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martes, 31 de octubre de 2017

Nazismo: La oficialidad alemana y sus cambios

Cómo Hitler transformó el cuerpo de oficiales alemanes antes y durante la Segunda Guerra Mundial

Andrew Knighton | War History Online




Por Bundesarchiv - CC BY-SA 3.0 de


Como líder de Alemania, Hitler transformó el cuerpo de oficiales. Trajo sangre fresca al ejército. También creó problemas, algunos de los cuales finalmente condujeron a la debilidad y la violencia.


Antes de Hitler: Trabajando en Versalles

Antes de que Hitler subiera al poder en 1933, el ejército alemán quedó confinado por el tratado de Versalles. El acuerdo, implementado al final de la Primera Guerra Mundial, limitó severamente al ejército alemán. El personal general fue abolido, y el Colegio de Personal cerrado. El ejército estaba limitado a 100.000 hombres en total, y menos tropas significaba menos oficiales. En resumen, Versalles limitó severamente al cuerpo de oficiales.

Una élite accidental

Al hacerlo, los Aliados pretendían debilitar y limitar el grupo de talentos de comando disponibles para los alemanes. En su lugar, fomentaron una élite.


En la limitada economía de la Alemania posterior a la Segunda Guerra Mundial, los empleos seguros eran escasos. El asentamiento de Versalles declaró que los que servían en el ejército tenían que hacerlo durante doce años, una medida destinada a impedir que Alemania creara reservas de soldados entrenados. Hizo soldiering uno de los trabajos más estables. En lugar de ser relegados a trabajar en un ejército disminuido, hombres calificados y educados se sintieron atraídos por él.

El Reichstag estableció un alto estándar para aquellos que solicitan convertirse en oficiales. Como resultado, los mejores y más brillantes de los solicitantes obtuvieron los puestos disponibles limitados.

La fortaleza de la tradición


Muchos de los que se unían al cuerpo de oficiales provinieron de las clases altas. Tenían la educación y las conexiones para entrar y estaban motivados por un fuerte sentido de tradición patriótica.

Esto llevó a un cuerpo de oficiales que era conservador y tradicionalista. Hindenburg, uno de sus representantes más famosos, se detuvo para saludar el asiento vacío del Kaiser largamente destronado en su manera de ver a Hitler tomar el poder.

La cultura fue reforzada por la falta de oportunidades para la promoción o para que los jóvenes se unieran. En 1933, la edad promedio de un coronel alemán era 56.


Expansión

El rearme era una característica clave de la agenda de Hitler. Al tomar el poder, aumentó enormemente el tamaño del ejército, pasando de 7 a 21 divisiones. Se añadieron la artillería, los tanques y la Luftwaffe. En sólo seis años, entre el reclutamiento alemán y la absorción del ejército austríaco, él trajo al ejército hasta 103 divisiones.

Esto llevó a un gran aumento en el reclutamiento de oficiales. La cultura del cuerpo de oficiales se transformó.

Transformación

Los nuevos reclutas tendían a ser muy diferentes de los que habían venido antes. En lugar de los aristócratas que vivían en el campo, provenían de las masas urbanas. Muchos eran miembros del partido nazi y productos de la Juventud Hitleriana. Enérgicos e ideológicamente impulsados, buscaban el cambio sobre la tradición. Abrieron nuevos caminos de lucha y nuevas actitudes hacia la sociedad.

Favorecidos por el establishment político, subieron a través de las filas.

Hitler había hecho que el cuerpo de oficiales fuera mucho más grande, más joven y más dinámico; pero llegó a un precio.


Divisiones


Grandes divisiones surgieron dentro del ejército.

Los nuevos oficiales vieron a la vieja guardia como demasiado conservadora y fuera de contacto con la guerra moderna. Políticamente, los dos grupos también estaban en desacuerdo. Mientras que la elite tradicional alemana trabajaba con los nazis, no era una alianza cómoda. Valoraban la estabilidad y la seguridad y despreciaban a las masas a las que Hitler apelaba.

Las divisiones deliberadas significaron que la coordinación dentro del ejército empeoró. Hitler desarrolló personal militar separado, incluido el suyo propio. El SS emergió como una fuerza militar, distinta del ejército pero compartiendo sus deberes. Haciéndose la conexión clave entre ellos, Hitler controlaba a sus subordinados a través de una estrategia de división y conquista que obstaculizaba la cooperación.

Eliminando la Independencia

Aparte de la expansión y la división, el otro cambio más importante de Hitler fue privar a los militares de su independencia. El Ministerio de Guerra fue abolido en 1938, reemplazado por el propio grupo de Comando Supremo de Hitler (OKW). Él substituyó al jefe conservador de los militares y tomó eventual la posición del comandante en jefe él mismo.

Fue un enfoque que permitió a Hitler supervisar a los oficiales más de cerca y mantenerlos siguiendo su agenda. Sin embargo, al privarlos de la independencia, redujo su capacidad de iniciativa.

Sentimientos de enfermos alrededor de OKW

No es de sorprender que las restricciones a su independencia crearan resentimiento de muchos oficiales, especialmente la vieja guardia. OKW, la voz de Hitler, se convirtió en un objetivo principal del resentimiento.

No ayudó a que los principales oficiales del OKW fueran todos retirados del ejército. Alemania era principalmente una potencia terrestre, por lo que era natural que el ejército proporcionara muchos comandantes de alto rango. Sin embargo, sin incluir la marina de guerra creado resentimiento. Los comandantes de acorazados y submarinos arriesgaron sus vidas luchando contra los Aliados en el Atlántico. Sabían que su perspectiva y preocupaciones eran secundarias a las de sus compañeros de tierra.

Falta de disentimiento

Además de eliminar la independencia de la acción, Hitler ahogó la libertad de expresión. Las voces disidentes fueron fuertemente desalentadas por un régimen que dependía de la intimidación para mantener su dominio. Hitler raramente respondía bien a cualquiera que no estuviera de acuerdo con él.

Algunos oficiales trataron de decirle al Fuhrer cuando pensaban que estaba equivocado. Heinz Guderian lo hizo repetidamente y fue despedido por ello. No era el único.

El antiguo cuerpo de oficiales había sido conformista por la cultura, pero al menos había habido el potencial de expresar opiniones diferentes. Antes de la Primera Guerra Mundial, había desarrollado algunos de los más avanzados y articulados pensamiento sobre la guerra moderna. Bajo Hitler, sólo había la línea del partido y no disentir.

Debilidad y Revuelta

El resultado fue un cuerpo de oficiales que carecía de la independencia para corregir los errores de su líder y la fuerza del carácter para oponerse a él. Un núcleo de talentosos tradicionalistas se sentaba en oposición a una masa más grande, más motivada, pero menos dotada de hombres modernos.

Bajo Hitler, el cuerpo de oficiales alemanes ganó nuevos talentos, ideas y energía. También aumentó el resentimiento y las limitaciones que lo debilitaron y finalmente condujo a los intentos de los oficiales resentidos de asesinar a Hitler.

miércoles, 4 de octubre de 2017

Nazismo: Leni Riefenstahl y su obra dedicada al régimen

La historia de la directora que rechazó el cortejo de Adolf Hitler y se convirtió en la cineasta del régimen nazi

Nunca se aclaró la verdadera naturaleza de la relación entre Leni Riefenstahl y el dictador alemán. Pero una reciente biografía sobre la mujer revela detalles inéditos
Infobae




Hasta el día del encuentro que le cambiaría la vida, Leni Riefenstahl era una joven actriz y directora que buscaba hacerse un lugar en el mundo del cine.

Pero "La luz azul", la película que había recién producido y dirigido, había tenido un espectador de excepción: Adolf Hitler. Deslumbrado, quiso conocer a esa hermosa mujer que, pensaba, representaba el perfecto ideal femenino alemán.



Ella tenía 30 años; él, ya jefe del cada vez más poderoso partido nacionalsocialista, sería nombrado dos años después Canciller de Alemania.

 "Cuando tomemos el poder, usted realizará mis películas", le prometió el Führer a la joven.

Nunca se aclaró la verdadera naturaleza de la relación entre el dictador alemán y quien pasaría a la historia como la "directora de Hitler". ¿Eran amantes, cómplices o estaban simplemente fascinados el uno por el otro?




El misterio no se develó, aunque una escena puede dar una pista.

Ocurrió durante una tarde de primavera de 1932. En la playa cerca de Horumersiel, con vista sobre el mar Báltico, los dos paseaban en la playa.

"Después de un largo silencio se detuvo, me observó durante un largo rato, puso sus brazos alrededor de mi cuerpo y me condujo hacía él. Me miraba fijo con intensidad. Al darse cuenta de que yo estaba a la defensiva, me dejó inmediatamente y se apartó. Entonces lo vi alzar las manos al cielo y gritar solemnemente: '¡No tendré el derecho de amar a una mujer hasta que no cumpla con mi obra!'".



El episodio se lee en la biografía de Jérôme Bimbenet, "Leni Riefenstahl. La directora de Hitler", que cuenta la increíble vida de este personaje que fue una testigo privilegiada de la página más trágica del siglo XX. Es el retrato de una mujer dispuesta a todo y capaz de usar su talento y belleza para obtener lo que quería, realizando obras que -a pesar de su contenido propagandístico- quedaron en la historia del cine e influenciaron a directores de la talla de Steven Spielberg y George Lucas.



Hitler, de hecho, no fue el único líder del Tercer Reich en haber cedido al encanto de Riefenstahl.

Según se lee en la biografía, también el ministro para la Ilustración Pública y Propaganda, el poderoso Jospeh Goebbles, la acosó durante un largo tiempo.

Es probable que a la mano derecha de Hitler -quien controlaba la industria cinematográfica alemana y estaba obsesionado con el sexo– Riefenstahl le haya dado a entender que un día podría haber cedido a su cortejo aunque, al parecer, al final nunca cedió.


Joseph Goebbels, Leni Riefenstahl y Adolf Hitler

Lo cierto es que la frecuentación de los altos mandos nazis dieron sus frutos: Riefenstahl filmó las multitudinarias marchas del partido nacionalsocialista, que se convirtieron en las películas de propaganda "La victoria de la fe" y "El triunfo de la Voluntad".



Pocos años después, llegó su gran éxito: "Olympia", la película sobre las olimpiadas en Berlín de 1936, aún considerada uno de los mejores documentales sobre los Juegos Olímpicos jamás realizados.



Durante la guerra su actividad cinematográfica no se detuvo: filmó las victorias alemanas entre 1939 y 1940 hasta que, con las primeras derrotas, dejó Berlín.

En el libro se cuenta que cuando recibió la noticia de la muerte de Hitler lloró durante toda la noche. Detenida por los Aliados, acusada de ser la amante de dictador, Riefenstahl cayó en depresión y hasta pensó en el suicidio. Después de la guerra, trabajar en Europa se le hizo imposible: por eso, decidió refugiarse en África, lejos de las venganzas y del pasado.



Es "el comienzo de una nueva vida", según dijo. Allí quedó fascinada por la tribu de los Nuba, que retrató en reportajes memorables.


Murió en 2003, a los 101 años, tras haberse casado con Horst Kettner, un colaborador 40 años más joven. Le quedó tiempo, un año antes, de realizar su última película, "Maravillas bajo el agua".

domingo, 3 de septiembre de 2017

SGM: El misterio de Dunkerke

Dunkerque, el último misterio de la II Guerra Mundial

¿Por qué Hitler permitió que las tropas británicas regresasen a casa tras su derrota en Francia?



Decenas de soldados británicos evacuados de Dunkerque llegan al puerto de Dover, el 31 de mayo de 1940. 
GUILLERMO ALTARES | El País




La batalla de Dunkerque es todavía uno de los grandes misterios de la II Guerra Mundial. ¿Por qué Hitler ordenó parar el ataque contra un Ejército en retirada, en muchos casos en barcos que no tenían ninguna protección? Los historiadores mantienen una disputa abierta sobre un episodio crucial del conflicto que arrasó Europa entre 1939 y 1945. Los nazis comenzaron la guerra el 1 de septiembre de 1939, con la invasión de Polonia. Los aliados, Francia y Reino Unido, declararon las hostilidades y entonces empezó lo que se conoce como “la drôle de guerre”, la extraña guerra.


Con una falsa sensación de seguridad, se creían protegidos por la Línea Maginot. Durante casi un año, las potencias europeas estaban enfrentadas, pero no ocurría nada. Sin embargo, en mayo los carros de combate nazis lanzaron una ofensiva imparable hacia el sur y atravesaron las defensas aliadas como un cuchillo en la mantequilla. El 11 de junio París era una ciudad abierta.

Previendo el desastre que se avecinaba, las tropas británicas comenzaron a trabajar a finales de mayo en su evacuación del continente, una hazaña que retrata Christopher Nolan en su última película, Dunkerque. “El Gobierno de Londres empezó a preparar una flota compuesta de casi todo, bote o barco, que pudiese hallarse en sus costas”, escribe Richard J. Evans en su clásico recién reeditado El tercer Reich en guerra (Península). Pese a los ataques de la aviación alemana, 700 barcos llegaron a playas de Dunkerque para llevarse a las islas a todo lo que pudiesen salvar de un Ejército en retirada. 340.000 soldados lograron regresar a Inglaterra gracias a que Hitler personalmente ordenó parar la ofensiva con la opinión en contra de muchos de sus oficiales. “Si no seguimos, los ingleses podrán transportar lo que deseen, delante de nuestras propias narices”, exclamó el mariscal de Campo, Fedor von Bock. Cuando los nazis retomaron la ofensiva, ya era muy tarde y la evacuación había sido un éxito.

¿Quería reservar Hitler sus tropas para llegar a París cuanto antes? ¿Confiaba demasiado en su fuerza después del éxito de las guerras relámpago de 1939 y 1940? ¿Se planteaba llegar a un acuerdo con los británicos antes de empezar la siguiente fase del conflicto, con la invasión de la URSS? ¿Demostró una vez más su incompetencia como estratega? Nunca lo sabremos. La realidad es que el 6 de junio de 1944 alguno de esos soldados desembarcaron en Normandía para echar a los nazis de Europa y tomarse su revancha.

martes, 15 de agosto de 2017

Biografía: Hitler y los autos

Hitler sobre ruedas: no sabía manejar y otras anécdotas automovilísticas del Führer
El Führer no tenía licencia para conducir. La personalidad más terrorífica del siglo XX debía recurrir a sus choferes para el más mínimo desplazamiento. Sus tres autos más distinguidos y la tarea asignada a su conductor predilecto: historias secundarias de Adolf Hitler
Infobae



Adolf Hitler era un apasionado de la industria automotriz: amaba los deportivos italianos y los muscle cars estadounidenses, pero prefería los modelos de Mercedes-Benz

Erich Kempka murió en 1975. Catorce años antes, en 1951, publicó sus memorias con un título sugerente: Ich habe Adolf Hitler verbrannt ("Yo quemé a Hitler"). "No he omitido nada ni nada he añadido, sino que he relatado los hechos históricos tal y como yo mismo los he vivido", pronunció en su declaración jurada. Había incinerado los restos del más temido dictador, luego de que éste se suicidara la tarde del 30 de abril de 1945. Kempka colaboró: transportó los barriles de gasolina hasta la salida de emergencia del Führerbunker, el búnker de Berlín donde Hitler prefirió morir, y ejecutó la cremación.


 Adolf Hitler se suicidó el 30 de abril de 1945, hace exactamente 72 años

Erich Kempka había sido su chofer. Desde 1932 hasta el día de su deceso lo acompañó por más de 120 mil kilómetros de viaje. El Führer seleccionaba metódicamente a su personal. "Muchas veces le oí decir que sus conductores y sus aviadores éramos sus mejores amigos y que en nuestras manos confiaba su vida", publicó. Integró su séquito más íntimo. Con Hitler al poder, fue designado jefe del parque automotor del Führer y ascendido a Sturmbannführer. Supervisaba una flota de cuarenta vehículos y un cuerpo de sesenta operarios, entre conductores y mecánicos. Bajo su dirección se fabricaron decenas de automóviles, en colaboración con la casa Daimler Benz. Pero nunca dejó de ser su chofer personal. Es la historia del hombre que personifica la admiración y pasión de Adolf Hitler por la industria automotriz.

Erich Kempka, a la izquierda del Führer, fue su chofer personal durante trece años y el encargado de incinerar su cadáver
Erich Kempka, a la izquierda del Führer, fue su chofer personal durante trece años y el encargado de incinerar su cadáver
La leyenda reza que contrató a Kempka porque respondió con sabiduría su rigurosa encuesta: "¿Qué marcas de coches ha conducido hasta ahora? ¿Conoce el Mercedes-Benz con motor de compresor de ocho litros? ¿Sabe cuántos caballos tiene? ¿Cómo procedería en una curva en 'ese', sin visibilidad, cuando el cuentakilómetros marca ochenta y aparece otro vehículo en dirección contraria?". Luego supervisó cada elección que agrandara su parque móvil. Amaba los deportivos italianos y los musculosos americanos. Sentía idolatría por Mercedes-Benz. Era un "buen" compañero de viaje y planificaba los traslados con precisión militar. Pero nunca manejó: no tenía licencia de conducir -¿la necesitaba?- y toda su vida se valió de sus conductores para cualquier tipo de desplazamiento.

El primero


Una fotografía de un joven Adolf Hitler junto a su primer automóvil, un Benz 11/40 de 1923

Tipo familiar de 4,6 metros de largo, motor V6 de 2860 cc y 40 CV de potencia, el Benz 11/40 de 1923 fue su primer automóvil. Era un modelo elegante, distinguido, pero lejos de los lujos automovilísticos de la era. No podía superar los 80 kilómetros por hora por una razón sorprendente. En una carta que le escribió a Jakob Ferlin -judío y dueño del concesionario- Hitler evidenció su predilección por el gris y que dudaba de la fiabilidad del motor por las altas revoluciones que alcanza. Explicó en el manifiesto que se conserva hasta la actualidad por qué necesitaba un propulsor modelos: "No podría pagar ninguna reparación grave en dos o tres años".

El modelo costó 18.000 marcos de la época, con el descuento que aprovechó a solicitar en la carta. En aquellos años, Hitler estaba penando una condena por encabezar un frustrado golpe de Estado en la prisión de Landsberg. Allí pasó 264 días, en condiciones ciertamente confortables. Aprovechó para escribir Mein Kampf ("Mi lucha"). "Siempre fue razonable, frugal, modesto y amable con todos, especialmente con los funcionarios. El prisionero no fuma ni bebe, respeta voluntariamente todas las restricciones", escribió el 18 de septiembre de 1924 Otto Leybold, director de la prisión: hablaba de un incipiente político en versión agitador. Hitler posó orgulloso con el modelo a la salida del establecimiento penitenciario.

El preferido



El Mercedes-Benz Grosser 770K model 150 Offener Tourenwagen fue conocido como el “gran Mercedes”

Su máquina preferida. Un Mercedes-Benz Grosser 770K model 150 Offener Tourenwagen, el automóvil alemán más caro de la época, que sólo se fabricaba por encargo. Era una máquina de miedo y poder. Dueña de una belleza siniestra y una figura majestuosa. Fue caratulada como Die Grosser Mercedes ("El Gran Mercedes") por su imponencia y su trascendencia: en él viajaba la personalidad política más transversal del siglo. El modelo escondía compartimentos en los que guardaba decenas de armas y municiones. Era una fabricación artesanal de la compañía Mercedes Benz en Alemania antes de la Segunda Guerra Mundial, y en sus principios había sido destinada como elemento propagandístico.

Su motorización estaba comprometida a su peso. Su carrocería, blindada, incrementó el peso total del vehículo. Su motor de ocho cilindros en línea de 7.700 cc con pistones de aluminio y doble compresor volumétrico, era capaz de erogar una potencia total de 400 CV y viajar a una velocidad máxima de 160 kilómetros por hora. Debieron montar un depósito de gasolina de 300 litros porque su consumo era extremo: demandaba 60 litros a los 100 kilómetros por hora. Por eso sus ingenieros debieron limitar la velocidad a 80 kilómetros por hora, la misma competencia y margen de capacidad de su primer Benz 11/40, aunque con razones de tope sensiblemente diferentes.

El vehículo oficial de Adolf Hitler, testigo mudo de la historia más macabra de la modernidad, se convirtió en una ambigua reliquia del nazismo. El auto fue confiscado, intervino en una subasta, lució como pieza de museo e inspiró The Devil's Mercedes: The Bizarre and Disturbing Adventures of Hitler's Limousine in America, un libro escrito por Robert Klara que narra lo que reza su título: las bizarras y morbosas aventuras de la limusina del Führer.

El elegido



Herman Goering a bordo de un Mercedes 540K Roadster, uno de los modelos más bellos de la firma germana

Según los anales de la historia automotriz, el Mercedes 540K Roadster es uno de los modelos más distinguidos y bellos fabricados jamás por la firma de la estrella. Adolf Hitler, admirador del espíritu de la marca, coincidía: regalaba uno cuando quería galardonar al destinatario. Herman Goering, destacado político y militar alemán y próximo al Fürher, y Eva Braun, amante, novia y esposa de Hitler, recibieron unidades del exclusivo modelo.

Sólo se fabricaron 350 Mercedes 540K Roadster. Pocos pudieron sobrevivir a los saqueos posguerra. Presumía de un capó que cuidaba de un motor de 5.4 litros y ocho cilindros en línea que desarrollaba 180 CV de potencia y propulsaba el vehículo a circular a 180 kilómetros por hora de velocidad punta.

domingo, 18 de junio de 2017

SGM: El intento de asesinato de Hitler

El intento de asesinato de Hitler

William L. Shirer

Un coronel del ejército alemán penetra en el cuartel general de Hitler; coloca una bomba a menos de dos metros del Führer y se retira. Una explosión, llamas, gritos. En este fragmento extraído y traducido de su libro, «The rise and fall of the Third Reich», publicado en 1960, el periodista norteamericano William L. Shirer, analiza las fases del atentado del 20 de Julio de 1944, explicando las razones de su fracaso.


Coronel Klaus von Stauffenberg


El coronel Klaus von Stauffenberg era hombre de una amplitud de espíritu rara en un militar de carrera. Había nacido en 1907 y descendía de una vieja familia aristocrática del sur de Alemania, profundamente católica y muy cultivada. Dotado de una magnífica salud física, von Stauffenberg se forjó un pensamiento brillante, curioso y admirablemente equilibrado. Durante cierto tiempo había acariciado la idea de dedicarse a la música, luego a la arquitectura, pero, a los diecinueve años, entró como cadete en el ejército y, en 1936, fue admitido en la Escuela de Guerra de Berlín. Monárquico de corazón, como la mayoría de los hombres de su clase, no se opuso, por entonces, al régimen nacionalsocialista. Fueron, al parecer, los «pogroms» de 1938 los que sembraron en su espíritu las primeras dudas, que aumentaron cuando vio al Führer, en el verano de 1939, empujar a Alemania a una guerra que podía ser larga y terriblemente costosa en vidas humanas. No obstante, cuando llegó la guerra, se lanzó a ella con su energía característica. Pero en Rusia perdió von Stauffenberg sus últimas ilusiones sobre el Tercer Reich. El inútil desastre de Stalingrado le hizo caer enfermo. Inmediatamente después, en Febrero de 1943, solicitó ser enviado al frente de Túnez. Pero el 7 de Abril, su automóvil voló en un campo de minas y von Stauffenberg resultó gravemente herido. Perdió el ojo izquierdo, la mano derecha y dos dedos de la mano izquierda. Durante su larga convalecencia tuvo tiempo para reflexionar y llegar a la conclusión, a pesar de su estado, que tenía una misión que cumplir en bien de la patria. «Creo que debo hacer algo para salvar a Alemania» –dijo a su mujer, la condesa Nina, que había ido a verle al hospital- «Nosotros, oficiales del Alto Estado Mayor, tenemos todos que asumir nuestra parte de responsabilidad».


von Stauffenberg y su esposa Nina

A fines de Septiembre de 1943, estaba de vuelta en Berlín, en la comandancia general del ejército. Empezó a ejercitarse, valiéndose de pinzas, en la tarea de activar una bomba con los tres dedos de la mano que le quedaban. Hizo mucho más aún. Su personalidad dinámica, la claridad de su inteligencia y su notable talento de organizador, infundieron en los conspiradores una mayor resolución. Los conspiradores, sin embargo, no tenían en sus filas a ningún mariscal en actividad. Se hizo una propuesta al mariscal von Rundstedt, que mandaba las tropas del sector occidental, pero rehusó faltar a su juramento de fidelidad al Führer. El mariscal von Manstein dio una respuesta idéntica. Tal era la situación a comienzos de 1944, cuando un mariscal, muy activo y muy popular, prestó oídos a los conspiradores, sin que von Stauffenberg lo supiera al principio. Era Rommel, y su participación en el complot contra Hitler sorprendió mucho a los jefes de la conspiración. Pero, en Francia, Rommel se había dedicado a frecuentar a dos de sus viejos amigos, el general von Falkenhausen, gobernador militar de Bélgica y del Norte de Francia, y el general Karl Heinrich von Stülpnagel, gobernador militar de Francia. Estos dos generales formaban parte ya de la conspiración antihitleriana y, poco a poco, lo pusieron al corriente de sus actividades en este terreno.


General von Falkenhausen

General Karl Heinrich von Stülpnagel

Después de algunas vacilaciones, Rommel aceptó: «Creo –les dijo- que es mi deber acudir en socorro de Alemania». Y ahora que se acercaba el verano decisivo de 1944, los conspiradores comprendían la necesidad de actuar con urgencia. El ejército ruso estaba casi en las fronteras de Alemania. Los Aliados se disponían a lanzar una operación de gran envergadura en las costas francesas del Canal. En Italia, la resistencia alemana se derrumbaba. Si querían obtener una paz inmediata, que ahorrase a Alemania un aplastamiento y una ruina totales, tenían que desembarazarse lo más pronto posible de Hitler y del régimen nazi. En Berlín, von Stauffenberg y sus conjurados tenían, al fin, sus planes a punto. Los habían reunido bajo el nombre convencional de «Operación Valkiria», término apropiado, ya que las valkirias eran, según la mitología escandinava, cada una de las divinidades con forma de mujer, que se precipitaban sobre los campos de batalla, para designar a los héroes que debían morir en los combates. En el caso presente, era Adolf Hitler quien debía desaparecer. Resulta irónico que el almirante Canaris, antes de su caída, hubiera dado al Führer la idea de un plan Valkiria, destinado a garantizar, por el ejército del interior, la seguridad de Berlín y de las demás grandes ciudades, en caso de una insurrección de los millones de trabajadores extranjeros que vivían maltratados en estos centros. Semejante insurrección era muy improbable –en realidad era imposible-, pues los trabajadores no estaban armados ni organizados, pero el Führer, muy suspicaz en aquella época, veía acechar el peligro por todas partes y, como casi todos los soldados útiles estaban ausentes del país (ya en el frente o ya de guarnición), aceptó fácilmente la idea de que el ejército del interior garantizase la seguridad del Reich contra las “hordas” de los trabajadores forzados. De este modo, el plan Valkiria de Canaris llegó a ser una perfecta tapadera para los conspiradores militares, permitiéndoles elaborar casi a la luz del día unos planes para que el ejército del interior cercara la capital y algunas ciudades como Viena, Munich y Colonia, en el momento mismo en que Hitler fuese asesinado.
En Berlín, la principal dificultad residía en el hecho de que disponían de muy pocas tropas y las formaciones S.S. eran mucho más numerosas. Había también un número considerable de unidades de la Luftwaffe, en el interior mismo de la ciudad y en sus alrededores, que servían las defensas antiaéreas. Estas tropas, a menos que el ejército obrara rápidamente, seguirían fieles a Goering y lucharían por salvar el régimen nazi y colocarlo bajo la autoridad de su jefe, aun cuando Hitler hubiera muerto. Frente a las fuerzas de las S.S. y de las tropas de aviación, von Stauffenberg sólo contaba con la rapidez de las operaciones para asegurar el control de la capital. Las dos primeras horas serían las más críticas. En este breve tiempo, las tropas sublevadas deberían ocupar y defender la central de radio y las dos emisoras de la ciudad, las centrales telegráficas y telefónicas, la cancillería del Reich, los ministerios y los cuarteles generales de la Gestapo. Goebbels, el único alto dignatario nazi que salía raras veces de Berlín, debería ser detenido con los oficiales S.S. En cuanto Hitler hubiera muerto, su cuartel general de Rastenburg se aislaría de Alemania, para que ni Goering, ni Himmler, ni ninguno de los generales nazis, como Keitel y Jodl, pudieran tomar el mando y tratar de incorporar a las tropas y a la policía a un régimen nazi del que tan sólo el jefe habría cambiado. El general Fellgiebel, jefe de transmisiones, cuyas oficinas se hallaban en el cuartel general, se encargó de esta misión. Los planes, pues, estaban listos. A finales de Junio, los conspiradores tuvieron una baza a su favor. Klaus von Stauffenberg fue ascendido a coronel y nombrado jefe de estado mayor del general Fromm, general en jefe del ejército del interior. Este puesto no sólo le ponía en posición de dar órdenes a aquel ejército en nombre de Fromm, sino que le permitía acercarse a Hitler.


General Fellgiebel

Este último, en efecto, había adquirido la costumbre de convocar al jefe del ejército del interior, o a su ayudante, a su cuartel general, dos o tres veces por semana, para pedirle nuevos refuerzos para las divisiones diezmadas que luchaban en el frente ruso. En una de estas entrevistas pensaba von Stauffenberg hacer explotar su bomba.
En la tarde del 19 de Julio, Hitler convocó a von Stauffenberg en Rastenburg. Debía hacer su informe para la primera conferencia cotidiana, que tendría lugar en el cuartel general del Führer, al día siguiente, 20 de Julio, a la una de la tarde. Los oficiales que ocupaban los puestos más importantes en la guarnición de Berlín y sus alrededores recibieron aviso de que el 20 de Julio sería «Der Tag», el gran día. Poco después de las 6,00 hs. de la cálida y soleada mañana del 20 de Julio de 1944, el coronel von Stauffenberg, acompañado de su ayudante el teniente von Haeften, se dirigió hacia Rangsdorf, el aeropuerto de Berlín. En su cartera atestada, entre sus documentos, y envuelta en una camisa, llevaba una bomba con detonador retardado. El aparato despegó y, poco después de las 10,00 hs., aterrizaba en Rastenburg. El teniente von Haeften dio al piloto la orden de que estuviera listo para emprender el vuelo de regreso, en cualquier momento después del mediodía. Un coche del estado mayor condujo al grupo al cuartel general de «Wolfsschanze» (cubil del lobo), situado en un rincón sombrío, húmedo y muy boscoso de Prusia Oriental. No era fácil ni la entrada ni la salida, observó von Stauffenberg. El cuartel general se componía de tres recintos, protegidos cada uno de ellos por campos de minas, reductos de hormigón y una alambrada electrificada; día y noche hacían la ronda patrullas de S.S. Para penetrar en el recinto interior, donde vivía y trabajaba Hitler, hasta el general de mayor graduación tenía que presentar un salvoconducto especial, valedero para una sola visita, y sufrir una inspección individual. No obstante, ellos franquearon fácilmente los tres controles. Una vez en su interior, von Stauffenberg se dirigió en seguida a ver al general Fellgiebel, jefe de transmisiones en el O.K.W., uno de los ejes principales del complot, con el propósito de asegurarse de que el general estaba dispuesto a transmitir sin demora las noticias del atentado a los conspiradores de Berlín, para que entraran inmediatamente en acción. En tal momento, Fellgiebel aislaría al cuartel general del Führer, cortando todas las comunicaciones telefónicas, telegráficas y radiofónicas. Luego von Stauffenberg se encaminó a las oficinas de Keitel, colgó su gorra y su cinturón en la antesala, y entró en el despacho del jefe del O.K.W. Supo por él que tendría que actuar más rápidamente de lo proyectado. Ya era algo más del mediodía cuando Keitel le informó de la llegada de Mussolini en el tren de las 2,30 hs. de la tarde, por lo cual se había adelantado la conferencia cotidiana del Führer, que se celebraría a las 12,30 hs. en vez de a la 1,00 hs. A continuación, von Stauffenberg resumió a Keitel lo que se proponía decir a Hitler y, hacia el final, notó que el jefe del O.K.W. miraba su reloj con impaciencia. Unos minutos antes de las 12,30 hs., Keitel se levantó diciendo que debían dirigirse inmediatamente a la conferencia si no querían llegar con retraso. Salieron de su despacho, pero von Stauffenberg dijo que había olvidado su gorra y su cinturón en la antesala, y dio rápidamente media vuelta antes de que Keitel tuviese tiempo de enviar a su ayudante por ellos. En la antesala, von Stauffenberg abrió con celeridad su cartera, tomó una pinza con los tres dedos que le quedaban y rompió la cápsula del detonador de tiempo. Si no se producía una falla en el mecanismo, diez minutos después exactamente la bomba estallaría. Keitel, se irritó por este retraso y se volvió para gritar a von Stauffenberg que se apresurara. No obstante, como Keitel temía, llegaron con demora. La conferencia había empezado. En el momento en que Keitel y von Stauffenberg entraban en el barracón, el segundo se detuvo un instante en el vestíbulo de entrada para decir, al sargento jefe encargado de la central telefónica, que esperaba una llamada urgente de su despacho de Berlín, de donde tenían que transmitirle una información absolutamente necesaria para su exposición (esto lo dijo por Keitel, que estaba escuchando). Por lo tanto, había que avisarle en cuanto le llamaran. Los dos hombres entraron en la sala. Habían pasado ya cuatro minutos desde que von Stauffenberg rompió la cápsula. Quedaban seis minutos. La habitación era relativamente pequeña, de unos 9 metros de largo por 4,50 metros de ancho, y tenía diez ventanas, abiertas todas de par en par para dejar entrar un poco de aire. Todas aquellas ventanas abiertas iban a reducir, sin duda, el efecto de la explosión. En medio de ese cuarto había una mesa ovalada, de roble macizo, de unos 5 metros de largo. Esta mesa tenía la particularidad de que no descansaba sobre patas, sino sobre dos peanas (bases o soportes) grandes y pesadas, colocadas en sus extremos y casi tan anchas como ella. Este detalle iba a influir notablemente en el desarrollo de los sucesos. Cuando von Stauffenberg penetró en la estancia, Hitler estaba sentado en el centro del lado más largo de la mesa, de espaldas a la puerta. A su derecha estaban el general Heusinger, jefe de operaciones y jefe del estado mayor adjunto del ejército; el general Korten, jefe de estado mayor del Aire; y el coronel Heinz Brandt, jefe de estado mayor de Heusinger. Keitel tomó asiento a la izquierda del Führer; a su lado se hallaba el general Jodl. Había alrededor de la mesa dieciocho oficiales más, de los tres ejércitos y de las S.S. El coronel von Stauffenberg se sentó entre Korten y Brandt, a la derecha del Führer. Puso su cartera en el suelo y la empujó bajo la mesa para apoyarla contra la pared «interior» del pesado soporte de roble. Se hallaba de este modo, a unos dos metros de las piernas del Führer. Eran las 12,37 hs. Quedaban aún cinco minutos. Heusinger continuó hablando, refiriéndose constantemente al mapa desplegado sobre la mesa. Cuando von Stauffenberg salió de la habitación, parece que nadie se dio cuenta, con excepción quizá del coronel Brandt. Este oficial, absorto en lo que decía Heusinger, se inclinó sobre la mesa para ver mejor el mapa, y descubrió que la abultada cartera de von Stauffenberg le estorbaba, probó de empujarla con el pie y, finalmente, la tomó por el asa, la levantó y la apoyó sobre el lado «exterior» del soporte de la mesa, que ahora se interponía entre la bomba y Hitler. Esta circunstancia insignificante, salvó probablemente la vida del Führer y costó la suya a Brandt. «Los rusos –concluía Heusinger- se dirigen con fuerzas importantes desde el oeste del Dvina hacia el norte. Si nuestro grupo de ejércitos que opera alrededor del lago Peipus no se repliega inmediatamente, una catástrofe…». No pudo acabar la frase: en ese momento exacto, 12,42 hs., la bomba hizo explosión; von Stauffenberg estaba a 200 metros de allí, en compañía del general Fellgiebel, ante la mesa de trabajo de este último en el bunker 88. Mientras pasaban lentamente los segundos, su mirada iba ávidamente de su reloj al barracón de la conferencia. De repente, saltó de su asiento, una llamarada y una humareda se elevaron rugiendo –contó después- como si el sitio hubiera sido alcanzado de lleno por un proyectil de 155. Salían cuerpos proyectados por las ventanas y volaban escombros por el aire. En la imaginación sobreexcitada de von Stauffenberg, todos los que se hallaban en la sala de conferencias debían estar muertos o moribundos. Lanzó un rápido adiós a Fellgiebel, que debía telefonear a los conspiradores de Berlín para anunciarles que el atentado había salido bien, y luego cortar todas las comunicaciones hasta que los conspiradores se apoderaran de Berlín, proclamando el nuevo gobierno. Pero von Stauffenberg tenía ahora por objetivo inmediato salir del cuartel general con vida y lo más pronto posible. En los puntos de control, los centinelas habían visto y oído la explosión y habían cerrado inmediatamente todas las salidas. En la primera barrera, situada a unos metros del bunker de Fellgiebel, detuvieron el coche de von Stauffenberg. Este se bajó y solicitó hablar con el oficial de servicio del cuerpo de guardia. En su presencia, telefoneó a alguien –se ignora a quien-, habló brevemente, colgó y volviéndose hacia el oficial le dijo: «Teniente, estoy autorizado para salir». Era un «bluff», pero dio resultado y, según parece, después de haber anotado cuidadosamente en su registro: «12,44 hs. El coronel von Stauffenberg ha franqueado el control», el teniente ordenó a los controles siguientes que le dejaran pasar. A toda velocidad, el automóvil se dirigió al aeródromo, cuyo comandante aún no había recibido la alarma. El piloto tenía en marcha el motor cuando los dos hombres llegaron al campo. Un minuto después, el avión despegaba. Era un poco más de la 1,00 h. de la tarde. Las tres horas siguientes debieron parecer a von Stauffenberg las más largas de su vida. En aquel avión no podía hacer nada, sino tener la esperanza de que Fellgiebel hubiera transmitido a Berlín la importantísima señal, y que sus camaradas de conspiración se hubieran apoderado de la ciudad y enviado los mensajes, previamente redactados, a los comandantes militares en funciones en Alemania y en el oeste. Su avión aterrizó en Rangsdorf a las 3,45 hs. y von Stauffenberg, lleno de confianza, se precipitó hacia el teléfono más próximo para llamar al general Olbricht y saber exactamente lo que había sucedido en el curso de aquellas tres horas de las que todo dependía. Con gran consternación supo que no se había hecho nada. Inmediatamente después de la explosión recibieron una llamada telefónica de Fellgiebel, pero la comunicación era tan mala que los conspiradores no habían entendido si Hitler había muerto o no había muerto. En consecuencia, no se hizo nada.
Pero Hitler no había muerto como pensaba von Stauffenberg. Lo había salvado, sin sospecharlo, el coronel Brandt, al desplazar la cartera al otro lado del pesado soporte de la mesa. Sus heridas no eran graves, aunque se hallaba fuertemente conmocionado. Como un testigo diría más tarde, apenas se le reconocía cuando salió del edificio destrozado y en llamas, del brazo de Keitel, con el rostro ennegrecido, el pelo echando humo y el pantalón hecho jirones. Keitel, milagrosamente salió ileso. Pero la mayor parte de los que se hallaban sentados en el extremo de la mesa, cerca de lugar donde estalló la bomba, estaban gravemente heridos; sólo murió Brandt. En la confusión y alboroto reinantes, nadie se acordó, al principio, de que von Stauffenberg se había escabullido de la sala de conferencias poco antes de la explosión. Se creyó, en los primeros momentos, que se encontraba en el barracón y que debía figurar entre los heridos graves que habían sido trasladados rápidamente al hospital. Hitler, que no sospechaba de él todavía, ordenó que se pidiera información sobre los heridos. Unas dos horas después de la explosión comenzaron a conocerse indicios sospechosos. El sargento primero encargado del teléfono, se presentó para declarar que «el coronel tuerto», que le había dicho que esperaba una llamada de Berlín, había salido de la sala de conferencias y, sin aguardar esta comunicación, abandonó el barracón a toda prisa. Algunos oficiales asistentes a la conferencia se acordaron de que von Stauffenberg había dejado su cartera de mano bajo la mesa. En los puestos de control, los centinelas manifestaron que von Stauffenberg y su ayudante habían salido del campo inmediatamente después de la explosión. Hitler comenzó a sospechar. Una llamada telefónica al aeródromo de Rastenburg aportó un informe interesante: el coronel von Stauffenberg había tomado el avión precipitadamente después de la 1,00 h. de la tarde, indicando como destino el aeródromo de Rangsdorf. Hasta ese momento, nadie había sospechado en el cuartel general, que en Berlín se estaban desarrollando graves acontecimientos. Todos creían que von Stauffenberg había actuado solo. No sería difícil capturarlo, a menos que, como algunos sospechaban, hubiera aterrizado detrás del frente ruso. Hitler, que mostró mucha serenidad todo ese tiempo, tenía otra preocupación inmediata, la de recibir a Mussolini, cuya llegada estaba prevista para las 4,00 hs. de la tarde, por haberse retrasado su tren. Escena rara y grotesca la de ese último encuentro entre los dos dictadores, aquella tarde del 20 de Julio de 1944, contemplando las ruinas de la sala de conferencias, y tratando de persuadirse de que, el Eje que habían formado y que había dominado el continente, no estaba también en ruinas. Aquel Duce, anteriormente tan altivo, aquel hombre a quien gustaba pavonearse, ya era un simple «Gauleiter» (representante del partido nazi) en Lombardía, evadido de su prisión con la ayuda de comandos alemanes, y apoyado únicamente por Hitler y las S.S. Sin embargo, la amistad y la estimación que el Führer sentía por él, nunca se desmintieron, y le recibió con todo el entusiasmo que su estado físico le permitía. Hacia las 5,00 hs. de la tarde empezaron a llegar los primeros informes de Berlín, indicando que había estallado una sublevación militar, la cual posiblemente se extendía al frente del Oeste. Hitler tomó el teléfono y ordenó a las S.S. de Berlín que exterminaran hasta el menor sospechoso. Esta rebelión de Berlín, tan larga y meticulosamente preparada, se había iniciado con mucha lentitud. Entre la 1,15 hs. y las 3,45 hs. no se había hecho nada. Y cuando el general Thiele fue a avisar a los conspiradores que las emisoras de radio iban a lanzar la noticia que Hitler había escapado con vida a un atentado, no se les ocurrió aún que lo primero que había que hacer –y con toda urgencia- era apoderarse de la emisora nacional, impedir a los nazis servirse de ella, y difundir sus proclamas anunciando la formación de un nuevo gobierno. En lugar de ocuparse de ello inmediatamente, von Stauffenberg llamó al cuartel general de von Stülpnagel para que los conspiradores entrasen en acción en París, luego trató de convencer a su superior, el general Fromm (a quien Keitel acababa de comunicar que Hitler estaba vivo), cuya obstinada negativa a unirse a los rebeldes amenazaba seriamente con comprometer el éxito de la operación. Tras una violenta discusión, Fromm fue arrestado en el despacho de su ayudante. Los rebeldes tomaron la precaución de cortar los cables telefónicos de ese cuarto. Poco después de las 4,00 hs. de la tarde, después del regreso de von Stauffenberg, el general von Hase, que mandaba la plaza de Berlín, telefoneó al comandante del batallón escogido de la guardia Grossdeutschland, en Doeberitz, para ordenarle que tuviese preparada su unidad y que se presentara inmediatamente en la Kommandantur de la avenida Unter den Linden. El comandante del batallón, recientemente nombrado, se llamaba Otto Remer e iba a jugar un papel primordial en aquella jornada, aunque no el que esperaban los conjurados. Estos lo habían sondeado, puesto que iban a confiar a su batallón una misión muy importante, pero se contentaron con saber que era un militar sin opiniones políticas y que ejecutaría sin discutir las órdenes que le dieran sus superiores. Remer alertó a su batallón, de acuerdo con las instrucciones recibidas, y se dirigió apresuradamente a Berlín para recibir las órdenes particulares de von Hase. El general le anunció el asesinato de Hitler, la inminencia de un «putsch» S.S., y le dio instrucciones para que aislara totalmente los ministerios de la Wilhelmstrasse y la Oficina central de seguridad S.S. situada en el mismo sector, en el barrio de la estación de Anhalt. A las 5,30 hs., Remer, actuando con gran celeridad, ya había cumplido su misión y se presentó en la Kommandantur para recibir nuevas instrucciones. Pero en el Ministerio de Propaganda, Goebbels acababa de recibir una llamada telefónica de Hitler, informándole del atentado de que había sido víctima, y ordenándole que difundiera, lo antes posible, un comunicado anunciando que dicho atentado había fracasado. En ese mismo momento, advirtió que las tropas se apostaban alrededor del ministerio. Goebbels, entonces, llamó con urgencia a Remer, quien, por su parte, había recibido la orden de detener al ministro de propaganda. Así pues tenía la orden de apresar a Goebbels y el ministro se lo había facilitado, pidiéndole que fuera a verlo. Remer fue con veinte hombres al Ministerio de Propaganda y a continuación, revólver en mano, su ayudante y él entraron en el despacho del más alto dignatario nazi que estaba entonces en Berlín, para arrestarlo. Goebbels sabía hacer frente a las situaciones críticas; recordó al joven comandante el juramento de fidelidad que había prestado a Hitler. Remer replicó secamente que Hitler había muerto. Goebbels le respondió que el Führer estaba vivo, pues acababa de hablar con él por teléfono, y podía demostrarlo. Pidió una conferencia urgente con Rastenburg. El error cometido por los conspiradores al no apoderarse de la red telefónica de Berlín, iba a conducirlos al desastre. En un minuto estaba Hitler al aparato. Goebbels tendió el auricular a Remer: -«¿Reconoce usted mi voz?»-, preguntó el Führer. ¿Quién no iba a reconocer en Alemania aquella voz ronca, oída centenares de veces por la radio? Dicen que el comandante, al escucharlo, se cuadró en el acto. Hitler le ordenó reprimir la rebelión, y obedecer únicamente las órdenes de Goebbels y de Himmler, a quien enviaba a Berlín para que tomara el mando del ejército del interior. El Führer ascendió a Remer a coronel. Esto fue suficiente. Remer acababa de recibir órdenes de arriba y se apresuró a ejecutarlas con una energía de que carecían los conspiradores. Retiró su batallón de la Wilhelmstrasse, ocupó la Kommandantur de la avenida Unter den Linden, envió patrullas a detener a las unidades que pudieran estar en marcha hacia la capital y se encargó personalmente de descubrir el cuartel general de los conjurados, para detener a sus jefes.


Mayor Otto Remer

Comenzaba el último acto. Poco después de las 9,00 hs. de la noche, los conspiradores, defraudados en sus esperanzas, escucharon estupefactos por la radio que el Führer se dirigiría al pueblo alemán. Unos minutos después, se enteraban de que el general von Hase, que mandaba la plaza de Berlín, había sido detenido, y que el general nazi Reinecke, apoyado por las S.S., se había puesto al frente de todas las tropas de Berlín, para asaltar el puesto de mando de los rebeldes situado en la calle Bendlerstrasse. La enérgica acción emprendida inmediatamente en Rastenburg; lo rápido de la reacción de Goebbels; la movilización de las S.S. en Berlín, debido en gran parte a la sangre fría de Otto Skorzeny; la confusión y la inacción increíbles de los rebeldes de la Bendlerstrasse; hicieron que gran número de oficiales, a punto de unir su suerte con los conspiradores, cambiaran de opinión. Hacia las 8,00 hs. de la noche, después de cuatro horas de reclusión en el despacho de su ayudante, el general Fromm pidió autorización para retirarse a su propio despacho, situado en el piso inferior. Dio su palabra de honor de no intentar huir ni establecer ningún contacto con el exterior. El general Hoepner accedió a ello y, además, como Fromm se quejara de tener hambre y sed, hizo que le llevasen unos sandwiches y una botella de vino. Poco antes habían llegado tres generales de estado mayor, que se negaron a unirse a la rebelión, pero que solicitaron hablar con su jefe, el general Fromm. Inexplicablemente fueron llevados ante su presencia, aunque seguía arrestado. Fromm les dijo, inmediatamente, que había una puertecita de salida en la parte posterior del edificio y, faltando a la palabra dada a Hoepner, ordenó a los generales que fueran en busca de refuerzos, se apoderaran del edificio y reprimiesen la rebelión. Lo generales así lo hicieron. Asimismo, un grupo de oficiales del estado mayor de Olbricht había empezado a sospechar que la rebelión corría hacia el fracaso, y comprendieron que si ésta realmente fracasaba, a ellos los colgarían sin darles tiempo a cambiar de idea. A las 10,30 hs. de la noche estos oficiales solicitaron hablar con el general Olbricht. Querían saber exactamente lo que él y sus amigos pensaban hacer. El general se los dijo y se marcharon sin discutir. Veinte minutos más tarde, volvieron a presentarse seis u ocho de ellos y, con las armas en la mano, pidieron a Olbricht más explicaciones. Cuando von Stauffenberg acudió ante el escándalo, lo arrestaron. Como intentara escapar, echando a correr hacia el pasillo, dispararon sobre él, hiriéndolo en un brazo. Luego cercaron la parte del edificio que había servido de cuartel general a los conspiradores. Beck, Hoepner, Olbricht, von Stauffenberg, von Haeften y Mertz fueron metidos a empujones en el despacho vacío de Fromm, donde éste no tardó en aparecer, empuñando un revólver: -¡Muy bien, señores! –dijo-. Ahora voy a tratarlos como ustedes me han tratado- Pero no lo hizo.
-Depongan las armas –ordenó-. Están ustedes arrestados-
-No se atreverá usted a arrestar a su antiguo jefe –respondió tranquilamente Beck echando mano a su revólver-. Esto es cosa mía-
Beck apretó el gatillo para suicidarse, pero la bala no hizo más que rozarle la cabeza. Se desplomó en un sillón, sangrando ligeramente. -¡Ayuden a ese anciano!- ordenó Fromm a dos oficiales jóvenes, pero cuando quisieron quitarle el revólver, Beck protestó, pidiendo que le dieran otra oportunidad. Fromm accedió. Luego, volviéndose hacia los otros conspiradores, les dijo: -Señores, si ustedes tienen que escribir alguna carta, les concedo aún unos minutos- Olbricht y Hoepner se sentaron a escribir unas palabras de despedida para sus esposas. Mertz, von Stauffenberg, von Haeften y los demás, permanecieron en silencio. Fromm salió de la estancia. Volvió al cabo de cinco minutos para anunciar que, «en nombre del Führer», había formado un «tribunal militar» (no existen pruebas de que lo hiciera) y que éste había sentenciado a muerte al coronel del Alto Estado Mayor, Mertz; al general Olbricht; al general Hoepner; a ese coronel cuyo nombre no quiero acordarme (von Stauffenberg) y al teniente von Haeften. Los dos generales, Olbricht y Hoepner, estaban aún ocupados en escribir a sus mujeres. El general Beck yacía desplomado en su sillón, con el rostro manchado de sangre. -¡Y bien, señores! –dijo Fromm, dirigiéndose a Olbricht y Hoepner-, ¿están ustedes listos?- Hoepner y Olbricht terminaron sus cartas. Beck, que empezaba a recobrar el ánimo, pidió otro revólver. Se llevaron a von Stauffenberg y a los restantes «sentenciados». En el patio, a la luz de los faros oscurecidos de un coche militar, los oficiales «condenados» fueron rápidamente fusilados por un pelotón de ejecución. El coronel Klaus von Stauffenberg murió gritando: «¡Viva nuestra sagrada Alemania!».
Había pasado la media noche. La única rebelión importante que hubo contra Hitler, en los once años y medio transcurridos desde el advenimiento del Tercer Reich, fue sofocada en once horas y media. Otto Skorzeny llegó a la Bendlerstrasse al frente de un grupo S.S., prohibiendo inmediatamente que se procediera a nuevas ejecuciones (como buen policía quería someter a los detenidos a tortura para conocer la ramificación del complot). Esposó a los conspiradores, enviándolos a la prisión de la Gestapo, y dio orden de recoger los papeles que los conspiradores no hubieran destruido. Himmler, llegado de Berlín poco antes, había establecido temporalmente su cuartel general en el ministerio de Goebbels, y telefoneó a Hitler para anunciarle que la rebelión había sido reprimida. En Prusia Oriental un camión-radio rodaba a toda velocidad por la carretera de Königsberg a Rastenburg para que el Führer pronunciase por radio aquel mensaje que el «Deutschlandsender» anunciaba incesantemente de las nueve:

«¡Camaradas alemanes! Si me dirijo hoy a vosotros, es para que oigáis mi voz y sepáis que no estoy herido y también para que os enteréis que acaba de cometerse un crimen sin precedente en la historia. Una camarilla de militares ambiciosos, irreflexivos, estúpidos e insensatos, ha urdido un complot para eliminarme, y conmigo al estado mayor del alto mando de la Wehrmacht. La bomba colocada por el coronel conde von Stauffenberg ha estallado a dos metros de mí, hiriendo gravemente a varios de mis fieles y leales colaboradores y ha matado a uno de ellos. Yo sólo he sufrido algunos arañazos, contusiones y quemaduras superficiales. Este suceso es para mí la confirmación de la misión que me ha confiado la Providencia. Los conspiradores no constituyen más que un pequeño grupo que no representa a la Wehrmacht, y mucho menos al pueblo alemán. Se trata de una banda de criminales, y todos serán exterminados implacablemente. Los trataremos de la forma en que nosotros, nacionalsocialistas, hemos tratado siempre a nuestros enemigos».
Hitler cumplió su palabra. Una oleada de persecuciones asoló al país. El Tribunal del Pueblo se mantuvo en sesión permanente durante seis meses. Fueron ejecutadas cerca de 5.000 personas. Rommel fue el único de todos los conspiradores que tuvo derecho a un trato especial. Hitler, a pesar de su furor, se daba cuenta de que la detención del más popular de sus mariscales, causaría agitación y malestar en el país. El 14 de Octubre, dos generales, Burgdorf y Maisel, fueron a ver a Rommel, convaleciente en su casa de Herrlingen de la grave herida que había sufrido en Normandía. Una hora después, el mariscal se reunió con su mujer y le expresó lo siguiente: -«He venido a decirte adiós. Dentro de un cuarto de hora habré muerto. Sospechan que he tomado parte en la tentativa de asesinato contra Hitler. El Führer me deja escoger entre el veneno o el juicio por el Tribunal del Pueblo. Han traído el veneno. Dicen que obrará en tres segundos. No temo ser juzgado públicamente, pues puedo justificar todos mis actos. Pero sé que no llegaré vivo a Berlín»-. Eligiendo el suicidio, sabía que su mujer y su hijo no serían molestados. Un cuarto de hora después, el mariscal Erwin Rommel había dejado de existir.

Fuente
Gran Crónica de la Segunda Guerra Mundial













sábado, 3 de junio de 2017

SGM: Casamiento y suicidio de Hitler

Casamiento, cianuro y dos tiros: a 72 años del final de Adolf Hitler y Eva Braun
Se conocieron en una escena de comedia de Hollywood y murieron juntos como en una ópera de Wagner. Él le llevaba más de veinte años. Lo acosaba la oscura historia de otra amante que se suicidó a los 23, pero de la que se sospecha que él pudo ser el asesino. Eva también intentó suicidarse por celos
Por Alfredo Serra | Especial para Infobae




"Mis ojos cayeron primero sobre Eva. Estaba sentada, con las piernas estiradas y la cabeza inclinada hacia Hitler. Sus zapatos estaban debajo del sofá. Junto a ella, Hitler, muerto. Sus ojos estaban abiertos. Su cabeza se había inclinado levemente hacia delante".
(Testimonio de Rochus Misch, guardaespaldas del füher, en su libro "El último testigo de Hitler")

La última escena: 30 de abril de 1945, mientras el Ejército Rojo estaba apenas a trescientos metros del impenetrable bunker, y los soldados rusos esperaban cobrarse con sangre su millón de muertos en la batalla de Stalingrado.

Pero la primera escena de esa historia estuvo muy lejos de la última, digna de una ópera de Wagner. Como un clishé de una comedia romántica de Hollywood: una chica subida a una escalera y un hombre mirando con codicia sus piernas. Fue una tarde de 1929, en Múnich. La chica, en la escalera, archivaba unos papeles, cuando entró un hombre e hizo lo mismo que el galán del film: quedó estático mirando las blancas y bien formadas piernas.

Él es Adolf Hitler, 40 años, austríaco, pintor fracasado. Sus infantiles acuarelas no pasaron el examen de la academia de arte. Pero imagina un futuro colosal. Ya lidera el Partido nacionalsocialista (o Partido nazi), aspira a ser Canciller de Alemania –lo logrará en 1933–, y se siente amo absoluto de un mundo que hará volar en pedazos para instalar la dictadura de la raza aria. Nada menos.

Ella es Eva Anna Paula Braun, nacida en Baviera, hija de una familia católica de clase media. Padres: Friedrich y Margarete Franciska. Un matrimonio casi perfecto, de novela rosa: el género literario preferido de Eva –también las novelas del Lejano Oeste–, que además intenta tener el cuerpo de una walkiria, una de las doce diosas de la guerra que servían a Odín, amo del Universo, según la mitología nórdica. Esforzada nadadora, también esquía, patina, hace gimnasia, alpinismo, ciclismo. Pero su intelecto no crece: hoy sería juzgada como una rubia tonta. Completa su educación en un colegio de monjas. En Baviera, ninguna joven es bien mirada, una dama, si no ha pasado por esos claustros. A los 17 busca trabajo. Empieza como mecanógrafa, y poco después entra al taller y estudio fotográfico de un tal Heinrich Hoffmann, donde aprende a usar cámaras de fotos y filmadoras. Algo que al final del camino será clave para una reconstrucción de su vida íntima con Hitler.



Poco después de la escena de la escalera, Eva le escribe a una prima: "Y de pronto apareció un señor de cierta edad –tenía 40–, con un gracioso bigotito y un gran sombrero de fieltro, que se presentó como `el señor Wolf´". En alemán, "lobo".

Lobo que se obstina en conquistar, como al mundo, a Eva.

Lobo que viene de una relación muy oscura con su media sobrina Angela María (Geli) Raubal, hija del ama de llaves de Hitler.

Empieza a vivir con ella en 1925. La obliga a dejar sus estudios de Medicina. Descubre que tiene una relación con su chofer, Emil Maurice, y los celos lo transfiguran. La convierte en una prisionera. Ella, en cartas, denuncia que Hitler es "un perverso sexual que me obliga a hacer cosas repugnantes". En 1931, a sus 23 años, la encuentran muerta: balazo en el pulmón disparado por la pistola Whalter de su tío. La policía dictamina "suicidio". Pero su familia jamás creyó en esa versión. ¿La hizo matar Hitler, o fue él quien apretó el gatillo? ¿Lo hicieron sicarios de nazis que la odiaban porque alejaba al führer de la política?

El enigma jamás se aclaró.



La obsesión del "tío Wolf" por Eva es de ida y vuelta. Hitler le lleva más de treinta años, pero ella decide ser su amante casi de inmediato. Al principio, sus encuentros son furtivos: los jerarcas del partido la detestan porque aparta al jefe de su trono político. Y, para colmo, saben que a ella le repugna la política. Nada sabe del tema, no tolera charlas ni discusiones de ese tenor en su presencia, y esa actitud se mantendrá hasta el final de los dieciséis años que pasaron juntos… hasta cierto punto. Antes y después de 1939, año en que tropas nazis invaden Polonia y siguen su monstruoso avance sobre toda Europa, Eva vive casi en soledad, leyendo novelas baratas y fascinada con el cine romántico.

Modelo tomado de su familia, es la perfecta ama de casa –con Hitler y sin él– en el departamento de Berlín y en el Berghof (Nido del Águila), la magnífica casa en las montañas de Berchtesgaden que su amante hace construir para vivir sus últimos años, cuando la cruz esvástica flameara en todo el vasto mundo…



Eva, su amante y su esclava, recién describió su fanático amor por Hitler después del fallido atentado contra él en la Guarida del Lobo, un lugar secreto en el bosque urdido para las reuniones con su Estado Mayor.
El coronel y conde Claus von Stauffenberg planeó matarlo –decisión compartida por altísimos oficiales ante la inminente derrota– el 20 de julio de 1944 (Operación Valquiria) con una bomba oculta en un portafolio, pero Hitler, segundos antes, se alejó hasta un extremo del salón, y quedó ileso.

Al enterarse, y en su diario, confesó: "Desde nuestro primer encuentro juré seguirte a donde fueras, aún hasta la muerte. Sólo vivo para ti, mi amor". Pasión que, al principio de la relación y ante el desfile de mujeres que acosaban a su amante, la arrastró a un intento de suicidio. Pero el siniestro galán del bigotito la consoló comprándole un lujoso departamento amueblado a toda vela.

En el corazón de Berlín, Hitler hizo construir un bunker de cemento armado y acero. Refugio inexpugnable, servía de iglesia, salón de banquetes y hotel para Eva y Adolf. Pero los días del Tercer Reich, aquella locura de poder y muerte, empezaban su cuenta regresiva.

Desde el 14 de abril, el avance del Ejército Rojo sobre Berlín fue a tambor batiente: los cohetes Katyusha llovían sobre Berlín, la ciudad que el führer soñó como la futura capital del mundo. Salvo sus íntimos, como Joseph Goebbels, refugiados en el bunker hasta el final, la mayoría de generales y coroneles huyó en estampida.

Mientras, Eva escribía cartas… "Se oye el tronar de los cañones, no hay teléfono, no es posible huir en coche, hay bombardeos continuos. Pero estoy feliz por estar junto a él, y cada día que pasamos juntos es una victoria".

El 26 de abril, desde las hilachas del Alto Mando, el führer recibe la noticia fatal: no llegarán los refuerzos que esperaba. El Tercer Reich ha caído.
Le ofrece a Eva una escapatoria: el sur de Alemania o la embajada de Italia. Pero ella se niega. Si hay que morir, morirán juntos.

Hitler redacta su testamento, y dicta un párrafo inesperado: "Puesto que creí durante los años de lucha que no podía asumir la responsabilidad de formar un matrimonio, he decidido ahora, al fin de mi tránsito por el mundo terrestre, convertir en mi esposa a la mujer que, después de años de fiel amistad, llegó por su propia voluntad a la casi cercada ciudad para compartir su destino con el mío. Por deseo mío, se dirige a la muerte siendo mi esposa".

En el ocaso del 28 de abril, un servidor de Hitler le anuncia que fue imposible encontrar un funcionario del Registro Civil para concretar la ceremonia. "Encontramos uno, pero no tenía formularios", dice. En el derrumbe, no llega ni siquiera un mísero papel.



Sin embargo, antes de la medianoche los casa un jefe menor del Ministerio de Propaganda al que mandaron buscar en un auto blindado.

Los novios salen de su cuarto tomados de la mano. Hitler está pálido. Su mirada, perdida. Viste un traje arrugado: el mismo con el que durmió algunas horas durante el día. Lleva la Cruz de Oro del Partido nazi, la Cruz de Hierro de primera clase, y la insignia de los heridos en la Primera Guerra Mundial. Eva, demacrada, viste un traje azul marino y un sombrero gris. Se sientan. La sala –paradoja– es uno de los lugares de reunión donde se decidía el destino del planeta. Martin Borman, lugarteniente y perro fiel de su führer, preparó la sala para el acto corriendo algunos muebles. Alguien presta dos alianzas. Les quedan grandes. Pero es el único símbolo que tienen.

La ceremonia no pasa de los diez minutos.

El 29, las tropas rusas están a cien metros del bunker. La resistencia nazi es mínima. Disparan hasta unos niños con sus escopetas para matar pájaros.

Adolf y Eva no vuelven a salir de su cuarto. El 30, a las tres de la tarde, se oyen dos disparos. La pareja está muerta. Primero han tomado una pastilla de cianuro –método de Hitler para que se suicidaran los militares que creía traidores– y después se han pegado un tiro en la cabeza.

Seis soldados cumplen la última voluntad del jefe. Llevan los cuerpos a los jardines de la Cancillería (el palacio donde Hitler alcanzó la cumbre política en enero de 1933), los tiran a una fosa, los empapan con cien litros de gasolina, y una enorme hoguera los vuelve cenizas.

Sobre las ruinas de la calle resuenan las botas de los soldados rusos. Cae el telón sobre cincuenta millones de muertos.

jueves, 13 de abril de 2017

SGM: Hitler vivía drogado

Hitler fue inyectado rutinariamente con cocaína, metanfetamina y opiáceos
Por Eric Spitznagel - The New York Post
Hitler fue inyectado rutinariamente con cocaína, metanfetamina y opiáceos


Adolf Hitler es recibido por los partidarios en Nuremberg en 1933. Getty Images

Cuando pensamos en Adolf Hitler, tendemos a imaginarlo como el dictador furioso, que incita a la gente. Pero "Blitzed: Drogas en el Tercer Reich" pinta un cuadro muy diferente, uno de un adicto completo que apenas podía presentarse a reuniones militares sin sus inyecciones regulares de cocaína, metanfetamina y opiáceos. En una de las escenas más desgarradoras del libro, el autor Norman Ohler describe cómo "las venas de Hitler estaban tan destrozadas" a finales de 1944 que incluso su médico personal "difícilmente podía penetrarlas".

Cuando finalmente logró romper la piel, "en realidad hizo un crujido de ruido."


Algunas de las mejores historias se leen como escenas de una comedia de la película de la deshuesadora. Cuando Hitler visita su casa de montaña de vacaciones en Obersalzberg - "su nube congelada-cuco-tierra", escribe Ohler - él pasa su tiempo libre viendo cuervos y realizando "su uso de imitaciones de los sonidos producidos por las diferentes ametralladoras utilizadas en la Segunda Guerra Mundial . "Ohler deja que la escena visual se juega en tu cabeza y luego ofrece," Ya sea que lo hizo tan alto o no, no podemos decir. "

Hitler estaba lejos de ser el único adicto nazi. De acuerdo con Ohler, que estudió cientos de archivos federales alemanes, gran parte de la Alemania nazi - tanto soldados como civiles - estaba en lo alto de Pervitin, una forma de píldora de metanfetamina que prometió "integrar shirkers, malingerers, derrotistas y whiners". Por una fábrica de fármacos de Berlín, rápidamente atrapó con el público en general. Ayudó a las secretarias a escribir más rápido. Los bomberos lo usaron para sentirse más heroico, y las madres jóvenes tomaron las píldoras para protegerse de los azules bebés. Se convirtió, Ohler escribe, "tanto de un accesorio como una taza de café."

La droga pronto se notó por el ejército alemán, que ordenó 35 millones de dosis de Pervitin para los soldados que avanzaban en Francia en 1940.

Con efectos como fuertes sentimientos de invencibilidad y poder, y la capacidad de ir semanas sin dormir, ayudó a inspirar el "indomable espíritu de lucha aria" que a Hitler le gustaba presumir.

Entre el otoño de 1941 y la segunda mitad de 1944, Hitler apenas disfrutó de un día sobrio.
Esos efectos son la misma razón por la que Hitler fue personalmente atraído por Pervitin, entre otras drogas, pero sus dependencias de drogas no ocurrieron de la noche a la mañana. Comenzó en 1941 con inyecciones de esteroides y hormonas animales - tanto por ser vegetariano - para ayudar con su disminución de energía y problemas digestivos. Pero a medida que la guerra se tornaba más estresante y la victoria menos segura, necesitaba una patada más grande. Estaba perdiendo el carisma y la inquebrantable confianza en sí mismo que lo convertía en un líder tan poderoso.

El médico personal de Hitler, Theodor Morell, era un chiquillo extraño de hombre que llevaba un "uniforme de fantasía basado en sus propios diseños", parpadeaba en las direcciones equivocadas (sus párpados cerrados desde abajo) y estaba dispuesto a inyectar casi cualquier cosa Las venas de Hitler si el Fuhrer le sonreía.

Morell poco a poco comenzó a añadir ingredientes a sus inyecciones diarias - Hitler obtuvo su primer sabor de oxycodone antes de una gran reunión con Benito Mussolini - y Hitler eventualmente comenzó a depender de la "sensación (s) que correspondía tan perfectamente a su propia imagen de grandeza - Y esa realidad ya no se suministra ", escribe Ohler.


Hitler probó oxicodona por primera vez antes de una gran reunión con Benito Mussolini.Getty Images

Una de las historias más memorables de "Blitzed" no tiene nada que ver con las parcelas militares para la dominación del mundo. Es sólo otro romance sobre un hombre y una mujer y su entusiasmo compartido por los opiáceos. Eva Braun insistió en seguir a la droga de Hitler para droga, para estar "en la misma longitud de onda que su amante," que aparentemente condujo a una cierta intimidad unhinged. Después de regresar de "noches de citas" en Obersalzberg, Hitler rechazó los exámenes físicos de su médico para que no viera las "heridas en su cuerpo por el comportamiento sexual agresivo de Eva", escribe Ohler.


Eva Braun insistió en tomar las mismas drogas que Hitler, para estar "en la misma longitud de onda que su amante". Getty Images

A medida que pasaban los años, Hitler descendió más hacia sí mismo y su adicción, dice el libro.

"En su aislamiento, todo el placer y la energía recibidos previamente de la atención de una muchedumbre que animaba tenía que ser substituido por los productos químicos," Ohler escribe. "Entre el otoño de 1941, cuando empezó a recibir inyecciones de hormonas y esteroides, y la segunda mitad de 1944, Hitler apenas disfrutó de un día sobrio".

Al menos hasta que no tuvo otra opción. Aunque se cree ampliamente que Hitler sufría de la enfermedad de Parkinson durante los últimos días de su vida, Ohler especula que estaba sufriendo los síntomas de la abstinencia. Le guste o no, Hitler fue finalmente obligado a ir frío Turquía.

miércoles, 4 de enero de 2017

Biografía: Un libro muestra a un Hitler menos loco

Un Hitler más normal

Una biografía sobre la vida del Führer, desde su nacimiento hasta 1939, reabre el debate sobre el ascenso de los líderes populistas


Luis Doncel - El País



Hitler, con uniforme militar en 1915. 


Han pasado 71 años desde su suicidio en Berlín, y el interés por Adolf Hitler no decae. Al contrario, su figura despierta cada cierto tiempo nuevas oleadas de atención. Y todo apunta a que asistimos a una.

En la biografía que publicó en 2013, el autor alemán Volker Ullrich (Celle, 1943) quiso ahondar en la personalidad del protagonista. Frente a otras obras centradas en el contexto político y social, él miró a los ojos del gran genocida. El libro fue recibido con reparos por los críticos alemanes: no veían novedades sustanciales y, sobre todo, dudaban de la conveniencia de presentar un Hitler demasiado cercano. ¿Hasta dónde se puede humanizar al monstruo? Mejor recepción ha tenido este año la versión inglesa. The New York Times la alabó como una “fascinante parábola shakesperiana”. Sin mencionar su nombre, la reseña del Times sugería paralelismos con el presidente electo de Estados Unidos, Donald Trump. Ullrich también detecta parecidos entre ambos.

Desde su casa de Hamburgo, este periodista que dirigió durante 20 años la sección de historia del semanario Die Zeit insiste en la importancia de volver sobre la personalidad de Hitler. “Sin él, no se tomaba ninguna decisión importante en el Tercer Reich”. Y asegura que estos días, cuando en todo el mundo triunfan líderes autoritarios y carismáticos, interesa aún más responder a la pregunta fundamental: ¿cómo pudo ocurrir?

¿Por qué pensó que el mundo necesitaba otra biografía de Hitler? “La escribí desde el convencimiento de que este tipo de políticos está de vuelta. Son los que saben cómo movilizar los miedos y esperanzas de la gente en épocas de crisis. Eso lo entendió Hitler como nadie durante la República de Weimar. Se presentó como el mesías que devolvería la grandeza a Alemania”, asegura.

Ullrich no aspira a ofrecer una imagen novedosa de la que quizás sea la persona más escudriñada del siglo XX. Pero sí trata de añadir matices; y deshacer algunos tópicos. Como la idea de que el líder nazi no tenía vida más allá de la política. “Historiadores como Joachim Fest e Ian Kershaw cayeron víctimas de la escenificación que Hitler hizo de sí mismo como alguien que renuncia a sus necesidades y se entrega a la misión histórica de servir al pueblo alemán. En realidad, tenía una vida privada muy rica. Pero oculta”. Cada época ha tenido su biografía de Hitler. En los años cincuenta apareció la de Alan Bullock, que lo presentaba como un oportunista sediento de poder sin ideología. Dos décadas más tarde, Fest ahondaría más en su psicología. Y, por fin, Kershaw dibujaría en los años noventa un impresionante retrato en el que añadía el sustrato social que explica el éxito del tirano.
La crítica alemana recibió el libro con reparos por ofrecer una imagen muy cercana de su protagonista
Es indudable que Hitler se benefició del menosprecio de sus coetáneos. Pero no solo fueron ellos. Ullrich acusa a otros historiadores del mismo error. “Mucha gente se pregunta cómo una persona inculta y mediocre pudo llegar tan alto. La premisa es que era alguien del montón. Y no es así. Tenía cualidades insólitas. No solo la demagogia y la facilidad para hablar ante las masas. También poseía un gran talento como actor. Podía presentarse de forma totalmente distinta en función de las circunstancias”. Sus dotes camaleónicas le permitían hablar “como un sabio estadista en el Reichstag; como un hombre moderado ante los empresarios; o frente a las mujeres como el padre bienhumorado que ama a los niños”.

Aquí llegan las semejanzas —y diferencias— con Trump. Entre las primeras, Ullrich señala un “carácter egocéntrico con tendencia a mezclar la mentira con la realidad”, la promesa de volver a hacer grandes sus respectivos países o la capacidad de ambos de valerse de los medios de comunicación. “Aunque veo más sofisticado y táctico a Hitler”, añade. Las diferencias también son enormes. En primer lugar, Hitler nunca obtuvo la mayoría absoluta en unas elecciones democráticas (fue designado canciller por el presidente de la República en enero de 1933 tras haber sido su partido el más votado con el 33% de los votos, pero lejos de la mayoría absoluta en el Parlamento). En segundo lugar, el NSDAP era un partido totalmente centrado en su Führer. “Trump lanza proclamas xenófobas y machistas. Pero no sabemos si lo piensa de verdad o es solo retórica electoral. Esa duda también surgió con la llegada de Hitler al poder. Se pensaba que el cargo le moderaría. Al principio de su mandato se presentó como un hombre de paz, aunque ya entonces pensara en la guerra”.

El primer volumen, titulado simplemente Ascenso, termina en 1939, con el 50º cumpleaños del tirano. El periodista trabaja ahora en la narración de los seis años posteriores. Ullrich describe la “naturaleza dual” de Hitler, que aunaba energía criminal con una personalidad amable, incluso atractiva. ¿Le diagnosticaría un psiquiatra alguna dolencia mental? “Era más normal de lo que desearíamos. En sus crímenes, fue absolutamente excepcional. Pero como hombre, en sus gustos y costumbres, no se salió demasiado de la norma. Sería muy cómodo quitarse a Hitler de encima describiéndolo como un sociópata criminal. El peligro es que así no podremos entender cómo logró un poder de atracción tan monstruoso entre los alemanes”.

Una opinión parecida tenía Leni Riefenstahl, la directora de cine de cabecera del Tercer Reich. “Ni puedo ni quiero olvidar ni perdonar las cosas terribles que ocurrieron en su nombre. Pero tampoco quiero olvidar el enorme efecto que causaba en la gente. Esto haría las cosas demasiado fáciles para nosotros”, escribió en los años setenta la mujer que supo plasmar como nadie los ideales de belleza del nazismo. Esta impresión positiva también llegó a diplomáticos europeos y personas ajenas a su círculo, a los que asombraba como un anfitrión encantador y culto. Sin formación académica, pero lector empedernido —otro aspecto que lo separa de Trump— tenía una memoria extraordinaria.

Ullrich descarta como totalmente indocumentadas las especulaciones sobre la supuesta homosexualidad o los problemas en los genitales del Führer. Aquí, una vez más, la normalidad es la regla. Aunque parezca que hasta los 30 no tuvo relaciones sexuales, lo que dio pie, como cuenta el libro, a que sus compañeros en la I Guerra Mundial se burlaran de su virginidad. “Entonces no era extraño lo que hoy nos parece un desarrollo sexual tardío. Cuando volvió a Múnich tras la guerra se puso al día muy rápido. Y desde finales de los años veinte tuvo una relación de lo más normal con Eva Braun. Ni perverso ni sádico”, concluye.
El autor considera que Hitler y Trump comparten “un carácter egocéntrico” con tendencia a la mentira
Pese al alud de datos e informaciones sobre su vida, Hitler permanece en esta biografía como un enigma. “Tenía muy pocos amigos en los que confiara. Siempre mostró mucha distancia con la gente. Y además tenemos muy pocos documentos personales. Podemos acercarnos a su misterio, pero nunca lo descifraremos”.

La pregunta fundamental sigue sin respuesta. ¿Cómo pudo ocurrir? “Hitler se benefició de una constelación única de crisis que aprovechó de forma inteligente y sin escrúpulos”, escribe Ullrich. Pero esto no explica cómo un país rico y culto lo permitió. “Tuvo una relación simbiótica con el pueblo alemán. Nunca habría llegado al poder si no hubiera explotado ideas profundamente arraigadas en la tradición cultural del país: nacionalismo extremo, profundo antisemitismo, resentimiento contra el parlamentarismo y la democracia… Alemania era caldo de cultivo para este tipo de políticos carismáticos”, concluye.

martes, 25 de octubre de 2016

SGM: Breaking Bad Nazi Style

"Polvo para marchar" Nazi: Hitler tenía soldados haciendo metanfetamina
New York Post


Adolf Hitler en Munich en la primavera de 1932. Foto: Getty Images


El dictador nazi Adolf Hitler estaba drogado y animó a sus soldados a hacer metanfetamina durante su reinado, un nuevo y explosivo libro de reclamaciones.

Con los registros del médico de Hitler Dr. Theodor Morell, autor Norman Ohler sostiene que el dictador se basó en un cóctel de drogas, incluyendo la cocaína, la heroína, la morfina y la metanfetamina.

Hitler era un adicto a la derecha hasta que se retiró a su búnker por última vez en 1945 y se mató, Ohler afirma.

"Podría detectar tres etapas de la intoxicación de Hitler a partir de (1936-1941)," Ohler dijo a la BBC Radio 4.

"Tomó vitaminas y glucosa por vía intravenosa en dosis altas, no sé si eso es el consumo de drogas consideradas ya, y cuando la guerra contra Rusia empeoró en octubre de 1941, se volvió a los esteroides y productos hormonales, extracto de hígado de cerdos y cosas por ese estilo".

"Cosas bastante desagradables se metieron en sus venas."

Ohler dijo Hitler comenzó a abusar opiáceos hacia 1943.

"Su droga favorita era Eukodal, un primo de la heroína que tiene un potencial mucho más alto de lo que se eufórico", dijo.

El libro de Ohler, "Blitzed," afirma soldados de Hitler también se encendió alborotos por la droga.

fármaco de elección de los soldados era Pervitin, conocida hoy en día como la metanfetamina, y Ohler dijo que era la única cosa que les ayudó a superar el cansancio.

"El abuso de la metanfetamina de cristal por el ejército alemán muestra el enemigo número uno no era el británico, el francés o rusos, que era la fatiga," Ohler a BBC Radio 4.

"El ejército alemán estaba tratando de ganar la batalla contra el sueño, es por eso que utilizan metanfetaminas."

"Al principio, se hizo maravillas en el ataque a la campaña occidental contra Francia y Gran Bretaña, Polonia y, se puede ver exactamente cómo se utilizó metanfetamina."

Ohler dijo justo antes de la ofensiva occidental de Hitler el 10 de mayo de 1940, se entregaron 35 millones de dosis de Pervitin a los soldados.

Pervitín era tan fácil de conseguir como cualquier otro medicamento hasta 1939, y Ohler a la emisora ​​alemana Deutsche Welle se convirtió en el fármaco de elección en Berlín.

"Al igual que las personas beben café para aumentar su energía, la gente tomó un montón de Pervitin en todos los ámbitos", dijo Ohler.

La empresa que patentó en 1937 Pervitin quería que competir con Coca-Cola.

Ohler dijo a Deutsche Welle el fármaco mantendría el ejército durante días y se utilizó por primera vez cuando Alemania invadió Polonia Sudetes y una y otra vez cuando Alemania atacó a Francia en 1940.

Ohler dijo a Deutsche Welle que Hitler realmente no tomó Pervitin a sí mismo, y en su mayoría utiliza Eukodal.

"En el otoño de 1944, cuando la situación militar era bastante mala, utilizó esta fuerte medicamento que le hizo eufórico, incluso cuando la realidad no estaba mirando eufórico en absoluto", dijo Ohler.

"Los generales le decían, 'Tenemos que cambiar nuestra táctica. Tenemos que poner fin a esto. Vamos a perder la guerra ', y que no quería oírlo. "

"Tenía el Dr. Morell le dan los medicamentos que lo hacían sentirse invulnerable y en la parte superior de la situación."

Si bien era ampliamente conocido que los soldados tomaron Pervitin, y fue muy aceptado, nadie sabía que Hitler estaba abusando de opiáceos en privado.

Ohler dijo, sin embargo, que mucha gente sospechaba que mantenía algún tipo de secreto.

"Hubo algunos intentos de hacer Morell descubrir lo que dio a Hitler, pero él se negó. Era un secreto entre los dos hombres, "dijo.