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viernes, 23 de octubre de 2026

Nazismo: Naranja Fanta

La creación de Fanta no tiene nada de festivo ni inocente


Es el puro producto del cinismo de Coca-Cola, dispuesto a todo para asegurar sus ganancias bajo el Tercer Reich.

Porque incluso en medio de la peor guerra de la Historia, el negocio no hace pausas.

Olviden la moral. Olviden los valores empresariales. Todo comienza por un vulgar problema de abastecimiento.

Alemania, 1940. La filial alemana de Coca-Cola es un imperio floreciente.

Luego, el bloqueo aliado paraliza el país. Imposible importar la famosa bebida de Atlanta.

Las fábricas alemanas deben detenerse. La quiebra está asegurada.

Max Keith, el jefe de la filial local, no tiene ninguna intención de cerrar el negocio. El colapso de Europa no es una excusa aceptable para dejar de generar ganancias.

Ya no puede vender Coca-Cola. Entonces, va a inventar una nueva bebida. Con los únicos ingredientes aún disponibles en una economía de guerra racionada.

Es decir, las basuras de la industria alimentaria.

Mezcla suero de leche, un residuo de la quesería, y fibra de manzana recuperada de las prensas de sidra.

Pide a su equipo que use su imaginación para encontrar un nombre comercial. Imaginación se dice Fantasie en alemán.

El Fanta nace.

El éxito es fulminante. No por sus cualidades gustativas, sino porque literalmente no hay nada más dulce que beber en el país.

El Fanta incluso sirve de base de cocción para las amas de casa privadas de azúcar.

En 1943, la filial vende 3 millones de cajas. La empresa sobrevive, se adapta a la dictadura y prospera.

Pero la verdadera obra maestra del cinismo llega en 1945.

Al final de la guerra, la sede de Coca-Cola en Atlanta no hace ninguna pregunta embarazosa sobre cómo su rama colaboró con la economía nazi.

La casa matriz recupera tranquilamente sus fábricas alemanas intactas, sus beneficios acumulados durante el conflicto, y se apropia de la marca Fanta para exportarla al mundo entero.

El capital no tiene ideología. No hace política.

Se adapta a los peores regímenes, sobrevive a las guerras, y al final, siempre embolsa las ganancias.



viernes, 22 de mayo de 2026

Alimentación: La comida de los esclavos que los progres nos vendieron como saludable

La comida de los esclavos que nos vendieron como saludable





Los esclavos en Roma comían pan, aceitunas y gachas.  
La nobleza romana comía carne.

Los obreros egipcios construyeron las pirámides con pan, cebollas y cerveza.  
El faraón comía carne.

Los campesinos aztecas comían maíz y frijoles.  
La nobleza azteca comía carne.

Los campesinos chinos comían arroz y verduras.  
La nobleza china comía carne.

Las castas bajas indias comían arroz, lentejas y pan plano.  
La corte mogol comía carne.

Los campesinos japoneses feudales comían arroz y encurtidos.  
Los samuráis comían pescado y carne.

Los agricultores nativos americanos comían maíz y calabaza.  
Las culturas guerreras comían bisontes.

Los siervos europeos medievales comían potaje y pan negro.  
Los señores comían venado y cisne.

Los plebeyos de la era Tudor comían pan cortado con tiza.  
La corte de Enrique VIII consumía miles de cabezas de ganado al año.

La clase trabajadora victoriana comía pan, té y lo que quedaba.  
La aristocracia victoriana comía res, caza y mantequilla.

Toda civilización. Cada siglo. Cada continente.

Los pobres comían las plantas.  
Los ricos comían los animales.

Luego, en 1977, un comité de senadores estadounidenses le dijo al mundo que la dieta campesina era la saludable todo el tiempo.

Ninguna civilización en la historia humana lo había descubierto.

Hasta entonces.

Aparentemente.

sábado, 21 de marzo de 2026

Mongoles vs China: La dieta y logística mongola vencen a China

La dieta mongola vs la dieta china





1220s, China. Los estrategas militares chinos están estudiando la invasión mongola con una confusión genuina. No miedo: confusión. La logística no cierra.

Un ejército chino necesita trenes de abastecimiento enormes: grano, verduras secas, equipo de cocina, leña. Por cada 1.000 soldados, necesitás más de 50 carretas de suministros. El ejército se mueve a la velocidad de sus abastecimientos, y eso es lento.

Los mongoles no tienen nada de eso. No hay tren de suministros. No hay carretas de equipaje. No hay camp followers llevando comida. Cada guerrero lleva odres de cuero con leche de yegua fermentada (kumis) y carne seca. Eso es todo.

Los observadores chinos lo registran, desconcertados: “Los mongoles avanzan 60–80 millas por día sin llevar provisiones. Consumen leche de sus caballos y carne seca. No necesitan fuego, ni cocina, ni descanso para abastecerse”.

Los chinos no pueden replicarlo. Sus soldados necesitan comida caliente. Sus caballos necesitan forraje de grano. Su infraestructura de abastecimiento es sofisticada, pero inflexible. Los mongoles no tienen infraestructura: ellos son la infraestructura.

Esto es lo que en serio comían los guerreros mongoles mientras conquistaban media humanidad conocida:

A la mañana: kumis en odres de cuero. Leche de yegua fermentada, levemente alcohólica, estable durante semanas. 1–2 litros aportan 800–1.200 calorías, proteína completa, vitaminas y probióticos.

Al mediodía: nada. A caballo. A veces, sangre de sus caballos: sacaban pequeñas cantidades de una vena, la tomaban fresca y luego sellaban la herida. Los caballos lo toleran bien. Los guerreros conseguían hierro, proteína e hidratación.

A la noche: carne seca (borts). A menudo cordero; a veces caballo. Secada al aire hasta quedar dura como una piedra. Se conserva indefinidamente. La mastican despacio mientras cabalgan al día siguiente. Mucha proteína, mucha grasa, cero preparación.

Esa dieta es metabólicamente perfecta para la guerra montada. La grasa y la proteína dan energía sostenida sin picos de insulina. No cocinar significa no generar humo que delate posiciones. No tener tren de suministros significa movilidad ilimitada. No depender del grano significa no tener que frenar a forrajear.

Los chinos comen gachas de mijo. Eso exige: depósitos de grano, equipo de cocina, combustible, agua, tiempo para preparar, tiempo para comer, tiempo para digerir. Sus soldados quedan atados a las líneas de suministro por necesidad fisiológica.

Los mongoles comen grasa y lácteos fermentados. Eso exige: caballos (que ya están montando) y carne seca (preparada meses antes). Pueden comer mientras cabalgan. Pueden cabalgar todo el día. Pueden cubrir distancias que los ejércitos chinos consideran imposibles.

La ventaja militar es tan abrumadora que parece sobrenatural. Los exploradores chinos informan ejércitos mongoles apareciendo a 100 millas de donde estaban ayer. Parece imposible. No es imposible. Es kumis.

El registro histórico es claro: los comandantes chinos documentan esa ventaja explícitamente. Entienden qué pasa. Simplemente no lo pueden copiar. Sus soldados se niegan a tomar leche de yegua fermentada. No quieren consumir sangre de caballo. Insisten en comidas de grano cocidas.

Los mongoles no tienen mejores armas ni números superiores. Tienen mejor logística, y esa logística sale de una dieta superior. Un ejército chino necesita 3–4 toneladas de grano por día por cada mil soldados. Un ejército mongol necesita los caballos que ya está montando.

No es “espíritu guerrero” místico. Es eficiencia metabólica traducida directo en dominio militar. La civilización que perfeccionó la burocracia, inventó la pólvora y construyó la Gran Muralla perdió contra leche fermentada y carne seca.

Para 1279, los mongoles conquistan China. La dinastía Song, con cadenas de suministro sofisticadas, metalurgia avanzada y millones de soldados, cae ante un ejército que toma leche de caballo y no necesita tren de abastecimiento.

Los mongoles no ganaron porque fueran “más salvajes”. Ganaron porque su dieta les permitió un ritmo operativo que los chinos no podían igualar. Mientras los ejércitos chinos se frenaban a cocinar arroz, los mongoles metían otras 40 millas.

Tus antepasados lo entendían: en la guerra, la logística lo es todo. Y en la logística, la dieta lo es todo. Gana el bando que puede moverse más rápido y más lejos sin reabastecerse. Y ese no era el bando que comía granos.

domingo, 4 de enero de 2026

Argentina: La cultura alimenticia del gaucho

La dieta del gaucho



 

Argentina, siglo XIX: El escritor británico William Henry Hudson visita la Pampa y se encuentra con gauchos. Documenta su dieta con horrorizada fascinación.

"El gaucho solo come carne. Carne mañana, tarde y noche. Nunca pan, nunca verduras, rara vez sal".

Hudson anticipa desnutrición y enfermedades. Encuentra "hombres de extraordinaria resistencia y fuerza, capaces de cabalgar de 12 a 14 horas sin descanso y luego bailar toda la noche".

La dieta: carne, mate y, ocasionalmente, grasa de riñón asada (un manjar). Nada más.

Darwin visita la zona entre 1832 y 1833 y observa la vida gaucha: "Me sorprendió lo difícil que era convencer a los gauchos de que comieran algo que no fuera carne. Llevé galletas y las encontré tiradas. Preferían pasar hambre que comer pan si hubiera carne disponible al día siguiente".

Comidas típicas: Mañana: carne asada al fuego, cortes más grasos. Tarde: costillas a la parrilla. Noche: carne de nuevo, cortes más duros cocinados a fuego lento. Cero verduras. Cero cereales. Cero variedad. Solo carne y mate.

Hudson documenta los resultados: «Los gauchos no padecen ninguna de las dolencias comunes al hombre civilizado. No observé problemas digestivos, obesidad ni caries. Sus dientes estaban impecablemente limpios a pesar de no limpiarse nunca y consumir exclusivamente carne. Su resistencia física les permitía cabalgar durante días con un descanso mínimo, luchar cuando era necesario y reanudar la cabalgata sin fatiga aparente».



El médico francés Dr. Jules Crevaux (décadas de 1850-1870): «Estos hombres viven exclusivamente de carne animal y parecen más sanos que nuestros campesinos europeos, que consumen una dieta variada de cereales y verduras».

Cuando se les pregunta por qué no comen pan ni verduras, la respuesta común es: «Eso es comida para caballos y ganado. Nosotros comemos ganado».

Entendían la jerarquía. El ganado come hierba, convertida en carne. Los humanos comemos carne. Comer lo que come el ganado te hace comportarte como ganado.

A principios del siglo XX, los gauchos tradicionales mantenían una dieta exclusivamente a base de carne de res. Posteriormente, la inmigración europea trajo consigo el cultivo de trigo.

Transformación de la salud documentada por médicos argentinos. Gauchos tradicionales: sanos hasta la vejez. Exgauchos urbanizados con dietas europeas: diabetes, obesidad, enfermedades cardiovasculares y caries.

Argentina moderna: 28% de obesidad, las enfermedades cardiovasculares son la principal causa de muerte y la diabetes afecta a casi el 10%.

Los gauchos que solo comían carne de res no padecían ninguna de estas afecciones. Montaban a caballo 12 horas diarias hasta los 60 años, cuidaban sus dientes sin cuidado dental y morían por accidentes o por la vejez, no por enfermedades crónicas.

La misma carne. En un contexto diferente. Al comer carne de res con granos, aceites de semillas y azúcar, se desarrollan enfermedades modernas. Solo carne de res: se tiene la salud de un gaucho del siglo XIX.

miércoles, 23 de julio de 2025

PGM: El corned beef rioplatense como ración británica

Corned Beef en el Frente Occidental






 "El «Corned-beef» de ahí enfrente es famoso en todo el sector. Llega a ser, de vez en cuando, la razón principal de uno de esos súbitos ataques que efectuamos a menudo, pues nuestra alimentación es, generalmente, mala; siempre estamos hambrientos.
   En conjunto hemos requisado cinco latas. Ellos sí que van bien pertrechados. Es una delicia su alimentación comparada con la nuestra, pobres hambrientos que debemos tragar mermelada de nabos. La carne circula en abundancia en el otro lado, sólo necesitan tomarla. Haie ha pescado, además, una barra de pan francés y se la ha puesto en el cinturón como una pala. Uno de los extremos está sanguinolento, pero no importa, ya lo cortaremos.
   Es una suerte que ahora tengamos comida abundante; todavía precisaremos nuestras fuerzas. Comer hasta satisfacerse es algo tan valioso como un buen refugio. Es por esta razón que pensamos tanto en la alimentación; nos puede salvar la vida.
   Tjaden ha robado dos cantimploras llenas de coñac. Corren de mano en mano."





Sin Novedad en el Frente
Título original: Im Westen Nichts Neues
Autor: Erich Maria Remarque



El "Corned-Beef" era un producto alimenticio producido en frigoríficos de la República oriental del Uruguay y en la República Argentina. No he investigado si se producía en otros países y si serían de la misma calidad o los mismos ingredientes.


En la imagen, Corned-Beef producido en la empresa fundada en Colonia Liebig, Provincia de Entre Ríos (Arg).

lunes, 21 de julio de 2025

Prusia: Federico II, el rey de las papas

Federico II: El Rey de las papas 🥔 👑






Al visitar el Palacio de Sansoucci (del francés sans souci, «sin preocupaciones»), en Potsdam, Alemania, una de las cosas que más llaman la atención es una tumba en su terraza, donde en lugar de flores, la gente deposita papas, también conocidas en Europa como patatas. No se trata de ninguna broma pesada: es una hermosa tradición que se hace en conmemoración del que se considera el “padre de la patata” en Alemania: el rey prusiano Federico II el Grande (1740-1786).
“Es un hecho que el rey Federico II fomentó concienzudamente el cultivo de la patata en Alemania. En nuestras exposiciones tenemos documentos que lo demuestran: cartas y estadísticas tempranas, así como decretos oficiales que se hicieron durante su gobierno referentes al cultivo de la patata, nunca antes vistos”, señala Marina Heilmeyer, curadora del Museo de Historia de Brandeburgo.
A la llegada de este tubérculo a España, el rey Felipe II envió algunos ejemplares para el Papa a Roma, quien, asombrado por el aspecto del curioso vegetal, afirmó que parecía una trufa, o “tartufo”. El tubérculo se quedó con ese nombre al extenderse por Europa, adaptándose a cada lengua. En el caso del alemán, su nombre fue “tartuffoli”, palabra que derivó en “tartoffel” y, finalmente, en “kartoffel”. Sin embargo, su introducción en Europa no fue fácil, ya que en una sociedad con fuerte influencia religiosa, se veía a la humilde papa con malos ojos y desconfianza al no aparecer en la Biblia. Se llegó incluso a decir que eran creaciones del diablo y que consumirlas provocaba enfermedades y catástrofes. Paralelamente, algunos hombres de ciencia de la época, la estudiaban y la veían como una anomalía botánica (un claro ejemplo de esto se ve en el nombre dado a las mismas en Francia y algunas zonas de Bélgica y Holanda: “manzanas de tierra”). Si sumamos el miedo popular al alimento con la visión de una rareza botánica de coleccionista, parecía que la papa estaba destinada al fracaso.
Pero la historia iba a demostrar cuán equivocados estaban los europeos respecto a las mismas. Y es que las hambrunas en Europa demostraron dos cosas: Que ante malas cosechas, generalmente las papas solían aguantar y crecer, y que en tiempos de necesidad, uno come lo que sea para sobrevivir, aunque pudiese proceder del propio diablo. Federico II supo ver todo el potencial del tubérculo y, a partir de 1746, emitió no uno sino tres edictos sobre las papas. Los tres edictos establecieron que la papa debía plantarse donde sea posible. Además, se imprimieron y distribuyeron entre la población instrucciones para su cultivo. Federico y sus asesores eran conscientes de que la población todavía sabía muy poco sobre el cultivo de la planta.
Cualquiera que se pregunte por qué el rey prusiano estaba tan interesado en promover el cultivo de papa en su reino solo necesita investigar los efectos de las guerras en ese momento. Ya en la Guerra de los Treinta Años, pero también durante el reinado de Federico, cuando se libraron varias guerras contra el Imperio de los Habsburgo, las consecuencias para la población rural fueron catastróficas. Los campos fueron destruidos y los ejércitos enemigos saquearon las reservas de cereales. La papa trajo consigo tres ventajas: al crecer bajo tierra y no ser fácilmente reconocible por los soldados enemigos podía pasar como simple yerba, el tubérculo es significativamente más alto en calorías que el grano y se puede almacenar mejor.
Pero incluso después de los edictos de la papa, pasaron algunos años antes de que su consumo se generalizara. Sin embargo, hambrunas como las de 1770 a 1772 y 1774 convencieron a la población rural de las ventajas del cultivo de la papa/patata.
“Lo gracioso es que, habiendo hecho todo esto por el cultivo del tubérculo, es posible que el mismo rey jamás comiese una”, sonríe Heilmeyer. “Existe un edicto suyo en el que dice que la papa era para animales y para gente de clase baja”.
Aún así, el legado de Federico II permitió a la sociedad alemana descubrir las maravillas de la patata, y aún al día de hoy es algo que nadie olvida. Tras su muerte, en 1786, el “Viejo Fritz” fue enterrado en la Iglesia Garnision, en Potsdam. Durante la Segunda Guerra Mundial, su sarcófago fue trasladado a Marburgo, y sólo en 1991 se consiguió llevar su tumba al lugar donde el mismo rey había expresado siempre su deseo de ser enterrado: su palacio, Sansoucci.
“Desde que sus restos residen allí, la gente acude a su tumba a dejar patatas. Este es el motivo real de la exposición: explicar a la gente el por qué de esta tradición. No hay un solo día en el que no se pongan patatas en su tumba”, afirma Heilmeyer. “A veces, incluso acompañadas de pequeñas coronas hechas de papel dorado. Es realmente muy simpático”.
Gracias por su lectura y difusión 👍 
🎨 Federico II inspecciona la cosecha de patatas en uno de sus viajes (“El rey en todas partes”, pintura de Robert Warthmüller).
✍️ Autor: Lydia Aranda / JAZ

miércoles, 5 de febrero de 2025

Patagonia: La dura vida de los aonikenk

La dura vida del Aonikenk




En esta región el aire es muy seco y, por ello, más sensible el frío.
Los labios están continuamente agrietados. Los indios se untan, principalmente Hernández y Vera. Manzana se unta con grasa y dice que desde ahora no se lavará más, pues es malo lavarse, ya que la piel, en vez de suavizarse, sólo se vuelve áspera.
Quise comer un churrasco de la carne de guanaco que trajimos con nosotros. Los indios no quisieron. Tan cerca de Yamnago no querían comer carne flaca. Cierto que el guanaco era “de buena carne”, pero en Yamnago los había más gordos.


.....In this region the air is very dry and, therefore, more sensitive to cold.
The lips are continually chapped. The Indians anoint themselves, mainly Hernández and Vera. Apple smears herself with grease and says that from now on she will not wash anymore, because it is bad to wash, since the skin, instead of softening, only becomes rough.
I wanted to eat a churrasco made from the guanaco meat that we brought with us. The Indians didn't want to. This close to Yamnago they did not want to eat skinny meat. It is true that the guanaco was "of good meat", but in Yamnago there were fatter ones


...En esta región el aire es muy seco y, por lo tanto, más sensible al frío.
Los labios están continuamente agrietados. Los indígenas se untan, principalmente Hernández y Vera. Apple se embadurna con grasa y dice que, a partir de ahora, no se lavará más, porque lavarse es malo, ya que la piel, en lugar de suavizarse, solo se vuelve más áspera.
Quise comer un churrasco hecho con la carne de guanaco que llevamos con nosotros. Los indígenas no quisieron. Tan cerca de Yamnago no querían comer carne flaca. Es cierto que el guanaco era "de buena carne", pero en Yamnago había otros más gordos.



Por: Fabian Sandes
(vestigios tehuelches)
Tomado de libro GEORGES CLARAZ VIAJE AL RIO CHUBUT - Aspectos naturalistIcos y etnológicos (1865-1866)
Ediciones Continente.
Publicación del Grupo - Rodolfo Casamiquela, En los Caminos de la Ciencia Patagónica
CAPIPE - Rafael Huasque Foto Opacak

domingo, 26 de enero de 2025

Patagonia: El desarrollo de la Comarca Andina posterior a la Conquista

Comarca Andina: el aislamiento obliga al desarrollo de molinos, agricultura, ganadería y el comercio

La Voz de Chubut



Molino de Antonio Merino, El Bolsón

En El Bolsón, localidad que no contaba con el ferrocarril, el molino de Antonio Merino, abrió en 1926. Trabajó con un molino hidráulico con cilindros de porcelana (no se desgastaban como los de piedra ni se recalentaban como los de acero), con lo que se lograba una mejor calidad de la harina. Llegó a moler de 500 a 800 kilogramos diarios de trigo, cerró en 1947 por culpa de Juan Domingo Perón.

Un poco más al sur funcionaron los molinos de las familias Hube y Don Otto, en El Hoyo, y de Breide, en Epuyén. Concentraban el reducido volumen de trigo de sus respectivas zonas y comercializaban harinas en circuitos locales.

En Cholila, región que recibió desde Chile, a partir de fines del siglo pasado, un aporte inmigratorio que impuso prácticas agrarias, la producción cerealera justificó la instalación del molino, que comercializaba su producción en esa localidad, hacia Chile y hasta El Maitén. Era de la familia de Raúl Cea.

Todos cerraron alrededor de 1947, por varias causas: delimitación de ejidos urbanos más extensos, nuevas leyes de control bromatológico que perjudicaron las harinas locales, ciertas malas administraciones, algún juicio costoso por indemnización a un empleado, problemas climáticos y la llegada de harinas más baratas desde Buenos Aires, distribuidas desde El Maitén, donde estaba la punta de rieles a mediados de la década del 30.

El aislamiento, la falta de caminos transitables, los rigores climáticos acentuaban las distancias. Las necesidades locales y las posibilidades cerealeras favorecieron el desarrollo de la agricultura y por ende, la instalación de molinos rústicos o de tecnología sencilla, con fuerza motriz variada. La producción, en general, alcanzaba a cubrir las demandas. Habiendo excedentes, se extendía la comercialización en la región, incluso a zonas vecinas de Chile. Cuando hubo escasez, aparecieron los conflictos. La llegada del ferrocarril acentuó las contradicciones, ya que llegaban harinas desde el norte y se las traía en carros desde las distintas puntas de rieles. En 1945, Molinos Río de la Plata terminó con este circuito cerealero, por lo que los productores se vieron obligados a diversificar su trabajo rural.

Pero la región no fue exclusivamente agrícola y mucho menos básicamente cerealera. Siempre contó con la producción de ganado. Un vecino relata: “Generalmente venían los compradores y mucho se llevaba a Chile.” “Mi abuelo, por ejemplo, Thomas Austin, llevaba arriba de cinco mil animales a Chile; ése era su trabajo, compraba y vendía…” y “tenía en Cochamó una fábrica de jabón y frigorífico (y) todos los años (arreaba) cinco o seis mil vacunos” con grandes ganancias.

A esta actividad ganadera, crianza y venta de miles de reses a Chile, se agregaban las actividades de granja: cerdos, ovejas, vacas lecheras, abejas huerta y frutales, especialmente manzanos. Uno de los memoriosos dice que en las chacras se producía de todo: “…carne de vaca, capón, cerdo, manteca, hacían el pan, el queso, había leche, trigo, dulces, arvejas, habas, todo lo que la tierra produce.”

También fue intensa la actividad comercial: casas de ramos generales, hoteles, bares, un cine, tiendas, fondas y hasta una sucursal del Banco Nación, radicado en Esquel en 1925. Había pocos automotores y un transporte de pasajeros en coche, casi legendario, mantenido por pioneros de la zona, los Hermanos Paredes. Sin embargo, siendo el transporte de cargas básico los carros y carretones, había herrerías, talleres de reparación y construcción, venta de pastaje y forraje para los caballos, talabarterías y posadas baratas para quienes trabajaban en las tropas.

Por otra parte, la edición 25º aniversario del Diario Esquel, presentaba una larga lista de estancias de la zona, cargada de datos y nombres, y que representaban en 1950 el “orgullo” de la producción de ganado bovino y lanar de la región, actividad que incluía haras y la introducción de animales premiados y muy aptos para nuevas cruzas.

Textos del libro “Esquel…del telégrafo al pavimento”, de Jorge Oriola

martes, 17 de diciembre de 2024

Guerra del Chaco: Boquerón

Boquerón, la tragedia de la sed




Camión utilizado en la Guerra del Chaco para el transporte de agua.

Si es verdad que allende los dominios de esta vida terrenal existe un infierno para los malvados, y si en ese infierno hay tormentos físicos, a buen seguro que el de la sed ha de estar reservado para los más grandes pecadores que mueren sin contrición. No hay tortura, física o moral que pueda igualar, o compararse siquiera, a la agonía horripilante del sediento. La falta de agua altera el cerebro con una suerte de locura agotadora, que entumece todas las inclinaciones nobles y buenas, destruye el dominio de sí mismo y convierte al hombre más reposado en una fiera, que ruge, brama y se enfurece ante la sola visión, real o imaginaria, de una gota de agua que humedezca la lengua. Quien haya visto un ser humano pereciendo de sed bien puede reclamar para sí el triste privilegio de haber presenciado la escena más dolorosa que ofrece el melodrama de la vida ingrata de las luchas, porque casi siempre se lleva las de perder. La sed no tiene siquiera ese amago de belleza exótica de los profundos dramas. Es tan sólo la más grosera manifestación de la humana miseria, fría y repelente como el espumarajo de muerte que arrojan los labios del sediento. No impresiona, sino que horroriza; no inspira lástima, sino que infunde pavor.

El espectro de la sed apareció desde el primer día de la batalla de Boquerón, en la Guerra del Chaco. Fuese por la escasez de los medios de transporte o a causa de aquella inexplicable falta de organización inicial de los paraguayos, fruto de su ingenuidad y producto de su excesiva fe en los procedimientos conciliatorios, lo cierto es que el precioso líquido llegó a faltar a los combatientes a poco de iniciadas las operaciones contra el reducto enemigo, en cuya conquista iba todo el prestigio de Paraguay.

Desde el primer momento, los Comandos Superiores y subordinados se sintieron inquietos; pronto esa inquietud se trocó en angustia, y la angustia en desesperación. Los hilos telefónicos vibraron sin cesar transmitiendo mensajes que eran otros tantos pedidos clamorosos. De Isla Poí, precaria base que sustentaba el orden de batalla paraguayo, se respondía asegurando que de allí partían los camiones-tanques dentro del plan prefijado y con ajuste a los horarios establecidos; se despacha –afirmaban desde allá- suficiente cantidad de agua para dar de beber seis litros diarios a cada soldado. La información, con ser alentadora, no podía satisfacer, y menos resolver el problema, calmando la angustia. No es que se pusiera en duda la diligencia de los órganos de retaguardia, a cuyo cargo estaba este importante, mejor dicho vital, servicio de abastecimiento, pero era el caso que el agua no llegaba, o llegaba en cantidad tan escasa que su distribución resultaba una tarea más que difícil, dolorosa. Solamente más tarde se habría de descifrar el misterio de los miles de litros de agua que se despachaban de Isla Poí para no llegar nunca a Boquerón: la llamada “recta” con sus 40 kilómetros de extensión, encerraba ese misterio. A lo largo de ese camino, que parece trazado sobre la plancheta de un topógrafo con escuadra y tiralíneas, se escalonaba el siempre inevitable apéndice de todo ejército que marcha o que combate, las obligadas cuentas que los preliminares de la batalla van desgranando, en grande o pequeña cantidad, hacia los portales entreabiertos del templo de Jano…

Mientras tanto, los primeros escalones comienzan a experimentar una escasez que va orillando una crisis peligrosa. Se producen escenas de horror. Hay compañías y batallones que no beben desde hace cuarenta y ocho horas. El fragor del combate y la altísima temperatura contribuyen a poner un sombrío telón de fondo a este episodio, único en su género, de la guerra chaqueña. El olor de la pólvora, ese olor irritante de la cordita en combustión, y el hedor de los cadáveres insepultos vician la atmósfera hasta provocar náuseas; el sol del Trópico, implacable y calcinante, quema con sus rayos despiadados la piel sudorosa y bronceada de los combatientes y hace reverberar la selva con los destellos de una inmensa quemazón. El polvo fino del desierto occidental se atraganta en los pulmones hasta convertir la respiración del hombre en mugido de bestia. Detrás de cada arbusto, de cada tronco de quebracho o de algarrobo, está un combatiente agazapado jadeante; de vez en cuando, levanta su fusil para hacer un disparo o introduce un nuevo cargador en el almacén de su arma; y en los intervalos de esta lucha tan intensamente personal, escarba la tierra con sus uñas para buscar un abrigo que proteja las partes más vulnerables del cuerpo contra los proyectiles enemigos, que pasan veloces con su silbido característico para incrustarse en el ramaje o cortar un gajo con ese golpe seco, inconfundible, que se asemeja al chasquido de una fusta. Los árboles, a fuerza de tantos impactos, van convirtiéndose en esqueletos, esqueletos que abren sus descarnados brazos en ese inmenso campo santo de bárbara desolación. No son ya ráfagas sino verdaderos vendavales de plomo. Y qué lejos estaban entonces de aquellas elaboradas trincheras, de aquellos sólidos parapetos, de aquellos cómodos “pagüiches” con cubrecabeza de quebracho que se conocieron más tarde, en Saavedra, en Nanawa, en Toledo!

En Boquerón sólo había el pecho del soldado! Y hallar un zapa-pico o una azuela era un presente de los dioses! Al poco tiempo, el ansia de beber se torna en delirio, y ese delirio en locura. Los soldados piden de beber y sus oficiales, hombres también pero más sujetos al dominio de sí mismos por esa esclavitud que impone el ejercicio de una severa auto-disciplina se muerden los labios y crispan los puños en un gesto de impotencia, incitándoles a no ceder, a esperar un poco más porque el socorro ha de venir pronto. Las caramañolas hace tiempo que están vacías y es inútil que, en el desahucio de una esperanza que nació muerta, los labios se apliquen al aluminio del recipiente, que ya nada contiene. El último vestigio de resistencia física va abandonando a los sedientos y la razón, que ya no razona, da en vagar sin rumbo en aquel páramo sin oasis del sufrimiento humano. Los hombres se tienden boca arriba, abandonan a ratos su fusil y así permanecen como extasiados, en actitud de pedir al cielo un remedio para sus males o un fin más cercano o menos doloroso; o de cara a la tierra, succionar el suelo en busca de una veta, que saben no está ni puede estar allí, o escarban con sus manos para dar con el hipotético “yby-á”, pulposo tubérculo con que los aborígenes suelen calmar la sed. Arroyitos de mi pueblo, arroyitos cristalinos de mi “valle”, rumorosos manantiales de mis “pagos”, clama la imaginación encabritada de cada sediento en un fantástico remolino mental, persiguiendo un imposible. Sus labios están amoratados y entreabiertos, dejando ver la lengua que, muy hinchada y de color azul subido, asoma entra las comisuras sombreadas de espuma amarillenta; el rostro, desfigurado por la mueca de una tortura indecible, algo tiene de aquella repulsiva expresión del Gwymplain de Victor Hugo; los ojos saltones, como queriendo fugarse de las órbitas para interrogar el por qué de tanto horror. Algunos, enloquecidos del todo por la más feroz de las locuras y con esa fuerza que adquieren los dementes en el paroxismo de la enajenación, se incorporan a duras penas y tratan de echar a correr hacia las líneas enemigas, porque alguien lo ha dicho, y muchos lo han repetido, que allí hay agua en abundancia, un extenso “pirizal” de cristalina y tentadora superficie, y hasta un molino de viento! Mirajes que sólo existieron en la imaginación de aquellos mártires! Se lucha dos días por la posesión de un “tajamar”; el solo anuncio de la proximidad del agua vale más que todas las arengas. A punta de bayoneta, con furia incontenible, realizando proezas de valor, gastando y desgastando las últimas reservas de energía física y moral, se llega al tajamar para encontrar que… tan solo es otro miserable embuste con visos de leyenda, de esos que, en forma misteriosa, suele engendrar la excitación turbulenta de una batalla. El “tajamar”, si es que eso ha sido alguna vez, esta seco.

 
Pero hay que contener a esa gente que pugna por acercarse a las líneas enemigas, hay que poner una camisa de fuerza a estos “locos”, a estos heroicos y sublimes locos que, en la inconciencia de su desvarío, no miden ni pueden medir las consecuencias de un acto tan irreflexible como estéril. La disciplina, esa majestad que reina y gobierna sobre el campo de batalla con la férula del más implacable rigorismo, y aún de crueldad, debe imponerse a la carne doliente y vencer al instinto. La sed es grande, pero el deber es más grande todavía! Y por eso, los oficiales, ahogando todo sentimiento de piedad, porque así lo requiere la lógica inflexible del deber, se ven obligados a golpear con el cabo de sus pistolas la cabeza de aquellos desdichados hasta hacerles perder el conocimiento y evitarles, de tal suerte, la humillación sin ventajas del cautiverio o la muerte aterradora y solitaria del que se atrevía en el desierto. Ese joven oficial, niño casi, que hace frente a las peripecias de la guerra con la escasa ciencia y experiencia de sus veinte años, también tiene sed; también su garganta, seca como el parche de un tambor, está ronca de dar voces de mando, de aliento, de consejo. Manda, implora y hasta ruega. Y en el ejercicio de sus funciones como conductor de hombres, perdido ya en el laberinto de su extenuado raciocinio, se ve por momentos compelido a recurrir a la piedad de una mentira o la acidez de una amenaza. Pero antes que nada, sobre todas las cosas, está su deber de razonar, de “mandar” siempre, aún en las peores circunstancias y en la más estrecha de las encrucijadas. Así le enseñaron un día en sus tiempos de cadete, diciéndole que el oficial paraguayo no depone nunca las armas ante ningún enemigo, y menos cuando ese enemigo aparece disfrazado con el ropaje de su propia flaqueza.

Mucho le han predicado entonces sobre la necesidad del saber dominarse a sí mismo antes de pretender dominar a los demás. Y a la memoria le viene aquella frase que es todo un mandamiento militar de legítimo corte espartano: “Ser soldado es no comer cuando se tiene hambre, no dormir cuando se tiene sueño, no beber cuando se tiene sed…”. Y ahora, mi Teniente, mi joven guía de hombres y de voluntades, es llegado el momento de demostrar a la faz de tus soldados que te miran y te juzgan, que no fueron vanas tantas enseñanzas, que no llegaste un día a los dinteles de la Escuela Militar a abrazar la profesión de las armas tan solo seducido por la ridícula vanidad de llevar un sable al cinto. Hora es de evidenciar ante este tribunal inexorable que las aptitudes de mando no están, como algunos simulan creer, en el dorado transitorio de las presillas sino en la reciedumbre del corazón y que, quien viste el uniforme militar, no como un hábito sacerdotal sino como una mera prenda decorativa, se engaña a sí mismo sin engañar a los demás. No basta la mímica del oficio, de fácil aprendizaje hasta para los más negados, hay que agregarle la vocación, la vocación honda y espiritualmente sentida. Sobradamente humano es que tu joven corazón se rebele y se desgarre ante el martirio de estos hombres que la nación ha puesto en tus manos para conducirlos a la victoria o a una muerte digna, pero … golpea, mi Teniente, golpea con furia hasta hacer saltar borbotones de sangre, porque es la Patria misma la que golpea por tus manos! Así salvas las vidas de tus soldados, bien que prolongándoles la agonía en un gesto paradójico, de difícil, casi imposible, comprensión para aquellos que contemplan la guerra desde la cómoda butaca del espectador.

La razón ha de imponerse, aunque como suele acontecer en no contadas ocasiones, se imponga apelando a la fuerza bruta como medio persuasivo, como recurso final. Un cadete, adolescente aún, se extravía en la selva en una desesperante búsqueda de agua y sólo es hallado tres días después, cuando ya en los estertores de la agonía, masticaba inconciente las raíces de una hierba venenosa. Los camilleros le conducen al Puesto de Socorro más próximo, sobre una perihuela improvisada; hay que sujetarle de pies y manos porque en la furia de su delirio arremete contra todo aquel que se pone a su alcance. El médico separa con trabajo sus mandíbulas con una cuchara de hojalata y, gota a gota, va vertiendo el agua vivificante en aquella boca, de cuyos labios sólo salen quejidos de moribundo. Más allá, un sargento de línea, magnífica estampa de zagal robusto, se abraza a una planta de cactus y roe desesperado las fibras de su tallo, sin reparar en las espinas que se clavan en su rostro, en sus manos, en su pecho desnudo, hasta convertirlo en un retrato vivo del evangélico Ecce Homo; ha perdido por completo la lucidez de su entendimiento, y en su desvarío, alterna sollozos con palabras incoherentes; errante el cerebro, de sus labios surge, sin embargo, una exclamación, un llamado de esos que sirven de plegaria al hombre en sus momentos de suprema orfandad: “¡Mamá… che Mamita!” Invocación estéril que llega al alma y cuyo eco se pierde en la lóbrega inmensidad de aquella tierra desolada. Uno de sus compañeros trata de levantarlo para humedecer sus labios con unas gotas de jugo de limón, pero sus miembros, fláccidos ya por la proximidad de la muerte, no responden, y sus ojos se cierran…, se cierran lenta y pesadamente, llevando a la eternidad la imagen de este “mejor bosquejo que pueda darse del juicio final”. En otro sector de la línea, un comandante de pelotón hace de un enorme tacho de cocina un mingitorio colectivo, teniendo antes cuidado de eximir de la contribución voluntaria a los que espontáneamente se declaran enfermos de cierto mal originado por el “dulce pecado”; hecha la recolección y luego de echarle un poco de yerba, se distribuye el líquido por cucharadas y todos beben con fruición el inmundo desperdicio del organismo humano. Un oficial de reserva se abre una vena del brazo izquierdo con una hoja de afeitar para beber su propia sangre, y cae desfallecido por la hemorragia que no puede contener. Soldadito paraguayo, soldadito heroico que sufriste sed en Boquerón, cuando la victoria final levante arcos triunfales al vencedor afortunado y al sobreviviente feliz, cuando el público asunceño aclame a los laureados de la fama, ¿se acordará alguien de ti? ¿O te sentarás, como Lázaro, a la puerta para recoger las migajas del festín? Soldadito de mi patria, cuando en los años por venir, apagada la novedad de esta contienda, vayas arrastrando los achaques de tu vejez por las calles de tu ciudad o de tu pueblo, en demanda de una limosna, tal como tu generación hizo con aquellos corazones de bronce de otra contienda, ya muy lejana y casi olvidada, ¿habrá una mano cristiana y cariñosa que te alargue un mendrugo de pan? Y si muy cerca ya de esa tangente que define el misterio de la vida y de la muerte, blancos los cabellos, enfermo el cuerpo y marchitas las ilusiones todas, te rehúsan todavía la última misericordia del que va a partir, diles, soldadito bueno de la Patria: “Por el amor de Dios, un vaso de agua, yo estuve en Boquerón…!”.
 

Las mulas de la artillería y los montados de los oficiales reciben como ración diaria de agua el contenido de un plato de los reglamentarios en el ejército, es decir, escasamente medio litro, y muchas veces, ni siquiera eso; las pobres bestias, víctimas mudas de este gran crimen, que es la guerra, y para las cuales esa miseración es como una cucharadita, caen extenuadas en las “picadas” y en los “cañadones” para allí aguardar la liberación por una muerte inevitable y espantosa, si antes una mano compasiva no pone término a su sufrimiento con un tiro de pistola a la altura de la testera. Enjambres de mariposas, de las que harto apropiadamente se denominan “cadavéricas” y que parecen llevar la imagen macabra de la Muerte en el blanco pardusco de sus alas diminutas, se posan sobre estas osamentas y envuelven los restos a manera de un sudario que se agita al viento al ritmo de un incesante aleteo.

En las Ambulancias Divisionarias, y Puestos de Curación, la falta de agua se hace sentir con más crueldad aún. Los instrumentos de metal bruñido se hunden en las carnes del herido sin previa ebullición, porque el agua disponible apenas da para hacer beber unos sorbos a los que, agotados y febriles, piden una gota, nada más que una gota. A sol y sombra están las largas hileras de camillas, cada una con su cargamento de dolor, con un pedazo de sangrante humanidad que espera paciente un poco de alivio y de consuelo. La tarea de los cirujanos se cumple en silencio y ordenadamente. La Cruz de Ginebra, sujeta a lo alto de un esbelto palo santo, parece acoger a estos pobres despojos con el abrazo abierto y amplio de una hermosa candad. En el tronar de la batalla, esta insignia universal es como un remanso de paz, que algo tiene de caricia en su elevado simbolismo, y algo también de brutal sarcasmo ante la incomprensible mentalidad humana, que destroza y destruye con la misma estudiada diligencia con que se trata de reparar después! Para los que sufren, y en la guerra son muchos si no todos, la visión de esa bandera de amor y de hermandad es como una venda color de rosa sobre sus ojos doloridos.

Entre tanto, en la famosa “recta” los camiones tanques que han logrado sortear las acechanzas del largo trayecto, llegan para ser pronto asediados por multitudes incontenibles. Los conductores se defienden como pueden contra ese montón enloquecido y sin freno. En la estación de llegada de los vehículos se han congregado representantes de todas las unidades que se hallan en la línea, enviados allí por orden y recado de sus superiores. Estos son los menos. Los más son los desesperados, enloquecidos por el demonio de la sed, que se han alejado de sus puestos de combate para saciar sus ansias y anticiparse así a los demás; sólo un pensamiento los domina, y es beber, beber antes que otro, beber siempre. El sentimiento de camaradería está embotado; nadie piensa en su compañero, en el prójimo que, más paciente o más disciplinado, continúa en primera línea el asedio al fortín enemigo. El tormento de la sed horada el cerebro de estos infelices con el hierro candente del más refinado egoísmo.

Otros hay que aparecen llevando a cuestas, y ensartadas entre dos palos, todo un rosario de caramañolas ajenas, y se resignan a esperar la distribución para poder llevar algo a sus camaradas de la línea de fuego. Cientos de recipientes y de jarros de todo tamaño y especie se agitan en el aire, reclamando prioridad en la distribución que tarda en hacerse. El desbarajuste, engendrado por la impaciencia, toma cuerpo y avanza con el rugido amenazador de una tempestad, tempestad de apetitos inmoderados e inmoderables, que ahoga todo lo bueno, todo lo generoso con que el humano suele cubrir su primitiva complexión de irracional. Brilla el sable de un gendarme militar que, jinete en zaino de escuálida figura, intenta poner orden en aquel tumulto, pero es pronto arrancado de su cabalgadura y echado por tierra a manos de los que, con la furia de un mar embravecido, avanzan incontenibles sobre los vehículos. Suena un tiro, no se sabe de dónde, y la sangre dibuja una rúbrica sobre el tostado barrizal del camino. Los sedientos trepan a los camiones y allí, a golpe de puño o de yatagán, se disputan la primicia de un sorbo de agua que apague ese incendio diabólico que los devora por dentro. Y en su egoísmo, comprensible al fin porque no es lícito pedir que en esta copia legalizada de las torturas infernales lo racional domine a lo animal, no comprenden que sus camaradas, más sufridos o menos audaces que ellos, no recibirán nunca ni una gota de esa agua, si en su distribución no entra el orden y la disciplina. De pronto, alguien, criminal inconciente, dispara su fusil contra el tanque de agua hasta ahora tenazmente defendido; el líquido salta a chorros y el montón –ese montón de conciencias sin conciencia- se arroja con ímpetu sobre la cinta de agua, se apretuja, cede y retrocede, para terminar lamiendo la tierra en cuya superficie apenas ha quedado una tenue humedad de lo vertido en esta orgía del deseo. Hasta que la presencia de un Jefe, sereno pero resuelto, impone su autoridad para restablecer la disciplina.

Tales fueron las escenas diarias de Boquerón. Al cabo de dos semanas largas, alguna organización se hizo y el agua ya no faltó, si bien nunca fue abundante, como no podía serlo porque los factores adversos estaban fuera del alcance de la voluntad humana en aquel sitio y por aquellos tiempos. Aquel triunfo aparente de la indisciplina, o mejor expresado, aquel desborde de una enajenación circunstancial, cuyos sufrimientos físicos, llevados al límite de lo humanamente soportable, hicieron saltar los resortes de toda reflexión, constituye un fenómeno de simple explicación patológica, sin relación alguna con los valores intrínsecos de la moral y del coraje. Fue tan solo una congestión transitoria, y sólo Dios sabe cuan justificada, de las facultades humanas. Los cuadros de desenfreno que con pálido e inadecuado colorido se ha ensayado pintar, no oscurecen sino que iluminan la gloria de Paraguay. Porque… a pesar de todo, los paraguayos vencieron en Boquerón. ¡Vencer al enemigo fue duro! Pero vencer a la sed ¡eso fue portentoso!

En el transcurso de aquellos catorce días que duró la penosa odisea de la falta de agua, las líneas paraguayas se mantuvieron firmes, sin que se aflojara un solo eslabón de la cadena de hierro que aprisionaba a los sitiados, no se descuidó un solo resquicio del vigoroso asedio que iba ahogando la resistencia enemiga. Y muy justo y conveniente es que así se proclame para que se haga carne en la conciencia pública que la reconquista de Boquerón no se hizo con un simple despliegue de fuegos de bengala ante un pávido adversario, sino agotando hasta las raíces mismas la energía humana para vencer al invasor, que bien se defendía, y a la sed que puso lo mejor de su empeño en hacer añicos aquella admirable capacidad de resistencia de la tropa paraguaya y en dislocar las aptitudes de mando de sus oficiales, cuya falta de experiencia estuvo suplida con una voluntad indoblegable. No es cierto, pues, como afirma un cronista de la guerra y conocido escritor, que el ejército paraguayo en Boquerón fue una turba, es decir, una “muchedumbre desordenada y confusa”, a estar por la definición académica, algo así como una legión de “sans-culottes”, extraños a toda ciencia y a toda virtud militar. El grifo abierto de un lirismo, no siempre serenamente encausado, no excusa ni autoriza el libre empleo de ciertos términos que, a más de ser inapropiados, resultan agraviantes. Agraviantes para la memoria de los que se fueron y para la dignidad de los que sobreviven. No, en Boquerón los paraguayos vencieron con un gran ejército, improvisado, es verdad, y pleno de las tareas de la improvisación, máxime de aquellas realizadas bajo el fuego enemigo, pero un gran ejército, no una turba. Grande, si no por los medios materiales, por su espíritu, por su energía, por su unidad absoluta de pensamiento y de acción. Con las “turbas” se triunfa a veces, en las callejuelas del motín y se asaltan barricadas derrochando coraje y entusiasmo; pero sólo con un Ejército se gana una batalla.

En Boquerón vencieron la ciencia, el valor y la fuerza, vale decir, la trilogía que encierra el secreto del éxito en toda operación de guerra.

Fuente 

Bray, Arturo – Primicia de sangre – Ed. El Lector – Asunción, Paraguay (1987). 

Efemérides – Patricios de Vuelta de Obligado. 

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