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domingo, 22 de febrero de 2026

Argentina y Chile: la disputa por la Patagonia, 1843–1881

Argentina y Chile: la disputa por la Patagonia, 1843–1881

Richard O. Perry

The Americas, Vol. 36, No. 3 (Jan., 1980), pp. 347-363





La estatua del Cristo de los Andes conmemora la finalización de una controversia limítrofe de sesenta años que, en varias ocasiones, llevó a la Argentina y a Chile al borde de la guerra.¹ El conflicto, resuelto amistosamente por el rey Eduardo VII de Inglaterra en 1902, se originó en el Tratado de 1881, por el cual ambas naciones acordaron por primera vez los límites en la Patagonia, en el Estrecho de Magallanes y en Tierra del Fuego, tal como hoy los damos por sentados. La disputa previa al Tratado de 1881 fue larga y amarga. Si bien la Patagonia y las áreas adyacentes eran, sin dudas, posesiones de la Corona española, la desatención oficial durante todo el período colonial impidió que cualquiera de los Estados sucesores contara con un título claro sobre ellas con base en el uti possidetis

El Tratado de 1881, que reconoció la soberanía argentina sobre prácticamente toda la Patagonia, es objeto de recriminaciones por parte de historiadores chilenos nacionalistas del siglo XX, con Francisco Encina a la cabeza.³ Ellos sostienen que Chile tenía derecho legal sobre la Patagonia y que, además, contaba con el poder para hacer valer ese reclamo. Al contrastar el Chile del siglo XX —limitado en recursos, cercado por la cordillera y opacado por el enorme potencial de su vecino del este— con la primacía que habría disfrutado en el siglo XIX, argumentan que fue el Tratado de 1881 el que alteró el equilibrio de poder en Sudamérica. En consecuencia, caracterizan ese tratado como una rendición, con la connotación de que allí se habría traicionado el “derecho de nacimiento” de Chile.

Examinar la validez de los reclamos históricos respectivos, basados en el uti possidetis, excede el alcance de este trabajo. Baste decir que ninguno de los dos países tenía un título tan claro como para estar dispuesto a arriesgar un arbitraje. El propósito aquí es, más bien, analizar si Chile realmente quería toda la Patagonia y si tomarla estaba dentro de sus capacidades. El tema fue sugerido inicialmente por un estudio que mostró que, para los líderes argentinos del siglo XIX, la “Conquista del Desierto” de 1878 y 1879 de Julio A. Roca —que puso fin a la lucha secular con los pueblos indígenas por la posesión de la pampa— tenía una significación estratégica como culminación de un concurso imperial con Chile, cuyo premio era la Patagonia.

La Constitución chilena de 1833 estableció como límites nacionales el Cabo de Hornos al sur y la cordillera de los Andes al este. Hacia el sur, Chile en la práctica ocupaba solo hasta el río Bío-Bío, en Concepción, y algunos puntos fuertes como Valdivia más allá. Los araucanos (mapuches) permanecían virtualmente soberanos al sur del Bío-Bío, bloqueando la expansión como lo habían hecho sus antepasados durante tres siglos. El gobierno tenía pocos incentivos para desplazarlos, y el sentimiento popular —alimentado por la epopeya de Ercilla— reforzaba esa reticencia. Hacia el este, la pampa y la Patagonia, pobladas por indígenas considerados feroces, eran poco conocidas y se tenían por poco valiosas. La atención chilena, como desde los primeros días de la colonia, se dirigía hacia el norte: Panamá, todavía un foco importante del comercio internacional, y Perú, al que Chile buscaba disputar la hegemonía comercial de la costa pacífica sudamericana.

La atención chilena se desplazó hacia el sur, al Estrecho, y hacia el este, a la Patagonia, con la llegada de la navegación a vapor. Los dos primeros vapores de la Pacific Steamship Navigation Company, el Chile y el Peru, navegaron desde Inglaterra a Valparaíso en 1840. En vez de seguir la ruta de vela por el Cabo de Hornos, pasaron por el Estrecho de Magallanes, transformándolo de manera dramática en una vía acuática internacional importante por primera vez. Pronto el vapor desviaría hacia Valparaíso gran parte del tráfico que entonces pasaba por Panamá, ofreciendo a Chile la supremacía comercial a la que aspiraba. El control del Estrecho se volvió de repente vital, económica y estratégicamente, para Chile. Su importancia también fue advertida por otros: en las décadas de 1820 y 1830 expediciones inglesas y francesas estudiaron la zona y, dado que ni Argentina ni Chile ocupaban el Estrecho —ni Patagonia ni Tierra del Fuego— se consideraba inminente una ocupación europea.

Por eso, Chile fundó el Fuerte Bulnes en la península de Brunswick en 1843 para afirmar su reclamo sobre el Estrecho y territorios adyacentes en la Patagonia. El gobierno del presidente Manuel Bulnes no dudaba de su derecho a ejercer soberanía en las inmediaciones del fuerte o de Punta Arenas, a cuyo entorno trasladó la colonia en 1849. Pero específicamente negaba tener derecho a ejercer soberanía sobre la porción oriental del Estrecho. Su acción precipitada buscaba impedir una intervención europea, no provocar una disputa con Argentina.

Buenos Aires protestó tardíamente en 1847. Siguió un debate intermitente que culminó en 1853 con la publicación de Miguel Luis Amunátegui, Títulos de la República de Chile a la soberanía y dominio del extremo sur del continente americano, que, apartándose de la posición tradicional chilena y de la Constitución de 1833, sostuvo que Chile tenía un reclamo válido —basado en documentos de la Corona— no solo sobre el Estrecho cerca de su colonia, sino también sobre toda la Patagonia. Sobre esa base, el territorio de Magallanes —con capital en Punta Arenas— se amplió para incluir el río Santa Cruz sobre el Atlántico. Los reclamos chilenos se extendieron al norte hasta el río Negro en el Atlántico y el río Diamante, a la latitud de Buenos Aires, en la cordillera. La evidencia histórica y los argumentos de Amunátegui se convirtieron en la base de la controversia posterior.

Sea cual fuere la validez legal de esos reclamos, la Constitución de 1833, al fijar la cordillera como límite, y el gobierno chileno, al renunciar en 1843 a la mitad oriental del Estrecho, los habían abandonado. Por eso, Chile utilizó el Tratado de 1856 —básicamente un acuerdo comercial entre Argentina y Chile— para intentar reactivar derechos. En su artículo 39, ambos países acordaron reconocer como fronteras las que cada uno poseía al separarse de España en 1810; resolver pacíficamente los litigios; y, si no lograban acuerdo, someterlos al arbitraje de una potencia amiga. Pero no se definió cuáles eran esos límites en 1810 ni qué reclamaba cada uno en 1856. Chile, así, obtenía un nuevo punto de partida para su estrategia de expansión. Las negociaciones se postergaron hasta la década de 1870, cuando el canciller chileno Adolfo Ibáñez impulsó conversaciones con el ministro argentino en Santiago, Félix Frías. Ambos atribuían gran importancia a la Patagonia, y a medida que avanzaba la década las discusiones se volvieron más amargas, llevando a ambos países al borde de la guerra en 1878.

Sin embargo, pese a reclamos ambiciosos, Chile mostró sorprendentemente poco interés por la Patagonia. Punta Arenas —su instrumento de ocupación efectiva del Estrecho— tenía apenas 202 habitantes en 1861. Además, era una colonia penal: una base frágil para un proyecto “imperial”. Recién en la década de 1870 se estabilizó con la introducción de ovinos desde las islas Malvinas. Aun así, sufrió tanto abandono que su guarnición se sublevó en noviembre de 1877 al grito de “¡Viva los argentinos!”. Chile no ocupó el río Santa Cruz, pese a reclamarlo como límite norte de Magallanes sobre el Atlántico, aunque la desatención argentina pudo haberlo permitido. Tampoco ocupó el extremo atlántico del Estrecho, que consideraba vital para su seguridad y desarrollo y que se volvió un punto central en las disputas de los años setenta.

En contraste con la precaria colonia del Estrecho, para la década de 1870 los chilenos habían ocupado claramente las laderas orientales de los Andes. La cordillera a la latitud de Buenos Aires, aislada físicamente por la aridez pampeana y por los indígenas hostiles del lado argentino, era geográfica y económicamente parte de Chile, y lo siguió siendo hasta fines del siglo XIX. Del mismo modo que los asentamientos del piedemonte oriental de Cuyo habían sido poblados desde Chile en tiempos coloniales, continuaron las migraciones cuando el lado oriental pasó a manos del Virreinato del Río de la Plata y luego de la República Argentina. El flujo anual oscilaba entre 800 y 1.000 personas incluso hacia 1879, y para ese año la población total sería de unos 30.000. Inicialmente concentrados a la latitud de Buenos Aires, se desplazaron progresivamente hacia el sur y finalmente ingresaron en el valle del Neuquén, frente al corazón araucano de Chile. Allí establecieron estancias de ganado vacuno y ovino conocidas como “Chilecitos”. Funcionarios chilenos residían entre ellos, y tanto los chilenos como los indígenas cordilleranos reconocían su autoridad.

Al sur del valle del Neuquén se encuentra el otro gran afluente del río Negro, el Limay, y el lago Nahuel Huapi, de donde nace. El lago está en el extremo norte de un gran corredor natural —la Depresión Preandina— que corre al pie de los Andes hasta el Estrecho. Descrito por primera vez por George Musters (que lo recorrió en 1869–70), era la única ruta terrestre hacia el Estrecho desde Chile o desde Buenos Aires. Es la parte más hospitalaria de la Patagonia; allí y en los valles fértiles que se abren hacia el desierto vivía la mayor parte de la población indígena. La Depresión Preandina, y no la costa atlántica, era la gran vía norte-sur y la clave para el control de la Patagonia por cualquiera de los dos Estados. Pero el flujo espontáneo de colonos desde Chile hacia ese corredor —que habría permitido a Chile controlar la Patagonia— fue bloqueado por las tribus araucanas al sur del Bío-Bío. Las comunicaciones chilenas con los Andes orientales no se extendían más allá del alto valle del Neuquén.

En la vasta región entre la cordillera y el Atlántico, hacia el sur hasta Punta Arenas, Chile procuró sostener su “ocupación efectiva” obteniendo reconocimiento de soberanía por parte de los indígenas. A los caciques se les otorgaban rangos militares, sueldos y regalos a cambio. Pero Argentina competía por esa lealtad, y los pueblos indígenas, defendiendo sus intereses, jugaban a uno contra otro.

Argentina tampoco evidenció mayor interés por la Patagonia que Chile. Hubo una colonia argentina en el río Negro en la década de 1840. Pero más al sur, la costa atlántica inhóspita había sido descuidada por el gobierno de Buenos Aires incluso en tiempos del Imperio español. Observadores del primer tercio del siglo XIX describían a la Argentina como delimitada por el Río de la Plata, la cordillera y el río Negro. El Estrecho parecía quedar fuera de su horizonte en los años 1840. Incluso Domingo Faustino Sarmiento —futuro presidente argentino, entonces exiliado en Santiago— había aconsejado al gobierno chileno fundar la colonia en el Estrecho y negado en 1847 que su país tuviera fundamentos para impugnarla. Sin embargo, las ambiciones argentinas hacia el sur se reflejan en un estudio de Pedro de Angelis (1852) que expone la pretensión argentina sobre la Patagonia, el Estrecho y Tierra del Fuego. El trabajo de Amunátegui al año siguiente fue la respuesta chilena.

El foco de la atención argentina hasta los años 1870 estuvo en el escenario internacional del Río de la Plata. Aun así, Argentina empezó a hacer valer sus reclamos patagónicos desde la década de 1860: se fundó una colonia en el río Chubut (costa central) y se instaló un puesto en el río Santa Cruz para comerciar con los indígenas. En los años 1870 se exploró sistemáticamente desde el río Negro al Santa Cruz y desde el Atlántico a la cordillera. Las expediciones más extensas y famosas fueron las de Francisco Moreno, cuyos informes publicados en Buenos Aires en 1878 —en plena tensión por la disputa limítrofe— reforzaron la decisión argentina de poseer la Patagonia.

En la práctica, sin embargo, Argentina no ocupó efectivamente ni siquiera hasta el río Negro hasta que se completó la Conquista del Desierto en 1879. La frontera pampeana se expandía y contraía según la fortuna de la guerra indígena. Hasta los años 1870 nunca se extendió más de cien millas desde el Río de la Plata; más al oeste, el límite sur estaba aproximadamente en la latitud de Buenos Aires. La pampa más allá de la frontera estaba dominada por indígenas a caballo que mantenían guerra constante contra sus vecinos argentinos y un comercio ganadero lucrativo con sus vecinos chilenos.

Estos indígenas eran araucanos cuyos antepasados —o ellos mismos— habían sido atraídos hacia el este desde la cordillera y desde Chile por los enormes rodeos de la pampa oriental. Esos rodeos eran el centro de su vida. El caballo era tan vital en la pampa como en las Grandes Llanuras de Estados Unidos. El ganado vacuno, en cambio, tenía importancia comercial: desde mediados del siglo XVIII se vendía en Chile a curtidores y a los saladeros que producían carne salada y charqui para los puertos del Pacífico. En los años 1870 el volumen anual del comercio se estimaba en 40.000 cabezas. Algunos observadores sostenían que era tan grande que perjudicaba el comercio legítimo entre provincias argentinas y Chile, y parece fuera de duda que afectaba el precio de la carne en el sur chileno.

El ganado ofrecido por los indígenas pampeanos se obtenía asaltando estancias de la frontera argentina. Durante el siglo previo a la Conquista del Desierto, la frontera fue escenario de un conflicto sangriento continuo: los indígenas buscaban participar de la riqueza animal de las llanuras orientales. Columnas guerreras provenientes de las tierras araucanas de Chile, que miraban hacia el este como una oportunidad de enriquecimiento, reforzaban a sus aliados de la pampa; los malones se parecían a una guerra sin cuartel. Atacaban sin aviso desde el desierto para arrear vacunos, caballos e incluso ovejas. Capturaban mujeres y niños cuando podían y luego se desvanecían hacia el desierto con el botín, dejando destrucción, muerte y terror. Las fuerzas militares argentinas parecían impotentes: las columnas montadas que perseguían en la pampa volvían a pie, derrotadas no por los indígenas —que solían eludirlas— sino por un adversario igualmente formidable: el desierto desconocido.

Los indígenas conducían el ganado hacia el oeste por una red de rastrilladas bien establecidas, marcadas por incontables cascos durante largos períodos. Las conocían como Caminos de los Chilenos; enlazaban las fronteras de las provincias argentinas con los pasos cordilleranos hacia Chile, ofreciendo pasturas, leña y agua en el trayecto. La mayoría cruzaba el río Neuquén e ingresaba en la actual provincia argentina del Neuquén. Hacia el oeste, la cordillera que hoy es frontera con Chile es relativamente baja, con varios pasos abiertos todo el año. Del otro lado estaban las tierras de los araucanos no sometidos y las provincias chilenas, principales mercados del ganado robado. Ese comercio de ganado sustraído, realizado con comerciantes chilenos, fue la causa más importante de la guerra que devastó la frontera argentina. Orientó vastas áreas hacia el Pacífico, en lugar de hacia el Río de la Plata, pese a las barreras de la pampa árida y los Andes. Y, a juicio de autoridades argentinas, le daba a Chile control e influencia sobre la pampa y un eventual medio militar para hacer valer su reclamo sobre la Patagonia.

En 1774 el jesuita inglés Thomas Falkner había llamado la atención sobre la desatención española de la Patagonia y sobre la factibilidad de conquistar Chile desde el Atlántico avanzando por el río Negro y cruzando la cordillera con tropas indígenas auxiliares. Un siglo después, autoridades argentinas creían que la desatención pampeana volvía a la Argentina vulnerable a un ataque similar desde Chile. Desde 1849, expediciones chilenas habían reconocido esa ruta “al revés”, desde Valdivia a las nacientes del Limay, afluente sur del río Negro. En 1862, el chileno Guillermo Cox, probando específicamente la hipótesis de Falkner sobre el río Negro como vía de comunicación entre Valdivia y el Atlántico, debió regresar por presión indígena en el Limay. Los indígenas pampeanos constituían una fuerza auxiliar potencial, como la que Falkner había imaginado; y había refuerzos disponibles en la cordillera y en Chile.

Autoridades argentinas sostenían que una guerra con Chile por la Patagonia no se libraría en la Patagonia ni en sus aguas, sino a lo largo del borde norte y este de la pampa. Indígenas reforzados por pocos regulares llevarían la guerra a la frontera argentina, mientras el ejército chileno cruzaría la baja cordillera neuquina y tomaría el río Negro y toda la Patagonia hacia el sur. Los indígenas servirían de “colchón” para asegurar la nueva frontera chilena en el río Negro frente a ataques argentinos por tierra, mientras la marina chilena garantizaría la seguridad patagónica por mar. Los argentinos creían factible esa estrategia: se decía que indígenas cordilleranos habían ofrecido asistencia militar a Chile cuando la crisis alcanzó el umbral de guerra en 1878.

El peligro se agravaba por las relaciones argentinas con sus vecinos platenses. Argentina estuvo en la Guerra del Paraguay (1865–1869), durante la cual los indígenas devastaron la frontera. Al terminar la guerra y poder volver la atención al oeste y al sur, pareció inminente un conflicto con Brasil por el Chaco paraguayo. Incluso cuando ese riesgo cedió, Argentina debió ponderar la actitud brasileña ante cualquier decisión que pudiera llevarla a un conflicto con Chile. Una alianza chileno-brasileña, o un ataque chileno coincidente con una crisis en el Plata, incrementaría la vulnerabilidad de la frontera pampeana a un asalto con auxiliares indígenas.

Las actividades argentinas para fortalecer su reclamo patagónico en las décadas de 1860 y 1870 fueron acompañadas por acciones para arrebatar el control de la pampa a sus dueños indígenas. La estrategia básica era interponer un cordón militar entre indígenas y estancias para negarles el acceso a los rodeos del este y, así, privarlos no solo del ganado sino de los caballos de los que dependía su existencia. La estrategia se volvió más eficaz con el correr de la década. Las campañas de Roca en 1878 y 1879 buscaban establecer la frontera militar sobre los ríos Negro y Neuquén, creando una barrera natural, defendible, que terminara de manera permanente con el comercio ganadero y trajera paz a la pampa. Pero, desde la mirada argentina, Chile no podía permitirlo. Los incidentes jurisdiccionales en el lejano sur, cada vez más frecuentes, se interpretaron como parte de una maniobra chilena para desviar la atención nacional de la frontera pampeana y, sobre todo, forzar la postergación de la campaña de Roca, para que los indígenas conservaran su predominio y su potencial como auxiliares en una futura guerra por la Patagonia.

Dos semanas después de que Chile declarara la guerra a Bolivia y Perú (Guerra del Pacífico) en abril de 1879, Roca inició la campaña final de la Conquista del Desierto. La frontera argentina se estableció sobre los ríos Negro y Neuquén. Por primera vez, la autoridad nacional se ejerció sobre toda la pampa. La cordillera y sus habitantes chilenos también quedaron bajo control argentino. Además, la nación obtuvo bases avanzadas para proyectar su poder hacia el sur por la Depresión Preandina, por diplomacia o por la fuerza. Pero para Roca lo decisivo fue que la Conquista del Desierto terminó con el comercio ganadero y, con él, la influencia chilena en la pampa, negándole a Chile el medio militar para hacer valer su reclamo patagónico. Desde entonces, las autoridades argentinas consideraron que un tratado fronterizo satisfactorio era cuestión de tiempo.

Para los revisionistas del siglo XX, Chile “perdió su cita con el destino” al no presionar su reclamo patagónico cuando habría podido hacerlo con éxito. Sin embargo, cabe preguntarse si los líderes chilenos del siglo XIX alguna vez tuvieron la ambición de toda la Patagonia. La navegación a vapor, que volcó a Chile hacia el Estrecho, coincidió con el descubrimiento del valor comercial del guano como fertilizante, que reforzó simultáneamente su preocupación por el norte. Chile competía con Perú por la hegemonía pacífica y disputaba con Bolivia los derechos minerales en Antofagasta, lo que culminó en la Guerra del Pacífico. Además, muchos líderes chilenos no estaban convencidos por los argumentos de Amunátegui. Y existía una creencia extendida —basada en parte en Darwin— de que la Patagonia era inútil. Era evidente que Argentina pelearía por retenerla, y había consenso en Chile en que, si bien el Estrecho era vital para su futuro, el resto de la Patagonia no valía una guerra.

En 1865 Chile envió a Buenos Aires su primera misión diplomática desde el inicio del conflicto limítrofe, con el objetivo de resolverlo. La prensa porteña, que sostuvo con combatividad la posición argentina, acusó a Chile de querer la guerra para tomar la Patagonia. Pero el enviado chileno José Lastarria era escéptico tanto sobre el valor de la Patagonia como sobre el reclamo chileno. Ignorando instrucciones de sostener los reclamos sobre Patagonia además del Estrecho, insistió en que la Patagonia era posesión argentina y no estaba en discusión. Propuso un arreglo por el cual Chile recibiría toda Tierra del Fuego, la mayor parte del Estrecho y territorio al norte suficiente para seguridad y desarrollo. En Patagonia sugirió una frontera por las bases orientales de la cordillera aproximadamente hasta la latitud del Nahuel Huapi.

Los intereses de Lastarria se limitaban claramente al Estrecho: buscaba asegurar su porción occidental y garantizar comunicación terrestre entre Punta Arenas y Chile vía Nahuel Huapi y la Depresión Andina. Mientras negociaba, el ejército chileno avanzaba contra los araucanos, lo que podía volver accesible esa ruta. Pero su propuesta abandonaba a Argentina la cordillera oriental al norte del lago, precisamente el único sector de “Patagonia” que Chile ocupaba efectivamente. Se ha especulado que incluso al sur del lago Lastarria habría aceptado la cresta andina como frontera, dejando toda la cordillera oriental a Argentina, si con ello lograba sus objetivos en el Estrecho. En definitiva, su posición se parecía a la del gobierno de Bulnes en 1843: no aseguraba siquiera el Estrecho completo, mucho menos la Patagonia. El gobierno chileno desaprobó su propuesta, pero no la desautorizó. Argentina, concentrada en la Guerra del Paraguay, no insistió y el tema quedó estancado el resto de los años sesenta.

La disputa se reactivó en serio cuando el canciller chileno Adolfo Ibáñez la retomó en 1872. Ibáñez estaba convencido de los derechos chilenos sobre la Patagonia y era de los pocos en Chile que consideraba el área importante. Previendo la futura grandeza argentina, creía que solo la Patagonia permitiría a Chile mantener el equilibrio. La incomodidad argentina de comienzos de los años 1870, con riesgo de guerra con Brasil por las secuelas de la Guerra del Paraguay, pareció ofrecer una oportunidad. Pero la pugna por Patagonia se desarrolló bajo la sombra de rivalidades más antiguas en el Pacífico y también en el Plata.

Ibáñez buscó aprovechar la situación; Perú y Bolivia firmaron un pacto secreto contra Chile e invitaron a Argentina a sumarse. Sarmiento llevó el tema al Congreso. Sin embargo, el peligro para los intereses chilenos en los yacimientos salitreros de Antofagasta limitó las ambiciones de Ibáñez en Patagonia. En la retórica de la disputa, podía afirmar que toda la Patagonia pertenecía a Chile, pero en la práctica buscaba el Estrecho y una porción de la costa atlántica, y retener los valles de la cordillera oriental ocupados por ganaderos chilenos, considerados indispensables como complemento de la limitada agricultura del Chile central. A medida que avanzaban negociaciones, moderó su posición y ofreció dividir la Patagonia a lo largo del paralelo 45, aproximadamente por la mitad. Estaba dispuesto a ceder pasturas de las laderas orientales e incluso la comunicación terrestre con Punta Arenas a cambio del Estrecho y una frontera sobre el Atlántico. La Patagonia tenía un valor meramente potencial; las campañas chilenas contra los araucanos se habían cancelado en 1870 y los accesos terrestres al sur seguían cerrados. El Estrecho, en cambio, era la principal ruta del comercio europeo al Pacífico y su posesión era vital. Ibáñez se lo explicó al ministro argentino Félix Frías: la posesión del Estrecho en toda su extensión era tan importante para Chile que de ella dependían no solo su progreso, sino su existencia como nación independiente.

Para los chilenos, “todo el Estrecho” implicaba una frontera sobre el Atlántico. Argentina concedía la porción occidental del Estrecho y la mitad de Tierra del Fuego, pero no aceptaba un enemigo potencial en su flanco sur y buscaba impedir que Chile ocupara cualquier porción de la costa atlántica, ya fuera en Patagonia o en Tierra del Fuego. Ese punto —y no la posesión de toda la Patagonia— fue el núcleo del conflicto durante el resto de la década. En el Tratado de 1881, cuando Argentina cedió a Chile el Estrecho entero, trazó la frontera de modo de excluir a Chile del Atlántico y obtuvo el compromiso de que el Estrecho no sería fortificado.

El debate Ibáñez–Frías continuó tres años. Sin acuerdo, la acción pasó a Buenos Aires: el canciller argentino Carlos Tejedor y el ministro chileno Guillermo Blest Gana acordaron en 1874 someter el tema a arbitraje, el primero de tres intentos infructuosos. Ninguno quiso arriesgar un fallo. Avellaneda anuló el acuerdo en 1875. En 1876 Chile reabrió negociaciones y envió a Diego Barros Arana como ministro, con instrucciones conciliadoras. Chile ya no pedía el paralelo 45, sino el río Santa Cruz o, como mínimo, el río Gallegos: en los hechos, pretendía el Estrecho y el límite natural más cercano al norte, lo que igual le daba presencia atlántica.

Hacia 1876, los problemas argentinos con Brasil y Paraguay se encaminaban a cerrarse y la actitud argentina se endureció. En el área disputada entre el Santa Cruz y el Estrecho, ambos Estados comenzaron a ejercer soberanía otorgando licencias para cargar guano y sal, expulsando buques autorizados por el otro. En 1876, Chile capturó el buque francés Jeanne Amelie que cargaba guano con licencia argentina: la prensa argentina clamó por guerra. Barros Arana firmó luego nuevos acuerdos de arbitraje con Irigoyen (mayo de 1877) y Elizalde (enero de 1878). En ambos, Chile aceptó las cumbres más altas de los Andes como frontera, reconociendo así que la Patagonia pertenecía a Argentina. Lo que quedaba por arbitrar era dónde trazar la línea en el Estrecho. Mientras tanto, se acordó jurisdicción interina: Argentina en todo el Atlántico hasta la boca del Estrecho; Chile en todo el Estrecho. Los negociadores sabían que esa delimitación interina influiría en el árbitro y que, en los hechos, estaban dibujando la frontera futura.

Chile volvía a su posición tradicional de la cordillera como límite oriental. La única herencia de Amunátegui y del Tratado de 1856 era su ambición por la porción oriental del Estrecho. Con modificaciones menores, esos acuerdos serían el Tratado de 1881 y el mapa actual. Pero en 1878 ninguno estaba listo: Chile quería un límite natural en el Atlántico (al menos el Gallegos) y Barros Arana había ido más allá de sus instrucciones; fue llamado en mayo de 1878.

Entretanto, la relación se deterioró. Argentina exigía cooperación chilena para terminar con el comercio ganadero entre indígenas y comerciantes chilenos; la negación y la falta de ayuda aumentaron el resentimiento. A la vez, incidentes entre Santa Cruz y el Estrecho elevaron la tensión: Chile capturó la Jeanne Amelie (1876), Argentina expulsó a la estadounidense Thomas Hunt (1877), y el buque argentino Fulminante explotó misteriosamente en Buenos Aires ese mismo año, desatando acusaciones y gritos de guerra. En Chile, donde la opinión pública había sido relativamente indiferente a los incidentes patagónicos, estallaron manifestaciones contra Argentina en Santiago en 1878. En ese clima, Chile apresó otra nave licenciada por Argentina, la Devonshire (registro estadounidense), y una escuadra argentina zarpó al sur mientras ambos se preparaban para la guerra.

Para Chile, la Guerra del Pacífico estaba a meses; para Argentina, al umbral del crecimiento extraordinario de los años 1880, la prioridad era la paz y el desarrollo. En Argentina se sentía que en una década el país sería lo bastante poderoso para tomar el territorio en disputa sin las incertidumbres de una guerra. El peligro de un conflicto que ninguno deseaba llevó a un nuevo acuerdo de arbitraje: el tercero, firmado en Santiago en diciembre de 1878 por el canciller chileno Alejandro Fierro y el cónsul argentino Mariano de Sarratea. Como antes, jurisdicción interina: Argentina en el Atlántico, Chile en el Estrecho. Aunque se estipuló que no influiría en el árbitro, implicaba que Chile abandonaba su posición atlántica; hubo oposición en su prensa. Pero la inminente guerra con Perú y Bolivia hacía deseable la paz con Argentina y Chile ratificó en enero de 1879. Argentina, ya aliviada por el estallido del conflicto en el Pacífico, rechazó oficialmente el pacto en julio de 1879 y, tras la partida del ministro chileno José Balmaceda, las relaciones quedaron casi cortadas.

En Argentina, el sentimiento anti-chileno era tan intenso que hubo apoyo para aliarse con Perú. Pero no convenía entrar. Se esperaba que incluso un Chile victorioso quedara debilitado, permitiendo a Argentina imponer un arreglo. Sin embargo, cuando Chile, tras victorias sorprendentes, anunció que retendría permanentemente Antofagasta y Tarapacá, Argentina temió que el arreglo pudiera ser dictado por Chile y reconoció la ventaja de negociar mientras Chile seguía en guerra. Al mismo tiempo, las ambiciones territoriales de Chile generaron una ofensiva diplomática en su contra por parte de no beligerantes opuestos a la expansión por guerra. Argentina, sin sumarse al conflicto, adoptó una actitud benevolente hacia los aliados y jugó un papel importante en maniobras diplomáticas para contener a Chile. Chile empezó a advertir que un acuerdo patagónico satisfactorio podía inducir a Argentina a darle “mano libre” para cerrar la Guerra del Pacífico.

La expectativa de que incidentes como el de la Devonshire se repitieran llevó al secretario de Estado James G. Blaine a alentar a los representantes estadounidenses en ambos países a facilitar una solución. Con relaciones casi cortadas desde mediados de 1879, los ministros de Estados Unidos en Chile (Thomas A. Osborn) y en Argentina (Thomas O. Osborn) mediaron aprovechando el cambio de actitudes. El Tratado de 1881, firmado en julio y ratificado en octubre, reprodujo los acuerdos que Barros Arana había alcanzado con Irigoyen (1877) y Elizalde (1878). Estableció los límites actuales en Patagonia y Tierra del Fuego: Chile recibió el Estrecho de Magallanes íntegro; Argentina recibió la Patagonia y logró impedir que un enemigo potencial se asentara en su flanco sur; Chile quedó excluido de la costa atlántica y, aunque avanzó hasta la entrada al Atlántico, aceptó que el Estrecho no fuese fortificado.

El Tratado de 1881 contenía los gérmenes de una controversia posterior. La cláusula que fijaba la frontera en “las cumbres más elevadas que dividen las aguas” asumía que la cresta más alta coincide con la divisoria de aguas; en realidad, no siempre. Al sur del paralelo 41, la cresta más alta estaba de un lado y la divisoria del otro. Con Argentina reclamando la primera y Chile la segunda, y sin concesiones, la disputa volvió al borde de la guerra hasta resolverse por arbitraje en 1902.

Pero así como el tratado ignoró realidades geográficas, las recriminaciones de historiadores nacionalistas chilenos también suelen ignorar la realidad de las relaciones internacionales del siglo XIX. Para Chile eran vitales la riqueza mineral del Atacama al norte y el Estrecho al sur. Pese a la visión de Amunátegui de una “Patagonia chilena” y a la importancia estratégica que líderes argentinos atribuían a la Conquista del Desierto, Chile mostró consistentemente disposición a conformarse con el Estrecho y solo la porción de Patagonia necesaria para asegurarlo. Incluso Ibáñez estaba dispuesto a canjear los valles andinos por el Estrecho. La cuestión real era si debía existir una presencia chilena en el Atlántico. No hay evidencia de que Chile realmente quisiera toda la Patagonia, pese a sus reclamos, ni parece que tomarla estuviera dentro de sus capacidades. Chile no podía obtener Patagonia sin guerra con Argentina, porque Argentina no aceptaría a Chile como vecino meridional. Pero un conflicto así habría empujado a Argentina a la alianza ofrecida por Perú y Bolivia, poniendo en riesgo intereses chilenos vitales en el norte y en el sur. Que la riqueza del Atacama resultara efímera y que el potencial agropecuario de la Patagonia se volviera un complemento necesario para las tierras restringidas de la vertiente pacífica son hechos del siglo XX. En la perspectiva del siglo XIX, entre la certeza mineral del norte y las posibilidades vagas de una tierra desconocida, poblada por “salvajes” hostiles, solo podía haber una elección.

Argentina and Chile: The Struggle for Patagonia 1843-1881

Source: The Americas, Vol. 36, No. 3 (Jan., 1980), pp. 347-363
Published by: Academy of American Franciscan History
Stable URL: http://www.jstor.org/stable/981291.
Accessed: 21/11/2014 18:17



miércoles, 18 de febrero de 2026

Guerra del Paraguay: El Tratado Machaín-Irigoyen

El Tratado Machaín-Irigoyen: su firma en 1876, la definición de la frontera y su impacto duradero entre Argentina y Paraguay

El acuerdo, firmado el 3 de febrero de 1876 en Buenos Aires, descartó cualquier cesión territorial. A partir de ese entendimiento quedó ratificada la soberanía argentina sobre Misiones y Chaco.
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El Chaco Boreal se resolvió después; nunca hubo cesión de Misiones ni Bermejo-Pilcomayo al Paraguay | Collage

El 3 de febrero de 1876 marcó un punto de inflexión irreversible para la geopolítica del Cono Sur. En Buenos Aires, el canciller argentino Bernardo de Irigoyen y el representante paraguayo Facundo Machaín estamparon sus firmas en el documento que pondría fin a una de las disputas territoriales más tensas y prolongadas de la región: el Tratado de Límites que cerraba las heridas administrativas de la Guerra de la Triple Alianza.

A un siglo y medio de aquel evento, la configuración actual de las provincias del noreste argentino y la fisonomía de la soberanía paraguaya no pueden entenderse sin desglosar los términos de este acuerdo, que fue tanto un ejercicio de diplomacia pragmática como un alivio para una nación paraguaya que luchaba por su supervivencia tras el conflicto.


El acuerdo establece el límite oeste por el canal principal del río Paraguai hasta el Pilcomayo

La consolidación de Misiones y el Chaco Central

Uno de los pilares fundamentales del tratado fue la resolución del destino de la Provincia de Misiones. El acuerdo ratificó de manera definitiva la soberanía argentina sobre este territorio, extinguiendo las antiguas pretensiones paraguayas que se remontaban a la época colonial y la etapa de la independencia.

Sin embargo, el punto de mayor fricción se encontraba en el Gran Chaco. El tratado estableció una división clara basada en los cursos de agua:

-Franja Bermejo-Pilcomayo: El Paraguay renunció a toda reclamación sobre el territorio comprendido entre los ríos Bermejo y Pilcomayo. Esta franja quedó bajo dominio argentino, integrando lo que hoy conocemos como parte de las provincias de Formosa y Chaco.

-El arbitraje de Hayes: El área situada entre el río Pilcomayo y el río Verde fue sometida al arbitraje del presidente de los Estados Unidos, Rutherford Hayes, quien fallaría a favor de Paraguay en 1878.
Un contexto de pragmatismo y presión

El tratado de 1876 no surgió de un vacío. Argentina, que había mantenido la tesis de que "la victoria no da derechos" —frase acuñada por el propio Mariano Varela años antes—, tuvo que equilibrar sus intereses territoriales con la necesidad de evitar la absorción total de Paraguay por parte de las ambiciones del Imperio del Brasil.

Un correntino, eslabón clave de una banda narco, fue procesado en Córdoba tras 13 años prófugo

Para Paraguay, la firma representó una cesión dolorosa. Con la capital aún bajo ocupación de las tropas aliadas y una economía devastada, la definición de fronteras le permitió iniciar un proceso de reconstrucción institucional y soberana.

sábado, 1 de febrero de 2025

Crisis del Beagle: La Navidad del 78 y la actividad de Samoré

Diciembre de 1978, una Navidad al borde de la guerra entre Chile y Argentina


Las dictaduras de Pinochet y Videla casi provocan un conflicto por el canal de Beagle que podría haber tenido alcance continental.

La Nueva Tribuna


Augusto Pinochet y Jorge Videla



 

Cuarenta y cinco años después de que Argentina y Chile estuvieran al borde de la guerra por unos islotes en el canal de Beagle, en el pequeño pueblo de pescadores de Puerto Almanza, del lado argentino del canal, todavía se pueden ver una serie de cañones abandonados, mudos testigos de un conflicto que estuvo a solo unas horas de desatarse, enfrentando a las dos dictaduras más espantosas del Cono Sur. Hoy, ese lugar es un punto turístico apreciado por las magníficas centollas que se pescan en el lugar. Y permite ver al otro lado del canal la pequeña localidad chilena de Puerto Williams. Un paisaje maravilloso, pero que 45 años atrás estuvo a punto de transformarse en un infierno.

Cañón abandonado en Puerto Almanza, del lado argentino del canal de Beagle. (Imagen: Gabriela Máximo)

Las 22.00 del día 22 de diciembre de 1978, un viernes, era el momento en que debería comenzar el ataque argentino a la isla Nueva, una de las tres en disputa con Chile, en la desembocadura del canal de Beagle -las otras dos son Picton y Lennox-, iniciando lo que el régimen militar de Argentina bautizó como Operación Soberanía. El conflicto llevó a la mayor movilización de tropas en la historia de ambos países. La cancillería argentina llegó a enviar telegramas secretos a sus embajadores en el que se les informaba que en 24 horas debían comunicar a los países respectivos que Argentina estaba en situación de guerra con Chile.

La flota argentina había partido horas antes, estando compuesta por un portaaviones, un crucero, cuatro destructores, dos corbetas y cuatro submarinos. Los esperaban tres cruceros, cuatro destructores, tres fragatas y tres submarinos chilenos, desplegados en el área de operaciones. Los chilenos que sintonizaban el día 19 el noticiario matinal de Radio Minería, escucharon cómo el canciller argentino decía que se había agotado el tiempo de las palabras y comenzaba el tiempo de la acción en las relaciones con Chile.

“Atacar y destruir cualquier buque enemigo en aguas territoriales chilenas”, dijo el jefe de la Armada, José Toribio

El vicealmirante chileno Raúl López Silva, a cargo de la Escuadra Nacional de su país, había recibido un mensaje del almirante José Toribio Merino, jefe de la Armada y uno de los 4 miembros de la Junta Militar, afirmando: “Prepararse para iniciar acciones de guerra al amanecer, agresión inminente”. Horas después recibiría esta orden, escueta, de solo diez palabras: “Atacar y destruir cualquier buque enemigo en aguas territoriales chilenas”. El embajador de EEUU en Chile había entregado al canciller Cubillos fotografías satelitales mostrando el avance de tropas argentinas hacia Chile en todas las zonas de frontera, norte, centro y sur.

Un audio del comandante del destructor Portales, el capitán de navío Mariano Sepúlveda se conocería tiempo después: “Se estima que la escuadra argentina llegará al objetivo en las primeras horas de mañana 20. ¡Que cada uno de nosotros cumpla con su deber!”.

Las condiciones del mar eran absolutamente desfavorables, con olas gigantescas y una lluvia torrencial, que hacía imposible llevar a cabo la misión. El movimiento del mar impedía que los 15 aviones que llevaba el portaaviones argentino 25 de Mayo pudieran despegar. Por tanto el portaaviones debía ser custodiado por naves que pasaban de ofensivas a defensivas. Pero, además, acababan de dar fruto las negociaciones para que el Papa Juan Pablo II interviniera. Es por eso que a las 18.30 los buques argentinos recibieron la orden de cambiar de rumbo y regresar a sus bases. Faltaban solo tres horas y media para que se iniciara la Operación Soberanía, cuando los argentinos empezaban a dar la vuelta. El radiograma firmado por el general Roberto Viola ordenando suspender las acciones, informaba que se aceptaba la mediación papal “momentáneamente”. Un fallo en el sistema de comunicación hizo que las unidades que debían invadir por tierra territorio chileno desde la provincia de Neuquén, no recibieran el mensaje y a las 20.00 tropas de la X Brigada de Infantería penetraron en territorio enemigo. Hubo que enviar helicópteros para parar esta incursión.

“En una misa con un capellán nos dieron la extremaunción y nos repartieron las chapas de identificación para nuestros futuros cadáveres, con grupo sanguíneo, y a la vez firmamos un testamento para nuestras familias”, le dijo años después a la BBC Marcelo Jorge Kalen, entonces un soldado argentino de 19 años, comando paracaidista. 

Para Chile no era una novedad ir a la guerra con alguno de sus vecinos por conflictos limítrofes, pero con Argentina no se había llegado a un enfrentamiento armado

Para Chile no era novedad ir a la guerra con alguno de sus vecinos por conflictos limítrofes. Entre 1879 y 1883, libró la Guerra del Pacífico. Y entre 1836 y 1839, se enfrentó a la Confederación Peruano-Boliviana. Pero con Argentina, a pesar de los numerosos litigios fronterizos no se había llegado a un enfrentamiento armado.

A esta situación de 1978 se llegó después de que Argentina no acató la resolución adoptada por una Corte formada por juristas internacionales, bajo el arbitrio de la Corona Británica, que declarara las islas territorio chileno. Los dos países se habían sometido voluntariamente al arbitraje, pero el gobierno militar argentino declaró el fallo “insanablemente nulo”.

A partir de ahí Argentina comenzó a prepararse para la guerra. En el centro de control aeronáutico situado en el cerro Renca, cerca de Santiago, empezaron a detectar cazas argentinos entrando a territorio de Chile. Los aviones se retiraban en cuanto los chilenos despegaban para interceptarlos.


Cañón abandonado. (Imagen: Gabriela Máximo)

A lo largo del mes de noviembre de este 1978, Argentina convocó a los soldados que habían concluido el año anterior el servicio militar, para sumarse a los que todavía estaban prestando servicio y en diciembre hubo una concentración inédita de tropas en el sur y en toda la frontera con Chile. Junto a la movilización, hubo ejercicios de oscurecimiento en ciudades como Mendoza, próxima a la frontera, y también en Buenos Aires. Una ruta de la provincia de San Juan, fronteriza con Chile, fue ensanchada para permitir el aterrizaje de aviones. Hubo algunos comandos de ambos países que se infiltraron en territorio enemigo, llegando a producirse tiroteo. Un capitán argentino fue detenido en la ciudad chilena de Puerto Natales. Buques argentinos ingresaban a aguas que los chilenos consideraban suyas, maniobras que eran interpretadas por Chile como intentos de provocar incidente.

La mayor parte de la prensa argentina contribuyó al clima bélico. Numerosos ciudadanos chilenos fueron detenidos y deportados, sobre todo en Trelew y Comodoro Rivadavia. Había 350.000 chilenos viviendo en la Patagonia argentina y 200.000 en otras ciudades. Turistas del país vecino fueron hostilizados.

La Operación Soberanía contemplaba que los argentinos invadirían las islas en disputa, al tiempo que 15.000 efectivos y 200 tanques del V Cuerpo del Ejército cruzarían la frontera para apoderarse de Puerto Natales y de ahí seguir hacia Punta Arenas. Unos 1.500 paracaidistas debían saltar sobre Punta Arenas y otros tantos sobre las islas en conflicto. Efectivos del III Cuerpo, al mando del general Luciano Benjamín Menéndez, ingresarían a Chile a la altura de Temuco, Valdivia y Puerto Montt, para llegar a Valparaíso, el principal puerto del país. Y en el norte, al frente de los hombres del I Cuerpo de Ejército, estaba preparado para intervenir el general Leopoldo Fortunato Galtieri –el mismo que cuatro años más tarde, como jefe de la Junta Militar, desataría la guerra de las Malvinas.

“Cruzaremos los Andes, les comeremos las gallinas, violaremos a las mujeres y orinaré en el Pacífico”, aseguró el general Luciano Benjamín Menéndez

Los argentinos se jactaban de que iba a ser un paseo. Tenían una importante superioridad aérea, con varias bases cerca de la cordillera, con lo que podían ingresar a territorio chileno en cuestión de minutos. El general Luciano Benjamín Menéndez, el principal promotor de la guerra, soñaba con desfilar por las calles de Santiago e hizo varias declaraciones incendiarias, como que el brindis de fin de año lo harían en el Palacio de La Moneda “y después iremos a orinar el champagne en el Pacífico”. A los 40 años del conflicto, el general Martín Balza dijo, en un artículo en Infobae, que la frase de Menéndez fue todavía más brutal: “Cruzaremos los Andes, les comeremos las gallinas, violaremos a las mujeres y orinaré en el Pacífico”, habría dicho el comandante.

Los chilenos fueron mucho más discretos. En Chile también se movilizaron tropas, pero de noche, para no alarmar a la población. Los medios chilenos, contrariamente a lo que sucedía en Argentina, mantenían la reserva. El general Fernando Matthei, miembro de la Junta, diría años más tarde: “Decidimos mantener la boca cerrada, cuidar nuestro lenguaje, no hacer declaraciones altisonantes, patrioteras ni chauvinistas”. El entonces canciller, Hernán Cubillos, diría  dos décadas después que “estaba seguro que tras una prolongada guerra, las fuerzas chilenas llegarían a invadir Buenos Aires”.

El propio dictador Augusto Pinochet, que asumió personalmente el manejo del conflicto, le dijo a la periodista María Eugenia Oyarzún que el ejército chileno tuvo 10.000 hombres dispuestos a llegar hasta la ciudad argentina de Bahía Blanca -poco más de 600 kilómetros al sur de Buenos Aires- y desde ahí cortar todos los pasos hacia el sur, dividiendo a la Argentina en dos. Reconoció que un triunfo militar sobre Argentina habría sido muy difícil: “Se habría tratado de una guerra de montonera, matando todos los días, fusilando gente, tanto por parte de los argentinos como por la nuestra”.

Si la guerra hubiera estallado, se habría podido convertir en un conflicto a nivel continental con costos altísimos para los dos países. Según el periodista argentino Bruno Passarelli, autor de El delirio armado (Sudamericana, 1998). El embajador norteamericano en Buenos Aires, Raúl Castro, le advirtió al general argentino Carlos Suárez Mason: “No va a ser una guerrita circunscripta a la posesión de las islas, sino una guerra total en la que los muertos de ambas partes, solo en la primera semana, se ha calculado que serán unos 20.000”.

Los chilenos temían que la ocasión fuera aprovechada por los vecinos Bolivia y Perú, con los cuales tenían viejas pendencias limítrofes. Es lo que en la jerga militar se conocía como HV3, Hipótesis Vecinal 3, conflicto armado con los tres vecinos, de manera simultánea. El 17 de marzo de 1978 el dictador boliviano Hugo Banzer había roto relaciones diplomáticas con Chile, iniciando una ofensiva en la ONU y la OEA a favor de una salida al mar para su país. En octubre de ese mismo año, el dictador argentino Jorge Videla se reunió con el general Pereda, que acababa de derrocar a Banzer y firmaron un comunicado apoyando el pedido de salida al mar de Bolivia, así como la soberanía argentina en el Atlántico Sur, incluyendo Malvinas y el Beagle.

En Perú, el gobierno militar encabezado por el nacionalista de izquierda Juan Velasco Alvarado, que había mantenido buenas relaciones con el gobierno socialista chileno de Salvador Allende, se venía preparando para el conflicto con Chile para recuperar Arica, y tenía armamento soviético que lo colocaba en una situación favorable, frente al embargo de armas que venía sufriendo la dictadura de Chile desde 1976. Pero a esta altura Velasco estaba ya muy enfermo y su sucesor, el general Francisco Morales Bermúdez dio un golpe de timón al centro.

“La situación en la base de Punta Arenas era una verdadera pesadilla. Los aviones estaban a la intemperie y sin protección de ninguna especie", reconoció años más tarde el general chileno Matthei

En 1978, Chile tenía una población de 11,1 millones de habitantes y Argentina de 26,4. La economía argentina era cuatro veces la chilena. El gasto militar era de 750 dólares por habitante en Chile y 1.600 en Argentina. El general Matthei reconocería años más tarde que la Fuerza Aérea chilena no estaba preparada para la guerra, con los pocos efectivos disponibles concentrados en el norte, ante la perspectiva de la guerra con Perú. “La situación en la base de Punta Arenas era una verdadera pesadilla (…) Los aviones estaban a la intemperie y sin protección de ninguna especie, de manera que cualquier aparato argentino podía verlos y ametrallarlos. Pero esto no quiere decir que el resultado de la guerra estaba decidido".

Ese 1978, los militares argentinos vivían un momento de euforia. La selección de fútbol que dirigía César Luis Menotti -con Kempes, Passarella, Alonso, Ardiles y Bertoni entre sus jugadores más destacados- acababa de ganar el mundial celebrado en el propio país, apenas se hablaba de la represión y los desaparecidos y la condena internacional no era tan unánime.

En Chile, el régimen estaba con tensiones internas. Pinochet convocó un referéndum en enero para conseguir un respaldo a su persona, tras las sucesivas condenas de la comunidad internacional por violaciones a los derechos humanos. La presión de los EE.UU. por el asesinato en Washington de Orlando Letelier se hizo insoportable. El hallazgo de restos de campesinos enterrados clandestinamente en una mina de cal en Lonquén, desmentía la teoría oficial que negaba la existencia de desaparecidos. Y el general Gustavo Leigh, que venía siendo cada vez más crítico con Pinochet y sus planes políticos y económicos, acabó perdiendo el pulso que mantenía con Pinochet y fue expulsado de la Junta. Eso tuvo como consecuencia que Pinochet afianzara su posición, concentrando todo el poder en su persona, cosa que no sucedía en Argentina, con Videla teniendo que lidiar con el resto de la Junta y con unas FF.AA. divididas entre “blandos” y “duros”.  

LA MEDIACIÓN DEL VATICANO

El último esfuerzo diplomático para evitar la guerra lo hizo Chile. El 12 de diciembre, el canciller Hernán Cubillos viajó a Buenos Aires para entrevistarse con su homólogo argentino, Washington Pastor. Ambos llegaron al acuerdo de solicitar la mediación papal, pero horas más tarde el acuerdo fue desconocido por la Junta argentina. Inmediatamente después de este encuentro hubo una reunión de la cúpula militar argentina en el edificio Cóndor, con la ausencia de Videla y del canciller, donde se le puso fecha y hora a la guerra: 22 de diciembre a las 22.00. Durante diez prevaleció la lógica de la guerra, pero el sector más duro de los militares argentinos terminaron por aceptar la mediación papal.


Antonio Samoré.

El papel de la Iglesia de ambos países y del Vaticano fue decisivo. Juan Pablo II había llegado al papado en agosto de 1978. El nuncio en Buenos Aires, Pío Laghi le informó inmediatamente de los planes de guerra de los militares argentinos. Juan Pablo II recibiría en secreto al cardenal Raúl Primatesta, presidente de la Conferencia Episcopal, que le dijo que Videla solo estaba dispuesto a detener la guerra si el papa intervenía personalmente. Antes, cuando asumió el papado Juan Pablo I, que murió el 28 de septiembre de ese año tras menos de un mes en el cargo, el cardenal chileno Raúl Silva Henríquez también le pidió su mediación. En la ceremonia en la que todos los cardenales saludaban al nuevo papa, el chileno estuvo largo rato arrodillado besándole el anillo, y pidiéndole su intervención. Juan Pablo I llegó a mandar una carta a los dos gobiernos pidiendo la paz.

Tras conseguir parar la máquina de la guerra, el papa envió al cardenal Antonio Samoré para que mediase el acuerdo. El italiano tendría por delante un arduo trabajo. Argentina llegó a plantear reclamaciones sobre diez islas. “En la larga historia de los conflictos y controversias limítrofes era la primera vez que un país reclamaba, como soberano, un lugar donde jamás había puesto un pie”, le dijo Samoré al obispo argentino Justo Laguna. La mediación ya llevaba tres años cuando Argentina inició la guerra de Malvinas contra el Reino Unido. La falta de acuerdos llevó a Samoré a decir que “no aguantaba más”, amenazando con su renuncia. El proceso solo se destrabó cuando Argentina recuperó la democracia, en 1983. Pero Samoré no llega a verlo, porque murió el 4 de febrero de ese año.

POR FIN, UN ACUERDO

La decisión fue que las tres islas del Beagle quedarían para Chile, pero Argentina lograba el reconocimiento de una gran zona marítima y se mantenía el principio del Atlántico para Argentina y el Pacífico para Chile. Raúl Alfonsín, el primer presidente argentino tras el fin de la dictadura, decidió darle mayor fuerza al acuerdo celebrando un referéndum no vinculante, que fue respaldado por el 81,13 % de los votantes, con 17,24 % de votos negativos. Hubo una participación del 70,17 %, pese a que no era una consulta de participación obligatoria.


HISTORIA DIPLOMÁTICA DEL CONFLICTO
Las diferencias entre Argentina y Chile por los límites en el Beagle pudieron ser  solucionadas por los distintos tratados que firmaron ambos países a lo largo de más de un siglo. En 1826 y 1855 se comprometieron a respetar los territorios que ambas naciones tenían antes de su emancipación. Chile estableció en su Constitución que el país abarcaba desde los Andes hasta el Pacífico y desde el desierto de Atacama hasta el Cabo de Hornos. Pero la cordillera no llega hasta el Cabo de Hornos, se desplaza hacia el Pacífico a la altura de la provincia argentina de Santa Cruz y acaba sumergiéndose bajo el océano cerca del Estrecho de Magallanes. Para la Tierra del Fuego sería necesario trazar una frontera relativamente arbitraria.

En el libro de Alberto R. Jordán, El Proceso, se afirma que en 1843 Chile comienza su expansión hacia el este con la fundación de un fuerte en pleno Estrecho de Magallanes, que después dará lugar a la ciudad de Punta Arenas: “A pesar de las protestas argentinas, esta expansión prosigue en los años siguientes y se cristaliza, ya a fines de la década de 1870, en una suerte de colonización de nuestra actual provincia de Santa Cruz. Desde allí Chile lanza expediciones y captura buques extranjeros que navegan por el Atlántico, indicando así, con hechos concretos, que no pensaba limitar su soberanía a la estrecha franja comprendida desde los Andes hasta el Pacífico”. Una circunstancia favoreció en esos años a Argentina: la decisión chilena de despojar a Bolivia de su salida al mar obligó a los chilenos a retirarse de la Patagonia, ante la imposibilidad de mantener abiertos dos frentes de guerra.

En 1876 se empezó a gestar el Tratado General de Límites en el que Chile sugirió dividir la Patagonia por el paralelo 45º, a la altura de la provincia argentina de Chubut: todas las tierras situadas al sur serían chilenas. Propuesta rechazada por Argentina, que sostuvo que el límite de los Andes debía seguirse hasta donde fuera posible y que en la Tierra del Fuego debía seguirse una línea más o menos vertical. Se impuso la propuesta del entonces ministro argentino de Relaciones Exteriores Bernardo de Irigoyen, reservando la Patagonia para Argentina, reconociendo a Chile el derecho sobre la vía que comunica los dos océanos y repartiendo en partes iguales la Isla Grande de la Tierra de Fuego. Pero las islas e islotes al sur quedaron sujetos a interpretaciones opuestas.

En 1902, durante el gobierno del general Julio Argentino Roca, se acordó que los pleitos serían sometidos a la corona británica. Posteriormente Argentina consideró que el país europeo no era un árbitro adecuado, teniendo en cuenta el factor Malvinas.

En 1971 ambos países vuelven a someterse al arbitraje británico. En Chile esta Allende en la presidencia, mientras en Argentina el presidente de facto era el general Alejandro Agustín Lanusse. El arbitraje británico era puramente formal. La soberana, Isabel II, se limitaba a recibir el fallo de los cinco jueces de diversas nacionalidades de tres continentes - Estados Unidos, Francia, Nigeria, Reino Unido y Suecia- entregando al final la decisión a las partes, sin ninguna intervención en el contenido. 

El 18 de febrero de 1977 la Corte emitió su dictamen y la soberana británica lo entregó a Chile y Argentina el 2 de mayo. El fallo recogió la tesis argentina de que el Canal de Beagle, entre la Isla Novarina y la Tierra de Fuego, debía ser dividida por su línea media, contra la pretensión de Chile de que se le reconociese la posesión total del canal, desde una orilla a la otra, en lo que se denominó la “costa seca”. Pero el laudo otorgaba a Chile la posesión total de las tres islas en disputa.

El fallo no aplacó las declaraciones hostiles de los argentinos. El almirante Massera, jefe de la Armada y miembro de la Junta Militar, exhortó a los infantes de Marina en Tierra del Fuego el 22 de febrero de 1978: “Todo el país está mirando hacia el Sur, seguro de que el gobierno de las Fuerzas Armadas no va a canjear la honra y los bienes de los argentinos por el decorativo elogio de aquellos que enmarcan su debilidad o sus intereses con falaces apelaciones a la paz. Amamos la paz, pero la paz deja de ser un valor moral cuando su precio es la justicia y el derecho. La Argentina de hoy, unida como nunca, sabe que sus Fuerzas Armadas no permitirán que la buena fe sea malversada. Como las unidades del Ejército y de la Fuerza Aérea, todos los componentes del poder naval están listos para cumplir con el mandato de un pueblo que no admite más tergiversaciones. Que nadie lo olvide, se está agotando el tiempo de las palabras”.

Los dictadores de ambos países, Videla y Pinochet, se reunieron dos veces a comienzos de 1978. Primero en Plumerillo (Mendoza, Argentina), en un encuentro que duró 12 horas, el 19 de enero; y el 19 de febrero en Puerto Montt (Chile), durante 13 horas. El general Matthei, comandante de la Fuerza Aérea chilena, recordó la primera reunión como inútil: “Pinochet se encerró durante varias horas con el general Videla, mientras nosotros nos reuníamos con nuestros colegas a discutir diferentes propuestas. En realidad, sentí que tanto ellos como nosotros estábamos haciendo el gesto de juntarnos a conversar, pero que nadie creía que de esa reunión pudiera salir algo realmente útil. Simplemente, las posiciones no coincidían. A mi juicio, esta cita -al igual que la posterior efectuada en Puerto Montt, formó parte de una partitura operática [sic] en que las partes actuaron según su propio libreto, pero a nadie le importaba un rábano lo que se decía”.

Pinochet y Videla

El 25 de enero Argentina declaró el laudo “insanablemente nulo”, considerando que transgredía derechos e intereses permanentes argentinos que jamás habían sido sometidos a arbitraje. De acuerdo a la interpretación argentina, su gobierno no estaba obligado a admitir los términos del fallo. El canciller Oscar Montes, argumentó: “La Argentina, asistida por destacados internacionalistas, ha encontrado en el laudo errores de derecho que son inaceptables. No se trata de una posición caprichosa de un  mal perdedor”. Apuntó también errores históricos y geográficos, “como, por ejemplo, cuando se determina que el océano Atlántico llega hasta la Isla de los Estados y no hasta el cabo de Hornos”.

La reacción argentina fue considerada una “salvajada jurídica” por los chilenos. Y Argentina rompía una tradición jurídica de respeto a los fallos de aquellos árbitros internacionales a los que se había sometido voluntariamente para dirimir anteriores conflictos. Pablo Lacoste, profesor en universidades chilenas y argentinas, observó: “Esta tradición comenzó en la década de 1870: después de la Guerra de la Triple Alianza, la clase dirigente argentina tomó la decisión de renunciar al uso de la fuerza y, en su lugar, emplear mecanismos políticos de solución de controversias para solucionar los temas de límites pendientes con sus vecinos (…) En 1876, en el caso del Chaco Boreal, el presidente de EE.UU. falló a favor de Paraguay y Argentina lo aceptó; en 1895, en el litigio por las Misiones Orientales, el presidente de los EE.UU. falló a favor de Brasil, y la Argentina lo aceptó; en 1899, 1902 y 1966 se produjeron tres fallos arbitrales referentes a la frontera con Chile y la Argentina los volvió a aceptar. Con estas decisiones, Argentina evitó nuevas guerras, mantuvo más de un siglo de paz y construyó una sólida tradición pacifista en su política exterior”.

La segunda reunión entre los dictadores se produjo después de conocerse el fallo británico. Pinochet sorprendió a los argentinos con un discurso que dejó a Videla fuera de juego y sin respuesta: “Ha quedado taxativamente establecido que las negociaciones no configuran modificación alguna de las posiciones que las partes sostienen con respecto al laudo arbitral en la región. Mi gobierno ratificó en forma oficial y pública que, de acuerdo a los compromisos previstos, la delimitación de las jurisdicciones quedó refrendada en forma definitiva en la sentencia de Su Majestad Británica. Por tanto, las negociaciones a realizar en ningún caso afectarán los derechos que en esa área el laudo reconoció para Chile”.

Las palabras de Pinochet causaron “desagrado y sorpresa” en la Argentina, según escribió entonces el diario La Nación. Videla respondió con un discurso de circunstancias que cayó mal a los halcones de Buenos Aires. En el libro Disposición Final, Videla le dice al periodista Ceferino Reato: “Pinochet me planteó un problema. ¿Qué hacer? ¿Retirarme al frente de mi delegación y romper la posibilidad de una negociación que, más allá de ese discurso inesperado (de Pinochet) había quedado plasmada en el documento firmado? Opté por una respuesta de circunstancia sobre la hermandad entre ambos países, la complementariedad comercial... Me pareció lo mejor, no quise romper todo. La comisión que me acompañaba se enojó conmigo, consideró ese discurso como una aflojada. En la Argentina también cayó muy mal, los comandantes se sintieron todos halcones”.

JMG

 

domingo, 15 de agosto de 2021

La Guerra de Independencia de Turquía (1918-1922)

La Guerra de Independencia de Turquía (1918-1922): la venganza de un vencido


El final de la Primera Guerra Mundial en noviembre de 1918 no puso fin al estado de guerra en los antiguos beligerantes. La guerra civil rusa está en pleno apogeo, la Hungría de Bela Kun se enfrenta a Rumanía, Alemania está plagada de insurgencias, Finlandia, los países bálticos y Polonia luchan por su independencia al igual que los nacionalistas irlandeses del IRA.

Entre estos conflictos de la inmediata posguerra, hay uno de particular importancia, aunque en gran parte no reconocido: la Guerra de Independencia de Turquía de 1919 a 1922. Este conflicto, donde las tropas nacionalistas turcas lideradas por Mustafa Kemal enfrentan diferentes adversarios, es parte del movimiento de luchas de liberación nacional que afectan los territorios de Imperios multiétnicos que colapsaron en 1918. Sin embargo, la Guerra de Independencia de Turquía tiene una fuerte originalidad que la distingue de otros conflictos "nacionalitarios". De hecho, los nacionalistas turcos quieren ser los herederos del derrotado Imperio Otomano, incluso si lo conciben centrado solo en la nación turca y desean profundamente modernizarlo.

La nación derrotada en 1918 reanudó las armas contra sus vencedores y, a diferencia de Alemania, logró imponer sus puntos de vista y hacer retroceder a los aliados.


David FRANCOIS || El otro lado de la colina (original en francés)


El desmembramiento del Imperio Otomano.

El 30 de octubre de 1918, el armisticio de Mudros puso fin a la guerra entre las potencias de la Entente y el Imperio Otomano. El texto firmado garantiza a los Aliados el derecho a ocupar los fuertes que controlan los estrechos de los Dardanelos y el Bósforo, así como el derecho a ocupar cualquier parte del territorio otomano en caso de desorden que amenace su seguridad. Los aliados también están dando a conocer que no tienen la intención de cuestionar la integridad del país ni de ocupar Estambul. Pero el 13 de noviembre, una brigada francesa entró en la capital otomana mientras barcos franceses, británicos, italianos y griegos desembarcaban tropas en la zona. Al día siguiente, las tropas francesas y griegas también ocuparon el este de Tracia. Un total de 3.500 soldados franceses, británicos e italianos aterrizan en Estambul.

En el sur de Anatolia, el 1 de diciembre, las tropas británicas de Siria tomaron Kilis. Los franceses, por su parte, entraron en Cilicia. Con la ayuda de la legión armenia, el coronel Raymond llegó a Adana el 25 de noviembre de 1918 mientras las tropas otomanas se retiraban al norte del Tauro. Los franceses aprovecharon esto para tomar rápidamente el control de Antakya, Mersin, Taurus, Osmaniye e Islahiye.

Así, poco a poco, los aliados se están instalando en el país. Los británicos también se están afianzando en las costas del Mar Negro para entrar en contacto con la República Democrática de Armenia. El 1 de diciembre, las tropas británicas ocuparon Kars, que sería tomada por los armenios en mayo de 1919. Los franceses ocuparon los puertos de Zonguldak y Eregli en el Mar Negro y las áreas mineras que los rodeaban y que solo serían evacuados a partir de junio de 1920. .

Griegos e italianos, por su parte, están destrozados por el destino de Anatolia occidental. En diciembre de 1918, el primer ministro griego, Eleuftherios Venizelos, dijo que quería, según las promesas hechas por los aliados durante la Gran Guerra, que su país entrara en el conflicto, Tracia y Asia Menor. Está dispuesto a dejar Estambul a los británicos y propone ceder la provincia de Trebisonda a Armenia. Pero el 28 de marzo de 1919 para adelantarse a los griegos, los italianos, a quienes los aliados prometieron durante la guerra el control del sur de Anatolia, aterrizarán en Antalya y avanzarán hacia Bodrum en el suroeste y Konya en el centro. El 30 de abril, Italia incluso envió un buque de guerra más allá de Esmirna para intimidar a su aliado griego. Pero los británicos, que apoyan las afirmaciones griegas,


 
La división de Turquía según el Tratado de Sèvres (fuente: Wikipedia.org)

El 15 de mayo, 20.000 soldados de la 1ª división del ejército griego desembarcaron en Esmirna. Si son recibidos como liberadores por la población griega y armenia, esta presencia extranjera revive el sentimiento nacional turco y estalla el malestar. Así, un nacionalista turco, Hasan Thasin dispara a los soldados que desembarcan en el puerto antes de ser fusilado él mismo. Para los turcos, este gesto marca el comienzo de la guerra de independencia. Luego, los soldados griegos se dispersaron por la ciudad matando e hiriendo a soldados turcos desarmados, así como a civiles. Los disturbios son reprimidos por las tropas griegas que establecen la ley marcial. El 28 de mayo, los griegos también aterrizan en Ayvalik, al norte de Esmirna, donde son atacados por una unidad otomana regular. Luego ocupan rápidamente la península de Karaburun y toman el control del fértil valle de Menderes. En unas pocas semanas, todo el interior de Esmirna estaba en manos del ejército griego.


 
El ejército griego entra en Esmirna (fuente: Wikipedia.org)

Frente a la descomposición del estado otomano, violentos disturbios agitaron la región de Pont en marzo de 1919 cuando las poblaciones griegas querían crear su propio estado. La situación empeoró en esta región con el desembarco de 200 soldados británicos en Samsun para evitar la creación de consejos de soldados al estilo soviético en el ejército turco. El ministro del Interior del sultán propuso entonces enviar a Mustafa Kemal para poner orden en la región y, por lo tanto, lo nombró comandante del 9º Ejército estacionado en Erzurum. Cree que el héroe de Gallipoli es el más adecuado para esta tarea. LEl 30 de abril, Mustafa Kemal es nombrado inspector del 9º Ejército con la misión no oficial de reorganizar lo que queda de las unidades militares otomanas en Anatolia. Se convierte así en el líder de las fuerzas otomanas en esta región con la tarea de detener la desintegración del ejército. Como tal, selecciona un personal cuyos miembros vienen clandestinamente desde Estambul y organizan el contrabando de armas entre Estambul y Anatolia.

Comienza el salto nacionalista.

Para cumplir su misión, Kemal puede contar a principios de 1919 con los jefes militares que luchan por evitar la desintegración de los restos del ejército. En Anatolia, el 7. ° Ejército se dispersa rápidamente y solo queda el 2. ° Ejército inconsistente. En el Cáucaso, el 9º Ejército retrasó hasta el 25 de enero de 1919 su retirada detrás de la frontera turco-rusa de 1914 y así salvó la mayor parte de su armamento. En el este, Kazim Karabekir retira el primer cuerpo caucásico del noroeste de Persia y, mientras cruza Batum, recupera armas y municiones japonesas que envía a Trebisonda. El núcleo del futuro ejército nacionalista se está instalando gradualmente.


 
Mustafa Kemal y sus oficiales (fuente: Wikipedia.org)

En las regiones amenazadas por las tropas aliadas, se están creando organizaciones que quieren defender los derechos de los musulmanes pero también organizar la resistencia armada. Estas organizaciones de defensa deben evitar el logro de los diseños aliados mediante la resistencia pasiva o activa. Los oficiales otomanos participan y organizan este movimiento mientras los soldados colaboran con bandas de irregulares para organizar las guerrillas. Las municiones incautadas por los aliados se transportan en secreto desde Estambul al centro de Anatolia.

En mayo de 1919 el movimiento nacional turco puede contar con dos cuerpos de ejército, el 20 comandado por Ali Fouad en Ankara y el 15 en Erzurum bajo el liderazgo de Kazim Karabekir pero también con las unidades irregulares dirigidas por el teniente coronel Ali Cetinkaya y por circasianos como Descanso, Tevfik y Cerkes Ethem. A pedido de Mustafa Kemal, el almirante Rauf Bey coordina la acción de estos diferentes grupos mientras la pequeña ciudad de Ankara se convierte en el centro de la organización de la resistencia nacionalista.

Mustafa Kemal desembarca el 19 de mayo en Samsun y luego se dirige a Havza. Su condición de héroe de la batalla de Gallipoli le dio el prestigio necesario para establecer contactos con los militares y nacionalistas, en particular con Rauf Bey y Ali Fouad, y así estructurar el movimiento de resistencia. El 2 de julio, sin embargo, Kemal recibió un telegrama del sultán pidiéndole que detuviera estas actividades nacionalistas en Anatolia y que regresara a Estambul. Él se niega a cumplir. Oficiales nacionalistas cercanos a él organizaron un congreso en Sivas en junio de 1919 que se fijó el objetivo de reunir las fuerzas necesarias para combatir a los ocupantes aliados. El sultán ordena entonces el arresto de Kemal.Los nacionalistas respondieron en septiembre estableciendo un comité representativo, el embrión de un gobierno real.

En enero de 1920 se reunió la Cámara de Diputados otomana. Dentro de ella se formó rápidamente un grupo nacionalista que pretendía elegir a Mustafa Kemal como presidente de la Cámara. Para poner fin a esta situación, los británicos deciden poner a Turquía bajo su control. Anatolia debe, según ellos, ser occidentalizada por los gobiernos cristianos. El Tratado de Paz de Sèvres refleja esta orientación al colocar parte de Anatolia bajo la autoridad de Grecia, la República de Armenia o los armenios de Cilicia. El 15 de marzo, soldados británicos ocuparon los principales edificios de la capital otomana y arrestaron a los funcionarios nacionalistas que fueron deportados a Malta. El 11 de abril, el último parlamento otomano fue disuelto por orden del sultán.Por lo tanto, el sistema político otomano se derrumbó en unos pocos días y el sultán ahora aparece como un títere en manos de los aliados. Muchos intelectuales, dignatarios y líderes militares se pusieron al servicio de Kemal, quien declaró que el único gobierno turco legal era a partir de ahora el comité representativo de Ankara. Es en esta ciudad que se reúne, en marzo de 1920, el Gran Parlamento Nacional que se elige como presidente Mustafa Kemal e invierte en abril un gobierno provisional turco para liderar la resistencia contra los aliados. Por el momento, Kemal todavía afirma luchar por el sultán y liberarlo de la tutela de los aliados.

La primera tarea de Mustafa Kemal es entrenar un ejército. Para eso se dirige a los bolcheviques rusos, demasiado felices de encontrar un socio para luchar contra el imperialismo occidental. Kemal se encuentra con una delegación encabezada por el general Semyon Boudienny. Los soviéticos solo exigieron el control de los territorios del Cáucaso bajo soberanía rusa en 1914. Pero Kemal respondió que no podía comprometerse mientras no se asegurara la independencia de Turquía. Sin embargo, el apoyo soviético era de gran importancia para él, ya que las armas proporcionadas permitieron organizar un ejército real.

El sultán, para privar al movimiento nacionalista de toda legitimidad, lanza una fatwa contra Kemal, provocando así levantamientos, armados por los británicos, en Anatolia contra los nacionalistas. Las autoridades kemalistas los reprimen violentamente, estableciendo tribunales especiales que condenan a los rebeldes capturados a la horca. También deben enfrentarse rápidamente al ejército del sultán, que tiene cerca de 4.000 soldados y que acude en ayuda de los rebeldes anti-kemalistas. Pero rápidamente estos últimos son aplastados por las tropas circasianas de Ethem. Las fuerzas nacionalistas están esparcidas por toda Anatolia y los británicos envían pequeñas unidades para hacerles frente y evitar que se reagrupen. El 13 de abril de 1920, comenzaron los primeros combates en Düzce y luego se extendieron a Bolu y Gerede. Durante un mes, el noroeste de Anatolia es, pues, escenario de enfrentamientos hasta la batalla cerca de Izmit el 14 de junio. El ejército del sultán y las unidades británicas eran superados en número, pero los soldados del sultán desertaron en masa.Unos días después, las tropas nacionalistas victoriosas se acercan a Estambul. Los británicos están listos para retirarse y volar los depósitos de municiones y armas. Pero los barcos y aviones ingleses abrieron fuego contra las tropas de Kemal, obligándolas a retirarse.

Si el peligro kemalista ha pasado, el pánico se apoderó de la capital otomana tras la derrota de los soldados del sultán. Por lo tanto, el general británico George Milne pidió refuerzos y estimó que necesitaba 27 divisiones para derrotar a los nacionalistas. Pero los británicos no tienen estas divisiones y sobre todo la opinión pública no puede aceptar una intervención militar de esta magnitud cuando la Gran Guerra apenas ha terminado. Sin embargo, los aliados tienen activos: casi 38.000 soldados británicos e indios, 59.000 soldados franceses, incluidas las tropas coloniales, 18.000 soldados italianos, entre 30.000 y 50.000 soldados georgianos formados en unidades irregulares, 20.000 soldados armenios. El contingente griego es el más numeroso y pasa de 80.000 hombres en 1919 a casi 400.000 en 1922. Si los estadounidenses no enviaban tropas, el almirante Mark Bristol se desempeñaba como asesor militar. Pero estas fuerzas están dispersas y actúan independientemente unas de otras. Sobre todo, cada nación establece sus propios objetivos que compiten con los de sus socios.

Conscientes de que el sultán es incapaz de vencer a los nacionalistas , los británicos dispersan su ejército y recurren a una tropa bien entrenada capaz de enfrentarse a los turcos: el ejército griego. El 22 de junio de 1920, con el acuerdo de los ingleses, los griegos se lanzaron a la ofensiva en Anatolia hacia el norte y el este. De este modo, buscan establecer su dominio sobre Asia Menor y rápidamente controlar el oeste y parte del noroeste de Anatolia. En un mes ocuparon la costa egea al norte de Esmirna y la costa sur del Mar de Mármara. Bursa cae el 8 de julio y llegan a Usak al borde de la meseta de Anatolia. También invaden el este de Tracia y toman Edirne el 25 de julio.

Mustafa Kemal y los nacionalistas se encuentran entonces en una situación crítica . Están amenazados por los griegos en el oeste, pero también por los franceses en el sur y los armenios en el noreste. La división que reina entre los Aliados les permitirá revertir la situación.

La guerra contra los franceses en Cilicia.

Bajo los acuerdos Sykes-Picot de 1916, los franceses tomaron el control del Líbano y Siria, pero también querían extender su influencia a las montañas Tauro en Cilicia. Desembarcaron en Mersin el 17 de noviembre de 1918, 15.000 voluntarios armenios y 150 oficiales franceses se apoderaron de Tarso el 19. Antes de finales de 1918, Francia también controlaba las tres provincias de Antep, Maras y Urfa. Para ello, se apoya en las milicias armenias mientras los turcos cooperan con las tribus árabes de la región. Kemal también envía oficiales para organizar una guerra de guerrillas contra los franceses.

 
La Legión Armenia en Cilicia (fuente: Wikipedia.org)

A partir de noviembre de 1919 estallaron los disturbios en Maras, que rápidamente se convirtió en el escenario de una guerra de guerrillas urbana que obligó a franceses y armenios a abandonar la ciudad en febrero de 1920. La rebelión se extendió rápidamente a toda la región. La ciudad de Urfa fue arrebatada a los franceses en mayo de 1920. El 28 de mayo fue capturada la guarnición francesa de Pozanti. Al este, en las montañas Tauro, los turcos tomaron por asalto Fort Hacin el 16 de octubre. Los franceses se ven obligados a retirarse.

Las fuerzas francesas se retiraron definitivamente de Cilicia en enero de 1922 tras la firma de los acuerdos de París celebrados con Mustafa Kemal, pero a finales de 1920 los nacionalistas sabían que no tenían nada más que temer en este frente.

 
Tropas turcas en Cilicia (fuente: Wikipedia.org)

La lucha contra Armenia.

Las fronteras entre la República de Armenia y el Imperio Otomano fueron fijadas por el Tratado de Brest-Litovsk en marzo y luego por el Tratado de Batum en junio de 1918. Pero después de la victoria aliada, los armenios exigen la aplicación del punto 14 del presidente Wilson. declaración. Los estadounidenses están entonces a favor de la idea de otorgar a Armenia la soberanía de los territorios donde dominan las poblaciones armenias. En el sur de Anatolia, los franceses también están a favor de dejar Cilicia bajo la dominación armenia.
Pero la región del Cáucaso también despierta las ambiciones de la joven Rusia soviética. El 26 de abril de 1920, el XI Ejército Rojo cruzó Azerbaiyán y capturó Bakú. Armenia estaba entonces directamente amenazada por los soviéticos. Sin embargo, el país gira hacia el oeste para enfrentarse a los turcos.

Fueron los armenios quienes de hecho abrieron las hostilidades en mayo de 1920 al atacar la región minera de Oltu. El gobierno de Kemal está preparando la contraofensiva al nombrar a Kazim Karabekir comandante del frente oriental el 9 de junio. Todos los veranos se producían escaramuzas entre armenios y turcos, pero el 13 de septiembre, 5 batallones turcos del 15º Cuerpo de Ejército entraron en Armenia y tomaron Peniak, lo que obligó a los armenios a retirarse hacia el este. Kemal, al darse cuenta de que los aliados no están reaccionando a este ataque, ordena a Karabekir que continúe su avance y tome Kars. El 28 de septiembre, 4 divisiones del 15º cuerpo marcharon sobre Sarikamis causando pánico en las filas armenias. Pero las unidades armenias logran evitar que se apoderen de Kars. A pesar de las llamadas a Con la ayuda del gobierno armenio, los aliados no intervienen mientras Georgia se declara neutral. 24 de octubre Karabekir lanza 12.000 hombres y 40 cañones contra Kars que los armenios abandonan finalmente el 30. Una semana después las tropas turcas toman Alexandropole (el actual Gümrü). El 6 de noviembre, llegaron a la frontera oriental de la provincia de Kars y continuaron avanzando hacia territorio armenio, tomando el valle de Igdir y el monte Ararat. El 12 de noviembre, la estratégica aldea de Agin cayó en manos de Karabekir y abrió las puertas de la carretera a Ereván. Una semana después, las tropas turcas toman Alexandropole (el actual Gümrü). El 6 de noviembre, llegaron a la frontera oriental de la provincia de Kars y continuaron avanzando hacia territorio armenio, tomando el valle de Igdir y el monte Ararat. El 12 de noviembre, la estratégica aldea de Agin cayó en manos de Karabekir y abrió las puertas de la carretera a Ereván. Una semana después, las tropas turcas toman Alexandropole (el actual Gümrü). El 6 de noviembre llegaron a la frontera oriental de la provincia de Kars y continuaron avanzando hacia territorio armenio, tomando el valle de Igdir y el monte Ararat. El 12 de noviembre, la estratégica aldea de Agin cayó en manos de Karabekir y abrió las puertas de la carretera a Ereván.

Los armenios finalmente acuerdan firmar un armisticio el 18 de noviembre antes de aceptar el 2 de diciembre el Tratado de Alejandrópolis que anula todas las disposiciones del Tratado de Sèvres a su favor. Pero ya es demasiado tarde para este país ya que el 28 de noviembre el XI Ejército Rojo entra en Armenia y la ocupa por completo para transformarla en una república soviética. El 16 de marzo de 1921, turcos y soviéticos firmaron el Tratado de Kars que estableció las fronteras entre las dos partes. El 12 de febrero de 1921, la URSS atacó a Georgia. Los turcos aprovechan esto para ocupar los distritos de Ardahan y Artvin.

La victoria contra los armenios asegura los flancos norte y este de Kemal pero, sobre todo, permite liberar tropas para luchar contra los griegos en el frente occidental.

La ofensiva griega.

Venizelos, con el apoyo de británicos y franceses, está decidido a hacer cumplir las cláusulas del tratado de paz de Sèvres firmado el 10 de agosto de 1920. Este tratado, que pone fin al estado de guerra entre los aliados y el Imperio Otomano, concede la región de Esmirna y Tracia oriental a los griegos. Para los nacionalistas turcos, esta disposición es inaceptable e incluso el sultán se niega a ratificarla. Para convencer a los turcos de que aceptaran el Tratado de Sèvres, los británicos dieron luz verde a los griegos en Anatolia.

Venizelos lanza su ejército en tres direcciones simultáneamente hacia Aydin, Afyonkarahisar y el Mar de Mármara. Los griegos están convencidos de su superioridad tanto como solo encuentran una resistencia débil, los turcos prefieren retirarse antes que arriesgarse a la destrucción en una batalla abierta. Por lo tanto, las pocas tropas nacionalistas turcas de Ali Fouad y las unidades circasianas irregulares de Ethem no pueden detenerlos. Los seguidores del sultán aprovechan entonces la situación para tomar Konya mientras los franceses reanudan su avance en Cilicia. Frente a los griegos, los turcos solo tienen fuerzas irregulares que no colaboran bien con Kemal. Tras el desastre de Gediz el 24 de octubre de 1920, Kemal puso definitivamente a estas milicias en línea y las puso bajo su autoridad.


 
Los frentes de la guerra de independencia (fuente: Wikipedia.org)


En octubre de 1920, el rey de Grecia Alejandro murió de envenenamiento de la sangre. Las elecciones que siguieron a esta muerte supusieron una derrota para los Vénizelos que abandonaron el poder mientras el rey Constantino I encontró su trono perdido en 1917. Los franceses e italianos aprovecharon este cambio a la cabeza del país para retirar su apoyo a Grecia, que ahora puede solo cuente con el apoyo británico. No obstante, el nuevo rey quiere triunfar en Anatolia. Antes de eso, se encarga de depurar el ejército de todos los oficiales partisanos de Vénizelos para reemplazarlos por monárquicos. Pero estos últimos son en su mayor parte inexpertos en combate a diferencia de los veteranos Venizelists de la Gran Guerra.

El ejército griego reanudó el ataque a principios de 1921 para cortar las líneas de comunicación entre Ankara y el resto del país. El 9 de enero de 1921 los turcos, comandados por el coronel Ismet, en posiciones cercanas a la estación de Inönü, fueron atacados y retirados. Kemal luego envía refuerzos mientras los griegos se dan la vuelta considerándose inferiores para enfrentarse a sus enemigos. Lo que los turcos ahora llaman la victoria de Inönü es en realidad solo una escaramuza que solo deja un centenar de muertos pero que galvaniza la resistencia nacionalista.


 
Mustafa Kemal en el frente (fuente: Wikipedia.org)

Para resolver el problema turco, los aliados organizaron una conferencia internacional en Londres. Si invitan a una delegación del Sultán, hacen lo mismo con los nacionalistas que, por tanto, son reconocidos de facto como un gobierno legítimo. Los turcos exigen el regreso a las fronteras de 1914 con Grecia, la evacuación de la región de Esmirna y aceptan el control aliado sobre el Bósforo. Los griegos, que están convencidos de tener la ventaja estratégica sobre el terreno, rechazan estas solicitudes y finalmente fracasan en la conferencia. Pero los turcos no se van de Londres con las manos vacías ya que aprovechan para firmar un acuerdo con Francia el 9 de marzo que prevé la evacuación del sur de Turquía a excepción del distrito de Alexandretta. 12 de marzo, los italianos también acuerdan retirar sus tropas entre abril y julio. Por lo tanto, queda la palabra para las armas contra los griegos, pero Kemal definitivamente ha asegurado su flanco sur y, sobre todo, después del de los soviéticos, ahora puede contar con el apoyo de Francia e Italia.

Los griegos volvieron a la ofensiva en marzo en dirección a Eskisehir y Afyonkarahisar. El general Papoulas, comandante en jefe del ejército griego, atacó de nuevo las posiciones de Ismet en Inönü el 26 de marzo con los 37.000 hombres del 3.er Cuerpo griego contra los 35.000 soldados turcos. Mejor armados, los griegos tomaron Metristepe el día 27 mientras fracasaban las contraofensivas turcas. El 31 de marzo, Ismet contraatacó de nuevo, obligando a los griegos a retirarse.
Kemal luego envía unidades al sur, donde los griegos han capturado la ciudad de Afyonkarahisar. La ciudad se toma el control el 7 de abril. Pero el movimiento de desbordamiento del general Refet finalmente fracasó y los griegos restablecieron su línea alrededor de Doumloupinar. Sin embargo, son detenidos y Kemal aprovecha la oportunidad para reorganizar el ejército y entregar todo el mando a Ismet.

La batalla de Sakarya.

Grecia hizo entonces un esfuerzo final y llamó a nuevos reclutas para aumentar la fuerza de su ejército a 200.000 hombres en Anatolia. El 12 de junio, Constantino llegó a Esmirna y el 10 de julio se lanzó una ofensiva. 126.000 griegos atacan a los 122.000 turcos que se enfrentan a ellos. Pero los primeros tienen una clara ventaja material con 410 cañones contra 160, 4000 ametralladoras contra 700 y 20 aviones contra 4. El ataque más importante se produce en el sur contra Kütahya para cortar la vía férrea que conecta esta ciudad con Afyonkarahisar para luego continúe hacia el norte para tomar el cuartel general turco en Eskisehir.

Por tanto, la batalla tiene lugar en un amplio frente entre Afyonkarahisar y Kutahya. Ismet, cuyo cuerpo principal todavía estaba estacionado al norte hacia Inönü, rápidamente se encontró en dificultades. Después de un gran avance, los griegos tomaron Kütahya el 17 de julio y avanzaron sobre Eskisehir. Los turcos contraatacaron el 21 de julio, pero fue un fracaso. Para evitar el cerco, Kemal ordenó a sus tropas que se retiraran detrás del río Sakarya el 18 de julio.

Al sur, en un recodo del Sakarya, hay unidades de caballería encargadas de proteger a Eskisehir. Son enviados a la estepa al sureste de Bursa y logran cubrir la retirada del flanco izquierdo del ejército turco que abandona Afyonkarahisar a los griegos el 23 de julio. El grueso de las fuerzas en el sector norte escapó así del cerco. Los griegos prevalecen así mientras los turcos pierden 40.000 hombres, incluidos 30.000 desertores. Entonces, Ankara se ve directamente amenazada.

Ante el peligro, Kemal recibe poderes dictatoriales durante tres meses. Luego lidera una brutal política de requisas para proporcionar a las tropas ropa, alimentos, armas y medios de transporte. Las mujeres deben traer este material al frente o reemplazar a los hombres en el campo. Entonces, toda la nación se moviliza para el esfuerzo de guerra.

El rey Constantino, con la fuerza de su éxito, ahora quiere que sus tropas se apoderen de Ankara para quebrar definitivamente a los nacionalistas. Pero sus hombres avanzan por terrenos difíciles, entre montañas y estepas desérticas, sufriendo la sequía del verano sin suficientes suministros de agua mientras el ejército de Kemal espera al enemigo en el río Sakarya.


 
La batalla de Sakarya vista por la propaganda griega (fuente: Wikipedia.org)


El día 20, los griegos dejaron Eskisehir para dirigirse a Ankara. Papoulas intenta entonces rehacer la maniobra de cerco realizada en Kutahya. Mientras un cuerpo de ejército avanza hacia el este a lo largo de la línea ferroviaria hasta Ankara, dos cuerpos marchan hacia el sur a través de la estepa de Anatolia central para atacar el flanco izquierdo turco. Los kemalistas cavaron trincheras en la meseta de Haymana al sureste de Ankara. Por lo tanto, dominan las alturas que los griegos deben tomar por asalto.

Las posiciones turcas siguen el curso del río Sakarya de norte a sur hasta la confluencia del Ilacaözü donde se inclinan hacia el este y forman un ángulo recto. Papoulas quiere abrirse paso en la base de este ángulo y avanzar hacia el noreste hacia Haymana y Ankara. 100.000 soldados griegos atacaron a 90.000 turcos. La lucha es muy violenta y algunas alturas cambian de manos varias veces. Los griegos siguen avanzando. Kemal luego planea preparar una nueva línea de defensa en las afueras de Ankara y da la orden de defender cada metro de tierra.

Pero Papoulas tiene miedo de ir más lejos y por eso pide detener el ataque el 12 de septiembre. Los combatientes están realmente agotados por la ferocidad de la lucha. Los griegos también enfrentan problemas de suministro debido a la distancia de su base de operaciones y los soldados comienzan a quedarse sin comida y municiones.

Los griegos se retiran en orden y logran sin dificultad volver a su posición inicial. La batalla de Sakarya duró 21 días al final, resultando en 3.700 muertos y 18.000 heridos en el campo turco y respectivamente 4.000 y 19.000 entre los griegos.

La derrota griega.

Mientras que el ejército turco fue reconstruido a finales de 1921 y principios de 1922 para llegar a 200.000 hombres, la moral de las tropas griegas se derrumbó. Papoulas dimite en favor del general Georges Hatzianestis, un incapaz que está tan seguro de hacer retroceder a los turcos que no duda en despojarse de su frente para enviar tres regimientos a Tracia, donde el ejército marcha hacia Estambul. Pero los franceses y los británicos refuerzan la defensa de la ciudad y obligan a los griegos a retirarse.

En Anatolia, el ejército griego tiene 225.000 soldados para oponerse a los 208.000 combatientes turcos. Si los griegos están mejor equipados, los turcos tienen la ventaja en el campo de la artillería pesada y, sobre todo, tienen una caballería más grande. Luego, los griegos tienen un frente de 640 km que abarca el noroeste de Anatolia desde Gemlik en el mar de Mármara hasta las posiciones al este de Eskisehir, Kütahya y Afyonkarahisar, donde el frente gira hacia el suroeste a lo largo del valle de Menderes hasta el mar Egeo. El ejército griego está organizado en 3 cuerpos de ejército, el 3º en el norte, el 2º en el centro y el 1º en el sur.

El plan de ataque de Ismet exige un empujón desde el sur contra los griegos que sostienen el Afyonkarahisar sobresaliente. El objetivo es aislar al enemigo dentro y alrededor de este saliente. El sector elegido es muy montañoso pero los turcos tienen el pico más alto, el Kocatepe, que se eleva a 2000 m. Los griegos están atrincherados en posiciones fortificadas. Para atacar estas posiciones, los turcos deben descender a los estrechos valles y debilitar al enemigo con fuego de artillería. Solo tienen la intención de asestar un golpe ya que la operación parece arriesgada. La principal fuerza turca es el 1er ejército de Nurettin Pasha reforzado por elementos del 2º ejército en el norte. Desde el sureste llega el 5º Cuerpo de Caballería de Farettin Pasha.

El 26 de agosto, una ráfaga de fuego se centró en el sector sur de Afyonkarahisar. Los cañones griegos guardan silencio y la infantería turca avanza sobre las posiciones enemigas que se oponen a una fuerte resistencia. Las peleas son feroces y las posiciones cambian de manos varias veces. Los turcos progresan pero no logran abrirse paso. El día 27, el 4º cuerpo del 1º ejército comandado por el coronel Kemalettin Sami finalmente rompió las líneas enemigas y tomó la cima de Erkmentepe, a 1.650 metros de altura. La caballería de Fahrettin encontró un camino a través de las montañas y apareció detrás de las líneas griegas. Habiendo perdido el bastión de la montaña que cubre su flanco derecho, el general Trikoupis al mando del 1er ejército se retira de Afyonkarahisar para llegar a la llanura. Dos divisiones del general Frangou luego se retiran hacia el oeste y perder así contacto con el 1er cuerpo. Las comunicaciones se cortan con la parte trasera y Smyrna, Hatzianestis ordena una contraofensiva cuando solo una retirada en buen estado puede salvar al ejército.

El 1er y el 2º cuerpo griego están entonces alrededor de Doumloupinar, una pequeña ciudad en un estrecho valle que controla el ferrocarril de Afyonkarahisar a Izmir. El 1º ejército turco llega desde el sur y el oeste, el 2º desde el norte mientras que la caballería llega desde el oeste para rodear a los griegos. Pero este último puede contar con una división y con el 3er cuerpo griego que aún están intactos y que, en el norte, amenazan el flanco derecho turco. A pesar de este peligro, los turcos decidieron rodear Doumloupinar mientras las fuerzas más débiles tenían que acosar a los griegos en el norte. El día 29, la ciudad fue rodeada. El 30 de agosto, sometidos a fuego de artillería turca y cargas de bayoneta, los griegos fueron derrotados. El 1er y 2do cuerpo de Trikoupis y Dighenis luego intentan escapar hacia el noroeste a través de las laderas norte de Murat Dagi, pero luego son destruidos como fuerzas de combate, mientras que los soldados que escapan de la captura quieren huir de Anatolia. El 2 de septiembre, los turcos retoman Eskisehir. En el norte,el 3er Cuerpo Griego se está preparando para retirarse al Mar de Mármara.

Los turcos deciden que los ejércitos 1 y 2 persigan a las unidades griegas en retirada para evitar que formen una nueva línea de defensa con refuerzos de Tracia. El 2 y 3 de septiembre, los generales Trikoupis y Dighenis cayeron en una trampa mientras descendían por las laderas del monte Murat: se rindieron con 5.000 hombres y 500 oficiales. Entonces la moral griega se derrumbó. A pesar de todo, el grueso de las fuerzas griegas logró llegar a la costa del Egeo. El 5 de septiembre, una nueva división aterrizó en Esmirna para ayudar a mantener la ciudad contra los turcos, pero los soldados se amotinaron. Los días 6 y 7, el ejército de Kemal se apoderó de Balikesir, Bilecik y Aydin. La situación es desesperada para el ejército griego que abandona Nif, que domina la última brecha de la barrera montañosa al este de Esmirna, para moverse hacia la península de Urla al suroeste de la ciudad para ser evacuados de Anatolia. El día 9 los turcos finalmente tomaron Esmirna mientras que el día 16 los últimos soldados griegos abandonaron la península de Urla.

 
El ejército turco entra en Esmirna (fuente: Wikipedia.org)

La estrategia de Kemal de detener y destruir al ejército griego en el santuario de Anatolia fue un éxito perfecto. Al evitar operaciones imprudentes, redujo las pérdidas al mínimo, ya que en tres años el ejército turco había perdido frente a los griegos sólo 13.000 oficiales y soldados y 35.000 heridos.

Después de la entrada de las tropas turcas en Esmirna, estallaron los disturbios en la ciudad. De hecho, los soldados turcos comienzan a masacrar a los cristianos a pesar de las órdenes contrarias de Kemal. El 13 de septiembre, un gran incendio devastó la ciudad y obligó a los habitantes a huir al paseo marítimo para ser evacuados por barcos aliados. La antigua presencia de los griegos en esta ciudad llega a su fin. Los turcos lo están reconstruyendo con el nuevo nombre de Izmir.

Después de Esmirna, el ejército turco victorioso se apoderó de Bursa y se dirigió a Estambul y Tracia. Lloyd George se niega a cruzar el estrecho neutral. Pero si los británicos quieren detener a los nacionalistas por la fuerza, los franceses y los italianos no quieren un enfrentamiento con los turcos a cualquier precio, como también ocurre con la opinión británica que rechaza la idea de una nueva guerra. Los griegos acuerdan entonces, a petición de los británicos, evacuar Tracia detrás del río Maritsa. Kemal aprovechando la situación y un cambio de gobierno en Grecia, comienza su demostración de fuerza enviando 40.000 soldados a Çanakkale, 50.000 a Izmit, 40.000 a Estambul y 20.000 a Tracia.

El general británico Harington comienza a negociar con Kemal. El armisticio, firmado en Madanya, otorga a los turcos el derecho a ocupar el este de Tracia. En Londres, la caída de Lloyd George trajo a la cabeza del país Bonar Law a un conservador que quería zanjar la cuestión turca a toda costa. Para ello, está convocando una conferencia internacional en Lausana.

El nacimiento de la Turquía moderna.

En la conferencia de Lausana, se decidió que el Estrecho volvería a estar bajo el control turco a cambio de la libertad de navegación. En cuanto a la cuestión de las minorías nacionales y religiosas en Turquía, se planean intercambios de población: las poblaciones griegas abandonan definitivamente Asia Menor y Tracia oriental, un movimiento que ya ha comenzado en gran parte antes de 1923, mientras que los turcos de Grecia abandonan el reino helénico. La cuestión de la frontera con Grecia en Tracia está resuelta mientras que los turcos abandonan Mosul, que permanece bajo mandato británico en Irak. Se firmó un tratado de paz el 24 de julio de 1923, el único en el que el punto de vista de los aliados no prevaleció por completo, a diferencia de otros tratados de paz que concluyeron el final de la Gran Guerra. El Tratado de Lausana del 23 de octubre de 1923 reconoció a la República Turca como estado sucesor del Imperio Otomano. Mustafa Kemal ahora tiene las manos libres para transformar fundamentalmente Turquía.

Diez días después de la firma del tratado de paz, las tropas aliadas se retiran definitivamente de Estambul y de toda Turquía. La victoria turca en esta guerra de independencia permite afianzar el prestigio del país en el escenario internacional y otorga a Kemal la autoridad necesaria para iniciar la occidentalización del país. Sobre la base de estos éxitos, abolió el Sultanato Otomano el 1 de noviembre de 1922 y el último Sultán salió de Estambul el 17 en un barco británico.

El movimiento nacional turco logró, después de más de tres batallas, hacer retroceder a los aliados y anular el "diktat" de Sèvres. Se borró la catástrofe de 1918 y se fortaleció el sentimiento nacional. En 1922, ya no existía un irredentismo turco como el que existía entonces en Alemania y del que Hitler se alimentaría para tomar el poder y llevar a su país y Europa a una nueva guerra. Turquía, modernizada por Mustafa Kemal Ataturk, puede, con su victoria en la guerra de la independencia, tomar un camino diferente al de los ex derrotados de 1918, evitando la catástrofe de la Segunda Guerra Mundial.

Bibliografía:

Andrew Mango, Mustafa Kemal Atatürk , Coda, 2006. Hamit Bozarslan, Historia de Turquía: desde el Imperio hasta la actualidad , Tallandier, 2013. Jacques Benoist-Méchin, Mustafa Kémal o la muerte de un imperio , Albin Michel, 1954.