Por qué Milei mencionó a Julio Argentino Roca como inspiración para la defensa de la soberanía y padre de la Argentina moderna
El
jefe de Estado ya había citado al ex Presidente en sus discursos. Hoy
lo reivindicó en el homenaje realizado a los caídos de Malvinas a 42
años de la Guerra
Por Claudia Peiró || Infobae
Javier Milei revindicó a Julio Argentino Roca durante su discurso en el
homenaje realizado a los caídos de Malvinas en el Cenotafio de la Ciudad de Buenos Aires.
Según planteó, el ex general y dos veces presidente de la Argentina es
fuente de inspiración como defensor de la soberanía y padre de la
Argentina moderna.
“Hubo
una generación de dirigentes en nuestro país que hoy recordamos como la
generación del 80′. que consolidó nuestra soberanía territorial y nos
marcó el rumbo para cumplir tamaña tarea. De esa generación, la
principal inspiración para nuestro reclamo de soberanía es el gran
general Julio Argentino Roca, el padre de la Argentina moderna. Este 2
de abril y en homenaje a nuestros veteranos y sus familias, tenemos que
retomar su ejemplo”, dijo el jefe de Estado en un acto que encabezó
junto a su vice, Victoria Villarruel.
No fue la primera vez que lo mencionó en público. El 10 de diciembre del año pasado, en su primer discurso como jefe de Estado, ya se había referenciado en Roca.
En un discurso inaugural muy marcado por referencias a la gravedad de
la crisis económica, al peso de la herencia recibida y a las medidas de
shock necesarias para no caer en un colapso mayor, Javier Milei insistió
en que “no hay alternativa” a la austeridad presupuestaria. Y, en
respaldo a ese diagnóstico, citó una frase del general que aseguró la
soberanía argentina sobre la Patagonia: “Será duro. Pero como dijo Julio Argentino Roca,
‘nada grande, nada estable y duradero se conquista en el mundo, cuando
se trata de la libertad de los hombres y del engrandecimiento de los
pueblos, si no es a costa de supremos esfuerzos y dolorosos
sacrificios’”.
La frase fue pronunciada por Julio Argentino Roca, el 12 de octubre de 1880, en el discurso inaugural
de su primer mandato presidencial, ante el Congreso Nacional. Asumía en
un año crítico, marcado por nuevos enfrentamientos entre porteños y
nacionales, en la eterna disputa por los recursos del puerto y la
“propiedad” de la ciudad de Buenos Aires, en la que los presidentes eran
tratados como huéspedes... A todo eso le puso fin el gobierno de orden y progreso de Roca.
Julio Argentino Roca (Enrique Breccia)A partir de las menciones de Milei, es oportuno entonces recordar la trayectoria extensa, multifacética y prolífica de este general y estadista que le dejó al país un legado esencial que durante muchos años algunos pretendieron desconocer.
En el momento en que Julio Argentino Roca, destacado militar de profesión, inició su actuación civil -en enero de 1878, cuando el presidente Nicolás Avellaneda lo nombró Ministro de Guerra y Marina en reemplazo del fallecido Adolfo Alsina– en la Argentina había dos grandes problemas irresueltos,
obstáculos a la consolidación nacional y al desarrollo del país: la
frontera móvil e insegura y el llamado “problema de la Capital”.
Menos de tres años después, el 12 de octubre de 1880, el general Roca asumía por primera vez la presidencia en un país cuyo Estado nacional había extendido su control a un territorio que representa un tercio del total de la actual superficie continental argentina; la Capital había sido federalizada
y pertenecía a todos los argentinos y la corriente porteña que deseaba
prevalecer sobre el resto del país y usufructuar rentas que debían ser
de todos había sido doblegada.
Como se verá, fue
la resolución del primer problema la que le dio a Roca la proyección
nacional, la autoridad y las herramientas necesarias para resolver el
segundo.
En
abril de 1878, a sólo tres meses de haber sido nombrado ministro de
Guerra por Avellaneda, Roca inicia la campaña del desierto con 6000
soldados, abandonando la táctica militar estática de Alsina. En poco
tiempo está concluida.
Soldado de frontera"La
solución de este problema que parecía insoluble y a cuya prolongación
indefinida se hallaban resignados la mayor parte de los hombres públicos
de entonces, significó para el joven general que la había concebido y
ejecutado un título de gloria que lo equiparaba a las primeras figuras
de la República", escribe Ernesto Palacio en Historia de la Argentina 1515-1938 (Ediciones
Alpe, 1954). "Se comparaba su actuación -agrega Palacio- con la de los
gobiernos anteriores, especialmente infortunadas en su política con los
indios, lo que había envalentonado a éstos, haciéndolos cada vez más
insolentes y agresivos".
En 1872 había tenido lugar una gran invasión del cacique Calfucurá,
que se consideraba chileno, y luego una ofensiva de uno de sus hijos,
Namuncurá. El botín de esas incursiones y malones era contrabandeado a
través de la frontera, donde estaba siempre latente el conflicto
territorial con el país vecino.
La campaña al desierto no tuvo por resultado únicamente el poner fin a la inseguridad: fueron liberados centenares de cautivos y desmovilizado el grueso de los efectivos
necesarios para el cuidado de la frontera -lo que además puso fin al
infortunio del gaucho en los fortines que tan bien describe José
Hernández en el Martín Fierro- y fueron incorporadas veinte mil leguas cuadradas de tierras gracias a la consolidación de las fronteras patagónicas.
Un fortín en la pampaOriundo de Tucumán, hijo de un coronel que había combatido en la Independencia, educado en el Colegio de Concepción del Uruguay, creado por Urquiza, el joven Roca luchó junto a él en Cepeda y Pavón.
Participó luego en la Guerra de la Triple Alianza
contra el Paraguay; guerra en la que murieron su padre y dos de sus
hermanos, y de la que él regresó con rango de coronel. Luego, como
miembro del ejército nacional, combatió contra los últimos caudillos.
Durante la Revolución de 1874 venció al general rebelde José Miguel Arredondo, que respondía a Mitre.
"Un hilo conductor no desdeñable se ve con claridad: Roca aparece siempre del lado del poder nacional", dicen Carlos Floria y César García Belsunce en Historia de los argentinos (Larousse, 1995), como anticipando lo que sería su destino.
Julio A. RocaEl ejército en el cual se ha formado se perfila cada vez más como un instrumento de nacionalización,
como la herramienta de la lucha del interior por limitar la supremacía
de la capital y nacionalizar los recursos del puerto. Y Roca será el
referente de esas aspiraciones.
A su alrededor se irán nucleando intelectuales y políticos de diferentes orígenes: los hombres del Paraná,
es decir, los que se habían alineado con la Confederación Argentina
cuando Buenos Aires se separó del resto del país, y la que será llamada
Generación del 80.
Carlos Pellegrini, Dardo Rocha, José Hernández, el autor del Martín Fierro, y su hermano Rafael, Carlos Guido y Spano, Lucio Mansilla, etcétera. Todos ellos fueron "roquistas". Incluso un joven Hipólito Yrigoyen se alineó con Roca en aquel último episodio de la resistencia porteña.

Apoyos
de Roca en el 80: (arriba, de izq a der) Carlos Pellegrini, Carlos
Guido y Spano, Dardo Rocha; (abajo) Hipólito Yrigoyen, José Hernández y
Lucio V.Mansilla
Hasta la llegada de Roca al poder, en 1880, los presidentes argentinos eran tratados por los porteños como huéspedes en Buenos Aires;
eran intrusos. A Sarmiento le pusieron palos en la rueda; a Avellaneda
no cesaban de humillarlo. Hacia el fin del mandato de este último, Bartolomé Mitre se preparaba para controlar la sucesión,
elegir el candidato y preservar así los privilegios de Buenos Aires,
para lo cual ya había separado a la provincia del resto del país luego
de promulgada la Constitución.
Pero
surge entonces el tremendo obstáculo de la proyección nacional
adquirida por el joven general Roca y la voluntad de muchas provincias
de respaldar su candidatura.
Cuando
el mitrismo percibe la dimensión del peligro, entra en pánico y no duda
en apelar a todos los recursos contra el presidente en ejercicio,
Avellaneda, y su candidato, Roca: difamación, boicot, amenazas,
amedrentamiento; todo mientras se arma ostensiblemente, dispuesto a
defender con violencia sus privilegios.
Junto
con la candidatura de Roca viene el proyecto de federalización de
Buenos Aires, teorizado por Alberdi, promovido por Avellaneda y
encarnado por el jefe de la campaña del desierto, puesto que es una de
las principales aspiraciones de las provincias que lo respaldan.
El
presidente Nicolás Avellaneda era objeto de todo tipo de destrato, como
“huésped” de los porteños. Con el respaldo de Roca, envió al Congreso
la Ley que convertía a Buenos Aires en capital federal, separándola de
la provinciaLos
detalles de esos delirantes meses del año 80, desde la definición de
las candidaturas hasta el triunfo de Roca, previa federalización de
Buenos Aires, están relatados de un modo apasionante por Jorge Abelardo
Ramos en Del patriciado a la oligarquía (tomo II de Revolución y contrarrevolución en la Argentina); y publicamos algunos extractos en: La feroz lucha que debió librar Roca en 1880 para asumir la presidencia.
Contra la imagen que se nos transmite, el año 1880 no fue una sucesión tranquila entre miembros de una elite homogénea y unida
en torno a los mismos intereses. Esa es una visión deformada por una
historia oficial de impronta mitrista que ha querido borrar la triste
actuación de Bartolomé Mitre en esa coyuntura. La realidad es que hubo
un enfrentamiento de sectores que encarnaban intereses distintos; unos eran la parte, la facción, y otros representaban el todo.
Y eso es lo que encarnaba Roca. Para hacer respetar la voluntad del
Congreso de federalizar Buenos Aires y la voluntad de las provincias que
lo habían elegido presidente, Roca tuvo que entrar a sangre y fuego a una capital en pie de guerra.
En síntesis, frente a la victoria de Roca en las presidenciales -con el apoyo de todo el interior, excepto Corrientes-, el partido porteño optó por desconocer el resultado y levantarse en armas.
Roca aplastó esa rebelión. Fue la última. Los combates, en Barracas,
Puente Alsina y Plaza Constitución, dejaron 3.000 muertos. Pero Buenos
Aires fue por fin declarada distrito federal y capital de todos los
argentinos.
Esa decisión, impuesta a la ciudad rebelde por todo el país, fortaleció al Estado y eliminó un factor que estaba en la base de las tendencias centrífugas que ya se habían manifestado fuertemente en los años previos.
El
todo fue superior a las partes y la unidad nacional se vio fortalecida.
Fue obra de la generación del 80. Y en particular de Roca, el hombre que hizo efectiva la autoridad del Estado sobre todo el territorio nacional; elemento indispensable en la construcción de la Nación.
En 2014, al cumplirse 25 años de la publicación del ya clásico Soy Roca, de Félix Luna,
una biografía en primera persona que pronto se volvió bestseller, su
hija, Felicitas Luna, recordó que el libro fue escrito en 1989, año de
la crisis final del gobierno de Alfonsín, un momento de incertidumbre y
de necesaria reflexión, en el cual despertaba interés la figura de Roca
como constructor. Era un momento iniciático en cierto modo, la
democracia llevaba poco tiempo de recuperada. Todo estaba por hacerse.
El
tiempo ha pasado, la democracia está consolidada, pero el país sigue
sin rumbo claro y una concertación en torno a consensos básicos entre
todos los argentinos parece muy difícil de alcanzar. No estaría de más
que los aspirantes a dirigir el país se inspiraran en la actuación de Roca en aquel momento fundante del Estado nacional.
Volviendo a la coyuntura del 80, hay otras lecciones que sacar. Domingo Faustino Sarmiento,
por ejemplo, no respaldó la candidatura de Roca y en el conflicto con
Mitre intentó permanecer “neutral” con la esperanza de poder terciar en
la discordia y convertirse en el candidato del consenso. Roca no tenía
la mejor opinión de él; sin embargo, ya como presidente, lo convocó, lo
nombró Superintendente de Escuelas y promovió su proyecto de ley de educación pública. Las ideas educativas de Sarmiento conocieron su mayor concreción durante la presidencia de Roca:
creación del Consejo Nacional de Educación, convocatoria al Primer
Congreso Pedagógico, promulgación de la Ley 1420 de Educación Común
(escuela primaria común, gratuita y obligatoria) y creación de 600
escuelas. Una política que consolidó la identidad de los argentinos y
favoreció la asimilación de los inmigrantes.
Roca es un blanco curioso para una corriente iconoclasta
que se pretende nacionalista y antiimperialista pero ataca al
constructor del moderno Estado nacional argentino. Ni hablar de la
fiebre laicista que ha prendido en estos mismos sectores –antirroquistas en nombre de la entelequia de una “nación originaria”–
que parecen ignorar que la laicización del Estado argentino, es decir,
su modernización, también fue obra de Roca. Bajo su presidencia se
promulgó la Ley de Registro Civil.
El cacique PincénA
ello se suma la Ley de Moneda Nacional (que permitió tener un sistema
unificado de moneda hasta entonces inexistente), la fundación de la
capital bonaerense y la creación del municipio de la Capital con
Intendente y Concejo Deliberante y la creación de los Territorios
Nacionales de La Pampa, Río Negro, Neuquén, Chaco y Formosa, que más
tarde serían provincias. Más importante aún -y vinculado a la campaña
del desierto- la firma del Tratado de Límites con Chile, en 1881, que consagraba el dominio argentino sobre la Patagonia y da origen a los territorios de Chubut, Santa Cruz y Tierra del Fuego.
La
furibunda campaña antirroquista de los últimos años, ha reducido la
obra de Julio Argentino Roca, dos veces presidente de la Argentina
(1880-1886 y 1898-1904), a la Conquista del Desierto, anacrónicamente
presentada como un genocidio, a la vez que otras políticas y
realizaciones de su gestión son ensalzadas sin mencionar su autoría: la
federalización de Buenos Aires, la derrota del porteñismo, la educación
pública, e incluso la laicización del Estado que hoy tantos progresistas invocan como si no existiera ya.
Roca lo hizo, hace más de un siglo.
[Las acuarelas que ilustran esta nota son obra de Enrique Breccia]