Los babilonios fueron los primeros en usar el nombre Egipto (mu-su-ri) para referirse a Egipto, y esto se encuentra en las cartas de Amarna enviadas entre los reyes casitas de Babilonia y los reyes de Egipto. Los egipcios, en cambio, desconocían este nombre para su país hasta que lo adoptaron de los babilonios. El nombre Egipto se encuentra en acadio. Significado (territorio vecino).
Fotografía que retrata a Domingo Faustino Sarmiento, en su función como ministro plenipotenciario de la Argentina ante los Estados Unidos, en compañía de su secretario Bartolomé Mitre y Vedia, hijo del presidente Bartolomé Mitre, en Nueva York en el año 1867.
"Bartolito" Mitre ofició como intérprete y traductor del idioma inglés para Sarmiento durante toda su estancia en los Estados Unidos. También tuvo la difícil tarea de comunicarle a Sarmiento el fallecimiento de su hijo, y amigo de toda la vida del emisor, Dominguito, en septiembre de 1866, durante la batalla de Curupaytí, en la guerra del Paraguay.
Cuarenta y cinco años después de que Argentina y Chile estuvieran al borde de la guerra por unos islotes en el canal de Beagle,
en el pequeño pueblo de pescadores de Puerto Almanza, del lado
argentino del canal, todavía se pueden ver una serie de cañones
abandonados, mudos testigos de un conflicto que estuvo a solo unas horas
de desatarse, enfrentando a las dos dictaduras más espantosas del Cono
Sur. Hoy, ese lugar es un punto turístico apreciado por las magníficas
centollas que se pescan en el lugar. Y permite ver al otro lado del
canal la pequeña localidad chilena de Puerto Williams. Un paisaje
maravilloso, pero que 45 años atrás estuvo a punto de transformarse en
un infierno.
Cañón abandonado en Puerto Almanza, del lado argentino del canal de Beagle. (Imagen: Gabriela Máximo)
Las 22.00 del día 22 de diciembre de 1978, un viernes, era el momento
en que debería comenzar el ataque argentino a la isla Nueva, una de las
tres en disputa con Chile, en la desembocadura del canal de Beagle -las
otras dos son Picton y Lennox-, iniciando lo que el régimen militar de
Argentina bautizó como Operación Soberanía. El
conflicto llevó a la mayor movilización de tropas en la historia de
ambos países. La cancillería argentina llegó a enviar telegramas
secretos a sus embajadores en el que se les informaba que en 24 horas
debían comunicar a los países respectivos que Argentina estaba en
situación de guerra con Chile.
La flota argentina había partido horas antes,
estando compuesta por un portaaviones, un crucero, cuatro destructores,
dos corbetas y cuatro submarinos. Los esperaban tres cruceros, cuatro
destructores, tres fragatas y tres submarinos chilenos, desplegados en
el área de operaciones. Los chilenos que sintonizaban el día 19 el
noticiario matinal de Radio Minería, escucharon cómo el canciller
argentino decía que se había agotado el tiempo de las palabras y
comenzaba el tiempo de la acción en las relaciones con Chile.
“Atacar y destruir cualquier buque enemigo en aguas territoriales chilenas”, dijo el jefe de la Armada, José Toribio
El vicealmirante chileno Raúl López Silva, a cargo de la Escuadra
Nacional de su país, había recibido un mensaje del almirante José
Toribio Merino, jefe de la Armada y uno de los 4 miembros de la Junta Militar,
afirmando: “Prepararse para iniciar acciones de guerra al amanecer,
agresión inminente”. Horas después recibiría esta orden, escueta, de
solo diez palabras: “Atacar y destruir cualquier buque enemigo en aguas
territoriales chilenas”. El embajador de EEUU en Chile había entregado
al canciller Cubillos fotografías satelitales mostrando el avance de
tropas argentinas hacia Chile en todas las zonas de frontera, norte,
centro y sur.
Un audio del comandante del destructor Portales, el capitán de navío
Mariano Sepúlveda se conocería tiempo después: “Se estima que la
escuadra argentina llegará al objetivo en las primeras horas de mañana
20. ¡Que cada uno de nosotros cumpla con su deber!”.
Las condiciones del mar eran absolutamente desfavorables, con olas
gigantescas y una lluvia torrencial, que hacía imposible llevar a cabo
la misión. El movimiento del mar impedía que los 15 aviones que llevaba
el portaaviones argentino 25 de Mayo pudieran despegar. Por
tanto el portaaviones debía ser custodiado por naves que pasaban de
ofensivas a defensivas. Pero, además, acababan de dar fruto las negociaciones para que el Papa Juan Pablo II interviniera.
Es por eso que a las 18.30 los buques argentinos recibieron la orden de
cambiar de rumbo y regresar a sus bases. Faltaban solo tres horas y
media para que se iniciara la Operación Soberanía, cuando los argentinos
empezaban a dar la vuelta. El radiograma firmado por el general Roberto
Viola ordenando suspender las acciones, informaba que se aceptaba la
mediación papal “momentáneamente”. Un fallo en el sistema de
comunicación hizo que las unidades que debían invadir por tierra
territorio chileno desde la provincia de Neuquén, no recibieran el
mensaje y a las 20.00 tropas de la X Brigada de Infantería penetraron en
territorio enemigo. Hubo que enviar helicópteros para parar esta
incursión.
“En una misa con un capellán nos dieron la extremaunción y nos
repartieron las chapas de identificación para nuestros futuros
cadáveres, con grupo sanguíneo, y a la vez firmamos un testamento para
nuestras familias”, le dijo años después a la BBC Marcelo Jorge Kalen,
entonces un soldado argentino de 19 años, comando paracaidista.
Para Chile no era una novedad ir a la guerra con alguno de sus
vecinos por conflictos limítrofes, pero con Argentina no se había
llegado a un enfrentamiento armado
Para Chile no era novedad ir a la guerra con alguno de sus vecinos
por conflictos limítrofes. Entre 1879 y 1883, libró la Guerra del
Pacífico. Y entre 1836 y 1839, se enfrentó a la Confederación
Peruano-Boliviana. Pero con Argentina, a pesar de los numerosos litigios
fronterizos no se había llegado a un enfrentamiento armado.
A esta situación de 1978 se llegó después de que Argentina no acató la resolución adoptada por una Corte formada por juristas internacionales, bajo el arbitrio de la Corona Británica,
que declarara las islas territorio chileno. Los dos países se habían
sometido voluntariamente al arbitraje, pero el gobierno militar
argentino declaró el fallo “insanablemente nulo”.
A partir de ahí Argentina comenzó a prepararse para la guerra. En el
centro de control aeronáutico situado en el cerro Renca, cerca de
Santiago, empezaron a detectar cazas argentinos entrando a territorio de
Chile. Los aviones se retiraban en cuanto los chilenos despegaban para
interceptarlos.
Cañón abandonado. (Imagen: Gabriela Máximo)
A lo largo del mes de noviembre de este 1978, Argentina convocó a los
soldados que habían concluido el año anterior el servicio militar, para
sumarse a los que todavía estaban prestando servicio y en diciembre
hubo una concentración inédita de tropas en el sur y en toda la frontera
con Chile. Junto a la movilización, hubo ejercicios de oscurecimiento
en ciudades como Mendoza, próxima a la frontera, y también en Buenos
Aires. Una ruta de la provincia de San Juan, fronteriza con Chile, fue
ensanchada para permitir el aterrizaje de aviones. Hubo algunos comandos
de ambos países que se infiltraron en territorio enemigo, llegando a
producirse tiroteo. Un capitán argentino fue detenido en la ciudad
chilena de Puerto Natales. Buques argentinos ingresaban a aguas que los
chilenos consideraban suyas, maniobras que eran interpretadas por Chile
como intentos de provocar incidente.
La mayor parte de la prensa argentina contribuyó al clima bélico.
Numerosos ciudadanos chilenos fueron detenidos y deportados, sobre todo
en Trelew y Comodoro Rivadavia. Había 350.000 chilenos viviendo en la
Patagonia argentina y 200.000 en otras ciudades. Turistas del país
vecino fueron hostilizados.
La Operación Soberanía contemplaba que los
argentinos invadirían las islas en disputa, al tiempo que 15.000
efectivos y 200 tanques del V Cuerpo del Ejército cruzarían la frontera
para apoderarse de Puerto Natales y de ahí seguir hacia Punta Arenas.
Unos 1.500 paracaidistas debían saltar sobre Punta Arenas y otros tantos
sobre las islas en conflicto. Efectivos del III Cuerpo, al mando del
general Luciano Benjamín Menéndez, ingresarían a Chile a la altura de
Temuco, Valdivia y Puerto Montt, para llegar a Valparaíso, el principal
puerto del país. Y en el norte, al frente de los hombres del I Cuerpo de
Ejército, estaba preparado para intervenir el general Leopoldo
Fortunato Galtieri –el mismo que cuatro años más tarde, como jefe de la
Junta Militar, desataría la guerra de las Malvinas.
“Cruzaremos los Andes, les comeremos las gallinas, violaremos a las
mujeres y orinaré en el Pacífico”, aseguró el general Luciano Benjamín
Menéndez
Los argentinos se jactaban de que iba a ser un paseo. Tenían una
importante superioridad aérea, con varias bases cerca de la cordillera,
con lo que podían ingresar a territorio chileno en cuestión de minutos.
El general Luciano Benjamín Menéndez, el principal promotor de la
guerra, soñaba con desfilar por las calles de Santiago e hizo varias
declaraciones incendiarias, como que el brindis de fin de año lo harían
en el Palacio de La Moneda “y después iremos a orinar el champagne en el
Pacífico”. A los 40 años del conflicto, el general Martín Balza dijo,
en un artículo en Infobae, que la frase de Menéndez fue todavía
más brutal: “Cruzaremos los Andes, les comeremos las gallinas,
violaremos a las mujeres y orinaré en el Pacífico”, habría dicho el
comandante.
Los chilenos fueron mucho más discretos. En Chile también se
movilizaron tropas, pero de noche, para no alarmar a la población. Los
medios chilenos, contrariamente a lo que sucedía en Argentina, mantenían
la reserva. El general Fernando Matthei, miembro de la Junta, diría
años más tarde: “Decidimos mantener la boca cerrada, cuidar nuestro
lenguaje, no hacer declaraciones altisonantes, patrioteras ni
chauvinistas”. El entonces canciller, Hernán Cubillos, diría dos
décadas después que “estaba seguro que tras una prolongada guerra, las
fuerzas chilenas llegarían a invadir Buenos Aires”.
El propio dictador Augusto Pinochet, que asumió
personalmente el manejo del conflicto, le dijo a la periodista María
Eugenia Oyarzún que el ejército chileno tuvo 10.000 hombres dispuestos a
llegar hasta la ciudad argentina de Bahía Blanca -poco más de 600
kilómetros al sur de Buenos Aires- y desde ahí cortar todos los pasos
hacia el sur, dividiendo a la Argentina en dos. Reconoció que un triunfo
militar sobre Argentina habría sido muy difícil: “Se habría tratado de
una guerra de montonera, matando todos los días, fusilando gente, tanto
por parte de los argentinos como por la nuestra”.
Si la guerra hubiera estallado, se habría podido convertir en un
conflicto a nivel continental con costos altísimos para los dos países.
Según el periodista argentino Bruno Passarelli, autor de El delirio armado
(Sudamericana, 1998). El embajador norteamericano en Buenos Aires, Raúl
Castro, le advirtió al general argentino Carlos Suárez Mason: “No va a
ser una guerrita circunscripta a la posesión de las islas, sino una
guerra total en la que los muertos de ambas partes, solo en la primera
semana, se ha calculado que serán unos 20.000”.
Los chilenos temían que la ocasión fuera aprovechada por los vecinos Bolivia y Perú,
con los cuales tenían viejas pendencias limítrofes. Es lo que en la
jerga militar se conocía como HV3, Hipótesis Vecinal 3, conflicto armado
con los tres vecinos, de manera simultánea. El 17 de marzo de 1978 el
dictador boliviano Hugo Banzer había roto relaciones diplomáticas con
Chile, iniciando una ofensiva en la ONU y la OEA a favor de una salida
al mar para su país. En octubre de ese mismo año, el dictador argentino
Jorge Videla se reunió con el general Pereda, que acababa de derrocar a
Banzer y firmaron un comunicado apoyando el pedido de salida al mar de
Bolivia, así como la soberanía argentina en el Atlántico Sur, incluyendo
Malvinas y el Beagle.
En Perú, el gobierno militar encabezado por el nacionalista de
izquierda Juan Velasco Alvarado, que había mantenido buenas relaciones
con el gobierno socialista chileno de Salvador Allende,
se venía preparando para el conflicto con Chile para recuperar Arica, y
tenía armamento soviético que lo colocaba en una situación favorable,
frente al embargo de armas que venía sufriendo la dictadura de Chile
desde 1976. Pero a esta altura Velasco estaba ya muy enfermo y su
sucesor, el general Francisco Morales Bermúdez dio un golpe de timón al
centro.
“La situación en la base de Punta Arenas era una verdadera pesadilla.
Los aviones estaban a la intemperie y sin protección de ninguna
especie", reconoció años más tarde el general chileno Matthei
En 1978, Chile tenía una población de 11,1 millones de habitantes y
Argentina de 26,4. La economía argentina era cuatro veces la chilena. El
gasto militar era de 750 dólares por habitante en Chile y 1.600 en
Argentina. El general Matthei reconocería años más tarde que la Fuerza
Aérea chilena no estaba preparada para la guerra, con los pocos
efectivos disponibles concentrados en el norte, ante la perspectiva de
la guerra con Perú. “La situación en la base de Punta Arenas era una
verdadera pesadilla (…) Los aviones estaban a la intemperie y sin
protección de ninguna especie, de manera que cualquier aparato argentino
podía verlos y ametrallarlos. Pero esto no quiere decir que el
resultado de la guerra estaba decidido".
Ese 1978, los militares argentinos vivían un momento de euforia. La
selección de fútbol que dirigía César Luis Menotti -con Kempes,
Passarella, Alonso, Ardiles y Bertoni entre sus jugadores más
destacados- acababa de ganar el mundial celebrado en el propio país,
apenas se hablaba de la represión y los desaparecidos y la condena
internacional no era tan unánime.
En Chile, el régimen estaba con tensiones internas. Pinochet convocó
un referéndum en enero para conseguir un respaldo a su persona, tras las
sucesivas condenas de la comunidad internacional por violaciones a los
derechos humanos. La presión de los EE.UU. por el asesinato en
Washington de Orlando Letelier se hizo insoportable. El hallazgo de
restos de campesinos enterrados clandestinamente en una mina de cal en
Lonquén, desmentía la teoría oficial que negaba la existencia de
desaparecidos. Y el general Gustavo Leigh, que venía siendo cada vez más
crítico con Pinochet y sus planes políticos y económicos, acabó
perdiendo el pulso que mantenía con Pinochet y fue expulsado de la
Junta. Eso tuvo como consecuencia que Pinochet afianzara su posición,
concentrando todo el poder en su persona, cosa que no sucedía en
Argentina, con Videla teniendo que lidiar con el resto de la Junta y con
unas FF.AA. divididas entre “blandos” y “duros”.
LA MEDIACIÓN DEL VATICANO
El último esfuerzo diplomático para evitar la guerra lo hizo Chile.
El 12 de diciembre, el canciller Hernán Cubillos viajó a Buenos Aires
para entrevistarse con su homólogo argentino, Washington Pastor. Ambos
llegaron al acuerdo de solicitar la mediación papal, pero horas más
tarde el acuerdo fue desconocido por la Junta argentina. Inmediatamente
después de este encuentro hubo una reunión de la cúpula militar
argentina en el edificio Cóndor, con la ausencia de Videla y del
canciller, donde se le puso fecha y hora a la guerra: 22 de diciembre a
las 22.00. Durante diez prevaleció la lógica de la guerra, pero el
sector más duro de los militares argentinos terminaron por aceptar la
mediación papal.
Antonio Samoré.
El papel de la Iglesia de ambos países y del Vaticano fue decisivo.
Juan Pablo II había llegado al papado en agosto de 1978. El nuncio en
Buenos Aires, Pío Laghi le informó inmediatamente de los planes de
guerra de los militares argentinos. Juan Pablo II recibiría en secreto
al cardenal Raúl Primatesta, presidente de la Conferencia Episcopal, que
le dijo que Videla solo estaba dispuesto a detener la guerra si el papa
intervenía personalmente. Antes, cuando asumió el papado Juan Pablo I,
que murió el 28 de septiembre de ese año tras menos de un mes en el
cargo, el cardenal chileno Raúl Silva Henríquez también le pidió su
mediación. En la ceremonia en la que todos los cardenales saludaban al
nuevo papa, el chileno estuvo largo rato arrodillado besándole el
anillo, y pidiéndole su intervención. Juan Pablo I llegó a mandar una
carta a los dos gobiernos pidiendo la paz.
Tras conseguir parar la máquina de la guerra, el papa envió al cardenal Antonio Samoré
para que mediase el acuerdo. El italiano tendría por delante un arduo
trabajo. Argentina llegó a plantear reclamaciones sobre diez islas. “En
la larga historia de los conflictos y controversias limítrofes era la
primera vez que un país reclamaba, como soberano, un lugar donde jamás
había puesto un pie”, le dijo Samoré al obispo argentino Justo Laguna.
La mediación ya llevaba tres años cuando Argentina inició la guerra de
Malvinas contra el Reino Unido. La falta de acuerdos llevó a Samoré a
decir que “no aguantaba más”, amenazando con su renuncia. El proceso
solo se destrabó cuando Argentina recuperó la democracia, en 1983. Pero
Samoré no llega a verlo, porque murió el 4 de febrero de ese año.
POR FIN, UN ACUERDO
La decisión fue que las tres islas del Beagle quedarían para Chile,
pero Argentina lograba el reconocimiento de una gran zona marítima y se
mantenía el principio del Atlántico para Argentina y el Pacífico para
Chile. Raúl Alfonsín, el primer presidente argentino
tras el fin de la dictadura, decidió darle mayor fuerza al acuerdo
celebrando un referéndum no vinculante, que fue respaldado por el 81,13 %
de los votantes, con 17,24 % de votos negativos. Hubo una participación
del 70,17 %, pese a que no era una consulta de participación
obligatoria.
HISTORIA DIPLOMÁTICA DEL CONFLICTO
Las
diferencias entre Argentina y Chile por los límites en el Beagle
pudieron ser solucionadas por los distintos tratados que firmaron ambos
países a lo largo de más de un siglo. En 1826 y 1855 se comprometieron a
respetar los territorios que ambas naciones tenían antes de su
emancipación. Chile estableció en su Constitución que el país abarcaba
desde los Andes hasta el Pacífico y desde el desierto de Atacama hasta
el Cabo de Hornos. Pero la cordillera no llega hasta el Cabo de Hornos,
se desplaza hacia el Pacífico a la altura de la provincia argentina de
Santa Cruz y acaba sumergiéndose bajo el océano cerca del Estrecho de
Magallanes. Para la Tierra del Fuego sería necesario trazar una frontera
relativamente arbitraria.
En el libro de Alberto R. Jordán, El Proceso, se afirma que en
1843 Chile comienza su expansión hacia el este con la fundación de un
fuerte en pleno Estrecho de Magallanes, que después dará lugar a la
ciudad de Punta Arenas: “A pesar de las protestas argentinas, esta
expansión prosigue en los años siguientes y se cristaliza, ya a fines de
la década de 1870, en una suerte de colonización de nuestra actual
provincia de Santa Cruz. Desde allí Chile lanza expediciones y captura
buques extranjeros que navegan por el Atlántico, indicando así, con
hechos concretos, que no pensaba limitar su soberanía a la estrecha
franja comprendida desde los Andes hasta el Pacífico”. Una circunstancia
favoreció en esos años a Argentina: la decisión chilena de despojar a
Bolivia de su salida al mar obligó a los chilenos a retirarse de la
Patagonia, ante la imposibilidad de mantener abiertos dos frentes de
guerra.
En 1876 se empezó a gestar el Tratado General de Límites en el que Chile
sugirió dividir la Patagonia por el paralelo 45º, a la altura de la
provincia argentina de Chubut: todas las tierras situadas al sur serían
chilenas. Propuesta rechazada por Argentina, que sostuvo que el límite
de los Andes debía seguirse hasta donde fuera posible y que en la Tierra
del Fuego debía seguirse una línea más o menos vertical. Se impuso la
propuesta del entonces ministro argentino de Relaciones Exteriores
Bernardo de Irigoyen, reservando la Patagonia para Argentina,
reconociendo a Chile el derecho sobre la vía que comunica los dos
océanos y repartiendo en partes iguales la Isla Grande de la Tierra de
Fuego. Pero las islas e islotes al sur quedaron sujetos a
interpretaciones opuestas.
En 1902, durante el gobierno del general Julio Argentino Roca, se acordó
que los pleitos serían sometidos a la corona británica. Posteriormente
Argentina consideró que el país europeo no era un árbitro adecuado,
teniendo en cuenta el factor Malvinas.
En 1971 ambos países vuelven a someterse al arbitraje británico. En
Chile esta Allende en la presidencia, mientras en Argentina el
presidente de facto era el general Alejandro Agustín Lanusse. El
arbitraje británico era puramente formal. La soberana, Isabel II, se
limitaba a recibir el fallo de los cinco jueces de diversas
nacionalidades de tres continentes - Estados Unidos, Francia, Nigeria,
Reino Unido y Suecia- entregando al final la decisión a las partes, sin
ninguna intervención en el contenido.
El 18 de febrero de 1977 la Corte emitió su dictamen y la soberana
británica lo entregó a Chile y Argentina el 2 de mayo. El fallo recogió
la tesis argentina de que el Canal de Beagle, entre la Isla Novarina y
la Tierra de Fuego, debía ser dividida por su línea media, contra la
pretensión de Chile de que se le reconociese la posesión total del
canal, desde una orilla a la otra, en lo que se denominó la “costa
seca”. Pero el laudo otorgaba a Chile la posesión total de las tres
islas en disputa.
El fallo no aplacó las declaraciones hostiles de los argentinos. El
almirante Massera, jefe de la Armada y miembro de la Junta Militar,
exhortó a los infantes de Marina en Tierra del Fuego el 22 de febrero de
1978: “Todo el país está mirando hacia el Sur, seguro de que el
gobierno de las Fuerzas Armadas no va a canjear la honra y los bienes de
los argentinos por el decorativo elogio de aquellos que enmarcan su
debilidad o sus intereses con falaces apelaciones a la paz. Amamos la
paz, pero la paz deja de ser un valor moral cuando su precio es la
justicia y el derecho. La Argentina de hoy, unida como nunca, sabe que
sus Fuerzas Armadas no permitirán que la buena fe sea malversada. Como
las unidades del Ejército y de la Fuerza Aérea, todos los componentes
del poder naval están listos para cumplir con el mandato de un pueblo
que no admite más tergiversaciones. Que nadie lo olvide, se está
agotando el tiempo de las palabras”.
Los dictadores de ambos países, Videla y Pinochet, se reunieron dos
veces a comienzos de 1978. Primero en Plumerillo (Mendoza, Argentina),
en un encuentro que duró 12 horas, el 19 de enero; y el 19 de febrero en
Puerto Montt (Chile), durante 13 horas. El general Matthei, comandante
de la Fuerza Aérea chilena, recordó la primera reunión como inútil:
“Pinochet se encerró durante varias horas con el general Videla,
mientras nosotros nos reuníamos con nuestros colegas a discutir
diferentes propuestas. En realidad, sentí que tanto ellos como nosotros
estábamos haciendo el gesto de juntarnos a conversar, pero que nadie
creía que de esa reunión pudiera salir algo realmente útil. Simplemente,
las posiciones no coincidían. A mi juicio, esta cita -al igual que la
posterior efectuada en Puerto Montt, formó parte de una partitura
operática [sic] en que las partes actuaron según su propio libreto, pero
a nadie le importaba un rábano lo que se decía”.
Pinochet y Videla
El 25 de enero Argentina declaró el laudo “insanablemente nulo”,
considerando que transgredía derechos e intereses permanentes argentinos
que jamás habían sido sometidos a arbitraje. De acuerdo a la
interpretación argentina, su gobierno no estaba obligado a admitir los
términos del fallo. El canciller Oscar Montes, argumentó: “La Argentina,
asistida por destacados internacionalistas, ha encontrado en el laudo
errores de derecho que son inaceptables. No se trata de una posición
caprichosa de un mal perdedor”. Apuntó también errores históricos y
geográficos, “como, por ejemplo, cuando se determina que el océano
Atlántico llega hasta la Isla de los Estados y no hasta el cabo de
Hornos”.
La reacción argentina fue considerada una “salvajada jurídica” por los
chilenos. Y Argentina rompía una tradición jurídica de respeto a los
fallos de aquellos árbitros internacionales a los que se había sometido
voluntariamente para dirimir anteriores conflictos. Pablo Lacoste,
profesor en universidades chilenas y argentinas, observó: “Esta
tradición comenzó en la década de 1870: después de la Guerra de la
Triple Alianza, la clase dirigente argentina tomó la decisión de
renunciar al uso de la fuerza y, en su lugar, emplear mecanismos
políticos de solución de controversias para solucionar los temas de
límites pendientes con sus vecinos (…) En 1876, en el caso del Chaco
Boreal, el presidente de EE.UU. falló a favor de Paraguay y Argentina lo
aceptó; en 1895, en el litigio por las Misiones Orientales, el
presidente de los EE.UU. falló a favor de Brasil, y la Argentina lo
aceptó; en 1899, 1902 y 1966 se produjeron tres fallos arbitrales
referentes a la frontera con Chile y la Argentina los volvió a aceptar.
Con estas decisiones, Argentina evitó nuevas guerras, mantuvo más de un
siglo de paz y construyó una sólida tradición pacifista en su política
exterior”.
La segunda reunión entre los dictadores se produjo después de conocerse
el fallo británico. Pinochet sorprendió a los argentinos con un discurso
que dejó a Videla fuera de juego y sin respuesta: “Ha quedado
taxativamente establecido que las negociaciones no configuran
modificación alguna de las posiciones que las partes sostienen con
respecto al laudo arbitral en la región. Mi gobierno ratificó en forma
oficial y pública que, de acuerdo a los compromisos previstos, la
delimitación de las jurisdicciones quedó refrendada en forma definitiva
en la sentencia de Su Majestad Británica. Por tanto, las negociaciones a
realizar en ningún caso afectarán los derechos que en esa área el laudo
reconoció para Chile”.
Las palabras de Pinochet causaron “desagrado y sorpresa” en la
Argentina, según escribió entonces el diario La Nación. Videla respondió
con un discurso de circunstancias que cayó mal a los halcones de Buenos
Aires. En el libro Disposición Final, Videla le dice al
periodista Ceferino Reato: “Pinochet me planteó un problema. ¿Qué hacer?
¿Retirarme al frente de mi delegación y romper la posibilidad de una
negociación que, más allá de ese discurso inesperado (de Pinochet) había
quedado plasmada en el documento firmado? Opté por una respuesta de
circunstancia sobre la hermandad entre ambos países, la
complementariedad comercial... Me pareció lo mejor, no quise romper
todo. La comisión que me acompañaba se enojó conmigo, consideró ese
discurso como una aflojada. En la Argentina también cayó muy mal, los
comandantes se sintieron todos halcones”.
El incidente del telegrama de Ems: La chispa que encendió la Guerra Franco-Prusiana
Era el verano de 1870, un tiempo de tensiones y expectativas en Europa. En el tranquilo balneario de Ems, Alemania, el rey Guillermo I disfrutaba de un descanso. No podía prever que una breve conversación, alterada por manos astutas, desataría una guerra que cambiaría el destino del continente.
Un Príncipe para España
Todo comenzó con la vacante en el trono de España. Los españoles, en busca de un nuevo monarca, habían ofrecido la corona a Leopoldo de Hohenzollern, un príncipe alemán. Esta propuesta alarmó a Francia. Con Napoleón III en el trono, los franceses no querían ver una potencial alianza entre Prusia y España, lo que podría rodearlos y debilitar su posición en Europa.
El embajador francés en Prusia, el Conde Benedetti, recibió órdenes de viajar a Ems para hablar con el rey Guillermo I. Su misión era clara: obtener una garantía de que Leopoldo renunciaría a su candidatura y que ninguna futura candidatura de un Hohenzollern sería considerada.
El Encuentro en Ems
En una soleada mañana, Benedetti se acercó al rey Guillermo mientras paseaba. El diplomático expuso su petición, pero Guillermo, educado y respetuoso, le explicó que no podía dar tal garantía permanente. Le aseguró que respetaba la preocupación francesa y que, hasta el momento, no había recibido ninguna noticia oficial sobre la candidatura de Leopoldo.
La conversación fue cortés, pero Benedetti insistió. Guillermo, molesto por la insistencia, se negó nuevamente, aunque siempre mantuvo un tono diplomático. Esta interacción fue reportada a Berlín en un telegrama que describía la conversación con detalle y diplomacia.
El Rol de Bismarck
Aquí es donde entra en escena Otto von Bismarck, el astuto y ambicioso canciller de Prusia. Bismarck tenía un objetivo claro: unificar los estados alemanes bajo el liderazgo prusiano, y para lograrlo, necesitaba una guerra con Francia. El telegrama de Ems le proporcionó la oportunidad perfecta.
Bismarck recibió el telegrama original y vio su potencial. Con un toque maestro, lo editó para hacerlo parecer insultante y provocador. En lugar de la descripción detallada y cortés del intercambio, Bismarck presentó un resumen breve y tajante: parecía que el rey Guillermo había tratado al embajador francés con desprecio y había rechazado verlo de nuevo.
El telegrama y su alteración
Este es el telegrama original enviado por el rey Guillermo I de Prusia a Bismarck:
Su Majestad el Rey me ha escrito: “El Conde Benedetti me habló durante el paseo para demandarme, finalmente, de manera muy insistente, que yo le autorizara a telegrafiar inmediatamente que me comprometía para siempre a no dar nunca más mi consentimiento si los Hohenzollern volvieran a presentar su candidatura. Me negué finalmente de manera algo brusca, ya que no es ni correcto ni posible asumir compromisos de este tipo para siempre. Naturalmente, le dije que aún no había recibido ninguna noticia, y como él fue informado antes que yo de la renuncia (de Leopoldo), solo podía atribuir su demanda a un deseo de mantener abierta la cuestión y de extorsionarnos. Luego, le rechacé nuevamente. Él verá en los periódicos que no he recibido ninguna noticia, y solo a partir de esto aprenderá que mi gobierno una vez más recibe noticias directamente de mí.”
Esta es la versión editada que fue publicada por Bismarck:
Después de que los informes de la renuncia del príncipe heredero de Hohenzollern fueron oficialmente transmitidos al gobierno imperial de Francia por el gobierno real de España, el embajador francés en Ems demandó a Su Majestad el Rey que autorizara telegrafiar a París que Su Majestad el Rey se comprometía para siempre a no dar su consentimiento si los Hohenzollern volvieran a presentar su candidatura. Su Majestad el Rey se negó a recibir nuevamente al embajador francés y le informó a través del ayudante de campo de servicio que Su Majestad no tenía nada más que comunicarle al embajador.
La Publicación del Telegrama
El telegrama editado fue publicado el 13 de julio de 1870. Las palabras cuidadosamente elegidas por Bismarck hicieron que pareciera que el rey Guillermo había humillado al embajador francés. La noticia se propagó rápidamente, inflamando el orgullo y la indignación de ambos lados.
En Francia, la reacción fue furiosa. La prensa y el público clamaban por una respuesta enérgica a lo que consideraban una ofensa a la dignidad nacional. Napoleón III, bajo presión y deseoso de restaurar su prestigio, declaró la guerra a Prusia el 19 de julio de 1870.
Las Consecuencias de la Manipulación
La guerra franco-prusiana comenzó con entusiasmo y patriotismo en ambos lados. Sin embargo, Francia, mal preparada y mal liderada, sufrió una serie de derrotas devastadoras. En cuestión de meses, el ejército prusiano marchó hacia París, y en enero de 1871, Francia fue forzada a capitular.
La victoria prusiana no solo humilló a Francia, sino que también permitió a Bismarck cumplir su sueño. El 18 de enero de 1871, en el Salón de los Espejos del Palacio de Versalles, se proclamó el Imperio Alemán, unificando los estados alemanes bajo el liderazgo de Prusia. Guillermo I se convirtió en el Kaiser (emperador) del nuevo imperio.
Reflexiones sobre el Telegrama de Ems
El incidente del telegrama de Ems es un ejemplo clásico de cómo una manipulación de la información puede cambiar el curso de la historia. La habilidad de Bismarck para transformar una conversación diplomática en una provocación que llevó a la guerra demuestra el poder de la diplomacia y la comunicación en la política internacional.
Para las familias que escuchan esta historia, es una lección sobre la importancia de la precisión y la verdad en la comunicación. También es un recordatorio de cómo las tensiones y los conflictos entre naciones pueden ser influidos por la percepción y el orgullo nacional.
En un mundo donde la información viaja más rápido que nunca, y donde las palabras pueden ser tan poderosas como las acciones, la historia del telegrama de Ems sigue siendo relevante. Nos enseña a ser críticos y a valorar la paz, recordando que a menudo, las guerras comienzan no solo por grandes acciones, sino también por pequeños malentendidos y manipulaciones.
Un Epílogo para Reflexionar
Hoy, más de 150 años después, el incidente del telegrama de Ems sigue siendo estudiado por historiadores y analizado en las aulas. Es un ejemplo de cómo un solo acto de manipulación puede desencadenar eventos de proporciones épicas.
Para nosotros, como individuos y miembros de la comunidad global, esta historia nos insta a valorar la diplomacia, la comunicación honesta y la resolución pacífica de conflictos. Recordemos siempre que, aunque la historia esté llena de guerras y conquistas, también está llena de oportunidades para aprender, crecer y construir un futuro más pacífico y cooperativo.
En 1806, el dilema de la política exterior de Prusia seguía sin resolverse. "Su Majestad", advirtió Hardenberg en un memorando de junio de 1806, "se ha colocado en la posición singular de ser simultáneamente aliado tanto de Rusia como de Francia [...] Esta situación no puede durar". En julio y agosto se hicieron sondeos en los demás estados del norte de Alemania con vistas a establecer una unión interterritorial; el fruto más importante de estos esfuerzos fue una alianza con Sajonia. Pero las negociaciones con Rusia avanzaron más lentamente, en parte debido al efecto aleccionador del todavía reciente desastre de Austerlitz y en parte porque tomó tiempo para que se disipara la confusión generada por los meses de diplomacia secreta. Por tanto, poco se había hecho para construir una coalición sólida cuando llegaron a Berlín noticias de una nueva provocación francesa. En agosto de 1806, las interceptaciones revelaron que Napoleón estaba en negociaciones de alianza con Gran Bretaña y había ofrecido unilateralmente el regreso de Hannover como incentivo para Londres. Esto fue un ultraje demasiado grande. Nada podría haber demostrado mejor el desprecio de Napoleón por la zona de neutralidad del norte de Alemania y el lugar que ocupaba Prusia dentro de ella.
En
ese momento, Federico Guillermo III estaba bajo una inmensa presión por
parte de elementos de su propio entorno para optar por la guerra con
Francia. El 2 de septiembre, se entregó al rey un memorando criticando
su política hasta el momento y presionando por la guerra. Entre los
firmantes se encontraban el príncipe Luis Fernando, popular comandante
militar y sobrino de Federico el Grande, dos de los hermanos del rey, el
príncipe Enrique y el príncipe Guillermo, un primo y el príncipe de
Orange. Redactado para los firmantes por el historiógrafo de la corte
Johannes von Müller, el memorando tuvo pocos matices. En él, se acusaba
al rey de haber abandonado el Sacro Imperio Romano Germánico y de haber
sacrificado a sus súbditos y la credibilidad de su palabra de honor en
aras de la política de egoísmo mal concebida seguida por el partido
profrancés entre sus ministros. Ahora estaba poniendo en peligro aún más
el honor de su reino y de su casa al negarse a tomar una posición. El
rey vio en este documento un desafío calculado a su autoridad y
respondió con rabia y alarma. En un gesto que evocaba una época anterior
en la que los hermanos luchaban por los tronos, se ordenó a los
príncipes que abandonaran la ciudad capital y regresaran a sus
regimientos. Como revela este episodio, la lucha entre facciones en
torno a la política exterior había comenzado a descontrolarse. Había
surgido un decidido "partido de guerra" que incluía a miembros de la
familia del rey, pero que se centraba en los dos ministros Karl August
von Hardenberg y Karl vom Stein. Su objetivo era poner fin a las trampas
y compromisos de la política de neutralidad. Pero sus medios implicaban
la exigencia de un proceso de toma de decisiones de base más amplia que
vincularía al rey a algún tipo de mecanismo deliberativo colegiado.
Aunque
al rey le molestaba profundamente la impertinencia, tal como la veía,
del memorando del 2 de septiembre, la acusación de evasión lo inquietó
profundamente, haciendo a un lado su preferencia instintiva por la
cautela y la dilación. Y así fue como los responsables de la toma de
decisiones en Berlín se dejaron incitar a actuar precipitadamente,
aunque los preparativos para una coalición con Rusia y Austria apenas
habían comenzado a tomar forma concreta. El 26 de septiembre, Federico
Guillermo III dirigió una carta llena de amargas recriminaciones al
emperador francés, insistiendo en que se respetara el pacto de
neutralidad, exigiendo la devolución de varios territorios prusianos en
el bajo Rin y terminando con las palabras: "Que el cielo nos conceda
poder llegar a un entendimiento sobre una base que os deje en posesión
de vuestro pleno renombre, pero que también deje lugar al honor de otros
pueblos, [un entendimiento] que ponga fin a esta fiebre de miedo y
expectativa, en la que nadie puede contar. en el futuro.' La respuesta
de Napoleón, firmada en el cuartel general imperial de Gera el 12 de
octubre, resonó con una impresionante mezcla de arrogancia, agresión,
sarcasmo y falsa solicitud.
Recién
el 7 de octubre recibí la carta de Su Majestad. Lamento
extraordinariamente que le hayan obligado a firmar semejante folleto. Te
escribo sólo para asegurarte que nunca te atribuiré personalmente los
insultos contenidos en él, porque son contrarios a tu carácter y
simplemente nos deshonran a ambos. Desprecio y compadezco a la vez a los
autores de semejante obra. Poco después recibí una nota de su ministro
pidiéndome que asistiera a una cita. Bueno, como caballero he cumplido
con mi compromiso y ahora me encuentro en el corazón de Sajonia. Créeme,
tengo fuerzas tan poderosas que todas las Tuyas no serán suficientes
para negarme la victoria por mucho tiempo. ¿Pero por qué derramar tanta
sangre? ¿Con qué propósito? Hablo con Su Majestad tal como hablé con el
emperador Alejandro poco antes de la batalla de Austerlitz. […] ¡Señor,
Su Majestad será vencida! ¡Desperdiciarás la paz de tu vejez, la vida de
tus súbditos, sin poder presentar la más mínima excusa de mitigación!
Hoy Tú estás allí con tu reputación intacta y puedes negociar conmigo de
una manera digna de Tu rango, pero antes de que pase un mes, ¡Tu
situación será diferente!
Así
habló el "hombre del siglo", el "alma del mundo a caballo" al rey de
Prusia en el otoño de 1806. Ya estaba fijado el rumbo para el juicio de
armas en Jena y Auerstedt.
Para
Prusia, el momento no podría haber sido peor. Dado que el cuerpo de
ejército prometido por el zar Alejandro aún no se había materializado,
la coalición con Rusia seguía siendo en gran medida teórica. Prusia se
enfrentó sola al poder de los ejércitos franceses, salvo su aliado
sajón. Irónicamente, el hábito de demorar que tanto deploraba el grupo
de guerra en el rey era ahora lo único que podría haber salvado a
Prusia. Los comandantes prusianos y sajones esperaban darle batalla a
Napoleón en algún lugar al oeste del bosque de Turingia, pero avanzó
mucho más rápido de lo que habían previsto. El 10 de octubre de 1806, la
vanguardia prusiana entró en contacto con las fuerzas francesas y fue
derrotada en Saalfeld. Luego, los franceses atravesaron el flanco de los
ejércitos prusianos y formaron de espaldas a Berlín y el Oder, negando a
los prusianos el acceso a sus líneas de suministro y rutas de retirada.
Ésta es una de las razones por las que la posterior ruptura del orden
en el campo de batalla resultó tan irreversible.
El
14 de octubre de 1806, el teniente Johann von Borcke, de 26 años, fue
destinado a un cuerpo de ejército de 22.000 hombres bajo el mando del
general Ernst Wilhelm Friedrich von Rüchel al oeste de la ciudad de
Jena. Todavía era de noche cuando llegaron noticias de que las tropas de
Napoleón se habían enfrentado al principal ejército prusiano en una
meseta cerca de la ciudad. Desde el este ya se oía el ruido de los
cañonazos. Los hombres tenían frío y estaban rígidos por haber pasado la
noche acurrucados en el suelo húmedo, pero la moral mejoró cuando el
sol naciente disipó la niebla y comenzó a calentar hombros y
extremidades. "Se olvidaron las dificultades y el hambre", recuerda
Borcke. "La Canción de los Jinetes de Schiller resonó en mil gargantas."
A las diez, Borcke y sus hombres se pusieron finalmente en marcha hacia
Jena. Mientras marchaban hacia el este por la carretera, vieron a
muchos heridos caminando regresando del campo de batalla. "Todo llevaba
el sello de la disolución y la huida salvaje". Sin embargo, hacia el
mediodía, un ayudante se acercó galopando a la columna con una nota del
príncipe Hohenlohe, comandante del principal ejército prusiano que
luchaba contra los franceses en las afueras de Jena: «Date prisa,
general Rüchel, para compartir conmigo la victoria a medio ganar; Estoy
ganando a los franceses en todos los aspectos. Se ordenó que este
mensaje se transmitiera a toda la columna y una fuerte ovación se elevó
desde las filas.
El
acercamiento al campo de batalla llevó al cuerpo a través del pequeño
pueblo de Kapellendorf; Las calles atascadas de cañones, carruajes,
heridos y caballos muertos frenaron su avance. Al salir de la aldea, el
cuerpo llegó a una línea de colinas bajas, donde los hombres vieron por
primera vez el campo de batalla. Para su horror, sólo se podían ver
todavía "líneas débiles y restos" del cuerpo de Hohenlohe resistiendo el
ataque francés. Mientras avanzaban para prepararse para el ataque, los
hombres de Borcke se encontraron con una lluvia de balas disparadas por
francotiradores franceses que estaban tan bien posicionados y tan
hábilmente escondidos que el disparo pareció venir de la nada. "Que nos
dispararan de esta manera", recordaría más tarde Borcke, "sin ver al
enemigo, causó una impresión terrible en nuestros soldados, porque no
estaban acostumbrados a ese estilo de lucha, perdieron la fe en sus
armas e inmediatamente sintieron la superioridad del enemigo". .'
Aturdidos
por la ferocidad del fuego, tanto los comandantes como las tropas
estaban ansiosos por seguir adelante hacia una resolución. Se lanzó un
ataque contra unidades francesas apostadas cerca del pueblo de
Vierzehnheiligen. Pero a medida que los prusianos avanzaban, el fuego de
artillería y rifles enemigos se hizo cada vez más intenso. Frente a
esto, el cuerpo sólo contaba con unos pocos cañones de regimiento, que
pronto se estropearon y tuvieron que ser abandonados. La orden '¡Hombro
izquierdo adelante!' Se gritó a lo largo de la línea y las columnas
prusianas que avanzaban giraron hacia la derecha, torciendo el ángulo de
ataque. En el proceso, los batallones de la izquierda comenzaron a
separarse y los franceses, trayendo cada vez más cañones, abrieron
agujeros cada vez más grandes en las columnas que avanzaban. Borcke y
sus compañeros oficiales galopaban de un lado a otro, intentando reparar
las líneas rotas. Pero poco podían hacer para disipar la confusión en
el ala izquierda, porque el comandante, el mayor von Pannwitz, estaba
herido y ya no estaba a caballo, y el ayudante, el teniente von Jagow,
había muerto. El coronel de regimiento von Walter fue el siguiente
comandante en caer, seguido por el propio general Rüchel y varios
oficiales de estado mayor.
Sin
esperar órdenes, los hombres del cuerpo de Borcke comenzaron a disparar
a voluntad en dirección a los franceses. Algunos, habiendo agotado sus
municiones, corrieron con las bayonetas caladas hacia las posiciones
enemigas, sólo para ser abatidos por disparos de cartucho o por "fuego
amigo". El terror y el caos se apoderaron del lugar, reforzados por la
llegada de la caballería francesa, que se abalanzó sobre la creciente
masa de prusianos, cortando con sus sables cada cabeza o brazo que
estuvo a su alcance. Borcke se vio arrastrado irresistiblemente por las
masas que huían del campo hacia el oeste por la carretera de Weimar. "No
había salvado nada", escribió Borcke, "excepto mi vida inútil". Mi
angustia mental era extrema; Físicamente estaba en un estado de completo
agotamiento y me arrastraban entre miles en el caos más espantoso…'
La
batalla de Jena había terminado. Los prusianos habían sido derrotados
por una fuerza mejor administrada y de aproximadamente el mismo tamaño
(había 53.000 prusianos y 54.000 franceses desplegados). Aún peores
fueron las noticias de Auerstedt, unos kilómetros al norte, donde el
mismo día un ejército prusiano de unos 50.000 hombres bajo el mando del
duque de Brunswick fue derrotado por una fuerza francesa de la mitad de
ese tamaño al mando del mariscal Davout. Durante las siguientes
quincenas, los franceses disolvieron una fuerza prusiana más pequeña
cerca de Halle y ocuparon las ciudades de Halberstadt y Berlín.
Siguieron más victorias y capitulaciones. El ejército prusiano no sólo
había sido derrotado; se había arruinado. En palabras de un oficial que
se encontraba en Jena: "La estructura militar cuidadosamente montada y
aparentemente inquebrantable quedó repentinamente destrozada hasta sus
cimientos". Éste era precisamente el desastre que el pacto de
neutralidad prusiano de 1795 había pretendido evitar.
La
relativa destreza del ejército prusiano había disminuido desde el final
de la Guerra de los Siete Años. Una razón para esto fue el énfasis
puesto en formas cada vez más elaboradas de ejercicios de desfile. No se
trataba de un capricho cosmético: estaban respaldados por una auténtica
lógica militar, a saber, la integración de cada soldado en una máquina
de combate que respondiera a una voluntad única y fuera capaz de
mantener la cohesión en condiciones de tensión extrema. Si bien este
enfoque ciertamente tenía ventajas (entre otras cosas, aumentó el efecto
disuasivo de las maniobras del desfile anual en Berlín sobre los
visitantes extranjeros), no funcionó particularmente bien contra las
fuerzas flexibles y de rápido movimiento desplegadas por los franceses
bajo el mando de Napoleón. . Otro problema fue la dependencia del
ejército prusiano de un gran número de tropas extranjeras: en 1786,
cuando murió Federico, 110.000 de los 195.000 hombres al servicio
prusiano eran extranjeros. Había muy buenas razones para retener tropas
extranjeras; sus muertes en el servicio fueron más fáciles de soportar y
redujeron los trastornos causados por el servicio militar en la
economía nacional. Sin embargo, su presencia tan numerosa también trajo
problemas. Solían ser menos disciplinados, menos motivados y más
propensos a desertar.
Sin
duda, en las décadas transcurridas entre la Guerra de Sucesión de
Baviera (1778-1779) y la campaña de 1806 también se produjeron mejoras
importantes. Se ampliaron las unidades ligeras móviles y los
contingentes de fusileros (Jäger) y se simplificó y revisó el sistema de
solicitudes de campo. Nada de esto fue suficiente para cerrar la brecha
que rápidamente se abrió entre el ejército prusiano y las fuerzas
armadas de la Francia revolucionaria y napoleónica. En parte, esto fue
simplemente una cuestión de números: tan pronto como la República
Francesa comenzó a rastrear a las clases trabajadoras francesas en busca
de reclutas nacionales bajo los auspicios de la levée en masse, no
había manera de que los prusianos pudieran seguir el ritmo. Por tanto,
la clave de la política prusiana debería haber sido evitar a toda costa
tener que luchar contra Francia sin la ayuda de aliados.
Además,
desde el comienzo de las Guerras Revolucionarias, los franceses habían
integrado infantería, caballería y artillería en divisiones permanentes
apoyadas por servicios logísticos independientes y capaces de sostener
operaciones mixtas autónomas. Bajo Napoleón, estas unidades se agruparon
en cuerpos de ejército con una flexibilidad y un poder de ataque
incomparables. Por el contrario, el ejército prusiano apenas había
comenzado a explorar las posibilidades de divisiones de armas combinadas
cuando se enfrentó a los franceses en Jena y Auerstedt. Los prusianos
también estaban muy por detrás de los franceses en el uso de
francotiradores. Aunque, como hemos visto, se habían hecho esfuerzos
para ampliar este elemento de las fuerzas armadas, las cifras generales
seguían siendo bajas, el armamento no era del más alto nivel y no se
pensó lo suficiente en cómo podría integrarse el despliegue de fusileros
con el despliegue. de grandes masas de tropas. El teniente Johann
Borcke y sus compañeros de infantería pagaron un alto precio por esta
brecha en flexibilidad táctica y poder de ataque cuando tropezaron con
el campo de exterminio de Jena.
Inicialmente,
Federico Guillermo III tenía la intención de iniciar negociaciones de
paz con Napoleón después de Jena y Auerstedt, pero sus propuestas fueron
rechazadas. Berlín fue ocupada el 24 de octubre y tres días después
Bonaparte entró en la capital. Durante una breve estancia en la cercana
Potsdam, hizo una famosa visita a la tumba de Federico el Grande, donde
se dice que permaneció sumido en sus pensamientos ante el ataúd. Según
un relato, se volvió hacia los generales que estaban con él y les
comentó: "Caballeros, si este hombre todavía estuviera vivo, yo no
estaría aquí". Esto fue en parte kitsch imperial y en parte un tributo
genuino a la extraordinaria reputación que Federico disfrutaba entre los
franceses, especialmente las redes patriotas que habían ayudado a
revitalizar la política exterior francesa y siempre habían visto la
alianza austríaca de 1756 como el mayor error del antiguo régimen
francés. . Napoleón había sido durante mucho tiempo un admirador del rey
de Prusia: había estudiado minuciosamente las narrativas de la campaña
de Federico y había colocado una estatuilla de él en su gabinete
personal. El joven Alfred de Vigny incluso afirmó, con cierta diversión,
haber observado a Napoleón adoptando poses federicianas, tomando
ostentosamente rapé, haciendo florituras con su sombrero "y otros gestos
similares": testimonio elocuente de la continua resonancia del culto.
Cuando el emperador francés llegó a Berlín para presentar sus respetos
al fallecido Federico, su sucesor vivo había huido al rincón más
oriental del reino, evocando paralelismos con los días oscuros de las
décadas de 1630 y 1640. También el tesoro estatal fue salvado justo a
tiempo y transportado hacia el este.
Napoleón
estaba ahora dispuesto a ofrecer condiciones de paz. Exigió que Prusia
renunciara a todos sus territorios al oeste del río Elba. Después de
algunas vacilaciones agonizantes, Federico Guillermo III firmó un
acuerdo a tal efecto en el palacio de Charlottenburg el 30 de octubre,
tras lo cual Napoleón cambió de opinión e insistió en que aceptaría un
armisticio sólo si Prusia aceptaba servir como base de operaciones para
un ataque francés. sobre Rusia. Aunque la mayoría de sus ministros
apoyaron esta opción, Federico Guillermo se puso del lado de la minoría
que prefería continuar la guerra al lado de Rusia. Ahora todo dependía
de si los rusos serían capaces de desplegar fuerzas suficientes en el
campo para detener el impulso del avance francés.
Durante
los meses comprendidos entre finales de octubre de 1806 y enero de
1807, las fuerzas francesas habían avanzado constantemente a través de
las tierras prusianas, forzando o aceptando la capitulación de
fortalezas clave. Sin embargo, los días 7 y 8 de febrero de 1807 fueron
rechazados en Preussisch-Eylau por una fuerza rusa con un pequeño
contingente prusiano. Serenado por esta experiencia, Napoleón volvió a
la oferta de armisticio de octubre de 1806, según la cual Prusia
simplemente renunciaría a sus territorios del Elba occidental. Ahora fue
el turno de Federico Guillermo de negarse, con la esperanza de que
nuevos ataques rusos inclinaran aún más la balanza a favor de Prusia.
Estos no fueron comunicativos. Los rusos no lograron aprovechar la
ventaja obtenida en Preussisch-Eylau y los franceses continuaron durante
enero y febrero sometiendo las fortalezas prusianas en Silesia.
Mientras tanto, Hardenberg, que todavía aplicaba la política prorrusa
con la que había triunfado en 1806, negoció una alianza con San
Petersburgo que se firmó el 26 de abril de 1807. La nueva alianza duró
poco; Después de una victoria francesa sobre los rusos en Friedland el
14 de junio de 1807, el zar Alejandro pidió un armisticio a Napoleón.
El
25 de junio de 1807, el emperador Napoleón y el zar Alejandro se
reunieron para iniciar negociaciones de paz. El escenario era inusual.
Se construyó una espléndida balsa por orden de Napoleón y se amarró en
medio del río Niemen en Piktupönen, cerca de la ciudad de Tilsit, en
Prusia Oriental. Dado que el Niemen era la línea de demarcación oficial
del alto el fuego y los ejércitos ruso y francés estaban desplegados en
orillas opuestas del río, la balsa fue una solución ingeniosa a la
necesidad de un terreno neutral donde los dos emperadores pudieran
encontrarse en igualdad de condiciones. Federico Guillermo de Prusia no
fue invitado. En cambio, permaneció miserablemente en la orilla durante
varias horas, rodeado por los oficiales del zar y envuelto en un abrigo
ruso. Ésta fue sólo una de las muchas formas en que Napoleón anunció al
mundo el estatus inferior del derrotado rey de Prusia. Las balsas del
Memel estaban adornadas con guirnaldas y coronas con las letras 'A' y
'N'; las letras FW no aparecían por ninguna parte, aunque toda la
ceremonia se desarrolló en territorio prusiano. Mientras que por todas
partes se podían ver las banderas francesa y rusa ondeando con la suave
brisa, la bandera prusiana brillaba por su ausencia. Incluso cuando, al
día siguiente, Napoleón invitó a Federico Guillermo a su presencia en la
balsa, la conversación resultante tuvo el sabor de una audiencia más
que de un encuentro entre dos monarcas. Federico Guillermo tuvo que
esperar en una antecámara mientras el Emperador se ocupaba de algunos
trámites atrasados. Napoleón se negó a informar al rey de sus planes
para Prusia y lo intimidó acerca de los numerosos errores militares y
administrativos que había cometido durante la guerra.
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El histórico abrazo del Estrecho: la muñeca diplomática de Roca cuando estuvimos por ir a la guerra con Chile
En
1899 el presidente Julio A. Roca decidió tomar el toro por las astas y
viajar a Chile para coronar las negociaciones que se hacían a
contrarreloj. Los reclamos de territorios en disputa habían llevado a
ambos países a una carrera armamentística que por poco no terminó en un
conflicto armado
Por Adrián Pignatelli || Infobae
Ya
en su segundo mandato, Roca tenía más experiencia. Los que trabajaron
entonces con él, lo encontraron más reflexivo y observador
Martín Rivadavia, un marino de 46 años ascendido a comodoro en octubre de 1896 y ministro de Marina en el segundo gobierno de Julio ArgentinoRoca,
no se movía del puesto de mando del Acorazado General Belgrano,
comprado a nuevo a Italia el año anterior. Llevaba un pasajero ilustre,
al propio Presidente, que iba a reunirse con su par chileno, Federico Errázuriz.
El
encuentro sería en Punta Arenas y el ministro tuvo una idea de la que
se arrepintió cuando era demasiado tarde: en lugar de acceder a Chile
por el Canal de Beagle y el Estrecho de Magallanes, le propuso a Roca
hacerlo por los canales fueguinos, lo que representaba una navegación
mucho más complicada y riesgosa, pero que sabía que sorprendería a los
chilenos. Aclaró que él mismo respondería personalmente por la decisión
tomada.
El Presidente aceptó gustoso y cuando llegaron a destino se enteró de queRivadavia
había sudado a mares y que guardaba una pistola con la que pensaba
volarse la cabeza si se hundía el acorazado con el Presidente a bordo,
en esos canales que no eran del todo conocidos.
Cuando
la tensión con Chile iba en aumento, y muchos imaginaban una guerra, el
presidente argentino decidió ir a encontrarse con Federico Errázuriz
Había
asumido la primera magistratura el 12 de octubre de 1898. En la carrera
hacia la Casa Rosada, asomaban dos candidatos potables: uno era él y
otro Carlos Pellegrini. El general Bartolomé Mitre intentó cortar el avance de Roca a la presidencia al proponer una alianza entre radicales y nacionalistas. Pero Hipólito Yrigoyen la rechazó de plano. Él era el líder indiscutido desde el suicidio de su tío Leandro Alem el año anterior.
Lo
que primó a la hora de ungir a Roca presidente fue la situación
internacional, especialmente con nuestros vecinos los chilenos. Ese país
venía de proclamarse triunfador en su guerra contra Perú y Bolivia y
ese ambiente de un posible enfrentamiento por cuestiones limítrofes amenazaban la paz.
Para algunos políticos, la guerra era un hecho, y quién mejor para
conducirla que el único militar que nunca había sido derrotado. Así se afianzó la idea de su candidatura.
Invitación cursada por el gobierno de Chile, para participar de la histórica jornada (Gentileza Museo Roca)
Ya no era un joven de 37 años, sino que a sus 55 años se había convertido, según lo describe Ibarguren, en una persona flexible, tolerante, reflexiva y observadora.
Fue elegido gracias al voto de 218 electores. Su vice era Norberto Quirno Costa, con experiencia en política exterior.
“Felizmente, nos hallamos en paz y concordia con todas las naciones del mundo”, señaló Roca. “Las últimas cuestiones de límites, que heredamos del coloniaje,
marchan a su solución, por los medios y procedimientos que presenten
los tratados internacionales. La cuestión de Chile, resuelta desde 1891,
ha sido entregada al arbitraje y de acuerdo con el tratado de este año y
el de 1893. Esperamos tranquilos el fallo del árbitro, confiados
en que nada turbará nuestras relaciones internacionales y en que la
terminación pacífica de este largo pleito que será una victoria de la
razón y del buen sentido, influirá en las relaciones de los estados
sudamericanos”.
De etiqueta y ambos con la banda presidencial, en la cubierta del O'Higgins(Archivo General de la Nación)
Era consciente de la situación irresuelta con Chile.
Unas de las cuestiones que se resolvería entonces sería la Puna de
Atacama, un conflicto que se arrastraba desde el fin de la guerra del
Pacífico, cuando Chile ocupó tierras que estaban en disputa entre
Argentina y Bolivia. A partir de un laudo celebrado en Buenos Aires
entre el 1 y el 9 de marzo de 1899, Argentina terminó quedándose con el
ochenta por ciento y Chile con el veinte restante del sector en disputa.
De la mano de su ministro de guerra Pablo Riccheri modernizó el Ejército y adquirió armamento. También se creó el ministerio de Marina, a cuyo frente puso a Martín Rivadavia y compró barcos, en un vasto plan que incluyó la ley 4031 del servicio militar obligatorio.
Devolución
de gentilezas. Luego del encuentro en el buque chileno, Errázuriz
abordó el acorazado Belgrano.Fotografía revista Caras y Caretas.
El objetivo de Roca era mostrarse fuerte, en el ajedrez del cono sur, frente a Chile y a Brasil.
“Roca
fue una figura central del proceso de consolidación del Estado nacional
entre fines del siglo XIX e inicios del XX, y por aquellos años sus
gobiernos tuvieron que enfrentar delicados conflictos con el Vaticano y
con países limítrofes. También se retomaron antiguos reclamos de soberanía sobre las Islas Malvinas.
Asimismo, se dio gran importancia a la organización y desarrollo de un
cuerpo diplomático, enviado a diversas partes del mundo”, explican desde
el Museo Roca.
Como los peritos de ambos países no lograban ponerse de acuerdo, Roca tomó el toro por las astas y decidió concretar un viejo anhelo, el de viajar al sur y cerrar él la cuestión.
A comer. El menú que se sirvió la noche del 16 de febrero (Gentileza Museo Roca)
No
fue una decisión apresurada: daba el puntapié inicial de los
presidentes argentinos que se involucraban personalmente en la solución
de diferendos internacionales. Se la llamó la diplomacia presidencial,
algo novedoso para la época. “Era consciente que la guerra había sido
un impedimento en los procesos de modernización del Estado y de
desarrollo económico”, se explica en un trabajo del citado museo. Sabía que su par chileno opinaba lo mismo.
Junto
a su ministro de Marina y secretarios, el 20 de enero de 1899 partió en
el ferrocarril del Sud hasta Bahía Blanca, donde abordó el acorazado
Belgrano. Luego, el ministro de Relaciones Exteriores Amancio Alcorta lo alcanzó con el Transporte Chaco. Una comitiva de periodistas lo seguía en el crucero liviano Patria.
Junto al menú, se distribuyó el programa musical ejecutado en la cena(Gentileza Museo Roca)
En
Puerto Belgrano -entonces se llamaba Puerto Militar- visitó las obras
que se estaban realizando. A Puerto Madryn llegaron con lluvia y fueron
en ferrocarril hasta Trelew. De ahí se trasladó en carruaje a Rawson y
Gaiman.
Nuevamente
a bordo, continuaron el viaje bordeando la costa patagónica. En Río
Gallegos se hospedó en la casa del gobernador del territorio de Santa
Cruz, Matías Mackinlay Zapiola. Cuando los pobladores se enteraron se concentraron yRoca les habló desde el balcón, donde prometió la concreción de obras. Era la primera vez que un Presidente los visitaba. Esa casa se demolió pero se conservó el balcón.
Cuando
navegaban hacia Ushuaia, quiso visitar la estancia Haberton, donde fue
agasajado por la viuda del dueño. El Presidente aprovechó a conversar
con los indígenas onas y yaganes que trabajaban allí.
Debía
cumplir con la agenda. Para el 15 de febrero al mediodía el mandatario
chileno lo esperaba en Punta Arenas, tramo que cumplieron siguiendo la
ruta propuesta por el comodoro Rivadavia. Al anochecer del 14, la
comitiva argentina fondeó en Puerto Hambre, donde se sumó la fragata
Sarmiento, el buque escuela que había decidido modificar su itinerario
para sumarse al viaje.
El acorazado General Belgrano, comprado a Italia. En ese buque viajó Roca. Fue desguazado en el Riachuelo en 1947(Wikipedia)
Los
chilenos apostados en el muelle del puerto se sorprendieron al ver
cerca de las dos de la tarde que la flota argentina aparecía por el sur y
no por el este, el camino fácil y conocido. Junto al buque insignia O’Higgins, estaban los cruceros livianos Zenteno y Errázuriz y el transporte Argamos.
Apenas se avistó a los buques, en un día soleado en el que soplaba una brisa helada, fueron recibidos con interminables salvas de cañones. Había expectativa y ansiedad entre los funcionarios chilenos.
Errázurriz
envió una embarcación con una comisión integrada por el general Vergara
y el coronel Quintavalla para arreglar los detalles del ceremonial. El
chileno ofrecía ir al buque argentino, pero Roca, vestido de civil y con
banda presidencial -dejó a bordo su uniforme militar y medallas- se
adelantó y abordó el O’Higgins, junto a sus ministros Alcorta y
Rivadavia. Su par chileno estaba acompañado por sus ministros de
Relaciones Exteriores, Guerra y Marina, Justicia e Instrucción Pública y
por el director de la Armada, Jorge Montt, ex presidente.
Se saludó con Errázuriz con un apretón de manos, no con un abrazo. Igualmente pasó a la historia como “El abrazo del Estrecho”. La banda militar de la marina chilena ejecutó los himnos.
Luego, el chileno abordó el Belgrano y repitieron los saludos.
Hubo
una reunión importante entre ellos al día siguiente, por la noche, en
la que organizó un banquete. Se imprimió el menú, escrito en francés y
con platos que aludían a la jornada, como “pigeons aux a vocats, a la
Belgrano” y “soufflé de volaille, a la O’Higgins”. Una orquesta ejecutó
diversas piezas musicales a lo largo de la velada.
A
la hora de los brindis, el mandatario transandino expresó que “la paz,
siempre benéfica, es fecunda entre naciones vecinas y hermanas, armoniza
sus intereses materiales y políticos, estimula su progreso, da vigor a
sus esfuerzos, hace más íntimos sus vínculos sociales y contribuye a la
solución amistosa de sus dificultades y conflictos. La paz es un don de la Divina Providencia”.
Por
su parte, Roca dijo que “la paz, como medio y como fin de civilización y
engrandecimiento es, en verdad, un don de la Divina Providencia, pero
es también un supremo deber moral y práctico para las naciones que
tenemos el deber de gobernar. Pienso, pues, como el señor presidente de
Chile y confundo mis sentimientos y mis deseos con los suyos, como se
confunden en estos momentos las notas de nuestros himnos, las salvas de
nuestros cañones y las aspiraciones de nuestras almas”.
Acordaron dirimir las disputas de límites por el camino diplomático. Tres años después se firmarían los Pactos de Mayo,
donde ambos países renunciaban a reclamos de expansiones territoriales,
que alejaron el fantasma de la guerra. Errázuriz falleció en julio de
1901 en el ejercicio de su cargo, y su sucesor Germán Riesco continuó con la misma política.
Roca permaneció tres días en Punta Arenas. El 22 de febrero ya estaba de regreso en Buenos Aires.
Ese mismo año viajó a Uruguay y Brasil. A este último país lo hizo acompañado, entre otros, por los generales Nicolás Levalle, José Garmendia y Luis María Campos, veteranos de la Guerra de la Triple Alianza.
El objetivo principal del viaje fue el encuentro con el presidente brasileño Campos Salles, con quien estableció muy buenas relaciones y le sirvió a Roca para estrechar lazos y mantener el equilibrio en la región.
Algo
ducho en la materia debía ser, ya que cuando ya no era más presidente,
le encomendaron dos misiones diplomáticas al Brasil, a fin de aquietar
tensiones derivadas de la carrera armamentística y de ocupación de
territorios. La última la cumplió en 1912, dos años antes de su muerte.
Tapa
de Caras y Caretas del 25 de febrero de 1899, ironizando sobre el viaje
del presidente. Roca se había transformado en un clásico en el
semanario
Pasaron
124 años del aquel histórico encuentro entre Roca y Errázuriz, donde el
sentido común solo estuvo ausente en el comodoro Martín Rivadavia, que
sorprendió a propios y a extraños con sus dotes de navegante y experto
conocedor de los peligrosos canales fueguinos. Todo lo vale para evitar
una guerra.
Fuentes:
Museo Roca – Instituto de Investigaciones Históricas; Félix Luna – Soy
Roca; Carlos Ibarguren – La historia que he vivido; diario El Mercurio;
revista Caras y Caretas