El Reich de 250 años
Sir John Glubb, teniente general británico, pasó 36 años al mando de ejércitos en Medio Oriente. A lo largo de ese tiempo estudió todos los grandes imperios de la historia registrada y llegó a una conclusión que no esperaba: más allá de las diferencias culturales, tecnológicas o geográficas, todos siguen un mismo patrón.
Glubb identificó seis etapas por las que atraviesa todo imperio. Primero aparece la era de los pioneros, cuando un pueblo pobre y relativamente desconocido irrumpe con energía, coraje y una fuerte voluntad de afirmarse. Le sigue la era de las conquistas, marcada por la expansión militar disciplinada. Luego llega la era del comercio, donde la riqueza comienza a fluir y los comerciantes desplazan a los guerreros como figura central. A continuación, la era de la abundancia instala una lógica distinta: el dinero pasa a ocupar el lugar del deber como objetivo vital. Después emerge la era del intelecto, en la que se multiplican las universidades y el debate reemplaza a la acción. Finalmente, aparece la era de la decadencia, caracterizada por el egoísmo, la frivolidad y, en última instancia, el colapso.
Lo más inquietante de su estudio es la regularidad casi mecánica del ciclo. Cambian las armas, cambian las tecnologías, cambian los escenarios. Pero la duración y la trayectoria general se repiten con una precisión llamativa.
A continuación, una síntesis de los principales imperios analizados por Glubb y su duración aproximada:
| Nación | Fechas de auge y caída | Duración (años) |
|---|---|---|
| Asiria | 859–612 a.C. | 247 |
| Persia (Ciro y sus descendientes) | 538–330 a.C. | 208 |
| Grecia (Alejandro y sus sucesores) | 331–100 a.C. | 231 |
| República Romana | 260–27 a.C. | 233 |
| Imperio Romano | 27 a.C.–180 d.C. | 207 |
| Imperio Árabe | 634–880 d.C. | 246 |
| Imperio Mameluco | 1250–1517 | 267 |
| Imperio Otomano | 1320–1570 | 250 |
| España | 1500–1750 | 250 |
| Rusia de los Romanov | 1682–1916 | 234 |
| Gran Bretaña | 1700–1950 | 250 |
Los asirios marchaban a pie y combatían con lanzas. El Imperio británico dominaba los mares con artillería y grandes flotas. Sin embargo, ambos duraron aproximadamente lo mismo: unos 250 años. La tecnología cambia. Las armas cambian. El ciclo humano, no.
El punto de inflexión entre la grandeza y la decadencia también se repite. Los imperios empiezan a declinar cuando el dinero reemplaza al honor como aspiración de sus mejores jóvenes. En la era de las conquistas, los varones son formados para ser duros, valientes y veraces. El deber se inculca de manera sistemática, incluso a través de una educación austera y exigente. El objetivo es forjar carácter.
Pero cuando llega la riqueza, ese objetivo se desplaza. El servicio deja lugar al interés económico. La transformación es sutil, casi imperceptible para quienes la atraviesan. La educación deja de formar ciudadanos dispuestos a servir a su país y pasa a orientarse a obtener credenciales que aseguren ingresos elevados. Ya no se estudia por virtud o conocimiento, sino por rentabilidad.
Este fenómeno no es nuevo. El moralista árabe Al-Ghazali ya denunciaba este patrón en el año 1058, y cuando Glubb leyó esos textos, reconoció en ellos a su propia sociedad. A medida que se consolida la abundancia, aparece también una actitud defensiva: la nación se vuelve demasiado rica y cómoda como para combatir, y comienza a delegar la guerra en otros. Luego surge la justificación moral: “no es que tengamos miedo de pelear; simplemente creemos que es inmoral”.
En la era del intelecto, el debate sustituye a la acción. Las universidades se multiplican y la actividad intelectual florece, pero muchas veces desconectada de las necesidades prácticas de supervivencia. Los atenienses en decadencia pasaban su tiempo escuchando o discutiendo novedades. El Imperio árabe logró medir con notable precisión la circunferencia de la Tierra en el siglo IX, y menos de cincuenta años después colapsó. El progreso científico, por sí solo, no los salvó.
De hecho, una de las ideas más peligrosas de esta etapa es la creencia de que la inteligencia, por sí sola, puede resolver todos los problemas. No es así. Cualquier organización humana —desde un club de barrio hasta un Estado— necesita sacrificio y compromiso de sus miembros para sostenerse. Cuando la astucia pretende reemplazar al deber, el resultado termina siendo el mismo: la caída.
Luego llega la decadencia, y sus síntomas son sorprendentemente constantes a lo largo de la historia: defensividad, pesimismo, materialismo, frivolidad, debilitamiento de la religión, expansión del asistencialismo y una creciente hostilidad interna. Las divisiones políticas se vuelven tan intensas que las facciones prefieren destruirse entre sí antes que preservar la nación.
El Imperio bizantino pasó sus últimos cincuenta años en guerras civiles mientras los otomanos avanzaban sobre sus fronteras. Glubb estudió el Bagdad del siglo X en decadencia y observó que sus descripciones podrían haber sido tomadas de un diario moderno: descomposición social, abandono de normas morales, figuras del espectáculo influyendo sobre la juventud, tensiones culturales profundas y decisiones políticas desconectadas de la crisis económica.
También cambia el tipo de referentes sociales. En las naciones en declive, los héroes dejan de ser estadistas o líderes militares y pasan a ser celebridades: deportistas, cantantes, actores. Tanto en Roma como en Gran Bretaña, Glubb observó una creciente obsesión por el entretenimiento mientras el entramado imperial se deterioraba desde adentro. Juegos, espectáculos, distracción constante.
En ese contexto, cabría esperar que, ante el peligro, las dirigencias se unifiquen. Ocurre lo contrario: las tensiones internas se agravan. Los adversarios políticos dejan de ser vistos como rivales legítimos y pasan a ser enemigos a eliminar. El patrón es antiguo y se acelera a medida que el sistema se debilita.
En palabras de Glubb, llega un punto en que los ciudadanos ya no hacen el esfuerzo de salvar su propia sociedad, porque dejan de creer que haya algo que valga la pena preservar.
Todas las grandes potencias compartieron una misma convicción en su apogeo: que su dominio sería permanente. Roma, Bagdad, Gran Bretaña. Cada una atribuyó su éxito a una supuesta superioridad intrínseca. Esa certeza, con el tiempo, derivó en complacencia. Se tercerizan esfuerzos, se delega la defensa, se asume que el progreso es automático.
La idea de que el nivel de vida siempre va a mejorar se instala como un hecho incuestionable, sin preguntarse qué costo implica sostenerlo.
Si se toma como punto de partida 1776, el ciclo estadounidense ronda hoy los 250 años. En ese marco, muchos de los síntomas identificados por Glubb resultan reconocibles: la centralidad de la celebridad, la fragmentación política, la confianza excesiva en soluciones puramente intelectuales, el debate constante sin acción, la banalización cultural.
Sin embargo, Glubb también advirtió algo más. En cada era de decadencia, mientras la mayoría se entrega al confort o al desencanto, siempre existe un núcleo que resiste. En los momentos de mayor crisis surgieron algunas de las figuras más firmes en términos morales, capaces de sostener valores de deber y servicio cuando todo alrededor parecía diluirse.
El ciclo no es un destino inevitable, pero revertirlo exige decisiones que las sociedades en decadencia suelen evitar: dejar de rendir culto al dinero y a la comodidad, recuperar el sentido del deber, formar generaciones con carácter.
La estructura puede parecer inmensa y el margen de maniobra reducido, pero toda corrección empieza en algún punto. Procesos de deterioro que llevaron generaciones no se revierten de un día para otro. Aun así, el primer paso sigue siendo indispensable.
