Carta de Moscú
The New Yorker, 1983
A DIFERENCIA de sus predecesores, Yuri Andropov disfrutó de una campaña de relaciones públicas en Occidente antes de convertirse en líder de la Unión Soviética. Empezaron a filtrarse desde el Kremlin comentarios favorables cuando era jefe de la K.G.B., o Comité para la Seguridad del Estado, como se llama a la policía secreta. El tema cobró fuerza cuando pasó de la K.G.B. al Secretariado del Partido Comunista, en mayo de 1982. Para noviembre, cuando fue nombrado Secretario General después de la muerte de Leonid Brezhnev, ya había nacido una leyenda en torno de Andropov. Se decía de él que vestía con elegancia, hablaba en voz baja, vivía con modestia, disfrutaba del coñac, entendía inglés, jugaba al tenis, le gustaba el jazz y sostenía ideas liberales, entre ellas el apoyo a la reforma económica y la oposición a la invasión de Afganistán. No habría resultado sorprendente leer que podía caminar por la cuerda floja mientras tocaba el violín, mejor que Heifetz.
Cuando visité Moscú poco después de la sucesión, tenía en
mente intentar reconstruir cómo se había moldeado la imagen de Andropov. Lejos
de encontrar las dificultades habituales del trabajo periodístico en la Unión
Soviética, el proyecto prácticamente se hizo solo. De hecho, Moscú me hizo
acordar a Cambridge, Massachusetts, justo después de la elección de John
Kennedy. Muchos de quienes habían desempeñado papeles importantes en la
promoción de Andropov pertenecían a la “nueva clase” de intelectuales,
científicos y periodistas bien conocidos por los occidentales. Aunque no
vinieron corriendo precisamente, los acercamientos relativamente directos
dieron resultado. De hecho, encontré por primera vez la fuente más prolífica de
andropoviana en un pequeño almuerzo ofrecido por el embajador estadounidense,
Arthur Hartman, en Spaso House, su residencia oficial.

El invitado de honor era Roy Medvedev, un hombre de unos cincuenta y cinco años, de pelo blanco y tez rubicunda, con ojos azul celeste y un aspecto benévolo que lo hacía parecerse a Boris Pasternak en sus últimos años. Según los parámetros soviéticos, Medvedev vivía en el limbo: era un inadaptado y un excéntrico. No tenía un empleo regular. Se describía como un “marxista independiente” y un “eurocomunista”. Había publicado en Occidente libros escritos en colaboración con su hermano gemelo, Zhores, biólogo residente en Gran Bretaña. Uno de esos libros atacaba a Stalin en términos severos. Otro elogiaba a Khrushchev, aunque débilmente. Un tercero era una recopilación de samizdat, es decir, escritos publicados clandestinamente en la Unión Soviética. A mediados de la década del setenta estuvo en problemas y se movía furtivamente por Moscú, a veces con una peluca como disfraz. En algún momento de ese período se convirtió en un ferviente propagandista de Andropov. Ahora gozaba de protección. “Si no tuviera un padrino”, observó un experto estadounidense en Rusia, “estaría en un manicomio”.
En el almuerzo del embajador, Roy Medvedev habló sin parar durante un par de horas sobre la política interna que, en unos pocos meses, había llevado a Andropov de jefe de la K.G.B. a Secretario General. Un par de días después, para verificar el relato, fui con Dusko Doder, del Washington Post, a visitar a Medvedev en su departamento. Vivía en el quinto piso de un edificio sin ascensor, en una zona alejada del norte de la ciudad, el equivalente moscovita del Bronx. Un corte de electricidad había apagado las luces, pero tenía una vela sobre el escritorio y me dio una linterna para ayudarme a tomar apuntes. Repitió, con mucho más detalle, el relato que había dado en el almuerzo del embajador. Aunque esa historia no es necesariamente cierta, y hasta puede estar diseñada para encubrir una toma del poder por parte de la K.G.B., resulta fascinante y abarcadora. Coincide con muchos episodios conocidos y no es intrínsecamente inverosímil. Por lo tanto, la siguiente crónica de la carrera de Andropov se basa principalmente en la descripción de Medvedev.
El Secretario General nació en 1914, en un pequeño pueblo del Cáucaso. La madre de su padre era judía, y ese hecho fue usado en su contra en la competencia por el liderazgo. Su padre ocupaba un puesto administrativo en los ferrocarriles y provenía de una familia de condición social ligeramente superior a las de Brezhnev, Khrushchev o Stalin, aunque no a la de Lenin. Las primeras actividades políticas de Andropov se desarrollaron en organizaciones del Komsomol, o Juventud Comunista, en comunidades del Volga. Hacia el final de su adolescencia se mudó a Petrozavodsk, en Karelia, cerca de la frontera finlandesa. A los veintiséis años, Andropov ya era Primer Secretario de la organización regional del Komsomol. A los treinta y tres era Segundo Secretario del Partido para la República Carelo-Finesa y protegido de Otto Kuusinen, un comunista finlandés que se convirtió en jefe de la república después de un breve período al frente de un gobierno comunista títere de Finlandia durante la guerra fino-rusa de 1939-40. Kuusinen llevó a Andropov a Moscú en 1951 como inspector del Secretariado del Partido.
Dos años después, inmediatamente después de la muerte de Stalin, Andropov cayó en graves dificultades. Georgi Malenkov, que había sucedido a Stalin como primer ministro y secretario del Partido, tuvo que librar una batalla con Khrushchev por el control de la organización partidaria. Para reforzar su posición, Malenkov quería desplazar al secretario del Partido en la República de Lituania. Andropov fue designado para informar sobre ese hombre, y Malenkov le dio a entender que quería un informe desfavorable. En cambio, Andropov absolvió por completo al secretario lituano del Partido. Como castigo, Malenkov desterró a Andropov a Budapest. Así fue como terminó siendo embajador allí en 1956, cuando estalló la rebelión húngara contra el dominio de Moscú.
Los relatos de distintos refugiados sobre el papel de Andropov en el levantamiento húngaro no fueron confirmados por Medvedev. No indicó si, como se ha afirmado, Andropov engañó a varios húngaros para ganarse su confianza y luego los entregó a las tropas rusas de ocupación. Lo que sí dijo Medvedev fue que, como embajador, Andropov llamó la atención y se ganó la admiración de varios dirigentes soviéticos, entre ellos el propio Khrushchev y Mikhail Suslov, ideólogo del Partido y veterano miembro del Secretariado. En 1957, Andropov fue llevado de regreso a Moscú para trabajar bajo las órdenes de Suslov como jefe del departamento del Secretariado encargado de los partidos comunistas de los países satélite. Cinco años después, Khrushchev lo convirtió en miembro pleno del Secretariado. “Se lo debía todo a Khrushchev”, dijo Medvedev.
LA policía secreta siempre fue un problema para la dirigencia soviética, en especial durante los períodos de sucesión, cuando las líneas de autoridad se vuelven imprecisas. Khrushchev y sus aliados dispusieron que Lavrenti Beria, el principal policía de Stalin, fuera juzgado y fusilado. Después se dividió el poder de seguridad interna: la K.G.B. quedó separada del Ministerio del Interior, que controlaba a la policía uniformada. Brezhnev, tras desplazar a Khrushchev en 1964, resistió un desafío de Alexander Shelepin, quien había sido jefe de la K.G.B. En 1967, por recomendación de Suslov, Brezhnev confió la organización a Andropov. “Era una persona inteligente en quien todos los demás miembros de la dirigencia confiaban”, dijo Medvedev.
Como jefe de la K.G.B., Andropov implantó programas para contener la disidencia y el oposicionismo que eran a la vez eficaces y, según Medvedev, relativamente moderados. A un cuarto de millón de rusos, muchos de ellos judíos pero también no pocos no judíos que eran figuras destacadas de la cultura, se les permitió o se los obligó a emigrar. A varios disidentes se les dio un margen amplio antes de que finalmente fueran juzgados y condenados. En algunos casos, Andropov intervino personalmente para aliviar sus condiciones. Un caso citado por Medvedev que pude verificar fue el del estudioso de la literatura Mikhail Bakhtin.
Bakhtin se hizo famoso con la publicación de un libro sobre Dostoyevski en 1929. Ese mismo año fue desterrado a Kazajistán durante seis años, aparentemente por sus intereses religiosos. Después, para no correr el riesgo de volver a tener problemas, se instaló en la ciudad de Saransk, en la República Autónoma de Mordovia, unos ochocientos kilómetros al sudeste de Moscú. Bakhtin enseñó y escribió allí tranquilamente hasta que se jubiló, en 1961. Dos años más tarde, como parte del deshielo iniciado por Khrushchev, su obra sobre Dostoyevski volvió a publicarse. En 1965 publicó un estudio sobre Rabelais que levantó algunas cejas, tanto porque citaba las frecuentes referencias al sexo del maestro francés como porque tendía a elogiar la literatura obscena como un desafío al despotismo. En 1969, Bakhtin regresó a Moscú. La vida allí no le resultó fácil. Sufría osteomielitis y tenía enormes dificultades para conseguir una atención médica decente. Colegas del Instituto Gorki y de la Universidad de Moscú intentaron ayudarlo. Uno de ellos, Vladimir Turbin, tenía a Irina, la hija de Andropov, como alumna en la Universidad de Moscú. Ella puso el caso de Bakhtin en conocimiento de su padre. Andropov dispuso que Bakhtin y su esposa ingresaran al hospital vinculado al Kremlin. Permanecieron allí, en la sala reservada para huéspedes del Tercer Mundo, desde 1969 hasta 1970. Después dejaron la clínica y se mudaron a un departamento en Moscú, donde él murió en 1975.
Según Medvedev, Andropov se había interesado desde siempre por los problemas generales y mantenía la mirada fija en el principal puesto de liderazgo. Su carrera hacia la cima comenzó en diciembre de 1981. Para entonces, Brezhnev estaba claramente muy enfermo. El dirigente moribundo quería inclinar la sucesión hacia un antiguo asociado que lo había servido como asistente personal durante más de dos décadas, Konstantin Chernenko. Brezhnev llegó incluso a hablar de renunciar, con la condición de que el cargo de Secretario General fuera para Chernenko. Pero la mayoría de los demás miembros plenos del Politburó despreciaban a Chernenko por considerarlo un mero lacayo de Brezhnev. Para frenarlo, se alinearon detrás de otro asociado de Brezhnev, Andrei Kirilenko, responsable de los cuadros del Partido. En ese momento Andropov estaba muy abajo en la jerarquía de la dirigencia. No sólo tenía por delante a Brezhnev, Kirilenko, Suslov y Chernenko, sino que también estaba por debajo del primer ministro Nikolai Tikhonov, del jefe del Partido en Moscú, Viktor Grishin, y del presidente de la Comisión de Control del Partido, Arvid Pelshe. “Tenía que pasar del octavo puesto al primero a toda velocidad”, dijo Medvedev sobre Andropov. “Lo jugó como una partida de ajedrez”.
El primer movimiento consistió en debilitar a Brezhnev y, de ese modo, reducir el apoyo a Chernenko. Con ese fin, la K.G.B. puso en conocimiento de Suslov varios escándalos de contrabando de divisas y diamantes que involucraban a Galina, la hija de Brezhnev, y a una figura del circo conocida como Boris el Gitano, de quien se decía que era su amante. En el asunto estaba involucrado el general Semyon Tsvigun, número dos de la K.G.B., que intentó hacer arrestar a Boris. Al enterarse, Suslov reprendió a Tsvigun. Este entró en pánico y se suicidó el 19 de enero. El aviso necrológico, que no llevaba la firma de Brezhnev, y el funeral inusualmente modesto llamaron la atención sobre todo el asunto. El propio Suslov murió el 25 de enero. Brezhnev y Chernenko estaban “desorientados”, como lo expresó Medvedev, y Andropov vio su oportunidad de obtener el puesto de Suslov en el Secretariado.
Su siguiente movimiento fue establecer una alianza con los militares por medio del ministro de Defensa, Dmitri Ustinov, y del jefe del Estado Mayor, el mariscal Nikolai Ogarkov. Según Medvedev, los militares siempre desempeñaron un papel entre bambalinas en la política de la dirigencia. Khrushchev consolidó su victoria sobre Malenkov llamando a su lado al héroe de la Segunda Guerra Mundial, el mariscal Georgi Zhukov. Brezhnev allanó el camino para desplazar a Khrushchev al ganarse al mariscal Rodion Malinovski, que había reemplazado a Zhukov como ministro de Defensa. Brezhnev rechazó el desafío de Shelepin demostrando, mediante una visita a Bielorrusia, donde el Ejército realizaba maniobras, que contaba con el apoyo del mariscal Andrei Grechko. Aunque los soldados y la policía secreta son enemigos tradicionales, Andropov inició su cortejo a los militares con varias ventajas. Él y el ministro de Defensa Ustinov, junto con el ministro de Relaciones Exteriores Andrei Gromyko, formaban, como jefes de organismos operativos de seguridad, una pequeña colonia separada de los demás miembros del Politburó, que eran puramente políticos. También tenía vínculos con el mariscal Ogarkov que se remontaban al servicio compartido en el frente de Karelia durante la Segunda Guerra Mundial. Además, los militares tenían varias cuentas pendientes con el régimen de Brezhnev. Estaban descontentos con el énfasis puesto en la distensión y el control de armamentos. Querían una economía más eficaz, que pudiera proporcionar fondos adicionales para modernizar el equipamiento, y no solamente los misiles. Les preocupaba que los jóvenes soviéticos mostraran falta de espíritu combativo. Andropov, aunque nunca se enfrentó abiertamente con Brezhnev, se había alejado del apoyo total a la distensión que mostraba Chernenko. En algún momento de febrero o marzo, dijo Medvedev, Andropov y Ustinov llegaron a un acuerdo. Uno de sus frutos fue que, el 22 de abril, Andropov pronunció el discurso del Día de Lenin. En ese discurso, destacó de manera implícita la importancia del Estado y de sus dirigentes, como él y Ustinov, frente a meros burócratas del Partido, como Chernenko. Al terminar la sesión se ejecutó el himno nacional, pero no, como era habitual, el himno del Partido.
El pleno de mayo del Comité Central llevó la lucha a su punto decisivo. La cuestión principal era la designación de un sucesor de Suslov en el Secretariado. Ustinov propuso a Andropov, Gromyko apoyó la nominación y ambos recibieron el respaldo del jefe de Leningrado, Grigori Romanov; del dirigente del Partido ucraniano, Vladimir Shcherbitsky; del dirigente moscovita Grishin; y de Pelshe. Brezhnev y Chernenko se opusieron, pero sólo pudieron obtener el apoyo del primer ministro Tikhonov; del especialista en agricultura del Secretariado, Mikhail Gorbachev; y del jefe del Partido kazajo, Dinmukhamed Kunaev. De ese modo, Andropov pasó de la K.G.B. al Secretariado del Partido. Había regresado al núcleo central de la dirigencia.
Durante el verano, Andropov permaneció entre bambalinas, despejando caminos y afianzando alianzas. Su aparición como aspirante abierto al puesto máximo volvió innecesario el papel de Kirilenko como candidato para frenar a Chernenko. Kirilenko venía padeciendo problemas físicos, pero quedó en evidencia que su enfermedad también era política. La causa concreta, según Medvedev, fue un rumor que circuló por Moscú según el cual el yerno de Kirilenko había intentado desertar a Occidente, había sido capturado y devuelto por la fuerza a Moscú. El rumor sostenía que Kirilenko había intentado suicidarse y, quizá peor todavía, había fracasado.
Para reemplazar a Andropov al frente de la K.G.B., el pleno de mayo había elegido a Vitali Fedorchuk, un funcionario de carrera de la K.G.B. proveniente de Ucrania. Esa elección aparentemente consolidó la alianza entre Andropov y el dirigente ucraniano Shcherbitsky, protector de Fedorchuk. Pero, en el proceso, otro candidato —Geidar Aliyev, un exfuncionario de la K.G.B. que, gracias a una exitosa campaña contra la corrupción, se había convertido en secretario del Partido en Azerbaiyán— había quedado privado del principal cargo de la K.G.B. en Moscú. En algún momento del verano, Andropov forjó nuevos vínculos con Aliyev, quizá mediante algunas maniobras políticas internas de la K.G.B. y volviendo a destacar que él también era un firme enemigo de la corrupción.
A pesar de esos avances, al llegar el otoño la sucesión de Andropov seguía en duda. Chernenko había ocupado el antiguo despacho de Suslov y había asumido el viejo papel de Kirilenko como responsable de los cuadros del Partido. Presidía las reuniones del Politburó durante las ausencias de Brezhnev. Además, él y Brezhnev habían lanzado una especie de contraataque. Uno de sus elementos era una búsqueda del apoyo militar. Ese esfuerzo salió a la luz en una reunión inusual de comandantes militares en el Kremlin, el 27 de octubre. Brezhnev habló e indicó que estaba prestando una atención personal minuciosa a las necesidades militares. Dijo que, lejos de desatender a los soldados, aumentaría los recursos destinados a defensa. Al mismo tiempo, rindió un homenaje especial a Ustinov.
Un segundo aspecto del contraataque se concentró en las gestiones de acercamiento con China. Suslov, como ideólogo del Partido, había sostenido que reincorporar a Pekín al redil fortalecería la posición de los comunistas independientes de Europa Oriental. Su muerte había despejado el camino para un nuevo enfoque. En un discurso pronunciado en Tashkent en marzo, Brezhnev había indicado que estaba en marcha una nueva ronda de negociaciones y que China era considerada ahora “un país socialista”. En su discurso del 27 de octubre ante los militares reiteró ese punto. Dos días después, en un discurso en Tiflis, Chernenko fue un paso más allá que su jefe, en lo que pareció un intento de apropiarse de la apertura hacia China. Entre otras cosas dijo —y en este caso verifiqué el texto original—: “Deseamos sinceramente normalizar las relaciones con el gran vecino chino y estamos convencidos de que tanto China y la Unión Soviética como la causa de la paz en todo el mundo saldrán beneficiadas”.
La aparición en Tiflis fue sólo uno de una serie de pasos que Chernenko dio para cerrarle el paso a Andropov. Publicó un libro que recibió numerosas reseñas. Ocupó el lugar de honor junto a Brezhnev en la reunión del 27 de octubre y en una sesión del Soviet Supremo el 5 de noviembre. En esa sesión, el discurso principal no estuvo a cargo de Andropov sino de una figura oscilante, Grishin. En su discurso, Grishin pareció inclinarse hacia Brezhnev y Chernenko. Además, el propio Brezhnev se presentó en la sesión y, el 7 de noviembre, permaneció de pie durante un desfile de dos horas por el Día Nacional. Se lo veía enfermo, pero claramente estaba en condiciones de desempeñar sus funciones. Un rumor en Moscú decía que podría renunciar el 21 de diciembre de 1982, en el sexagésimo aniversario de la formación de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas, aunque, una vez más, sólo con la condición de que Chernenko fuera su sucesor. Brezhnev murió en esas circunstancias, cuando la cuestión del liderazgo todavía no estaba resuelta.
El 7 de noviembre, cuando Brezhnev permaneció de pie durante el desfile, fue un día helado, y contrajo lo que literalmente resultó ser el resfrío que lo llevó a la muerte. Esa noche fue a su dacha en las afueras de Moscú y nunca regresó. La versión oficial sostiene que murió a las ocho y media de la mañana del 10 de noviembre. Medvedev dio esa versión durante su conversación con el embajador Hartman en el almuerzo. Cuando lo vi más tarde, insinuó que Brezhnev había muerto antes, quizá durante la noche del 9 de noviembre. Los médicos de la dacha intentaron reanimarlo durante varias horas. Después lo trasladaron a una clínica cardiológica cercana, donde fue declarado muerto. En cualquier caso, durante el 10 de noviembre Andropov dispuso de tiempo de sobra para organizar su mayoría. Al parecer, aseguró el resultado en una reunión relativamente pequeña del Politburó hacia el mediodía. Esa noche se convocó una reunión más amplia, de unas cincuenta personas, entre ellas los diez miembros del Politburó, varios comandantes militares y otros hombres importantes. Shcherbitsky, aliado ucraniano de Andropov, fue nombrado presidente provisional. Ustinov propuso a Andropov como Secretario General. Gromyko apoyó la moción y esta fue aprobada. Se decidió que Chernenko nominaría formalmente a Andropov en una reunión plenaria del Comité Central del Partido convocada para el 12 de noviembre.
En la mañana del 11 de noviembre se anunció la muerte de Brezhnev. Medidas de seguridad extraordinarias mantuvieron a los visitantes alejados del Kremlin durante casi todo el día. Según Medvedev, varios funcionarios provinciales del Partido hostiles a Andropov, porque temían una posible purga por motivos de corrupción, intentaron organizar una mayoría para Chernenko. Pero Chernenko se negó a presentarse. Propuso a Andropov, quien fue debidamente elegido Secretario General por el pleno del Comité Central.
DE cara al futuro, Medvedev nos dijo que tenía esperanzas. Pensaba que el nuevo dirigente estaba preocupado por Occidente y que trabajaría por el control de armamentos. Dijo que Andropov favorecía una disminución de la tensión con China y que continuaría la política conciliadora puesta en marcha por Brezhnev, aunque expresó dudas acerca de que hubiera una retirada temprana de Afganistán. En cuanto a los asuntos internos, Medvedev pronosticó un fuerte énfasis en eliminar la corrupción y mejorar la eficiencia económica. Pero consideraba que Andropov sólo se afirmaría lentamente. Dijo que gobernaría en nombre del Comité Central hasta que su propia autoridad quedara consolidada. No habría nada de la idolatría de los últimos años de Brezhnev: no habría una avalancha de condecoraciones para Andropov ni retratos clavados en las paredes. “En lugar del culto a la personalidad”, dijo Medvedev, “habrá un culto a la modestia”.
El comentario sobre los retratos adquirió para mí un énfasis especial cuando fui a visitar a otro conocido constructor de la imagen de Andropov: Georgi Arbatov, director del Instituto de Estados Unidos y Canadá. Arbatov tenía sobre el escritorio una fotografía de Brezhnev firmada. Le dije que no la había visto en visitas anteriores. “Brezhnev me la mandó hace algún tiempo”, explicó Arbatov. “La guardaba en casa porque la dedicatoria era tan elogiosa que pensé que a los demás podría parecerles una ostentación. Desde que Brezhnev murió, eso dejó de importar. Así que llevé la foto a la oficina”.
“Eso es una señal suprema de confianza en uno mismo”, dijo un diplomático estadounidense cuando le conté la historia de la fotografía. También es la señal de cierto tipo de persona con cierto tipo de historia. Arbatov era un hombre regordete de cincuenta y nueve años, de nariz grande, piel pálida y expresivos ojos azules. Hablaba con autoridad sardónica en inglés y alemán, además de ruso, sobre la mayoría de los temas comprendidos por la política y el arte de gobernar. Como director del instituto —un organismo de la Academia de Ciencias que ocupaba un elegante edificio antiguo en el centro de Moscú y contaba con varios cientos de empleados—, era miembro del Soviet Supremo, o parlamento; viajaba con frecuencia a Estados Unidos y Europa; y era una figura pública que aparecía a menudo en televisión, tanto en Rusia como en Occidente. Se creía que era cercano a Brezhnev, y me dijo que había estado con él tan recientemente como el 26 de octubre, cuando Brezhnev trabajaba en un discurso que debía pronunciar ante un pleno del Comité Central convocado originalmente para el 15 de noviembre. Cualquiera fuera su vínculo con Brezhnev, Arbatov estaba mucho más cerca de Andropov de lo que había estado de Brezhnev. Trabajaron juntos después de 1957, cuando Andropov asumió el departamento del Comité Central encargado de las relaciones con los partidos comunistas gobernantes de otros países. Igor, el hijo de Andropov, había sido miembro del Instituto de Estados Unidos antes de incorporarse al Ministerio de Relaciones Exteriores ruso, y todavía mantenía vínculos con él. Durante todo el verano de 1982, en conversaciones con occidentales, Arbatov descalificó regularmente a Chernenko como “poco más que un campesino” y como una figura “impensable como líder de la Unión Soviética”. Un académico estadounidense que vio a Arbatov en septiembre lo describió como “absolutamente seguro” de que Andropov sucedería a Brezhnev.
En nuestra conversación, Arbatov reconoció que efectivamente había existido una campaña para promover a Andropov ante los ojos de Occidente. Sin que yo se lo sugiriera, afirmó que algunas personas creían que el propio Andropov había intervenido en la campaña. “Eso no es cierto”, dijo. “La promoción de Andropov surgió de fuentes espontáneas. No fue obra suya. Fue obra de voluntarios. Una razón principal fue que hizo que la K.G.B. fuera distinta de lo que había sido. Bajo su conducción, su reputación mejoró. Ya no encajaba con el estereotipo de un órgano de terror. Su reputación es mejor que la de la C.I.A. o el F.B.I. Aun así, no es una institución de beneficencia”.
Al hablar de Andropov como persona, Arbatov fue directo pero no verborrágico. Dijo: “Siempre me pareció una persona práctica. Tenía los pies sobre la tierra y se concentraba en cuestiones concretas. No puede decirse que tuviera un buen título de una buena universidad. Pero le interesaba la teoría. Había leído los libros de Lenin y de Plekhanov. Estudió inglés. No creo que hablara inglés, pero podía leerlo. No sé cuánto le habrá quedado. Quizá queden rastros”. Después Arbatov agregó una observación que más tarde otros repetirían y que, a mi juicio, llegó a parecer muy significativa. Dijo: “El campo de Andropov es la política. Podría decirse que tiene un instinto innato para la política”.
Pregunté por la política económica y mencioné informes occidentales según los cuales Andropov favorecía el tipo de reforma que había dado buenos resultados en Hungría. Arbatov dijo: “Andropov no es economista y no pretende serlo. Le interesa mejorar las cosas, pero para él reforma no significa lo mismo que para los estadounidenses: descentralización. Supone algo de centralización y algo de descentralización. Necesitamos centralización en muchas áreas. En energía, por ejemplo, tenemos que integrar el petróleo, el gas, el carbón, la energía nuclear y la conservación. Mejorar la agricultura significa administrar mejor el transporte y el almacenamiento, y la conservación y distribución de alimentos”. Arbatov confirmó entonces un informe según el cual la nueva estrella de la política soviética, Geidar Aliyev, promovido a primer viceprimer ministro en un pleno del Comité Central el 22 de noviembre, quedaría a cargo del transporte. Dijo que Aliyev había demostrado una gran capacidad de gestión económica después de pasar del cargo de jefe de la K.G.B. provincial al de secretario del Partido en Azerbaiyán: había llevado a Azerbaiyán “desde el último puesto de la clasificación de desempeño económico entre las repúblicas hasta el primero”.
El tema siguiente fue la política exterior, y allí Arbatov trazó un panorama general de lo que, a su juicio, podía esperarse de Andropov. Empezó por el cambio de política hacia China. “Llegamos a la conclusión de que era inútil y estúpido considerar a China un problema que no podía abordarse. Comprendimos que, con el tiempo, los chinos entenderían que no les convenía ser hostiles a la Unión Soviética. Tienen enormes problemas de desarrollo. No pueden resolverlos sin nosotros. Así que, cuando revisaron su política, nosotros estábamos preparados. Puede haber habido cierta inercia para responder a su jugada. Quizá exista alguna relación con nuestro deseo de avanzar en el control de armamentos con Estados Unidos y de impedir que Estados Unidos use la carta china contra nosotros. Pero nuestra convicción básica es que estamos tratando de mejorar la seguridad mundial. No podemos mejorar la seguridad mundial sin los chinos. Ellos tienen que asumir responsabilidades. Puede que no nos resulte agradable. Puede que no les resulte agradable a ustedes. Pero así son las cosas”.
Arbatov trató con gran desapego las regiones del Tercer Mundo, donde el régimen de Brezhnev había parecido lograr avances. “Nosotros no asumimos compromisos en África”, dijo. “Cuba sí. De todos modos, ahora está claro que no vamos a arrasar África”. En cuanto a Medio Oriente, Arbatov reconoció que “cometimos errores allí” y agregó: “Ahora les toca a ustedes cometer errores. Vemos que muchos países se vuelcan hacia nosotros: Arabia Saudita, Jordania, Kuwait”. Después, como si la Unión Soviética no estuviera realmente en contra de lo que ocurría allí, dijo: “La invasión del Líbano fue un acontecimiento trágico. Pero hizo posibles otras cosas”.
Europa y Estados Unidos, dijo Arbatov, eran, en cambio, “terriblemente importantes”. Mencionó el proyecto de la OTAN de instalar misiles estadounidenses Cruise y Pershing II en Europa Occidental, salvo que las negociaciones sobre armamentos condujeran a una reducción de las armas nucleares soviéticas —principalmente misiles SS-20— apuntadas hacia Europa Occidental. Dijo que Rusia quería negociar un acuerdo de control de armamentos. “Queremos tener relaciones normales. No queremos volver a tener una guerra”. Agregó: “Pero el gobierno de Reagan es absolutamente hostil. Sólo trata con nosotros por la presión de sus aliados o de la economía. Son anticomunistas trogloditas. Por eso debo decir que nos acercamos al momento en que ya no podremos permitirnos el lujo de negociar. Si ustedes despliegan los Pershing, tendremos que entregar todo el asunto a las computadoras. Tendremos que poner nuestros misiles en situación de lanzamiento ante alerta”.
Expresé la opinión de que estaba siendo excesivamente alarmista, y que en realidad Moscú y Washington terminarían alcanzando un acuerdo de control de armamentos. Sugerí que sus advertencias sobre peligros futuros eran una táctica de negociación destinada a asustar a los europeos, para que la Unión Soviética pudiera cerrar un trato más ventajoso con Estados Unidos, un acuerdo que implicara una reducción menor de los misiles soviéticos.
Arbatov no discutió esa acusación. En cambio, sugirió que se aproximaba una prueba de fuerza soviético-estadounidense en Europa. Dijo: “Hemos superado la aguda crisis del problema polaco. Hemos manejado sin sobresaltos el problema de la transición. Ustedes, los estadounidenses, están molestos porque calcularon que seríamos débiles, y no lo somos”.
EN los días inmediatamente posteriores a mi reunión con Arbatov, dos de sus adjuntos me invitaron a almorzar. Uno era especialista en asuntos económicos y el otro, en cuestiones militares y de política exterior. Con la condición de que no revelara sus nombres, me proporcionaron detalles que ampliaban lo dicho por Arbatov.
El economista dijo que el mundo entero atravesaba dificultades económicas y que las de la Unión Soviética no eran menores que las de Estados Unidos y Europa Occidental. Dijo que el problema general consistía en administrar economías de gran escala, y que la idea occidental de que la reforma significaba descentralización e incentivos era, en lo esencial, equivocada. En la Unión Soviética, el gran problema era la falta de disciplina. Los administradores y no pocos trabajadores del Partido eran corruptos. Los obreros tendían al ausentismo y al alcoholismo. A los jóvenes sólo les interesaba conseguir cosas. Dijo que siempre aparecían “reformistas” para defender la necesidad de más incentivos. Dudaba de que llegaran muy lejos. Para mejorar el sistema hacían falta palos, no zanahorias. “Si hay algo que ustedes tienen y nosotros necesitamos”, dijo acerca de Occidente, “es el derecho a despedir gente”.
Para reforzar el argumento, repitió un dicho que circulaba en Moscú sobre las seis maravillas de la Unión Soviética. Decía así: “Nadie está desocupado, pero nadie trabaja. Nadie trabaja, pero a todos les pagan. A todos les pagan, pero no hay nada para comprar. No hay nada para comprar, pero a nadie le falta lo que necesita. A nadie le falta lo que necesita, pero todos se quejan. Todos se quejan, pero cuando llega el momento de votar todos votan que sí”.
Pregunté por la posibilidad de que, bajo Andropov, la Unión Soviética siguiera el modelo húngaro. Dije que, cualquiera hubiera sido la situación mundial, todo el mundo sabía que, entre los Estados comunistas, Hungría exhibía un desempeño económico comparativamente sólido. Seguramente la razón era la descentralización y la admisión de incentivos.
El economista suspiró y, con el aire de un padre que se dirige a un chico especialmente lento, dijo que quería contarme una historia sobre la vida en tiempos de los zares. Había un joven muy inteligente y lleno de promesas que había crecido en una ciudad alejada de Moscú. El gran acontecimiento de la ciudad era un baile de beneficencia. Cuando alcanzó la edad suficiente, el joven fue invitado y compró una rosa para usar en el ojal, como era costumbre entre los hombres que asistían al baile. La florista le cobró quince rublos. Mientras se prendía la rosa, apareció su abuelo para comprar otra. La mujer le cobró al abuelo un precio mucho menor: apenas cuarenta kopeks. El nieto protestó. La mujer respondió: “Vos sos joven y no tenés responsabilidades, así que podés permitirte pagar quince rublos por la rosa. Tu abuelo tiene muchas responsabilidades, así que a él le cobramos sólo cuarenta kopeks”. Así eran las cosas, explicó el economista, entre Hungría y Rusia. Los húngaros sólo tenían que ocuparse de sí mismos. Podían permitirse toda clase de lujos. Pero la Unión Soviética era un país enorme, con doscientos setenta millones de habitantes. También era el bastión de todo el campo socialista, el sostén principal del que dependían todos los demás. “No podemos permitirnos el lujo de la reforma”, dijo.
El especialista en política exterior me aseguró que el estado de las relaciones entre Estados Unidos y Rusia “no era sombrío”. Dijo que Andropov estaba profundamente interesado en el control de armamentos y que presentaría propuestas serias. La única cuestión era si el presidente Reagan y quienes lo rodeaban las rechazarían de plano.
Señalé que mucha gente en Estados Unidos quería el control de armamentos y que el apoyo a las limitaciones era particularmente fuerte en Alemania y Francia. Dije que, si los rusos “hacían una oferta generosa”, los europeos y la opinión pública obligarían al gobierno de Reagan a aceptarla.
Respondió que una “oferta generosa” era difícil. “A Andropov no le resulta tan fácil explicarles eso a los militares”, dijo. “No deberían hacernos la vida más difícil de lo necesario. Poco a poco estamos perdiendo nuestra obsesión con ustedes. Ahora comprendemos que hay muchos otros países en el mundo. No vamos a quedar empantanados en Polonia y Afganistán y aislados del resto del mundo durante cien años. Podemos acercarnos a China. Podemos recuperar a Yugoslavia y Rumania. Pronto van a ver muchas cosas sucediendo en Europa Oriental”.
Alexander Bovin, comentarista de Izvestia y probablemente el periodista más poderoso de Rusia, fue el siguiente integrante del club de admiradores de Andropov con quien me reuní. Al igual que Arbatov, había trabajado con Andropov en el Comité Central. Seguía siendo muy cercano a él: “tanto asesor y formulador de políticas como periodista”, dijo un diplomático europeo. Yo no había conocido antes a Bovin, pero había llegado a conocer bastante bien al ex corresponsal de Izvestia en Moscú, Melor Sturua —Melor por “Marx-Engels-Lenin-Revolución de Octubre”—, y él consiguió una cita en el diario. Bovin me pareció de inmediato Balzac vuelto a la vida. Era un hombre enorme y gordo, con una cabeza descomunal. Enmarcaba su abundante panza con tiradores. Era extremadamente locuaz. Mucho antes de que cambiara la línea oficial soviética se lo conocía como partidario del acercamiento soviético-chino, así que empecé por ese tema.
Dijo que, durante años, los chinos habían dado señales de que querían mejores relaciones, pero que Moscú había tardado mucho en captar la insinuación. El gran cambio, dijo Bovin, llegó con el discurso que Brezhnev pronunció en Tashkent en marzo anterior, cuando llamó a China “un país socialista”. Hacía muchos años que nadie decía algo así en Moscú. Ahora quedaba abierto el camino para una mejora gradual, pero esta no llegaría rápidamente. “A lo largo de los años hemos acumulado mucha desconfianza y mala fe”, dijo Bovin. “A los chinos les gusta jugar. China también es una gran potencia. No puede estar subordinada a la Unión Soviética dentro de la comunidad socialista. Tal vez nos lleve diez años construir una buena relación. El proceso avanzará muy lentamente y será difícil”.
Llevé la conversación hacia Europa Oriental y le planteé el caso a Bovin con cierta firmeza. Dije que la mayoría de los estadounidenses aceptaba que la Unión Soviética era una gran potencia, con un ejército inmenso y las armas nucleares más avanzadas: un Estado plenamente igual a Estados Unidos. Siempre habíamos creído que, si la Unión Soviética no tenía seguridad, tampoco podía haber seguridad para el mundo. Ese era el significado de Yalta. Lo que no podíamos comprender era por qué la seguridad soviética dependía de tener un secretario del Partido Comunista en cada ciudad de segunda categoría desde el Báltico hasta el mar Negro. “¿Rusia se derrumbaría”, pregunté, “si un socialdemócrata fuera el dirigente de Gdansk o Bratislava?”.
“No se trata de nuestra seguridad física”, respondió Bovin. “Se trata de las relaciones entre una gran potencia y Estados más pequeños que son Estados socialistas. No sólo está en juego la seguridad, sino también la ideología. Por ejemplo, si Lech Walesa se convirtiera en dirigente de Polonia, Polonia abandonaría el Pacto de Varsovia. Eso no sería una amenaza para nuestra seguridad física, pero representaría una pérdida de prestigio terrible. Sería como lo que les ocurrió a ustedes en Irán. Cuando expulsaron a Estados Unidos de Irán, Estados Unidos perdió prestigio en todas partes”.
Le pregunté por las relaciones entre Rusia y Estados Unidos, y su respuesta proporcionó, de manera implícita, una explicación de por qué tantos de los rusos con quienes me había encontrado insistían de forma tan constante y personal sobre el presidente Reagan. “Ahora casi no hay posibilidades de un acuerdo serio y profundo”, dijo Bovin. “No creo en Reagan. Hace teatro con la política. Cuando fue elegido por primera vez, algunos de nuestros especialistas en Estados Unidos pensaron que repetiría la experiencia de Nixon: primero adoptaría posiciones duras y después llegaría a compromisos. Por supuesto, se sintieron decepcionados cuando esa predicción resultó falsa. Personalmente, yo nunca lo creí, porque no pienso que la historia marche hacia atrás. No creo que se pueda jugar a Alicia en el País de las Maravillas en la vida real”.
Dije que, si Reagan era solamente teatro político, podía interpretar cualquier papel: el general Custer o Toro Sentado. La cuestión era simplemente que Rusia dispusiera las presiones políticas de modo que resultara oportuno avanzar hacia un acuerdo de control de armamentos. Dije que el problema era que los rusos estaban tan decididos a obtener ventajas minúsculas y eran tan poco generosos en sus enfoques que dejaban pasar las oportunidades. Dije que habían demorado tanto las ofertas sobre control de armamentos que, en Alemania Occidental, el socialdemócrata Helmut Schmidt había cedido su lugar al demócrata cristiano Helmut Kohl. “Schmidt estaba mucho más dispuesto que Kohl a llegar a un compromiso sobre control de armamentos”, dije. “Perdieron por avanzar con tanta lentitud”.
Como otros rusos que al principio habían hablado con profundo pesimismo sobre las relaciones entre Estados Unidos y la Unión Soviética, Bovin cambió rápidamente de posición. Dijo: “No hay tanta diferencia entre Schmidt y Kohl. Los dos son nacionalistas alemanes. No están jugando las cartas de Estados Unidos. Ambos siguen la política que consideran mejor para Alemania Occidental. A Alemania Occidental no le conviene tener malas relaciones con la Unión Soviética. Quieren la reunificación. Pero ahí es donde Estados Unidos y la Unión Soviética coinciden. Ni usted ni yo vamos a vivir lo suficiente para ver la reunificación. La Unión Soviética no la quiere, y Estados Unidos tampoco”.
Le pregunté a Bovin por el nuevo dirigente soviético. “Andropov es un hombre inteligente”, dijo. “Está bien informado y posee amplios conocimientos generales. Le gusta contemplar los problemas dentro de su contexto más amplio. Es un error pensar que, por haber estado en Hungría, verá los problemas de Europa Oriental o de Rusia con los ojos de Hungría. Verá a Hungría en el contexto de Europa Oriental, y a ambas dentro del contexto de la comunidad socialista. Sabe más sobre China que Brezhnev y Chernenko juntos”.
Le pregunté por su personalidad. Bovin dijo que Andropov vivía con modestia. Había visto una gramática inglesa sobre el escritorio de Andropov, pero no sabía si hablaba inglés. “De todos modos, es un intelectual”, agregó Bovin.
Le pregunté qué quería decir con “intelectual”. Bovin dijo que había intelectuales como Henry Kissinger y otros como Robert McNamara. “Andropov es como Kissinger”, continuó Bovin, para mi cierta sorpresa. “No cree en los listados de computadora ni en todos los gráficos y números que le sirve la burocracia. Tiene una visión más amplia”. Después repitió la observación que había hecho Arbatov. Dijo: “Andropov es un verdadero político. La política es su trabajo y también su pasatiempo. Tiene una excelente cabeza política. Ama la política”.
EL significado pleno de ese énfasis en la política sólo se me hizo evidente después de observar a Andropov desde otro ángulo: el cultural. Eran comunes las historias sobre su apoyo a artistas y escritores, pero mis primeros intentos de definir su posición respecto de la cultura soviética no dieron resultados inmediatos. Una parte considerable del mundo literario soviético emigró durante los años de Brezhnev; y Andrei Voznesensky, un poeta a quien había llegado a conocer con el paso de los años, estaba de visita en París. Por lo tanto, recurrí a Bella Akhmadulina y a su esposo, el artista y diseñador Boris Messerer. Akhmadulina, además de ser una excelente poeta, siempre estaba involucrada en algún proyecto que la mantenía en contacto con mucha gente. Un par de años antes, ese proyecto había consistido en trasladar la tumba de Kazimir Malevich desde debajo de un árbol en las afueras de Leningrado hasta un lugar en un cementerio de Moscú digno de un gran pintor. Esa esperanza no se había concretado, porque resultó imposible obtener autorización para desenterrar la antigua sepultura. Ahora Akhmadulina intentaba preservar como monumento nacional la casa de Boris Pasternak en la colonia de escritores de Peredelkino, en las afueras de Moscú. Dijo que existían buenas posibilidades de una rehabilitación completa de Pasternak y de que su obra maestra, “Doctor Zhivago”, fuera publicada en la Unión Soviética. Acababa de aparecer un libro con su prosa reunida. Pero, cuando le pregunté por las condiciones generales bajo Andropov, fue cautelosa. “Es demasiado pronto para saberlo”, dijo. “Tenemos esperanzas. Pero sólo tenemos esperanzas porque antes las cosas estaban muy mal”.
Había llevado a la pareja a un restaurante japonés del nuevo Hotel Internacional. Al salir, nos encontramos con un grupo de amigos suyos que celebraban el cumpleaños de alguien. Todos nos fuimos juntos a otra cena, en una especie de discoteca del hotel. Allí me crucé con un guionista que trabajaba para la televisión. Dijo que sabía algo sobre la familia de Andropov porque Alexander Filipov, el yerno de Andropov, era actor. Dijo que Filipov era un buen actor, pero que lo más interesante era que no utilizaba el vínculo familiar para impulsar su carrera. “Hay una persona que puede contarle mucho sobre todo esto”, dijo el guionista. “El director Yuri Lyubimov”.
Lyubimov, director del Teatro Taganka, es quizá la personalidad teatral más conocida de la Unión Soviética. Lo había conocido años antes, cuando montó una excelente dramatización del poema “Antimundos”, de Voznesensky. Organizar un nuevo encuentro resultó fácil e interesante. Con dos amigos, Vladimir Shamberg y su esposa, Klara Boyko, pasé un día en el campo, en las afueras de Moscú, en la casa de otros dos amigos, Sergei y Tania Kapitsa. Vladimir Shamberg era economista y tenía un conocimiento considerable de Estados Unidos. Planteó la pregunta habitual sobre si el presidente Reagan estaba obstaculizando un acuerdo de control de armamentos. Di la respuesta habitual: si los rusos hacían una oferta que resultara atractiva para estadounidenses y europeos, el presidente seguramente la aceptaría.
La economía soviética, dijo Shamberg, no estaba ni cerca de encontrarse tan afectada como imaginaban muchos extranjeros. Mencionó la zona que rodeaba la nueva línea del ferrocarril transiberiano entre el lago Baikal y el río Amur, donde se pagaban salarios muy altos a los trabajadores de la construcción y a sus esposas. “Las familias de allí pueden ahorrar mil rublos por mes”, dijo. “Al final del año pueden comprarse un auto. Trabajan muy duro. Ya va a ver que pronto produciremos en esa zona el petróleo, el carbón y otras fuentes de energía que se estaban agotando. Habrá un nuevo impulso para la economía soviética en su conjunto”.
Sergei Kapitsa era un físico que conducía un programa científico en la televisión soviética. Me comentó que anteriormente había reunido en el programa a economistas estadounidenses y rusos, y que le gustaría volver a hacerlo. Señaló que las dificultades económicas eran mundiales y habían reducido considerablemente el crecimiento tanto en Estados Unidos como en Rusia, y dijo que se preguntaba si no podría haber algo de verdad en la teoría conocida como ciclo de Kondratieff, acerca de flujos y reflujos regulares y de largo plazo de la actividad económica que afectan al mundo entero. “Aunque probablemente no”, dijo. “Creo que lo que sucede es que la gente empieza a sentirse muy optimista. Aumenta los salarios y asume compromisos sociales en materia de bienestar, promesas que no pueden cumplirse. Después llega la realidad y les pega en la cara. Quizá eso esté ocurriendo ahora en todo el mundo”.
Los Kapitsa tenían una cancha de tenis, en la que yo había jugado una vez. Probablemente por ese motivo, durante el almuerzo les pregunté por una historia que había visto por primera vez en la revista alemana Der Spiegel: que Andropov jugaba al tenis. Hubo una carcajada general. Me dijeron que Andropov tenía una afección cardíaca grave. También padecía diabetes y tenía dificultades de visión.
Después del almuerzo fuimos a visitar al padre de Kapitsa, Peter, un físico de renombre que se había destacado en la década de 1930 por su trabajo con Sir Ernest Rutherford, premio Nobel, en Cambridge, Inglaterra. Peter Kapitsa tenía ochenta y ocho años y estaba muy frágil. Le dije que los científicos estadounidenses estaban preocupados por el caso del físico ruso Andrei Sakharov, cuyos reclamos por los derechos humanos en Rusia le habían valido el Premio Nobel de la Paz y habían conducido a su exilio de Moscú a la ciudad de Gorki. Dije que los estadounidenses tenían la impresión de que, durante los meses anteriores, se había intensificado el hostigamiento policial contra Sakharov. Agregué que, si había una única medida que la dirigencia soviética pudiera tomar para promover relaciones más armoniosas con Estados Unidos, sería devolverle la libertad a Sakharov.
Kapitsa padre asintió. En respuesta a una pregunta, recordó que había intervenido personalmente ante Andropov cuando este era jefe de la K.G.B. para ayudar a Lyubimov a montar algunas de sus producciones más controvertidas. Entonces, al recordar sus tratos con altos funcionarios soviéticos, el anciano Kapitsa contó un episodio que decía mucho sobre la incongruencia de lo que se toleraba y lo que no se toleraba en la sociedad soviética. A fines de la década de 1950, Kapitsa trabajaba en un importante proyecto nacional y tenía en su oficina una línea telefónica directa con la casa del primer ministro soviético, que entonces era Nikolai Bulganin, aliado de Khrushchev. Una mañana temprano, una empleada de limpieza levantó el teléfono y pidió hablar con Bulganin. Despertaron al primer ministro y lo sacaron de la cama para atender la llamada. La mujer se quejó de que tenía enormes dificultades para conseguir un departamento adecuado. Ese mismo día le dieron uno. Al día siguiente cortaron la línea entre la oficina de Kapitsa y la casa de Bulganin.
Antes de terminar la visita a Peter Kapitsa se acordó que el Kapitsa más joven organizaría un encuentro mío con Lyubimov. Me reuní con Lyubimov en su oficina del Teatro Taganka poco antes de una función de su producción de ese momento, una nueva versión de “Crimen y castigo”. Era un hombre de piel oscura, pelo gris acero y rostro amable y atractivo. Estaba en medio de un ensayo y lo abandonó de mala gana, pero su atención se concentró cuando mencioné a Peter Kapitsa. Me contó que Kapitsa lo había presentado a Andropov y que, posteriormente, él mismo había hablado varias veces con Andropov y recibido ayuda discreta para montar producciones controvertidas. En una de esas ocasiones, dijo Lyubimov, Andropov le había contado una historia sobre su hijo Igor y su hija Irina. Cuando estaban al final de la adolescencia, ambos habían querido dedicarse al teatro. Andropov y su esposa habían discutido con ellos, les habían dicho que primero debían completar sus estudios y les habían advertido que, de no hacerlo, podían arruinarse la vida. Las advertencias no habían tenido efecto. Los hijos sentían que tenían que estar en el teatro. Se habían presentado en el Taganka como aprendices de actuación. Lyubimov los había rechazado y ambos habían continuado su formación universitaria. “Andropov me dijo: ‘Le debo mucho’”, contó Lyubimov. “Lo extraño es que yo nunca supe que eran hijos de Andropov”.
La producción de “Crimen y castigo” que vi a continuación explicaba en parte las circunstancias que forjaron la alianza entre Andropov y Lyubimov, y también con varios otros intelectuales. En los últimos años había ganado terreno en Rusia una interpretación del clásico de Dostoyevski que lo comprendía todo y lo perdonaba todo. En esa versión, Raskolnikov era presentado como una víctima del régimen zarista, con su corrupción y su estructura de clases. Las presiones que pesaban sobre él y su familia, especialmente sobre su hermana, y sobre sus amigos, lo empujaban a asesinar a la anciana. Así, el asesinato se convertía en un acto de rebelión justificado y, en efecto, en un antecedente de la Revolución Bolchevique.
Esa interpretación estaba tan difundida que los estudiantes rusos escribían tesis en las que se ponían del lado de Raskolnikov y sostenían que la anciana se lo había buscado. Una crítica de esa actitud constituía el punto de partida de “Crimen y castigo”, de Lyubimov. En la producción de Lyubimov, al entrar al teatro, el público pasaba junto a un pupitre escolar. Los programas estaban apilados sobre el pupitre y, dentro de cada uno, escrito con letra inmadura, había una reproducción de un ensayo estudiantil que exoneraba a Raskolnikov y culpaba al espíritu de la época. En la primera escena de la obra, el asesinato ya había ocurrido, y unos estudiantes subían al escenario y se enteraban de que iban a juzgar el caso.
Entonces comenzaba la acción conocida, con los personajes familiares: varios supuestos filósofos que proferían disparates escandalosos, y el joven dandi que compraba a una prostituta y hacía avances hacia la hermana de Raskolnikov. El propio Raskolnikov, lejos de ser una víctima de la época o de la gente con la que se relacionaba, era un personaje cruel con delirios de grandeza. Le daba la espalda a su hermana. Se burlaba de sus amigos y blasfemaba contra la religión. Se creía Napoleón. El detective encargado de la investigación que finalmente encontraba a Raskolnikov era el personaje más simpático de la versión de Lyubimov. Tenía un aspecto atractivo, era claramente inteligente y sentía la responsabilidad de su vocación. Cuando Raskolnikov finalmente confesaba, el detective enunciaba la moraleja de la obra. Decía: “Después de todo lo dicho y hecho, al mal no se lo puede llamar bien”.
No hace falta subrayar demasiado el atractivo que ese tipo de mensaje podía tener para Andropov. Después de todo, él había ocupado la posición del detective investigador. La sociedad con la que debía lidiar había caído en la corrupción y la permisividad. De modo que él y muchos intelectuales soviéticos serios compartían el interés por fomentar la autodisciplina.
Sin embargo, si un interés compartido por una ética más rigurosa establecía un vínculo entre los intelectuales soviéticos y el poder soviético, también existía tensión. La conciencia frente a la autoridad nunca estaba lejos del centro del arte de Lyubimov. Un ejemplo era su producción de “Boris Godunov”, de Pushkin, que vi durante un ensayo. El mensaje de esa obra aparecía con toda crudeza cuando se la presentaba como pieza teatral, sin los elaborados adornos musicales y escénicos de la gran ópera. Además, Lyubimov agudizaba el punto en su producción. Un coro permanecía todo el tiempo sobre el escenario, aportaba comentarios continuos de fondo y también cantaba como un coro que participaba en rituales religiosos dentro de una iglesia. Lyubimov ponía patas para arriba el realismo socialista mediante el coro. En vez de que todos sus integrantes fueran campesinos u obreros, cada uno tenía una individualidad marcada. Aunque, por supuesto, había algunos obreros y campesinos, también había una bailarina de ballet, una joven a la moda, un noble, varios prelados y algunos jóvenes vestidos con jeans. Todos los personajes principales, entre ellos Boris y el monje que se convertía en el falso Dmitri y finalmente sucedía a Boris como zar, surgían de las filas del coro. Se ponía un gran énfasis en el ascenso original de Boris mediante el asesinato del heredero legítimo al trono, el verdadero Dmitri. Un punto dramático culminante era el soliloquio del primero de los dos actos, en el que Boris declaraba que todos sus esfuerzos por dar a su pueblo “gloria y bienestar” habían quedado arruinados por las consecuencias del asesinato. “Una sola mancha”, se lamentaba, “¡y después, la desgracia!”. Al final de la obra, cuando Boris había sido depuesto, uno de los personajes rodeaba la parte trasera del escenario y aparecía entre el público. Desde allí le hacía al coro —que claramente representaba al pueblo ruso, inclinado bajo el despotismo— la terrible pregunta con la que terminaba la acción: “¿Por qué callan?”.
Además, otras obras, en otros teatros de Moscú, exploraban la ética del poder de maneras mucho más directamente relacionadas con el aquí y ahora. Un caso notable era una producción del Teatro de Arte de Moscú titulada “Así venceremos”, basada en el testamento de Lenin y en la lucha por la sucesión que empezaba a tomar forma poco antes de su muerte. El autor, Mikhail Shatrov, y el director, Oleg Yefremov, habían concebido originalmente la obra para que se estrenara a tiempo para el Vigesimosexto Congreso del Partido, en febrero de 1981. El Instituto de Marxismo-Leninismo la demoró durante un año, aparentemente por orden de Suslov. Fue autorizada, supuestamente por Chernenko, apenas antes de la muerte de Suslov. Brezhnev encabezó un grupo del Politburó que fue a verla en marzo de 1982, y algunos pensaban que él y Chernenko usaban la obra para advertir a los adversarios de Brezhnev en la lucha por la sucesión. La vi con Sergei Kapitsa y Vladimir Shamberg el 19 de diciembre. Entre el público había muchos delegados llegados de toda Rusia para una reunión conjunta del Comité Central y el Soviet Supremo, convocada para el 21 y el 22 de diciembre con el fin de conmemorar el sexagésimo aniversario de la unión de distintas regiones étnicas en la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas.
La obra transcurría en el despacho de Lenin en el Kremlin y tenía lugar el 18 de octubre de 1923, cuando Lenin llegaba desde su casa de campo en Gorki para recuperar su testamento, que anteriormente le había dictado a su secretaria. Mientras leía ese documento, se sucedían escenas retrospectivas de momentos culminantes de la historia soviética. Todo el énfasis retórico de la obra recaía en Lenin como dirigente democrático, decidido a mantener abierto el Partido. Así, leía del testamento la famosa advertencia contra Stalin: “Stalin ha concentrado un poder enorme en sus manos. ¿Siempre será capaz de utilizarlo con sabiduría?”. Además, en distintos momentos de la obra, Lenin hacía los siguientes comentarios:
El Partido Bolchevique tendrá que evitar la decadencia que se apodera de los partidos políticos.
Somos los primeros en recorrer este camino [del socialismo], y los errores son inevitables. Sin embargo, deberíamos ser capaces de admitir nuestros errores.
Hay tres cosas que valoro más que ninguna otra: la paz, el pan y la libertad; y la libertad no puede llegar sin las dos primeras.
El público, encabezado por los delegados visitantes, estallaba repetidamente en aplausos cuando Lenin afirmaba el derecho de los miembros del Partido a controlar el Partido y a expresar lo que pensaban. Shamberg y Kapitsa, aunque eran personas tan sofisticadas como cualquiera que yo hubiera conocido en cualquier parte, estaban visiblemente conmovidos. El entusiasmo era contagioso, y yo también me descubrí alentando a Lenin.
Pero, en mi caso, también aparecieron algunas dudas y reparos. Advertí una fuerte disparidad entre la retórica democrática y el curso de la acción. Los puntos dramáticos culminantes eran dos acontecimientos conocidos en Occidente, aunque quizá no en la Unión Soviética, como ejemplos tempranos de la dictadura del proletariado aplastando al proletariado. El telón del primer acto caía cuando Lenin lograba convencer a los delegados de un Congreso del Partido de que fueran a ayudar al Ejército Rojo a aplastar a los marineros que habían protagonizado el motín de Kronstadt. En el final, Lenin obtenía un voto de confianza para una moción destinada a expulsar del Partido a los dirigentes del movimiento sindical que querían una mayor participación de los trabajadores en los asuntos partidarios.
El aplastamiento del sindicato me hizo pensar inevitablemente en los problemas que Solidaridad había enfrentado en Polonia, pero ese no era el único acontecimiento contemporáneo incorporado en esta representación del pasado. De hecho, aparecían todos y cada uno de los temas que entonces eran objeto de debate en la Unión Soviética. Así, en una discusión sobre la Nueva Política Económica de 1921, Lenin planteaba la cuestión de si la gente trabajaría bajo el socialismo sin incentivos materiales. Después, en una escena retrospectiva referida a una consecuencia diplomática del Tratado de Versalles —la Conferencia de Génova de 1922, a la que habían sido invitados los rusos—, se planteaba la cuestión de la coexistencia pacífica con Occidente. También se debatía reiteradamente la acusación de chovinismo panruso frente a las reivindicaciones de autonomía de las minorías étnicas que vivían dentro del país.
La persistencia de todas esas cuestiones sin resolver me hizo pensar en una idea que se reforzó dos días después, cuando Andropov pronunció un discurso por el sexagésimo aniversario que evitó cualquier mención seria de la historia soviética. El hecho es que, en realidad, no hay demasiada historia política soviética. En los sesenta años posteriores a 1789, Francia pasó por el Directorio, Napoleón, distintas monarquías y una república. En los sesenta años que acababan de transcurrir, Rusia, a pesar de todos los altibajos, sólo había conocido un único régimen: el régimen del Partido.
Al final de la obra estaba sinceramente desconcertado. No comprendía cómo conciliaban los rusos el papel heroico asignado a Lenin con el hecho indudable de que había utilizado la retórica de la democracia para encubrir acciones claramente antidemocráticas. Así que le pregunté a mi amigo Shamberg por qué le resultaba tan atractiva la representación de Lenin en la obra. Como respuesta, dijo sobre el dirigente muerto hacía tanto tiempo exactamente lo mismo que Arbatov y Bovin habían dicho acerca de Andropov: “Lenin, tanto en la obra como en la vida, no intentaba resolver los problemas reales de manera burocrática: no se limitaba a crear una comisión o anunciar un programa. Tampoco sucumbía a la mera retórica de la izquierda: no se limitaba a aceptar consignas revolucionarias sobre la virtud de los trabajadores y la maldad de los capitalistas. Enfrentaba cada problema políticamente. Era, por encima de todo, un hombre político”.

