Mostrando entradas con la etiqueta caudillos. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta caudillos. Mostrar todas las entradas

sábado, 31 de enero de 2026

Guerra civil: Carta de Juan Manuel de Rosas a Facundo Quiroga

Carta de Juan Manuel de Rosas a Juan Facundo Quiroga, manchada con su sangre tras ser asesinado en Barranca Yaco

Hacienda de Figueroa en San Antonio, de Diciembre 20 de 1834.




Carta de Juan Manuel de Rosas a Juan Facundo Quiroga, manchada con su sangre tras ser asesinado en Barranca Yaco.
Hacienda de Figueroa en San Antonio, de Diciembre 20 de 1834.
Mi querido compañero, señor don Juan Facundo Quiroga.
Consecuente a nuestro acuerdo, doy principio por manifestarle haber llegado a creer que las disensiones de Tucumán y Salta, y los disgustos entre ambos gobiernos, pueden haber sido causados por el ex Gobernador D. Pablo Alemán y sus manipulantes. Este fugó al Tucumán, y creo que fue bien recibido, y tratado con amistad por el señor Heredia. Desde allí maniobró una revolución contra Latorre, pero habiendo regresado a la frontera del Rosario para llevarla a efecto, saliéndole mal la combinación fue aprehendido:, y conducido a Salta. De allí salió bajo fianza de no volver a la provincia, y en su tránsito por el Tucumán para ésta, entiendo estuvo en buena comunicación con el señor Heredia. Todo esto no es extraño que disgustase a Latorre, ni que alentase el partido Sr. Alemán, y en tal posición los Unitarios que no duermen, y están corno el lobo acechando los momentos de descuido, o distracción infiriendo, al famoso estudiante López que estuvo en el Pontón, han querido sin duda aprovecharse de los elementos que les proporcionaba este suceso para restablecer su imperio. Pero de cualquier modo que esto haya sucedido me parece injusta la indemnización de daños y perjuicio que solicita el señor Heredia. El mismo confiesa en sus notas oficiales a este gobierno y al de Salta, que sus quejas se fundan en indicios, y conjeturas, y no en hechos ciertos e intergiversables, que alejen todo motivo de duda sobre la conducta hostil que le atribuye a Latorre. Siendo esto así, él no tiene por derecho de gentes más acción que a pedir explicaciones, y también garantías, pero de ninguna manera indemnizaciones.



Los negocios de Estado a Estado no se pueden decidir por las leyes que rigen en un país para los asuntos entre particular cuyas leyes han sido dictadas por circunstancias, y razones que sólo tienen lugar en aquel Estado en donde deben ser observadas. A que se agrega que no es tan cierto, que por sólo indicios, y conjeturas se condene a una persona a pagar indemnizaciones en favor de otra. Sobre todo debe tenerse presente que, aun cuando esta pretensión no sea repulsada por la justicia, lo es por la política. En primer lugar sería un germen de odio inextinguible entre ambas provincias que más tarde o más temprano de un modo o de otro, podría traer grandes males a la República. En segundo porque tal ejemplar abriría la puerta a la intriga y mala fe para que pudiese fácilmente suscitar discordias entre los pueblos, que sirviesen de pretexto para obligar a los unos a que sacrificasen su fortuna en obsequio de los otros. A mi juicio no debe perderse de vista el cuidado con que el Sr. Heredia se desentiende de los cargos que le hace Latorre por la conducta que observó con Alemán cuando éste, según se queja el mismo Latorre, desde el Tucumán le hizo una revolución sacando los recursos de dicha provincia a ciencia y paciencia de Heredia sobre lo que inculca en su proclama publicada en la Gaceta del jueves que habrá Vd. leído.
La justicia tiene ciertamente dos orejas, y es necesario para buscarla que Vd. desentrañe las cosas desde su primer origen. Y si llegase a probar de una manera evidente con hechos intergiversables, que alguno de los dos contendientes ha traicionado abiertamente la causa nacional de la Federación, yo en el caso de Vd. propendería a que dejase el puesto.
Considerando excusado extenderme sobre algunos otros puntos, porque según el relato que me hizo el Sr. Gobernador ellos están bien explicados en las instrucciones, pasaré al de la Constitución.
Me parece que al buscar Vd. la paz, y orden desgraciadamente alterados, el argumento más fuerte, y la razón más poderosa que debe Vd. manifestar a esos señores gobernadores, y demás personas influyentes, en las oportunidades que se le presenten aparentes, es el paso retrógrado que ha dado la Nación, alejando tristemente el suspirado día de la grande obra de la Constitución Nacional. ¿Ni qué otra cosa importa, el estado en que hoy se encuentra toda la República? Usted y yo deferimos a que los pueblos se ocupasen de sus constituciones particulares, para, que después de promulgadas entrásemos a trabajar los cimientos de la gran Carta Nacional. En este sentido ejercitamos nuestro patriotismo e influencias, no porque nos asistiere un positivo convencimiento de haber llegado la verdadera ocasión, sino porque estando en paz la República, habiéndose generalizado la necesidad de la Constitución, creímos que debíamos proceder como lo hicimos, para evitar mayores males. Los resultados lo dicen elocuentemente los hechos, los escándalos que se han sucedido, y el estado verdaderamente peligroso en que hoy se encuentra la República, cuyo cuadro lúgubre nos aleja toda esperanza de remedio.



Y después de todo esto, de lo que enseña y aconseja la experiencia tocándose hasta con la luz de la evidencia, ¿habrá quién crea que el remedio es precipitar la Constitución del Estado? Permítame Vd. hacer algunas observaciones a este respecto, pues aunque hemos estado siempre acordes en tan elevado asunto quiero depositar en su poder con sobrada anticipación, por lo que pueda servir, una pequeña parte de lo mucho que me ocurre y que hay que decir.
Nadie, pues, más que Vd. y yo podrá estar persuadido de la necesidad de la organización de un Gobierno general, y de que es el único medio de darle ser y responsabilidad a nuestra República.
¿Pero quién duda que éste debe ser el resultado feliz de todos los medios proporcionados a su ejecución? ¿Quién aspira a un término marchando en contraria dirección? ¿Quién para formar un todo ordenado, y compacto, no arregla, y solicita, primeramente bajo una forma regular, y permanente, las partes que deben componerlo? ¿Quién forma un Ejército ordenado con grupos de hombres, sin jefes sin oficiales, sin disciplina, sin subordinación, y que no cesan/ un momento de acecharse, y combatirse contra sí, envolviendo a los demás, en sus desórdenes? ¿Quién forma un ser viviente, y robusto con miembros' muertos, o dilacerados, y enfermos de la más corruptora gangrena, siendo así que la vida y robustez de este nuevo ser en complejo no puede ser sino la que reciba de los propios miembros de que se haya de componer? Obsérvese que una muy cara y dolorosa experiencia nos ha hecho ver prácticamente que es absolutamente necesario entre nosotros el sistema federal porque, entre otras razones de sólido poder, carecemos totalmente de elementos para un gobierno de unidad. Obsérvese que el haber predominado en el país una facción que se hacía sorda al grito de esta necesidad ha destruido y aniquilado los medios y recursos que teníamos para proveer a ella, porque ha irritado los ánimos, descarriado las opiniones, puesto en choque los intereses particulares, propagado la inmoralidad y la intriga, y fraccionado en bandas de tal modo la sociedad, que no ha dejado casi reliquias de ningún vínculo, extendiéndose su furor a romper hasta el más sagrado de todos y el único que podría servir para restablecer los demás, cual es el de la religión; y que en este lastimoso estado es preciso crearlo todo de nuevo, trabajando primero en pequeño; y por fracciones para entablar después un sistema general que lo abrace todo. Obsérvese que una República Federativa es lo más quimérico y desastroso que pueda imaginarse, toda vez que no se componga de Estados bien organizados en sí mismos, porque conservando cada uno su soberanía e independencia, la fuerza del poder general con respecto al interior de la República, es casi ninguna, y su principal y casi todo, su investidura, es de pura representación para llevar la voz a nombre de todos los Estados confederados en sus relaciones con las naciones extranjeras; de consiguiente si dentro de cada Estado en particular, no hay elementos de poder para mantener el orden respectivo, la creación de un Gobierno general representativo no sirve más que para poner en agitación a toda la República a cada, desorden parcial que suceda, y hacer que el incendio de cualquier Estado se derrame por todos los demás. Así es que la República de Norte América no ha admitido en la confederación los nuevos pueblos y provincias que se han formado después de su independencia, sino cuando se han puesto en estado de regirse por sí solos, y entre tanto los ha mantenido sin representación en clase de Estados; considerándolos como adyacencias de la República.



Después de esto, en el estado de agitación en que están los pueblos, contaminados todos de unitarios, de logistas, de aspirantes, de agentes secretos de otras naciones, y de las grandes logias que tienen en conmoción a toda Europa, ¿qué esperanza puede haber de tranquilidad y calma al celebrar los pactos de la Federación, primer paso que debe dar el Congreso Federativo? En el estado de pobreza en que las agitaciones políticas han puesto a todos los pueblos, ¿quiénes, ni con qué fondos podrán costear la reunión y permanencia de ese Congreso, ni menos de la administración general? ¿Con qué fondos van a contar para el pago de la deuda exterior nacional invertida en atenciones de toda la República, y cuyo cobro será lo primero que tendrá encima luego que se erija dicha administración? Fuera de que si en la actualidad apenas se encuentran hombres para el gobierno particular de cada provincia, ¿de dónde se sacarán los que hayan de dirigir toda la República? ¿Habremos de entregar la administración general a ignorantes, aspirantes, unitarios, y a toda clase de bichos? ¿No vimos que la constelación de sabios no encontró más hombre para el Gobierno general que a don Bernardino Rivadavia, y que éste no pudo organizar su Ministerio sino quitándole el cura a la Catedral (1) , y haciendo venir de San Juan al Dr. Lingotes (2) para el Ministerio de Hacienda, que entendía de este ramo lo mismo que un ciego de nacimiento entiende de astronomía ? Finalmente, a vista del lastimoso cuadro que presenta la República, ¿cuál de los héroes de la Federación se atreverá a encargarse del Gobierno general? ¿Cuál de ellos podrá hacerse de un cuerpo de representantes y de ministros, federales todos, de quienes se prometa las luces, y cooperación necesaria para presentarse con la debida dignidad, salir airoso del puesto, y no perder en él todo su crédito, y reputación? Hay tanto que decir sobre este punto que para sólo lo principal y más importante sería necesario un tomo que apenas se podría, escribir en un mes.



El Congreso general debe ser convencional, y no deliberante, debe ser para estipular las bases de la Unión Federal, y no para resolverlas por votación. Debe ser compuesto de diputados pagados y expensados por sus respectivos pueblos y sin esperanza de que uno supla el dinero a otros, porque esto que Buenos Aires pudo hacer en algún tiempo, le es en el día absolutamente imposible.
Antes de hacerse la reunión debe acordarse entre los gobiernos, por unánime avenimiento, el lugar donde ha de ser, y la formación del fondo común, que haya de sufragar a los gastos oficiales del Congreso, corno son los de casa, muebles, alumbrado, secretarios, escribientes, asistentes, porteros, ordenanzas, y demás de oficina; gastos que son cuantiosos y mucho más de lo que se creen generalmente. En orden a las circunstancias del lugar de la reunión debe tenerse cuidado que ofrezca garantías de seguridad y respeto a los diputados, cualquiera que sea su modo de pensar y discurrir; que sea uno, hospitalario, y cómodo, porque los diputados necesitan largo tiempo para expedirse. Todo esto es tan necesario cuanto que de lo contrario muchos sujetos de los que sería preciso que fuesen al Congreso se excusarán o renunciarán después de haber ido, y quedará reducido a un conjunto de imbéciles, sin talento, sin saber, sin juicio, y sin práctica en los negocios de Estado. Si se me preguntase dónde está hoy ese lugar diré que no sé, y si alguno contestase que en Buenos Aires, yo diría que tal elección sería el anuncio cierto del desenlace más desgraciado y funesto a esta ciudad, y a toda la República. El tiempo, el tiempo solo, a la sombra de la paz, y de la tranquilidad de los pueblos, es el que puede proporcionarlo y señalarlo. Los Diputados deben ser federales a prueba, hombres de respeto, moderados, circunspectos, y de mucha prudencia y saber en los ramos de la Administración pública, que conozcan bien á fondo el estado y circunstancias de nuestro país, considerándolo en su posición interior bajo todos aspectos, y en la relativa a los demás Estados vecinos, y a los de Europa con quienes está en comercio, porque hay grandes intereses y muy complicados que tratar y conciliar, y a la hora que rayan dos o tres diputados sin estas calidades, todo se volverá un desorden como ha sucedido siempre, esto es si no se convierte en una tanda de pillos, que viéndose colocados en aquella posición, y sin poder hacer cosa alguna de provecho para el país, traten de sacrificarlo a beneficio suyo particular, como lo han hecho nuestros anteriores Congresos concluyendo sus funciones con disolverse, llevando los diputados por todas partes el chisme, la mentira, la patraña, y dejando envuelto al país en un maremágnun de calamidades de que jamás pueda repararse.
Lo primero que debe tratarse en el Congreso no es, como algunos creen, de la erección del Gobierno general, ni del nombramiento del jefe supremo de la República. Esto es lo último de todo. Lo primero es dónde ha de continuar sus sesiones el Congreso, si allí donde está o en otra parte. Lo segundo es la Constitución General principiando por la organización que habrá de tener el Gobierno general, que explicará de cuántas personas se ha de componer ya en clase de jefe supremo, ya en clase de ministros, y cuáles han de ser sus atribuciones, dejando salva la soberanía e independencia de cada uno de los Estados Federados. Cómo se ha de hacer la elección, y qué calidades han de concurrir en los elegibles; en dónde ha de residir este Gobierno, y qué fuerza de mar y tierra permanente en tiempo de paz es la que debe tener, para el orden, seguridad, y respetabilidad de la República.



El punto sobre el lugar de la residencia del Gobierno suele ser de mucha gravedad, y trascendencia por los celos y emulaciones que esto excita en los demás pueblos, y la complicación de funciones que sobrevienen en la corte o capital de la República con las autoridades del Estado particular a que ella corresponde. Son éstos inconvenientes de tanta gravedad que obligaron a los norteamericanos a fundar la ciudad de Washington, hoy Capital de aquella República que no pertenece a ninguno de los Estados confederados.
Después de convenida la organización que ha de tener el Gobierno, sus atribuciones, residencia y modo de erigirlo, debe tratarse de crear un fondo nacional permanente que sufrague todos los gastos generales, ordinarios y extraordinarios, y al pago de la deuda nacional, bajo del supuesto que debe pagarse tanto la exterior como la interior, sean cuales fueren las causas justas o injustas que la hayan causado, y sea cual fuere la administración que haya habido de la hacienda del Estado porque el acreedor nada tiene que ver con esto, que debe ser una cuestión para después. A la formación de este fondo, lo mismo que con el contingente de tropa para la organización del Ejército nacional, debe contribuir cada Estado Federado, en proporción a su población cuando ellos de común acuerdo no tomen otro arbitrio que crean más adaptable a sus circunstancias; pues en orden a eso no hay regla fija, y todo depende de los convenios que hagan cuando no crean conveniente seguir la regla general, que arranca del número proporcionado de población. Los norteamericanos convinieron en que formasen este fondo de derechos de Aduana sobre el comercio de ultramar, pero fue porque todos los Estados tenían puertos exteríores no habría sido así en caso contrario. A que se agrega que aquel país por su situaci6n topográfica es en la principal y mayor parte marítimo como se ve a la distancia por su comercio activo, el número crecido de sus buques mercantes, y de guerra construidos en la misma república, y como que esto era lo que más gastos causaba a la república en general, y lo que más llamaba su atención por todas partes, pudo creerse que debía sostenerse con los ingresos de derechos que produjesen el comercio de ultramar o con las naciones extranjeras.



Al ventilar estos puntos, deben formar parte de ellos los negocios del Banco Nacional, y de nuestro papel moneda que todo él forma una parte de la deuda nacional a favor de Buenos Aires; deben entrar en cuenta nuestros fondos públicos, y la deuda de Inglaterra, invertida en la guerra nacional con el Brasil; deben entrar los millones gastados en la reforma militar, los gastados en pagan la deuda reconocida, que había hasta el año de Ochocientos veinte y cuatro procedente de la guerra de la Independencia, y todos los demás gastos que ha hecho esta provincia con cargo de reintegro en varias ocasiones, como ha sucedido para la reunión y conservación de varios congresos generales.
Después de establecidos estos puntos, y el modo como pueda cada Estado Federado crearse sus rentas particulares sin perjudicar los intereses generales de la República, después de todo esto, es cuando recién se procederá al nombramiento del jefe de la República y erección del Gobierno general. ¿Y puede nadie concebir que en el estado triste y lamentable en que se halla nuestro país pueda allanarse tanta dificultad, ni llegarse al fin de una empresa tan grande, tan ardua, y que en tiempos los más tranquilos y felices, contando con los hombres de más capacidad, prudencia v patriotismo, apenas podría realizarse en dos años de asiduo trabajo? ¿Puede nadie que sepa lo que es el sistema federativo, persuadirse que la creación de un gobierno general bajo esta forma atajará las disensiones domésticas de los pueblos? Esta persuasión o triste creencia en algunos hombres de buena fe es la que da ansia a otros pérfidos y alevosos que no la tienen o que están alborotando los pueblos con el grito de Constitución, para que jamás haya paz, ni tranquilidad, porque en el desorden es en lo que únicamente encuentran su modo de vivir. El Gobierno general en una República Federativa no une los pueblos federados, los representa unidos: no es para unirlos, es para representarlos en unión ante las demás naciones: él no se ocupa de lo que pasa interiormente en ninguno de los Estados, ni decide las contiendas que se suscitan entre sí. En el primer caso sólo entienden las autoridades particulares del Estado, y en el segundo la misma Constitución tiene provisto el modo cómo se ha de formar el tribunal que debe decidir. En una palabra, la unión y tranquilidad crea el Gobierno general, la desunión lo destruye; él es la consecuencia, el efecto de la unión, no es la causa, y si es sensible su falta, es mucho mayor su caída, porque nunca sucede ésta sino convirtiendo en escombros toda la República. No habiendo, pues, hasta ahora entre nosotros, como no hay, unión y tranquilidad, menos mal es que no exista, que sufrir los estragos de su disolución. ¿No vemos todas las dificultades invencibles que toca cada Provincia en particular para darse constitución? Y si no es posible vencer estas solas dificultades, ¿será posible vencer no sólo éstas sino las que presenta la discordia de unas provincias con otras, discordia que se mantiene como acallada y dormida mientras que cada una se ocupa de sí sola, pero que aparece al instante como una tormenta general que resuena por todas partes con rayos y centellas, desde que se llama a Congreso general?



Es necesario que ciertos hombres se convenzan del error en que viven, porque si logran llevarlo a efecto, envolverán a la República en la más espantosa catástrofe, y yo desde ahora pienso que si no queremos menoscabar nuestra reputación ni mancillar nuestras glorias, no debemos prestarnos por ninguna razón a tal delirio, hasta que dejando de serlo por haber llegado la verdadera oportunidad veamos indudablemente que los resultados han de ser la felicidad de la Nación. Si no pudiésemos evitar que lo pongan en planta, dejemos que ellos lo hagan enhorabuena pero procurando hacer ver al público que no tenemos la menor parte en tamaños disparates, y que si no lo impedimos es porque no nos es posible.



La máxima de que es preciso ponerse a la cabeza de los pueblos cuando no se les pueda hacer variar de resolución es muy cierta; mas es para dirigirlos en su marcha, cuando ésta es a buen rumbo, pero con precipitación o mal dirigida; o para hacerles variar de rumbo sin violencia, y por un convencimiento práctico de la imposibilidad de llegar al punto de sus deseos. En esta parte llenamos nuestro deber, pero los sucesos posteriores han mostrado a la clara luz que entre nosotros no hay otro arbitrio que el de dar tiempo a que se destruyan en los pueblos los elementos de discordia, promoviendo y alentando cada gobierno por sí el espíritu de paz y tranquilidad. Cuando éste se haga visible por todas partes, entonces los cimientos empezarán por valernos de misiones pacíficas y amistosas por medio de las cuales sin bullas, ni alboroto, se negocia amigablemente entre los gobiernos, hoy esta base, mañana la otra hasta colocarlas en tal estado que cuando se forme el Congreso lo encuentre hecho casi todo, y no tenga más que marchar llanamente por el camino que se le haya designado. Esto es lento a la verdad, pero es preciso que así sea, y es lo único que creo posible entre nosotros después de haberlo destruido todo, y tener que formarnos del seno de la nada.



Adiós, compañero. El cielo tenga piedad de nosotros, y dé a Vd. salud, acierto, y felicidad en el desempeño de su comisión; y a los dos, y demás amigos, iguales goces, para defendernos, precavernos, y salvar a nuestros compatriotas de tantos peligros como nos amenazan.
Juan M. de Rosas.
(1) Julián Segundo de Agüero
(2) Salvador Maria del Carril
Colección Adolfo Saldías, folios 179 al 184. Sala VII Nº 229. Dpto. Documentos Escritos. Buenos Aires. Argentina. (AGN│Archivo General de la Nación)



martes, 5 de agosto de 2025

Malvinas: La protesta de Estanislao López al ataque norteamericano de 1831

Estanislao López y el ataque de Estados Unidos sobre las islas Malvinas en 1831

Estanislao López y el ataque de Estados Unidos sobre las islas Malvinas en 1831

Alejandro Damianovich  || El Litoral

Transcripción:

SANTA-FÉ.
Marzo 9 de 1832.

Ha sido altamente mortificante al Gobernador que subscribre, la lectura del oficio de 14 del pasado (1) de S. E. del Sr. Gobernador delegado de Buenos Ayres, en que se explican todas las circunstancias ocurridas en el escandaloso atentado cometido el 31 de Diciembre en las Islas Malvinas por el comandante de la corbeta de guerra norte americana Lexintong. Este hecho tan contrario al derecho de las naciones, es tanto más desagradable, cuanto que él ha sido perpetrado por un súbdito de un Gobierno tan perfectamente identificado en principios políticos con los que profesa la República Argentina, y cuyas relaciones de amistad y buena inteligencia era de esperarse que nunca hubieran sufrido alteración alguna; pero a una agresión tan directa a los intereses de la República como no morada ó bien despoblada ha venido por desgracia a recaer, ha correspondido el Gobierno de Santa-Fé dirigiéndose al de Buenos Ayres, asegurándole que la impresión desagradable de un hecho tan inusitado y arbitrario ha sido en él tan profunda y dolorosa, como en los pueblos mismos que lo han experimentado; y que de una manera conforme a la dignidad, honor y decoro de pueblos libres, de costumbres cultas y civilizadas, y de Gobiernos que todos son justamente celosos de la República Argentina.

El Exmo. Gobierno es quien al adoptarlas ha de aceptar con resignación cualquiera de las providencias consoladoras que se hicieran en lo futuro.

jueves, 24 de abril de 2025

Confederación Argentina: El tan anunciado asesinato de Facundo Quiroga

El crimen de Barranca Yaco: advertencias desoídas, la orden de no dejar a nadie vivo y las súplicas del niño postillón

La historia argentina está colmada de crímenes políticos. Uno de ellos fue el del riojano Facundo Quiroga, un caudillo de fuerte liderazgo en el interior en los tiempos de Rosas, con quien discrepó sobre cuestiones de fondo. Hizo caso omiso a las múltiples advertencias de que sería asesinado, lo que convirtió sus últimos días en una crónica de una muerte anunciada


Facundo Quiroga no creyó o prefirió no tomar en cuenta las advertencias de que lo emboscarían para asesinarlo

El lugar sigue siendo un páramo perdido en el norte cordobés, salvo por el monte de talas y espinillos que mostraba una espesura dominante que ya no es tal. La fatídica partida de Facundo Quiroga, el Tigre de los Llanos, atravesaba raudamente en una galera custodiada por un puñado de hombres ese polvoriento camino conocido como el Camino Real -aún hoy se llama así- una calurosa mañana de verano que anunciaba lluvia, hace ya 190 años.

Había nacido en el pueblo riojano de San Antonio el 27 de noviembre de 1788. Casado con Dolores Fernández Cabeza, tenía cinco hijos. Combatió en las guerras de la independencia y haría fortuna explotando minas de plata y cobre en el noroeste. Enrolado en el bando federal, encontró su talón de Aquiles en el general unitario José María Paz, quien lo derrotaría en los combates de La Tablada primero, en 1829 y Oncativo al año siguiente.

José Santos Ortiz, el infortunado secretario de Quiroga. No quería continuar el viaje. Intentó, sin suerte, convencer al riojano

Hombre de fortuna y afecto al juego, vivía en Buenos Aires, donde Juan Manuel de Rosas lo recibió con los brazos abiertos, aunque pronto comenzaron a discrepar: el riojano era partidario de tener una constitución y de llegar a una organización nacional lo antes posible, algo que el Restaurador no tenía en agenda.

Tenía demasiados enemigos. Los principales eran los hermanos Reinafé, amos y señores de Córdoba. Se había afeitado el bigote y, aún con su pelo ruliento, parecía haberlo despojado de esa imagen de hombre bárbaro y salvaje que muchos se habían formado. Sufría de reuma y le dificultaba montar a caballo.

Cuando en 1834 estalló un conflicto entre los gobernadores de Salta, Pablo Latorre y de Tucumán, Alejandro Heredia, le encomendaron viajar al norte para mediar.

Cuadro que recrea el momento en que es atacado el carruaje donde viajaba Quiroga, quien en ese momento se asomaba por la ventana para ver qué era lo que ocurría

Rosas lo acompañó un tramo y en la Hacienda de Figueroa, en San Andrés de Giles, se despidieron. Cuando el riojano ya había partido, Rosas le mandó con un chasqui una carta en donde exponía sus razones de por qué no era la oportunidad de una normalización institucional.

Al llegar a Santiago del Estero, Quiroga se enteró que Latorre había sido asesinado, y que Heredia había quedado el dueño de la situación. Como ya no se necesitaba de su presencia, emprendió el regreso. En esa provincia, descansando en la casa del gobernador Juan Felipe Ibarra, este le advirtió que en el camino atentarían contra su vida.

Quiroga era un blanco fácil, ya que no llevaba escolta militar. Además de su secretario José Santos Ortiz, iban algunos peones, dos correos y dos postillones. Uno de ellos se llamaba José Luis Basualdo, de 12 años, quien era el hijo del maestro de la posta de Ojo de Agua, la parada anterior a la de Sinsacate. Al muchacho lo hicieron subir a la galera para que fuera aprendiendo el oficio.

Su propio enemigo, Domingo Faustino Sarmiento fue el que había hecho andar la leyenda del origen de su apodo. Dicen que en una oportunidad, el riojano fue perseguido por un yaguareté (tigre verdadero en guaraní), debió treparse a un árbol, fue ayudado por unos paisanos y terminó matando al animal. De ahí el “Tigre de los llanos”.

Los implicados en los asesinatos terminaron ejecutados en la Plaza de la Victoria. En el ambiente flotaba la sospecha de que Rosas algo había tenido que ver con la muerte de Quiroga

Cuando la galera y su mínima escolta estaban a pocas leguas de la posta del Ojo del Agua, un joven salió del monte y le hizo señas desesperadas al postillón para que detuviese la alocada carrera de la media docena de caballos que tiraban del carruaje. El propio Quiroga se asomó y le preguntó qué se le ofrecía. El muchacho pidió hablar con José Santos Ortiz, a quien conocía y que a toda costa quería devolverle un favor que le había hecho. Le advirtió que en el lugar que llaman Barranca Yaco había una partida al mando de Santos Pérez y que le harían fuego por ambos lados del camino, con la indicación de matar primero a los postillones. La orden era que nadie debía salir con vida. El muchacho, que llevaba un caballo para Ortiz, le ofreció huir juntos.

El caudillo le dio las gracias, y le dijo que “no ha nacido todavía el hombre que ha de matar a Facundo Quiroga. A un grito mío, esa partida mañana se pondrá a mis órdenes, y me servirá de escolta hasta Córdoba. Vaya usted, amigo, sin cuidado”.

José Vicente Reinafé, gobernador de Córdoba y apuntado como uno de los instigadores

En la posta Ojo de Agua, la mayoría de la comitiva estaba angustiada, más cuando el maestro de la posta confirmó lo que el muchacho les había advertido. El único que no le dio importancia al asunto fue el riojano, quien se fue a dormir luego de tomar una taza de chocolate, tal como acostumbraba.

A la madrugada, Ortiz lo despertó. Le contó los detalles del plan y le advirtió que, si insistía en continuar el viaje, no lo acompañaría. Esto encolerizó a Quiroga y le respondió que si se iba lo que le pasaría sería mucho más peligroso que lo que pudiera suceder en Barranca Yaco. Ortiz, que había sido el primer gobernador de San Luis, se había sumado para ayudar en la mediación que se había truncado.

Ese lunes 16 de febrero de 1835, cerca de las 11 de la mañana, 9 km antes de llegar a la posta de Sinsacate, donde el camino hacía una curva en el espeso monte de espinillos y talas, una partida de 32 hombres al mando de Santos Pérez le cortó el paso a la galera de Quiroga.

-¿Qué es lo que pasa? ¿Quién manda esta partida? -preguntó Quiroga a viva voz, sacando la cabeza por la ventana. Serían sus últimas palabras. Un certero disparo impactó en su ojo izquierdo. Otro le daría en el cuello.

Santos Pérez subió a la galera y atravesó con su espada varias veces al infortunado Ortiz.

El resto de los hombres se dedicó a matar al resto de los acompañantes. Nadie debía quedar con vida. Todos los cuerpos fueron degollados, incluso el de Facundo.

Santos Pérez debió matar a uno de los suyos cuando se negó a degollar al niño Basualdo. Un tal Márquez fue el que asesinaría al infortunado postillón, que a los gritos clamó hasta último momento por su madre.

Como consecuencia de su trabajo, el abogado Marcelo Gamboa fue severamente sancionado por Rosas. (Caras y Caretas)

Luego, se repartieron el contenido del equipaje, llevándose hasta la ropa que traían puesta las víctimas. A los caballos los soltaron y el carruaje, con impactos de bala, lo escondieron en el monte.

Lo que Santos Pérez no percibió fue que desde el monte los estaban observando. Dos correos, José Santos Funes y Agustín Marín que acompañaban a Quiroga, cabalgaban un tanto retrasados. Al escuchar los disparos, se ocultaron y vieron todo. Ellos fueron los que avisaron a la posta de Sinsacate.

En esa tarde lluviosa, el juez de paz local mandó buscar los cuerpos de Quiroga y de Santos Ortiz, y los depositaron en la iglesia, donde esa noche fueron velados. Al día siguiente, el cuerpo del riojano fue llevado a Córdoba y enterrado en la Catedral; y el de su secretario a Mendoza, a pedido de su esposa.

Todas las miradas apuntaron a los hermanos Reinafé -José Vicente, el gobernador de Córdoba; Francisco; José Antonio y Guillermo como los instigadores del crimen.

Días después, Santos Pérez le entregó a Reinafé dos pistolas y un poncho de vicuña, propiedad del ilustre muerto. El propio gobernador, simulando un brindis, había intentado envenenarlo con aguardiente mezclada con cianuro pero logró escapar. Al tiempo, acorralado, sin tener a dónde ir, se entregó.

Luego de que Pedro Nolasco Rodríguez fuera electo gobernador cordobés, la suerte de los hermanos intocables terminó. Salvo Francisco que logró escapar, fueron detenidos junto a la mayoría de los integrantes de la partida que habían actuado en la mortal emboscada.

Rosas envió a Córdoba una partida de caballería para llevar a Buenos Aires a los detenidos y juzgarlos, aún cuando los tribunales porteños no eran competentes, así como los jueces, ya que el crimen se había cometido en otra jurisdicción. Las 1844 fojas de la causa nada dicen de las horas de torturas a los asesinos y las amenazas a su defensor, Marcelo Gamboa, cuando con valentía casi suicida sugirió el nombre de Rosas como uno de los instigadores del crimen.

En Barranca Yaco levantaron nueve cruces en recuerdo de los que allí murieron trágicamente el 16 de febrero de 1835

El 27 de mayo de 1837 se conocieron las sentencias a muerte y el 25 de octubre fueron fusilados los Reinafé junto a Santos Pérez en la Plaza de la Victoria. Los cuerpos de éste último y de José Vicente fueron colgados en la puerta del Cabildo. También se pasó por las armas a la mayoría de los miembros de la partida y otros fueron condenados a prisión.

El pobre Gamboa desató la ira de Rosas. Se lo condenó a no alejarse más de veinte cuadras de la plaza de la Victoria, se le prohibió ejercer de abogado y no podía lucir la divisa punzó. Y que si violase algunos de estos puntos, sería paseado por las calles montado en un burro pintado de celeste, el color característico de los unitarios. Si se le ocurriese dejar el país, sería aprehendido y fusilado. Parientes y amigos lo abandonaron, salvo uno, el padre del general Garmendia. Gamboa falleció en 1861.

Muchas miradas se dirigieron a Rosas, al considerarlo el verdadero ideólogo de la muerte de Quiroga. “…muerte de mala muerte se lo llevó al riojano, y una de las puñaladas lo mentó a Juan Manuel”, escribió Jorge Luis Borges en su poema “El General Quiroga va en coche al muere”.

No sé si será cierto que en las noches sin luna suele aparecer la galera vacía de Quiroga corriendo alocada y desapareciendo en la oscuridad. Los lugareños comentan que, con el viento cálido, se adivinan los lamentos desesperados del postillón de 12 años, que pide por su madre, en medio de ese páramo polvoriento, del monte de talas y espinillo, que todo lo dominaba.


martes, 10 de mayo de 2022

Argentina: Purvis, el perro de Urquiza

Purvis, el perro de Urquiza





Cuenta la historia, no la leyenda, que el General Urquiza tenía un perro bravo que lo acompañó toda su vida. Era de pelaje bayo y del tipo mastín, llamado Purvis. El can no pasó desapercibido por dos razones: primero, por sus célebres mordidas a todos los que se acercaban a Urquiza (no se salvaban de los tarascones ni los visitantes ni los altos oficiales de su Estado Mayor; tipos ásperos y curtidos en sangrientos entreveros como Basavilbaso, Galán, Urdinarrain, Galarza, le temían más al perro que a su jefe); y, segundo, porque su imagen quedó inmortalizada en el cuadro que pintó Juan Manuel Blanes de la batalla de Caseros, que puso fin a la tiranía porteña de Rosas.
Allí aparece el perro Purvis al lado del caballo de Urquiza. Cuentan los cronistas que el animal no temía ni a los cañonazos ni al estruendo de la fusilería, y cuando Urquiza encabezaba las cargas de la legendaria caballería entrerriana en la batalla, allí iba el fiel Purvis a su lado.
Cuando Sarmiento visitó a Urquiza en una de sus primeras oportunidades, escribió: “El general Urquiza tiene a su lado un enorme perro que se llama Purvis. Muerde a todo el que se acerca a su amo. Esta es la consigna. Si no recibe orden en contrario, el perro muerde. Un gruñido de tigre anuncia su presencia al que se aproxima, y un ‘¡Purvis!’ del general, en que se le intima a estarse quieto, es la primera señal de bienvenida”. Y continúa diciendo Sarmiento: “El general Paz, al verme de regreso de Buenos Aires, su primera pregunta confidencial fue: ¿No lo ha mordido el perro Purvis?”.
Ángel Elías, el secretario privado, consignó en sus memorias estas palabras del propio Urquiza referidas a Purvis: “De la campaña Oriental solo me he traído compromisos y este perro. Era un cachorro que tenía el Coronel Galarza; de repente se me reunió y aunque mandaba separarlo siempre insistía en volver a mi lado; viendo yo esta tenacidad en un perro que no me conocía, ordené que se le dejase y desde entonces no se ha separado de mi. Dígame usted Elías, ¿no hay en esto una cosa incomprensible? ¿Cómo me explica Ud. el instinto de este animal a seguirme constantemente entre ocho mil personas que había en el ejército? No tiene paz con nadie, veo que me respeta y eso que yo nunca lo halago, es mi constante compañero”.
El perro Purvis murió en el Palacio de San José. Una narración oral cuenta que tenía la mala costumbre de robar asado de la parrilla. En una ocasión lo hizo frente a un joven soldado de la guardia del palacio que indignado lo mató. El joven fue llamado a
Frente a Urquiza por el hecho a lo que el soldado respondió que según su orden todo ladrón debía morir. Urquiza cedió ante la respuesta pero posteriormente el soldado comenzó a "encontrar" dinero y joyas extraviadas, las cuales nunca tomó, intuyendo que el Gral queria tener una escusa para vengar la muerte de su fiel amigo. Lamentablemente Purvis no vivía cuando ocurrió el cobarde asesinato, donde el Tata se defendió sólo frente a su familia -espada y pistola en mano, y sin custodia alguna-, ante una partida de sicarios.
Quizás otra hubiese sido la historia con el perro Purvis a su lado, dando pelea…


viernes, 26 de junio de 2020

Señores de la guerra: La muerte por amor de Pancho Ramírez

El amor trágico de Pancho Ramírez por una cautiva y la tristeza de una novia abandonada que esperó toda la vida 

Francisco “Pancho” Ramírez, el caudillo entrerriano, dedicó su vida a construir su poder en el litoral en las primeras décadas del siglo 19. El día que conoció a la Delfina, una pelirroja cautiva de misterioso origen y que peleaba como un soldado, dejó a su prometida para vivir una gran pasión. Murió al intentar rescatar a su amor en pleno campo de batalla. La mujer con quien se había comprometido nunca dejó de amarlo
Por Adrián Pignatelli || Infobae

  Francisco Ramírez, caudillo indiscutido en el litoral.

Hasta que la muerte los separe. Ese deseo que se prometen los enamorados, Pancho y la Delfina lo cumplieron al pie de la letra. Pancho era Francisco Ramírez, el Supremo Entrerriano, título que nunca quiso usar, aunque se lo había ganado en buena ley. Y Delfina había sido una cautiva de la que se enamoraría perdidamente y que sería su compañera, en las buenas y en las malas.

La de 1810 y 1820 fue una década en la que Ramírez vivió intensamente. Había nacido en el Arroyo de la China, hoy Concepción del Uruguay, el 13 de julio de 1786 y había tomado las armas cuando estalló la revolución de Mayo, en 1810. Combatió junto a José Gervasio de Artigas en la Banda Oriental y luego lo acompañó en las luchas contra el Directorio, porteño y centralista.

Ramírez, al desplazar al delegado de Artigas, se hizo dueño de su provincia, rechazó a dos ejércitos enviados desde Buenos Aires, y paró un intento de invasión a sus tierras de los portugueses. No era producto de la suerte: Ramírez disponía del ejército más disciplinado del interior. No lo decía él, sino que el elogio venía de genios militares, como es el caso del general José María Paz.

Junto a Estanislao López, volverían a pelear contra Buenos Aires cuando dictó la Constitución unitaria de 1819, terminarían derrotando a José Rondeau en Cepeda el 31 de enero de 1820 y firmaría el Tratado del Pilar, el primero en reconocer el sistema federal. El que se sintió marginado fue Artigas, ya que el Tratado excluía a la Banda Oriental. Esto llevó a que Ramírez se enfrentase con su antiguo jefe quien, derrotado, se exiliaría de por vida en el Paraguay.

El país vivía una profunda anarquía y los porteños vieron horrorizados, en febrero de 1820, cuando López y Ramírez ataron sus caballos en las rejas que rodeaban a la Pirámide de Mayo.

Ramírez proclamó la República de Entre Ríos, que comprendía Corrientes y Misiones. Se erigió como jefe supremo de la república, y hasta dictó una constitución.

El Tratado de Benegas, firmado por Buenos Aires, Santa Fe y Córdoba, lo dejó afuera al entrerriano. Los recelos entre los caudillos lo llevaron a enfrentarse con el cordobés Bustos y el santafecino López. Y eso marcaría su fin.

  La Delfina, la cautiva que peleaba como un soldado y enamoró al caudillo Pancho Ramírez

El amor

Fue en 1818 cuando, en Paysandú, se deslumbró con una pelirroja llamada María Delfina, o Delfina a secas, a la que habían tomado como cautiva. No se sabe si era brasileña o portuguesa, si en realidad venía de una familia aristocrática, era la hija bastarda de un alto funcionario o simplemente una soldadera, aquella mujer que seguía a los soldados.

Tan prendado quedó Ramírez que terminó rompiendo su compromiso con Norberta Calvento, hermana de su mejor amigo, cuyas familias se conocían de toda la vida en Concepción del Uruguay. Todos daban como un hecho natural que Francisco y Norberta terminarían en el altar. Pese al desplante, Norberta igual lo esperó.

De Delfina pocos son los datos que quedaron en la historia. Solo se sabe que desde el día que se conocieron combatió vistiendo uniforme militar a la par de Ramírez. En el campo de batalla era un soldado más, lo que se convertiría en la perdición del caudillo entrerriano.

El fin

El 10 de julio de 1821 Ramírez, debilitado militarmente, intentaba llegar con escasos 200 hombres a Santiago del Estero. Pero ese día, muy cerca de Las Piedritas de Río Seco, en Córdoba, debió combatir casi durante horas contra las fuerzas de López y de Bustos, que lo superaban en número.

En desventaja, intentó huir, cuando se percató que Delfina había sido capturada por el enemigo. Entonces, sin pensarlo, lanza en mano, arremetió solo contra el grupo que retenía a su mujer. Rodeado por soldados enemigos, el capitán Maldonado lo mató de un tiro a quemarropa, que impactó en su pecho. Su caballo siguió cabalgando un trecho con el cuerpo inerte de Ramírez. Uno de sus soldados intentó recuperarlo cuando ya había caído a tierra, pero no alcanzó a hacerlo por la cercanía del enemigo.

Su cabeza como trofeo

El trompa de órdenes Nicolás Pedraza fue el encargado de decapitarlo. El cuerpo del infortunado Ramírez quedó en el campo de batalla, y su cabeza –clavada en una lanza- fue llevada a Villa de María de Río Seco, donde se la exhibió. De ahí, envuelta en piel de carnero, se la enviaron a López, en “señal de verdad”, como se dijo entonces.
  Monumento a Francisco Ramírez, erigido en Córdoba en el lugar donde exhibieron su cabeza.

El gobernador de Santa Fe le encomendó a su suegro, el doctor Manuel Rodríguez, embalsamarla. Rodríguez, que era uno de los pocos médicos que ejercía en la provincia, le cobró al estado provincial 42 pesos por sus servicios. Puesta en una jaula, primero la colgaron en el atrio de la iglesia de Santa Fe y luego en la entrada del cabildo. Todos debían convencerse de que el Supremo Entrerriano había muerto.

Que el propio gobernador López haya usado estos despojos como un pisapapeles en su escritorio de campaña forma parte de la leyenda. Lo que es cierto es que las campanas de las iglesias de Buenos Aires repicaron, festejando su muerte cuando unos días después se conoció la noticia. “Este fin tienen todos los tiranos”, escribió Juan Manuel Beruti en sus Memorias curiosas.

Por fin, acordaron enterrarla. Eran muchos los que se horrorizaban ante semejante espectáculo, pero no deseaban contrariar a la autoridad. Por las dudas, lo hicieron de noche, en la Iglesia de la Merced, en la actualidad Nuestra Señora de los Milagros, donde se realizaron estudios para localizar esos restos, ya que el año próximo se conmemorará el bicentenario de su muerte.

Delfina, la infortunada compañera, ayudada por oficiales de Ramírez, había logrado escapar a Santiago del Estero. Con el tiempo, iría a vivir a Concepción del Uruguay, donde falleció, soltera, el 28 de junio de 1839.

En 1827 Justo José de Urquiza mandó construir una pirámide, colocada en la plaza de Concepción del Uruguay, en homenaje a Ramírez. Y en el lugar donde murió y se le cortó la cabeza, hoy hay un monumento.
  Pirámide erigida por Urquiza en honor a Ramírez.

La que sobrevivió, en esta suerte de triángulo amoroso fue Norberta, quien murió el 22 de noviembre de 1880, a los 90 años. Había permanecido soltera, vistiendo riguroso luto, encerrada en su casa -en la que siempre había esperado el regreso de Ramírez- cuidada por una sobrina.

Como mortaja, le habrían colocado el hábito de las carmelitas, aunque otra página un tanto más romántica de un idilio que no fue, nos dice que pudo ser enterrada con su vestido de novia, que aún conservaba. Porque así, de una u otra forma, iría, por fin, al encuentro del amor de su vida.

viernes, 20 de marzo de 2020

El caudillismo latinoamericano: El eterno infierno

Caudillos

W&W



Maximiliano Hernández Martínez

Gabriel García Márquez sobre el caudillo definitivo


El novelista colombiano (1928–2014), famoso por sus retratos absurdos de los tiranos latinoamericanos, se refiere en este extracto de su discurso de aceptación del Premio Nobel a las payasadas y el salvajismo de algunos militares destacados:

Nuestra independencia del dominio español no nos puso fuera del alcance de la locura. El general Antonio López de Santana, tres veces dictador de México, celebró un magnífico funeral por la pierna derecha que había perdido en la llamada Guerra de los pasteles. El general Gabriel García Moreno gobernó Ecuador durante dieciséis años como monarca absoluto; A su paso, el cadáver estaba sentado en la silla presidencial, vestido con uniforme de gala y una capa protectora de medallas. El general Maximiliano Hernández Martínez, el déspota teosófico de El Salvador que había matado a treinta mil campesinos en una masacre salvaje, inventó un péndulo para detectar veneno en su comida y tenía farolas envueltas en papel rojo para vencer una epidemia de escarlatina. La estatua del general Francisco Morazán erigida en la plaza principal de Tegucigalpa es en realidad una del mariscal Ney, comprada en un almacén de esculturas de segunda mano en París.

De Gabriel García Márquez, "La soledad de América Latina" (Conferencia Nobel, 8 de diciembre de 1982).

Las alineaciones y realineamientos políticos dejaron una huella permanente en la era poscolonial. En la mayoría de los estudios de la historia latinoamericana, las décadas posteriores a la independencia han sido vistas como un tiempo de agitación perpetua. Como lo expresa Peter Bakewell en su extensa historia de América Latina: “aunque sería tonto e incorrecto descartar las décadas posteriores a la independencia como simplemente un período de caos indescriptible, la calma política estuvo notablemente ausente en un momento en que era mucho necesario ". Históricamente, ni el proceso de forjar una nueva nación, ni el de crear un sentido de lealtad a esa nación, el nacionalismo, puede verse como una trayectoria ideológica única. El nacionalismo está en casa a la izquierda o la derecha; abrazado por el librepensador radical o el conservador, por el reformador progresista o el tradicionalista retrospectivo. El nacionalismo latinoamericano y la definición particular de identidad nacional de la región variaron con el tiempo y el lugar, se basaron en nociones competitivas de poder y dependieron de los derechos otorgados a los indios, negros, mestizos y personas de raza mixta. En manos de los caudillos, uno u otro grupo racial fue restringido o promovido, y una u otra concepción de masculinidad o feminidad se erigió como el ideal, junto con los símbolos y rituales estándar (banderas, himnos, lenguaje y costumbres) que unieron a la comunidad. .

Un autoritarismo emergente, personificado por los caudillos personalistas, marcó la era posterior a la independencia como una de codicia y poder individuales excesivos, basada en la desconfianza de los extranjeros y los gobiernos extranjeros. Algunos caudillos eran egoístas, retrospectivos y antiintelectuales, mientras que otros eran progresistas y reformistas. Algunos caudillos abolieron la esclavitud, instituyeron estructuras educativas, construyeron ferrocarriles y otros sistemas de transporte, y trataron de forjar unidades económicas capaces de generar negocios con empresarios que representan a empresas europeas y estadounidenses. Debido a que los caudillos no encajaban en un solo molde ni representaban una sola visión política, y porque tendían a ascender al poder a través de redes de lealtad personal, algunos historiadores los han caracterizado como "populistas". Es cierto que el populismo es un frustrante vago e impreciso. etiqueta que ha significado diferentes cosas en diferentes períodos históricos, pero la flexibilidad del término puede ayudar a definir el caudillo. Como "hombre fuerte", el caudillo toleraba poca o ninguna oposición, y confiaba en la fuerza armada para mantener su poder. Como "populista", el caudillo obtuvo su poder de aquellos que le eran leales, muchos de los cuales eran pequeños productores en deuda con su beneficencia y el patrocinio que repartió para garantizar su lealtad.

Argentina y los tiranos

El arquetípico caudillo Juan Manuel de Rosas (1793-1877) subió al poder en Argentina en 1829 y gobernó hasta 1852, obteniendo su apoyo de los estancieros al sur de Buenos Aires, la capital. Rosas comenzó su carrera en el ejército, siguiendo un camino común a muchos jóvenes ambiciosos activos en la búsqueda de la independencia. Primo de la rica familia terrateniente Anchorena, la carrera militar y la influencia de Rosas ayudaron a construir los recursos de la dinastía en la provincia. Rosas es conocido por desarrollar un mini gobierno y un sistema de autoridad en su patrimonio que finalmente se extendió a la región circundante. Exigió el respeto absoluto, la obediencia, la lealtad y el trabajo diligente de los indios, peones de la deuda de raza mixta y gauchos (vaqueros) a cambio de empleo en su rancho o membresía en su ejército personal. Rosas rechazó los intentos de la capital de centralizar la autoridad, modernizar y construir el mercado de exportación, o hacer cumplir otras medidas destinadas a servir al país en su conjunto. Aunque a veces expresó su firme adhesión a un sistema federalizado y control local, Rosas estaba principalmente preocupado por la autoridad absoluta centralizada en sí mismo y en aquellos leales a él. En 1828 comenzó una guerra de guerrillas contra el liderazgo del país y finalmente lanzó un asalto exitoso a la capital, respaldado por un ejército de gauchos, milicianos campesinos y una variedad de vagabundos que había movilizado en una fuerza de combate. A fines de 1829 controlaba la gobernación de la provincia de Buenos Aires, un puesto que utilizó como trampolín para el liderazgo de Argentina que mantuvo hasta su derrota y exilio a Inglaterra a principios de 1852.

Durante sus más de dos décadas de gobierno, Rosas personificó el caudillismo. Después de usar las fuerzas rurales de las estancias para llegar al poder, los envió de regreso a la tierra de la que habían venido y en su lugar confiaron en el ejército regular, los paramilitares que hicieron sus órdenes extra legales, y la burocracia policial y policial. Inicialmente intentó obtener el apoyo de empresas y artesanos nacionales imponiendo aranceles estrictos a los bienes importados con la esperanza de revivir la industria nacional. El esfuerzo fracasó, obligándolo a levantar la prohibición de las importaciones esenciales, especialmente textiles, y abrir la puerta a las manufacturas británicas para satisfacer la demanda de los consumidores argentinos. Rosas mantuvo el control del poder legislativo, negándole recursos y asegurando un sello de goma para sus muchos edictos; la legislatura sirvió principalmente como escaparatismo para visitantes extranjeros y dignatarios. Rosas mantuvo su popularidad a través del mecenazgo y el control estricto de la prensa y los órganos de relaciones públicas, pero principalmente se basó en la represión: encarcelar, exiliar o matar a quienes se oponían a él. Este método, particularmente su dominio férreo sobre Buenos Aires, el mercado de exportación e importación, la policía y el ejército, le permitió al general un monopolio sobre la sede del poder nacional durante casi 20 años, pero no aseguró la paz en todo el país. .

El escritor Domingo Faustino Sarmiento (1811-1888) capturó la rivalidad y los celos entre los estancieros, así como el descontento entre los habitantes urbanos liberales y cosmopolitas, en la crónica épica Facundo, publicada en 1845 y luego traducida como La vida en la República Argentina en los días de los tiranos; o Civilización y barbarie. Sarmiento utilizó el personaje de Juan Facundo Quiroga como el caudillo bárbaro arquetípico. Aunque Sarmiento describió el atraso del caudillo rural, su estereotipo se extendió también al campesino sin tierra, arrojando un manto racista sobre la inteligencia del habitante rural en una cuenta clásica de "culpar a la víctima". Rosas ciertamente obtuvo el apoyo de otros caudillos y un segmento de la población rural pobre, pero también de comerciantes urbanos y legisladores complacientes, que a menudo se beneficiaron de su gobierno autoritario.

A fines de la década de 1840 y principios de la década de 1850, la autoridad de Rosas estaba amenazada por los estancieros en otras partes del país que deseaban un mejor acceso a los mercados regionales y las líneas navieras locales, en lugar de canalizar todo el comercio a través del puerto de Buenos Aires. El período fue casi una repetición del llamado al libre comercio y el fin del monopolio colonial que había galvanizado a las fuerzas de independencia y los hombres fuertes locales medio siglo antes. En 1852, Rosas se vio atacado política y militarmente. Perdió ante un ejército invasor compuesto por fuerzas de Brasil y Uruguay y ejércitos regionales rivales dentro de la propia Argentina. Los británicos, que se habían beneficiado de la dependencia de Rosas del apoyo monetario inglés a cambio del control británico asegurado del mercado de exportación / importación, lo llevaron rápidamente a un barco y al exilio en Inglaterra, donde finalmente murió.

Caudillismo populista: Paraguay y Bolivia

La carrera de Rosas fue un estudio de caso sobre caudillismo, un fenómeno que dependía del apoyo externo de intereses financieros y mercantiles en gran parte extranjeros. Del mismo modo, ilustra que el privilegio del liberalismo en Europa estaba anclado en el autoritarismo colonial y neocolonial, a pesar de la justicia propia y la superioridad moral reclamada en gran parte del resto del mundo. Nada demuestra mejor esa contradicción que una comparación entre la vida, la carrera y el destino final de Juan Manuel de Rosas y el de José Gaspar Rodríguez de Francia en Paraguay. Francia gobernó Paraguay desde 1811 hasta su muerte en 1840, un período que coincidió con el caudillismo en Argentina y en otras partes de América Latina. Aunque a veces se incluye en la lista de gobernantes fuertes de la época, Francia usó su poder para intentar establecer una forma de sociedad muy diferente, basada en los principios comunales y el control local en lugar del autoritarismo centralizado. A veces contada entre los dictadores de su época, la historia contemporánea ha visto a Francia como un líder honesto y populista, que promovió la prosperidad económica soberana en el Paraguay devastado por la guerra. Los viajeros escoceses, los hermanos John Parish Robertson y William Parish observaron que Francia, un Doctor en Teología austero, simplemente vestido, modesto y eficiente, tenía el respeto de todas las partes; que él "nunca defendería una causa injusta; mientras estuvo siempre listo para tomar la parte de los pobres y los débiles contra los ricos y los fuertes ".

Durante todo el período colonial, Paraguay fue un remanso del imperio, la gente allí era una mezcla de indios guaraníes y primeros colonos españoles que durante generaciones vivieron una existencia agrícola bastante simple. Después de la independencia, las tierras que habían pertenecido a la Iglesia y al estado español volvieron al gobierno. En lugar de usarlo para sí mismo, como lo habían hecho los otros libertadores, Francia estableció ranchos estatales y alquiló la tierra por una tarifa nominal a aquellos dispuestos a labrarla, con el objetivo de reconstruir la sociedad india comunal que había existido en Paraguay antes de la llegada de Colonos europeos. Rechazando los favores de la élite terrateniente, la Iglesia Católica y los inversores extranjeros, Francia usó su autoridad para reorganizar la sociedad de acuerdo con las demandas de los pobres. Nacionalizó la Iglesia, abolió el diezmo, declaró la libertad religiosa y puso al clero en la nómina del gobierno. Permitir a los campesinos trabajadores y sin tierra la oportunidad de ganarse la vida en las estancias administradas por el estado enfureció a los estancieros, que durante mucho tiempo habían dependido de los campesinos locales como una fuente de mano de obra barata y lista. Francia también cerró los consejos municipales que estaban en manos de la élite terrateniente tradicional, o restringió severamente su autoridad, pero permitió que los consejos locales continuaran en áreas donde la mayoría eran pequeños productores, artesanos y trabajadores calificados y no calificados. Estableció obras estatales de hierro y textiles, y ganadería y pequeñas industrias artesanales, de las cuales una amplia franja de la población ordinaria obtuvo una vida modesta.

Fue el desprecio de Francia por los terratenientes ricos, los comerciantes y la Iglesia, y su interferencia con el poder paternalista y global de la élite gobernante que provocó la oposición a sus políticas. Fue acusado de anticlericalismo por frenar la autoridad absoluta de la Iglesia, pero en realidad utilizó fondos estatales para construir nuevas iglesias, apoyar festivales religiosos y atender cementerios. También ordenó una toma estatal de la gestión de los servicios de bienestar social (como orfanatos, hospitales y atención a los indigentes), que anteriormente habían estado bajo los auspicios de la Iglesia y en beneficio de la élite local. Además, bajo Francia, para disgusto de los poderosos estancieros argentinos, Paraguay prosperó. Se mantuvo un comercio bastante animado a través de una ruta terrestre a Buenos Aires. Si la élite española de la vieja línea y la jerarquía católica denunciaron a Francia por su trato dictatorial hacia ellos, la mayoría de los paraguayos aplaudieron sus medidas. Al no haber recibido ningún apoyo o beneficio particular de las clases dominantes establecidas, y haber sufrido bajo la carga de los diezmos altos para un clero que exigía el pago de sacramentos y parcelas de entierro en cementerios católicos, la masa de paraguayos encontró en Francia un líder honesto y comprensivo. .
En el momento de la muerte de Francia en 1840, la prosperidad de Paraguay también estaba vinculada a su política de neutralidad vigilante hacia sus vecinos grandes y poderosos: Argentina y Brasil. Las administraciones posteriores siguieron débilmente el camino de Francia, gastando esfuerzos para expandir las líneas de ferrocarril y telégrafo, mejorar el sistema educativo y renovar la ciudad capital de Asunción. Pero en un movimiento particularmente mal concebido, Francisco Solano López (1826-1870), presidente de 1862 a 1870, intercedió del lado del vecino Uruguay y declaró la guerra a Argentina y luego a Brasil. Después de un viaje a Francia cuando era joven, Solano López aparentemente se cautivó con las hazañas de Napoleón y se hizo llamar el "Napoleón de América del Sur". Ambos eran militares, pero la comparación prácticamente se detuvo allí. Solano López llevó a miles de soldados a la muerte en una guerra inútil y sin sentido contra Argentina, Brasil y Uruguay, quienes formaron lo que se conoció como la "Triple Alianza" y desencadenaron ejércitos que asolaron el pequeño Paraguay desde 1864 hasta 1870. Esta matanza es conocida como la Guerra de la Triple Alianza, o la Guerra paraguaya.

El papel de Gran Bretaña en el apoyo a los agresores en la guerra es un tema de controversia. Algunos, principalmente historiadores paraguayos y argentinos, afirman que los británicos temían que la independencia económica paraguaya pudiera resultar contagiosa. La evidencia no ha sido sólida en apoyo de esta afirmación. Lo que se sabe es que Brasil, Uruguay y Argentina libraron una guerra de exterminio contra Paraguay y su gente, a un gran costo para ellos y un costo indescriptible para el pequeño Paraguay. En seis años, se eliminaron innumerables números de indígenas guaraníes; Más del 80 por ciento de la población masculina en el país entre las edades de 14 y 65 años fueron asesinados, y Paraguay quedó postrado. Cualquier apariencia de prosperidad e independencia que Francia había iniciado fue destruida.

Algunos historiadores argumentan que Solano López era un David que luchaba contra el Goliat de sus vecinos más grandes y poderosos, pero la mayoría concluye que llevó a Paraguay a una guerra que nunca podría ganar, y que casi lo destruyó. Indiscutiblemente, Solano López recurrió a las tácticas más brutales, eliminando cualquier signo de oposición entre sus compatriotas, incluidos su propia familia y sus asesores más cercanos. Miles murieron en la batalla, pero cientos más fueron torturados y asesinados por el dictador y sus secuaces en su búsqueda paranoica de la gloria personal. Los comerciantes británicos probablemente se beneficiaron de la destrucción de la competencia de los productores nacionales en Uruguay, Argentina, Brasil y Paraguay, ya que los países desperdiciaron valiosos recursos humanos e industriales en una guerra sin sentido. En nombre del liberalismo económico, Gran Bretaña dio el golpe final a los restos del populismo de Francia y aseguró para su floreciente clase obrera y fábricas hambrientas en el otro lado del Atlántico un suministro listo de pieles, carne seca, lana y productos agrícolas. .

Manuel Isidoro Belzú (1808-1865), quien gobernó Bolivia desde 1848 hasta 1855, tenía algunas similitudes con Francia. Un caudillo populista, Belzú intentó modernizar el pequeño país dividiendo la riqueza de la nación y recompensando el trabajo de los pobres y desposeídos. Sus esfuerzos le valieron la admiración de las masas y la enemistad de los ricos criollos. Durante los siete años que ocupó la presidencia, Belzú instigó políticas económicas proteccionistas para defender a los pequeños productores indígenas y promulgó un código minero nacionalista que retuvo los recursos de la nación en manos de empresas bolivianas, provocando así la ira de influyentes británicos, así como peruanos e influyentes. Naves chilenas e intereses mineros. A pesar de su popularidad en muchos sectores, Belzú tenía muchos enemigos poderosos (supuestamente sobrevivió a más de 40 intentos de asesinato), muchos de los cuales querían destruir los proyectos estatales que beneficiaban a un programa nacionalista pero también mejoraron la esfera pública en la que se encontraban los pobres del país. confiado.

Al igual que Francia, Belzú se sintió atraído por proyectos de bienestar social comunales, patrocinados por el estado, que tocaron una cuerda sensible con los indios en particular, ya que el comunalismo era más representativo de los valores indígenas que la propiedad privada y las propuestas de comercio internacional favorecidas por los criollos urbanos. Belzú dejó el cargo en 1855, después de presidir el primer censo civil en la historia de Bolivia. Permaneció en el extranjero y fuera del centro de atención pública durante varios años, pero comenzó a considerar regresar a la presidencia en 1861, solo para ser abatido por uno de sus rivales. Las políticas de Francia duraron más que las de Belzú, probablemente porque las de los primeros se basaron en un reordenamiento más fundamental de la sociedad paraguaya. Aunque intentaba promulgar un programa similar, Belzú no pudo crear un legado duradero, y sus programas populistas murieron en gran medida con él. En el tiempo transcurrido desde la independencia, Bolivia ha perdido la mitad de su territorio frente a la vecina Argentina, Chile, Perú y Brasil a través de la guerra y los acuerdos alcanzados bajo la amenaza de invasión.