El Rey que amaba demasiado: El secreto oscuro que condenó a Eduardo II a la tortura
Para entender el escalofriante final de Eduardo II en el Castillo de Berkley, debemos viajar a su juventud. Eduardo nació en 1284, un príncipe delicado que no encajaba en el molde guerrero de su padre, Eduardo I, "el Martillo de los Escoceses". Prefería la poesía, la música y las artes a los torneos, algo que ya horrorizaba a la corte medieval. La nobleza solo lo veía como un hombre débil, inestable para el trono que le cayó en suerte tras la muerte prematura de sus hermanos.
Pero lo que realmente puso al reino en su contra fue su relación con Pierce Gaveston, un caballero Gascón de belleza legendaria. La relación entre ambos trascendía la amistad. Compartían cama abiertamente, intercambiaban regalos íntimos y usaban apodos cariñosos. Cuando Eduardo I descubrió la naturaleza de esta relación, su furia fue apocalíptica. Desterró a Gaveston y golpeó a su propio hijo, gritando que había engendrado un demonio.
Apenas Eduardo I murió en 1307, la primera acción del nuevo rey fue traer a Gaveston de vuelta. No solo eso, lo nombró Conde de Cornualles y lo colmó de riquezas y honores, a menudo confiscados a la propia nobleza. La ofensa más grave ocurrió en su coronación: Eduardo le dio a Gaveston un rol más prominente que a su propia esposa, la joven Isabel de Francia, hija del rey más poderoso de Europa. Isabel, de apenas 12 años, fue humillada públicamente: mientras Gaveston usaba joyas de la Corona, la reina era relegada a una mesa lateral.
Durante tres años, el ciclo enfermizo se repitió: los Barones exiliaban a Gaveston, y Eduardo lo traía de vuelta. Las arcas reales se vaciaban en regalos, y Escocia aprovechaba la distracción para ganar terreno. En 1312, los Barones perdieron la paciencia. Capturaron a Gaveston y, sin juicio, lo ejecutaron brutalmente, clavándole una espada en el pecho antes de decapitarlo.
Eduardo, enloquecido de dolor, guardó el cuerpo de Gaveston sin enterrar durante dos años, visitándolo y hablándole. Juró venganza, pero su luto lo consumió, dejando al reino al borde del colapso.
El rey, sin embargo, encontró nuevos favoritos: Hugh Despenser "el Joven" y su padre. Si Gaveston había sido amado por su carisma, los Despenser eran universalmente odiados. Eran codiciosos, crueles y despiadados, y usaron su íntima relación con Eduardo para acumular fortunas robadas, ejerciendo una tiranía descarada que el rey ignoraba, ciego por su necesidad patológica de compañía.
Mientras Eduardo se hundía en la obsesión, Isabel de Francia, la reina públicamente despreciada, se transformó. Después de 15 años de humillación, comenzó a planear. En Francia, conoció a Roger Mortimer, un Barón exiliado y todo lo que su esposo no era. Se hicieron amantes y en 1326, invadieron Inglaterra.
La nobleza, el clero y el pueblo se unieron a la "Loba de Francia". Eduardo fue abandonado por todos. Huyó con los Despenser, pero fue capturado en noviembre. La nobleza se vengó con una furia terrible. Los Despenser sufrieron ejecuciones de una crueldad que rozaba lo medieval: arrastrados, castrados, destripados y quemados vivos. Eduardo fue forzado a presenciar la ejecución de Hugh el Joven, gritando hasta quedar sin voz.
Era el preludio de su propia condena.
Eduardo fue llevado al Castillo de Berkley. Las órdenes de Isabel y Mortimer eran claras: el rey debía morir, pero sin dejar marcas externas. Necesitaban que pareciera muerte natural para instalar a su hijo, Eduardo III, en el trono, gobernando ellos como regentes.
Los primeros intentos de matarlo fueron sutiles, pero sistemáticos. Lo mantuvieron en una celda deliberadamente construida sobre la fosa séptica del castillo. El hedor era una tortura química diseñada para enfermar sin dejar rastros. Le negaban agua limpia, comida adecuada, ropa seca. Su cuerpo se debilitaba, perdía peso, desarrollaba llagas, pero se negaba a morir.
Maltravers y Gurney, desesperados por las órdenes cada vez más urgentes de Mortimer, decidieron acelerar el proceso. En la noche del 21 de septiembre de 1327, entraron en su celda. El rey, debilitado, suplicó. Lo obligaron a firmar los documentos de abdicación. Era la última de las trampas.
Lo que vino después fue diseñado para castigarlo por su "pecado" más grave. Los cronistas de la época, escribiendo décadas después, revelaron que no sería una ejecución limpia, sino un castigo que borraría simbólicamente su identidad. Su sexualidad sería el instrumento de su propia aniquilación. Los gritos que resonaron esa noche en Berkley fueron tan intensos que despertaron a la población a media milla de distancia.
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