Roca desgarrado despide a Gramajo
Fotografía que retrata al general Julio Argentino Roca, visiblemente emocionado y con un pañuelo en su mano derecha, en el cementerio de la Recoleta durante el día del entierro de su edecán y amigo el coronel Artemio Gramajo, el 12 de enero de 1914.
Ese día muchos se asombraron de que Roca pidiera la palabra para despedir a su amigo, ya que no era buen orador y no le gustaba hablar. Nunca se había visto al general llorando en público como esa vez. Roca diría con voz entrecortada: “Para mí, portar los restos mortales del coronel Artemio Gramajo es como adelantar mi propio funeral”. Sólo nueve meses más tarde Roca moriría y desde entonces están enterrados en mausoleos cercanos dentro del cementerio de la Recoleta.
Roca y Gramajo se conocieron en el año 1869 cuando el tucumano fue nombrado como jefe del Regimiento 7 con asiento en la provincia de Tucumán, mientras Gramajo se desempeñaba como su ayudante. A partir de ese momento, Roca y Gramajo estuvieron juntos en todas las campañas militares y hechos que sucedieron en los siguientes años: las batallas de Ñaembé y Santa Rosa, sería su edecán cuando Roca accediera al Ministerio de Guerra en 1878 y lo acompañaría durante la Conquista del Desierto. Gramajo seguiría siendo su edecán durante su primera presidencia y lo acompañaría en todos los viajes realizados por Roca al exterior. 
La muerte de Gramajo profundizaría el estado emocional melancólico que invadía al expresidente en su último año de vida, reflejado en las cartas enviadas a su amigo Eduardo Wilde a mediados de 1913, donde Roca escribía: “¿Qué es de mi vida? Hago, mi querido doctor, lo que hace usted: vivir sobre las cenizas de nuestras cosas muertas, sin el recurso de una pasión absorbente, o de la vanidad intensa, de esas que animan a algunos hombres viejos, que viven y mueren contentos de sí mismos y a quienes la muerte sorprende en ese estado inconsciente de beatitud. ¡Cuánto misterio! A ti que eres profundo analizador del alma humana y gran filósofo, puedo hacerte la pregunta que se vienen haciendo los hombres desde que la humanidad existe: ¿Qué es la vida?”. Finalizaba la misma escribiendo: “Es difícil adivinar el mañana. Lo que sea, será. Yo me voy esta noche a ‘La Larga’, a hundirme en el silencio y la soledad de la pampa. Feliz tú, que puedes hacerte una pampa en tu escritorio”.
En otra carta del mismo año destinada a Wilde, Roca escribía: “Los años van pasando y destruyendo todo a su paso. Felizmente a mí no me han carcomido del todo. Mal que mal, voy aún conservándome de pie. ¿Por cuánto tiempo? Sólo Dios lo sabe”.