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domingo, 20 de agosto de 2017

Biografía: La cripta de Bouchard

La cripta del corsario
Jorge Fernández Díaz

Investigación de Roberto Ulloa sobre el final de Hipólito Bouchard




Pocas vidas tan extraordinarias como la del corsario Hipólito Bouchard, más propia de la literatura que de la realidad.
Pero no menos asombrosas fueron las circunstancias misteriosas de su muerte en el desierto del Pacífico y la secular peregrinación de su cuerpo hasta volver a Buenos Aires.
Esta es la historia de sus últimas horas y de la búsqueda de su tumba vacía.
Repasemos los hechos conocidos de su vida; fue pescador, soldado, revolucionario, comerciante, granadero, padre, corsario y agricultor. Sus patrias fueron Francia donde nació, Argentina donde tuvo sus hijas y Perú donde murió.
Por las tres batalló en el mar y propagó las ideas de la revolución.
Brown y San Martín lo eligieron para el combate, o quizás el los eligió a ellos para pelear a su lado; un soldado siempre sabe quién no lo defraudará en la hora.
Thomas Cochrane fue su acérrimo enemigo; también el británico estaba a su altura. En algún momento de su vida cambió su nombre Paul por Hipólito y fue conocido por este.
Vivió en el mar gran parte de su vida; fue un hombre duro como su época. O quizás más.
El hecho capital de su vida fue el largo corso circunnavegando el mundo al mando de la fragata “La Argentina”. Con aquellas singladuras épicas Bouchard definió la palabra corsario y entro a la historia.
Sabemos que el Congreso del Perú recompensó su esfuerzo libertador con una Hacienda en San Javier, Nasca.
Hacia 1829, desembarcó de la goleta La Joven Fermina que llevaba el nombre de su hija a la cual nunca conoció y partió al desierto.
No hay registro alguno de esa travesía, pero nada nos impide reconstruirla y la amable literatura perdonará ciertas imprecisiones.
Es probable que el corsario haya navegado desde el puerto militar de El Callao hasta el puerto de Pisco para ahorrar jornadas de viaje en carreta.
Al desembarcar debió hacerse de caballos, porteadores y guías para el tramo final; podemos suponer que algún camarada de armas fue su ocasional compañero de aventura.
Sabemos que viajó armado con su viejo sable, vestido con su levita azul de uniforme y cargando dos valijas; en ellas transportaba un anteojo largavista, un octante, algo de ropa y sus libros; entre ellos las Ordenanzas de la Armada Real en dos tomos y la edición de Meditaciones Cristianas escritas por el príncipe de Hohenlohe.
Curiosa debió ser esa caravana encabezada por un marino que transitaba una senda secundaria del Camino del Inca para adentrarse hacia la cordillera.
Los mapas peruanos de la época indican que sus postas naturales fueron el Tambo Colorado; luego Huacachina -el oasis en el desierto- y finalmente Palpa. Desde ahí debió seguir hacia el sur a la vera del Río Grande hasta llegar al Ingenio San Javier.
Podemos imaginar su alivio cuando vio el verde emerger entre el desierto en las dos márgenes del Río Grande.
También podemos imaginarlo desensillando frente a la puerta de la monumental iglesia del fundo en cuya periferia se alzaba San Javier; entonces una aldea de casas de adobe.
Un medallón esculpido con el escudo de la Compañía de Jesús prefiguraba a los jesuitas que habían sido expulsados de América.
Parado frente al frontis de la iglesia la curiosidad debió embargarlo por un instante; desde los capiteles del templo una veintena de mascarones de rasgos afronazqueños lo examinaban.
La lengua afuera y un anillo en la boca les conferían una agresividad singular para un templo religioso y quizás Bouchard presintió el destino.
Al costado de la iglesia lo esperaba la casa de la hacienda. Amplia, fresca, de adobe. Tras cincuenta años de vida errante el corsario se detuvo.
Durante la siguiente década regenteó el latifundio produciendo aguardiente que debió comercializar desde el puerto de Pisco. Algunos relatos lo ubican amancebado, pero no hay registros oficiales de ello.
Un hijo, sin embargo, no es imposible en esos años de desierto.
El duro trabajo agrícola y la rutina de los ciclos de cosecha le confirió cierta previsibilidad a sus jornadas que debió disfrutar tras una vida áspera donde la moderación estuvo ausente.
Sus distracciones serían la misa de los domingos y la fiel lectura de las Meditaciones Cristianas con sus severas exhortaciones para llevar una vida justa.
Quizás haya transitado junto a las crípticas líneas de Nasca o las pirámides de Cahuachi sin advertirlas. El fin de sus días ocurrió el 4 de enero de 1837.
En la página 29 de las Meditaciones, el príncipe de Hohenlohe nos advierte: “Ningún tiempo es más peligroso que el de la noche, no solo para el cuerpo sino también para el alma. ”
No es imposible que Bouchard se detuviera en estas líneas del libro aquel miércoles a las siete de la tarde cuando el peligro en la noche se encarnó en uno de los esclavos del fundo.
Nadie sabrá cómo se gestó aquella muerte que pudo deberse al rencor o la codicia.
Adelfo Bernales, un joven afronazqueño enfrentó al viejo corsario, acompañado por otros; todos de rasgos guerreros similares a los mascarones de la iglesia. Gritos, resuello, violencia.
Alguna maldición sin odio. Toda pelea se parece pues está en juego la vida. Un golpe, otro; no muchos. Los mascarones no sabían que mataban una leyenda.
De esa noche solo hemos recuperado un acta de defunción donde el padre Isidro Cáceres registra con caligrafía bastardo español apresurada “…di sepultura con cruz alta en la bóveda de San Francisco Xavier al cuerpo difunto de Bouchard…”.
No hubo agonía; Cáceres nos explica esto desde el pasado al afirmar que Bouchard no dejó testamento ni recibió sacramento alguno dado lo súbito de su asesinato.
La espada del corsario no figuró en el inventario de bienes que años después fue entregado a su familia.
Es posible que la empuñara cuando entrevió que Bernales venía por él; es probable también que alguien se la apropiara al escapar y aun esté en el desierto.
Como ocurre con todos los hombres, en un instante Bouchard se desvaneció de la historia.
Más de un siglo transcurrió y todos quienes habían vivido en su época también murieron.
Los terremotos hicieron su tarea para garantizar el olvido de Bouchard derrumbando techos y rajando las gruesas paredes con esa indiferencia terca propia de la naturaleza.
A mediados del siglo 20 el retablo de la iglesia, una obra de arte magnífica tallada en madera, había sido desgajado pieza por pieza del templo. También faltaban seis de las siete campanas del templo.
Profanado y destruido, la vieja iglesia ya no era un lugar sagrado. Sin embargo, las gárgolas mantenían la guardia mientras el corsario esperaba protegido en su cripta.
Hacia 1952 otro sacerdote, el cura párroco Filiberto Steux, se topó con la secular partida de defunción del marino mientras ordenaba su archivo de muertes.
La tenacidad del papel y la tinta había hecho llegar el mensaje final del corsario y diez años más tarde un grupo de hombres iluminados por velas ingresó a la bóveda subterránea para buscarlo.
Un niño del pueblo los acompañaba, testigo impensado del proceso.
Cincuenta y dos tumbas congregaban a quienes tuvieron el privilegio de ser enterrados en la iglesia, todos ellos con los pies apuntados hacia el altar fijo, pero ninguno bajo este, como prescribía el ritual romano.
Una de las tumbas – al amparo de un Cristo pintado de negro en la pared de la bóveda- les llamó la atención: las siglas HB y la cifra 1837 grabadas en la pared señalaban a Bouchard.
Horas más tarde la comisión oficial partió de Nasca con los restos exhumados y un acta labrada sobre el éxito de su misión; días después el Panteón Nacional de los Próceres recibiría la urna de zinc en Lima.
Hay registros del desfile militar por El Callao en el cual la urna fue transportada en hombros por seis cadetes navales hasta el Crucero La Argentina.
El buque Escuela había recalado en el puerto peruano para llevarlo de regreso a Buenos Aires y quiso el azar que la nave llevara el mismo nombre de aquella fragata corsaria.
Bouchard se hizo de nuevo a la mar y otro gesto amable tuvo el destino pues La Argentina replicó aquel viaje corsario de 1817: una vez más recaló en la Isla de Hawái, una vez más barajó la costa de California donde el corsario había izado la bandera argentina en la ciudad de Monterrey, una vez más navegó las aguas de Haití.
Tras 105 días de mar, el sábado 10 de noviembre de 1962, Bouchard amarró en el puerto de Buenos Aires al cual había arribado por primera vez en 1810. Dicen que uno siempre llega a donde lo están esperando.
Ese sábado lo recibió una pequeña multitud entre quienes se contaba el presidente de la Nación . Hubo discursos, placas, libros, monumentos y un entierro de héroe en el cementerio de la Chacarita.
Luego los vivos volvieron a lo suyo. Y en el desierto de Nasca la vieja tumba quedó vacía y olvidada. Otro medio siglo transcurrió hasta la tarde cuando arribamos a la puerta de la iglesia de San Javier.
Buscábamos aquella tumba y el camino para hallarla había sido largo.
Supe del capitán Bouchard, por primera vez, en alguna clase de historia, pero el corsario esencial se perdió entre los adjetivos y las fechas que tantas veces demandan los programas académicos; años más tarde, en 1982, navegué en el último buque argentino que llevó su nombre y hubo una noche de mayo donde cientos lo evocamos en el mar sin saberlo mientras izábamos la bandera de guerra.
Hacia fines del siglo pasado fui parte de La Argentina, un buque que no solo repetía el nombre de su fragata corsaria, sino que también honró su espíritu.
Años después, al llegar a Perú, dos hechos curiosos convergieron: recorriendo la pampa de Junín, donde el coronel Suarez torció el destino de la famosa batalla por la independencia, un guía local me habló sobre la tumba vacía de Bouchard en una iglesia jesuita destruida, cerca de las líneas de Nasca.
Poco después el azar me llevó a encontrar, en los estantes de la Universidad Nacional de Ingeniería de Lima, una tesis -de 1974- que trataba sobre el valor monumental de las Iglesias de San Javier y San José.
Dos amigos, Michel Piaget Mazzetti y Jaime Lecca Roe , habían elegido las iglesias como tema para graduarse de arquitectos y como ocasión para la aventura.
En un escrito excepcional Michel y Jaime mencionan la existencia de la tumba del corsario en la cripta de la iglesia de San Javier. La curiosidad hizo el resto.
Y ahora estábamos en silencio frente a la capilla rural de San Javier. Se erguía magnífica aún, pese al saqueo y la destrucción infligida por hombres y terremotos.
El trigrama IHS -esculpido en el cuerpo central de la entrada- era el mismo de entonces y las gárgolas de la iglesia aun montaban guardia en la cornisa del frontis.
Atada con cáñamo, la última de las campanas de la iglesia permanecía inmóvil en una de las dos torres hexagonales y simétricas que resguardan la gran puerta de entrada.
Grabada en el bronce de la campana la leyenda “San Francysco Xavyer – año de 1746” nos remontaba a la época en que los jesuitas regían esta tierra.
Al costado de la iglesia, aun habitada, se erguía la casa de la hacienda donde vivió Bouchard.
Cruzamos el pórtico en arco para ingresar al templo; gran parte del techo se había derrumbado y la luz inundaba la nave central.
Pese al deterioro y las pintadas de vándalos se percibía que la ornamentación de la iglesia fue exuberante y debió crear un ambiente solemne y tenso para las ceremonias religiosas donde el latín sería una letanía críptica para los nativos.
Hacia la mitad de la nave nos topamos con el presbiterio donde aún se encuentra el altar mayor; a su lado está el ingreso a la cripta.
Descendimos por la gradería; el espacio subterráneo era fresco, oscuro y abovedado, apenas iluminado por una ventana circular que atravesaba un muro. A ras del suelo un crematorio profundo y oscuro dividía el espacio.
La bóveda exhalaba una atmósfera densa que llamaba a la voz baja.
El Cristo pintado hace siglos permanecía crucificado en uno de los muros y los cincuenta y dos nichos empotrados ocupaban las paredes laterales.
Todos estaban abiertos, pero no encontramos rastros de aquel que tenía grabadas las iniciales HB y el año 1837.
Esa noche la luna llena iluminó la pampa de Nasca y a la mañana siguiente recorrimos el pueblo conversando con sus habitantes, amables y de pocas palabras.
Buscábamos fragmentos del pasado y la ausencia de método científico fue reemplazada por la perseverancia. Hacia el mediodía dimos con Herminio Ranilla Astorga, de setenta años cuya vida había transcurrido en San Javier.
Era agricultor, pausado y de voz baja en el hablar.
De camino a la iglesia nos asombró al recordar que de niño era frecuente escuchar a los pobladores afronazqueños jactarse de la muerte del corsario repitiendo “lo matamos a Bucha”.
Esa afirmación, en plural, había circulado de generación en generación; todos lo habían matado.
Conjeturo que apropiarse de esa muerte – no la del hombre Bouchard sino la del mito Bouchard- ya era parte de su identidad.
Otro feliz hallazgo le debemos a esa conversación con Herminio cuando nos reveló que había sido él quien acompañó a la comisión que exhumó a Bouchard en 1962.
Tenía poco más de diez años y su tarea consistió en llevar las velas para iluminar las tumbas.
Sin advertir su protagonismo y con la autoridad de quien fue testigo directo, nos indicó la tumba del corsario en la cripta subterránea: en la pared del Cristo hay dos hileras de sepulcros; el primero de la hilera superior -en cuanto se termina de descender a la catacumba- había sido el lugar de descanso.
Nos acercamos y como advierten las escrituras solo quedaba polvo; aun así, todos sentimos que el viejo marino estaba presente en San Javier.
Si fuera posible descifrar el destino de un hombre quizás veríamos que este se compone de una larga serie de decisiones que van ordenando su caos personal, apenas por un instante, intentando darle sentido.
Nada es involuntario en la vida y el camino de un hombre libre y audaz no está escrito en ninguna parte; cada decisión cambia su vida y la hora de su muerte.
Bouchard no se detuvo; una y otra vez dejó atrás familia, patrias, hijas y barcos.
Su hoja de ruta fue dictada por la revolución que se expandía con la potencia del grito “libertad, igualdad y fraternidad” que solo mucho después sería un lema oficial.
Sin percibirlo, como a veces ocurre con lo esencial, el corsario resolvió ser parte de algo que consideraba más grande que él.
Pero un día sintió que había dado batalla demasiado tiempo y que estaba cansado y eligió un lugar más íntimo que el mar donde sus días terminarían en paz.
Había convivido cuarenta años con el peligro y pudo morir cuarenta veces: a manos de Nelson en el navío francés Generaux; en la carga de la batalla de San Lorenzo en lugar del abanderado español; en las playas del Reino de Hawái como fue la suerte de Cook; atravesado por una daga kris de los piratas malayos en el Pacífico norte o colgado por Cochrane en Chile.
Fue en el desierto y en la hora quizás recordó su nombre y supo que morir luchando había sido siempre su destino.

viernes, 29 de agosto de 2014

"La Argentina" de Bouchard en las Filipinas

El esquema de la venganza


El asesinato de Sommers y 15 hombres, ya indefensos en el agua, tras fracasar en el intento de abordaje a un bergantín español, sirvió para plantear un verdadero ajuste de cuentas que terminaría con la muerte o la con huída de toda la tripulación española a día siguiente. El gráfico es una aproximación (bastante cercana) al relato de la jornada hecho por Bouchard. Se podría resumir de la siguiente manera:
Después del fracaso en al abordaje al bergantín español que logró entrar a Santa Cruz(2), Bouchard se dirigió a un pequeño puerto ubicado 6 leguas al sur, de seguro Masinloc. Allí un bote al mando de Greyssac entró al puerto en la noche y capturó una pequeña goleta española(3). Esta goleta navegó hacia Santa Cruz con 35 hombres y finalmente pudo abordar y tomar al bergantín español dentro del puerto sin dejar sobrevivientes. Luego, "La Argentina", la goleta infiltrada y el bergantín apresado(4) se reúnen en algún punto cercano para continuar con su misión.




El Corsario del Plata

sábado, 12 de julio de 2014

El ataque de Bouchard al rancho "El Refugio" en Baja California


Desembarco en Rancho "El Refugio"


Esta hermosa foto aérea permite apreciar con claridad el escenario del ataque y destrucción del casco del Rancho El Refugio, propiedad de los Ortega, una tradicional familia realista californiana. El lugar está muy cerca de Santa Bárbara y 2 millas tierra adentro de la costa.


Esquema del ataque corsario argentino sobre Rancho "El Refugio", Alta California (hoy EEUU).


Foto de base: cnsm.csulb.edu
Esquema: DC

jueves, 2 de mayo de 2013

Segunda Guerra Mundial: El raid del corsario Atlantis

Las hazañas del corsario «Atlantis» 



 

El buque corsario alemán «HSK Atlantis» (originalmente bautizado como «HSK Goldenfels») fue botado en Diciembre de 1937 como barco mercante, y pertenecía a la compañía naviera alemana Hansa. Desplazaba 7.862 toneladas. Su tamaño era de 146,40 metros de eslora. Fue transferido a la Kriegsmarine el 19 de Diciembre de 1939 y convertido en nave corsaria (crucero auxiliar pesado) por la empresa Deschimag, siendo rebautizado con el nombre de «Atlantis». Tenía una dotación de 347 hombres. Su armamento consistía en 6 cañones de 150 mm.; 1 cañón de 75 mm.; 4 cañones (o dos cañones gemelos) de 37 mm.; 4 cañones antiaéreos de 20 mm.; 4 tubos lanzatorpedos, 92 minas submarinas de tipo magnético y contaba con un hidroavión Arado para reconocimiento. La nave estaba equipada con dos motores diesel de 6 cilindros y una potencia de 7.600 HP. Su velocidad máxima era de 17,5 nudos. Su comandante era el capitán de fragata Bernhard Rogge y el primer oficial era el teniente Ulrich Möhr. En su travesía como buque corsario hundió o capturó a 22 barcos enemigos. 


Corsario «Atlantis» (disposición de su artillería)
 
Cuando el vigía del «City of Exeter», transatlántico inglés que navegaba por el Atlántico meridional, denunció la presencia de un mástil desconocido en el horizonte, el capitán entró en sospecha. Esto ocurría en Mayo de 1940, cuando ya Alemania se había lanzado a la guerra. Los temores del capitán se desvanecieron, sin embargo, media hora después, al advertir que el buque con el cual iba a cruzarse era el «Kasii Maru», de 8.400 toneladas y bandera japonesa. Esto es, de una nación neutral (para esa fecha, aún no se había producido el ataque a Pearl Harbor). 
En la cubierta del «Kasii Maru» paseaba una mujer empujando el cochecito de un niño. Indolentemente recostados, aquí y allá, había varios tripulantes, hombrecillos de tez oscura que llevaban los faldones de la camisa fuera del pantalón. Los dos buques se cruzaron sin disminuir el andar ni ponerse al habla. 
La verdad del caso era que en el cochecito no había ningún niño, que la «mujer» no era tal mujer, y que los marineros japoneses se llamaban Fritz, Klaus o Karl. Los restantes hombres de la dotación (un total de 347 entre técnicos y combatientes) habían permanecido escondidos bajo cubierta. El barco mismo ocultaba su identidad bajo un camuflaje de tubos de ventilación de madera laminar, chimeneas de lona, pintura, y no era otro que el corsario alemán «Atlantis», uno de los más temibles que hayan surcado jamás los mares. 

Corsario «Atlantis» 
 


 

Durante la Segunda Guerra Mundial, Alemania armó en corso nueve barcos. El total de las embarcaciones hundidas por ellos fue de ciento treinta y seis. El «Atlantis» se distinguió entre todos por el mayor número de barcos enemigos hundidos o capturados, por lo prolongado de su crucero y por las dotes excepcionales de su comandante. Llevaba a bordo, además de su armamento, todo lo necesario para disfrazar la superestructura y hacerse pasar, de ese modo, por no menos de una docena de diversos buques mercantes de inofensiva apariencia. La historia de sus hazañas correrá de boca en boca mientras haya hombres de mar. 
En Marzo de 1940, disfrazado de barco soviético y al mando del capitán Bernhard Rogge, el «Atlantis» bordeó la costa de Noruega y ganó el Atlántico septentrional. Su misión era navegar rumbo al sur de África y atacar, tan de sorpresa como fuese posible, a los barcos que doblaban el Cabo de Buena Esperanza. El 25 de Abril, al rebasar la línea del Ecuador, arrió el «Atlantis» la bandera soviética y, mediante un disfraz puesto a la chimenea, quedó convertido en el vapor «japonés» que se cruzó con el «City of Exeter», al cual el capitán Rogge se abstuvo de atacar por el gran número de pasajeros que el transatlántico inglés llevaba a bordo. 
El 3 de Mayo de 1940, el «Atlantis» se topó con su primera víctima: el «Scientist», vapor británico de 6.199 toneladas. La intimación de detener la nave y no hacer uso de la radio inalámbrica, tomó por sorpresa a ese barco inglés, pero su radiotelegrafista tuvo el suficiente ánimo como para lanzar un desesperado llamado de auxilio: «Mercante enemigo armado en guerra pretende detenernos». El «Atlantis» abrió fuego de inmediato y, pegando de través en la cubierta del «Scientist», le desarboló el inalámbrico. Los 77 hombres de la tripulación, dos de ellos gravemente heridos, arriaron los botes salvavidas. El «Atlantis» los recogió a todos a bordo, torpedeó al «Scientist» y dobló a toda máquina el Cabo de Buena Esperanza. El 10 de Mayo sembró las 92 minas a 26 millas del Cabo Agulhas, en la costa sudafricana, ruta obligada del tráfico marítimo. Dos semanas después, el capitán Rogge interceptó un mensaje en el cual los ingleses avisaban que un crucero auxiliar alemán, disfrazado de mercante japonés, navegaba probablemente por el Mar de las Indias. Cambiando al instante de disfraz, el «Atlantis» pasó a ser entonces la motonave «Abbekerk», de bandera holandesa.[/b] 



El «Atlantis» con sus cañones de 150mm.: 
 
La segunda víctima del «Atlantis» fue la nave noruega «Tirrenia», cargada de pertrechos para las tropas australianas en Palestina. El capitán Rogge colocó algunos hombres a bordo del «Tirrenia» y la obligó a navegar varias semanas, como barco prisión, tras la estela del «Atlantis». La mitad de las víctimas del corsario alemán alcanzaron a hacer uso de la radio antes de entregarse. Aquel disparó contra la mayoría de los barcos y les ocasionó a veces crecidas bajas. Sin embargo, la solitaria campaña marítima del capitán Rogge fue «civilizada», hasta donde puede serlo la guerra. Disponía él a bordo de su nave de suficiente espacio para alojar prisioneros, y embarcó en el «Atlantis» a todos cuantos pudo salvar. Fueron muchas las personas de todas las edades, hombres y mujeres de varias nacionalidades, que viajaron con él durante gran parte del tiempo en que duró su travesía. Los prisioneros recibían raciones iguales a las de los tripulantes. Les estaba permitido permanecer en cubierta de sol a sol, excepto cuando se tocase zafarrancho de combate. Tenían asimismo acceso a la piscina de lona. A los capitanes prisioneros se les daba alojamiento especial. Los oficiales noruegos e ingleses organizaron un club al cual invitaban con frecuencia a los alemanes. En esas reuniones (según cuenta uno de ellos), hablaban de la «tierra, del mar, de mujeres bonitas». La política era tema vedado. Cuando llegaba el momento de transbordar los prisioneros a otro barco, el capitán Rogge ofrecía un agasajo de despedida a los capitanes. 

El otoño de 1940 comenzó mal para el «Atlantis»: apenas dos barcos en 40 días. Pero la suerte cambió de pronto: el 11 de Julio de 1940 capturó al «SS City of Bagdad». Esta captura fue muy provechosa porque fue hallada una copia del código British Allied Merchant Shipping (que era la clave empleada por la Marina Mercante inglesa en los mensajes cifrados) y un juego de instrucciones de navegación del Almirantazgo Británico para la marina mercante aliada. El 13 de Julio hundió al «SS Kemmendine» de 7.770 toneladas. Unos días más tarde, el 2 de Agosto, fue capturado y hundido con cargas explosivas el «MV Talleyrand», nave gemela del «Tirrenia». El 24 de Agosto fue hundido, con impactos de cañón, el mercante británico «MV King City», de 4.745 toneladas. El 9 de Septiembre fue hundido, con aproximadamente 100 disparos de cañón, el «MV Athelking». Al día siguiente, interceptó al mercante británico «MV Benarty», del cual pudieron apropiarse de códigos de navegación actualizados. El «Atlantis» prosiguió con su cacería y, el 20 de Septiembre, hundió al barco francés «SS Commissaire Ramel». A esa altura, el capitán Rogge tenía ya 327 prisioneros, por lo que se decidió a efectuar un transbordo de los mismos en cuanto fuese posible. El 22 de Octubre interceptó al carguero yugoslavo «Durmitor» y transfirió a 312 prisioneros. El 8 de Noviembre capturó al petrolero noruego «SS Teddy», de 6.738 toneladas y con 10.000 toneladas de combustible diesel a bordo. Otro petrolero noruego, el «SS Ole Jacob», con 10.000 toneladas de gasolina de aviación, también fue capturado. El 11 de Noviembre avistó al «SS Automedon». El «Atlantis» le ordenó detenerse, pero el buque comenzó a radiar una señal de auxilio. El capitán Rogge ordenó abrir fuego y 18 rondas de sus cañones de 150 mm. silenciaron toda resistencia. Como consecuencia del ataque murió el capitán McEwen. Asimismo, viajaba a bordo el capitán Evans de la marina mercante que, en ese viaje, se desempeñaba como correo del Almirantazgo Británico, llevando documentación secreta del Gabinete de Guerra al Alto Mando del Extremo Oriente. En vista de la importancia de la documentación secuestrada, Rogge hundió al «Automedon» y se dirigió al puerto de Kobe, en Japón, donde arribó el 4 de Diciembre, para poner en mano de los japoneses el correo capturado. Después de la caída de Singapur, en 1942, el Emperador Hiroito hizo entrega al capitán Bernhard Rogge de una espada samurai katana como reconocimiento por el resultado obtenido al abordar al «Automedon». En el mes de Enero de 1941, el «Atlantis» estaba navegando nuevamente. El día 24 se cruzó con el «SS Mandasor», carguero británico que respondió con disparos de ametralladoras antiaéreas al ataque con bombas del hidroavión de reconocimiento. El corsario alemán abrió fuego e hizo blanco en 8 oportunidades, por lo que el carguero se incendió y, finalmente, fue hundido con cargas explosivas. 

 
SS Automedon 

El 31 de Enero capturó al mercante británico «MV Speybank» y el 2 de Febrero hizo lo propio con el petrolero noruego «Ketty Brövig». El 17 de Abril de 1941, se encontró con el barco de pasajeros egipcio «Zam Zam» El capitán Rogge lo confundió con un barco de transporte de tropas y lo atacó. Cuando descubrió su error, el buque comenzaba a hundirse. El «Atlantis» rescató a todos los pasajeros y tripulantes que viajaban a bordo. Finalmente, estos fueron transferidos al barco de suministros «Dresden» y desembarcados en Francia. Entre los pasajeros del «Zam Zam» viajaba David Scherman, fotógrafo de la revista Life, quien tomó varias fotografías. Pese a que los alemanes le decomisaron algunos rollos, logró ocultar otros y, cuando pudo regresar a Nueva York, las publicó en Life el 23 de Junio de 1941. El 14 de Mayo torpedeó y hundió al mercante británico «SS Rabaul» que había desobedecido la orden de detención. El 24 de Mayo persiguió al «SS Trafalgar», que transportaba 5.000 toneladas de carbón y dos aviones. Algunas andanadas de sus cañones de 150 mm. detuvieron al mercante que, inmediatamente, comenzó a incendiarse por el fuego iniciado en los aviones y luego en la carga de carbón. Fue hundido con un torpedo. El 17 de Junio abrió fuego contra el mercante británico «SS Tottenham», carguero que transportaba hacia Alejandría, material bélico diverso como municiones, armamento en general, repuestos para aviones. Los impactos de los cañones de 150 mm. provocaron una explosión y un incendio, pero el mercante no se hundió. Continuó navegando a la deriva y, dos semanas más tarde, encalló próximo a Río de Janeiro. El 22 de Junio interceptó y abrió fuego contra el carguero británico «MV Balzac», de 5.372 toneladas y que transportaba una carga de 4.200 toneladas de arroz. El 10 de Septiembre de 1941 el «Atlantis» se toparía con su vigésimo segunda y última presa: la motonave noruega «MV Silvaplana» de 4.790 toneladas. El buque fue capturado y, luego de apropiarse de su carga de café, especias, caucho, entre otras cosas, fue enviado al puerto de Burdeos con una tripulación mínima. 


Capitán de Fragata Bernhard Rogge (comandante del «Atlantis»)
 
El capitán Rogge era muy hábil para comandar y para captarse la simpatía de sus subordinados. Los pocos artículos de lujo que hallaba en los buques apresados (cerveza, golosinas, cigarrillos) los hacía repartir por igual entre todos. En sustitución de permisos para bajar a tierra (algo imposible para una nave corsaria), daba dispensas de servicio por una semana, en turnos de 12 hombres, que pasaban a disfrutar de descanso en una cámara destinada a ese efecto. A menos que se les llamara para ocupar sus respectivos puestos de combate, los hombres con «licencia», disponían libremente de su tiempo para hacer lo que mejor les pareciese. El resultado de esa semana de completo descanso, en medio de las rudas faenas de a bordo, era reconfortante y muy apreciado por los tripulantes. Nieto de un clérigo protestante que había figurado en la corte del Kaiser Guillermo II, el capitán exigía, a todos los oficiales, puntual asistencia a los servicios religiosos del domingo; pero a la salida, invariablemente, los invitaba a todos a tomar una copas: «el cóctel de la iglesia», según decía. 
Para ese entonces, el Almirantazgo Británico había ordenado que todo buque que avistase a una nave sospechosa, diese inmediatamente aviso por radio sin reparar en las consecuencias. En vista de ello, se ordenó al «Atlantis» que, a la vista de buque enemigo, hiciese fuego primero y preguntase después. Es que los aliados se veían perjudicados, no solamente por las embarcaciones apresadas o hundidas, sino también por el terror que ese corsario alemán esparcía en los mares. Inglaterra hubo de distraer, para darle caza, naves que la Armada necesitaba en otros lugares. Los buques mercantes se vieron obligados a navegar en zigzag, alargando la ruta y desperdiciando tiempo y combustible, lo cual incidía en los costos. Asimismo, se hizo más difícil el enganche de tripulaciones, y también más oneroso, por el sobresueldo que había que pagarles por navegar en zonas peligrosas. La correspondencia oficial sufrió frecuentes retrasos o extravíos. Subió la prima del seguro de guerra. Se apagaron las luces de puertos y faros. Era una necesidad para los aliados, entonces, hundir a este corsario. 
En la mañana del 21 de Noviembre de 1941, el hidroavión de reconocimiento del «Atlantis» quedó inutilizado al tratar de acuatizar a su regreso de un vuelo. Ocurrió este contratiempo cuando más falta hacía al corsario ese avión, tan necesario para él como los ojos para un hombre. Porque precisamente, el día siguiente era el señalado para que el submarino U-126 lo reabasteciese de combustible, operación arriesgada, durante el cual el barco alemán quedaría indefenso. Las dos embarcaciones se encontraron en el lugar convenido, a igual distancia de las costas de Brasil y África. Desde muy temprano, en la mañana, comenzaron a funcionar las bombas que trasvasaban el petróleo del submarino al corsario. Asimismo, en este último se estaba efectuando el cambio de un pistón del motor de babor. De pronto, los vigías dieron la voz de alarma, habían avistado primero la punta de un mástil y luego tres chimeneas que delataban un buque de la Clase London. Se trataba del crucero pesado «HMS Devonshire», al mando del capitán R.D. Oliver, que puso proa hacia las naves alemanas. Dejando a su capitán a bordo del «Atlantis», el submarino se sumergió sin pérdida de tiempo. Un hidroavión había sido lanzado desde el crucero y el capitán Rogge viró la nave para presentar la popa al buque enemigo y para tratar de ocultar el submarino a la vista del avión. ¿Se habrían dado cuenta los ingleses de su presencia? Las mangueras, desenchufadas a toda prisa y dañadas por tan inesperada maniobra, habían dejado en la superficie del agua manchas iridiscentes, delatoras de petróleo derramado y, además, el piloto del hidroavión británico alcanzó a ver al submarino en el momento en que se sumergía. Sólo una esperanza de salvación restaba al «Atlantis»: engañar al enemigo, ponerse al habla con él, ganar tiempo, y atraer al «Devonshire» hasta ponerlo a tiro de los tubos lanzatorpedos del submarino. 


Crucero «HMS Devonshire»

Pero el capitán Oliver recelaba del barco que había avistado. Salvo por las mangueras de ventilación y otros pormenores, la apariencia de esa nave, a la cual acababa de sorprender derramando petróleo en la superficie del mar, coincidía con la que, según la descripción del Almirantazgo, debía tener el corsario fantasma. Decidió, pues, cruzar frente al «Atlantis» y, desde una distancia que dejara al crucero fuera del alcance de tubos lanzatorpedos, disparó dos proyectiles, uno a babor y otro a estribor del buque sospechoso. En tal situación, el capitán Rogge decidió comunicarse por radio sin tardanza y tratar de engañar al enemigo. El teniente Wenzel, a cargo de las comunicaciones, lanzó la señal RRR y se identificó como el mercante holandés «Polyphemus». Pero al momento de emitir la señal, el teniente cometió el error de enviar tres R en vez de cuatro, que era la nueva norma establecida. El capitán Oliver sospechó. No obstante, actuó con serenidad: radió un mensaje al comando del Atlántico Meridional para asegurarse que fuese el «Polyphemus». Casi por espacio de una hora el «Atlantis» se mantuvo en posición frente al «Devonshire» a una distancia de unas 17.000 yardas. Aún quedaba la remota posibilidad de que el U-126 se aproximase al crucero inglés para torpedearlo, pero el segundo comandante del submarino había optado por conservar su posición. 
A las 9,34 hs, el capitán Oliver recibió la respuesta del comando del Atlántico Meridional, que decía: «No. Repetimos: ¡No!». Un minuto después el «Devonshire» abrió fuego con sus cañones de 203 mm. Varias andanadas impactaron en el «Atlantis» y la nave comenzó a incendiarse. El capitán Rogge ordenó abandonar el barco. Pero él y el teniente Fehler descendieron al depósito de municiones y activaron las cargas explosivas de tiempo, para después abandonar el barco ellos también. A las 9,58 hs. una enorme explosión terminó con el buque corsario que comenzó a hundirse. Los hombres, para quienes ese barco fuera hogar por 20 meses, lo despidieron con una aclamación, mientras el capitán Rogge, de pie en una de las lanchas, permanecía silencioso, en actitud de saludo. «Ferry», el perro del capitán, montaba guardia al lado de su dueño. El capitán Oliver, sospechando que el submarino estaba por los alrededores, decidió no detenerse a efectuar el salvamento de los náufragos y se alejó del lugar a máxima velocidad. 
A voz y con silbato fueron reuniéndose los hombres de la dotación del «Atlantis». Sólo siete de ellos habían muerto bajo el fuego del enemigo. El submarino U-126 emergió para rescatar a los náufragos: 55 hombres, entre heridos y personal técnico irremplazable, fueron llevados a bordo; 52 hombres más, a los cuales se los proveyó de mantas y chalecos salvavidas, quedaron en la cubierta. Los restantes 201 tripulantes fueron remolcados en seis lanchas. En la tarde de ese mismo día emprendió viaje la extraña flotilla. Dos veces por día se lanzaba del submarino un bote de goma que, yendo de lancha en lancha, repartía comida caliente. A los tres días de navegación, el U-126 hizo contacto con el «Python», buque de suministros que estaba reabasteciendo a los submarinos U-68 y al UA. De pronto apareció el crucero pesado «Dorsetshire» (gemelo del «Devonshire») El buque británico abrió fuego y, tras recibir varios impactos, el «Python» se incendió. El U-68 disparó cinco torpedos, pero el crucero británico, maniobrando velozmente, huyó de la escena. En once botes y siete balsas salvavidas, unos 414 hombres aguardaban la ayuda de los submarinos. Se transportó a los mismos la máxima cantidad posible y el resto continuó a remolque. En la primer semana de Diciembre, llegaron al lugar el U-129 y el U-124. En apenas dos semanas más, los submarinos italianos «Luigi Torelli», «Enrico Tazzoli», «Giuseppe Finzi» y «Pietro Calvi», se sumaron al rescate. A finales de Diciembre de 1941, todos los náufragos del «Atlantis» arribaron a salvo al puerto francés de Saint-Nazaire. Desde allí continuaron hacia Berlín, adonde llegaron después del Año Nuevo de 1942. 

 
Esta foto del Atlantis salió en la revista LIFE. La sacó un reportero que viajaba en un barco y que fue capturado y posteriormente liberado por el capitán Rogge. Esta foto fue decisiva para la identificación y posterior captura del buque corsario 
 
Momento del rescate por un submarino alemán de la tripulación del Atlantis. 

Ascendido al contralmirante, Bernhard Rogge pasó a estar al frente de la instrucción de los cadetes de la Marina; pero, al descubrir que no era partidario de la ideología nazi, fue relegado a un puesto secundario. Ninguna otra medida se tomó contra este hombre porque, al igual que el Mariscal Erwin Rommel, era una figura muy apreciada por el pueblo alemán. 
Es de destacar que, después de una guerra tan enconada y larga, no pocos de los que vieron sus barcos apresados o hundidos por el «Atlantis», se han sentido amistosamente dispuestos para con Bernhard Rogge. El capitán White, del «SS City of Bagdad», manifestó por escrito su agradecimiento por el trato que recibió mientras estuvo prisionero. Cuando el capitán Woodcock, en otro tiempo al mando del «SS Tottenham», tocó puerto al frente del barco que comandaba en ese momento, invitó a bordo al contralmirante Rogge. En los años de escasez, durante la posguerra, muchos de los que habían estado prisioneros en el «Atlantis», enviaron «paquetes de socorro» a los ex tripulantes del corsario alemán. 

 
Oficiales del Atlantis con el capitán Rogge. 


Los veteranos del «Atlantis» siempre han recordado con cariño al barco y a su comandante. El teniente Dehnel ha explicado alguna vez: «Hizo de la dotación de nuestro barco una verdadera familia»; para luego agregar: «Si en Alemania volviésemos a tener Marina de Guerra nuevamente, tal vez volvería yo al servicio. Pero si Rogge me llamara, lo seguiría como una bala, fuese cual fuese la Marina en la que hubiera de servir». 

Fuente: Historias Secretas de la Última Guerra.