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domingo, 12 de abril de 2026

Guerra del Chaco: La batalla de Campo Vía (1/5)





 

V

BATALLA DE CAMPO VÍA

(Una victoria frustrada)

Zenteno y Campo Vía son la indudable consecuencia de las acciones ofensivas victoriosas de Gondra, primero, y de Pozo Favorito y Pampa Grande después, que tuvieron la virtud de decidir, por fin, en el ánimo del Comandante en Jefe del Ejército que la hora de abandonar la negativa actitud defensiva había llegado.

Como se verá, esta acción de guerra, la batalla de Zenteno, ya estaba planteada en una escala más importante, aunque de ninguna manera representó las características de una auténtica acción que persiguiese proporciones de objetivos de envergadura total como cabía esperar y era altamente deseable, como absolutamente posible. Pero lo más curioso y desconcertante, aunque explicable, como se verá después, reside en la dirección superior del Ejército que, a pesar de encontrarse en situación favorable, dirigió sus esfuerzos iniciales desde puntos y distancias tales que, dada la peculiaridad de esta guerra impuesta por la naturaleza del terreno, jamás podría proporcionar las ventajas de la velocidad, de manera que se pudiese alcanzar la sorpresa, factor decisivo para el éxito. Y este error, francamente injustificable, hizo que la batalla de Zenteno malograse desde sus comienzos, costando al Ejército de campaña, ya bastante debilitado, desviado e inusitado de su objetivo, un elevado número de bajas, entre ellas seis mil muertos y heridos.

En fin, la cuestión importante era la voluntad de abandonar la negativa actitud defensiva, la “psicología del muro” o el espíritu de la línea Maginot, muy peligrosamente desarrollados entonces en la mentalidad de los dirigentes del Ejército, y que, felizmente, fue rota gracias a que nuestra capacidad agresiva, tan indispensable para el éxito en la guerra, no fue vulnerada en el espíritu de los hombres de Gondra, lo que tuvo, por lo demás, evidentes expresiones en las acciones ofensivas victoriosas del mes de julio de 1933, tal como lo hemos comentado anteriormente. Por último, la bestia ya estaba suficientemente sosegada y cuadrada y era ya llegada la hora de que se asestase la estocada final.

Planes del Comandante en Jefe del Ejército

La situación de ambos contendores, en vísperas de la iniciación de la batalla de Zenteno, era la siguiente:

El I Cuerpo de Ejército Paraguayo, que defendía el frente de Arce, incluidos los de Herrera y Falcón y al que correspondía la responsabilidad del esfuerzo principal, fue reforzado por el II Cuerpo de Ejército, menos un Regimiento de Infantería y la División de Reserva General. La IX División Boliviana reforzada, objetivo del ataque paraguayo, ocupaba el frente de Zenteno (Alihuatá) y estaba desplegada desde Pozo Charcas hasta más al Oeste de Puesto J., cubriendo todos los accesos que conducen a las bases de Saavedra y Muñoz desde el Norte.

Cuando todo parecía indicar la inminencia de la batalla, por razones de servicio, y sobre todo, porque deseaba conocer los lineamientos e intención de las operaciones que esbozaba el Mando, me trasladé a Fortín Galpón, asiento adelantado del Cuartel General del Ejército, en ausencia del general Estigarribia, que se encontraba en Asunción en misión de servicio, así como del general Franco, quien accidentalmente había sufrido una herida en la pierna.

La confirmación de la inminencia de la operación, sin embargo, no me fue difícil obtenerla, pues me lo anunció el propio jefe de Estado Mayor general, coronel Garay.

En esa oportunidad me hizo saber el plan proyectado, el cual consistía en que: EL CUERPO DE EJÉRCITO PARAGUAYO, CON SUS DOS DIVISIONES PRINCIPALES, INTERCEPTARA EL CAMINO ZENTENO–SAAVEDRA, DESDE EL SUR DE FALCÓN, Y DESDE EL NORTE LAS ENEMIGAS DE POZO CHARCAS. Y COMO VARIANTE, POR SI FALLABA ESTE PLAN, RESERVABA UNA MANIOBRA ENVOLVENTE CON OTRA DIVISIÓN POR EL OESTE, CON IDÉNTICO OBJETIVO.

Le manifesté:

a) Que conocía personalmente el sector defensivo del enemigo desde Gondra hasta la altura de Zenteno por haberlo reconocido minuciosamente y que era muy potente y casi inexpugnable por una selva y maleza de las más enmarañadas del Chaco.

b) Que siendo imposible ejecutar las acciones preliminares en silencio y desde tan lejos del punto crítico, camino Zenteno–Saavedra, circunstancia que denunciaría nuestra acción, el factor decisivo de la sorpresa podría considerarse descartado.

c) Que esa operación, de ninguna manera podría alcanzar el objetivo de aislar a la IX División Boliviana, por la razón de que la misma contaba con otra ruta —Alihuatá Viejo–Puesto Moreno— que era objeto de preferente atención según informes de patrullas y era tan eficiente como el antiguo camino a Saavedra.

En cuanto a la variante, maniobra envolvente por el ala occidental, aunque más racional, resultaba más intrincada aún, pues si alcanzaba el buen éxito, interceptaría las dos comunicaciones con que contaba el enemigo para conectarse con sus bases. No obstante, entonces, que disponía de otra, que corría por detrás del sector de la IV División boliviana hacia Saavedra. Se expuso el siguiente razonamiento:

a) Porque tropezaría con las mismas dificultades puntualizadas anteriormente, agravadas por la circunstancia de que se resolvería en un espacio mucho más prolongado, unos 70 kilómetros, para alcanzar su objetivo.

b) Que en esa dirección, lógicamente, la vigilancia del enemigo sería mucho más activa, como consecuencia de nuestras recientes acciones ofensivas y por el interés puesto en la defensa de Puesto Sosa, más vulnerable a nuestra acción y estratégicamente más importante, pues su captura nos abriría la posibilidad de flanquear y aislar a la totalidad del frente del I Cuerpo Boliviano.

La falta de experiencia y pragmatismo en el planteo de esta batalla era evidente. Consistía, como ha ocurrido muchas veces en esa guerra, en una de esas concepciones de determinadas academias, desprovistas de los factores elementales indispensables, determinantes del éxito: la SORPRESA.

Pregunté finalmente al Comandante en Jefe qué razones le obligaban a empeñarse en operaciones tan difíciles y complicadas, teniendo virtualmente cortado al enemigo en el objetivo y solamente a pocos kilómetros más al sud del punto elegido en su Plan.

Efectivamente, mi División estaba, entonces, situada a espaldas mismas del enemigo, a nada más que cinco kilómetros del objetivo, en Campo Vía, a raíz de las afortunadas operaciones de julio, y sin exagerar, casi todos los días ocupaba con patrullas el camino Zenteno–Saavedra a la altura del Km. 19, poco más o menos.

La operación, además de que el objetivo de la misma era ampliado, persiguiendo el mismo objetivo de la destrucción de la D.I.4 enemiga, consistiría, pues, en una incursión sorpresiva sobre dicho camino, en el sitio precisamente indefenso y controlado por nosotros. Atacar las espaldas de las posiciones enemigas de Zenteno, asegurándose convenientemente del lado de Saavedra, o viceversa, que sería más efectivo. Sintetizando, dejar cortados a los bolivianos en Zenteno y operar directamente sobre Saavedra, en pos de una operación de escala total.

Este proyecto permitía, por lo demás, contar desde el principio de la batalla con una División más, la Primera, circunstancia que hubiera gravitado extraordinariamente sobre la brevedad, simplicidad y eficacia del esfuerzo, con las consiguientes ventajas de economía de vidas, de material y de energía, que fueron dilapidadas en un terco y largo empeño desde la misma iniciación de las operaciones sin la posibilidad de ningún éxito.

Tampoco estas últimas consideraciones encontraron acogida favorable en las resoluciones del General. Al parecer, ya todo estaba dispuesto para la operación proyectada y el amor propio o la fe en la propia concepción influyeron para que desapareciese la posibilidad de su modificación. Es la única explicación que podía encontrarse desde el punto de vista de la benevolencia para que fuesen desechadas razones tan precisas y que demostraban, de una manera innegable, los errores cometidos en la realización de una empresa semejante en las exigencias de lugar y tiempo, condiciones elementales para lograr un resultado militar favorable.

Así terminó aquella entrevista. No obstante, me retiré confiado, esperanzado en que el Comandante en Jefe meditaría, en último término, sobre mis observaciones que me parecían, más que nunca, justas.

Sin embargo, sería harto superficial considerar el problema con tan simples reflexiones. La cuestión era mucho más seria de fondo de lo que pudiera presumirse, pues caía dentro de los dominios de la aplicación de una determinada escuela y respondía decididamente al carácter de nuestro Comandante en Jefe.

Es por todos conocidos que, particularmente, como experiencia de la primera guerra mundial y otras causas, había surgido con renovada fuerza, especialmente en el sentido francés, la teoría de la guerra de desgaste, sustentada en la idea de la imposibilidad de alcanzar la victoria en el tradicional estilo de la batalla de aniquilamiento, dada la circunstancia del advenimiento de la guerra total, con su secuela de la entrada en acción de ejércitos de millones de hombres dotados de equipos y organizaciones defensivas invulnerables, frentes extensísimos, con profundidades de decenas de kilómetros, carentes de flancos, etc.

En otros términos, en la teoría de la guerra de desgaste, el objetivo general único es considerado imposible en razón de que la maniobra necesariamente se contrae y escapa fatalmente a ella gran parte de las fuerzas enemigas. Y entonces, la guerra se concreta, como la misma denominación sugiere, en la ejecución de acciones de objetivos limitados, que gradualmente, van quebrando la moral a las fuerzas enemigas, hasta que llega un momento en que éstas, en presencia de la crisis provocada por el desequilibrio y la desarticulación, comprendan que la prosecución de la lucha resulta inútil, se consideren vencidas, y pidan la paz.

El ideal del Gral. Estigarribia estaba totalmente dentro de esta tendencia moderna de la guerra. En el teatro del Chaco, y al servicio de pueblos que no disponían de millares de hombres ni de recursos materiales ni técnicos, era estéril y en cierto modo perjudicial, por cuanto la situación moral del enemigo superaba los efectos del desgaste y nuestro poder, por circunstancias geográficas, era inferior al del adversario a esa altura de la guerra.

Tanto el ejército paraguayo como el boliviano, ni en sus mejores momentos, contaron nunca con efectivos de primera línea superiores a los cuarenta mil hombres desplegados en cientos de kilómetros. La profundidad de los frentes era nula, reduciéndose a posiciones o velos debilísimos de una sola línea y casi sin reservas por la enormidad de los espacios que obligadamente debían ser cubiertos. Muchas veces, flancos descubiertos de decenas de kilómetros dejaban virtualmente en el aire vitales puntos estratégicos.

En consecuencia, ¿era lógico que en tales condiciones fuese adoptado el método de la guerra de desgaste? Es evidente que no; pero siendo difícil alterar la invariable ley de la vida que nos enseña que la conducta es el reflejo del carácter, el método empleado conciliaba muy bien con el espíritu eminentemente cauteloso y la tozuda disposición negativa del Conductor de asumir los grandes riesgos.

Y, uno se preguntará, ¿a qué condujo todo esto? El osario del Chaco, y el sacrificio estéril de tantos heroicos esfuerzos del pueblo en armas, y, ningún mérito extraordinario para el General Estigarribia, porque el estilo no daba para más. Como acontece a los que han elegido este método de conducción, no llegaron a protagonizar el acontecimiento esencial, el fin capital de la estrategia, la victoria decisiva. Consiguientemente, se le esfumó para siempre el insigne honor de figurar en la ambicionada galería de conductores militares sobresalientes.

En vísperas ya de la iniciación de la batalla, con miras a realizar una efectiva acción de colaboración en cumplimiento de la acción de maniobras tácticas de aferramiento y fijación del enemigo que me había sido asignada, me trasladé nuevamente a Campo Aceval, y ordené la inmediata ejecución de los preparativos para asegurar la supremacía de mi misión, sobre las posiciones de Gondra.

La I División, a mi mando, desplegada en un extenso sector de más de treinta kilómetros, aislada del resto del Ejército, virtualmente ya no disponía de los efectivos indispensables para la ejecución de operaciones ofensivas, por insignificantes que fueran sus alcances.

Mi intención era que al ocupar un sector mucho más reducido, quedase liberado el mayor número posible de efectivos —por lo menos un Regimiento— con el cual pasar al ataque en momentos en que el enemigo tomase nuevamente contacto con nuestras nuevas posiciones, y, en caso de éxito, nuestros inquebrantables deseos y esperanzas que la batalla fuese conducida por el lógico y sensato camino del de Gondra, por la fuerza de las circunstancias impuestas por los efectos de la nueva situación creada.

Fui autorizado para ejecutar esta maniobra y la cumplimos con todo éxito, adoptando mediante todas las medidas y recursos, de modo que el adversario quedase confundido acerca de nuestra real intención y nos presionase en las nuevas posiciones, oportunidad en que la unidad de maniobra, situada en posición favorable y elegida de antemano, desencadenaría su ataque envolvente.

Desafortunadamente, nuestras previsiones no fueron cumplidas. El enemigo procedió con extrema cautela y no tomó contacto con nosotros, sino después de mucho tiempo. La verdad es que nuestra maniobra coincidió con otra del enemigo que partía del Sudeste de Zenteno y estaba encaminada a cortar la ruta Nanawa–Falcón en Campo Aceval amenazando la espalda de la I División. Frente a ella tuvimos que contramarcharnos desde Gondra y al fin empleamos nuestras reservas, desapareciendo con ello la posibilidad de llevar adelante nuestro plan de ataque. Con estas maniobras, perdimos también para siempre la favorabilísima situación con que contábamos en Campo Vía, desde que teníamos íntegramente la posición a operar por detrás del enemigo de Zenteno y Saavedra.

Se inician las operaciones sobre Zenteno

(17 de octubre de 1933)

En las primeras horas del día 17 de octubre, y luego de frecuentes y prolongadas postergaciones, fueron iniciadas las operaciones con un potente ataque por parte de la División de Reserva General arrancando de Falcón en dirección general de Km. 7 del camino Zenteno–Saavedra. Dicha operación fue un fracaso rotundo, frenado en seco, y estrellándose contra las posiciones inexpugnables del enemigo que estando en antecedentes, lo estaba aguardando. Luego, no operó más, para ser abandonado definitivamente este aspecto del Plan.

Posteriormente, y ya a mediados de noviembre, es reiniciada la operación envolvente con la 7ª División de Infantería por el lado Oeste, acompañada de una presión general en todo el frente del I Cuerpo, con diversas alternativas para llegar a su objetivo en cerca de dos meses de esfuerzos y sacrificios inenarrables, que el soldado paraguayo venció con heroísmo y abnegación dignos de su estirpe. Esta operación envolvente fue concebida y realizada con el convencimiento de que el camino Zenteno–Saavedra constituía la única ruta de comunicación enemiga con sus respectivas bases. Resultó, sin embargo, que el enemigo disponía de otras, con lo que el corte de aquel camino, por ese lado, resultaba inútil, y de ninguna manera podía provocar la ruptura del equilibrio a nuestro favor.

Se puede asegurar, pues, que la operación empeñada por el I Cuerpo de Ejército, reforzado por el II Cuerpo, menos un Regimiento, en contra del enemigo situado en Zenteno, fue un esfuerzo verdaderamente heroico, pero mal dirigido y peor concebido, que solo trajo como resultado la pérdida de millares de vidas paraguayas. En la historia de la guerra del Chaco, la batalla del 17 de octubre de 1933 sobre Zenteno, quedará como un ejemplo de lo que no debe hacerse en la conducción de una batalla. Estigarribia, de quien tanto esperábamos, no supo aprovechar el momento de nuestra supremacía moral y material para asestar el golpe definitivo que habría significado el fin de la guerra.




martes, 7 de abril de 2026

Guerra del Chaco: Desfile de prisioneros bolivianos en Asunción

Asunción - Paraguay (post guerra)




Más de 20.000 bolivianos marchando en Asunción.

Al iniciar la guerra del Chaco su sueño era marchar victoriosos por las calles de la capital...

Pero al final de la guerra terminaron marchando como prisioneros.

martes, 17 de diciembre de 2024

Guerra del Chaco: Boquerón

Boquerón, la tragedia de la sed




Camión utilizado en la Guerra del Chaco para el transporte de agua.

Si es verdad que allende los dominios de esta vida terrenal existe un infierno para los malvados, y si en ese infierno hay tormentos físicos, a buen seguro que el de la sed ha de estar reservado para los más grandes pecadores que mueren sin contrición. No hay tortura, física o moral que pueda igualar, o compararse siquiera, a la agonía horripilante del sediento. La falta de agua altera el cerebro con una suerte de locura agotadora, que entumece todas las inclinaciones nobles y buenas, destruye el dominio de sí mismo y convierte al hombre más reposado en una fiera, que ruge, brama y se enfurece ante la sola visión, real o imaginaria, de una gota de agua que humedezca la lengua. Quien haya visto un ser humano pereciendo de sed bien puede reclamar para sí el triste privilegio de haber presenciado la escena más dolorosa que ofrece el melodrama de la vida ingrata de las luchas, porque casi siempre se lleva las de perder. La sed no tiene siquiera ese amago de belleza exótica de los profundos dramas. Es tan sólo la más grosera manifestación de la humana miseria, fría y repelente como el espumarajo de muerte que arrojan los labios del sediento. No impresiona, sino que horroriza; no inspira lástima, sino que infunde pavor.

El espectro de la sed apareció desde el primer día de la batalla de Boquerón, en la Guerra del Chaco. Fuese por la escasez de los medios de transporte o a causa de aquella inexplicable falta de organización inicial de los paraguayos, fruto de su ingenuidad y producto de su excesiva fe en los procedimientos conciliatorios, lo cierto es que el precioso líquido llegó a faltar a los combatientes a poco de iniciadas las operaciones contra el reducto enemigo, en cuya conquista iba todo el prestigio de Paraguay.

Desde el primer momento, los Comandos Superiores y subordinados se sintieron inquietos; pronto esa inquietud se trocó en angustia, y la angustia en desesperación. Los hilos telefónicos vibraron sin cesar transmitiendo mensajes que eran otros tantos pedidos clamorosos. De Isla Poí, precaria base que sustentaba el orden de batalla paraguayo, se respondía asegurando que de allí partían los camiones-tanques dentro del plan prefijado y con ajuste a los horarios establecidos; se despacha –afirmaban desde allá- suficiente cantidad de agua para dar de beber seis litros diarios a cada soldado. La información, con ser alentadora, no podía satisfacer, y menos resolver el problema, calmando la angustia. No es que se pusiera en duda la diligencia de los órganos de retaguardia, a cuyo cargo estaba este importante, mejor dicho vital, servicio de abastecimiento, pero era el caso que el agua no llegaba, o llegaba en cantidad tan escasa que su distribución resultaba una tarea más que difícil, dolorosa. Solamente más tarde se habría de descifrar el misterio de los miles de litros de agua que se despachaban de Isla Poí para no llegar nunca a Boquerón: la llamada “recta” con sus 40 kilómetros de extensión, encerraba ese misterio. A lo largo de ese camino, que parece trazado sobre la plancheta de un topógrafo con escuadra y tiralíneas, se escalonaba el siempre inevitable apéndice de todo ejército que marcha o que combate, las obligadas cuentas que los preliminares de la batalla van desgranando, en grande o pequeña cantidad, hacia los portales entreabiertos del templo de Jano…

Mientras tanto, los primeros escalones comienzan a experimentar una escasez que va orillando una crisis peligrosa. Se producen escenas de horror. Hay compañías y batallones que no beben desde hace cuarenta y ocho horas. El fragor del combate y la altísima temperatura contribuyen a poner un sombrío telón de fondo a este episodio, único en su género, de la guerra chaqueña. El olor de la pólvora, ese olor irritante de la cordita en combustión, y el hedor de los cadáveres insepultos vician la atmósfera hasta provocar náuseas; el sol del Trópico, implacable y calcinante, quema con sus rayos despiadados la piel sudorosa y bronceada de los combatientes y hace reverberar la selva con los destellos de una inmensa quemazón. El polvo fino del desierto occidental se atraganta en los pulmones hasta convertir la respiración del hombre en mugido de bestia. Detrás de cada arbusto, de cada tronco de quebracho o de algarrobo, está un combatiente agazapado jadeante; de vez en cuando, levanta su fusil para hacer un disparo o introduce un nuevo cargador en el almacén de su arma; y en los intervalos de esta lucha tan intensamente personal, escarba la tierra con sus uñas para buscar un abrigo que proteja las partes más vulnerables del cuerpo contra los proyectiles enemigos, que pasan veloces con su silbido característico para incrustarse en el ramaje o cortar un gajo con ese golpe seco, inconfundible, que se asemeja al chasquido de una fusta. Los árboles, a fuerza de tantos impactos, van convirtiéndose en esqueletos, esqueletos que abren sus descarnados brazos en ese inmenso campo santo de bárbara desolación. No son ya ráfagas sino verdaderos vendavales de plomo. Y qué lejos estaban entonces de aquellas elaboradas trincheras, de aquellos sólidos parapetos, de aquellos cómodos “pagüiches” con cubrecabeza de quebracho que se conocieron más tarde, en Saavedra, en Nanawa, en Toledo!

En Boquerón sólo había el pecho del soldado! Y hallar un zapa-pico o una azuela era un presente de los dioses! Al poco tiempo, el ansia de beber se torna en delirio, y ese delirio en locura. Los soldados piden de beber y sus oficiales, hombres también pero más sujetos al dominio de sí mismos por esa esclavitud que impone el ejercicio de una severa auto-disciplina se muerden los labios y crispan los puños en un gesto de impotencia, incitándoles a no ceder, a esperar un poco más porque el socorro ha de venir pronto. Las caramañolas hace tiempo que están vacías y es inútil que, en el desahucio de una esperanza que nació muerta, los labios se apliquen al aluminio del recipiente, que ya nada contiene. El último vestigio de resistencia física va abandonando a los sedientos y la razón, que ya no razona, da en vagar sin rumbo en aquel páramo sin oasis del sufrimiento humano. Los hombres se tienden boca arriba, abandonan a ratos su fusil y así permanecen como extasiados, en actitud de pedir al cielo un remedio para sus males o un fin más cercano o menos doloroso; o de cara a la tierra, succionar el suelo en busca de una veta, que saben no está ni puede estar allí, o escarban con sus manos para dar con el hipotético “yby-á”, pulposo tubérculo con que los aborígenes suelen calmar la sed. Arroyitos de mi pueblo, arroyitos cristalinos de mi “valle”, rumorosos manantiales de mis “pagos”, clama la imaginación encabritada de cada sediento en un fantástico remolino mental, persiguiendo un imposible. Sus labios están amoratados y entreabiertos, dejando ver la lengua que, muy hinchada y de color azul subido, asoma entra las comisuras sombreadas de espuma amarillenta; el rostro, desfigurado por la mueca de una tortura indecible, algo tiene de aquella repulsiva expresión del Gwymplain de Victor Hugo; los ojos saltones, como queriendo fugarse de las órbitas para interrogar el por qué de tanto horror. Algunos, enloquecidos del todo por la más feroz de las locuras y con esa fuerza que adquieren los dementes en el paroxismo de la enajenación, se incorporan a duras penas y tratan de echar a correr hacia las líneas enemigas, porque alguien lo ha dicho, y muchos lo han repetido, que allí hay agua en abundancia, un extenso “pirizal” de cristalina y tentadora superficie, y hasta un molino de viento! Mirajes que sólo existieron en la imaginación de aquellos mártires! Se lucha dos días por la posesión de un “tajamar”; el solo anuncio de la proximidad del agua vale más que todas las arengas. A punta de bayoneta, con furia incontenible, realizando proezas de valor, gastando y desgastando las últimas reservas de energía física y moral, se llega al tajamar para encontrar que… tan solo es otro miserable embuste con visos de leyenda, de esos que, en forma misteriosa, suele engendrar la excitación turbulenta de una batalla. El “tajamar”, si es que eso ha sido alguna vez, esta seco.

 
Pero hay que contener a esa gente que pugna por acercarse a las líneas enemigas, hay que poner una camisa de fuerza a estos “locos”, a estos heroicos y sublimes locos que, en la inconciencia de su desvarío, no miden ni pueden medir las consecuencias de un acto tan irreflexible como estéril. La disciplina, esa majestad que reina y gobierna sobre el campo de batalla con la férula del más implacable rigorismo, y aún de crueldad, debe imponerse a la carne doliente y vencer al instinto. La sed es grande, pero el deber es más grande todavía! Y por eso, los oficiales, ahogando todo sentimiento de piedad, porque así lo requiere la lógica inflexible del deber, se ven obligados a golpear con el cabo de sus pistolas la cabeza de aquellos desdichados hasta hacerles perder el conocimiento y evitarles, de tal suerte, la humillación sin ventajas del cautiverio o la muerte aterradora y solitaria del que se atrevía en el desierto. Ese joven oficial, niño casi, que hace frente a las peripecias de la guerra con la escasa ciencia y experiencia de sus veinte años, también tiene sed; también su garganta, seca como el parche de un tambor, está ronca de dar voces de mando, de aliento, de consejo. Manda, implora y hasta ruega. Y en el ejercicio de sus funciones como conductor de hombres, perdido ya en el laberinto de su extenuado raciocinio, se ve por momentos compelido a recurrir a la piedad de una mentira o la acidez de una amenaza. Pero antes que nada, sobre todas las cosas, está su deber de razonar, de “mandar” siempre, aún en las peores circunstancias y en la más estrecha de las encrucijadas. Así le enseñaron un día en sus tiempos de cadete, diciéndole que el oficial paraguayo no depone nunca las armas ante ningún enemigo, y menos cuando ese enemigo aparece disfrazado con el ropaje de su propia flaqueza.

Mucho le han predicado entonces sobre la necesidad del saber dominarse a sí mismo antes de pretender dominar a los demás. Y a la memoria le viene aquella frase que es todo un mandamiento militar de legítimo corte espartano: “Ser soldado es no comer cuando se tiene hambre, no dormir cuando se tiene sueño, no beber cuando se tiene sed…”. Y ahora, mi Teniente, mi joven guía de hombres y de voluntades, es llegado el momento de demostrar a la faz de tus soldados que te miran y te juzgan, que no fueron vanas tantas enseñanzas, que no llegaste un día a los dinteles de la Escuela Militar a abrazar la profesión de las armas tan solo seducido por la ridícula vanidad de llevar un sable al cinto. Hora es de evidenciar ante este tribunal inexorable que las aptitudes de mando no están, como algunos simulan creer, en el dorado transitorio de las presillas sino en la reciedumbre del corazón y que, quien viste el uniforme militar, no como un hábito sacerdotal sino como una mera prenda decorativa, se engaña a sí mismo sin engañar a los demás. No basta la mímica del oficio, de fácil aprendizaje hasta para los más negados, hay que agregarle la vocación, la vocación honda y espiritualmente sentida. Sobradamente humano es que tu joven corazón se rebele y se desgarre ante el martirio de estos hombres que la nación ha puesto en tus manos para conducirlos a la victoria o a una muerte digna, pero … golpea, mi Teniente, golpea con furia hasta hacer saltar borbotones de sangre, porque es la Patria misma la que golpea por tus manos! Así salvas las vidas de tus soldados, bien que prolongándoles la agonía en un gesto paradójico, de difícil, casi imposible, comprensión para aquellos que contemplan la guerra desde la cómoda butaca del espectador.

La razón ha de imponerse, aunque como suele acontecer en no contadas ocasiones, se imponga apelando a la fuerza bruta como medio persuasivo, como recurso final. Un cadete, adolescente aún, se extravía en la selva en una desesperante búsqueda de agua y sólo es hallado tres días después, cuando ya en los estertores de la agonía, masticaba inconciente las raíces de una hierba venenosa. Los camilleros le conducen al Puesto de Socorro más próximo, sobre una perihuela improvisada; hay que sujetarle de pies y manos porque en la furia de su delirio arremete contra todo aquel que se pone a su alcance. El médico separa con trabajo sus mandíbulas con una cuchara de hojalata y, gota a gota, va vertiendo el agua vivificante en aquella boca, de cuyos labios sólo salen quejidos de moribundo. Más allá, un sargento de línea, magnífica estampa de zagal robusto, se abraza a una planta de cactus y roe desesperado las fibras de su tallo, sin reparar en las espinas que se clavan en su rostro, en sus manos, en su pecho desnudo, hasta convertirlo en un retrato vivo del evangélico Ecce Homo; ha perdido por completo la lucidez de su entendimiento, y en su desvarío, alterna sollozos con palabras incoherentes; errante el cerebro, de sus labios surge, sin embargo, una exclamación, un llamado de esos que sirven de plegaria al hombre en sus momentos de suprema orfandad: “¡Mamá… che Mamita!” Invocación estéril que llega al alma y cuyo eco se pierde en la lóbrega inmensidad de aquella tierra desolada. Uno de sus compañeros trata de levantarlo para humedecer sus labios con unas gotas de jugo de limón, pero sus miembros, fláccidos ya por la proximidad de la muerte, no responden, y sus ojos se cierran…, se cierran lenta y pesadamente, llevando a la eternidad la imagen de este “mejor bosquejo que pueda darse del juicio final”. En otro sector de la línea, un comandante de pelotón hace de un enorme tacho de cocina un mingitorio colectivo, teniendo antes cuidado de eximir de la contribución voluntaria a los que espontáneamente se declaran enfermos de cierto mal originado por el “dulce pecado”; hecha la recolección y luego de echarle un poco de yerba, se distribuye el líquido por cucharadas y todos beben con fruición el inmundo desperdicio del organismo humano. Un oficial de reserva se abre una vena del brazo izquierdo con una hoja de afeitar para beber su propia sangre, y cae desfallecido por la hemorragia que no puede contener. Soldadito paraguayo, soldadito heroico que sufriste sed en Boquerón, cuando la victoria final levante arcos triunfales al vencedor afortunado y al sobreviviente feliz, cuando el público asunceño aclame a los laureados de la fama, ¿se acordará alguien de ti? ¿O te sentarás, como Lázaro, a la puerta para recoger las migajas del festín? Soldadito de mi patria, cuando en los años por venir, apagada la novedad de esta contienda, vayas arrastrando los achaques de tu vejez por las calles de tu ciudad o de tu pueblo, en demanda de una limosna, tal como tu generación hizo con aquellos corazones de bronce de otra contienda, ya muy lejana y casi olvidada, ¿habrá una mano cristiana y cariñosa que te alargue un mendrugo de pan? Y si muy cerca ya de esa tangente que define el misterio de la vida y de la muerte, blancos los cabellos, enfermo el cuerpo y marchitas las ilusiones todas, te rehúsan todavía la última misericordia del que va a partir, diles, soldadito bueno de la Patria: “Por el amor de Dios, un vaso de agua, yo estuve en Boquerón…!”.
 

Las mulas de la artillería y los montados de los oficiales reciben como ración diaria de agua el contenido de un plato de los reglamentarios en el ejército, es decir, escasamente medio litro, y muchas veces, ni siquiera eso; las pobres bestias, víctimas mudas de este gran crimen, que es la guerra, y para las cuales esa miseración es como una cucharadita, caen extenuadas en las “picadas” y en los “cañadones” para allí aguardar la liberación por una muerte inevitable y espantosa, si antes una mano compasiva no pone término a su sufrimiento con un tiro de pistola a la altura de la testera. Enjambres de mariposas, de las que harto apropiadamente se denominan “cadavéricas” y que parecen llevar la imagen macabra de la Muerte en el blanco pardusco de sus alas diminutas, se posan sobre estas osamentas y envuelven los restos a manera de un sudario que se agita al viento al ritmo de un incesante aleteo.

En las Ambulancias Divisionarias, y Puestos de Curación, la falta de agua se hace sentir con más crueldad aún. Los instrumentos de metal bruñido se hunden en las carnes del herido sin previa ebullición, porque el agua disponible apenas da para hacer beber unos sorbos a los que, agotados y febriles, piden una gota, nada más que una gota. A sol y sombra están las largas hileras de camillas, cada una con su cargamento de dolor, con un pedazo de sangrante humanidad que espera paciente un poco de alivio y de consuelo. La tarea de los cirujanos se cumple en silencio y ordenadamente. La Cruz de Ginebra, sujeta a lo alto de un esbelto palo santo, parece acoger a estos pobres despojos con el abrazo abierto y amplio de una hermosa candad. En el tronar de la batalla, esta insignia universal es como un remanso de paz, que algo tiene de caricia en su elevado simbolismo, y algo también de brutal sarcasmo ante la incomprensible mentalidad humana, que destroza y destruye con la misma estudiada diligencia con que se trata de reparar después! Para los que sufren, y en la guerra son muchos si no todos, la visión de esa bandera de amor y de hermandad es como una venda color de rosa sobre sus ojos doloridos.

Entre tanto, en la famosa “recta” los camiones tanques que han logrado sortear las acechanzas del largo trayecto, llegan para ser pronto asediados por multitudes incontenibles. Los conductores se defienden como pueden contra ese montón enloquecido y sin freno. En la estación de llegada de los vehículos se han congregado representantes de todas las unidades que se hallan en la línea, enviados allí por orden y recado de sus superiores. Estos son los menos. Los más son los desesperados, enloquecidos por el demonio de la sed, que se han alejado de sus puestos de combate para saciar sus ansias y anticiparse así a los demás; sólo un pensamiento los domina, y es beber, beber antes que otro, beber siempre. El sentimiento de camaradería está embotado; nadie piensa en su compañero, en el prójimo que, más paciente o más disciplinado, continúa en primera línea el asedio al fortín enemigo. El tormento de la sed horada el cerebro de estos infelices con el hierro candente del más refinado egoísmo.

Otros hay que aparecen llevando a cuestas, y ensartadas entre dos palos, todo un rosario de caramañolas ajenas, y se resignan a esperar la distribución para poder llevar algo a sus camaradas de la línea de fuego. Cientos de recipientes y de jarros de todo tamaño y especie se agitan en el aire, reclamando prioridad en la distribución que tarda en hacerse. El desbarajuste, engendrado por la impaciencia, toma cuerpo y avanza con el rugido amenazador de una tempestad, tempestad de apetitos inmoderados e inmoderables, que ahoga todo lo bueno, todo lo generoso con que el humano suele cubrir su primitiva complexión de irracional. Brilla el sable de un gendarme militar que, jinete en zaino de escuálida figura, intenta poner orden en aquel tumulto, pero es pronto arrancado de su cabalgadura y echado por tierra a manos de los que, con la furia de un mar embravecido, avanzan incontenibles sobre los vehículos. Suena un tiro, no se sabe de dónde, y la sangre dibuja una rúbrica sobre el tostado barrizal del camino. Los sedientos trepan a los camiones y allí, a golpe de puño o de yatagán, se disputan la primicia de un sorbo de agua que apague ese incendio diabólico que los devora por dentro. Y en su egoísmo, comprensible al fin porque no es lícito pedir que en esta copia legalizada de las torturas infernales lo racional domine a lo animal, no comprenden que sus camaradas, más sufridos o menos audaces que ellos, no recibirán nunca ni una gota de esa agua, si en su distribución no entra el orden y la disciplina. De pronto, alguien, criminal inconciente, dispara su fusil contra el tanque de agua hasta ahora tenazmente defendido; el líquido salta a chorros y el montón –ese montón de conciencias sin conciencia- se arroja con ímpetu sobre la cinta de agua, se apretuja, cede y retrocede, para terminar lamiendo la tierra en cuya superficie apenas ha quedado una tenue humedad de lo vertido en esta orgía del deseo. Hasta que la presencia de un Jefe, sereno pero resuelto, impone su autoridad para restablecer la disciplina.

Tales fueron las escenas diarias de Boquerón. Al cabo de dos semanas largas, alguna organización se hizo y el agua ya no faltó, si bien nunca fue abundante, como no podía serlo porque los factores adversos estaban fuera del alcance de la voluntad humana en aquel sitio y por aquellos tiempos. Aquel triunfo aparente de la indisciplina, o mejor expresado, aquel desborde de una enajenación circunstancial, cuyos sufrimientos físicos, llevados al límite de lo humanamente soportable, hicieron saltar los resortes de toda reflexión, constituye un fenómeno de simple explicación patológica, sin relación alguna con los valores intrínsecos de la moral y del coraje. Fue tan solo una congestión transitoria, y sólo Dios sabe cuan justificada, de las facultades humanas. Los cuadros de desenfreno que con pálido e inadecuado colorido se ha ensayado pintar, no oscurecen sino que iluminan la gloria de Paraguay. Porque… a pesar de todo, los paraguayos vencieron en Boquerón. ¡Vencer al enemigo fue duro! Pero vencer a la sed ¡eso fue portentoso!

En el transcurso de aquellos catorce días que duró la penosa odisea de la falta de agua, las líneas paraguayas se mantuvieron firmes, sin que se aflojara un solo eslabón de la cadena de hierro que aprisionaba a los sitiados, no se descuidó un solo resquicio del vigoroso asedio que iba ahogando la resistencia enemiga. Y muy justo y conveniente es que así se proclame para que se haga carne en la conciencia pública que la reconquista de Boquerón no se hizo con un simple despliegue de fuegos de bengala ante un pávido adversario, sino agotando hasta las raíces mismas la energía humana para vencer al invasor, que bien se defendía, y a la sed que puso lo mejor de su empeño en hacer añicos aquella admirable capacidad de resistencia de la tropa paraguaya y en dislocar las aptitudes de mando de sus oficiales, cuya falta de experiencia estuvo suplida con una voluntad indoblegable. No es cierto, pues, como afirma un cronista de la guerra y conocido escritor, que el ejército paraguayo en Boquerón fue una turba, es decir, una “muchedumbre desordenada y confusa”, a estar por la definición académica, algo así como una legión de “sans-culottes”, extraños a toda ciencia y a toda virtud militar. El grifo abierto de un lirismo, no siempre serenamente encausado, no excusa ni autoriza el libre empleo de ciertos términos que, a más de ser inapropiados, resultan agraviantes. Agraviantes para la memoria de los que se fueron y para la dignidad de los que sobreviven. No, en Boquerón los paraguayos vencieron con un gran ejército, improvisado, es verdad, y pleno de las tareas de la improvisación, máxime de aquellas realizadas bajo el fuego enemigo, pero un gran ejército, no una turba. Grande, si no por los medios materiales, por su espíritu, por su energía, por su unidad absoluta de pensamiento y de acción. Con las “turbas” se triunfa a veces, en las callejuelas del motín y se asaltan barricadas derrochando coraje y entusiasmo; pero sólo con un Ejército se gana una batalla.

En Boquerón vencieron la ciencia, el valor y la fuerza, vale decir, la trilogía que encierra el secreto del éxito en toda operación de guerra.

Fuente 

Bray, Arturo – Primicia de sangre – Ed. El Lector – Asunción, Paraguay (1987). 

Efemérides – Patricios de Vuelta de Obligado. 

www.revisionistas.com.ar

miércoles, 30 de enero de 2019

Guerra del Chaco: Una breve reseña del conflicto

La Guerra del Chaco (1932-1935)

Weapons and Warfare





La Guerra del Chaco, que se libró entre los estados sudamericanos de Bolivia y Paraguay desde 1932 a 1935, se ubica detrás de la Guerra Civil de los Estados Unidos como la segunda guerra más sangrienta en la historia moderna del hemisferio occidental. La guerra del Chaco se libró por la posesión de la región conocida como Gran Chaco, que cubre aproximadamente 260,000 kilómetros cuadrados y es un vasto desierto boscoso con poca agua y sin recursos que hoy comprende la mayor parte del Paraguay occidental y parte del oriente boliviano. Aunque Paraguay supuestamente ganó la guerra, ambos estados sufrieron grandes pérdidas de vidas y se empobrecieron aún más como resultado del conflicto.



La población de Paraguay a fines de la década de 1920 se ha estimado en aproximadamente un millón de habitantes. Una élite de habla española gobernó el país y gobernó sobre una población indígena de indios guaraníes. La economía del país se basaba principalmente en la agricultura de subsistencia. En la Guerra de la Triple Alianza (1865-1870) contra Argentina, Brasil y Uruguay, Paraguay perdió enormes franjas de territorio y casi toda su población masculina. Como consecuencia, Paraguay se convirtió en un país rodeado de vecinos hostiles y constantemente en peligro de extinción.

Bolivia, por otro lado, tenía una población mucho mayor de tres millones. La nación también era principalmente pueblos indígenas gobernados por una elite de habla hispana. La agricultura de subsistencia predominaba en la nación, aunque la minería del estaño había demostrado ser una fuente importante de ingresos en los años veinte. La depresión económica mundial de la década de 1930 condujo a una caída en los precios del estaño, y para 1932 Bolivia estaba profundamente endeudada y experimentaba una disminución en los niveles de vida. Antes de la Guerra del Chaco, Bolivia había perdido territorio por conflictos infructuosos, sufriendo derrotas por parte de Chile en 1884 y Brasil en 1903. Para 1932, el presidente de Bolivia, Daniel Salamanca, estaba decidido a ganar el Gran Chaco para Bolivia.

La región del Gran Chaco se describe mejor como un desierto boscoso que se mezcla con el desierto en el borde occidental. La región no tenía prácticamente nada en términos de recursos económicos, y el agua era muy escasa. Durante el transcurso del siglo XIX y principios del XX, la frontera entre Bolivia y Paraguay permaneció bastante sin definir. Probablemente, los paraguayos tenían el reclamo más fuerte de la región y habían establecido a los menonitas canadienses en el Chaco en la década de 1920 para fortalecer su reclamo. Una teoría que circuló ampliamente en la década de 1930 sostenía que la guerra había sido provocada por la compañía estadounidense Standard Oil, que supuestamente había alentado la agresión boliviana en la creencia de que se podían encontrar grandes reservas de petróleo en el Gran Chaco, pero desde entonces los historiadores han desacreditado esa teoría.
Los choques fronterizos a fines de la década de 1920 y principios de la década de 1930 culminaron en un combate a gran escala el 15 de junio de 1932, cuando los bolivianos lanzaron una ofensiva. La guerra inicialmente resultó ser muy popular en ambos países, con grandes multitudes en las estaciones de tren animando a las tropas que partían hacia el frente. Ambos gobiernos emprendieron campañas de propaganda y campañas públicas de recaudación de fondos. La Salamanca de Bolivia aprovechó la guerra como una oportunidad para actuar contra sus oponentes políticos al declarar el estado de emergencia y encarcelar a muchos disidentes, especialmente a miembros de grupos de izquierda y sindicatos.


La Primera Batalla de Nanawa fue una batalla librada del 20 al 26 de enero de 1933 entre los ejércitos bolivianos y paraguayos durante la Guerra del Chaco. Paraguay en defensa azul y Bolivia en ataque rojo.

La ofensiva boliviana se estancó rápidamente, y los paraguayos avanzaron hacia el ataque. Los paraguayos estaban encabezados por el general José Félix Estigarribia, un oficial altamente competente que comprendía el terreno del Chaco. Al mismo tiempo, el ejército boliviano estaba dirigido por el general Hans Kundt, un emigrante alemán inepto cuyas tácticas consistían simplemente en arrojar sus tropas al frente en posiciones defensivas paraguayas preparadas. Los bolivianos avanzaron en patrones predecibles por caminos que podrían ser fácilmente emboscados por el enemigo. En contraste, Estigarribia hizo hincapié en la movilidad con tácticas de flanqueo y envolvimiento y rodeó repetidamente a las unidades bolivianas. Se concentró en capturar todas las fuentes de agua en el Chaco, una estrategia que infligió mucho daño a los bolivianos. Las tropas bolivianas, acostumbradas a mayores altitudes, también tuvieron grandes dificultades para aclimatarse al terreno bajo y pantanoso del Chaco. Muchos de los soldados bolivianos no podían entender por qué luchaban por un territorio tan extraño y sin valor. Los paraguayos, por el contrario, vieron la guerra como una lucha por la supervivencia nacional y tenían una moral más alta. Sin embargo, las tropas de ambos lados sufrieron enfermedades, hambre y escasez de agua.



A fines de 1934, los paraguayos controlaban todo el Chaco y sus ejércitos estaban listos para avanzar hacia Bolivia. Para estas fechas, los bolivianos habían comenzado a reunirse. El general Kundt había sido destituido del mando en diciembre de 1933, y el presidente Salamanca fue expulsado por el ejército a fines de noviembre de 1934. Los bolivianos comenzaron a ganar algunas victorias en abril de 1935, en parte debido a que los paraguayos estaban en esta etapa. demasiado extendidos y cansados. Sin embargo, los bolivianos se dieron cuenta de que era poco probable que recuperaran el Chaco, ya sea diplomática o militarmente. Al mismo tiempo, Paraguay se estaba quedando sin alimentos, suministros y municiones y estaba al borde de la quiebra. Como tal, los dos países firmaron un alto el fuego el 12 de junio de 1935, y la guerra duró casi exactamente tres años.

Tardó hasta el 21 de julio de 1938 en firmar el tratado de paz final, que dejó la mayor parte del Gran Chaco en territorio paraguayo. Aunque la Liga de las Naciones y los estados vecinos de América del Sur habían realizado esfuerzos diplomáticos para resolver la guerra mientras se desarrollaba, ninguna de las partes tenía un motivo para poner fin a la guerra hasta que se estableciera el agotamiento mutuo.

La Guerra del Chaco costó aproximadamente 100,000 vidas, alrededor del 60 por ciento de ellos bolivianos. Bolivia había movilizado a 250,000 soldados durante la guerra, mientras que Paraguay había movilizado a 140,000. Ambos estados salieron de la guerra agotados y cargados de deudas. La recriminación de posguerra en Bolivia condujo a muchas críticas de la elite gobernante, que culminó en una revolución en 1952 que trajo reformas democráticas modestas.

miércoles, 16 de enero de 2019

Guerra del Chaco: El infierno verde


Guerra en el 'Infierno Verde'



Por P.G. Smith

Military History Magazine

En la pausa entre las guerras mundiales, Paraguay y Bolivia lucharon en un páramo de matorrales desérticos, reptiles mortales y sobre rumores de depósitos de petróleo

El Chaco Boreal de América del Sur es un lugar mortal. Las temperaturas a menudo alcanzan los 100 grados Fahrenheit en la región plana y árida, aproximadamente del tamaño de Oregón. El "Infierno Verde", como se le conoce, es el hogar de más de 60 especies de serpientes, ejércitos de hormigas coloradas y jaguares que pueden atacar en un instante. Históricamente, Paraguay y Bolivia reclamaron a medias esta región desolada, que forma un tosco triángulo con el río Pilcomayo al suroeste, el río Paraguay al este y las estribaciones de los Andes al norte. Pero nadie, aparte de pequeñas bandas de amerindios nómadas, prestó mucha atención al Chaco.

Todo eso cambió en los años transcurridos entre las guerras mundiales.

Con el interés de mantener sus respectivos reclamos a la región, Paraguay y Bolivia establecieron pequeños puestos de avanzada, o fortines, en todo el Chaco. Estas posiciones a menudo comprendían poco más que algunas chozas de barro, enredos de alambre de púas y un asta de bandera. Las naciones rivales también periódicamente enviaron pequeñas patrullas para sondear las posiciones del otro. Inevitablemente, estas patrullas colisionaron entre sí, intensificando las tensiones.

En febrero de 1927, soldados en un puesto boliviano capturaron una patrulla paraguaya de cinco hombres y luego mataron a su comandante, el teniente Adolfo Rojas Silva, al parecer mientras intentaba escapar. Bolivia notificó a Paraguay sobre la muerte de Silva y repatrió a los prisioneros. Aunque la indignación conmovió a la capital paraguaya de Asunción, prevalecieron cabezas más frías y los diplomáticos negociaron una resolución pacífica. Aún así, el incidente inflamó la hostilidad latente entre las naciones contendientes, y cada agregó puestos de avanzada en el Chaco.

En la creencia de que la guerra abierta en el Chaco era solo cuestión de tiempo, tanto Paraguay como Bolivia aceleraron los esfuerzos para modernizar sus fuerzas militares. El ejército boliviano, que contaba con unos 8.600 hombres en 1927, había comenzado su campaña de modernización a principios del siglo XX, finalmente bajo la tutela de una misión militar alemana bajo el mando del comandante Hans Kundt, un administrador competente y poco imaginativo. Después de comandar una brigada alemana en combate contra los rusos durante la Primera Guerra Mundial, el general Kundt regresó a Bolivia. (Entre sus oficiales estaba Ernst Röhm, que más tarde alcanzaría notoriedad en la Alemania nazi como comandante de la Sturmabteilung, las infames "camisas pardas" de Adolf Hitler). Además de los modernos rifles de infantería y artillería de campaña, Bolivia adquirió una variedad de máquinas pesadas y livianas pistolas y armas antiaéreas. También invirtió en lanzallamas, vehículos blindados Vickers y una serie de aviones de combate y transporte.

El ejército paraguayo, que en 1927 contaba con poco más de 2.700 hombres, envió a sus oficiales a estudiar en academias militares en Argentina, Francia y Chile. Sus cuarteles generales habían comprado rifles Mauser, ametralladoras Maxim, artillería de campaña Krupp y morteros Stokes-Brandt de 81 mm, el último de los cuales resultaría altamente efectivo en los matorrales bajos y densos del Chaco. Paraguay adquirió un número limitado de aviones biplanos y de transporte, mientras que su armada invirtió en dos cañoneras italianas de última generación para aumentar la flota que asegura el río Paraguay.

Aunque la ira por la muerte del teniente Silva disminuyó, nuevos enfrentamientos nuevamente llevaron a las naciones al borde de la guerra. En diciembre de 1928, un batallón paraguayo tomó un puesto boliviano a lo largo del río Paraguay en Vanguardia. En respuesta, una división boliviana atacó y ocupó varias posiciones paraguayas, incluida la fortaleza de Boquerón, a unos cientos de millas al noroeste de Asunción. Bajo los auspicios de la Unión Panamericana (precursora de la Organización de Estados Americanos), los estados vecinos interesados ​​reunieron una Comisión de Neutrales compuesta por representantes de Cuba, Colombia, México, Uruguay y los Estados Unidos, y se reunieron en Washington, DC , para negociar un acuerdo. En unos meses, Paraguay y Bolivia llegaron a un acuerdo, retiraron las fuerzas e intercambiaron prisioneros, una vez más evitando la guerra.

Años antes, la Standard Oil Co. de Nueva Jersey había descubierto ricos depósitos de petróleo en las estribaciones bolivianas de los Andes, y sus ingenieros habían especulado que los depósitos de petróleo probablemente se extendieran por debajo de las planicies arenosas y secas del Chaco al sur, una posibilidad que aumentó aún más el interés de Bolivia en afirmar el control de la región. Mientras tanto, la rival anglo-holandesa de Standard, Royal Dutch Shell, había hecho ofertas lucrativas al gobierno paraguayo por los derechos de perforar en busca de petróleo bajo el mismo matorral enmarañado al oeste del río Paraguay.


La bandera paraguaya marca un puesto remoto y crudamente fortificado del Chaco. (Bettmann / Getty Images)

El gobierno paraguayo también participó en la venta de tierras de Chaco, una fuente de ingresos muy necesaria. Los inversionistas argentinos habían comprado grandes extensiones de pastizales cerca de los ríos para apoyar ranchos ganaderos. En un desarrollo bastante incongruente, los agricultores menonitas canadienses habían negociado con Paraguay para comprar tierras para una colonia religiosa autónoma en el árido corazón del Chaco. Desde entonces, atrajo a miles de menonitas de Alemania, Suiza y Rusia. Si Paraguay pierde el control del Chaco, renunciaría a los ingresos de ventas similares.

El orgullo nacional también jugó un papel importante en los reclamos de los rivales a la región. Paraguay sufrió una humillante derrota en la desastrosa Guerra de la Triple Alianza de 1864-70, en la que el megalómano presidente paraguayo Francisco Solano López se había hecho con las fuerzas combinadas de Brasil, Argentina y Uruguay. Para cuando Paraguay finalmente se rindió, había perdido casi las tres cuartas partes de su población, y los aliados victoriosos se estaban preparando para dividir el territorio paraguayo. Solo la intervención del presidente de los Estados Unidos, Rutherford B. Hayes, salvó a Paraguay como una entidad soberana, pero su territorio se redujo significativamente, y cargó con una pesada deuda de guerra. El patriotismo paraguayo, que se desarrolló con fuerza en su pueblo, no permitiría otra pérdida de territorio semejante, no sin lucha.


Asimismo, Bolivia había sufrido una pérdida humillante para Chile en la Guerra del Pacífico de 1879-83. Bolivia se vio obligada a ceder la provincia de Antofagasta -su costa del Océano Pacífico- convirtiéndose así en una nación sin salida al mar que necesita una ruta hacia el mar para exportar su valioso petróleo. El Chaco proporcionó tal ruta potencial al Océano Atlántico a través del Río Paraguay. Bolivia, cuya población era casi tres veces mayor que la de Paraguay, no pudo ceder ante el provocador reclamo de su vecino más débil al Chaco sin tragarse su orgullo.

Agregando al renovado interés en el Chaco, una expedición de mapeo militar paraguayo de 1931 a la región hizo un descubrimiento sorprendente. Bajo el liderazgo del general blanco ruso exiliado, general Ivan Belyaev (también conocido como Juan Belaieff), el equipo de reconocimiento tropezó con el lago Pitiantutá, un gran cuerpo de agua dulce en medio de las áridas y desoladas llanuras. Un suministro tan abundante de agua potable podría abrir el Chaco central para viajar, establecerse y establecer fortificaciones militares. La construcción apresurada de Belyaev del fuerte Carlos Antonio López, un pequeño puesto de avanzada a lo largo de la orilla del lago, pronto llamó la atención de Bolivia.

En lo que pudo deberse a una falta de comunicación entre el ejército boliviano y su gobierno, una expedición militar boliviana se apoderó del fuerte Carlos Antonio López en junio de 1932. Intencional o no, el asalto provocó un contraataque un mes después por las fuerzas paraguayas, que expulsaron a los bolivianos de El lago. El presidente boliviano, Daniel Salamanca, cedió luego a la presión popular por la guerra con Paraguay y autorizó una fuerza de 10,000 soldados para apoderarse de las fortificaciones alrededor de Boquerón. La ofensiva fácilmente derrotó a las guarniciones paraguayas y capturó la ciudad, dejando poco para evitar que los bolivianos marchen sobre la ciudad paraguaya de Concepcíon y la base logística clave de Puerto Casado en el río Paraguay. Parecía que Bolivia obtendría una rápida victoria sobre su enemigo más pequeño.

Los líderes paraguayos pidieron una movilización nacional completa. La gente respondió patrióticamente, incluso donando posesiones domésticas y anillos de boda para el esfuerzo de la guerra. En un golpe de suerte para Paraguay, las fuertes lluvias convirtieron las pocas carreteras del Chaco en lodazales fangosos, deteniendo temporalmente el avance boliviano. Pero tal vez la mejor suerte para Paraguay fue la aparición del teniente coronel José Félix Estigarribia como comandante operativo de su ejército.

En una cultura que reverenciaba al imponente y poderoso caudillo o al hombre fuerte, Estigarribia era una opción poco probable para el mando. Era relativamente pequeño en estatura y, según los informes, un hombre de pocas palabras. Hijo de un platero campesino, había planeado estudiar agricultura antes de optar por una carrera militar. El coronel de 44 años había asistido a la prestigiosa academia militar Saint-Cyr de Francia y había pasado tiempo como observador de primera línea durante la Primera Guerra Mundial. Aunque tenía poca experiencia práctica en combate, era un gran estratega.

A principios de septiembre, aprovechando la pausa en el asalto boliviano, Estigarribia movilizó rápidamente y concentró 13,000 tropas paraguayas para retomar Boquerón. Después de tres asaltos frontales infructuosos y costosos a las posiciones fortificadas de los bolivianos, el comandante paraguayo cambió de táctica. Mientras fijaba la defensa boliviana con presión frontal, Estigarribia se infiltró lentamente alrededor de los flancos enemigos para envolver a los defensores y cortar su línea de suministro. En el calor tórrido, los sitiados bolivianos pronto se quedaron sin agua, y los suministros de alimentos y municiones disminuyeron rápidamente. A mediados de septiembre, los paraguayos cortaron una columna de ayuda boliviana antes de que pudiera llegar a Boquerón. Los aviones bolivianos trataron de arrojar municiones, raciones, medicinas y, ingeniosamente, bloques de hielo como suministro de agua, pero los lanzamientos aéreos a menudo caían dentro de las líneas paraguayas. El 29 de septiembre, después de un asedio de tres semanas, Boquerón capituló. Cuando los victoriosos paraguayos se abrieron paso a través de las defensas con marcas de viruela para reclamar el puesto avanzado, se sorprendieron por la apariencia esquelética de los 466 defensores bolivianos sobrevivientes, que suplicaron agua a sus captores.

Después de volver a tomar Boquerón, el recién ascendido Col. Estigarribia mantuvo el impulso empujando hacia el oeste hacia el río Pilcomayo, expulsando a las fuerzas bolivianas de 15 posiciones defensivas sucesivas y lejos de los centros de población paraguayos. En diciembre, las lluvias estacionales detuvieron las operaciones ofensivas, ya que las carreteras de tierra en la región se volvieron intransitables.

La adaptabilidad de Estigarribia como líder militar fue uno de los factores que trabajaron en su favor. Lo más importante, se benefició de líneas de comunicación relativamente cortas. Las tropas y suministros paraguayos viajaron en barco por el río Paraguay, acompañados por las cañoneras de la armada, y luego se trasladaron a un ferrocarril de trocha angosta que corría hacia el oeste aproximadamente 100 millas hacia el Chaco. La última etapa anterior al frente fue a pie, en mula de carga o en sacudidas de camiones Ford. Todo el viaje duró aproximadamente cuatro días, mientras que llevó semanas de duro viaje para las tropas bolivianas llegar al frente del Chaco.

Las tropas de Estigarribia también demostraron ser más capaces que las de su oponente. La composición homogénea del ejército paraguayo refleja una sociedad que celebra su patrimonio mestizo (mixto europeo y amerindio). Casi todos los paraguayos se enorgullecían de descender de los colonos españoles y de los indígenas guaraníes, por lo que tanto los oficiales como los soldados compartían una cultura común. Además, la mayoría de las tropas paraguayas eran campesinos resistentes, o campesinos, acostumbrados al calor tropical, las condiciones primitivas y el trabajo duro. Aunque estaban mal equipados, a menudo carecían incluso de calzado, los soldados paraguayos demostraron determinación, recursos y capacidad de recuperación.

El ejército boliviano, por el contrario, estaba dirigido por un cuerpo de oficiales compuesto principalmente de la clase criolla (de sangre pura española), mientras que la base estaba compuesta principalmente por indígenas andinos. Estos últimos estaban más aclimatados a las condiciones templadas y montañosas que al calor opresivo y polvoriento del Chaco. Mientras las tropas paraguayas luchaban por defender su territorio, los soldados bolivianos fueron empujados a una guerra por la posesión de un páramo inhóspito con poco significado personal para ellos.

En lo que demostró otra ventaja significativa, Estigarribia tenía la plena confianza del alto mando militar y el liderazgo civil de Paraguay, mientras que el presidente Eusebio Ayala le permitió al coronel la libertad de mandar sin interferencia política. En detrimento de su ejército, el presidente boliviano Salamanca continuamente se entrometió y criticó a sus comandantes.
Bolivia enfrenta otro tipo de crisis de liderazgo. A principios de 1932, el presidente Salamanca había retirado al general Kundt del exilio relacionado con un golpe militar dos años antes. Si ese no fuera terreno bastante inestable, muchos comandantes bolivianos se ofendieron por el nombramiento de un gringo como comandante sénior. El general alemán de 63 años era indiferente o indiferente. Durante la temporada de lluvias organizó una fuerza de 12,000 soldados en el Chaco, y en enero de 1933 lanzó una ofensiva contra las fortificaciones paraguayas alrededor de Nanawa, casi logrando rodear a los defensores. Los ingeniosos paraguayos, sin embargo, montaron contraataques exitosos contra los bolivianos, quienes repetidamente demostraron ser incapaces de coordinar sus fuerzas en el punto de ataque. Los paraguayos tomaron cientos de prisioneros, una moral más degradante en las filas bolivianas. En marzo, cuatro regimientos bolivianos se amotinaron y los hombres volvieron a sus pueblos de origen en los Andes.

Promovido a general ese otoño, Estigarribia lanzó un movimiento de pinza contra posiciones bolivianas alrededor de Nanawa. En un enfrentamiento decisivo en el bolsillo de Campo Vía el 11 de diciembre, los paraguayos mataron a unos 2.700 bolivianos y capturaron otros 4.800, mientras que se apoderaron de 536 ametralladoras ligeras y pesadas, 20 piezas de artillería, 25 morteros y dos tanques. Un deshonrado Kundt presentó su renuncia.

Creyendo que la guerra casi había terminado, el presidente paraguayo Ayala acordó una tregua el 19 de diciembre para negociar un acuerdo de paz. El nuevo comandante del ejército boliviano, el general Enrique Peñaranda, usó el respiro para reconstituir y reabastecer a las fuerzas, elevando la fuerza de las tropas a más de 15,000. No se llegó a un acuerdo, y la tregua expiró.

Aprovechando la tregua, Estigarribia había reunido una fuerza de unos 28,000 paraguayos, resolviendo expulsar finalmente a los bolivianos del Chaco. En una serie de acciones constantes, los paraguayos presionaron a los bolivianos hacia el noroeste, hacia las estribaciones de los Andes y las orillas del Pilcomayo. Con cada empuje exitoso, sin embargo, las líneas de suministro más delgadas de Estigarribia se extendían sobre los caminos de tierra del Chaco. Ese mayo, en un valle conocido como Cañada Strongest, los bolivianos atrajeron a los paraguayos que avanzaban hacia una trampa, rodeando a una fuerza de más de 1.500 soldados, que no tuvieron más remedio que rendirse.

A pesar de la pérdida, los paraguayos presionaron inexorablemente a los bolivianos hacia su posición fuertemente fortificada en Ballivián, en el Pilcomayo. Estigarribia, tal vez impaciente por poner fin a la guerra, lanzó una serie de costosos ataques frontales que Peñaranda fácilmente rechazó. El comandante paraguayo entonces ideó un plan inteligente. Mientras mantenía la presión sobre Ballivián, Estigarribia envió una fuerte columna hacia el norte para amenazar los crudos yacimientos petrolíferos en el departamento de Santa Cruz, lo que obligó a Peñaranda a trasladar tropas desde Ballivián para controlar la amenaza paraguaya. Para asegurarse de que las fuerzas bolivianas permanecieran distraídas, Estigarribia instruyó a su comandante subordinado en el norte a que se retirara, lo que llevó a los bolivianos a perseguirlos cada vez más lejos de Ballivián. Solo entonces Estigarribia atacó las fortificaciones de Ballivián, matando a 2,669 bolivianos, capturando a más de 4,000 y confiscando millones de dólares en suministros y equipo. Los maltratados sobrevivientes bolivianos cruzaron el río y se retiraron al norte, a Villamontes. Habían sido expulsados ​​del "Infierno Verde", dejando a Paraguay en plena posesión del Chaco Boreal.


Soldados paraguayos avanzan cautelosamente en una posición boliviana. (Istock)

En noviembre de 1934, el presidente boliviano Salamanca se dirigió a Villamontes para castigar a sus comandantes por su pobre actuación. Hartos, los generales arrestaron a Salamanca y lo reemplazaron por el vicepresidente José Luis Tejada Sorzano. Hasta junio de 1935, los dos ejércitos continuaron batallando en las cercanías de Villamontes y alrededor de los campos petrolíferos de Santa Cruz. Tal vez porque los bolivianos estaban defendiendo su territorio, o quizás porque Estigarribia estaba tratando de conducir a su ejército cansado de la guerra sobre líneas de suministro apenas estiradas, la guerra se convirtió en enfrentamientos no concluyentes y pérdidas costosas para ambos lados.

El 12 de junio, Bolivia y Paraguay finalmente instituyeron un cese al fuego permanente. El tratado de paz posterior cedió unas tres cuartas partes del Chaco Boreal a Paraguay, aunque a Bolivia se le permitió un corredor hacia el río Paraguay, asegurando así su ruta de transporte hacia el Océano Atlántico. El costo para cada nación ha sido alto. Paraguay había perdido unos 36,000 hombres, Bolivia un asombroso 52,397. El Chaco plagado de enfermedades se había cobrado la mayoría de los muertos. En términos monetarios, el conflicto le había costado a Bolivia el equivalente a $ 231 millones. Aunque Paraguay había incurrido en $ 198 millones en deuda de guerra, el gobierno pudo vender grandes cantidades de armamento boliviano capturado y equipo militar para ayudar a pagarlo.

La Guerra del Chaco se convirtió en un punto de orgullo nacional para Paraguay. Para Bolivia, la guerra fue un episodio trágico, aunque provocó reformas sociales muy necesarias que eventualmente empoderaron a la población indígena andina.

En los últimos años, tanto en Paraguay y Bolivia han descubierto importantes reservas de petróleo y gas natural en el Chaco Boreal, pero el “Infierno Verde” sigue siendo en gran medida un lugar seco y árido habitado sólo por pequeñas bandas de amerindios, los agricultores menonitas, soldados aislados y una variedad alarmante de reptiles mortales. De vez en cuando, vientos huracanados o lluvias torrenciales descubren los huesos de alguien que pagó demasiado por una región que no valía el precio.

martes, 28 de marzo de 2017

Las 4 guerras más sangrientas de Sudamérica

Las 4 guerras más grandes de la historia de América del Sur
Luciano Camano - War History Online


Historia de la guerra en línea presenta esta pieza por invitado Autor: Luciano Camano

El Imperio español, junto con la corona portuguesa, colonizó América del Sur y ahora es el hogar de 13 países, cada uno con un pasado común pero una historia muy diferente. América del Sur es una de las regiones más pobres del mundo; Sin embargo, no han surgido muchos conflictos entre ellos, y cuando lo han hecho, han sido escasos y esporádicos. Pero hay algunas excepciones a esta regla, a continuación presentamos los conflictos más brutales en tierras sudamericanas:

Guerra de la independencia española

Los virreinatos del Río de la Plata, Nueva Granada y el Perú, que abarcaban todos los dominios españoles del país, influidos por el pensamiento liberal procedente de Europa, libraron una guerra contra los realistas que deseaban seguir siendo parte del Imperio español. La guerra se inició oficialmente en 1810 y después de que ambos lados iban y venían por el territorio, las recién creadas repúblicas de Sudamérica se consolidaron finalmente en 1826 después de tomar los últimos bastiones realistas en islas y territorios remotos.

Las tácticas empleadas por los ejércitos y la población en general incluían el uso de tierra quemada, tácticas de línea regular, guerrillas, asesinatos y espionaje. A diferencia de sus contrapartes norteamericanas, la guerra en esta región del mundo dio lugar a guerras internas en algunos casos, como Gran Colombia y Argentina.


La Revolución de Mayo. Fuente: Wikipedia / Public Domain

Los ejércitos regulares se disolvieron y dieron lugar a bandas de guerra ordenadas por generales deshonestos. La amenaza inminente de una invasión española procedente de Cuba o de la Península fue siempre una amenaza actual hasta finales del siglo XIX cuando España reconoció oficialmente la legitimidad sudamericana. 15 años de guerra que involucra a todo el continente no dejan registros de víctimas en ambos lados, pero debido al gran volumen de participantes, puede considerarse el conflicto más importante en la historia militar moderna de Sudamérica.

Guerra de Paraguay

Una guerra entre Uruguay, Argentina y Brasil contra Paraguay. Duró de 1865 a 1870 y causó la diezmación de la mitad de la población de Paraguay. Las causas de la guerra están abiertas al debate ya la interpretación hasta nuestros días. Las interpretaciones revisionistas del punto de la guerra en el desdén de Gran Bretaña para el desarrollo y la industrialización de Paraguay.

Por otro lado, otras interpretaciones de la guerra incluyen el interés de Brasil por las tierras del norte de Paraguay y la percepción de Argentina de que Paraguay es un enemigo debido al creciente interés del gobierno de Solano López por la provincia argentina de Corrientes.


Artillería uruguaya en Batalla de Sauce, 18 de julio de 1866. Fuente: Wikipedia / Public Domain

La chispa que inició el conflicto fue la eliminación del único aliado de Paraguay en la región, el gobierno uruguayo de Colorado, apoyado por Buenos Aires y la Armada brasileña. Argentina inicialmente mantuvo neutralidad, pero después de ser invadida desde el norte por Solano López, rápidamente se unió a la alianza brasileña y uruguaya. Así, creó una guerra en dos frentes para el Paraguay. Inicialmente, Solano López ganó terreno en el frente de Mato Grosso, pero la alianza combinada rápidamente le superó en número. El resultado fue un desastre total para el Paraguay, sellando cualquier tipo de disputa fronteriza con Argentina por la fuerza de las armas, Argentina reclamó la plena propiedad de la provincia de Chaco (disputada por ambos países) y ganó la provincia de Formosa y Misiones. Brasil reclamó la plena soberanía sobre el sur de Matto Grosso y ocupó el país durante seis años.

Guerra del Pacífico

Fue una guerra emprendida por Chile contra una alianza combinada de fuerzas peruano-bolivianas sobre la propiedad de las reservas de salitre en los territorios del norte de la provincia boliviana del Litoral. Duró de 1879 a 1883 e implicó la guerra naval, el uso de barcos acorazados, y las invasiones anfibias.


"Huáscar" entrando al puerto de Valparaíso, después de la Batalla Naval de Angamos, 1879. Fuente: Wikipedia / Public Domain

El conflicto comenzó cuando el gobierno boliviano elevó los impuestos a la compañía chilena de Saltpeter and Railroads Antofagasta Company, a pesar de un tratado firmado en 1874 que prohibía recaudar nuevos impuestos durante un período de 25 años. Después de un terremoto que azotó la región de Antofagasta, Bolivia, Bolivia aumentó el impuesto en 10 centavos.

Tras la denegación de pago por parte de la Compañía Chilena, fue expropiada, y el conflicto comenzó abiertamente. Una vez que la guerra terminó, Perú perdió la región de Tarapacá, Tacna y Arica fueron devueltos después de 40 años, y Bolivia seguía siendo un país sin litoral hasta el día de hoy. A pesar de los esfuerzos de Bolivia por su provincia perdida, las posiciones chilenas sobre la región del Litoral se han mantenido duras y estáticas durante un siglo.

Guerra del Chaco

La exploración española a principios del siglo XIX era dudosa ya menudo contradictoria. Después de que las repúblicas recién creadas se organizaron, adoptaron el principio de Uti Possidetis Juri, que significa "como usted posee según la ley, usted poseerá" significando que las fronteras entre los países se significaron para ser dejadas como estaban en 1810, el último año La corona española gobernaba América del Sur.


Tropas paraguayas en 1932. Fuente: Wikipedia / Dominio Público

Sin embargo, hubo un vacío legal en áreas inexploradas. Una de estas áreas es el Chaco Boreal, entre Paraguay y Bolivia.

Bolivia intentó repetidamente emprender una guerra contra los países vecinos después de perder las provincias en la Guerra del Pacífico. Esta vez, no sería diferente. Entre 1928 y 1936, el ejército modernizado de Bolivia, con equipos de última generación entre equipos y tácticas de guerra, intentó ocupar por la fuerza de las armas el área entre ambos países, pero finalmente fracasó. Las compañías petroleras también jugaron su papel, tanto Standard Oil como Shell concediendo créditos para comprar armas modernas. En última instancia, ambos países movilizaron a los campesinos pobres que pagaban con su sangre.


Luciano Camano es maestro de escuela primaria con una licenciatura en Relaciones Internacionales.


jueves, 10 de noviembre de 2016

Guerra del Chaco: RC7 "Gral San Martín" en la Guerra del Chaco

Un hecho histórico poco conocido

El Regimiento de Caballería 7 "General San Martín" en la Guerra del Chaco 

La Guerra del Chaco entre Paraguay y Bolivia se fue gestando desde muchos años antes de que las Fuerzas Armadas Bolivianas ocuparan el fortín Carlos Antonio López, sobre la laguna de Pitiantuta, en junio de 1932. 

Allí se encontraba una pequeña guarnición paraguaya y el hecho marcó la iniciación de las hostilidades. Los residentes argentinos en el Paraguay y los paraguayos que querían a la Argentina ya en aquella época, se reunían en la Casa Argentina ubicada, aún hoy, en la avenida Mariscal López de la ciudad de Asunción. Todos ellos decidieron contribuir al esfuerzo de guerra de la nación guaraní, la cual no se encontraba en las mejores condiciones para iniciar la movilización. 

Desde los tiempos de paz disponía de 3000 hombres bajo bandera, mal armados, con fusiles españoles modelo 1928, descalibrados, llamados "mata paraguayos", sin transportes ni equipos y con un servicio de sanidad desorganizado. El país carecía de industrias, las fábricas y talleres existentes eran rudimentarias. La situación se presentaba muy crítica. 

En la Casa Argentina se decidió organizar un regimiento de caballería para incrementar el orden de batalla del Ejército del Chaco. Conseguida la autorización del Gobierno del Paraguay, decretos y leyes mediante, se dio comienzo, apresuradamente, a la organización del Regimiento 7 de Caballería con el nombre de General San Martín. 

La Casa Argentina se convirtió en centro de movilización; se recaudaron fondos, se compraron armamentos y organizó la provisión de uniformes, equipos y víveres. Desde tempranas horas, largas filas de voluntarios concurrieron a inscribirse para integrar el regimiento, algunos desde Goya, Corrientes, Formosa y del Chaco Austral. 

Entre la oficialidad se encontraban muchos argentinos, varios de los cuales se convirtieron en héroes durante la campaña. 

 

El mayor, Argentino, Domingo Aguirre fue el segundo jefe del Regimiento; Aristigueta, Ortiz, Ochoa, Lezica, Barrera, Flores, Alvarenga, Chávez, fueron algunos de ellos. 

El mayor Francisco Vargas, edecán del Presidente de Paraguay, fue nombrado Jefe del Regimiento, habiéndose educado en la Argentina. 

El 14 de noviembre de 1932, el Regimiento "Grl. San Martín", se desplazaba al son de la marcha de San Lorenzo desde el Campamento de Cerro León hacia el puerto de Asunción para embarcarse hacia el teatro de operaciones. Al frente, la banderade guerra con los colores paraguayos y con el bordado en oro del nombre del Libertador de América, despertaba la emoción del pueblo de Asunción. La enseña fue bordada y donada por la madrina del Regimiento, señorita Dora Gelosi. 

Con un efectivo de 1000 hombres el Regimiento fue embarcado en el vapor Holanda, de la empresa Mihanovich, luego de 48 horas de navegación por el río Paraguay con rumbo al norte, desembarcó las tropas en Puerto Casado.

La penetración hacia el desierto chaqueño se produjo en un convoy ferroviario de trocha angosta, el cual cubrió 145 km. en 12 horas hasta llegar a punta de rieles. La recepción no fue nada cordial, puesto que a la bienvenida dada por los mosquitos y los mbariguis, en medio de un calor insoportable y nubes de polvareda, se sumaron tres aviones Bolivianos que bombardearon y ametrallaron el lugar ocasionándole al regimiento su bautismo de fuego y ocasionándole 6 muertos y 15 heridos. 

Con mucha tristeza se enteraron que harían la campaña desmontados, dado que no se proveerían caballos ni mulas. Caminando por charcos, esteros y por un espantoso desierto sin agua, debieron recorrer más de 250 km. hasta el frente de combate. 

En diciembre de 1933 el Regimiento cortó el camino Alihuatá _ Saavedra, contribuyendo a cerrar el cerco de dos divisiones Bolivianas, que debieron rendirse con más de 10.000 hombres. El fuerte ruido de motores que se escuchaba en una picada, era producido por dos tanques enemigos que avanzaban disparando con sus cañones y sus ametralladoras. Un tronco de corpulento quebracho derribado a hachazos por los solados del "San Martín", cortó el paso de los tanques y sus tripulaciones cayeron en la emboscada. Uno de esos tanques se exhibe en la plazoleta frente al Colegio Militar del Paraguay, en Asunción. 

El Regimiento participó en las batallas de Fortín Toledo, Alihuatá, Cañada El Carmen, Algodonal y otras, llegando al final de la guerra, en 1935, hasta los cerros andinos Bolivianos, amenazando los pozos de petróleo del altiplano en el camino a Camirí. 

Jóvenes oficiales argentinos quedaron para siempre en las caldeadas soledades chaqueñas. El Fortín Boliviano "Palmar Ustares" fue bautizado por el Comandante en Jefe del Ejército con el nombre del Tte. Evaristo Ochoa, correntino, caído al frente de su escuadrón, en el asalto a un nido de ametralladoras.