domingo, 24 de mayo de 2026

Reino Unido: Oxford vs Cambridge en el poder británico

Oxford contra Cambridge: el poder británico y la pregunta que nadie termina de responder

Un soliloquio sobre ideología, espionaje y la anatomía secreta del gobierno inglés


Empecemos por donde siempre hay que empezar: con un dato que parece trivial y resulta ser una ventana.

¿Cuántos primeros ministros británicos desde la Segunda Guerra Mundial se graduaron en Cambridge? La respuesta correcta no es "pocos". La respuesta correcta es ninguno. Cero. El último fue Stanley Baldwin, que dejó el cargo en 1937, cuando Hitler ya llevaba cuatro años en el poder y todavía faltaban dos para que el mundo se incendiara. Desde entonces —ochenta y pico de años, más de una docena de primeros ministros— todos los que fueron a la universidad en Inglaterra fueron a Oxford. Todos. Sin excepción, salvo Gordon Brown, que estudió en Edimburgo y que, significativamente, era escocés.

Bien. ¿Y qué? ¿Por qué debería importarle esto a alguien que vive en Buenos Aires?

Porque el poder tiene anatomía, y entender cómo se reproduce —quiénes lo heredan, de dónde vienen, qué instituciones los forjan— es entender algo fundamental sobre cómo funciona el mundo. Y Gran Bretaña, que alguna vez gobernó un cuarto del planeta y que todavía hoy moldea instituciones, lenguajes y estructuras de poder desde Lagos hasta Hong Kong, tiene una anatomía particularmente interesante. Arrancamos.


Universidad de Oxford

La pregunta obvia: ¿cuántos primeros ministros salieron de cada universidad?

Hagamos las cuentas históricas primero, porque el cuadro completo es más rico que el dato moderno.

De los 58 primeros ministros que tuvo Gran Bretaña desde que el cargo existe formalmente —y existe desde Robert Walpole, que asumió en 1721—, 31 fueron a Oxford y 14 a Cambridge. Durante buena parte del siglo XVIII y el XIX las dos universidades competían con relativa paridad. Cambridge tiene figuras enormes: William Pitt el Joven, el fundador de la premiership moderna, fue a Cambridge. Walpole mismo fue a Cambridge. Palmerston, Melbourne, varios de los grandes whigs del siglo XIX.

Pero después algo cambia. Oxford empieza a distanciarse. Y después de la Segunda Guerra, la brecha se convierte en un abismo.

La lista de primeros ministros de posguerra que fueron a Oxford es casi la historia entera del cargo: Attlee, Eden, Macmillan, Douglas-Home, Harold Wilson, Heath, Thatcher, Blair, Cameron, May, Boris Johnson, Liz Truss, Rishi Sunak. Los que no fueron a Oxford no fueron a Cambridge tampoco: Churchill no fue a ninguna universidad (fue al Sandhurst militar), Callaghan tampoco, John Major tampoco, y Brown fue a Edimburgo. Nadie de Cambridge. Literalmente nadie.

¿Cómo es posible que una de las dos universidades más prestigiosas del mundo no haya producido un solo líder de gobierno en casi noventa años?

¿Hay algo estructural, más allá del azar?

Acá la respuesta es sí, y viene de varias direcciones.

La primera explicación es institucional y casi banal: Oxford tiene la Oxford Union y una cultura política que funciona como un Congreso en miniatura. Los futuros primeros ministros debatían ahí desde los veinte años, hacían redes, aprendían a hablar en público, cultivaban alianzas. Heath fue presidente de la Union. Boris Johnson también. Macmillan tuvo múltiples cargos. Thatcher participaba activamente. La Union no es solo un club de debates: es, en palabras de quienes la conocen de adentro, una suerte de "Cámara de los Comunes para chicos de veinte años".

La segunda explicación es académica: la carrera de Filosofía, Política y Economía —el famoso PPE de Oxford— se convirtió en el conveyor belt por excelencia hacia la política británica. Tres de los últimos seis primeros ministros la estudiaron. El PPE impregna los ministerios, los think tanks, el periodismo político, las bancadas de los dos partidos principales. Cambridge nunca tuvo un equivalente con ese peso político específico.

La tercera explicación es más sutil y más interesante: las dos universidades desarrollaron identidades culturales distintas. Oxford, con toda su carga monárquica, anglicana y conservadora, se convirtió en el hogar natural de quienes aspiraban a gobernar desde adentro del sistema. Cambridge, más orientada a las ciencias, más dispuesta a cuestionar el orden establecido, más internacionalista en su cultura intelectual, formó brillantes científicos, jueces, CEOs tecnológicos, premios Nobel —pero no tantos primeros ministros.

Momento. ¿Tiene algo que ver la ideología con todo esto?

Acá nos ponemos más interesantes.

La diferencia Oxford-Cambridge no es simplemente una diferencia de partido. No es que Oxford forme conservadores y Cambridge forme laboristas. Los datos lo refutan de entrada: los primeros ministros laboristas de posguerra —Attlee, Wilson, Blair— también fueron a Oxford. La hegemonía oxoniense atraviesa partidos.

Pero sí hay una diferencia de temperamento político que viene de larga data. Oxford históricamente cargó con la tradición anglicana, monárquica, tory en el sentido más profundo del término: el poder como algo a preservar, administrar y transmitir dentro de ciertos círculos. Cambridge, la más "joven" de las dos (fundada en 1209 contra los 1096 de Oxford), adoptó antes el newtonianismo, las ciencias, y más tarde una cultura intelectual más irreverente y dispuesta al cuestionamiento radical.

Y en los años treinta del siglo pasado, esa diferencia de temperamento produjo algo que marcaría la historia política británica durante décadas: en Cambridge, entre 1929 y 1935, un grupo de jóvenes brillantes, privilegiados y profundamente desilusionados con el capitalismo en crisis y con el avance del fascismo en Europa, se convirtieron en comunistas. Y algunos de ellos, reclutados por la inteligencia soviética, se convirtieron también en espías.

¿Cambridge tenía elementos de extrema izquierda en su cuerpo docente y estudiantil?

Sí, y esto no es propaganda anticomunista retrospectiva: es historia documentada.

En los treinta, ser comunista o simpatizante del marxismo era, en ciertos círculos intelectuales de Cambridge, casi una posición mainstream entre quienes pensaban con seriedad. El capitalismo había producido la Gran Depresión. El fascismo avanzaba. La Unión Soviética parecía, a ojos de muchos jóvenes idealistas, la única alternativa creíble al desastre. En ese contexto, agentes de la NKVD —el predecesor del KGB— identificaron en Cambridge un terreno fértil para el reclutamiento.

Lo que encontraron excedió sus propias expectativas.

¿Qué fue exactamente la pandilla de Cambridge?

Cinco hombres. Guy Burgess, Donald Maclean, Kim Philby, Anthony Blunt y John Cairncross. Todos pasaron por Cambridge en los años treinta. Todos fueron reclutados por la inteligencia soviética. Y todos lograron infiltrarse en los lugares más sensibles del Estado británico: el MI5, el MI6, el Ministerio de Relaciones Exteriores, la embajada en Washington, el Palacio de Buckingham.

Lo que hace al caso particularmente perturbador —y fascinante— no es solo lo que espiaron, sino cómo pudieron hacerlo.



Universidad de Cambridge

La respuesta está en la propia anatomía de la clase dirigente británica. Estos cinco hombres eran exactamente el tipo de persona que se supone que debe gobernar Gran Bretaña: educados en los mejores colegios privados, egresados de Cambridge, con los modales, los acentos, las redes sociales y la confianza irradiada por siglos de clase alta. El sistema de "old boys" —esa red de confianza implícita entre quienes comparten escuela, universidad y club— estaba diseñado para funcionar sin documentar, sin cuestionar, sin sospechar de los suyos. Y los soviéticos lo aprovecharon con maestría.

Philby llegó a ser el jefe de contrainteligencia soviética del MI6 —es decir, el hombre a cargo de encontrar espías soviéticos dentro del servicio de inteligencia británico era él mismo un espía soviético. Desde ese cargo filtró información sobre operaciones conjuntas con la CIA, avisó a Maclean y Burgess que estaban por ser descubiertos, y durante años fue considerado el sucesor más probable del jefe del MI6.

Maclean tuvo acceso al Comité de Desarrollo Atómico conjunto entre Estados Unidos y Gran Bretaña. Blunt fue asesor de arte de la reina Isabel y trabajó en el MI5. Cairncross pasó documentos sobre el proyecto nuclear y sobre los planes de la OTAN. La penetración fue total, sostenida durante dos décadas, y sus consecuencias para la relación especial angloamericana fueron devastadoras.

¿Y cuándo se supo todo esto?

En etapas, y cada revelación fue más escandalosa que la anterior.

El primer golpe fue en 1951, cuando Burgess y Maclean desaparecieron abruptamente y reaparecieron en Moscú. La sospecha inmediata cayó sobre Philby —que los había avisado— pero no había pruebas suficientes para acusarlo formalmente. Philby siguió operando, negando todo, con esa aplomada seguridad que solo dan los colegios privados británicos. Recién en 1963 huyó a la Unión Soviética.

Blunt fue descubierto en 1964, confesó a cambio de inmunidad, y siguió siendo el curador de arte de la reina durante quince años más, su secreto celosamente guardado por el Estado británico. Fue Margaret Thatcher quien finalmente lo expuso públicamente ante el Parlamento en noviembre de 1979 —en uno de los momentos más dramáticos de la historia política de posguerra— y la reina le retiró el título de caballero.

Cairncross no fue públicamente identificado como el "quinto hombre" hasta los noventa.

Entonces, ¿el escándalo de los espías explica por qué Cambridge dejó de dar primeros ministros?

Acá hay que ser precisos, porque la tentación de construir una causalidad directa es grande pero no del todo sostenida por los hechos.

El problema cronológico es este: el último primer ministro de Cambridge, Baldwin, dejó el cargo en 1937. El escándalo público del anillo no estalló hasta 1951, con la fuga de Burgess y Maclean. Es decir: la sequía de primeros ministros de Cambridge precede en catorce años al momento en que la opinión pública se enteró de que había espías soviéticos formados en esa universidad.

Entonces, la causalidad directa —"Cambridge dejó de dar PMs porque sus egresados resultaron espías"— no funciona como explicación principal. El fenómeno ya estaba en marcha antes.

Lo que sí puede decirse con más cuidado es esto: el anillo de Cambridge y la izquierda radical de los treinta eran síntomas del mismo fenómeno subyacente que también explica la sequía. La cultura intelectual de Cambridge —más abierta al cuestionamiento radical, más internacionalista, más distante del conservadurismo establecido— creó al mismo tiempo espías soviéticos y una reputación de institución políticamente "poco confiable" para quien aspirara a dirigir el Estado. Oxford, con su cultura de preservación del orden y su infraestructura política (la Union, el PPE, los clubes), era simplemente el lugar donde se formaban los que querían gobernar y donde el sistema los reconocía como suyos.

Dicho de otro modo: no es que Cambridge produjera espías y por eso dejó de producir primeros ministros. Es que las mismas razones por las que Cambridge era culturalmente más permeable al radicalismo también explican por qué no era el hogar natural de quienes aspiraban a ejercer el poder desde las instituciones establecidas. El anillo de espías y la sequía de PMs son dos síntomas del mismo diagnóstico, no causa y efecto.

Ahora bien: a partir de 1951, con cada nueva revelación —Philby en el 63, Blunt en el 79— la asociación simbólica entre Cambridge y la traición se profundizó en el imaginario político británico. Y eso sí puede haber contribuido, en el margen, a desalentar a los pocos egresados de Cambridge con ambiciones políticas que pudieran haber llegado a lo más alto. El estigma no crea la tendencia, pero puede reforzarla.

¿Por qué debería importarle esto a un argentino?

Por varias razones que van más allá del cotilleo histórico.

Primera: porque ilustra cómo el poder se reproduce. Gran Bretaña es, en muchos sentidos, el caso más puro que existe de una oligarquía moderna: un sistema que logró sobrevivir la democratización, las guerras mundiales, la descolonización y el Estado de bienestar sin perder el núcleo de sus élites. Esas élites se reproducen a través de las public schools y de Oxford principalmente —no por conspiración, sino por mecanismos institucionales mucho más sutiles y por eso mismo más eficaces que cualquier conspiración.

Segunda: porque muestra que las instituciones tienen cultura, y que esa cultura importa tanto como el conocimiento que transmiten. Oxford no formó mejores economistas ni mejores filósofos que Cambridge. Formó mejores operadores políticos porque tenía la infraestructura, los ritos y la identidad que orientaban a sus estudiantes hacia el poder del Estado.

Tercera: porque el caso de los espías de Cambridge es una de las advertencias más elocuentes de la historia sobre los límites del modelo de la confianza de clase. Los soviéticos no necesitaron infiltrarse en los barrios obreros de Manchester. Fueron directo al corazón de la élite, donde el sistema funcionaba sobre la base de que "los nuestros" no traicionan. Y los nuestros traicionaron durante veinte años seguidos.

Y cuarta: porque la Argentina tiene su propia versión de estas preguntas. ¿Qué universidades forman a quienes gobiernan? ¿Qué culturas institucionales los moldean? ¿Cuándo la permeabilidad ideológica es una virtud intelectual y cuándo una vulnerabilidad política? ¿Cómo se reproduce el poder en una sociedad que dice ser meritocrática pero que funciona sobre redes de confianza no del todo distintas a las del viejo sistema de old boys inglés?

La distancia geográfica con Cambridge es enorme. La distancia entre esas preguntas y las nuestras, mucho menos.

Todas las cifras citadas en este texto están documentadas en registros de las universidades de Oxford y Cambridge, Wikipedia, Times Higher Education y la Sutton Trust, entre otras fuentes.

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