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jueves, 7 de septiembre de 2017

Guerra de Secesión: 20 mil confederados emigraron a Brasil

Los Confederados - Al final de la Guerra Civil Americana 20.000 confederados emigraron a Brasil, donde la esclavitud era legal, y formaron una comunidad


Neil Patrick | The Vintage News



En 1865 al final de la guerra civil americana un número substancial de sureños dejó el sur; Muchos se trasladaron a otras partes de los Estados Unidos, tales como el oeste americano, pero algunos dejaron el país enteramente. El destino más popular para emigrar a los sureños fue Brasil.

El emperador Dom Pedro II de Brasil quería fomentar el cultivo del algodón. Después de la Guerra Civil Americana, Dom Pedro ofreció a los inmigrantes potenciales subsidios para el transporte a Brasil, tierras baratas y exenciones fiscales. El ex presidente confederado Jefferson Davis y el general Robert E. Lee aconsejaron a los sureños contra la emigración, pero muchos ignoraron su consejo y decidieron establecer una nueva vida lejos de la destrucción de la guerra y el gobierno del norte bajo la reconstrucción.

Muchos sureños que aceptaron la oferta del emperador habían perdido sus tierras durante la guerra, no estaban dispuestos a vivir bajo un ejército conquistador, o simplemente no esperaban una mejora en la posición económica del Sur. Además, Brasil todavía tenía esclavitud (y no lo abolió hasta 1888). La mayoría de los inmigrantes eran de los estados de Alabama, Texas, Louisiana, Mississippi, Georgia y Carolina del Sur.


Los inmigrantes confederados Joseph Whitaker e Isabel Norris. 

Nadie ha determinado cuántos americanos emigraron a Brasil en los años que siguieron al final de la guerra civil americana. Como se señala en una investigación no publicada, Betty Antunes de Oliveira encontró en registros portuarios de Río de Janeiro que unos 20.000 estadounidenses ingresaron a Brasil de 1865 a 1885. Otros investigadores han estimado el número en 10.000. Un número desconocido volvió a los Estados Unidos cuando las condiciones en el Sur cambiaron, cuando la reconstrucción terminó y la era de Jim Crow comenzó. La mayoría de los inmigrantes adoptó la ciudadanía brasileña.

Los inmigrantes se establecieron en varios lugares, desde las áreas urbanas de Río de Janeiro y São Paulo hasta el norte de la Amazonia, especialmente Santarém y Paraná en el sur. La mayoría de los Confederados se establecieron cerca de São Paulo en la zona al norte de la misma, alrededor de Santa Bárbara d'Oeste y Americana. Este último nombre se derivó de Vila dos Americanos, como lo llamaban los nativos. El primer Confederado registrado fue el Coronel William H. Norris de Alabama, quien abandonó los Estados Unidos con 30 familias confederadas y llegó a Río de Janeiro el 27 de diciembre de 1865. La colonia de Santa Bárbara D'Oeste se llama a veces Colonia Norris.

El programa de Dom Pedro fue juzgado un éxito tanto para los inmigrantes como para el gobierno brasileño. Los colonos adquirieron rápidamente una reputación de honestidad y trabajo duro. Los colonos trajeron técnicas agrícolas modernas para el algodón, así como nuevos cultivos alimenticios, que se extendieron entre los agricultores nativos de Brasil. Algunos platos del Sur Americano también fueron adoptados en la cultura general brasileña, como el pastel de ajedrez, el pastel de vinagre y el pollo frito del sur.

Los primeros confederados continuaron con muchos elementos de la cultura estadounidense, por ejemplo, estableciendo las primeras iglesias bautistas en Brasil. En un cambio desde el Sur, los Confederados también educaron esclavos y libertos negros en sus nuevas escuelas.

Unos pocos esclavos recién liberados en los Estados Unidos emigraron junto a sus homólogos confederados y en algunos casos con sus anteriores dueños. Uno de esos ex esclavos, Steve Watson, se convirtió en el administrador del aserradero de su antiguo dueño, el juez Dyer de Texas. Al regresar a los Estados Unidos (debido a la nostalgia y el fracaso financiero), Dyer confiscó su propiedad restante, el aserradero y 12 acres, a Watson. En el área del valle de Juquia, hay muchas familias brasileñas con el apellido Vassão, la pronunciación portuguesa de Watson.


Casa de la primera familia confederada en Americana.

La primera generación de confederados seguía siendo una comunidad insular. Como es típico, por la tercera generación, la mayoría de las familias se habían casado con brasileños nativos o inmigrantes de otros orígenes. Los descendientes de los confederados hablaban cada vez más el idioma portugués y se identificaban como brasileños. A medida que la zona de Santa Bárbara d'Oeste y Americana se volvió hacia la producción de caña de azúcar y la sociedad se hizo más móvil, los Confederados se trasladaron a las ciudades para trabajos urbanos. Hoy en día, sólo unas pocas familias descendientes todavía viven en tierras de propiedad de sus antepasados. Los descendientes de los Confederados están dispersos por todo Brasil. Mantienen la sede de su organización descendiente en el centro de Campo en Santa Bárbara D'Oeste, donde hay un cementerio, una capilla y un monumento conmemorativo.


El estado de Paraná fue el estado sureño que recibió inmigrantes estadounidenses. 

Los descendientes fomentan una conexión con su historia a través de la Associação Descendencia Americana, una organización descendiente dedicada a preservar su única cultura mixta. Los Confederados también tienen un festival anual, llamado Festa Confederada, dedicado a financiar el centro de Campo. El festival está marcado por banderas confederadas, uniformes confederados y faldas de aro, comida del sur americano con un estilo brasileño, y danzas y música popular en el sur americano durante el período antebellum. Los descendientes mantienen el afecto por la bandera confederada aunque se identifiquen como completamente brasileños. Muchos descendientes del Confederado han viajado a los Estados Unidos a invitación de los Hijos de Veteranos Confederados, una organización de descendientes estadounidenses, para visitar los campos de batalla de la Guerra Civil, asistir a reconstituciones o ver dónde vivían sus antepasados.

martes, 22 de diciembre de 2015

Lejano Oeste: Monedas de plata en el agua

¿Por qué los colonos del Lejano Oeste echaban una moneda de plata al agua?
   
Javier Sanz - Historias de la Historia


Pues puede que por costumbre, tradición, incluso habría alguno que lo achacaría a algún tipo de superchería… pero el caso es que tiene una explicación científica.

En la colonización del Lejano Oeste (Far West) en el siglo XIX las caravanas de los colonos debían recorrer grandes distancias por extensas llanuras y territorios vírgenes para el hombre blanco. El desconocimiento de la orografía y sobre todo de lugares donde abastecerse de agua daba especial importancia al traslado de grandes cantidades de agua y, sobre todo, de su conservación. El método de conservación, aunque parezca peregrino, era echar una moneda de plata al agua y a la leche. Según nos cuenta Herodoto, este método de conservación del agua ya era utilizado por Ciro II el Grande de Persia (siglo VI a.C.), que en sus múltiples expediciones de conquista siempre llevaba consigo grandes vasijas de plata llenas de agua.


Caravana

Y la explicación científica: la plata es un agente antimicrobiano de gran alcance que impide el crecimiento de los microorganismos que estropean los alimentos y las bebidas. Además, es insípido, sin olor, no es tóxico y sirve para tratar más de 600 enfermedades virales y bacterianas (parásitos, herpes, cándidas…). Incluso se llegó a utilizar el hilo de plata por lo cirujanos por sus propiedades bactericidas.

Imagen: El retorno de la Utopía

jueves, 3 de septiembre de 2015

Argentina: La historia del Hotel de Inmigrantes

UNA HISTORIA DE INMIGRANTES
Hay ciertas señales de que comenzamos a recuperar la memoria. Una de ellas es la idea de transformar en museo al viejo Hotel de Inmigrantes, como para recordar que la mayoría de nosotros descendemos de los barcos

La Nación

Todo a cuestas: la foto es de 1914. En los galpones del desembarcadero, los bultos con todas las pertenencias, los miedos y las ilusiones de los recién llegados al país.
El término asilo es impropio; bueno para un establecimiento de mendigos, implica una idea depresiva aplicada al edificio que va a construirse para el servicio de los colosales intereses de la inmigración", reflexionaba a fines del siglo XIX Guillermo Wilcken, secretario de la Comisión Central de Inmigración, refiriéndose a su proyecto de crear un lugar que acogiera a los grupos de inmigrantes recién llegados.


La importancia del término con el que se definiría al futuro edificio era vital para los hombres de la época de Wilcken (Generación del 80), que estimaban que las ideas contenían en sí el germen de su segura concreción, máxime en un país como la Argentina, que ofrecía a todos los hombres del mundo la posibilidad de forjar un futuro de progreso material e intelectual.

Se trataba entonces de "construir el establecimiento destinado a atraer, modelar, preparar y entregar al país la población que espera para elevarse al nivel de las naciones más florecientes", en palabras del propio Wilcken. Finalmente se dio el nombre de Hotel de Inmigrantes al complejo edilicio que debía contribuir a un mejor control administrativo por parte del Estado, a otorgar asistencia social al inmigrante y a operar como icono propagandístico en los folletos que se distribuían en el Viejo Continente.

Su construcción comenzó en el momento más intenso de la inmigración. Entre tanto, de los inmigrantes que desembarcaban y que optaban por los beneficios de la ley, alrededor del cincuenta por ciento se alojaba gratuitamente en los edificios destinados para estos fines. Uno de los más famosos fue el de la Rotonda o Batería, en Retiro, denominado por la prensa de su época La Vergüenza Pública. Se lo quemó cuando se inauguró el Hotel de Inmigrantes.

En 1905, el proyecto del hotel, elaborado por el Ministerio de Obras Públicas, se adjudicó a los constructores Udina y Mosca. La Comisión Central de Inmigración, a cargo de Juan Alsina, indicó el sitio en el que se levantaría: la zona comprendida entre Puerto Madero y Retiro, exactamente en lo que hoy es Antártida Argentina 1355, Puerto Nuevo. El terreno hasta ese momento pertenecía al Ministerio de Marina y estaba ocupado por unos galpones que se usaban como albergue de marineros y por la escuela de mecánicos. Esta parte de la ciudad, a principios de siglo, "se hallaba en completo aislamiento, rodeada de terrenos baldíos y vías muertas o en actividad del ferrocarril, y de obstáculos diversos", describió Alsina.

El proyecto comprendía una serie de construcciones o pabellones dispuestos alrededor de una plaza central. A lo largo de la costa, el desembarcadero; sobre el frente, la dirección y oficinas de trabajo; a continuación, los lavaderos, y cerrando el perímetro, el edificio de los dormitorios y el comedor. Fue este último el que por sus diferencias con el resto, tanto por el diseño como por el volumen, adquirió con el tiempo el nombre del conjunto: Hotel de Inmigrantes, como se denomina en la actualidad.

Las obras comenzaron por el desembarcadero y el 26 de enero de 1911, terminados el hospital y los lavaderos y con los planos y presupuestos respectivos del comedor y dormitorios, el nuevo director de Inmigración, José Guerrico, dispuso la inauguración oficial del complejo Hotel de Inmigrantes. Entonces era presidente Roque Sáenz Peña. A fines de 1912, con el edificio del hotel terminado, realmente concluyó la construcción del conjunto imaginado por Wilcken.

El hotel, visto desde el río, llamaba y llama la atención por su volumen y simetría. En la planta baja se ubicaba el comedor, con sus ventanales hacia los jardines, la cocina y las dependencias auxiliares. En los tres pisos superiores estaban los dormitorios.

La rutina estructuraba la vida del hotel. Las celadoras despertaban temprano en la mañana a los inmigrantes. Luego del desayuno, las mujeres lavaban la ropa en los lavaderos y cuidaban a los niños, mientras los hombres tramitaban su colocación en la oficina de trabajo. El servicio del comedor se ordenaba en dos turnos de hasta mil personas cada uno. Los niños recibían a las tres de la tarde la merienda y a partir de las siete quedaban abiertos los dormitorios. Además, se enseñaba el uso de maquinarias agrícolas para los hombres, de labores domésticas para las mujeres.

La ley establecía cinco días de alojamiento gratuito. Sin embargo, la reglamentación se extendía por el tiempo necesario para que el inmigrante consiguiera un trabajo.

En el libro Argentina, un país de inmigrantes, que editó este año la Dirección Nacional de Migraciones, Magdalena Insausti, autora del capítulo referido al establecimiento, expresa: "Desde su creación, el hotel no fue ajeno a los avatares del siglo XX: la Primera Guerra Mundial, la crisis del 30, la segunda posguerra y el paulatino declive de la inmigración a partir de los primeros años de la década del 50, que señalaron el final de su historia".

Pero la historia del Hotel de Inmigrantes no concluyó. Afortunadamente, el proyecto de transformarlo en museo está en marcha. En el predio que ocupaba todo el complejo hoy funciona la Dirección Nacional de Migraciones, con sus dependencias. Nada se ha modificado ni derruido. El único edificio que está inhabilitado es el que funcionó propiamente como hotel en la época de la inmigración.

El proyecto, que reviste una enorme trascendencia cultural, no es nuevo. Todo comenzó en 1983, cuando a instancias de las colectividades de inmigrantes de nuestro país, el Ministerio del Interior emitió una resolución por la cual encomendó a la Dirección Nacional de Migraciones realizar un estudio de factibilidad de creación de un museo, que reviviera las circunstancias del hecho histórico de la inmigración en la Argentina.

Dos años después, una segunda resolución creó, en el ámbito de la Dirección Nacional de Migraciones, un área responsable del Museo, Archivo y Biblioteca de la Inmigración. En 1990, mediante un decreto, se declaró Monumento Histórico Nacional al edificio del ex Hotel de Inmigrantes y el año último el Ministerio del Interior desarrolló el programa Complejo Museo del Inmigrante, con dependencia funcional de la Dirección de Migraciones. Serán sede del museo el hotel y las dos plazoletas aledañas. Los edificios restantes continuarán funcionando como dependencias de la Dirección Nacional de Migraciones.

"Uno de los objetivos básicos del museo es recuperar los valores que sustentaron el proceso exitoso de la inmigración argentina, que dio como resultado la identidad que hoy todos compartimos. Haremos del museo del inmigrante un centro cultural de referencia nacional para todas las colectividades y para todos los ciudadanos de nuestro país", contó Inés Urdapilleta, a cargo del proyecto.

El Hotel de Inmigrantes conforma un rectángulo de 100 metros de largo por 26 de ancho y tiene cuatro niveles. En la planta baja se encuentra el gran comedor, único espacio habilitado en la actualidad y donde se concretará la primera parte del proyecto. Allí, donde alguna vez se sentaron a comer miles de inmigrantes, se prevé inaugurar en abril próximo la exhibición Un hotel con historia.

"Los trabajos de restauración del hotel ya comenzaron. Lo que prevemos tener listo para abril es la construcción de la primera sala habilitada que tendrá el museo, en la que se expondrá la historia del hotel", contó Hugo Franco, al frente de la Dirección Nacional de Migraciones. "La idea de abrir las puertas del comedor el próximo año tiene como propósito que la gente se acerque desde el comienzo de los trabajos. La participación de la comunidad es vital, ya que pensamos la construcción de este importante espacio cultural desde un punto de vista dinámico, porque será para todos; una intensa participación enriquecerá el resultado", destacó Urdapilleta.

El proyecto total del museo es muy ambicioso: reconstrucción histórica y escenográfica del circuito del inmigrante; exposiciones permanentes y temporarias, nacionales y extranjeras; biblioteca y archivo histórico; terminales informáticas para autoconsulta acerca de antepasados inmigrantes; seminarios, congresos y talleres para la difusión de temas migratorios; cafeterías y bares temáticos; espectáculos cinematográficos, teatrales, recitales.

La Dirección Nacional de Migraciones posee los fondos necesarios para la concreción de la primera parte del proyecto. Luego se espera contar no sólo con apoyo gubernamental, sino también con el de empresas, entidades privadas y particulares que se sientan comprometidas con el proceso migratorio que configuró nuestra identidad como nación. Una identidad que se forjó con el esfuerzo de quienes vinieron con muy pocas pertenencias, pero con mucha esperanza, voluntad y entusiasmo por entregar lo mejor de sí a una nación joven, que supo hacerles un lugar donde el sentimiento de pertenencia fuese el primero en experimentarse.

ELLIS ISLAND

 En los Estados Unidos, primero fue el centro conocido como Castle Garden, en la cima de Manhattan. Luego, en 1885, cuando se intensificó el flujo inmigratorio, el gobierno federal decidió la construcción de un nuevo centro en la isla Ellis, al sur de Manhattan, que abrió sus puertas en 1892 para cerrarlas en forma definitiva en 1954. A diferencia del Hotel de Inmigrantes, quienes cruzaban el Atlántico encontraban al Ellis Island aterrador, ya que simbolizaba el éxito o el fracaso de concretar el sueño de ser un habitante más de la libre y rica América. En su interior se decidía la entrada en los Estados Unidos o el regreso a Europa.

Esta distinción se basa en los objetivos diferentes que perseguían las políticas migratorias de cada país. Aquí, la recepción de habitantes de otras naciones en forma masiva fue una prioridad política, casi el imperativo ético de una generación que se propuso modificar el sustrato humano de la Argentina. En los Estados Unidos, el poco interés en recibir grandes contingentes migratorios se manifestó, por ejemplo, en los mecanismos de control e inspección de los recién llegados.

Una vez en el Ellis Island, los inmigrantes recibían un número identificatorio y en grupos de treinta ingresaban en la gran Sala de Registración, para ser examinados por los médicos e interrogados por los oficiales de inmigración.

Con capacidad para albergar a 5000 personas en forma diaria, el Ellis Island llegó a contener más de dos veces esta cantidad. Muchos inmigrantes eran rechazados y embarcados nuevamente hacia Europa.

Luego de que cerrara sus puertas, el centro de Ellis Island sufrió un importante deterioro. Sin embargo, treinta años más tarde comenzaron los trabajos para su restauración como museo. Parte de la financiación provino de familiares descendientes de los inmigrantes que pasaron por el centro, como agradecimiento por la oportunidad brindada a sus antepasados. The Ellis Island Inmigration Museum se inauguró el 10 de septiembre de 1990. Hoy, la Sala de Registración recibe a visitantes curiosos por conocer una parte vital de la historia de la inmigración que llegó a los Estados Unidos. .

Texto: Laura S. Casanovas Fotos: Ruben Digilio

jueves, 30 de abril de 2015

Genocidio Armenio: Vidas en Argentina

Del horror al amor: la historia de mi abuela armenia
Memoria.A cien años del Genocidio Armenio, una periodista de Viva cuenta la historia de su abuela Armenuhi, que escapó dos veces de la muerte, emigró a la Argentina a los 13 años, se casó con un joven a quien no conocía y con quien estuvo toda la vida. Una historia que va del horror al amor.


Boda. Armenuhi y Yervant Tagtachian se casaron en 1930 en Buenos Aires. No se conocían y estuvieron juntos 50 años.





Magda Tagtachian - Clarín

"Querida, coma, dele, está rico”, insistía mi abuela Armenuhi con ojos cansados y el acento que nunca perdió. Armenuhi, que significa "mujer armenia", notó que dejaba buena parte del sarmá en mi plato y quiso intervenir. Adolescente al fin, yo intentaba bajar algunos kilos privándome de exquisiteces típicas de la colectividad. Pero la casa de mi abuela en Villa Urquiza no era el mejor lugar para iniciar la dieta.  Ese domingo –como todos  los que pasábamos en el PH de la calle Pampa–, fue el único en que vi llorar a mi abuela. Todavía sentía en la piel y el estómago el hambre. Alguien en la mesa preguntó otra vez por su historia y ella  interrumpió el reparto de porciones. Con la voz quebrada contó cómo siendo una nena había escapado en dos oportunidades de su pueblo, Aintab, perseguida por el Imperio Otomano.





La familia del abuelo paterno, Yervant Tagtachian (arriba, en el centro, con bigote) en Aintab en 1919, donde tenían plantaciones de pistacho.

Tristezas  del desierto. La primera vez que Armenuhi tuvo que huir tenía un año y medio. Mi abuela paterna había nacido el 17 de diciembre de 1913 y su papá, Joseph Demirjian, era un dirigente político. Sin otra alternativa, mi bisabuelo colocó a mi abuela adentro de la alforja de un burro y en la otra bolsa metió a Antranik (Antonio),  el hermanito de nueve meses. Sobre el lomo del burro iba Satenik Kabakian, mi bisabuela que, como Armenuhi, viajaban vestidas de varón para zafar de los controles. Mi bisabuelo guió la fuga en la que caminaron varios días sin más que lo puesto, con hambre, frío y sed hasta llegar a Alepo, en Siria.



La familia del bisabuelo Joseph (segundo desde la izquierda con bigotes), poco antes de que enviudara. Luego de que fallece su esposa Satenik (sentada a la izquierda), envían a la abuela Armenuhi (arriba en el centro con corbata) a la Argentina. Tenía 13 años. La foto fue tomada en 1927, pocos meses antes de que viajara.

Aquel mediodía, no volaba una mosca en el comedor familiar. Todavía siento el frío que me corrió por la espalda al escuchar la historia. Yo tendría unos 12 años y no me animé a preguntar. Crecí en un ambiente donde el asado de los domingos era suplantado por el dolmá (zucchini relleno) y shish kebbab (carne asada en un pincho de acero). Mi abuela siempre fue feliz y tenía una dulzura inmensa. Jamás la vi quejarse, ni tener rencor o resentimiento. De chica, pasaba en su casa los fines de semana. Armenuhi me enseñó a tejer crochet y también con dos agujas. Hacíamos bufandas, almohadones y pulóveres. Juntas cocinábamos el kebbe en una palangana azul. Lo que más me divertía era pegotearme los dedos con la masa que se formaba con el trigo y la carne cruda. Armábamos los bollitos y después hacíamos una sopa donde los poníamos a flotar. Cuando llegaban Jorge y Beatriz, mis padres, los devorábamos felices.


Luego de enviudar, el bisabuelo Joseph Demirjian se casa en Siria con Caterina Stepanian. Una vez que la abuela Armenuhi se establece en Argentina, logra traerlos.

Tuvo que pasar bastante tiempo hasta que entendí todo lo que había sucedido con mi abuela. Mi bisabuelo sacaba a Armenuhi de la alforja cada dos horas para que respirara. Rogaban que sus hijos no gritaran o lloraran al acercarse a los controles donde estaban los otomanos. En silencio llegaron a Alepo. A mi abuela le quedó una tortícolis de por vida por la posición de su cuello dentro de la alforja y dicen que se encaneció por completo en una noche cuando sólo tenía 18 meses. Por el estrés, su pelo negro se volvió blanco en horas. Cuando estuvieron “a salvo”, la raparon para que su cabello negro y brillante, como ella,  volviera a nacer.


La abuela Armenuhi y Yervant Tagtachian se casaron en Buenos Aires en octubre de 1930. Los presentaron en 1927 cuando mi abuela llegó a la Argentina. No se conocían. Estuvieron juntos 50 años.

Regresaron a Aintab recién cuando a mi bisabuelo, que además se dedicaba a los hilados, le avisaron que todo estaba en calma. La tregua no duró mucho. La segunda huida se produjo hacia 1921 y fue peor que la primera. Para ese entonces, mi abuela ya tenía dos hermanos más, Asniv y Zareh. Cuando llegó al mundo Zareh, Joseph estaba bajo tierra en una trinchera resistiendo los embates del Imperio Otomano. Mi abuela, que tenía siete años, corrió bajo los túneles que unían Aintab para darle la noticia a su papá. Un tiempo después, mi bisabuela Satenik (embarazada), su esposo y los cuatro hijos tuvieron que volver a dejar su pueblo. Y esta vez fue para siempre.

Un día tomaron a todos prisioneros y los subieron a un tren rumbo a la muerte. Los llevaban al desierto donde funcionaban los campos de concentración para masacrar a los armenios. Durante el viaje, mi bisabuelo tomó la decisión y se la comunicó a Satenik. El mismo los iba a arrojar del tren, de noche y en movimiento, uno a uno para después rescatarlos. Envolvió a cada hijo en una manta y los fue tirando del vagón por un hueco que había encontrado en el piso. De mayor a menor dejó ir primero a los pequeños, luego a su esposa con panza y por último llegó su turno. Sucio y con el espíritu intacto, Joseph corrió hacia atrás  hasta  levantar a toda su familia del suelo. Caminaron unos 100 kilómetros de noche, escondiéndose entre los matorrales y durmiendo de día, hasta llegar nuevamente a Alepo, donde pidieron auxilio a una prima armenia.



Argentina, tierra de sueños. Todavía hoy, cuando mi tía Alicia –que sigue viviendo en el PH de la calle Pampa–, cuenta la historia, se nos llenan los ojos de lágrimas. Una vez a salvo, la idea de la familia de Armenuhi era establecerse en Siria. Mientras trataban de que la vida volviera a comenzar, la tragedia los golpeó de nuevo. Muy enferma por la huida, y luego de dar a luz a mi tía abuela Hermin, murió  Satenik. Tenía  32 años y mi  abuela 13. Armenuhi tuvo que reponerse una vez más. Mi bisabuelo había quedado “solo” para criar a cinco chicos. Quisieron presentarle a él una novia. Pero para que pudiera casarse, según las costumbres de la época, mi abuela que ya era “señorita” tenía que “salir” de la casa. En el colegio, Armenuhi le confió esta situación a su mejor amiga Hiripsime Tagtachian. Y ella se ofreció a mediar. Habló con su papá, Kevork (Jorge) Tagtachian, que fue a ver a Joseph para hacerle una propuesta. Le pedía a Armenuhi para traerla con los Tagtachian a la Argentina y casarla con su segundo hijo Yervant (Eduardo).  La única condición que puso Joseph fue que esperaran a que su hija tuviera al menos 16 años como para “estirar” su adolescencia. En octubre de 1927, Aniza Chouldjian y su esposo Kevork Tagtachian trajeron a Armenuhi a la Argentina como a una hija más, junto a Hiripsime y a otros familiares.

Al mejor estilo Titanic,  cuando el barco Kerguelen llegó a la zona donde todavía hoy está el Hotel de los Inmigrantes,  Armenuhi apoyada en la baranda de cubierta divisó a Yervant, alto y de ojos verdes. Ella tenía 13. El, 26. Aquel muchacho la esperaba con más nervios que sonrisas. Sin embargo, mi abuela miró al cielo y rogó que fuera él su prometido. Se casaron el 10 de octubre 1930. Antes, un juez vecino y amigo se encargó de sumarle a mi abuela los años suficientes para “convertirla” en mayor de edad y poder dar el sí. A los nueve meses casi exactos nació mi papá Jorge, el mayor de cuatro hermanos. Le siguió mi tía Alicia; José, que falleció a los dos años por muerte súbita, y mi tío Eduardo. Meses antes de cumplir las bodas de oro, murió mi abuelo Yervant, en febrero de 1980. La abuela se fue en junio de 2004. Se trataron siempre con amor y respeto. Se amaron hasta el último minuto.



Armenuhi fue, sin duda, el pilar y  motor de la familia. Cuando ella finalmente se instaló en Buenos Aires, se movió para traer uno a uno al resto de los suyos desde Alepo.  Yo  tendría unos ocho años y todavía recuerdo cuando me llevaban a visitar a mis bisabuelos Joseph y Caterina Stepanian, que era su segunda mujer y con quien tuvo a Zarman, Hasmic y Vahe. Los “abuelos viejitos”, como los llamábamos, vivían en Pampa y Triunvirato. Los veo en su casa de paredes azules. Sus caras me llamaban la  atención por sus eternas arrugas. Un día, Caterina enfermó y la internaron en el hospital. A Joseph, con 97 años, quisieron protegerlo con una mentira piadosa. Su compañera había muerto. Se dio cuenta mi abuelo viejito, dejó de comer y a los dos meses subió al cielo de los amores y las tristezas.



El 31 de agosto del año pasado, en el cumple 80 de mi tía abuela Zarman, la historia familiar sobrevolaba el salón del club Aintab, sobre Niceto Vega, en Palermo. Las fotos de los casamientos y  reuniones familiares  en  pantalla gigante se mezclaban con las risa fresca de los chicos,  los primos, tíos y abuelos, unas 100 personas entre descendientes y familiares. Mientras disfrutábamos de las danzas y platos típicos, seguí el viaje hacia mi infancia.

Postales de domingo. Una vez más recordé a Yervant cuando me hacía pisar un diario para sacar el molde de mi pie y fabricar él mismo las guillerminas marrones que llevaba al colegio. Había aprendido el oficio de zapatero en el barco. El vino primero con su hermano Pissant y cuando se instalaron empezó a llegar el resto. Mi abuelo traía como único bien una alfombra persa que había comprado en el viaje con las monedas que se había ganado remendando calzados. Todavía lo imagino separando las semillas de calabaza sobre un papel, apoyado en esa alfombra persa en  el living de Pampa.



El legado. Por el lado de mamá, mi abuela María huyó sola desde su pueblo Marash con su papá Avac. Su mamá había muerto en el parto después de que  tuviera mellizos, que también fallecieron. A Mari la metieron en un cajón de verduras y caminaron hasta que el horror dio paso a otra pena. En Beirut, mi bisabuelo, un sastre sin trabajo, la dejó en un orfanato americano. Por eso Mari, además de armenio, hablaba inglés. Al cabo de unos años, el padre asumió que no podía criarla y se ocupó de buscarle una familia para que la trajera a Argentina. Le cambiaron su apellido Bayramian por el de la familia que la “adoptó”, Yelanguezian. En Buenos Aires le arreglaron un casamiento con otro joven armenio desconocido. Mi abuela dio el sí a Simón Balian, de quien dicen que también heredé los ojos claros. María y Simón tuvieron a mi tía Rosita, mi tío Jorge y mi mamá Beatriz. El abuelo murió cuando mamá tenía siete años.



Durante mi niñez, estas historias me resultaban “normales”, tanto como las comidas tan diferentes a las de mis compañeras de colegio, que no era armenio. Recién de grande empecé a darme cuenta del peso de cada anécdota y cómo formaban parte de mi propia identidad y tradiciones. Las fiestas con mis abuelos me fascinaban. Para Pascuas, Armenuhi teñía con remolacha y acelga la cáscara de los huevos mientras los hervía. Después del almuerzo venía la competencia. Había que tomar uno de ellos y envolverlo con la mano derecha. Puño con puño contra el contrincante. Cada uno golpeaba la base del otro huevo y el que se rompía, perdía. Nos pasábamos la semana comiendo huevos rotos y de colores.  En Navidad aprovechaba para probarme los zapatos que vendía mi abuela Mari en Cotté, la zapatería que atendía en su casa de Monroe y Bauness. Mientras la familia se agrupaba junto al arbolito, yo desfilaba y me sentaba en las sillas verdes de pana del negocio que hoy brillan en mi casa. El 31 de diciembre, en lo de Armenuhi, llegaba el momento más excitante. A la medianoche, con mi abuela y mis hermanos, Jorge Simón y Carolina, salíamos a la puerta de su departamento para estrellar con todas nuestras fuerzas los platos contra el piso. Una ceremonia catártica y ruidosa para decirle chau a la mala suerte y recibir a la buena. Desde un costado del salón, mi tío Cacho presidía la reunión. Lo recuerdo tocando el derbake. Era el hijo de Hiripsimé, la amiga de mi abuela con quien había hecho un pacto: cuidaría de Cacho,  después de la muerte de su mamá y de su papá, Martín Kerboyan, un apasionado bailarín tanguero. Cada vez que veo un derbake me acuerdo de Cacho. Partió en 1978 cantando Cuando un amigo se va, de Alberto Cortez. Fue mi primera muerte cercana.



Si hablamos de genes, dicen que soy la que menos heredé la fisonomía armenia. Pero llevo una determinación y fuerza  de voluntad que entiendo vienen de mis antepasados. De ellos aprendí a luchar por los ideales y a enhebrar con palabras y paciencia el olvido.  A ordenar la melancolía si se sale de la caja y a valorar la intuición. Muchas búsquedas en mi vida tienen que ver con darle sentido al dolor y transformarlo en algo bello: una rica comida, un buen cuadro, una danza liberadora, un momento compartido con amor. Mis abuelos fueron parte de ese camino. Sus músicas, colores y olores me ayudan a encontrarme. A sonreír y a seguir indagando. Viven en mi corazón por siempre. mtagtachian@clarin.com


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No me olvides

Si bien la fecha simbólica del inicio del Genocidio Armenio es el 24 de abril de 1915 (se toma como referencia el asesinato de unos 250 intelectuales y líderes armenios), la matanza de un millón y medio de armenios en el Imperio Otomano (actual Turquía) se extendió hasta 1923. El Genocidio fue reconocido por muchas instituciones y países, incluida la Argentina. Luego de Estados Unidos y Francia, Argentina es el tercer país que recibió mayor cantidad de armenios. El viernes 24, a las 17, habrá una misa en San Gregorio El Iluminador; el sábado 25,  a las 16, un acto cultural  en la Feria del Libro en la Rural; y el miércoles 29, a las 20, el Acto Cívico en el Luna Park. La flor “Nomeolvides” fue elegida como símbolo mundial para conmemorar los 100 años del Genocidio Armenio.