El asesinato de Anwar el-Sadat y la respuesta de Hosni Mubarak

Aquel 6 de octubre de 1981, mientras las ráfagas de las AK-47 destrozaban el palco presidencial, a pocos centímetros de Anwar el-Sadat se encontraba su vicepresidente, Hosni Mubarak.
En medio del humo, la sangre y los gritos de "¡Muerte al Faraón!", Mubarak resultó herido en una mano, pero su mente no se nubló. Mientras los servicios de seguridad aún intentaban reaccionar al caos, él ejecutó la jugada política más crítica de su vida: asegurar la continuidad del Estado. Mubarak entendió de inmediato que el asesinato de Sadat no era solo un acto de venganza, sino el primer paso de un plan fundamentalista para desatar una revolución radical que entregara Egipto a las sombras del fanatismo.
El detalle técnico de su ascenso al poder fue una operación de seguridad nacional sin precedentes. Apenas horas después del magnicidio, y con el cadáver de Sadat aún caliente, Mubarak impuso el Estado de Emergencia, una herramienta legal que le permitió ejecutar una limpieza profunda en las filas del ejército y la administración pública. Identificó que el virus del extremismo, alimentado por la retórica del resentimiento, se había infiltrado en las instituciones. Su jugada no fue la debilidad ni el diálogo con los asesinos; fue la aplicación del puño de hierro para restaurar la autoridad. Detuvo las células radicales antes de que pudieran tomar las calles, salvando a Egipto de convertirse en una teocracia sumergida en el caos.
Durante casi tres décadas, Mubarak mantuvo a Egipto como el pilar de estabilidad en un Medio Oriente convulso, manteniendo los acuerdos con Occidente y cerrando el paso a la influencia soviética y al integrismo.
En ASI FUE LA HISTORIA, analizamos su figura como la del estratega que supo que sin orden no hay nación posible. El desfile de 1981 comenzó con sangre, pero terminó con la consolidación de un mando que priorizó la supervivencia de la república frente a la barbarie. La derecha entiende que en momentos de crisis, el liderazgo no puede titubear; la firmeza de Mubarak en El Cairo fue el muro que impidió que el incendio del radicalismo consumiera la tierra de los faraones.
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