José Ignacio Garmendia sobre la batalla de Curupayti
“Vi a Sarmiento muerto — Dominguito, hijo del prócer—, conducido en una manta por cuatro soldados heridos: aquella faz lívida, lleno de lodo, tenía el aspecto brutal de la muerte (…)
Vi a la distancia que Roca salía solitario con una bandera despedazada; en torno de aquella gloriosa enseña reinaba el vacío de la tumba. Cuando se aproximó y soslayó su mohíno caballo, pude distinguir que alguno venía sobre la grupa: era Solier bañado de sangre. El amigo había salvado al amigo.
Rivas, tan valeroso en aquella jornada de General en el campo de batalla, le vi gimiendo por su herida. Anomalía de los bravos: muchas veces su propia sangre los atribula lejos del ardor de la matanza.
Ayala, Calvete, Victorica, Mansilla (…) y qué sé yo cuántos más, todos heridos, chorreando sangre se retiraban en silencio (…).
Era interminable aquella procesión de harapos sangrientos, entre los que iba Darragueira sin cabeza; de moribundos, de héroes inquebrantables, de armones destrozados, de piezas sin artilleros, de caballos sin atajes (…).
Entonces fue que apareció a mis ojos, fatigados de tanto horror, el comandante en Jefe [Mitre] con su Estado Mayor (…) entonces recién sufrí emocionado el silencio tétrico del alma, esa soledad de fantasmas de la derrota, y comprendí por primera vez en mi vida lo que era un gran desastre nacional”.
Batalla
de Avaí: pintura de Pedro Américo en el Museo Nacional de Bellas Artes.
La batalla de Avaí se libró cerca del arroyo homónimo, en territorio
paraguayo, el 11 de diciembre de 1868, durante la Guerra de la Triple
Alianza, entre las fuerzas de la Triple Alianza y las de Paraguay.
Fuente: Wikipedia. Foto: Pedro Américo/Museo Nacional de Bellas Artes.
Por Ricardo Westin
En
medio de la Guerra del Paraguay (1864-1870), el Senado consideró la
posibilidad de crear una comisión similar a las actuales comisiones
parlamentarias de investigación (CPI) para investigar las supuestas
fallas del gobierno brasileño en el conflicto militar con el país
vecino.
La
solicitud fue presentada en 1867, cuando la guerra tenía dos años y
medio, por el senador Silveira da Mota (GO). Argumentó que el Senado
debía investigar por qué los combates consumían tanto dinero público
mientras que la paz parecía no llegar nunca.
Tras
acalorados debates en el Palacio del Conde dos Arcos, sede del Senado
Imperial en Río de Janeiro, los senadores decidieron archivar la
propuesta. De haberla aprobado, habría sido la primera comisión de
investigación en la historia del Senado.
Amarillentos
por el paso del tiempo, los Archivos del Senado en Brasilia conservan
ahora todas las discusiones que los senadores sostuvieron sobre la
propuesta de Comisión Parlamentaria de Investigación sobre la Guerra del
Paraguay.
El mismo día en que presentó la propuesta, según documentos históricos, Silveira da Mota pronunció un discurso:
"Por
mucho que las autoridades públicas intenten minimizar la gravedad de la
situación actual y hacer pasar este doloroso período por algo normal,
todos estamos descubriendo que todas las consecuencias desastrosas que
sufre el país provienen de la guerra. No puedo mirar la guerra sin
estremecerme, sin enfrentarme no solo a las consecuencias presentes,
sino también a las futuras, a las dificultades que traerá a la vida de
nuestros hijos."
Esta
fue la guerra más grande en la que Brasil haya participado, tanto por
su duración (cinco años y dos meses) como por el número de combatientes
muertos (unos 50.000 aproximadamente).
En
un lado del frente estaban Brasil, Argentina y Uruguay, aliados en la
llamada Triple Alianza. En el otro lado, aislado, estaba Paraguay.
Los
combates comenzaron después de que soldados leales al dictador
paraguayo Francisco Solano López invadieran la provincia de Mato Grosso
en respuesta a una intervención política y militar del emperador Pedro
II en Uruguay. La guerra terminaría con la derrota de Paraguay.
La solicitud de una Comisión Parlamentaria de Investigación
presentada al Senado en 1867: “Solicito que se nombre una comisión
especial de investigación para recabar, a partir de testimonios de
funcionarios públicos y particulares, tomando declaraciones si fuera
necesario, la información más completa sobre las causas de la
prolongación de la guerra contra Paraguay” (imagen: Archivos del
Senado).
«Además
del tributo de sangre, estaba el tributo de la riqueza pública, el
tributo de los impuestos, el gasto excesivo, los déficits y la necesidad
de préstamos», continuó Silveira da Mota. «En resumen, se produjo toda
esta horrenda procesión de males que hoy aterroriza al pueblo brasileño:
abundante sangre derramada en las llanuras paraguayas, nuestras
finanzas arruinadas y nuestras arcas agotadas».
Según
la solicitud de una Comisión Parlamentaria de Investigación (CPI), se
notificaría a la Cámara de Diputados sobre el inicio de la
investigación. Si los diputados también aceptaran participar, la
comisión se convertiría en una CPI conjunta. La idea era que los
parlamentarios no solo interrogaran a autoridades, funcionarios públicos
y empresarios en Río de Janeiro, sino que también viajaran a la región
del Río de la Plata para investigar mejor los presuntos problemas en los
propios campos de batalla.
El senador Barão de São Lourenço (BA) apoyó la creación del CPI:
—
Desde el principio, uno de nuestros políticos pragmáticos de esa región
[del Río de la Plata] dijo que la guerra duraría más de dos años.
Nuestros estadistas se rieron. Las profecías se están cumpliendo, pero
ellos, que cada día daban por terminada la guerra, persisten en sus
errores, convencidos de que solo ellos conocen nuestros asuntos.
Cuando
se solicitó la creación de una Comisión Parlamentaria de Investigación,
la guerra del Paraguay aún continuaba. Pasarían otros dos años y medio
antes de que finalmente se alcanzara un alto el fuego.
Al
término de los cinco años, el conflicto consumió 614.000 contos de réis
de las arcas imperiales, según el historiador Francisco Doratioto,
profesor de la Universidad de Brasilia (UnB) y autor del libro Maldita Guerra — Nova História da Guerra do Paraguai
(Companhia das Letras). Esta cifra equivale a la suma de los
presupuestos públicos de los once años anteriores a la guerra y explica
por qué las cuentas del gobierno registraron déficit durante las dos
décadas siguientes.
El
Ministro de Guerra era el Senador Marqués de Paranaguá (PI). En el
Imperio, a diferencia de hoy, los parlamentarios podían ocupar cargos
gubernamentales sin ausentarse del Poder Legislativo. Aprovechó su libre
acceso a la tribuna del Senado para defender al gobierno y rechazar la
apertura de la CPI (Comisión Parlamentaria de Investigación).
«No
puedo aceptar la moción y espero que el Senado no la apruebe, ya que
resulta sumamente inconveniente», declaró el senador y ministro. «El
honorable senador [Silveira da Mota] comprende perfectamente las
circunstancias extremadamente difíciles en las que se encuentra el país.
Seguramente no querrá agravarlas. En circunstancias tan delicadas y
difíciles, su palabra autorizada podría obstaculizar el progreso de la
administración pública. Una investigación sobre los asuntos de la guerra
tiende a quebrar la fortaleza moral que el gobierno necesita con tanta
urgencia».
Según
el Ministro de Guerra, el gobierno no era responsable de la demora en
el conflicto. Explicó que Brasil se vio sorprendido por la declaración
de guerra. Nadie podía imaginar que Solano López invadiría Mato Grosso y
desafiaría a Dom Pedro II. El Marqués de Paranaguá declaró:
Esta
guerra había sido planeada y preparada durante muchos años por nuestro
enemigo, quien había redirigido su odio contra el Imperio, esperando una
oportunidad propicia para vengarse o satisfacer sus ambiciosos planes.
Tuvimos que aceptar la guerra, aunque no estábamos preparados para ella.
La senadora Silveira da Mota, que solicitó la creación de la
Comisión Parlamentaria de Investigación sobre la Guerra del Paraguay, y
el senador y ministro Marquês de Paranaguá, que trabajó para rechazar
la investigación (imágenes: Museu Paulista da USP y Alberto Henschel)
El
talón de Aquiles de Brasil era la falta de un ejército digno de tal
nombre. Contaba con relativamente pocos soldados. En las guerras y
revueltas que surgieron poco después de la Independencia, por ejemplo,
Dom Pedro I tuvo que contratar mercenarios extranjeros para luchar en
nombre del Imperio. Durante la Regencia, los gobernantes optaron por no
organizar un ejército fuerte, temiendo que, como había ocurrido en
ciertas partes de Hispanoamérica, los militares se rebelaran y tomaran
el poder.
“No
contábamos con un ejército adecuado, dada nuestra posición en
Sudamérica”, continuó el Ministro de Guerra. “Fue necesario formarlo,
prepararlo y emprender largas marchas, superando innumerables
obstáculos. Al finalizar la guerra en Uruguay, Brasil contaba con 10.857
hombres, sin incluir la fuerza naval. Con esta cifra nos sorprendió la
guerra del Paraguay. Se hizo un llamamiento a la nación, y entonces
llegaron estas legiones de voluntarios, a quienes el ferviente amor a la
patria hizo marchar desde todos los rincones del Imperio”.
En
el Senado, la estrategia del marqués de Paranaguá consistía en asegurar
a los parlamentarios que él mismo estaría constantemente disponible
para brindarles cualquier aclaración que solicitaran, lo que haría
innecesaria la CPI (Comisión Parlamentaria de Investigación).
El
autor de la solicitud pronto se percató de la trampa e intentó provocar
y desestabilizar al ministro. Ambos incluso protagonizaron un tenso
intercambio en la sesión plenaria.
—¿Así
que comenzamos la campaña con unos 10.000 hombres? Excelentísimo Señor
Presidente, explíqueme esto —preguntó Silveira da Mota, interrumpiendo
al orador.
—Eso es lo que supongo —respondió el marqués de Paranaguá.
No, Su Excelencia no puede dar nada por sentado. Usted es ministro, debe saberlo.
—Bueno, responderé con los mapas y documentos oficiales que tengo. No vengo ante el Senado a recitar una novela.
Es cierto, pero no puedes dar nada por sentado.
— Creo que puedo contar con la benevolencia del honorable senador.
- Sin duda.
—No
pido clemencia. De hecho, quiero ser juzgado con severidad, esperando
justicia, lo cual no excluye cierto grado de indulgencia.
—
Con el debido respeto al honorable ministro, simplemente estoy
corrigiendo los hechos. Su Excelencia no debería preocuparse por esto.
Batalla de Avaí: pintura de Pedro Américo en el Museo Nacional de Bellas Artes.
La batalla de Avaí se libró cerca del arroyo homónimo, en
territorio paraguayo, el 11 de diciembre de 1868, durante la Guerra de
la Triple Alianza, entre las fuerzas de la Triple Alianza y las de
Paraguay. Fuente: Wikipedia.
Foto: Pedro Américo/Museo Nacional de Bellas Artes.
Otro
entusiasta de la creación de la CPI (Comisión Parlamentaria de
Investigación) sobre la Guerra del Paraguay fue el senador Barão de
Cotegipe (BA). Haciéndose eco de la petición de Silveira da Mota,
enumeró una larga lista de críticas al gobierno en materia financiera,
administrativa e incluso militar.
Según el barón de Cotegipe, los únicos que realmente se beneficiaron de la guerra paraguaya fueron los empresarios:
—
La guerra beneficia a los proveedores. El negocio de los suministros se
basa en favores: ya sea que el Sr. F esté a cargo de este suministro o
que el Sr. S esté a cargo de aquel otro.
Acusó
al gobierno de contratar barcos privados para transportar municiones,
alimentos y medicinas a los soldados, mientras que barcos militares
navegaban con las bodegas vacías desde Río de Janeiro hacia la zona de
guerra.
Informó
que algunos batallones recibieron una cantidad tan excesiva de carne
que parte de ella terminó en la basura, mientras que otros batallones
"se vieron obligados a ir a la orilla del río para mojar la carne dura y
tal vez podrida que les estaban distribuyendo".
En
la provincia argentina de Corrientes, según el barón de Cotegipe, los
soldados brasileños habían recibido munición "suficiente para una guerra
de seis años" y otros artículos esenciales "que ni siquiera durarían
cuatro meses".
«¿Acaso
el Senado no comprende el motivo de tales acontecimientos?», preguntó.
«Si no hay rigor en la gestión de los fondos públicos, la guerra no
terminará. Son tales los intereses creados que, mientras Brasil pueda
gastar un centavo, esto no acabará», declaró el senador.
Tropas aliadas atrincheradas en la Batalla de Tuiuti, una de
las batallas más sangrientas de la Guerra del Paraguay (imagen: Bate y
Cia./Libro: Guerra do Paraguai)
El
barón de Cotegipe también denunció irregularidades en la nueva política
imperial de pagar por la manumisión de personas esclavizadas
pertenecientes a particulares y enviar a los nuevos soldados negros a la
guerra:
«¿Qué
opina Su Excelencia sobre los abusos que se han cometido al otorgar
condecoraciones a los amos que presentan libertos?», preguntó al
Ministro de Guerra. «Quien tenga un esclavo vicioso, incorregible,
enfermo, etc., lo envía para que sea ofrecido como defensor de la patria
¡y es considerado excelente! Muchos son presentados como buenos, pero
al cabo de unos días son juzgados ineptos y regresan a sus lugares de
origen. Y quien los entregó se queda con las condecoraciones y los
títulos. ¡Es un fraude!».
Para reforzar su argumento, relató un episodio ocurrido en Bahía, su provincia:
Un
hombre lisiado llegó para ser examinado, gracias a influencias
electorales. El médico, que tenía intereses creados, dijo: «No es nada,
le haré un corte en la mano y estará bien». Le hizo el corte, y parece
que el hombre quedó aún más lisiado. Mientras tanto, la nación lo
compró, y es uno de los que seguramente regresaron. Incluso ahora les
tiñen el pelo a los ancianos negros y les ponen dentaduras postizas
nuevas.
—Digo
que han sido rechazados —replicó el ministro de Guerra—. Puede que
algunos hayan sido aceptados en las provincias, pero aquí [en Río de
Janeiro] esto se ha manejado con gran escrúpulo.
"Muchos han pasado a través de la red", insistió el barón de Cotegipe.
"Han pasado peces grandes", coincidió Silveira da Mota.
Sin
embargo, los historiadores afirman que no hay pruebas de que tales
fraudes fueran recurrentes. El escenario más probable, según ellos, es
que esta narrativa fue inventada por terratenientes poderosos que no
deseaban renunciar a sus esclavos, ni siquiera con compensación, e
hicieron todo lo posible por sabotear las políticas abolicionistas del
Imperio, incluyendo la liberación de esclavos para luchar en la Guerra
de Paraguay. Desde la perspectiva de los dueños de esclavos, el gobierno
no tenía derecho a interferir en la propiedad privada de los
ciudadanos.
El
barón de Cotegipe pertenecía a la facción proesclavista. En 1888, por
ejemplo, fue uno de los pocos senadores que votó en contra de la
aprobación de la Ley Dorada (Lei Áurea).
En defensa del gobierno, el senador Marquês de Jequitinhonha (BA) pronunció un discurso:
—Me
opondré a esta nominación [del CPI], votaré en contra, si Dios quiere,
porque la considero inoportuna. Toda esta investigación debería
realizarse cuando nuestra situación mejore. Ahora no es el momento de
ocuparse de un asunto de esta naturaleza.
El emperador Pedro II, quien solo aceptó el fin de la guerra tras la muerte de Solano López (imagen: Museo Imperial)
Apenas
unos días después de su presentación, la solicitud de una Comisión
Parlamentaria de Investigación fue rechazada por el Senado. De los
aproximadamente 50 senadores, solo 11 votaron a favor de la
investigación. Silveira da Mota se indignó y acusó al Parlamento de
estar supeditado al gobierno.
Señores,
no entiendo cómo un gobierno constitucional puede ignorar el derecho
del poder legislativo a examinar minuciosamente todos los aspectos de
este importante acontecimiento y a ejercer una supervisión rigurosa del
gasto de los recursos y fondos públicos. Hasta ahora, y es doloroso
decirlo, el poder legislativo se ha conformado con la información
extraoficial que el gobierno ha proporcionado en sus informes y
documentos, pero dicha información solo muestra los puntos favorables a
la administración y oculta todas sus debilidades. El Parlamento debe
alzar la voz y reclamar sus prerrogativas, que han sido absorbidas por
el Poder Ejecutivo.
No
abandonó la idea. Poco después, volvió a proponer la creación del IPC,
pero esta vez mediante un proyecto de ley, no una solicitud. Sin
embargo, la nueva propuesta nunca se sometió a votación.
Contrariamente
a lo que pueda parecer a primera vista, la apertura de la Comisión
Parlamentaria de Investigación sobre la Guerra del Paraguay no fue una
forma de atacar al emperador Pedro II. Fue, en realidad, una lucha entre
partidos políticos.
Brasil
era un sistema parlamentario. El gobierno estaba encabezado por el
primer ministro, quien elegía a todos los ministros de su gabinete. En
1867, los liberales progresistas ostentaban el poder. Los conservadores
estaban en la oposición. Como miembro del bloque conservador, Silveira
Mota solicitó la creación de la Comisión Parlamentaria de Investigación
(CPI) con la intención de desestabilizar a sus adversarios para que su
propio grupo político pudiera ascender al poder.
El historiador Vitor Izecksohn, profesor de la Universidad Federal de Río de Janeiro (UFRJ) y autor del libro Dos guerras en las Américas (Editorial Alameda), explica:
Los
conservadores criticaban la Guerra del Paraguay no por ser pacifistas,
sino para derrocar a los liberales progresistas. Se trataba de un
proceso de debilitamiento y desgaste del gabinete ministerial, la
práctica habitual de la política. En 1868, los liberales progresistas
cayeron y los conservadores tomaron el control del gabinete. En ese
momento, quienes se oponían a la guerra se convirtieron en partidarios y
viceversa. Los liberales progresistas, otrora en la oposición, incluso
quisieron investigar la actuación del senador conservador Duque de
Caxias como comandante de las fuerzas aliadas en la Guerra del Paraguay.
Izecksohn
recuerda que los políticos y diplomáticos del Imperio no imaginaban que
Paraguay, uno de los países más pequeños de Sudamérica, ofrecería tanta
resistencia antes de ser derrotado. El país, tan tenaz, jamás se
rindió. Esto contribuyó a la prolongación de la guerra.
El
historiador Ricardo Henrique Salles, profesor de la Universidad Federal
del Estado de Río de Janeiro (UniRio) y autor del libro "La guerra paraguaya: esclavitud y ciudadanía en la formación del ejército"
(Editorial Paz e Terra), afirma que no se puede culpar a las oficinas
ministeriales ni a los partidos políticos por la demora en la resolución
del conflicto.
Inicialmente,
según él, la guerra se prolongó porque Brasil no estaba preparado, ya
sea por deficiencias en el Ejército o por la falta de conocimiento del
territorio paraguayo por parte de los militares, lo que contribuyó al
lento avance de las tropas.
«Entonces,
la guerra se prolongó por culpa de Dom Pedro II», continúa Salles.
«Cuando las fuerzas aliadas finalmente tomaron Asunción, a finales de
1868 y principios de 1869, Caxias aconsejó al emperador que pusiera fin a
la guerra, pero este se negó. Dom Pedro II insistió en que la acción
militar solo terminaría cuando Solano López, que había huido, fuera
capturado. Temía que el dictador volviera al poder. Por ello, la guerra
se prolongó durante más de un año. Solano López no fue localizado ni
asesinado hasta 1870».
Sin
embargo, Dom Pedro II jamás podría ser objeto de la Comisión
Parlamentaria de Investigación ni ser responsabilizado por la demora en
la Guerra del Paraguay. Según la Constitución de 1824, la figura del
emperador era inviolable y sagrada.
Según
Salles, a pesar de las acusaciones, nunca se ha probado ningún caso
significativo de corrupción o despilfarro de dinero público en las
gestiones relacionadas con la guerra del Paraguay.
Uno de los últimos retratos del duque de Caxias.
Durante
el Imperio, las Comisiones Parlamentarias de Investigación (CPI) no
eran exactamente como las actuales. La Constitución no otorgaba poderes
de investigación al Senado ni a la Cámara de Diputados. Sin embargo, los
senadores y diputados brasileños solían seguir el modelo inglés, donde
el Parlamento tenía una larga tradición de fiscalizar minuciosamente al
gobierno mediante investigaciones.
Aunque
no mencionaba las «comisiones parlamentarias de investigación», el
reglamento del Senado durante el Imperio permitía la creación de
«comisiones especiales», de modo que algunos senadores pudieran
dedicarse durante unos meses a debatir un problema nacional específico.
Lo que Silveira da Mota propuso en 1867 fue una «comisión especial de
investigación».
Las
Comisiones Parlamentarias de Investigación (CPI) fueron establecidas
oficialmente por la Constitución de 1934, la segunda de la República.
Sin embargo, solo la Cámara de Diputados tenía potestad para crearlas.
Al año siguiente, los diputados federales establecieron una CPI sobre
las condiciones de vida de los trabajadores urbanos y agrícolas.
Fue
la Constitución de 1946 la que otorgó al Senado la facultad de crear
Comisiones Parlamentarias de Investigación (CPI). Los senadores
ejercieron esta facultad de supervisión por primera vez en 1952, con una
CPI centrada en la industria y el comercio del cemento. En aquel
momento, el sector de la construcción atravesaba una crisis debido a la
escasez generalizada del producto en el mercado.
El
Senado y la Cámara de Diputados pudieron establecer comisiones
parlamentarias mixtas de investigación (CPI), aunando esfuerzos en la
investigación, comenzando con la Constitución de 1967. La primera CPI
mixta, en 1976, examinó "la posición inferior atribuida a las mujeres
brasileñas en todos los sectores", incluyendo la política y el mercado
laboral.
Las
comisiones de investigación adquirieron mayor eficacia tras la
Constitución de 1988, que les otorgó su formato actual. Las comisiones
parlamentarias de investigación obtuvieron facultades investigativas
equivalentes a las de las autoridades judiciales, como la capacidad de
investigar irregularidades bancarias, fiscales y telefónicas. Las
conclusiones de las investigaciones comenzaron a remitirse al Ministerio
Público para que los infractores pudieran ser procesados civil y
penalmente.
Desde
1952, los senadores han creado 117 Comisiones Parlamentarias de
Investigación (CPI), la más reciente de las cuales es la CPI sobre la
pandemia (también llamada CPI sobre la COVID-19), que comenzó en abril.
Desde 1976, senadores y representantes han establecido 70 CPI conjuntas.
Entre
los temas más recurrentes en las investigaciones parlamentarias se
encuentran la corrupción en el gobierno, la malversación de fondos de
empresas estatales, los problemas en las privatizaciones, las
irregularidades que involucran a los bancos, la crisis de la Seguridad
Social, los conflictos agrarios, la masacre de pueblos indígenas y la
destrucción del Amazonas.
Guerra de la Triple Alianza. Marcos Paz, vicepresidente de la República Argentina, había muerto en Buenos Aires por la epidemia de cólera que traída del frente de guerra, se propagó como una maldición durante el verano de 1867-68. La verdad es que los brasileños – dueños casi únicos de la guerra, pues solamente del Imperio llegaban refuerzos y armas – se pusieron serios con Mitre después del feo desastre de Tuyú-Cué y le impusieron volverse a Buenos Aires. Constitucionalmente no era necesaria su presencia, no obstante la muerte de Paz, porque el gabinete desempeñaba sus funciones (no había ley de acefalía) y faltaban escasamente ocho meses para la conclusión del período presidencial. Pero Brasil quería apresurar la conclusión de la guerra.
Alejado Mitre (para no volver más), las perspectivas fueron más risueñas para Brasil: Caxias volvió a tomar el mando en jefe. Tal vez no había leído a Federico II, pero llevaba a Mitre la ventaja de ganar batallas.
Sin el general en jefe todo resultaría fácil. El 19 de enero el almirante Inácio fuerza el paso de Humaitá; el 24 dos monitores brasileños llegan hasta Asunción y bombardean la capital paraguaya. Dominado el río por los brasileños, no le era posible al mariscal mantener las fortificaciones de Humaitá y Curupaytí, y el 10 de marzo hizo el repliegue del grueso de su ejército por el camino del Chaco. Apenas dejó cuatro mil hombres de Humaitá para cubrir la retirada. En canoas, chatas y jangadas, los diezmados paraguayos que han defendido hasta más allá del heroísmo la línea de Curupaytí y Humaitá, cruzan el río Paraguay, y por el Chaco toman rumbo norte: en Monte Lindo vuelven a atravesar el río y acampan finalmente en San Fernando. Esa operación resulta un alarde de conducción y valor: es todo un ejército con sus bagajes y armas, heridos y enfermos, evacuando una posición comprometida y en presencia del enemigo. Dos veces cruzaron el río sin que “la escuadra de Brasil se diera por enterada de la doble y audaz maniobra”, dice Arturo Bray.
El coronel Martínez quedó en Humaitá como cebo para inmovilizar al ejército aliado. Pero ya la fortaleza inexpugnable carecía de objeto. El julio recibe la orden de abandonarla con sus pocos efectivos clavando los 180 cañones que no pueden transportarse. Pero el impaciente mariscal Osorio quiere darse la satisfacción de tomarla por las armas y ataca con 8.000 soldados. Martínez hará en Humaitá y con Osorio la misma defensa de Díaz en Curupaytí y ante Mitre: lo deja acercar hasta las primeras líneas y allí lo envuelve en la metralla de su fuego de artillería. Muy cara pagaría Osorio la pretensión de entrar en Humaitá tras un ataque; finalmente se vio obligado a desistir y ordenar la retirada. Fue Humaitá la última gran victoria paraguaya. Pero más afortunado que Mitre, Osorio ha dado a tiempo la orden de retirada y consigue salvar gran parte de sus efectivos. Los cambá (negros brasileños) entrarían en Humaitá y en Curupaytí solamente después de que el último paraguayo las hubiera evacuado el 24 de julio. El 23 a la noche, Martínez ha hecho salir por el río a los efectivos postreros, hombres y mujeres. El 24 al amanecer los brasileños izan la bandera imperial en la ya legendaria fortaleza; poco antes lo habían hecho en Curupaytí. No es feliz la retirada de Martínez a través del Chaco. Los heroicos defensores de la fortaleza han debido sacrificarse para proteger el repliegue del grueso del ejército; van por el Chaco hostilizados por fuerzas muy superiores, ametrallados desde el río por la escuadra. Inácio y Osorio quisieran vengar en Martínez el respeto que le han tenido a Humaitá durante tres años. Finalmente la diezmada guarnición queda encerrada en Isla Poi; logra resistir durante diez días y debe rendirse agobiada por el hambre y el número. Se rinden así los últimos paraguayos que quedaban en ese teatro de guerra. Conmovido, el general Gelly y Obes, hace desfilar a los nuestros “ante los grandes héroes de la epopeya americana”. Hermoso ejemplo que nos debe llenar de orgullo.
Un paraguayo no puede rendirse, aunque la inanición le impida moverse y la falta de municiones no le permita contestar el fuego enemigo. Solano López, ya convertido en el frenético “soldado de la gloria y el infortunio” que dice Bray, es implacable con quienes no demuestran tener su mismo temple. Es imposible ganar la guerra y no han sido prósperas las gestiones de una paz honrosa. Por lo tanto el solo camino que queda a los paraguayos es la muerte; dar al mundo una lección de coraje guaraní.
El coronel Martínez se había conducido como un héroe en su defensa de Humaitá y en su imposible retirada por el Chaco. Pero se había rendido. No importa que contara con mil doscientos hombres y mujeres sin más uniforme que un calzón desgarrado, un quepí, sin pólvora para su fusil de chispa, ni alimentos, frente a tropas veinte veces superiores. Pero el mariscal se había rendido y eso no le era permitido a un paraguayo: la palabra “rendición” había sido borrada del léxico. López declara traidor al defensor de Humaitá.
Los tres años de guerra injusta y desproporcionada han hecho del atildado Francisco Solano una verdadera fiera: está resuelto a morir con su patria y no comprende ni perdona otra conducta. Ni a sus amigos ni a sus jefes más capaces ni a su misma madre y hermanos. Ante todo está Paraguay y por él sacrificará sus afectos más caros. No es la suya una conducta “humanitaria”, seguro; pero López no es en aquella agonía un ser humano sometido a la moral corriente. Es el símbolo mismo de un Paraguay que quiere morir de pie; un jaguar de la selva acosado sin tregua por sus batidores.
En esa última etapa de la guerra nacerá la versión del monstruo, del tirano sanguinario, del gran teratólogo, que alimentaría medio siglo de liberalismo paraguayo. Se le imputaron hechos terribles y no todo fue leyenda urdida por el enemigo. Hay cosas que estremecen, pero pongámonos en la tierra y en el tiempo para juzgarlos; en ese Paraguay de fines de la guerra envuelto en un halo de tragedia. Pensemos en los miles de paraguayos muertos en los combates por defender su tierra o caídos de inanición o de peste en la retaguardia. Sólo así puede juzgarse ese conductor que no puede perdonar a quienes manifiestan flaqueza, hablen de rendirse o tengan simplemente otro pensamiento que no sea morir en la guerra. Para comprenderlo hay que tener un corazón como el de los paraguayos y un alma lacerada por la inminencia de la derrota de la patria. Porque ocurrirán ahora cosas espantosas: el fusilamiento del obispo Palacios, los azotes y el fusilamiento de la esposa de Martínez, la muerte de los hermanos de López, acusados de conspiración; la prisión y los azotes de sus hermanos y hasta de su misma madre. En la atmósfera de tragedia, se yergue la figura del mariscal implacable, convencido de que a los paraguayos, con él a la cabeza, sólo les queda disputar palmo a palmo el querido suelo o morir.
Fuente
Bray, Arturo – Solano López Soldado de la Gloria y el Infortunio, Asunción (1984)
Efemérides – Patricios de Vuelta de Obligado
Portal www.revisionistas.com.ar
Rosa, José María – La Guerra del Paraguay y las Montoneras Argentinas, Buenos Aires (1985)
HACE 159 AÑOS LOS PARAGUAYOS APRESTAN SUS TRINCHERAS EN PLENA NOCHE EN PUNTA ÑARÓ Y PUNTA CARAPÁ
Apagado el eco de la batalla de Yataity Corá, los paraguayos aprovecharon la oscuridad de la noche para comenzar a excavar sus trincheras casi en las mismas barbas del enemigo. Los chaflaneros de los batallones 6º y 7º empezaron la tarea, supervisados por el director de obras, el Ingeniero Inglés Thompson. Las tropas de seguridad estaban a cargo del Coronel Elizardo Aquino, quien dispuso que cien fusileros en posición de guerrilla estén atentos ante cualquier movimiento de los Aliados. En algunos sectores estos fusileros de guardia estaban tan mezclados con los caídos, putrefactos o momificados, de la batalla del 24 de mayo, que era imposible distinguir, en la noche, los vivos de los muertos. Thompson realizó el delineado de la trinchera a la luz de una linterna, que se oculto de la vista del enemigo con cueros de vaca tendidos en los árboles. Los guaraníes colocaron sus fusiles en tierra y comenzaron a cavar una trinchera de una vara de ancho por una de profundidad, tirando la tierra hacia adelante para cubrirse lo más posible de la vista del enemigo. Contaba el Ingeniero Inglés, que estaban tan cerca de las líneas enemigas que se escuchaba claramente la conversación de los centinelas, las risotadas y hasta la tos de los soldados aliados. Se tomaron todas las precauciones posibles, pero seguro que en algún momento de la tenebrosa noche se habrán chocado las palas, picos y azadas de los zapadores paraguayos. Pero por suerte el enemigo no había advertido absolutamente nada. Con las primeras luces del día sábado 14 de julio de 1866 los aliados se dieron cuenta, con estupor y admiración, que los paraguayos estaban instalados y prestos a combatir hacia el extremo izquierdo en una larga trinchera de más de 700 metros de largo. Esta trinchera estaba dividida en dos sectores. Uno, el más extenso, que cerraba el boquerón del norte, denominado Punta Ñaró y el más pequeño que cerraba el boquerón del sur, llamado Punta Carapá. Natalicio Talavera escribió que el susto de los aliados fue tremendo, ya que creyeron en un inminente ataque paraguayo. En el campo enemigo se dió la alarma, se dispusieron en posición de combate y se inició un intenso cañoneo sobre los guaraníes. Los paraguayos continuaban tranquilamente los trabajos. Comunicando las nuevas trincheras con las líneas cercanas a Paso Gómez. Fueron los días previos a las grandes batallas del Sauce y del Boquerón de la muerte, del 16 y 18 de julio de 1866 respectivamente.
El miércoles 18 de julio de 1866 se reanuda el combate, a las 06:30 de la mañana, en el boquerón de las trincheras del Sauce. El enemigo tenía que conquistar las líneas paraguayas cueste lo que cueste. Las tropas argentinas al mando del Comandante Elías y del Coronel Domínguez avanzaron por el frente y el flanco izquierdo. El General Monteiro con los brasileños y otros tantos argentinos avanzó por el bosque hacia la posición paraguaya. El Mayor Coronel defendía Punta Carapá y oponiendo una débil resistencia, se replegó protegido por los cañones del General Bruguez. Los aliados lo siguieron y sufrieron terribles pérdidas a causa de los certeros disparos de las piezas de artillería de a 68 de los paraguayos. El boquerón que los aliados tenían que recorrer en su avance, era un corredor de 40 metros de ancho por 400 de largo hasta las líneas paraguayas. A ambos lados bosques tupidos y cerrados en donde estaban posicionados los fusileros paraguayos. Los aliados avanzaron con temerario arrojo bajo el fuego cruzado de los guaraníes. El General Flores asumió el mando del ataque y ordenó al Coronel Palleja que ataque la trinchera principal paraguaya con el batallón Florida y la tercera división argentina. Nada detenía el denodado pero inútil avance de los argentinos y uruguayos. Contaba el Coronel Crisóstomo Centurión:
Los cuerpos que venían a vanguardia sufrieron horriblemente, en cuyas filas se abrían inmensos claros que volvían a cerrarse, siendo reemplazados los que caían por otros que venían más atrás. Marchaban en confusión tropezando unos con otros sobre los cadáveres mutilados de los caídos y de los heridos que exhalaban sus gritos de dolor. Al llegar a la trinchera cesaron los tiros de la artillería, también calló la fusilería y se desarrolló una terrible lucha cuerpo a cuerpo.
El General argentino Garmendia contaba:
Aquellos demonios de paraguayos se batían desesperados, embriagados por el frenesí de la batalla, parecían leones enfurecidos. Habían cesado las detonaciones que aturden, dominando el sonido seco de los aceros que se chocan en el entrevero y cruzan con el horror de la muerte. Defendían sus trincheras ciegos de coraje a bayonetazos, con piedras y balas que lanzaban con la mano, paladas de arena que arrojaban para cegar al asaltante, a culatazos, a golpes de escobillón, a sablazos, a botes de lanza. La defensa estaba a cargo del General Díaz.
El Coronel Palleja, oficial español al servicio del ejército uruguayo, llevó a sus tropas al ataque y estas lograron penetrar dentro de la trinchera paraguaya clavando en su parapeto una bandera y apoderándose de los cañones. Momentos después el mismo Palleja caía de un certero balazo en el pecho. Los hombres del batallón Florida, comandados por él, llevaron su cadáver hacia la retaguardia rindiéndole honores en medio de las balas paraguayas. Mitre ordenó un segundo ataque. La columna aliada siguió el mismo camino que Palleja, sufriendo los efectos de la formidable artillería que defendía la trinchera paraguaya. El Juan Crisóstomo Centurion contaba:
"De modo que aquel boquerón llegó a ser una voragine que tragaba masas de carne humana semejante a un monstruo insaciable"
A las 14:30, el general Flores dió la orden de retirada. Se luchó durante ocho horas. Los aliados, mientras se replegaban, seguían sufriendo el fuego de la artillería y fusilería paraguaya. No hubo orden de persecución. La victoria fue saludada en las trincheras paraguayas con grandes aclamaciones.
En la primera imagen, una foto, quizás, de la Compañía Bate, en donde se observa el homenaje de los soldados uruguayos a su jefe, el Coronel José Pons de Ojeda, conocido como León de Palleja, español nacido en Sevilla en 1816
En la segunda imagen se observa un dibujo de Walter Bonifazi.
Fue Ministro de Guerra y luego general en campaña. Su actuación en batallas como Tuyutí y Curupaytí fue destacada. Muchos historiadores lo valoran por su capacidad táctica y su comprensión del terreno.
Ministro de Guerra y Marina de la Nación Argentina
12 de octubre de 1862-6 de agosto de 1865
Presidente
Bartolomé Mitre
Predecesor
Pastor Obligado
Sucesor
Julián Martínez (interino)
Diputado de la Nación Argentina por Provincia de Buenos Aires
12 de octubre de 1872-26 de septiembre de 1874
Información personal
Nacimiento
21 de mayo de 1815 Buenos Aires (Argentina)
Fallecimiento
18 de septiembre de 1904 (89 años) Buenos Aires (Argentina)
Sepultura
Cementerio de la Recoleta
Nacionalidad
Argentina
Familia
Padres
Juan Andrés Gelly Micaela Obes
Cónyuge
Felicia Álvarez Estanislada Álvarez
Hijos
Pascuala, Alberto, Julián y Ángel
Información profesional
Ocupación
militar
Rama militar
Infantería
Rango militar
Teniente general
Conflictos
Guerra de la Triple Alianza
Partido político
Partido Unitario Partido Liberal Partido Nacionalista Partido Liberal Unión Cívica Unión Cívica Nacional
Juan Andrés Gelly y Obes (Buenos Aires, 21 de mayo de 1815 - íd., 18 de septiembre de 1904) fue un militar argentino con actuación en las guerras civiles argentinas y la guerra del Paraguay, y un hombre leal y de confianza de Bartolomé Mitre.
Fue ministro de Guerra de la provincia de Buenos Aires durante Cepeda y Pavón. Fue convencional constituyente en 1860 y diputado nacional. En la guerra del Paraguay fue jefe del Estado Mayor del Ejército aliado de operaciones, y también general en jefe del Ejército a partir de 1868, con el regreso de Mitre por el fallecimiento del vicepresidente Marcos Paz. Adhirió a la Revolución de 1874, la Revolución de 1880 y la Revolución del Parque.
Biografía
Era un adolescente aun cuando su padre —el paraguayo Juan Andrés Gelly— debió exilarse en Montevideo llevando consigo a su hijo, debido al apoyo que había prestado a la dictadura del general Juan Lavalle y su posición contraria a Juan Manuel de Rosas. Allí se sumó a la defensa contra el sitio que sufrió esa ciudad durante ocho años, llegando al grado de coronel, jefe de un regimiento de exiliados argentinos. Durante algún tiempo estuvo exiliado en el Brasil, donde administró una estancia. Durante su estadía en Montevideo entabló estrecha amistad con Bartolomé Mitre pero, a diferencia de este, sólo regresó a Buenos Aires en 1855.
Gelly y Obes en su vejez.
En Buenos Aires se incorporó al ejército con el grado de coronel, fue diputado provincial, comandante del Puerto de Buenos Aires, comandante de la Armada del Estado de Buenos Aires y ministro interino de Guerra y Marina durante las campañas de Cepeda y Pavón.
A fines de 1861 fue uno de los diplomáticos enviados por Mitre para convencer a Justo José de Urquiza de no impedir el derrocamiento del presidente Santiago Derqui. Fue senador provincial en 1862, y ascendido al grado de general.
Durante la presidencia de Mitre fue ministro de Guerra y Marina hasta la guerra del Paraguay. Fue designado jefe de Estado Mayor del ejército de operaciones, siendo sustituido por el coronel Julián Martínez el 6 de agosto de 1865 (más tarde asumió el brigadier Wenceslao Paunero). Estuvo en el frente de operaciones hasta fines de 1867, es decir durante la primera mitad de la Guerra del Paraguay; fue nombrado jefe del Estado Mayor del Ejército Argentino en campaña en el Paraguay, razón por la cual renunció a su cargo de ministro. Participó en la batalla de Tuyú Cué y fue ascendido a brigadier general por el presidente Mitre. El presidente Sarmiento lo nombró comandante del ejército argentino en el Paraguay, participando en la Campaña de Pikysyry, aunque renunció por un fuerte altercado con el presidente poco antes del saqueo de Asunción.
Plazoleta con su nombre y busto en la ciudad de Buenos Aires.
Fue el jefe de las fuerzas nacionales en Corrientes, donde combatió al general Nicanor Cáceres, que intentaba defender al gobernador constitucional de una revolución apoyada por el presidente Mitre. Permaneció en la provincia de Corrientes, como jefe de la reserva del ejército en campaña, hasta el estallido de la revolución de Ricardo López Jordán, dirigiendo una de las columnas principales en la guerra contra este. Controló parte del norte de Entre Ríos hasta la batalla de Don Cristóbal, en la que fue derrotado por López Jordán, aunque este debió retirarse al finalizar el día ante la aproximación de más fuerzas nacionales. No pudo impedir la marcha del jefe rebelde hacia Corrientes, donde sería decisivamente derrotado.
Debido a su ascendencia paraguaya, fue propuesto como candidato a ocupar la presidencia de ese país.
Fue diputado nacional entre 1872 y 1874, por el partido de Mitre, cargo al que renunció a fines de 1874 para poder participar en la revolución de Mitre del año 1874; también pidió la baja en el Ejército. Su participación en la revolución fue secundaria, aunque fue el jefe del estado mayor del ejército mitrista derrotado en La Verde.
Fue reincorporado al Ejército en 1877, por decreto del presidente Nicolás Avellaneda, pero volvió a ser dado de baja por su participación en la revolución de 1880. Sólo sería reincorporado a fines de la presidencia de Julio Argentino Roca. Acompañando a Mitre, fue parte del grupo fundador de la Unión Cívica, adhiriendo a la Revolución del Parque en 1890.
Durante la presidencia de José Evaristo Uriburu (1895-1898) presidió el recién creado Consejo Supremo de Guerra y Marina, que juzgaba la conducta de los oficiales del Ejército y la Armada Argentinas. Apoyó la gestión del general Pablo Ricchieri para la reforma militar de 1901, que creó el moderno Ejército Argentino fundado en el servicio militar obligatorio en Argentina.
Su fallecimiento, el 18 de septiembre de 1904, fue un acontecimiento público nacional. Sus restos fueron depositados en el Cementerio de la Recoleta, y su tumba fue declarada Monumento Histórico.
Una localidad de la provincia de Santa Fe y una calle de la ciudad del barrio de Recoleta de la ciudad de Buenos Aires llevan su nombre.
Fotografía del Vapor "25 de Mayo" y su tripulación en 1861. Muchos de
ellos morirán con la captura del vapor por parte de las fuerzas
paraguayas. Otros más, sufrirán un penoso cautiverio. El vapor
capturado, servirá bajo bandera paraguaya durante varios años de la
guerra.
Surtos en el puerto de la Ciudad Capital de la Provincia de Corrientes, se hallan dos buques argentinos, el "25 de Mayo" y el "Gualeguay". Ambos buques se encuentran en el puerto para realizar reparaciones. Se hallan desarmados, y con sus tripulaciones disminuidas, o con permiso de tierra. La mañana del 13 de abril de 1865, cerca de las seis, cinco vapores paraguayos se aparecen frente a las costas de la Ciudad de Corrientes. Pronto toman posiciones, y atacan a los indefensos navíos argentinos, sin declaración de guerra, en una acción sin ningún tipo de provocación. Los marinos argentinos , superados en número, intentan una resistencia heroica, pero pronto son sometidos y tomados prisioneros. Trescientos marineros paraguayos capturan a cerca de ochenta marinos argentinos, varios de los cuales, ya rendidos, son degollados inmediatamente por los guaraníes. Arrían el pabellón argentino, arrojando la bandera al suelo, gritando vivas por el Mariscal Solano López. Algunos marinos que intentan evitar la captura, se arrojan al agua, y son baleados, muriendo todos ellos. En tanto, 2.500 hombres del ejército paraguayo desembarcan en la Ciudad de Corrientes, ocupando la Ciudad Capital de la Provincia homónima. Otras columnas paraguayas invaden por distintos pasos la Provincia Mesopotámica, sumando un total de 27.000 hombres. Los marinos sobrevivientes, pasaran el resto de la guerra en cautiverio en condiciones infrahumanas. Muchos morirán en presidio. La ocupación paraguaya de la Ciudad de Corrientes será muy dura y cruel. Habrá secuestros, violaciones, destrucción de propiedades argentinas, y fusilamientos sumarios. Incluso, se secuestrará a cinco mujeres, algunas con sus hijos pequeños, y se las llevarán al Paraguay, las famosas "Cautivas correntinas". El Gobernador legítimo, Manuel Lagraña, logra escapar con algunos soldados al interior de la provincia con intención de reunir hombres, para repeler la invasión paraguaya. Los invasores, a su vez, imponen un gobierno títere, sujeto a las decisiones de Asunción. Cerca de un año se tardará en expulsar a los invasores, de la Provincia de Corrientes, a costa de sangrientas batallas, como Yatay y Pehuajó. El ataque paraguayo, provocará la entrada en la guerra de la República Argentina.
La novelesca y extravagante vida de Lucio V. Mansilla, el gran dandy porteño que brilló con su pluma
Militar, escritor, periodista, miembro de la alta sociedad. Viajó por el mundo, retó a duelo a un hombre porque se burló de su estrafalario sombrero, y sintió devoción por Sarmiento. En 1870 visitó las tierras aborígenes, experiencia que luego inmortalizó en su libro "Una excursión a los indios ranqueles"
Por Luciana Sabina || Infobae
El duelo de Lucio V. Mansilla con Pantaleón Gómez
Las lágrimas de Lucio Victorio Mansilla en su cara fueron lo último que Pantaleón Gómez sintió antes de morir. Militar devenido en periodista, Gómez dirigía entonces "El Nacional" y el Colegio de Escribanos.
Veterano
de la Guerra del Paraguay, de vasta experiencia política, fue
gobernador del Chaco con sólo 45 años. Su trágico fin comenzó a
escribirse en febrero de 1880, cuando el periódico que comandaba criticó un sombrero del general Mansilla.
Ciego de indignación, don Lucio lo retó a duelo.
No exageró: para Mansilla, la elegancia y el porte eran tan importantes como el aire que respiraba…
Aristóbulo del Valle lo retrató muy bien: "Cuando va por la calle, sonríe delante de todos los espejos. Si se mirara con el ceño adusto, mandaría los padrinos a su propia imagen reflejada en el vidrio…".
Pantaleón
Gómez no fue el autor de la sátira, pero mientras los padrinos de ambos
intentaban evitar el duelo, comenzó a discutir con Mansilla través de
la prensa. Y así, con cientos de lectores como testigos, se agredieron
mutuamente durante días.
Gómez
llegó a escribirle: "Es usted un desgraciado a quien no queda ni el
miserable derecho de insultar a la gente decente. Ni sus iguales lo
abonan".
Como respuesta última recibió: "Ya verá si hay quien me abone".
Se citaron en Palermo, armados, a las once de la mañana del 7 de febrero.
El duelo fue a pistola y a diez pasos de distancia. Luego de dos
intentos -en los que ninguno acertó-, Gómez descargó su arma contra el
piso, diciendo: "Yo no mato a un hombre de ta…".
No terminó la palabra "talento": se desplomó atravesado por la bala del general.
Murió
en el mismo campo del honor, bajo las caricias arrepentidas de su
verdugo. El sepelio fue impresionante. Ciento cincuenta carruajes
marcharon detrás de la carroza fúnebre.
Domingo Faustino Sarmiento
emocionó a la muchedumbre: "¡Muerto!… Pantaleón Gómez, el simpático, el
fervoroso, el leal, el verídico, el arrogante joven. ¡Muerto! (…) Desde
esa sepultura cavada casi en el umbral de la vida, este amigo joven que
debió dejarme a mí aquí y seguir su camino, os dirige un consejo: 'No
derrochéis la vida, no arrojéis al aire a puñados los sentimientos de
honor, de patriotismo, de inteligencia. Tan nobles dotes os fueron dadas
no para florecer al primer rayo de sol y morir en seguida, sino para
dar frutos sazonados'. Los restos de Pantaleón Gómez quedan aquí. En
nuestros corazones, la memoria de su hidalguía. Pero en la superficie de
la tierra, en esta patria que todos debemos enriquecer, Pantaleón Gómez
no deja obra acabada a causa de darse prisa, sin motivo suficiente, a
mostrar que sabía morir".
Lucio V. Mansilla se radicó en Francia y viajó por Europa, África y Asia
Luego del terrible incidente, Mansilla no fue citado por la justicia. Viajó a Europa con su familia. Se radicó en Francia donde se convirtió en figura habitual de los bulevares parisinos. Naturalmente elegante. Su charla, amena y fácil, lo distinguió pronto entre todos.
Sin embargo, no era feliz.
Quedó claro que el campo de batalla, el parlamento, el periodismo,
donde actuó con brillantez y eficacia, fueron accidentes más o menos
importantes… pero no permanentes en su vida.
De
lo único que no pudo alejarse del todo fue de Buenos Aires, a dónde
volvió cada tanto, acaso porque nació en esa provincia el 23 de
diciembre de 1831. Era el día de Santa Victoria, y de ahí Victorio, su
segundo nombre. Hijo de notorio militar Lucio Norberto Mansilla y de
Agustina Rosas, hermana menor de Juan Manuel, los lujos y el rango social signaron su infancia.
Poco antes de cumplir los 18, su padre lo envió en misión comercial. Periplo que lo llevó no sólo a Europa: también a los exotismos de África y Asia.
Luego de la caída del Rosas en la batalla de Caseros, Mansilla se erigió en uno de sus más fieros críticos.
Entre 1864 y 1868 se batió en la Guerra de la Triple Alianza.
Allí fue militar, pero también periodista. para escribir sus crónicas
desde el frente para el diario La Tribuna, usó varios seudónimos:
Falstaff, Tourlourou, Orión. Bajo su mando quedó Domingo Fidel Sarmiento (Dominguito), hijo del indómito sanjuanino.
Domingo Fidel Sarmientol, Dominguito: Mansilla lo protegió durante la guerra de la Triple Alianza
Mansilla lo protegió cuanto pudo. Hasta darle dinero para que pudiera mantener a su madre, Benita Pastoriza,
mientras Domingo Faustino estaba en los Estados Unidos, y en franca
pelea con su familia por la relación con su amante Aurelia Vélez, la
hija de Dalmacio Vélez Sarsfield.
En
una de las cartas de Dominguito a su madre desde el campo de batalla,
desnudó el espíritu generoso de su superior: "Mansilla, pasado el primer
momento de la carga, me ordenó que me retirara, y yo, no habiendo
querido obedecerle, como era natural. Entonces me dijo: 'He
prometido no exponerlo a usted sino en caso indispensable. Volvamos al
batallón y piense que se lo he prometido a su mamá'. Te cuento esto para
que veas como hay quien cuide por ti".
Pero, lamentablemente, el muchacho murió en la batalla de Curupaytí, a mediados de septiembre de 1866.
"Vi a Sarmiento muerto -narró el general José Ignacio Garmendia en sus recuerdos sobre la guerra sobre el final de Dominguito-, conducido en una manta por cuatro soldados heridos: aquella faz lívida, lleno de lodo, tenía el aspecto brutal de la muerte.
No brillaba ya esplendorosa la noble inteligencia que en vida bañó su
frente tan noble; apreté su mano helada, y siguió su marcha ese convoy
fúnebre que tenía por séquito el dolor y la agonía (… ) Ayala, Calvete, Victorica, Mansilla (… ) y qué sé yo cuántos más, todos heridos, chorreando sangre se retiraban en silencio
(… ) Era interminable aquella procesión de harapos sangrientos, entre
los que iba Darragueira sin cabeza; de moribundos, de héroes
inquebrantables, de armones destrozados, de piezas sin artilleros, de
caballos sin atajes (… )."
Muchos años más tarde, don Lucio homenajeó a su lugarteniente, procurando cuidar de su madre como había intentado cuidarlo a él. Sarmiento odiaba tanto a Benita Pastoriza, que la había eliminado de su testamento. Al morir el sanjuanino, Mansilla consiguió para ella una pensión del Congreso nacional que le correspondía por ser su viuda.
Sarmiento
expresó su dolor innumerables veces. En una carta a su amiga Mary Mann,
escribió: "La muerte de Dominguito tan malogrado, ha traído a mi
espíritu un incurable descontento. ¡Qué cadena de desencantos! Habría
vivido en él; mientras que ahora no sé adónde arrojar este pedazo de vida que me queda, no sé qué hacer con ella".
En
1870, sus visitas a las tierras aborígenes, en su intento de firmar un
tratado de paz con ellos -frustrado por las autoridades nacionales- lo
llevó a escribir su famoso libro “Una excursión a los indios ranqueles”
Cuando regresó del frente, Lucio V. Mansilla propuso a Sarmiento como presidente.
Y junto a Aurelia Vélez trabajaron juntos para lograrlo. Cuando el
padre del aula asumió la primera magistratura, él se acercó
para pedirle un lugar en el nuevo gobierno. No logró lo que quería, pero
fue designado Coronel y Comandante de Fronteras en Río IV, Córdoba.
En
1870, sus visitas a las tierras aborígenes, en su intento de firmar un
tratado de paz con ellos -frustrado por las autoridades nacionales- lo
llevó a escribir su famoso libro "Una excursión a los indios ranqueles".
El militar y escritor buscó durante toda su vida la perfección: "Si eres franco por carácter, procura ser reservado por estudio", escribió. Excelente consejo, ¡que él jamás puso en práctica!
Era impulsivo, inconstante, versátil: por algo sus amigos le dieron escaso espacio en el gobierno.
Otra manía: horror a perros y ratones. No hay gran hombre que no tiemble ante nimiedades.
Alto,
esbelto, impecable en la juventud y no menos en la madurez, cierto día
le regalaron un largo sobretodo-levitón claro y una galera sedosa color
crema. Estaba encantado. Lo primero que dijo fue: "Me voy a la calle Florida. Quiero que el mundo admire mi elegancia…".
Pasó sus últimos años en Europa, postrado.Ningún narcótico logró calmar sus dolores. Pero mientras su cuerpo se derrumbaba, la lucidez siguió intacta.
Ansiaba volver a Argentina. Pero no sucedió. Murió el 8 de octubre de 1913, en París.
Un cronista porteño escribió: "La calle Florida hoy empieza hoy a envejecer".