jueves, 30 de abril de 2026

España Colonial: La heroica Cartagena

Cartagena, la heroica 


REVISTA GUARDACOSTA

Fuente: Revista GUARDACOSTA- N°   Año 19    Autor: Gabriel Porras Troconis



El 20 de enero de 1533 echó el madrileño Pedro do Heredia, en la amplia bahía denominada Cartagena por el experimentado marino y cartógrafo Juan de la Cosa, los fundamentos de la ciudad que después habría de tomar ese nombro. La fundación la narra Juan de Castellanos y la confirma Gonzalo Fernández do Oviedo cuando dice: "Primero de junio de aquel año de mil ó quinientos treinta y tres años, nombró el gobernador por primeros alcaldes ó regidores para el pueblo de Calamar, donde hizo su asiento, é mandó que se llamase la ciudad de Cartagena". En efecto, Castellanos, en el relato que hace de la fundación, reconoce que en ese momento no se dio a la nueva población nombre alguno, sino que lo adquirió más tarde. En el primer Congreso Hispano Americano de Historia reunido en Cartagena a fines de diciembre de 1933, después de cinco sesiones dedicadas a dilucidar cuidadosamente la fecha de la fundación, la opinión de los congresistas unificada aceptó como indiscutible, la dicha fecha del 20 de enero. El propio Oviedo en el capítulo VII de la obra ya citada, enfáticamente reconoce que "Calamar es Cartagena". Pueden releerse los relatos citados.

Fundada la población española y denominada Cartagena como lo dice Oviedo, inicia el reconocimiento del territorio, conforme a las capitulaciones por él firmadas, le correspondía, y halla que en él hay oro en tanta abundancia, que pudo decirse con fundamento: "Pobre el Perú si se descubre el Sinú". Con la riqueza, el desarrollo de la población aumentó con rapidez inusitada, llegaron de la Península las primeras mujeres españolas y el modesto caserío fue cobrando contornos de auténtica urbe civilizada.

No descuidaban los reyes las necesidades espirituales de sus subditos ultramarinos y así un año después, en 1534, la corte de Madrid solicitó y obtuvo del papa Clemente VII, por mediación de su embajador ante la' Santa Sede, el marqués de Dosfuentes, la erección del obispado y el nombramiento de fray Tomás de Toro, como primer obispo. Fue éste protector constante y misericordioso de los indios "varón no menos santo que letrado", al decir de Castellanos; pero no tuvo la dicha de poder erigir su catedral.  Una modesta construcción pajiza, al estilo de los bohíos indígenas, sirvió para la celebración de los oficios divinos y las festividades de San Sebastián. Un incendio que arrasó con la mayor parte del poblado consumió aquel primer esfuerzo de la religiosidad de los habitantes de Cartagena, el año de 1552.

Los conquistadores y colonizadores españoles tenían en mucho los títulos y dignidades para sus personas, como para sus familias y las poblaciones por ellos fundadas. Los cartageneros no fueron excepción de aquella regla general, sino que la siguieron y acataron. Por eso algunos vecinos no descuidaron estas, al parecer, minucias, que en verdad no lo eran en aquella época caballeresca y batalladora. Insistentes fueron sus solicitudes ante Felipe II, quien al cabo concedió a Cartagena títulos de ciudad, escudo de armas y calidad de nobleza y lealtad, por reales cédulas de 1574 y 1575. El escudo debía ostentar, en campo de oro una cruz natural, con dos leones levantados, tan altos como la cruz y sobre el conjunto una corona, con su correspondiente timbre y follaje. Con estas donaciones Cartagena se ponía ya al nivel de otras ciudades del Nuevo y Viejo Mundo.

Al finalizar el siglo XVI, la nueva urbe americana gozaba de cuanto en materia de honores y distinciones oficiales podía aspirar a poseer una ciudad tan reciente.

Mas tampoco habían faltado los sufrimientos. Los mares del Nuevo Mundo se hallaban ya cruzados en todas direcciones por hábiles y arrojados marinos ingleses, franceses, holandeses y escoceses, acechando los navios españoles transportadores del oro, la plata, maderas de tinte y otros productos del territorio sujeto a los dominios de los reyes de España, que sus bravos y audaces colonizadores enviaban a su patria. La piratería era una actividad reprobable pero productiva. La fama de las riquezas de Cartagena andaba de boca en boca y muchos eran tentados por ellas. En 1544 la venganza de un piloto castigado por mandato del teniente de gobernador Alonso Vejines facilitó la entrada a la bahía al pirata Roberto Baal.


Detalle de la fachada de la iglesia de Santo Domingo, construida en el siglo XVI. La concha marina simboliza a los peregrinos. Actualmente las efigies ya no están... ladrones...

 Del tranquilo sueño con perspectivas de grandes fiestas de bodas para el día siguiente, despertaron los vecinos a los estampidos del cañón del pirata. Por suerte para ellos si padecieron un saqueo que no perdonó los bienes materiales, las mujeres fueron preservadas de violencias, porque el vencedor no se olvidó que procedía de la patria de Bayardo. Doscientos mil pesos de buen oro, gruesa copia de paños y otros objetos de valor, se llevaron como botín los asaltantes.

Pasados apenas diez y seis años de aquella ruina de Cartagena, se tomaron sorpresivamente la indefensa ciudad los piratas Martín Cote y Juan Buen Tiempo, quienes entraron a la bahía con siete gruesos navios, la saquearon e impusieron fuerte rescate para no reducirla a cenizas. El obispo Juan de Simancas pudo negociar con los asaltantes, y salvar de total destrucción a Cartagena. Los vecinos, alentados por los capitanes Ñuño de Castro y Alvaro de Mendoza, acompañados por el cacique Marídalo, postraron en la lucha a numerosos piratas.

Pasada la tormenta, prosiguió el desarrollo de la ciudad: se construyeron los primeros fuertes llamados la Tranchera de la Caleta, el Boquerón, el de San Matías y la plataforma de Santángel. Se iniciaron las edificaciones dé la' iglesia catedral en el sitio en que ahora se halla, el convento e iglesia de San Francisco en el arrabal de Getsemaní. En la Machina, frente al castillo primitivo del Boquerón, se reparaban los navios de las averías sufridas en la larga navegación desde la Península. El tráfico de esclavos negros, en manos de ingleses, portugueses y genoveses, daba fisonomía mercantil al puerto. Menudeaban asimismo las reales cédulas para el fomento de las obras públicas, la protección militar de la ciudad y la seguridad de los vecinos. La sociedad cobraba buen aspecto urbano, numerosas iban siendo las edificaciones particulares, como lo comprueba el inventario hecho al finalizar el siglo por el pirata Francisco Drake. Pero en la historia de los pueblos las bonanzas alternan con las amarguras.

Este audaz, experto e implacable corsario inglés, protegido por la reina Isabel de Inglaterra, el miércoles de ceniza, 9 de abril de 1586, con velas enlutadas, anunciadoras de sus proditorias intenciones, se presentó frente a Playa' Grande, o sea la de Santo Domingo, y echando su gente a tierra comenzó el ataque. Aún no poseía Cartagena suficientes defensas militares para resistir la acometida de un marino tan atrevido y formidable como Drake, así que, convencido el gobernador Pedro Fernández de Bustos y sus principales tenientes de la inutilidad de la resistencia, abandonaron la ciudad, y aunque Pedro Mexia de Mirabal quiso mantenerse en el pequeño castillete del Boquerón, llamado Pastelito, hubo de retirarse para no sacrificar sin fortuna a sus compañeros de armas. Nombrados negociadores por el gobernador, el obispo Juan de Montalvo, Juan de Fernández, Francisco de Carvajal, Pedro Mexia de Mirabal, José Barros, Tris-tán' de Uribe Salazar, Esteban Fernández, Pedro López Triviño y Juan Manuel, se concertó el rescate, en pesos 463.915 de plata, para que no se prosiguiese la destrucción, comenzada por el interior de la iglesia catedral. Pero la soldadesca tuvo libertad para adelantar el saqueo. Drake estaba furioso por haber hallado una comunicación de la corte española en que se le anunciaba al gobernador la venida suya, mencionándolo como pirata. Trabajo costó al obispo calmarlo.

Duro fue aquel golpe para Cartagena pero no se abatieron sus vecinos ni lloraron como mujeres los que estuvieron incapacitados para defenderse como hombres. El siglo XVII es período de intensa y variada actividad constructiva y de realizaciones. Durante él la ciudad adquiere carácter externo de tal  su sociedad alcanza a equipararse con cualquiera otra de las más antiguas de América. Ya no es el poblado indígena con injertos españoles, sino bien encarada urbe en camino de llegar a ser de las mejores del Nuevo Mundo. Ingenieros como Cristóbal de Rodas, Juan Bautista Antonelli, Juan de Semovilla Texada, José de Lara, Francisco Ficardo, Juan de Hita y Ledesma, Luis de Venegas, Juan de Herrera y Sotomayor y el holandés Ricardo Car, autor de los planos del castillo deSan Felipe de Barajas, tienen a su cargo las múltiples obras materiales que por doquiera se adelantaban en esos cien años de la vida de la ciudad de Heredia. Aún resisten la demoledora acción del tiempo muchas de ellas, para honra de quienes las realizaron y grandeza histórica de la ciudad.
Dentro de las enormes murallas de Cartagena hay veintitrés bóvedas de doce metros de altura y de un ancho de quince a dieciocho metros, construidas en 1789 para resguardo de la tropa y almacén de víveres y municiones. Posteriormente fueren usadas como cárcel para presos políticos. Vista de la muralla desde el interior.

La iglesia catedral quedó concluida en sus obras principales el año 1612; a los conventos de Santo Domingo, San Francisco y San Agustín siguieron el de la Candelaria de la Popa, las iglesias de la Trinidad, de San Roque y Santo Toribio, el convento e iglesia de Santa Teresa, el convento e iglesia de la Merced, los de la Compañía de Jesús, los conventos e iglesias de Santa Clara y recoleta de San Diego. En 1610 se estableció el Tribunal del Santo Oficio de la Inquisición, tan condenado por quienes en realidad desconocen cómo fue su funcionamiento en Cartagena, y cuyo edificio es uno de los más hermosos y artísticos de dicha ciudad.

Entre las edificaciones oficiales para servicio público figuran la Casa de la Moneda (destruida por un incendió en este siglo), las Casas reales, o sea las ahora denominadas de la Aduana, la Casa de la Isla para el cobro de ciertos impuestos reales, demolida en mala hora para erigir allí el edificio de la Andian, y la casa del Ayuntamiento, hoy Palacio de Gobierno departamental.

Las edificaciones castrenses se prosiguieron con no menor interés, actividad y eficacia. Bajo el gobierno de Diego de Acuña (1611-1613), se comenzó con gran solemnidad el baluarte que se llamó de San Felipe. Se puso bajo tierra una lámina metálica con la fecha y el año (8 de setiembre de 1614), acompañada por una medalla de la Virgen y varias monedas de las circulantes en ese tiempo. Ese baluarte es el llamado hoy de Santo Domingo. Los planos fueron de Cristóbal de Roda. Se prosiguieron los tramos de muralla o baluartes hacia el Oriente bajo los gobiernos de García Girón de Loayza (1618-1626), de gloriosa memoria por su persecución a los piratas, y de Francisco de Murga (1629-1626).

En 1654, un temporal que amenazó inundar la ciudad destruyó gran parte de la llamada Muralla de la Marina, o sea el baluarte de Santa Clara, y la parte posterior del convento de ese nombre. El resto de las construcciones en esa direccióncorresponde al siglo XVIII. El naufragio, ocurrido el 17 de marzo de 1640, de la nave capitana y dos navios más de la escuadra portuguesa de Rodrigo Labod de  Silva, a la entrada del canal de Bocagrande, entonces de acceso a la bahía, produjo allí una acumulación de arena en forma tan excesiva que terminó por cerrar del todo dicha entrada, uniéndose así la península de Bocagrande con la isla fronteriza de Codego. Se comentó si debería abrirse de nuevo ese canal o dejarlo cerrado y despejar el de Bocachica para que sirviese de entrada a los navios que viniesen a la ciudad. Se decidió esto último y entonces se hizo fortificar esta nueva entrada, comenzándose la construcción de San Luis de Bocachica y una plataforma fronteriza, que vino a ser el castillo de San José. Estas obras fueron terminadas por Pedro Zapata de Mendoza, constructor también del castillo de San Felipe de Barajas.

Cartagena iba a grandes pasos recorriendo la vía de su engrandecimiento y fortificación y motivando a los pregones de la fama para hacer sonar su nombre en los ámbitos del mundo. Pero de nuevo vendría el infortunio a torturarla. En 1689 se había desatado en Europa la guerra de la última coalición de naciones contra Luis XIV dé Francia, por causa de la sucesión del Palatinado. Del Viejo pasó la contienda al Nuevo Mundo.

Una escuadra a las órdenes de Jean Bernard Janes,  barón de Pointis, fue despachada por el Rey Sol, para que con la cooperación de Juan Bautista Ducasse, gobernador de Petit-Goave y de los bucaneros de Tortuga, se apoderase de Cartagena de Indias. Gobernaba en ésta don Diego de los Ríos y Quesada, mandatario de notoria incapacidad e indecisión, circunstancias que facilitaron la toma de la ciudad por el marino francés. El honor de las armas españolas quedó, sin embargo, a salvo con la tenaz y prolongada defensa que del castillo de San Luis de Bocachica hizo Sancho Jimeno de Orozco y por la lucha cuerpo a cuerpo librada por una parte de la tropa y algunos vecinos notables y valerosos que cerraba el paso de los invasores en la brecha abierta al baluarte de la Media Luna.

Tristes y duros los días de permanencia de los franceses en Cartagena, por los desmanes de los bucaneros que la saquearon a despecho de la oposición de Pointis. En la relación de la toma de la plaza hecha por el coronel José Valle jo,' dice éste que en París vio pesar en la Casa de Moneda el oro, la plata, y avaluar las joyas y piedras preciosas' del botín" por la toma de Cartagena, lo cual se elevó a siete millones de pesos plata.

De los castillos y baluartes se llevaron noventa y ocho cañones de grueso calibre y todos los pertrechos existentes en los almacenes de guerra. Pointis mandó volar algunas porciones de las fortalezas y quemar las estacadas de las orillas del mar e hizo otros desperfectos en las fortificaciones, actos de destrucción inaceptables entre ejércitos regulares de naciones civilizadas. Luego que Pointis evacuó la ciudad, los bucaneros volvieron sobre ella y de nuevo se produjeron, y con mayor saña ahora, las escenas de violencia anteriores.

A la catedral fueron llevadas cuantas personas notables pudieron hallar a mano, y colocándolas entre barriles de pólvora destapados, las amenazaban con hacerlas volar si no denunciaban las riquezas que tuvieran escondidas. Nunca antes, ni después, Cartagena estuvo tan entregada a la violencia como en esta ocasión de la vuelta de los bucaneros. Durante muchos años se conservó el recuerdo angustioso de aquellos días entre las familias principales de la ciudad. El autor de este trabajo oyó, de niño, referencias trasmitidas por sus antepasados a sus padres y abuelos.

Pero Cartagena, como el Ave Fénix de los helenos, renació de sus cenizas. No vale ella tanto en sus días de prosperidad y gloria, como en los de postración y vencimiento. Y así la vemos, en la aurora del siglo XVIII, bajo la enérgica conducta de Juan Díaz Pimienta y Zaldívar, acometer la singular hazaña de expulsar del itsmo de Panamá a los escoceses conducidos y establecidos allí por la aventurera personalidad de William Paterson y comandados ahora por Alejandro Campbell. En las inmediaciones del sitio en donde estuvo la antigua Acia, los escoceses habían levantado una ciudad llamada Nueva Edimburgo, un fuerte con título de San Andrés, dominando un territorio apellidado Nueva Caledonia.

Aquella parecía una conquista definitiva. Pero de Cartagena zarpó su gobernador Díaz Pimienta el 12 de febrero del año 1700, con una pequeña escuadra al mando del almirante Salomón, y tropas criollas de la ciudad, de la villa de Santiago de Tolú y de la comarca del Sinú, dispuesto a arrojar de allí a los invasores. El 22 de abril del mismo año entró Díaz Pimienta a Nueva Edimburgo, después de otorgar una honrosa capitulación a los escoceses! Las almas nobles son siempre generosas. Los vencidos salieron con armas y banderas para no volver.

Páginas inolvidables en la historia de Cartagena fueron las de las vidas esclarecidas de fray Alonso de Sandoval y el padre Pedro Claver, en la empresa de redimir las almas de los esclavos negros. Los capitanes negreros que saqueaban las costas de África para proveer de esclavos a los explotadores de las minas y de las plantaciones de caña de azúcar en los territorios del Nuevo Mundo y llegaban con su mercancía al puerto de Cartagena de Indias, allí topaban con Sandoval, el Precursor, primero, y luego con Pedro Claver, el Apóstol, enseñando al mundo cómo debe practicarse la doctrina de Cristo. Nunca en ningún otro lugar de la tierra y en ningún tiempo se ha llevado a cabo una empresa más hermosa, más justiciera ni más noble que la de aquellos dos santos varones. Las modernas campañas en pro de las clases obreras son grotescas caricaturas de la magnífica labor de auténtica caridad de Sandoval y Claver. Su labor iba dirigida no sólo al cuerpo, sino principalmente al alma.

Torre de la Iglesia de San Pedro Claver. Llamado "el esclavo de los esclavos", Claver evangelizó y protegió a los esclavos africanos que construyeron las fortificaciones de la ciudad.
 
Fortaleza de San Felipe de Barajas, diseñada por el holandés Richard Car y construida par Pedro Zapata de Mendoza, fortificación clave de la heroica defensa de Cartagena contra los ingleses en 1741.

El hombre no podrá nunca despojarse de sus pasiones ni substraerse a las flaquezas de la naturaleza orgánica. La adquisición de la santidad atempera, mas no suprime los impulsos de la materia. Las consecuencias de tales fallas de la voluntad causan a veces sorpresas dolorosas. En el siglo XVII, un sonado escándalo religioso sembró en Cartagena la intranquilidad y desorientó las conciencias de los cartageneros. Las monjas adoratrices del convento de Santa Clara de Asís de Cartagena elevaron al obispo Antonio de Benavides y Piérola (1681-1712) una queja razonada contra los padres franciscanos, a quienes estaban espirítualmente sujetas. El prelado halló justas las quejas y desligó al monasterio de la dirección de los padres franciscanos, tomándolo a su cuidado personal.

Mas pasados algunos días, veleidades femeninas muy humanas, habiendo tenido noticia las monjas de que sería electo provincial de los franciscanos fray Antonio Chávez, hermano de cinco de las monjas clarisas, pidieron al prelado que volviese las cosas a su primitivo estado. El señor Benavides no era hombre que atendiese caprichos mujeriles y negó la petición.

De acuerdo ahora franciscanos y clarisas, se revelaron contra el obispo y acudieron a la Audiencia de Santafé en queja contra su diocesano. Los oidores, hombres también sujetos a pasiones y flaquezas, invadiendo jurisdicción que no les correspondía, decretaron conforme se les pedía. El prelado reclamó para ante el rey y mantuvo las cosas como estaban. Prodújose la escisión. Apoyaron a los frailes y monjas rebeldes otros conventos de la ciudad, excepto los jesuitas. Toda la población se dividió, según sus simpatías, por el obispo o por los frailes y monjas.

El gobernador Rafael Capsir y Sanz, el obispo de Santa Marta Diego de Baños y Sotomayor, comisionado por la Audiencia, los gobernadores siguientes, Juan de Pando y Estrada, Francisco de Castro y Martín de Pardo y Cevallos, y hasta el Tribunal de la Inquisición, abrazaron el partido de los rebeldes. El señor Benavides hubo de salir de Cartagena para Turbaco y después para la Península, y sólo al cabo de años fallaron el rey y el papa en favor del perseguido prelado; pero cuando se disponía a regresar a su grey, postrado por las amarguras soportadas, falleció en Sevilla, en 1712. En la historia de Cartagena hay esta sombra de ofuscación y pecado.

La política de extensión comercial instaurada en Inglaterra por el primer ministro Walpole en el siglo XVIII llevó al país a fuertes choques con el gobierno español. Llegó un momento en que el Parlamento estuvo por la guerra y se preparó una expedición como antes no había sido vista, al mando del marino y parlamentario Sir Edward Vernon para que viniese a la América a apoderarse de Cartagena. Aproximadamente 115 navios de combate, entre los cuales se contaban 34 de línea con 9.000 marinos y 14.569 hombres de desembarco y 2.070 cañones, y abundancia de pertrecho constituían la expedición. La plaza sólo tenía 1.774 hombres de tropa, 150 marinos armados y 500 milicianos, con 369 cañones de grueso calibre. La inferioridad numérica era notoria, no así el potencial humano y las formidables fortalezas castrenses. El asedio se prolongó desde el 13 de marzo, fecha en la cual se vieron las primeras naves enemigas acercándose desde Punta de Canoas hacia la plaza, hasta el 8 de mayo, que salieron de la bahía los últimos navios ingleses.

Blas de Lezo, comandante de la marina, resistió en el castillo de San Luis de Bocachica desde el 14 de marzo hasta el 9 de abril. La acción de armas más violenta fue el asalto al castillo de San Felipe de Barajas, el 20 de abril conforme al calendario gregoriano (9 de marzo para los ingleses). Los héroes de la defensa fueron el virrey Sebastián de Eslava, Blas de Lezo, el gobernador Melchor de Navarreta, el ingeniero Carlos de Noux, el comandante Pedro Casellas, el ayudante mayor Francisco Piñeiro, los capitanes Pedro Mur, Nicolás Carrillo, Lorenzo Alderete, Miguel Pedrol, Juan Jordán, Félix Celdrán, Bernardo Fuentes, Francisco Obando, Baltasar de Ortega, el edecán Manuel Briceño, los tenientes José Campuzano, Joaquín Andrade, Carlos Gil Frontín, Jerónimo Loayzaga, Manuel Moreno y E. Conni y el vecino Andrés de Madariaga. De Londres enviaron, creyendo asegurada la toma de Cartagena, un variado surtido de medallas conmemorativas, en las cuales se exaltaba la supuesta victoria, con frases elogiosas para los imaginarios vencedores y ridiculizantes de Eslava y Lezo. Triste despertar de un sueño ilusorio.

Monumento d Blas de Lezo, frente al castillo de San Luis

Los acontecimientos políticos y militares que se sucedían en Europa tenían necesaria repercusión en la América. Napoleón había cambiado la división política del Viejo Mundo en los quince primeros años del siglo XIX. España estuvo a punto de sucumbir. Las posesiones españolas, inspiradas por un sentimiento de lealtad a su metrópoli, se alistaron para la defensa. Pero mal comprendidas en la Península, intuyeron que había llegado la hora de constituirse en estados libres e independientes y surgió así la prolongada guerra de emancipación Cartagena realiza entonces la parte más gloriosa de su historia. Se declara independiente, se constituye en estado libre y adelanta campañas llenas de gloria y heroísmo, como la de la reconquista de Venezuela bajo el mando de Simón Bolívar y la resistencia al Pacificador Pablo Morillo en 1815. Se defiende denodadamente hasta el límite de la resistencia humana, agotando cuantos recursos le fue posible obtener y, antes que rendirse o capitular, se embarcan sus defensores en los pocos navios con que contaban, y pasando a velas desplegadas por en medio de la escuadra española, partieron el exilio llevando las banderas de la libertad, para regresar vencedores a recuperar la ciudad y entrar triunfantes en ella el 10 de octubre de 1821, después de conceder una honrosa capitulación al gobernador español Gabriel de Torres.

Muchos de sus hijos prosiguieron tras el penacho blanco del Libertador Simón Bolívar, oyendo las dianas victoriosas de Pantano de Vargas, Boyacá, Carabobo segundo, Pichincha, Junín, batalla naval del Lago de Maracaibo y Ayacucho. Ninguna otra ciudad de América ha hecho tanta historia como ella, ni ha padecido más que ella por la causa de la independencia y la libertad. Los sufrimientos, la miseria, los sacrificios, la despoblación y la muerte han sido ofrendas en los altares de la patria, soportadas con decisión, entereza y constancia. Bolívar, cambiándole los títulos de muy noble y muy leal que le otorgara Felipe II, dijo: "Salve Cartagena Redentora", y la apellidó "Heroica".

Ahora, Cartagena, bajo el tricolor colombiano y persuadida de que sólo la democracia es fuente de bienestar para las naciones, libra las campañas del trabajo, ufana y confiada en su porvenir.

Ha desbordado los viejos muros que la Circundan y se extiende con ritmo acelerado por la campiña circundante en nuevos barrios industriales y residenciales, para albergar una población que en breve superará el medio millón. Las fábricas más variadas en ella hallan favorable acogida, el mar la provee de toda clase de productos agrícolas o fabriles y la navegación aérea la mantiene en comunicación con el mundo entero con la brevedad del sonido. Edificaciones modernas la embellecen y a la sombra de la paz y de la libertad va triunfadora hacia el porvenir.


miércoles, 29 de abril de 2026

Asiria: La tecnología de buceo desarrollada por esta civilización

Buceadores asirios



Una simulación generada por IA de un mural asirio de Mesopotamia de 3000 años de antigüedad, exhibido en el Museo Británico, revela cómo los soldados asirios usaban pieles de animales como bolsas de cuero inflables, lo que les permitía nadar largas distancias a través de los ríos. Esta ingeniosa proeza sirvió como un salvavidas en la antigüedad, permitiendo a los soldados asirios evadir la captura durante las campañas militares contra los enemigos. El mural muestra las primeras innovaciones y el ingenio estratégico de una de las civilizaciones más poderosas del mundo antiguo: la civilización asiria.


martes, 28 de abril de 2026

Roma: Lograr la ciudadanía romana

Lograr la ciudadanía romana





Los auxiliares romanos, tropas no ciudadanas (peregrini), obtenían la ciudadanía romana tras licenciarse, generalmente después de 25 años de servicio en el ejército. Esta concesión, consolidada en el siglo I d.C., incluía a sus hijos y esposas, siendo acreditada con un diploma de bronce (diplomata) que les confería plenos derechos. 
Aspectos clave de la ciudadanía en los auxiliares:
Proceso de obtención: Al completar su servicio, recibían la ciudadanía como recompensa por su lealtad y contribución a la romanización.
Diploma Militar: Se les otorgaban dos láminas de bronce que constituían el documento oficial de su estatus de ciudadanos.
Alcance familiar: La ciudadanía se extendía a los hijos nacidos durante el servicio y, en muchos casos, legalizaba matrimonios con mujeres locales.
Beneficios: Al retirarse, pasaban de ser peregrini (extranjeros) a cives (ciudadanos), lo que permitía a sus descendientes alistarse en las legiones.
Contexto: Eran vitales para la defensa, especializados en tareas como caballería o arquería, y provenían de diversas provincias del imperio. 
Esta política fue fundamental para integrar a las élites provinciales y asegurar la lealtad de las tropas no romanas a lo largo de los siglos I al III d.C.. 
— Con todo la mayor recompensa que recibía un auxiliar era la concesión de la ciudadanía romana junto con su estipendio al jubilarse. Una importante cantidad paga
Fuente :
Forgotten Heroes: The Story of the Roman Auxiliares.
The Vital Role of the Auxiliaries in the Roman Army 

domingo, 26 de abril de 2026

Guerra del Paraguay: La histórica defensa de Corrientes

Una histórica defensa

Revista GUARDACOSTA

 

Fuente: Revista GUARDACOSTA- N°   Año 19    Autor:prefecto principal Andrés Rene Rousseaux

La contienda armada que sostenía la República Oriental del Uruguay con el Imperio del Brasil, había producido la ruptura de relaciones entre el Paraguay y Brasil, por pretender el Presidente del Paraguay Mariscal López ser el arbitro de los destinos de las Repúblicas del Plata. Esta ruptura de relaciones trajo aparejada la suspensión total de la navegación fluvial que mantenía el Paraguay con Buenos Aires y Montevideo, principalmente el servicio de vapores del estado que regularmente hacían el tráfico de carga y pasajeros.

La suspensión de la navegación, produjo cierta alarma en las ciudades ribereñas, en especial la de Corrientes que por su ubicación estratégica y cercana al Paraguay la hacía objetivo de un potencial ataque por parte del Paraguay, pero ni el gobierno nacional como las autoridades locales sospechaban que podría concretarse tal ataque.

Como medida preventiva el gobierno nacional destacó el "25 de Mayo" como buque de estación en el Puerto de Corrientes, donde arribara el 10 de mayo de 1864 y en febrero de 1865 el vapor "Gualeguay" al mando del Sargento Mayor Lino D. Neves.

El "25 de Mayo" se fondeó en la boca del Arroyo "Arazá", en lo que hoy es Paseo Mitre; y el "Gualeguay", el cual debía ser sometido a importantes reparaciones de su casco con el propósito de alistarlo para una futura expedición al Chaco fue amarrado a los fondos de la casa de los Roibon por estar el río crecido (hoy prolongación de la calle San Juan) y donde Federico Roibon (2) tenía un taller de reparaciones navales y a cuyo cargo estarían los trabajos en su casco.

Transcurría plácidamente la vida de la Ciudad de Corrientes en abril de 1865, las fuerzas armadas a cargo del orden público era de 27 soldados y dos clases (Suboficiales) estando a cargo de la vigilancia del Río y la seguridad del Puerto de la entonces Capitanía del Puerto (1) cuyo Jefe era el Mayor Don Guillermo Federico Baez (3) con una dotación de 6/7 marineros para cumplir las misiones asignadas, teniendo su asiento, en unos precarios edificios que se alzaban en la Punta San Sebastián o de La Casilla, nombre éste que recibía justamente por la existencia de la "casilla de la Capitanía", y en cuyo lugar, además, existían desde 1811 una batería de pequeños cañones para la defensa del puerto, conocida como "Batería de la Bella Vista", teniendo también un "puesto" de guardia o vigilancia que es conocido por la tradición popular con el nombre de la "Casillita" que se encontraba ubicado en la prolongación de la calle Mendoza y el río.


Fotografía de alrededor de 1930 —de izquierda a derecha— casa de la Familia Gallino construida alrededor de 1850, fue ocupada en 1914 por la Subprefectura de Corrientes. Al centro con rejas —casa de la Familia Pigretti— en 1865 esta casa no existía siendo un terreno baldío —en 1914 fue ocupada por la Aduana—. A la derecha —se-midestruida— casa paterna de la Familia Roibon cuya propietaria testamentaria fue Doña Petrona Sotomayor, y donde viviera posteriormente el Capitán Enrique Roibon —esta casa fue construida alrededor de 1820—. Estas viviendas tenían su frente sobre la calle Sud America (hoy Plácido Martínez) entre San Juan y La Rioja —actuales—. Sus fondos daban al Río Paraná lugar donde el Capitán del Puerto (1865) Federico Baez con los marineros de la Capitanía resistió el ataque de los paraguayos cuando intentaron abordar el "Gualeguay" que se hallaban en reparaciones en el Taller Naval de Federico Roibon ubicado sobre la orilla del río a los fondos de la casa de sus mayores (ver fotocopia carta adjunta presente trabajo). Todas estas propiedades fueron demolidas al efectuarse el remodelado del Puerto de Corrientes entre 1940/42. Hoy el lugar está ocupado por la Plazoleta Almirante Brown. (Fotografía de la Colección del Señor Enrique Ángel Ferreyra).

El "Gualeguay" estaba en reparaciones y el "25 de Mayo" a medio desarme, ambos buques con sus calderas apagadas, por lo cual el Comandante del "Gualeguay" Sargento Mayor Neves había ocupado para él y su tripulación varias casas ubicadas en la calle Sud America (hoy Plácido Martínez) 72-74 y 76 —entre San Juan y Mendoza—.

Con los buques en esa situación llegamos al 13 de abril de 1865 (Jueves Santos). La grey católica se aprestaba a concurrir a los actos litúrgicos en los distintos templos de la ciudad, propios de la fecha, los operarios que se encontraban afectados a la reparación del "Gualeguay", estaban deliberando si suspendían las tareas o las continuaban después del "luto del día".

El Comandante del "25 de Mayo" había pernoctado en la casa que ocupaba el Comandante del "Gualeguay" Sud América 74 (hoy Placido Martínez) y con quien tomaba mate y otras personas de la amistad de ambos; de improviso surgid una voz de "alerta" desde el "Gualeguay" informando haber avistado una flotilla de vapores en "linea de fila" hacia el riacho "El Ancho", izando el "25 de Mayo" una señal en su trinquete para llamar al Comandante "a bordo', destacando un bote a tierra para embarcarlo.

Abría la marcha el "Tacuary", donde tenía su insignia el Jefe de la escuadra, lo seguía el "Igurey" - "Paraguary" -"Marques de Olinda" y cerraba la marcha el "Ypora", no llevando los buques su insignia nacional izada, no exteriorizando su nacionalidad como es de práctica, no obstante los buques de guerra argentinos los saludaron izando sus pabellones a pesar de no ser la hora reglamentaria de hacerlo, dado que eran aproximadamente las 6,30 am.

Los buques desfilaron frente al puerto, en el orden mencionado alterando la tranquila mañana con el retumbar de sus ruedas motrices sobre las aguas del Paraná, atrayendo a un considerable número de vecinos que se hacían toda clase de conjeturas sobre el destino y propósito del inusual despliegue de fuerzas, continuando su travesía hacia el sur.

Los curiosos se retiraron, los mismos tripulantes del "Gualeguay" y "25 de Mayo" que habían estado en "alerta" se retiraron a distintas actividades de rutina de a bordo.

Los buques paraguayos a la altura de la "cancha de la Palomera" viraron imprevistamente hacia el Puerto de Corrientes, haciendo su navegación "recostados a la costa correntina" para evitar ser vistos de la ciudad, dado que las "Puntas Arazaty" y "San Sebastian" los ocultaban navegando de esta manera, modificando su dispositivo de marcha para efectuar el ataque previsto.


Ensenada de "San Sebastián" —entre la punta homónima y actual muelle del Puerto de Corrientes— año 1900. En este lugar hacia derecha de la foto, sobre la costa del río y a los fondos de la propiedad de la familia Roibon (entre Calles San Juan y La Rioja actuales) se encontraba el 13 de abril de 1865 amarrado en reparaciones el Vapor "Gualeguay" cuando fuera atacado por la flota paraguaya. En la foto se puede observar la operación de "tirar a tierra" la lancha a vapor por parte de marineros de la entonces Subprefectura de Corrientes. (Fotografía de la colección del señor Enrique Ángel Ferreyra

Se organizaron en dos grupos, el primero formado por "Paraguary" e "Ygurey", teniendo como reserva el "Tacuarí", el segundo formado por el '"Marques de Olinda" y el "Ypora" como reserva.

Habían transcurrido cuarenta y cinco minutos desde que los buques habían cruzado "aguas abajo", cuando son nuevamente avistados por las tripulaciones del "Gualeguay" y del "25 de Mayo" cuando éstos salen "de atrás" (válgame el término) de la Punta San Sebastian que los mantenía ocultos, siendo el personal de la "Capitanía del Puerto" los primeros en verlos dada la posición donde estaban apostados (recordemos que la Capitanía tenía su asiento en la Punta San Sebastián o de la Casilla) dando el "alerta" al "Gualeguay" que se hallaba a unos 560 metros de la "punta" hacia el puerto e inmediatamente al "25 de Mayo" que estaba a unos 840 metros del mismo sitio.

El primer grupo de buques paraguayos se dirigió sobre el "25 de Mayo", flanqueándolo por ambas bandas el "Ygurey" y "Paraguary", haciendo la dotación de ambos buques cerrada descarga de fusilería sobre el indefenso buque argentino, siendo la primera víctima el centinela del puente de mando, pasando los atacantes de inmediato "al abordaje" y en una lucha desigual el combate finalizó en pocos minutos, siendo dominada la tripulación defensora, que fue hecha prisionera quedando el buque argentino en poder del invasor.

Algunos marineros que se arrojaron al agua fueron muertos mientras nadaban para alcanzar la costa segura por tripulantes de varios botes del "Tacuarí", que mientras se consumaba el ataque al "25 de Mayo", bombardeó la ciudad, causando daños en la iglesia Matriz, casa de la familia Latorre y otras vecinas.

El segundo grupo de buques atacantes ("Marques de Olinda" e "Ypora") este último como reserva, atacaron resueltamente al "Gualeguay" que como hemos visto se "hallaba en compostura" —amarrado a planchada a la costa— en el taller naval de Federico Roibon, con escasa tripulación a bordo, por encontrarse la mayoría "en tierra" por los trabajos que se estaban efectuando al buque.

El "Marques de Olinda" se mantuvo a distancia del "Gualeguay", haciendo la infantería embarcada en él (más de 600 infantes) descargas cerrada de fusil sobre el inmóvil "Gualeguay".

Los pocos tripulantes del buque argentino, reaccionaron decididamente, pese a la sorpresa, contestando el fuego del buque paraguayo, siendo apoyados desde tierra (entre los arbustos y peñascos de la costa), por los pocos marineros de la Capitanía del Puerto que, al mando de su bravo Jefe, Mayor Federico Baez acompañado del Coronel Fermín Alsina, se habían desplazado desde la 'Punta San Sebastian" hasta los fondos de las casas de las familias Roibon y Gallino, a los cuales se les sumaron unos pocos voluntarios civiles, combatiendo al atacante, cuarenta veces más numerosos.

Mientras se desarrollaba el desigual combate los pequeños cañoncitos de la batería "Bella Vista" que está emplazada en la Punta San Sebastián, servidos por hombres de la Capitanía hacían fuego esporádicamente sobre los buques paraguayos, siendo el tiro más simbólico que efectivo dado que los cañones eran de escaso calibre y corto alcance, sobre buques de moderna construcción para la época; destacando el jefe paraguayo el "Ypora", para que anclara frente al "Punta", para silenciar la batería y mantenerse "en observación".

La heroica resistencia de la tripulación del "Gualeguay" al mando del Subteniente Federico Ramírez y el Coronel Desiderio Sosa que circunstancialmente se encontraba a bordo, más la estoica ayuda que desde tierra le daba el Mayor Baez y los hombres de la Capitanía, no fue impedimento para que el "Marques de Olinda" tomara "a remolque" al "Gualeguay" después de cortar sus amarras de tierra, a pesar de haber sido rechazadas en varias ocasiones las dotaciones que se destacaron para este fin en botes a la costa, llevando su presa al igual que el "25 de Mayo" que también había sucumbido, hacia aguas del Paraguay.

El "Gualeguay'* permaneció en manos de los paraguayos hasta el 16 de abril de 1866 en que fuera recuperado por las fuerzas aliadas, mientras que el "25 de Mayo" fue echado a pique en noviembre de 1867 estando al servicio del ejército paraguayo.

El ataque dejó consternado al pueblo de Corrientes, por lo inesperado y sorpresivo del mismo, produciendo inmediata reacción con la formación del "Batallón Correntino".

Hasta aquí lo sucedido el 13 de abril de 1865, dado que no es intención de este trabajo analizar e historiar las causas y posterior desarrollo de lo que se denominó la "Guerra de la Triple Alianza", sino la actuación destacadísima que le cupo a la entonces "Capitanía del Puerto", cuyo personal al mando de su Jefe, Mayor Federico Baez, fue junto a las tripulaciones de los buques argentinos la única fuerza organizada que opuso una heroica y tenaz resistencia al ataque de los buques paraguayos, dificultando con su acción el apresamiento fácil de los buques, en especial el "Gualeguay".

Este hecho, poco conocido, para la mayoría del público y de los hombres de la Prefectura, es uno de los muchos que jalonan la larga y rica historia de una de las Instituciones más vieja que tiene la República, la hoy Prefectura Naval Argentina y que es nuestra oblgación hacer conocer.


Vista más antigua que se conoce del Puerto de Corrientes, realizada en base a una litografía de William Gore Ouseley del año 1846 .

Aclaraciones y Referencias Biográficas


1 Capitanía, del Puerto-denominación de la época de la actual Prefectura Naval Argentina.

2 Federico, Roibon: Nacido en Corrientes - hijo de José Roibon y Petrona Sotomayor, cursó sus estudios en la Escuela Politécnica del Havre (Francia), de regreso al país se radicó en su ciudad natal donde tenía un astillero sobre la margen del Río Paraná, a los fondos de la casa paterna (entre calles San Juan y La Rioja aproximadamente en la actualidad) donde se reparaban embarcaciones entre ellas el "Gualeguay" y se construyeron balsas para el cruce del rio por parte del ejército de la Triple Alianza (ver carta adjunta). Fue Oficial del Ejército Nacional durante la Guerra del Paraguay. Jefe de escuadrilla de la expedición al Bermejo de 1879 a órdenes del General Victorica. Posteriormente fue Comandante del Navio de Guerra "Azopardo" donde alcanzó el grado de Teniente-de Navio. Fue elegido dos veces Diputado en su provincia. Falleció el 10 de diciembre de 1914, siendo sepultado en el Cementerio de Corrientes con los honores del Cuerpo de Bomberos como homenaje del Gobierno de la Provincia y del Regimiento 9 de Infantería de Línea por haber pertenecido al Ejército y la Marina respectivamente.

3 Mayor Don Guillermo Federico Baez: Nació el 7 de septiembre de 1810 en Comente». Comenzó su carrera militar en la Guerra con el Brasil alcanzando el 15 de julio de 1828 el grado de Alférez de Caballería de Línea. Participó en las luchas civiles en el bando unitario, causa por la cual Rosas lo dicT de baja de las filas del ejército. Emigró a Montevideo donde participó en su defensa. Tomó parte de la Batalla de Caaguazú a órdenes del General Paz en la cual comandó la Cuarta División de Caballería del ala derecha. Disuelto el ejército de Paz regresó a Montevideo tomando parte de los combates de Salto y San Antonio donde se destacó, contra fuerzas de Rosas. El 5 de octubre de 1847 fue nombrado Jefe de la Plaza sitiada (Montevideo). Levantado el sitio se alistó en el ejército del General Urquiza, con quien participó en la Batalla de Caseros (3 de febrero de 1852) continuando a ordenes de su jefe quien lo honró con comisiones de confianza, ante el Gobierno de Buenos Aires. Posteriormente fue designado Jefe de la Capitanía del Puerto de Corrientes (1) a cuyo cargo estaba cuando el ataque de los paraguayos a la ciudad homónima el 13 de abril de 1865, teniendo una destacada actuación al frente de sus marineros en la heroica defensa de los buques "Gualeguay' y "25 de Mayo" pese a la superioridad numérica de las fuerzas paraguayas. Solicitó ser relevado del cargo (Capitán del Puerto) para alistarse en el ejército aliado teniendo una destacada actuación en el Combate de Tuyuti (3 de noviembre de 1867). En 1869 fue designado por el General Mitre para cumplir una misión en el interior del Paraguay para rescatar prisioneros aliados en poder de los paraguayos, la cual cumplió brillantemente. Falleció en Buenos Aires el 14 de agosto de 1879, habiendo alcanzado el grado de Coronel del Ejército Nacional.

Bibliografía Consultada:


  • ANALES DE LA MARINA DE GUERRA - Capítulo XV - Buque Gualeguay.
  • UDAONDO, Enrique: Diccionario Biográfico Argentino edición 1938.
  • FERREYRA, Enrique Ángel: Fotografías de su colección.

viernes, 24 de abril de 2026

JAR: Charla con un marinero en la BNPB

Roca en Puerto Belgrano y la charla con un marinero del Garibaldi 

Caras y Caretas


Cuando finalizó la ceremonia, sin más solemnidades que la referida, el ingeniero Luiggi distribuyó ejemplares de la artística medalla conmemorativa, y se dirigieron todos á la «Sarmiento» y luego á Bahía Blanca para revistar el cuerpo de artillería montada, poniéndose después en marcha para la capital á las 4 de la tarde. 


LA MEDALLA CONMEMORATIVA DE LA INAUGURACIÓN DEL PUERTO MILITAR.

Por la mañana había tenido lugar, al mismo tiempo que la entrada del Presidente al «Garibaldi», el embarque en la bombardera «Bermejo», de los reservistas del 78 y 79 que terminaron su período de servicio en la jefatura del puerto y en la artillería de costas. Un marinero de tantos, que «había oído de-


UNA INTERESANTE CONFERENCIA DEL GENERAL ROCA Á BORDO DEL «GARIBALDI»

cir que al Presidente le gustaba atender á los pobres,» se acercó entre cohibido y resuelto dando lugar á este diálogo pescado en el aire:

 —«Buen día, señor».
—«Qué dice»
—¿Me han hecho una injusticia, señor. No me dan pasaje pá volver después de la baja.»
—«Ah, sí...? (dirigiéndose al coronel Betbeder): el señor Ministro tomará nota; andate tranquilo...
—¡Señor!
—¡Eh?
—Y no me da un peso?..» 
Con una sonrisa indefinible el general echó mano á la reserva y estuvo generoso, lo que



REVERSO DE LA MEDALLA CONMEMORATIVA

jueves, 23 de abril de 2026

Conquista del desierto: Cuadro La Batalla de San Carlos de Bolívar o Pichi Carhué




La Batalla de San Carlos de Bolívar o Pichi Carhué, la Más importante de la Conquista del Desierto, que consolido la soberanía argentina sobre las Pampas y posteriormente la Patagonia. Acontecida un dia como hoy en 1872. Obra de Augusto Gómez Romero

miércoles, 22 de abril de 2026

Bizancio: El Ejército de Justiniano del Siglo VI

El Ejército de Justiniano del Siglo VI






El ejército del siglo VI de la época de Justiniano, al igual que sus homólogos anteriores, era una fuerza completamente profesional, pero ya no se ajustaba a los patrones del ejército romano de César o Augusto: una fuerza predominantemente de infantería pesada, dividida en legiones compuestas por ciudadanos romanos apoyados por auxiliares no romanos. La legión romana clásica del imperio temprano contaba con unos cinco mil soldados organizados en diez cohortes, cada una comandada por un centurión, con aproximadamente el mismo número de tropas auxiliares no ciudadanas organizadas en cohortes de infantería de apoyo y alas de caballería. El número de legiones aumentó lentamente desde la época de Augusto hasta que, en el período Severo, a principios del siglo III, alcanzó un total de treinta y tres, lo que implica una fuerza total en papel, con una cantidad igual de auxiliares de apoyo, de alrededor de 350.000 hombres. Prácticamente la totalidad de este estamento militar se distribuía a lo largo de las vastas fronteras del imperio: en el norte de Britania, a lo largo de los ríos Rin y Danubio en el continente europeo, y en Mesopotamia y Armenia haciendo frente a los persas, mientras que fuerzas más pequeñas patrullaban los límites desérticos de Egipto y el resto del norte de África, hasta el oeste de Marruecos. Cuando se requerían fuerzas mayores para campañas importantes, se reunían contingentes de todas las legiones al alcance, pero legiones enteras —cada una pequeña fuerza expedicionaria por derecho propio— se desplazaban por el imperio solo ocasionalmente. Para la época de Justiniano, el ejército romano había cambiado de forma irreconocible bajo la presión de dos períodos consecutivos de crisis militar.



La lista completa y más cercana del orden de batalla del ejército romano hasta la época de Justiniano se conserva en las secciones orientales de la famosa Notitia Dignitatum, que data de la década de 390. Sin embargo, los materiales legales del siglo V que tratan asuntos militares y algunas imágenes más episódicas del ejército romano oriental en acción, proporcionadas por fuentes narrativas de los siglos V y principios del VI, dejan claro que el patrón básico de la organización militar no se alteró en los 130 años transcurridos. Los períodos de intensos combates podían destruir unidades individuales, y las nuevas amenazas exigían esfuerzos de reclutamiento especiales. Dieciséis regimientos de infantería pesada de la Roma oriental nunca fueron reconstituidos tras su destrucción en la batalla de Adrianópolis en agosto de 378, y las guerras hunas de la década de 440 causaron más bajas y ocasionaron importantes campañas de reclutamiento en Isauria (Anatolia centro-sur). Pero si bien las unidades individuales iban y venían, la forma general de la organización militar de la Roma oriental se mantuvo en general estable. A finales del siglo IV y mediados del VI, el antiguo patrón de grandes unidades legionarias estacionadas a intervalos a lo largo de las principales líneas fronterizas había dado paso a un conjunto más complejo de estructuras y disposiciones de unidades. Ahora había tres amplios tipos de agrupación de ejércitos de la Roma oriental: en orden descendente por estatus, ejércitos de campaña centrales («praesentales»), organizados en dos cuerpos separados, cada uno con su propio comandante general (Magister Militum Praesentalis); tres ejércitos de campaña regionales (uno en Tracia, uno en Iliria, el tercero en el frente persa, cada uno de nuevo con su propio Magister Militum); y toda una serie de tropas de guardia fronteriza (limitanei) estacionadas en puestos fortificados en la línea fronteriza o cerca de ella. Estas últimas se organizaban en grupos regionales más locales, cada uno comandado por un dux (duque).
1706485993 774 El Ejército de Justiniano del Siglo VI

El número y el tipo de unidad militar que se encontraba dentro de cada grupo también habían evolucionado. La palabra «legión» sobrevivió en el nombre de muchas unidades, en particular de los limitanei, algunas de las cuales eran descendientes directos de formaciones muy antiguas. La Legio V Macedonica fue fundada originalmente por Julio César en el 43 a. C.; aún existía en Egipto en el siglo VII d. C. Sin embargo, como todas sus homólogas tardorromanas, se había convertido en un tipo de unidad completamente diferente, cuyo término estándar era ahora numerus en latín y arithmos en griego. Ninguna unidad tardorromana individual se acercaba ni de lejos al tamaño de la antigua legión de 5000 hombres (aproximadamente el tamaño de una brigada moderna). No disponemos de información exacta, pero incluso la dotación teórica de las formaciones de infantería más grandes no superaba los 1000 o 1500 hombres (un número mucho más parecido a un regimiento). También había muchas más unidades de caballería, tanto en los limitanei fronterizos como en los ejércitos de campaña regionales y preesentales, que antes; estas eran aún más pequeñas, compuestas por no más de 500 hombres.

La antigua división binaria entre legionarios ciudadanos y auxiliares no ciudadanos había sido sustituida por tres categorías principales de soldados, que recibían diferentes salarios y disfrutaban de diferentes grados de equipo. Los palatini de mayor rango y los comitatenses de segundo rango se distribuían entre los ejércitos de campaña central y regional, mientras que las fuerzas fronterizas estaban compuestas por limitanei y/o ripens. Las diferencias de estatus afectaban materialmente la capacidad militar. Cuando una unidad de caballería que operaba contra los invasores del desierto en Cirenaica era degradada del estatus de ejército de campaña (como comitatenses) a limitanei, perdía el derecho a las monturas y suministros adicionales, lo que la hacía potencialmente mucho menos efectiva contra los invasores del desierto problemáticos, para disgusto de Sinesio de Cirene. Es de suponer que los propios hombres tampoco disfrutaron mucho del recorte salarial resultante. Pero es un error descartar por completo la efectividad de los limitanei. Solía ​​estar de moda verlos como agricultores soldados a tiempo parcial que habrían tenido dificultades para lidiar con algo más exigente que un poco de patrullaje y la ocasional inspección aduanera. Si bien es concebible que su estado de preparación y entrenamiento general variaran sustancialmente en las distintas fronteras, los limitanei de los frentes oriental y danubiano estaban curtidos en la batalla. La guerra en Oriente se concretaba principalmente en asedios prolongados, y en este teatro de operaciones las guarniciones de muchas de las principales fortalezas romanas estaban compuestas por limitanei. Por ello, soportaron la peor parte de los combates iniciales en numerosas campañas. Lo mismo ocurrió en el frente danubiano, donde los intensos combates habían sido endémicos durante todo el siglo V. Para campañas realmente importantes, a veces también se movilizaban unidades de limitanei junto con formaciones de ejército de campaña designadas.



Gran parte de esta reorganización se remonta al período de prolongada inestabilidad militar y política conocido como la crisis del siglo III. El factor desestabilizador fundamental fue el ascenso de Persia a la categoría de superpotencia bajo la dinastía sasánida, que desplazó a sus rivales arsácidas en la década del 220 y encontró nuevas formas de aunar los inmensos recursos de lo que hoy son Irak e Irán y utilizarlos contra las posesiones romanas en Oriente, con efectos extremadamente negativos sobre la posición estratégica general del Imperio romano. El rey de reyes persa del siglo III, Sapor I (240/2-270/2 d. C.), dejó constancia de sus logros en una gran inscripción rupestre, la Res Gestae Divi Saporis.

Soy el divino Sapor, adorador de Mazda, Rey de Reyes... de la raza de los Dioses, hijo del divino Ardashir, adorador de Mazda, Rey de Reyes... Cuando me establecí por primera vez sobre el dominio de las naciones, el César Gordiano, de todo el Imperio romano... reunió un ejército y marchó... contra nosotros. Una gran batalla tuvo lugar entre ambos bandos en las fronteras de Asiria en Meshike. César Gordiano fue destruido y el ejército romano aniquilado. Los romanos proclamaron a Filipo César. Y César Filipo vino a pedir la paz, y por sus vidas pagó un rescate de 500.000 denarios y se convirtió en nuestro tributario... Y César mintió de nuevo e infringió a Armenia. Marchamos contra el Imperio romano y aniquilamos a un ejército romano de 60.000 hombres en Barbalisos. La nación de Siria y todas las naciones y llanuras que se encontraban por encima de ella, las atacamos primero y las devastamos y asolamos. Y en la campaña [tomamos]... treinta y siete ciudades con sus territorios circundantes. En la tercera contienda... César Valeriano nos atacó. Había con él una fuerza de 70.000 hombres... Una gran batalla tuvo lugar más allá de Carras y Edesa entre nosotros y César Valeriano, y lo tomamos prisionero con nuestras propias manos, así como a todos los demás comandantes del ejército... En esta campaña, también conquistamos... treinta y seis ciudades con sus territorios circundantes.

De hecho, el Imperio Romano tardó tres generaciones políticas en recuperarse de este cataclismo de humillantes derrotas y restablecer el equilibrio en el frente oriental y, por ende, en su propio funcionamiento interno. La respuesta más inmediata, como era de esperar, fue una revolución en la capacidad militar general del imperio. Parte de esto se materializó en nuevos tipos de unidades. Las fuerzas de élite persas del siglo III d. C. se caracterizaban por lanceros fuertemente armados (catafractos), responsables de gran parte de la carnicería infligida a los ejércitos de Gordiano, Filipo y Valeriano. En respuesta, Roma incrementó sustancialmente el número de unidades de caballería a disposición de sus comandantes y, en particular, creó desde cero varias unidades de caballería fuertemente blindadas: los clibanarii con cota de malla. Estas unidades aún formaban parte de los ejércitos de campaña preesentales orientales a finales del siglo IV.

Sin embargo, en su mayor parte, la respuesta se tradujo en una enorme expansión del tamaño de la infantería pesada tradicional del ejército romano. Dado que la fuerza teórica de los nuevos tipos de unidades es incierta, la escala exacta de esta expansión es imposible de calcular. Sin embargo, una amplia gama de evidencias, desde el si la comparación de los bloques de cuarteles existentes con información específica proporciona la base para un cálculo valioso. A partir de estos materiales, ningún estudioso serio del ejército romano tardío cree que su fuerza de efectivos nominal aumentó menos del 50 % en el siglo posterior al 230, y se puede argumentar con bastante solidez que, de hecho, duplicó su tamaño. No podría haber un testimonio más elocuente de la magnitud del problema estratégico que planteó el surgimiento —o mejor aún, el resurgimiento (la gran inscripción de Sapor se colocó cerca de las tumbas de los grandes reyes aqueménidas de la antigüedad, Darío y Jerjes)— de Persia como superpotencia rival de Roma. Como resultado de esta expansión, la amenaza persa había sido ampliamente contenida a principios del siglo IV. Las primeras victorias romanas importantes se produjeron en la última década del siglo III, y aunque uno u otro bando solía mantener una ventaja a corto plazo en los años posteriores, el siglo IV no vio repetidas las impresionantes victorias de Sapor I.

Pero los efectos del creciente poder persa y la consiguiente expansión militar romana no solo se sintieron en el campo de batalla. El ascenso de Persia a la categoría de superpotencia dio una nueva importancia al frente oriental, lo que a largo plazo desestabilizó los equilibrios políticos existentes de mando y control dentro del imperio en su conjunto. Una vez que el poder persa se convirtió en una realidad tan básica, exigió una supervisión a nivel imperial prácticamente constante para el frente oriental, ya que solo un emperador podía controlar con seguridad los recursos que requería la guerra en este teatro. En la Notitia Dignitatum, alrededor del 40 % de todo el ejército imperial romano estaba posicionado para hacer frente a una posible amenaza persa, y esta era una fuerza demasiado grande para dejarla bajo el control de un general sin supervisión, ya que pocos podían resistirse a la oportunidad que brindaba un ejército así de pujar por el trono imperial. Además, dado el enorme tamaño del imperio, que se extendía desde Escocia hasta Irak, y la lentitud catastrófica de sus movimientos (los ejércitos romanos podían desplazarse una media de veinte kilómetros al día durante tres o cuatro días seguidos antes de necesitar un día de descanso), esto significaba, en la práctica, que se necesitaba una fuente adicional de mando y control para los demás frentes europeos principales del imperio, donde un aumento menor, pero no obstante significativo, de la amenaza que representaban las nuevas confederaciones del Rin y el Danubio, dominadas en gran medida por los germanos, fue otro rasgo característico del período imperial tardío.

Tras un largo período experimental en el siglo III, marcado por repetidas usurpaciones a medida que generales bajo supervisión hacían sucesivas pujas por la púrpura, el resultado fue una tendencia general en el período imperial tardío —mientras existió el Imperio de Occidente— a que el poder político se dividiera entre dos o más emperadores. Las repercusiones políticas de la reorganización militar también ayudan a explicar la estructura relativamente compleja de los ejércitos de campaña centrales y regionales. La logística implicaba que los comandantes regionales requerían fuerzas suficientes para responder a la mayoría de los niveles de amenaza "normales". Generalmente, se necesitaba al menos un año para concentrar los suministros de alimentos y forraje necesarios y luego movilizar las tropas requeridas para las campañas importantes, lo cual era, obviamente, una demora excesiva para la mayoría de los problemas fronterizos. Pero dado que los comandantes del ejército también tenían un largo historial de usurpaciones, los emperadores querían asegurarse de que los generales no tuvieran tantas tropas a su disposición como para intentar fácilmente el trono. La organización del ejército de campaña de los siglos IV al VI puede considerarse un compromiso. Redistribuyó las élites del ejército para permitir respuestas más rápidas y efectivas a las nuevas demandas estratégicas del período romano tardío, pero moderó las posibles consecuencias políticas al dividir cuidadosamente las unidades, incluso las del ejército de campaña central y preesental, entre dos comandantes separados cuya influencia política se podía contar con que se anulara mutuamente.



El mismo tipo de equilibrio también es visible en otra innovación militar que se había convertido en un rasgo característico de los ejércitos romanos orientales en la época de Justiniano. No está claro cuándo surgió exactamente, pero para el siglo VI, los generales del ejército de campaña, los Magistri Militum, parecen haber contado con importantes fuerzas de oficiales y soldados —«guardias y lanceros», como los llama Procopio— que eran reclutados personalmente por ellos y solían seguir a sus generales en campaña incluso a los rincones más remotos del Mediterráneo. Los guardias de Belisario sirvieron con él en Oriente, África e Italia, y cuando el general al mando en Armenia fue asignado a los Balcanes en preparación para una campaña italiana, sus guardias lo acompañaron. El término habitual para estos soldados es bucellarii, y la institución surgió claramente de la tendencia de las grandes figuras, militares y civiles, del mundo romano tardío a mantener personal de séquitos armados. Sin embargo, los bucellarii del ejército romano del siglo VI eran diferentes. Recibían apoyo, al menos en parte, de fondos estatales (aunque generales adinerados, como Belisario, también podían emplear parte de su propio dinero en reclutar y equipar a sus hombres, al igual que los capitanes de barco más adinerados de la armada de Nelson), y juraban lealtad tanto al emperador como a su propio general. La financiación estatal aumentó su número (en un momento dado, la guardia de Belisario llegó a contar con 7000 hombres, pero entre 500 y 1500 parece ser el rango más habitual) y, en lugar de pensar en ellos como un séquito personal ampliado, se los entiende mejor como formaciones de élite de ataque cuyo vínculo permanente con generales exitosos (exitosos al menos en el sentido de haber sido ascendidos a Magister Militum) significaba que disfrutaban de mayores niveles de entrenamiento y equipamiento. También es evidente que para el siglo VI, los bucellarii se reclutaban tanto entre bárbaros externos como entre los propios ciudadanos del imperio. Aquí también vemos que la conveniencia de una mayor eficacia militar se equilibraba con la necesidad de evitar que los generales se volvieran políticamente peligrosos.

Si el tamaño, la distribución geográfica y la estructura de mando del ejército de Justiniano se remontan a las convulsiones militares del siglo III, sus unidades y doctrinas tácticas tuvieron su origen en una crisis completamente distinta. Desde finales del siglo IV, el auge del poder huno en Europa oriental y central generó un nivel sin precedentes de riesgo de amenaza para el servicio, pero con la condición adicional de que los foederatii pudieran preservar sus propias estructuras comunales y políticas y siempre servirían bajo sus propios líderes. El uso de contingentes mercenarios procedentes de más allá de la frontera imperial, contratados para campañas específicas, también siguió siendo una característica habitual del ejército romano oriental del siglo VI. Procopio registra una amplia gama de contingentes de este tipo, desde grupos tan diversos como los lombardos de habla germánica del Danubio Medio hasta los búlgaros de habla turca (a quienes llama masagetas) del norte del Mar Negro. Sin embargo, el imperio continuó manteniendo grupos de foederatii en gran medida autónomos también en suelo romano, incluso después de la partida de los godos tracios hacia Italia en 488, con los hérulos, en particular, desempeñando un papel importante en las campañas de Justiniano.



A largo plazo, sin embargo, la respuesta militar más importante a la era de la dominación huna fue táctica. Los romanos se enfrentaron inicialmente a los hunos como pequeños corsarios de caballería equipados con una versión más potente del arco réflex, que durante mucho tiempo había sido un arma característica de los nómadas esteparios euroasiáticos. Esto proporcionó a los diferentes grupos hunos suficiente ventaja militar para establecer rápidamente la hegemonía sobre un gran número de los semisometidos, en su mayoría de habla germánica, clientes de Roma —godos y otros— que controlaban los territorios más allá de la frontera imperial defendida. Como resultado, el problema militar que planteaban los hunos en la época de Atila se volvió mucho más complejo, ya que el gran caudillo huno se deshizo de las fuerzas combinadas tanto del núcleo huno de su imperio como de una multitud de pueblos sometidos y conquistados: otros nómadas esteparios, como los alanos, y las fuerzas, en su mayoría de infantería, de godos germánicos, gépidos, suevos, esciros y otros. El arsenal que Atila podía desplegar era, en consecuencia, variado; abarcaba desde arqueros montados hasta caballería de choque pesada con cota de malla y lanzas, y densos grupos de infantería.

La historia completa de toda la experimentación que subyace a la adaptación romana a los nuevos patrones de guerra en la época huna es inexplicable, pero su efecto global sobre el ejército del siglo VI se desprende claramente de las narraciones de batalla de las historias de Procopio y de los manuales militares contemporáneos, sobre todo del Strategicon de Mauricio. Como se aprecia en estos textos, el ejército romano oriental del siglo VI se caracterizaba por una mayor dependencia de su caballería. Desplegado a menudo en la vanguardia de la línea de batalla, en lugar de solo como protección de flanco (como generalmente ocurría en el siglo IV), constaba de dos elementos distintos. En vanguardia se encontraba la caballería ligera (koursoures, en la terminología del Strategicon), típicamente armada con arcos reflejos de tipo huno, cuyos restos arqueológicos, en forma de refuerzos óseos, comienzan a aparecer en contextos militares romanos a principios del siglo V. Los koursoures eran los primeros en enfrentarse al enemigo, utilizando su armamento de proyectiles al menos para infligir algunas bajas iniciales o, en el mejor de los casos, para sembrar el desorden en sus formaciones tácticas. Si este asalto inicial tenía éxito, la caballería de choque más pesada (los defensores) podía desplegarse casi literalmente para consolidar la ventaja. Estaban armados no solo con arcos, sino también con lanzas de caballería para romper la línea enemiga. Alternativamente, si los cursores se encontraban en problemas, la caballería pesada cubriría su retirada. La batalla de Procopio.

Los relatos indican que la nueva caballería de élite del ejército del siglo VI tendía a concentrarse en los bucellarii del Magistri Militum, pero las unidades de caballería del ejército de campaña regular, y también algunos de los foederatii, recibían un entrenamiento intensivo en las nuevas prácticas del campo de batalla.

Los bucellarii de los generales del ejército de campaña también proporcionaban la estructura militar clave para la continuidad institucional, lo que permitió que el nuevo armamento y las tácticas para explotarlo plenamente se desarrollaran primero y luego se transmitieran de generación en generación. Esto es, en parte, un argumento basado en el silencio. No existían escuelas de formación de oficiales ni academias militares en el Bajo Imperio Romano donde pudieran desarrollar nuevas doctrinas mediante debates en el aula, que es como funcionan los ejércitos modernos. Pero también es algo más que eso. Los bucellarii, el nuevo brazo de élite del ejército romano del siglo VI, disfrutaban de los salarios más altos y del mejor equipo disponible en las fábricas estatales (por no hablar de los extras que sus comandantes, a menudo ricos, decidían proporcionar), de modo que, por lo general, podían atraer a los mejores reclutas. Los cuadros de oficiales de los bucellarii también fueron una fuente de nuevos generales del ejército de campaña. Al menos dos de los primeros nombramientos de Justiniano para el rango de Magister Militum, al mando de formaciones clave del ejército de campaña a finales de la década de 520 —no solo Belisario, quien desempeñará un papel tan importante en este libro, sino también Sittas— habían servido en sus bucellarii cuando el futuro emperador ostentó por primera vez el rango de Magister Militum Praesentalis a principios de la década de 520; varios de los suboficiales y miembros de la casa de Belisario de la campaña africana original ascenderían al rango de magister a medida que avanzaba el reinado. Los bucellarii no solo fueron un elemento clave por derecho propio del nuevo modelo de ejército romano oriental del siglo VI, sino que también transmitieron su experiencia militar de generación en generación.

Si bien la característica más llamativa de esta revolución militar fue la transformación del papel y el equipamiento de la caballería romana, también afectó a las operaciones de la infantería en el campo de batalla. Tanto las unidades de caballería ligera como las pesadas fueron entrenadas para operar integradas con la infantería, que seguía siendo el elemento más numeroso de todo ejército de campaña romano, y cuyas tácticas y equipo también se habían modernizado en consecuencia. La interpretación más reciente sugiere que, en efecto, se aligeró la armadura defensiva —como se quejó el comentarista militar Vegecio a finales del siglo IV—, pero para aumentar la movilidad de la infantería en el campo de batalla y así poder trabajar de forma más integrada con la caballería, en rápido desarrollo. La gama de equipo de infantería también se incrementó para incluir más arcos y otras armas de proyectiles, de modo que los regimientos de infantería pudieran desempeñar una mayor variedad de funciones: desde reforzar y aprovechar la ventaja táctica creada por un asalto de caballería exitoso hasta proporcionar una sólida fuerza de cobertura en caso de que la caballería se viera obligada a retirarse. La experiencia de combate en la época huna enseñó a los comandantes romanos que era inútil operar con la infantería en formaciones densas y relativamente estáticas, ya que el tiro con arco a caballo al estilo huno probablemente causaría el caos en las filas antes de que la fuerza bruta de la infantería pesada pudiera desplegarse de forma contundente en el combate cuerpo a cuerpo. La infantería debía volverse más móvil y menos vulnerable a los ataques sostenidos de proyectiles y caballería, y para la época de Justiniano, se había reorganizado en consecuencia. Para entonces, incluso operaba con barricadas portátiles anticaballería —munitiones, como las denomina un comentarista de principios del siglo VI— para protegerse de la atención indeseada de los arqueros a caballo.

Por lo tanto, dos crisis estratégicas moldearon las fuerzas armadas de que disponía el emperador Justiniano al ascender al trono en 527. Las antiguas legiones de infantería pesada que habían conquistado un imperio se vieron obligadas a adaptarse: numéricamente, a la amenaza que representaba la recién unificada superpotencia persa en el siglo III, y tácticamente, a la intrusión de un gran número de nómadas esteparios en Europa oriental y central a finales del siglo IV y del siglo V. Tal era la importancia de la guerra, tanto en términos prácticos como ideológicos, para el funcionamiento general del imperio, que una revolución militar de esta magnitud estaba destinada a tener efectos igualmente profundos en el funcionamiento de sus estructuras internas.

martes, 21 de abril de 2026

Biografías argentinas: Gral Antonio Donovan (EA)

Gral. Antonio Donovan 





Antonio Dónovan (n. Buenos Aires, 26 de abril, de 1849 – † Federal, provincia de Entre Ríos, 14 de agosto de 1897), militar argentino que participó en la Guerra del Paraguay, en las últimas guerras civiles argentinas y en las campañas previas a la Conquista del Desierto. Fue también gobernador del Territorio Nacional del Chaco. 

Inicios y Guerra del Paraguay 
Hijo del doctor Cornelius Donovan Crowley y de Mary Atkins Brown, en 1863 – tras la muerte de su padre – se enroló en el Batallón de Infantería Nº 2 sin autorización de su madre, por lo que fue dado de baja por orden directa del ministro de Guerra y Marina, general Gelly y Obes. Poco después logró conseguir la autorización materna y se incorporó al Regimiento de Artillería Ligera, en julio de 1864, y fue destinado a la isla Martín García. 
Tras la invasión paraguaya de Corrientes participó en la efímera reconquista de esa ciudad por las fuerzas del general Wenceslao Paunero. A sus órdenes participó en la batalla de Yatay, del 17 de agosto de 1865. Participó también en el sitio de Uruguayana. 
En abril del año siguiente participó en la captura de la Fortaleza de Itapirú, y en las batallas de Estero Bellaco, Tuyutí, Yatayty Corá, Boquerón, Sauce y Curupaytí. El 31 de octubre fue dado de baja del Ejército Argentino, sin que haya quedado referencia de la causa. 
Se reincorporó al Ejército en junio del año siguiente, en el Batallón de Infantería de Línea Nº 2, con el grado de capitán. Participó en la campaña en que fuerzas nacionales enfrentaron y derrotaron al general Nicanor Cáceres, defensor del gobierno legal de esa provincia. En 1869, su regimiento pasó a Córdoba. 
Regresó al frente paraguayo en mayo siguiente, destinado en varios destinos, pero no alcanzó a combatir. Regresó a Buenos Aires a fines de ese año. 

Rebelión de López Jordán 
Al estallar en la provincia de Entre Ríos la rebelión de Ricardo López Jordán, acompañó al coronel Luis María Campos como ayudante, sin haber comunicado esa decisión a su regimiento, que lo dio de baja del mismo. No obstante, a órdenes de Campos participó en la batalla de Santa Rosa y en otros combates menores. 
En mayo de 1871, recién llegado a la provincia de Buenos Aires, combatió contra los indígenas en la zona de Tapalqué. Posteriormente pasó a Martín García. 
En junio de 1873 fue destinado a Paraná, participando en la lucha contra la segunda rebelión de López Jordán. En la batalla de Don Gonzalo, del 9 de diciembre de ese año, la infantería al mando del mayor Dónovan tuvo una actuación decisiva para hacer retroceder a los federales. 
En febrero del año siguiente pasó a ser ayudante del ministro de guerra, Martín de Gainza. A órdenes del coronel Julio Campos participó en la campaña contra los revolucionarios del año 1874. 
Por esos años compró un campo en la zona norte de la provincia de Entre Ríos, donde sería fundada la localidad de Federal. 

Campañas al desierto y rebelión porteña 
En febrero de 1875 pasó a Gualeguaychú, en Entre Ríos, ascendiendo al grado de teniente coronel. En enero del año siguiente, trasladado nuevamente a Buenos Aires, participó en el avance de las fronteras ordenado por el ministro Adolfo Alsina, participando en la ocupación del punto estratégico de Carhué, pasando después a las guarniciones de Puán, Azul y Olavarría. En este último lugar dirigió las tropas nacionales en una batalla contra los jefes indígenas Namuncurá y Juan José Catriel, el 6 de agosto de 1876, recuperando unas de 50.000 cabezas de ganado vacuno. 
Fue ascendido al grado de coronel en junio de 1877. Participó en varios combates más contra los indígenas en los años siguientes, y en las expediciones de avanzada que prepararon la Conquista del Desierto del año 1879, de la que no participó por haber sido incorporado al Colegio Militar y ocupar la guarnición de la ciudad de Zárate. 
Participó en la represión de la revolución porteña de 1880, comandando el Regimiento de Infantería Nº 8 en las batallas de Puente Alsina y Corrales. 

El Regimiento 1 de Infantería y el Chaco 
En febrero de 1883 fue nombrado Jefe del Regimiento de Infantería Nº 1. Dos años antes había sido uno de los fundadores del Círculo Militar. 
En agosto de 1886 fue ascendido al grado de general, y provisoriamente puesto al mando de la 1ª División de Ejército; fue posteriormente director del Parque de Artillería, Jefe de Estado Mayor de las fuerzas destacadas en el Chaco, con sede en Resistencia. Entre 1897 y 1891 fue gobernador del Territorio Nacional del Chaco, y hasta fines del año 1895 continuó siendo el comandante de todas las tropas militares del Chaco, pasando posteriormente a retiro. 
Falleció en su estancia en Federal el 14 de agosto de 1897. 
Casado con Cándida Rosa Blanco, habían tenido 12 hijos. Su nieto Carlos Alberto Dónovan y Salduna murió en un accidente, y en su memoria fue compuesta la la Marcha del Teniente Dónovan, utilizada por la caballería argentina.1 

Referencias 

↑ Marcha militar Teniente Dónovan 

Fuentes 

[1] Su biografía en Revisionistas.com. 
Planell Zanone, Oscar J. y Turone, Oscar A., Patricios de Vuelta de Obligado. 
Yaben, Jacinto R., Biografías Argentinas y Sudamericanas, Bs. As., 1938. 

Wikipedia