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jueves, 1 de diciembre de 2016

¿Es Trump el Juan Manuel de Rosas yanqui?

¿Hay conexión entre el populismo argentino y el de Trump?
Por Rosendo Fraga  Infobae



La revista estadounidense Slate eligió caracterizar a Donald Trump como Juan Manuel de Rosas, en un artículo que lo califica de populista latinoamericano

El intelectual mexicano Enrique Krauze escribió en Slate que el candidato republicano representa la irrupción del clásico populismo latinoamericano, con raíces en el caudillismo del siglo XIX

Un medio estadounidense tiene la saludable costumbre de convocar a personalidades extranjeras para que opinen sobre los cuestiones de los EEUU. En la última semana de setiembre, lo hizo con el ensayista mexicano Enrique Krauze, un crítico del modelo de "partido hegemónico" del PRI, para analizar el fenómeno del populismo que representa Donald Trump.

La visión de este destacado intelectual mexicano es que el candidato republicano representa en los EEUU la irrupción del clásico populismo latinoamericano.

Cuando se habla de este fenómeno político en el siglo XX, el caso más característico que suelen presentar los académicos estadounidenses, es el de Juan Perón en Argentina. Por esta razón, no es tan sorprendente que el título del artículo sea "no llores por mí, América", con referencia a la ópera Evita que fue muy popular en Europa y en los Estados Unidos en las últimas décadas del siglo pasado.

Cuando Krauze habla del populismo latinoamericano, los casos más importantes que menciona son el ya mencionado de Juan Perón en Argentina y el de Getulio Vargas en Brasil, quienes fueron electos varias veces en sus respectivos países. Cabe recordar que el primero gobierna cuando en España lo hace Francisco Franco y el segundo cuando Portugal vive la larga dictadura de Oliveira Zalazar.

 Para Krauze, en el siglo XXI, Chávez es la figura más característica de la tradición populista latinoamericana
Krauze sostiene también que, antes de girar al marxismo, el cubano Fidel Castro se insertaba en esta tradición populista latinoamericana y que Chávez ha sido la figura más característica de ella en los comienzos del siglo XXI.

Lo que ve de identitario entre Trump y estos líderes populistas se resume en varios rasgos: el egocentrismo, la concentración del poder en el Ejecutivo en desmedro del Poder Judicial y el Legislativo, la pretensión de ejercer el poder sin límites, el cuestionamiento de las élites,  la exaltación del nacionalismo y la subestimación de la economía.

Pero también explica que este populismo latinoamericano, tiene sus raíces en el siglo XIX, cuando la colonización ibérica y su cultura, convergieron con una ruptura política que, ante el vacío de poder emergente, generó el poder de "los caudillos", que lo ejercieron en forma autoritaria, con semejanzas a los líderes populistas del siglo XX en la región.

 Rosas y Porfirio Díaz son los caudillos más característicos del siglo XIX
Los dos "caudillos" latinoamericanos más característicos que menciona del siglo XIX, son Juan Manuel de Rosas en Argentina y Porfirio Díaz en México. Ambos estuvieron en el poder durante aproximadamente dos décadas en sus respectivos países.

En una lista más ampliada, menciona también a otro argentino: Facundo Quiroga.

La Argentina es presentada así, como caso característico del populismo latinoamericano tanto en el siglo XIX como en el XX, y quizás por eso, para ilustrar la nota, se eligió una imagen de la cara de Trump montada sobre la iconografía de Rosas más difundida, aquella en la que luce su uniforme de Brigadier General, con un alto cuello dorado y la banda colorada cruzada sobre el pecho, con el color rojo punzó que identificaba su partido, el federal.

También es claro que resulta más impactante el uniforme que usaba Rosas, que el traje de Getulio Vargas o el uniforme más austero de Porfirio Díaz al estilo fines del siglo XIX y que a ello contribuye también la profusión del dorado y el colorado que dominan la imagen rosista.

 Por primera vez en la historia, la cultura populista ha penetrado en el mundo anglo-sajón
La interpretación de Krauze, que cita entre otros a investigadores estadounidenses del populismo latinoamericano como Richard M. Morse, es interesente y seductora, pero puede pecar de ver el mundo desde América Latina.

La realidad es que. por primera vez en la historia, la cultura populista ha penetrado en el mundo anglo-sajón. Es que al mismo tiempo que Trump logra la candidatura republicana, se impone el Brexit en el Reino Unido.

El lema de "América primero", es el mismo grito de "Gran Bretaña primero", que pronunció el asesino de una legisladora británica anti-Brexit y pro-inmigración, días antes del referéndum británico.

El populismo en sus diversas variantes de autoritarismo, ha existido en los pueblos latinos, germanos y eslavos entre los siglos XIX y XXI. Napoleón, Mussolini y Putin, son casos elocuentes y en el extremo se encuentra los totalitarismos de Stalin y Hitler.

 Siempre fueron los anglosajones quienes articularon las coaliciones globales que impidieron a los populistas autoritarios dominar el mundo
Frente a ellos, siempre fueron los anglosajones quienes articularon las coaliciones globales que les impidieron dominar el mundo y lo hicieron con una visión ideológica enfrentada a ellos.

El punto es que el surgimiento de Trump se da cuando el mundo se ve afectado en forma simultánea por un fuerte sentimiento "anti-política", que por lo general va acompañado de nacionalismo, proteccionismo y un sentimiento contrario a la inmigración.

La paradoja es que cuando el populismo como cultura política avanza no sólo en EEUU y Europa sino también en algunos países del Asia,- es el caso de Filipinas hoy,- América Latina pareciera salir de esta tendencia, con el triunfo de Mauricio Macri en Argentina, la derrota del Chavismo en la última elección legislativa, el fracaso de Evo Morales en el referéndum para tener un cuarto mandato consecutivo, la situación similar que enfrenta Correa en Ecuador, la victoria de Kuckzinski en Perú y la destitución de Dilma Rousseff en Brasil.


El autor es director del Centro de Estudios Unión para la Nueva Mayoría

martes, 29 de noviembre de 2016

USA: ¿Juan Manuel de Trump?

No llores por mí, América

Olvídate del muro. El atractivo de Donald Trump es el libro de texto del populismo latinoamericano.

Por Enrique Krauze - Slate

Donald Trump es más latinoamericano de lo que te das cuenta.
Ilustración de la foto por la pizarra. Foto de Gary Gershoff / Getty Images para Cantor Fitzgerald.

Este artículo forma parte de una serie publicada en colaboración con la revista mexicana Letras Libres.

"Es importante sentirte ser el pueblo, amar, sufrir, disfrutar de tus placeres como el pueblo". -Eva Perón

Francis Fukuyama escribió recientemente que "el populismo es el sello que las élites políticas atribuyen a las políticas apoyadas por los ciudadanos comunes que no les gustan". El término tiene diferentes significados, o al menos armónicos, en diferentes regiones del mundo y en diferentes Tradiciones políticas. En mi parte del mundo, América Latina, por lo general implica un gobierno autoritario centrado en torno a un líder carismático que afirma ser capaz de resolver personalmente todos los problemas sociales y económicos. Ha sido un defecto endémico en la historia y el gobierno latinoamericanos.

El líder populista latinoamericano arenga a su pueblo (o al suyo en el caso de la Argentina peronista) contra los que "no son nuestro pueblo". Proclama el amanecer de una nueva historia y promete el advenimiento del cielo en la tierra. Una vez en el poder, con el micrófono en la mano, instala un patrón de mentiras sistemáticas, decreta que su verdad oficial es la única verdad, inventa a los enemigos externos para culpar a sus propios fracasos, desarticula la economía, alimenta el odio entre clases, razas u otros grupos , Mantiene una movilización continua de las masas, desprecia los parlamentos y los jueces, manipula las elecciones, persigue la prensa y los medios de comunicación y destruye las libertades civiles.

Ahora, desgraciadamente, Estados Unidos parece haber contraído una forma de este virus potencialmente letal. Por todo lo que él quiere literalmente alejar a los Estados Unidos de las supuestas amenazas económicas y de seguridad a su sur, Trump es en realidad muy en la tradición del populismo latinoamericano.

Esta particular variedad latinoamericana de populismo que Trump encarna no sólo es ajena, sino directamente opuesta a las tradiciones políticas de los Estados Unidos de América (aunque no de la Alemania de Hitler o de la Italia de Mussolini). Vale la pena considerar por qué nuestra región en particular ha sido tan receptiva a ella.

El paradigma del populismo latinoamericano en su forma más peligrosa es ejemplificado por el reinado de Juan Perón y su esposa Eva en la Argentina del siglo XX y más recientemente en la evolución del fallecido Hugo Chávez en Venezuela: líderes carismáticos que arruinan las economías de sus países , Que polarizan a la sociedad al incitar al odio, y que utilizan el proceso democrático para subvertir la democracia misma. Los resultados desastrosos de esta tradición están en exhibición en la actual Venezuela, el país más rico en petróleo del mundo, donde la gente está muriendo de hambre y carece de servicios médicos elementales bajo el gobierno del sucesor de Chávez, Nicolás Maduro.

El historiador americano Richard M. Morse ha ofrecido lo que considero la mejor respuesta a esta pregunta en su libro El Espejo de Próspero, nunca publicado en inglés. Morse argumentó que el colapso del imperialismo español a principios del siglo XIX dejó un vacío de poder y una necesidad de legitimidad, y las elites educadas de América Latina se dividieron entre dos opciones: mantener la estructura política que prevaleció bajo el colonialismo, aunque bajo el liderazgo De un monarca local en lugar de un monarca extranjero, o revocar este sistema y adoptar (sin experiencia o precedente) la democracia republicana. En lugar de elegir, optaron por un compromiso entre los dos, fragmentando el poder central en varias hegemonías regionales y fortaleciendo a los caudillos carismáticos que habían surgido en las guerras de independencia.

Una nueva generación de líderes como José Antonio Páez en Venezuela, Facundo Quiroga en Argentina y Antonio López de Santa Anna en México surgieron para llenar el vacío, basando su legitimidad en su valor personal, su imponente presencia física, su carismática atracción.

Pero el puro carisma no podía construir un estado legítimo. Maquiavelo reconoció que "el príncipe" tenía que gobernar a través de "leyes que ofrecieran seguridad al pueblo". Esta necesidad fue entendida, pero resultó, a través de casi toda América Latina, en una marca peculiar de legitimidad constitucional, bastante alejada de la democracia liberal Y arraigada en costumbres antiguas, principalmente la tradición del Estado paterno español.

Según Morse, esta tradición, influenciada por las ideas de Santo Tomás de Aquino, ha sido la base esencial para la cultura política de América Latina, una noción paternal de política donde el Estado es visto como "un cuerpo místico" con una figura paternal Como la cabeza que ejerce plenamente el "poder dominante".

Un componente crucial de esta tradición es la afirmación de que el papel del "pueblo" es menos delegar poder a los representantes que regalarlo a un centro patrimonial-rey, virrey, dictador o presidente- que organiza la energía social a través de arreglos corporativos y Su propio carisma. El líder promete, en efecto, que "yo solo puedo arreglarlo". Este regalo es casi total e imposible de revocar a través de medios pacíficos. Si el líder resulta ser un tirano, la única manera de revocar su autoridad es el tiranicidio.

Numerosos casos validan esta interpretación de la cultura política latinoamericana del siglo XIX: Simón Bolívar en sus últimos días (cuando llamó a la institucionalización de un mandato vitalicio para el cargo de presidente), Diego Portales en Chile, Antonio Guzmán Blanco en Venezuela, Juan Manuel de Rosas en Argentina y Porfirio Díaz en México.

En el siglo XX, inspirado directamente por el fascismo italiano y su control de las masas a través de los medios de comunicación (así como por supuesto a través de la violencia patrocinada por el Estado), el "caudillismo" patriarcal se transformó en populismo latinoamericano. Getúlio Vargas en Brasil, Juan Domingo Perón en Argentina, y algunos de los presidentes del Partdio Revolucionario Institucional mexicano durante su largo período de gobierno de partido único son ejemplos claros. Fidel Castro, al principio, era un caudillo populista y su dictadura, absoluta y hereditaria, se debe tanto al patrón antiguo de la monarquía española como al marxismo. Hugo Chávez encajaba aún más en el análisis de Morse. Fue un líder carismático que prometió redimir a su pueblo, ganó a través de elecciones, y luego se apropió de todo el aparato económico, burocrático y represivo del Estado, canceló la división de poderes, sofocó las libertades y movió su país incansablemente hacia la instalación de una dictadura.

En contraste con muchos movimientos populistas latinoamericanos, Trump ha demostrado ser un egomaníaco deliberadamente ignorante, poco interesado en el bienestar social general del pueblo, sólo capaz de caminar narcisista y apela al odio y al miedo. Pero donde más se asemeja a un populista latinoamericano está en su extrema autoinflación, su llamado a la aceptación irreflexiva del supuesto poder de su personalidad; Su capacidad para mantener a Estados Unidos a salvo de los peligros del terrorismo, de los mexicanos, de los chinos, de cualquier área de paja que pueda utilizar para generar odio y apoyo a propuestas económicas irreflexivas que en realidad sólo pueden beneficiar a los muy ricos; Sus promesas de que bajo su dirección, Estados Unidos "ganará tanto, incluso se cansará de ganar". Promete traer al poder con él (como hacen muchos gobiernos populistas) en forma de una verdadera galería de familiares y políticos Incompetentes (hacer el trabajo real ya que se imagina a sí mismo como el director general director).

En caso de ser presidente, existe el peligro de que las peores características del populismo latinoamericano se fusionen con las características de otro tipo prototípico de gobierno latinoamericano, nuestras dictaduras militares absolutamente asesinas, como las de Argentina y Chile en los años 70 y 80 Del siglo pasado, despejando el camino para una aplicación viciosa de la violencia estatal y maligna. Ya hay bastante evidencia de cómo él y sus partidarios se han conducido durante esta campaña para justificar este miedo.

El populismo latinoamericano, tanto en sus variedades de derecha como de izquierda, ha entrado en su fase final en la propia América Latina, pero es una gran paradoja que una forma de ella (menos cualquier cosa que valga la pena en la tradición) Con la campaña Trump. Sólo podemos esperar que no triunfe. Y si la desgracia de su éxito electoral se produce, esperemos que las leyes y las instituciones puedan bloquear su progreso antidemocrático y su desprecio por la verdad.


domingo, 27 de noviembre de 2016

Rosas: Las negociaciones posteriores a la Vuelta de Obligado

Rosas y las negociaciones después de Obligado
Con motivo de un nuevo aniversario del combate de la Vuelta de Obligado, vale recordar las férreas y ejemplares negociaciones que siguieron al triunfo criollo ante las mayores potencias mundiales de entonces
Por Pacho O'Donnell - Infobae



La flota invasora del Reino Unido y el reino de Francia

En este 20 de noviembre, Día de la Soberanía, en honor al combate de la Vuelta de Obligado o a la Guerra del Paraná, viene a punto recordar las férreas y ejemplares negociaciones que siguieron al triunfo criollo ante las mayores potencias mundiales de entonces. Actitud que lamentablemente poco se repitió en los tiempos posteriores.

El 2 de julio de 1846, el barco que conducía al enviado británico Thomas Hood, el Devastation, atracó en el puerto de Buenos Aires. La Corona lo había designado para lograr un acuerdo lo más digno posible con Juan Manuel de Rosas y así retirarse de esa campaña tan desafortunada que había comenzado con el combate de la Vuelta de Obligado.

Las condiciones que traía en su maletín eran:

  1. Rosas suspendería las hostilidades en la Banda Oriental.
  2. Se desarmarían en Montevideo las legiones extranjeras (sobre todo francesas y mercenarias) que se oponían al sitio de la Confederación, establecido por el Restaurador para recuperar la Banda Oriental ominosamente cedida por los unitarios rivadavianos.
  3. Se retirarían las divisiones argentinas del sitio.
  4. Efectuado esto, se levantaría el bloqueo británico al puerto de Buenos Aires, devolviendo la isla de Martín García y los buques secuestrados "en lo posible en el estado en que estaban".
  5. Se reconocería que la navegación del Paraná era exclusivamente argentina "en tanto que la República continuase ocupando las dos riberas de dicho río".
  6. Habría amnistía general en Montevideo, debiendo excluirse a "los emigrados de Buenos Aires cuya residencia en Montevideo pudiese dar justas causas de queja", en referencia a los unitarios que habían colaborado con la intervención europea.
  7. Sería desagraviado el pabellón argentino con 21 cañonazos.

Era una claudicación británica, lisa y llana. Poco y nada quedaban de los presuntuosos ultimátums y las declaraciones de meses atrás.

Rosas exigió que el bloqueo se levantase sin esperar el desarme de las legiones extranjeras y el consiguiente retiro de la división argentina. Entendía, además, que la frase "en tanto la República continuase ocupando las dos riberas de dicho río" encerraba la posibilidad de una inaceptable independencia correntino-entrerriana, que había sido una de las intenciones de la invasión de las armadas anglofrancesas. También argumentó que el acuerdo debía ponerse a consideración del general Manuel Oribe, presidente uruguayo según la Confederación, de quien las fuerzas argentinas serían sólo "auxiliares".

Hood aceptó las imposiciones argentinas y el 18 de julio se firmó un acuerdo que el Restaurador reivindicaría en cada una de las negociaciones con las naciones europeas. Francia rechazó el acuerdo, que demasiado se parecía a una rendición, acosada por reproches de los chauvinistas del Parlamento que no aceptaban la humillación sufrida. Gran Bretaña fue solidaria con su aliada.

Decidieron entonces probar con sus mejores diplomáticos: Londres eligió a John Hobart Caradoc, barón de Howden, miembro distinguidísimo de la Cámara de los Pares; por Francia iría nada menos que Alejandro Florian Colonna, conde de Walewski, hijo de Napoleón el Grande.

Arribados al Río de la Plata, en mayo de 1847, anunciaron al canciller de la Confederación, Felipe de Arana, que habían viajado para poner en vigencia las bases Hood adaptadas a las formalidades de estilo de la diplomacia europea. Pero Rosas desconfió y cuando le presentaron las nuevas actas, reaccionó con furia: "Los proyectos dirigidos por SS.EE. los señores ministros diplomáticos están tan alejados, son tan diferentes de las bases Hood, como el cielo lo es del infierno".

El protagonismo de los diplomáticos europeos lo asumiría el barón Howden. Se propuso causar una buena impresión en los porteños por su informalidad y su franqueza organizando cabalgatas a Santos Lugares acompañando a Manuelita y vistiéndose como paisano, con poncho y sombrero de ala corta. Montaba caballos con la marca de Rosas, que ensillaba con recado y apero criollos.

Manuelita había ya desempeñado tareas de seducción en beneficio de estrategias de su padre. Así lo había hecho antes con el embajador Mandeville, esposo de Mariquita Sánchez, y lo haría ahora con el barón. Lo de Howden fue un auténtico flechazo y no tardó en manifestarse, convirtiéndose en el cotilleo de Buenos Aires. El 24 de mayo de 1847, cuando ella cumplió treinta años, le dirigió una ardiente nota: "Este día jamás se irá de mi memoria ni de mi corazón". Los exiliados en Montevideo y los opositores en tierra argentina seguían con comprensible inquietud los avatares del romance entre la "princesa federal" y el barón inglés.

Durante una excursión criolla a Santos Lugares, oportunidad en que, vestido de gaucho, Howden galopó por el campo y, entre otras diversiones rurales, encontró tiempo para estrechar las manos de un grupo de caciques y jefes indios, propuso matrimonio a Manuelita, quien le respondió con firmeza que sólo lo veía como a un hermano.

Las negociaciones no avanzaban porque detrás de la falacia del lenguaje diplomático Inglaterra y Francia no eran garantes de la independencia del Uruguay, lo que para el acertadamente suspicaz Restaurador significaba que muy pronto se reanudarían los intentos de anexión por parte de Brasil.

Tampoco aceptaba suprimir el desagravio al pabellón argentino, "estipulación esencial porque a ese saludo circunscribía el gobierno argentino las satisfacciones debidas al honor y soberanía de la Confederación ultrajada por una intervención armada que capturó en plena paz la escuadra argentina, se posesionó por la fuerza de sus ríos, invadió el territorio y destruyó vidas y propiedades en una serie de agresiones injustas".

Además, debería decirse claramente, como se leía en su acuerdo con Hood, que la navegación del Paraná era exclusivamente argentina, sujeta a sus leyes y sus reglamentos, lo mismo que la del Uruguay en común con la República Oriental.

Otro punto clave: que se mencionara expresamente el rechazo a la posibilidad de una independencia de la República de la Mesopotamia (las Misiones, Entre Ríos y Corrientes), uno de los objetivos de la invasión, sin escaparse con la frase "ley territorial de las naciones". Howden y Walewski adujeron que la fórmula propuesta por ellos "había sido objeto de largas correspondencias entre los gobiernos de Inglaterra y Francia" y que se "consultaron varios jurisconsultos".

El 28 de junio, Rosas dio por terminadas las negociaciones por tratarse de temas gravísimos donde no podía andarse con "medias tintas". No pareció casualidad entonces que el romántico ardor de Lord Howden se fuera calmando poco a poco y cuando, fracasada su misión pacifista, abandonó Buenos Aires, el 18 de julio, escribió a Manuelita desde el Raleigh una cariñosa carta de despedida, en la que la nombraba como "mi vida, mi buena y querida y apreciada hermana, amiga y dama".

Inglaterra, ansiosa ya por terminar con el bochorno internacional, insistió y envió al prestigioso diplomático Henry Southern. Rosas, escaldado y deseoso de fijar sin rodeos las condiciones de lo que era indisimulablemente una capitulación enemiga, se negó a recibirlo hasta tener claras sus intenciones.

En Londres, el primer ministro Lord Aberdeen se indignó, el 22 de febrero de 1850, ante el Parlamento británico: "Hay límites para aguantar las insolencias y esta insolencia de Rosas es lo más inaudito que ha sucedido hasta ahora a un ministro inglés. ¿Hasta cuándo hay que estar sentado en la antesala de este jefe gaucho? ¿Habrá que esperar a que encuentre conveniente recibir a nuestro enviado? Es una insolencia inaudita".

Como si don Juan Manuel hubiera leído a Georges Clemenceau: "Hay que hacer la guerra hasta el fin, el verdadero fin del fin". Finalmente, míster Southern y el Restaurador firmaron el acuerdo que aceptaba todas las exigencias argentinas.

El convenio establecía la devolución de Martín García y de los buques de guerra; la entrega de los buques mercantes a sus dueños; el reconocimiento de que la navegación del Paraná era interior y sólo sujeta a las leyes y los reglamentos de la Confederación Argentina, y que la del Uruguay era común y estaba sujeta a las leyes y los reglamentos de las dos repúblicas; y la aceptación de Oribe para la conclusión del arreglo.

Rosas se obligó a retirar sus tropas del Uruguay cuando el Gobierno francés hubiera desarmado a la legión extranjera, evacuado el territorio de las dos repúblicas, abandonado su posición hostil y celebrado un tratado de paz.

Ante la emoción de los porteños apiñados en la ribera, las naves de guerra enemigas se alejaron del Río de la Plata saludando al pabellón de la Confederación Argentina con veintiún cañonazos.

Francia tardó en rendirse, pues muchos querían continuar la guerra, mientras don José de San Martín se esforzaba por convencer que "todos (los argentinos) se unirán y tomarán una parte activa en la lucha", por lo que la invasión se prolongaría "hasta el infinito".

domingo, 15 de mayo de 2016

Historia argentina: La guerra contra la Confederación Peruano-Boliviana (1837-1839)

La Guerra Contra la Confederación Peruano–Boliviana (1837-1839) 

Por Sebastián Miranda 
Licenciado en Historia 


El 19 de mayo de 1837 el entonces encargado del manejo de las relaciones exteriores de la Confederación Argentina, Juan Manuel de Rosas declaró la guerra a la Confederación Peruano-Boliviana, comenzando el conflicto con dicha confederación. Se trató de una reacción originada como consecuencia de las agresiones que el Mariscal Santa Cruz, dictador de Perú y Bolivia, venía ejerciendo sobre nuestro país. 

Las causas de la guerra 

Terminada la guerra de independencia Bolivia se separó del Perú y se proclamó como república independiente en 1825. A este hecho siguió, en ambos Estados, un período de guerras civiles entre diferentes grupos que se disputaban el poder. Tras una larga lucha en 1836 el Mariscal Andrés de Santa Cruz, viejo guerrero del ejército de Bolívar y dictador de Bolivia, tomó el control del Perú decretando la unión entre ambas repúblicas. Nació así la Confederación Peruano-Boliviana que fue reconocida por la mayoría de los gobiernos de Europa y América. 


 

Andrés de Santa Cruz buscaba la formación de una confederación de repúblicas americanas y continuó su proceso de expansión hacia el sur, comenzando sus fuerzas a incursionar sobre el norte de Argentina y Chile lo que motivó las protestas de ambos gobiernos a pesar de lo cual continuaron las incursiones. A su vez estableció contactos con Fructuoso Rivera, presidente de la Banda Oriental y enemigo de Rosas. Su plan consistía en fomentar el desorden en las provincias del norte a la vez que Rivera lo hacía en las de la Mesopotamia, tras lo cual - bajo el pretexto de razones de orden y humanidad - colocarían estas provincias bajo su protección. Santa Cruz también dio amplio apoyo a los emigrados unitarios que desde el territorio boliviano realizaban ataques a los gobernadores federales de las provincias del norte lo que motivó nuevamente las protestas de la Confederación Argentina. 


 
Bandera de la Confederación Peruano-Boliviana 


Ya en 1834 Santa Cruz había prestado auxilios a una incursión del coronel unitario Javier López sobre el norte que culminó con su derrota de Chiflón. En 1835 se produjo otro ataque de López desde Bolivia pero fue nuevamente derrotado, en este caso en la batalla de Monte Grande. Ese mismo año Felipe Figueroa con fuerzas organizadas en Bolivia invadió la provincia de Catamarca. Al año siguiente Mariano Vásquez atacó con fuerzas bolivianas los poblados de Talina, Tupiza y La Puna. También dio apoyo a una expedición organizada en Perú al mando del general Freyre que se proponía derrocar al gobierno de Chile pero fue interceptada por una incursión de naves chilenas sobre el puerto de El Callao. Al reiterarse las agresiones, los gobiernos de Argentina y Chile comenzaron los contactos para el establecimiento de una alianza en contra de Santa Cruz. Esta nunca llegó a materializarse por escrito pero sí de palabra. El 11 de noviembre de 1836 Chile declaró la guerra a la Confederación Peruano-Boliviana. Argentina hizo lo propio el 19 de mayo del año siguiente. 

Las fuerzas opuestas 

La Confederación Argentina 
He tomado el año de 1838 como base para describir el estado de las fuerzas opuestas ya que fue el momento álgido de la campaña, pero se debe tener en cuenta que la composición de las mismas fue variando con el paso del tiempo. 

Rosas nombró como comandante del ejército nacional en el norte al general Alejandro Heredia, caudillo de Tucumán y una de las figuras de mayor influencia en la zona tras la muerte de Facundo Quiroga. Las fuerzas a cargo de Heredia eran muy limitadas por lo que debió comenzar a organizarlas por su propia cuenta. Ante la carencia de medios solicitó auxilios a Buenos Aires. Rosas envió importantes cantidades de pertrechos entre los que se contaban: 500 tercerolas y carabinas, 900 fusiles, 700 sables, 3.500 piedras de fusil y unos 54.500 cartuchos. A su vez las provincias del norte y el litoral aportaron más armas y soldados con lo que se logró poner en pie una fuerza de unos 3.500 hombres que para 1838 quedó organizada en tres divisiones. 
 
General Alejandro Heredia 

La primera a cargo del gobernador de Salta, General Pablo Alemán. Estaba compuesta de la siguiente manera: 2 regimientos y dos escuadrones de caballería, los primeros eran el “Coraceros de la Confederación Argentina” y “Lanceros de Salta” y los segundos el “Dragones de Jujuy” y el “Restaurador de Aguilar” y 5 regimientos de infantería, el 1 y 2 de milicias de Jujuy y el 6, 9 y 10 de milicias de Salta. En total unos 1.000 hombres. 

La segunda división era mandada por el General Manuel Virto y la formaban: 2 regimientos y 4 escuadrones de caballería los primeros eran el “Restauradores” y el 3 de milicias y los segundos eran el “Coraceros de la Guardia”, el de granaderos, el de guías y el de lanceros. A estas unidades se sumaban dos batallones de infantería, el “Libertad” y el de “Cazadores”. En total unos 1.500 hombres. 

La tercera división la formaban 1.000 hombres con 2 piezas de artillería, agrupados en las siguientes unidades: 4 regimientos y 2 escuadrones de caballería, los “Coraceros de la Muerte”, “De Rifles”, “Coraceros Argentinos”, 11 de milicias, 4 de milicias y “Granaderos de Santa Bárbara”. A ellos se sumaban dos batallones de infantería, el “Defensores” y el "Voltígeros”. La división estaba a cargo del General Gregorio Paz. 

El armamento lo componían fusiles de chispa de 16mm con bayoneta con un alcance eficaz de 200 metros y máximo de entre 400 y 500 metros. Se sumaban las carabinas con un alcance algo menor al de los fusiles, sables, pistolas y lanzas. La artillería fue muy poco usada debido a que se operaba en un terreno que en general era montañoso por lo que no convenía el cargar con pesadas piezas, a lo sumo se llevaban culebrinas o morteros. En esta época de nuestra historia la caballería se organizaba en regimientos compuestos de cuatro escuadrones cada uno, aunque en la guerra contra la Confederación formada por Perú y Bolivia tenían solamente dos. 

La infantería argentina solía organizarse en regimientos compuestos a su vez por dos o más batallones divididos en compañías. El número de hombres variaba según la disponibilidad de efectivos. A su vez solía dividirse a la infantería en las unidades de línea (combatían en orden cerrado) y en las de ligera que combatían en orden disperso, lo que se llama comúnmente a manera de “guerrillas”. 

La Confederación Peruano-Boliviana 
En ese caso lamentablemente es menor la información de la que se dispone. El grueso del ejército de la Confederación, unos 5.000 hombres, se encontraba en el propio territorio del Perú presto a enfrentar el ataque de las fuerzas chilenas que desembarcarían allí. A esta fuerza se la conoció como “fuerza norte”. Sobre la frontera con nuestro país Santa Cruz ubicó a unos 2.000 - 4.000 hombres (las cifras son muy variables) al mando del General Felipe Braun con el objetivo de mantener a raya a las fuerzas argentinas hasta que el grueso del ejército derrotara a las unidades chilenas. 


 

La campaña contra la CPB

Para 1838 las fuerzas de Santa Cruz se componían de 4 batallones de infantería, los 2, 5, 6 y 8 con 300, 380, 700 y 600 hombres respectivamente; 4 escuadrones de caballería 2 de ellos de cazadores, 1 de coraceros y 1 de guías y una brigada de artillería con 4 piezas al mando del comandante García. El armamento de estas unidades era muy similar al de las argentinas. 

En lo que se refiere al entrenamiento hay que destacar que era mejor el de las unidades ubicadas en Bolivia que el de las nacionales. Santa Cruz se había preocupado desde el principio de su gestión de fortalecer al ejército para utilizarlo como principal argumento de su proyecto de expansión. Santa Cruz contó con una gran ventaja a nivel militar con respecto a nuestro país durante la guerra, mientras él pudo concentrar todas sus fuerzas contra Chile y Argentina, las fuerzas de la Confederación Argentina no pudieron hacer lo mismo. Esto se debió a que a la vez que se producía la guerra con Bolivia y Perú la Argentina debió enfrentarse al bloqueo y los ataques de Francia, a la campaña de las fuerzas unitarias en el litoral y a la revolución de los hacendados del sur de Buenos Aires por lo que no se pudo emplear el ejército nacional en su totalidad en el norte. 

Situación inicial 
Para 1837 Alejandro Heredia se encontraba en Tucumán preparando el grueso del ejército para comenzar las operaciones sobre la frontera. Heredia había encargado al general Pablo Alemán la cobertura de la frontera mientras él completaba el entrenamiento de las fuerzas argentinas. Alemán apenas desplegó unos 380 hombres dispersos en diversas localidades de la frontera que quedó en un estado de suma vulnerabilidad. Por otra parte la preparación del ejército se demoró demasiado por lo que la iniciativa de la guerra quedó inicialmente en manos de los bolivianos. 

El general Felipe Braun había recibido órdenes de Santa Cruz de mantenerse a la defensiva hasta que él pudiera derrotar a las fuerzas chilenas, pero al ver la inactividad de las fuerzas argentinas decidió atacar la frontera argentina. Braun intentaría hacer retroceder a las fuerzas argentinas hacia el sur con el objetivo de asegurar la frontera. 

La posición de Braun se vio favorecida por la demora en el inicio de la invasión chilena al Perú. Dicha demora se debió al alzamiento de las tropas del coronel Vidaurre, en Quillota, y el asesinato de Diego Portales, ministro chileno. 

La invasión de Braun al norte argentino 
Aprovechando la inactividad de las fuerzas argentinas el general Felipe Braun concentró sus fuerzas en Tupiza y a fines de agosto de 1837 avanzó hacia el sur para invadir el norte argentino entrando por Jujuy. El 28 de agosto de 1837 una columna compuesta por unos 100 hombres ingresó por La Quiaca al poblado de Cochinoca reduciendo a las autoridades de La Puna y al destacamento de la zona. La segunda de las columnas, ubicada al oeste de la primera, tomó los poblados de Santa Victoria e Iruya tras rendir a las fuerzas de dudosa lealtad al mando del coronel Manuel Sevilla. De esta manera quedó el camino abierto hacia Jujuy. Ambas columnas se reunieron en la quebrada de Humahuaca el 11 de septiembre. 

Alejandro Heredia recién había tenido noticia de estos movimientos el día 9 de septiembre por lo que tardó en reaccionar. Envió a su hermano Felipe con la vanguardia del ejército compuesta por un escuadrón del regimiento “Restauradores a Caballo”, otro del “Cristinos de la Guardia”, un escuadrón de milicia y una compañía de tiradores como refuerzo, en total 400 hombres. El 12 de septiembre la vanguardia nacional llegó a unos 500 metros al sur del poblado de Humahuaca y fue recibida por los disparos de una avanzada boliviana a la que dispersó rápidamente, comenzando de esta manera el combate de Humahuaca. Por las características del terreno, montañoso, las fuerzas de Heredia no pudieron flanquear a los bolivianos por lo que las atacaron frontalmente. Tras varias cargas retrocedieron siendo perseguidos por los soldados argentinos. La persecución se detuvo por el descubrimiento de una considerable fuerza enemiga ubicada más al norte. Se trataba de una columna dirigida por el teniente coronel Campero y que había sido mandada por Braun para permitir la retirada de sus fuerzas ya que en ese momento creyó erróneamente que las fuerzas argentinas eran el ejército completo y no como en realidad ocurría simplemente la reducida fuerza de vanguardia. 

Felipe Heredia continuó el avance al día siguiente y el 13 de septiembre se encontró nuevamente con las fuerzas de Braun que se habían atrincherado en las alturas de Santa Bárbara. Para atacar la posición Heredia dividió a sus tropas en dos columnas, la derecha quedó formada por un escuadrón del “Cristinos de la Guardia”, otro del de milicias y la compañía de tiradores. La columna de la izquierda se formó con un escuadrón del “Restauradores”. Sorpresivamente el teniente coronel Benito Macías, comandante del “Restauradores”, ordenó a su escuadrón cargar sin recibir orden previa de Heredia. Viendo esta situación Felipe Heredia ordenó al escuadrón del “Cristinos de la Guardia” cargar inmediatamente. Este escuadrón fracasó en su carga, pero las fuerzas argentinas se reorganizaron y volvieron a cargar logrando hacer retroceder a los bolivianos que se retiraron hacia el norte. Ante la proximidad de nuevas fuerzas enemigas Heredia no continuó la persecución. 

El 11 de diciembre un destacamento de soldados argentinos al mando del capitán Aramayo sorprendió a una fuera boliviana al mando del comandante Calqui en Tres Cruces tomando varios prisioneros, armas y ganado. Las acciones a menor escala continuaron y el 2 de febrero de 1838 un destacamento nacional al mando del capitán Gutiérrez tomó prisioneros a 10 soldados bolivianos en la zona de Rincón de las Casillas, al sur de Negra Muerta. El destacamento argentino se encaminó a Negra Muerta para esperar la llegada de una columna enviada por Braun y emboscarla. Allí mediante un brillante ardid Gutiérrez logró que en medio de la obscuridad dos destacamentos bolivianos se confundieran y, creyendo que se trataba del enemigo, abrieron fuego uno sobre el otro, prolongándose el enfrentamiento hasta que se dieron cuenta del error cometido. A pesar de las victorias obtenidas, Alejandro Heredia no pudo emplear a las fuerzas argentinas en una invasión a Bolivia debido a una serie de sublevaciones producidas en las provincias del norte. 

Derrota chilena y retirada argentina 
Mientras se desarrollaban estos enfrentamientos en el norte argentino Chile lanzó una expedición sobre la costa del Perú a las órdenes del Almirante Blanco Encalada. 

Los chilenos desembarcaron y establecieron un gobierno provisional en Arequipa tras lo cual avanzaron al norte por terreno desértico, las enfermedades, la sed y las epidemias mermaron mucho a los 4.000 hombres de esta expedición. Santa Cruz lo sabía y con el grueso del ejército de la Confederación Peruano-Boliviana marchó para enfrentar a Blanco Encalada. El almirante chileno viéndose en una completa inferioridad de condiciones se rindió firmando la paz de Paucarpata por la cual Chile quedó momentáneamente fuera de la guerra. Heredia se enteró de este hecho en enero de 1838 y comprendió la gravedad de la situación ya que ahora se presentaba el peligro de que Santa Cruz decidiera avanzar con todo su ejército sobre el norte argentino. Aprovechando esto Braun volvió a avanzar sobre el norte argentino y a su vez Heredia retrocedió concentrado al ejército en Itaimari y Hornillos. 
 
Brigadier Juan Manuel de Rosas 

Las fuerzas argentinas a pesar de la peligrosa situación emprendieron algunas acciones menores contra los bolivianos. El coronel Paz logró tomar San Antonio de los Cobres, el coronel Mateo Ríos avanzó desde Orán hacia Iruya y el teniente coronel Baca hostilizó a los bolivianos, la acción combinada de estas fuerzas obligó a Braun a retroceder. La situación nuevamente se tornó favorable a las fuerzas argentinas ya que el gobierno chileno rechazó el acuerdo de Paucarpata y comenzó a preparan una nueva expedición sobre el Perú por lo que Santa Cruz no pudo mandar al grueso de sus tropas contra la Confederación Argentina. El general Heredia no se mostraba demasiado activo lo que motivó los reclamos de Chile. Heredia ofreció su renuncia pero fue rechazada por Rosas y le ordenó la preparación de una expedición para atacar a los bolivianos. 

Campaña de Alejandro Heredia 
Con sus fuerzas ya reorganizadas el general Alejandro Heredia se dispuso a tomar la ofensiva contra las tropas de Braun. A tal fin organizó al ejército del norte en tres divisiones. La primera de ellas quedó al mando del coronel Manuel Virto con unos 1.200-1.500 hombres y tenía como misión el avanzar hacia las montañas de Iruya para atacar al grueso del ejército boliviano por la retaguardia e impedir su retirada. La segunda división estaba compuesta por 1.000 hombres al mando del general Gregorio Paz y debía ocupar la frontera con Tarija y amenazar la ciudad de Chuquisaca. 

La tercera división al mando Pablo Alemán permanecería a retaguardia de las otras divisiones para actuar como reserva. La vanguardia de la división del general Gregorio Paz inició la marcha el 27 de mayo de 1838 con el coronel Mateo Ríos al frente. A los dos días atacó a una avanzada boliviana que se había ubicado en el pueblo de Carapari. El comandante de la guarnición, Cuellas, se mostró dispuesto a rendirse pero explicó que debía convencer a sus oficiales que se encontraban acampados en Zapatera. Estos no accedieron a rendirse por lo que Paz decidió atacarlos. A tal efecto dividió a sus fuerzas en dos columnas. La primera de ellas al mando del coronel Mateo Ríos avanzó por el camino de Itau, la segunda al mando de Paz lo hizo por el camino de Saladillo. 

La vanguardia boliviana fue atacada por una compañía de tiradores y 15 hombres del regimiento “Coraceros Argentinos” por lo que comenzó a retirarse, fue entonces cuando el teniente coronel Bárcena avanzó con una compañía de tiradores y la mitad del escuadrón “Granaderos de Santa Bárbara” para cortarles el paso. Mientras se producía la persecución, que se prolongó unos 20 km., un escuadrón al mando del comandante Cuellas desertó y se unió a las fuerzas nacionales. La columna del general Paz siguió avanzando y el 8 de junio de 1838 derrotó a una avanzada boliviana en San Diego. En esta acción participaron la segunda compañía de granaderos, 15 tiradores del regimiento “Coraceros Argentinos” y una compañía del batallón “Defensores”. 




Cerca de la localidad de El Pajonal el general Gregorio Paz destacó al teniente coronel Ubiens con 200 hombres para que se ubicara a retaguardia del enemigo y cortara su retirada pero los bolivianos dando cuenta de la maniobra se retiraron y lograron eludir el cerco. La división continuó el avance llegando a las proximidades de Tarija pero al aproximarse nota la presencia de una fuerza enemiga de considerable tamaño por lo que Paz decidió retroceder el 24 de junio. Durante la retirada las fuerzas nacionales fueron derrotadas en Cuesta de Cayambuyo y continuamente hostilizadas por los bolivianos sufriendo fuertes pérdidas. A la vez que se desarrollaban estas acciones la columna del coronel Virto también participaba en las operaciones. Esta columna había partido el 5 de junio de 1838 de San Andrés con rumbo a Abra de Zenta. En el camino se reunieron con las tropas enviadas desde Jujuy al mando del coronel Iriarte. 

El 11 de junio la división se encontraba cerca de la población de Iruya donde las tropas de Braun se habían atrincherado fuertemente. Al frente de la vanguardia marchaba el coronel Rivas para tomar las alturas ocupadas por el enemigo. La compañía de “Voltígeros” del capitán Lorenzo Alvarez atacó la población con gran determinación pero fracasó. Virto mandó en repetidas oportunidades sus fuerzas contra el dispositivo boliviano pero no logró doblegarlo. Como último intento mandó la reserva pero aún así no pudo seguir avanzando por lo que debió retroceder. 

El 22 de agosto de 1838 el general Heredia ordenó la retirada de las fuerzas nacionales tras haber fracasado las columnas en cumplir con los objetivos asignados. 

El 12 de noviembre de 1838 estalló en el noroeste argentino la rebelión dando comienzo a lo que se llamó la “Coalición del Norte”. Ese día el general Alejandro Heredia fue asesinado por una partida de rebeldes por lo que las acciones se vieron nuevamente detenidas. 

El fin de la guerra 
El 20 de enero de 1839 las fuerzas chilenas desembarcadas en el Perú al mando del general Manuel Bulnes se enfrentaron al ejército del general Andrés de Santa Cruz en Yungay, tras cinco horas de duros combates las fuerzas de la Confederación Peruano-Boliviana fueron completamente derrotadas. Tras la batalla la confederación se disolvió. El general Velasco fue elegido como nuevo presidente de Bolivia. Las nuevas autoridades mostraron buena voluntad con respecto al problema originado años antes con nuestro país por la disputa en torno a la posesión de la provincia de Tarija. El gobierno argentino podría haber aprovechado la situación de encontrarse como vencedor para ocupar la disputada provincia, pero no lo hizo. Juan Manuel de Rosas consideró que lo correcto era que la cuestión debía ser decidida por los habitantes de la zona. Se realizó una consulta y Tarija se incorporó a Bolivia. 

El 26 de abril de 1839 el gobierno argentino dio oficialmente por terminada la guerra. 

Como balance de la misma se puede decir que si bien la Argentina no logró victorias decisivas durante su desarrollo sí se logró algo que fue fundamental para la Nación. Se pudieron desbaratar los planes de Santa Cruz de anexar a la Confederación Peruano-Boliviana las provincias del noroeste por lo que se logró mantener la integridad territorial y la soberanía de la Argentina, esto es más destacable si tenemos en cuenta que por esos días la Confederación Argentina debió enfrentarse también con otra agresión desde el exterior, el bloqueo de Francia. Este fue apoyado por numerosos movimientos internos encabezados por los unitarios que no mostraron el menos escrúpulo –salvo gloriosas excepciones como el caso de Martiniano Chilavert- a la hora de intentar derrocar a Rosas, aunque fuera con armas y dinero francés y que ello implicara la disgregación de la integridad territorial de nuestra Patria. 

Sirva este trabajo a manera de sencillo y humilde homenaje a los valientes que dieron la vida en esta contienda por preservar la soberanía Argentina en esos momentos decisivos para la nación. 


Bibliografía 
-BASILE, Clemente: Una Guerra Poco Conocida, Buenos Aires, Círculo Militar, 1943. Biblioteca del Oficial. 
-CHÁVEZ, Fermín: Rosas su Iconografía, Buenos Aires, Oriente, 1970. 
-COLEGIO MILITAR DE LA NACIÓN: Atlas Histórico-Militar Argentino, Buenos Aires, Colegio Militar de la Nación, 1970. 
-SALDÍAS, Adolfo: Historia de la Confederación Argentina, Buenos Aires, El Ateneo, 1951, T II. 
-SECRETARÍA GENERAL DEL EJÉRCITO: Semblanza Histórica del Ejército Argentino, Buenos Aires, Ejército Argentino. 
-SIERRA, Vicente: Historia de la Argentina, Buenos Aires, Editorial Científica Argentina, 1969, T VIII. 

Defensa y Seguridad

sábado, 13 de diciembre de 2014

El uso político de la Vuelta de Obligado

Delirio nacionalista: el mito del combate de Obligado
Luis Alberto Romero
Clarín




Quién ganó el Combate de la Vuelta de Obligado, el 20 de noviembre de 1845? Muchos argentinos creen que fue una victoria nacional. Para los ingleses fue solo un pequeño combate, pero sus historiadores, como John Lynch, serios saben bien cómo fueron las cosas. En cambio los franceses lo han recordado. En 1868, en tiempos de los sueños imperiales de Luis Napoleón, la Rue de la Pelouse fue rebautizada como Rue d’Obligado. La calle desemboca en la Avenue de la Grande-Armée, la de Napoleón y de Austerlitz, a pocas cuadras del Arco de Triunfo, que celebra las grandes victorias. Más aún, en 1900 el nombre se impuso a la nueva estación del Metro. Así fueron las cosas hasta 1947, cuando Eva Perón visitó Francia y pidió que ambas fueras rebautizadas como Argentina.

A fuerza de leer a José María Rosa, a Pacho O’Donnell o a sus repetidores, muchos argentinos han quedado envueltos en un mito que, comenzando por exaltar la “gesta heroica” concluyó convirtiendo la derrota en victoria. Desde 2010, asesorados por el Instituto Nacional del Revisionismo Histórico, celebramos su aniversario como el Día de la Soberanía Nacional, con feriado incluido.

Los hechos son claros. En noviembre de 1845 la flota anglo francesa, que en ese momento sitiaba Buenos Aires, decidió remontar el Paraná y llegar hasta Corrientes, acompañando a buques mercantes cargados de mercaderías. Para impedirlo, el gobernador de Buenos Aires, J.M. de Rosas, dispuso bloquear el río Paraná en la Vuelta de Obligado, con cadenas protegidas por dos baterías. Se intercambiaron disparos, los buques cortaron las cadenas y siguieron su navegación hasta Corrientes.

Los mitos se desentienden de los hechos simples y comprobables, pero en cambio interpelan a los sentimientos y las emociones. El relato revisionista de Obligado, que se viene perfeccionando desde los años treinta, incluye algunas verdades, otras tergiversaciones y muchas cosas inventadas.

Con respecto al resultado, no hay duda de que fue una derrota: los ingleses pasaron, y llegaron felizmente a Corrientes. Se dice que fue una victoria “pírrica”, por las bajas ocasionadas; pero los ingleses y franceses perdieron solo siete hombres y los porteños doscientos. Podrá aceptarse que fue una gesta heroica y hasta una victoria moral -una especialidad argentina-, pero en los hechos fue una derrota.

En el núcleo del mito está la idea de que en Obligado Rosas resistió al imperialismo y defendió los intereses nacionales. Es cierto que el gobernador de Buenos Aires enfrentó a la “diplomacia de las cañoneras” y defendió la soberanía de su provincia. La tergiversación consiste en identificar esta forma de imperialismo, propia de mediados del siglo XIX, con la idea posterior de imperialismo -popularizada inicialmente Lenin- que aplicada a nuestro caso identifica toda la relación anglo argentina con la dominación y la explotación. Por ejemplo, muchos argentinos están convencidos de que los ferrocarriles han sido el peor de los instrumentos de esa explotación. Pero en tiempos de Rosas nadie confundía la agresión militar con las relaciones económicas. Toda la prosperidad de Buenos Aires se basó en una estrecha relación con Gran Bretaña, y el propio Restaurador, que la cultivó cuidadosamente, eligió exiliarse en Southampton.

El punto central del mito reside en la idea de que allí se defendieron los intereses nacionales. Pero en 1845 la nación y el Estado argentinos no existían. Había provincias, guerra civil y discusión de proyectos contrapuestos, basados en intereses distintos. El Combate de Obligado, y todo el conflicto en la Cuenca del Plata, es un ejemplo de esas diferencias. Rosas aspiraba a someter a las provincias, incluyendo a la Banda Oriental y a Paraguay, cuya independencia no reconocía. Corrientes defendía su autonomía y pretendía comerciar directamente con ingleses y franceses. En cambio Rosas quería que todo el comercio pasara por el puerto de Buenos Aires y su Aduana. El río Paraná, abierto o cerrado, estaba en el epicentro de las diferencias.

En Corrientes creían en el federalismo y la libre navegación de los ríos. La flota anglo francesa fue recibida amistosamente; hubo fiestas, los hombres admiraron los buques de vapor -los primeros que veían- y las señoras correntinas se empeñaron en hacer grata la estadía de los marinos. Rosas, que también trataba muy amistosamente a los ingleses de Buenos Aires, parece haber tenido una idea unitaria de la nación, construida en torno de la hegemonía porteña. ¿Cuál de los dos era el auténticamente nacional? Admitamos que sea opinable. Pero cuando las provincias acordaron en 1853 crear un Estado nacional, establecieron que el interés de la nación incluía la libre navegación de los ríos. Y así quedó.

Es curioso que sobre esta situación, que puede leerse en cualquier libro serio, se haya constituido el mito de la victoria -una verdadera trampa cazabobos- y el de la defensa de la soberanía nacional. Celebrar una derrota -como ocurre hoy con Malvinas- es la quintaesencia de nuestro enfermizo nacionalismo, soberbio y paranoico. Se encuentra en el sustrato de nuestra cultura política, y aflora cuando es adecuadamente convocado. Este gobierno, que vive envuelto en su propio mito, ha apelado con éxito al relato del revisionismo, adecuado a su política de enfrentamiento.

Desmontar estos mitos es una parte de la batalla cultural que deberemos encarar.

Luis Alberto Romero, Historiador. Club Político Argentino

sábado, 29 de noviembre de 2014

JMR: El testamento de la madre del Restaurador de las Leyes

EL TESTAMENTO DE DOÑA AGUSTINA.
23 de noviembre de 2014 a la(s) 12:51



Doña Agustina Lòpez Osornio  fue la esposa de Don Leòn Ortiz de Rozas y la madre del Ilustre Restaurador de la Leyes y de otros 19 hijos. Fue una mujer de caràcter y de acciòn. Durante su vida, ademàs de criar a sus hijos dirigiò sus estancias, administrò sus bienes y procurò ayudar a su projimo toda vez que tuvo oportunidad.
Estas son algunas anècdotas que pintan su caràcter, extraìdas del libro de su nieto el general Lucio Victorio Mansilla titulado "Rosas,ensayo històrico psicològico".



" Gervasio (el menor de los varones) fue, en efecto, hecho tendero, y lo traemos a colación incidentalmente para volver una vez más sobre el carácter de doña Agustina, que llevaba la batuta en todo, en aquel hogar ya descrito.

La cosa no era tan llana como a primera vista parecerá. El mostrador era una doble escuela: preparaba para el buen trato y curaba de falso orgullo. Se conversaba con el bello sexo, entre el chis chas de la tela rasgándose, después de haber sido medida concienzudamente; pero había que vivir en la tienda, que comer platos de viandas preparadas en la fonda, que barrer adentro y afuera, en una palabra, que no hacerle asco a nada, siendo, ítem más, el doncel tan respetuoso con los patrones como con los propios padres. El tiempo y la paciencia, la humildad y un poco de neuronas completarían la obra.

Sucedió que Gervasio, habiéndosele mandado que lavara los platos en que habían comido sus colegas de más edad, contestó: "Yo no he venido aquí para eso".

El dependiente principal dio cuenta al patrón y éste, llamando a Gervasio, le dijo secamente: "Amiguito, desde este momento yo no lo necesito a usted más, tome su sombrero, váyase y mande por su cama. Yo hablaré con misia Agustina después; mientras tanto prontito, a su casa..."

Gervasio llegó a ella todo lleno de turbación, porque en el camino había calculado lo que le esperaba.

Habló; la madre nada dijo. Salió, y un rato después regresaba con el patrón.

Que llamen a Gervasio, ordenó a un sirviente.

Gervasio se presentó: tomóle de una oreja, y diciéndole "hínquese usted y pídale perdón al señor ", a ello le obligó. Y prosiguió: "¿Lo perdona usted, señor?" -Y cómo no, mi señora doña Agustina. - Bueno, pues caballerito, con que tengamos la fiesta en paz... y váyase a su tienda con el señor que hará de usted un hombre. Pero, ahora, mi amigo, yo le pido a usted come un favor que a este niño le haga usted hacer otras cosas (y al oído le dijo: que limpie las bacinillas).

Gervasio no volvió a tener humos. Poco tiempo después, habiéndose bajado el talle, su posición era otra en todo sentido, no faltándole sindéresis. ¡Cuán cierto es que así como hay analépticos para fortificar el cuerpo, así también los hay para curar los resabios del amor propio mal entendido!

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Cuando don León pasó a mejor vida, doña Agustina hacía ya años que no se levantaba de la cama; estaba tullida. Pero asimismo de todo se ocupaba: de su casa, de su familia, de sus parientes, de sus relaciones, de sus intereses, comprando y vendiendo casas, reedificando, descontando dinero, y siempre constantemente haciendo obras de caridad y amparando a cuantos podía, a los perseguidos con o sin razón por sus opiniones políticas. Y hubo vez en que riñó por mucho tiempo con su hijo por negarse éste a poner en libertad a un perseguido, del que ella decía: "Ese señor (Almeida) no es unitario ni es federal, no es nada, es un buen sujeto; y así es como Juan Manuel se hace de enemigos porque no oye sino a los adulones". El entredicho duró hasta que el dictador fue a pedirle perdón de rodillas, anunciándole que el hombre estaba en libertad.

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Uno de los actos de doña Agustina que más acentúan sus caracteres complejos de mujer caritativa y prepotente es su testamento. Estos documentos no mienten, siendo una secuela legal que puede compulsarse.

Necesitamos para mejor inteligencia de las cosas decir que de la unión entre doña Manuela y el doctor Bond, ya citados, le quedaron huérfanos a doña Agustina varios nietos, de los que fue tutora y curadora: Enriqueta, Franklin, Carolina y Enrique, que murió. Doña Agustina los cuidaba y los amaba con la más tierna y exagerada solicitud, a título de que eran muy desgraciados no teniendo padre ni madre.

Resolvió, pues, hacer su testamento. Tenía un escribano condiscípulo y amigo, hombre seguro, de toda su confianza, con el que se tuteaba. Lo mandó llamar.

-Montaña, quiero hacer mi testamento.

-Bueno, hija.

-Siéntate y escribe.

Montaña se acomodó en una mesita redonda estilo imperio que conserva la familia, y doña Agustina, que tenía una excelente memoria, mucho orden y todas sus facultades mentales intactas a pesar de sus años y de sus achaques dolorosos, comenzó a dictar.

-Agustinita, eso que dispones no está bien.

-¿Por qué?

-Porque lo prohíbe la ley.

-¡Que lo prohíbe la ley! ¡já, ja, já! ¿Qué, yo no puedo hacer con lo mío, con lo que hemos ganado honradamente con mi marido, lo que se me antoje? escribí no más, Montaña.

-Pero, hija, si no se puede, si no será válido; no seas porfiada.

-¿Qué no se puede? escribí no más, que vos no sos el del testamento, sino yo, y ya verás si se puede...

-Pues escribiré y ya verás.

-Ya veremos.

Montaña siguió escribiendo, y la señora disponiendo sus bienes.

Montaña arguyó nuevamente: "Eso tampoco se puede", y la señora redarguyó: "Ya verás si se puede; escribí, nomás, escribí".

Montaña agachó la cabeza, siguió, y las mismas contradicciones se repitieron unas cuantas veces más...

-Bueno; lee ahora, Montaña.
Montaña leyó.

-Perfectamente, agregá ahora: Sé que lo que dispongo en los artículos tales y cuales es contrario a lo que mandan las leyes tales y cuales (cita todas tus leyes). Pero también sé que he criado hijos obedientes y subordinados que sabrán cumplir mi voluntad después de mis días: lo ordeno.

Y el testamento, que era una monstruosidad legal, se cumplió. La señora favorecía a sus tres nietos a tal punto, que todos ellos heredaban más que sus hijos.

El testamento se abrió; la primogénita, doña Gregoria, dijo: "Vayan a ver qué dice Juan Manuel". Así se hizo. Don Juan Manuel no lo leyó, diciendo: "Que se cumpla la voluntad de madre". Los otros de ambos sexos, sabiendo lo que había dicho el hermano mayor, contestaron lo mismo sin leer. Sólo Gervasio, el hermano menor, se lo hizo leer. Meditó, y después de reflexionar, dijo: "Que se cumpla la voluntad de madre. Pero vayan a decirle a Juan Manuel y a Prudencio que nosotros somos ricos, que de lo nuestro se tome para integrar la hijuela que a las hermanas mujeres corresponde..."

Y así se hizo, y la voluntad de doña Agustina López de Osornio prevaleció contra la ley, cumpliéndose lo que al testar le decía al escribano refractario, plenamente convencida de su infabilidad : "Ya verás como se puede ".

sábado, 11 de enero de 2014

Argentina: Parish y Rosas

Rosas y uno 
Por Rolando Hanglin | Para LA NACION 

Esta columna no debería pertenecer a la serie de los "pensamientos" sino, más bien, a la de las "confesiones". Cuando uno llega a cierta edad, tiende a decir su verdad profunda, por lo menos hasta donde la conoce, ya sin ánimo de impresionar a nadie. Es hora de mostrarse. 

Fui educado en la línea "San Martín-Rosas-Perón". Mi madre, la profesora de Historia Salomé Unia, contaba los acontecimientos argentinos desde 1810 como una atrayente novela, y en esa trama había tres héroes, todos generales del Ejército: San Martín, Rosas y Perón. Mi padre Roddy (más completo: Rowland Ruddock Hanglin) era anglo-argentino. Para algunos sonará raro, pero mi padre fue fervoroso peronista y, con el correr de los años, se hizo partidario de Arturo Frondizi. 

Estas son las ideas que uno ha mamado y que forman el pavimento de su propia mentalidad. Por aquel entonces, Rosas era sinónimo de anti-británico, y conviene recordar que, hasta los años 30-40, toda la política argentina estaba marcada por dicho tema. Desde 1770 en adelante, los ingleses tuvieron una intervención muy intensa en Argentina, Chile, Uruguay y Brasil. No hablemos ya de la India, Pakistan, Africa. El "anticolonialismo" fue una bandera de las naciones postergadas, en la primera mitad del Siglo XX. Después de la caída de Perón, en 1955, empezó a hablarse del imperialismo yanqui. Ya Perón había construido su gran movimiento social demonizando al influyente embajador americano en Buenos Aires, Mr. Spruille Braden. El slogan victorioso fue "Braden o Perón", y con esa consigna el coronel venció a todos los partidos políticos sumados, desde el conservador hasta el comunista. A partir de los años 60, en Argentina se entendió que el Reino Unido había pasado a la historia, y que el presente estaba dividido en dos mitades: el área USA y el dominio URSS. 

Por eso, los militares argentinos creyeron que "el viejo león apolillado" no reaccionaría si le quitábamos las Malvinas de un manotazo, y lo intentaron. Lo que siguió fue una cruel lección sobre las realidades de la vida. 

De todos modos: cuando yo tenía diez años (hace 55) todavía se juzgaba a Rosas como antibritánico, a primera vista, y la vuelta de Obligado se veía como una batalla heroica contra la prepotencia de Londres. 

Con los anglo-argentinos ocurre algo raro. Somos muchísimos, y muy variados: los chacareros de origen irlandés, los galeses de la Patagonia desde Arnold hasta Johnston, los escoceses de la Provincia de Buenos Aires, los ingleses que se adueñaron del comercio de la Capital a partir de 1806. Los de Temperley, los de Hurlingham, los de Belgrano, los de Luján, los de Lomas, los de Río Gallegos, los de Rawson, etc. Pero los intelectuales o dirigentes que se han hecho notar pertenecen a la izquierda, al nacionalismo, al peronismo o a la poesía independiente. Digamos: no tienen nada de probritánicos. Podemos contar a John William Cooke, William Patrick Kelly, Mario "Pacho" O´Donnell, Rodolfo J. Walsh, Rodolfo Fogwill, María Elena Walsh, y hasta Peter Campbell ("Peidro Canbél") que llegó con las invasiones inglesas y se quedó a vivir en las pampas, convirtiéndose en un gaucho colorado de bota de potro, coleta y dos aritos. Porque, señores, los gauchos usaban arito. No uno, sino dos. Casi estamos tentados de mencionar a Guillermo Brown y a Raúl Alfonsín Foulkes. La historia de nuestro país está llena de ingleses y anglos. Sin embargo, casi ninguno de ellos fue "pro-británico", en sus ideas y proclamas. Más bien, lo contrario. 

Cuando cursé mi secundario en el Colegio Nacional de Buenos Aires, los grandes referentes eran Domingo Faustino Sarmiento, Amadeo Jacques, Florencio Varela, Salvador María del Carril, Bernardino Rivadavia, Mariano Moreno, Manuel Belgrano. Todos liberales europeístas. Me sentía un poco incómodo frente a mi condiscípulo de primer año, "Charly" Ortiz de Rosas, rubio y de ojos celestes como el Restaurador. Rosas estaba descripto, en la historia oficial de aquellos días, como un Monstruo en su Orgía de Sangre. 

Cabe acotar que, en estas circunstancias, uno comprende que la línea San Martín-Rosas-Perón no existe como continuidad de personas afines, ni tampoco la línea Mayo-Caseros (1810-1852) sino que todo está mezclado, de manera que no es posible formar una guerra entre Buenos y Malos. 

El lector de temas históricos siente el impulso de investigar. Conocer, descubrir, entender. Naturalmente, es imposible investigar si uno tiene resuelta la sentencia desde el comienzo. Si ya conocés el resultado: ¿Para qué averiguar más? 

Yo también tuve 20 años. En aquella época, creía que lo mejor que podía pasarle a nuestro país era elegir presidente a don Arturo Jauretche. Fundador de FORJA, crítico de los alvearistas y rebelde ante los chupamedias de Perón, fue eyectado del peronismo en 1950. Permaneció como referente de los revisionistas y los nacional-populares con arraigo en la provincia de Buenos Aires, el territorio propio de Rosas. Más adelante, lo substituyó en la moda intelectual don Jorge Abelardo Ramos, un gran escritor de temas históricos y políticos. Y hoy parece estar de actualidad (otra vez) el Sr. Jauretche, mi favorito de los 20 años, cuando no había elecciones en nuestro país. Jauretche nunca tuvo la menor chance de subir al poder. No anduvo ni cerca. 

Cuando uno se encuentra con las cosas raras de la vida y la historia, entiende que debe empezar a estudiar. Porque todo, absolutamente todo, está en los libros. Y nada, absolutamente nada, hay en los foros de internet, más que insultos, exclamaciones, orgasmos de 4 letras y frases sueltas. 

Buscando, buscando, buscando, me encontré con el libro del señor Raed. 

¿ROSAS, CONDECORANDO AL EMBAJADOR INGLES? 

En mi adolescencia, lo normal era atribuirle al brigadier general Juan Manuel de Rosas la condición de caudillo bonaerense, jefe de los estancieros y dictador absoluto de la Nación, con el rótulo formal de gobernador de Buenos Aires, entre los años 1830 y 1852. Nos enseñaron que fue derrocado por Justo José de Urquiza en la batalla de Caseros, que luego se exilió en Inglaterra, y punto. Fue un nacionalista cabal, católico, patriota, duro con los indios y -sobre todo- enemigo de los ingleses. Hoy día lo reivindican todos los nacionalistas, de izquierda y de derecha. 

Al cabo de los años, uno se encuentra con el libro de José Raed: "Rosas y el cónsul general Inglés, las condecoraciones". ¿Qué condecoraciones? ¿Para los piratas que nos robaron las Malvinas? 

Mr. Parish

Y bien: hubo condecoraciones, no una sino tres. 

El condecorado fue Mr. Woodbine Parish, nacido en Londres el 14 de septiembre de 1786, hijo de Mr. Woodbine Parish y de Mrs. Elizabeth Headley. Este hombre perteneció al servicio exterior británico, revistando en Paris, Sicilia y Nápoles. Colaboró también con Mr. Thomas Maitland, quien -para los lectores que hemos seguido las publicaciones de Rodolfo Terragno y Juan Baustista Sejean- ostenta un nombre familiar, ya que presentó a la Corona Británica un plan estratégico destinado a conquistar Buenos Aires, luego Santiago de Chile, invadiendo después Lima por el Pacífico, y así arrebatar a los españoles el corazón monárquico de Hispanoamérica. ¡Exactamente lo que hizo San Martín! Ya estaba escrito y planeado por los ingleses antes del año 1800. 

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Toda nuestra historia huele a tweed, a puerto, a cuero, a foot-ball, a scotch-whisky. 

Seguramente, Mr. Parish prestó servicios discretos pero importantes a la Confederación Argentina que conducía Rosas. Estoy seguro de que el Restaurador no les regaló nada a los ingleses, y también estoy seguro de que lo recibieron con toda cordialidad en Southampton, porque el amor con amor se paga. Más que eso, no sé. 

Existen otros vasos comunicantes entre San Martín y Rosas. El Libertador mantuvo una cálida correspondencia con el Restaurador de las Leyes (es decir, el hombre del Orden) y le legó su famoso sable corvo, hoy custodiado por los Granaderos. En todos estos vasos intervienen los ingleses. 

El Sr. Woodbine Parish, cónsul general del Reino Británico en el Río de la Plata, recibió de Rosas, a través de su canciller don Felipe Arana: la condición de ciudadano honorario de la Confederación Argentina, el título de coronel de Caballería de la misma y el derecho a utilizar la bandera argentina, sus colores y escarapelas, en el escudo de armas de su familia. 

Todo esto: ¿A cambio de qué favores? 

Repito, no sabemos. Pero, Inglaterra nos había arrebatado las Islas Malvinas en una operación pirata, que aún pervive y, tal como van las cosas, puede durar un par de siglos más. Por otra parte, si los porteños no nos hicimos problemas al perder el Uruguay, el Paraguay, el Alto Perú, y hoy discutimos al general Roca porque cometió el atropello de salvar la Patagonia para nosotros... ¿Estamos tan dolidos por la pérdida de las Malvinas, cuando sólo hemos retenido el 40 por ciento del Virreinato del Río de la Plata? ¿O fingimos un patriotismo ensangrentado cuando las grandes derrotas nos resbalaron sobre la piel? ¿Somos patriotas o bufones? Y no se trata de que esos territorios fueran "propiedad" de Buenos Aires, sino de la integridad de una gran nación hispana-sudamericana equivalente al Brasil, cuya capital podía estar en Montevideo, La Paz o Río Cuarto. 

Rosas, después de la gesta de Obligado y los enfrentamientos con Francia e Inglaterra, fue derrocado por los unitarios y sus amigos (liberales europeístas) en 1852. Como él mismo lo testimonia, tenía todo organizado para subir -si Caseros resultaba adverso- a una chalupa inglesa y abandonar Buenos Aires, con destino a Londres. Con la ayuda del cónsul británico, Mr. William Gore, así lo hizo con sus 17 cajones de archivo y sus enormes baúles. En Inglaterra fue recibido con honores (una salva de 21 cañonazos en el puerto de Southampton, para escándalo de "The Times", que censuró a las numerosas personalidades de la nobleza y el funcionariado que acudieron a estrechar la mano del general Rosas, una mano "manchada de sangre") y luego administró su propia chacra inglesa durante 25 años. Había gobernado la provincia con mano de hierro, por 20 años. Manejó su "farm", cerca de Southampton, hasta su muerte, antes de cumplir 84. 

Su último amigo, en aquellos tristes años de exilio, fue el Sr. Justo José de Urquiza. El mismo que lo había depuesto, y que lamentó en sus cartas el "maldito día" en que se le ocurrió voltear a don Juan Manuel. 

PROGRAMA DE ESTUDIOS 

Estas noticias concernientes al Sr. Parish nos dejan estupefactos. Porque, además, los sobrinos del cónsul, señores John y William Parish Robertson, vivieron en estas tierras desde 1806 hasta 1830, y presenciaron toda la época de Rosas. Más aún: el señor Parish Robertson fue testigo privilegiado de la batalla de San Lorenzo (única librada por San Martín en nuestro territorio) y terminó comprando un campo en esa localidad, que finalmente... vendió a ¡los socios de Rosas, la familia Terrero! 

Dice, en su libro sobre Rosas-Parish, el Sr. Raed: "El obsequio efectuado por Rosas es de una gravedad sin precedentes que ningún otro gobernante, por obsecuente que fuera con alguna potencia extranjera, llegó a hacer como expresión de servilismo... 

Rosas estuvo íntimamente ligado a los intereses ingleses, mercantiles y comerciales, representando los objetivos de su clase, ganadera y terrateniente de la provincia de Buenos Aires, a veces coincidiendo con el Litoral...Las fuerzas de la revolución necesitaban imperiosamente el apoyo internacional de Inglaterra. Pero eso no significaba ponerse de rodillas". 

Agregamos algunos detalles: Rosas no participó de la revolución de mayo. Su ídolo y protector personal fue el virrey Santiago de Liniers, un monárquico francés, partidario del Ancien Régime, fusilado por orden de Moreno y/o Monteagudo. Juan Manuel se arrimó a Buenos Aires hacia 1820, para restaurar el orden, la ley, el respeto por la propiedad, la religión y la familia. 

En otras palabras: fue un caudillo español, precursor de Francisco Franco y del General Perón, que también fueron admiradores de Mussolini. 

¿Hay que enojarse? No, hay que estudiar un poco más. 

Si el lector encuentra que nuestra historia, según estas breves líneas que escribe un simple periodista, historiador aficionado si se quiere, está llena de paradojas, hasta el punto de que todo parece una cadena de mentiras e imposturas...le recuerdo que la Revolución Libertadora de 1955, como primera medida, prohibió que se pronunciara el nombre de Juan Perón. No sus ideas, no su historia, no su movimiento. No: su nombre. Surgieron así mil maneras de nombrarlo: "el tirano prófugo, el dictador depuesto, el canalla, el líder, el que te dije, el macho, el jefe, Pocho". 

En fin. Si esto es una revolución "libertadora", yo soy el Papa de Roma.