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domingo, 17 de septiembre de 2017

Revolución Libertadora: Huye por tirante el tirano

Cómo fue el golpe de Estado que derrocó a Perón en 1955

Sesenta y dos años atrás, en un 16 de septiembre, un alzamiento militar pondría fin a la segunda presidencia del líder justicialista. Los origines del derrocamiento y por qué Perón no opuso resistencia

Por Claudio Chaves | Infobae



En septiembre de 1955 el general Juan Domingo Perón ya no era el mismo. Su amigable sonrisa contagiosa era ahora un gesto agrio, enmarcado en un rostro sombrío. Asomaba silenciosa su ojeriza como también su desapego por las cosas. Raro, pues su personalidad extrovertida e inquieta no condecía con ese presente. Era, si se quiere, el semblante de los nuevos y malos tiempos. No obstante haber ganado por escándalo los comicios a vicepresidente, diputados y senadores con el 62% de los votos el año anterior, 1955 se anunciaba negro y tormentoso. El conflicto con la Iglesia, inexplicable en un gobierno amigable con el clero y su doctrina social, se sumaba al desconcierto sembrado en su propia tropa a partir de haber cesado la época de las vacas gordas y verse obligado a encarar otra política económica.

El segundo plan quinquenal explicitó el ajuste. Austeridad, productividad e inversiones y en este último caso, para colmo de males (¿'¡?), extranjeras. El peronismo cambiaba de idioma y había que aprenderlo urgentemente. Mejor dicho, Perón hablaba en argot y solo unos pocos comprendían. Los cambios fueron olímpicos. Recomponer relaciones con los Estados Unidos, como nos los cuenta, en sus memorias, Hipólito Paz, cuando fue nombrado embajador en dicho país: "Seguiremos la misma línea de cuando era ministro me dijo Perón: usted será el simpático, el amigo de los EE.UU. y yo reservaré para mí el papel de duro al que usted deberá convencer." Antonio Cafiero en sus recuerdo manifiesta la confusión en la cual estaba sumergido un sector del peronismo: "Su personalidad (la de Perón) no alcanzo a descifrarla. Por caso el acercamiento a los EE.UU. y la evolución a una economía de equilibrio. Los planteos económicos parecen decir de un cambio hacia el individualismo, los grandes negocios, las fantasías industrializadoras, el petróleo, la StándardOil y Bunge Born. El cambio que se percibía es hacia formas liberales. Hay sobre todo una gran desorientación acerca del objetivo que persigue el Presidente. Muchos piensan que este es el principio del fin"

No había dudas, Perón viraba hacia posiciones cercanas a un capitalismo moderno, sin ataduras, dejando atrás el intervencionismo de Estado. Muchos han fundamentado este giro en el pragmatismo del personaje. Puede ser. Aunque probablemente ese pragmatismo estaba fundado en las raíces liberales del General, cuando años atrás siendo Mayor acompañó el proyecto del general Agustín P. Justo. Al respecto de este cambio del que Cafiero se quejaba decía Alfredo Gómez Morales: "A partir de 1949 Perón era decididamente antiestatista, sin prescindir de la obligación del estado de dirigir los aspectos sustanciales del proceso económico. Solía comentar que un tornillo producido por Fabricaciones Militares salía a precio de oro. Tanto es así que muchos convencionales constituyentes de aquella época pueden recordar que el artículo 40 de la Constitución del 49 se aprobó contra los deseos del Presidente. Perón pensaba, ya entonces, que la intervención del Estado en la economía era excesiva y que había que pensar en privatizar todo lo posible y mantener en la órbita del Estado nada más que lo que resultara imprescindible desde el punto de vista político institucional".



El peronismo estaba devastado. Construido en la cultura del 43', esto es en el marco de un duro capitalismo de Estado y de un nacionalismo de fines, ahora diez años después resultaba que aquellos argumentos, no servían. ¿Qué hacer? ¿Hacia dónde dirigirse? ¿Perón estaba en sus cabales? A este malestar interior se sumaba la estrecha pero hiperactiva indisposición de "la contra", como se decía entonces. Algunas quejas eran parecidas, feroz crítica a la política liberalizante y de acuerdos con los EE.UU. y la Stándar Oil, lo que venía a resultar que el nacionalismo había ganado al conjunto de los partidos políticos o era solo una buena excusa, y las otras, se orientaban a descalificar como autoritario y dictatorial a su gobierno. Lo que no estaba tan alejado de la realidad.

Grandilocuente y bocón, el General cometía errores gruesos al hablar y otras, al dejar hacer. Provocaba, hería inútilmente sin prever que sus palabras podían caer en manos de desquiciados de un lado u otro del conflicto instalado. Félix Luna, que jamás tuvo un desvío pro-peronista, decía de Perón que no obstante sus bravuconadas no era un hombre violento.¡Qué lejos se hallaba el Presidente de aquella conducta de otro general, Julio Argentino Roca, que en carta a su concuñado le aconsejaba: "En política no se debe herir inútilmente a nadie, ni lanzar palabras irreparables, porque uno no sabe si el enemigo con quien hoy se combate será un amigo mañana".

Lo que aún quedaba en pie de la revolución peronista, herencia de todos los argentinos, eran sin dudas las leyes sociales y la incorporación del trabajador a la vida política. ¿Estaba en esta jurisprudencia las razones del abismo que se abría entre los argentinos? Puede ser. También en la insistencia de que para un peronista no había nada mejor que otro peronista. Pero fundamentalmente se hallaba en la incapacidad de la oposición de ganar votos, de ser creíbles al pueblo.

En un clima de crispación generalizada, que aumentaba día a día, se produjeron los bombardeos a la Casa de Gobierno el jueves 16 de junio de 1955. La Aviación Naval y la Infantería de Marina, más un sector de la Fuerza Aérea y Comandos Civiles, repartidos en los alrededores de la Plaza Mayo con el claro objetivo de asesinar al Presidente y volcar la situación política hacia el anti-peronismo sin votos, se prepararon para el golpe. Falló. No lograron matar a Perón, aunque sí a cuatrocientos argentinos. Este acto de locura explícito transparentó el odio que se acumulaba en un minoritario pero poderoso sector de la sociedad argentina. Esa noche se quemaron iglesias. Al parecer, grupos enrolados en la Alianza Restauradora Nacionalista de Patricio Kelly, sumados a un matonaje de marginales tan violentos como los aviadores sublevados, organizaron la hoguera que arrasó con santos, vírgenes y un formidable reservorio histórico colonial, acelerando los pasos hacia un final previsible. De nada sirvió el envío de un proyecto de ley al Congreso para reparar las Iglesias. Ya todo estaba jugado.

Cuando todo indicaba que Perón había entendido el mensaje para pacificar al país con una serie de permisos políticos cedidos y cambio de gabinete, el 31 de agosto en una concentración vespertina dio un vuelco inexplicable. Horas antes de la concentración había dicho a un grupo pequeño de militantes que lo rodeaba: "Yo ya estoy demás. Soy como aquel aficionado de relojero que sirve para desarmar un reloj, pero ya no se armarlo. Tanto he estado maniobrando con las piezas que, ahora, la única forma de que el reloj siga andando, es que yo lo deje" Y en un discurso de una violencia inusitada e irreflexiva, puso final a su gobierno. Luego de lo dicho no podía gobernar más. Esa noche manifestó que sus enemigos, al no querer la pacificación, buscaban la violencia: "A esa la violencia le hemos de contestar con una violencia mayor. Con nuestra tolerancia exagerada nos hemos ganado el derecho de reprimirlos violentamente. Aquel que en cualquier lugar intente alterar el orden en contra de las autoridades constituidas o en contra de la ley o de la Constitución, puede ser muerto por cualquier argentino". Luego vino el fatídico 5 por 1. El final era cuestión de días.

El 16 de setiembre en Córdoba comenzaba el alzamiento. El general Eduardo Lonardi, bajo la angelical receta de proceder con la máxima brutalidad, se erguía al frente de una sublevación -minoritaria, en el Ejército, pero absoluta en la Marina. El día indicado era un viernes. Lluvioso y ventoso. Una fuerte sudestada se abatía sobre el litoral bonaerense haciendo crecer el nivel de las aguas del Plata. La situación política era de total indefinición puesto que Perón al tanto de los acontecimientos no procedía con la celeridad del caso. Sencillamente no procedía. Le negó a la CGT la posibilidad de armarse en defensa del gobierno. Luminosamente, no aceptó la idea. Parecía recobrar el raciocinio. El 17 y 18, sábado y domingo, todo indicaba que la situación se movía en dirección del gobierno, aunque Perón no era claro y decisivo en sus órdenes.



De pronto se entera del comunicado que el Almirante Rojas le ha hecho llegar a la base de submarinos de Mar del Plata. Bombardearemos los tanques de petróleo y combustible del puerto. En consecuencia le solicitó, al Jefe de la Base que alejara de la costa a la población de entre Playa Grande y la Bristol, más allá de cinco cuadras. Dispuesto a romper todo. Rompió todo. El Jefe de la Base Naval no estuvo de acuerdo con la salvajada y luego supimos que marinos en los buques rechazaron semejante decisión. Igual se realizó. El viento del sudeste al levantar el Río permitió que las naves sublevadas pudieran operar tranquilamente fuera de los canales y aproximarse a las costas de Buenos Aires. Sus cañones tenían una efectividad de 20 kilómetros. Rojas amenazó con cañonear La Plata, Dock Sud y Buenos Aires.

Después de lo realizado en Mar del Plata, había que creerle. La ciudad sería barrida hasta los cimientos alcanzando los límites de la avenida general Paz. Algo que no se atrevió siquiera el teniente general Whitelocke en la segunda invasión inglesa. Frente a esa bestialidad vino una burrada de igual tenor, el Ministro del Interior, Oscar Albrieu, le sugiere a Perón que para alcanzar el acuerdo con los sublevados traslade a las refinerías de La Plata y Dock Sud a los familiares de los marinos a ver si con sus madres, esposas e hijos se animan a bombardear. No había nada más que hacer.

El general Perón abandonó la lucha. Bajó los brazos. Se fue.
En mi modesta opinión se negó a una guerra civil pues al decir de Félix Luna, Perón, no era un hombre violento. Sin embargo, hasta el día de hoy continúa hablándose de su cobardía, de que se negó a profundizar la revolución, que su programa estaba agotado. Anos se especuló sobre los motivos de su retirada. No se lo escuchó a él o se ignoró su explicación. Lo dijo claramente. Entre la sangre y el tiempo elijo el tiempo.

domingo, 2 de julio de 2017

Guerra Antisubversiva: La historia que no quieren contar los peronistas



La historia que no nos quieren contar


Jorge Fernández Díaz lee un fragmento del libro “Los 70, una historia violenta” del periodista y escritor Marcelo Larraquy sobre la interna peronista en la década del 70.

sábado, 24 de junio de 2017

Argentina: Todavía nos sorprendemos del Peronazismo

El refugio que Juan Domingo Perón brindó a los nazis, una verdad que incomoda
No es extraño que un anticuario de Olivos tenga 75 piezas nazis. Las localidades de Vicente López, San Fernando y Tigre fueron el asilo preferido de los criminales de guerra que ingresaron a Argentina durante el primer peronismo.

Por Silvia Mercado | Infobae
smercado@infobae.com



Rodolfo Freude y Juan Domingo Perón

De ningún modo es una casualidad que un anticuario de la zona norte de la provincia de Buenos Aires tenga en su poder 75 piezas con simbología del régimen nazi. Vicente López, Florida, San Fernando, Tigre fueron refugios para buena parte de los criminales de guerra, miembros de la SS y del partido nazi que vinieron a la Argentina desde 1946, cuando Juan Domingo Perón ganó las elecciones presidenciales, en parte, gracias al respaldo del empresario Ludwig Freude, considerado por entonces el alemán más influyente, incluso más que el propio embajador Edmund von Thermann.

Freude había conocido a Perón cuando éste revistaba en la Agrupación de Montaña de Mendoza, luego de haber pasado tres años en el lado Eje de Europa, tomando contacto con el fascismo y el nazismo en forma personal, y acompañando la avanzada alemana sobre Francia. En su libro El cuarto lado del triángulo, el profesor canadiense de historia latinoamericana Ronald Newton, escribió que "debido a que una de las especialidades más lucrativas de la Compañía General de Construcciones  de Freude era la construcción militar, había logrado desarrollado amplios contactos en el Ejército", incluyendo el joven Perón, ya que estaba construyendo una ruta entre San Juan y Mendoza.

Cuando el Eje cayó derrotado, y el agregado de negocios de la embajada norteamericana, John Cabot, le pidió al presidente de facto Edelmiro Farrell que extradite a Freude (considerado en Estados Unidos un agente nazi), se dispuso su expulsión. Pero el empresario presentó una solicitud urgente de naturalización, buscó defenderse legalmente y pudo zafar.


El filonazi pedófilo Perón y la resentida atorranta de Eva Duarte

Mientras tanto, el coronel Perón también había caído en desgracia y tuvo que presentar la renuncia a sus cargos como vicepresidente de la Nación, ministro de guerra y secretario de trabajo. ¿Dónde se refugió? En la casa de Rodolfo Freude, hijo de Ludwig, en el delta de Tigre, a donde Perón concurrió junto a Eva Duarte. De ahí fue llevado preso días después a la isla Martín García. Meses después, esa misma casa fue escenario, en mayo de 1946, de una pomposa fiesta de cumpleaños de la que ya se había convertido en Primera Dama. Por su lado, el hijo de Freude ya se había transformado en el primer secretario privado de Perón.

Quien más investigó la vasta red de agentes que trabajaron durante el peronismo original para rescatar criminales de guerra fue el periodista Uki Goñi, sobre todo para su excepcional obra La auténtica Odessa. La fuga nazi a la Argentina de Perón, un minucioso esfuerzo documental publicado en el 2002, que demuestra que esa organización, lejos de ser clandestina, trabajaba directamente desde la Casa Rosada.

Investigando en Bruselas los archivos del colaboracionista Pierre Daye, un escritor y "diarista compulsivo" que vivió en la Argentina, Goñi encontró detalladas descripciones de las reuniones del ex capitán de las SS Carlos Fuldner con Perón en la Casa de Gobierno, donde se decidía el listado de nazis que serían rescatados.

Para protegerlos, se puso en marcha un complejo mecanismo que empezaba en Suiza y el Vaticano, continuaba con barcos de la familia Dodero especialmente contratados para la misión  y terminaba en la mismísima Dirección Nacional de Migraciones, que fraguaba documentación y entregaba pasaportes con nombres falsos.

Se facilitaba así el ingreso de los criminales de guerra que en la Argentina pudieron confundirse con el resto de la población y mantener una vida normal. Solo unos pocos colaboraron, además, con el diseño y fabricación de algunas novedades tecnológicas de la época, como el avión Pulqui.


Josef Mengele

De este modo llegaron a la Argentina, entre 1946 y 1950, Josef Mengele, Adolf Eichmann y Eric Priebke, entre los 250 acusados de crímenes de guerra en las cortes europeas y miles de miembros del partido nazi y organizaciones como la SS, muchos de los cuales todavía no pudieron ser identificados.

Habiendo constatado que cada inmigrante tenía un número de legajo, Goñi pidió los archivos de cada uno y comprobó que no estaban, habían desaparecido. "Los habían limpiado". El periodista cuenta que "se armó un gran revuelo, y un día un funcionario me dice, '¿qué quiere que haga? ¿que le admitamos que nos ordenaron quemarlos en 1996? Nunca lo admitiremos'. Aún así hubo información valiosísima. Por ejemplo, que los expedientes de inmigración de Mengele y Priebke tienen números consecutivos, lo que muestra que fueron abiertos por una misma persona, al mismo tiempo".


Adolf Eichmann

Esa fecha, 1996 no puede ser casual. Y valdría una nueva investigación periodística. En 1992, el Ministerio del Interior que comandaba Carlos Corach ordenó por un decreto, el 232/92, "difundir la existencia y contenido" de toda la documentación en poder de los organismos estatales "vinculado al accionar de criminales nazis" en la Argentina. Dos años depsués esa decisión tomaba impulso y en 1997, finalmente, la DAIA publicó el "Proyecto Testimonio", dos tomos, 650 páginas, con 6000 imágenes documentales y 400 fotografías que daban cuenta de los trabajos para trasladar refugiados nazis de Alemania -u otros países de Europa a donde había logrado huir- a la Argentina.

El médico y antropólogo Mengele, tristemente famoso por sus macabros experimentos con prisioneros, vivió en Vicente López, en el barrio de Florida, donde trabajó como comercial de una empresa agrícola. Entre ese trabajo y viajes a Paraguay juntó dinero para comprar una empresa de carpintería y se pudo mudar a una casa más acomodada, en Olivos. Allí es donde lo encontró Simon Wiesenthal, el famoso cazanazis, pero Argentina rechazó la solicitud de extradición bajo la excusa de que ya no vivía en esa dirección. Murió en Brasil en 1979.

Eichmann, responsable directo de la solución final y de los transportes de deportados a los campos de concentración, utilizó el nombre de Ricardo Klement durante su estancia en Olivos, donde alquilaba un inmueble, para luego mudarse a la casa que se construyó en Bancalari (partido de San Fernando), donde trabajó como gerente en la fábrica de automóviles de Mercedes Benz. Tras las dificultades para la extradición de Mengele, fue raptado en la Argentina por un comando israelí en 1960, juzgado en Jerusalén y ejecutado en 1962. Sus últimas palabras antes de ser colgado fueron "¡Viva Alemania! ¡Viva Argentina! ¡Viva Austria!". En ese orden.


Erich Priebke

El oficial de la SS Priebke, responsable de la Masacre de las Fosas Ardeatinas, también vivió un tiempo en el norte de Buenos Aires después de haber logrado huir de su cárcel en Rimini, por la ayuda del grupo ODESSA, que tomó contacto con Fulder y lo hizo ingresar a nuestro país. Luego se instaló en San Carlos de Bariloche, otro de los destinos preferidos por los criminales nazis en la Argentina, donde dirigió el Instituto Cultural Germano Argentino Bariloche y sus colegios primario y secundario, el Instituto Primo Capraro. Cuando en 1994 trascendió su verdadera identidad, Italia pidió la extradición que le fue concedida a los pocos meses. Fue juzgado y murió en la cárcel en 2013.

Que haya peronistas que todavía sigan negando los lazos entre el nazismo y el peronismo original, el vínculo personal entre Perón y muchos criminales de guerra, el crucial aporte de recursos nazis para su llegada de al gobierno, la ausencia de críticas del fundador del movimiento al Holocausto y -por el contrario- el disgusto que expresó en reiteradas oportunidades a los tribunales de Nuremberg, es otra prueba más de la poca tolerancia a la verdad que sigue habiendo en la Argentina.

martes, 6 de junio de 2017

La miserable generación de los 70s que arruinaron un país

Las llamas de los 70 nos siguen devorando
Jorge Fernández Díaz
LA NACION



Era una variante casera de la "bomba vietnamita": setecientos gramos de trotyl en una lata redonda y chata, con cien postas de 9 milímetros, un mecanismo de relojería y una manija para enganchar en el elástico de la cama. La cargaba en su cartera una angelical estudiante de voz cheta, que había nacido en Punta Chica y que bruscamente se había vuelto amiguísima de la hija del jefe de la Policía Federal: el general Cesáreo Cardozo, figura ascendente de la dictadura de Videla y hombre clave en la represión más oscura. Todo había comenzado unos meses atrás en el Colegio María Auxiliadora de San Isidro: la chica le había revelado a un referente de Montoneros a quién tenía por compañera de estudios; la información ascendió la escala interna y la Conducción tomó cartas en el asunto, le ordenó estrechar vínculos y la ayudó a planificar detalladamente el atentado. Ana María González se ganó la confianza de toda la familia, incluso el afecto de Cardozo, y por lo tanto los custodios no le revisaron a ella la cartera cuando pasaron a recogerlas a las dos por el instituto: con armas y sirenas, condujeron a las estudiantes hasta el departamento de su jefe sin sospechar que también trasladaban una bomba en el interior de una lata de perfumes. La secuencia parece extraída de un thriller de Brian De Palma: Anita y su amiga comienzan sus tareas, pero ella al rato pide permiso para hablar por teléfono (había una extensión en el dormitorio de los padres), pasa antes por el baño, activa la bomba, y luego la coloca bajo la cama. Tiene unos segundos de vacilación, porque no quiere fallar y calcula que colgó el "caño" a la altura de los pies: se imagina en ese momento que a pesar de todo Cardozo puede quedar vivo. No quiere correr riesgos. Vuelve entonces sobre sus pasos para reubicar el explosivo a la altura de la cabeza. Después anuncia que se siente mal y que prefiere irse a casa. A las 1.36 de la madrugada del 18 de junio de 1976 sobreviene la explosión: el cuarto del general queda reducido a escombros; su sangre salpica el techo. La hija de Cardozo grita, desesperada: "¡Nos traicionó, nos traicionó!"

El historiador Federico Lorenz, inscripto quizá sin pretenderlo en un nuevo revisionismo de los 70, rescata del pasado este hecho maldito en Cenizas que te rodearon al caer (extraordinario verso de Gelman), un libro flamante que intenta reconstruir la vida enigmática y la muerte nunca aclarada de esa chica paqueta que a través de un novio llegó a las villas y a la militancia revolucionaria, que después de la explosión se volvió tristemente célebre y fue buscada por cielo y tierra, y que era considerada "una santa de la Orga". El asunto condensa todas las contradicciones de una época manipulada por unos y otros, y recientemente glorificada con peligrosa banalidad por el aparato kirchnerista. La víctima era una pieza fundamental del terrorismo de Estado y de un régimen que cometió las peores atrocidades, y la victimaria era integrante de una organización con delirio militarista que pasó a la clandestinidad en democracia, que consagró como metodología el crimen político y que, tal como le admitió Firmenich a García Márquez, apostó al golpe militar: preferían esa dictadura a que continuara la guerra peronista.


Es interesante aunque completamente azaroso que este libro se publique la misma semana en que se desclasificó un decreto secreto firmado por Perón en abril de 1974. Allí el líder del Movimiento disponía la elaboración de un plan para "eliminar las acciones subversivas violentas y no violentas". Las primeras se entienden con claridad; las segundas abren incógnitas, y ambas recuerdan el amplio espectro con que a continuación la Triple A asesinó a simpatizantes y soldados de la JP, y cómo en paralelo, amenazó de muerte y persiguió a simples artistas de izquierda. Ya se sabe: bajo la administración justicialista se perpetraron 1500 ejecuciones y hay registrados 900 desaparecidos en la Conadep. Nadie reclama por esos muertos. El decreto en cuestión tiene una frase donde Perón, por oportunismo o por convicción renovada (venía de largos años en Europa) expone lo que decide atacar y lo que dice defender en esa hora: "El Estado argentino enfrenta la subversión armada de grupos radicalizados que buscan la toma del poder para modificar el sistema democrático pluripartidista".

Este revisionismo permite refrescar la rapidez con que aquellos adolescentes de "familias bien" pasaban de la frivolidad a la idealización de la lucha armada, y el encuentro entre esa vanguardia esclarecida y el peronismo real; una vez mientras Anita disertaba acerca de su repentina preocupación por la pobreza, un compañero de origen humilde estalló y le dijo en la cara: "¡Pero qué mierda hablás de la villa, si nunca pasaste hambre, vos no sabés un carajo de los pobres!" Más adelante, Lorenz la ubica en la columna de "imberbes" que es echada de Plaza de Mayo. Finalmente, durante la admisión regocijada de la Operación Cardozo, cuando Anita da una conferencia de prensa bajo la consigna "Perón o muerte". Ese Perón era, claramente, una construcción ficcional; como lo fue también la Evita revisitada. No les importaba la realidad, sino el obstinado relato que hacían de ella.

Lo cierto es que la estruendosa muerte del general Cardozo resultó una pésima decisión de la cúpula montonera. Ya no se trataba de la acción callejera contra un hombre armado y protegido o del ataque a un regimiento, sino de la infiltración aviesa de una familia para cometer desde adentro un homicidio íntimo. El asunto les vino como anillo al dedo a los jerarcas militares, que se victimizaron y dieron a entender que quienes rompían de tal manera las reglas básicas merecían una cacería sin códigos. El hecho provocó una serie de matanzas y un revanchismo sangriento y torturador, y además desató una opresiva campaña pública de sospecha y vigilancia contra toda la juventud. La guerrilla peronista confirmaba una vez más su mediocridad política y su insistencia en ser funcional a sus más enconados enemigos.

La generación que siguió a los setentistas fue bombardeada, en sus primeros años, por ese atentado icónico e indefendible con el que se pretendía justificar cualquier respuesta. Más tarde denunció la infame maquinaria de exterminio montada desde el Estado y tendió, a lo largo de la primavera alfonsinista, a aceptar que Anita, sus compañeros y sus superiores, se inscribían en aquella épica romántica del Che Guevara. Los últimos juicios a los responsables de la dictadura y la repugnante exaltación de Montoneros, dos operaciones (una buena y una mala) del kirchnerismo, construyeron un nuevo jalón en la conciencia y crearon la necesidad de revisar la historia para empezar a poner las cosas en su lugar. Que es este lugar incómodo, lleno de mentiras y falsos héroes, donde pocos sectores de la sociedad argentina se salvan del infierno de la complicidad. En ese contexto debe leerse Cenizas que te rodearon al caer: su autor cuenta cómo Ana María González vivió para siempre escondida, porque la Orga no quería correr el riesgo de que fuera capturada ni abatida por los militares. El investigador conjetura, con algunas pruebas a la vista, que la chica de la bomba vietnamita fue herida en San Justo, durante un tiroteo casual, y murió más tarde en una casa alquilada por Montoneros: como era un trofeo político, sus camaradas decidieron incendiar la vivienda y carbonizar el cadáver. Esas llamas nos siguen devorando a todos.

sábado, 27 de mayo de 2017

Guerra antisubversiva: Salen a luz los decretos antiterroristas secretos de Perón

El decreto secreto en el que Perón acusó a la "subversión armada" de atacar la democracia "pluripartidista" y ordenó enfrentarla
Fechado en abril de 1974 y desclasificado hoy por el gobierno junto a otro de Isabel Martínez, en él se habla de "conflicto grave" y se dispone elaborar un plan para "eliminar las acciones subversivas violentas y no violentas"

Por Claudia Peiró | Infobae



El decreto secreto por el cual Perón dispone un combate integral contra la subversión armada

"El Estado argentino enfrenta la subversión armada de grupos radicalizados que buscan la toma del poder para modificar el sistema de vida democrático pluripartidista. Firmado: Juan Perón".

En uno de sus últimos actos -murió el 1º de julio de 1974- el entonces Presidente de la Nación comunica la aprobación de "las Directivas para los Conflictos graves nº1 denominado 'Topo' y nº 2 denominado 'Yacaré'". El conflicto grave nº 1 es el que corresponde a la definición del párrafo anterior: el desafío que representaba para el Estado argentino el accionar armado de organizaciones que operaban en el país y que no habían depuesto las armas tras el fin de la dictadura de Lanusse (mayo de 1973).

El decreto secreto nº 1.302, que el actual gobierno ha decidido desclasificar, llevaba la firma de Perón y de su ministro de Defensa, Angel Federico Robledo, e iba destinado a los ministros del Gabinete nacional, al Secretario de Informaciones de Estado, a los Comandantes Generales, al Subsecretario de Planeamiento para la Defensa y al Jefe de Estado Mayor Conjunto.


Los dos decretos presidenciales secretos que el Gobierno dispuso desclasificar

Es un documento histórico de gran importancia porque revela la opinión que tenía el entonces Presidente sobre las organizaciones armadas y su intención de combatir a la subversión con la ley y de un modo integral, no puramente militar.

En el Anexo I del decreto (texto completo en PDF adjunto), titulado "Directiva para el Planeamiento correspondiente al conflicto grave nº 1 Topo", se fija el objetivo: "Eliminar las acciones subversivas violentas y no violentas, las causas que las provocan y consolidar espiritual y materialmente al régimen democrático como ámbito de realización integral del hombre".

La misión encomendada al "equipo interministerial coordinado por el Ministerio del Interior" -a cargo de Benito Llambí– fue la de "elaborar un Plan plurisectorial que prevea acciones sobre la violencia, sobre sus causas y que tienda a fortalecer los valores del sistema democrático".

 El decreto ratifica la opinión lapidaria que tenía Perón sobre los grupos que, a más de un año de reinstaurada la democracia, seguían perpetrando atentados violentos
Explícitamente se menciona a las carteras de Justicia, Economía, Bienestar Social, Cultura y Educación, Trabajo y Defensa como responsables de planificar "una estrategia nacional para superar el conflicto".

Este decreto ratifica la opinión lapidaria que tenía el Presidente de la Nación a esa altura de los acontecimientos sobre los grupos que, a más de un año de reinstaurada la democracia y la vigencia de la Constitución, seguían perpetrando atentados violentos.

El contexto histórico y político de este decreto

Luego del breve interregno camporista (del 11 de marzo al 13 de julio de 1973), se convocó nuevamente a elecciones, esta vez sin la proscripción de Perón, que el 23 de septiembre obtuvo el 62 por ciento de los votos y asumió la presidencia el 12 de octubre.


Perón junto a su esposa Isabel, una copera (escort) que encontró en un prostíbulo de Panamá. Asumió su tercera presidencia el 12 de octubre de 1973, tras ganar las elecciones con el 62 por ciento de los votos

Poco después, y luego de que en enero de 1974 el grupo armado trotskista PRT-ERP (Partido Revolucionario de los Trabajadores – Ejército Revolucionario del Pueblo) asaltara el cuartel militar de Azul (provincia de Buenos Aires), Perón envió al Congreso un proyecto de reforma del Código Penal para endurecer las leyes contra las acciones insurgentes. Esto generó resistencia y críticas de un grupo de diputados ligados a Montoneros.

Perón los convocó a Olivos para reprenderlos, y en público, puesto que hizo transmitir la reunión por TV. Más adelante, el 1º de Mayo de 1974, rompería con Montoneros en la Plaza, por lo que este encuentro fue la antesala de lo que siguió. No obstante, y por cuerda separada, envió emisarios para tratar de disuadirlos de continuar la lucha armada, como lo han relatado varios testigos y protagonistas de la época (1). Una oportunidad que fue desaprovechada por la jefatura de la organización.

Un decreto que contradice el relato

Por mucho tiempo, y en especial al compás de la instalación del "relato" en los últimos años, los Montoneros, sus simpatizantes y sus herederos o continuadores por otros medios se dedicaron a dar una versión edulcorada del carácter y las finalidades de la organización: no habría sido una guerrilla que buscaba la toma del poder por el atajo de la lucha armada -los votos les eran muy esquivos como lo demostró el magro 5% obtenido por Montoneros con el sello Partido Peronista Auténtico en abril de 1975 en la elección provincial de Misiones-; tampoco habría sido un grupo insurrecto que quería instaurar alguna forma de dictadura socialista -inspirados en especial por el modelo cubano-, sino casi una organización de autodefensa frente a gobiernos de facto y que sólo buscaba la vuelta a la democracia.

 El decreto desmiente una versión benévola y edulcorada de los objetivos de la guerrilla
Es esa visión benévola la que este decreto desmiente. Para el tres veces Presidente constitucional de los argentinos, la subversión armada buscaba "la toma del poder para modificar el sistema de vida democrático pluripartidista". El Estado argentino debía defenderse.

José Ignacio Rucci, secretario general de la CGT y uno de los más estrechos colaboradores  de Perón, había sido asesinado por Montoneros el 25 de septiembre de 1973; un hecho que llenó de dolor y rabia al Presidente y que, en opinión de su entorno, lo afectó al punto de acortarle la vida.



José Ignacio Rucci junto a sus hijos. El secretario general de la CGT, un hombre clave en el dispositivo de conducción de Perón, fue asesinado por Montoneros el 25 de septiembre de 1973

Ante los diputados que se negaban a votar sus reformas al Código Penal, Perón aludió a ese asesinato: "¿Nos vamos a dejar matar? Lo mataron al secretario general de la Confederación General del Trabajo, están asesinando alevosamente y nosotros con los brazos cruzados porque no tenemos una ley para reprimirlos".

En este ambiente ya caldeado, el ataque al Regimiento de Caballería Blindada de Azul por el ERP resultó una clara provocación y un desafío a la autoridad del Estado que el Presidente no podía dejar pasar.

 Aniquilar cuanto antes este terrorismo criminal es una tarea que compete a todos (Perón)
"Hechos de esta naturaleza evidencian elocuentemente el grado de peligrosidad y audacia de los grupos terroristas que vienen operando en la provincia de Buenos Aires ante la evidente desaprensión de sus autoridades", dijo Perón al hablar esa misma noche en televisión, y en obvia referencia al gobierno camporista de Oscar Bidegain, que renunciaría como consecuencia de este comentario.

El Presidente eligió aparecer con su traje de teniente general para darle más fuerza al mensaje emitido aquel domingo 20 de enero a las 9 de la noche, al día siguiente del ataque guerrillero. "Aniquilar cuanto antes este terrorismo criminal es una tarea que compete a todos", dijo.

Advertencias que fueron desoídas

Las reformas al Código Penal enviadas al Congreso incluían cambios en la figura de la asociación ilícita y un agravamiento de las penas para la tenencia de armas de guerra.

Los votos de los ocho diputados montoneros no eran necesarios para aprobarlas, por lo que cabe suponer que Perón los convocó con el fin de dar un mensaje de condena a la lucha armada, de advertencia, y también para darles una oportunidad. "Toda esta discusión debe hacerse en el bloque. Y cuando éste decida por votación lo que fuere, ésta debe ser palabra santa para todos (…); de lo contrario, se van del bloque. (…) Por perder un voto no nos vamos a poner tristes".



Perón y el encuentro con el líder de la oposición, Ricardo Balbín (UCR) en su intento de consolidar la reconciliación y unidad de los argentinos

Y agregó: "Con lo que acabamos de ver, que una banda de asaltantes invoca cuestiones ideológicas o políticas para cometer un crimen, ¿vamos a pensar que eso lo justifica? ¡No! Un crimen es un crimen, cualquiera sea el pensamiento o el sentimiento o la pasión que impulse al criminal".

Premonitoriamente, advirtió que había dos caminos para combatir la subversión: dentro o fuera de la ley. Y que el gobierno no quería ponerse al mismo nivel que los insurgentes optando por la segunda alternativa.

"Queremos seguir actuando dentro de la ley -fueron sus palabras- y para no salir de ella necesitamos que la ley sea tan fuerte como para impedir esos males. Ahora bien: si nosotros no tenemos en cuenta a la ley, en una semana se termina todo esto, porque formo una fuerza suficiente, lo voy a buscar a usted y lo mato, que es lo que hacen ellos. De esa manera, vamos a la ley de la selva (…). Necesitamos esa ley, porque la República está indefensa".

Lo que también revelan el decreto secreto y su Anexo es que Perón no pensaba limitar su estrategia a lo penal. El hecho de apelar a todo el gabinete, hablar de "causas" de la violencia y de "consolidar espiritual y materialmente al régimen democrático" demuestra que se proponía dar un combate integral y especialmente en el plano de las ideas. "El Plan Militar sólo será puesto en ejecución por orden expresa del Poder Ejecutivo", dice el punto 7.b del Anexo.

El plan que debía elaborar el gabinete sería "elevado al Poder Ejecutivo antes del 15 de agosto de 1974". La muerte de Perón sobrevino un mes y medio antes.

El decreto secreto 993/75 que firma Isabel Perón un año más tarde dispone, visto el resultado de las tareas desarrolladas por el Equipo de Planeamiento n°2, en cumplimiento de lo dispuesto [por] el decreto secreto 1302/74" [el de Perón], poner "en vigor la Directiva General de Planeamiento". Esta vez, la coordinación está en manos del Ministro de Defensa.



Impresentable: de la cama al poder. Isabel Perón firmó el decreto secreto 993/75, continuación del anterior 

Sucede que, aun después de los contactos con Perón en el 74, lejos de modificar su postura, la guerrilla acentuó la política que la llevaría a un mayor aislamiento y facilitaría su exterminio tras el derrocamiento de Isabel. El 24 de enero de 1974, los ocho diputados renunciaron a sus bancas y el 6 de septiembre de ese año Montoneros pasó a la clandestinidad; una estrategia que contribuyó a pavimentar el camino hacia la opción del combate "fuera de la ley", como Perón les había advertido.

Última revelación importante de estas desclasificaciones: la represión ilegal no puede de ninguna manera encontrar avales en estos decretos secretos.

Quienes condujeron y ejecutaron esa "guerra sucia" están rindiendo cuentas ante la justicia.

Los jefes guerrilleros responsables de haber contribuido sustantivamente a frustrar una ocasión histórica de reencuentro de los argentinos y de plena democracia, declarando la guerra a gobiernos constitucionales de grandes mayorías están a resguardo de toda persecución penal. Pero la historia no los absolverá.


(1) José Amorín en "Montoneros, la buena historia" y Carlos Chango Funes en "Perón y la guerra sucia", entre otros.

LOS DECRETOS SECRETOS DESCLASIFICADOS



domingo, 16 de abril de 2017

Argentina: Perón represor

Los impunes de siempre están de regreso
Jorge Fernández Díaz
LA NACION




Después de haber echado a los Montoneros de la Plaza y antes de encontrarse con su viejo amigo Alfredo Stroessner, Perón se reunió para coordinar acciones con el mismísimo Augusto Pinochet. La presencia del dictador chileno en tierra argentina levantó repudios en las propias filas del peronismo. Irritado por ellas, y muy especialmente por una declaración que firmaban los concejales porteños, el General los paró en seco: "Yo tengo dos funciones, las relaciones exteriores y la defensa nacional, mientras que ustedes, en el Concejo Deliberante, tienen tres: Alumbrado, Barrido y Limpieza".

Contrariamente a lo que se piensa, el último discurso del líder antes de morir no fue en su famosa despedida ("llevo en mis oídos la más maravillosa música"), sino en un cónclave con la dirigencia sindical, cuyos matones ya habían realizado represalias letales contra la izquierda siguiendo sus expresas directivas. El contenido de ese discurso puede leerse en la página 362 del extraordinario libro "Perón y la Triple A", que escribieron Sergio Bufano y Lucrecia Teixidó. Allí Perón instruyó a los caciques de la CGT en la idea de emplear una "represión un poco más fuerte y más violenta". Los sindicalistas obedecieron la sugerencia y recrudecieron sus incursiones ilegales y sus matanzas. Tiene razón Arturo Pérez-Reverte: leer historia no soluciona nada, pero al menos sirve como analgésico para digerir el presente. ¿Cómo pudimos olvidar todas estas graves circunstancias, qué extraño virus social o demencia colectiva hizo que perdonáramos los crímenes de lesa humanidad perpetrados por el justicialismo? Esa misma desmemoria operó desde entonces con pecados menos trágicos pero igualmente destructivos. Una extraña amnesia perdonó el Rodrigazo, el intento de autoamnistía de 1983, el jaqueo con 14 paros y todo tipo de zancadillas que le efectuamos a Raúl Alfonsín, la política entreguista y turbia junto con el indulto y la hiperdeuda externa que caracterizaron la reencarnación noventista, la participación subterránea en la destitución de Fernando de la Rúa, la pesificación bestial, y los 12 años de megacorrupción de Estado, descalabro económico, aislamiento, autoritarismo y florecimiento del narcotráfico. Apenas dos o tres de estas calamidades hubieran bastado para borrar del mapa electoral a una fuerza política en cualquier otro país más o menos evolucionado. Pero ya se sabe: aquí los culpables nunca pagan, y tienen además el descaro de arrinconar a cualquiera que no pertenezca a su rancia corporación y pretenda gobernar, lo que implica casi siempre levantar la hipoteca que ellos mismos dejaron y ligarse los tomatazos de la calle. No todo el peronismo es este adefesio: las innegables conquistas de los años 40 y la renovación intentada por Cafiero, Bárbaro y Bordón todavía inspiran a muchos militantes, y no hemos perdido la esperanza de un peronismo republicano. Pero ese proyecto inestable convive con la "tara autoritaria" (Pichetto dixit) y con un reflejo caníbal según el cual cuando alguien sangra debe ser inmediatamente devorado.

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Las torpezas del Gobierno y la tardanza en la reactivación enardecen a los caranchos. En dos semanas, los triunviros que Cristina combatía y Cambiemos corteja lanzaron un paro nacional; los gremios docentes cortaron abruptamente el diálogo y anunciaron una huelga salvaje; las organizaciones sociales aceptaron y violaron los millonarios acuerdos de diciembre y armaron nueve piquetes por día, y el kirchnerismo y el propio titular del Partido Justicialista pidieron un juicio político contra el presidente constitucional, preocupados por "la transparencia y las instituciones" (sic). Los impunes, con una pequeña ayudita de los desmemoriados y de los vivillos, están de regreso. Peronistas de todos los pelajes y con responsabilidades en distintos tramos de la "década saqueada" o con complicidad indirecta en la quiebra económica, son ahora impiadosos fiscales de quienes tratan de arreglar el mecanismo roto que les legaron. Vamos a decirlo en lenguaje elegante: los argentinos vivimos en una nube de gases, el rojo fiscal sobre el que estamos sentados es de 400 mil millones de pesos e hizo falta pedir prestados 25.000 millones de dólares para poder financiarlo y seguir en Babia. Estamos fundidos, y encima andamos con ínfulas. Pero ¿quiénes fueron los responsables de crear semejante bola de nieve? Los mismos millonarios que en nombre de los pobres se ponen ahora en pie de guerra.

Tampoco hay por qué asombrarse: los libros de historia contemporánea demuestran que después de los fiesteros vienen siempre los pagadores, y que los primeros se dedican a limar a los segundos como si nada tuvieran que ver con el desaguisado ni con los consecuentes dolores y sacrificios. Baradel responde a Sabbatella y los triunviros mayormente a Massa, Pérsico confiesa intenciones políticas detrás de sus movidas callejeras, Gioja y los Suturados de Cristina no han sido capaces de la mínima autocrítica, e Insaurralde, Katopodis y otros prohombres de las nuevas generaciones se abrazaron por fin con Máximo Kirchner y cerraron filas con la Pasionaria del Calafate, en una ceremonia bonaerense que cancela cualquier ilusión renovadora y que confirma una notable falta de escrúpulos, porque pretende convertir las investigaciones judiciales de la democracia en persecución política y porque reivindica a la mayor sospechosa, a su estado mayor corrupto y a su inefable secta del helicóptero. Todos juntos triunfaremos, compañeros; total la Argentina tiene Alzheimer y nadie nos pedirá cuentas. Quienes destrozaron la casa se postulan como plomeros y albañiles de su reconstrucción, para felicidad del pueblo y salvación de la patria.

El gran truco del peronismo es muy conocido; consiste en señalar que sus sucesivos disfraces no le pertenecen. Cristina no era peronista, ni Josecito López ni Boudou ni De Vido ni Jaime. Menem tampoco. Ni Luder ni Isabel ni López Rega ni los Montoneros. Ni siquiera Perón era peronista, con lo que el peronismo siempre está a salvo de sus trastadas y en condición de alumbrar en la próxima estación su verdadera y esplendorosa identidad. Fue interesante leer, en este contexto, un excelente artículo de Fernando "Chino" Navarro que publicó el viernes en este diario, donde defiende con inteligencia la ley de emergencia social. Al final no puede, sin embargo, evitar el malabarismo peronista de autoexculpación. "Es curioso que en un país con familias con una tercera generación sin trabajo -escribe, se le diga al nieto que es mejor que espere a un posible empleo formal cuando son las políticas que defendieron los abanderados del libre mercado las que dejaron sin trabajo regular a su abuelo y a su padre". ¿Quién es responsable de esa familia desgraciada, diputado? Porque la fuerza que más gobernó durante estas décadas de desigualdad fue el peronismo. Si esas políticas son las culpables de la miseria y la demolición de la cultura del empleo, alguna factura debería caerles a los últimos cuatro presidentes peronistas. A menos que pensemos seriamente que Alfonsín y Macri inventaron la pobreza. Hay un agregado fatal: a ese nieto desocupado que menciona lo alcanzó últimamente la maldición del paco y la tentación del tráfico; el kirchnerismo de arcas llenas fue incapaz de devolver a esas familias al sistema y entregó inermes a esos chicos sin destino a la mafia de la droga. No se puede ser a un mismo tiempo el partido hegemónico y el inocente perpetuo de un país quebrado y decadente.

lunes, 20 de marzo de 2017

Biografía: Riphagen, una rata fascista amigo de Perón y Evita

Bernardus Andreas "Dries" Riphagen
La Segunda Guerra




(7 de septiembre de 1909 Amsterdam [Holanda], + 13 de mayo de 1973, Montreux [Suiza]. Fue un conocido delincuente holandés, el cual colaboró con los alemanes durante la SGM, estando involucrado en al menos 200 muertes.


BIOGRAFÍA


Nació en una familia numerosa, siendo el undécimo hijo. Su padre, alcohólico, trabajaba en la Marina. Su madre, falleció a los pocos años de nacer. Poco más tarde, su padre se volvió a casar.

A los catorce años, ya era un adolescente difícil, fue enviado a una escuela de la Marina, donde alcanzó el grado de cadete. Estuvo navegando durante un año. Residió durante dos años en Estados Unidos, donde empezó a tratar con los círculos criminales, aprendiendo de sus métodos, de dónde le vino el sobrenombre posterior de Al Capone, y a la vez, trabajaba en la empresa de petróleo Standard Oil.

A su regreso de los EE. UU., con dieciocho años, Dries se unió al NSNAP (Partido Nacional Socialista de los Trabajadores holandeses), el cual era antisemita y abogaba por la unión de Holanda con Alemania.

Empezó a moverse en los bajos fondos de Amsterdam, donde su ocupación era como proxeneta y ladrón, demostrando una cierta habilidad para moverse en este mundo, asimismo, su pasión era las apuestas, las joyas (principalmente diamantes) y los coches.

Con la ocupación alemana de 1940, no sólo continuó con sus actividades, sino que abarcó mucho más, empezando a colaborar con el SD Sicherheitsdienst Servicio de Seguridad alemán y como miembro de la Oficina Central de Emigración Judía (Zentralstelle für jüdische Auswanderung), primero en La Haya y después en su ciudad natal, junto a los miembros de la familia Olij, Jan, Kees y Sam.

Esto le permitió, junto a sus compinches, introducirse (y ganar la confianza) de los judíos, los cuales estaban a disposición de las autoridades alemanas, lo cual incluía sus propiedades, un filón del cual Dries empezó a aprovecharse con las confiscaciones de propiedades y joyas, con coacciones incluso para que delataran a otros judíos, y él daba a los alemanes, no sin antes llevarse su parte (10%) establecida con éstos, aunque se embolsaba más de lo pactado. tampoco faltaban judíos como agentes encubiertos, los cuales amenazados con la deportación de ellos o de su familia, se infiltraban en la Resistencia.

En 1943, formó parte de la Columna Henneicke, que era un grupo de unos treinta colaboradores holandeses, en su mayoría miembros de los bajos fondos, los cuales se dedicaban (cobrando en metálico por cada judío) a buscar a los judíos que se habían escondido de las persecuciones. En este mismo año, entregaron a las autoridades alemanas más de 3000 judíos holandeses.

Dries atesoraba ya una pequeña fortuna, el cual iba ingresándola en cuentas de Suiza y Bélgica.

En octubre de este año, la columna fue disuelta, acusada de corrupción en su propio beneficio.

Dries se traslada a Assen, donde empieza a trabajar en otra columna (Hoffman) [especializada en ejecuciones y en localizar aviadores aliados que habían sido derribados] y colaborando con el SD de la ciudad. Asesinó al resistente holandés Gerhard Badrian. En esta ciudad, tiene un accidente de coche, donde se lesiona de gravedad en una pierna.

Al finalizar la guerra, empezó a ser buscado por la policía como traidor y por asesinatos de judíos. Al verse acorralado, se puso en contacto con un antiguo jefe de policía de Enschede y miembro de la Resistencia, Wim E. Sanders, para negociar.
No fue entregado a las autoridades locales, pero sí bajo arresto domiciliario, a cambio de información de colaboradores y redes de los alemanes.

En febrero de 1946 escapa, con la ayuda de miembros de la Oficina de Seguridad holandesa BNV (Bureau voor Nationale Veiligheid), en un coche fúnebre, dentro de un ataúd, cruzando la frontera con Bélgica. Posteriormente, estuvo un tiempo recorriendo España.

A mitad de este año, fue detenido cerca de la frontera con Francia, al carecer de documentación, e ingresado en la cárcel, siendo posteriormente liberado bajo fianza, ayudado por algún contacto (se cree que fue un sacerdote español), con la obligación de tramitar su documentación.

Obtiene un pasaporte Nansen (una tarjeta de identidad para los refugiados apátridas), por medicación de un miembro del Servicio de Seguridad holandés, el cual le proporciona ropa y calzado, con la salvedad de que en los talones del calzado, había diamantes.

Cuando estaba a punto de ser extraditado a Holanda, en marzo de 1948, vuela hacia Argentina con un amigo. Al enterarse de su presencia en este país, la Embajada holandesa cursa una solicitud de extradición, pero sólo con los cargos de robo de automóviles y robo, con lo cual las autoridades argentinas denegaron la solicitud, manifestando que ese delito ya había prescrito. Cabe destacar que Dries se había hecho amigo de un miembro de la Corte Suprema de Argentina.

También consiguió acercarse al matrimonio Perón, llegando a tener un puesto como secretario. Se instala en la capital de este país, donde pone en marcha un negocio de fotografía, y a la vez, organizando competiciones de boxeo, a lo que era aficionado desde su juventud, y colaborando con los servicios secretos de Argentina.

Cuando el Presidente del país fue derrocado, Dries viajó a Europa, viviendo en varios países. Su última dirección conocida fue en Madrid (España), en la calle Padilla 4, de alquiler, que pagaba una tal Alicia López García, donde vivía rodeada de lujo y de mujeres adineradas, las cuales le mantenían. (esta dirección fue facilitada por el Servicio de Inteligencia holandés en Londres).

En 1973, se trasladó a una clínica en Suiza, enfermo de cáncer, donde murió. Nunca más volvió a ver a su mujer Greetje ni a su hijo cuando se fue de Europa en 1946.

Su mujer se casó con el hombre que ayudó a su marido a cruzar la frontera con Bélgica, Frits Kerkhoven, ex detective y miembro de la Resistencia, y ésta adoptó a su hijo.

En 2010, dos periodistas holandeses publicaron un libro sobre Dries “Riphagen: de Amsterdamse onderwereld 1940-1945 [solo está editado en holandés] con las declaraciones de su hijo Rob y de otros compinches.

Tres años más tarde, una emisora de radio holandesa realizó una serie sobre su persona.

En 2016, se hizo la película sobre su vida Riphagen por el director Pieter Kuijpers, con guión de Thomas van der Ree y Paul Ene Nelisse, el papel principal fue interpretado por Jeroen van Koningsbrugge, que también lo había interpretado en la serie de la radio.


ALBUM FOTOGRAFICO



Con su hijo Rob






Imagen






Enlace del artículo de la película en este foro: Riphagen



FUENTES


https://nl.wikipedia.org/wiki/Dries_Riphagen
http://www.miguelgarciavega.com/no-hubo ... -riphagen/
http://www.go2war2.nl/artikel/2624/Biog ... phagen.htm
https://www.google.es/

domingo, 5 de marzo de 2017

Perón, el terrorista de Estado

Terrorismo de estado: las culpas de Perón que el PJ calla
Marcelo Larraquy escribe sobre el renovado debate acerca de los ´70. Apunta a la culpa del líder que alentó a la Triple A y persiguió a Montoneros.
Por Marcelo Larraquy
Noticias



Ningún león herbívoro. Perón no fue el viejo bonachón de su propaganda. En la foto, con López Rega e Isabel.

Los años ’70 vuelven como un fulgor inesperado al debate histórico. Basta una frase sobre “la complicidad con la dictadura”, “el accionar de la guerrilla”, o “el número de desaparecidos”, para que la mecha se encienda. Después de los juicios por lesa humanidad contra los militares, en la mayoría de los casos, juzgados y condenados, la evidencia jurídica permitió probar que existió un terrorismo de Estado conducido por las Fuerzas Armadas, que estableció un plan sistemático de represión ilegal.
Quizás el temor de que se pensara que la represión ilegal y la actuación del peronismo y la guerrilla fueran males simétricos evitó ampliar el marco temporal del debate público, que fue limitado al período que arranca con el golpe del 24 de marzo de 1976. O dicho de otro modo, la magnitud del terror que la dictadura militar impuso contribuyó a oscurecer u olvidar el terror que ya se venía ejerciendo desde el Estado, que funcionó como un desordenado ensayo general de la represión militar posterior.
El peronismo lo explicaría como el resultado de la acción mesiánica e individual del secretario y ministro de Perón, José López Rega, o a lo sumo, como la consecuencia de “la lucha interna peronista”.
Pero la Conadep registró alrededor de 1.000 denuncias sobre desapariciones de personas perpetradas durante el gobierno constitucional de 1973-1976, además de los crímenes paraestatales. Este dato a menudo omitido o negado, conduce a una nueva pregunta: ¿cuándo comenzó el terror?
El peronismo –que en su historia desde 1955 a 1973 había sido perseguido, encarcelado y proscripto por gobiernos militares y civiles– buscó excluir al gobierno de Perón de cualquier responsabilidad política.
Sin embargo, para un debate abierto, no habría que prescindir de la revisión de su actuación en relación con los actores centrales del conflicto en los primeros años de la década del ‘70: las Fuerzas Armadas, la guerrilla, Cámpora y la Triple A. Esa es la intención de este artículo.

Los hechos

En 1971, Alejandro Lanusse fue el primer general de las Fuerzas Armadas que decidió dialogar con Perón aún en contra de la opinión de la mayoría de los generales y la totalidad de la Armada. Perón había sido bombardeado, arrojado del poder, desterrado, y además le secuestraron el cuerpo de su esposa. Fue la palabra prohibida por más de 15 años. Pero en el exilio y con el mito permanente de su retorno, ningún gobierno militar o civil pudo construir un orden político estable con su proscripción.
En 1970, el secuestro y crimen de Aramburu desencadenó la caída del gobierno de Onganía –ya golpeado por el “Cordobazo” del año anterior– y los levantamientos sociales provocaron la renuncia del general Levingston. Ambas instancias despertaron a los partidos, que reclamaron el fin de la veda política y elecciones democráticas.
El general Lanusse entendió que era la única salida y para ello era inevitable conocer la opinión de Perón. Necesitaba saber si participaría del proceso de “normalización institucional” y cuál era su posición frente a la guerrilla.
De hecho, el crimen de Aramburu, según lo justificó Montoneros, se había realizado en favor de su regreso. Perón, que no lo había reclamado, tampoco lo desautorizó: “Nada puede ser más falso que la afirmación que con ello ustedes estropean mis planes tácticos porque nada puede haber en la conducción peronista que pueda ser interferido por una acción deseada por todos los peronistas (…)”. Y también avaló la beligerancia para el desgaste progresivo del enemigo. “Organizarse para ello y lanzar las operaciones para ‘pegar cuando duele y donde duele’ es la regla. (…) todo es lícito si la finalidad es conveniente”, escribió a los jefes montoneros. También le escribiría una carta de aliento a Carlos Maguid, detenido por su participación en el crimen de Aramburu: “La hora de la redención de los proscriptos llegará a su tiempo, y en ella, cada uno recibirá su merecido porque no se puede escarnecer a un pueblo, sin que un día ‘se sienta tronar el escarmiento’”.
El coronel Francisco Cornicelli, en un viaje secreto a Madrid como enviado personal de Lanusse, dialogó con Perón en Puerta de Hierro. La conversación fue grabada por ambas partes. Cornicelli, sobre la guerrilla, afirmó: “En este momento hay muchos que masacran vigilantes y asaltan bancos en su nombre”. “Habrá más”, respondió Perón. “Lo seguirán haciendo hasta tanto usted no defina su posición respecto de ellos”, insistió Cornicelli, pero en más de cuatro horas de conversación no logró que moviera una letra de su aval inicial a Montoneros.
Lanusse creía que con la oferta de un retiro político honorable, la devolución del cadáver de su esposa, de su grado militar, las pensiones y los bienes patrimoniales incautados, lograría que Perón apoyara la salida institucional por la vía del Gran Acuerdo Nacional (GAN). E incluso bendijera un candidato propio y se quedara en Madrid.
Perón tenía otros planes
En su dispositivo para el retorno al país, manejó dos variables: presentarse como la garantía de pacificación, con el acuerdo del PJ con los partidos políticos, denominado “La Hora de los Pueblos, como antítesis del GAN; y, por otro andarivel, el apoyo implícito a la “guerra revolucionaria”, sostenida con la consigna montonera “Perón o guerra”, que se ejecutaba con ataques a fuerzas policiales y militares.
Esa coordinación de esfuerzos entre el Movimiento Peronista y la guerrilla fue conjunta y convergían en la conducción estratégica de Perón. La acción de la guerrilla le permitía a Perón mantener el “dedo en el gatillo” en su duelo con Lanusse, en el marco de una posible “trampa electoral” y la negociación por las condiciones de su regreso.
En agosto de 1972, los militares le allanaron el camino: el fusilamiento de 16 guerrilleros en la base naval de Trelew bloqueó la continuidad del régimen militar, incluso por legitimidad electoral, como secretamente aspiraba Lanusse.
Sin aceptar el GAN ni las imposiciones electorales, con la candidatura de su delegado Héctor Cámpora, Perón polarizó la elección del 11 de marzo de 1973: se votaba “peronismo o dictadura militar”; el candidato radical Ricardo Balbín ni siquiera era mencionado como adversario. De este modo, en poco menos de tres años, Perón se convirtió en el “mito unificador”, la gran esperanza para la resurrección argentina en 1973, después de 17 años de inestabilidad política.
Pero bajo la superficie de su victoria frente a las Fuerzas Armadas, emergerían dos distorsiones en su arte de conducción, que hicieron que las cosas salieran mal.
La primera de ellas fue Cámpora. Por su lealtad –que había sido su capital político-electoral–, Perón convirtió al presidente electo en un sujeto vulnerable, sin poder propio, al que manejaba con su ambigüedad. Y no quedaba claro qué quería Perón de Cámpora después de la victoria del 11 de marzo, y tampoco estaba claro cuál sería el rol de Perón durante su gobierno.
Cámpora suponía que, una vez ungido el 25 de mayo, gobernaría él y con el apoyo de Perón. Cuando le preguntaron sobre la posibilidad de un doble poder, la rechazó. “Si ejecutamos toda la inspiración que el General nos transmite, y la que nosotros tratamos de auscultar en él, no habrá doble poder. Y el primero que se encargará de que no lo haya –si está en Argentina cuando el Frente ejerza el gobierno– será el mismo general Perón”. (“Clarín”, 9/3/73).
La otra distorsión en la conducción de Perón fue la guerrilla. Perón sabía cómo crispar a las Fuerzas Armadas, que “tienen la cabeza de florero”, como decía, pero no supo cómo controlar a la guerrilla, tras la descomposición del régimen militar con acciones armadas, boicot o sabotajes.
Perón creía que, después de la victoria, la guerrilla desaparecería. “La violencia popular en la Argentina ha sido consecuencia de la violencia gubernamental de la dictadura militar y, naturalmente, todo nos hace pensar que desaparecidos los sistemas de represión violenta y sus deformaciones hacia el campo de la delincuencia oficial, no tendrán ya razón de ser los métodos violentos que el pueblo puso en ejecución como elemento de defensa de sus derechos conculcados”. (“Clarín”, 15/3/73)
Cámpora no obtuvo el respaldo político de Perón en sus pocos días de gobierno. Ni siquiera lo visitó en la Casa Rosada, como lo hizo con López Rega en el Ministerio de Bienestar Social. La conspiración contra Cámpora ya anidaba desde Puerta de Hierro, con sus reuniones con dirigentes de la ortodoxia peronista, que habían quedado afuera del armado electoral, y luego de su retorno al país, en la casa de la calle Gaspar Campos, donde se gestaría un poder latente dentro del peronismo. Faltaba resolver cómo se iría Cámpora, si con una salida elegante o indecorosa, y para ello Perón eligió la segunda opción. Se sirvió de la matanza de Ezeiza, el 20 de junio, para respaldar a los organizadores –López Rega, coronel Osinde, entre otros– y amenazar al día siguiente “a los que ingenuamente piensan que pueden copar nuestro Movimiento (…), les aconsejo que cesen en sus intentos porque cuando los pueblos agotan su paciencia suelen hacer tronar el escarmiento”.
Ahora, en la visión de Perón, la amenaza de escarmiento no sería para los represores, sino para los que antes apoyaba, la “juventud maravillosa”.
Esta imprevista reconversión pública de Perón desacomodó a Cámpora. Y cuando el Presidente le pidió a Perón su aval para despedir Osinde del Ministerio de Bienestar, y no lo obtuvo, ya no le quedaba margen de acción para gobernar.
No era del estilo de Perón pedirle que la renuncia y la convocatoria a nuevas elecciones; sólo hacía llegar a sus oídos su disgusto por la “situación del país”. Perón dejó que los hechos tomaran su propia dinámica y fuese el propio Cámpora quien, en medio de una reunión de gabinete en el living de Gaspar Campos, subiera a la habitación de Perón y le ofreciera la renuncia, mientras reposaba en una mecedora, convaleciente de un infarto. Camino a su tercer gobierno, la salud de Perón se consumía, pero desde su perspectiva, la consolidación de Cámpora también podría implicar la de Montoneros, que conservaba su autonomía.
La “unidad de acción en la lucha” para el retorno había sido exitosa, pero tras la victoria de marzo se iniciaba una relación nueva, incierta para ambas partes. Pronto emergerían las tensiones. Ya no se sostenía que “Sin Perón no hay pacificación”. No bastaba Perón. Montoneros continuó con sus formas violentas que podía brindarle un mecanismo de guerrilla urbana que no había desactivado: el 5 de abril mató al coronel Héctor Iribarren, jefe de inteligencia del III Cuerpo de Ejército en Córdoba. En un comunicado, explicó las razones: “Con los votos conseguimos el gobierno, pero tanto nosotros como nuestro enemigo sabemos que el poder brota de la boca de un fusil. Por eso, con el mismo fervor con que trabajamos para ganar el gobierno mediante las elecciones, seguimos apoyando nuestras ideas, nuestras organizaciones y nuestras armas en la persecución del enemigo, para impedirle su reorganización y destruirlo”.
No se conoció una reacción pública de Perón. Pero dos semanas después, en las “Instrucciones del Consejo Superior”, dio por terminada la misión del FREJULI, ordenó no modificar las autoridades partidarias, y sobre todo, a través del periodista argentino Emilio Abras, de la agencia EFE, anticipó que con las “Instrucciones…” Perón quería “dar un ‘grito de alarma’ para evitar que a los elementos ‘exitistas” o “arribistas” se infiltren en la estructura peronista e impedir la infiltración en el justicialismo de “elementos disolventes empeñados en entorpecer o hacer naufragar el propósito justicialista de lograr un gobierno de auténtica unidad nacional con participación de todos los sectores políticos patrióticos o populares”. (“Clarín”, 18/4/1973). Diez días después, en un “careo” en Madrid, Perón destituyó a Rodolfo Galimberti de su cargo de Delegado Juvenil, por haber convocado a las “milicias populares”. Galimberti explicaría los alcances a la conducción montonera: “Perón nos bajó a todos”.
En los meses que siguieron, con Cámpora fuera de circulación y Raúl Lastiri como presidente interino, López Rega fue engrosando su guardia armada en el Ministerio de Bienestar Social –ex policías exonerados por crímenes y robos, el primer círculo de la Triple A– y juntó un puñado de jóvenes peronistas –la Juventud Peronista República Argentina (JPRA)– a los que empleó en el Estado para “ganarles la calle” a los montoneros y “defender la doctrina”. El microcine del ministerio fue utilizado como depósito de armas, importadas por contrabando. En agosto de 1973, después de Ezeiza, comenzaron las primeras señales: ametrallamientos, bombas, incendios en unidades básicas de la Tendencia (la izquierda peronista), secuestros, y también algunos militantes muertos en Rosario, San Nicolás y Córdoba. Los “grupos de choque” del sindicalismo también se organizaban: autos, armas y las decisiones sobre posibles “blancos”: delegados de fábricas, militantes barriales.
El enfrentamiento estaba instalado. “En la guerra hay momentos de enfrentamiento, como los que hemos pasado, y momentos de tregua en los que cada fuerza se prepara para el próximo enfrentamiento”, afirmó Firmenich, en una conferencia de prensa, en septiembre.
Perón fue reduciendo la capacidad de maniobra de Montoneros en el nuevo esquema de poder, ahora dominado por la ortodoxia y el sindicalismo, y la fórmula “Perón – Perón”, en la que se cerraban las filas del Movimiento. El justicialismo blindaba la herencia de Perón en la figura de Isabel, en “el peronismo verdadero”.
La intención de Perón de conducir una coalición intrapartidaria –en la que pugnaban proyectos ideológicos contrapuestos– daba señales de fracaso. Perón había agitado las aguas de la violencia contra la dictadura de Lanusse y ahora no podía controlarlas en su propio Movimiento. El clima de enfrentamiento estaba instalado.
Perón advertía que su ala izquierda no tendría espacio en el Movimiento si no se adecuaba a sus directivas. Pero no quería romper con Montoneros: tenía por delante las elecciones del 23 de septiembre de 1973 (ganaría con el 62%). Montoneros, aturdido en la confusión, navegaba en su impotencia política, entre la subordinación y el rechazo a su líder, tampoco quería romper con Perón. Pero, cerrados los canales de comunicación interno, quería llevarle un mensaje: dos días después de su triunfo electoral, mató a José Rucci, su sindicalista más leal, que controlaba el movimiento obrero.
Una semana después, el Consejo Superior Justicialista se declaró en “estado de guerra”. Y esa guerra, desde el Estado, la condujo Perón como presidente.
Las nuevas “Instrucciones” ordenaban: “Deben excluirse de los locales partidarios a todos aquellos que se manifiesten de cualquier modo vinculados al marxismo. En todos los distritos se organizará un sistema de inteligencia al servicio de esta lucha, el que estará vinculado con el organismo central que se creará. Se utilizarán todos los medios de lucha que se consideren eficientes, en cada lugar y oportunidad. Los compañeros peronistas, sin perjuicio de sus funciones específicas, deben ajustarse a los propósitos de esta lucha, haciendo actuar todos los elementos de que dispone el Estado para impedir los planes del enemigo y reprimirlo con todo rigor”.
A partir de entonces, comenzó la purga de funcionarios en municipios, gobernaciones y organismos del Estado, una purga que no admitía matices y contradicciones: el nuevo enemigo eran “los elementos infiltrados”, “los infiltrados marxistas”. Había que detectarlos y depurarlos. “Corresponde a los organismos del Movimiento hacer una limpieza”, aconsejó Perón. (Conferencia de prensa, 8/2/74).
La ley pasó a ser una referencia ambigua. Después del ataque del ERP a un cuartel militar en Azul, en enero de 1974, Perón amenazó con reprimir a la guerrilla en forma ilegal. “A la lucha, y yo soy técnico en esto, no hay nada que hacer más que imponerle y enfrentarla con la lucha. Nosotros, desgraciadamente, tenemos que actuar dentro de la ley, porque si en este momento no tuviéramos que actuar dentro de la ley ya lo habríamos terminado en una semana. Nosotros estamos con las manos atadas dentro de la debilidad de nuestras leyes. Queremos seguir actuando dentro de la ley. Pero si no contamos con la ley, entonces tendremos que salirnos de la ley y sancionar en forma directa, como hacen ellos. Si nosotros no tenemos en cuenta la ley, en una semana se termina todo esto, porque formo una fuerza suficiente, lo voy a buscar a usted y lo mato”.
También prometía el “aniquilamiento cuanto antes del terrorismo criminal” y, para el bien de la República, el exterminio del “reducido número de psicópatas que van quedando”. Perón anticipaba en forma verbal una represión que comenzaba a ejecutarse en forma ilegal desde el Estado. Del mismo modo que no desautorizó la violencia guerrillera frente al coronel Cornicelli tampoco lo haría con los atentados y crímenes de la Triple A durante el gobierno constitucional.
Ese verano del ’74, la consigna de “eliminar al infiltrado” fue asumida por bandas armadas paraestatales, sindicales y agrupaciones de la ortodoxia peronista, como un permiso de impunidad para la acción. El Estado no decía nada. A lo sumo, Perón, cuando se le consultaba por grupos parapoliciales de ultraderecha “que habían volado 25 unidades básicas, que no pertenecen precisamente a la ultraizquierda, y había matado a doce militantes muertos en las últimas dos semanas”, respondía: “Esos asuntos policiales, lo están provocando la ultraizquierda y la ultraderecha; la ultraizquierda que son ustedes (a la periodista) y la ultraderecha que son los otros señores. Arréglensela entre ustedes. El Poder Ejecutivo lo único que puede hacer es detenerlos a ustedes y entregarlos a la Justicia. A ustedes y a los otros”.
Dos días después, a la periodista Ana Guzzetti, –Perón pidió sus datos para iniciarle una causa judicial por su pregunta–, le colocaron una bomba en la casa y fue detenida en Coordinación Federal. A las dos semanas fue liberada. Durante su detención, le escribió una carta al presidente: “General. Usted no ignora mi trayectoria, cuatro veces presa y torturada por luchar, no sólo por la liberación sino también por su retorno. Vi caer compañeros gritando ¡Perón o Muerte! General, mientras usted estaba en Madrid nosotros hicimos la resistencia, pasamos el Plan Conintes, nos tragamos tres dictaduras militares, gestamos los cordobazos, los rosariazos, los tucumanazos, y toda esa lucha, General, no se la vamos a regalar. Nos costó cárcel, torturas, sangre. ¿Qué quiere decirnos? ¿Qué Ramus, Abal Medina, Cambareri, Olmedo, Blajaquis eran infiltrados? Bueno, si usted cree eso lo tendría que haber dicho antes. ¿Se acuerda? Éramos las gloriosas formaciones especiales, los héroes”.
Después de la pregunta, la bomba en su casa, la detención y la carta, a fines de abril de 1974 Guzzetti fue secuestrada “por desconocidos” durante dos semanas. Apareció en un zanjón de la ruta Panamericana, con signos de tortura.
Para entonces, la represión ilegal del Estado había avanzado en su desarrollo con el reingreso del comisario Alberto Villar a la Policía Federal. Fue una decisión presidencial. Perón le pidió que actuara porque “el país lo necesita”. Sabía quién era el comisario Villar porque, durante la dictadura de Lanusse, había reprimido al peronismo. Un día después del regreso de Villar a la Policía Federal apareció la primera lista de “condenados” de la Triple A. Una de sus primeras medidas fue la creación del Departamento de Extranjeros –el embrión del Plan Cóndor– para perseguir a los exiliados de las dictaduras de Chile, Brasil y Uruguay, que luego empezarían a aparecer fusilados en la Argentina, entre tantos cadáveres carbonizados lanzados a la calle.
Fin y principio. Cuando Perón murió el 1 de julio de 1974, de la debilidad de las instituciones devino un vacío de poder que fue agigantado por las Fuerzas Armadas, quienes atizaron más fuego al caos de violencia, y desde marzo de 1976 organizaron un terror más profesionalizado y pulcro, frente a una sociedad que, también vaciada de responsabilidad civil, prefirió cerrar los ojos para no ver más nada. En 1983, un pacto político por la “unidad nacional” del gobierno de Raúl Alfonsín e Isabel Perón, para no generar un clima de tensión que amenazara la estabilidad democrática, se propuso olvidar la represión ilegal entre 1973-1976 para preservar al Partido Justicialista.
Después, en la revisión posdictadura de aquellos años, la historia oficial, la hipocresía política y la necesidad de buscar alguna explicación a tanto terror y tanta muerte, la culpa empezó a centralizarse en la figura de José López Rega y su cerrado círculo de policías, gestores originales, pero no únicos, de la Triple A, que actuaban con el aval del Estado. El peronismo, en cualquiera de sus variantes, trató de desligar a Perón e incluso a su esposa, de sus responsabilidades políticas sobre crímenes que luego la Justicia Federal definiría como “de lesa humanidad”. Prefirieron imaginar a un Perón ausente en los últimos meses de su vida, a una sucesora inexperta dominada por un “brujo” que había ingresado a la intimidad del poder por afuera de las estructuras del Movimiento, y de ese modo dejar en el olvido las complicidades y alianzas que Perón y López Rega cosecharon en el justicialismo para la campaña desde el Estado de la “eliminación del infiltrado”, que luego los militares ampliaron y continuaron a su modo, para “eliminar la subversión”.
*Historiador (UBA) y periodista. Autor de “Los 70. Una historia violenta”.

lunes, 20 de febrero de 2017

Guerra antisubversiva: Mantener la memoria del terrorismo comunista

Por qué es necesario seguir hablando del accionar guerrillero de los 70
Una sociedad que alberga infinitas fabulaciones sobre su pasado nunca podrá calmar los odios y encontrar la madurez que necesita para encarar el presente. 
Por Julio Bárbaro | Infobae
Politólogo y Escritor. Fue diputado nacional, secretario de Cultura e interventor del Comfer.


Montoneros esperan el regreso de Perón en Ezeiza

Somos una sociedad que alberga limitadas visiones del presente pero infinitas fabulaciones sobre el pasado. No es cuestión de buscar coincidencias en el ayer, sería absurdo y carente de sentido. Al menos de intentar calmar los odios y resentimientos que arrastramos para encontrar la madurez de hoy. Hace años escribí un libro que titulé "Juicio a los setenta", tuvo escasa repercusión como todo aquello que busca ocupar el espacio de la cordura en una sociedad donde los bandos suelen terminar imponiéndose. Soy un protagonista privilegiado de aquellos tiempos, aunque por supuesto eso no sirve de mucho para valorar mis conclusiones.

Suelo insistir en que a Perón lo derrocan acusado de autoritario, esos mismos derrocan luego a Frondizi y a Illia, y con Onganía asumen su sueño de una dictadura definitiva. Copian al Franco de España, no al De Gaulle de Francia. Destruyen la universidad, que en ese entonces era conducida por los humanistas, un progresismo de origen cristiano digno de ser reivindicado. Formé parte de la conducción de ese grupo, y vimos de pronto como la violencia del Estado engendraba la de los estudiantes, la confrontación como fenómeno masivo nace en ese momento. Luego viajarán a Cuba, a China y a otros lugares decenas de estudiantes a formarse para la guerra de guerrillas.

El peronismo ni existía en la universidad, solo un pequeño grupo en filosofía. La división era entre marxistas de la FUA y socialcristianos del Humanismo. Años más tarde, con el asesinato de Aramburu, los montoneros, de origen católico, se van a acercar a Perón, y el General, antes de su retorno, les otorga una enorme cuota de poder en el último intento de que la democracia impida la confrontación armada. Fue ahí donde los llama "juventud maravillosa" y le otorga un lugar protagónico a Rodolfo Galimberti, con quien me cansé de discutir con él: ellos nunca dejaron de pensar que Perón no entendía que la violencia era la única salida.

Pero no nos engañemos, los golpes de Estado engendraron semejante violencia, Perón solo intenta integrarlos al gobierno, y los termina expulsando en aquel "qué quieren esos imberbes", después que ellos asesinan a Rucci para romper definitivamente con Perón y la democracia.

Tuve diálogos y debates con los guerrilleros que abarcan una buena parte de mi vida. Me hice responsable del velatorio de los asesinados en Trelew y pasé días en aquella cárcel dialogando con los presos que nunca imaginaron que los íbamos a poder liberar. Y acompañé los dos primeros aviones donde los trajimos de Trelew a esta capital, participé y discutí, siempre estuve en contra de sus sueños de tomar el poder por las armas, nunca dejó de parecerme ridículo.

Insisto en reivindicar el ejemplo de los Tupamaros, ellos hicieron su autocritica y son parte del gobierno y responsables de la pacificación de su país. Ellos supieron transformar sus errores en sabiduría; nosotros soportamos todavía algún resentido que niega sus errores, pero casi ninguno que los haya vuelto enseñanza y coherencia para que esos sueños de justicia social se conviertan al menos en ejemplo de vida.

Como diputado nacional, en aquella débil democracia descubrimos de pronto que la guerrilla había decidido volver a matar. Recuerdo los debates con el ERP que nunca había dejado sus armas, que no asesinaba sindicalistas aunque fueran burócratas pero que albergaba su sueño de enfrentar al ejército con sus formaciones. Los del ERP nunca se acercaron a la política, ellos solo tenían fe en la violencia, en las armas. Hablé y mucho con ellos, siempre me quedaba la amarga sensación de que marchaban consientes al suicidio. Y al no acercarse al peronismo no tuvieron vigencia en su memoria.

A los montoneros Perón les dio poder en la democracia y se cansó de explicarles que una guerrilla nunca podía derrotar a un ejército regular. De pronto comenzaron a explicarnos que necesitaban el golpe de Estado para desarrollar sus fuerzas militares, que el pueblo los iba a acompañar. Ya arrastraban un error garrafal al pensar que ellos permitieron el retorno de Perón, sobre ese error se forjó Ezeiza y toda la confrontación. Aquella reiterada tesis que expresaban como un mantra, "cuanto peor mejor", aquella muletilla ideológica de "agudizar la contradicción". Mantuve un dialogo con ellos hasta el Mundial del 78, hasta que luego me secuestran los militares para exigirme datos que nunca tuve.

La dictadura y el peronismo fueron las dos fuerzas que confrontaron, la dictadura expresaba al poder económico y el peronismo se fue convirtiendo en la vanguardia de la democracia. La guerrilla fue importante, pero no como para considerarse la causa del retorno de Perón. La dictadura se había agotado en sí misma, la guerrilla solo tenía como salida incorporarse a la democracia. Y Montoneros tuvo vigencia por su relación con el peronismo, y Perón los convoca en la lógica de que sean parte de la democracia. Aquel abrazo con Balbín es hoy necesario para heredar lo mejor de aquella coyuntura. Luego, si los demonios fueron dos o uno solo carece de trascendencia. El acierto fue la convocatoria a la unidad nacional en democracia y el error fue la violencia de las minorías. La violencia del Estado es nefasta, pero eso no hace que en democracia la violencia de la guerrilla no merezca ser condenada.