Marinos de origen británico muertos bajo bandera argentina
RESUMENEn la noche del 14 de enero de 1941, remolcado por una lancha de la Prefectura, ingresó al Puerto de Punta del Este un bote volador anfibio de la Marina de Guerra británica en plena Segunda Guerra Mundial, en posible misión de vigilancia de un mercante de la Francia de Vichy, fondeando frente a la Isla Gorriti. Un episodio de hidroaviación prácticamente olvidado o desconocido en los anales de la historia de la aeronáutica nacional. Años atrás, mirando el libro de imágenes de Punta del Este publicado por la señora Mecha Gattás, encontré en él la foto en blanco y negro de un hidroavión en el puerto del balneario sin ninguna identificación a su pié, solamente se entreveía en el fuselaje una cocarda o escarapela circular como en general es de uso en las aeronaves militares. Estando en Punta del Este, entrevisté a la Sra. Gattás a fin de indagar sobre dicho aparato, muy amablemente me hizo saber que la referida foto se la había prestado el señor Juan Ignacio Risso, de la conocida librería Linardi y Risso. En Montevideo fui a visitar al señor Risso, quién cortésmente tuvo la gentileza de hacerme una copia, aunque sin tener una idea de la fecha y alguna otra forma para su reconocimiento. Luego de averiguar con un experto cual era el tipo de aeronave , vimos que se trataba de un anfibio Supermarine Walrus, por lo cual pensamos que podría ser argentino, dado la escarapela en blanco y negro semejante a la argentina y a la cercanía de sus bases. Asistido por esa razón, recordé el libro del Contralmirante Pablo E. Arguindeguy “Historia de la Aviación Naval Argentina”, donde me enteré que la Armada Argentina había contado con diez aparatos de este tipo en los años cuarenta y cincuenta, sin lograr más datos. A fines de 2008, me llamó por teléfono el señor Martínez Trobo de la Biblioteca Nacional, a fin de que lo ayudara a identificar fotografías aeronáuticas de la Sección Histórica. Entre muchas de ellas me encontré con varias del “Walrus” y de su tripulación, en las cuales daban su origen como británico y fechas de cuando fueron tomadas, lo que comenzó a despejar mis dudas, sumándose a todo esto otros datos y copias de ellas cedidas galantemente por la Biblioteca, con la intervención de Martínez Trobo. Con estos detalles me fui a los diarios de la época de la guerra, donde encontré los siguientes antecedentes: El domingo 12 de enero de 1941, luego de haber embarcado en el Antepuerto de Montevideo varias toneladas de productos de exportación, suministrados por diversos frigoríficos, zarpó a las 19 y 30 el paquebote francés “Mendoza”, el cual salió el 10 de enero de Buenos Aires. Dicho buque de 8.233 toneladas había sido botado el 6 de febrero de 1920, para la Société Générale de Transports Maritimes à Vapeur S.A., Marseilles. Iba tripulado por setenta y dos marinos y quince pasajeros, al mando del Capitán Paul Mourard. Su destino era los puertos de Dakar y Marsella, fletado por el Gobierno de Vichy. El “Walrus” en el Puerto de Punta del Este – enero de 1941 A unas cinco millas al sur de la punta de José Ignacio y a unas ochenta de Montevideo, aparentemente fuera de nuestras aguas jurisdiccionales, fue interceptado y detenido en la madrugada del 13 de enero por el Crucero Auxiliar británico “Asturias”(de 22.048 toneladas, que estaba artillado con ocho cañones de 152 mm y dos de 76 mm ). Desde una lancha de dicho Crucero Auxiliar fue abordado y el oficial a su mando le exigió al Capitán el certificado “Navicert”, sin cuyo requisito era imposible franquear el control marítimo inglés. Por tal razón el “Mendoza” se vio obligado a retornar al oeste hacia Montevideo. Primero en su ruta pasó entre Isla de Lobos y la costa, continuando hacia nuestra capital fondeando en la rada exterior del puerto a las 22:30 horas. Allí el Capitán se puso en contacto con sus armadores, la firma Navifrance, que estaba situada en la calle 25 de Mayo 350 esquina Solís, zarpando nuevamente hacia su destino a las 12:10 del día 14, pero entró en la bahía de Maldonado en nuestras aguas y fondeó frente a la Isla Gorriti a la hora 19:00 esperando nuevas instrucciones de sus armadores. Mientras esto ocurría, el “Asturias” diez y ocho millas al sur, en aguas internacionales, igualmente esperaba los acontecimientos. Crucero Auxiliar HMRS “Asturias” En esos momentos el Prefecto del Puerto de Maldonado era el Capitán de Fragata (CG) Zapicán Rodríguez, quién por supuesto estaba al tanto de la situación creada por la presencia del “Mendoza” en su jurisdicción, ya que había informado al Prefecto General de Puertos el 13 de enero, de todos los movimientos de estos dos buques. Paralelamente a estos acontecimientos se encontraba en Punta del Este el Guardacostas “Salto”, nave que en 1936 había llegado desde Italia a Montevideo, luego de cruzar el Atlántico al mando del C/F Rodríguez. A todo esto se vino a sumar el arribo en la noche del martes 14 de enero, de un hidroavión británico (en realidad bote volador anfibio) Supermarine “Walrus”. La llegada inesperada de este aparato fue de la siguiente manera: a las 21 y 30 del citado martes el marinero de la Prefectura Dalmiro Acosta atisbó unas luces que procedían de una embarcación desconocida inmóvil, como si estuviera “al pairo”, por lo cual dio cuenta al Ayudante de 3ra. Clase Gladstone Mullins, quién advirtió que se trataba de un hidroavión. Al enterarse el Prefecto, luego de averiguar su situación, dio la orden de remolcarlo con la lancha de la Prefectura hacia el puerto, lo cual se efectuó sin problemas. Dicho aparato se había quedado sin combustible, pensamos que fue al no encontrar a su buque nodriza, que podría ser alguna unidad de la División Naval británica que prestaba servicios en el Atlántico Sur. Esta noticia trascendió a la prensa nacional e internacional, que no pudo averiguar mas ante el silencio del Prefecto, haciendo algunos diarios nacionales infinidad de conjeturas sobre los hechos, como “La Tribuna Popular” y otros que escribieron sobre la invasión a nuestra soberanía por el aparato militar británico. El Walrus listo a partir 22 de enero de 1941 El hecho fue que el Walrus y su tripulación que estaba compuesta por: el Teniente de 28 años Colin Meiklejohn (según La Nación de Buenos Aires, Teniente de Navío), el piloto de 25 años Frederick Davies y el radio operador de 21 años Norman Moulden, quedaron internados en Punta del Este, pasando los tripulantes a un hotel a la espera de la dilucidación del problema. En la prensa nacional erróneamente se dijo que pertenecían a la Royal Air Force, aunque realmente formaban parte de la Fleet Air Arm. Mientras tanto el miércoles 15 de enero los armadores del “Mendoza”, conjuntamente con la legación francesa representada por el diplomático Mr. Henri Hoppenot, pudieron arreglar de momento la situación del buque, que le permitió salir ese mismo día a las 12:00 horas de su fondeadero de la Isla Gorriti hacia su destino; de la misma forma el “Asturias” siguió su marcha hacia el este a diez millas del “Mendoza”. Por la prensa se supo que el jueves el buque francés ya había pasado través el Puerto de Río Grande, al sur de Brasil, dentro de sus aguas territoriales. Las últimas noticias del “Mendoza” que aparecieron en la prensa nacional, lo daban través Santa Catalina. Finalmente según La Nación de Buenos Aires, el buque francés fue capturado por el “Asturias” frente a Porto Belo fuera de las aguas jurisdiccionales brasileñas, no apareciendo mas en las noticias. Hasta aquí es lo que logré indagar en los diarios nacionales y argentinos de la Biblioteca Nacional. Pero por otra parte, gracias a la ayuda del Dr. Juan Oribe Sttemer, según diferentes fuentes tenemos que: el “Asturias” lo apresó a 60 millas al este de Montevideo y transferido al Ministerio de la Guerra Transporte. Su final fue trágico pues el 1° de noviembre de 1942 lo torpedeó y hundió el submarino alemán U-178 a 70 millas de Durban, Sudáfrica, en el océano Índico. Antes de continuar con el relato, debo decirles que el “Mendoza” tuvo grandes vinculaciones con el Río de la Plata y con nosotros. Con el Río de la Plata, porque desde los años veinte hacía la ruta a Europa y regresaba, formando parte de la Compañía Francesa de Navegación, ya reseñada, cuyo Agente General era el señor André Boyer. Con nosotros, porque el lunes 30 de julio de 1928 atracó a las 18.30 en el Muelle A sobre el ángulo de la Dársena I, procedente de Europa trayendo de pasajeros a los Campeones Olímpicos de fútbol, que el 4 de julio lo habían conquistado en Ámsterdam. Volviendo a la historia, en los momentos de la partida de las naves, el “Salto”, que continuaba en Punta del Este, tenía órdenes del Gobierno de esperar allí, ante la posible necesidad de que fuera forzosa su presencia dentro de las aguas nacionales, sin que tomara intervención dado que los hechos se desarrollaron normalmente al abandonar ambos navíos sus fondeaderos. En el ínterin los tripulantes de la aeronave gozaban en el balneario de absoluta libertad y de unos días de grato veraneo. Varias familias de residentes ingleses como los Hardman, Bell y Waller, los acompañaron y agasajaron, recibiéndolos en sus casas. Por otra parte el Vicecónsul del Reino Unido en Maldonado Sr. John Griffith O’Donaghue, por órdenes de su superior, el Ministro de Su Majestad Británica en nuestro país, Sr. Eugen Millington-Drake, los asistió en todo momento. Durante este episodio el Presidente de la República era el General Arquitecto Alfredo Baldomir, el Ministro de Relaciones Exteriores era el Dr. Alberto Guani y el Ministro de Defensa Nacional el Gral. de División y Arquitecto Alfredo R. Campos. Todos ellos lógicamente se vieron involucrados en este suceso sobre el cual no se tenía antecedentes. En una reunión hemisférica anterior en Panamá se trataron, luego del incidente del Graf Spee, los posibles problemas con navíos pero no con aeronaves militares. Lógicamente este suceso trajo aparejado una serie de notas entre el Ministerio de Relaciones Exteriores y las legaciones francesa, británica y alemana encabezadas por los Ministros: Henri Hoppenot, Eugen Millington-Drake y Otto Langmann. Finalmente el 20 de enero el Ministro de Relaciones Exteriores Dr. Guani comunicó al Ministro Millington-Drake que se había tomado la resolución por la cual se le daba un plazo de 48 horas, para que la aeronave abandonara Punta del Este, plazo que vencía el 22 de enero a las 12:00 horas; además el aparato sería provisto de combustible por medio de dos tanques de 300 litros cada uno traídos de Montevideo y ayuda en posibles reparaciones. Quedando el aparato en condiciones en la tarde del martes 21. El miércoles 22 de enero, temprano en la mañana los tripulantes del Walrus se despidieron del Prefecto y de la tripulación del Guardacostas “Salto”, así como del Vicecónsul. Una numerosa concurrencia acudió al puerto a fin de estar presentes en el momento de la partida a pesar de lo temprano de la hora. A las 08.50 el hidro fuera del puerto despegó sin problemas, pasó sobre el público como saludo y tomó dirección Este. De esta forma se dio por finalizado este episodio de hidroaviación único en nuestros anales aeronáuticos de la Segunda Guerra. El Walrus despegando En virtud de no estar reglamentadas aquí las disposiciones de las convenciones internacionales de París y Panamá, referentes a la internación de aeronaves de guerra que se detengan en territorio uruguayo; se hizo entrega del avión. Esa falla fue subsanada el día 22 como se vio, por medio de un decreto especial que establece el régimen que se deberá seguir en tales casos. El texto de estas disposiciones, así como lo actuado a raíz de la detención del “Mendoza”, fue remitido a la Comisión de Neutralidad que actuaba en Río de Janeiro. La fábrica de aviones británica The Supermarine Aviation Works Ltd. de Southampton, que entre otras aeronaves diseñó y fabricó el famoso avión de caza “Spitfire”, era una antigua planta fundada en 1912. El “Walrus” (que quiere decir “morsa”) fue delineado en 1935 basado en el Seagull de 1933 para prestar servicios en la Flota y en la RAF. En la Flota como aparato de reconocimiento, rescate y antisubmarino, catapultado, en uso en acorazados, cruceros y en otros buques de guerra equipados con catapultas. Tenía como armamento defensivo dos ametralladora, una en la proa y otra dorsal; podía cargar hasta seiscientas libras de bombas debajo de las alas. Su motor era un Bristol Pegasus propulsor de 775 hp. Los cruceros “Exeter” y “Ajax” que intervinieron en el combate con el “Graf Spee” estaban dotados de “Walrus”. El aparato que estuvo casi ocho días entre nosotros era el “Walrus Mk. I” fabricado en la factoría de Woolston, matriculado P5698. Como se puede colegir, el “Walrus” estaba cumpliendo una misión de observación y vigilancia del mercante francés y posiblemente a la espera de otro gemelo, como lo era el “Campana” que estaba en Buenos Aires a la espera de partir, según le fuera al “Mendoza”, de acuerdo a lo que aparecía en la prensa. Crucero Auxiliar alemán “Thor” Evidentemente la aparición del hidro en Punta del Este pudo estar íntimamente ligado a los mercantes de Vichy, o quizá fuera posible, según lo que nos sugirió el Dr. Juan Oribe Sttemer, que perteneciera a uno de los cruceros de la División Naval del Atlántico Sur, como el “Newcastle” o el “Cumberland”(que sí estaban dotados de “Walrus”) y el “Enterprise”, que por ejemplo, en diciembre de 1940 había estado en el Puerto de Montevideo y, entre otras misiones las citadas naves tenían la de perseguir al crucero auxiliar alemán “Thor”, de 9.200 toneladas, mercante armado que había tenido un encuentro con el crucero auxiliar británico “Carnarvon Castle” de 20.122 toneladas, al sur-este de Río de Janeiro el 5 de diciembre de 1940, nave que tuvo que ingresar al Puerto de Montevideo a reparaciones, la cual recordamos haberla ido a ver al puerto con nuestro padre. “Carnarvon Castle” Según el diario italiano “La Stampa” de Turín del 17 de enero de 1941, el buque nodriza del “Walrus” era el “Cumberland” BIBLIOGRAFÍA-Aviones de la II Guerra Mundial por Chris Chant -Flying Boats and Seaplanes por Kenneth Munson -Janes’s All the World’s Aircraft, 1936 -Historia de la Aviación Naval Argentina por C/A Pablo E. Arguindeguy -The War at Sea 1939-1945 por Captain S.W. Roskill -German auxiliary cruiser Thor-Wikipedia, the free encyclopedia -Diario de Montevideo “El Pueblo” de enero de 1941 -Diario de Montevideo “La Tribuna Popular” de enero de 1941 -Diario de Montevideo “Diario del Plata” de julio de 1928 -Diario de Buenos Aires “La Nación” de enero de 1941 -Documentos del Ministerio de Relaciones Exteriores -Documentos suministrados por el Dr. Juan Oribe Sttemer -Fotos del “Mendoza” y del “Carnarvon Castle”, suministradas por el Dr. Juan Oribe Sttemer -Fotos de la Biblioteca Nacional y del autor |
Un soliloquio sobre ideología, espionaje y la anatomía secreta del gobierno inglés
Empecemos por donde siempre hay que empezar: con un dato que parece trivial y resulta ser una ventana.
¿Cuántos primeros ministros británicos desde la Segunda Guerra Mundial se graduaron en Cambridge? La respuesta correcta no es "pocos". La respuesta correcta es ninguno. Cero. El último fue Stanley Baldwin, que dejó el cargo en 1937, cuando Hitler ya llevaba cuatro años en el poder y todavía faltaban dos para que el mundo se incendiara. Desde entonces —ochenta y pico de años, más de una docena de primeros ministros— todos los que fueron a la universidad en Inglaterra fueron a Oxford. Todos. Sin excepción, salvo Gordon Brown, que estudió en Edimburgo y que, significativamente, era escocés.
Bien. ¿Y qué? ¿Por qué debería importarle esto a alguien que vive en Buenos Aires?
Porque el poder tiene anatomía, y entender cómo se reproduce —quiénes lo heredan, de dónde vienen, qué instituciones los forjan— es entender algo fundamental sobre cómo funciona el mundo. Y Gran Bretaña, que alguna vez gobernó un cuarto del planeta y que todavía hoy moldea instituciones, lenguajes y estructuras de poder desde Lagos hasta Hong Kong, tiene una anatomía particularmente interesante. Arrancamos.

Universidad de Oxford
Hagamos las cuentas históricas primero, porque el cuadro completo es más rico que el dato moderno.
De los 58 primeros ministros que tuvo Gran Bretaña desde que el cargo existe formalmente —y existe desde Robert Walpole, que asumió en 1721—, 31 fueron a Oxford y 14 a Cambridge. Durante buena parte del siglo XVIII y el XIX las dos universidades competían con relativa paridad. Cambridge tiene figuras enormes: William Pitt el Joven, el fundador de la premiership moderna, fue a Cambridge. Walpole mismo fue a Cambridge. Palmerston, Melbourne, varios de los grandes whigs del siglo XIX.
Pero después algo cambia. Oxford empieza a distanciarse. Y después de la Segunda Guerra, la brecha se convierte en un abismo.
La lista de primeros ministros de posguerra que fueron a Oxford es casi la historia entera del cargo: Attlee, Eden, Macmillan, Douglas-Home, Harold Wilson, Heath, Thatcher, Blair, Cameron, May, Boris Johnson, Liz Truss, Rishi Sunak. Los que no fueron a Oxford no fueron a Cambridge tampoco: Churchill no fue a ninguna universidad (fue al Sandhurst militar), Callaghan tampoco, John Major tampoco, y Brown fue a Edimburgo. Nadie de Cambridge. Literalmente nadie.
¿Cómo es posible que una de las dos universidades más prestigiosas del mundo no haya producido un solo líder de gobierno en casi noventa años?
Acá la respuesta es sí, y viene de varias direcciones.
La primera explicación es institucional y casi banal: Oxford tiene la Oxford Union y una cultura política que funciona como un Congreso en miniatura. Los futuros primeros ministros debatían ahí desde los veinte años, hacían redes, aprendían a hablar en público, cultivaban alianzas. Heath fue presidente de la Union. Boris Johnson también. Macmillan tuvo múltiples cargos. Thatcher participaba activamente. La Union no es solo un club de debates: es, en palabras de quienes la conocen de adentro, una suerte de "Cámara de los Comunes para chicos de veinte años".
La segunda explicación es académica: la carrera de Filosofía, Política y Economía —el famoso PPE de Oxford— se convirtió en el conveyor belt por excelencia hacia la política británica. Tres de los últimos seis primeros ministros la estudiaron. El PPE impregna los ministerios, los think tanks, el periodismo político, las bancadas de los dos partidos principales. Cambridge nunca tuvo un equivalente con ese peso político específico.
La tercera explicación es más sutil y más interesante: las dos universidades desarrollaron identidades culturales distintas. Oxford, con toda su carga monárquica, anglicana y conservadora, se convirtió en el hogar natural de quienes aspiraban a gobernar desde adentro del sistema. Cambridge, más orientada a las ciencias, más dispuesta a cuestionar el orden establecido, más internacionalista en su cultura intelectual, formó brillantes científicos, jueces, CEOs tecnológicos, premios Nobel —pero no tantos primeros ministros.
Acá nos ponemos más interesantes.
La diferencia Oxford-Cambridge no es simplemente una diferencia de partido. No es que Oxford forme conservadores y Cambridge forme laboristas. Los datos lo refutan de entrada: los primeros ministros laboristas de posguerra —Attlee, Wilson, Blair— también fueron a Oxford. La hegemonía oxoniense atraviesa partidos.
Pero sí hay una diferencia de temperamento político que viene de larga data. Oxford históricamente cargó con la tradición anglicana, monárquica, tory en el sentido más profundo del término: el poder como algo a preservar, administrar y transmitir dentro de ciertos círculos. Cambridge, la más "joven" de las dos (fundada en 1209 contra los 1096 de Oxford), adoptó antes el newtonianismo, las ciencias, y más tarde una cultura intelectual más irreverente y dispuesta al cuestionamiento radical.
Y en los años treinta del siglo pasado, esa diferencia de temperamento produjo algo que marcaría la historia política británica durante décadas: en Cambridge, entre 1929 y 1935, un grupo de jóvenes brillantes, privilegiados y profundamente desilusionados con el capitalismo en crisis y con el avance del fascismo en Europa, se convirtieron en comunistas. Y algunos de ellos, reclutados por la inteligencia soviética, se convirtieron también en espías.
Sí, y esto no es propaganda anticomunista retrospectiva: es historia documentada.
En los treinta, ser comunista o simpatizante del marxismo era, en ciertos círculos intelectuales de Cambridge, casi una posición mainstream entre quienes pensaban con seriedad. El capitalismo había producido la Gran Depresión. El fascismo avanzaba. La Unión Soviética parecía, a ojos de muchos jóvenes idealistas, la única alternativa creíble al desastre. En ese contexto, agentes de la NKVD —el predecesor del KGB— identificaron en Cambridge un terreno fértil para el reclutamiento.
Lo que encontraron excedió sus propias expectativas.
Cinco hombres. Guy Burgess, Donald Maclean, Kim Philby, Anthony Blunt y John Cairncross. Todos pasaron por Cambridge en los años treinta. Todos fueron reclutados por la inteligencia soviética. Y todos lograron infiltrarse en los lugares más sensibles del Estado británico: el MI5, el MI6, el Ministerio de Relaciones Exteriores, la embajada en Washington, el Palacio de Buckingham.
Lo que hace al caso particularmente perturbador —y fascinante— no es solo lo que espiaron, sino cómo pudieron hacerlo.

La respuesta está en la propia anatomía de la clase dirigente británica. Estos cinco hombres eran exactamente el tipo de persona que se supone que debe gobernar Gran Bretaña: educados en los mejores colegios privados, egresados de Cambridge, con los modales, los acentos, las redes sociales y la confianza irradiada por siglos de clase alta. El sistema de "old boys" —esa red de confianza implícita entre quienes comparten escuela, universidad y club— estaba diseñado para funcionar sin documentar, sin cuestionar, sin sospechar de los suyos. Y los soviéticos lo aprovecharon con maestría.
Philby llegó a ser el jefe de contrainteligencia soviética del MI6 —es decir, el hombre a cargo de encontrar espías soviéticos dentro del servicio de inteligencia británico era él mismo un espía soviético. Desde ese cargo filtró información sobre operaciones conjuntas con la CIA, avisó a Maclean y Burgess que estaban por ser descubiertos, y durante años fue considerado el sucesor más probable del jefe del MI6.
Maclean tuvo acceso al Comité de Desarrollo Atómico conjunto entre Estados Unidos y Gran Bretaña. Blunt fue asesor de arte de la reina Isabel y trabajó en el MI5. Cairncross pasó documentos sobre el proyecto nuclear y sobre los planes de la OTAN. La penetración fue total, sostenida durante dos décadas, y sus consecuencias para la relación especial angloamericana fueron devastadoras.
En etapas, y cada revelación fue más escandalosa que la anterior.
El primer golpe fue en 1951, cuando Burgess y Maclean desaparecieron abruptamente y reaparecieron en Moscú. La sospecha inmediata cayó sobre Philby —que los había avisado— pero no había pruebas suficientes para acusarlo formalmente. Philby siguió operando, negando todo, con esa aplomada seguridad que solo dan los colegios privados británicos. Recién en 1963 huyó a la Unión Soviética.
Blunt fue descubierto en 1964, confesó a cambio de inmunidad, y siguió siendo el curador de arte de la reina durante quince años más, su secreto celosamente guardado por el Estado británico. Fue Margaret Thatcher quien finalmente lo expuso públicamente ante el Parlamento en noviembre de 1979 —en uno de los momentos más dramáticos de la historia política de posguerra— y la reina le retiró el título de caballero.
Cairncross no fue públicamente identificado como el "quinto hombre" hasta los noventa.
Acá hay que ser precisos, porque la tentación de construir una causalidad directa es grande pero no del todo sostenida por los hechos.
El problema cronológico es este: el último primer ministro de Cambridge, Baldwin, dejó el cargo en 1937. El escándalo público del anillo no estalló hasta 1951, con la fuga de Burgess y Maclean. Es decir: la sequía de primeros ministros de Cambridge precede en catorce años al momento en que la opinión pública se enteró de que había espías soviéticos formados en esa universidad.
Entonces, la causalidad directa —"Cambridge dejó de dar PMs porque sus egresados resultaron espías"— no funciona como explicación principal. El fenómeno ya estaba en marcha antes.
Lo que sí puede decirse con más cuidado es esto: el anillo de Cambridge y la izquierda radical de los treinta eran síntomas del mismo fenómeno subyacente que también explica la sequía. La cultura intelectual de Cambridge —más abierta al cuestionamiento radical, más internacionalista, más distante del conservadurismo establecido— creó al mismo tiempo espías soviéticos y una reputación de institución políticamente "poco confiable" para quien aspirara a dirigir el Estado. Oxford, con su cultura de preservación del orden y su infraestructura política (la Union, el PPE, los clubes), era simplemente el lugar donde se formaban los que querían gobernar y donde el sistema los reconocía como suyos.
Dicho de otro modo: no es que Cambridge produjera espías y por eso dejó de producir primeros ministros. Es que las mismas razones por las que Cambridge era culturalmente más permeable al radicalismo también explican por qué no era el hogar natural de quienes aspiraban a ejercer el poder desde las instituciones establecidas. El anillo de espías y la sequía de PMs son dos síntomas del mismo diagnóstico, no causa y efecto.
Ahora bien: a partir de 1951, con cada nueva revelación —Philby en el 63, Blunt en el 79— la asociación simbólica entre Cambridge y la traición se profundizó en el imaginario político británico. Y eso sí puede haber contribuido, en el margen, a desalentar a los pocos egresados de Cambridge con ambiciones políticas que pudieran haber llegado a lo más alto. El estigma no crea la tendencia, pero puede reforzarla.
Por varias razones que van más allá del cotilleo histórico.
Primera: porque ilustra cómo el poder se reproduce. Gran Bretaña es, en muchos sentidos, el caso más puro que existe de una oligarquía moderna: un sistema que logró sobrevivir la democratización, las guerras mundiales, la descolonización y el Estado de bienestar sin perder el núcleo de sus élites. Esas élites se reproducen a través de las public schools y de Oxford principalmente —no por conspiración, sino por mecanismos institucionales mucho más sutiles y por eso mismo más eficaces que cualquier conspiración.
Segunda: porque muestra que las instituciones tienen cultura, y que esa cultura importa tanto como el conocimiento que transmiten. Oxford no formó mejores economistas ni mejores filósofos que Cambridge. Formó mejores operadores políticos porque tenía la infraestructura, los ritos y la identidad que orientaban a sus estudiantes hacia el poder del Estado.
Tercera: porque el caso de los espías de Cambridge es una de las advertencias más elocuentes de la historia sobre los límites del modelo de la confianza de clase. Los soviéticos no necesitaron infiltrarse en los barrios obreros de Manchester. Fueron directo al corazón de la élite, donde el sistema funcionaba sobre la base de que "los nuestros" no traicionan. Y los nuestros traicionaron durante veinte años seguidos.
Y cuarta: porque la Argentina tiene su propia versión de estas preguntas. ¿Qué universidades forman a quienes gobiernan? ¿Qué culturas institucionales los moldean? ¿Cuándo la permeabilidad ideológica es una virtud intelectual y cuándo una vulnerabilidad política? ¿Cómo se reproduce el poder en una sociedad que dice ser meritocrática pero que funciona sobre redes de confianza no del todo distintas a las del viejo sistema de old boys inglés?
La distancia geográfica con Cambridge es enorme. La distancia entre esas preguntas y las nuestras, mucho menos.
Todas las cifras citadas en este texto están documentadas en registros de las universidades de Oxford y Cambridge, Wikipedia, Times Higher Education y la Sutton Trust, entre otras fuentes.
REVISTA GUARDACOSTA
Fuente: Revista GUARDACOSTA- N° Año 19 Autor: Gabriel Porras Troconis
El 20 de enero de 1533 echó el madrileño Pedro do Heredia, en la amplia bahía denominada Cartagena por el experimentado marino y cartógrafo Juan de la Cosa, los fundamentos de la ciudad que después habría de tomar ese nombro. La fundación la narra Juan de Castellanos y la confirma Gonzalo Fernández do Oviedo cuando dice: "Primero de junio de aquel año de mil ó quinientos treinta y tres años, nombró el gobernador por primeros alcaldes ó regidores para el pueblo de Calamar, donde hizo su asiento, é mandó que se llamase la ciudad de Cartagena". En efecto, Castellanos, en el relato que hace de la fundación, reconoce que en ese momento no se dio a la nueva población nombre alguno, sino que lo adquirió más tarde. En el primer Congreso Hispano Americano de Historia reunido en Cartagena a fines de diciembre de 1933, después de cinco sesiones dedicadas a dilucidar cuidadosamente la fecha de la fundación, la opinión de los congresistas unificada aceptó como indiscutible, la dicha fecha del 20 de enero. El propio Oviedo en el capítulo VII de la obra ya citada, enfáticamente reconoce que "Calamar es Cartagena". Pueden releerse los relatos citados.
Fundada la población española y denominada Cartagena como lo dice Oviedo, inicia el reconocimiento del territorio, conforme a las capitulaciones por él firmadas, le correspondía, y halla que en él hay oro en tanta abundancia, que pudo decirse con fundamento: "Pobre el Perú si se descubre el Sinú". Con la riqueza, el desarrollo de la población aumentó con rapidez inusitada, llegaron de la Península las primeras mujeres españolas y el modesto caserío fue cobrando contornos de auténtica urbe civilizada.
No descuidaban los reyes las necesidades espirituales de sus subditos ultramarinos y así un año después, en 1534, la corte de Madrid solicitó y obtuvo del papa Clemente VII, por mediación de su embajador ante la' Santa Sede, el marqués de Dosfuentes, la erección del obispado y el nombramiento de fray Tomás de Toro, como primer obispo. Fue éste protector constante y misericordioso de los indios "varón no menos santo que letrado", al decir de Castellanos; pero no tuvo la dicha de poder erigir su catedral. Una modesta construcción pajiza, al estilo de los bohíos indígenas, sirvió para la celebración de los oficios divinos y las festividades de San Sebastián. Un incendio que arrasó con la mayor parte del poblado consumió aquel primer esfuerzo de la religiosidad de los habitantes de Cartagena, el año de 1552.
Los conquistadores y colonizadores españoles tenían en mucho los títulos y dignidades para sus personas, como para sus familias y las poblaciones por ellos fundadas. Los cartageneros no fueron excepción de aquella regla general, sino que la siguieron y acataron. Por eso algunos vecinos no descuidaron estas, al parecer, minucias, que en verdad no lo eran en aquella época caballeresca y batalladora. Insistentes fueron sus solicitudes ante Felipe II, quien al cabo concedió a Cartagena títulos de ciudad, escudo de armas y calidad de nobleza y lealtad, por reales cédulas de 1574 y 1575. El escudo debía ostentar, en campo de oro una cruz natural, con dos leones levantados, tan altos como la cruz y sobre el conjunto una corona, con su correspondiente timbre y follaje. Con estas donaciones Cartagena se ponía ya al nivel de otras ciudades del Nuevo y Viejo Mundo.
Al finalizar el siglo XVI, la nueva urbe americana gozaba de cuanto en materia de honores y distinciones oficiales podía aspirar a poseer una ciudad tan reciente.
Mas tampoco habían faltado los sufrimientos. Los mares del Nuevo Mundo se hallaban ya cruzados en todas direcciones por hábiles y arrojados marinos ingleses, franceses, holandeses y escoceses, acechando los navios españoles transportadores del oro, la plata, maderas de tinte y otros productos del territorio sujeto a los dominios de los reyes de España, que sus bravos y audaces colonizadores enviaban a su patria. La piratería era una actividad reprobable pero productiva. La fama de las riquezas de Cartagena andaba de boca en boca y muchos eran tentados por ellas. En 1544 la venganza de un piloto castigado por mandato del teniente de gobernador Alonso Vejines facilitó la entrada a la bahía al pirata Roberto Baal.
4 de marzo de 1945. Tanques Sherman de la 8.ª Brigada Blindada británica (posiblemente 4.ª/7.ª Guardia Real de Dragones) y un camión Chevrolet conduciendo ambulancias por la Amsterdamerstraße en Kevelaer, Renania del Norte-Westfalia, Alemania.

Revisionistas

Bandera devuelta por el almirante Sullivan en 1883. Actualmente en el Museo Histórico Nacional de Buenos Aires.
La primer bandera que ilustra este artículo es de origen mercante y se encontraba en uno de los 24 barcos de cabotaje o lanchones que, unidos con cadenas, se fondearon en Obligado para impedir el paso de la flota anglo-francesa. Pertenece a aquellas enseñas que tenían diferentes tamaños y diversos símbolos federales, pero no eran banderas argentinas de guerra.
Fue capturada por las tropas del almirante D.B.J. Sullivan después de la batalla del 20 de noviembre de 1845, y devuelta en 1883 por este almirante en la legación argentina en Londres. La recibió el cónsul argentino Alberto A. Guerrico, en tributo a la valentía demostrada por el coronel Ramón Rodríguez, al frente del 2º Batallón del Regimiento de Infantería de Patricios, en la Vuelta de Obligado.
Sullivan confundió al coronel Rodríguez con el heroico teniente coronel Juan Bautista Thorne, que estuvo a cargo de la batería “Manuelita” y fue el último en retirarse del combate, el 21 de noviembre.
Según el testimonio del almirante británico, cuando la bandera fue arriada por los ingleses, cayó sobre algunos cuerpos de los caídos y se manchó con la sangre patriota.
Mide 4 metros de largo por 2,50 metros de ancho, como toda bandera naval de tamaño grande. Por sus medidas y la falta de lemas obligatorios de la época de Rosas no se ajusta a la reglamentación de las banderas federales de guerra. Por lo tanto no pertenecía a ningún batallón y no fue considerada un trofeo, si bien sí lo creen los franceses. Estos tenían cuatro banderas similares en el Hotel de los Inválidos de París (en la actualidad Museo del Ejército) bajo los números 329 al 333, registradas en el Catálogo del Musée de L’Armée del general Noix, página 164, bajo el título de Drapeaux et Trophées, con el extracto de un documento: el “Procés verbal de réception de cinq drapeaux prisa au combat d`Obligado dans le Paraná”.
El parte del combate de Obligado del capitán Hotham, oficial subalterno de Sullivan, no menciona ninguna toma de banderas. Y tampoco se consignó la pérdida de alguna enseña por parte de Lucio N. Mansilla.
El autor Martiniano Leguizamón se refirió a este tema en dos artículos del diario La Nación. Evaristo Ramírez Juárez, por su parte, elaboró acertadas conclusiones en su trabajo “Las banderas cautivas” donde muestra fotos de la capilla de St. Louis, del Hotel de los Inválidos, con esas banderas muy mal conservadas, en los años treinta del siglo XX. Escribió el teniente coronel Ramírez Juárez:
“1º – Las banderas que se dicen tomadas en Obligado por los franceses e ingleses, serían de los buques mercantes requisados por Mansilla, o de otros de la misma categoría.
2º – A las tropas argentinas de agua y tierra que pelearon en Vuelta de Obligado no les fue tomada ninguna bandera de combate”.

Bandera colgada de la nave central de la capilla de St. Louis, París, Francia
Además, el parte oficial del almirante francés Trehouart habla de “…varios pabellones argentinos tomados sobre las baterías y en los navíos que formaban la estacada (buques que sostenían las cadenas)”.
La enseña tomada por los franceses en Obligado está confeccionada a tres franjas horizontales: la superior e inferior de color azul turquí, y la franja del medio de color blanco con un sol rojo punzó en el centro, el sol tiene una cabeza circundada por 32 rayos. Los gorros frigios con picas o venablos en los cuatro ángulos son de color rojo, están confeccionados en lanilla y fueron recortados y cosidos a la bandera.
El material con el cual se realizó la enseña es lanilla y no seda como correspondía a las banderas de guerra o nacionales. En el lado del asta lleva un cordón trenzado que forma anillos en los dos extremos. Se encuentra en el Museo Histórico Nacional de la ciudad de Buenos Aires, bajo el número de legajo 2568, carpeta 326. Fue donada por la Intendencia Municipal de la Ciudad de Buenos Aires el 18 de abril de 1891, como “Bandera tomada por los ingleses, en la batalla de Obligado”.
Una de las banderas mercantes que se encontraban en París (la número 330) fue devuelta por el presidente francés Jaques Chirac en su visita a nuestro país, en 1999, y recibida por el director del Museo Histórico Nacional, Dr. Juan José Cresto. Se encuentra hoy depositada en ese museo, indudablemente, además de su interés vexilológico, tiene un valor histórico. Es igual a la remitida por Sullivan.
Otras dos banderas mercantes argentinas de Obligado (numeradas 329 y 331) se presumen desaparecidas durante la Segunda Guerra Mundial, durante la ocupación alemana de París, o perdidas por deterioro. El Museo del Ejército las dio de baja en 1957. Se ignora el destino de los números 332 y 333, que medían 2,40 m por 1,35m y no ostentaban ningún atributo.
Actualmente existe una bandera argentina sin sol ni gorros frigios en los ángulos ni leyendas, colgada de la nave central de la capilla de St. Louis. Parece nueva o restaurada. De las dos enseñas argentinas restantes mencionadas más arriba, y dado que la información diplomática solicitada a la embajada de Francia en Buenos Aires al respecto no ha permitido aclarar este punto, ¿puede ser alguna de las originales mercantes de 1845, hoy restaurada? No lo sabemos.
Efemérides – Patricios de Vuelta de Obligado
Leguizamón, Martiniano – Hombres y cosas que pasaron – Buenos Aires (1926)
Peña, J. M. y Alonso, J. L. – Las banderas de los argentinos – Aluar, Buenos Aires (2009)
Portal www.revisionistas.com.ar
Ramírez Juárez, Evaristo – La estupenda conquista – Buenos Aires (1946)
Turone, Oscar Alfredo – Las banderas de Obligado
Lágrimas en el juicio por terrorismo tras el testimonio de Heather Saunders
Helena Smith en Atenas || The Guardian
Saunders fue atacado y abatido a tiros por dos hombres en una motocicleta mientras conducía por el tráfico de Atenas camino a su trabajo en la Embajada Británica a las 7:48 del 8 de junio de 2000. De hecho, era un brigadier del Ejército británico con amplia experiencia en misiones de paz, completamente ajena a la guerra de Kosovo.
El 17N reveló en una segunda proclamación del 11 de diciembre de 2000, también publicada en Eleftherotypia,[6] que se creyó erróneamente que el Rover blanco de la embajada de Saunders estaba blindado. Por lo tanto, los asesinos utilizaron un fusil de asalto Heckler & Koch G3 que habían robado de una comisaría griega en agosto de 1988. El arma se atascó tras un disparo, y el asesino disparó cuatro tiros más con una pistola Colt M1911 del calibre .45. Saunders falleció en el hospital dos horas después.
Testigos declararon a la policía haber visto a un hombre de baja estatura detrás de otro de mayor estatura, ambos con casco, en una motocicleta Enduro blanca. La policía recuperó una scooter Modenas Kris verde de 111 cc, robada y con matrícula robada, estacionada cerca.
La investigación posterior se vio impulsada por una cooperación sin precedentes entre los servicios policiales griegos y británicos, con el apoyo del FBI y la CIA estadounidenses. Scotland Yard impartió formación y envió agentes de policía de habla griega para recopilar y reevaluar las pruebas fragmentarias recopiladas desde que el 17N comenzó sus operaciones en 1975. Heather Saunders hizo un llamamiento televisado muy eficaz pidiendo ayuda para encontrar a los asesinos. Familiares de las víctimas del 17N formaron un grupo de apoyo, Os Edo (Ως Εδώ – "Basta" [literalmente: "Hasta aquí"]), que presionó a favor de una ley antiterrorista griega más estricta, aprobada como Ley 2928/2001.
La investigación identificó a sospechosos de pertenecer al 17N, pero no aportó pruebas utilizables ante un tribunal. El 29 de junio de 2002, Savvas Xiros, miembro del 17N (hasta entonces desconocido para la policía), resultó gravemente herido cuando una bomba de relojería que estaba colocando explotó prematuramente en El Pireo. Xiros confesó haber conducido la motoneta, mientras que su compañero Dimitris Koufodinas portaba la G3. Antes del juicio de 2003 contra 19 presuntos miembros del 17N, Xiros se retractó de su confesión. Tanto él como Koufodinas fueron condenados a cadena perpetua por el asesinato. Un activista contra la junta militar griega de 1967-1974 llamado Alexandros Giotopoulos, que vivía en la clandestinidad bajo el seudónimo de Mihalis Oikonomou desde 1971, fue condenado como líder del 17N y, por lo tanto, instigador moral del asesinato, mientras que Vasilis, hermano de Savvas, fue condenado como cómplice que ayudó a colocar los vehículos.
En sus memorias de 2009, "Espía Reticente" (Bantam), el ex oficial de la CIA John Kiriakou escribió sobre pasar junto al coche manchado de sangre de Saunders la mañana del 8 de junio. Afirmó que el motivo de su abrupta salida de Grecia en agosto de 2000 fue el descubrimiento de que la organización guerrillera urbana griega 17N lo había estado acosando a él, no a Saunders. Citó la proclamación de 17N en la que se responsabilizaba del asesinato de Saunders: "Vimos al espía corpulento, pero estaba en un vehículo blindado, y sabíamos que estaba armado. Así que fuimos elegidos para ejecutar la sentencia del criminal de guerra Saunders". (p. 83)
Uno de los muchos intentos de implicar al gobierno estadounidense como patrocinador de 17N surgió en diciembre de 2005, cuando Kleanthis Grivas publicó un artículo en To Proto Thema, un periódico dominical griego. Afirmó que "Sheepskin", la versión griega de Gladio, la unidad paramilitar de la OTAN durante la Guerra Fría, perpetró el asesinato del jefe de la CIA, Richard Welch, en Atenas en 1975, y también el de Stephen Saunders más de una década después del fin de la Guerra Fría. Esta acusación fue negada por el Departamento de Estado de EE. UU., que respondió que "la organización terrorista griega '17 de Noviembre' fue responsable de ambos asesinatos" y señaló que la principal prueba de Grivas era un documento de desinformación de origen soviético (el llamado "Manual de Campo de Westmoreland"), que el Departamento de Estado, así como una investigación del Congreso, habían descartado como una falsificación soviética. Los documentos no mencionan específicamente a Grecia, a 17N ni a Welch. El Departamento de Estado también destacó el hecho de que, en el caso de Richard Welch, "Grivas acusó extrañamente a la CIA de jugar un papel en el asesinato de uno de sus propios altos funcionarios", así como las declaraciones del gobierno griego en el sentido de que la red "stay behind" había sido desmantelada en 1988.
La viuda de un diplomático británico asesinado hace tres años en Atenas por la organización terrorista 17 de Noviembre compareció ayer ante el tribunal en el juicio de dos hombres acusados de asesinar a su esposo.
Los hombres se encuentran entre los 19 presuntos terroristas que están siendo juzgados. 17 de Noviembre es acusado de asesinar a 23 personas en un régimen de terror de 27 años.
El grupo se atribuyó la responsabilidad del asesinato a tiros del brigadier Stephen Saunders, de 52 años, agregado de defensa británico en Grecia, en una transitada calle de Atenas en junio de 2000, mientras conducía hacia el trabajo.
Ayer, su viuda, Heather Saunders, nacida en el Ulster, compareció ante un panel de jueces en un tribunal de máxima seguridad y le preguntaron si quería, por fin, enfrentarse a los hombres acusados de asesinar a su marido. "No, no especialmente", dijo entre sollozos y con la voz quebrada por la emoción.
"Había dicho que me gustaría enfrentarlos y preguntarles por qué lo mataron, pero ahora no creo que merezca la pena ni siquiera verlos. No puedo hacerlo".
Fue la única ocasión en casi dos horas de testimonio en que la Sra. Saunders, enfermera, estuvo a punto de perder la compostura.
Tras casi tres años esperando justicia, habla de la vida y la obra de su marido, el soldado británico de mayor rango asesinado en el extranjero desde la Segunda Guerra Mundial.
"Stephen era un hombre perfectamente inocente", declaró al tribunal, que había estado juzgando a presuntos miembros de la organización terrorista desde marzo. "Pero se le negó, a dos años de jubilarse, el derecho a acompañar a sus dos hijas al altar algún día". Los dos hombres —un apicultor y un pintor de iconos— acusados de asesinar a Saunders "no son griegos", declaró su viuda, quien llegó al juzgado con un vestido largo y negro, acompañada de sus dos hijas adolescentes, Nicola y Catherine.
"Son unos locos a quienes se les debería negar la libertad que le negaron a mi marido. Nunca he dicho que deban ser puestos contra la pared y fusilados, sino encerrados durante mucho tiempo para proteger a otras personas".
Lo que le angustiaba no era solo la "inutilidad" del asesinato, sino el hecho de que los presuntos asesinos nunca se disculparan.
"Ir por ahí disparando a la gente por lo que su país hizo hace tantos años es, en fin, ridículo", declaró la Sra. Saunders, quien ahora está creando una red de apoyo para viudas de militares británicos.
El grupo terrorista, llamado así por la fecha de la rebelión estudiantil de 1973 que desencadenó la caída de la dictadura militar griega, tuvo como blanco a diplomáticos estadounidenses y turcos, industriales y políticos griegos en una larga y violenta campaña.
Saunders fue la última víctima del grupo. El británico viajaba sin escolta y en un coche sin protección cuando dos asaltantes en motocicleta le dispararon varias veces.
Con una mezcla de marxismo-leninismo radical y ultranacionalismo, el 17 de Noviembre afirmó haber asesinado a Saunders por su participación activa en el bombardeo de Serbia por parte de la OTAN, una afirmación que el Ministerio de Asuntos Exteriores negó rotundamente.
"Son puras mentiras", declaró la Sra. Saunders ante el tribunal. "Stephen era oficial del ejército, no de la fuerza aérea [como había afirmado el grupo]. Ni siquiera fue a Kosovo. Estaba en Inglaterra cursando griego cuando ocurrió".
El asesinato, descrito por Tony Blair como un "acto terrorista despreciable", dañó gravemente las relaciones anglo-griegas hasta que los detectives de Scotland Yard comenzaron a investigar el 17 de noviembre.
Amalia Zeppou, quien realizó un documental sobre el grupo terrorista con entrevistas a la Sra. Saunders, declaró: "Su valentía al pedir ayuda a los griegos fue el detonante que impulsó a la gente a revelar información.
"Les dio a los griegos la confianza necesaria para romper la apatía en torno al 17 de noviembre".


El 4 de septiembre de 1781, Benedict Arnold —antaño celebrado como un valiente héroe de la causa estadounidense y ahora tildado de traidor— regresó a su Connecticut natal al frente de una expedición británica. Siendo ya general de brigada del ejército británico, Arnold lideró a más de 1500 hombres, incluyendo tropas regulares británicas, tropas lealistas y auxiliares hessianas, río Támesis arriba para atacar el puerto de New London.
New London era un objetivo prioritario. Su puerto bullía de corsarios, los barcos estadounidenses semioficiales que se aprovechaban del comercio británico durante la guerra. La ciudad almacenaba material militar y provisiones, y sus defensas se basaban principalmente en dos pequeños fuertes que custodiaban las orillas opuestas del río: Fort Trumbull, en el lado de New London, y Fort Griswold, en Groton Heights, al otro lado del río.
Arnold dividió sus fuerzas. Una columna desembarcó cerca de New London y rápidamente invadió Fort Trumbull, cuya guarnición se retiró tras una defensa simbólica. Los soldados británicos marcharon entonces hacia la ciudad, donde comenzaron a incendiar almacenes, barcos y viviendas. Arnold afirmó posteriormente que solo había ordenado la destrucción de objetivos militares, pero las llamas se propagaron sin control, consumiendo casi todo el asentamiento. Al final del día, casi 150 edificios yacían en ruinas, y la prosperidad de New London se vio mermada.
En la orilla opuesta, una segunda columna británica avanzó hacia Fort Griswold, comandada por el coronel William Ledyard y defendida por unos 160 milicianos de Connecticut. Aunque muy superados en número, los estadounidenses lucharon tenazmente. Tras un feroz asalto, los británicos tomaron por asalto las murallas y Ledyard se rindió. Lo que siguió se convirtió en una de las atrocidades más notorias de la guerra: en el caos posterior a la rendición, las tropas británicas masacraron a muchos de los defensores, matando a más de 80 hombres e hiriendo a docenas más. El propio Ledyard fue asesinado con su propia espada. La incursión tenía como objetivo desviar al ejército de Washington de su marcha hacia el sur, rumbo a Virginia, donde se avecinaba el decisivo enfrentamiento con Cornwallis. Pero la brutalidad del ataque a New London y la masacre de Fort Griswold solo acentuaron la indignación estadounidense y endurecieron la resistencia. En lugar de atraer a Washington hacia el norte, las acciones de Arnold acrecentaron la infamia de su nombre, marcándolo para siempre como el mayor traidor de la Revolución.

En 1910, durante la construcción del County Hall en la orilla sur del Támesis, los trabajadores descubrieron el naufragio de un antiguo barco incrustado en el limo.
Construido a partir de roble inglés en el siglo III en un estilo romano, el barco data de la época en que Londres era conocida como la colonia romana de Londinium.
En ese momento, una teoría romántica popular sugirió que el buque podría haber sido un buque de guerra hundido durante la batalla entre Allectus y Constancio en el 296, aunque también podría haber sido un transbordador.
El barco fue extraído cuidadosamente del río intacto usando una gran grúa de madera. Posteriormente, el Museo de Londres adquirió el naufragio y lo exhibió hasta la década de 1930.
Se cree que todavía está en posesión del Museo de Londres, el sucesor del Museo de London.
Según el libro de Richard Hingley "Londonium", el barco está ahora almacenado, aunque otra fuente indica que "no sobrevivió intacto. "
En el panorama de la historiografía latinoamericana, un nuevo y revelador capítulo se está escribiendo. Los periodistas chilenos Mauricio Palma Zárate y Daniel Avendaño Caneo se encuentran en la fase final de una investigación exhaustiva y sin precedentes que dará vida a un libro sobre uno de los episodios más delicados y menos divulgados de la historia reciente de la región: el apoyo estratégico, militar y de inteligencia del gobierno chileno de Augusto Pinochet al Reino Unido durante la Guerra de las Malvinas en 1982.
La obra, pactada con el gigante editorial Penguin Random House y con una publicación prevista para el primer semestre de 2026, no se limita a enumerar hechos; busca reconstruir una historia humana y política compleja, basada en documentación concreta y testimonios de sus protagonistas.
Orígenes
El origen de este proyecto se remonta a una curiosidad periodística alimentada por mitos y silencios. Como explican los autores, su método se caracteriza por una paciencia investigativa fuera de lo común. “Siempre nos ha interesado investigar temas que circulan, ciertos mitos y tratamos a partir de la investigación profunda, exhaustiva, sin límite de tiempo, a nosotros eso es algo que nos caracteriza, no nos ponemos límite de tiempo hasta que nosotros conseguimos lo que creemos es lo fundamental”, relatan.
El 40° aniversario del conflicto les dio el impulso final, pero fue una estancia en Londres la que proporcionó el punto de partida crucial. “Por razones familiares, me tocó vivir un año en Londres y ahí fui al Archivo Nacional de Londres a revisar los documentos que ellos tenían. Y ahí yo creo, que es un súper buen punto de partida”. Este acceso a archivos británicos, que han tenido distintas etapas de desclasificación, les permitió encontrar información inédita: “En los últimos dos o tres años han habido documentos importantes a los que tuvimos acceso y que obviamente a partir de eso se nos abrieron líneas de investigación”.
Para los periodistas, que eran solo niños durante la guerra, el tema siempre estuvo cubierto por un manto de silencio impuesto por la dictadura. “Acá en Chile nunca se habló mucho sobre el tema de la guerra de las Malvinas. Porque en ese tiempo la dictadura lo que hacía era efectivamente tratar de tapar toda esta cosa, toda esta mugre para ellos debajo de la alfombra. Entonces mientras menos el país lo supiera, mucho mejor para ellos”, afirman.
Su único recuerdo infantil era la potente canción de León Gieco “Sólo le pido a Dios”, una referencia lejana a un conflicto que sentían ajeno. “Escuchábamos la canción de León Gieco... y yo siendo un niño me acordaba que era muy fuerte escuchar 'el monstruo grande que pisa fuerte', para nosotros, una cosa súper increíble”.
Ese silencio es precisamente lo que su trabajo busca romper, transformando la especulación en evidencia: “Nosotros precisamente lo que estamos tratando de reconstruir son historias múltiples con respecto al apoyo chileno a los ingleses, y con historias súper concretas, muy concretas, con documentación. Ya deja de ser un mito, sino que hay documentación concreta” afirman.
Estrategias
El libro se propone explicar las razones detrás de esta colaboración, que para la junta militar chilena tenía una lógica estratégica ineludible. Los autores rescatan la justificación del entonces Comandante en Jefe de la Fuerza Aérea, Fernando Matthei: “Se está quemando la casa del vecino y yo tengo que proteger la mía”.
Este temor a una eventual invasión argentina no era infundado, según su investigación, ya que “también ha existido un documento por parte de los militares argentinos que señalaban que el próximo paso era la invasión chilena”.
El punto de inflexión que comenzó a resquebrajar el secreto fue, irónicamente, la detención de Pinochet en Londres en 1998. “Desde ese momento, Margaret Thatcher decide como argumento estratégico comunicacional decir, 'este amigo de Inglaterra que era Pinochet, que nos ayudó, es importante que se sepa'”.
Más allá de la alta política, los autores destacan los profundos lazos históricos que facilitaron esta alianza. “El gran aliado que ha tenido la Fuerza Armada chilena a lo largo de su historia son precisamente las Fuerzas Armadas del Reino Unido”, explican, citando desde la fundación de la Armada chilena por Lord Cochrane hasta la formación de los servicios de inteligencia con el MI6. “Muchos de los integrantes de las Fuerzas Armadas chilenas hacían sus pasantías en Inglaterra, entonces no era un aliado casual”. Este vínculo se entronca incluso en la idiosincrasia nacional: “Los chilenos nos hacemos llamar 'los ingleses de Latinoamérica'... el vínculo del Reino Unido con Chile es bastante estrecho a lo largo de la historia”.
Protagonismos
Uno de los hallazgos significativos de su investigación es el rol más protagónico de la Armada chilena, tradicionalmente opacado por el de la Fuerza Aérea. Descubrieron que el almirante José Toribio Merino, otro anglófilo confeso que “tenía su gran líder histórico, era el general Nelson”, fue un articulador clave.
“La Armada Chilena son los primeros que alertan a la Junta Militar Chilena en decir que se viene un ataque a las Malvinas” revelan. Incluso manejan documentación que sugiere una escalada mayor: “Existe un documento que fue interceptado incluso por las Fuerzas Armadas Argentinas, en donde se establece todo el proceso de acción que iba a desarrollar la escuadra chilena... y en un momento se señala, que en caso de ser necesario, estamos listos para que el 19 de abril de 1982 podamos ser partícipes de los ataques”, contra la Argentina.
Historias dentro de la historia
El libro también se adentrará en las historias humanas detrás de la gran estrategia. Quizás la más conmovedora es la búsqueda de la identidad de dos soldados argentinos rescatados por el barco chileno Piloto Pardo tras el hundimiento del Crucero ARA General Belgrano. “Hemos estado trabajando en los últimos dos años directamente en tratar de llegar a la identidad de estos dos héroes argentinos. Ha sido un proceso muy largo”, detallan.
Una pista crucial es un anillo de matrimonio: “Uno de ellos tenía un anillo, que se había casado en marzo de 1982, ese es un dato que para nosotros pudiese ser muy importante”.
Este esfuerzo investigativo ha sido posible, según dicen, gracias a la sorprendente colaboración recibida desde Argentina. “Nos sorprende, gratamente, es el apoyo que hemos tenido de las fuentes argentinas hacia esta investigación, han sido muy amables, muy abiertos, son más abiertos en la Argentina que en Chile”, reconocen, agradeciendo el apoyo de excombatientes, veteranos e incluso de las propias fuerzas armadas argentinas.
Objetivos
El objetivo final trasciende lo meramente histórico. Los autores visualizan su trabajo como un puente entre ambas naciones. “Creemos que este libro puede ser un aporte a conocer la historia, a conocernos más el chileno y el argentino”, reflexionan, aludiendo al fin de la rivalidad chauvinista que caracterizó a generaciones pasadas. “Nuestro libro apunta a eso, a una especie de rescate de la esencia de Latinoamérica, de que efectivamente somos países hermanos”, asienten.
Con una narrativa periodística accesible, buscan llegar especialmente a las nuevas generaciones para quienes Malvinas “es prehistoria”, asegurando que este episodio, cargado de secretos, lealtades complejas y dramas humanos, “merece ser revisitado y contado”.
Mauricio Palma Zárate y Daniel Avendaño Caneo no aspiran a ser definitivos, sino a sumarse a la tradición historiográfica con rigor y una mirada fresca, centrada en las personas que, desde las sombras, escribieron un capítulo clandestino de la guerra.