Introducción – Argentina, 1955: un país al borde del abismo
A mediados de 1955, la Argentina era un país profundamente fracturado. La figura de Juan Domingo Perón dominaba la escena desde hacía casi una década, con un gobierno que había transformado radicalmente el país desde su llegada al poder en 1946. Desde el punto de vista de los sectores populares y del movimiento obrero, el país vivía una etapa de inédita inclusión social. Perón había institucionalizado los derechos laborales o, mejor presentado, había logrado hacer creer a la población que las leyes laborales provenían de su mano y obra. Así, se había creado una red de seguridad social robusta y empoderado a los trabajadores como actores políticos fundamentales. La Fundación Eva Perón, aún tras la muerte de Evita, mantenía su impronta asistencial en los sectores más humildes. La economía, sin embargo, atravesaba turbulencias: el agotamiento del modelo industrialista de sustitución de importaciones, las restricciones externas, la galopante inflación y la caída de las reservas comenzaban a generar tensiones. Aun así, el aparato sindical y la maquinaria peronista mantenían una fuerte capacidad de movilización y resistencia. Para millones, Perón era el líder legítimo que había dignificado al pueblo y encarnaba una nueva forma de justicia social.
En el otro extremo del escenario, una parte significativa de la sociedad —compuesta por sectores de las clases medias, la cúpula empresarial, amplios sectores de la Iglesia, la intelectualidad liberal y buena parte de las Fuerzas Armadas— consideraba al peronismo un régimen autoritario, populista y corrupto. Acusaban al gobierno de haber cooptado el aparato del Estado para consolidar un culto personalista, perseguir a opositores, controlar la prensa y degradar las instituciones republicanas. La educación había sido subvertida para convertirse desde el jardín de infantes hasta la escuela secundaria en un culto pleno la personalidad del líder. Los únicos que resistían era la universidad, la intelectualidad y los científicos. Las tensiones con la Iglesia, particularmente tras la supresión de feriados religiosos y la legalización del divorcio, escalaron al punto de romper una relación que había sido aliada en los primeros años. El clima político se tornó asfixiante: clausuras de diarios, censura, proscripción de partidos y creciente militarización del discurso. Para la oposición, la defensa de la "República" justificaba el uso de medios extremos, y los sectores más conservadores veían con creciente simpatía la idea de un golpe militar como única salida al “atropello peronista”.
En ese contexto crispado y polarizado, el bombardeo del 16 de junio de 1955 marcó un punto de no retorno. El fallido intento de magnicidio, que dejó más de 300 civiles muertos en Plaza de Mayo, evidenció que la lucha política había cruzado el umbral hacia la violencia. Tres meses más tarde, con una sublevación militar consolidándose desde Córdoba y el país al borde de una guerra civil, Perón entendió que la continuidad de su figura solo significaría más sangre. El 19 de septiembre presentó su renuncia y partió al exilio, dejando un vacío de poder que la Revolución Libertadora se apuraría en llenar con proscripciones, persecuciones en forma de búsqueda de justicia por los abusos y una promesa incierta de “republicanismo recuperado”.
La huida y después
La huida de Juan Domingo Perón en septiembre de 1955 fue tan dramática como reveladora del colapso político que vivía el país. Tras semanas de creciente inestabilidad, con alzamientos militares desde el interior y un respaldo cada vez más debilitado dentro de las propias Fuerzas Armadas, Perón comprendió que su permanencia en el poder podía desencadenar una guerra civil abierta. El 19 de septiembre, presentó su renuncia en una carta dirigida al general Franklin Lucero, ministro de Ejército, invocando su deseo de evitar una “catástrofe fratricida”. A partir de ese momento, comenzó una retirada silenciosa pero cuidadosamente ejecutada.
El general fusilador al final era Perón, como lo dice claramente acá.
Perón pasó esa noche en el Palacio Unzué, su residencia oficial, desde donde partió en secreto al amanecer del 20 de septiembre. En otra carta, a su edecán, le pide traer una lista de objetos de su casa, incluyendo fotos de su amante de 15 años. Fue trasladado al arsenal de la Marina en Río Santiago, donde permaneció oculto bajo protección naval, disfrazado con uniforme de marinero para no ser reconocido. Desde allí, fue llevado en una lancha hasta un buque paraguayo anclado en el Río de la Plata —el Paraguay, una cañonera diplomática— que lo trasladó bajo asilo político a Asunción, con el visto bueno del presidente paraguayo Alfredo Stroessner. Paraguay fue apenas una escala. Perón pasó unos días allí en condiciones precarias y con la permanente amenaza de ser entregado a los nuevos mandos militares argentinos. Decidido a evitar esa posibilidad, buscó rápidamente un destino más seguro. Viajó primero a Panamá, país que tradicionalmente ofrecía asilo a exiliados latinoamericanos, y desde allí comenzaría un largo periplo que lo llevaría luego a Nicaragua, Venezuela, y finalmente a su exilio más duradero en España, bajo el régimen franquista. En esos primeros días, sin embargo, el exilio de Perón no fue ni cómodo ni seguro. Viajaba con documentación provisoria, sin garantías de protección diplomática estable, y en muchos casos debió depender del auxilio de amigos personales, contactos del movimiento peronista y gobiernos latinoamericanos afines. En paralelo, en Argentina comenzaba la llamada Revolución Libertadora, que prometía restaurar la “república” pero que rápidamente adoptó una política sistemática de proscripción, persecución y represión contra el peronismo, lo que sellaría la fractura política del país por décadas.
En ocasiones, los líderes políticos recurren a las lecciones de la historia para justificar o defender sus acciones. La presidente Cristina Fernández de Kirchner no es ajena a esta práctica. Especialistas han estudiado este fenómeno y concluyen que no está mal usar la historia, el problema es caer en el abuso. En cadena nacional del 15 de agosto pasado, la presidente explicó que Hitler no había llegado por la inflación, sino “porque habían humillado a Alemania” y agregó que “el nazismo fue la consecuencia de las condiciones que los aliados impusieron a la Alemania vencida de la Primera Guerra Mundial a través del Tratado de Versalles”. Se trata de un argumento utilizado por los defensores de las políticas agresivas y expansionistas que siguió ese país a partir del ascenso del nazismo. La historia académica lo superó al demostrar claramente su insuficiencia para explicar la tragedia que asoló a Alemania y luego al mundo en los años treinta. Se sabe que la inflación que se disparó en la primera posguerra hasta 1926, como un impuesto invisible, terminó debilitando a las nuevas democracias. Dañó la moral del trabajo y de su corolario, el ahorro; puso en duda el ascenso social, reafirmó las desigualdades y estableció una diferencia entre los que la supieron aprovechar y los que la padecieron. Ante la crisis monetaria, se abrió el camino a la aventura. La democracia parlamentaria fue reemplazada por el mito y el culto al hombre providencial, el Jefe, capaz de acabar con la inflación por su carisma. El ascenso del nazismo se debió a un proceso más largo y complejo en el que el pueblo alemán y sus líderes pudieron haber tomado otro camino. Cuando los líderes apelan al pasado sin fundamento de investigación histórica se comportan como “historiadores prácticos-intuitivos”. Lo utilizan en base a una percepción subjetiva, imágenes y conocimiento selectivo. En muchos casos, sus explicaciones pueden llegar a ser suficientemente precisas en un nivel muy general pero son muy imprecisas en los detalles. Los expertos sostienen que aquellos que recurren a contar la historia con esa perspectiva muestran una gran confianza en sus afirmaciones y carecen de inhibición para utilizar el pasado en formas diferentes, aunque sepan poco del tema. Al abusar de este recurso pueden terminar en desvíos o falacias o corren el peligro de presentar los hechos como inevitables. Recurrir a la historia de manera ligera podría llevar también al orador a sostener posiciones que en realidad no son las propias pero que dejan la percepción equivocada sobre dónde están sus valores y prioridades. La humillación no explica la violencia electoral y el empleo de grupos de choque para acallar a los opositores de esa época. A fin de no repetir la historia, lo importante es reconocer por qué la democracia sucumbió para defenderla hoy plenamente.
Alejandro Corbacho Director del Departamento de Ciencias Políticas y Relaciones Internacionales (UCEMA)
“No matar”: un film expone los estragos de la violencia guerrillera previa a 1976 en las voces de protagonistas y víctimas
Se
estrena el lunes 20 en el Bafici esta película documental de Juan
Villegas. En sus palabras, “una película que nunca se había hecho, una
que incluye las dos miradas: una historia lo más honesta posible acerca
de lo que fue la guerrilla y también los testimonios de sus
daminificados”
Testimonios de ex guerrilleros y de víctimas civiles de la violencia de las organizaciones armadas en los años 70
“No igualo la gravedad del terrorismo de Estado con los crímenes cometidos por la guerrilla —aclara el director de No matar, Juan Villegas, en diálogo con Infobae—. Pero el lugar de las víctimas de la guerrilla es todavía un tabú”.
Este director, guionista y productor de cine de 54 años reivindica “la valentía y claridad de Sergio Bufano y Aldo Duzdevich”, dos de los intervinientes en este documental. Una honestidad intelectual de la que carecen por completo los jefes supérstites de la guerrilla que en los últimos años se han refugiado en un rol de víctimas, al amparo de un relato falaz y maniqueo.
Con tres voces de ex militantes de aquellas experiencias —el tercero es Emilio del Guercio—, Villegas arma un relato bien estructurado que va marcando las etapas de cómo se fue gestando la llamada “violencia de abajo”,
la opción por la lucha armada, y cómo se posicionaron esos grupos ante
el regreso de Perón y el restablecimiento de la democracia.
También hablan familiares de víctimas del accionar de la guerrilla:gerentes de fábrica, empleados de multinacionales, transeúntes ocasionales, etcétera.
Por caso, Luis Giovanelli, gerente de Finanzas de Ford, asesinado en un intento de secuestro. Su hijo, de apenas 4 años al momento del crimen, dice: “Mi padre fue asesinado en el 73. La dictadura empezó en el 76. No avalo lo que hizo la dictadura. Cuando cuento lo de mi padre, me dicen: ‘¿pero viste lo que pasó después?’”
En los años 80 y 90, había un consenso entre los sobrevivientes de la experiencia de las luchas de los 70: tomar las armas en democracia, declararle la guerra al gobierno de Perón y luego al de Isabel, matar para “agudizar las contradicciones”; todo eso estuvo mal y no era reivindicable.
Ese consenso fue roto por el advenimiento de una política de derechos humanos que instaló un relato parcial, exculpatorio de la violencia armada. Al amparo del paso del tiempo, la historia se fue simplificando, con un enfoque maniqueo y un retroceso a posiciones sectarias y a la reivindicación acrítica de la lucha armada con el falso argumento de la “resistencia”, puesto que se tomaba las armas para implantar el socialismo. A la fuerza, ya que la representatividad degrupos que pretendían hablar en nombre del “pueblo” era escasísima.
El ERP declaró de entrada en el 73 que no respetaría la democracia: “Seguimos con la lucha armada hasta derrotar al capitalismo e instaurar el socialismo revolucionario”.
Sergio Bufano es uno de los entrevistados por Juan Villegas en "No matar"
FAR y Montoneros actuaron con más disimulo; o mejor dicho con más doblez. Decían respetar la democracia mientras seguían matando. El asesinato del secretario general de la CGT José Ignacio Rucci fue la cumbre de esta estategia; el grupo se colocó abiertamente contra el pueblo.
La confirmación se dio en abril de 1975, cuando Misiones llamó a elecciones debido a la muerte del gobernador. Montoneros compitió con la etiqueta de Partido Auténtico. El resultado fue lapidario: 5,62% de los votos, contra 46,52 del Frejuli, es decir del PJ oficial.
Estas cifras mostraban dos cosas: la irrepresentatividad de los grupos armados y la vigencia electoral del justicialismo, anticipo de lo que podía suceder en las siguientes elecciones y dato determinante para acelerar el Golpe.
La
estrategia real de las organizaciones armadas es una de las cosas que
emerge de este documental, entre otras conclusiones sorprendentes solo
para quienes en los últimos años fueron adoctrinados en el blanqueo —cuando no la apología— del accionar guerrillero.
Otra verdad que deja establecida la película es que Mario Eduardo Firmenich era cualquier cosa menos peronista y
no por la opinión de los intervinientes sino por un documento de su
puño y letra leído en el film, escrito luego de un encuentro con Perón,
que merece una mayor difusión para seguir disipando equívocos.
No matar es también una condena a los que se escudan en la represión ilegal para eludir la reflexión crítica que le deben a la historia y a las próximas generaciones. “La dictadura transformó a los victimarios en víctimas”, dice alguien. “Si decías que también hubo víctimas de la subversión, inmediatamente te acusaban de defender a la dictadura. Y se terminaba el debate”, es otra relfexión.
El reproche de las víctimas se dirige también a las respectivas empresas: Renault, Ford y Bunge y Born. Ni en esos lugares hay memoria de lo que pasó.
Juan
Villegas es también crítico de cine, docente universitario, coordinador
de talleres de guion y escritor. “Pero por sobre todo me considero
director de cine. Dirigí algunas películas de ficción y documentales.
Mis preferidas tal vez sean Sábado, Las Vegas y Victoria. Este año estoy estrenando dos nuevas: Jota Urondo, un cocinero impertinente y No matar”.
Juan Villegas, director de "No matar"
— ¿Cuál fue tu motivación para incursionar en este tema?
— En
el prólogo digo que el lugar de las víctimas de la guerrilla es todavía
un tabú. Parece una exageración, porque la realidad es que sus
historias se han contado, más de una vez y desde hace mucho. Pero en
general esos relatos fueron usados para reivindicar la dictadura o
minimizar o justificar el terrorismo de Estado. De ninguna manera esa es
mi intención. Los crímenes de la dictadura no fueron “excesos”, fueron
atrocidades y violaciones a los derechos humanos; no igualo la gravedad del terrorismo de Estado con los crimenes cometidos por la guerrilla;
no avalo de ningún modo la idea de que el terrorismo de Estado haya
sido una “reacción” necesaria ante acciones violentas de la guerrilla.
—
Sí, pero esos crímenes atroces desde el Estado fueron usados para
exculpar por completo el accionar de las organizaciones armadas.
— Por eso quise hacer una película que narrase el dolor de los familiares de estas víctimas sin que eso signifique romper el consenso del “Nunca más”. Esa
era mi motivación inicial. Desde el principio de mi investigación,
percibí que era un tema incómodo. Cuando contaba que mi película iba a
incluir testimonios de familiares de víctimas de la guerrilla, muchos me
decían “no te metas con eso”, “¿estás seguro?” Esa incomodidad me hizo pensar que sí había un tabú y que precisamente por eso tenía sentido hacer esta película.
— La película incluye también el testimonio de ex guerrilleros.
— Sí, esta es la historia de las víctimas pero también la de algunos que participaron en la guerrilla y hoy tienen una mirada crítica y reflexiva
respecto a lo que hicieron. En las últimas décadas, en el periodismo,
en muchos ensayos y también en la literatura de ficción, hubo muchos
textos que incluyeron una mirada crítica acerca de las organizaciones
armadas. Pero eso ha estado ausente en el cine argentino. De hecho, había una mirada más honesta y compleja en documentales más viejos: Montoneros, de Andrés Di Tella, del año 1994; Los Rubios. de Albertina Carri, en 2003; Los malditos caminos, de Luis Barone, del 2002, o Papá Iván, de
María Inés Roqué, en 2004, entre otras. Luego, hubo algunos pocos
documentales en los últimos años que se enfocaron en el tema de las
víctimas de la guerrilla, pero me parecieron o muy precarios cinematográficamente, o con un objetivo de reivindicación de la dictadura, o muy poco valiosos en términos de discusión política. Entonces surgió en mí la motivación de hacer una película que nunca se había hecho.
Una que incluyera las dos cosas: una historia lo más honesta posible
acerca de lo que fue la guerrilla y también los testimonios de las
víctimas.
Aldo Duzdevich, autor de "La lealtad, los Montoneros que se quedaron con Perón", es otro de los entrevistados por Juan Villegas
— ¿Fue difícil encontrar gente dispuesta a reconocer errores?
— En un principio quería incluir más entrevistados que hubieran participado en la guerrilla, pero no abundan los que se atreven a hablar con la valentía y claridad que sí demuestran Sergio Bufano y Aldo Duzdevich.
Al menos, yo no los encontré. Por ejemplo, quería incluir a alguien del
ERP, pero en mi investigación solo me topaba con gente que reconocía
errores estratégicos pero que no se permitía una autocrítica más
profunda. Podían reconocer que haber asesinado al Capitán Viola y a su
hija estuvo mal, pero no tanto por el daño irreparable ocasionado a esa
familia, sino más que nada por lo que significó negativamente para la legitimidad de la lucha del ERP.
— ¿Refleja la película tu pensamiento sobre esa etapa?
—
Mi voz no aparece en el documental; yo hablo a través de los
entrevistados. Eso no significa que esté de acuerdo con cada cosa que
dicen, pero la suma de sus testimonios conforma de cierta manera mi
visión. Me costó mucho encontrar ese punto justo en el que se pudieran
incluir varias voces, a veces no concordantes, y que al mismo tiempo el
conjunto me representara. Pero lo que no quise hacer fue incluir testimonios de gente que no estaba dispuesta a repudiar claramente el uso de la violencia. Hablé
con un ex-militante del PST. Me interesaba incluirlo en el documental,
porque esta organización, aun perteneciendo a la izquierda marxista,
priorizó el trabajo sindical por sobre la violencia política. Le
pregunté por qué habían rechazado la lucha armada. Me dijo: “No, no la
rechazábamos. Solo creíamos que en ese momento no era viable.” Luego le
pregunté si, más allá de eso, condenaba a la violencia desde una
concepción ética. Le conté la historia de Delia Lozano, cuyo padre, gerente de Renault, fue asesinado a balazos, delante de ella, al salir de una iglesia. Me respondió: “Ningún gerente de una multinacional era inocente en esa época.”
Yo no podía creer lo que este tipo me decía. Le seguí discutiendo:
“¿Sabés que incluso hubo niños que murieron por acciones de la
guerrilla?” Me respondió: “¿Cuántos? ¿Cuatro, cinco? ¿Cuánto es eso al
lado de la cantidad de bebés apropiados?” Obviamente, no me interesaba
incluir en la película a alguien que piense así.
— ¿Y Emilio del Guercio? Él no perteneció a las organizaciones armadas.
—
En el caso de Del Guercio, buscaba la mirada de alguien de esa misma
generación, que también tuviera una visión crítica de la sociedad, pero
que había elegido el camino del arte para plantear su rebeldía frente al
mundo que lo rodeaba. Lo pensé como una forma de desactivar la idea de que la violencia era el único camino posible en esa época.
La idea de que para esa juventud rebelde la lucha armada era una
fatalidad, algo de lo que no podían escapar, y no una elección, me
parece una idea falsa, una mentira.
Emilio
del Guercio. Villegas incluyó su testimonio "como una forma de
desactivar la idea de que la violencia era el único camino posible en
esa época"
— ¿Cuál fue el criterio para la selección de los familiares de las víctimas de la guerrilla?
— En el caso de los familiares de las víctimas, decidí que solo fuesen víctimas civiles. No
me interesa la forma en que se suele instrumentar el concepto de
“memoria completa”, como una contraposición de unas víctimas frente a
otras, que lleva implícita más la idea de anular las otras muertes
que la de sumar las que han sido silenciadas. Y sentía que incluir a las
víctimas militares o de las fuerzas de seguridad podía llevar el relato
hacia ese lugar. Además, creo que no es tan sabido que muchas de las víctimas fueron civiles. Mucha gente, no informada, todavía cree que la guerrilla solo mataba militares.
— ¿Hubo cosas que te sorprendieron en los relatos?
— Algo que me pasó haciendo la película fue mi revisión acerca del rol de Perón en esos años. En ese sentido, también fue importante leer el libro de Juan Manuel Abal Medina: Conocer a Perón.
La película le dedica mucho a la tensión entre Montoneros y Perón,
desde el asesinato de Aramburu hasta la muerte de Perón. Hay una suerte
de reivindicación del rol de Perón en esos años, de su vocación por pacificar el país. Obviamente,
cometió errores y fue en parte responsable de la escalada de violencia
que terminó estallando en el 76 con el golpe. Pero es indudable que hubo
en él una intención sincera, y hasta diría patriótica, de terminar con
la violencia y que se pudiera construir un país en paz. Es curioso que la crítica al rol de Perón durante su último gobierno haya venido al mismo tiempo desde los sectores de izquierda del propio peronismo y desde la derecha más pro-dictadura. La
idea de que el terrorismo de Estado empezó en el 73 y que el golpe del
76 fue solo un cambio formal, cosmético, para seguir la misma política
represiva previa, fue lo que sostenían, por ejemplo, los abogados de
Massera para justificar sus crímenes, pero también lo que quiso imponer
como relato parte de la izquierda peronista, tal vez para de esa
manera justificar el uso de la violencia por parte de Montoneros entre
el 73 y el 76, durante gobiernos democráticos.
— ¿De quién o de quiénes creés que es la responsabilidad por el relato parcial y simplificado de los últimos tiempos?
—
Hay algo que es una especie de mal de esta época, que no nos permite
discutir honestamente las cosas, que nos hace acomodar los hechos según
nuestra conveniencia circunstancial. Tal vez por eso mi película es tan
larga, porque necesita trabajar mucho el contexto para entender de lo
que se está hablando. Es una película contra la idea de los slogans
simplificadores. Como dice Claudia Hilb, “no hay verdades
sencillas para pasados complejos.” No me interesa buscar culpables con
nombre y apellido. Ni siquiera ubicar responsabilidades en determinados
sectores políticos por sobre otros. Obviamente, tengo mis opiniones,
pero en este momento me interesa abrir la discusión, que la película sea un disparador para que quien quiera pueda revisar una vez más sus ideas y salir de posiciones cómodas y tranquilizadoras.
Conocer a Perón, el libro de Juan Manuel Abal Medina, cambió la percepción que tenía Juan Villegas sbre el rol de Perón en 1973
— ¿Qué impacto esperás que tenga este documental?
—
No soy un sociólogo ni un historiador ni un periodista; soy un director
de cine. Lo que me propuse es hacer una película, en la que está
implícita fuertemente la idea de narración. Me interesa contar una historia de los 70,
un punto de vista que obviamente es parcial pero que pretende ser
honesto. Por eso la película elige ser fiel a la cronología. Me gustaría
que sirva para entender mejor aquellos años. Que se pueda
reflexionar sobre el hecho de que las organizaciones armadas no sólo
fracasaron en lo militar, en lo político y en lo estratégico. También fallaron en lo ético y en lo ideológico.
El hecho de que gran parte de los militantes revolucionarios hayan
terminado torturados, asesinados o desaparecidos de una forma brutal, no
convierte a las organizaciones armadas en un modelo político que hoy
debamos reivindicar. El proyecto de país que tenían era violento, poco
democrático, sectario, alejado del pueblo. Yo entiendo que hubo una
mística revolucionaria que buscaba sinceramente liberar a los oprimidos y
crear una sociedad mejor y más igualitaria, pero tanto la forma como el
contenido de lo que se llamó “lucha armada” nunca lo iba a conseguir,
porque la violencia ya estaba en el germen, en su razón de ser. Bueno, y
además de la “gran” historia, la película está llena de relatos más
íntimos, las historias personales de cada uno de los entrevistados.
Esas historias nutren a la historia central pero también funcionan como
relatos autónomos, en los que apunto a lo que se busca en casi
cualquier relato: la reflexión, la empatía y la emoción.
—
Te iba a preguntar cómo te preparaste para hacer esto pero vi al final
de la película la bibliografía que usaste, que responde eso en parte.
Pero tal vez quieras agregar algo.
—
El proceso de investigación y selección de los entrevistados lo llevé
adelante en total soledad. La película se hizo de una forma muy artesanal, con muy pocos recursos económicos. Me dediqué a leer y releer lo más que pudiera. Y fui descubriendo que la cantidad de bibliografía existente es inagotable. Hay mucho escrito (y mucho muy bueno) acerca
de las organizaciones armadas de los 70. De hecho, ya se escribía
críticamente sobre la guerrilla en forma simultánea a los propios
hechos. Y se siguió escribiendo y publicando sin interrupciones luego de
la recuperación de la democracia. Lo que contrasta con lo poco que se han narrado estos temas en el cine argentino post-dictadura.
Porque hay muchas películas acerca de la militancia, acerca de las
víctimas del terrorismo de Estado, pero muy pocas que se animan a narrar
la lucha armada. Ni siquiera para reivindicarla. También me resultó muy
útil pasar horas mirando y leyendo archivos: revistas partidarias de
las organizaciones, artículos periodísticos de ese tiempo, noticieros de
la época en youtube, extractos de discursos, documentales militantes,
incluso películas de ficción. Nada de eso quedó en mi película, pero me
sirvió para empaparme del espíritu de la época. Para mí era importante
tratar de entender por qué gran parte de esa generación eligió la violencia como camino, aun cuando no comparta esa decisión.
— ¿Imaginás que, como a algunas de las víctimas que dieron testimonio, a vos también te van a acusar de defender a la dictadura?
—
Si ven la película, no creo que nadie pueda acusarme de defender a la
dictadura. Apelo a la inteligencia de los espectadores. Frente al
prejuicio irracional, frente a la pereza intelectual, no puedo hacer
mucho.
— Mientras hablan los entrevistados, no hay imágenes alusivas. ¿Tiene eso algún motivo?
—
Como dije, investigué mucho con archivos y evalué en algún momento la
posibilidad de incluir imágenes de la época que acompañen los
testimonios. Pero rápidamente descarté la idea. Me parece algo muy
impresionante la forma en que el relato oral construye el pasado y, a la
vez, da un testimonio sobre el presente. Porque esas personas nos están
hablando ahora. Y se trata de cine. Es un relato sobre el pasado, pero
está sucediendo frente a nosotros, a través del registro de la cámara.
Creo que hay un valor cinematográfico en reivindicar la imagen de gente
contando cosas dolorosas y al mismo tiempo teniendo la capacidad para
reflexionar. Sentí que la inclusión de archivos no iba a servir más que
como meras ilustraciones y que siempre iban a ser menos interesantes que los propios relatos.
O peor aún: esas imágenes de archivos no me iban a servir para contar
la época con mayor precisión sino que se iban a convertir en algo más
ligado a lo espectacular, al impacto fácil.
— Salvo el final de cada capítulo, en lo que hay imágenes y canciones.
—
Sí, las excepciones son los finales de capítulos, que están pensados
como breves piezas de respiro, acompañadas con música de la época, para
permitir que el espectador se tome un tiempo para reflexionar sobre lo
que ha estado viendo. Y luego está el fragmento del programa de Mariano
Grondona [N. de la R: un cruce entre un cuadro montonero y la hija de una víctima], en el que el archivo me pareció que sumaba mucho, porque no funciona como ilustración sino que se construye una escena muy tensa y compleja, que además posiblemente resuma el concepto general de la película.
Delia
Lozano, hija de un civil asesinado por la guerrilla, durante un debate
con un montonero en el programa de Mariano Grondona. Años después,
vuelve a contar su historia en "No matar"
FICHA TÉCNICA
Duración: 225′
Dirección de fotografía: Gaspar Chaves
Edición: Miguel de Zuviría
Sonido: Valeria Fernández
Producción: Juan Villegas, Mariana Erijimovich
Compañía productora: Al trote films
Participantes:
Aldo Duzdevich, Sergio Bufano, Delia Lozano, Emilio del Guercio,
Esteban Giovanelli, Claudia y Cristina Muscat, Delia Lozano, Ariel
Lombardero, David Barrios
Cavallo, el destructor final de la defensa argentina
Cuando alguno se pregunte por qué Brasil tiene cazas supersónicos e Irán tiene misiles hipersónicos y la Argentina no, hay que leer las memorias del ministro peronista Domingo Cavallo donde cuenta con orgullo cómo destruyó a la industria de defensa nacional... y dejó a la armada sin portaaviones
Argentina 1976, un país clandestino. Salta. La masacre de “Las Palomitas”
La Voz de Chubut
Los 11 detenidos que fueron asesinados en lo que se conoció como la masacre de Las Palomitas
La metodología de hacer desaparecer o matar a una persona que estaba a disposición del Poder Ejecutivo Nacional se realizaba también mediante los “intentos de fuga”. Eran operaciones que fraguaban las Fuerzas Armadas.
El de la masacre de Las Palomitas, en Salta, fue uno de estos casos.
El 6 de junio de 1976 el coronel Carlos Mulhall, jefe de la Guarnición
Salta y del Área 322, envió a Braulio Pérez, director del penal de Villa
Las Rosas, una orden de “traslado administrativo” de presos. Eran once,
cinco mujeres y seis hombres. El operativo lo realizaron los militares,
que ordenaron apagar las luces de los pasillos; solo algunos
guardiacárceles permanecieron con linternas. Los militares se llamaban
entre sí con seudónimos. El traslado no fue registrado en los libros de
la unidad penal.
Los detenidos estaban a disposición del PEN.
Estaban presos desde 1975. Les dijeron que dejaran sus ropas y
pertenencias en la cárcel. Celia Raquel Leonard de Ávila, maestra, le
entregó su bebé de cuatro meses a su hermana, que estaba detenida pero
no figuraba en la lista administrativa. La patrulla militar del capitán
Hugo Espeche Garzón retiró a los presos y los condujo hasta la salida de
la ciudad de Salta, donde fueron entregados a otro grupo militar para
concretar el supuesto traslado.
Los presos, según Mulhall, serían trasladados a Córdoba, sede de la Zona 3, que tenía jurisdicción sobre la provincia de Salta.
Para matar a los once detenidos se inventó la aparición de un comando
guerrillero en la noche del 6 de julio sobre la ruta 34, a la altura
del paraje Las Palomitas, entre General Güemes y Metán. Pero no hubo
heridos ni muertos entre los militares y los guerrilleros. Al día
siguiente aparecieron un Torino y una camioneta -que habían sido
sustraídos a dos conductores en la tarde del “ataque”- con cápsulas de
bala y manchas de sangre y restos de masa encefálica de los presos, como
resultado del “enfrentamiento con las fuerzas subversivas”.
En realidad, entre las diez y diez y media de la noche los
prisioneros fueron bajados de los medios de transporte y fusilados; dos
de los cadáveres fueron dinamitados dentro de uno de los vehículos.
Fragmento del libro “Los 70, una historia violenta”, de Marcelo Larraquy.
La historia oficial asegura que el nazi se suicidó junto a su esposa hace 70 años en el bunker subterráneo de la cancillería de Berlín, cercado por el Ejército Rojo. Otros investigadores sostienen que huyó y pasó sus últimos días en el sur argentino. Detalles del Proyecto Tierra del Fuego que trajo a Hitler hasta la Patagonia. El Patagónico
"Hitler está vivo, escapó a España o Argentina", había dicho Stalin para responder a una pregunta de James Byrnes, secretario de Estado norteamericano, durante la conferencia de Potsdam, el 17 de julio de 1945. El dictador soviético acusaba a los aliados occidentales de ser cómplices de la huida del líder nazi. En el mes anterior, el general Gueorgui Zhúkov, uno de los más destacados generales del Ejército Rojo, se había pronunciado en el mismo sentido durante una rueda de prensa. Hitler posiblemente escapó en avión antes de que se cierre el cerco sobre Berlín, aseguró. ¿Pero no eran los rusos los que habían encontrado los restos de Hitler y de su esposa Eva Braun? ¿Se trataba solo de acusaciones del astuto Stalin para sembrar discordia en la antesala de la Guerra Fría? Rápidos de reflejos, los ingleses encomendaron su propia investigación a Hugh Trevor Roper, que servía como oficial de inteligencia.
A través de varias entrevistas con miembros del séquito de Hitler llegó a la conclusión "terminante" del suicidio. Concluyó que Hitler se casó con Eva Braun el 29 de abril de 1945 y al otro día ambos se quitaron la vida en el bunker subterráneo de la Cancillería, rodeados de tropas rusas. Luego, sus cuerpos fueron quemados en los jardines del edificio por sus acólitos, dentro del cráter provocado por una bomba.
Trevor Roper publicó su trabajo en 1947 en formato de libro (Los últimos días de Hitler) y este fue fundacional para la teoría del suicidio. La mayor parte de los investigadores que lo sucedieron lo citaron de una y otra manera, sin poner en duda sus conclusiones. A Trevor Roper se sumó Michael Musmanno, uno de los jueces norteamericanos del proceso de Nüremberg.
Musmanno hizo su propio libro con entrevistas a funcionarios nazis (Los últimos testigos de Hitler). El magistrado norteamericano llegó a conclusiones similares a las de Trevor Roper. Trevor Roper y Musmanno instalaron la teoría del suicidio en base a testimonios orales Pero, más allá de los testimonios de los que "vieron morir a Hitler", ¿había otras pruebas? ¿Dónde estaba el cuerpo? Tras la muerte de Stalin, en 1953, los rusos informaron que sí tenían restos del Führer y que habían sido debidamente identificados. Los puentes dentales habían sido la prueba clave para concluir que era Hitler.
Luego, los cadáveres de Hitler, su esposa y los de la familia Goebbels fueron enterrados bajo un cuartel de Magdeburgo. En 1970 todos los cuerpos fueron exhumados y -salvo un pedazo de cráneo de Hitler- fueron incinerados y las cenizas arrojadas al mar. En los 90, los rusos exhibieron por primera vez lo que se suponía era el último vestigio del esqueleto de Hitler. Decían que era una prueba concluyente, que acallaría los rumores. Pero expertos convocados para una investigación de History Channel revelaron que se trataba del trozo de cráneo de una mujer de entre 20 y 40 años.
Investigadores confirmaron que el cráneo exhibido como del dictador Adolf Hitler era de una mujer de entre 20 y 40 años Las contradicciones, las versiones cruzadas, la falta de pruebas tangibles abonaron el terreno para que se generara una línea de investigación paralela, que rechazó la versión oficial y buscó saber qué había realmente detrás de la muerte de Hitler.
El húngaro-argentino Ladislao Szabo lanzó la primera piedra en 1947, con su libro Hitler está vivo, que sostenía que el líder del Tercer Reich había logrado escapar de Europa en submarino. Varios recogieron el guante y siguieron las pistas con el correr de los años. Jeff Kristenssen (seudónimo del capitán Manuel Monasterio) o el italiano Patrick Burnside fueron algunos de ellos. En los últimos años, profundizaron la investigación dos británicos, Simon Dunstan y Gerrard Williams, con Lobo Gris y un argentino, Abel Basti, con El exilio de Hitler y otras publicaciones.
Ellos continuaron la zaga, aportaron datos y dieron por hecho que el dictador nazi huyó y vivió tranquilamente en la Argentina. Hasta dicen el día exacto en que murió. Revelaron que otros dos "muertos" en 1945, Martín Bormann -mano derecha de Hitler- y Heinrich Müller, jefe de la Gestapo, habrían sido los que urdieron el plan de escape.
Hitler en la Argentina. ¿Fantasía o realidad?
Luego de recordar la falta de evidencia forense sobre la muerte de Hitler y su esposa, tanto Dunstan y Williams como Basti se preguntan por qué los servicios de inteligencia de los Estados Unidos continuaron buscando a Hitler y recibiendo informes de sus agentes desde Sudamérica, donde varias personas aseguraban haber visto a Hitler. Cables desclasificados en los últimos años así lo indican.
"Si uno accede a los medios de época, diarios, agencias de noticias, emisiones radiales y demás, la noticia es que Hitler escapó. Que luego haya cambiado, es otra cosa", señaló Basti, recordando la historia de Stalin con Byrnes, citada al principio de la nota.
¿Pero cómo era posible que Hitler haya burlado el cerco? ¿De quién era el cuerpo encontrado? La respuesta a la primera pregunta: con complicidad de los aliados occidentales. La segunda: con un doble. De hecho Dunstan y Williams afirman que el que aparece en la última filmación conocida de Hitler no es él, sino Gustav Weber, uno de sus dobles.
La cinta fue grabada el 20 de marzo de 1945 y se ve a Hitler -o a su doble- junto a Artur Axmann, líder de las juventudes hitlerianas, entregando medallas a los niños-soldados que defendían las ruinas del Tercer Reich. Para llegar a esta conclusión, los autores de Lobo Gris recurrieron a análisis faciales de un destacado experto británico que trabaja con la policía científica. Luego del escape de Hitler del bunker, el desafortunado Weber recibió un disparo y fue "plantado" como el cadáver de Hitler.
El pacto con los aliados
El año 1943 marcó un quiebre en la guerra. El Eje estaba en retirada y ya quedaba claro que los Aliados avanzaban hacia una clara victoria. Consciente de esto, Bormann planificó la Aktion Feuerland (Proyecto Tierra del Fuego) con la intención de pactar con Occidente el escape de Hitler, de él mismo y la evacuación del tesoro nazi, proveniente de años de rapiña en los países ocupados y que incluía innumerables obras de artes saqueadas. A cambio, el secretario del Führer ofrecía información sensible sobre las avanzadas armas secretas nazis y la ubicación de los investigadores y técnicos, para que Estados Unidos pueda reclutarlos. Además, ofertaba la rendición del millón de hombres de la Wehrmacht que todavía combatían en Italia.
Pero no todo eran promesas, también había amenazas. Una, volar por los aires las minas en donde estaban escondidas miles de obras de arte robadas por los nazis y que representaban lo mejor de la cultura europea de siglos. Además, estaba el rumor de que el Reich tenía misiles de largo alcance -similares a la V2- con capacidad de atacar la costa este de los Estados Unidos. Prometía desactivarlos como parte de la negociación.
El interlocutor de Bormann -que negociaba a través de "Gestapo" Müller y de Ernst Kaltenbrunner- era nada menos que Allen Dulles. ¿Quién era? Dulles dirigía en Suiza el principal centro europeo de la OSS, la Oficina de Servicios Estratégicos, el servicio de inteligencia de los Estados Unidos durante la guerra. Dulles venía haciendo su trabajo con habilidad, reclutando agentes a lo largo y ancho del viejo continente, muchos de ellos diplomáticos nazis.
Ante el inminente choque con el bloque comunista, Dulles creyó más importante negociar con Bormann para sumar la tecnología alemana a la causa anticomunista que el destino de Hitler, ya derrotado. Más tarde, Dulles fue el primer director civil de la CIA. Esa central casi no tuvo actividad en relación a la búsqueda de Hitler en Sudamérica, al contrario que el FBI.
¿Por qué Argentina? El rol de Perón
Con algunas mínimas diferencias, Dunstan-Williams y Basti coincidieron en que Hitler dejó el bunker a pie por una conexión con el metro de Berlín, de allí voló en avión a Dinamarca, luego a España, para embarcar en un submarino en las Islas Canarias. Destino final: las costas patagónicas.
En el sur argentino lo esperaba Hermann Fegelein, casado con Gretl Braun, la hermana de Eva. Fegelein había escapado poco antes y también se había montado una puesta en escena en Berlín para fingir su muerte. Uno de los pilotos que trasladó a Hitler, el capitán Baumgart, habló del tema en 1947. Así lo reflejan los diarios de la época. Incluso lo declaró en la corte de Varsovia. Pero nadie lo escuchó y se perdió en el olvido.
Argentina fue uno de los últimos países en declararle la guerra al Eje y permitió el accionar de espías nazis casi sin molestarlos. En los dos últimos años del mayor conflicto bélico de la historia, Bormann transfirió activos a la región -sobre todo a la Argentina- por más de 6 mil millones de dólares. Uno de los principales contactos en Buenos Aires era el empresario Ludwig Freude, cercano a Juan Domingo Perón, y cuyo hijo, Rodolfo Freude, fue secretario del líder justicialista durante sus primeras presidencias. El ingreso de científicos alemanes al país -y también muchos criminales de guerra nazis- era parte de la contraprestación.
La cifra millonaria sirvió para abrir cuentas bancarias, comprar patentes industriales, montar empresas y comprar el silencio de varios. La colectividad alemana, de fuerte presencia en el sur argentino, tuvo su rol en preparar el terreno para la llegada de Hitler a un paraíso montañoso similar al que el dictador tanto amaba en su Baviera. Los autores de Lobo Gris le dan un rol preponderante a Eva Perón, y aseguran que durante su recordado viaje a Europa, en 1947, mantuvo un encuentro con Bormann, que se había quedado un tiempo más allí. Aseguran que la esposa de Perón facilitó la llegada de Bormann a Buenos Aires, pero rompió el pacto y solo "devolvió" el 25% del dinero transferido.
En esa época, los diputados Silvano Santander y Raúl Damonte Taborda denunciaron la actividad nazi en la Argentina y sus presuntos vínculos con el cada vez más poderoso Perón. Pero -producto de esta actividad- tuvieron que partir al exilio en Uruguay luego del golpe del 4 de junio de 1943.
Hitler en Argentina
Hitler habría pasado su primera noche argentina en Necochea. Luego habría volado a Neuquén y de allí al aeropuerto de Bariloche, que en esa época estaba en terrenos de la estancia San Ramón. "Un lugar cerrado y controlado totalmente por alemanes". Ex marinos del Graf Spee, hundido frente a las costas de Montevideo tras la batalla del Río de la Plata, oficiaron de custodios de Hitler.
San Ramón cobijó durante nueve meses al matrimonio Hitler y a su perra Blondi, que también había hecho la travesía en el submarino U-518, que los trajo de Europa. Luego de ese tiempo, se mudaron al refugio que el dinero de Bormann había permitido construir a unos 100 kilómetros de allí. El lugar era Inalco, sobre la frontera chilena, cerca de Villa La Angostura. La nueva casa de Hitler tenía una construcción similar al Berghof, el lugar de descanso que el dictador tenía en Obersalzberg, en los Alpes Bávaros.
Dunstan y Wiliams aseguraron que Hitler hizo viajes a Laguna Mar Chiquita, en Córdoba, donde fue sometido a una operación para sacarle astillas de una vieja herida producida por la bomba del atentado del 20 de julio de 1944. También habría pasado por La Falda, para visitar al matrimonio Eichhorn, una pareja alemana que había aportado dinero a la causa nazi desde el principio. La impunidad era tal que un informe del FBI, publicado en Lobo Gris, da cuenta de un agente que vio a Hitler "de vacaciones" en Casino, Brasil, en 1947.
Los supuestos pasos de Hitler por Argentina fueron presenciados por innumerables testigos, entrevistados por los autores. Incluso un ex custodio de Perón les contó que el tres veces presidente se reunía con toda naturalidad con Bormann.
Los hijos de Hitler. Su muerte.
Los investigadores afirmaron que Hitler y Eva Braun tuvieron al menos una hija. Úrsula o "Uschi", nacida antes de la guerra, en 1938, y ocultada a la opinión pública alemana. También se había ocultado durante años su relación con Eva. Otra versión habla de otra hija o un hijo nacidos en Argentina.
En donde difirieron Dunstan y Williams con Basti es en la fecha y el lugar de muerte de Hitler. Para los primeros, el "cabo austríaco" expiró el 13 de febrero de 1962 en La Clara, lugar adonde se había mudado tras el golpe de Estado que derrocó a Perón en 1955. Abandonado por Eva, que se había ido a Neuquén, Hitler habría muerto rodeado de su último custodio, Heinrich Bethe, y de su médico, Otto Lehmann.
Para Basti, el deceso de Hitler se produjo en Paraguay, el 3 de febrero de 1971. A tierras guaraníes habría viajado el ex dictador nazi, temiendo que la caída de Perón pudiese derivar en el retiro de la protección. Según Basti, Stroessner dio asilo a Hitler en sus últimos días. ¿Aparecerá alguna vez el cadáver de Hitler? Basti dice que sí. "En este tipo de historias ocultas y secretas, se van revelando más datos con el transcurso de los años. Toda la información termina saliendo a la luz, incluso la ubicación exacta de los restos", concluyó, según resumió el portal Infobae.
Tenía 37 años, era Mayor de infantería, y el primer segundo jefe de su promoción.
Horacio se había levantado a las 6 de la mañana, según cuentan los soldados. Se vistió con ropas de combate, como todas las mañanas, se puso unas alpargatas y se fue a afeitar. Los primeros tiros y los gritos desde la guardia, lo ponen en alerta. Los terroristas entran derribando el portón con un camión con el que aplastan al primer solado de guardia. Atrás venía un Renault 12 desde donde fusilan al soldado Tadeo Taddia que estaba barriendo la galería del guardia, desarmado.
Horacio se pone a tirar contra los terroristas que entran al cuartel. El estaba en el edificio de la Plana Mayor, de frente a la guardia a unos 50 metros. Se parapeta sobre una puerta pesada de hierro y, para no comprometer al soldado que tenía de ayudante, le da un cajón con municiones y lo pone a cargar cargadores. Horacio tiraba, y el soldado cargaba y se tiraban los cargadores por el suelo.
Él combate desde las 6 y cuarto de la mañana, hasta casi las nueve, nueve y media de la mañana. Luego que los terroristas tomaron la guardia, donde hicieron estragos, y se van metiendo dentro del cuartel, Horacio se queda sin blanco. Ya habían pasado las 9 de la mañana.
Entonces sale a la galería y se pone detrás de una columna, y desde ahí, con mejor ángulo comienza a tirar nuevamente contra la guardia. Pero no ve que atrás del edificio de la Plana Mayor estaba uno de los jefes terroristas escondido. Era "Farfán", un ex miembro del ERP que había estado varios años preso en los 70, y después llegó a un alto cargo político combatiendo en Nicaragua.. Ya el combate se había generalizado.
Farfán (Roberto Sánchez) escucha el fuego, lo ve, y le tira por la espalda con un fusil. El tiro le entra por el omóplato y le sale por abajo del hombro. Ese tiro no lo mata, pero lo deja fuera de combate. Fue el único tiro que pudo tirarle, porque inmediatamente lo matan los soldados de la compañía de servicio que estaban en un balcón.
Horacio queda como en shock unos minutos, se recupera, y arrastrándose logra llegar nuevamente a la puerta de entrada a su oficina. Se detiene en marco de la puerta, y en ese momento, desde la guardia le tiran durante varios minutos sin parar. Horacio no obstante logra meterse en la oficina, y cuando ya estaba un metro adentro, recibe un tiro en la unión de las clavículas, arriba del esternón, que le atraviesa la tráquea, le rompe la médula espinal y le sale a la altura del hombro izquierdo. Y cae muerto.
Horacio murió como hubiese soñado. Había ido a misa la noche anterior y había comulgado. Y murió defendiendo a su Patria, de los enemigos de siempre.
Una hora después de empezado el combate, le dijo a su jefe por teléfono: "Yo voy a morir defendiendo el cuartel, ustedes recupérenlo". Y así fue.
Nadie recuerda que La Tablada, fue un intento de golpe del Movimiento Todos por la Patria, un rejunte de gente del ERP y Montoneros para voltear al gobierno de Alfonsín. Para tomar el poder. Se intenta contar lo de La Tablada como un hecho terrorista aislado, y eso es totalmente falso. Uno se siente discriminado más que con miedo, porque los héroes en este país terminan siendo siempre los terroristas, y no quienes los combatieron.
De hecho, la causa de La Tablada se vuelve a abrir, pero para enjuiciar a los militares que combatieron a los terroristas, que están todos indultados. A pesar de que Horacio murió defendiendo al gobierno de Alfonsín…
A Horacio lo mataron en 1989, estaba terminando el gobierno de Alfonsín. Gorriarán y su grupo terrorista, intentó que Alfonsín cayera, y él dio la vida para que eso no ocurra.
El 16 de febrero de 1995, el entonces ministro del Interior del menemismo, Carlos Corach,
recibía en sus manos una carta certificada, bajo número 8804, donde le
advertían que el hijo de Carlos Menem sería asesinado mientras condujera
su helicóptero. “Está relacionado indirectamente con el tema AMIA (…)
es un mensaje al presidente (Menem)”, rezaba la misiva escrita por un ex
agente de Inteligencia llamado Mario Aguilar Rizzi, que en esos días purgaba prisión en el Servicio Penitenciario Federal.
Casi al final, la carta advertía que
el hecho se trataría de hacer “aparecer como un accidente, por motivos
que le comentaré personalmente”. En realidad, lo que Aguilar quería
era hablar personalmente con Corach a efectos de darle detalles
puntuales de su advertencia, pero el funcionario no estaba interesado en
que ello ocurriera, ya que consideraba a Aguilar un personaje “poco
confiable”.
Un mes después, el 15 de marzo de 1995,
Carlitos Menem moría al caer su helicóptero en un maizal ubicado en el
km 211,5 de la ruta 9, entre las ciudades de San Nicolás y Ramallo. Eran
las 11.45 de la mañana de un día soleado que comenzaba a nublarse y
daba comienzo a una trama que hasta el día de hoy no ha podido ser del
todo dilucidada.
Dolor de madre
“Fue el tercer atentado. La muerte de
Carlitos fue el tercer atentado”, aseguró Zulema Yoma a este cronista
pocos años después de ocurrido ese hecho, en una suerte de mensaje
críptico que solo pudo ser develado a posteriori.
Es que, para entender qué quiso decir
esta dolida madre, hay que recordar que en la Argentina hubo dos crueles
atentados, uno cometido el 17 de marzo de 1992 y el otro el 18 de julio
de 1994, uno contra la embajada de Israel y el otro contra la sede
de la AMIA, respectivamente.
Ambos fueron mensajes directos hacia el
entonces presidente Carlos Menem y, en ambos, el mandatario no dejó
dudas de ello. “Esto me lo hicieron a mí”, aseguró en 1992 cuando
ocurrió la explosión en la embajada. Dos años más tarde, frente al
siguiente atentado, sus palabras serían tanto o más reveladoras: “Les
pido perdón”.
¿Por qué Menem pidió disculpas si
nadie lo había acusado de nada? ¿Quiénes fueron y qué mensajes le
quisieron dar a la hora de cometer tan terribles atentados? Esa
historia se remonta a 1988 cuando Menem viajó a Siria y se reunió con
Haffez Al Assad, entonces presidente de ese país, a efectos de buscar
fondos frescos a cambio de permitir en la Argentina oscuros negocios
vinculados con drogas, lavado de dinero y reactores nucleares. Así al
menos lo confirmó el ex embajador Oscar Spinosa Melo —uno de los
concurrentes a ese viaje— a quien escribe estas líneas.
La historia que siguió es harto
conocida: valijas con dinero sucio, el ingreso de terroristas sirios
a la Argentina —con Monzer Al Kassar a la cabeza— y el fracaso final de
todos esos negocios. Menem hizo entonces lo que mejor sabía hacer,
lavarse las manos. Entregó a la Justicia a un par de perejiles, dejó
escapar a Al Kassar del país y jamás hizo llegar el prometido reactor
nuclear a Siria.
Pocos meses más tarde, explotaba la
embajada israelí en Buenos Aires y daba comienzo lo que en la jerga
árabe se conoce como “los tres golpes”. Es la manera en que los sirios
suelen tomar venganza contra algún enemigo; a través de tres hechos que,
cual mensajes, son solo entendidos por sus destinatarios.
En esos días de marzo, Al Kassar estaba
de incógnito en Buenos Aires y el entonces ministro del Interior José
Luis Manzano se esforzaba duramente por esconder ese hecho. Nadie debía
vincular lo ocurrido con Siria ni ningún ciudadano sirio.
Dos años más tarde, llegaría el segundo atentado, esta vez en la sede de la
AMIA. Cuando ocurrió, Menem llamó a su hija Zulemita y con voz
preocupada le preguntó si estaba bien. ¿Por qué lo hizo? ¿Esperaba acaso
un atentado contra alguno de sus hijos?
Como sea, lo que vino después fue más de
lo mismo: desinformación y ocultamiento de hechos y pruebas. Por caso,
se inventó la existencia de una fantasmal camioneta bomba —que jamás vio
ninguno de los 200 testigos del hecho— y se taparon los nombres de los
que aparecían como posibles responsables del hecho. Dos de ellos fueron
Nassif Hadad, dueño del volquete donde realmente estuvo la bomba; y
Alfredo Yabrán, titular de la empresa de limpieza que la noche anterior
había estado en la AMIA. Ambos, casualidad o no, eran sirios y Menem
había dado una orden directa: no investigar a ningún ciudadano de esa
nacionalidad.
Matar a un ruiseñor
Cuando llegó el tercer mensaje, Menem
entendió que ya no había duda alguna de que él era el destinatario.
Ocurrió un año después de que explotara la mutual israelí, el 15 de
marzo de 1995, cuando cayó el helicóptero en el que viajaba su hijo. En
ese mismo instante, se cumplía el vaticinio de la carta que había
llegado a Corach.
Hay que destacar que, según dos
peritajes independientes, la caída de la aeronave se debió a los
impactos de bala que recibió en vuelo por parte de fusiles Fal calibre
7,62. Por caso, hay fotos y videos del momento que muestran a las claras
esos “agujeros”.
A la hora de indagar al respecto, mucho
más no pudo hacerse, ya que el helicóptero fue vendido el mismo día en
que se desplomó a un chatarrero que se encargó de desguazarlo y hacerlo
desaparecer. Fue una imperdonable irregularidad, ya que se trataba de
un elemento de prueba en el marco de la investigación de la muerte del
hijo de un Presidente de la Nación en ejercicio.
Sin embargo, no fue la única irregularidad. De lo mucho que podría mencionarse, se destacan tres puntos:
-Más de la mitad de los custodios de
Carlitos Menem decidieron no acompañarlo esa mañana excusándose en
cuestiones de lo más insólitas, como dolores de cabeza o problemas
familiares.
-Los pocos custodios que fueron con él,
lo abandonaron 20 Km antes de que cayera el helicóptero, aduciendo haber
pinchado una goma, lo cual se demostró falso posteriormente. Asimismo,
aseguraron que necesitaban cambiar los cascos con los que competiría
Carlitos, de un auto al otro, pero esos elementos de competición estaban
en la aeronave que manejaba el vástago presidencial.
-Catorce testigos que, de una manera u
otra, alimentaron la hipótesis del atentado, fueron asesinados uno tras
otro. Podría suponerse una casualidad, pero nada le ocurrió a los que
sostuvieron que se trató de un accidente.
Hay más irregularidades que las
descriptas, pero ya han sido señaladas por este mismo cronista a lo
largo de los años con certera precisión y detalle.
Concluyendo
Carlos Menem pagó cara su traición a los
sirios y jamás pudo reponerse por ello. Hay que recordar que en un
primer momento intentó negar lo ocurrido, asegurando que su hijo había
muerto por causa de un “lamentable accidente”; pero cuando promediaba su
gobierno, en 1999, se atrevió a decir lo que antes no se había animado:
que su hijo había sido asesinado.
El lugar elegido para confesarlo fue el living de Susana Giménez. “En el fuselaje del helicóptero había impactos de bala, no hay duda de que mataron a mi hijo”, dijo en esa ocasión.
A pesar del cambio de discurso, desde ese día hasta la jornada de hoy, la verdad sigue sin poder imponerse al silencio.
La CIA estaba al tanto y estaba interesada en los rumores de que el líder nazi Adolf Hitler escapó de Alemania al final de la Segunda Guerra Mundial y huyó a Sudamérica, según muestran documentos publicados esta semana por la agencia de inteligencia exterior estadounidense.
Se considera un hecho que Hitler se quitó la vida en un búnker en abril de 1945 mientras las fuerzas aliadas se acercaban, pero un agente de la CIA identificado solo con el apodo de "CIMELODY-3" informó a Washington en 1955 que un contacto de confianza le había informado que Hitler estaba vivo y bien, viviendo entre otros expatriados nazis en Colombia que todavía se referían a él como "der Furher".
El primero de los documentos relevantes al líder nazi es un memorando interno , clasificado como "Secreto" cuando fue enviado el 3 de octubre de 1955. Era de la estación de la CIA en Caracas, Venezuela, y decía que su contacto en Colombia le había mostrado a CIMELODY-3 una fotografía que supuestamente mostraba a otro oficial nazi fugitivo de pie junto a Hitler.
El 29 de septiembre de 1955, se mostró la foto a CIMELODY-3 para obtener su opinión sobre la posible veracidad de esta fantástica historia. Obviamente, CIMELODY-3 no estaba en condiciones de hacer comentarios. Sin embargo, tomó prestada la fotografía el tiempo suficiente para que esta Estación pudiera tomar las medidas que considerara oportunas, dice el memorando.
La granulada fotografía en blanco y negro sin duda muestra a un hombre que se parece al líder del Tercer Reich alemán, pero el escepticismo de la CIA es evidente en los comentarios.
De los documentos se desprende que CIMELODY-3 nunca conoció a la fuente real de la información, un ex soldado nazi de las SS identificado por la CIA como Phillip Citroen.
Citroën supuestamente le dijo a la fuente del agente de la CIA que conoció a "Hitler" en Tunja, Colombia, en 1954, un lugar que describió como "superpoblado por ex nazis alemanes".
Según CITROËN, los alemanes residentes en Tunja siguen a este supuesto Adolf Hitler con una idolatría del pasado nazi, llamándolo 'der Führer' y ofreciéndole el saludo nazi y adulación de soldado de asalto, según un segundo memorando enviado desde la oficina de campo de la CIA en Maracaibo a Washington a finales de octubre de 1955.
El Miami Herald informa que una carta enviada el mes siguiente, también publicada junto con los documentos de JFK, muestra que altos funcionarios de la CIA en Washington habían perdido interés en el asunto.
"Se considera que los enormes esfuerzos dedicados a confirmar los rumores podrían extenderse en este asunto, con escasas posibilidades de establecer algo concreto", cita la carta del Herald. "Por lo tanto, sugerimos que se desestime este asunto".
Según el Herald, esa fue la última mención de "Hitler" en Colombia por parte de la CIA, al menos en los documentos hechos públicos unos 60 años después.
Transcripción (inglés):
Secret CLASSIFICATION
DISPATCH NO.: HWCA-2592 DATE: 3 October 1955
TO: Chief, WHD FROM: Acting Chief of Station, Caracas /c/B INFO: Bogotá
Buenos Aires
Maracaibo
SUBJECT GENERAL: Operational SPECIFIC: Adolph HITLER
MICROFILMED JUL 26 1963 DOC. MICRO. SER.
On 29 September 1955, CIMELODY-3 reported the following. Neither CIMELODY-3 nor this Station is in a position to give an intelligent evaluation of the information and it is being forwarded as of possible interest.
CIMELODY-3 was contacted on 29 September 1955 by a trusted friend who served under his command in Europe and who is presently residing in Maracaibo. CIMELODY-3 preferred not to reveal the identity of his friend.
CIMELODY-3's friend stated that during the latter part of September 1955, a Phillip CITROEN (former German SS trooper) stated to him confidentially that Adolph HITLER is still alive. CITROEN claimed to have contacted HITLER about once a month in Colombia on his trip from Maracaibo to that country as an employee of the KNSM (Royal Dutch) Shipping Company. CITROEN indicated that HITLER left Colombia for Argentina around January 1955. CIMELODY-3’s friend stated that he took a picture with HITLER not too long ago, but did not show it. He also commented that, inasmuch as ten years have passed since the end of World War II, the Allies could no longer prosecute HITLER as a criminal of war.
Traducción al español:
Secreto CLASIFICACIÓN
NÚMERO DE DESPACHO: HWCA-2592 FECHA: 3 de octubre de 1955
PARA: Jefe, WHD DE: Jefe Interino de Estación, Caracas /c/B INFORMACIÓN: Bogotá
Buenos Aires
Maracaibo
ASUNTO GENERAL: Operacional ESPECÍFICO: Adolph HITLER
MICROFILMADO 26 JUL 1963 DOC. MICRO. SER.
El 29 de septiembre de 1955, CIMELODY-3 informó lo siguiente. Ni CIMELODY-3 ni esta Estación están en posición de hacer una evaluación inteligente de la información, por lo que se envía como un posible dato de interés.
CIMELODY-3 fue contactado el 29 de septiembre de 1955 por un amigo de confianza que sirvió bajo su mando en Europa y que actualmente reside en Maracaibo. CIMELODY-3 prefirió no revelar la identidad de su amigo.
El amigo de CIMELODY-3 declaró que a finales de septiembre de 1955, Phillip CITROEN (exsoldado de las SS alemanas) le informó confidencialmente que Adolph HITLER sigue vivo. CITROEN afirmó haber contactado a HITLER aproximadamente una vez al mes en Colombia durante sus viajes desde Maracaibo a ese país como empleado de la Compañía Naviera KNSM (Real Holandesa). CITROEN indicó que HITLER dejó Colombia con destino a Argentina alrededor de enero de 1955. El amigo de CIMELODY-3 mencionó que se tomó una foto con HITLER hace no mucho tiempo, pero no la mostró. También comentó que, dado que han pasado diez años desde el final de la Segunda Guerra Mundial, los Aliados ya no podrían procesar a HITLER como criminal de guerra.