Mostrando entradas con la etiqueta Guerra del Paraguay. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Guerra del Paraguay. Mostrar todas las entradas

martes, 10 de abril de 2018

Guerra del Paraguay: Mitos revisionistas y el apoyo de Colombia

Colombia y la guerra de la Triple Alianza

Alfredo Cardona Tobón* | Historia y Región


La presidente de Argentina, Cristina Fernández, calificó la guerra de la Triple Alianza como una traición a Latinoamérica; pero olvidó decir que  fue  otra de las infamias de su país, esa vez contra los hermanos paraguayos que casi son exterminados por la acción conjunta de Brasil, Uruguay y Argentina.
La hecatombe fue atizada por la soberbia del presidente paraguayo Francisco Solano López, los intereses territoriales de Argentina y Brasil, la falta de patriotismo de los lideres del Partido Colorado del Uruguay y por el lucro de los banqueros ingleses que se vieron beneficiados en el conflicto.
Todo empezó con el paso de tropas paraguayas a través de territorio argentino para apoyar el gobierno del Partido Blanco del Uruguay amenazado por la insurrección del Partido Colorado de ese mismo país, respaldado a su vez por Brasil.
 El presidente argentino  Bartolomé  Mitre declaró la guerra al  Paraguay y desde 1865 hasta 1870 argentinos, brasileños y uruguayos se unieron  para acabar con el pueblo de la pequeña nación. Eso no fue un conflicto armado, fue el genocidio de una nación que al empezar la guerra tenía 1.300.000 habitantes y la final de la lucha apenas contaba con 200.000 sobrevivientes, de quienes solo había 28.000 hombres en edad reproductiva y el resto eran mujeres, ancianos y niños.
 De los 100.000 soldados al empezar las acciones, quedaron 400 combatientes, entre quienes figuraban decenas de mujeres y adolescentes. Paraguay perdió 170.000 kilómetros cuadrados de su territorio y quedó totalmente devastado, era la sombra apenas, de una nación que fue la primera en establecer líneas ferroviarias en Suramérica, la primera en establecer fundiciones y fábricas de papel y la segunda en el mundo en la producción de textiles y en el cultivo de algodón

EL DESARROLLO DE LA GUERRA

El Paraguay tomó la iniciativa en los combates: ocupó el Matto Grosso brasileño e invadió la provincia argentina de Corrientes; sus fuerzas armadas estaban mejor preparadas que las de sus vecinos, el país tenía recursos para la guerra en tanto que  sus enemigos estaban inmersos en serias dificultades económicas.
La ventaja inicial no duró mucho, pudieron más las montoneras que un ejército calificado: los brasileños se aliaron con comunidades indígenas y contraatacaron saqueando lo que encontraron y quemando lo que no podían robar. El  10 de abril de 1866 las fuerzas de la Triple Alianza tomaron la fortaleza de Itapirú en el río Paraná y derrotaron a los paraguayos en Tuyutí, en una de las más sangrientas batallas en la historia americana. Una victoria de Solano López en Curupayty detuvo por algunos meses las acciones militares de los aliados, que en enero de 1869 llegaron hasta la ciudad de Asunción.  A partir de entonces, el avance de brasileños, argentinos y uruguayos fue continuo, dejando desolación, hambre y muerte por donde pasaban, degollando a civiles, niños y mujeres como si la consigna fuera despoblar al Paraguay y acabar con su gente.
El Mariscal  Solano López trasladó la capital a Piribebuy y en agosto de 1869  20.000 soldados aliados  se enfrentaron con 1.600 defensores de Piribebuy que nada pudieron hacer contra la superioridad numérica de los atacantes. La resistencia paraguaya fue tenaz y heroica, la garra de los paraguayos exasperó en tal forma a los jefes brasileños que asesinaron a los prisioneros o los vendieron como esclavos en las plantaciones de Rio Grande.
Solano López se retiró con unos pocos combatientes a las montañas del oeste perseguido de cerca por el comandante brasileño conde D´Eu. El 16 de agosto de 1869 la gente del pequeño poblado de Acosta Ñu trató de obstaculizar la marcha de los brasileños para dar tiempo de escape a las tropas de Solano; cuatro mil niños y adolescentes se pintaron bigotes y con palos de escoba simularon una columna en la retaguardia paraguaya, algunos llevaban machetes, otros lanzas de cañabrava y la mayoría caucheras; el Conde D’Eu ordenó el ataque, pequeños de seis años se aferraban a los pies de los asesinos para que no los mataran, fue una terrible, cruel e inhumana carnicería que remató el conde D´Eu prendiendo fuego a  los montes cercanos donde quedaron calcinados miles de niños con las madres que trataron de auxiliarlos.
En el Cerro Corá 26.000 soldados brasileños rodearon a los 409 paraguayos que acompañaban al Mariscal Francisco Solano López y los mataron a casi todos, incluyendo al presidente paraguayo que pereció con sable en mano al igual que su hijo Panchito que luchaba a su lado.

EL APOYO DE LOS RADICALES COLOMBIANOS

El 27 de julio de 1869 el Congreso de Colombia expidió un decreto para expresar su admiración por la resistencia de los paraguayos y participar del dolor por la muerte del Mariscal Francisco Solano López; y un año más tarde, cuando todo estaba consumado,  expidió la siguiente resolución:
“Si por efecto de la guerra, el Paraguay desapareciera como nación, ningún paraguayo será paria en América, con  solo pisar tierra colombiana, en caso de producirse, gozará en forma automática de los privilegios, facultades, prerrogativas y derechos de colombiano, es decir que de perder la nacionalidad paraguaya serán automáticamente colombianos”
Firman Eustorgio Salgar-(Presidente), Felipe Zapata (Ministro de Relaciones exteriores)  y Jorge Isaacs ( Presidente del Congreso)
Además de ese apoyo en el papel, que no aprobaron los conservadores colombianos, nuestro país contribuyó en la medida de su raquítico presupuesto en la reconstrucción del Paraguay ocupado por los brasileños; envió comida, drogas y varios médicos que acompañaron una pequeña fuerza para garantizar el respeto por los vencidos.
El mundo vio atónito la sanguinaria alianza contra los paraguayos, si los  vencedores no desmembraron al Paraguay fue por la oposición de algunos países amigos como Bolivia, Ecuador, Colombia y de los Estados Unidos que mantuvieron sus embajadores  en tierra paraguaya. Los aliados impusieron grandes tributos como indemnización de guerra. Unos años más tarde la Argentina suspendió los cobros y trató de adjudicar la responsabilidad de las masacres a los brasileños. Durante el  gobierno de Perón  los argentinos devolvieron los trofeos  tomados  a los paraguayos en los campos de batalla.


Mariscal    Solano López, presidente paraguayo

La recuperación demográfica del Paraguay fue muy lenta, Brasil tomó todo el territorio que quiso, Argentina ocupó parte del Chaco y recuperó la parte de la provincia de Misiones que en tiempos del Doctor Francia se  había adherido al Paraguay.
Esa guerra es un crimen que taladra la conciencia americana y nunca ha sido reconocido por el ambicioso Brasil. El resquemor de los paraguayos con sus vecinos sigue vivo y se necesitarán más que discursos de Cristina Fernández para borrar la culpa  de la nación argentina, cuyo gobierno hubiera podido frenar el salvajismo brasileño y oir el clamor del pueblo raso que no quería ir a la guerra contra sus hermanos paraguayos.

Lástima que Paraguay estuviera tan lejos de Colombia, porque de poder hacerlo de seguro miles de voluntarios del radicalismo liberal hubieran ofrenda su vida en defensa de sus hermanos.

lunes, 26 de febrero de 2018

Guerra del Paraguay: Zeballos y la guerra

La Guerra del Paraguay según un «científico» decimonónico

Por Cristino Bogado  ||  ABC Color


El jurista, político y periodista argentino Estanislao Zeballos anunció durante décadas su intención de escribir una historia de la Guerra de la Triple Alianza, y logró reunir una cuantiosa documentación sobre el tema. Sin embargo, al morir, el 4 de octubre de 1923, a los sesenta y nueve años de edad, en Liverpool, Inglaterra, no había realizado su proyectada obra. Los materiales que reunió para escribirla forman un complejo documental de singular valor que ha sido publicado en forma de libro en una hermosa edición del sello Tiempo de Historia. Con el título de La Guerra del Paraguay en primera persona, este volumen acaba de ser presentado, el pasado jueves 10, en el Centro Cultural de la República «El Cabildo». Aquí, una reseña cuya aguda mirada crítica no dejará indiferentes a los lectores y que hace esperar más publicaciones, por igual interesantes y polémicas, de este sello.



Reproducción facsimilar de un manuscrito –perteneciente al Fondo Zeballos– de puño y letra del general Bernardino Caballero fechado en Asunción el 28 de abril de 1888. / ABC Color



«Como en Paraguay todos los nativos piensan en guaraní»
Zeballos (1888)

Apuntes, informes, declaraciones escritas y testimonios orales transcriptos por Estanislao Severo Zeballos (1854-1923) a partir de entrevistas que hizo a uruguayos, argentinos, franceses, ingleses y, sobre todo, paraguayos, testigos o participantes del conflicto, en sus dos visitas al teatro de operaciones de la «Guerra Guasu» (territorios actuales de Corrientes, Paraguay y otros sitios‚ como Uruguay), en 1887 y 1888, forman el Fondo Estanislao Zeballos del Archivo Juan Bautista Gill Aguinaga, hoy editado como libro por la historiadora argentina Liliana Brezzo.

Con estos documentos, Estanislao Zeballos pensaba escribir la historia general de la Guerra de la Triple Alianza, cuyo título tentativo fue Historia de la Guerra del Paraguay, luego variado a Política Internacional del río de la Plata y Guerra del Paraguay.

El Fondo Estanislao Zeballos –subastado con otros documentos‚ monedas y muebles por sus parientes en 1929– fue adquirido por Juan Bautista Gill Aguinaga‚ hijo del expresidente Gill, asesinado en 1877.

Juan Bautista Gill Aguinaga muere en 1982 y deja claras disposiciones para que el Archivo Zeballos sea donado al Estado paraguayo; así, hoy se encuentra en el Archivo del Instituto y Museo de Historia Militar (en la actual sede del Ministerio de Defensa).

Un equipo de cinco personas –entre ellas, Martín Romano‚ Guido Rodríguez Alcalá y la propia editora, Liliano Brezzo– transcribió los documentos reunidos en La Guerra del Paraguay en primera persona (Asunción, Tiempo de Historia, 2015). En los anexos hay algunos documentos que ya no están en el Fondo Zeballos por haberse perdido, pero de los que se conservan fotocopias; las ilustraciones incluyen croquis‚ copias facsimilares de textos‚ manuscritos‚ etc. Fuera de esto, cabe resaltar un detalle: no encontré ni un solo testimonio brasileño en el libro.

PERFIL DE ZEBALLOS

La investigadora Brezzo nos pinta un cuadro casi hollywoodense del personaje Zeballos‚ suerte de dechado de virtudes en las antípodas, para decirlo con algo de colorido, del tradicional estereotipo del «kaygüecho sudaka»:

«En los años de máxima actividad, Zeballos concurría a la mañana a dar clases en la universidad‚ luego pasaba al mediodía a despachar en el Ministerio de Relaciones Exteriores y al anochecer iba al diario a redactar las editoriales de La Prensa».

Un hombre-orquesta, pues, acelerado y ambicioso, de cuya atareadísima jornada estándar Brezzo, por algún motivo, olvida contarnos que no acababa allí, que podría añadírsele algún coctel de midnight en La Rural, de la cual era miembro, y aun, acaso, a altas horas de la madrugada, alguna exhumación de cráneos de indios‚ faena muy atractiva para un científico (Zeballos fue el fundador de la Sociedad Científica Argentina) decimonónico argento típico de aquel entonces. Interesante unión esta, entre cráneos de indios y ciencia, en esa Argentina positivista del XIX tan bien representada‚ con todas sus paradojas‚ en La ocasión, de Saer, por cierto, para quien desee acercarse más al clima de la época.

De la macabra colección, donada, a la muerte de Zeballos, al museo de la Universidad de La Plata, encontré una mención en internet (debo la pista al testimonio, vía chat de Facebook, del periodista porteño Juan Terranova‚ que, alumno de la escuela Estanislao Severo Zeballos, había oído de ella –que incluía el cráneo de Mariano Rosas‚ ahijado indio del tirano–):

«Unas trescientas calaveras llegaron de la mano de Estanislao Severo Zeballos […] “Fue el ideólogo, el apoyo intelectual, quien justificó la campaña del desierto”, precisa Jure, actual coordinador de la Unidad de Medios Audiovisuales del Museo» (http://www.varelaenred.com.ar/trofeos-guerra.htm).

El perfil de Zeballos, de hecho, toma volumen y un giro malandro no bien el lector se pone a indagar por su cuenta. Les dejo aquí tres citas; las dos primeras pertenecen al décimo tercer capítulo, «Estanislao Severo Zeballos: El intelectual más orgánico de la conquista», del clásico estudio Indios‚ ejército y frontera (Buenos Aires, Siglo XXI, 1982, 326 pp.), de David Viñas, que lo define como «El más orgánico y despiadado de los intelectuales de la república positivista»; y como un «Escritor egocéntrico y desdeñoso del resto de América Latina entendida como matriz del “mestizaje oscuro”»; y la tercera, del libro publicado por el propio Zeballos (apud Viñas, op. cit.) bajo el padrinazgo del general Roca, De La conquista de 15.000 leguas, de 1878:

«Quitar á los pampas el caballo y la lanza y obligarlos á cultivar la tierra, con el remington al pecho, diariamente: hé ahí el único medio de resolver con éxito el problema social que entraña la sumisión de estos bandidos».

EL ESTUDIO PRELIMINAR

Liliana Brezzo –investigadora del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (Conicet) y licenciada en Historia por la Universidad Católica de Argentina, con estudios de especialización en Navarra (España), una tesis doctoral sobre «Las relaciones entre la confederación y el Paraguay, 1852-1862» y libros como Las relaciones entre la confederación y el Paraguay a comienzos del siglo XX (1900-1930) (El Lector, 2010), el último que ha editado en Paraguay– dice en su estudio preliminar que «el corpus documental» transcripto para esta primera edición paraguaya tiene un estatus ambiguo: las «narrativas» que lo integran «no son un documento histórico original pero tampoco un texto literario». Pienso de inmediato en un archivero full time como Foucault, que, pese a serlo, proclama con desconcertante paradoja: «Me doy cuenta de que no he escrito más que ficciones». Podríamos sentirnos tentados también a ver, en esta obra incompleta y, hasta esta primera edición, inédita‚ una de esas ficciones «fabricadas» (como nos lo señalara la Microfísica del poder en 1978) para inducir verdades en la historia o en la política.

Aparte de esta, otra acotación que me permitiré hacer es que, en los testimonios orales obtenidos por Zeballos en entrevistas personales‚ se echa en falta que no se nos aclare con precisión (salvo en los casos de Pedro Duarte‚ monolingüe guaraní‚ y del doctor Stewart‚ que en sus diarios usaba una técnica taquigráfica privada y mezclaba español‚ inglés y‚ creo‚ guaraní) el lenguaje en que se realizaron estas entrevistas‚ ni cómo era, incluso, el español decimonónico de los paraguayos –si puro y castizo‚ si enjoparaizado de guaranises– o si los sucesos se narraban directamente en guaraní-paraguayo, y‚ en tal caso‚ si Zeballos confiaba en su trujimán contratado‚ y quién era, y qué características tenía, tal interprete‚ etc.

CURIOSIDADES

Entresaqué algunas citas que –además del discurso de apología que Godoy dedica a López después de que el correntino Aveiro comparara al Mariscal con los astros celestiales– me llamaron la atención: que el Partido Colorado se «llamaba» militar en 1888 porque estaba integrado por los sobrevivientes militares de López (Escobar‚ Duarte‚ Delgado‚ el coronel Meza‚ el capitán Ortiz); que «Venancio López vivía con dos quiguaberá en Paso de Patria‚ Irala en Campo Grande con siete hermanas» (Zeballos, sin mencionar fuentes); que «La oficialidad estaba obligada a aprender de memoria las ordenanzas del ejército español bajo penas severísimas. Godoy los recita hasta ahora como un niño, el bendito»; que «López le exigía prodigios al soldado paraguayo. No dormir ni comer ni descansar»; que «Madame Lynch recibía los periódicos europeos por medio de la legación inglesa durante la guerra»; que «Cándido López solo pudo pintar 52 cuadros (con la mano izquierda) de los 90 croquis que había hecho con la mano derecha –paisajes, batallas, campamentos–, que llenaban dos cuadernos». Sobre los muebles adquiridos por el Mariscal para el Palacio de los López: «Es gusto de cocotte», dijo Mitre. Zeballos acota al margen: «De quiguaberá, pudo haber dicho mejor». Otros testimonios interesantes de diverso origen: la «Lista de “avituallas” del Mariscal en Amambay: frutas del monte‚ naranja agria‚ yacaaratiá‚ pacurí‚ piñas de ybyrá‚ yatay‚ etc». (Dr. Stewart). «El general (Mitre) será poeta, pero no tiene disposición para la guerra» (Pedro Duarte –en guaraní). «El edecán Cabriza salvó al Mariscal de ahogarse en Corrientes en 1845» (Ángel Peña). «El general Díaz‚ el triunfador de Curupayty‚ era un general sin cama: dormía en su hamaca de guasca, como cuando era soldado» (Pedro V. Gill).

«El brasilero es cobarde, y el paraguayo,

Atrevido.

Esa raza se ha conocido por hombres

Afeminados

En verdadero sentido»

(Canción popular durante la Guerra del Paraguay, transmitida por Juan Bautista Ambrosetti‚ suegro de Eduardo Holmberg).

CONCLUSIONES DE UN LECTOR PROFANO

La Donación: El hijo del presidente Gill hace donación al Estado paraguayo del Fondo Zeballos, formado por quien, a su vez, había donado –según fuentes oficiosas– cráneos indígenas al Museo de la Universidad de La Plata.

La Ficción como Verdad: Aunque no hay punto de comparación entre un trabajo teórico y otro‚ digamos‚ con pretensiones sociológico-estadístico-etnográficas casi, como es el caso de unas entrevistas a personalidades implicadas en la Guerra del 70, uno termina pensando en frases como la del gurú del aceleracionismo «neoliberal» Nick Land: «Obviamente, Marx es un escritor de sci-fi».

El Mariscal: La obsesión de la historiografía sobre la «Guerra Guasu» por centrar todo en la figura demoníaca del Mariscal me lleva a plantear que, si el Héroe –para los griegos– es el que desafía al destino, y por eso debe ser, y será, castigado, como lo fue Prometeo‚ la pregunta que se puede dejar flotando es entonces, si, desde este punto de vista trágico‚ el Mariscal –el «monstruo» de Stewart‚ el «Nerón de América» de Maíz‚ el «siniestro» de Taunay– no es el héroe par excellence de Paraguay‚ es más‚ el único de su historia, pues, suponiendo que haya querido sacar a Paraguay de su destino –el de un país condenado a la existencia vegetativa y resignada en la cual lo había sumido el aislamiento férreo de Francia–‚ ¿acaso no fue castigado por ese gesto soberbio y pletórico de hybris?

Liliana M. Brezzo (editora).
La Guerra del Paraguay en primera persona. Testimonios inéditos.
Fondo Estanislao Zeballos.
Asunción, Tiempo de Historia, 2015.
346 pp.

jueves, 22 de febrero de 2018

Guerra del Paraguay: Discusiones sobre el "genocidio" paraguayo

Guerra de la Triple Alianza: visiones encontradas sobre la historia

Por un texto publicado en este diario el sábado pasado, traemos cuatro voces especializadas y abrimos la discusión en torno a la Guerra.
 
Los Andes




El 6 de enero pasado, Los Andes publicó en su sección de opinión, un texto (reproducido en este blog aquí) que, bajo la firma de Luciana Sabina, causó una gran polémica a nivel nacional (e incluso más allá de las fronteras).

La columna, escrita especialmente para el diario, llevaba por título “El mito del genocidio paraguayo” y la autora (columnista en temas históricos de este diario y muy popular en la red social Twitter, donde se la conoce como “Kalipolis”), sostenía que ese presunto genocidio era una “falacia que cae a pedazos, tan sólo observando documentación de la época”.

“Si bien éste (por el pueblo paraguayo) fue arrasado, no fue obra de los aliados sino, principalmente, de enfermedades”, sostuvo, citando algunos de testimonios de la época.

La respuesta fue dura en las redes sociales y los medios masivos, especialmente en el país vecino, donde incluso Carlos Gómez Florentín, presidente del Comité Paraguayo de Ciencias Históricas, le respondió públicamente a través del diario Última Hora.

La cuestión excedió el especialismo de los historiadores y se sumaron a la polémica incluso personajes mediáticos (como Jorge Rial) y hasta el arquero paraguayo José Luis Chilavert.

Por todo ello, nos pareció oportuno abrir el panorama en estas páginas, incorporando tres voces autorizadas de especialistas en la materia.

Los consultados fueron el propio Gómez Florentín (doctorando de la Stony Brook University, de Nueva York), María Victoria Baratta (investigadora del Conicet y especialista en historia del Paraguay) y Beatriz Bragoni (del Instituto de Ciencias Humanas, Sociales y Ambientales de Conicet Mendoza).

Seguramente el tema seguirá dando que hablar.



Beatriz Bragoni, Doctora en Historia - Conicet: “Hay que medir cómo se divulga la Historia”




La Guerra de la Triple Alianza contra el Paraguay tuvo enormes consecuencias para el país mediterráneo. Además de perder vastas extensiones de territorio (140 000 km. cuadrados), la desigualdad en materia de armamentos generó pérdidas humanas no conocidas hasta el momento en Sudamérica. Se calcula que la población se redujo a la mitad, y la mayoría de las víctimas fueron varones entre 15 y 60 años.

Se produjo una crisis demográfica fenomenal; los sobrevivientes fueron en su mayoría mujeres, niños y ancianos. El colapso demográfico también fue producto de enfermedades y epidemias.

Los efectos de la guerra también se hicieron patentes en la intervención en la política, la destrucción de monumentos, la limitación del idioma guaraní, la crisis de los sistemas de producción y la fractura de los circuitos comerciales. Semejante cambio social, demográfico, político y económico ha dado lugar a interpretaciones diversas. Algunos hablan de “guerra total”. Otros la ubican como un conflicto en la Cuenca del Plata entre las nuevas naciones erigidas del antiguo imperio español y la nueva ola de competencia imperial.

El uso de la expresión “genocidio” tiende a ubicar el tema en un registro étnico-indígena que limita y simplifica la complejidad de tan dramática experiencia histórica.

En general se trata de interpretaciones de tipo revisionistas o militantes.

Pero la columna de Luciana Sabina peca de anacronismo y hace una lectura banal que ha herido sensibilidades nacionales.

Hay que medir bien cómo se hace divulgación histórica. Pocos entienden que no es fácil.


María Victoria Baratta, Doctora en Historia - Conicet: Por una historia profesional de la guerra




Los estudios clásicos sobre la guerra del Paraguay en Argentina pueden agruparse en las visiones afines al mitrismo y los análisis revisionistas en su contra. Los mitristas demonizaron a Solano López y los revisionistas señalaron a Mitre, Brasil y al imperio británico como culpables. En los últimos años los historiadores profesionales hemos procurado escapar de esta dicotomía y proponer para el análisis otras temáticas propias de los estudios del siglo XIX. La conformación social de los ejércitos, los debates en la prensa, el impacto económico, las representaciones recíprocas, los enfoques de género, los estudios sobre la niñez son ejemplos de estos abordajes. Las visiones pueden ser polémicas pero todas se proponen construir hipótesis sólidas sustentadas en una multiplicidad de fuentes, metodologías rigurosas y años de investigación.

Las miradas demonizadoras no son novedosas; son simplificaciones burdas que la historiografía dejó atrás. La guerra de la Triple Alianza es un elemento constitutivo de la identidad de los paraguayos. El desarrollo de epidemias no quita responsabilidad a los actores involucrados ni es argumento a favor o en contra de la hipótesis de genocidio. Las enfermedades se volvieron epidemias en un contexto socio- sanitario adverso.

Aunque el concepto de genocidio en tanto un plan sistemático de exterminio de un grupo social no sería aquí aplicable, varios factores provocaron que la guerra terminara en un desastre humanitario. Las vidas perdidas merecen un tratamiento serio de los medios de comunicación. Los historiadores profesionales debemos encontrar la manera de comprometernos más con esos espacios de divulgación.


Carlos Gómez Florentín, Historiador. Presidente del Comité Paraguayo de Ciencias Históricas: Pone el dedo en la llaga de la peor manera posible




La Guerra de la Triple Alianza representa un proceso clave en la construcción de los Estados nacionales del Cono Sur. Si se comprende que la guerra sirvió para unificar posiciones políticas históricamente en conflicto en la Argentina; replantear el proceso de integración nacional en el Brasil; poner punto final a las continuas luchas por el poder en Uruguay y acabar con el proyecto estatal modernizador paraguayo, resulta mucho más fácil entender las pasiones que genera hoy, más de 150 años después.

Por eso resulta mucho menos oportuno arrancar las reflexiones en torno a la guerra a partir de una simplificación de lo ocurrido que encuentra en la era de los tweets, los me gusta de Facebook y los comentarios a notas en línea, el espacio ideal para recuperar las pasiones nacionalistas y generar oposiciones entre seguidores a partir de sus líneas nacionales de división. Esto hace que se recupere, en el espacio de debate generado por las redes sociales, una historia de héroes y villanos, propia de los manuales de historia que forjan la lealtad a la nación, y que se expresan en oposición al otro, al que no somos (argentinos, paraguayos, brasileños y uruguayos).

Algo que, al formar parte del proceso de formación de lealtades nacionales en los países envueltos en el conflicto, encuentra resonancia en la experiencia del público no entrenado en la historia crítica que justamente apunta a poner en entredicho la Historia Oficial que cada gobierno defiende por medio de sus ministerios de educación.

Una historiografía que, en su profesionalización, avanzó en la comprensión de la guerra mucho más allá de estas versiones más caricaturizadas.

Por eso se explica el éxito de la provocación de Luciana Sabina. Lo que ella hace es reducir un proceso histórico clave a una pregunta: “¿Hubo genocidio?” y acto seguido, luego de “desmitificarlo” según su propia explicación, pasa a sacarse la responsabilidad personal por algo con lo cual ella poco pudo haber tenido que ver.

La discusión sobre el supuesto genocidio pasa más por la pregunta de si existieron las acciones propias de la tipificación del caso, que por adjudicar a las enfermedades la responsabilidad de la debacle demográfica que significó la guerra para el Paraguay, ignorando tanto el proceso bélico como la ocupación militar que siguió a la guerra, y la ruptura de los tejidos sociales del país que ocurrieron como consecuencia del largo conflicto.

Al personificar su relato, negando responsabilidad por lo que pasó y adjudicando a las enfermedades las muertes, termina provocando esta oposición simplista entre Sabina que se proclama inocente y Chilavert que reivindica el heroísmo paraguayo. Después es pura polémica y poca historia.

En esta oposición se refleja el callejón sin salida que provoca la propuesta de Sabina. Tiene el valor de poner el dedo en la llaga pero de la peor manera posible. Las posiciones en torno a la guerra son producto de distintas escuelas historiográficas y de destinos momentos políticos que ha vivido la región. Así, históricamente, la izquierda latinoamericana se ha sentido muy afín a la causa paraguaya durante la GTA, mientras que la derecha ha sido asociada con la causa de las fuerzas de la Triple Alianza. Ése no es el caso. Sin embargo, en Paraguay, existe un consenso nacionalista en torno a la defensa de la causa paraguaya en la guerra, tanto en las fuerzas progresistas como en las fuerzas conservadoras.

Ahora, la resonancia que tiene esta provocación, entiendo yo, también refleja de alguna manera un giro derechista en la región que, en el caso de Argentina, hace que la posición de Sabina tenga tanto eco. Justamente porque viene a intentar ser un correctivo para la posición culposa en torno a la GTA que se manifestó desde el gobierno durante la era kirchnerista. Actualiza, de esta forma, una polarización histórica en la región en torno a la guerra. Ahora, en Paraguay no. En Paraguay vuelve la discusión al punto cero porque se espera un reconocimiento previo de responsabilidades de la guerra, en este caso el genocidio, para poder avanzar hacia la pacificación con el pasado.

Yo entiendo que la guerra debería dar pie a estudios mejores, más profundos, más de largo aliento, que expliquen el impacto que tuvo este conflicto en la construcción de la región. En este sentido, la guerra fue tremendamente perjudicial para el Paraguay. Las consecuencias de la guerra pueden verse en el lento desarrollo del Paraguay en perspectiva comparada con sus pares de las fuerzas de la alianza. Es cuestión de fijarse en el avance demográfico, la construcción de infraestructura, el proceso de orden político, el orden autoritario, los procesos de urbanización, y se puede ver lo que significó la guerra para el Paraguay.

La guerra puede servir para generar ese espacio de diálogo común entre los cuatro países. Algo que se intentó hacer con éxito desde el Mercosur Cultural con una iniciativa de la Secretaría de Cultura del Paraguay bajo el liderazgo de Mabel Causarano durante un programa que se llamó “Más allá de la Guerra” hace un par de años.

Aquel proyecto buscaba recuperar los lugares de memoria de la guerra; revisar el proceso de enseñanza de la historia del conflicto en los cuatro países enfrentados durante la guerra; impulsar más intercambio entre historiadores y educadores de manera que juntos podamos aprender mejor la guerra. Una manera de revisar el legado del pasado juntos que podría aplicarse a otras experiencias igualmente traumáticas del pasado como lo son la Guerra del Pacífico o la Guerra del Chaco.

Lastimosamente esa iniciativa quedó trunca. Y hoy la conversación regional en torno a la guerra se hace desde la provocación de Sabina, y con el resultado que es el callejón sin salida que ella propone.

miércoles, 21 de febrero de 2018

Argentina: Mitre y sus lecciones

Por qué Mitre es nuestro contemporáneo

A más de 100 años de su muerte, sus ideas sobre el Estado, la ley, los ciudadanos, los derechos y la libertad están presentes en nuestros debates públicos

Rogelio Alaniz || LA NACION


E l 19 de enero de 1906 moría Bartolomé Mitre y, según los biógrafos, sus últimas palabras fueron "no me embalsamen". No me constan los motivos prácticos o teóricos de ese pedido, pero en términos históricos y políticos Mitre no está embalsamado. El hombre que hizo de la historia y la política la razón decisiva de su existencia no podría permitirse la licencia de renunciar a seguir gravitando con sus ideas.

Como Sarmiento, como Alberdi, con quienes sostuvo tantas coincidencias y tantas disidencias, Mitre mantiene una rigurosa actualidad. Sus ideas, sus proyectos, incluso sus esperanzas, están presentes en nuestros debates públicos, en nuestras diferencias, en nuestros dilemas. La nación, el Estado, la ley, las libertades, son temas en los que Mitre siempre tiene algo para decirnos.



Primera lección. Creyó en este país y nos enseñó a creer en él. Imposible pensar la política, ayer y hoy, sin esa fe laica que Mitre tuvo en la Argentina y en los argentinos. Esa convicción provenía de su mirada histórica, de esa lucidez para transformar la historia en conciencia histórica, como escribió José Luis Romero. La nación forjada en la crisis y pensada como el alma misma de la política. Y la historia nacional como un fragmento de la historia universal.

Segunda lección. La condición necesaria para hacer posible este destino es la sabiduría política, esa combinación virtuosa de teoría y práctica, inspiración y raciocinio. Fue exigente consigo mismo y con sus contemporáneos, pero en el vértigo de una crisis profunda escribió este consejo que hoy merecería estar presente en la memoria de todo político: "Debemos tomar a la Argentina tal cual la han hecho Dios y los hombres, para que los hombres con la ayuda de Dios la vayamos mejorando".

Tercera lección. Nunca se dejó subyugar por las utopías, pero nunca renunció a las esperanzas. Pensó la política con los pies plantados en la realidad y con los ojos mirando hacia las cumbres. Aceptó los rigores de lo posible, pero jamás perdió de vista que sin reformas materiales y culturales no hay reformas políticas perdurables. "Un pueblo pobre no puede ser libre; un pueblo sin instituciones no puede tener idea de sus derechos y deberes; un pueblo con malos códigos no puede tener una buena constitución; un pueblo con un mal sistema de hacienda no puede tener un buen sistema político; un pueblo que no goce de bienestar es en vano que tenga escrito en un papel sus libertades". ¿Se entiende por qué es nuestro contemporáneo?

Cuarta lección. En tiempos de faccionalismos, refriegas y turbulencias, apostó al acuerdo, al entendimiento y a la educación. No desconocía el conflicto y lo asumió con coraje, pero su talento se desplegaba forjando los grandes acuerdos porque "de estos males todos somos responsables y solidarios". Creía en los estadistas, pero rechazaba la noción del líder providencial. Detestaba la demagogia en todas sus manifestaciones: "Nunca he gobernado con los gritos de la calle -advirtió-, pero he consultado los movimientos de opinión".

Estaba convencido de que la educación contribuía de manera decisiva a la perfección moral e intelectual de los pueblos. "El número de analfabetos debería estar escrito en las paredes del Congreso para quitar el sueño de los legisladores", escribió. Hoy podría exigirse algo parecido.

Quinta lección. Fue, como le gustaba decir, un hombre de principios, es decir, de ideas y convicciones, pero esos principios nunca fueron dogmas. Fue un liberal de medios y de fines. Su liberalismo se confundía con la moderación, pero también con la curiosidad y el asombro. Siempre fue un político que en los momentos de crisis dijo lo que pensaba y siempre creyó que la política no podía reducirse a consignas esterilizantes. El liberalismo de Mitre se sostenía en la certeza de que la realidad siempre es más rica, más estimulante que las ideologías. Como dirigente definía lo fundamental, pero luego dejaba abiertas zonas amplias de ambigüedades para que la vida se encargara de dibujar los últimos trazos.

Sus convicciones moderadas le ganaron enemigos históricos. Los fascistas y los católicos integristas no le perdonan la república liberal; los izquierdistas no le perdonan la república burguesa. En ambos casos, lo que no le disculpan es su condición de liberal en el sentido más noble de la palabra.

Sexta lección. El historiador Hugh Trevor-Roper escribió que "los mejores políticos son aquellos que han estudiado la historia, y los mejores historiadores son los que han participado en política". Pensamiento ajustado estrictamente para Mitre. Fue un historiador exigente y un político eficaz que percibió las señales del pasado, captó las luces del futuro y supo de las decisiones cotidianas que se deben tomar todos los días, decisiones que exigían ese "golpe de vista" que permite comprender en la confusa y vertiginosa complejidad de lo real aquello que corresponde hacer en cada instante.

Esa inspiración provenía de su sensibilidad, de su experiencia en el trato con los hombres, pero se apoyaba en una reflexión rigurosa acerca de las tareas a realizar para constituir un sistema de poder. Mitre pudo equivocarse, pero en todas las circunstancias siempre supo dónde estaba parado y, sobre todo, siempre supo lo que deseaba para la Argentina. Ese sentido histórico de lo real, esa certeza acerca de lo que se debe hacer en cada momento, ese talento para establecer diagnósticos adecuados y soluciones posibles, es lo que distingue al político de todos los tiempos.

Séptima lección. Su vida propiamente dicha. Ese trajinar cotidiano entre las borrascas de la política, los rigores de la investigación y los imponderables íntimos de la existencia. También en estos planos Mitre tiene algo que decirnos. Tradujo la Divina Comedia; fue el primer historiador argentino; escribió poemas, novelas y ensayos. Sus artículos en los diarios fueron un modelo de reflexión y criterio. José Hernández le dedicó La vuelta de Martín Fierro.

Fue austero por temperamento y por convicción. El lujo, la riqueza y la ostentación le eran indiferentes. Era serio y formal, comprensivo y tolerante. Prefería la soledad a las multitudes, el estudio a la disipación. La victoria o la derrota no alteraban su estado de ánimo. Era valiente, pero no se ufanaba de su coraje; asumía los riesgos como si no le importaran las consecuencias. Como los héroes de Hemingway, cultivaba la elegancia en el sufrimiento y, como los personajes de Borges, crecía en la derrota. En su prolongada vida política conoció las victorias y las derrotas; los arrullos del poder y sus ingratitudes. En todas las circunstancias, nunca dejó de ser Mitre: algo taciturno y melancólico, valiente sin fanfarronería, inteligente sin ostentación. Octavio Amadeo lo recuerda en sus últimos años, "con su barba rala y el chambergo, parecía un viejo pescador escandinavo escapado de la tempestad". De esas tempestades Mitre sabía mucho.

sábado, 20 de enero de 2018

Guerra del Paraguay: Las donaciones de las damas paraguayas a la causa

La olvidada historia de las mujeres que donaron sus joyas para financiar al ejército de Paraguay en la Guerra de la Triple Alianza

Más de 5000 mujeres donaron sus alhajas para "aumentar los elementos bélicos de la heroica defensa de la patria" en la sangrienta guerra que enfrentó a Paraguay con Argentina, Brasil y Uruguay entre 1865 y 1870
La Nación


Las mujeres de la alta sociedad concurrieron a la entrega oficial de las joyas y "Libro de oro" en 1867. (Foto: El Centinela/Colección CAV/Museo del Barro). Foto: LA NACION

Mil mujeres se reunieron hace 150 años frente a lo que hoy es la Catedral Metropolitana de Asunción.

Su objetivo era votar por la creación de una serie de comisiones regionales encargadas de recolectar las donaciones de joyas y alhajas de mujeres de todo Paraguay, destinadas a "aumentar los elementos bélicos de la heroica defensa de la patria", según actas de la época.

Esta reunión del 24 de febrero de 1867 es considerada la primera asamblea femenina de Sudamérica y la razón por la que Paraguay festeja el Día de la Mujer en una fecha distinta al 8 de marzo.


Pero también es el origen de lo que se conoce como el ejército de retaguardia de Paraguay durante la Guerra de la Triple Alianza, el enfrentamiento internacional más sangriento de la historia de América Latina.

En los cinco años de guerra que enfrentaron a Paraguay con Argentina, Brasil y Uruguay, entre 200.000 y 300.000 paraguayos murieron, al menos la mitad de su población.


Entregar sus joyas para financiar el ejército fue el primer gran paso que ellas dieron en lo que terminaría siendo "el país de las mujeres".

El "Libro de oro"


Durante cinco meses, ciudad por ciudad, más de 5.000 mujeres entregaron lo más preciado que tenían: aros y peinetas de oro, collares de coral, anillos y prendedores de diamantes, relojes de bolsillo, vajilla con incrustaciones en piedra, espuelas de plata.


El "Libro de oro" tiene una cobertura con grabados en oro, un delicado trabajo de orfebrería anónimo. (Foto: Secretaría Nacional de Cultura de Paraguay). Foto: LA NACION

Algunas lo hicieron convencidas con la causa nacional, en apoyo a la guerra que había desatado su presidente, el mariscal Francisco Solano López, al invadir Brasil por diferencias geopolíticas en 1864 y que, un año después, se convertiría en un conflicto transnacional imposible de ganar para Paraguay.

Otras mujeres, en cambio, fueron coaccionadas a entregar las joyas y reliquias familiares que con orgullo vestían a diario, tal como indicaba la tradición local de la época.

Pero todas ellas quedaron inmortalizadas como "las hijas de la patria" en el llamado "Libro de oro", un volumen que detalla el nombre, a veces el apellido y siempre el lugar de residencia de cada donante.


Francisco Solano López fue presidente de Paraguay desde 1862 hasta su muerte, en 1870.. Foto: LA NACION

Se trata de un ejemplar de 10 kilos, con 96 páginas y una cobertura con grabados en oro, que fue entregado el 8 de septiembre de 1867 junto con todas las joyas para Solano López.

"El 'Libro de oro' es invaluable, es una reliquia que representa la voluntad de un pueblo por sobrevivir", Fernando Griffith, ministro de la Secretaría Nacional de Cultura de Paraguay, sobre el texto que el mes pasado se expuso por primera vez al público general en el Archivo Nacional de Asunción.

"Por ahora no tenemos el dato preciso de cuántas mujeres donaron ni del valor de las joyas", le dice a BBC Mundo Vicente Arrúa Ávalos, director del Archivo Nacional de Asunción.

Sin embargo, como el texto iba acompañado de otros tres volúmenes que contienen el inventario completo de qué donó cada paraguaya, pronto los historiadores podrán desentrañar algunos de los misterios que lo rodean.

¿Qué pasó con las joyas?

Existen muchas teorías sobre qué hizo Solano López con las joyas.

En algunos libros de historia se afirma que el presidente mandó a acuñar monedas de oro para efectivamente financiar al ejército.

También están los que sostienen que usó la donación para forjarse una espada de puño y vaina de oro sólido, adornados con piedras preciosas.

Incluso hay quienes aseguran que las joyas fueron a engrosar las arcas de la compañera del mariscal, la irlandesa Elisa Lynch.

En cualquier caso, la historiadora paraguaya Mary Monte de López Moreira le dice a BBC Mundo que es imposible que las joyas pudieran haber sido comercializadas para comprar armas debido al bloqueo que poco después sufriría el país.


El "Libro de oro" fue digitalizado por completo el mismo día en que llegó al Archivo Nacional de Asunción. (Foto: Secretaría Nacional de Cultura de Paraguay). Foto: LA NACION

Por su parte, Arrúa Ávalos afirma que todo esto es anecdótico porque "el objetivo principal de la donación era simbólico: demostrar la fidelidad a la patria".

En este sentido, sobre la fecha de la donación, Solano López escribió: "La solicitud del bello sexo para usar los colores nacionales en lugar de sus joyas y alhajas durante la guerra es eminentemente patriótica".

"Pero ?continuó? no considero que la mujer paraguaya, que tantas pruebas ha dado de su amor a la patria, necesite hacer ostentación externa de los colores que lleva impreso en su corazón ni veo por qué ha de renunciar al uso de sus joyas".

Lo cierto es que si esas joyas estaban aún en Asunción en 1869, cuando los ejércitos de Argentina, Brasil y Uruguay invadieron la capital, es muy probable que se convirtieran en botín de guerra.


La Guerra de la Triple Alianza que enfrentó a Paraguay con Argentina, Brasil y Uruguay se extendió entre 1865 y 1870.. Foto: LA NACION

"Se llevaron las rejas de las ventanas, las tejas de los techos, las tumbas de los cementerios... Se llevaron todo lo que pudieron", cuenta Monte de López Moreira.

De hecho, el propio "Libro de oro" estuvo en manos del gobierno brasileño hasta 1975, cuando fue devuelto a Paraguay.

Arrúa Ávalos cuenta que por 42 años el libro estuvo en el palacio de gobierno, donde se lo conservó en óptimas condiciones, pero inaccesible para historiadores y público. Desde su entrega al Archivo Nacional de Asunción, en septiembre pasado, se encuentra escaneado y disponible online.

Heroínas anónimas


La donación de joyas es apenas uno de los tantos roles que asumieron las mujeres paraguayas durante la Guerra de la Triple Alianza.

"Los primeros registros de mujeres luchando son de diciembre de 1868", le cuenta a BBC Mundo el historiador paraguayo Fabián Chamorro.

Pero desde un principio, agrega Monte de López Moreira, las mujeres trabajaron la tierra para suministrar el alimento a los soldados y participaron como enfermeras, lavanderas y cocineras en los campos de batalla.

"Encontré registros de algunas mujeres que iban hasta el campo enemigo, le sacaban los uniformes a los caídos, los lavaban y adaptaban para los soldados paraguayos", explica la historiadora.

Por su parte, Arrúa Ávalos afirma que, "a pesar de que la donación de joyas resuena como la máxima expresión de patriotismo", además hicieron cuantiosas entregas de comida, ropa y aguardiente, por citar algunos ejemplos.

También fueron ellas las que tuvieron la difícil tarea de reconstruir el país al terminar la guerra, en 1870.


Hombres y mujeres, niños y ancianos terminaron peleando por Paraguay en la Guerra de la Triple Alianza. (Foto: Gregorio Cáceres/Semanario Cabichuí/Colección Hemeroteca Carlos A. López/Biblioteca Nacional). Foto: LA NACION

Según los registros historiográficos más aceptados, 80% de los paraguayos que murieron durante el conflicto eran hombres. Ellas, entonces, se encargaron de plantar la tierra y faenar, pero también de otras tareas como comercializar y estivar en el puerto.

Y, por supuesto, debieron repoblar el país en tiempos en que había cuatro mujeres por cada varón y hasta la pareja se compartía.

Incluso, en algunas regiones de Paraguay, la proporción llegaría a ser de 20 a uno, lo cual provocó el apodo coloquial del "país de las mujeres".

No obstante, estas mujeres permanecen como heroínas anónimas. Para ellas no hay estatuas con sus rostros ni calles o plazas con sus nombres.

En palabras de Chamorro: "En un país reconstruido por mujeres, nuestra historia no las recuerda".

lunes, 8 de enero de 2018

Guerra del Paraguay: El mito del genocidio paraguayo

El mito del genocidio paraguayo 

Epidemias de viruela y sarampión, entre otros males, diezmaron al ejército guaraní.

Por Luciana Sabina - Historiadora
Los Andes





Las causas de la Guerra de la Triple Alianza fueron complejas y conjugan intereses encontrados de Paraguay y Brasil primordialmente. Los guaraníes buscaban detener la hegemonía expansionista brasileña. Desde 1855 el Imperio los presionaba exigiendo acuerdos de navegación y límites.

Nuevos conflictos internos de Uruguay dieron una gran excusa a Francisco Solano López -presidente de Paraguay- para iniciar acciones bélicas, declarando la guerra a Brasil en noviembre de 1864.

Inmediatamente invadió el Mato Grosso, una zona disputada por ambas naciones. El mariscal presidente López solicitó a nuestro país, aún al margen, ingresar por Corrientes con sus ejércitos para poder acceder a territorio uruguayo a principios de 1865.

Nuestro presidente era por entonces Bartolomé Mitre, quien tenía compromisos con Brasil y su respuesta fue negativa. En respuesta, Paraguay declaró la guerra también a la Argentina y en abril sus tropas invadieron el territorio correntino. Para enfrentarlo se conformó la Triple Alianza, el 1 de mayo de aquel año.

Hasta ese momento la neutralidad de Mitre fue bastante extraña: mientras negaba el paso a los paraguayos permitía el uso de los ríos argentinos a Brasil y les dio la isla Martín García para que utilizaran como base.

Pero también hay que decir que casi simultáneamente el presidente argentino permitió a los paraguayos recibir -durante meses- armamentos provenientes de Europa prestándoles el puerto de Buenos Aires.

Si la guerra hubiera sido fruto de presiones inglesas para destruir la independencia económica paraguaya -como vociferan ciertos historiadores de fama- Mitre no hubiera permitido a Paraguay equiparse bélicamente.

Otra falacia que cae a pedazos, tan sólo observando documentación de la época, es que diezmamos al pueblo paraguayo. Si bien éste fue arrasado no fue obra de los aliados sino, principalmente, de enfermedades.

Asegurar lo contrario es manipular tendenciosamente la verdad. Muchos testimonios originados en el mismo Paraguay lo convalidan. Como los del ingeniero principal del ejército de López, el inglés George Thompson, el también británico George Masterman o el coronel Juan Centurión.

"En Paraguay -escribió Thompson- habían muerto desde el principio del reclutamiento unos 30.000 hombres, haciendo un total de 40.000 hombres muertos y 10.000 rendidos cuando la guerra recién empezaba. Los que morían eran generalmente los reclutas, pues los veteranos resistían mejor. Desde el principio del reclutamiento la diarrea y la disentería no habían cesado de hacer grandes estragos. Estas enfermedades eran causadas principalmente por el cambio total de alimentos, y reinaron durante toda la contienda con mayor o menor intensidad. Hubo también epidemias de viruela y sarampión, tanto en Paraguay como en Corrientes, que arrebataron millares de hombres, dejando a otros tantos en estado completo de extenuación".

Mientras que el cirujano del ejército paraguayo -George Masterman- especificó: "Los enfermos eran mandados a Cerro León, donde morían casi todos (...) Hice presente esto a López, pero me contestó sardónicamente: 'Si como médico no puede ofrecerme otra idea que ésta, no venga a verme más'. Había también terribles epidemias de sarampión, neumonías, viruelas y cólera asiática. La lista de mortalidad espantaba; antes que hubiera tenido lugar ninguna batalla seria en tierra, ¡los paraguayos habían perdido 50.000 hombres en los hospitales!".

Como vemos, cientos de manipulaciones se entretejen para dar forma ficticia a lo que fuimos. Descubrirlas es empezar a ver nuestro pasado sin la ceguera de ideologías vetustas.

lunes, 1 de enero de 2018

Guerra del Paraguay: Segunda invasión de Felipe Varela

Segunda Invasión de Felipe Varela



Coronel Felipe Varela (1821-1870)

Varela no cuenta con el menor apoyo de Bolivia.  Pero no se declara vencido.  Aunque Dolores Díaz, la Tigra, no está con él, hay otros compañeros y compañeras en lucha.  “Iban ya doce días que se mantenían con carne de asnos, y comenzaban ya a comerse una que otra mula que quedaba, cuando resolví abandonar esas regiones e irme sobre los enemigos en dirección a Salta.  Así lo verifiqué, en efecto, marchando hacia los Molinos, donde me aguardaba una columna enemiga de 700 hombres de las dos armas, al mando del coronel Don José Frías.

Combate de la Cuesta de Tacuil


“Mis soldados marchaban la mayor parte a pies o en burros, porque todas las caballadas del ejército habían perecido, como se ha dicho.  Sin embargo, eligiendo lo mejor de la tropa, desplegué mi vanguardia compuesta de 250 hombres de las dos armas, al mando del coronel Don Sebastián Elizondo, en busca del enemigo.

“El 29 de agosto de 1867, avistaron mis soldados la columna de Frías en la Cuesta de Tacuil (Molinos), y a pesar de su doble número, cargaron sobre ella, exasperados por la larga serie de sufrimientos que habían pasado.  Su excesiva intrepidez, su descomunal arrojo los llevó por el camino de la gloria, pues el enemigo fue completamente batido por ese puñado de valientes, no pudiendo hacer una persecución larga a los derrotados por hallarse de a pies.

“Esa acción fue para mi demasiado fecunda, no sólo por la grande influencia moral que daba a mis soldados de esas provincias, sino porque se consiguieron tomar algunos recursos de guerra al enemigo que aliviaron en mucho mi situación.

“Recibido que fue por mí, el parte de esta gloriosa jornada, continué con toda la columna mi marcha hacia Salta, con la resolución de apoderarme a toda costa de mi plaza”, decía Varela.

Desmoralizadas las tropas salteñas abandonaron todo intento de hostilidad.  En la capital se organizó una resistencia, pero a pesar del heroísmo de sus defensores cedió la plaza al invasor, el 10 de octubre de 1867, desde entonces se canta en Salta esta “chilena”.

En las calles de Salta
se oyen los ayes,
porque Don Peque Frías
vendió los Valles.

¿Qué había ocurrido mientras tanto con el resto de los jefes montoneros?  El 11 de setiembre de 1867, desde Valparaíso, Mariano de Sarratea le escribía al vicepresidente Paz: “…Olascoaga, Videla, Saá, y demás asilados argentinos traman una nueva invasión desde esta República a Mendoza y por lo que sabemos de sus planes y recursos si llega a efectuarse ha de ser de bastante consideración.  Desde que tuve el primer anuncio, di algunos pasos que produjeron buenos resultados, pues conseguimos comprar a uno de los allegados de confianza de Videla, quien nos comunicó todo lo que hacen, que llega a su conocimiento.

“La derrota de Varela ha venido a desconcertar los planes de aquellos perversos; pero no creo que desistan de ellos, y si por desgracia nuestras armas sufriesen algún contraste en el Paraguay, tengo por seguro que habrían de volver a envolver en sangre y ruina a las provincias vecinas, y entonces temo que el incendio sería muy extenso.

“Medina el segundo jefe de Varela, ha llegado a Copiapó con un arreo de 400 vacas y jactándose de las atrocidades que ha cometido en suelo argentino.  Medina fue dado de baja en el ejército de Chile, en el que era capitán, por borracho perdido y estaba en el Huazú de instructor de Guardias Nacionales cuando Varela lo contrató, haciéndole su segundo, con el grado de sargento mayor…”.

Los demás jefes de Varela se preparaban para unirse a los intentos de Varela, según lo advertía el “ilustre” y “honrado” empresario de minas Mariano de Sarratea.

José Posse escribía también a Marcos Paz, el 10 de setiembre de 1867: “Los ejércitos vencedores en San Ignacio y Pozo de Vargas, no pudieron ser licenciados; al contrario hubo necesidad de movilizar otras fuerzas en el norte, puesto que los montoneros de Felipe Varela dominaban la región de los Valles Calchaquies y amagaban el resto de las provincias de Salta y Jujuy.  Era esta una guerra interminable, a la que no se le veía fin, todos los ejércitos y los mejores generales fracasaban ante la prodigiosa movilidad del imbatible montonero que se escapa del medio de los ejércitos como una sombra impalpable”.

Felipe Varela toma la ciudad de Salta

El caudillo catamarqueño avanza entonces hacia Salta.  La toma de esta ciudad por la montonera de Varela, es uno de los acontecimientos que la historiografía oficial jamás ha “perdonado” al caudillo.

Sin embargo, a esa misma historiografía se le han escapado ciertos datos importantes.  Por ejemplo, Atilio Cornejo, en un ensayo honesto, aunque confuso, sostiene: “Es que indudablemente, algunos amigos tenía Varela en Salta.  Así resulta, por ejemplo, del sumario instruido por el Ayudante Mayor del Regimiento Nº 10 “Gorriti”, don Marcelino Sierra, por orden de su comandante D. Eugenio Figueroa, en San José de Metán el 2 de octubre de 1867, contra el alférez D. Cirilo Ríos, del que resulta que éste “dio vivas por repetidas ocasiones a Felipe Varela”, afirmando uno de los testigos que Ríos dijo: “Que viva Varela que dentro de treinta días verían lo poco que habían de valer todos, y que él era varelista”.

Varela aclara al respecto: “El día 9 del mismo octubre, a las diez de la mañana, tendí mi línea en los alrededores de la población y allí permanecí todo el día esperando que los del pueblo saliesen a atacarme afuera, a fin de evitar a los vecinos los desastres consiguientes.  Pero como ya todo el día había aguardado en vano, al día siguiente (10 de octubre) muy de mañana, pasé al Gobernador de la Provincia la siguiente nota:

“Al Exmo. Señor Gobernador de la Provincia Don Sisto Obejero, Salta Octubre 10 de 1867 – Exmo. Señor: Debiendo a toda costa ocupar militarmente con mi ejército esa plaza, en servicio de la libertad de mi patria, y deseoso de evitar a esa población las desastrosas consecuencias de la guerra, tengo el honor de dirigir a V. E. la presente, con el objeto de manifestarle que, si tiene a bien ordenar en el término de dos horas, la deposición de las armas a sus órdenes, será garantida su persona y la de todos los suyos previniéndole que, en caso contrario, hago a V. E. responsable ante Dios y la Patria de los perjuicios consiguientes y de la sangre que se derrame en los momentos del combate. – Dios guarde a V. E. – Felipe Varela.

Antonio Esquivel Yañez, Ayudante Secretario en Campaña.  Es copia.  Esquivel Yañez”.

“Por conductos fidedignos supe que el Gobernador de la Provincia vacila en lo que debiera responderme, cuando se presentó a él el señor Don Nicanor Flores que se titulaba General Boliviano, ofreciendo responder con su vida de mi derrota y de mi cabeza.
“Fue entonces que recibí respuesta verbal del Jefe de la Plaza de Salta, diciéndome que, si yo tenía soldados, también los tenía él y cañones para defenderse.  Llegado a mi conocimiento este mensaje impolítico, ordené en el acto batir marcha de ataque sobre la plaza.  Y después de dos horas y media de un vivísimo fuego, quedó definido el combate por los míos, quedando yo dueño del campo.  Como no pude permanecer en la Ciudad por más de una hora, porque se echaba sobre mí el general Navarro con una columna de dos mil quinientos hombres, en aquellos momentos, de agitación y de desorden en que mi ejército estaba algo desorganizado, no me fue posible saber a punto fijo el número de muertos en el combate, pero noté en mi columna al día siguiente una pérdida como de cincuenta individuos de tropa (…).  Verdad es que yo tomé algunos pertrechos de guerra de artillería con que se defendieron en la plaza los 700 hombres que la guarnecían, algunos carros de munición para esta arma, y unos pocos vestuarios para la tropa”.

Después de la toma de Salta Varela continúa su marcha libertadora, que se hace, lamentablemente, cada vez más penosa.


Toma de Jujuy

El 13 de octubre de 1867 entra en Jujuy.  Toma la ciudad.  La recepción popular es tan emocionante como la de Salta una vez que la oligarquía es derrotada.  Todos los antivarelistas han huido a los montes.  No hay prácticamente combate.

El 17 el caudillo se retira de Jujuy.  El 25, Guayama llega a Orán para aprovisionarse.  Sus hombres están hambrientos y cansados.  Pero no hay hacienda.  La división tucumano-mitrista, en saqueo extremo, que es “olvidado” por los historiadores oficiales, se ha alzado con todo lo que allí existía.  Tres días después, en Tilcara, los mitristas dispersan a un grupo de paisanos que trataban de plegarse a la montonera de Varela.

El cinco de noviembre, al llegar a Sococha, Varela pide asilo a las autoridades de Tupiza, Bolivia.  La decisión es una prueba más de la serenidad del caudillo americano.  Comprende claramente, ante la falta de víveres de sus hombres que la lucha ha de convertirse en una mera guerra de recursos.  Precisamente es la experiencia adquirida junto al Chacho Peñaloza, la que le impulsa a adoptar tal decisión.  Felipe Varela no llevará estérilmente a la muerte a sus hombres.

Es por eso que resuelve asilarse.  El gobierno no pierde tiempo.  Inicia los pasos tendientes a lograr la extradición del jefe revolucionario.  Lo acusa de haber “saqueado Salta”, y trata de lograr, por lo menos, que se desarme a sus hombres y se remita al jefe.

Pero no logra ni lo uno ni lo otro.  No se trata de un mérito de la cancillería de Melgarejo.  Es por el contrario, el resultado del esfuerzo de la honradez de la montonera, que no se ha apoderado ni de alhajas ni de dinero –como acusan los calumniadores- y que sólo tiene en su poder tacuaras y cuchillos de monte.

El mitrismo respira.  Varela en Bolivia equivale a Varela en la lejanía.  El 8 de noviembre de aquel año, Santiago Alvarado, gobernador de Jujuy, quien había “observado” la toma de la ciudad desde sus afueras, le escribe a Bartolomé Mitre: “…Informado V. E. de la dura prueba por las que ha pasado esta provincia con motivo de la desastrosa invasión de Felipe Varela y sus hombres, que cual ejército de vándalos en completa desmoralización y sin elementos de guerra, se han enseñoreado en estas provincias teniendo a sus frentes las poderosas armas nacionales que por una aberración incomprensible fueron impotentes para destruirlo de un solo golpe no extrañará que ahora vaya yo a llamar su atención sobre el peligro que nos amenaza de una nueva invasión a esta provincia de la montonera refugiada en el sur de Bolivia, y de la parte que se ha recostado hacia Antofagasta.  La conducta negligente de los jefes nacionales que han operado contra las hordas que devastaron estas provincias en la última campaña, no permite esperar que en una invasión tolerada y quizá protegida por el Presidente de Bolivia, pudiéramos salvar a favor del poder de que disponen esos jefes.  La provincia tiene que atenerse y bastarse a si misma, fiada en el ardor y patriotismo de sus hijos, y en el apoyo directo que pueda recibir del Gobierno Nacional, por el auxilio de armas y recursos necesarios que les proporcione”.

El mitrismo provinciano, con su conciencia culpable, temía a Varela.  Imploraba armas y dinero a sus amos porteñistas, porque sabía, precisamente, que el pueblo lo abandonaría, para plegarse a las filas patrióticas del caudillo de la Unión Americana.

La “barbarie” revolucionaria, con las vinchas y las tacuaras, hacía temblar una vez más, con su aliento de patria, a la “civilización de la libra”.

Fuente


Carrizo, Juan Alfonso – Cancionero popular de Salta

Peña, R. O. y Duhalde. E. – Felipe Varela – Schapire editor – Buenos Aires (1975).

Revisionistas

jueves, 29 de junio de 2017

Coraje en combate: 5 batallas en que los cojones se impusieron (2/2)

5 Batallas donde el espíritu luchador superó las adversidades
Parte 2
Andrew Knighton | War History Online


Gettysburg - Little Round Top


Thure de Thulstrup "La batalla de Gettysburg"

La acción en Little Round Top el 2 de julio de 1863, el segundo día de la Batalla de Gettysburg, es justamente uno de los incidentes más famosos de la Guerra Civil Americana.

La colina de Little Round Top estaba en el flanco izquierdo de la línea de la Unión, indefensa frente a un avance confederado. Su caída habría dado a los Confederados la oportunidad de convertir a todo el ejército de la Unión, ganando la batalla y posiblemente incluso la guerra.

Las tropas de la Unión llegaron justo a tiempo, y en su flanco extremo estaban el Maine 20, comandado por el Coronel Joshua Chamberlain. Superados en número de tres a uno, el Maine 20 se dobló de nuevo a un ángulo de noventa grados durante un tiroteo de corto alcance. Después de una hora, la mitad de sus hombres estaban fuera de acción y su munición fue gastada casi por completo.


Viendo que no podían detener otro ataque, Chamberlain decidió tomar medidas desesperadas. Tenía la 20ma bayoneta de la corrección de Maine y carga en la cara de los rifles enemigos. A medida que los hombres vacilaban, el teniente Holman S. Melcher corrió hacia adelante, agitando su espada y gritando "¡Vamos, muchachos!" Siguiendo su ejemplo valiente, el vigésimo Maine cargó por la colina, rompió dos líneas de tropas confederadas y tomó más prisioneros que ellos Tenían hombres para guardarlos. El flanco izquierdo había sido salvado y con él la Unión.

Sitio de Hamaitá



Vista de planta de la Fortaleza de Humaitá.

A veces superar las probabilidades no es sobre la victoria, sino sobre la supervivencia. Para las fuerzas paraguayas en el sitio de Hamaitá, esto significaba sobrevivir en la cara no sólo del enemigo sino de su propio presidente.

En el invierno de 1867-1838, la Fortaleza Paraguaya de Humaitá fue sitiada por fuerzas brasileñas y argentinas, parte de una coalición contra Paraguay que también incluyó a Uruguay. Paraguay estaba entonces bajo el gobierno de Francisco Solano López, un dictador megalomaníaco cuya ambición militar devastaría su país. Cuando Humaitá se vio rodeado por una fuerza más grande, López retiró a la mayor parte de sus tropas del fuerte, dejando una pequeña guarnición bajo el coronel Francisco Martínez.

Completamente rodeado, Martínez y sus hombres se redujeron a comer sus caballos y cualesquiera raíces pudieran forrajear. Empujaron un ataque por fuerzas que superaron en gran medida a ellos. Al darse cuenta de su desesperada situación, Martínez pidió el 19 de julio que le permitieran retirar a sus hombres. López le ordenó que mantuviera el fuerte durante cinco días más.

Cuando Martínez se retiró el 24 de julio, él y sus hombres habían estado sin comida durante días. Habían sostenido el fuerte frente a abrumadoras adversidades y bajo órdenes imposibles. Sin embargo, incluso, después de todo, esto, López a muchos de ellos habría de torturarlos y fusilarlos por rendir la fortaleza.


Los Worcesters en Geluvelt



El 31 de octubre de 1914, los Aliados se acercaron a perder la Primera Guerra Mundial. Un ataque alemán masivo al este de Ypres aplastó a los británicos en Gheluvelt, amenazando con romper la línea aliada, destruir la Fuerza Expedicionaria Británica y tomar los puertos del Canal.

Tres compañías del 2do Batallón, el Regimiento de Worcestershire, marcharon en la brecha - las últimas reservas británicas disponibles. Mientras los proyectiles de artillería explotaban a su alrededor, y el fuego enemigo tomó a más de cien hombres, avanzaron impávido sobre Gheluvelt. Retratantes rezagados les dijeron que avanzar significaba muerte segura, pero seguían avanzando. Las tropas alemanas numéricamente superiores, que nunca esperaban un avance contra esas abrumadoras probabilidades, fueron sorprendidas. Los Worcesters retomaron a Gheluvelt, y con él aseguraron la línea Aliada.

Como dijo el mariscal de campo Sir John French: "Los Worcesters salvaron al Imperio".

domingo, 25 de junio de 2017

Guerra del Paraguay: ¿Por qué la olvidamos los argentinos?

Por qué insistimos en olvidar la guerra del Paraguay
¿Cuáles son los motivos por los que un conflicto tan grande como la guerra de la Triple Alianza se recuerda tan poco? Una novela busca traerla a nuestro tiempo y, mediante el recurso de la ficción, indaga sobre los sentidos del desinterés sobre el tema

Por Germán Padinger | Infobae
gpadinger@infobae.com



“Trinchera de Curupaytí”, de Cándido López (1893)

En una plazoleta del centro de Rosario y frente a la Estación Fluvial, donde en verano la gente hace fila para subir a las lanchas que cruzan a las playas del otro lado del Paraná, hay una estatua de hierro de un joven soldado argentino.

Este soldado anónimo (ya no tiene la placa que lo identificaba) -que en realidad no lo es- constituye uno de los pocos símbolos que persisten de la Guerra del Paraguay, el conflicto que hace mucho tiempo hizo sangrar a cuatro países y que hoy casi no se recuerda, aunque está ahí.

Está en la figura de hierro del abanderado Mariano Grandoli, el adolescente rosarino que se hizo fusilar por el fuego de las trincheras paraguayas en un acto tan épico como absurdo durante la batalla de Curupaytí, el fallido asalto del ejército aliado de Argentina, Brasil y Uruguay que atrasó pero no impidió el desenlace de la guerra.


Portada de “Retrato de Marte” / Monumento a Mariano Grandoli en Rosario

Está también en los museos de historia, visitados por chicos de escuela obligados. Está en monumentos y mojones en las provincias de Entre Ríos y Corrientes. Está en el barrio de Palermo, en Buenos Aires, donde generales de la guerra como Paunero, Gelly y Obes y Chenaut, recibieron nombres de calle como galardones. Está ahí, estancada en símbolos que ya no parecen invocar nada.

Es difícil definir con precisión por qué esta guerra, que tuvo un rol tan marcado en la construcción del país, pasa desapercibida. Quizás por su impopularidad y las revueltas internas que generó; o el aniquilamiento del pueblo paraguayo que tuvo como desenlace; o el hecho de que el conflicto fue encarado por un país anterior, que estaba a punto de cambiar su identidad por la llegada masiva de los inmigrantes.

El desinterés por esta Guerra Grande, como se la conoce en el Paraguay, es casi tan grande como su épica, su sinsentido y el catálogo de imágenes tan aterradoras como bellas que puede engendrar. Frente a ese potencial expresivo empecé a pensar hace años que todo esto podía ser ejecutado con mucha más fuerza en una novela.


“Después de la Batalla” de Curupaytí, de Cándido López (1893)

Una novela que fuera también una crónica imaginada, que intentara mostrar en el detalle y el enfoque acotado las condiciones de los soldados aliados en la mugre del día a día mientras se hacen paso entre los esteros del Paraguay y malviven en los campamentos.

Con ese objetivo intenté narrar desde los ojos de un soldado argentino que pudiera ser cualquier soldado, que tuviera un apellido que lo vinculara a su tiempo y su tierra, pero no un nombre. Que buscara sobrevivir por sobre todo, pero sin dejar de cumplir lo que los otros, en tiempos excepcionales, esperaban de él.

Traté también de hablar sobre el río, un desafío para los que que crecimos en su costa y lo vimos siempre en movimiento, porque el río, primero el Paraná y después el Paraguay, fue el que llevó la destrucción en ambos sentidos de su curso. De la invasión de Corrientes, al asedio de Humaitá y la marcha sobre Asunción.


“Autorretrato de Marte”, de Otto Dix (1915)

En 2016 la gente de la editorial Olmo confió en este relato y decidió publicarlo. Lo titulé Retrato de Marte porque me propuse hacer una descripción, porque el libro habla sobre la violencia y la identidad, y porque las comparaciones con esa otra Gran Guerra de 1914, y el registro de ésta que hizo el pintor alemán Otto Dix (como en el Paraguay lo hizo Cándido López) titulado Autorretrato de Marte -en la mitología romana, Marte es el dios de la guerra-, me resultaron siempre inevitables.

* Retrato de Marte. Una historia de soldados en la Guerra del Paraguay
de Germán Padinger
Olmo ediciones, 2016
100 páginas

martes, 28 de marzo de 2017

Las 4 guerras más sangrientas de Sudamérica

Las 4 guerras más grandes de la historia de América del Sur
Luciano Camano - War History Online


Historia de la guerra en línea presenta esta pieza por invitado Autor: Luciano Camano

El Imperio español, junto con la corona portuguesa, colonizó América del Sur y ahora es el hogar de 13 países, cada uno con un pasado común pero una historia muy diferente. América del Sur es una de las regiones más pobres del mundo; Sin embargo, no han surgido muchos conflictos entre ellos, y cuando lo han hecho, han sido escasos y esporádicos. Pero hay algunas excepciones a esta regla, a continuación presentamos los conflictos más brutales en tierras sudamericanas:

Guerra de la independencia española

Los virreinatos del Río de la Plata, Nueva Granada y el Perú, que abarcaban todos los dominios españoles del país, influidos por el pensamiento liberal procedente de Europa, libraron una guerra contra los realistas que deseaban seguir siendo parte del Imperio español. La guerra se inició oficialmente en 1810 y después de que ambos lados iban y venían por el territorio, las recién creadas repúblicas de Sudamérica se consolidaron finalmente en 1826 después de tomar los últimos bastiones realistas en islas y territorios remotos.

Las tácticas empleadas por los ejércitos y la población en general incluían el uso de tierra quemada, tácticas de línea regular, guerrillas, asesinatos y espionaje. A diferencia de sus contrapartes norteamericanas, la guerra en esta región del mundo dio lugar a guerras internas en algunos casos, como Gran Colombia y Argentina.


La Revolución de Mayo. Fuente: Wikipedia / Public Domain

Los ejércitos regulares se disolvieron y dieron lugar a bandas de guerra ordenadas por generales deshonestos. La amenaza inminente de una invasión española procedente de Cuba o de la Península fue siempre una amenaza actual hasta finales del siglo XIX cuando España reconoció oficialmente la legitimidad sudamericana. 15 años de guerra que involucra a todo el continente no dejan registros de víctimas en ambos lados, pero debido al gran volumen de participantes, puede considerarse el conflicto más importante en la historia militar moderna de Sudamérica.

Guerra de Paraguay

Una guerra entre Uruguay, Argentina y Brasil contra Paraguay. Duró de 1865 a 1870 y causó la diezmación de la mitad de la población de Paraguay. Las causas de la guerra están abiertas al debate ya la interpretación hasta nuestros días. Las interpretaciones revisionistas del punto de la guerra en el desdén de Gran Bretaña para el desarrollo y la industrialización de Paraguay.

Por otro lado, otras interpretaciones de la guerra incluyen el interés de Brasil por las tierras del norte de Paraguay y la percepción de Argentina de que Paraguay es un enemigo debido al creciente interés del gobierno de Solano López por la provincia argentina de Corrientes.


Artillería uruguaya en Batalla de Sauce, 18 de julio de 1866. Fuente: Wikipedia / Public Domain

La chispa que inició el conflicto fue la eliminación del único aliado de Paraguay en la región, el gobierno uruguayo de Colorado, apoyado por Buenos Aires y la Armada brasileña. Argentina inicialmente mantuvo neutralidad, pero después de ser invadida desde el norte por Solano López, rápidamente se unió a la alianza brasileña y uruguaya. Así, creó una guerra en dos frentes para el Paraguay. Inicialmente, Solano López ganó terreno en el frente de Mato Grosso, pero la alianza combinada rápidamente le superó en número. El resultado fue un desastre total para el Paraguay, sellando cualquier tipo de disputa fronteriza con Argentina por la fuerza de las armas, Argentina reclamó la plena propiedad de la provincia de Chaco (disputada por ambos países) y ganó la provincia de Formosa y Misiones. Brasil reclamó la plena soberanía sobre el sur de Matto Grosso y ocupó el país durante seis años.

Guerra del Pacífico

Fue una guerra emprendida por Chile contra una alianza combinada de fuerzas peruano-bolivianas sobre la propiedad de las reservas de salitre en los territorios del norte de la provincia boliviana del Litoral. Duró de 1879 a 1883 e implicó la guerra naval, el uso de barcos acorazados, y las invasiones anfibias.


"Huáscar" entrando al puerto de Valparaíso, después de la Batalla Naval de Angamos, 1879. Fuente: Wikipedia / Public Domain

El conflicto comenzó cuando el gobierno boliviano elevó los impuestos a la compañía chilena de Saltpeter and Railroads Antofagasta Company, a pesar de un tratado firmado en 1874 que prohibía recaudar nuevos impuestos durante un período de 25 años. Después de un terremoto que azotó la región de Antofagasta, Bolivia, Bolivia aumentó el impuesto en 10 centavos.

Tras la denegación de pago por parte de la Compañía Chilena, fue expropiada, y el conflicto comenzó abiertamente. Una vez que la guerra terminó, Perú perdió la región de Tarapacá, Tacna y Arica fueron devueltos después de 40 años, y Bolivia seguía siendo un país sin litoral hasta el día de hoy. A pesar de los esfuerzos de Bolivia por su provincia perdida, las posiciones chilenas sobre la región del Litoral se han mantenido duras y estáticas durante un siglo.

Guerra del Chaco

La exploración española a principios del siglo XIX era dudosa ya menudo contradictoria. Después de que las repúblicas recién creadas se organizaron, adoptaron el principio de Uti Possidetis Juri, que significa "como usted posee según la ley, usted poseerá" significando que las fronteras entre los países se significaron para ser dejadas como estaban en 1810, el último año La corona española gobernaba América del Sur.


Tropas paraguayas en 1932. Fuente: Wikipedia / Dominio Público

Sin embargo, hubo un vacío legal en áreas inexploradas. Una de estas áreas es el Chaco Boreal, entre Paraguay y Bolivia.

Bolivia intentó repetidamente emprender una guerra contra los países vecinos después de perder las provincias en la Guerra del Pacífico. Esta vez, no sería diferente. Entre 1928 y 1936, el ejército modernizado de Bolivia, con equipos de última generación entre equipos y tácticas de guerra, intentó ocupar por la fuerza de las armas el área entre ambos países, pero finalmente fracasó. Las compañías petroleras también jugaron su papel, tanto Standard Oil como Shell concediendo créditos para comprar armas modernas. En última instancia, ambos países movilizaron a los campesinos pobres que pagaban con su sangre.


Luciano Camano es maestro de escuela primaria con una licenciatura en Relaciones Internacionales.


lunes, 23 de enero de 2017

Guerra del Paraguay: Las RREE de Paraguay antes de la Guerra

Misión paraguaya a Europa 


Uno de los primeros actos del presidente del Paraguay, Carlos Antonio López, fue ponerse en relación con todos los gobiernos civilizados del mundo. Como resultado de sus gestiones diplomáticas, pronto el Paraguay salió del aislamiento en que había vivido, entrando de lleno en la convivencia internacional. De todas partes les llegaron los mejores testimonios de sincera simpatía, reconociéndose la independencia y formulándose votos por el resurgimiento paraguayo. Y no tardaron en llegar a Asunción los representantes de las grandes potencias, con los que se firmaron tratados de amistad, comercio y navegación. 


Elisa Alicia Lynch (1835-1886)


Para responder a estas atenciones, para restablecer las relaciones con la madre patria, y con otros fines relacionados con el desenvolvimiento del progreso del Paraguay, fue enviado a Europa, como ministro plenipotenciario, el general López, que era ya, a la sazón, el hombre más preparado y más discreto de su país. 

El domingo 12 de junio de 1853 partió de la Asunción, a bordo de la nave de guerra Independencia del Paraguay, llevando como secretarios a Juan Andrés Nelly y a Angel Benigno López. Lo acompañaban también el entonces comandante Vicente Barrios, el capitán José María Aguiar, el teniente Rómulo Yegros y el alférez Paulino Alen. 

El 14 de setiembre llegó el representante paraguayo a Southampton pasando enseguida a Londres, donde mereció la más amable acogida por parte del gobierno británico. (1) 

En aquella ocasión tuvo oportunidad de conocer allí personalmente al famoso publicista argentino Nicolás Calvo, quien había de ser después uno de sus corresponsales secretos en el Río de la Plata. De una correspondencia enviada por dicho escritor a un diario de Buenos Aires se tomaron los párrafos que siguen, donde sus palabras trasuntan la impresión que le causara el representante paraguayo: 

“Tenemos aquí al general López, ministro plenipotenciario del Paraguay, que pronto pasará a París. El general es un hombre distinguido en sus modales, dotado de una fisonomía inteligente y apacible, que gana la voluntad del que le trata. Su viaje a Europa es, a mi juicio, una garantía de prosperidad y un gaje de progreso y de mejora infalible para su patria. Observador, reservado y estudioso, se ve en sus acciones la preocupación del hombre seriamente contraído a llevar la aplicación de lo bueno y de lo útil que la Europa le presenta en provecho de su patria. 
“El Paraguay, ofreciendo una estabilidad que, desgraciadamente, falta entre nosotros, llama ya la atención de la Europa comercial, y la emigración agrícola de que tanto necesitan estos países puede muy bien acordarle la preferencia, tanto más cuanto que es éste uno de los puntos a que el ilustrado general López contrae su preferente atención, y reuniendo, como reúne, a la capacidad personal los medios materiales y pecuniarios de desenvolver su plan, poco arriesgo es presagiar que una corriente de inmigración europea, no tardará en pronunciarse hacia el Paraguay. 
“Esta legación es, quizás, la más numerosa que ha venido de la América, y hará buena figura en la lujosa Corte del Emperador Napoleón”. 

Llegada a Francia 
Después de una corta estada en Londres, y antes de visitar, como deseaba, las grandes ciudades manufactureras del Reino, a causa del cólera, que empezaba a propagarse en forma alarmante, pasó a Francia, donde fue recibido en sesión pública por Napoleón III, quien, desde un principio, le brindó sus simpatías, así como la hermosa Emperatriz. 

Muchas leyendas se han forjado sobre su paso por París y sobre el deslumbramiento que causó en su alma el falso brillo de aquella Corte corrompida. 

Hay a qué atenerse sobre el carácter del joven patriota, sobre las intimidades de su alma, sobre sus verdaderas inclinaciones. Se sabe que era morigerado en sus costumbres y que desdeñaba los laureles de la gloria militar. En su alma no cabía otra ambición que la de ver a su patria engrandecida y en paz con sus vecinos… 

Mal, pues, podía seducirle una Corte marcial, fastuosa, pero degradada, a los encantos íntimos de una ciudad alegre. En su mente no llevaba clavada sino una sola idea fija: la prosperidad de su pequeño país. Inútil buscar documentos, pruebas reales de que hubiese llevado en París una vida licenciosa. Inútil pretender dar verosimilitud siquiera a las patrañas forjadas por los falsificadores de la historia. 

Queda, felizmente, el diario íntimo de uno de sus compañeros –el mayor Rómulo Yegros- gracias al cual es posible seguirle, sin perderle de vista un momento, a través de la gran ciudad. Y por ese diario se sabe toda la verdad de su actuación irreprochable. 

Lo que hay de cierto es que Eugenia, que quiso confundirle con uno de esos embajadores semibárbaros de los países orientales, quedó prendada de su gentileza tan pronto como lo conoció en una de las fiestas del Palacio. Y que Napoleón, que era un hombre de vasta cultura, se sintió sorprendido en presencia de aquel joven lleno de ilustración que, en un francés correcto, disertaba con él sobre las más diversas cuestiones, con un dominio absoluto de la política europea y de la historia del mundo. 

Aquella simpatía se transformó pronto en amistad que le valió las más honrosas distinciones. Así, es verdad que el Emperador lo invitó una vez a presenciar unas maniobras militares, brindándole el comando de las tropas, en medio del estupor de los presentes. López, sin afectación y sin embarazo alguno, agradeció aquella inusitada distinción, dando en el acto las órdenes correspondientes y haciendo desfilar batallones y regimientos en su presencia con singular acierto. Precisamente toda su cultura militar era francesa, estando bien interiorizado de los secretos de la táctica y de su estrategia. No podía, pues, tomarle de sorpresa aquel rasgo inesperado del Monarca. 

Por lo demás, en París, como en Londres, no perdió su tiempo en frivolidades, trabajando por allegar ventajas a su patria, procurando abrir mercados a los productos paraguayos, vincularse a la banca europea y encaminar hacia Paraguay una buena corriente de emigración. 

Y como resultados de sus gestiones tan fecundas, el Paraguay se vio pronto impulsado por un creciente progreso, en medio de una renovación completa. 

No se puede omitir aquí un detalle íntimo de su vida que ha dado lugar a tantas injustas acusaciones, a tantos calumniosos denuestos. El mismo está referido a sus relaciones con la famosa Elisa Alicia Lynch, a quien amó apasionadamente desde el momento que la conoció en Paris. 

Esta célebre mujer, tan vinculada a la historia del Paraguay, tan discutida y tan interesante a los ojos del investigador sereno, ha dejado en un panfleto poco conocido los siguientes datos autobiográficos: 

“Nací en Irlanda, el año 1835, de padres honorables y pudientes, perteneciendo a una familia irlandesa que contaba, por parte de mi padre, dos Obispos y más de setenta magistrados, y, por parte de mi madre, un vicealmirante de la Marina Inglesa, que tuvo la honra de combatir, con cuatro de sus hermanos, a las órdenes de Nelson, en las batallas del Nilo y Trafalgar. 

“Todos mis tíos fueron oficiales de la Marina o del Ejército inglés. Mis primos lo son hoy, y varios otros de mis parientes ocupan altas posiciones en Irlanda. 

“El 3 de junio de 1850, fui casada en Inglaterra, a la edad de quince años, con Mr. Quatrefages, persona que ocupa un alto puesto en Francia. A su lado viví tres años, residiendo en Francia y Argelia, sin tener descendencia. 

“Separada de él a causa de mi mala salud, me reuní a mi madre en Inglaterra, quedando algún tiempo con ella. Estuve después con mi tío, el comandante de la Marina real inglesa, William Royle Crooke y su esposa, hermana de mi madre. 

“Residí en París muy poco tiempo, y, mientras estuve allí, viví con mi madre y la familia de Strafor, compuesta de la madre y tres hijas, siendo el padre magistrado en Dublín. 

“Poco tiempo después de separada de mi esposo conocí al mariscal López, y ya en 1854 me encontraba en Buenos Aires, de paso para Asunción. 

“Los que se han empeñado en presentarme como una mujer de mala vida en París, se encuentran descubiertos ante la evidencia de lo que dejo referido, porque falta materialmente el tiempo necesario para que yo haya podido entregarme a la vida licenciosa que se ha pretendido atribuirme. No he podido, pues, ser la mujer que han pintado mis enemigos. 

“El antecedente más desfavorable a mi reputación ha sido el hecho de mi matrimonio. Casada y pasando a ser la compañera del mariscal López era autorizar el cargo de adúltera. Hasta hoy no he querido desmentir esta acusación por motivos de delicadeza que me obligaban a no perjudicar la posición que ocupa Mr. Quatrefages. Pero ahora estoy obligada a romper ese silencio, porque me debo a mis hijos y mi nombre está ligado a una época histórica. 

“Mi matrimonio con Mr. Quatrefages fue considerado nulo por no haberse cumplido las formalidades exigidas por la ley, y la prueba más concluyente de ello es que él se volvió a casar en 1857 y tiene varios hijos de ese matrimonio. 

“Dados estos antecedentes respecto a mis primeros años, no necesito detenerme a dar cuenta de los quince años que residí en el Paraguay, porque nadie, nadie, se atreverá, ni se ha atrevido, a atribuirme una deslealtad al hombre al cual ligué mi porvenir”. 

Tal es la madama Lynch de la realidad, pintada por ella misma con emocionante sinceridad… Mujer de extraordinaria belleza y distinción, llena de talento y de una discreta cultura, despertó en Solano López un apasionado amor. Se conocieron un día en la estación de San Lázaro… se conocieron y se amaron. 

En una palabra, Solano López había encontrado en su camino la compañera que le deparaba su trágico destino. Y ésta, respondiendo también a un mandato superior, le dio la mano y lo siguió en la vida. 

Fracasan las negociaciones con España 
De París pasó a Madrid, donde presentó sus credenciales, gestionando un tratado de paz con la madre patria. Le tocó en la Corte española poner a prueba sus dotes de diplomático y su singular energía. Desde el primer momento encontró dificultades insalvables en las extrañas pretensiones de la Cancillería, que se empeñaba en sentar principios inadmisibles de derecho internacional, en cláusulas que rechazó resueltamente. 

Así, quería el señor Angel Calderón de la Barca, ministro de Relaciones Exteriores, que se estableciera que los hijos de españoles nacidos en el territorio del Paraguay tendrían el derecho de optar por ser paraguayos o españoles, y otras estipulaciones por el estilo, contrarias al derecho de gentes, a las leyes de la República y hasta el decoro nacional. Con tal motivo tuvo que formular numerosas notas, en las que se ve el rastro de la garra del león. Su estilo es inconfundible, siendo imposible no reconocer en todo cuanto escribió desde entonces el sello potente de su personalidad. 

Aquel joven, que por primera vez salía de su patria, hablaba con la autoridad de un hombre cargado de experiencia y acostumbrado a tratar de igual a igual a los más poderosos de la tierra. Todo es dignidad, energía, autoridad en lo que escribe. Se ve que se siente fuerte en su derecho; no conciente en ceder un ápice a su contendor. Y cuando se convence de que no hay nada que hacer ya frente a la terquedad de la Cancillería española, a la que ha demostrado inútilmente la sinrazón de sus pretensiones y hasta sus flagrantes inconsecuencias, anuncia oficialmente su retiro, y se marcha, sin perder la línea de la más exquisita cortesía. 

Meses después, cambiado el ministro de Relaciones Exteriores, recibió un llamado del nuevo titular de dicha cartera, que se avenía, por fin, a zanjar todas las dificultades. Pero era ya tarde. El ministro paraguayo contestó que le era imposible volver a Madrid, porque había sido llamado por su Gobierno y en el puerto de Burdeos le esperaba, con los fuegos encendidos, un vapor de guerra de su país, listo para partir. 
Palacio de Benigno López (Asunción, 1869). Fuente

El más completo éxito coronó sus gestiones ante el Rey de Cerdeña, consiguiendo sin dificultad que fueran canjeados y ratificados los Tratados firmados en Asunción. 

Por todas partes no encontró sino buena voluntad para su patria y para su persona, recibiendo de Napoleón las insignias de Comendador de la Legión de Honor y del Rey de Cerdeña las de Comendador de San Mauricio y San Lázaro. 

Hasta el propio Juan Manuel de Rosas, entonces en Inglaterra, requerido para dar informes sobre el Paraguay, no titubeó en decir que era el único país al cual se podía abrir un crédito ilimitado, certificando que la firma de su ministro estaba garantida por las riquezas de un pueblo pacífico y trabajador y por la solvencia del Gobierno más serio de América. 

Puede decirse, pues, que su misión fue coronada por el más completo éxito. Y, así, después de haber hecho un lucido papel diplomático; después de haber estudiado detenidamente todo lo que podía interesar a su patria; después de haber hecho magníficas adquisiciones, asegurando el concurso de hombres e instituciones de trascendental importancia, regresó, a bordo del hermoso y veloz vapor Tacuarí, adquirido por él en Inglaterra. 

El 11 de noviembre de 1854, a las diez y media de la mañana, partió de Burdeos. Venían con él, a más del personal de la Legación, numerosos técnicos contratados en Inglaterra y Francia, entre ellos los ingenieros Whitehead y Richardson, que tan valiosos servicios habían de prestar al Paraguay. 

A su paso por Río de Janeiro se entrevistó con el Emperador y con varios personajes de la Corte, tratando inútilmente, de buscar una solución a las graves cuestiones que empezaban a poner en peligro la paz entre el Brasil y Paraguay. 

Finalmente llegó a la Asunción en la tarde del 21 de enero de 1855. 

Referencia 

(1) El lunes 5 de diciembre de 1853 fue recibido Solano López por la Reina Victoria en su palacio de la isla de Wight. Rómulo Yegros, al anotar este hecho en su minucioso diario, escribe: “Después de haber visto el señor general a la Reina, dice que le ofreció su vapor de paseo para que regresase y su coche para que lo usase en el puerto. Esta oferta fue aceptada por el señor ministro. El inmenso gentío que había en la ribera y los marineros, al verle bajar, creyeron que era la Reina la que venía a su paseo de costumbre… Por este feliz viaje vemos que el señor general es tenido en mucho aprecio por la Reina y sus ministros”. 

Fuente 
Efemérides – Patricios de Vuelta de Obligado 
O’Leary, Juan E. – El mariscal Solano López 

Revisionistas.com.ar