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domingo, 8 de noviembre de 2026

Guerra de la Independencia: Los granaderos Necochea, Suárez y los héroes de Junín

“¡Adelante granaderos!”: la furiosa carga de Necochea, su cuerpo lanceado y el papel decisivo de Suárez en el triunfo en Junín

En la batalla de Junín, librada a sable y lanza, sin disparar un solo tiro, los jóvenes granaderos formados por San Martín lograron revertir una derrota que el propio Simón Bolívar ya daba por segura.

Por Adrián Pignatelli || Infobae




En la batalla de Junín, la caballería de Necochea y Olavarría fue la más castigada (Oleo de Martín Tovar de Tovar)



Luego que el 23 de abril de 1824, las autoridades monárquicas francesas le impidieron desembarcar al general José de San Martín en El Havre por los diarios de contenido liberal y republicano que llevaba en su equipaje, debió seguir hacia Gran Bretaña. Allí, visitó a su viejo amigo el capitán Peter Heywood, y fue su esposa Frances Jolliffe la encargada de encontrarle lugar en un internado para señoritas en las afueras de Londres a su hija Merceditas.

Mientras esto sucedía, sus antiguos granaderos daban cátedra de coraje y arrojo del otro lado del océano Atlántico, en la pampa de Junín.


Histórica entrevista de Guayaquil, donde San Martín decidió abandonar Perú y dejarle a Bolívar la dirección militar de la campaña libertadora

Simón Bolívar había quedado como el general en jefe del ejército libertador. Luego de los sendos triunfos de Boyacá y Carabobo, y después de la salida de escena de José de San Martín luego de la famosa entrevista de Guayaquil, comandaba un ejército de 8000 hombres, entre los que se encontraban unos 250 granaderos, que ahora se denominaban Granaderos de los Andes y el Regimiento Río de la Plata. Estaban incluidos en una fuerza de unos 900 hombres comandados por Mariano Necochea. Esos serían los únicos que entrarían en combate en la histórica jornada del 6 de agosto de 1824.

A Necochea le faltaba un mes para cumplir los 32 años. A los 20 había ingresado como alférez en Granaderos. Había peleado en el combate de San Lorenzo, estuvo en el Alto Perú y luego se incorporó al Ejército de los Andes.


Mariano Necochea tuvo su bautismo de fuego en San Lorenzo. Cruzó los Andes, combatió en Chile y en Perú. En Junín comandó una carga de caballería temeraria (Oleo de José Gil de Castro)

El general enemigo era José de Canterac, un experimentado general que había peleado contra las tropas napoleónicas.

Ambos ejércitos se encontraron en Junín o Pampa de Reyes, en el centro del Perú, a unos cuatro mil metros sobre el nivel del mar.

Cuando el enemigo estuvo a la vista, Bolívar le pidió a Necochea, a punto de iniciar la marcha, “que los venciese”. El oficial argentino le respondió: “Pronto me verá V.E. muerto o victorioso”, consciente de la peligrosa misión que tenía por delante.

La caballería al mando de Necochea avanzaba por la quebrada de Chacamarca, un angosto terreno, encerrados entre la montaña y pantanos, lo que hizo que la marcha fuese lenta y dificultosa, y que caballos y jinetes terminasen amontonados, todos presurosos por salir de ese atolladero.



Retrato en blanco y negro de un hombre con uniforme militar, cabello oscuro, patillas y una medalla prendida al cuello

Manuel Isidoro Suárez atacó con sus jinetes el flanco y la retaguardia enemiga que, descuidada, se creía que había logrado la victoria

Cuando estaba en la tarea de desplegar en batalla a todos sus escuadrones, el enemigo, viendo las dificultades de los patriotas, se lanzó al ataque con tres divisiones.

La arremetida fue efectiva, que se llevó por delante a la caballería patriota a pesar de los esfuerzos por resistir. Los que se llevaron la peor parte fueron los dos escuadrones colombianos que iban al frente, que quedaron rodeados por los españoles.

Fue cuando Necochea, al grito de “¡Adelante granaderos!”, se lanzó a un contrataque desesperado contra los jinetes de los Dragones del Perú. El oficial era una fiera que sableaba a diestra y siniestra, y esa actitud contagió a sus hombres.

Adelantado, peligrosamente solo, quedó rodeado: una lanza le atravesó un pulmón, otra directamente lo atravesó de lado a lado. Mientras tanto seguía montado y peleando; dos sablazos casi le arrancaron su brazo izquierdo. Cayó del caballo, envuelto en sangre, gritando “¡adelante granaderos!”. Quedó prisionero con once o nueve heridas, según las versiones.



9 de diciembre de 1824, batalla de Ayacucho: significó el fin del poder español en América del Sur

Bolívar, viendo que todo estaba perdido, decidió retirarse con la infantería -algunos testimonios aseguran que “voló a la reserva”- mientras observaba cómo la caballería del Rey se hacía dueño del campo de batalla. Ignoraba que ese no era el fin de la lucha.

En esa persecución realista sobre la caballería patriota, nadie se percató del teniente coronel Manuel Isidoro Suárez, quien estaba a la espera de órdenes de Bolívar que nunca recibiría porque se había retirado.

De 22 años, Suárez era muy joven cuando ingresó en Granaderos, donde participó de la campaña libertadora.

Cuando el enemigo pasó al galope muy cerca de su posición, lo sorprendió con sus Húsares del Perú por su flanco y su retaguardia. Los protagonistas fueron aquellos veteranos granaderos y jinetes peruanos los que arrollaron a la caballería enemiga que, desorganizados y confiados, ya festejaba el triunfo.


En 1949, Perú rechazó una solicitud de Argentina para repatriar sus restos, argumentando su importante legado y ciudadanía peruana (Centro de Estudios Histórico Militares del Perú)

Tras el ataque de Suárez, se sumó Guillermo Miller al frente de los escuadrones patriotas y provocó una retirada del enemigo. La victoria había quedado asegurada.

Canterac, aún sin poder creer cómo el triunfo se le había escapado de las manos, escribió: “Sin poder imaginarme cuál es la causa, volvió grupas nuestra caballería y se dio a una fuga vergonzosa. Parecía imposible desde lo humano que una caballería como la nuestra, tan bien armada, montada e intruida, con tanta vergüenza huyese de un enemigo sumamente inferior bajos todos respectos, que ya estaba vencido, echando un borrón a su reputación antigua y puesto en peligro al Perú todo”.

El desbande español fue total y Bolívar, rápido de reflejos, regresó al campo de batalla, rodeado de generales y oficiales, para arengar a las tropas. “Ved aquí, señores, que cuando la historia describa la batalla de Junín, si es verídica y severa, la atribuirá a la audacia y valor de este joven coronel”, señalando a Suárez. Y volviéndose a los soldados, les dijo: “Ya no seréis Húsares de la Guardia, os denominaréis desde hoy Lanceros de Junín”.

Mientras tanto, Necochea, junto al teniente coronel José Olavarría, habían sido rescatados. La batalla duró 45 minutos y sólo se combatió con lanzas y sables, sin hacer ni un solo disparo. Quedaron en el campo 250 muertos realistas, mientras que los patriotas sufrieron 150, entre muertos y heridos.

En el parte de batalla redactado por Andrés Santa Cruz el 7, si bien mencionó a Suárez, incluyó en el relato una larga lista de oficiales, opacando su crucial intervención para lograr la victoria.

Cuando en una oportunidad, Necochea recibió en su casa la visita de Suárez, aquel lo presentó a su esposa, diciendo “María, te presento al Coronel Suárez, el verdadero vencedor de Junín”.

Suárez, cohibido, respondió que “yo no hice más que cumplir con una orden”.

“Si”, admitió Necochea, “pero con tal exactitud que a retardarse un minuto, se pierde la batalla”.

En el campo de batalla de Ayacucho, que significó el fin del poder español en América del sur, Suárez fue ascendido a coronel. Una vez terminada la guerra, Bolívar denunció un plan para derrocarlo y matarlo e involucró a varios argentinos. Suárez, Necochea, Alvarado, Castillo, Videla, Estomba, entre otros, fueron expulsados del Perú. Necochea devolvió sus ascensos y distinciones, y aseguró que del Perú solo quería llevarse de recuerdo sus heridas.

Suárez peleó en la guerra contra el Brasil y luego, enrolado en el bando unitario, debió exiliarse en Mercedes, Uruguay. Dejó las armas y se dedicó a trabajar en una estancia, y se casó. Falleció en Montevideo el 13 de febrero de 1846.

Necochea nunca se recuperó del todo de sus heridas de Junín. Cuando el gobierno le impidió participar en la guerra contra el Brasil, regresó a Lima y dirigió la Casa de Moneda. Se le reconocieron sus servicios y fue ascendido a mariscal. Murió de tuberculosis el 5 de abril de 1849. El Perú se negó a que sus restos, que descansan en el Panteón de los Próceres, regresen a la Argentina. Allí es un héroe nacional, portador de una página de gloria escrita en los llanos de Junín. 

lunes, 1 de diciembre de 2025

Guerra del Pacífico: El hundimiento del Loa

El hundimiento del Loa





El 3 de julio de 1880 sucedió un hecho poco conocido, una acción que demostró la creatividad e inventiva del peruano. El hundimiento del transporte artillado Loa, buque que formaba parte de la escuadra chilena, resultó ser la prueba que demuestra que ante una crisis, si estamos juntos, no nos detiene nadie.
Acompáñennos a conocer cómo sucedió esta arriesgada pero tremenda proeza.
El buque chileno Loa se encontraba bloqueando el puerto del Callao. El enemigo de ese entonces, gracias a su buen servicio de espionaje, sabía que los peruanos preparaban una sorpresa para ellos. Un torpedo estaba fabricado y listo para hundir una de sus naves.
Pero, ¿cuál era la información que manejaban los chilenos? Ellos sabían que el artefacto consistía en una lancha de vela, cargada con comestibles y que si se extraía el último suministro, un resorte accionaría el torpedo.
El mensaje fue esparcido a todos los comandantes de las naves enemigas, sin embargo, un día como hoy, el Loa divisó un bote a vela desplegada, transportando víveres y parecía que había sido abandonado por su tripulación…
Que sea el periodista de la época, Manuel Horta, corresponsal del diario “El Nacional”, quien nos lo cuente mejor:

El Loa, que estaba en guardia cruzando la bahía, se dirigió en demanda de una lancha que estaba enfilada a las Hormigas de Tierra.
Al encontrarse cerca, echó dos botes que avanzaron hacia dicha lancha tomándola a remolque hasta traerla al costado del transporte.
Como 10 minutos después se sintió una estruendosa detonación que hizo estremecer todos los buques surtos en la bahía i los nuestros que están en la dársena.
La explosión había partido del Loa, que se hallaba frente al último buque neutral que se encontraba a barlovento de ese fondeadero.
Una inmensa llamarada pareció salir del mar, cubriendo al buque enemigo. En seguida se sintió una nueva explosión, menos fuerte que la primera y el Loa quedó envuelto en densas nubes de humo negro.
Cuando estas se disiparon por efecto del viento, volvió a aparecer el buque enemigo, como si se hubiese levantado un telón. Estaba inmóvil y parecía no haber sufrido nada.
De repente se estremeció y se notó que la proa se levantaba mientras la popa se hundía rápidamente.
En menos de ocho minutos se fue a fondo como si fuera una ancla…



Imagen: pintura El hundimiento del Loa de Antonio Valiente Medina


viernes, 8 de agosto de 2025

Argentina: El guerrero José Ignacio Warnes

 

José Ignacio Warnes: el general con el pecho roto y la causa encendida


José Ignacio Warnes, nacido en Buenos Aires en 1770, provenía de una familia acomodada del virreinato, pero eligió un camino contrario al de sus privilegios: la lucha por la libertad. Desde joven se involucró en la vida militar, integrando el Cuerpo de Blandengues de Montevideo, y combatiendo en las Invasiones Inglesas de 1806 y 1807. Con la Revolución de Mayo de 1810, se sumó al bando patriota, alentado por su amistad con Manuel Belgrano, quien lo consideraba de plena confianza y lo integró a su campaña.

Warnes participó en batallas fundamentales como Tucumán y Salta, y fue asignado al mando del Regimiento N.º 6. Belgrano le encomendó una misión decisiva: liberar Santa Cruz de la Sierra, una ciudad aislada y dominada por los realistas. Con pocos recursos pero con gran determinación, Warnes cruzó el Chaco Boreal y logró organizar una resistencia popular compuesta por esclavos liberados, indígenas y mestizos. Formó el Batallón de Pardos y Morenos, promovió la igualdad y decretó la libertad de los esclavos sin esperar órdenes. Gobernó con justicia, disciplina y coraje.

Sin respaldo real desde Buenos Aires, Warnes defendió Santa Cruz con convicción. En 1814 triunfó en la batalla de La Florida, derrotando al comandante realista Blanco. Pero su independencia política y militar lo enfrentó con las autoridades porteñas, que enviaron a Santiago Carrera a reemplazarlo. Carrera fue asesinado por el pueblo, que defendía a Warnes.

La situación se agravó cuando el apoyo militar disminuyó y otros líderes patriotas caían uno a uno. En 1816, tras recibir el Acta de la Independencia, Warnes enfrentó a las tropas del traidor cruceño Aguilera en la batalla de El Pari, librada el 21 de noviembre. A pesar de luchar con inferioridad numérica y recursos precarios, resistió con valentía. Murió en combate, destrozado por una bala de cañón. Su cabeza fue exhibida en una pica en la plaza pública. Sin embargo, su muerte no aplacó la resistencia: el pueblo de Santa Cruz continuó luchando en su nombre.

Años después, en 1825, Santa Cruz fue liberada y los restos de Warnes fueron enterrados con honores. Aguilera, el traidor, también fue ejecutado y su cabeza terminó como la de Warnes: en una pica, en un acto de justicia histórica.

Belgrano, profundamente dolido, escribió a la madre de Warnes destacando su heroísmo y calificándolo como un verdadero hijo de la patria. En Bolivia, Warnes es recordado como prócer: una ciudad y una provincia llevan su nombre. En Argentina, su memoria permanece relegada, reducida a una calle de repuestos en Buenos Aires. El reconocimiento oficial como general aún no ha sido formalizado.

Warnes representa a los héroes que pelearon en los márgenes, con barro en los pies y la patria en el corazón. Su legado no es solo el de un combatiente, sino el de un hombre que creyó en la libertad de los más olvidados. Su historia es un llamado a la memoria y a la justicia.

jueves, 12 de junio de 2025

Guerra de Chinchas: El combate del 2 de Mayo

Combate del 2 de Mayo, el conflicto con participación civil: la historia detrás del enfrentamiento resuelto en pocas horas

Los antecedentes de este enfrentamiento se remontan a 1862, cuando la Corona española envió a las costas sudamericanas una flotilla naval bajo el pretexto de realizar una misión científica
Por Rafael Montoro || Infobae



Tras la batalla de Ayacucho en 1824, que dejó claro a España y al mundo que el dominio colonial había terminado, el Perú comenzó a forjar, no sin tropiezos, su incierta pero decidida identidad republicana. Pero como suele ocurrir con los imperios heridos, el país europeo no supo retirarse con dignidad y, décadas después, volvió a tocar la puerta —esta vez con cañones— pretendiendo recuperar lo que ya no le pertenecía.

Fue entonces, en 1866, que el puerto del Callao se convirtió en el escenario de una respuesta categórica: el combate del 2 de Mayo fue un grito de soberanía. A pesar de las divisiones políticas internas y la fragilidad institucional del país, distintos sectores sociales se unieron para resistir el bombardeo de la escuadra europea.

Los antecedentes de este enfrentamiento se remontan a 1862, cuando la Corona española envió a las costas sudamericanas una flotilla naval bajo el pretexto de realizar una misión científica. Pero, ¿qué ocurría en el Perú en ese año y en los siguientes hasta el inicio del conflicto bélico contra los españoles? Es sabido que, en ese entonces, la exportación de guano desde las islas del litoral transformó la economía y la política nacional.



El enfrentamiento entre Perú y España en el combate del 2 de Mayo de 1866 representó un acto de resistencia decisiva. (Marina de Guerra del Perú)

Antes del fuego: los hechos previos al combate del 2 de Mayo

A mediados del siglo XIX, el Perú atravesaba una etapa de prosperidad impulsada por la explotación del guano, un recurso natural altamente valorado en los mercados europeos. Durante años, este negocio fue administrado por firmas extranjeras, siendo la británica Antony Gibbs & Sons una de las más influyentes.


“Con una casa comercial como la de Gibbs manejando la mayor parte del comercio del guano que llegaba al Reino Unido, al Imperio Británico y a Europa, parecerían existir pocas dudas de que el Perú sería un excelente ejemplo de cómo trabajaba ese ‘imperio informal’”, escribió el historiador escocés William M. Mathew en su libro ‘La firma inglesa Gibbs y el monopolio del guano en el Perú’. 


Este dominio extranjero en el comercio del guano comenzó a debilitarse en 1862, cuando el Estado peruano promulgó una ley que priorizaba la participación de empresarios locales en la gestión del negocio. Esta medida permitió a los llamados ‘hijos del país’ retomar el control de una de las principales fuentes de ingreso nacional.


A unas 100 millas al sur del Callao, frente a la costa de Pisco, se ubican las famosas islas de Chincha. (Revista de Marina)

Mientras tanto, en Europa, España intentaba reafirmar su presencia en el ámbito internacional. Tras haber perdido la mayor parte de su imperio en América, emprendió diversas acciones militares, como la ocupación de territorios en Marruecos. Es sabido que aún mantenía posesiones en el Caribe, Asia y Oceanía. En ese contexto, volvió su mirada hacia Sudamérica, región donde había tenido dominio colonial.

En 1862, la monarquía española envió una escuadra al Pacífico sudamericano con el pretexto de realizar una expedición científica. No obstante, el verdadero propósito era establecer presencia en la región y velar por los derechos de sus súbditos. Entre los integrantes de la misión figuraba Marcos Jiménez de la Espada, reconocido por su labor en la recopilación de documentos históricos.

España también tenía entre sus objetivos instalar bases navales a lo largo de la costa del Pacífico. Al conocerse la partida de la escuadra, el entonces presidente peruano Miguel de San Román solicitó al Congreso poderes especiales para fortalecer la Marina. Sin embargo, el Legislativo le negó el respaldo.

San Román había asumido el cargo luego del mandato de Ramón Castilla, pero falleció en 1863, dejando la presidencia temporalmente en manos del propio Castilla. Poco después, Pedro Diez Canseco fue designado presidente interino, hasta que Juan Antonio Pezet asumió la conducción del país ese mismo año.


Juan Antonio Pezet fue presidente del Perú de 1863 a 1865. (afsdp.org.pe)

La flota española, al mando del almirante Luis Hernández-Pinzón, llegó a Valparaíso, donde fue recibida con desconfianza debido a sus aires de superioridad. Desde allí, se dirigió al Callao, arribando en julio de 1863. Aunque las relaciones entre Perú y España eran nulas desde la independencia, los oficiales españoles fueron atendidos en Perú durante su breve estadía.

Tras su paso por el puerto peruano, la expedición continuó su ruta. No obstante, un hecho en el norte del país provocó su regreso. En la hacienda Talambo, cerca de Chiclayo, donde vivían colonos vascos dedicados al cultivo del algodón, ocurrió una pelea con vecinos locales. El altercado dejó un español y un peruano muertos. Este episodio fue aprovechado políticamente por el diplomático Eusebio Salazar y Mazarredo, quien formaba parte de la expedición.

Salazar presentó reclamos en nombre de la Corona española. Alegaba representar directamente al rey con el título de comisario regio, una figura propia del periodo virreinal, lo cual fue rechazado por las autoridades peruanas. Su indignación creció y, en coordinación con Hernández-Pinzón, ocuparon las islas de Chincha, ricas en guano. Este acto fue considerado una agresión directa contra la soberanía del Perú.


Imagen de las islas de Chincha durante el siglo XIX, perteneciente a la colección Cisneros Sánchez.

En diálogo con TV Perú, el historiador Juan Luis Orrego Penagos dijo que los españoles tomaron las islas de Chincha “porque eran los principales yacimientos del guano”. “Al ocupar las islas, de algún modo estaban embargando el guano y ejerciendo presión sobre el Perú”, agregó.

La cancillería peruana informó a los gobiernos del continente sobre la ocupación extranjera. Es preciso señalar que el presidente Pezet no declaró la guerra a España, dado que el país no estaba preparado militarmente.

Respecto a la actitud del presidente, el historiador John Rodríguez dijo lo siguiente en el programa Sucedió en el Perú: “Habría que ponernos un poco en el lugar de Pezet. El problema que enfrentaba el Perú en ese momento era que, desde el punto de vista militar, no representábamos una fuerza disuasiva. Al gobierno peruano no le quedaba otra opción que intentar una salida diplomática”. 


Pese a su postura conciliadora, Pezet envió a Francisco Bolognesi a Europa en misión de compra de armamento. En paralelo, oficiales peruanos como Miguel Grau impulsaron la construcción del monitor Huáscar y la fragata Independencia en astilleros británicos. También se adquirieron otras naves como La Unión y La América, que ya estaban operativas.


La Unión fue una corbeta peruana.

En diciembre de 1864, el almirante José Manuel Pareja reemplazó a Hernández-Pinzón, y la escuadra española recibió refuerzos, incluyendo el acorazado Numancia. Ante esta situación, Pezet aceptó iniciar negociaciones. En representación del Perú, Manuel Ignacio de Vivanco firmó un tratado con Pareja el 27 de enero de 1865, a bordo de la fragata Villa de Madrid. En este documento, el Perú aceptaba pagar una deuda de tres millones de pesos a España y los españoles se comprometían a retirarse de las islas ocupadas.

El acuerdo fue mal recibido por la opinión pública y desató una ola de indignación. En Arequipa comenzó una rebelión que fue respaldada por oficiales como Lizardo Montero, quien ofreció su embarcación al general Mariano Ignacio Prado. Las fuerzas insurrectas marcharon hacia Lima y forzaron la salida de Pezet del poder. Tras ello, Prado asumió la presidencia en 1865.

Con Prado en la presidencia, el gobierno peruano comenzó a coordinar esfuerzos para hacer frente a la amenaza española. Manuel Pardo se ocupó de reunir recursos para la guerra; José María Quimper asumió funciones en materia de orden interno; y José Gálvez, figura del gabinete, lideró los esfuerzos políticos. Finalmente, el Perú declaró la guerra a España en enero de 1866.


El Tratado Vivanco-Pareja fue uno de los factores que impulsaron la revolución de corte nacionalista liderada por Manuel Ignacio Prado. (Borka Kiss)

Desarrollo del combate del 2 de Mayo

Chile reaccionó ante la toma de las islas guaneras de Chincha por parte de los españoles. Había cerrado sus puertos a la armada enemiga y, como represalia, la escuadra comandada por Pareja bombardeó el puerto de Valparaíso el 31 de marzo de 1866. Desde las colinas, los chilenos vieron la destrucción de su ciudad.

Tras el bombardeo al puerto chileno de Valparaíso, la escuadra española, comandada por el almirante Casto Méndez Núñez, se dirigió hacia el Callao. Antes de alcanzar su objetivo, hizo escala en la isla San Lorenzo, ubicada frente a la costa central del Perú.

Si bien estaban preparados para atacar desde el 1 de mayo, los comandantes decidieron esperar un día más, ya que el 2 de mayo tenía un significado histórico para España: conmemoraba el levantamiento popular de Madrid contra la invasión napoleónica en 1808.

En tierra, la ciudad del Callao mostraba señales claras de preparación: las casas mantenían sus puertas cerradas, banderas del Perú ondeaban por todas partes y los batallones se mantenían alertas cerca de las fortificaciones. También los bomberos, tanto de Lima como del Callao, se habían posicionado en los últimos edificios entre el puerto y Bellavista, listos para asistir en cualquier emergencia.


Las fuerzas peruanas emplazaron diversas baterías en el puerto del Callao. (Andina)

La escuadra española contaba con seis fragatas, una corbeta y algunas embarcaciones de apoyo, con alrededor de 300 cañones a disposición. Por su parte, los defensores peruanos habían instalado numerosas baterías y convocado a soldados y civiles. Muchos de los cañones eran nuevos, y sus operadores apenas habían tenido tiempo de entrenarse. La defensa estuvo organizada por José Gálvez, secretario de Guerra.

Alrededor de las 11 de la mañana del 2 de mayo, comenzó el enfrentamiento. Las naves españolas se colocaron en forma de V y avanzaron peligrosamente cerca de la costa. El fuego se abrió simultáneamente en todos los sectores. En el norte, los ataques fueron repelidos con eficacia, y los barcos enemigos sufrieron daños importantes. En el centro, los civiles habían instalado a última hora el llamado ‘cañón del pueblo’, que también entró en acción.

El sector sur fue el más golpeado. Allí operaba el imponente acorazado Numancia, que provocó serias bajas en las líneas peruanas. En esa parte del puerto se encontraba el Torreón de La Merced, una estructura aún inconclusa que parecía una torre sin terminar. Desde un nivel elevado, José Gálvez dirigía la defensa. Sin embargo, una explosión causada por una bomba alcanzó los sacos de pólvora usados como protección. El lugar estalló al instante, cobrándose la vida de Gálvez y de quienes lo acompañaban.


José Gálvez murió heroicamente durante el combate del 2 de Mayo. (Difusión)

Durante todo el combate, las bandas de música mantuvieron el ritmo con marchas militares, intentando elevar el espíritu de los defensores. Si bien la pérdida de Gálvez significó un duro golpe, la resistencia no se quebró. Sin un comando claro, la lucha se prolongó hasta el final de la tarde. A las cinco p.m., aproximadamente, cuando el sol empezaba a ocultarse, se ordenó cesar el fuego. Todavía en ese momento, el Fuerte Santa Rosa lanzaba sus últimos disparos.

Los daños en la ciudad no fueron tan graves como se temía. Además del colapso del Torreón de La Merced y algunos incendios menores, las pérdidas materiales fueron limitadas y la población civil apenas sufrió consecuencias.

Los españoles, convencidos de haber cumplido con su misión, se retiraron hacia la isla San Lorenzo. Allí atendieron a sus heridos, enterraron a sus muertos y repararon sus embarcaciones. Poco después iniciaron el regreso a su país. Su presencia en aguas sudamericanas había durado casi cuatro años, y el viaje de vuelta por el Cabo de Hornos durante el crudo invierno fue trágico: muchos tripulantes murieron por enfermedades como el escorbuto.





martes, 25 de junio de 2024

Guerra de independencia: La rendición de los últimos realistas

22 de enero de 1826

Se rendían los últimos realistas en Sudamérica






El 22 de enero de 1826, en El Callao (Perú) se rinde la Fortaleza del Real Felipe, último reducto de la resistencia española en Sudamérica. El Segundo sitio del Callao fue el asedio más prolongado ocurrido en la costa del Océano Pacífico durante las guerras de independencia hispanoamericana. El asedio lo tendieron las fuerzas independentistas combinadas gran colombianas y peruanas contra los soldados realistas que defendían la Fortaleza del Real Felipe del puerto del Callao, quienes se negaron a rendirse, y rechazaron acogerse a la capitulación de la Batalla de Ayacucho, aunque los defensores desconocían que por una cláusula secreta no estaban incluidos en dicha capitulación, por lo que sitiados habían quedado en entera responsabilidad de proceder según alcanzaran su honor y patriotismo. En el sitio, que dio comienzo antes de las campañas de Junín y Ayacucho, desde la recaptura de la fortaleza el 5 de febrero de 1824, se prolongó hasta su capitulación el 23 de enero de 1826, y se llegaron a disparar desde la fortaleza por los defensores 9.533 balas de cañón, 454 bombas, 908 granadas, y 34.713 tiros. Los sitiadores independentistas al mando del general venezolano Bartolomé Salom dispararon 20.327 balas de cañón, 317 bombas e incontables balas. A esto se suma el bloqueo naval de las flotas combinadas de Perú con la fragata Prueba, corbeta Limeña y los bergantines Congreso y Macedonia, Chile con la fragata O'Higgins y bergantín Moctezuma y Gran Colombia con la corbeta Pichincha y bergantín Chimborazo, comandadas en su conjunto, en diferentes momentos, por el contralmirante Martín Guisse (Perú), el almirante Manuel Blanco Encalada (Chile) y el almirante general Juan Illingworth Hunt (Gran Colombia). El asedio marítimo y terrestre del Callao continuó hasta enero de 1826, siendo finalmente derrotadas las fuerzas realistas. Aunque ni Rodil ni la guarnición planearon jamás una rendición, ya no había esperanza de refuerzos de España tras más de un año de inútil espera; la propia guarnición estaba alimentándose de ratas a falta de otra comida disponible, y con las municiones a punto de acabarse, por lo que empiezan las negociaciones con el general Salom el 11 de enero de 1826 y concluyen en la entrega de la fortaleza el 23 de ese mismo mes. La asombrosa resistencia del jefe realista mereció que Simón Bolívar dijera a Bartolomé Salom después del triunfo, cuando este último pedía fusilar a Rodil: “El heroísmo no es digno de castigo”.
La capitulación permitió la salida de los últimos sobrevivientes del Ejército Realista (sólo 400 soldados de los 2800 que existían al inicio) con todos los honores. La mayoría de civiles refugiados había ya fallecido y los restantes quedaron como sospechosos a las nuevas autoridades de la República y muchos en efecto también partieron a España. Rodil salvaba las banderas de los regimientos Real Infante y del Regimiento de Arequipa, las demás quedaban como trofeo de guerra del vencedor, poco después se embarcaba para España acompañado de un centenar de oficiales y soldados españoles que habían servido bajo su mando. Se eliminaba así el último baluarte del Imperio Español en América del Sur.

Por: Historia del Federalismo Rioplatense  
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domingo, 31 de diciembre de 2023

Guerra del Pacífico: Los errores estratégicos peruanos

¿Cuáles fueron los errores estratégicos que cometió Perú que le hicieron perder la Guerra del Pacífico allá por 1879?





El resultado de la Guerra del Pacífico (1879-1884) entre Chile y Perú (junto con Bolivia) estuvo influenciado por una combinación de factores, incluidos los errores estratégicos cometidos por las fuerzas peruanas y bolivianas. Estos son algunos errores estratégicos clave cometidos por Perú durante el conflicto:

1. Falta de preparación naval: Perú subestimó la importancia del poder naval en la guerra. La Armada de Chile estaba mejor preparada y contaba con una flota más moderna, incluidos buques de guerra acorazados. Perú no fortificó adecuadamente sus puertos ni modernizó sus fuerzas navales, dejándolo vulnerable al dominio naval chileno.

2. Exceso de confianza: Perú y Bolivia pueden haber tenido un exceso de confianza en sus capacidades militares. Bolivia, en particular, creía que su aliado, Perú, brindaría un apoyo sustancial. Sin embargo, este apoyo fue a menudo insuficiente en la práctica.

3. Fracaso en asegurar la cooperación boliviana: Perú y Bolivia fueron aliados en la guerra contra Chile, pero a veces faltaba su cooperación. Los esfuerzos de Bolivia se concentraron principalmente en el teatro norte del conflicto, mientras que Perú enfrentó la peor parte de la ofensiva chilena en el sur. La falta de una estrategia coordinada debilitó sus esfuerzos combinados.

4. Desafíos logísticos: Perú enfrentó desafíos logísticos significativos en el suministro de sus tropas, particularmente en el árido y desolado teatro de guerra del sur. Chile controlaba el mar, lo que dificultaba que Perú transportara tropas y suministros por mar.

5. Falta de apoyo internacional: Perú y Bolivia esperaban más apoyo internacional en su conflicto con Chile, pero este apoyo fue limitado. Chile, por otro lado, tuvo más éxito diplomático y aseguró armas y financiamiento de fuentes extranjeras.

6. Pérdida de batallas clave: Perú sufrió derrotas significativas en batallas clave, como la Batalla de Tacna y la Batalla de Arica, que debilitaron su posición y control sobre territorios clave en el sur de Perú. Estas derrotas permitieron a Chile ejercer control sobre valiosos recursos y territorio.

7. Política Interna y Liderazgo: Perú experimentó inestabilidad política durante la guerra, con cambios en el liderazgo que afectaron su estrategia militar. Los frecuentes cambios de mando y las rivalidades políticas entre los líderes peruanos interrumpieron la cadena de mando y la implementación de la estrategia.

8. Tensión económica: El conflicto prolongado tensó la economía de Perú, lo que dificultó sostener el esfuerzo bélico. Chile, con su acceso más amplio a los mercados internacionales, disponía de mayores recursos económicos.

9. Sitio de Lima: La captura y sitio de Lima, la capital de Perú, por parte de Chile en 1881, fue un punto de inflexión significativo en la guerra. Condujo a la captura de importantes líderes políticos y militares, lo que debilitó aún más la capacidad de resistencia de Perú.

10. Fin de la alianza: Eventualmente, Bolivia y Perú terminaron su alianza, lo que llevó a acuerdos de paz separados con Chile. Esto aisló aún más a Perú y limitó su capacidad para continuar el conflicto.

La Guerra del Pacífico fue un conflicto complejo y multifacético influenciado por varios factores, incluida la estrategia militar, la diplomacia, la logística y el liderazgo. Si bien los errores estratégicos fueron ciertamente un factor en la derrota de Perú, es importante reconocer que la guerra tuvo dimensiones geopolíticas y económicas más amplias que contribuyeron a su resultado.




lunes, 23 de octubre de 2023

Guerra de la Independencia: Batalla de Pasco

Juan Antonio Alvarez de Arenales

Revisionistas



General Juan Antonio Alvarez de Arenales (1770-1831)

Nació el 13 de junio de 1770 en Villa de Reinoso, situada entre Santander y Burgos (provincia de Castilla la Vieja).  Su padre fue Francisco Alvarez de Arenales, perteneciente a una distinguida familia del Distrito, quien se había propuesto para su hijo una esmerada educación, pero su prematuro fallecimiento cuando Arenales tenía solamente 9 años, malogró estos propósitos.  Su madre fue María González de antiguo linaje de la provincia de Asturias.

A la muerte de su progenitor, Arenales fue educado por su pariente Remigio Navamuel, dignatario de la iglesia de Galicia y desde sus primeros años reveló gran vocación por la carrera de las armas, razón por la cual a los 13 años era dado de alta como cadete en el famoso Regimiento de Burgos.  Por su voluntad pasó en 1784 al Regimiento “Fijo” de Buenos Aires, donde se perfeccionó en las ciencias exactas y preparó su espíritu para acometer las grandes empresas que le tocó en suerte en su larga y brillante carrera.  Su contracción al servicio y su excelente conducta le granjearon la buena disposición de sus superiores.  El virrey Arredondo el 6 de diciembre de 1794, lo promovía a teniente coronel de las milicias provinciales de Buenos Aires y, en la misma fecha, lo transfería con igual grado a las milicias del Partido de Arque (provincia de Cochabamba), nombrándolo el 26 de enero de 1795 subdelegado del mismo partido.  En dos ocasiones en que fue necesario resistir las invasiones portuguesas en la Banda Oriental, acreditó su fidelidad, honor y patriotismo.  El 10 de mayo de 1798 era designado subdelegado del Partido de Curli (Pilaya y Paspaya) en la provincia de Charcas y posteriormente el 18 de diciembre de 1804, pasaba a ocupar el mismo puesto en el partido de Yamparaes, en la misma Intendencia de Charcas.  En estos puestos administrativos, Arenales desplegó su mayor celo en la imparcial aplicación de la justicia, “especialmente en la protección de los indígenas, de cuya suerte se demostró muy especialmente solícito, por ser los más oprimidos”.  Sin embargo progresaba lentamente la infiltración revolucionaria en las colonias españolas de América: el 25 de mayo de 1809 se produce en la ciudad de Chuquisaca una rebelión contra su presidente Ramón García Pizarro, al grito de “¡Muera Fernando VII!  ¡Mueran los chapetones!”, deponiéndolo.  Encontrándose en aquella revuelta el entonces coronel graduado Alvarez de Arenales, simpatiza abiertamente con los rebeldes, no obstante su origen español, motivo por el cual le nombran comandante general de armas; organiza las fuerzas rebeldes poniéndose al frente de ellas, pero el 21 de diciembre llegan los generales Nieto y Goyeneche con tropas realistas y ahogan en sangre la rebelión, tomando preso a Arenales que ingresa en las prisiones del Callao después de permanecer seis meses en los lóbregos calabozos del Alto Perú, sufriendo la confiscación de sus bienes.  En las Casamatas de la famosa fortaleza, Arenales permaneció quince meses, durante los cuales hasta corrió el riesgo de ser fusilado.  Finalmente se evadió y embarcándose para regresar a las Provincias Unidas del Río de la Plata, naufragó en Mollendo, viéndose reducido a la desnudez y más absoluta miseria; logró llegar a las proximidades de Chuquisaca, donde supo con profunda pena el fracaso de los patriotas en la jornada de Huaqui, el 20 de junio de 1811.  Regresa a la provincia de Salta, donde había contraído enlace con María Serafina Hoyos y Torres, fundando su hogar lo que iba a ser una de las principales causas de su adhesión a la Patria naciente y del valor y lealtad con que cooperó a su emancipación.  En un admirable documento que revela su elevación espiritual se dirigió a la asamblea nacional Constituyente, solicitando la ciudadanía argentina, identificándose así con la nacionalidad que contribuía a crear.  En aquella época (1811) vivía a 36 leguas al S. de la ciudad de Salta, entre las montañas y bosques de Guachipas, en su estancia la “Pampa Grande”.

En el año 1812, el general Tristán penetró en la provincia de Tucumán con una fuerza enviada desde Lima por el virrey Abascal, dejando un destacamento en Salta.  Alvarez de Arenales que había sido electo regidor y alcalde del primer voto del Cabildo de Salta, se puso a la cabeza de un movimiento rebelde, el cual fue sofocado por los realistas, lo que obligó a Arenales a ocultarse en Salta, corriendo los mayores peligros, para esquivar la persecución de sus enemigos.  Llegado a Tucumán, justamente después de las victorias de Las Piedras (3 de setiembre de 1812) y de Tucumán (24 del mismo mes y año) allí el general Belgrano no pudo menos que simpatizar con este hombre austero en sus costumbres, estoico por temperamento y tenaz en sus propósitos.  Entre ambos se estableció rápidamente una franca amistad.  El Ejército vencedor prosiguió su avance hacia el Norte, acompañando Arenales a Belgrano en la campaña que terminó con la magnífica victoria de Salta, el 20 de febrero de 1813, que originó la capitulación del general Tristán y en la cual le cupo a Arenales actuación descollante.  El 19 de setiembre de 1818 el Director Pueyrredón le extendió el diploma acordándole el escudo de oro por la acción de Salta.

Por su participación en aquella batalla y por su decisión por la causa libertadora, el gobierno argentino le otorgó los despachos de coronel graduado, el 25 de mayo de 1813 y el 6 de julio del mismo año se le otorgaba la carta de ciudadanía que había solicitado en nota, que como queda dicho, reflejaba su espíritu selecto.  El general Belgrano lo designaba el 6 de setiembre de 1813, para el puesto de gobernador político y militar de la provincia de Cochabamba y de todas sus dependencias.  Cuando se produjeron los desastres de Vilcapugio y Ayohuma, pocos días después, el coronel Arenales quedó cortado en Cochabamba y en completo aislamiento a causa de la retirada del ejército patriota.  “Este bizarro jefe -dice el general Paz en sus Memorias póstumas-, tuvo que abandonar la capital, pero sacando las fuerzas que él mismo había formado y los recursos que pudo, se sostuvo en la campaña, retirándose a veces a los lugares desiertos y escabrosos, y aproximándose otras a inquietar los enemigos a quienes dio serios cuidados.  La campaña que emprende desde este momento el coronel Arenales coronada de triunfos, es su gloria inmortal”.  Aquella campaña tan larga como heroica, fue de consecuencias profundas para la causa de la emancipación americana. 

Mitre en su Historia de San Martín, ha trazado la vigorosa silueta de Arenales, con las siguientes palabras: “Solo hombres del temple de Arenales y de Warnes podrían encargarse de la desesperada empresa de mantener vivo el fuego de la insurrección de las montañas del Alto Perú, después de tan grandes desastres, quedando completamente abandonados en medio de un ejército fuerte y victorioso y sin contar con más recursos que la decisión de las poblaciones inermes y campos devastados por la guerra”.  La fuerza que organizó no pasaba de 200 hombres, con los que emprendió una marcha hacia Santa Cruz de la Sierra, a través de millares de realistas, a los cuales arrolló en todos los encuentros que tuvo con ellos; motivo que inflamó el ardor marcial y retempló las fibras patrióticas de sus subordinados.  Arenales llevó su valor singular hasta el extremo de atacar en La Florida, con 300 hombres, una fuerza realista al mando del coronel Blanco, justamente triple en efectivos: La acción tuvo lugar el 25 de Mayo de 1814 y es uno de los más justos timbres de la gloria de este gran soldado.  “Aún no habían cesado los cantos del triunfo -dice Pedro De Angelis- cuando el coronel Arenales, que se había separado momentáneamente de sus tropas avanzándose en persecución de los prófugos, se vio en la precisión de defender su vida contra 11 soldados enemigos, que lo acechaban para lavar en su sangre la afrenta de sus compañeros.  La lucha fue larga y obstinada, pero al fin sucumbieron los agresores, tres de los cuales quedaron muertos y los demás heridos.  Arenales extenuado por la pérdida considerable de la sangre que manaba de su cuerpo por 14 heridas de sable, hubiera perecido también sin la oportuna intervención de algunos de sus soldados atraídos por las descargas que se oían en las inmediaciones del campo”.  El gobierno de las Provincias Unidas premia tan valeroso comportamiento con el empleo de coronel efectivo discernido con fecha 19 de octubre de 1814 por el Director Supremo Gervasio Antonio Posadas y por decreto del mismo día.  Arenales era nombrado Gobernador Intendente de la Provincia de Cochabamba.  El 9 de noviembre la oficialidad y tropa de la fuerza a sus órdenes recibe un escudo que decía: “La Patria a los vencedores de La Florida”.

San Pedro, Postrer Valle, Suipacha, Quillacollo, Vinto, Sipe-Sipe, Totora, Santiago de Cotagaita, y otros muchos puntos donde sostuvo desiguales combates contra los realistas, constituyen los brillantes de la magnífica corona que ciñó la frente del héroe de la Sierra.  El triunfo de La Florida tuvo influencia preponderante en la guerra de la Independencia, al asegurar la libertad de Santa Cruz, imponiendo la evacuación de las provincias argentinas del Norte, por parte de las fuerzas del general Pezuela.  El 27 de abril de 1815 tomó la ciudad de Chuquisaca y 20 días después Cochabamba, provincia que ocupó totalmente.

Por fin, después de 18 meses de épica lucha y de incesantes fatigas y sorteando peligros a cada instante, Arenales, con su cuerpo de 1.200 hombres levantado casi en su totalidad a expensas de sus pujantes esfuerzos, con armas y elementos que fue sucesivamente capturando a sus enemigos, se incorporó al ejército patriota que iniciaba una nueva campaña en el Alto Perú bajo el mando superior del general José Rondeau.  La Patria había premiado sus esfuerzos, nombrándolo el 30 de octubre de 1814, comandante general de las tropas del interior, cargo que le fue discernido por el propio Rondeau, desde su cuartel general en Jujuy.  Poco después, el gobierno de las provincias Unidas lo promovía a coronel mayor, con fecha 16 de setiembre de 1815 y el 25 de noviembre del mismo se le otorgaba el título honorífico de coronel del Regimiento de Infantería Nº 12.  Después de la desastrosa batalla de Sipe-Sipe, el 29 de noviembre de 1815, Arenales con los restos del ejército se repliega sobre la ciudad de Tucumán.  Algunos juicios o apreciaciones contradictorias que lastimaron su alma de soldado, indujeron a Arenales a solicitar la instrucción de un sumario que pusieron en claro los servicios que había rendido a la causa independiente.  El Director Supremo, general Pueyrredón, con tal motivo, expidió el siguiente decreto:

“Hallándose este gobierno con pruebas irrefragables de la virtuosa comportación, decidido patriotismo y fidelidad del ciudadano de las Provincias Unidas, Coronel Mayor de los Ejércitos de la Patria, don Juan A. A. de Arenales y en el concepto de que cualquiera que fuesen los esfuerzos con que la maledicencia pretenda oscurecer sus distinguido servicios a la causa de la libertad, jamás contrastarán la ventajosa opinión que este benemérito jefe ha adquirido en el concepto público de la gran familia americana, sobreséase en la prosecución de este expediente, que se devolverá al interesado por conducto del General en Jefe del ejército auxiliar del Perú, para su satisfacción, etc. etc.”.  Fue Presidente del Tribunal Militar del Ejército del Norte, ejerciendo el comando en jefe, el general Belgrano.

Batalla de Cerro de Pasco

Permaneció en Tucumán prestando siempre el concurso de una incansable actividad y de sus luces en el desempeño de comisiones importantes siendo posteriormente nombrado gobernador de Córdoba en 1819.  Pero la anarquía se enseñorea del territorio argentino: Alvarez de Arenales no quiere participar en la lucha que destruirá la Patria adoptiva y por tercera vez prefirió hacer el sacrificio de su vida en defensa de la libertad americana, dirigiéndose a Chile a ponerse a las órdenes del general San Martín, que a la sazón preparaba intensamente su expedición al Perú.  “Desde que el general Arenales se presentó al general San Martín en 1820, este le honró siempre con el tratamiento de “compañero”, así en la correspondencia como en el trato familiar, siendo Arenales el único general de los de su tiempo que obtuvo tan señalada y constante distinción hasta en los actos de etiqueta”.  Desembarcado en Pisco el ejército patriota, el 8 de setiembre de 1820, Arenales recibe de San Martín el mando de una División de 1.138 hombres, que debía penetrar en la Sierra, para insurreccionar las poblaciones peruanas al mismo tiempo que abatiera el esfuerzo realista.  Arenales llega rápidamente a las ciudades de Ica (6 de octubre), Humanga (donde entra después de la victoria de Nazca, el 15 de octubre), Jauja y Jauma, produciendo en todas partes un levantamiento general contra la dominación española, capturando numerosos armamentos de las muchas partidas enemigas que encuentra y dispersa.  Alarmadas las autoridades realistas ante tales progresos, despachan al Brigadier O’Reilly para batir a Arenales y sus huestes, teniendo lugar el contacto en el Cerro de Pasco, el cual se produce después que Arenales ha tomado todas las medidas de seguridad, para conocer en lo posible, la fuerza que se aproxima, a fin de lanzar sus tropas al combate en plena seguridad de no caer en una emboscada.  La fuerza realista suma 1.200 hombres; los efectivos contrapuestos son un poco diferentes en lo que a número se refiere, pues  Arenales no puede concentrar sobre el campo de batalla más de 600 hombres.  No obstante esta disparidad, no vacila y ataca con violencia al adversario, que es derrotado completamente y que deja 58 muertos y 18 heridos sobre el campo de batalla y 343 prisioneros incluidos 23 oficiales.  Cayeron además en poder de Arenales dos cañones, 350 fusiles, todas las banderas, estandartes, pertrechos de guerra y demás elementos bélicos escapando el enemigo en la más completa dispersión, pues no lograron hacer partidas de más de 5 hombres, cayendo prisionero en la persecución el propio brigadier O’Reilly.  En conocimiento del espléndido triunfo alcanzado por Arenales, San Martín, el día 13 de diciembre, expidió la siguiente orden del día:

“La División libertadora de la Sierra ha llenado el voto de los pueblos que la esperaban: los peligros y las dificultades han conspirado contra ella a porfía, pero no han hecho más que exaltar el mérito del que las ha dirigido, y la constancia de los que han obedecido sus órdenes para unos y otros se grabará una medalla que represente las armas del Perú por el anverso y por el reverso tendrá la inscripción “A los Vencedores de Pasco”.  El General y los jefes la traerán de oro, y los oficiales de plata pendiente de una cinta blanca y encarnada; los sargentos y tropa usarán al lado izquierdo del pecho un escudo bordado sobre fondo encarnado con la leyenda, “Yo soy de los vencedores de Pasco”.  San Martín extendió el diploma correspondiente al general Arenales el 31 de marzo de 1822.




Así termino la primera campaña de la Sierra, incorporándose Arenales con su División al ejército patriota el 3 de enero de 1821, evocando su presencia los riesgos y duras penalidades sufridas, no obstante lo cual la gloria había cubierto a sus componentes, siendo recibida triunfalmente por sus compañeros de armas.  San Martín recibió de manos del glorioso vencedor del Cerro de Pasco “13 banderas y 5 estandartes, entre las que se habían tomado en las provincias de su tránsito o en el campo de batalla”.  Designado el 19 de abril del mismo año por San Martín comandante general de la División, Arenales inicia su segunda campaña de la Sierra organizando su fuerza con los cuerpos siguientes: Granaderos a Caballo, coronel Rudecindo Alvarado; Batallón de “Numancia” (1º de Infantería del ejército), coronel Tomás Heres; Batallón Nº 7 de los Andes, coronel Pedro Conde; Batallón de Cazadores del ejército, teniente coronel José M. Aguirre y 4 piezas de artillería; a estas tropas debía incorporarse la pequeña fuerza del coronel Gamarra, compuesta de patriotas peruanos.  La División Arenales partió del cuartel general de Huaura, el 21 de abril.  San Martín le ha precedido en su camino triunfal con su famosa proclama a los habitantes de Tarma, en la cual les dice: “Vuestro destino es escarmentar por segunda vez a los ofensores de la Sierra; el General que os dirige conoce tiempo ha el camino por donde se marcha a la victoria; él es digno de mandar, por su honradez acrisolada, por su habitual prudencia, y por la serenidad de su coraje: seguidle y triunfaréis”.  Arenales llega a Oyón el 26 de abril; allí encuentra la División Gamarra, que se le incorpora, la cual está casi deshecha, tal es su estado.  En Oyón, Arenales recibe detalles de las fuerzas realistas que se hacen ascender 2.500 hombres de línea.  Reorganizadas sus tropas, Arenales prosigue su avance el 8 de mayo en dirección a la Sierra.  El 12 llega a Pasco.  En persecución de Carratalá llegaba el 17 de mayo a Carguamayo; el 20 estaba con su división en Palcamayo, el 21 en Tarma, y el 24 de mayo llega a Jauja.  El armisticio de Punchauca, celebrado entre San Martín y el Virrey Laserna, interrumpió las operaciones en la Sierra, pero si bien este acontecimiento fue solemnemente propicio a Carratalá, no le fue menos a Arenales, que se entregó tesoneramente a la tarea de reorganizar e instruir sus valientes tropas.  Terminado el plazo de 20 días de armisticio, que empezó a contarse desde su concertación el 23 de mayo, el día 29 de junio Arenales prosiguió sus interrumpidas operaciones, día que ocupó por la fuerza el pueblo de Guando, capturando íntegra la compañía de cazadores del batallón realista “Imperial Alejandro”, pero una nueva suspensión  de las hostilidades concertada por el General en Jefe, que le fue comunicada aquel mismo día, obligó a Arenales a detener la marcha victoriosa que había iniciado sobre Carratalá.  El general patriota regresó a Jauja, donde se encontraba el 9 de julio, fecha en que le llegó la noticia de que el general Canterac había salido de Lima con 4.000 hombres, recibiendo Arenales en el mismo día, el parte e la dirección de marcha que seguía el jefe español.

Inmediatamente se reunió una junta de guerra, la cual por unanimidad, resolvió marchar al encuentro del ejército español, para atacarlo al pasar la cordillera; con este fin, el 10 se puso en marcha Arenales con su vanguardia por la ruta de Guancayo e Iscuchaga; el 12 llegaba la División al primer punto nombrado, donde hizo alto; allí recibió Arenales a las 10 de la noche la noticia de que Canterac ya cruzaba la cordillera en dirección conocida hacia Guancavélica.  En la madrugada del 13, la División prosigue su marcha con objeto de dar alcance a la vanguardia enemiga y batirla, pero no era aún de día cuando llegó un chasque conduciendo pliegos de San Martín, en los cuales le anunciaba la ocupación de Lima por el ejército libertador.  Simultáneamente y en carta aparte, el General en Jefe encarecía a Arenales que de ningún modo comprometiera su División en un combate, mientras no tuviera la plena seguridad de vencer, que por lo tanto, si era buscado por el enemigo, se pusiese en retirada hacia el Norte por Pasco, o hacia Lima por San Mateo, lo que dejaba a su discreción y prudencia”.  Arenales, al recibir estas instrucciones ordenó detener la marcha a sus cuerpos que estaba orientada con el fin de buscar a Canterac, para batirlo.  Las fuerzas patriotas bajo su comando, sumaban 1.300.  Ante las órdenes recibidas, Arenales resolvió regresar a Guancayo y finalmente, a Jauja, donde llegó el 19 de julio.  Después de la batalla de Ayacucho, el general Canterac confesó al general Sucre “que no sabía cómo Arenales no le atacó en aquella vez: que tuvo por cierta su derrota, si se le hubiese comprometido a un ataque, cuando tampoco podía eludirlo a causa del mal estado de sus tropas y animales”.  En la noche del mismo 19 de julio, Arenales recibió del Generalísimo más claras y terminantes instrucciones en el sentido de que la División se pusiera fuera de todo compromiso lo más prestamente posible, indicando en las mismas las direcciones en que convenía ejecutarlo.  En la madrugada siguiente Arenales se puso en marcha en la dirección señalada por San Martín, cumplimentando sus disposiciones.  El 24 de julio estaba en el pueblo de Yauli, llegando a mediodía a la cima de la cordillera.  Desde allí, el camino de San Mateo conduce a Lima.  Arenales descendió la cumbre con ánimo de situarse en San Mateo y esperar allí nuevas órdenes; este punto dista 26 leguas de Lima y 9 o 10 de la cumbre, pues el intenso frío reinante lo decidió a seguir su marcha hasta San Juan de Matucana, distante 19 leguas de Lima a donde llegó el día 25.  Finalmente, el 31 de julio, Arenales recibió orden del Protector de replegarse sobre Lima con su División, la cual abandonó la quebrada de San Mateo y entró en la Capital en los primeros días de agosto con más de 1.000 hombres menos de los que contaba cuando salió de Jauja, como resultado de la deserción que sufrió por parte de los milicianos peruanos, al abandonar la región de la Sierra, en cumplimiento de órdenes superiores.  El pueblo de Lima recibió a la División con particulares demostraciones de aprecio, saliendo fuera de las murallas considerable gentío que acompañó a la División medio desnuda hasta sus cuarteles en medio de los vivas más entusiastas.  Arenales anticipó su entrada, vestido de paisano “pues nunca gustó de este género de cortesía y mucho menos en aquella ocasión en que creía haber menos motivos para ellas”.  El 28 de julio se había proclamado solemnemente la Independencia del Perú.  Arenales, el 22 de agosto de 1821, fue designado por el Protector, Presidente del departamento de Trujillo y comandante militar del mismo en el cual, siguiendo las instrucciones de San Martín, formó y disciplinó dos batallones de infantería y dos escuadrones de cazadores a caballo, enviando a Lima, además, a 1.800 reclutas de acuerdo con el general Sucre, gobernador de Guayaquil que había concertado el plan de libertar a Quito, cuando una grave enfermedad postró a Arenales, que se vio forzado a ceder a otro la gloria de Pichincha.  Restablecida su salud, Arenales fue llamado a Lima para encargársele la expedición a Puertos Intermedios, comando que rehusó y fue en cambio otorgado al general Alvarado.  Arenales no aceptó aquel comando no obstante haber declarado Sucre que serviría a las órdenes de aquél, “pues le reconocía su antigüedad y méritos y ser Arenales un acreditado general”.

En cambio aceptó el cargo de comandante en jefe del ejército del centro para expedicionar a la Sierra; pero no pudiendo realizar esta campaña por falta de recursos Arenales pidió sus pasaportes para el Río de la Plata, pretextando que sólo continuaría en el mando si el gobierno le garantizaba recursos y el apoyo de su autoridad.  Recibió la promesa gubernativa de este apoyo y de aquella garantía, pero en realidad no se cumplimentó nada ante sus justificadas demandas, poniéndose por el contrario, la situación día a día más crítica.  El Congreso quiso premiarlo y le acordó una medalla de oro con la inscripción: “El Congreso Constituyente del Perú al mérito distinguido”.  Agradeciendo Arenales este honroso y merecido premio expuso ante el Congreso Peruano cuál era el estado de su División en la segunda campaña de la Sierra y su incapacidad para buscar al enemigo.  No consiguiendo su objeto, a pesar de su insistencia, se vio obligado a pedir sus pasaportes, sintiendo la necesidad de ver a su familia después de una ausencia de cinco años, la cual por esta causa carecía de lo más necesario.  Ante tan imperiosa demanda, el Congreso decretó socorros para la familia del general Arenales, a cuenta de sueldos y premios acordados por la Municipalidad.  Entre otros nombramientos y honores que había recibido del gobierno del Perú, aparte de los señalados en el curso de esta biografía, conviene destacar: Fundador de la Orden del “Sol del Perú”, el 10 de diciembre de 1821; Gran Mariscal del Perú, el 22 de diciembre del mismo año.  La medalla acordada por decreto del 15 de agosto de 1821 y discernida el 27 de diciembre del mismo; Consejero de la Orden del “Sol del Perú”, el 16 de enero de 1822, con la pensión vitalicia de 1.000 pesos anuales; Jefe del Estado Mayor General de los Ejércitos del Perú el 25 de igual mes y año, el ya citado nombramiento de General en Jefe del Ejército del Centro, discernido el 14 de diciembre de 1822, por el general San Martín.  En Chile el 28 de marzo de 1822 había sido condecorado con la “Legión del Mérito” y el 14 de noviembre de 1820 el Director O’Higgins le otorgaba los despachos de Mariscal de campo de aquel Estado.

Después de su representación ante el Congreso peruano, el sufrimiento del Ejército llegó a su colmo y el inflexible Arenales se vio en la imprescindible necesidad de elevar una queja formal firmada por todos los jefes del cuerpo, a nombre del Ejército, señalando el abandono en que éste se hallaba, al cual no se reponían las bajas siempre crecientes, haciendo resaltar los males palpables resultantes de esa inacción, terminando su exposición con la súplica de que se emprendiera la campaña de la Sierra que abriría nuevos recursos a la capital y destruiría en parte el descontento general que produce la inacción y la miseria.  Alejado del Perú, pasó a Chile, llegando a la provincia de Salta, donde fue elegido gobernador el 29 de diciembre e 1823.  A los cuidados de la administración interior se reunieron otros que interesaban a toda la República.  Arenales fue comisionado por el gobierno el 22 de marzo de 1825 para atacar al general español Olañeta, que después de la jornada de Ayacucho permanecía al frente de una fuerza realista entre el desaguadero y Tupiza, y para cumplimentar esta orden marchó con una División para dispersarla.  El coronel Carlos Medinaceli perteneciente a las fuerzas del general Olañeta se sublevó contra su jefe y se produjo un choque entre ambos bandos, el 1º de abril de 1825, en Tumusla, donde pereció Olañeta.  Medinaceli y casi todo el resto de la fuerza realista, se entregó a Arenales, terminando así, completamente la guerra de la Independencia sudamericana.  Por ese tiempo tuvo lugar el pronunciamiento de Tarija en provincia independiente dirigiéndose Arenales al gobierno nacional, cuyo apoyo le falló a causa de la guerra que acababa de declararse al Brasil y las reclamaciones de Arenales quedaron suspendidas por disposición superior en virtud de la misión de Alvear destinada a entrevistarse con Bolívar.  Los esfuerzos posteriores del general Arenales, tendientes a evitar la desmembración, no fueron suficientes para eludirla por la influencia decisiva del caudillo colombiano.  En 1826 realizó una exploración de las costas del río Bermejo, buscando la posibilidad de su navegación, de acuerdo con una compañía constituida a tal efecto, y proyectó un camino de acceso al mismo, a la par que trazaba un plano defensivo contra los indígenas.  Poco antes se había concentrado en la tarea de organizar un cuerpo de 500 hombres para engrosar las fuerzas que alistaba la República para combatir con el imperio del Brasil.  Fue en mérito a tantos afanes y desvelos, que el presidente Rivadavia le otorgó con fecha 7 de agosto de 1826, el empleo de Brigadier de los Ejércitos de la Patria.  El 11 de febrero de este mismo año el ministro de Guerra por orden de Rivadavia nombró a Arenales “General de todas las tropas existentes en Salta”.

“El general Arenales –dice uno de los biógrafos- estrechamente ligado al gobierno presidencial, y sobre todo a la persona de Rivadavia, era la principal columna con que el gabinete presidencial contaba para organizar un poderoso grupo de fuerzas, que apoyando a Lamadrid en Tucumán, pudiera servir para desalojar de la provincia de Santiago del Estero a Ibarra, a Bustos de la provincia de Córdoba, para establecer en ambas el partido enemigo de éstos caudillos, que por lo mismo empezaba a llamarse liberal, y sofocar por fin en La Rioja la naciente nombradía de Quiroga”.  No alcanzó a realizar sus propósitos, pues en Salta se preparaba una asonada con el objeto de deponerlo, pretextando sus enemigos de que quería perpetuarse en el mando; el movimiento estalló encabezado por el Gral. Dr. José Ignacio Gorriti, el 28 de enero de 1827, y después de algunas incidencias, el movimiento se resolvió en el combate de Chicoana, el 7 de febrero, resultando exterminado, pues sólo se salvó un soldado.  Arenales se vio obligado a refugiarse en Bolivia, cuyo presidente el general Sucre, lo trató con toda deferencia.  Se dedicó a las faenas rurales para subvenir al mantenimiento de su numerosa familia.  Arenales estuvo casado con Serafina de Hoyos, con la cual tuvieron muchos hijos. 

Una inflamación de garganta terminó con su vida en Moraya (Bolivia) el 4 de diciembre de 1831.

Fuera de los cargos y comisiones que se han detallado, el general Arenales fue designado el 23 de julio de 1823 por el ministro Rivadavia, para determinar como Representante de las Provincias Unidas del Río de la Plata, la línea de ocupación por parte del Perú, entre las autoridades españolas y las de los territorios limítrofes, especialmente el de estas provincias.  Para cumplimentar tal misión, debió trasladarse a Salta, donde se situó.

Frías dice: “Arenales, solo ya, sigue peleando sin pensar en rendirse.  Un feroz hachazo le tiene el cráneo abierto en uno de sus parietales.  Su cara está tinta en sangre.  Otro tajo horrible le abre desde arriba de la ceja hasta casi el extremo de la nariz, dividiéndola en dos; otro le parte la mejilla derecha, por bajo el pómulo, desde el arranque de la sien hasta cerca de la boca.  En fin: trece heridas tiene despedazada su cara, su cabeza y su cuerpo –por lo que sus adversarios le llamarían con el apodo de “El Hachado”- y todas están manando sangre; pero él defiende la vida haciéndola pagar caro”.

“El bravo general sigue peleando solo, sin pensar en rendirse.  Todos sus demás enemigos están heridos por su espada; más uno de ellos, que logra colocarse por detrás, le da un recio golpe con la culata del fusil; le hunde bajo de la nuca el hueso, derribándolo al suelo sin sentido, y boca abajo; con lo que lo dejaron por muerto, y continuaron la fuga”.

Repatriación de sus restos

El historiador Fermin V. Arenas Luque aportó datos valiosos en cuanto al destino que sufrieron los restos mortales de héroe de “La Florida”: “Cuando un terrible temblor sacudió al pueblo de Moraya, la iglesia parroquial se derrumbó.  Las sepulturas se removieron y por esta macabra circunstancia algunas fueron objeto de actos profanatorios.  Con el propósito de que pudiese ocurrir lo mismo con los restos de Arenales, el coronel Pizarro los sacó del lugar en que se hallaban y los depositó en el osario común, excepto la calavera, que quedó en poder de dicho militar”.  Tiempo después, en 1874, la calavera del prócer fue remitida desde Moraya a Buenos Aires, para ser entregada a su hija María Josefa Alvarez de Arenales de Uriburu, permaneciendo en poder de sus descendientes hasta fines de la década de 1950.

A lo largo del Siglo XX, en la provincia de Salta, se promovieron múltiples iniciativas tendientes a tributarle los debidos homenajes y el justo reconocimiento por la sobresaliente actuación del general Arenales, una de ellas, de gran significación, fue la que impulsó al Primer Arzobispo de Salta, el insigne monseñor Roberto J. Tavella, quien interpretó cabalmente el deseo de los salteños para que sus restos descansen en la tierra en donde consolidó su hogar y en la cual ejercitó su mandato como gobernador.  Monseñor Tavella decidió contactarse con los descendientes directos del prócer en Salta, sus sucesores Uriburu Arenales, que a la sazón la integran las familias: Castellanos Uriburu y Zorrilla Uriburu, al tiempo que remitió una carta a los otros miembros de la familia Uriburu Arenales, residentes en Buenos Aires, con el objeto de solicitarles la remisión de sus restos mortales, a fin de que los mismos descansen en el Panteón de las Glorias del Norte, en virtud de los nobles servicios prestados a la Patria.

En uno de los párrafos más salientes de la misiva de Monseñor Tavella al doctor Guillermo Uriburu Roca afirmaba: “… la presencia de esta reliquia, vendría a completar la constelación sanmartiniana de Arenales, Alvarado, y Güemes, los puntos básicos de la estrategia del Gran Capitán, que tendrán en el Panteón de las Glorias del Norte de nuestra Catedral, el reposo junto con la admiración de Salta, su tierra amada, y de todos los americanos”.  En la Capital Federal, reunidos los sucesores del prócer en el domicilio de la señora Agustina Roca de Uriburu, estos procedieron a labrar una escritura pública por la entrega de tan inestimable tesoro familiar, ante el escribano Luis. M. Aldao Unzué, encontrándose presentes en esa ocasión los doctores Atilio y Pedro T. Cornejo, quienes posteriormente trasladaron la urna provisoria a Salta.

Una vez arribados a Salta, monseñor Tavella convino en atesorar dicha reliquia en la Capilla Privada del Arzobispado, hasta tanto se concluyesen con los trabajos de armado de la urna definitiva.  Posteriormente en la sede del Comando de Ejército con asiento en Salta, y ante la presencia de autoridades civiles, militares eclesiásticas y miembros de la familia del prócer, uno de sus sucesores, don Federico Castellanos Uriburu procedió a introducir la calavera de su antepasado en la urna que actualmente se encuentra en el referido Panteón.

De este modo, aquél joven español, que se sumara con denuedo a la guerra por la libertad americana y que luego de sobrellevar una existencia fraguada de triunfos y contrastes, hoy es motivo de tributo y gratitud del pueblo salteño y de los miles de hombres y mujeres que visitan Salta.  Todo lo entregó en aras de sus ideales independentistas, legando para la historia, su testimonio de nobleza humana y su gallardo temple militar.

Fuente

Efemérides – Patricios de Vuelta de Obligado.

Frías, Bernardo – Historia del general D. Martín Güemes y de la Provincia de Salta de 1810 a 1832.

Paz, José María – Memorias póstumas.

Portal Informativo de Salta

Portal www.revisionistas.com.ar

Yaben, Jacinto R. – Biografías argentinas y sudamericanas – Buenos Aires (1938)

 

lunes, 17 de abril de 2023

Perú: Los Incas luego de la conquista

¿Qué pasó con la nobleza Inca y sus descendientes tras la conquista española?





¿Los españoles los exterminaron? ¿Los esclavizaron? ¿El linaje se perdió?
Contrario a lo que se creen, con la muerte de Atahualpa la nobleza inca no terminó, sino continuó y con mucho prestigio y poder.
El Consejo de los 24 Electores Incas del Qosqo (Alférez Real de los Incas) fue una institución de sumo prestigio creada por el rey Felipe II con la intención de honrar, privilegiar y dar poder a la familia real Inca y sus descendientes, tanto de sangre como mestizos.
Inicialmente sus miembros eran cuidadosamente admitidos por los funcionarios de la dicha institución en el siglo XVI y XVII.
El proceso era muy riguroso, pues para los reyes españoles los "reyes del Tahuantinsuyo" el ser reyes de un vasto imperio, estaban a su mismo nivel y por ello debían ser tratados como reyes.
Muchos integrantes de este Consejo incluso viajaron al Viejo Mundo, casándose con damas de la alta realeza europea. Es por ello que incluso todavía se podría encontrar descendientes Incas en Europa.
Este consejo estaba integrado por 24 nobles Incas católicos que pertenecían a la Casa Real Hurin Qosqo y Hanan Qosqo y se admitía a 2 miembros de cada Panaca o Ayllu Real.
El poder de esta familia Inca era de tal magnitud que muchos de ellos (por no decir casi todos) ocuparon cargos virreinales e incluso tenían la potestad de declarar la guerra. Un ejemplo de ello lo encontramos en 1780, cuando le declaran la guerra a TupacAmaruII, enviando a Pedro Apo Sahuaraura Inca a combatirlo quien murió, junto a muchos de sus soldados indígenas, en defensa de la Corona española en la Batalla de Sangarará.
Fue después de la Independencia cuando esta institución comenzó a desaparecer y con ella a los descendientes directos de la gran panaca real, perdiéndose, por lo tanto, los vestigios de los descendientes de los Incas que forjaron el Tahuantinsuyo.
FUENTE: David Patrick Cahill, Blanca Tovías (2003) ..Memorias de Lima

martes, 3 de enero de 2023

Latinoamérica: El conflicto de Leticia de 1932/3

Guerra Peruano-Colombiana de 1932-1933

Weapons and Warfare



 

Perú y Colombia: el incidente de Leticia, 1932-1933


En un típico incidente fronterizo, las naciones sudamericanas de Perú y Colombia entraron en guerra en 1932 por un tramo remoto de selva vacía. Se suponía que una disputa fronteriza de larga data se resolvió en marzo de 1922, cuando Perú acordó la transferencia de 2,250 millas cuadradas de su territorio en el Amazonas a Colombia. Esta región, conocida como el “Trapecio de Leticia”, comprendía 68 millas de la margen norte del Amazonas; dado que los ríos desempeñaban el papel principal en las comunicaciones y el comercio de América del Sur, el acceso fluvial siempre fue un factor importante en las relaciones entre los estados. El tratado fue impopular entre los peruanos nacionalistas; no fue ratificado hasta 1927, y la oposición continuó retumbando hasta la década de 1930. El 31 de agosto de 1932,



Para sorpresa del gobierno peruano, los colombianos no estaban dispuestos a aceptar esta ocupación y se prepararon para la guerra. Al estallar el conflicto, ambos ejércitos tenían aproximadamente el mismo tamaño, con 8.400 soldados colombianos y 8.955 peruanos. Sin embargo, llevar a cualquiera de estas tropas al aislado teatro de guerra era extremadamente difícil y el ejército con las mejores líneas de suministro ganaría.



El ejército peruano estaba mejor armado con ametralladoras y artillería, que incluía algunos cañones antiaéreos modernos de 20 mm, pero gran parte de su armamento, incluidos los rifles, databa de los primeros años del siglo. La fuerza peruana que participó durante el Incidente de Leticia se estimó en 2.000 hombres, incluido un gran número de voluntarios civiles; varios oficiales regulares del ejército fueron trasladados en avión para entrenar y comandar a estos irregulares. La fuerza comenzó con cuatro cañones de montaña Krupp M1895 de 75 mm, y durante el conflicto se hicieron esfuerzos para traer artillería más moderna de Lima. Inicialmente, Perú tenía la ventaja en el aire, con 60 aviones de la Fuerza Aérea y la Armada, incluidos los cazas Curtiss F11C Hawk y Vought 02U Corsair, y adquirió otros 16 durante el conflicto.



El Ejército de Colombia tenía alrededor de 32 ametralladoras pesadas ex-Austria Schwarzlose, a algunas de las cuales se les habían quitado las camisas de agua. También tenían varios cañones de montaña Skoda de 75 mm y algunos cañones antitanque Skoda modernos de 47 mm. Al comienzo de la guerra, los colombianos tenían 16 aviones, pero al final habían adquirido otros 82, en su mayoría máquinas civiles pilotadas por pilotos mercenarios.

La Aviación Militar de Colombia usó tres Ju 52/1ms mejorados para transportar tropas y suministros a una remota región amazónica conocida como el cuadrilátero o trapecio de Leticia luego de un enfrentamiento fronterizo con el vecino Perú en 1932-33. Las fuerzas peruanas habían ocupado el puerto colombiano clave de Leticia en lo que se conoció como el 'Incidente de Leticia' y la región estaba al borde de un gran conflicto. Tanto los colombianos como los peruanos necesitaban aeronaves confiables, idealmente capaces de operar en el agua. Los tres 1ms convertidos fueron equipados con flotadores y volaron equipos y suministros desde Barranquilla. Esta vez, sin embargo, en julio de 1933, la Sociedad de Naciones logró negociar la devolución de Leticia y sus alrededores al control colombiano, evitando así una mayor escalada del conflicto.



Reconociendo su falta de preparación, los colombianos gastaron grandes sumas en adquirir nuevos equipos. Esto incluyó varias cañoneras, lo que les permitió llevar suministros a sus tropas de primera línea a través de la red fluvial. El esfuerzo de abastecer a las tropas a través de vastas distancias de la selva dominó la conducción de la campaña, y la superior organización de los colombianos les dio la ventaja.



Como no tenían presencia militar en el territorio en disputa, los colombianos tardaron en reaccionar y los regulares e irregulares peruanos avanzaron más allá de Leticia. Tomaron el único otro pueblo en el territorio en disputa, Tarapacá, y luego se atrincheraron para esperar una respuesta colombiana. Colombia tardó hasta diciembre de 1932 en reunir los barcos necesarios en la desembocadura del Amazonas bajo el mando del general Alfredo Vásquez. La guerra propiamente dicha solo comenzó a principios de 1933, cuando su fuerza colombiana de 1.000 efectivos finalmente fue transportada por el río Putomayo en seis embarcaciones. Llegaron a Tarapacá el 14 de febrero, cuando fueron bombardeados sin éxito por aviones peruanos. Al día siguiente, los colombianos recuperaron la ciudad casi sin derramamiento de sangre y luego se dirigieron hacia el bastión peruano de Gueppi, cuya captura el 27 de marzo puso fin a la guerra.



Coincidentemente, el 30 de abril, el presidente Luis Miguel Sánchez de Perú fue asesinado en Lima, y ​​su sucesor entregó la disputa a la Sociedad de Naciones, que negoció la paz el 24 de mayo. Ambas partes habían sufrido bajas mínimas en batalla: los peruanos habían aparentemente perdieron 25 muertos y los colombianos 27. Sin embargo, los peligros de hacer campaña en la selva tropical fueron confirmados por una admisión peruana posterior de que también habían perdido 800 hombres que murieron a causa de enfermedades.

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