Turistas avistan una diligencia atrapada en lo alto de la pared de un cañón: el hallazgo de los guardaparques resuelve un misterio centenario. Mientras guiaba a turistas por un remoto cañón estrecho en Utah, el guardaparques William Perkins pensó que el día terminaría como cualquier otro. Entonces, un excursionista señaló una forma oscura encajada en lo alto de las paredes del cañón, a casi quince metros del suelo. Al principio, parecía ser solo escombros atrapados en la roca.
Pero cuando Perkins levantó sus binoculares, su expresión cambió por completo. Acoplada en la estrecha grieta se encontraba lo que parecía ser una diligencia tirada por caballos.
Una auténtica.
Madera desgastada.
Ruedas de hierro.
Construcción del siglo XIX.
No tenía sentido.
El cañón era escarpado, aislado y prácticamente inaccesible con equipo moderno, y mucho menos con un pesado carruaje del Viejo Oeste. De alguna manera, el vehículo había permanecido oculto allí durante más de un siglo sin que nadie lo descubriera. Decidido a investigar, Perkins organizó un equipo de escaladores y regresó con cuerdas y equipo de rescate. El equipo descendió en rápel por las estrechas paredes del cañón y aseguró cuidadosamente el antiguo carruaje antes de bajarlo lentamente al lecho seco del río.
El carruaje estaba deteriorado por el tiempo, pero sorprendentemente intacto.
El polvo cubría el agrietado armazón de roble.
El óxido había corroído los herrajes metálicos.
Sin embargo, la estructura misma había sobrevivido de alguna manera durante décadas oculta entre la piedra.
Entonces llegó el momento que nadie esperaba.
Perkins forzó el pestillo oxidado de la puerta y apuntó su linterna al oscuro interior.
Lo que vio lo impulsó a llamar inmediatamente a las autoridades históricas.
Apiladas en el suelo había pesadas bolsas de cuero: viejas, deterioradas, pero aún selladas.
Dentro de ellas: Miles de monedas de oro.
El descubrimiento dejó atónitos a los historiadores porque parecía resolver una de las desapariciones sin resolver más famosas del Viejo Oeste: la legendaria nómina perdida del ferrocarril. Según los registros históricos, a finales del siglo XIX, una diligencia que transportaba los salarios de casi cinco mil trabajadores ferroviarios desapareció sin dejar rastro. La desaparición de la nómina desató el caos en toda la región. Los trabajadores, furiosos por no haber recibido su paga, se amotinaron, y se dice que el pueblo minero cercano se sumió en la violencia y el fuego.
Durante generaciones, nadie supo qué había sido del dinero.
Hasta ahora.
Un examen más detallado de los restos reveló indicios de sabotaje en uno de los ejes de la diligencia. Los investigadores concluyeron que probablemente la diligencia había sido emboscada por bandidos antes de que ocurriera la tragedia.
Una repentina crecida arrastró la diligencia dañada directamente al cañón, donde la fuerza del agua la lanzó contra las paredes rocosas antes de que los escombros la sepultaran.
Oculta por la naturaleza, la nómina perdida permaneció atrapada en el cañón durante más de cien años. Y quizás lo más extraño de la historia sea esto: Durante décadas, la gente recorrió desiertos, senderos clandestinos, minas abandonadas y pueblos fantasma en busca de la fortuna perdida.
Pero la respuesta había estado suspendida silenciosamente sobre ellos todo ese tiempo, encerrada dentro de una diligencia olvidada, oculta entre las rocas.
Manuel Savio, el general que impulsó la siderurgia y soñaba que Argentina tuviera una gran industria nacional
El
31 de julio es el día de la Siderurgia en homenaje al general Manuel
Savio, el precursor de la industria del hierro y el acero en nuestro
país. Radiografía de un innovador y visionario que soñaba con un país
económicamente independiente a través de su industrialización Por Adrián Pignatelli || Infobae
Manuel Nicolás Savio, hijo y nieto de inmigrantes, escribió los primeros capítulos de la historia de la industria nacional
Wenceslao
Gallardo junto a Angel Canderle vivían en Jujuy. Cierto día decidieron
ir a cazar a la selva de Zapla, en esa espesura donde Viltipoco, el
líder quechua, había encabezado una guerra de resistencia contra el
conquistador español durante el siglo XVI. Ambos no imaginaron que, casi
sin querer, harían historia. A Canderle, que sabía de minerales, le llamó la atención el color rojizo del suelo, y
como conocedor de los minerales que era, tuvo la ocurrencia de enviar
muestras a la ciudad de Buenos Aires. Los resultados fueron
concluyentes: habían hallado hematita, que en estado puro
contiene el 69% de hierro. El mineral fue llamado “zaplita”. Corría el
año 1939 y el descubrimiento provocaría un antes y un después en la
industria nacional.
Lo
siguiente fue un estudio geológico de las serranías de Zapla, y el
yacimiento llamaría la atención de un militar quien consideraba que el
país, sin dejar su actividad agrícola-ganadera, debía industrializarse.
Era Manuel Nicolás Aristóbulo Savio.
El yacimiento de Zapla en sus inicios, en la entrada a una mina (Archivo General de la Nación)
Hijo
y nieto de inmigrantes genoveses, había nacido en Buenos Aires el 15 de
marzo de 1892. Eligió la carrera militar. En 1930, siendo teniente
coronel, convenció al general Uriburu de crear una institución que
pudiera formar a ingenieros militares a fin de prepararlos para el
desarrollo de una industria del armamento, que no solo abarcaba las
armas y municiones, sino además la construcción de aviones. Así nació la Escuela Superior Técnica,
para algunos un complemento de la Escuela Superior de Guerra. Savio fue
su primer director y profesor y rápidamente la transformó en un centro
de estudio de los problemas técnicos de la industria pesada. Tenía
motivos: fue el primero en alertar que, ante un conflicto armado, nuestro país no contaría con el armamento suficiente.
En el Ejército, Savio encarnó la vertiente industrialista cuyo puntapié había dado el general Enrique Mosconi, emblema de YPF.
Hierro en el norte
Savio
fue un caso fuera de lo común. Estaba convencido de que debían
aprovecharse los yacimientos ferríferos de la Sierra de Zapla. No solo
se le ocurrió, sino que se puso al hombro el ambicioso proyecto de crear una industria siderúrgica nacional, usando minerales extraídos en el país. “A cualquier precio debe explotar sus yacimientos de hierro”, sostenía por 1942.
Una imagen que es una marca registrada: Savio en Altos Hornos Zapla y el inicio de la siderurgia en el país
Altos Hornos Zapla nació el 23 de enero de 1943, fue la primera planta siderúrgica argentina y en su momento una de las más grandes de América del Sur.
Pasó
a depender de la Dirección General de Fabricaciones Militares,
organismo que fue también inspiración de Savio, dedicado a la producción
de armamentos. Savio, siendo su director y negándose a cobrar su sueldo
ya que sostenía que ya cobraba el de general, apoyó la formación de empresas mixtas que produjesen metales y químicos para la fabricación de armas,
que hasta entonces debían importarse. La producción de armamentos era
la principal preocupación del Ejército, en vistas de los conflictos que
se daban tanto en América. Entre 1932 y 1935 se había librado la guerra
del Chaco entre Bolivia y Paraguay; la guerra chino japonesa, la
remilitarización de Renania, la guerra civil española y la expansión del
nazismo, aún cuando no había declarado la guerra. Más aún, cuando
estalló la segunda guerra, se debieron buscar caminos para proveerse de
minerales e insumos que sería difícil importar.
Entre 1943 y el año siguiente se construyó el primer horno. El 11 de octubre de 1945, con la primera colada de arrabio, se comenzaba a producir acero en Argentina,
hecho que pasó casi desapercibido por lo que ocurría en la ciudad de
Buenos Aires con Perón detenido en Martín García, que provocaría la
movilización del 17.
Trabajadores
en Zapla. El descubrimiento del yacimiento produjo un crecimiento
explosivo en la región (Archivo General de la Nación)
El responsable de esa primera colada fue el teniente primero Enrique Lutteral,
quien contó que “con mis manos aferradas a un cucharón, recogí la
colada. Después me senté en el pilón de una columna y me puse a llorar
como un chico”.
Savio
anunció que “allá en Jujuy, en un pueblito lejano, un chorro brillante
de hierro nos ilumina el camino ancho de la Argentina. ¡Que su luz no se
apague nunca!”.
Este hecho produjo el crecimiento de esta industria
que atrajo a profesionales y a trabajadores, aún de países limítrofes,
lo que provocó un crecimiento importante en la región. Palpalá, ubicada a
unos trece kilómetros de San Salvador de Jujuy, creció en paralelo a la
planta. En febrero de 1951 se inauguró el segundo horno.
Un plan siderúrgico
En
1946, en los comienzos del primer gobierno peronista, Savio presentó el
Plan Siderúrgico Nacional, y la constitución de la Sociedad Mixta
Siderúrgica Argentina (SOMISA). No las tuvo sencillas: hubo ministros en el gabinete de Perón que se oponían al proyecto, pero luego de una reunión de dos horas con el primer mandatario y el gabinete, Perón lo abrazó y le ofreció su apoyo.
Fotografìa de 1947. En el centro el presidente Perón y segundo desde la derecha, el general Savio
El
proyecto entró al Congreso el 26 de julio de ese año y Savio no se
contentó con los votos de los diputados oficiales, suficientes para
lograr la aprobación. Se dedicó a convencer a la oposición y asistió
religiosamente a las sesiones donde una comisión especial había
analizado hasta la última coma el proyecto. Primero fue aprobado en el
Senado –donde todos eran oficialistas- y en diputados por unanimidad el
21 de junio de 1947, luego de una maratónica sesión que terminó a las
siete de la mañana del día siguiente. Para Savio, ese plan era el camino
para que el país llegase a su independencia económica.
Para
levantar Somisa, había elegido un lugar conocido como Punta Argerich,
sobre el río Paraná, en el partido de Ramallo, cuyo plan fue aprobado un
mes antes de su fallecimiento.
Savio fue el responsable que la siderurgia fuera manejada por el Ejército.
Su empuje e ideas llevaron a presidentes tan distintos como Agustín P.
Justo, Roberto Ortiz, Ramón Castillo, Edelmiro Farrel y Juan Perón lo
apoyasen en sus iniciativas e ideas.
Impulsó la industria minera,
especialmente la extracción de cobre, hierro, plomo, estaño, manganeso,
wolframio, aluminio y berilio, en distintos puntos del país, y un
programa de prospección geológica en la Antártida, así como la
producción de caucho natural y sintético, cuando la gran guerra
dificultó la provisión de este material.
Savio
aprovechó el descubrimiento de azufre en la zona de Salta para crear
una sociedad mixta que en 1943 empezó a producir ácido sulfúrico,
sulfuro de carbono y otros derivados.
El
ímpetu de este general llevó a la creación de una docena de fábricas,
como la de Pólvora y Explosivos en Villa María o la de Campana, donde se
producía tolueno sintético, que significó el inicio de la industria petroquímica en nuestro país.
Vista de una grúa en la planta que llevaba el nombre del militar, en San Nicolás (Archivo General de la Nación)
En plena actividad, ya como general de división, falleció de un ataque cardíaco el 31 de julio de 1948. Tenía 56 años. Nunca sabría por qué Perón no avanzó en el plan siderúrgico.
Hubo
que esperar hasta que el presidente Arturo Frondizi en 1960 impulsara
la producción en San Nicolás, donde años antes el militar había fundado
la Escuela 30 que hoy lleva su nombre. Muchos compañeros de armas
criticaron a Perón que cuando fue presidente no hizo o no quiso hacer
nada por el desarrollo de esta industria, más aún cuando Brasil hacía
tiempo que estaba produciendo.
Pobre
Savio, si hoy visitase el lugar donde se levantó Altos Hornos Zapla se
encontraría, llegando por la ruta provincial 56, con edificios
abandonados y a empresas de turismo promocionándolo como un sitio ideal
para el turismo de aventura, ya que ofrece la triste paradoja de
explorar un complejo minero abandonado, allí donde se habían sentado las bases de una industria nacional.