Napoleón y la revolución

Un joven Napoleón Bonaparte contempla el Palacio vacío y los destrozos
provocados por los revolucionarios. Ilustración de Jacques Marie Gaston
O. mejorada con ayuda de la IA.
Cuando un jóven Napoleón Bonaparte llegó a la ciudad de París, con la esperanza de obtener alguna comisión en el ejército, la encontró sumida en el caos. Aunque no se mostró impresionado.
«Los hombres al frente de la Revolución son un grupo mediocre», escribiría a su hermano José, «cada quién lucha por sus propios intereses, y busca obtener sus fines perpetrando toda clase de crímenes; la gente intriga tan vilmente cómo siempre. Todo esto acaba con la ambición».
Para entonces el corso ya era todo un revolucionario, cómo lo atestigua su apoyo al derrocamiento de la monarquía y a la nacionalización de los monasterios en su natal Córcega. Políticamente había virado hacia el lado extremista jacobino, que parecía ser el ganador. A pesar de que no se vio envuelto personalmente en ninguno de los actos de represión que se estaban llevando a cabo en París mientras la Revolución iba avanzando hacia su clímax, tampoco hay evidencia de que las desaprobase.
Así, el 20 de junio de 1792 se llevaría a cabo el último intento “pacífico” por parte de los ciudadanos de París de persuadir al rey Luis XVI de abandonar su política y aproximarse a lo que consideraban un gobierno más simpatizante con el pueblo.
Ese día, Bonaparte y su amigo Bourrienne se encontraron en un restaurante, el Saint-Honoré, no lejos del Palacio de las Tullerías. Al salir, vieron una muchedumbre armada dirigirse hacia el palacio, una masa que a Napoleón le pareció de setecientas u ochocientas personas. Estaban, dice Bourrienne, «andrajosos y burlescamente armados, vociferando y gritando las más groseras provocaciones». Era, por supuesto, lo que la población de los suburbios tenía de lo más vil y abyecto. «Sigamos a esa chusma», diría Bonaparte a su amigo.
Se las arreglan para tomar la delantera y se colocan en una terraza al borde del río. Desde allí, presencian la invasión del Palacio por parte de los revolucionarios. Bonaparte, según diría más adelante Bourrienne, es presa de la «sorpresa e indignación». Aunque no respetaba al rey, odiaba el caos y a las turbas, y ese día, sus sentimientos se inclinan hacia la monarquía. «No pudo recuperarse al ver tal debilidad y tanta paciencia», señala Bourrienne. Por eso cuando Luis XVI se asomó a una de las ventanas que daban al jardín, con la gorra roja que acababa de ponerle un hombre del pueblo, la indignación de Bonaparte no pudo contenerse. Su amigo lo oye exclamar:
«¡Che coglione!», dijo en italiano, «¿Cómo pudieron dejar entrar a esa gentuza? Cuatrocientos o quinientos tuvieron que ser barridos con cañonazos, ¡y el resto se iría corriendo!».
Aunque había apoyado el derrocamiento del rey, no podía entender como el monarca se había dejado humillar tan mansamente. Ya que sentaba un precedente peligroso.
El desprecio de Bonaparte por lo pusilánime de los Borbones quedó patente dos meses después, el 10 de agosto, cuando la muchedumbre volvió a asaltar las Tullerías y masacró a la Guardia Suiza. Había dejado su hotel en la Rue de Mail para seguir los acontecimientos desde la casa de un amigo en la Place du Carrousel. Napoleón nuevamente fue testigo presencial del asalto al palacio y quedó consternado por la masacre de los soldados, a quienes se les había ordenado no disparar contra la multitud a costa de sus propias vidas.
Cuando él mismo, siete años más tarde, se trasladó a vivir a las Tullerías, mando a tapar los agujeros de bala de ese día y que al parecer habían sido dejados así como símbolo de la Revolución.
📖 Fuentes:
André Castelot, “Bonaparte”, Paris, 1996, pp. 103, 104.
Andrew Roberts, “Napoleón, una vida”, 2016.
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