50 años del golpe militar. Ucronía del 24 de marzo: ¿y si ganaba la guerrilla?
- El golpe militar del 24 de marzo de 1976 no fue un rayo en cielo sereno. Hacía años que muchos presagiaban que el gobierno peronista terminaría de ese modo. La situación política era ya insostenible. Los grupos guerrilleros habían logrado construir una situación de caos que se tornaba irrespirable.
La Voz
Daniel V. González

Hay temas sobre los cuales quienes comentan la política y la historia reciente prefieren no escribir. Los motivos pueden ser diversos. Sea porque suponen recuerdos ominosos, sea para evitar transitar en medio del fuego cruzado de pasiones que sobreviven pese al tiempo transcurrido.
Jorge Luis Borges decía que “quizá el futuro sea irrevocable, pero el pasado no lo es, ya que cada vez que recordamos algo, lo modificamos. Ya sea por pobreza o riqueza de nuestra memoria”. Concluía que “es más fácil modificar el pasado que el futuro”.
El golpe militar del 24 de marzo no podía quedar fuera de los cimbronazos y de los cambiantes humores de la memoria de los argentinos. Transcurrido medio siglo, podríamos decir que se trata de un hecho lejano, que ya forma parte de la historia, pero es evidente que su larga sombra se proyecta todavía sobre el presente y su discusión aún desata fervores y apasionamientos.
Pasado el tiempo, lo que sí se esfuma es nuestra conciencia sobre el conjunto de ideas, creencias, certezas, convicciones, pensamientos, contextos, ideologías, conceptos vigentes y demás elementos que configuran lo que puede denominarse como “espíritu de época”.
Con los años, es inevitable que nuestros juicios sobre los hechos del pasado puedan estar contaminados por parámetros actuales y por olvidos selectivos. Y esto es algo que dificulta nuestra comprensión.
El poder a las Fuerzas Armadas
El golpe militar del 24 de marzo de 1976 no fue un rayo en cielo sereno. Hacía años que muchos presagiaban que el gobierno peronista terminaría de ese modo. La situación política era ya insostenible. Los grupos guerrilleros habían logrado construir una situación de caos que se tornaba irrespirable.
La situación era similar en muchos países de América latina. No era un clima apto para que la democracia pudiera instalarse y sobrevivir. En mayo de 1970, el grupo Montoneros secuestró y asesinó a Pedro Eugenio Aramburu, y dio así comienzo a un nuevo nivel en la escalada de terror.
Desde su exilio, Perón alentó la lucha armada pues se entendía que, desde su expulsión del poder en 1955 y su proscripción, toda forma de lucha estaba legitimada para que las garantías constitucionales y el sistema democrático de gobierno pudieran restablecerse.
Tras el triunfo de Héctor Cámpora en marzo de 1973, con la liberación de los guerrilleros presos, todo parecía encausarse hacia una paz democrática. Pero no fue así de ningún modo. Aun con la democracia recuperada y Perón en la presidencia por abrumadora mayoría, la guerrilla continuó con los actos de terrorismo.
En septiembre de ese año, dos días después del triunfo de Juan Domingo Perón con el 62% de los votos, Montoneros asesinó al líder de la CGT, José Ignacio Rucci, en abierto desafío al propio presidente.
Los asesinatos de militares, políticos y gremialistas continuaron a la orden del día. También la toma de cuarteles. Tras los enfrentamientos en el intento de copamiento de la guarnición de Azul (enero de 1974), Perón enfureció y propuso que “el reducido grupo de psicópatas sea exterminado uno a uno, para bien de la República”.
Pero pocos meses después Perón murió, y a partir de entonces el golpe militar parecía inminente, aunque tardó casi dos años en concretarse.
Quienes hemos vivido esos años sabemos que los militares fueron recibidos con alivio por una amplia mayoría de la población que deseaba, en primer lugar, el restablecimiento de la paz. Los combates continuaron y rápidamente las Fuerzas Armadas lograron abatir el accionar terrorista.
Puntos de vista cambiantes
En el prólogo del informe de la Conadep, redactado por Ernesto Sabato, puede leerse: Durante la década de 1970, la Argentina fue convulsionada por un terror que provenía tanto desde la extrema derecha como de la extrema izquierda, fenómeno que ha ocurrido en muchos otros países.
A continuación, el informe destaca que Italia combatió a las Brigadas Rojas dentro de la ley, mientras en la Argentina, los militares incurrieron en el asesinato y la desaparición de prisioneros desarmados, cuestionamiento inobjetable que justificadamente se les imputa y que fue la base de las condenas originales, en tiempos de Raúl Alfonsín.
Los indultos de Carlos Menem fueron anulados en tiempos de Néstor Kirchner, quien además suprimió el párrafo citado del libro Nunca más porque entendía que enunciaba la “teoría de los dos demonios”. Muchos militares volvieron a la cárcel, mientras los guerrilleros eran indemnizados y, en no pocos casos, valorados como héroes.
Pero con el paso de los años muchos libros publicados han ido añadiendo nuevos elementos al debate.
Graciela Fernández Meijide, Juan Bautista Yofre, Ceferino Reato, Héctor Ricardo Leis y, en Córdoba, la discusión originada por la carta de Oscar del Barco a la revista La Intemperie han ido poniendo las cosas en su lugar, al añadir puntos de vista distintos, más críticos del terrorismo guerrillero.
Otro escenario
Se llama ucronía a la historia que no existió, a la que se construye a partir de hipótesis de hechos que no sucedieron. En este caso, una versión conjetural podría partir de esta pregunta: ¿qué hubiera sucedido en la Argentina si el combate entre la guerrilla y el Ejército regular hubiese sido ganado por los terroristas?
¿Convenía al país que eso sucediera?
Pero hay más preguntas: ¿los militares fueron demonios, y los guerrilleros, héroes y mártires?
Afirmar, contra toda evidencia, que los desaparecidos fueron 30 mil, ¿no es una forma de negacionismo?
¿Es justo que permanezcan casi 3.000 militares entre procesados y condenados, y ningún terrorista?
Y finalmente: ¿no es hora ya de dar vuelta la página y mirar hacia adelante?
Que cada uno construya sus propias respuestas.
Analista político
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