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sábado, 18 de febrero de 2017

Guerras Napoleónicas: ¿Por qué hubo tantas bajas en las batallas?

La picadora de carne de la guerra - Por qué las guerras napoleónicas costaron tantas vidas

Andrew Knighton - War History Online




Las guerras napoleónicas involucraron un número asombroso de hombres heridos y muertos.

Desde el 6% de las muertes en Fleurus en 1792 hasta el 15% en Austerlitz en 1806. Hubo un 31% en Eylau en 1807 y un aterrador 45% en Waterloo en 1815.

El gran número de hombres quebrantados por las guerras era horrible. Algunos sobrevivieron a sus lesiones, aunque es probable que millones murieron. Los 3,7 millones de muertes estimadas por el historiador Hippolyte Taine pueden ser una exageración, pero debe estar en el área correcta.


Más de 500.000 hombres fueron perdidos del ejército de Napoleón durante la invasión de 1812 de Rusia, y mientras que éste era un desastre particularmente terrible, no era único.

¿Por qué tantas personas murieron en las guerras de un solo hombre?

Guerras que atravesaron un continente

La magnitud de las bajas es en parte un reflejo de la magnitud de las guerras.

Napoleón supervisó la continuación de un largo período de guerra iniciado por los revolucionarios gobiernos franceses. El efecto desestabilizador de la Revolución Francesa había convertido muchas grandes potencias contra Francia. Si bien estos conflictos podían ser considerados como una serie de batallas separadas, fueron efectivamente una larga guerra en la que Francia estaba constantemente luchando.

Al igual que en la Guerra de los Siete Años anterior, estos fueron un precursor de las Guerras Mundiales del siglo XX, atrayendo a todas las grandes potencias. Se les llamó la Gran Guerra un siglo antes de que ese término fuera usado en el conflicto de 1914-18. Las guerras combatidas casi en su totalidad en Europa difícilmente pueden ser llamadas guerras mundiales, pero sí incluyeron a las mayores potencias industriales de la época e involucraron a casi todos los países de Europa.

Con tantos ejércitos luchando, había muchas vidas en juego.


El Regimiento 28 en Quatre Bras. Elizabeth Thompson, Lady Butler, 1875

Reclutamiento

La Francia revolucionaria introdujo un nuevo elemento en la guerra europea. Era algo que aumentaría el número de soldados en el campo muchas veces; reclutamiento.

Frente a los ataques de los países de Europa, las rebeliones desde adentro, y el reto de difundir sus ideales por la fuerza, la Francia revolucionaria comenzó a reclutar hombres para luchar.

La ley de reclutamiento en vigor durante la mayor parte del reinado de Napoleón fue la Ley Jourdan-Delbrel de 1798. Sus disposiciones fundamentales duraron hasta la codificación y revisión de todas las regulaciones militares en 1811. Incluso entonces, la esencia de la ley fue incorporada a las regulaciones, no abandonada .

La conscripción significó que Francia lanzó a un gran número de hombres en el amolador de la guerra. No sólo gente de su propio país, sino también reclutas de provincias conquistadas. Las naciones opuestas reclutadas para igualar los números de Francia. No sólo un gran número de países luchaban, sino que cada uno estaba luchando con un mayor número de hombres, infligiendo y sufriendo más bajas.

Desastres épicos

Napoleón era un general atrevido y audaz. Él tomó riesgos enormes para alcanzar metas importantes. Como resultado, cuando el desastre cayó podría ser igualmente épico.

La retirada de Moscú en 1812 y la derrota en Leipzig en 1813 fueron particularmente devastadoras, con un gran número de tropas francesas perdidas. Los hombres que los reemplazaron se lanzaron apresuradamente, es decir, muchos eran inexpertos y mal preparados, con probabilidades de sufrir frente a la realidad de la batalla.

Incluso antes de esto, los grandes planes de Napoleón eran a veces su destrucción. La expedición egipcia de 1798 vio a miles de hombres morir no sólo en la batalla, sino de la peste y la privación, ya que fueron cortados y los suministros se agotaron.

Napoleón apuntó alto. Cuando cayó a la tierra, otros sufrieron.


Caballería enfrentándose en la Batalla de Borodino, pintada por Franz Roubaud en 1912

Artillería Mejorada

El orgullo excesivo pudo haber jugado un papel en la devastación, pero también lo hizo la tecnología y la marcha del progreso.

La carrera de Napoleón comenzó en la artillería en un momento en que estaba haciendo avances significativos. Las armas estaban siendo diseñadas para ser más potentes y móviles. Debido a una combinación de avances tecnológicos y los cambios tácticos que llevó Napoleón, la artillería llegó a desempeñar un papel más destructivo que nunca. El ejército francés en Leipzig disparó cinco veces más bolas de cañón que el que habían tenido en Valmy veintiún años antes. Los resultados de esos cañones eran más cuerpos en un conteo brutal.


La carga de los grises escoceses en Waterloo. Por Lady Butler, 1881

Los límites de la Medicina

Aunque no era un problema nuevo, el conocimiento médico limitado exacerbó el peaje tomado por las guerras napoleónicas.

El siglo XIX fue un período de importantes avances médicos. La naturaleza de la enfermedad llegaría a ser comprendida. La importancia de la limpieza en la prevención de la infección transformaría tanto el tratamiento como la salud pública. Los químicos desarrollaban poderosos detergentes para matar las bacterias antes de que alcanzaran las heridas y la cirugía tomaría saltos audaces hacia adelante.

Todo lo que tenía por delante, sin embargo. Durante las dos décadas en las que Napoleón dominó la guerra, incluso la más leve de las heridas en el campo de batalla podría conducir a una infección mortal. Un brazo o una pierna roto lo más probable es que sea eliminado, aumentando el riesgo de infección, pérdida de sangre, o muerte por shock.

Era una guerra en una escala casi industrial, sin los beneficios que traería la medicina moderna.

Búsqueda de alimento y tierra quemada

La mayoría de los intentos de contar el costo de las guerras de Napoleón se han centrado en los soldados, pero la violencia también tuvo un enorme impacto en los civiles.

Mientras grandes ejércitos pisoteaban el continente, dejaban un rastro de destrucción a su paso. Algunos de esto fue debido a la falta de comida. Llevar todo el sustento requerido para tales grandes ejércitos hubiera sido un tremendo esfuerzo, así que los ejércitos vivieron de la tierra. Las granjas y comunidades enteras se quedaron sin comida.

Fue peor en áreas donde se usaron tácticas de tierra quemada, especialmente Rusia. Para evitar que los franceses se abastecieran, los ejércitos rusos devastaron su país. La ciudad de Moscú se incendió en lugar de dejar que los franceses encontrar lo que necesitaban allí.

Tales tácticas causaron hambre y muerte para la gente común. Las disputas con soldados forrajeros llevaron a actos de violencia. Inevitablemente, tales sufrimientos fueron en gran parte no reportados.

Millones de soldados y civiles murieron durante las guerras napoleónicas. Los cambios políticos y tecnológicos realizados para un conflicto particularmente devastador. Era un presagio de lo que vendría en la era de la guerra total.

Fuente:

domingo, 31 de julio de 2016

Guerra del Chaco: Un duelo de artillería

Un duelo de artillería en la Guerra del Chaco
Viscacharal, Sector Pilcomayo, 15 de enero de 1935
 


Por Rafael Mariotti

Publicaré este artículo como se lo había prometido al amigo Mangosta, chileno, y en atención al forista Procer1811, nieto de uno de los participantes de este duelo artillero, pues su abuelo, el entonces mayor Fulgencio Yegros (luego general) era comandante del grupo de artillería 2 paraguayo, que estaba desplegado en la zona norte del Pilcomayo, frente al Grupo de Artillería de la Cuarta división boliviana, comandado a la sazón por el coronel de artillería chileno Aquiles Vergara Vicuña. Este, recibido en el Colegio de Guerra en España y ex-miembro del gabinete chileno, era el más famoso de un grupo de jefes y oficiales (105 en total) contratados en junio de 1934 por Bolivia, con gran consternación del gobierno paraguayo. Vergara Vicuña se integró al Primer cuerpo de ejercito boliviano en octubre de 1934. El relato es del libro DEL CALDERO DEL CHACO (1936) de Vergara Vicuña. 
"El 15 de enero de 1935 la artillería boliviana del sector, a la sazón comandada por el coronel chileno Aquiles Vergara Vicuña, de reciente nombramiento, se hallaba ocupando un lugar llamado “Viscacharal”- en la explanada del río Pilcomayo donde moría la pendiente del extremo norte de la Serranía de Caiza- en cuyas inmediaciones tenía establecido su emplazamiento, la batería del sub teniente Bernardo Soria Galvarro, equidistante uno 5 kilómetros de otras que le flanqueaban; hacia el norte la del teniente Pastor Quiroga, situado en un punto llamado “Resistencia” y en dirección sur cerca del sitio llamado “Convento”, la del teniente Manuel Vaca Roca. 
Frente a esta unidad, se encontraba el Grupo 2 de Artillería paraguayo “General Roa”, comandado por el mayor Fulgencio Yegros, que tenía como misión mantener una vasta cobertura a lo largo del Pilcomayo, desde Cururendá hacia el sur, tocándole ocupar el Talud de Piquyrendá situado entre Ybybobo y Palo Marcado, y enfrente de Viscacharal, a la 3ª batería a cargo del teniente Juan A. Monges. 
El relato de Vergara Vicuña continúa así: 
“Fui recibido en Viscacharal con la atención cordial que ya conocía. Soria Galvarro hacía su rancho en ese momento y tuvo oportunidad de invitarme a comer un buen plato de verdolaga silvestre sazonada en aceite que, según me informó, había descubierto para defenderse de la avitaminosis. Excusado estará decir que me sentó de maravillas, pues hacía varias semanas que no probaba una brizna de verdura.” 
“Mi asistente José Quispe preparó entretanto mi instalación cerca de la del teniente y luego de enunciar a la ligera el objeto de mi visita, nos decidimos a reposar para que el sol del nuevo día nos hallara ágiles de cuerpo y de espíritu. 
Ningún presentimiento embargaba mi espíritu, cuando caí en la inconsciencia del sueño. Para mi compañero de “pahuiche”, esa noche sí que fue la postrera, pues al día siguiente, bajo un cielo añil y sobre una tierra lujuriosa caería, después de trágico molinete con el pecho destrozado por una granada paraguaya. Pero tampoco al parecer, Soria Galvarro fue advertido nada, pues al rayar el alba se levantó contento y dinámico, sorbiendo a bocanadas el aire más puro de esa hora, único que, en el Chaco, se puede respirar con alguna fruición.” (continúa) 

Inserto retrato de Aquiles Vergara Vicuña y del sector donde se efectuó el combate narrado. 

 


“Nos desayunamos ligeramente para desplegar luego el Plano Director, con el transportador y la regla graduada en manos. Trazamos las rectas de los tres rumbos, desde los asentamientos respectivos y su coincidencia fue perfecta.”
“Cabalito, exclamó con entusiasmo el comandante de la batería.”
Ya teníamos los elementos necesarios para iniciar la acción; faltaba la coordinación de los fuegos con las restantes baterías, y el plan y régimen a que debíamos ceñirnos. Pregunté a Soria Galvarro cuál era su idea, contestándome que le agradaría hacer tiro progresivo y regresivo escalonado con un consumo de 160 granadas, más o menos. Esta proposición me pareció mesurada…”
Con la pauta señalada, elaboré mi plan: 160 granadas de la batería de 65 mm (Soria Galvarro); 60 la de 75 mm (montada); 20 de la 75 mm (montaña) material éste último que tenía en esos días una expectativa de municionamiento muy escasa. El fuego debería desenvolverse en 20 minutos, a razón de 8, 3 y 1 tiros por minuto, de cada batería, respectivamente. Acto seguido, me puse al habla con el capitán Cuellar, comandante del Grupo, quien había verificado sobre el plano de la batería Quiroga los mismos cálculos que nosotros.”
Nota: cada batería estaba compuesta de 4 cañones, con sus dotaciones respectivas.
“Respecto a mis directivas para la acción, acepté su insinuación de que no entrara en combate la batería Vaca Roca, por la razón antes señalada.”
“Serían las 8 de la mañana, cuando acompañado por el teniente Soria Galvarro y el suboficial Zaconetta, me dirigí al observatorio. Este cabalgaba en un árbol esquelético, de pobre ramaje, de forma achaparrada, situado en un montículo a 100 metros de la batería, a un costado.”
El día se presentaba caluroso y radiante de luz, invitaba a vivir y no a morir.
Subimos al observatorio, algo endeble para nuestro peso, por lo cual nos balanceábamos un poco, a unos cinco o seis metros del suelo en pendiente. Con todo, la visualidad era magnífica. Instalamos el anteojo de antenas, entregándonos por algunos minutos, de lleno, a la tarea de escrutar en dirección al punto en que debía encontrarse el enemigo. Luego faculté al jefe de la batería para dar sus comandos. Rápidamente llegó por el hilo la voz: Pieza lista!; Fuego! contestó el teniente.
Observamos la caída del proyectil, oculto en los primeros segundos dentro de la espesa maraña y quedamos esperando el disparo inicial de la batería Quiroga.
Pronto sentimos la detonación de salida y casi simultáneamente de llegada (a distancias medias, en ese material tipo rasante, el proyectil llega al objetivo conjuntamente con el sonido)
Observamos atentamente sobre el punto batido y pudimos comprobar que la nube de polvo y humo del calibre superior, quedaba inmediata a la anterior, ya en pleno desvaimiento.
Cabalito! - volvió a exclamar Soria Galvarro.
Puede pasar al fuego de eficacia, si lo cree oportuno – agregué de mi parte.
Repetimos los comandos por teléfono, ahora con distancias escalonadas.
Batería lista! – una ráfaga! y luego, moviendo las distancias, y concentrando o repartiendo sobre cualquiera de las piezas: una ráfaga! dos ráfagas! y vuelta a comenzar.
Espectáculo formidable; tronadera ensordecedora de estampidos cercanos y explosiones lejanas que venía a aumentar el fuego de efecto a que también había pasado la batería Quiroga. La caída de los proyectiles se iba sucediendo con exactitud, gracias a las correcciones que se ordenaban.
Pobres coleguitas “pilas”! – dijo más de una vez Soria Galvarro.
"Mi alma de artillero se solazaba en una extraña fruición; mis sentidos se regalaban en esos minutos con la novedad del espectáculo… y, lo principal, me hallaba como sorprendido de se actor en aquello y todavía sin tener en cuenta que el Destino me deparaba en esa trama el papel principal." (continúa)
Publico imágenes de los cañones de acompañamiento de infantería Vickers de 65 mm (de los cuales Bolivia había adquirido 30 en 1929, y llegaron en 1932). Estos componían la batería de Soria Galvarro en el relato. Publico imagen del cañon de campaña Vickers de 75 mm, que es llamado de artillería montada en el relato (batería Quiroga), y del cañon de montaña de 75 mm de la bateria Vaca Roca que no participó por falta de municiones.
“Aunque en esos cortos minutos de la acción de Viscacharal no estaba para éstas ni parecidas disgresiones, pensaba, no obstante, ya que el principal papel de un jefe es prever y más prever, en una posible reacción de la artillería paraguaya, a lo que había que añadir el para mi dogma de fe de la teoría de las compensaciones y la sabiduría del aforismo popular que dice: “Donde las dan las toman”.
Durante unos veinte minutos, los airosos cañoncitos, casi automáticos, continuaron vomitando activamente su granizo candente. Luego nos dimos cuenta que la batería Quiroga había cesado de disparar, seguramente por conclusión de la ración acordada. Nos miramos las caras, como consultándonos una decisión y entonces dije: -Basta por ahora-.
Soria Galvarro asintió sonriendo, satisfecho de la tarea realizada. Yo sentía en mi interior el orgullo primerizo de haber actuado, dirigiéndolo, en un fuerte batimiento artillero, cuyo efecto, sin embargo, quedaría para nosotros en una nebulosa.
Iniciamos el descenso para restituirnos al puesto de comando habitual, distante 150 metros adelante, en una especie de explanada, característica de los antiguos puestos ganaderos, lisa y despejada de árboles, cuyos puntos más visibles eran, acaso, el pahuiche utilizado como vivienda por el teniente y un cerco de ovejas de la inmediación más contigua. Era indudable que ese manchón ocre podía resaltar como rosetón de la guirnalda verde.
Mientras caminábamos en columna de a uno por el sendero, pensé que la artillería paraguaya estaría preparando ya su desquite y volví sobre el tema:
“Después del fuego que hemos hecho, habrá que adoptar mayores precauciones y enmascararse lo más posible; qué opina sobre el particular, mi teniente?
“Ciertamente, mi coronel – contestó al punto Soria Galvarro. Tengo el proyecto de hacer un trabajo que sea permanente y bien fortificado; algo así como un “nicho” en la ladera del cerro, que sirva de observatorio, de gabinete de trabajo y de cuarto de dormir; ya tengo planeada su construcción y comenzaremos los trabajos esta misma tarde. Pierda cuidado.”
“Instantes después nos separamos. El siguió a su “pahuiche”, yo me quedé algunos minutos deambulando para conocer el paraje circunvecino. Luego tomé igual dirección.”
Qué sucedía entretanto con la artillería paraguaya de enfrente? La 3ª batería se encontraba emplazada y bien oculta en el talud de Piquyrenda cuando se produjo la entrada en fuego de las baterías bolivianas ubicadas en Viscacharal y Resistencia.
Desde el amanecer de ese día, nuestros vigías de la batería habían podido observar con metódica paciencia un delgado hilo de humo que se levantaba de la superficie en un punto de la otra banda. Rato después se escuchó el disparo de un cañón, luego otro, seguido de otros más. Una vez tomado el rumbo de las detonaciones, el teniente Monges comenzó a explorar con su anteojo de antenas y pudo notar que el hilo de humo coincidía perfectamente con una de las direcciones de donde provenían los disparos que al parecer, estaban dirigidos, en ese primer momento, hacia objetivos distintos que la 3ª batería.
He aquí el relato del coronel Vergara Vicuña, de lo acontecido en el lado boliviano, y lo ocurrido al teniente Soria Galvarro:
“Me separaban del “pahuiche” unos cincuenta metros escasos, cuando fui despertado de mi ensimismamiento contemplativo por algo verdaderamente insólito, por mucho que estuviese previsto. Sentí una especie de desgarradura de una tela de buque y deslizarse con un agorero silbido la saeta de un proyectil. Pasó todavía a unos 5 o 6 metros sobre la proyección de mi vertical y presentí que ya estaba próximo a su punto de caída. Una detonación formidable, una convulsión de la atmósfera, un promontorio de humo y varias trayectorias divergentes y ruidosas de carcasas aclararon mis ideas quizá antes de haberse concretado. La granada había percutado en la ladera del observatorio recién abandonado.”






“Tomé visual hacia el “pahuiche” y ví que todos corrían a agazaparse detrás de uno árboles no muy respetables de grosor, como para protegerse de una avería; otros se echaban al suelo donde estaban. Comprendí que la cosa era grave y que había salido un segundo proyectil, acaso más astuto que el anterior.”
“Adiós mi plata, díjome una voz profunda. Mis oídos estaban aletargados para percatarse de los ruidos, por la indigesta ingestión de disparos con que los había regalado desde la víspera, soportando sin otra precaución que la de abrir la boca, donde el propio asentamiento, las ráfagas como descargas cerradas de la batería Quiroga, más el pronunciado aditamento de esta mañana.”
“El proyectil paraguayo fue a explotar violentamente, al parecer, sobre el propio emplazamiento de la batería. No había ya dudas; estábamos localizados y sometidos a los golpes potentes y mortales de un calibre superior – de 105 por todas las trazas-. No cabía tampoco la esperanza de un socorro oportuno, pues la batería que comenzaba a disparar no estaba “rumbeada” aún y pasaría por lo menos una hora, en el mejor de los casos, para que las otras baterías pudiesen acudir con su fuego en nuestro auxilio.”
“Confieso sin ambages que mi serenidad en esos segundos fue completa, como nunca lo hubiera esperado.
”Me incorporé al grupo de artilleros que recién se levantaba y comenzaba a dispersarse un poco. Algunos sonreían con naturalidad, otros forzosamente. Lo extraordinario era que sonrieran de algún modo, puesto que el asunto no podía ser mas desagradable. Pregunté rápidamente a Soria Galvarro por la batería.
“Ellos están más seguros que nosotros en sus “buracos” –fue su respuesta.
Pero, y el material?
“Puede que estemos de suerte, mi coronel. Además habrá que confiar en la dispersión y en que los “pilas” economicen su munición –dijo sonriéndose tristemente y con una emoción interna que contradecía el optimismo de sus palabras.”
“Lo miré con atención y advertí que estaba algo cambiado. Revelaba, como siempre, decisión, pero estaba serio, acusando que algo lo torturaba en lo íntimo. Yo también comencé a inquietarme, aunque, controlándome exteriormente. Transcurrieron unos pocos segundos más, y pum! Ahora lo sentí nítidamente. Mi oídos comenzaban a funcionar bien. Simultáneamente todos, las diez o doce personas que allí nos congregábamos, corrimos, nivelados por el peligro, detrás del árbol, cuyo tronco ofrecía la mejor protección posible y formamos una masa democrática y compacta de rostros ensombrecidos, que se agitaban a impulsos de una violenta conmoción aórtica que parecía brotar de una víscera común. Mis subordinados, sin embargo, se preocupaban notablemente por mí.”
“Mi coronel, aquí, aquí – me decían, abriéndome hueco protector. Yo rehusaba con gesto categórico, pero sintiéndome agradecido y conmovido.”
“Pasó la granada, musitando su trágica canción y fue a estallar al fondo. Soria Galvarro, apreciándola como tiro largo y perdido, me dijo:
”Con tal que no lo acorten, quedarán lucidos.”
“Estábamos todavía cerca del árbol, aunque ya de pié. En ese instante, curiosamente advierto que mi asistente Quispe, veterano de Nanawa (Nanawa era el nombre de un fortín, escenario de una de las más violetas batallas del Chaco en enero-julio de 1933), no ha cambiado de posición, sentado en el suelo, apoyada la espalda en el árbol, sus piernas extendidas, sin la menor protección, inmóvil e indiferente a todo.” 

“Cuidado, Quispe! que esto es peor que Nanawa – le digo.
El aludido se sonríe incrédulo, luciendo su magnífica dentadura de réclame de dentífrico y continúa impertérrito.
“Pum! Pum! otra vez. A no dudarlo, pasan al fuego de efecto. Nuestra zozobra es grande, pues no sabemos con qué graduación del alza los han lanzado; cualquier acortamiento nos puede ser fatal, pues nos hallamos bajo la bóveda irreal de su trayectoria.”
“Bam…! Bam…! Bam…! y podemos aliviarnos por un instante de caliginosa pesadumbre de lo incierto en conjunción con lo irremediable. Luego hay unos segundos de silencio, que se miden por minutos, y la fecunda y fantástica imaginación comienza a forjar hipotéticas ilusiones de que todo quedará en una calma silente. Una sensación algo artificial de tranquilidad quiere invadirnos por momentos. El paisaje ostenta un aire tan placentero que parece difícil que pueda transformarse en brusco escenario de desolación y muerte.”
Gradualmente voy ordenando mis sensaciones, tratando de cimentar una indiferente normalidad. Se me ocurre con altibajos contradictorios, que la demostración de la artillería paraguaya se ha limitado sólo a eso y que sus sirvientes se encontrarán limpiando las ánimas de los cañones, satisfecho ya el saludo a la bandera.”
“Soria Galvarro, a mi lado, en el borde superior de un pequeño solevantamiento, a dos o tres metros del “pahuiche” me conversa distraídamente, como haciendo un esfuerzo. Me llama la atención su fisonomía alterada por cierta tensión que valientemente lucha –está a la vista- con un tenaz presentimiento. Me imagino al contemplarlo que mi actitud externa debe ser análoga. Corrientes de pesimismo suben y bajan, atravesando cada vez mi espíritu.”
“Ahí donde nos encontramos no tenemos por el momento nada que hacer, carecemos de toda protección y todavía nos hallamos comprendidos en el ángulo visual del enemigo y, sin embargo, continuamos inmóviles, como hipnotizados por el fuerte narcótico de la voluntad y con la iniciativa en trance de sonambulismo que, en el fondo, es la preocupación externa del valor y del prurito irreprimible en ocasiones del amor propio.”
“Nos hemos comunicado con la batería y se nos informa que el personal sigue sin novedad y bien resguardado. En verdad, no deberíamos tener ya preocupación sino por nosotros mismos, pero nada hacemos en ese sentido. Solamente nuestras gargantas secas nos piden un refresco y el teniente ordena a su asistente que vaya a prepararlo. El bueno de Arana se aleja –venturosamente para él- a prepararlo.”
“Yo estoy vacilando en tenderme un rato sobre mi catre de campaña, al cual me separan unos cinco o seis pasos. De pronto alguien grita: ¡salió! Y vemos un tropel corriendo a sumirse en el hoyo del buraco, carente de techo todavía. Soria Galvarro y yo cambiamos un gesto de fatal escepticismo. No había ya tiempo de correr; habría sido una carrera loca impulsada por las hélices del pánico. Aguardamos sin movernos y con el dolor angustioso de quien está conscientemente al canto de una caída irremediable.”
“De súbito mis músculos motores vibran con extraña ansiedad y doy, sin darme cuenta de lo que hago, un salto poderoso pendiente abajo. He sentido la infernal musiquilla de la desgarradura con que avanza el proyectil y ya tan encima que el pensamiento sólo ha alcanzado a taquigrafiar: percusión sobre nuestras cabezas. Y se ha producido la explosión formidable y terrífica a tres o cuatro metros de nosotros.”
“Pierdo por un instante la noción del ser y del no ser. Lentamente, como en un sueño profundo, pienso que he muerto y que así debe ser la muerte, algo desvaído e invaluable para los sentidos."

“Percibo que mi alma está desarticulada de mi cuerpo, inconsútil y arremolinándose en el vacío. Ningún dolo físico me preocupa; nada puede tener importancia en medio de mi desbordamiento material y moral; me posee la sensación de tener hueco el cerebro y estar inanimado para siempre. Luego transcurrido un tiempo impreciso, pero que no debió ser largo, siento que mi respiración amenaza estrangularse, quizá por la acción tóxica de los gases del explosivo y que mi cabeza se hace cada vez más pesada; noto también que mis mandíbulas están trabadas y pienso, si, ahora pienso siguiera, que no podré hablar. Después comienzo a creer que estoy herido, lo que no deja de ser un progreso, pues antes me imaginé estar muerto. Pero lo que gradualmente ve va vigorizando el cuerpo y nutriendo de ideas la mente, es la sensación cierta de encontrarme de pie. De esto ya estoy bien seguro, camino, luego me observo y nada; comienzo entonces a formularme la hipótesis de haber escapado y como una especie de alegría infinita va sacudiendo mi atonía, hasta que las potencias ocultas e irresistibles del instinto de conservación se vuelcan dentro del crisol de mi ser en un voto radioso de acción de gracias, que ofrenda a la vida, y en ese minuto solemne –por qué no decirlo- a Dios ¡Qué enorme satisfacción la vuelta de la conciencia y el convencimiento de vivir, cuando todo se creía perdido!”
“Una extraña energía comienza a dominar mis actos, la que trato de reprimir, porque yo mismo dudo que se apoye en base razonable. No en balde he oído y leído tanto sobre los efectos nerviosos de las explosiones y anhelo, por tanto, con toda la sinceridad de mi alma mantenerme sereno y reflexivo. Pero mi ardor me avasalla y entonces dispongo y grito, aunque felizmente sin apartarme mucho de la lógica, cosa que me es dable constatar más tarde. Estoy a diez pasos del sitio donde cahyera la granada y trato de formarme concepto de lo sucedido. Veo la figura esbelta de Soria Galvarro tendida en el suelo, en la actitud del que duerme una siesta, la cabeza sobre los brazos y con la inmovilidad de una estatua yacente. Con pena profunda, me hago cargo que ha caído victimado por la granada; un poco más lejos veo a un hombrecito diminuto que se retuerce sobre la tierra entre ayes de dolor, me fijo un poco más y me doy cuenta que es mi asistente, el veterano y simpático Quispe; por mi lado pasa en ese instante un soldado, cosa curiosa, andando con paso casi normal, aunque en lugar de una pierna arrastra un jirón horrible de músculos y nervios desgarrados, colgantes como flecos, desde los testículos hasta la rodilla den la parte de la entrepierna. El hombre da aullidos de lobo en hambruna, de dolor físico y quizá también sí moral. Al verme se me acerca, gritándome que lo salve, con una suprema expresión de humildad y de abatimiento que difícilmente podré olvidar mientras viva. Yo horrorizado, le pido que se quede tranquilo hasta que pueda ser socorrido. El soldado insiste con su grito plañidero: ¡sálveme! Sálveme! mi coronel. Me siente agobiado ante esa visión trágica; por un segundo pasa por mi mente la idea piadosa y tremenda de poner fin con mi revólver a tan cruel padecer, pero consigo dominarme y preocuparme de otra cosa.”
“Entretanto he tomado unas cuantas decisiones; algunas se han podido cumplir; otras tienen que diferirse para mejor oportunidad. He hecho transportar el cuerpo de Soria Galvarro cerca de mí; el teléfono ha empezado a funcionar, haciendo llamados urgentes al sanitario de la batería –que valientemente acude con presteza- y al cirujano del Grupo.”
“Me arrodillo cerca del teniente y debo sufrir la enorme impresión de ver su pecho destrozado y aún un soplo de vida en el fondo de unos ojos atormentados por la agonía, que me miran fijamente, como queriendo traducir lo que sus labios no podrán expresar."

“En ese instante, sale otro disparo paraguayo y se reproduce nuevamente la agitación. Yo grito que se protejan inmediatamente.
¡Vamos a la línea! A la línea! – exclaman algunos.
Yo les grito que se protejan como puedan. Llega con violencia la granada y en el primer instante me parece que ha caído cerca del “pahuiche”, tan oculto queda a la vista, cubierto de espesa nubada de polvo y humo.
¡Adiós mi equipaje! – dígome atribuladamente.
“Vuelvo sobre Soria Galvarro y ya no me queda sino contemplar, como sirviendo de máscara del que fuera su rostro, el visaje cenizo y la risa helada y verdosa de la muerte. No se me ocurre cerrarle los ojos, pero tomo la posición de firme.”
“Los tres o cuatro soldados que están conmigo hacen lo mismo entre sollozos. Y en ese minuto, otra vez como ratificación de funeral solemne, se oye: ¡pum! ¡pum! ¡pum! Es la artillería paraguaya que reinicia su actividad, esta vez orientada a exterminarnos. El aire se puebla de un estruendo apocalíptico; las explosiones se suceden frenéticas alrededor de la batería; luego, con distancia acortada sobre el corral de ovejas, cuyo cerco de ramas se observa acaso desde lejos, como una línea parapetada, encontrábame yo a unos cincuenta metros de este último objetivo, cuando volvió a tomarlo la artillería enemiga. En un comienzo, no pienso ni me propongo nada, como atraído y subyugado por la fiereza del espectáculo; en lo profundo de mi raciocinio columbro que eso no es normal y llego a la conclusión de que aún estoy atenazado por el embotamiento paralizante de una impresión que ha pegado con golpe de laque sobe mi espíritu. Procuro reaccionar, poniendo en juego mi iniciativa, pero apenas si puedo formarme un cuadro de apreciación técnica de lo que está sucediendo. Se trata de un tiro de contrabatería, con observación directa, al parecer desde una distancia superior a 6.000 metros, por el lapso hábil entre la percepción de las detonaciones y las de arribada, y calculo que los paraguayos se emplearán a fondo, pues han verificado su reglaje sobre un objetivo que no carece de interés.”
“… han pasado dos… tres… ráfagas de trayectorias paralelas, y creyérase que los bólidos de acero con entraña hirviente e infernal, presta a estallar, vienen animados por una suerte de malicia picaresca, tal es su endiablada pertinacia en demanda de sus propósitos. Me encuentro inerme ante ese destino que parece estar ciego y sordo a cualquier súplica.”
“… Avanzamos un largo trecho (entre los zarzales, apartándonos de la zona batida) y creo estar lejos de la línea longitudinal de tiro, pero los cuerpos explosivos siguen desfilando por lo alto. Antes de admitir la idea de haber hecho el círculo vicioso que es tan frecuente en los bosques y en los desiertos, quiero creer que es la batería Quiroga la que ha roto sus fuegos en nuestro apoyo.”
“Siento entonces una especie de alivio, pues, si es así, no hay por qué temer una percusión de la granada sensible sobre la más ínfima rama del bosque que nos encubre sin protegernos en realidad, pues conozco sus ángulos de elevación para batir cualquier punto de la banda, cuya mayoría entra en la clasificación de los mayores. Pronto me disuado de esta creencia. Los golpes secos iniciales de las ráfagas son tres; los nuestros serían cuatro, diferencia que existe, por lo general, en el número de piezas entre las baterías paraguayas y bolivianas”.
“Los artilleros enemigos han acortado su tiro; la parábola de sus proyectiles pasa ahora a unos pocos metros escasos de la copa de los árboles que apenas si se remontan por sobre nuestras cabezas. Yo estoy con el credo en la boca, porque una percusión en el ramaje está dentro de las posibilidades…”



Conclusión del duelo de artillería en el Chaco (1935)
“¿Cuánto duró todo aquello desde su preliminar? Quizá si sólo unos pocos minutos; si afirmamos que fueron veinte o treinta estaríamos en lo justo, pero para nuestro espíritu ya maltrecho y fatigado habían cobrado la intensidad de horas.”
“Cuando el silencio renació sobre la selva en conjunción con las llamaradas ígneas del sol en su cenit, trabajamos par salir al camino, cosa que resultaba ahora sencillísima. Volvimos todos, uno a uno, al sitio trágico y ruidoso de momentos anteriores, El cirujano del Grupo, mayor Villafani, constataba la muerte del malogrado comandante de la batería, agresora y agredida a su turno; el sanitario hacía una curación de emergencia a los tres heridos, dos de ellos en gravísimo estado; mi asistente Quispe –que moriría esa noche- y un cabo, aquel de la pierna mutilada que había seguido andando, pues el hueso quedó indemne.”

Para la época que se refiere el relato de Vergara Vicuña, el ejército paraguayo había casi llegado a los límites geográficos del Chaco, habiendo hecho retroceder al ejército boliviano casi 700 kilómetros en algunos puntos, desde que se iniciara la guerra en setiembre de 1932.

Los últimos meses de 1934 vieron las victorias más impresionantes de toda la guerra, con las cuales Estigarriibia alcanzó su sitial de gran capitán. En noviembre de 1934 (el 15 de noviembre para ser exactos) concluyó, según el escritor militar norteamericano, David Zook, "una de las más perfectas batallas ejecutadas en el Hemisferio Occidental", la batalla de EL Carmen, en que con 4.500 hombres cercó a 7.000 efectivos bolivianos y los hizo rendir, haciendo desmoronar el frente del Pilcomayo y que los bolivianos evacúen el fortín Ballivián, la "capital del Chaco boliviano". Este golpe fué tan tremendo, que el presidente boliviano Daniel Salamanca se trasladó al Cuartel General de Villamontes para destituir a todo el Alto Mando y reemplazarlo por jefes más capaces. Pero he aquí que cuando arribó el Presidente y expresó sus intenciones, fué apresado y obligado a renunciar (27 de noviembre), para perpetuar al inepto comando del Chaco. En este momento, se produjo otra increíble victoria, cuando los paraguayos cortaron el abastecimiento de agua del cuerpo de caballería boliviano del Cnel. David Toro, al capturar los pozos de agua de Yrendagué (8 de diciembre de 1934), en una zona desértica. Los soldados bolivianos se desbandaron y unos 3.000 murieron de sed y en combates, y otros 3.000 cayeron prisioneros. Finalmente, ya el 27 de diciembre con un movimiento de encerramiento, 2.000 bolivianos quedaron acorralados contra el Pilcomayo en Ybybobo. Con sólo 2.389 hombres, el cnel. Delgado del III cuerpo de ejército paraguayo capturó más de 1,200 enemigos y abundante botín, a costa de 46 heridos.
Con todas estas derrotas Bolivia perdió definitivamente el Chaco, y Paraguay se aprestó a atacar Villamontes, el último punto de importancia que Bolivia tenía en el Chaco.

Publico un mapa con los avances desde 1932 hasta 1935.


jueves, 16 de junio de 2016

Revolución Americana: Los cañones de Ticonderoga liberan Boston

Cómo cañones británicos allanado el camino para la victoria estadounidense en la guerra revolucionaria
"Cuando yo tenía tu edad, arrastramos 60 toneladas de cañones unas 200 millas hasta Boston en el invierno, y nos gustó."
David Gardiner - History Buff



Durante la Guerra Francesa e India, Fort Ticonderoga en el lago Champlain en Nueva York fue considerado como el Gibraltar de América por su ubicación estratégica entre los territorios franceses en Canadá y colonias inglesas en América. A pesar de que fue parcialmente destruida por los franceses tras el Tratado de París de 1763, continuó manteniendo las armas y algunos soldados británicos - sobre todo los que se consideren a la altura del servicio militar real - hasta la Revolución Americana. Aunque no está en un lugar geográficamente más significativa, todavía era considerado digno de mención por parte del personal militar estadounidense.


Fort Ticonderoga en el lago Champlain

Después de las las batallas de Lexington y Concord del 19 de abril de 1775, milicianos de los alrededores de Nueva Inglaterra se movilizaron y descendieron sobre en Boston, donde las fuerzas británicas fueron efectivamente aislada de todas las rutas de suministro terrestres. Durante los siguientes 11 meses, ambas partes prácticamente sólo miraron el uno al otro con la incursión ocasional y escaramuza sin mayores ganancias territoriales o pérdidas para ambos lados. Bueno, Boston era una gran cosa y George Washington la quería.

Poco después de que Boston estaba rodeado por las milicias, un puñado de individuos llegó por separado a la conclusión de que Fort Ticonderoga necesitaba ser tomada. Benedict Arnold y Ethan Allen condujeron el ataque a la fortaleza el 10 de mayo de 1775, que lograron con sólo una lesión menor en el lado americano. La fortaleza fue allanada por todos sus suministros, incluyendo sus 60 toneladas de artillería pesada. Entre noviembre de 1775 y febrero de 1776, el Coronel Henry Knox arrastró las 60 toneladas de armas a cientos de millas por terrenos irregulares y más de dos ríos congelados a Boston. Después de proponer varios planes de ataque, todos los cuales fueron rechazados por sus oficiales, Washington optó por fortalecer el cercano Dorchester Heights con la artillería de Ticonderoga.

El 2 de marzo de 1776, los estadounidenses comenzaron a bombardear a los británicos en Boston a continuación. Las dos partes intercambiaron fuego de cañón para los próximos días y el 8 de marzo, los británicos enviaron una carta a George Washington diciendo que si se les permite salir de Boston en paz, que no destruir la ciudad. Después de varios intentos de retirarse de Boston fueron destruidos por las tormentas, los británicos fueron finalmente capaces de salir el 17 de marzo con más de 11.000 soldados, mujeres y niños en 120 barcos.


La interpretación de un artista de la evacuación británica de Boston

Después de 11 meses, el enfrentamiento había terminado gracias a propios cañones de los británicos, que fueron tomadas de ellos en el Fuerte Ticonderoga por Benedict Arnold y Ethan Allen, arrastrados a cientos de millas de Henry Knox y sus hombres de Nueva York en el invierno, y utilizados en contra en Boston. En muchos aspectos, las medidas adoptadas para empujar a los británicos de Boston mostraron la determinación del nuevo Ejército Continental y allanó el camino para el éxito de Estados Unidos en la guerra revolucionaria.

miércoles, 15 de junio de 2016

Guerra franco-prusiana: Asedio y caída de París (1871)



¡Francia se rindió el 28 de enero de 1871 a los alemanes en el asedio de París! 

 
 
La Paloma por Puvis de Chavannes. La pintura en el Musée d'Orsay muestra un globo.

El asedio de París, con una duración desde el 19 de septiembre 1870 al 28 de enero 1871, y la consecuente captura de la ciudad por las fuerzas de Prusia llevaron a la derrota total francesa en la Guerra Franco-Prusiana y el establecimiento del Imperio alemán, así como la Comuna de París. 

 
Una compañía de la Guardia Nacional francesa


Antecedentes 

Ya en agosto de 1870 el ejército prusiano tercera encabezada por el príncipe heredero (el futuro emperador) Federico III había estado marchando en dirección a París, pero fue llamado a hacer frente a las fuerzas francesas acompañados por el propio Napoleón III. Estas fuerzas fueron aplastados en la batalla de Sedán y el camino a París se dejó abierta. Personalmente líder de las fuerzas de Prusia Guillermo I de Prusia, junto con su jefe de personal de Helmuth von Moltke, ocupa la tercera Ejército junto con el nuevo Ejército de Prusia del Mosa con el príncipe Alberto de Sajonia y marcharon sobre París prácticamente sin oposición. En París, el Gobernador y comandante en jefe de las defensas de la ciudad, general Louis Jules Trochu, reunió una fuerza de soldados regulares que habían logrado escapar Sedan bajo Joseph Vinoy además de la Guardia Nacional y una brigada de marineros que totalizaron alrededor de 400.000. 


El asedio 

Los ejércitos alemanes rápidamente llegaron a París, y el 15 de septiembre Moltke emitió órdenes para el sitio de la ciudad. El ejército de la Corona del Príncipe Alberto se acercaban a París desde el norte sin oposición, mientras que el príncipe heredero Federico se trasladó desde el sur. El 17 de septiembre un grupo de bajo Vinoy ejército atacó Frederick, cerca de Villeneuve-Saint-Georges-en un esfuerzo para salvar a un depósito de suministros de allí y finalmente fueron empujados hacia atrás por el fuego de artillería. El ferrocarril de Orleáns fue cortado y el 18 de Versalles fue tomada, que luego serviría como la 3 ª del Ejército y, finalmente, la sede de Wilhelm. Al 19 de septiembre el cerco era completo y el sitio comenzó oficialmente. 
El primer ministro de Prusia von Bismarck propuso a la cáscara de París con el fin de garantizar la entrega rápida de la ciudad y hacer todos los esfuerzos franceses para liberar a la ciudad sin sentido, pero el alto mando alemán, encabezado por el rey de Prusia, rechazó la propuesta sobre la insistencia del general Leonhard Graf von Blumenthal, quien comandaba el asedio, sobre la base de que un bombardeo que afectan a los civiles, violan las reglas de enfrentamiento, y girar a la opinión de terceros contra los alemanes, sin acelerar la victoria final. Se sostuvo también que una rendición francesa rápida dejaría a los ejércitos franceses nuevas invicto y permitir a Francia para renovar la guerra poco después. Los ejércitos francés nuevo tendría que ser aniquilado en primer lugar, y París tendría que ser muerto de hambre en la entrega. 
Trochu tenía poca fe en la capacidad de la Guardia Nacional lo que hizo la mitad de la fuerza de defensa de la ciudad. Así que en vez de hacer cualquier intento significativo para evitar que la inversión realizada por los alemanes, Trochu espera que Moltke trataría de tomar la ciudad por la tormenta y los franceses podrían depender de las defensas de la ciudad. Moltke nunca tuvo intención de atacar la ciudad y esto se hizo evidente poco después de que empezó el asedio. Trochu cambió su plan y permitió Vinoy para hacer una manifestación contra el oeste prusianos del Sena. El 30 de septiembre Vinoy atacado Chevilly con 20.000 soldados y fue rechazado contundentemente por el 3 º Ejército. Luego, el 13 de octubre el II Cuerpo de Baviera fue expulsado de Châtillon, pero los franceses se vieron obligados a retirarse en la cara de la artillería prusiana. 



Artillería prusiana durante el sitio de París 

El General Clarey de Bellemare ordenó el mayor fortaleza al norte de París, en Saint-Denis. El 29 de octubre, de Bellemare atacó la Guardia Prusiana en Le Bourget sin orden, y tomó la ciudad. La Guardia en realidad tenía poco interés en recuperar sus posiciones en Le Bourget, pero el Príncipe Heredero Alberto ordenó a la ciudad reconquistada de todos modos. En la batalla de Le Bourget la Guardia prusiana logró retomar la ciudad y capturaron a 1.200 franceses. Al enterarse de la rendición francesa de Metz y la derrota en Le Bourget, la moral en París comenzó a hundirse. El pueblo de París comenzaban a sufrir los efectos del bloqueo alemán. Con la esperanza de levantar la moral Trochu lanzó el mayor ataque desde París el 30 de noviembre a pesar de que tenía pocas esperanzas de lograr un avance. Sin embargo, envió Auguste-Alexandre Ducrot con 80.000 soldados contra los prusianos en Champigny, Creteil y Villiers. En lo que se conoció como la batalla de Villiers, los franceses lograron capturar y mantener una posición en Creteil y Champigny. Al 02 de diciembre el Cuerpo de Wurtemberg Ducrot llevó de vuelta a las defensas y la batalla había terminado el 3 de diciembre. 



"La guerra: Defensa de París—Estudiantes yendo a ocupar las fortificaciones". Del the Illustrated London News del 1 de Octubre de 1870. Tal vez una de las escenas más icónicas de la guerra franco-prusiana. 

El 19 de enero un intento de ruptura final tuvo como objetivo Buzenval cerca del oeste de la Sede prusiana de París. El Príncipe heredero fácilmente rechazado el ataque causando más de 4.000 víctimas al sufrir un poco más de 600 sí mismo. Artículo principal: Batalla de Buzenval. Trochu renunció al cargo de gobernador y dejó general Joseph Vinoy con 146.000 defensores. 

Durante el invierno, las tensiones comenzaron a surgir en el alto mando prusiano. Mariscal de Campo Helmuth von Moltke y Leonhard General, el conde von Blumenthal, quien comandaba el asedio (visto en la ilustración de esta página detrás del hombro derecho de Bismarck) se dedicaron fundamentalmente a un asedio metódica que destruir los fuertes individual por la ciudad y poco a poco estrangular la defensa de las fuerzas con un mínimo de bajas alemanas. 

Pero a medida que pasaba el tiempo, existía la preocupación creciente de que una guerra prolongada estaba poniendo demasiada tensión en la economía alemana y que un asedio prolongado que convencer al Gobierno francés de la Defensa Nacional que Prusia podría ser igual. Una campaña prolongada también daría tiempo a Francia a reconstruir un nuevo ejército y convencer a las potencias neutrales para entrar en la guerra contra Prusia. A Bismarck, París fue la clave para romper el poder de los líderes republicanos intransigentes de Francia, poniendo fin a la guerra de una manera oportuna, y asegurar condiciones de paz favorable a Prusia. Moltke estaba preocupado también de que los suministros insuficientes de invierno llegaban a los ejércitos alemanes invaden la ciudad, como las enfermedades como la tuberculosis empezaron a surgir entre los soldados asedian. Además, las operaciones de asedio compitió con las exigencias de la actual campaña del Loira contra los ejércitos franceses de campo restantes. 
En enero, el consejo de Bismarck, los alemanes dispararon unos 12.000 proyectiles a la ciudad durante más de veintitrés noches en un intento de romper la moral de París a través de bombardeos terroristas. Alrededor de 400 murieron o fueron heridos por los bombardeos, que "tuvo poco efecto en el espíritu de resistencia en París." [1] Delescluze declaró: "Los franceses de 1870 son los hijos de los galos para quienes batallas eran días de fiesta." Debido a una grave escasez de alimentos, los parisinos se vieron obligados a masacre lo que los animales en la mano. Las ratas, perros, gatos y caballos tarifa regular en los menús de restaurante. Incluso Cástor y Pólux, el único par de elefantes en París, no se salvaron. 




Un menú Barrio Latino contemporáneo con el sitio dice en parte: 
* Consomé de Cheval au mijo. (Caballo) 
* Brochetas de foie de Chien à la maître d'hôtel. (Perro) 
* Emincé de comparables de Chat. salsa mayonesa. (Gato) 
* Épaules et filetes de Chien estofados. Salsa de tomates auxiliar. (Perro) 
* Civet de Chat champiñones aux. (Gato) 
* Côtelettes de Chien-aux petits pois. (Perro) 
* Salamina de ratas. Salsa Robert. (Ratas) 
* Gigots de chien flanqués de ratons. Poivrade salsa. (Ratas) 
* Begonias au jus. (Flores) 
* Ciruela budín au rhum et à la Moelle de Cheval. (Caballo)
 


El transporte aéreo médica menudo se afirma que ocurrió por primera vez en 1870 durante el asedio de París, cuando 160 soldados franceses heridos fueron evacuados de la ciudad en globo de aire caliente, pero este mito ha sido definitivamente refutada por la revisión completa de la tripulación y los registros de pasajeros de cada balón que salió de París durante el sitio. [2] 
El 25 de enero de 1871, Guillermo I revocada Moltke y ordenó al mariscal de campo de consultar con Bismarck para todas las operaciones futuras. Bismarck ordenó de inmediato que la ciudad sea bombardeada con armas de sitio de grueso calibre Krupp. Esto llevó a la entrega de la ciudad el 28 de enero de 1871. París sostuvo más daño en el sitio 1870-1871 que en cualquier otro conflicto. 
El ejército prusiano celebró un breve desfile de la victoria en París el 17 de febrero de 1871 y Bismarck honró el armisticio mediante el envío de trenes cargados de alimentos a París y retirando a las fuerzas de Prusia, al este de la ciudad, que se retirarían tan pronto como Francia pagara la acordada indemnización de guerra. 

 



Elihu B. Washburne 


Palomas mensajeras 

Un correo de palomas se empleó en el curso del asedio, las palomas eran usadas al cabo con regularidad de París. Pronto un servicio regular estuvo en operación, basada por primera vez en Tours, y luego en Poitiers. Las palomas eran trasladados a su base después de su llegada de París y cuando se habían pavoneaba, alimentaba y descansaba, estaban listos para el viaje de regreso. Tours se encuentra a unos 200 kilómetros de París y Poitiers, a unos 300 km. Antes de la liberación, que se cargaron con sus despachos. El primer envío de fecha 27 de septiembre y llegó a París el 1 de octubre. Durante los cuatro meses de asedio, 150.000 comunicaciones oficiales y 1 millón de comunicaciones privadas se realizaron en París por este método. [3] El correo por globo también se utilizó para superar el bloqueo de comunicaciones, con una tasa de 20 centavos por cada letra. Las cartas fueron reducidas fotográficamente por René Dagron para ahorrar peso. Un total de 66 vuelos en globo se hicieron, entre ellos uno que accidentalmente estableció un récord mundial de distancia por terminar en Noruega [4]. 


Secuelas 

El 18 de enero de 1871, el Imperio Alemán se proclamó en el Salón de los Espejos del Palacio de Versalles, pintado por Anton von Werner. 
Los prusianos se había asegurado su victoria en la guerra franco-prusiana. El 18 de enero de 1871 en Versalles, Guillermo I fue proclamado emperador de Alemania. Los reinos de Baviera, Württemberg, Sajonia, los estados de Baden y Hesse, y las ciudades libres de Hamburgo y Bremen se unificaron con la Confederación de Alemania del Norte para crear el Imperio Alemán. El tratado de paz preliminar fue firmada en Versalles y el tratado de paz definitivo se firmó el Tratado de Francfort el 10 de mayo de 1871. Otto von Bismarck fue capaz de asegurar que Alsacia-Lorraine de Francia formaran parte del Imperio Alemán en el marco del Tratado de Frankfurt. 
Otra estipulación de los tratados era que una guarnición alemana se quedara en París. Esto enfureció a los residentes de la amargada París, en la presencia continua de tropas alemanas a raíz de la derrota. Además surgió el resentimiento contra el gobierno francés actual y desde abril-mayo 1871 obreros de París y se rebeló Guardia Nacional y estableció la Comuna de París. 

 
Desfile de la victoria alemán 
 
Coronación del Emperador Wilhem I

Wikipedia