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jueves, 25 de mayo de 2017

Conquista del Desierto: Un resumen magistral de Hanglin

Campaña del Desierto: una guerra no es un minué
A punto de cumplirse 140 años de la conquista militar, vale repasar los hechos recordando que es injusto evaluar a personas de otro tiempo con criterios de la actualidad
Por Rolando Hanglin | Infobae



La campaña militar transcurrió desde 1878 hasta 1885

Por supuesto que en la campaña de 1879 se violaron los derechos humanos. También en la Revolución francesa, en la Revolución rusa, en la guerra de 1914 y en la Segunda Guerra Mundial, y por supuesto en la Revolución de Mayo: no olvidar las ejecuciones sin juicio de Santiago de Liniers y don Martín de Álzaga, héroes de la Reconquista.

Una guerra no es un minué. Se cometen atrocidades. Es injusto, por otra parte, evaluar a personas de otro tiempo con criterios de 2017. Pronto se cumplirán 140 años de la Conquista del Desierto, acabada el 24 de mayo de 1879. Pero, en realidad, el conflicto con los indios comenzó en el siglo XVI y se puede decir que concluyó hacia 1890. Imposible resumir tres siglos en estas líneas.

Recordemos que, a partir del siglo XVII, los historiadores y los antropólogos hablan de la araucanización de la pampa. Es decir, los araucanos de Chile, encerrados por la geografía, cruzaron los Andes para ganar espacio en la Argentina, donde abundaban los campos, los ganados salvajes y sólo encontraron la débil resistencia de los tehuelches. Los araucanos resultaron ser una raza militar, dotada de un lenguaje claro y fácil (el mapudungún) que fue adoptado desde La Pampa y San Luis hasta la Patagonia Austral. Hoy ya no quedan tehuelcheparlantes. Las tribus constituyeron una fusión de araucanos y tehuelches, con la lengua de los primeros y la vivienda de los segundos: el toldo nómade. El antropólogo Rodolfo Casamiquela señalaba, asombrado: "Los nietos de tehuelches se declaran mapuches" (!). Tanto el caballo como la vaca y el hierro fueron los aportes europeos a la indiada criolla. El proceso se afirmó cuando el chileno Juan Calfucurá (Piedra Azul) cruzó la cordillera, en 1830, con 200 hombres y atacó por sorpresa a los vorogas, originarios de Vorohué (Chile) pero instalados en Salinas Grandes (La Pampa), y pasó a degüello a sus jefes principales: Alón, Rondeado, Melín y varios otros. La tribu se sometió al temible Calfucurá y este fue proclamado, muy pronto, El Napoléon de las Pampas, y cacique general de la Confederación Indígena con asiento en Salinas Grandes.

Ahora bien, tras una guerra de tres siglos (con intervalos) que se presenten unos "mapuches" a reclamar porciones de territorio argentino es como si unos supuestos vikingos exigieran la devolución del Palacio de Buckingham de Inglaterra, por ser "originarios".
En 1855, el ejército araucano comandado por Juan Calfucurá, aliado de la Confederación Argentina, infligió dos duras derrotas al ejército porteño, la primera a Bartolomé Mitre, en la batalla de Sierra Chica, y luego en San Jacinto al general Manuel Hornos, que comandaba una fuerza de tres mil soldados bien armados: 18 oficiales y 250 soldados resultaron muertos.

El 5 de marzo de 1872, con un ejército estimado en seis mil combatientes, Calfucurá inició la llamada invasión grande a la provincia de Buenos Aires. Mandaba una fuerza integrada aproximadamente por sus 1.500 lanzas de escolta, sumando 1.500 aportadas por Pincén, mil argentinos de Neuquén y mil chilenos traídos por Alvarito. Sólo los ranqueles de Mariano Rosas se apartaron de su mando, aunque pelearon por su cuenta. De esta forma atacaron los pueblos de General Alvear, Veinticinco de Mayo y Nueve de Julio; resultaron muertos alrededor de 300 criollos, cautivos, 500 vecinos y robadas, 200 mil cabezas de ganado.

Los araucanos atacaban, así, durante décadas, asentamientos fronterizos, arreaban caballos y vacunos. Las mujeres capturadas eran retenidas por los guerreros o vendidas y los niños, ofrecidos por un rescate. El ganado robado se vendía a hacendados chilenos, que llegaron a instalar una población sobre el río Neuquén, llamada Malbarco, donde engordaban la hacienda antes de trasladarla a su país. Las autoridades chilenas consentían estas actividades.

Así describía el francés Alfredo Ebelot, constructor de la famosa zanja de Alsina, lo que era un malón o una invasión india: "A eso de las diez una nube de polvo nos anunció que llegaba la invasión. Pronto se distinguió el mugido de los vacunos y, cosa más inquietante, el balido de las ovejas. Catriel venía, pues, arriando sus propias ovejas y todas las que encontró en el camino. Serían unas treinta mil para servir de relleno viviente y cruzar la zanja. Durante cuatro horas vimos sucederse las selvas de lanzas y las inmensas tropas de vacas y de caballos. Había por lo menos 150 mil cabezas de ganado".

Más de mil colonos cautivos y un millón de cabezas de ganado, robadas, fueron el saldo de las incursiones indígenas entre 1868 y 1874.

En 1875, adelantaba Julio Roca su proyecto para resolver el problema indio: "A mi juicio, el mejor sistema para concluir con los indios, ya sea extinguiéndolos o arrojándolos al otro lado del río Negro, es el de la guerra ofensiva que fue seguida por Rosas, quien casi concluyó con ellos". Opinaba Roca sobre la zanja: "¡Qué disparate la zanja de Alsina! Y Avellaneda lo deja hacer. Es lo que se le ocurre a un pueblo débil e infantil: atajar con murallas a sus enemigos".

La guerra del Paraguay (1864-1868) postergó nuevamente el asunto frontera sur. Siguieron los ataques indígenas. Durante la guerra, en 1867, el Congreso Nacional sancionó la ley 215. A través de ella se declaró la frontera sur a la ribera de los ríos Negro y Neuquén, con encargo de entregar a las naciones indígenas todo lo necesario para su existencia fija y pacífica, para lo cual mandó darles territorios a convenir; permitió una expedición general contra aquellos grupos que resistieran a las autoridades argentinas, que serían expulsados más allá de la nueva línea de frontera; autorizó la adquisición de vapores para la exploración de los ríos, la formación de establecimientos militares en sus márgenes y el montaje de líneas de telégrafo. Con gratificaciones para los expedicionarios, mediante una ley especial. Esta decisión se aplicaría 12 años después, en 1879.

Sarmiento inició la modernización del equipamiento básico del ejército nacional, lo que resultó ser de fundamental importancia en la frontera sur, ya que reemplazó los antiguos fusiles y las carabinas de chispa por fusiles de retrocarga Remington y revólveres.

Cuando Nicolás Avellaneda asumió la presidencia, el cacique Manuel Namuncurá le ofreció la venta de cautivos a 40 pesos oro cada uno y, a cambio de no invadir y alimentar a su población y tribus amigas, pidió: "Cuarenta mil pesos oro, cuatro mil seiscientas vacas, seis mil yeguas, cien bueyes para trabajar, telas de seda, tabaco, vino, armas, cuatro uniformes de general, jabón, etcétera".

Adolfo Alsina, primer ministro de Guerra bajo la presidencia de Avellaneda, presentó al gobierno "un plan del Poder Ejecutivo contra el desierto, para poblarlo, y no contra los indios para destruirlos". Entonces se firmó la paz con el cacique Cipriano Catriel, que este último rompería corto tiempo después, cuando atacó junto a Manuel Namuncurá las localidades bonaerenses de Tres Arroyos, Tandil, Azul y otros pueblos y granjas en un ataque más sangriento que el de 1872. Las cifras hablan de cinco mil combatientes indígenas que arrasaron Azul, Olavarría y otros lugares vecinos, de trescientas mil cabezas de ganado, de 500 cautivos y de 200 colonos muertos. Habría que pagar rescate por los cautivos.

El ministro Adolfo Alsina dirigió la defensa de los poblados y las estancias; se concentró en la provincia de Buenos Aires. Respondió al ataque, haciendo avanzar la frontera argentina. Para proteger los territorios conquistados y evitar el transporte de ganado tomado, construyó la llamada zanja Alsina, en 1876, que era una trinchera de dos metros de profundidad y tres de ancho con un parapeto de un metro de alto por cuatro y medio de ancho. La zanja Alsina fue declarada por Argentina una nueva frontera interior con los dominios indígenas: 374 km entre Italó (en el sur de Córdoba) y Colonia Nueva Roma (al norte de Bahía Blanca). Además, Alsina ordenó la instalación de telégrafos para enlazar los fortines a lo largo de la frontera. La construcción de la zanja, al ser sólo una medida defensiva, no resolvía definitivamente el problema de los malones: fue duramente criticada por algunos sectores, partidarios de una acción militar más drástica. Incluyendo al propio Julio Roca.

En cuanto al genocidio, es un término acuñado en 1945, que no se concebía en el 1800. En realidad, tampoco estamos muy seguros de que se condene hoy, salvo en los discursos. El desgarrador destino de los indios fue el mismo que ellos procuraban a los cautivos cristianos.

Luego de los malones producidos en la segunda invasión grande, Estanislao Zeballos dijo que los indígenas se retiraron con un botín colosal de 300 mil animales y 500 cautivos, después de matar a 300 vecinos y quemar 40 casas.

El presidente Avellaneda resolvió la Expedición al Desierto, comandada por su segundo ministro de Guerra, el general Julio Argentino Roca, en estricto cumplimiento de la ley del 25 de agosto de 1867, demorada 12 años por las dificultades políticas y económicas del país. Decía la ley: "La presencia del indio impide el acceso al inmigrante que quiere trabajar". Para financiar la expedición, se cuadriculó la pampa en parcelas de diez mil hectáreas y se emitieron títulos por la suma de 400 pesos fuertes cada uno, que se vendieron en la Bolsa de Comercio. Aunque prohibieron la adquisición de dos o más parcelas contiguas, esta venta fue la base de muchas fortunas argentinas.

La ley, la expedición y la organización fueron discutidas en el Congreso y votadas democráticamente. Todo el país, sobre todo la población del campo, quería terminar con este martirio.

Acompañaron también enfermeros y auxiliares. Los indios prisioneros y los niños, las mujeres y los ancianos fueron examinados por sus dolencias, vacunados y muchos de ellos remitidos a diversos hospitales de la muy precaria Buenos Aires de esos días.


Se calcula que en el primer año de la Campaña del Desierto murieron 1300 indígenas en combate

Esta no fue una guerra entre cristianos y "mapuches". Por empezar, la palabra mapuche no figura ni una vez en la copiosa correspondencia de Calfucurá: ver la obra de Omar Lobos, que reproduce textualmente todas las cartas del astuto lonco, redactadas en general por su "escribano", el cautivo chileno Elías Valdez Sánchez, durante el período 1854-1873. Existió una gran fusión de tehuelches y araucanos, gobernada por los indios chilenos que bañaron con su idioma toda la toponimia argentina (desde Chapadmalal hasta Lihuel Calel).

Integraron las tropas argentinas:

-Tribu del cacique Juan Sacamata, tehuelches septentrionales. En 1906, el gobierno argentino, en reconocimiento a su colaboración, les otorgó un territorio de seis mil hectáreas al norte del lago Musters, en el valle de Sarmiento.
-Tribu del cacique Manuel Quilchamal, tehuelches septentrionales cordilleranos.
-Tribu del cacique Catriel, tehuelches septentrionales araucanizados; vivían en la zona de Azul.
-Tribu del cacique Coliqueo, era el resto de los boroganos que se salvaron de la masacre de Masallé; se ubicaban en Los Toldos. Antes, los Toldos de Coliqueo.

Actuaron contra nuestro país:


-Tribu del cacique Tracaleu, araucanos.
-Tribu del cacique Marcelo Nahuel, araucanos.
-Tribu del cacique Juan Salpú, tehuelches septentrionales.
-Tribu del cacique principal Manuel Baigorrita, ranqueles; con sus tolderías en Poitahué.
-Tribu del cacique principal Epumer Rosas (o Epugner Guorr), ranqueles; con sus tolderías en Leubucó.
-Tribu del cacique Reumay-Curá.
-Tribu del cacique Pincén.

Terminada la guerra, el 24 de mayo de 1880, así era el campo de detención de Valcheta según un colono galés: "En esa reducción creo que se encontraba la mayoría de los indios de la Patagonia (…). Estaban cercados por alambre tejido de gran altura. En ese patio, los indios deambulaban, trataban de reconocernos. Ellos sabían que éramos galeses del Valle del Chubut. Algunos, aferrados al alambre con sus grandes manos huesudas y resecas por el viento, intentaban hacerse entender hablando un poco en castellano y un poco en galés: 'poco bara chiñor, poco bara chiñor' (un poco de pan, señor)".

Durante este tiempo, los prisioneros fueron trasladados masivamente a la isla Martín García, y luego recluidos en el Hotel de Inmigrantes. El Gobierno dispuso que los niños y las mujeres fueran entregados para trabajar como sirvientes de familias porteñas. El diario El Nacional dio cuenta así: "Entrega de indios. Los miércoles y los viernes se efectuará la entrega de indios y chinas a las familias de esta ciudad, por medio de la Sociedad de Beneficencia".

Un suelto en el mismo diario, 1884: "La desesperación y el llanto no cesan. Se les quitan sus hijos a las madres para regalarlos ahí mismo, a pesar de los gritos, los alaridos y las súplicas que, hincadas y con los brazos al cielo, emiten las mujeres indias. En aquel marco humano unos se tapan la cara, otros miran resignadamente al suelo, la madre aprieta contra su seno al hijo de sus entrañas y el padre se cruza por delante para defender a su familia".

En cuanto al genocidio, es un término acuñado en 1945, que no se concebía en el 1800. En realidad, tampoco estamos muy seguros de que se condene hoy, salvo en los discursos. El desgarrador destino de los indios fue el mismo que ellos procuraban a los cautivos cristianos.

Lo que Roca logró, finalmente, concluyendo la obra de Rosas, Alsina y muchos otros, fue acabar con los asaltos a pueblos indefensos. La tierra fértil quedó disponible. En menos de 25 años, la Argentina era conocida como el granero del mundo. También se evitó la consolidación de un Estado tapón de matriz araucana, que pudo terminar en manos chilenas o británicas. Es decir, fue propiamente una ocupación del territorio argentino, en la que no hubo combates sino batidas. Y la Patagonia dejó de ser res nullius o 'tierra de nadie', tentación para las potencias.

Pero decía la verdad el cacique Mariano Rosas cuando, ante las promesas de paz de Lucio V. Mansilla, respondía: "Ustedes, los blancos, en cuanto puedan nos van a matar a todos. Nos han dado vicios para que no haya malones: aguardiente, vino, tabaco, yerba, azúcar… pero no nos enseñaron a trabajar".

Verdad: en las raciones de los caciques figuraban mazos de naipes, acordeones, vino carlón y pañuelos de colores, pero no pidieron (y nadie les dio) ni semillas, ni un arado, ni una pala.

Ahora bien, tras una guerra de tres siglos (con intervalos) que se presenten unos "mapuches" a reclamar porciones de territorio argentino es como si unos supuestos vikingos exigieran la devolución del Palacio de Buckingham de Inglaterra, por ser "originarios".

miércoles, 17 de mayo de 2017

Reseñas: "La campaña del desierto" (compilado)

 "La campaña del desierto", de varios autores
Jun-24-11 - Reseña de Rosendo Fraga 

 

LA CAMPAÑA DEL DESIERTO. 
Varios autores 
Editado por la Academia Argentina de la Historia, Buenos Aires, 2009. 

La extensión del Estado Nacional a los territorios que estaban fuera de su control o jurisdicción en la segunda parte del siglo XIX se ha convertido en el paradigma de una reinterpretación no sólo de la llamada Campaña del Desierto, comandada por el General Julio A. Roca en 1879, sino de toda la historia argentina. 

Se ha buscado convertir a Roca en la bestia negra de esta reinterpretación, como en alguna medida sucediera con Rosas un siglo atrás. 

Es desde esta perspectiva que este volumen editado por la Academia Argentina de la historia es un aporte valioso por entender que es necesario esclarecer numerosos problemas que aún hay en nuestro pasado histórico y otros que merecen ser revisados o confirmados, como dice en el prólogo el Presidente de dicha institución, Juan José Cresto. 

Se trata de catorce ensayos sobre el tema de otros tantos autores, que lo enfocan desde distintas perspectivas y sin tener necesariamente la misma visión histórica e ideológica, lo que hace más interesante el libro. 

La categoría de genocidio que se adjudica contemporáneamente a esta campaña es refutada por varios de los autores con datos precisos, incorporando también visiones como el rol de los padres salesianos en la ocupación de los territorios de sur y su relación con la población indígena o pueblos originarios. 

Entre las muchas afirmaciones inexactas utilizadas para denostar a Roca en los últimos tiempos está la de que Rosas realizó casi medio siglo antes una campaña contra los aborígenes, que no tuvo la de 1879. 

Al respecto resulta interesante uno de los ensayos, el de Roberto Edelmiro Porcel, Pueblos Originarios y Pueblos Invasores, no sólo porque explica que al momento de la campaña gran parte de las tribus que ocupaban los territorios eran provenientes de Chile a comienzos del siglo XIX, los cuales habían desplazado en forma violenta a los habitantes anteriores -los tehuelches que poblaban el norte del Río Negro habían sido derrotados por los mapuches en la batalla de Choele-Choele en 1821-, sino porque explica el rol que jugaba entonces el negocio de vender en dicho país la hacienda robada por los malones en el territorio argentino. 

También señala que en 1834, para terminar con los ranqueles que siempre habían sido sus enemigos, Juan Manuel de Rosas permitió la entrada y asentamiento en las Salinas Grandes de los caciques chilenos huilliches Calfulcurá y Namuncurá, quienes hicieron una gran matanza de indios vorogas en el combate de Masallé. 

 

Como consta en el último informe del Presidente Avellaneda al Congreso, murieron en la campaña de Roca al Río Negro 1250 indios de lanza y fueron capturados otros 976. 

Como dice el historiador Isidoro Ruiz Moreno en el tomo II de su libro Campañas Militares Argentinas, en el informe de Rosas que publica la Gaceta Mercantil el 24 de diciembre dice que han sido muertos a lanzazos 3.200 indios. También dice este destacado historiador que en las instrucciones de Rosas a uno de sus subordinados, el Coronel Pedro Ramos, le dice no conviene que al avanzar una toldería traigan muchos prisioneros vivos: con 2 o 4 son bastantes, y si más agarran, esos allí nomás en caliente se matan a la vista de todo el que esté presente, pues entonces en caliente nada hay de extraño, y es lo que corresponde. 

Presentar la campaña de Roca como de exterminio y la de Rosas como humanitaria es una de las tantas falacias con la cual se pretende desacreditar al primero, con argumentos no sólo erróneos sino también falsos. 

Sin desconocer los abusos, injusticias y violencias que se cometieron en estas campañas -que tenían lugar al mismo tiempo en la mayoría de los países de América y las que con menos derecho realizaban los países europeos en África y Asia-, cabe plantearse qué hubiera sucedido si la Argentina en 1879 decide no avanzar hasta el Río Negro y desentenderse del futuro de la Patagonia. 

Pues, simplemente, dichos territorios hubiesen sido ocupados por otros países, ya fueran de la región, como Chile, o europeos, como Francia y Gran Bretaña. 

Por estas razones, se trata de un libro que aporta enfoques y datos valiosos para alumbrar la polémica sobre la llamada Campaña al Desierto, que más que polémica se ha transformado en cerrada condena. 

 

CENM

miércoles, 29 de marzo de 2017

JAR: Una reivindicación más

Carta abierta a "Pacho" O'Donnell 
Por Rolando Hanglin | Para La Nación  


Ante la designación del Dr. O´Donnell al frente del nuevo Instituto Manuel Dorrego, destinado a reivindicar la corriente nacional, popular y federal, me atrevo a acercarle algunas pistas documentales que podrían favorecer dicho propósito. 

SOBRE EL GENERAL ROCA 

1. Incorporó al territorio nacional más de 40.000 leguas, mediante la Campaña al Desierto. Esto incluye a la Patagonia y el Chaco Austral. Comenzó en 1879, cuando Roca era Ministro de Guerra de Avellaneda. Se perfeccionó en la Ley 1532, de octubre de 1884. Dejó una Argentina con mayor extensión que la actual. Su gobierno llegó para quedarse, afirmando la soberanía en las Islas Orcadas, en 1904. Antes de Roca, la superficie argentina efectivamente controlada era más pequeña que el Uruguay, ya que Mendoza, Salta, Jujuy, Córdoba, San Luis, Rosario y la propia Buenos Aires eran poco menos que islas en un mar de lanzas. La frontera de Buenos Aires, por ejemplo, estaba en el río Salado. 

2. La Ley 1420, de Educación Universal, Obligatoria, Laica y Gratuita, fue sancionada en 1884, durante la primera presidencia de Julio A. Roca. Se la atribuye erróneamente a Sarmiento. Ella permitió el acceso a la educación, sin discriminación, de todas las clases sociales. Hasta los más pobres pudieron ir a la escuela. Y permitió la materialización de la utopía de los inmigrantes, que aspiraban a tener "Mi hijo el doctor", tan bien representada en la obra de Florencio Sánchez. Estableció el Registro Civil de nacimientos, decesos y matrimonios, afrontando una crisis con el Nuncio Apostólico Mons. Matera, que fue oportunamente expulsado del país. 

3. Promulgó la Ley 4301 del Servicio Militar Obligatorio, sancionada en 1901, durante la segunda presidencia de Roca, en tiempos en que era Ministro de Guerra el General Pablo Ricchieri. Así se consolida la ley que convocaba, en 1896, a la primera conscripción en Cura-Malal y a la movilización de las fuerzas permanentes y de ciudadanos. Eran tiempos de alta tensión por la cuestión de límites con Chile en la Cordillera de los Andes, la Patagonia y la zona austral. No sólo aseguraba la defensa nacional con las armas, sino que integraba a todos los ciudadanos por igual, en el idioma, en la educación y en el civismo. 

4. Entre 1880 y 1900 llegaron a la Argentina más de un millón de europeos, representando más del 30 por ciento de su población, por lo que estas leyes permitieron homogeneizar al pueblo, argentinizando a los millones de inmigrantes y su descendencia, que buscaban paz, trabajo y progreso espiritual y material en estas tierras. 

5. El 16 de octubre de 1884, siendo presidente don Julio Roca, se promulgó la ley 1532, creando los territorios nacionales de la Patagonia. Así nacían Tierra del Fuego, Santa Cruz, Chubut, Río Negro y Neuquén. Después se agrega La Pampa. Estos territorios son hoy provincias argentinas, gracias al esfuerzo que se hizo hace 120 años. 

6. Por la campaña del general Roca, los patagónicos somos argentinos. Sin Roca, Chile se habría quedado con la Patagonia. Ya había penetrado hasta el cañadón de los Misioneros. En el año 1878, cuando Roca era Ministro de Guerra y Marina del Presidente Nicolás Avellaneda, se instaló en lo que hoy es Puerto Santa Cruz la subdelegación marítima a las órdenes del alférez de fragata Carlos María Moyano, quien en 1884, siendo ya capitán de fragata, fue el primer gobernador del territorio". 

Texto del Sr. Enrique Martínez, de Río Gallegos 

Decía una publicación de Buenos Aires sobre Roca: "Raquítico, enano, guaso joven que mira de soslayo, anda en los ranchos de Córdoba en mangas de camisa, vareando caballos y sacando para comer el cuchillo de la cintura". En aquel entonces, el ciudadano que no andaba de levita y galera estaba excluido de la buena sociedad. También lo estaba (al parecer) el Sr. Roca. 

En su Introducción a las "Cartas Inéditas de Alberdi a Juan M. Gutiérrez y Félix Frías", dice don Jorge M. Mayer que, según los porteños, Roca era "un mazorquero, el símbolo de la barbarie, rodeado por caudillos de chiripá, con aro en la oreja y chupa de tabaco negro. Si triunfaba, los indios abrirían con sus chuzas las cajas fuertes de los bancos". Una visión, digamos, unitaria. 

A favor de Roca: "Transformó la Argentina, modificó composiciones sociales, impulsó nuevos sectores a la política transformadora y echó las bases de una clase media, obrera y artesanal que irrumpiría en 1916 en el poder, para que la Argentina dejara de ser la colonia pastoril que pronosticaban algunos...Se impuso a los hombres de Bartolomé Mitre". Texto del Dr. Rodolfo Ponce de León, Profesor Titular de Derecho Constitucional de la Universidad Nacional del Comahue. 

Dice Leopoldo Lugones, en su libro ´Roca´, editado por la comisión nacional de homenaje de 1938: ´Las invasiones de los indios se vinculaban con vastos intereses de Chile. Allá iba a parar gran parte de los ganados del saqueo. Y en cuando a los cautivos, mientras las mujeres aumentaban el harem del cacique, los mozos válidos por los que nadie pagaba rescate eran vendidos como esclavos en Chile" (op. cit. Ponce de León) 

"Desde Rosas hasta Avellaneda, la diplomacia pampa fue una variante de las Relaciones Exteriores. Se mantenía, como política de estado, la decisión de convivir sin integrar, para lo cual se habilitaban aguardientes, yerba, azúcar, uniformes militares y sueldos a los caciques, capitanejos y caciquillos, de quienes se sospechaba que recibían similar prestación presupuestaria de Chile". (op.cit.) 
"Desde Azul al Sur estaban la noche, el viento, el frío y la aventura. Aquí comenzaban los peligros para ganados, carretas, niños y mujeres. La muerte era protagonista frecuente en esos lares. Era cosa de hombres... 
"Adolfo Alsina, caudillo autonomista, fue designado ministro de Guerra de Avellaneda. Moderniza al Ejército y se lanza a una campaña que culmina, prácticamente, con su muerte en 1877. En enero de 1878 comienzan a entregarse, desnutridos y abandonados por su propia tropa, varios caciques y capitanejos, como Namuncurá, Pincén y Catriel... Roca, pariente del presidente Avellaneda (ambos eran tucumanos) asume la Campaña del Desierto con criterio estratégico, con varias innovaciones técnicas que cambian el cariz de la batalla, básicamente el telégrafo y el Remington... El marco internacional era altamente favorable, porque Chile estaba ya en guerra contra Perú y Bolivia, países que lo enfrentaron en las llamadas Guerras del Guano y del Salitre". (op.cit.Ponce de León) 

En Chile, estos episodios se narran normalmente de otra manera: "Roca aprovechó que estábamos distraídos combatiendo con Perú y Bolivia, para robarnos la Patagonia". 

ROCA TUVO BATALLONES INDIGENAS 

"Roca es designado comandante de la campaña, que empieza en 1879, y sus primeras contrataciones son los periodistas Antonio Pozzo y Remigio Lupo, del diario "La Pampa". Parten en el ferrocarril del Sud, con destino a Azul, el 16 de abril... Se suman a las tropas los caciques Manuel Grande y Tripailao, cuyos lanceros constituyeron el escuadrón "Auxiliares del Desierto". También se sumó a la expedición el cacique Pichihuinca, con 43 hombres, 55 mujeres y 41 criaturas... De la campaña misma, comentaba Pozzo: ´Hasta ahora no hemos visto indios, salvo alguno que otro boleador que andaba cazando avestruces y guanacos, con gauchos de Carmen de Patagones´... 

¿CÓMO ERAN LOS INDIOS? 

La siguiente descripción nos parece válida tanto para los araucanos chilenos como para los ranqueles, vorogas y tehuelches argentinos, que muchas veces actuaron en fusión o confederación, incluso con asistencia de miles de parientes de Chile, especialmente los lanceros de Reuquecurá, hermano de Calfucurá, que disponía de tropas de hasta dos y tres mil hombres. 
Cementerio indígena en Matunen-co

"Creo que no existe una buena descripción de los indios. Los españoles, cuando el descubrimiento del país, exterminaron a un gran porcentaje de esta raza desgraciada. Los restantes se consideraron bestias de carga, y durante sus breves intervalos de descanso, se dispuso que los sacerdotes les explicasen que aquella tierra pertenecía al Papa de Roma. Los indios, incapaces de comprender semejante argumento, y de sostener las cargas que les obligaban a transportar, morían en grandes cantidades. Por lo tanto, fue necesario declarar que eran imbéciles de cuerpo y alma. Declaración que apoyaron la codicia y la avaricia. De modo que se dio por cosa demostrada. 
"Durante mis galopes por América, me persuadí sinceramente de que son los más lindos hombres que han existido en ese ambiente. En las minas, los he visto usar herramientas que nuestros mineros se declaran impotentes para manejar. Llevan cargas que no soportaría ningún hombre de Inglaterra. 
"Los indios de las vastas llanuras de la Pampa son todos jinetes. Más aún, pasan la vida a caballo. Con clima ardiente en verano y helado en invierno, andan desnudos y en pelo, sin llevar siquiera sombrero. 
"Viven gobernados por caciques, pero no tienen residencia fija. Donde el pasto esté bueno, se los encontrará. Hasta que sea consumido por sus caballos, y luego se trasladan inmediatamente a sitios con mayor verdor. Carecen de pan, fruta y legumbres. Se alimentan enteramente con la carne de las yeguas que no montan, y sólo se permiten el lujo de lavarse el pelo con sangre de yegua. 
"Consideran que la guerra es el empleo más noble y natural. Es la ocupación de su vida. Declaran que la actitud más soberbia de la figura humana es cuando, agachado sobre su caballo, el guerrero atropella al enemigo. El arma principal es una lanza de 18 pies de largo (5 metros aprox.). La manejan con gran destreza y saben imprimirle un movimiento vibratorio que muchas veces hace saltar la espada de las manos del europeo. 
"A causa de andar constantemente a caballo, los indios apenas pueden caminar. Esto quizás parezca raro pero, desde la infancia, no tienen costumbre de andar. Viviendo en una llanura ilimitada, se comprende fácil que todas sus ocupaciones y diversiones sean a caballo, y así las piernas se hacen débiles. El indio siente desapego por el caminar sobre sus pies. Un esfuerzo cada vez más fatigoso. Además, el paso con que se deslizan a caballo por la llanura es tan veloz, comparado con la lentitud de las propias piernas, que este último parece un esfuerzo ridículo. 
"Son de admirar mucho como nación militar. Su sistema de pelea es el más noble y perfecto del mundo. Cuando se congregan, para atacar a sus enemigos o invadir la tierra de los cristianos, con los que están siempre en guerra, reúnen grandes tropillas de caballos y yeguas. Después, con alarido salvaje de guerra, salen al galope. Cuando se cansan los caballos montados, saltan en pelo a los de refresco, manteniéndose así hasta ver al enemigo. El país entero provee pasto para sus caballos, y donde se les antoja no tienen más que desmontar, para carnear algunas yeguas. El suelo es la cama donde han dormido siempre, desde la niñez, y por tanto enfrentan al enemigo con el corazón contento y la barriga llena. 
"Muy diferente es esta vida guerrera de la marcha de nuestros ejércitos. Hombres valientes pero rengueando, con los pies lastimados, encorvándose bajo el peso de sus mochilas, seguidos de una masa de mulas, y forraje, y albardas, y bagaje, y carros, y mujeres, novillos echados en el suelo que no pueden más, etc. Forman un cuadro de desesperada confusión, que siempre acompaña al ejército que debe marchar, en lugar de cabalgar, y comer vacas en lugar de yeguas. Un ejército europeo no puede competir con la agilidad de una caballería india. 
"Los gauchos, que también cabalgan lindo, declaran que es imposible seguir al indio, pues sus caballos son superiores a los de los cristianos, y tienen un modo de apurarlos con alaridos y ciertos movimientos especiales del cuerpo, que aún trocando caballos los batirían. Los gauchos temen a las lanzas del indio. Aseguran que algunos cargan sin freno y en pelo. Otros se cuelgan bajo la panza de sus cabalgaduras, que parecen ganado suelto, y así ocultos gritan para asustar al adversario. Con el caballo cansado, los indios mueren en gran cantidad. 
"Para gente habituada a las pasiones frías de Inglaterra, sería imposible describir el odio salvaje que existe entre gauchos e indios. Estos últimos invaden en malón por el extático placer de asesinar cristianos, y en las luchas que mantienen se desconoce la misericordia. 
"Necesariamente, el indio es hombre de coraje. Su profesión es la guerra, su alimento sencillo, y su cuerpo se encuentra en el estado de vigor que le permite levantarse de la llanura en que ha dormido y mirar orgullosamente, sobre el pasto, los contornos de su figura trazados en la helada... 
"Creen en un estado futuro, después de la muerte. Allí habrán de estar constantemente borrachos, y andarán cazando. Cuando los indios galopan de noche por la llanura, sus lanzas apuntan a las constelaciones celestes que, a su modo de ver, son las figuras de sus antepasados, que en el firmamento montan caballos más veloces que el viento y andan boleando avestruces. 
"A su modo de ver, las mezquinas luchas entre los españoles nacidos en el Viejo Mundo y sus hijos, nacidos en América, es decir entre la independencia y la dependencia, son un mero juego de palabras". 

(Espléndida descripción de Francis Bond Head en "Los Indios de la Pampa", que incorpora algunas fantasías pero traza un perfecto perfil de esta raza) 

¿FUE UN GENOCIDIO O UNA LIMPIEZA ETNICA? 

"Roca hizo la Campaña en carruaje. Sólo montó a caballo cuatro veces, una para la foto. Y no encontró un solo indio. No hubo batallas ni combates, ni siquiera un tiroteo o entrevero..." (op. cit.) 
"Comparar un paseo en calesa con un genocidio banaliza el concepto mismo de genocidio" (op.cit) 
"Roca es digno de ser reivindicado. Su accionar marcó un antes y un después en la Argentina". 
Vintter, Villegas, Roca y Teodoro García

El Profesor Ponce de León interpreta, entonces, que los indios de Pampa y Patagonia ya estaban vencidos cuando Roca efectúa su campaña. El gran despliegue se limitó, pues, a capturar prisioneros y batir prófugos, ya que las anteriores campañas, desde 1800 hasta 1880, comenzando por Amigorena y siguiendo por Rosas, Mitre, Facundo Quiroga, Aldao, Conesa, Vinter, Villegas, Adolfo Alsina, habían quebrado la resistencia de los indígenas. Roca, sencillamente, "ocupó" y "aseguró" un territorio que podía caer en manos de Chile o de los Araucanos, tal vez como protectorado británico. A lo largo del siglo XIX, las naciones poderosas como Inglaterra y Francia surcaban los mares a la pesca de nuevas colonias, aprovechando la declinación de España y Portugal. 

ESTOS INDIOS: ¿ERAN PUEBLOS ORIGINARIOS? 

Dice el Licenciado Jorge Díaz Cantera: "En el sudeste de la Provincia vivían los 'het' o 'chechehet', o 'gununna-kena' o 'guenaken', hoy conocidos como tehuelches'. Los patagónicos se denominaban 'aoniken', constituyendo una gran familia desde Río Negro hasta Tierra del Fuego. Sin embargo, por el proceso de 'araucanización' desarrollado desde el siglo XVII, y también por la aparición del caballo y el avance incaico hacia el sur, los aborígenes del Arauco chileno iniciaron una serie de movimientos fuera de la región, llegando más tarde hasta la provincia de Buenos Aires, y en especial hacia Salinas Grandes y Carhué, desde donde llevaban la hacienda robada hasta Valdivia, Chile. Aún existen, en el territorio nacional, las rastrilladas que confluyen en el 'camino de los chilenos', excavado en las pampas por inmensos arreos robados en la Argentina". 

De todo esto se deduce que los araucanos chilenos invadieron nuestro país y sometieron a los pueblos originarios de esta nación. Los métodos no fueron suaves: el cacique chileno Calfucurá pasa a degüello a los vorogas de Rondeau en Salinas Grandes y, después de la degollina general de caciquillos y capitanejos, se proclama nuevo soberano y enviado de Dios, en 1831. Muy pronto se convertiría en el Napoleón de las Pampas. En otras palabras: al malón chileno lo seguía la revancha punitiva de milicos, estancieros y peones. Ofendidos, desplazados y perseguidos, los indios (en variada alianza que incluía araucanos chilenos y argentinos de filiación tehuelche, pampa, ranquel o voroga) volvían a maloquear, y así en una escalada secular. Con saña extraordinaria se combatió desde 1820 hasta 1880, cuando Roca concluyó con la "cuestión indígena" después de 60 años de incendio, saqueo, cautiverio y esclavitud: malón contra malón. No se tomaban prisioneros, como atestigua el ingeniero inglés Francis Bond Head en "Las Pampas y los Andes". Este técnico en minería, contratado en 1825 para una empresa que resultaría frustrada después de tres años, relata sus viajes, travesías y conversaciones con paisanos argentinos. Uno de estos hombres, que había participado de numerosos combates, cuando Head le pregunta cuántos prisioneros se habían tomado en determinada acción, respondía con el clásico gesto del degüello, pasándose el índice por el pescuezo: "No se toman prisioneros, se matan todos". 

Hoy nadie sabe, en nuestro país, qué es un "mitrista", un "autonomista", un "lomo negro". Ni siquiera somos conscientes de que habitamos un suelo abonado por miles de muertes en las guerras de unitarios y federales, indios y cristianos, ingleses invasores y negros enviados por el imperio del Brasil. 

Un magma de inmigrantes ha cubierto el pasado, disimulando las fosas mal tapadas, y nada ha vuelto a saberse de Sayhueque, de Pincén, de Villegas, del pobre Nicolás Otamendi... 

Estimado Sr. O´Donnell: en nombre del más noble revisionismo histórico (¿Qué es la historia sino revisar el pasado?) le ruego que cuide la memoria del general Roca. En nuestra historia no hay santos ni mártires, ni se puede dividir el relato entre buenos y malos, pero Roca merece una protección más rigurosa, sobre todo cuando lo acusan de genocidio, encubriendo lo que fue una guerra a muerte entre dos civilizaciones, con la intencionada intervención de potencias extranjeras. El genocidio, la traición a pactos solemnes, la esclavitud, el secuestro extorsivo y otras desgracias feroces, existieron por ambas partes: la República Argentina y la Confederación Araucana de Calfucurá, que aspiraba a convertirse en Estado y no quedó lejos del objetivo. En Chile, esta misma cosa se llamó -con toda franqueza- Guerra a Muerte. Aquí no se llamó nada. Se olvidó. 

Para aclarar definitivamente el tema de los "pueblos originarios": usted, Sr. O´Donnell, no es irlandés, y yo tampoco. Somos originarios de Irlanda, eso sí, porque de allí vinieron nuestros antepasados, como los de O´Higgins, Patricio Kelly o Guillermo Brown. Pero nos contamos en la sencilla legión de ciudadanos argentinos, como otros que son descendientes de tobas, collas, mapuches, piamonteses, vascos, galeses, bearneses, paraguayos y bolivianos. La Argentina no le debe nada a nadie. A lo sumo, podría decirse que algo se nos debe a nosotros, ya que el Virreinato del Río de la Plata incluía los territorios del Alto Perú (Bolivia) la Banda Oriental (Uruguay) el Paraguay, el Estrecho de Magallanes y las Islas Malvinas. Pero eso, como usted sabe, es otra historia, y sin duda el Instituto Manuel Dorrego la conoce mejor que yo. 

Si miramos un poco al Norte, veremos que el Brasil se mantuvo unido, desde el primero al último de los territorios conquistados por Portugal. A punto estuvo de ocupar toda la Banda Oriental, en el concepto de que el límite sur del Brasil era el Río de La Plata. Nosotros, en cambio, nos hemos partido en mil pedazos, uno más frágil que el otro. Roca consagró con su "paseo en calesa" el inmenso territorio de un gran país, que pudo ser un paisito si se desmembraban también Entre Ríos, Corrientes y Jujuy... ¡Pudo ser! 

En cuanto a los americanos de más al Norte, no sólo conservaron su territorio sino que lo agigantaron con Arizona, Nuevo Méjico, California, la Florida, Puerto Rico, Hawaii y Alaska. 

Cerramos este modesto comentario con una frase del Profesor Ponce de León: "En algunas inteligencias de nuestra época, parece que ni la realidad es capaz de torcer ideas. El buen ´indiófilo´ debe inventar una historia, allí donde los hechos no se adecuan a su buen corazón redentor´. 

sábado, 24 de diciembre de 2016

JAR: El eterno olvido de uno de los más grandes

La demonización de Roca y el olvido de Sarmiento
Por Mariano Grondona | LA NACION


Para el "kirchnerismo duro", la historia no es algo real -lo que en verdad ocurrió, que sólo puede conocerse mediante serias investigaciones- sino algo imaginario, el relato , esa visión del pasado que impone hacia atrás el grupo dominante. La llamada batalla cultural en que la que están empeñados los ultrakirchneristas consiste en sustituir la visión hasta ahora predominante de nuestro pasado, lo que ellos llaman "el relato liberal", por "otro relato", en el cual los próceres de antaño pasan a ser los villanos y las figuras emblemáticas del proceso nacido en 2003, particularmente Néstor Kirchner, pasan a ser los nuevos próceres. La batalla cultural que ha emprendido el ultrakirchnerismo apunta a dos objetivos centrales: de un lado, beatificar a Kirchner; del otro, demonizar a los representantes de la que ellos llaman "la Argentina liberal" y, particularmente, a Julio Argentino Roca, que presidió nuestro país de 1880 a 1886, y de 1898 a 1904.

La demonización de Roca es un proyecto que discurre a través de tres vías convergentes cuya intención común es destronarlo de la consideración de los argentinos de hoy y, particularmente, de los jóvenes que, a la inversa de los ciudadanos de edad madura, no pueden refutar a los promotores de la "batalla cultural" desde sus propios recuerdos. La primera de estas vías es la publicación de supuestos libros de historia que, en realidad, no son otra cosa que piezas de propaganda para el consumo de los menos informados. La segunda vía tiende a manchar, destruir o mutilar los monumentos que, desde la Patagonia hasta Buenos Aires, han venido exaltando a Roca desde hace un siglo. La tercera vía es borrar su imagen hasta de los billetes de cien pesos.

Bastan algunos ejemplos para ilustrar esta campaña. El escritor Osvaldo Bayer ha propuesto retirar la estatua de Roca de la ciudad de Buenos Aires porque, en su opinión, "fue el Hitler argentino". La diputada Cecilia Merchán propuso reemplazar la figura de Roca de los billetes de cien pesos por la imagen de Juana Azurduy, una heroína indudable de nuestra independencia. Otro diputado, esta vez agrario y radical, Ulises Forte, quiere sustituir a Roca en los billetes de cien pesos por estampas del famoso Grito de Alcorta de 1912, que dio nacimiento a la pujante Federación Agraria. Los diputados del Frente para la Victoria han anunciado que impulsarán el reemplazo de Roca en los billetes por la figura, sin duda elogiable, de Hipólito Yrigoyen. En el imponente Centro Cívico de San Carlos de Bariloche, el monumento a Roca que todavía lo preside ha sido un blanco incesante de pintadas agresivas que anuncian la intención de removerlo.

ATAQUE Y DEFENSA
El principal argumento que se utiliza para denostar a Roca es que en la Campaña del Desierto de 1877, que condujo como ministro de Guerra, incurrió en genocidio para aniquilar a los "pueblos originarios" que poblaban la Patagonia. Bastaría recurrir a verdaderos historiadores como Félix Luna en su espléndida biografía, que lleva por título Soy Roca , o a otros estudiosos, como Luis Alberto Romero, para desenmascarar esta falacia. En primer lugar, porque los mapuches a los que derrotó Roca no eran "pueblos originarios" de la Patagonía sino pueblos "invasores", ya que eran araucanos que provenían de Chile y que habían aniquilado a los verdaderos pueblos originarios, los tehuelches, antes de que llegara Roca. En segundo lugar, porque habría que anotar que muchos mapuches, aunque no todos, sin ser por cierto los idílicos "buenos salvajes" de Rousseau, desataron los malones que mataban a nuestros pioneros rurales, y raptaban a sus mujeres, llevándose el producto de sus sangrientas correrías al otro lado de la cordillera. En tercer lugar, porque Roca, lejos de ser un despiadado "genocida", pactó la paz con casi todas las tribus invasoras.

La calificación de "genocida" mediante la cual se lo pretende demonizar incurre en un pecado que el propio Max Weber denunció cuando sostuvo que el verdadero historiador no es quien retroproyecta sus propios valores al pasado, sino quien describe a los protagonistas del pasado desde los valores que ellos mismos poseían. En la Argentina de 1877 había un consenso prácticamente unánime por librar a los colonos del flagelo del malón, y Roca lo instrumentó no sólo con solvencia militar, sino también con mesura política, reduciendo su acción militar a batir en combate a los pocos miles de lanzas que, pese a sus ofertas de paz, lo desafiaban.

Debe reconocerse también que Roca no consiguió que Chile admitiera nuestra soberanía sobre la Patagonia mediante una guerra que supo evitar, sino que, haciendo gala de su insuperada astucia, justamente cuando Chile libraba contra Perú y Bolivia la Guerra del Pacífico de 1879-1883, con sólo insinuar al gobierno trasandino que, a menos que aceptara nuestros reclamos en el Sur, entraríamos en esa guerra del lado de sus enemigos, obtuvo lo que pretendía sin disparar un tiro. Fue gracias a esta incruenta estratagema como consolidó el dominio argentino de la Patagonia, y logró que millones de pobladores ulteriores, entre ellos el propio Kirchner, pudieran sentir más tarde el aguijón de la argentinidad. Roca nos dio la Patagonia sin derramamiento de sangre. ¿Decretar su demonización agregándole la beatificación simultánea, fulminante y antagónica de Kirchner no es llevar la ideología demasiado lejos?


DE ROCA A SARMIENTO
A Sarmiento no se lo ha demonizado como a Roca. Aún hoy, se lo sigue honrando desde todos los rincones del arco ideológico. Pero ¿estamos prolongando en verdad su legado, que no fue otro que asentar el futuro argentino sobre el pilar de la educación? Sarmiento nos puso a la cabeza de América latina a partir de un acontecimiento sin parangón: la irrupción revolucionaria de la educación pública y gratuita. Fue gracias a su extraordinaria visión como los niños y los jóvenes, sea cual fuere su origen económico, recibieron el don de la igualdad de oportunidades. Una igualdad que estaba fundada, eso sí, sobre la disciplina y el esfuerzo. Hoy, hasta las familias más pobres pugnan por ingresar en la educación privada y pagan lo que no tienen para escapar del derrumbe de la educación pública.

¿A Sarmiento aún lo honramos, entonces, sólo de la boca para afuera? Su obra revolucionaria fue posible porque giró en torno de la exaltación de la figura del maestro , por todos venerada. ¿Qué padre se atrevía a contradecir al maestro, supuestamente en nombre de sus niños? Hoy, hay padres que agreden a los maestros en representación de esos hijos a quienes consienten, si los maestros osan aplicarles una mala nota. ¿Dónde ha quedado el exigente ideal de "mi hijo el doctor"? Llama la atención que los propios docentes hayan sido los primeros en rebajarse a sí mismos al renunciar a su título egregio de "maestros" para autodenominarse modestamente "trabajadores de la educación", como si la dependencia laboral fuera su única condición. Pero ¿no hay acaso entre nosotros miles de docentes que querrían volver a ser considerados maestros y se sienten asfixiados por sus ligaduras sindicales? Con Sarmiento, nuestra tabla de valores ponía en la cumbre al maestro por encima hasta de los propios padres, mientras la misión principal de los niños era, por lo pronto, aprender. A Sarmiento, es verdad, no lo hemos atacado como algunos a Roca. Simplemente, lo hemos olvidado , lo cual es aún más grave porque, en tanto que ya nadie podría quitarnos la Patagonia que Roca nos legó, el olvido de Sarmiento nos está privando de su legado sin que ni siquiera nos demos cuenta.

domingo, 20 de noviembre de 2016

Historia argentina: El Abrazo del Estrecho (1899)

 Abrazo en el Estrecho

Existen divergencias de interpretación respecto de quién partió la iniciativa de la entrevista entre ambos presidentes. Para algunos autores se debió a Roca, partidario de eliminar el largo diferendo bilateral a través del diálogo directo. Para otros, en cambio, la idea partió de Francisco P. Moreno, y fue acogida favorablemente por Roca. Sin embargo, para El Diario, de Buenos Aires, la iniciativa surgió de Chile, por su deseo de convenir entre ambos países "el condominio político internacional con proyecciones geográficas". Por su parte, La Nación, en su editorial del 18 de enero de 1899, sugirió que no sería ajena al encuentro de los presidentes la larga visita realizada a Roca, el día anterior, por el nuevo ministro de Chile en Buenos Aires, Du Putron, en un momento en que una violenta revolución en Bolivia y la posibilidad de una intervención chilena en el Altiplano impulsaban a la diplomacia chilena a buscar una conciliación con la Argentina, y así cerrar -o al menos postergar- un frente de conflicto para las autoridades de Santiago. En esta misma línea de razonamiento, La Prensa sostuvo que la entrevista tenía por objeto realizar la aspiración de Chile de que la República Argentina la dejara en completa libertad de acción para resolver a su manera sus problemas con Perú y Bolivia, aún sin definición después de la guerra sostenida con ambas naciones en 1879 y en la que resultara victoriosa.


Canciller chileno Juan José Latorre

El "Abrazo del Estrecho" fue un simple apretón de manos -ni Roca ni Errazuriz Echaurren querían la guerra. Errázuriz tuvo que deshacerse de su ministro de relaciones exteriores, Juan José Latorre, quien después hizo flotar una versión de que habia entregado un ultimátum al ministro argentino en Santiago en septiembre de 1898 -ultimátum que solo existió en la febril imaginación de su secretario, Phillips. El ministro chileno en Buenos Aires, Carlos Walker Martínez enviaba telegramas a Santiago con falsos reportes sobre la falta de preparación argentina, según él la ARA estaba por incorporar un buque lde 8.000-10.000 toneladas llamado "Juan de Austria", cuando el único buque de ese tipo existente era un crucero cañonero español que había sido hundido en la bahia de Manila en Julio de ese año por el escuadrón del Almirante Dewey.


Carlos Walker Martinez

Walker Martinez urgía a su gobierno a "declarar la guerra antes de que llegaran los nuevos barcos para la ARA, y atacar cuando la cordillera nevada aún nos protegía". Errázuriz desestimó los informes de su ministro. Despechado, Walker Martinez renunció, pasando a la oposición y desde su banco en el congreso de Chile continuó importunando al gobierno chileno denunciando invasiones de territorio chileno por tropas argentinas... lo que resultó ser un mero episodio policial pues se trataba de 5-7 soldados persiguiendo a cuatreros chilenos... Roca zarpo de Puerto Militar en Febrero de 1899, visitando a varios puertos patagónicos antes de llegar al estrecho. El ARA Belgrano, que conducia a Roca, y al Ministro de Guerra Gral. Luis Maria Campos, y al Ministro de Marina, Comodoro Martín Rivadavia. Acompañaban al ARA Belgrano el crucero-torpedero ARA Patria, en transporte ARA Villarino y la fragata ARA Sarmiento. En Punta Arenas se encontrarían con el crucero protegido "O Higgins" que llevaba al presidente de Chile, el crucero protegido "Ministro Zenteno" y el transporte "Angamos". Se hallaba asimismo en Punta Arenas el crucero protegido "Presidente Errázuriz", buque estacionado en esas aguas. El ARA Villarino llegó a Punta Arenas el 15 de Febrero anunciando a las autoridades chilenas que la escuadra argentina llegaría a las 12.00 horas del día. Mientras los binoculares de oficiales y civiles chilenos escudriñaban las aguas en dirección al Atlántico, y aquí cito a un historiador chileno:


"Pero en vano: fue por el Sur donde aparecieron los blancos perfiles de las naves de guerra del país vecino... El viaje desde Ushuaia lo había realizado la división naval por los canales fueguinos, ruta hasta entonces poco conocida y nunca recorrida por barcos de calado, haciendo en ello gala significativa de pericia profesional." (1)

El timonel del crucero acorazado ARA Belgrano, al llegar al Estrecho era nada menos que el Comodoro Martin Rivadavia, uno de muchos oficiales, que cuando eran cadetes se habían formado en la ruda escuela de la "Escuadrilla de Cutters", meras cascaras de nuez a vela de 40-75 toneladas de desplazamiento en mares donde, en invierno, las olas llegan a sobrepasar los 15 metros de altura.

Más allá de la discusión sobre el origen de la entrevista entre los presidentes argentino y chileno, lo cierto fue que durante la segunda administración de Roca se puso de manifiesto la voluntad de acercamiento con el gobierno de Chile. Claras demostraciones de esto fueron las decisiones de apelar al arbitraje de la reina británica, para resolver una parte de la cuestión limítrofe, y de aceptar el laudo Buchanan, sobre la Puna de Atacama.

Abordaje del buque chileno O'Higgins por parte del Gral Roca

El "Abrazo del Estrecho" 

Presidente Federico Errázuriz (Chile)

Presidente Julio Argentino Roca (Argentina)


Fuentes
Brunner
(1) Braun Menéndez, Armando , Pequeña Historia Magallánica (Editorial Francisco de Aguirre, Buenos Aires,, Santiago de Chile, pag.177
Historia de las Relaciones Exteriores de Argentina

domingo, 13 de noviembre de 2016

Biografía: Roca Argentina

Julio Argentino Roca, el fundador de la Argentina moderna
Juan Pablo Bustos Thames
Infobae


Julio Argentino Roca, dos veces presidente de los argentinos, falleció el 19 de octubre de 1914

El 19 de octubre pasado se cumplió un nuevo aniversario del fallecimiento de Alejo Julio Argentino Roca, el segundo tucumano en ocupar la primera magistratura de la república, el primero en ser reelecto y el ciudadano que más tiempo permaneció frente al Poder Ejecutivo Nacional, al acumular doce años alternados en la Presidencia.

Roca nos legó las bases de la Argentina que conocemos hoy. Ejerció su gestión entre 1880-1886 y 1898-1904. Esperó dos mandatos constitucionales completos para volver a ocupar el sillón de Rivadavia, sin tener que reformar la Constitución Nacional, como sí lo hicieron otros presidentes. Fue el segundo mandatario más joven de la nación. Asumió a los treinta y siete años de edad.


Con 37 años, Roca fue el segundo mandatario más joven de la Argentina

Fue un estadista con todas las letras y el máximo referente de la generación del ochenta, esa camada pujante que fundó el Estado argentino moderno. Como militar, hizo sus primeras armas en los enfrentamientos civiles entre el estado de Buenos Aires y la Confederación Argentina. Hijo del coronel tucumano José Segundo Roca, héroe de la Guerra de la Independencia, de la Guerra contra el Imperio del Brasil y de las guerras civiles, destacó siempre por su valor en el campo de batalla, donde consiguió todos sus ascensos. El joven Roca se desempeñó en la Guerra con el Paraguay, conflicto en el que perdería a su padre, dos de sus hermanos y dos primos. Hasta hoy se recuerda el temple del joven mayor Julio Argentino Roca, cuando tuvo que obedecer, a regañadientes, la orden de retroceder, luego de un frustrado intento argentino de asaltar las trincheras paraguayas en Curupaytí. La providencia quiso que fuera el único jefe que no resultara herido en la acción y que se viera obligado a retirarse, al paso, a la cabeza de su legendario y disminuido batallón Salta, portando en alto, en una mano, la bandera de su unidad, perforada por la metralla enemiga, y en la otra, las riendas de su caballo, que había cedido para cargar allí a un teniente herido, a quien acababa de salvar la vida.

Julio Argentino Roca impresionó favorablemente a los distintos presidentes que se sucedieron a partir de la organización nacional. Justo José de Urquiza, amigo de su padre, lo admitió en el Colegio de Concepción de Uruguay, que tenía una sección militar, de donde egresaría como cadete de artillería. Bajo sus órdenes, lucharía hasta agotar todos los cartuchos, disparando su batería de dos cañones en la batalla de Pavón, al negarse a retroceder. Cuando su padre cabalgó hasta su puesto de combate para convencerlo de que había que abandonar la batería, porque la acción estaba perdida, Roca se cuadró ante este "oficial superior" y le dijo que no lo haría, porque no había recibido orden de retirada y porque "les había tomado mucho cariño a mis dos cañones; no los quería abandonar".

Generó muy buen concepto en Bartolomé Mitre, a raíz de su valor demostrado en la Guerra del Paraguay; en Domingo Faustino Sarmiento, sorprendido por su eficacia en el manejo político de los conflictos civiles que, sucesivamente, estallaron en el interior, mientras el Ejército Nacional luchaba en el Paraguay. En esa etapa, Roca desplegó su innato don de líder político y desactivó conflictos. Muchos, usando su capacidad de persuasión, sin tener que disparar un tiro. Sarmiento desconfiaba del joven Roca al principio, tanto que le recriminaría a su ministro de Guerra y Marina, Martín de Gainza: "Le he pedido a usted un hombre de energía e inteligencia, a un guerrero probado y no un barbilindo". Sin embargo, en vísperas de concluir su mandato, el Loco Sarmiento, ante cada situación difícil, le decía a Gainza: "Lo quiero a Roca allí". Así fue que Roca se fue granjeando, de a poco y con eficiencia, el apoyo del cascarrabias mandatario sanjuanino.


Fue durante su trayectoria militar que se consolidó su prestigio

El alter ego de Roca en la Presidencia fue, sin lugar a dudas, su comprovinciano Nicolás Avellaneda. Su asunción como primer mandatario, en 1874, vino acompañada de una seria revuelta, en varios puntos del país. Para sofocar el más grave, en Mendoza, Avellaneda convocó a Roca, quien, merced a una hábil estratagema, venció a los sublevados en una acción donde se produjeron pocas bajas y desbarató a los revolucionarios, entre los que estaba un antiguo superior suyo, a quien Roca facilitó la huida. No bien se enteró de esta victoria, eufórico, desde Buenos Aires, Avellaneda le telegrafió: "Lo saludo, general de los ejércitos de la república, sobre el campo de la victoria". Lo apodó El Zorro, mote que lo acompañaría toda su vida. Así fue como Roca llegó al generalato y Avellaneda empezó a pergeñarlo como sucesor, en la Presidencia.

Fue elegido presidente por abrumadora mayoría en el Colegio Electoral de 1880 (155 votos contra 70). En septiembre de ese año se sancionó la ley por la cual la ciudad de Buenos Aires pasaba a ser, formalmente, capital de la república. Hasta ese entonces, el Gobierno nacional vivía de prestado en la ciudad y se había generado una incómoda cohabitación con el Gobierno de la provincia de Buenos Aires, que también tenía sede allí. A partir de esta ley, originada por el arribo de Roca al poder, se federalizó la ciudad y dos años después, bajo su mandato, se fundó la ciudad de La Plata, actual capital bonaerense. Se solucionaba, de este modo y definitivamente, "la cuestión de la capital", que tantos conflictos civiles había traído hasta entonces.

Respetó la Constitución Nacional en su faz formal; veló porque se observaran los derechos y las garantías allí consagrados. En especial, respetó, absolutamente, al igual que sus antecesores, la libertad de prensa y de expresión. Aceptaba estoicamente las críticas, las injurias y los agravios como parte del juego democrático y constitucional. Jamás se le pasó por la cabeza acallar a los medios opositores o amordazar a quienes no pensaban como él.

Bajo su mandato se inició un crecimiento económico sostenido de la Argentina, que se prolongaría, con algunas intermitencias, hasta la primera mitad del siglo XX. Inició las obras de los puertos de Ensenada y Buenos Aires, que hasta entonces no tenían infraestructura para recibir pasajeros, ni para el comercio. Desarrolló Puerto Madero y construyó el Hotel de Inmigrantes, donde se alojarían muchos de nuestros antepasados, que llegaron a nuestras costas.

La inmigración se disparó bajo su mandato y Buenos Aires, de ser una aldea semirrural, pasó a ser una importante urbe pujante en el mundo, al compás del crecimiento de las principales ciudades del interior.


Roca tuvo una participación clave en la federalización de Buenos Aires y en la consolidación de nuestras fronteras

Impulsó la ley 1420, de educación laica, gratuita y obligatoria, de todos los niños de 6 a 14 años, por la que instauró un régimen de vanguardia, modelo para toda América Latina. Al poco tiempo, hizo caer bruscamente el analfabetismo en la Argentina, dándole la fama que conserva hasta el día de hoy, la de contar con una población educada, en líneas generales. Ello le otorgó importantes ventajas competitivas en la región. Roca concretó, así, lo que Sarmiento había concebido y no había logrado plasmar en una ley. Hasta hoy todos valoramos la importancia y la trascendencia de esta ley, pero muchos desconocen que su mentor fue Roca. De ser un país semianalfabeto, al finalizar su primer mandato, funcionaban 1.741 escuelas públicas y 611 colegios privados, en todo el país. Había 168.378 alumnos; 133.640 de ellos concurrían a la escuela pública. Se registraban 4.736 docentes.

No voy a desarrollar aquí su gran obra, que consistió en la incorporación efectiva al territorio nacional de toda la Patagonia, y de regiones del Chaco y la Puna. Gracias a él la Argentina duplicó su extensión territorial mediante la incorporación de zonas que hasta entonces eran desérticas, u ocupadas por indígenas nómades o violentamente hostiles a los habitantes del territorio argentino. De este modo, Roca se anticipó a que estas áreas fueran ocupadas por países vecinos, o bien fueran objeto del expansionismo británico (que no le hubiera costado mucho hacerlo, desde su base, en Malvinas), o francés (que hasta tuvieron un autoproclamado y excéntrico "monarca" entre las tribus patagónicas). A Roca le debemos que las actuales provincias de Misiones, Formosa, Chaco, La Pampa, Neuquén, Río Negro, Chubut, Santa Cruz y Tierra del Fuego sean argentinas, amén de otras extensas zonas fronterizas con Chile, Bolivia y Brasil, ubicadas fuera de ellas.

Multiplicó la extensión de las líneas férreas y sancionó la ley 1.565 del Registro Civil. El Estado comenzaba a tomar razón de los principales acontecimientos de relevancia jurídica en la vida de las personas: su nacimiento, su fallecimiento, su matrimonio, que hasta entonces se regían por las inscripciones religiosas.

En su primer Gobierno impulsó la ley 1.130, de 1881, de unificación monetaria. Hasta ese momento, cada provincia emitía su propio papel moneda, fenómeno similar a la emisión de bonos provinciales generalizado desde 1985 hasta 2002.

Las monedas locales dificultaban el comercio interprovincial y significaban verdaderas aduanas locales prohibidas por la Constitución Nacional. Para terminar con este escándalo, obligó a todas las provincias a canjear sus valores por la moneda nacional, que desde entonces se impuso como único medio de pago en todo el país.

Creó los territorios nacionales, que dependían del Gobierno central y estaban localizados en las zonas de fronteras, recientemente incorporadas a la jurisdicción nacional, a fin de organizarlas y protegerlas ante alguna pretensión extranjera.


Julio Argentino Roca ejerció la presidencia del país de 1880 a 1886 y de 1898 a 1904

Firmó el pacto de límites con Chile, en 1881, que aseguró la paz con ese país, ya que se había llegado al borde de una guerra. Con este tratado, el país trasandino reconoció la soberanía nacional en toda la Patagonia argentina. Fue Roca quien consiguió que Chile reconociera, como principio divisor fronterizo, el de las cumbres más elevadas de la Cordillera de los Andes, que dividen las aguas hacia el Atlántico (Argentina) o el Pacífico (Chile). Impulsó las colonias galesas en la Patagonia, que aseguraron la presencia y la ocupación permanente argentina en la región.

Bajo su segundo mandato se sancionó el Código Penal y el de Minería; ambos consagraron importantes avances sociales, todo un adelanto en su época. Inició la ocupación argentina de la Antártida, al establecer la base de las islas Orcadas (1904); y comenzó la explotación petrolera en Comodoro Rivadavia (ciudad que se fundó bajo su Presidencia). Dio inicio así a una importante fuente de la riqueza nacional.

Fue el primero en impulsar las cumbres presidenciales. Bajo su mandato se reunió con el presidente chileno, para alejar definitivamente los vientos de guerra con el vecino país. Y dos veces con el mandatario brasileño, para terminar, de ese modo, con la desconfianza y la clásica rivalidad entre ambos Estados. Restableció las relaciones diplomáticas con la Santa Sede, interrumpidas a raíz de la sanción de la ley de matrimonio civil y de educación (ambas bajo su primer mandato) e insertó al país como una potencia sudamericana, ampliamente reconocida en el mundo. Estableció relaciones diplomáticas con el Imperio del Japón, inició una histórica amistad que la Argentina mantiene hasta hoy.

En su última gestión, sancionó la ley 3.871 de conversión (1899), por la que asignó a la Caja de Conversión (antecesora del actual Banco Central), creada en 1890, el monopolio para emitir moneda, estableció un patrón de cambio entre el peso y el dólar norteamericano y la libra esterlina. Imponía, además, una férrea disciplina fiscal y monetaria que impedía al Estado gastar más de lo que recaudaba o emitir sin respaldo. Ello hizo que nuestro peso moneda nacional se convirtiera, para 1920, en una divisa reconocida mundialmente y que la Argentina se encontrara entre los diez países más ricos del mundo, merced a esta preclara norma impulsada durante el segundo mandato de El Zorro.

Julio Argentino Roca destaca como uno de los mayores próceres en la conformación de nuestra Argentina y corresponde rescatarlo, reivindicarlo y valorarlo en este nuevo aniversario de su fallecimiento.