En mayo de 1945, al final de la Segunda Guerra Mundial, miles de soldados y civiles aliados del Eje fueron ejecutados sin juicio por partisanos yugoslavos y encerrados en la mina de carbón del pozo de Barbara en Eslovenia.
Esta escalofriante fotografía fue tomada en marzo de 2009, cuando los investigadores finalmente lograron abrirse paso entre los muros de hormigón que el régimen comunista había reparado para ocultar el crimen. Se descubrieron más de 1400 víctimas, que habían permanecido durante décadas en la más absoluta oscuridad.
Hasta la década de 1990, este lugar era considerado un tema tabú en Eslovenia.El descubrimiento en 2009 reveló no solo los restos físicos, sino también la inmensa magnitud del trauma de la posguerra en la región.Debido a que muchas de las víctimas se momificaron naturalmente por las condiciones específicas de la mina, la cruda realidad de la masacre se conservó de una manera que conmocionó al mundo.
“No matar”: un film expone los estragos de la violencia guerrillera previa a 1976 en las voces de protagonistas y víctimas
Se
estrena el lunes 20 en el Bafici esta película documental de Juan
Villegas. En sus palabras, “una película que nunca se había hecho, una
que incluye las dos miradas: una historia lo más honesta posible acerca
de lo que fue la guerrilla y también los testimonios de sus
daminificados”
Testimonios de ex guerrilleros y de víctimas civiles de la violencia de las organizaciones armadas en los años 70
“No igualo la gravedad del terrorismo de Estado con los crímenes cometidos por la guerrilla —aclara el director de No matar, Juan Villegas, en diálogo con Infobae—. Pero el lugar de las víctimas de la guerrilla es todavía un tabú”.
Este director, guionista y productor de cine de 54 años reivindica “la valentía y claridad de Sergio Bufano y Aldo Duzdevich”, dos de los intervinientes en este documental. Una honestidad intelectual de la que carecen por completo los jefes supérstites de la guerrilla que en los últimos años se han refugiado en un rol de víctimas, al amparo de un relato falaz y maniqueo.
Con tres voces de ex militantes de aquellas experiencias —el tercero es Emilio del Guercio—, Villegas arma un relato bien estructurado que va marcando las etapas de cómo se fue gestando la llamada “violencia de abajo”,
la opción por la lucha armada, y cómo se posicionaron esos grupos ante
el regreso de Perón y el restablecimiento de la democracia.
También hablan familiares de víctimas del accionar de la guerrilla:gerentes de fábrica, empleados de multinacionales, transeúntes ocasionales, etcétera.
Por caso, Luis Giovanelli, gerente de Finanzas de Ford, asesinado en un intento de secuestro. Su hijo, de apenas 4 años al momento del crimen, dice: “Mi padre fue asesinado en el 73. La dictadura empezó en el 76. No avalo lo que hizo la dictadura. Cuando cuento lo de mi padre, me dicen: ‘¿pero viste lo que pasó después?’”
En los años 80 y 90, había un consenso entre los sobrevivientes de la experiencia de las luchas de los 70: tomar las armas en democracia, declararle la guerra al gobierno de Perón y luego al de Isabel, matar para “agudizar las contradicciones”; todo eso estuvo mal y no era reivindicable.
Ese consenso fue roto por el advenimiento de una política de derechos humanos que instaló un relato parcial, exculpatorio de la violencia armada. Al amparo del paso del tiempo, la historia se fue simplificando, con un enfoque maniqueo y un retroceso a posiciones sectarias y a la reivindicación acrítica de la lucha armada con el falso argumento de la “resistencia”, puesto que se tomaba las armas para implantar el socialismo. A la fuerza, ya que la representatividad degrupos que pretendían hablar en nombre del “pueblo” era escasísima.
El ERP declaró de entrada en el 73 que no respetaría la democracia: “Seguimos con la lucha armada hasta derrotar al capitalismo e instaurar el socialismo revolucionario”.
Sergio Bufano es uno de los entrevistados por Juan Villegas en "No matar"
FAR y Montoneros actuaron con más disimulo; o mejor dicho con más doblez. Decían respetar la democracia mientras seguían matando. El asesinato del secretario general de la CGT José Ignacio Rucci fue la cumbre de esta estategia; el grupo se colocó abiertamente contra el pueblo.
La confirmación se dio en abril de 1975, cuando Misiones llamó a elecciones debido a la muerte del gobernador. Montoneros compitió con la etiqueta de Partido Auténtico. El resultado fue lapidario: 5,62% de los votos, contra 46,52 del Frejuli, es decir del PJ oficial.
Estas cifras mostraban dos cosas: la irrepresentatividad de los grupos armados y la vigencia electoral del justicialismo, anticipo de lo que podía suceder en las siguientes elecciones y dato determinante para acelerar el Golpe.
La
estrategia real de las organizaciones armadas es una de las cosas que
emerge de este documental, entre otras conclusiones sorprendentes solo
para quienes en los últimos años fueron adoctrinados en el blanqueo —cuando no la apología— del accionar guerrillero.
Otra verdad que deja establecida la película es que Mario Eduardo Firmenich era cualquier cosa menos peronista y
no por la opinión de los intervinientes sino por un documento de su
puño y letra leído en el film, escrito luego de un encuentro con Perón,
que merece una mayor difusión para seguir disipando equívocos.
No matar es también una condena a los que se escudan en la represión ilegal para eludir la reflexión crítica que le deben a la historia y a las próximas generaciones. “La dictadura transformó a los victimarios en víctimas”, dice alguien. “Si decías que también hubo víctimas de la subversión, inmediatamente te acusaban de defender a la dictadura. Y se terminaba el debate”, es otra relfexión.
El reproche de las víctimas se dirige también a las respectivas empresas: Renault, Ford y Bunge y Born. Ni en esos lugares hay memoria de lo que pasó.
Juan
Villegas es también crítico de cine, docente universitario, coordinador
de talleres de guion y escritor. “Pero por sobre todo me considero
director de cine. Dirigí algunas películas de ficción y documentales.
Mis preferidas tal vez sean Sábado, Las Vegas y Victoria. Este año estoy estrenando dos nuevas: Jota Urondo, un cocinero impertinente y No matar”.
Juan Villegas, director de "No matar"
— ¿Cuál fue tu motivación para incursionar en este tema?
— En
el prólogo digo que el lugar de las víctimas de la guerrilla es todavía
un tabú. Parece una exageración, porque la realidad es que sus
historias se han contado, más de una vez y desde hace mucho. Pero en
general esos relatos fueron usados para reivindicar la dictadura o
minimizar o justificar el terrorismo de Estado. De ninguna manera esa es
mi intención. Los crímenes de la dictadura no fueron “excesos”, fueron
atrocidades y violaciones a los derechos humanos; no igualo la gravedad del terrorismo de Estado con los crimenes cometidos por la guerrilla;
no avalo de ningún modo la idea de que el terrorismo de Estado haya
sido una “reacción” necesaria ante acciones violentas de la guerrilla.
—
Sí, pero esos crímenes atroces desde el Estado fueron usados para
exculpar por completo el accionar de las organizaciones armadas.
— Por eso quise hacer una película que narrase el dolor de los familiares de estas víctimas sin que eso signifique romper el consenso del “Nunca más”. Esa
era mi motivación inicial. Desde el principio de mi investigación,
percibí que era un tema incómodo. Cuando contaba que mi película iba a
incluir testimonios de familiares de víctimas de la guerrilla, muchos me
decían “no te metas con eso”, “¿estás seguro?” Esa incomodidad me hizo pensar que sí había un tabú y que precisamente por eso tenía sentido hacer esta película.
— La película incluye también el testimonio de ex guerrilleros.
— Sí, esta es la historia de las víctimas pero también la de algunos que participaron en la guerrilla y hoy tienen una mirada crítica y reflexiva
respecto a lo que hicieron. En las últimas décadas, en el periodismo,
en muchos ensayos y también en la literatura de ficción, hubo muchos
textos que incluyeron una mirada crítica acerca de las organizaciones
armadas. Pero eso ha estado ausente en el cine argentino. De hecho, había una mirada más honesta y compleja en documentales más viejos: Montoneros, de Andrés Di Tella, del año 1994; Los Rubios. de Albertina Carri, en 2003; Los malditos caminos, de Luis Barone, del 2002, o Papá Iván, de
María Inés Roqué, en 2004, entre otras. Luego, hubo algunos pocos
documentales en los últimos años que se enfocaron en el tema de las
víctimas de la guerrilla, pero me parecieron o muy precarios cinematográficamente, o con un objetivo de reivindicación de la dictadura, o muy poco valiosos en términos de discusión política. Entonces surgió en mí la motivación de hacer una película que nunca se había hecho.
Una que incluyera las dos cosas: una historia lo más honesta posible
acerca de lo que fue la guerrilla y también los testimonios de las
víctimas.
Aldo Duzdevich, autor de "La lealtad, los Montoneros que se quedaron con Perón", es otro de los entrevistados por Juan Villegas
— ¿Fue difícil encontrar gente dispuesta a reconocer errores?
— En un principio quería incluir más entrevistados que hubieran participado en la guerrilla, pero no abundan los que se atreven a hablar con la valentía y claridad que sí demuestran Sergio Bufano y Aldo Duzdevich.
Al menos, yo no los encontré. Por ejemplo, quería incluir a alguien del
ERP, pero en mi investigación solo me topaba con gente que reconocía
errores estratégicos pero que no se permitía una autocrítica más
profunda. Podían reconocer que haber asesinado al Capitán Viola y a su
hija estuvo mal, pero no tanto por el daño irreparable ocasionado a esa
familia, sino más que nada por lo que significó negativamente para la legitimidad de la lucha del ERP.
— ¿Refleja la película tu pensamiento sobre esa etapa?
—
Mi voz no aparece en el documental; yo hablo a través de los
entrevistados. Eso no significa que esté de acuerdo con cada cosa que
dicen, pero la suma de sus testimonios conforma de cierta manera mi
visión. Me costó mucho encontrar ese punto justo en el que se pudieran
incluir varias voces, a veces no concordantes, y que al mismo tiempo el
conjunto me representara. Pero lo que no quise hacer fue incluir testimonios de gente que no estaba dispuesta a repudiar claramente el uso de la violencia. Hablé
con un ex-militante del PST. Me interesaba incluirlo en el documental,
porque esta organización, aun perteneciendo a la izquierda marxista,
priorizó el trabajo sindical por sobre la violencia política. Le
pregunté por qué habían rechazado la lucha armada. Me dijo: “No, no la
rechazábamos. Solo creíamos que en ese momento no era viable.” Luego le
pregunté si, más allá de eso, condenaba a la violencia desde una
concepción ética. Le conté la historia de Delia Lozano, cuyo padre, gerente de Renault, fue asesinado a balazos, delante de ella, al salir de una iglesia. Me respondió: “Ningún gerente de una multinacional era inocente en esa época.”
Yo no podía creer lo que este tipo me decía. Le seguí discutiendo:
“¿Sabés que incluso hubo niños que murieron por acciones de la
guerrilla?” Me respondió: “¿Cuántos? ¿Cuatro, cinco? ¿Cuánto es eso al
lado de la cantidad de bebés apropiados?” Obviamente, no me interesaba
incluir en la película a alguien que piense así.
— ¿Y Emilio del Guercio? Él no perteneció a las organizaciones armadas.
—
En el caso de Del Guercio, buscaba la mirada de alguien de esa misma
generación, que también tuviera una visión crítica de la sociedad, pero
que había elegido el camino del arte para plantear su rebeldía frente al
mundo que lo rodeaba. Lo pensé como una forma de desactivar la idea de que la violencia era el único camino posible en esa época.
La idea de que para esa juventud rebelde la lucha armada era una
fatalidad, algo de lo que no podían escapar, y no una elección, me
parece una idea falsa, una mentira.
Emilio
del Guercio. Villegas incluyó su testimonio "como una forma de
desactivar la idea de que la violencia era el único camino posible en
esa época"
— ¿Cuál fue el criterio para la selección de los familiares de las víctimas de la guerrilla?
— En el caso de los familiares de las víctimas, decidí que solo fuesen víctimas civiles. No
me interesa la forma en que se suele instrumentar el concepto de
“memoria completa”, como una contraposición de unas víctimas frente a
otras, que lleva implícita más la idea de anular las otras muertes
que la de sumar las que han sido silenciadas. Y sentía que incluir a las
víctimas militares o de las fuerzas de seguridad podía llevar el relato
hacia ese lugar. Además, creo que no es tan sabido que muchas de las víctimas fueron civiles. Mucha gente, no informada, todavía cree que la guerrilla solo mataba militares.
— ¿Hubo cosas que te sorprendieron en los relatos?
— Algo que me pasó haciendo la película fue mi revisión acerca del rol de Perón en esos años. En ese sentido, también fue importante leer el libro de Juan Manuel Abal Medina: Conocer a Perón.
La película le dedica mucho a la tensión entre Montoneros y Perón,
desde el asesinato de Aramburu hasta la muerte de Perón. Hay una suerte
de reivindicación del rol de Perón en esos años, de su vocación por pacificar el país. Obviamente,
cometió errores y fue en parte responsable de la escalada de violencia
que terminó estallando en el 76 con el golpe. Pero es indudable que hubo
en él una intención sincera, y hasta diría patriótica, de terminar con
la violencia y que se pudiera construir un país en paz. Es curioso que la crítica al rol de Perón durante su último gobierno haya venido al mismo tiempo desde los sectores de izquierda del propio peronismo y desde la derecha más pro-dictadura. La
idea de que el terrorismo de Estado empezó en el 73 y que el golpe del
76 fue solo un cambio formal, cosmético, para seguir la misma política
represiva previa, fue lo que sostenían, por ejemplo, los abogados de
Massera para justificar sus crímenes, pero también lo que quiso imponer
como relato parte de la izquierda peronista, tal vez para de esa
manera justificar el uso de la violencia por parte de Montoneros entre
el 73 y el 76, durante gobiernos democráticos.
— ¿De quién o de quiénes creés que es la responsabilidad por el relato parcial y simplificado de los últimos tiempos?
—
Hay algo que es una especie de mal de esta época, que no nos permite
discutir honestamente las cosas, que nos hace acomodar los hechos según
nuestra conveniencia circunstancial. Tal vez por eso mi película es tan
larga, porque necesita trabajar mucho el contexto para entender de lo
que se está hablando. Es una película contra la idea de los slogans
simplificadores. Como dice Claudia Hilb, “no hay verdades
sencillas para pasados complejos.” No me interesa buscar culpables con
nombre y apellido. Ni siquiera ubicar responsabilidades en determinados
sectores políticos por sobre otros. Obviamente, tengo mis opiniones,
pero en este momento me interesa abrir la discusión, que la película sea un disparador para que quien quiera pueda revisar una vez más sus ideas y salir de posiciones cómodas y tranquilizadoras.
Conocer a Perón, el libro de Juan Manuel Abal Medina, cambió la percepción que tenía Juan Villegas sbre el rol de Perón en 1973
— ¿Qué impacto esperás que tenga este documental?
—
No soy un sociólogo ni un historiador ni un periodista; soy un director
de cine. Lo que me propuse es hacer una película, en la que está
implícita fuertemente la idea de narración. Me interesa contar una historia de los 70,
un punto de vista que obviamente es parcial pero que pretende ser
honesto. Por eso la película elige ser fiel a la cronología. Me gustaría
que sirva para entender mejor aquellos años. Que se pueda
reflexionar sobre el hecho de que las organizaciones armadas no sólo
fracasaron en lo militar, en lo político y en lo estratégico. También fallaron en lo ético y en lo ideológico.
El hecho de que gran parte de los militantes revolucionarios hayan
terminado torturados, asesinados o desaparecidos de una forma brutal, no
convierte a las organizaciones armadas en un modelo político que hoy
debamos reivindicar. El proyecto de país que tenían era violento, poco
democrático, sectario, alejado del pueblo. Yo entiendo que hubo una
mística revolucionaria que buscaba sinceramente liberar a los oprimidos y
crear una sociedad mejor y más igualitaria, pero tanto la forma como el
contenido de lo que se llamó “lucha armada” nunca lo iba a conseguir,
porque la violencia ya estaba en el germen, en su razón de ser. Bueno, y
además de la “gran” historia, la película está llena de relatos más
íntimos, las historias personales de cada uno de los entrevistados.
Esas historias nutren a la historia central pero también funcionan como
relatos autónomos, en los que apunto a lo que se busca en casi
cualquier relato: la reflexión, la empatía y la emoción.
—
Te iba a preguntar cómo te preparaste para hacer esto pero vi al final
de la película la bibliografía que usaste, que responde eso en parte.
Pero tal vez quieras agregar algo.
—
El proceso de investigación y selección de los entrevistados lo llevé
adelante en total soledad. La película se hizo de una forma muy artesanal, con muy pocos recursos económicos. Me dediqué a leer y releer lo más que pudiera. Y fui descubriendo que la cantidad de bibliografía existente es inagotable. Hay mucho escrito (y mucho muy bueno) acerca
de las organizaciones armadas de los 70. De hecho, ya se escribía
críticamente sobre la guerrilla en forma simultánea a los propios
hechos. Y se siguió escribiendo y publicando sin interrupciones luego de
la recuperación de la democracia. Lo que contrasta con lo poco que se han narrado estos temas en el cine argentino post-dictadura.
Porque hay muchas películas acerca de la militancia, acerca de las
víctimas del terrorismo de Estado, pero muy pocas que se animan a narrar
la lucha armada. Ni siquiera para reivindicarla. También me resultó muy
útil pasar horas mirando y leyendo archivos: revistas partidarias de
las organizaciones, artículos periodísticos de ese tiempo, noticieros de
la época en youtube, extractos de discursos, documentales militantes,
incluso películas de ficción. Nada de eso quedó en mi película, pero me
sirvió para empaparme del espíritu de la época. Para mí era importante
tratar de entender por qué gran parte de esa generación eligió la violencia como camino, aun cuando no comparta esa decisión.
— ¿Imaginás que, como a algunas de las víctimas que dieron testimonio, a vos también te van a acusar de defender a la dictadura?
—
Si ven la película, no creo que nadie pueda acusarme de defender a la
dictadura. Apelo a la inteligencia de los espectadores. Frente al
prejuicio irracional, frente a la pereza intelectual, no puedo hacer
mucho.
— Mientras hablan los entrevistados, no hay imágenes alusivas. ¿Tiene eso algún motivo?
—
Como dije, investigué mucho con archivos y evalué en algún momento la
posibilidad de incluir imágenes de la época que acompañen los
testimonios. Pero rápidamente descarté la idea. Me parece algo muy
impresionante la forma en que el relato oral construye el pasado y, a la
vez, da un testimonio sobre el presente. Porque esas personas nos están
hablando ahora. Y se trata de cine. Es un relato sobre el pasado, pero
está sucediendo frente a nosotros, a través del registro de la cámara.
Creo que hay un valor cinematográfico en reivindicar la imagen de gente
contando cosas dolorosas y al mismo tiempo teniendo la capacidad para
reflexionar. Sentí que la inclusión de archivos no iba a servir más que
como meras ilustraciones y que siempre iban a ser menos interesantes que los propios relatos.
O peor aún: esas imágenes de archivos no me iban a servir para contar
la época con mayor precisión sino que se iban a convertir en algo más
ligado a lo espectacular, al impacto fácil.
— Salvo el final de cada capítulo, en lo que hay imágenes y canciones.
—
Sí, las excepciones son los finales de capítulos, que están pensados
como breves piezas de respiro, acompañadas con música de la época, para
permitir que el espectador se tome un tiempo para reflexionar sobre lo
que ha estado viendo. Y luego está el fragmento del programa de Mariano
Grondona [N. de la R: un cruce entre un cuadro montonero y la hija de una víctima], en el que el archivo me pareció que sumaba mucho, porque no funciona como ilustración sino que se construye una escena muy tensa y compleja, que además posiblemente resuma el concepto general de la película.
Delia
Lozano, hija de un civil asesinado por la guerrilla, durante un debate
con un montonero en el programa de Mariano Grondona. Años después,
vuelve a contar su historia en "No matar"
FICHA TÉCNICA
Duración: 225′
Dirección de fotografía: Gaspar Chaves
Edición: Miguel de Zuviría
Sonido: Valeria Fernández
Producción: Juan Villegas, Mariana Erijimovich
Compañía productora: Al trote films
Participantes:
Aldo Duzdevich, Sergio Bufano, Delia Lozano, Emilio del Guercio,
Esteban Giovanelli, Claudia y Cristina Muscat, Delia Lozano, Ariel
Lombardero, David Barrios
Asesino de la CIA confiesa haber matado a Marilyn Monroe
Por Vice
Defensa de Vietnam - Normand Hodges, un ex oficial de la CIA de 78 años, confesó haber matado a la actriz Marilyn Monroe.
marilyn monroe
El ex oficial de la CIA moribundo dio la confesión anterior en el Hospital General Sentara en Norfolk, Virginia. También dijo que en 13 años, de 1959 a 1972, siguiendo las órdenes del comandante, trabajando en un equipo de asesinato de 5 funcionarios activos, asesinó a 37 personajes desfavorables al gobierno de EE.UU. y a las agencias gubernamentales de EE.UU.
Todas las órdenes para asesinar a Hodges fueron recibidas de un comandante llamado Jimmy Hayworth.
El exasesino aún se encuentra muy lúcido y dijo que aún recuerda cada uno de sus asesinatos como si hubiera sucedido ayer.
Los objetivos de Hodges eran principalmente activistas políticos, políticos, líderes sindicales, periodistas e incluso algunos científicos y artistas con opiniones perjudiciales para los intereses estadounidenses.
Marilyn Monroe fue la única víctima femenina entre ellos y, según un ex oficial superior de operaciones, la orden de matarla fue dada directamente por sus superiores.
Norman Hodges
Hodges afirmó que los asesinatos se llevaron a cabo para eliminar "amenazas a la seguridad de la nación" porque muchas de las víctimas del oficial de la CIA habían expresado en ocasiones opiniones que podrían influir en las actitudes de millones de personas.
Según Normand Hodges, Marilyn Monroe tuvo un romance con el líder cubano Fidel Castro. Ella pudo "proporcionar información estratégica a los comunistas", por lo que para evitarlo, el comandante decidió inyectarle drogas para matarla, y la noche del 5 de agosto de 1962, Norman Hodges mató a Marilyn Monroe.
Justificando el crimen, Hodeges declaró: “Tenemos pruebas de que Marilyn Monroe no sólo se acostó con (el presidente) Kennedy, sino también con Fidel Castro. Mi oficial al mando, Jimmy Hayworth, me dijo que tenía que morir y que tenía que parecer un suicidio o una sobredosis de drogas. Nunca antes había matado a una mujer, pero seguí órdenes… ¡lo hice por Estados Unidos! Ella pudo pasar información estratégica a los comunistas, ¡y nosotros no podíamos permitirlo! ¡Debe morir! ¡Simplemente hice lo que tenía que hacer!
Hodges dijo que, entre la medianoche y la 1 a.m. del 5 de agosto de 1962, se coló en el dormitorio de Monroe y le inyectó a la actriz dormida una fuerte dosis de barbitúrico, Nembutal, junto con el fuerte sedante hidrato de cloral combinado.
Se dice que Hodges fue un alto oficial de operaciones de la CIA durante 41 años, lo que lo convierte en uno de los expertos en seguridad más confiables de Estados Unidos. Fue entrenado en tiro de francotirador, artes marciales y métodos especiales de matanza, como el uso de explosivos y veneno.
Hodges dijo que todos los testigos y personas involucradas en el asesinato de esta estrella también están muertos, pero hay noticias de que el FBI detuvo al ex asesino Hodges y comenzó a investigar y verificar sus declaraciones. Esta será una tarea difícil porque Hodges operó en la era anterior a la computadora, por lo que la mayoría de los registros de su misión pueden haber sido destruidos hace mucho tiempo o ser extremadamente difícil de encontrar, además, operaciones secretas. Tales cosas rara vez se escriben y los involucrados puede estar muerto.
Defensa de Vietnam - En Maian, Kiev, en febrero de 2014, francotiradores polacos dispararon y mataron a personas.
En una entrevista concedida al periódico Wiadomosci , el Sr. Janusz Korwin - Mikke , miembro del Parlamento Europeo , candidato a la presidencia de Polonia , afirmó que los francotiradores están entrenados. En Polonia mataron a tiros a personas durante el incidente ocurrido en Maidan , Kiev , en febrero de 2014 , informó UAinside.
"Maidan es también nuestro trabajo", dijo el congresista. Los artilleros fueron entrenados en Polonia. Los terroristas dispararon y mataron a 40 manifestantes y 20 agentes de policía de Maidan simplemente para incitar disturbios. Cuando un periodista le preguntó qué beneficios obtendría Polonia al hacerlo, Janusz Korwin - Mikke respondió: "Lo hacemos para ganarnos el apoyo de Washington".
Anteriormente Janusz Korwin - Mikke había dicho que quería que Ucrania siguiera siendo independiente, pero lo más débil posible. También calificó los acontecimientos actuales en Ucrania como una invasión estadounidense de Rusia.
Mientras tanto, el Servicio de Seguridad de Ucrania SBU dijo que los francotiradores que dispararon contra los manifestantes en Maidan fueron dirigidos personalmente por el asesor presidencial ruso, Sr. Vladislav Surkov. Janusz Korwin - Mikke es una figura liberal conservadora, fundador y líder de los partidos "Alianza Política Realista", "Libertad y Orden" y "Nuevo Congreso de Derecha". Participó en 5 elecciones presidenciales en la historia polaca contemporánea. Consideraba que la democracia era "el sistema más estúpido del mundo", la civilización europea había alcanzado su apogeo en el siglo XIX y la civilización islámica estaba a punto de conquistar la Unión Europea. Janusz Korwin - Mikke también dijo que considera a Vladimir Putin un buen líder y cree que Putin se desempeñará muy bien como líder de Polonia.
El día que el aire se prendió fuego y la gente de desintegró: el estremecedor relato de los sobrevivientes de Nagasaki
El 9 de agosto de 1945, tres días después de la bomba atómica sobre Hiroshima, Fat Man cayó sobre la ciudad japonesa de Nagasaki. Tres científicos estadounidenses le enviaron un mensaje a un físico japonés. Lo hicieron con una carta que cayó sobre los restos la ciudad que segundos antes había sido arrasada. Los testimonios de quienes vieron cómo nada quedaba en pie
Por Matías Bauso || Infobae
El
9 de agosto de 1945, tres días después de la bomba atómica sobre
Hiroshima, Fat Man cayó sobre la ciudad japonesa de Nagasaki. El factor
sorpresa de nuevo buscaba surtir efecto en la resistencia de Japón (U.S.
National Archives and Records Administration/Handout via REUTERS)
La bomba se denominó Fat Man. El avión que la transportó se llamó Bockscar. Y el comandante que la activó fue Charles Sweeney. El mundo había entrado en la era nuclear el 6 de agosto de 1945:
cuando el Enola Gay arrojó la bomba Little Boy desde un bombardero
pilotado por el comandante Paul Tibbets sobre los cielos de Hiroshima.
Sobre el hongo nuclear que germinó sobre el suelo japonés, todas las cosas vivas se murieron y el aire se prendió fuego.
El
presidente estadounidense Harry S. Truman informó, horas después del
ataque, que la ofensiva recién había empezado: “Hace poco tiempo un
avión americano ha lanzado una bomba sobre Hiroshima, inutilizándola
para el enemigo. Los japoneses comenzaron la guerra por el aire en Pearl
Harbor: han sido correspondidos sobradamente. Pero este no es el final,
con esta bomba hemos añadido una dimensión nueva y revolucionaria a la destrucción”.
Tres
días después, el 9 de agosto, despegó un nuevo vuelo. La operación,
planeada con meticulosidad, debió sortear varios imprevistos. Ya todos,
aunque nadie lo hubiera confirmado, sabían qué clase de bomba llevaba el
avión. En el momento del despegue de uno de los aviones de apoyo, el
que llevaba al personal de observación (científicos y encargados de
tomar las imágenes), el piloto hizo bajar a uno de los tripulantes: en vez de paracaídas, en un error por los nervios, había tomado un segundo salvavidas.
En
esa nave iban también los instrumentos de medición, que lanzados con
pequeños paracaídas, buscaban establecer la magnitud de la explosión, el
poderío de la bomba. El general Groves y Robert Oppenheimer habían enviado tres científicos directo desde Los Alamos a Tinian. Eran los representantes del Proyecto Manhattan en la base militar. Eran Luis Walter Álvarez, Lawrence Johnston y Harold Agnew. Uno de ellos tuvo una idea. Una improvisación en el detallado plan. Querían enviar un mensaje.
Se
sabía del poder de devastación de la bomba atómica pero no mucho más.
Los generales norteamericanos negaron las consecuencias. Afirmaban que
ya todo había pasado y que no había secuela posible. Mentían(U.S. Air
Force/Handout via REUTERS)
Cuando
se enteraron que la segunda bomba sería lanzada casi de inmediato, los
físicos norteamericanos sostuvieron que eso terminaría de desconcertar a
los japoneses. Que si ellos estuvieran del otro lado, y los comandantes
les preguntaran qué posibilidades habría de un segundo ataque, ellos
dirían que sería casi imposible, que tendrían tiempo dado que esas
bombas eran muy difíciles y muy costosas de construir. Por lo tanto el
factor sorpresa, de nuevo, sería importante.
Los
tres que estaban en la base del Pacífico no estaban preocupados por las
vidas que se habían perdido en Hiroshima sino por las que podrían
perderse en caso de continuar la contienda. Así decidieron mandar un
mensaje a un par. A alguien que pudiera explicarle a los gobernantes
japoneses qué era eso que les había caído del cielo.
Luis Walter Álvarez, luego Premio Nobel de Física, dictó una carta. Sus colegas Johnston y Agnew, la transcribieron y agregaron algunos párrafos. La misiva estaba dirigida aRyokichi Sagane, un respetado físico japonés que ellos habían conocido en Estados Unidos unos años antes.
El piloto Charles Sweeney lanzó la bomba sobre Nagasaki (Wikipedia: Gobierno de EEUU)
En la carta sin firma se presentaban como “tres colegas de Bekerley” y entre otras cosas decían: “Como científicos deploramos el uso que se ha dado a tan bello descubrimiento,
pero podemos asegurar que a menos que Japón se rinda una lluvia de
bombas atómicos caerá sobre el país”. Le rogaban a Sagane que utilizara
sus conocimientos e influencias para convencer a las autoridades
japonesas.
Adosaron la carta a uno de los instrumentos de medición y la dejaron caer hacia suelo japonés.
La misiva fue encontrada unos pocos días después y estudiada por
funcionarios nipones. Recién llegó a su destinatario el Dr. Sagane
varios meses más tarde.
La
carta no tenía firma pero luego consiguió quien la suscribiera. Varios
años después de la guerra, los físicos volvieron a cruzarse. Sagane sacó
el papel arrugado de su bolsillo y se lo extendió a Álvarez que lo leyó
en silencio. Luego sacó una lapicera del bolsillo interno de su saco y
escribió. Tras eso, varios años después de que fuera escrita, la firmó.
Sweeney
se encontró con un espeso manto de nubes cuando llegó a su destino.
Intentó encontrar un hueco en el que la visibilidad hiciera posible el
lanzamiento pero fue infructuoso. En ese instante decidió cambiar de
objetivo. La ciudad de Kokura, sin saberlo, gracias a un súbito cambia
de clima, evitó ser destruida(Department of Energy/Lawrence Berkeley
National Laboratory/REUTERS)
Ni
Álvarez ni los otros dos científicos mostraron remordimiento ni pesar
por las bombas. Constituyeron casi una excepción (otro caso notable fue
el de Edward Teller, creador de la Bomba H) entre los especialistas del
Proyecto Manhattan que se convirtieron casi de inmediato en pacifistas y
abogaron por el desarme atómico, por desactivar el infierno que crearon
con sus conocimientos y trabajo.
La visión de Álvarez y de sus compañeros, posiblemente, se sustentaba en su experiencia en el campo de batalla.
Ellos salieron del laboratorio, vivieron en bases militares,
participaron de misiones, vieron a los hombres morir en combate. Esas
vivencias pueden haberlos convencido que la extensión de la guerra
hubiera acarreado mayor número de muertos que los que produjeron las dos
bombas atómicas.
Álvarez
había estado en el lanzamiento de prueba del nuevo arma en el desierto
californiano y en Hiroshima. El 9 de agosto se quedó en la base y fue
Johnston en el avión. Así, Johnston se convirtió en la única persona que fue testigo ocular de los tres lanzamientos atómicos de esa guerra. Un récord nada envidiable.
Una
postal de la devastación causada por la bomba atómica lanzada sobre
Nagasaki, Japón, el 9 de agosto de 1945 (Departamento de
Energía/Laboratorio Nacional Lawrence Berkeley/REUTERS)
La
misión del Bockscar encontró inconvenientes. Primero no pudo juntarse
con los aviones de apoyo. Pese al informe del avión meteorológico, Sweeney se encontró con un espeso manto de nubes cuando
llegó a su destino. Intentó encontrar un hueco en el que la visibilidad
hiciera posible el lanzamiento pero fue infructuoso. En ese instante
decidió cambiar de objetivo. La ciudad de Kokura, sin saberlo, gracias a un súbito cambia de clima, evitó ser destruida.
El avión se dirigió a Nagasaki, la ciudad que indicaba el plan de contingencia.
Pero un nuevo problema surgió. El avión mostró desperfectos. Perdía
combustible. No se sabía si podría regresar. A Nagasaki también la
cubrían las nubes, cuando no quedaba demasiado tiempo, Sweeney descubrió
una brecha. De no haber aparecido ese espacio despejado, le quedaban
dos opciones: lanzar la bomba por indicación del radar (método del que
se desconocía la eficacia en ese momento) o dejarla caer en el mar. Pero
finalmente nada de eso pasó.
La bomba atómica sobre Nagasaki mató 40 mil personas en el momento de la detonación.
Y otras tantas murieron con el transcurrir del tiempo por efecto de la
radiación. La fábrica Mitsubishi que proveía armamento fue destruida, al
igual que el 40% de las viviendas de la ciudad.
Una
niña con su madre en Nagasaki la mañana siguiente al lanzamiento de la
bomba atómica, el 10 de agosto de 1945. Su casa fue destruida, están a
1,5 km al sureste núcleo de la explosión y les han dado una bola de
arroz como alimento(Galerie Bilderwelt/Getty Images)
Pero hubo quienes no murieron. Son conocidos comos los hibakusha. Los
sobrevivientes a las explosiones atómicas. Los afectados por la
radiación. Aquellos a los que la destrucción signó de por vida. Las
secuelas físicas, las pérdidas materiales, la muerte de los familiares.
Entre ellos hay algunos que revisten un estado aún mayor de
excepcionalidad. Son doblemente hibakushas: sobrevivieron a ambas
explosiones atómicas.
Tsutomu Yamaguchiera
un joven empleado de Mitsubishi. Había sido enviado a Hiroshima a
realizar unas tareas. El tren que lo devolvería a Nagasaki partía a las
nueve de la mañana del 6 de agosto. Camino a la estación se dio cuenta
de que había dejado documentación en el hotel. Regresó a buscarla y se
separó de sus dos compañeros de viaje. Al regresar una explosión de una potencia desconocida lo hizo volar por el aire. Luego de unos minutos de atontamiento se levantó. Vio el peor paisaje imaginable. Tenía algunas lastimaduras, le sangraba la cabeza pero nada más. Se escondió en un refugio antiaéreo.
A
la mañana siguiente, con la ciudad todavía cubierta por la bruma
atómica, inició el camino de regreso a su casa. Una odisea de más 250
kilómetros. Llegó a Nagasaki a la noche del 8 de agosto. Abrazó a su esposa y a su hijo pequeño.
A la mañana siguiente se dirigió a la fábrica. A media mañana se reunió
con su jefe. Intentaba convencerlo de lo sucedido. El jefe valoró darle
licencia. Pensó que Yamaguchi se había vuelto loco. Era inconcebible
suponer que una sola bomba podía arrasar una ciudad. Cuando el jefe
estaba por echarlo de la oficina, la explosión.
Un
joven yace en una colchoneta con quemaduras cubriendo su cuerpo,
producto de la la explosión de la bomba atómica sobre Nagasaki, Japón
(CORBIS/Corbis vía Getty Images)
Estados Unidos había lanzado la segunda bomba atómica. Una vez más, Tsutomu salió indemne.
Entre los escombros se levantó con nuevos magullones y quemaduras para
ir a buscar a su familia. Su esposa y el bebé tampoco habían sufrido
daños. La familia pasó varios días en un refugio hasta que pudieron
regresar a su casa. Yamaguchi sólo perdió parte de la audición de un
oído y le quedó cierta debilidad en sus piernas; secuelas menores para
haber soportado dos explosiones atómicas. Murió en el 2010. Tenía 94 años. Su hijo vivió bastante menos; murió de cáncer afectado por la radiación a fines del Siglo XX.
Kazuko
Sadamaru tenía veinte años y la guerra la había transformado en
enfermera. Ella también fue doble hibakusha. Desde Nagasaki acompañó en
tren a unos heridos cuya lugar de residencia era Hiroshima. Cuando la
formación ingresaba en la ciudad, el destello cegador. El tren
cimbreó. Cuando bajaron se encontraron con el paisaje más funesto. Al
día siguiente regresó a Nagasaki. El 9 de agosto, la siguiente bomba. Allí vivió los peores días de su vida.
Trabajando varios días seguidos, sin dormir, sin materiales para
asistir a los heridos, sin saber contra qué luchaban. Ella, con el paso
de los meses, tuvo problemas en la sangre y perdió casi todo el pelo. Pero se recuperó. Tuvo una hija y cuatro nietos.
En
septiembre de 1945, un hombre con uniforme de coronel del ejército de
Estados Unidos entró a Nagasaki. Japón ya se había rendido. La guerra
había terminado. En la ciudad sus escasos habitantes parecían espectros. Era como si nada de lo anterior hubiera quedado en pie. Destrucción total. El horizonte más desolador posible.
Por ese tiempo Estados Unidos disfrutaba del éxito. Las bombas habían derribado las últimas defensas japonesas. Nada se sabía (al menos públicamente) de las consecuencias de las bombas. Todavía
ni siquiera era sencillo determinar los daños instantáneos que había
ocasionado, mensurarlos con precisión. Se sabía de su poder de
devastación pero no mucho más. Los generales norteamericanos negaban
consecuencias. Afirmaban que ya todo había pasado. No había secuela posible. Mentían.
Un
bebé japonés se retuerce la cara por el intenso dolor de las quemaduras
sufridas cuando se lanzó la bomba atómica sobre Nagasaki, mientras otro
sobreviviente vendado intenta consolarlo. Decenas de otros,
horriblemente quemados en el cegador destello de llamas que envolvió la
ciudad cuando explotó la bomba, yacían esparcidos entre los escombros
del edificio destrozado (Getty Images)
Entre
la vocación por silenciar las decenas de miles de muertes, las secuelas
de la radiación y que había sido la segunda bomba, Nagasaki no tenía
demasiada atención de los medios.
El hombre con ropa de coronel era periodista. Se llamaba George Weller. En su libreta de apuntes tomó nota de todo lo que vio. Un espectáculo atroz.
Le costaba imaginar qué había provocado eso. Encontró un campo de
prisioneros de guerra. Sus reclusos eran soldados americanos capturados
por los japoneses. Todavía no sabían que la guerra había terminado.
Weller les dio la noticia. Ellos le relataron el resplandor, el ruido
atronador y la ola expansiva. El periodista escribió un informe
estremecedor. Siguió recorriendo la ciudad, lo que quedaba de ella, y
reportando. Envió sus notas. Hablaba también de enfermedades extrañas
que parecían tener origen en la bomba. La noticia era que la radiación afectaba a las personas.
Semanas
después se enteró de que ninguna había llegado al diario. Los oficiales
de Estados Unidos las habían retenido y destruido. No eran tiempos de dar malas noticias; eso era hacerle el juego al enemigo (ya derrotado). Las excusas que se suelen esgrimir para ejercer la censura.
Weller
regresó a su país y vivió convencido que sus crónicas se habían perdido
para siempre. Tras su muerte, una de sus hijas, encontró un copia en
carbónico y los publicó. Sesenta años después el mundo seguía conociendo
qué había ocurrido en Nagasaki.
Comienza la batalla de Moscú: El pánico del 16 de octubre
Weapons and Warfare
En su declaración que nos hizo en Viazma a mediados de septiembre, el general Sokolovsky había señalado tres puntos importantes: primero, que a pesar de los terribles reveses, el Ejército Rojo estaba “aplastando” gradualmente a la Wehrmacht; en segundo lugar, que era muy probable que los alemanes hicieran un último intento desesperado, o incluso "varios últimos intentos desesperados" para capturar Moscú, pero fracasarían en esto; y, en tercer lugar, que el Ejército Rojo estaba bien vestido para una campaña de invierno.
La
impresión de que los rusos estaban aprendiendo rápidamente todo tipo de
lecciones, estaban descartando como inútiles algunas de las teorías de
antes de la guerra, que eran totalmente inaplicables a las condiciones
imperantes, y que soldados profesionales del más alto nivel estaban
tomando el mando del Ejército” políticos” y las “leyendas de la guerra
civil” como Budienny y Voroshilov se confirmarían en las próximas
semanas. Algunos soldados
brillantes habían sobrevivido a las Purgas del Ejército de 1937-1938, en
particular Zhukov y Shaposhnikov, y habían continuado en sus puestos
durante el peor momento de la invasión alemana; Zhukov
había salvado literalmente a Leningrado en el último momento al tomar
el relevo de Voroshilov cuando todo parecía perdido. Aparte de él y Shaposhnikov,
Los
primeros meses de la guerra habían sido una escuela de gran valor para
los oficiales del Ejército Rojo, y eran sobre todo los que se habían
distinguido en las operaciones de junio a octubre de 1941 quienes iban a
formar esa brillante pléiade de generales y mariscales como los que no
se habían visto desde la Grande Armée de Napoleón. En
el transcurso del verano y el otoño se habían hecho cambios importantes
en la organización de la fuerza aérea por parte del general Novikov, y
en el uso de la artillería por parte del general Voronov; tanto Zhukov como Konev habían desempeñado un papel destacado en la detención de los alemanes en Smolensk; Rokossovsky,
Vatutin, Cherniakhovsky, Rotmistrov, Boldin, Malinovsky, Fedyuninsky,
Govorov, Meretskov, Yeremenko, Belov, Lelushenko, Bagramian y muchos
otros hombres, que se hicieron famosos durante la Batalla de Moscú o en
otras batallas importantes en 1941, eran hombres que, por así decirlo, habían ganado sus espuelas en los duros combates durante los primeros meses de la guerra. La distinción en el campo se convirtió ahora en el criterio de Stalin para hacer nombramientos militares de alto nivel. De
hecho, es perfectamente cierto que “las batallas de verano y otoño
provocaron una purga militar, en oposición a una purga política de los
militares. Había una creciente inquietud con los incompetentes y los ineptos. La
gran fuerza de la señal del Alto Mando Soviético fue que fue capaz de
producir ese mínimo de comandantes de alto calibre capaces de sacar al
Ejército Rojo del desastre total”. perfectamente
cierto que “las batallas de verano y otoño habían provocado una purga
militar, en oposición a una purga política de los militares. Había una creciente inquietud con los incompetentes y los ineptos. La
gran fuerza de la señal del Alto Mando Soviético fue que fue capaz de
producir ese mínimo de comandantes de alto calibre capaces de sacar al
Ejército Rojo del desastre total”. perfectamente
cierto que “las batallas de verano y otoño habían provocado una purga
militar, en oposición a una purga política de los militares. Había una creciente inquietud con los incompetentes y los ineptos. La
gran fuerza de la señal del Alto Mando Soviético fue que fue capaz de
producir ese mínimo de comandantes de alto calibre capaces de sacar al
Ejército Rojo del desastre total”.
Indudablemente,
algunos de los comandantes tenían solo una afiliación puramente nominal
al Partido, y algunos de los nuevos hombres, como Rokossovsky, en
realidad habían sido víctimas de las Purgas del Ejército de 1937-1938,
por lo que no podían haber tenido ningún sentimiento de ternura por
Stalin.
El
23 de junio se instaló el Stavka, Cuartel General del Alto Mando
Soviético, y unos días después el Comité de Defensa del Estado (GKO),
integrado por Stalin, Molotov, Voroshilov, Malenkov y Beria; el
10 de julio, la “Stavka del Alto Mando” se convirtió en la “Stavka del
Mando Supremo”, con Stalin, Molotov, Voroshilov, Budienny, Shaposhnikov y
el General Zhukov, Jefe de Estado Mayor, como miembros. El 19 de julio Stalin se convirtió en Comisario de Defensa y el 7 de agosto en Comandante en Jefe.
El sistema de comisarios se reforzó en gran medida; los
comisarios, como “representantes del Partido y del gobierno en el
Ejército Rojo” debían velar por la moral de los oficiales y soldados, y
compartir con el comandante toda la responsabilidad por la conducta de
la unidad en la batalla. También debían informar al Comando Supremo de cualquier caso de "indignidad" entre oficiales o personal político. Esto
era un vestigio de la guerra civil y, de hecho, del período mucho más
reciente cuando se sospechaba que el cuerpo de oficiales no era
confiable. En la práctica,
en 1941, los comisarios demostraron, en la gran mayoría de los casos,
ser hombres que apoyaban casi por completo a los oficiales, o eran, a lo
sumo, una molestia técnica menor; pero inspirados por el mismo espíritu lutte à outrance, y, enfrentados diariamente por apremiantes tareas militares, las viejas diferencias políticas y personales entre el oficial y el comisario eran ahora menos duras que en el pasado. Aun
así, el mando dual tenía sus inconvenientes y, en la época de
Stalingrado, el papel de los comisarios se modificaría drásticamente.
Ya sea que hubiera o no una necesidad seria de darle al oficial un "látigo del partido", ciertamente había incluso menos necesidad de que las "unidades de seguridad de retaguardia" de la NKVD controlaran el pánico mediante el uso de ametralladoras listas para mantener al Ejército Rojo alejado de cualquier ataque. retiros no autorizados. “Los temores iniciales que podrían haber existido de que las tropas no lucharían pronto se disiparon por la obstinada y amarga defensa que el Ejército Rojo planteó contra los alemanes, luchando, como observó Halder, 'hasta el último hombre' y empleando 'traidores métodos' en los que el ruso no dejaba de disparar hasta que estaba muerto”. Estas "unidades de retaguardia de seguridad" fueron un renacimiento de una práctica heredada de la Guerra Civil y resultaron totalmente innecesarias en 1941, ya que el propio Ejército se ocupó rigurosamente de cualquier caso de cobardía y pánico.
El papel de la NKVD en las operaciones militares reales sigue siendo bastante oscuro, aunque se sabe que, además de los Guardias Fronterizos, que estaban bajo la jurisdicción de la NKVD y que fueron los primeros en hacer frente al ataque alemán, habría ocasiones muy importantes. en el que las tropas de la NKVD lucharon como unidades de batalla, por ejemplo, en Voronezh en junio-julio de 1942, donde ayudaron a evitar un avance alemán particularmente peligroso. Pero había un lado mucho más sombrío en la conexión de la NKVD con el Ejército Rojo; así, no sólo los prisioneros rusos que lograron escapar de los alemanes, sino incluso unidades enteras del Ejército que —como sucedió tan a menudo en 1941— habían escapado del cerco alemán, fueron sometidas como sospechosas al interrogatorio más duro y mezquino por parte de la OO. (Osoby Otdel—Departamento Especial) dirigido por la NKVD. En la novela de Simonov, Los vivos y los muertos, hay un episodio particularmente enfermizo basado en hechos reales, en el que un gran número de oficiales y soldados escapan de un cerco alemán después de muchas semanas de lucha. Son desarmados rápidamente por la NKVD; pero sucede que en ese mismo momento los alemanes han iniciado su ofensiva contra Moscú, y mientras los hombres desarmados están siendo llevados a una estación de clasificación de la NKVD, son atrapados por los alemanes y simplemente masacrados, sin poder ofrecer ninguna resistencia.
Aparte de eso, sin embargo, la NKVD interfirió menos que antes con el Ejército Rojo; la
línea fronteriza entre los elementos militares y los "políticos" en el
Ejército se estaba desvaneciendo, y el propio Stalin presidió este
desarrollo. Independientemente
de lo que haya hecho en el pasado para debilitar al ejército con sus
purgas y su constante injerencia política, había aprendido la lección en
el verano y el otoño de 1941. Voroshilov y Budienny quedaron relegados a
un segundo plano y el papel de los jefes de la NKVD se redujo
considerablemente. . La línea patriótica, nacionalista y “1812” fue asumida de todo corazón por todos los grados del ejército. Todo
el talento militar, descubierto y probado en las primeras batallas de
la guerra y, en algunos casos, antes de eso en el Lejano Oriente, se
reunió, todas las reservas disponibles se lanzaron a la batalla,
incluidas algunas divisiones de primera línea de Asia Central y el
Lejano Oriente. ,
Independientemente
de los malos recuerdos y las reservas que pudieran haber tenido los
generales, Stalin se había convertido en el factor unificador
indispensable en la atmósfera de patrie en peligro de octubre-noviembre
de 1941. No había alternativa. Los
alemanes estaban en las afueras de Leningrado, atravesaban el Donbás de
camino a Rostov, y el 30 de septiembre había comenzado la ofensiva
“final” contra Moscú.
La
Batalla de Moscú se divide, en términos generales, en tres fases: la
primera ofensiva alemana desde el 30 de septiembre hasta casi finales de
octubre; la segunda ofensiva alemana desde el 17 de noviembre hasta el 5 de diciembre; y la contraofensiva rusa del 6 de diciembre, que duró hasta la primavera de 1942.
El
30 de septiembre, las unidades panzer de Guderian en el flanco sur del
Heeresgruppe Mitte (Grupo de Ejércitos Centro) atacaron Glukhov y Orel,
que cayeron el 2 de octubre, pero luego fueron detenidos por un grupo de
tanques al mando del coronel Katyukov más allá de Mtsensk, en el camino
a Tula. . Otras fuerzas
alemanas lanzaron ataques a gran escala desde el suroeste en el área de
Bryansk y desde el oeste en la carretera Smolensk-Moscú. Grandes concentraciones de tropas soviéticas fueron rodeadas al sur de Bryansk y en el área de Viazma al oeste de Moscú. Los
alemanes habían planeado contener a las tropas soviéticas rodeadas en
el área de Viazma principalmente por infantería, liberando así a sus
divisiones panzer y motorizadas para un avance relámpago sobre Moscú. Pero durante más de una semana, librando una batalla circular de extrema ferocidad, los restos del 19, 20, Los
ejércitos 24 y 32 y las tropas bajo el mando del general Boldin
amarraron a la mayor parte del 4.º ejército alemán y del 4.º cuerpo de
tanques. Esta resistencia
permitió al Comando Supremo Soviético sacar y retirar más de sus tropas
de primera línea del cerco a la línea de Mozhaisk y traer reservas desde
la retaguardia.
Para
el 6 de octubre, las unidades de tanques alemanas habían atravesado la
línea de defensa Rzhev-Viazma y avanzaban hacia la línea de posiciones
fortificadas de Mozhaisk, unas cincuenta millas al oeste de Moscú, que
había sido improvisada y preparada durante el verano de 1941, y corría
desde Kalinin (norte). -al oeste de Moscú en la línea ferroviaria
Moscú-Leningrado), a Kaluga (suroeste de Moscú y a mitad de camino entre
Tula y Viazma), Maloyaroslavets y Tula. Las
pocas tropas que manejaban estas defensas podían detener las unidades
de avanzada del Heeresgruppe Mitte, pero no la mayor parte de las
fuerzas alemanas.
Mientras
los refuerzos del Lejano Oriente y Asia Central se dirigían al Frente
de Moscú, el Cuartel General de GKO lanzó las reservas que pudo reunir. La
infantería de los generales Artemiev y Lelushenko y los tanques del
general Kurkin que lucharon aquí fueron puestos, el 9 de octubre, bajo
las órdenes directas del Mando Supremo Soviético. Al día siguiente, Zhukov fue nombrado C. en C. de todo el frente.
Pero
los alemanes evitaron la línea de Mozhaisk desde el sur y capturaron
Kaluga el 12 de octubre. Dos días después, flanqueando la línea de
Mozhaisk en el norte, irrumpieron en Kalinin. Después
de intensos combates, Mozhaisk fue abandonado el 18 de octubre. Ya el
14, se libraban feroces batallas en el sector de Volokolamsk, a medio
camino entre Mozhaisk y Kalinin, a unas cincuenta millas al noroeste de
Moscú.
La situación era extremadamente grave. Ya no había frente continuo. La fuerza aérea alemana era dueña del cielo. Las
unidades de tanques alemanas, que penetraban profundamente en la
retaguardia, obligaban a las unidades del Ejército Rojo a retirarse a
nuevas posiciones para evitar el cerco. Junto con el ejército, miles de civiles soviéticos se desplazaban hacia el este. Gente
a pie, o en carretas tiradas por caballos, ganado, carros, se movían
hacia el este en una corriente continua a lo largo de todos los caminos,
dificultando aún más el movimiento de tropas.
A pesar de la fuerte resistencia en todas partes, los alemanes se acercaban a Moscú desde todas las direcciones. Fue
dos días después de la caída de Kalinin, y cuando la amenaza de un
avance desde Volokolamsk a Istra y Moscú parecía casi segura, el "pánico
de Moscú" alcanzó su punto máximo. Esto
fue el 16 de octubre. Hasta el día de hoy, la historia es actual de
que, esa mañana, dos tanques alemanes irrumpieron en Khimki, un suburbio
al norte de Moscú, donde fueron rápidamente destruidos; que
dos de esos tanques hayan existido alguna vez, excepto en la
imaginación de algún moscovita asustado, no está confirmado por ninguna
fuente seria.
¿Qué pasó en Moscú el 16 de octubre? Muchos han hablado del gran jaleo (bolshoi drap) que tuvo lugar ese día. Aunque,
como veremos, se trata de una generalización excesiva, el 16 de octubre
en Moscú ciertamente no fue un relato del “heroísmo unánime del pueblo
de Moscú” como se registra en la Historia oficial.
La población de Moscú tardó varios días en darse cuenta de la gravedad de la nueva ofensiva alemana. Durante
los últimos días de septiembre y, de hecho, durante los primeros días
de octubre, toda la atención se centró en la gran ofensiva alemana en
Ucrania, la noticia de la irrupción en Crimea y la visita de
Beaverbrook, que había comenzado en septiembre. 29. En su conferencia de
prensa del 28 de septiembre, Lozovsky había tratado de sonar muy
tranquilizador, diciendo que los alemanes estaban perdiendo "muchas
decenas de miles de muertos" fuera de Leningrado, pero que no importaba
cuántos más perdieran, todavía no entrarían en Leningrado; también
dijo que “se siguieron manteniendo las comunicaciones”, y que, aunque
hubo racionamiento en la ciudad, no hubo escasez de alimentos. También dijo que hubo fuertes combates “por Crimea”, pero negó que los alemanes hubieran cruzado todavía el istmo de Perekop. En
cuanto a la afirmación alemana de haber capturado 500.000 o 600.000
prisioneros en Ucrania, tras la pérdida de Kiev, fue mucho más
cauteloso, diciendo que la batalla continuaba y que a los rusos no les
interesaba dar información prematuramente. Sin
embargo, agregó la frase un tanto siniestra: “Cuanto más hacia el este
empujen los alemanes, más cerca estarán de la tumba de la Alemania
nazi”. Parecía estar preparado para la pérdida de Kharkov y el Donbas, aunque no lo dijo. agregó
la frase un tanto siniestra: “Cuanto más hacia el este empujen los
alemanes, más cerca estarán de la tumba de la Alemania nazi”. Parecía estar preparado para la pérdida de Kharkov y el Donbas, aunque no lo dijo. agregó
la frase un tanto siniestra: “Cuanto más hacia el este empujen los
alemanes, más cerca estarán de la tumba de la Alemania nazi”. Parecía estar preparado para la pérdida de Kharkov y el Donbas, aunque no lo dijo.
Hasta
el 4 o 5 de octubre no quedó claro que se había iniciado una ofensiva
contra Moscú y, aun así, no estaba claro cuál era su magnitud. Huelga
decir que no había nada en los periódicos rusos sobre el discurso de
Hitler del 2 de octubre anunciando su ataque “final” contra Moscú.
Sin
embargo, Lozovsky se refirió a ello en su conferencia de prensa del 7
de octubre. Parecía un poco nervioso, pero dijo que el discurso de
Hitler solo mostraba que el tipo se estaba desesperando.
“Él
sabe que no va a ganar la guerra, pero tiene que mantener a los
alemanes más o menos contentos durante el invierno y, por lo tanto, debe
lograr algún éxito importante, lo que sugeriría que se ha cerrado
cierta etapa de la guerra. La
segunda razón por la que es esencial que Hitler haga algo grande es el
acuerdo anglo-estadounidense-soviético, que ha causado un sentimiento de
desánimo en Alemania. Los
alemanes podrían, en un apuro, tragarse un acuerdo 'bolchevique' con
Gran Bretaña, pero un acuerdo 'bolchevique' con Estados Unidos era más
de lo que los alemanes esperaban". Lozovsky agregó que, de todos modos, la captura de esta o aquella ciudad no afectaría el resultado final de la guerra. Era como si ya estuviera preparando a la prensa para la posible pérdida de Moscú. Sin embargo, logró terminar con una nota de bravuconería:
Peor aún fue la noticia de la noche del 7, con la primera referencia oficial a “fuertes combates en dirección a Viazma”.
El
día 8, mientras Pravda e Izvestia tenían cuidado de no sonar demasiado
alarmados (Pravda en realidad comenzó con un artículo de rutina sobre
"El trabajo de las mujeres en tiempos de guerra"), el periódico del
ejército, Red Star, parecía extremadamente inquietante. Dijo
que “la existencia misma del Estado soviético estaba en peligro”, y que
cada hombre del Ejército Rojo “debe mantenerse firme y luchar hasta la
última gota de sangre”. Describió la nueva ofensiva alemana como una última aventura desesperada:
Hitler
ha puesto en ella todo lo que tiene, incluso todos los tanques viejos y
obsoletos, todos los tanques enanos que los alemanes han reunido en
Holanda, Francia o Bélgica han sido arrojados a esta batalla... Los
soldados soviéticos deben destruir a toda costa estos tanques, viejos y
nuevo, grande o pequeño. Toda la armadura de gentuza de la Europa arruinada está siendo lanzada contra la Unión Soviética.
Pravda
dio la voz de alarma el día 9, advirtiendo a los moscovitas contra la
“complacencia descuidada” y exhortándolos a “movilizar todas sus fuerzas
para repeler la ofensiva enemiga”. Al
día siguiente llamó a la “vigilancia” diciendo que, además de avanzar
sobre Moscú, “el enemigo también intenta, a través de la amplia red de
sus agentes, espías y agentes provocadores, desorganizar la retaguardia y
crear pánico”. . El 12 de octubre, Pravda habló del “terrible peligro” que amenaza al país.
Incluso
sin la ayuda de los agentes enemigos, hubo suficiente en Pravda para
difundir la mayor alarma entre la población de Moscú. Las
conversaciones sobre la evacuación habían comenzado el día 8, y se les
dijo a las embajadas extranjeras, así como a numerosas oficinas e
instituciones del gobierno ruso, que esperaran una decisión al respecto
muy pronto. El ambiente se estaba volviendo extremadamente tenso. Se habló de Moscú como un “super-Madrid” entre los más valientes, y de febriles intentos de fuga entre los menos valientes.
Para el 13 de octubre, la situación en Moscú se había vuelto muy crítica. Numerosas
tropas alemanas que habían sido retenidas durante más de una semana por
el "cerco de Viazma", estaban disponibles para el ataque final contra
Moscú. El Frente
“Occidental”, bajo el mando general del General Zhukov, asistido por el
General Konev, y con el General Sokolovsky como Jefe de Estado Mayor,
constaba de cuatro sectores: Volokolamsk bajo Rokossovsky; Mozhaisk bajo Govorov, Maloyaroslavets bajo Golubev y Kaluga bajo Zakharkin. No
había absolutamente ninguna certeza de que se pudiera evitar un avance
alemán, y el 12 de octubre, el Comité de Defensa del Estado decidió
llamar a la gente de Moscú a construir una línea de defensa a cierta
distancia de las afueras de Moscú, otra justo a lo largo de la frontera
de la ciudad.
En
la mañana del 13 de octubre, Shcherbakov, Secretario del Comité Central
y del Comité del Partido Comunista de Moscú, habló en una reunión
convocada por la Organización del Partido de Moscú: “No cerremos los
ojos. Moscú está en peligro”. Hizo
un llamamiento a los trabajadores de la ciudad para que enviaran todas
las reservas posibles al frente ya las líneas de defensa tanto dentro
como fuera de la ciudad; y aumentar considerablemente la producción de armas y municiones.
La
resolución aprobada por la Organización de Moscú pedía “disciplina de
hierro, una lucha despiadada contra las más mínimas manifestaciones de
pánico, contra los cobardes, desertores y traficantes de rumores”. La resolución decidió además que, dentro de dos o tres días, cada distrito de Moscú debería reunir un batallón de voluntarios; estos
llegaron a ser conocidos como los “Batallones Comunistas” de Moscú y,
al igual que algunos de los regimientos opolcheniye, jugarían un papel
importante en la defensa de Moscú llenando “vacíos”, a un costo muy alto
en vidas. En tres días,
12.000 de esos voluntarios se formaron en pelotones y batallones, la
mayoría de ellos con poco entrenamiento militar y sin experiencia en
combate.
Fue
el 12 y 13 de octubre cuando se decidió evacuar inmediatamente a
Kuibyshev y otras ciudades del este un gran número de oficinas
gubernamentales, incluidos muchos Comisariados del Pueblo, parte de las
organizaciones del Partido y todo el cuerpo diplomático de Moscú. Las fábricas de armamento más importantes de Moscú también iban a ser evacuadas. Prácticamente
todas las “instituciones científicas y culturales” como la Academia de
Ciencias, la Universidad y los teatros iban a ser trasladadas.
Pero
el Comité de Defensa del Estado, el Stavka del Mando Supremo y una
administración esquelética permanecerían en Moscú hasta nuevo aviso. Los
principales periódicos, como Pravda, Red Star, Izvestia, Komsomolskaya
Pravda y Trud, continuaron publicándose en la capital.
La
noticia de estas evacuaciones fue seguida por el comunicado oficial
publicado en la mañana del 16 de octubre. Decía: “Durante la noche del
14 al 15 de octubre la posición en el Frente Occidental empeoró. Las
tropas germano-fascistas lanzaron contra nuestras tropas grandes
cantidades de tanques e infantería motorizada, y en un sector rompieron
nuestras defensas”.
Al describir la gran crisis de octubre en Moscú, es importante distinguir entre tres factores. Primero,
el Ejército, que luchó desesperadamente contra fuerzas enemigas
superiores y cedió terreno muy lentamente, aunque debido a una
maniobrabilidad relativamente pobre, no pudo evitar algunos éxitos
locales alemanes espectaculares, como la captura de Kaluga en el sur en
el 12, de Kalinin en el norte el 14, o ese avance en lo que vagamente se
describió como “el sector de Volokolamsk” al que se refería el
“comunicado de pánico”, publicado el 16 de octubre. Incluso
mucho tiempo después, se creía en Moscú que el día 15 los alemanes se
habían estrellado mucho más hacia Moscú de lo que parece hoy en
cualquier registro publicado de la lucha. Solo entonces, se dijo, Rokossovsky detuvo la podredumbre arrojando las últimas reservas, incluyendo opolchentsy apenas entrenados y tropas de Siberia tan pronto como desembarcaron de los trenes. Hay
innumerables historias de soldados regulares e incluso opolchentsy
atacando tanques alemanes con granadas de mano y con "botellas de
gasolina", y de otras hazañas de "última zanja". La moral de las fuerzas de combate ciertamente no se quebró. El
hecho de que tropas frescas del Lejano Oriente y Asia Central
estuvieran llegando todo el tiempo, aunque solo en números limitados,
tuvo un efecto saludable para mantener el espíritu de las tropas que ya
habían luchado sin descanso durante más de quince días. y de otras hazañas de "última zanja". La moral de las fuerzas de combate ciertamente no se quebró. El
hecho de que tropas frescas del Lejano Oriente y Asia Central
estuvieran llegando todo el tiempo, aunque solo en números limitados,
tuvo un efecto saludable para mantener el espíritu de las tropas que ya
habían luchado sin descanso durante más de quince días. y de otras hazañas de "última zanja".
En segundo lugar, estaba la clase obrera de Moscú; la mayoría de ellos estaban listos para trabajar largas horas extra en fábricas que producían armamento y municiones; construir defensas; luchar
contra los alemanes dentro de Moscú en caso de que se abrieran paso o,
si todos fallaban, "seguir al Ejército Rojo hacia el este". Sin embargo, hubo diferentes matices en la determinación de los trabajadores de “defender Moscú” a toda costa. El
mismo hecho de que no más de 12.000 se hayan ofrecido como voluntarios
para las “brigadas comunistas” en el punto álgido del casi pánico del 13
al 16 de octubre parece indicativo; ¿Fue
porque, para muchos, estos batallones improvisados parecían inútiles
en este tipo de guerra, o fue porque, en el fondo de la mente de muchos
trabajadores, existía la idea de que Rusia todavía era grande y que
podría ser más ventajoso para librar la batalla decisiva en algún lugar
del este.
En
tercer lugar, había una gran masa de moscovitas, difíciles de
clasificar, que fueron más responsables que los demás del “gran zarpazo”
del 16 de octubre. Entre ellos había desde simples obyvateli, listos
para huir del peligro, hasta pequeños, medianos y incluso altos
funcionarios del Partido o ajenos al Partido que sintieron que Moscú se
había convertido en un trabajo para el Ejército y que no había mucho que
los civiles pudieran hacer. Entre
esta gente había un miedo genuino de encontrarse bajo la ocupación
alemana y, con pases regulares, o con pases que de algún modo habían
conseguido —o a veces sin ningún pase—, la gente huía hacia el este, al
igual que en París. había huido hacia el sur en 1940 cuando los alemanes
se acercaban a la capital.
Más
tarde, muchas de estas personas se avergonzarían amargamente de haber
huido, de haber sobrevalorado el poderío de los alemanes, de no haber
tenido suficiente confianza en el Ejército Rojo. Y,
sin embargo, ¿no había mostrado el Gobierno el camino, por así decirlo,
acelerando frenéticamente todas esas evacuaciones desde el 10 de
octubre en adelante?
Especialmente en 1942, el “gran lío” del 16 de octubre siguió siendo un recuerdo desagradable para muchos. Hubo
algunos chistes sombríos sobre el tema, especialmente en relación con
la medalla "Por la defensa de Moscú" que se había distribuido
generosamente entre los soldados y civiles; estaba
el chiste sobre los dos tipos de cintas: algunas medallas de Moscú
deberían colgarse de la cinta muaré normal, otras de una cinta drapeada;
También estaba la broma
de una actriz famosa y muy gordita y bien equipada que había recibido
una Medalla de Moscú "por defender a Moscú de Kuibyshev con su pecho".
Recuerdo
que Surkov me dijo que cuando llegó a Moscú desde el frente el día 16,
telefoneó a unos quince o veinte de sus amigos, y todos habían
desaparecido.
En
la “ficción”, más que en la historia formal, hay algunas descripciones
valiosas de Moscú en el punto álgido de la crisis, por ejemplo, en El
vivo y el muerto de Simonov ya citado. Aquí hay una foto de Moscú durante ese sombrío 16 de octubre y los días siguientes, con las estampidas en la estación de tren; con funcionarios huyendo en sus autos sin permiso; los
opolchentsy y los hombres del batallón comunista que caminaban
hoscamente, en lugar de marchar, por las calles, vestidos con una
colección variopinta de ropa, fumando, pero sin cantar; con
la fábrica "Hammer and Sickle" trabajando día y noche produciendo miles
de erizos antitanque, que luego son conducidos al anillo exterior de
bulevares; con su olor a papeles quemados; con
la rápida sucesión de ataques aéreos y batallas aéreas sobre Moscú, en
las que los aviadores rusos a menudo embisten suicidamente a los aviones
enemigos;
Para el día 16, muchas fábricas ya habían sido evacuadas.
De todos modos, debajo de toda la espuma del pánico y la desesperación había “otro Moscú”:
Más
tarde, cuando todo esto pertenecía al pasado, y alguien recordaba ese
16 de octubre con pena o amargura, él [el héroe de Simonov] no decía
nada. El recuerdo de Moscú ese día le resultaba insoportable, como el rostro de una persona a la que amas distorsionado por el miedo. Y,
sin embargo, no sólo fuera de Moscú, donde las tropas luchaban y morían
ese día, sino que dentro de Moscú había suficientes personas que
estaban haciendo todo lo que estaba a su alcance para no rendirla. Y por eso no se perdió Moscú. Y,
sin embargo, ese día en el Frente la guerra parecía haber dado un giro
fatal, y ese mismo día había gente en Moscú que, en su desesperación,
estaba dispuesta a creer que los alemanes entrarían en Moscú mañana. Como
siempre sucede en los momentos trágicos, aún no era conocida por todos
la fe profunda y el trabajo discreto de quienes continuaron, y
aún no había llegado a dar fruto, mientras el desconcierto, el terror y
la desesperación de los demás te golpeaban entre los ojos. Esto era inevitable. Ese
día decenas de miles, alejándose de los alemanes, rodaron como
avalanchas hacia las estaciones de ferrocarril y hacia las salidas
orientales de Moscú; y, sin embargo, de estas decenas de miles, tal vez había sólo unos pocos miles a quienes la historia podía condenar con razón.
Simonov escribió este relato de Moscú el 16 de octubre de 1941 después de un lapso de casi veinte años; pero
su historia, que no podría haber sido publicada en la época de Stalin,
suena cierta a la luz de lo que había oído sobre esos sombríos días solo
unos meses después, en 1942.