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lunes, 6 de abril de 2026

Unión Soviética: El experimento social de la isla caníbal

La isla caníbal soviética


 


En mayo de 1933, alrededor de 6.700 prisioneros fueron deportados a la isla de Nazino, ubicada en el río Ob en Siberia Occidental. Enviados a construir un "asentamiento especial" y cultivar la isla, los deportados fueron abandonados con escasas provisiones de harina, sin herramientas y prácticamente sin ropa ni refugio para sobrevivir al clima siberiano. Las condiciones se deterioraron rápidamente y resultaron en enfermedades generalizadas, violencia y canibalismo. En 13 semanas, más de 4.000 de los deportados habían muerto o desaparecido. Wikipedia

La mayoría de las víctimas habían sido arrestadas simplemente por no llevar consigo el pasaporte interno, un documento creado en 1932 durante la administración de Stalin para controlar el movimiento de los ciudadanos. CIPDH

Sin embargo, el texto que citas contiene algunos detalles ligeramente exagerados o imprecisos respecto a las fuentes históricas:

Lo que es preciso: el número de deportados (~6.700), la falta de herramientas y refugio, el flour como única comida, la disentería, el canibalismo generalizado, los más de 4.000 muertos, que el gobierno soviético suprimió la información por décadas, y el testimonio sobre la mujer con las pantorrillas cortadas.

Lo que es impreciso o dramatizado: La historia dice que la isla era "sin árboles", pero en realidad era pantanosa con vegetación. Cuando el investigador Velichko llegó en agosto, "la hierba en la isla llegaba hasta la cabeza". RFE/RL El relato también presenta los 13 semanas como el plazo completo, pero el asentamiento fue disuelto antes del mes, y los 2.856 deportados sobrevivientes fueron trasladados a otros asentamientos río arriba. History Collection

En esencia, es una historia real y verificada por documentos de archivo soviéticos y testimonios de sobrevivientes. Fue suprimida por décadas y solo salió a la luz pública en 1988, durante la Glasnost.

sábado, 21 de marzo de 2020

Invasión a España: Los presos que salieron a combatir a los franceses

Los presos que pidieron permiso para salir a luchar contra los franceses… y regresaron por la noche


Javier Sanz — Historias de la Historia



En el año 1807, Francia y España firmaban el Tratado de Fontainebleau, por el que se acordaba el reparto de Portugal (aliado de Inglaterra) entre ambas potencias. Controlado el mar por ingleses y portugueses, la única opción viable era que las tropas francesas atravesasen la Pení­nsula, por lo que numerosos contingentes militares franceses entraron en España. El general Murat, lugarteniente de Napoleón para todos sus ejércitos en España, llegó a Burgos el 13 de marzo de 1808 y emprendió camino hacia Madrid. Napoleón era consciente de la crisis polí­tica del régimen borbónico e iba a aprovechar la situación.

En la corte del rey Carlos IV, cuyo gobierno era ejercido en la práctica por el valido Manuel Godoy -con el que también compartía la cama de la reina-, existí­a un grupo de conspiradores encabezado por los sectores más reaccionarios y por los descontentos con las actuaciones de Godoy. En la sombra, manejando los hilos, estaba Fernando, el heredero al trono. La conspiración de la corte, un rey débil, Godoy caído en desgracia y la protesta popular que estalló en el llamado motín de Aranjuez (17 de marzo de 1808), obligaron al rey a ceder el trono a su hijo Fernando VII. Nada cambió en España, el rey era un pelele en manos de Murat y sus tropas militares. Fernando VII fue llamado a Bayona para entrevistarse con Napoleón. El rey, deseoso de que el emperador le reconociese, partió hacia Bayona, dejando a la Junta Suprema de Gobierno el control de la nación. El dí­a 30 de abril, Napoleón reunión en Bayona a Carlos IV, Godoy y Fernando VII. Napoleón controlaba España (o eso creí­a él).



En torno a las ocho de la mañana del 2 de mayo, dos carruajes se encontraban detenidos a las puertas del Palacio Real de Madrid. Al ser día de mercado, había mucha gente en los alrededores. En el primer carruaje la gente vio subir a la infanta Marí­a Luisa, y el gentío pensó que el segundo era para el infante Francisco de Paula. En ese momento, el maestro José Blas Molina gritó:


¡Traición! ¡Qué nos lo llevan!

Soltaron los caballos y entraron al Palacio. La revuelta habí­a estallado. Murat envió compañí­as de granaderos de la Guardia Imperial acompañados de 2 piezas de artillerí­a que sembraron el suelo de cadáveres. El choque desencadenó una violenta reacción popular que se extendió por toda la ciudad. Al deseo del pueblo de impedir que se llevasen al infante a Francia, se unió el de vengar a los muertos y el de deshacerse de los invasores. Los franceses aislados eran asesinados y centenares de madrileños se concentraron en la Puerta del Sol. Allí­ llegaron los mamelucos, coraceros y dragones que masacraron a la multitud. Madrid estaba siendo el triste protagonista de una batalla campal entre dos ejércitos desiguales: uno formado por las tropas de élite francesas y otro por el pueblo llano madrileño armado con navajas, tijeras, macetas y hasta aceite caliente que vertían sobre los jinetes.



En medio de aquel sindiós, un «funcionario de prisiones de la época» entrega al alcaide de la cárcel Real de Madrid una carta escrita por el recluso Francisco Xavier Cayón. Esta carta, redactada en nombre de todos ellos, decía así…

Abiendo advertido el desorden que se nota en el pueblo y que por los balcones se arroja armas y munisiones para la defensa de la Patria y del Rey, suplica, bajo juramento de volber a prisión con sus compañeros, se les ponga en libertad para ir a esponer su vida contra los estranjeros.

Aunque en un primer momento el alcaide pensó obviar la carta y romperla, porque no se fiaba de la palabra de los reclusos, no le quedó más remedio que acceder a la petición ante el motín que ya se estaba gestando dentro del presidio. Así que, les dieron permiso para salir, matar unos cuantos gabachos y regresar al recuento de la noche. De los noventa y cuatro reclusos que albergaba la prisión, cincuenta y seis se echaron a las calles armados con sus pinchos carcelarios, bates de béisbol y puños americanos. Al grito de ¡Viva el rey!» y ¡Muerte a los gabachos! dieron buena cuenta de todos los miembros de la Grande Armée que se encontraron a su paso. Y cual Cenicienta, antes de que su carruaje se convirtiese en calabaza, cumplieron su palabra y regresaron a la cárcel para el recuento de la noche y descansar en sus celdas. Eso sí, seguro que más de uno aprovechó la ocasión para limpiar los bolsillos de los franceses caídos y llevarse un recuerdo, tipo cartera, reloj, móvil…

¿Todos regresaron?


De los 56 que salieron, 4 murieron en los enfrentamientos y 51 estaban presentes en el recuento nocturno. Así que, nos falta uno… que regresó al día siguiente. Parece ser que decidió hacerle una visita a la parienta y, entre ponte bien y estate quieta, perdió la noción del tiempo.