña. Cada una atribuyó su éxito a una supuesta superioridad intrínseca. Esa certeza, con el tiempo, derivó en complacencia. Se tercerizan esfuerzos, se delega la defensa, se asume que el progreso es automático.

La idea de que el nivel de vida siempre va a mejorar se instala como un hecho incuestionable, sin preguntarse qué costo implica sostenerlo.

Si se toma como punto de partida 1776, el ciclo estadounidense ronda hoy los 250 años. En ese marco, muchos de los síntomas identificados por Glubb resultan reconocibles: la centralidad de la celebridad, la fragmentación política, la confianza excesiva en soluciones puramente intelectuales, el debate constante sin acción, la banalización cultural.

Sin embargo, Glubb también advirtió algo más. En cada era de decadencia, mientras la mayoría se entrega al confort o al desencanto, siempre existe un núcleo que resiste. En los momentos de mayor crisis surgieron algunas de las figuras más firmes en términos morales, capaces de sostener valores de deber y servicio cuando todo alrededor parecía diluirse.

El ciclo no es un destino inevitable, pero revertirlo exige decisiones que las sociedades en decadencia suelen evitar: dejar de rendir culto al dinero y a la comodidad, recuperar el sentido del deber, formar generaciones con carácter.

La estructura puede parecer inmensa y el margen de maniobra reducido, pero toda corrección empieza en algún punto. Procesos de deterioro que llevaron generaciones no se revierten de un día para otro. Aun así, el primer paso sigue siendo indispensable.

domingo, 17 de mayo de 2026

Peronismo: Cavallo, el destructor de la defensa argentina

Cavallo, el destructor final de la defensa argentina


 
Cuando alguno se pregunte por qué Brasil tiene cazas supersónicos e Irán tiene misiles hipersónicos y la Argentina no, hay que leer las memorias del ministro peronista Domingo Cavallo donde cuenta con orgullo cómo destruyó a la industria de defensa nacional... y dejó a la armada sin portaaviones