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viernes, 22 de junio de 2018

República Dominicana: Las mariposas asesinadas por el tirano

La trágica historia de las tres hermanas que lucharon contra la tiranía

Jorge Fernández Díaz

Jorge Fernández Díaz comenzó Pensándolo bien leyendo un artículo de Alfredo Serra que cuenta la trágica historia de las Mariposas, las tres hermanas Mirabal que fueron asesinadas por oponerse fervientemente al dictador dominicano Rafael Trujillo.



“Después de apresarlas, las condujimos al sitio cerca del abismo, donde ordené a Rojas Lora que cogiera palos y se llevara a una de las muchachas. Cumplió la orden en el acto y se llevó a una de ellas, la de las trenzas largas, María Teresa. Alfonso Cruz Valerio eligió a la más alta, Minerva, yo elegí a la más bajita y gordita, Patria, y Malleta al chofer, Rufino de La Cruz. Ordené a cada uno que se internara en un cañaveral a orillas de la carretera, separadas todas para que las víctimas no presenciaran la ejecución de cada una de ellas. Traté de evitar este horrendo crimen, pero no pude, porque tenía órdenes directas de Trujillo y Johnny Abbes García. De lo contrario, nos hubieran liquidado a todos”.

(Testimonio de Ciriaco de la Rosa, uno de los asesinos, ante el tribunal, junio de 1962).

“La fiesta del Chivo” (Alfaguara, 2000), es posiblemente el último gran libro de Mario Vargas Llosa. No sólo por el brillante estilo de las tres historias que contiene –y que es sólo una–: también por la reconstrucción (perfecta obra de relojería) del plan de la resistencia para matar al tirano Rafael Leónidas Trujillo, amo y señor de horca y cuchillo que gobernó a la República Dominicana desde el 16 de agosto de 1930 hasta la noche del el 30 de mayo de 1961, cuando terminó su borrachera de poder omnímodo acribillado a tiros en la carretera que une Santo Domingo con San Cristóbal. Lo mataron los conspiradores Juan Tomás Díaz (general retirado), José Román Fernández, Antonio De la Maza (en venganza: Trujillo ordenó asesinar a su hermano), y Amado García, su custodio personal.

El pueblo dominicano –que por años lo había llamado “padrecito”– respiró la primera bocanada de libertad. Nadie olvidó los miles de encarcelados, torturados, asesinados en las mazmorras del dictador. Y mucho menos al mayor y más doloroso símbolo de la resistencia: las hermanas Mirabal. Las Mariposas. María Teresa, Patria, Minerva y Bélgica Adela (Dedé) Mirabal Reyes nacieron y se criaron en un hogar rural de buen nivel económico en Ojo de Agua, municipio de Salcedo. Su padre, Enrique, exitoso hombre de negocios, las hizo estudiar como internas en el Colegio Inmaculada Concepción de La Vega, regido por monjas españolas de la Orden Franciscanas de Jesús. Un mundo equilibrado y feliz.

Pero Trujillo habría de acabar con todo. Y también, entre tantos atropellos, con casi toda la fortuna de Enrique Mirabal.

Sus hijas, salvo Dedé, no tardaron en comprender que ese grotesco tirano cubierto de medallas falsas –se autocondecoraba– que se hacía llamar El Jefe, El Generalísimo, El Chivo (por su supuesto vigor sexual), El Padre de la Patria, tildado también El Chapita por su pecho ornado de chafalonías, sería el germen de la destrucción nacional. El Padre del Caos.

Y no tardaron en alistarse en la resistencia contra ese “enano huachafo (cursi) y criminal”, como lo definió Vargas Llosa. El grupo de oposición se llamó 14 de Junio en memoria de una fracasada insurrección contra Trujillo ese día de 1959. Pero la clandestinidad era caminar por una cuerda floja a punto de romperse.

Casi todo el país estaba controlado por el siniestro SIM (Servicio de Inteligencia Militar), cuyo máximo y más pérfido cerebro era un tal Johnny Abbes, más tarde reemplazado por el marino Cándido Torres Tejada, y al final por José (Pupo) Román Fernández, ambos militares y diestros jefes de las redes de delación y de las siniestras cárceles del Chivo.

A una de esas cárceles (La Victoria) fueron a parar varias veces dos de las hermanas Mirabal: Minerva y María Teresa, ambas casadas y madres, y también sus maridos. Todos padecieron torturas, y ellas, además, violaciones.

Pero La Bestia Negra –otro apodo de Trujillo– no estaba conforme. El 18 de mayo de 1960, las dos y sus maridos fueron juzgados “por atentar contra la seguridad del Estado dominicano” y condenados a tres años de prisión. Pero fue una trampa…

Apenas tres meses más tarde, el 9 de agosto y extrañamente, el tirano ordenó que Minerva y María Teresa fueran liberadas, pero no sus maridos. Un disfraz de generosidad para la tragedia que se incubaba: en realidad, todo estaba decidido de antemano, y paso a paso…

Primer acto. Trujillo le ordenó al general Román que mudara a los maridos de las hermanas a la cárcel de Salcedo, para evitarles el largo viaje desde sus casas hasta la cárcel de Victoria. Segundo acto.

El teniente Víctor Alicinio Peña Rivera recibe del general Román estas instrucciones, que mucho después recordará en su libro de memorias: “Hay que disponer el traslado a Puerto Plata de los esposos de las hermanas Mirabal. La justificación del traslado será el descubrimiento de armas clandestinas dirigidas al movimiento que ellas encabezan. La idea es que ellos nos ayuden a determinar si las personas apresadas son miembros de ese movimiento. Una vez terminado esto, les puedes decir que serán regresados de nuevo a Salcedo. Una vez trasladados les prepararás una emboscada en la carretera a las hermanas Mirabal. Deben morir. Se simulará un accidente automovilístico. Ese es el deseo del jefe”.

Al otro día, el cabo de policía Ciriaco de La Rosa llegó al cuartel del SIM en Santiago, pidió cuatro agentes y un vehículo, Peña Rivera designó a Alfonso Cruz Valerio, Emilio Estrada Malleta, Néstor Antonio Pérez Terrero y Ramón Emilio Rojas Lora.

El 18 y el 22 de noviembre no se atrevieron a cumplir su orden de muerte porque las hermanas “viajaban con niños”. Pero el 25 iban sólo con el chofer Rufino de la Cruz y otra de las Mirabal: Patria.

Luego de visitar a sus maridos en Puerto Plata pusieron proa a Salcedo. A sus casas. Pero cuando el jeep llegó al puente de Marapica, cuatro hombres les cruzaron un cepillo: así llamaban al Volkswagen escarabajo. Las tres hermanas, a punta de pistola, fueron obligadas a subir a ese auto: el de sus verdugos.

Los dos vehículos llegaron al patio de la casa de Minerva y María Teresa, en La Cumbre, Salcedo. Peña Rivera repartió pañuelos de seda entre sus tres compañeros, “para ahorcarlas”. Los gritos de ellas no se oyeron: la casa era de adobe y estaba forrada con madera de caoba.

Luego, aun agonizantes, las remataron a palazos. Sus cuerpos –también el del chofer–, cargados en uno de los autos. Y el auto, arrojado al fondo de un barranco para simular un accidente y atribuirle los golpes mortales.

Sucedió el 25 de noviembre de 1960. Hace cinco décadas y siete años. Minerva tenía 26 años. Patria, 30. María Teresa, 36. Entre las tres, cinco hijos.

El final no las sorprendió: siempre sospecharon que estaban condenadas a muerte. Minerva llegó a proclamar:

–¡Si me matan, sacaré los brazos de la tumba y seré más fuerte!

No se equivocó. Rafael Leónidas Trujillo murió asesinado por la resistencia apenas seis meses después. Final celebrado por la mayoría del pueblo. A pesar de vivir postrado bajo la feroz tiranía del tan atroz como ridículo personaje investigado y descripto por Mario Vargas Llosa en su novela, el asesinato de las hermanas Mirabal, las “Mariposas” (nombre en clave que usaban para sus mensajes en la resistencia), desató un ciclón de furia, odio y alegría ante el cadáver del tirano que había decidido extender su poder ad infinitum: al morir tenía 70 años, pero previó que lo sucedería su hijo Ramfis. No pudo ser: éste murió a los 40 años en un accidente en la carretera de Burgos, España.

Pero el martirio de las Mirabal no se olvidó. La fecha de su muerte fue declarada como Día Internacional de la Eliminación de la Violencia contra la Mujer. Una provincia, una calle, una estación de subte, un monumento, un billete y hasta una nueva planta, la Salcedoa mirabaliarum, las recuerdan. Además del Museo Mirabal, que conserva sus ropas y sus habitaciones tal como estaban al morir.

También cinco películas y media docena de libros. En cuanto a los centenares de estatuas, bustos y placas con su nombre que ordenó Trujillo, nada queda. Basura de la Historia.

(Post scriptum: pero el castigo a los asesinos fue una farsa. Los instigadores y los autores materiales, condenados en junio de 1962 a treinta años de prisión… apenas cumplieron dos. Escaparon en masa aprovechando un levantamiento militar: un alto jefe les abrió la puerta de la Fortaleza Ozama, donde estaban recluidos. Y se dispersaron para siempre.)

sábado, 16 de junio de 2018

Guerra antisubversiva: La impunidad de la izquierda argentina

La causa Larrabure y el manto de impunidad

El camino hacia la necesaria reconciliación de nuestra sociedad continuará lamentablemente bloqueado si la Justicia no aplica las Convenciones de Ginebra

La Nación


La Cámara Federal de Rosario debe resolver próximamente si el horrible asesinato del coronel Argentino del Valle Larrabure, ocurrido en agosto de 1975, conforma o no un crimen de lesa humanidad. Por unanimidad, los miembros del Cuerpo Médico Forense de la Corte Suprema de Justicia determinaron que el coronel Larrabure fue estrangulado tras un largo cautiverio en manos del Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP), en condiciones absolutamente infrahumanas que debió soportar a lo largo de 372 interminables días.

La circunstancia apuntada derivó en la reciente publicación de una solicitada titulada "No hay equiparación posible", en la que un buen número de intelectuales y representantes de entidades de derechos humanos sostiene que los delitos cometidos tanto por el ERP como por Montoneros están prescriptos y que solo serían crímenes de lesa humanidad los cometidos por el Estado o sus agentes. De esta manera -de espaldas al Estatuto de Roma- se intentó clausurar un debate abierto y, peor aún, imponer una suerte de patrullaje ideológico, tanto moral como jurídico. Otros intelectuales de prestigio, como el historiador Luis Alberto Romero, han señalado que no se puede creer ni en verdades definitivas ni en imposiciones autoritarias respecto de todos los asesinatos cometidos en la trágica década de 1970. Romero se ha preguntado asimismo acerca de qué es lo que lleva a una persona a trasponer de pronto la línea moral expresada en el mandamiento "no matarás", así como por qué los argentinos no fueron más explícitos en su repudio y, en algunos casos, hasta intentaron justificar lo injustificable.

En el caso Larrabure, la parte actora sostiene que la norma por aplicar es necesariamente la del artículo 3 de las Convenciones de Ginebra de 1949 que, transformadas en derecho interno argentino en 1957, prohíben de modo expreso torturar y asesinar a los prisioneros de guerra. Esa norma debió, según la Comisión Interamericana de Derechos Humanos, ser respetada por igual tanto por quienes atacaron como por quienes defendieron el Regimiento de La Tablada, en 1989. Con las Convenciones de Ginebra de 1949 en mente, el Tribunal Oral de La Plata ordenó recientemente, en el caso "Castillo", investigar los crímenes que pudieron haber sido cometidos por Montoneros contra los miembros de la llamada Concentración Nacional Universitaria. Lo hizo atento a que las Convenciones de Ginebra son ciertamente aplicables al conflicto armado interno de los 70, en el que intervinieron no solo el Estado argentino, sino también ejércitos irregulares, con uniformes, grados y reglamentaciones propias.

Parecería que ha comenzado a aplicarse la ley, según corresponde. A todos, por igual. Así se resquebraja el manto de impunidad que hasta ahora ha beneficiado a quienes derramaron sangre desde la guerrilla.

Es hora de ser rigurosos frente a la ley. El ERP admitió y consintió expresamente, en el que fuera un claro acto propio, la aplicación de las Convenciones de Ginebra de 1949. Esto surge con meridiana nitidez de la carta que fue forzado a escribir el teniente coronel Jorge Ibarzábal, en enero de 1974, publicada en su momento en el Nº 29 de Estrella Roja, órgano oficial de la organización terrorista, que dice: "Fui trasladado a la cárcel del pueblo en calidad de prisionero de guerra de un ejército enemigo y sujeto a las normas establecidas en Ginebra para estos casos".

Meses después, el mencionado militar fue cobardemente asesinado, en cumplimiento de la política anticipada en el Nº 40 de Estrella Roja. Allí se advirtió: "Mientras el ejército opresor no tome guerrilleros prisioneros, el ERP no tomará oficiales prisioneros y a cada asesinato responderá con una ejecución de oficiales indiscriminada. Es la única forma de obligar a una oficialidad cebada en el asesinato y la tortura a respetar las leyes de la guerra". De ese modo, anunció que la organización dejaba de respetar y aplicar las Convenciones de Ginebra de 1949.


Mientras la Justicia argentina no reconozca la aplicabilidad de las Convenciones de Ginebra de 1949 a todos quienes, de uno y otro lado, las violaron en los 70, la actual impunidad de algunos no desaparecerá y el camino hacia la necesaria reconciliación de nuestra sociedad continuará lamentablemente bloqueado.


La carta de otra víctima




AL PUEBLO

Con relación al copamiento de que fue objeto la Guarnición Azul por parte del ERP la noche del 19 de enero de 1974, pongo en conocimiento del pueblo lo siguiente:

  1. Que durante los sucesos fui hecho prisionero conjuntamente con la señora esposa del coronel Gay, una hija y un hijo de este, un joven amigo del hijo del coronel y dos soldados.Así permanecimos hasta que se produjo la retirada, período en el cual fuimos tratados correctamente.
  2. Con posterioridad, fui trasladado a la cárcel del pueblo en calidad de prisionero de guerra de un ejército enemigo y sujeto a las normas establecidas en Ginebra para estos casos.
  3. En la cárcel del pueblo me tratan con corrección y mi estado de salud actual es bueno.


Jorge R. Ibarzábal

Teniente coronel

jueves, 29 de marzo de 2018

Argentina: Quiroga, su salud y su entierro de pie

Facundo Quiroga, la leyenda del caudillo que fue enterrado de pie

En un nuevo aniversario de su muerte, tres pequeñas historias que revelan aspectos casi desconocidos del político y militar argentino: su ludopatía, la relación con su caballo Moro y el curioso recorrido de sus huesos

Por Omar López Mato Infobae



Facundo Quiroga, en el clásico cuadro de Alfonso Fermepin

El general Quiroga quiso entrar en la sombra
llevando seis o siete degollados de escolta
Jorge Luis Borges ("El general Quiroga va en coche al muere")

Si bien todos sabemos que Facundo Quiroga murió de un tiro en la cara, una enfermedad invalidante carcomía las articulaciones del general, que le impedía montar. De allí esta galera que lo condujo "al muere", como relata Borges en su poema. De haber podido andar a caballo, es muy probable que hubiese escapado de esa trampa mortal.


Después de la derrota de Oncativo, aunque Juan Manuel de Rosas astutamente la hizo pasar como una victoria, y durante su permanencia en Buenos Aires, se agravaron las dos afecciones que hostigaban a Quiroga: la ludomanía y el reuma. Ninguna de las dos lo abandonaría hasta Barranca Yaco. Con la primera no le fue tan mal, gastó y ganó fortunas, pero el balance debe haber sido positivo porque en poco le cambió el ritmo de vida. Dicen que el hombre era supersticioso, que nada hacía los días 13 y que creía o hacía creer que su famoso caballo Moro podía ver el futuro y que solo a él se lo confiaba. Sus soldados estaban convencidos de estos poderes y antes de iniciar una batalla, el Moro y Quiroga sostenían largos diálogos que la tropa contemplaba en reverencial silencio. Hasta antes de partir, en el que sería su último viaje, Quiroga le reclamó a Estanislao López la devolución de su Moro, extraviado después de Oncativo. Estanislao le dio larga al asunto y al final el general y Moro nunca se volvieron a ver. Quizás el Moro le hubiese advertido sobre su aciago destino.

Si bien fue afortunado en el juego, con el reuma la historia fue distinta, ya que durante la batalla de Rodeo de Medio, el estado físico de Quiroga era tan lamentable que debió contentarse con ver el combate desde una carreta. El comandante Aresti, jefe de la caballería unitaria, pasó varias veces frente a él sin reconocerlo. Tal era su decadencia que nadie identificaba al Tigre de los Llanos con ese viejo tullido. De haberlo hecho, quizás otra hubiese sido la historia, de la misma forma que una casual boleada terminó con la carrera del general Paz.

"Mi salud sigue en una alternativa cruel. Los ratos de despejo no compensan los del decaimiento y destemplanza que sufro; sin embargo yo pugno contra los males y no desmayo si del todo no me abandonan las fuerzas", le escribió a Rosas, quien, pocos días después de su partida, le envió una fórmula casera para el reumatismo, preparado con base en ajo machacado, polvo dulce de mercurio y aceite para frotarse sobre las articulaciones doloridas. No tuvo oportunidad de usarla porque, para entonces, todos sus males se habían curado con una bala que le entró al cráneo por la órbita izquierda. Facundo perdió la última partida jugando mano a mano con la muerte.

Félix Luna sostenía que Quiroga podía haber sido la figura del país: el hombre hablaba de Constitución y organización nacional, su figura tenía relieve político en todo el territorio de la Confederación, a punto tal de competir en prestigio con el mismísimo Restaurador, pero los Reinafé (cuyo nombre original era Queenfaith) se cobraron antiguas deudas en un oscuro paraje de Córdoba.


Fueron tantos los avisos de la partida que lo acechaban que solamente una persona enceguecida por la soberbia podía negarse a creer que nadie se atrevería a ultimarlo. Murió por una bala certera, tan certera como los rencores que había generado, tan certera como su orgullo indomable.

Sobre huesos y tumbas

Aun después de muerto, los huesos maltrechos de Facundo Quiroga continuaron conjurando su historia de gloria. De la capilla ardiente de Sinsacate fueron a reposar al cementerio de la catedral de Córdoba y finalmente, a pedido de su esposa, terminaron en la cripta de la Iglesia San Francisco y, por último, una bóveda en el Cementerio de la Recoleta bajo la imagen de la Dolorosa, la estatua que su yerno, el barón Demarchi, había encargado a su amigo, el escultor Tartarini. En este rincón recoleto una leyenda fue tomando cuerpo: El Tigre había sido enterrado de pie, siguiendo una vieja tradición de los caballeros castellanos.



Hace 10 años, el arquitecto y arqueólogo argentino Daniel Schávelzón, Jorge Alfonsín y quien escribe quisieron develar este misterio. ¿El general Quiroga estaba de pie? En realidad en esta tumba no había un ataúd del general, ni de pie ni acostado. ¿Dónde estaba el general? Schávelzón, valiéndose de un eco sonar, buscó tras las paredes asimétricas de esta tumba y con el permiso de la familia se perforó una pared donde se descubrió un esplendido ataúd de bronce. De pie, como le corresponde a un macho argentino que se presenta ante el Creador.

Hasta allí seguimos la sombra del general, porque la familia no permitió examinar el contenido del sarcófago. Por pedido de sus descendientes, finalmente el brigadier Quiroga no espera más de pie. Desdiciendo el poema de Borges, aunque siga siendo inmortal y un fantasma, ese hombre que supo poner retemblor en las lanzas que lo siguieron en las batallas y entreveros donde se ganó la fama que aún hoy lo persigue como una sombra.

jueves, 8 de marzo de 2018

Guerra Antisubversiva: Las desapariciones en la democracia peronista

Las desapariciones antes del golpe militar

El general Menéndez, virtual jefe politico en la provincia de Córdoba, fue el primer el "adelantado" durante el gobierno peronista. Cómo fue la oleada de secuestros de enero del '76 que conmovió al país

Por Marcelo Larraquy || Infobae
Periodista e historiador (UBA)



Centro Clandestino de Detención “La Perla”, en la provincia de Córdoba

A finales del año 1975 y en enero de 1976, la provincia de Córdoba estaba en la tapa de los diarios con titulares que, después del golpe de Estado del 24 de marzo, ya no se publicarían más.

"Denuncian en Córdoba la ola de secuestros". "Llegan a 16 los secuestrados en sólo dos días". "Los desaparecidos en Córdoba llegan a 18". "La ciudad de Córdoba vive un pánico sin esperanzas".

Durante el gobierno de Isabel Perón, la provincia se había convertido en epicentro de una figura novedosa para el Estado de derecho: "Las desapariciones".

Los atentados y las ejecuciones eran hechos de rutina, que conmovían a la provincia, pero con las desapariciones se inició una modalidad nueva. Ya no se exhibían los cuerpos; los secuestrados, no se sabía dónde estaban.


El gobierno provincial sólo podía hacer una caracterización: "Estos actos de barbarie nos retrotraen al primitivismo animal". Así explicó el interventor federal de la provincia, Raúl Bercovich Rodríguez, la oleada de secuestros de la primera semana de enero de 1976.

Blues del terror azul

La desestabilización institucional de la provincia se había iniciado con un golpe policial del coronel Antonio Navarro -destituyó al gobernador Ricardo Obregón Cano en febrero de 1974-, en un acto de sedición que Perón avaló y el Congreso Nacional también. No repusieron al gobernador en su cargo, sino que definieron una intervención federal.

En primera instancia la asumió Duilio Brunello.

En septiembre de 1974 lo sucedió el brigadier (RE) Raúl Lacabanne, que llegó al mando provincial anunciando la "limpieza ideológica". Finalmente, un año después, fue reemplazado por Raúl Bercovich Rodríguez.

Para esta época ya existía una fuerte influencia policial y militar en la política local. Durante la intervención de Lacabanne se fue conformó una estructura paralela dentro del Departamento de Informaciones (D2) que actuaba en forma autónoma a la policía provincial. Luego se identificarían con un nombre propio, "Comando Libertadores de América".



Su primera acción firmada fue la ejecución de los nueve estudiantes –cinco de ellos bolivianos-, secuestrados de una misma casa cuando estaban preparando trabajos de examen final, en la madrugada del 4 de diciembre de 1975. Aparecieron amordazados y baleados en un camino de tierra, lateral a la ruta 5, que conduce al dique Los Molinos.

Las imágenes de de cuerpos torturados o carbonizados, expuestos a la sociedad, eran prácticas habituales en casi todas las ciudades y provincias.
Pero el vuelco de la práctica represiva paraestatal se dio cuando los cuerpos, tras los secuestros, dejaron de exhibirse. Y desaparecieron.

Córdoba no era la única provincia afectada por esta nueva modalidad. "En el '75 trabajaba en el bloque de diputados del Partido Intransigente y empezaron a llegar familiares de gente que había desaparecido. En ese momento no entendíamos qué era eso, ¿cómo iba a desaparecer la gente? Los familiares iban a la morgue, a la policía, a hablar con sus sacerdotes, pastores o rabinos, y también venían a ver a los diputados. Era el camino que hacían para ver si alguien les podía averiguar algo", refirió Susana Pérez Gallart, miembro fundadora de de la Asamblea Permanente por los Derechos Humanos (APDH), que se constituyó el 18 de diciembre de 1975.



De hecho, el acta de declaración inicial, la APDH reclama "no someter a los familiares de presos, desaparecidos o asesinados a un trato vejatorio que multiplica los efectos de su dolor".

La desaparición, para consumarse, necesitaba de una logística nueva: el centro clandestino de detención.

Si bien en Tucumán, con el "Operativo Independencia", a fin de "neutralizar y/o aniquilar el acción de elemento subversivos", creó el primer centro clandestino del país en 1975, las detenciones militares se produjeron en el contexto de un enfrentamiento con el ERP en un territorio determinado.

La diferencia fue que en Córdoba, las desapariciones fueron consecuencia de una cacería urbana, en las calles de la ciudad, durante la madrugada o a la luz del día, sin ocultar sus metralletas o pistolas.



A la vista de todos.

Los días 6 y 7 de enero de 1976 se produjo una sucesión de secuestros que generó terror y sorpresa: la mayoría de sus víctimas no eran reconocidas como militantes obreros, políticos o estudiantiles.

Ese mes se produjeron 26.

Y en el último cuatrimestre, ya sumaban 59.

¿Dónde estaban?

"Aún entre aquellos que no han sido tocados por la desoladora desaparición de un ser próximo, la zozobra, la indignación y sobre todo el miedo, parecen haberse impuesto al espíritu de la ciudad", describió un enviado especial del diario La Opinión.

Todo sucedía en el marco del Estado de derecho, durante el gobierno de Isabel Perón.

Según referían los testigos en artículos de prensa de la época, grupos de 15 ó 20 personas que se movilizaban en tres o cuatro autos, se introducían en las casas y se llevaban gente. O levantaban gente en las calles o paradas de colectivos. También estallaban bombas en locales partidarios y o casas de dirigentes políticos.



"Todo esto ocurre frente a un Gobierno cuyas fuerzas de seguridad, curiosamente, no han descubierto ninguno de estos hechos ni apresado siquiera a un solo sospechoso", firmó la UCR provincial en un comunicado.

En un artículo de "La Opinión", el jefe de la policía provincial, comisario Miguel Ángel Brochero confirmó haber escuchado la versión de un "campo de concentración donde estarían confinados algunos de los desaparecidos de los últimos días", pero subrayó que la policía "detiene, no secuestra".

El comisario Brochero pidió contribución a las instituciones políticas para "esclarecer los graves hechos".

En las homilías del cardenal Raúl Primatesta comenzaron a acercarse familiares de desaparecidos. Uno de ellos era el novio de Norma Waquin, secuestrada junto a su hermana Gloria, el 7 de enero. La madre de las hermanas Waquim denunció el hecho de inmediato a la comisaría, pero le respondieron que "no tenían vehículos" para perseguir a los secuestradores.

Esa semana el interventor Bercovich Rodríguez estaba de vacaciones en Mar del Plata.



Si bien condenó los hechos, quiso dejar a salvo a las fuerzas de seguridad. "Cualquier cosa que sucede en Córdoba es atribuida a la policía. Hay sectores interesados en desprestigiar a la institución y al gobierno provincial", afirmó.

La autoridad provincial que salió a dar una respuesta política fue el ministro de Gobierno, Carlos Saúl Risso. Decidió presentarse ante una asamblea en la fábrica de Ika Renault. En esos días, sectores fabriles y los empleados municipales abandonaban tareas en repudio a las desapariciones. En la planta automotriz cuatro mil obreros se habían reunido para reclamar información al III Cuerpo de Ejército por las desapariciones –"utilizando términos hostiles", según la crónica de prensa- y debatir futuras acciones.

Frente a la multitud, Risso desligó a la policía y atribuyó la escalada de violencia a un "ajuste de cuenta entre sectores que participan en la subversión", en referencia al ERP y Montoneros. Tuvo que interrumpir su discurso y retirarse en forma abrupta, por la disconformidad que generó en la asamblea.

En reportajes posteriores, Risso aclaró que el "ajuste de cuentas" era la información que le había brindado el III Cuerpo de Ejército y la policía, que ellos no tenían ninguna responsabilidad en las desapariciones, y él no dudaba que esa información era correcta.



Mientras tanto, una recién conformada "Comisión de Familiares de los Desaparecidos" organizó una "Marcha del Silencio", que saldría desde el Arzobispado hasta la legislatura provincial.

En principio la marcha había sido alentada por el propio Risso –había sugerido que recorriera las calles con banderas blancas y la consigna "Paz, basta de violencia"-, pero luego fue prohibida por el Gobierno con el argumento de que "la Comisión organizadora no fija domicilio alguno ni real ni legal".

Los partidos políticos organizaron una reunión multisectorial e invitaron al Ejército, pero la institución castrense rechazó la convocatoria porque "el arma no puede inmiscuirse en un problema político".

El huevo de la serpiente

En los hechos, el jefe político de Córdoba era el general Luciano Benjamín Menéndez. El hombre que recibía los pedidos de audiencia por parte de Bercovich Rodríguez, Risso o el cardenal Raúl Primatesta. A este último, Menéndez admitió que algunas detenciones las había producido el Ejército.

El general Menéndez había estado a cargo de la V Brigada de Infantería de Tucumán, con "comisiones de servicio" en el norte argentino pero sin capacidad de reprimir al ERP, ya instalado en la provincia. Hasta entonces esa una competencia de las fuerzas policiales.

Cuando en febrero de 1975 se instauró el "Operativo Independencia", y el Ejército tuvo el poder represivo en Tucumán, Menéndez fue desplazado, e ingresó al Estado Mayor, que planificaba la estrategia del arma. Después asumió en la comandancia del III Cuerpo de Ejército, con sede en Córdoba, en septiembre de 1975. Fue designado por el general Jorge Rafael Videla, nuevo titular del Ejército.

El nuevo destino castrense le permitió a Menéndez encarar "la guerra antisubversiva" desde el llano.

Fue el primer ejecutor de las desapariciones.

El primer adelantado.

Su tarea se anticipó al golpe de Estado de 1976.

Hasta entonces, en Córdoba, la represión ilegal estaba en poder de las bandas operativas del Departamento de Informaciones (D2) que hacían el trabajo de calle, con el mando del comisario inspector Raúl Telleldín.
Otro de sus jefes operativos era Héctor Vergéz.

Cada noche los "brigadistas" traían secuestrados y luego de algunos días de interrogatorios, notificaban a la justicia o los mataban y tiraban sus cuerpos. La sede del D2 se transformó en una cárcel clandestina. Hasta que llegó el general Menéndez.

"Cuando Menéndez asume como comandante en el III Cuerpo, operaban bandas autónomas del D2. —afirma Camilo Ratti, autor de 'Cachorro'. Vida y muertes de Luciano Benjamín Menéndez, (editorial Raíz de Dos)—. No respondían a una estructura central. Eran un poco lúmpenes. Buscaban plata, extorsionaban, mezclaban represión política con delincuencia. Y actuaban con impunidad: el D2 quedaba en el centro de Córdoba, al lado del Cabildo y la Catedral. Y entraban y salían, llevaban gente. Menéndez agradece todo el servicio de informaciones que venían haciendo –desde 1974- sobre ámbitos obreros y estudiantiles, se nutre de ellos, lo utiliza, pero luego los va apartando. Arma una 'comunidad informativa' que le permite tener un control de la represión y aplicar su plan. Allí surge la idea de los secuestros y el desaparecido, para que no se sepa quiénes son ni dónde están, como un mensaje de terror. Esto sucede después de que (el presidente provisional Italo) Luder firma los decretos de 'aniquilación de la guerrilla' en octubre de 1975. Y ahí surgen los campos de concentración. El primero es 'La Ribera', una vieja cárcel militar para soldados que faltaban al Código Militar. Menéndez lo convierte en un centro de detención ilegal. Después empieza a construir 'La Perla', para detenidos de mayor peso. A 'La Ribera' le decían 'La escuelita' y a 'La Perla', 'la Universidad'".


Luciano Menéndez (Enrique Rosito/Argra)

¿Cómo fue la reacción del poder político y judicial frente a los secuestros?

"El interventor Rodríguez Bercovich no tenía margen de autonomía frente a Menéndez. Y su ministro de Gobierno, Carlos Risso, tampoco. Ellos no provienen del peronismo ultraderechista. Tienen su origen en el peronismo histórico, conservador, digamos, moderado. El único que podía interceder ante Menéndez era el cardenal Primatesta. Y la justicia federal no tenía peso. El juez federal (Adolfo) Zamboni Ledesma se tomó licencia y todas las denuncias le quedaron al juez (Humberto) Vázquez que intenta imponer justicia, pero cuando iba al D2 le escondían los detenidos".

En su entrevista con Ratti, publicada en el libro "Cachorro", Vázquez recuerda: "La mayoría de los detenidos que traía la policía eran por simples sospechas, sin pruebas firmes de su vinculación con la guerrilla o de que hubiera participado en una acción contra el Estado. A cualquier ciudadano se lo acusaba de asociación ilícita o de violar la ley de seguridad nacional. Pero un juez no puede basarse en indicios para procesar ni condenar a una persona, mucho menos en aquella época, cuando la vida de las persona corría serios riesgos. Cuando iba a recorrer las comisarías con Telleldín o a las dependencias de la D2, en busca de detenidos, que él tenía en una lista, no aparecían. Nunca estaban, me lo escondían porque seguro habían sido torturados por grupos de tareas que estaban bajo su órbita y respondían a Menendez".


El general Menéndez es el único de los “señores de la guerra”, con dominio territorial para la represión ilegal que se mantiene vivo

En la madrugada del 24 de marzo de 1976, el general Menéndez, el primer impulsor de las desapariciones, que tenía subordinadas a cargo de 50 unidades militares, con una jurisdicción de mando sobre siete millones de personas, tomó el poder en la Casa de Gobierno de la Provincia de Córdoba. Estaba casi vacía y a oscuras. Menéndez ingresó al frente de su equipo militar y ordenó detener a las dos únicas personas que estaban en el despacho, esperando novedades desde Buenos Aires: el interventor federal Bercovich Rodríguez y su ministro de Gobierno Carlos Risso. Uno de los primeros desaparecidos, esa misma noche, sería su hijo, Fernando Risso.

Lo llevarían a "La Ribera".

Desde entonces, "La Ribera y "La Perla" se comenzarían a utilizarse con mayor libertad.

Y los secuestros y desapariciones dejarían de publicarse en los titulares de los diarios.

Dejarían de publicarse.

Hoy, a sus 90 años, con doce condenas a prisión perpetua, el general Menéndez es el único de los "señores de la guerra", con dominio territorial para la represión ilegal que se mantiene vivo.

Es difícil encontrar motivos para reconciliarse con él.



*Marcelo Larraquy es periodista e historiador (UBA). Su último libro es "Primavera Sangrienta. Argentina, 1970-1973. Un país a punto de explotar. Guerrilla, presos políticos y represión ilegal". Ed. Sudamericana.

Bibliografía: "Córdoba, a 40 años del Golpe. Estudios de la dictadura en clave local. Ana Carol Solis y Pablo Ponza (comps), Editorial Filosofía y Humanidades UNC" y artículos de "La Opinión" y "Clarín", diciembre de 1975 y enero de 1975.

viernes, 19 de enero de 2018

Guerra Antisubversiva: EA homenajeará a muertos en el copamiento a Azul



El Ejército recordará a militares muertos por ataques guerrilleros en democracia

Mariano de Vedia || La Nación

Con un homenaje al coronel Camilo Arturo Gay, al teniente coronel Jorge Roberto Ibarzábal y al conscripto Daniel González, que murieron durante el intento de copamiento de la guarnición militar de Azul perpetrado por el ERP en 1974, el Ejército iniciará mañana una serie de actos para reconocer públicamente a los caídos en defensa de las unidades castrenses en períodos constitucionales.

Se trata de una decisión del jefe del Ejército, teniente general Diego Suñer, que encabezará el homenaje de mañana, a las 19, pero también dispuso organizar actos similares a lo largo del año en reconocimiento a otros militares y civiles ultimados en distintas acciones guerrilleras.

El soldado Daniel González también será homenajeado. Foto: Gentileza Frente de la Guarnición Militar de Azul


El ataque a la guarnición de Azul constituye un caso paradigmático. Allí cayeron los dos jefes de la unidad, que enfrentaron la ofensiva del ERP para secuestrar armamentos el 19 de enero de 1974, tres meses después de que Juan Domingo Perón asumiera su tercera presidencia.

Al ingresar a la guarnición, los atacantes asesinaron al soldado conscripto González y luego al coronel Gay, jefe del regimiento de Caballería de Tanques 10. Su esposa, Norma Ilda Casaux, fue tomada de rehén junto a sus dos hijos y murió al recibir una ráfaga de ametralladora de uno de los guerrilleros. Uno de los hijos de Gay estará presente en el homenaje. Su hermana, que no pudo superar la tragedia, se arrojó al vacío años después.

Entrada del Frente de la Guarnición Militar de Azul. Foto: Gentileza Frente de la Guarnición Militar de Azul

Ibarzábal fue secuestrado y mantenido cautivo durante diez meses, hasta que fue ejecutado por sus captores cuando lo trasladaban y se encontraron ante un control policial en San Francisco Solano.

Como es habitual en estos casos, ambos oficiales y el conscripto González fueron ascendidos post mortem por el Ejército al grado inmediatamente superior.

La secuencia de actos seguirá el 28 de mayo, con el recuerdo del combate de Manchalá, cerca de la localidad tucumana de Río Colorado. En ese enfrentamiento con más de cien combatientes del ERP, durante el gobierno de María Estela Martínez de Perón, en 1975, el Ejército recuperó documentación del ataque planificado para el día siguiente en el puesto de comando táctico de Famaillá, incluida una maqueta de la unidad.
La entrada del Frente de la Guarnición Militar de Azul luego del ataque del 19 de enero de 1974. Foto: Gentileza Frente de la Guarnición Militar de Azul


El caso Larrabure y la Operación Primicia


Los homenajes seguirán el 11 de agosto para recordar al coronel Argentino del Valle Larrabure, secuestrado en agosto de 1974 durante el copamiento de la Fábrica Militar de Villa María, también planificado por el ERP para hacerse de armas y municiones.

Larrabure era el subdirector de la unidad y fue retenido en una "cárcel del pueblo" durante 372 días, en una superficie de dos metros de largo por uno de ancho. El cadáver apareció en agosto de 1975, tras ser mantenido en cautiverio, cerca de Rosario.

Recientemente, el juez federal Nº 4 de Rosario, Marcelo Bailaque, denegó el pedido del hijo del militar, Arturo Larrabure, para considerar el caso crimen de lesa humanidad, tal como lo había sostenido en su dictamen el fiscal general Claudio Palacín.

El Ejército rendirá homenaje el 6 de septiembre al teniente coronel Raúl Juan Duarte Ardoy segundo jefe del Regimiento de Infantería Nº 1 Patricios, ultimado durante un ataque al Comando de Sanidad organizado por el ERP, en el barrio de Parque Patricios, durante el gobierno constitucional de Raúl Lastiri. El militar murió de un disparo mientras se producía la rendición del grupo guerrillero.

El último homenaje previsto será el 5 de octubre, para recordar a un subteniente, un sargento, ocho soldados y un agente de la policía de la provincia muertos en el ataque al Regimiento de Infantería 29 de Formosa, por parte de Montoneros. Se trata de la llamada Operación Primicia, que incluyó el secuestro de un avión de pasajeros.

viernes, 22 de diciembre de 2017

Argentina: Violencia política interna de parte de sindicalistas

Aquel crimen, estos sindicalistas

El papel del sindicalismo peronista entre 1973 y 1976 ha quedado sepultado en los archivos. Debería conocerse.



Sergio Bufano, asesinado por una patota sindical en 1974. 

El 13 de diciembre de 1974 un grupo armado perteneciente a la Juventud Sindical Peronista salió del sindicato en dos automóviles Falcon. Eran seis o siete, no se conoce el número exacto; llevaban armas cortas y ametralladoras. Llegaron a la puerta de la fábrica Miluz, en Florida, y esperaron a sus presas. Desde el interior del establecimiento, al verlos, los obreros llamaron a la comisaría de la zona y poco después un patrullero se hizo presente; su dotación conversó con los miembros de la patota y se retiró rápidamente: territorio liberado.

Los buscados eran Miguel Angel Bufano y Jorge Fisher, miembros de la Comisión interna y militantes del Partido Obrero. Ambos habían cometido un error, tratar de despedirse de sus compañeros porque ya no podrían volver a la fábrica debido a las amenazas de los sindicalistas. Al verlos ingresar en la planta, los directivos de Miluz llamaron al sindicato y le avisaron: están acá. No hicieron la denuncia a la policía, porque ninguno de los dos estaba buscado; avisaron a la patota, que no perdió tiempo y partió hacia el lugar. Velozmente, porque los sindicatos controlados por el peronismo tenían arsenales en sus sedes. En pocos minutos juntaron las armas y estacionaron en la puerta de Miluz.
Al ver que no se iban, Bufano y Fisher intentaron aprovechar la salida de sus compañeros que terminaban su horario de trabajo y mezclados entre ellos subieron todos a un colectivo. No hubo caso. La patota lo advirtió y pocas cuadras después cruzaron un vehículo delante del transporte, subieron con sus armas largas e inspeccionaron a los pasajeros: a ellos dos los bajaron a culatazos y los metieron en los autos.
“A mí me defienden los trabajadores”, me había dicho Miguel Angel, mi hermano, cuando una semana atrás le previne que con esa gente no se jugaba. Por supuesto, los trabajadores que debían defenderlo quedaron paralizados frente a ametralladoras y pistolas. Por una orden de la dirección del partido al que pertenecían, y que ellos aceptaron ingenuamente, fueron a un lugar al que no tendrían que haberse acercado. Esa decisión termino trágicamente.
Miguel Angel fue golpeado hasta quebrarle huesos. Después fue llevado hasta un basural y allí, en medio de la noche, acribillado con cuarenta disparos. Cuarenta tiros sólo para él. No bastaba uno, había que dejar una huella intimidatoria. Un ejemplo.
Miguel Angel no usaba armas, no era violento, estaba en contra de los grupos guerrilleros a los que calificaba de foquistas y apresurados. Pero disputaba la conducción de la Comisión Interna a los miembros del sindicato peronista.
En 1973 había sido invitado a una reunión de delegados en Mar del Plata organizada por la CGT. Instalado en el hotel, recibió la visita de un miembro del sindicato que le ofreció una buena cantidad de dinero: “aprovechá para ir al casino, pibe”, le dijo. Por supuesto, mi hermano no aceptó el soborno. Minutos más tarde llamaron a la puerta dos hermosas muchachas que se ofrecieron a pasar la noche con él. Enviadas, claro, por los sindicalistas. Nuevamente las rechazó, sin advertir que allí estaba sellando su destino. Quien no acepta dinero sucio ni “chicas” para divertirse, es un enemigo. Y al enemigo, ya fue dicho: ni justicia.
Quienes lo mataron eran veinteañeros, como Miguel. Ahora que se cumplen 44 años del crimen, mi hermano tendría alrededor de 65. También sus asesinos, que a lo largo de estas décadas habrán ascendido en los puestos gremiales. Deben de ser dirigentes. Confieso que cuando los veo a todos juntos, posando para los medios, vociferando discursos combativos, me pregunto si alguno de ellos habrá participado, si aquél que está hablando o el que lo acompaña a su lado fueron miembros de la patota que gastó el cargador de su pistola sobre el cuerpo.
Porque investigar, no se investigó nada. Lo sabemos. El papel del sindicalismo peronista entre 1973 y 1976 ha quedado sumergido en vaya a saber qué archivos. Y eso que mataron, eh, mataron sin que les temblara la mano, al amparo de políticos miembros de un Poder Ejecutivo que hubieran merecido un castigo como el que recibieron los militares de la dictadura.
*Escritor y periodista.

Sergio Bufano*

miércoles, 20 de diciembre de 2017

Patagonia trágica: Pérez Millán Temperley, vengador de Varela, y el imbécil de Bayer

Pérez Millán Temperley, el vengador vengado y el historiador resentido y mentiroso

Los Héroes y los Malditos (con adaptaciones de EMcL)


Mientras esperaba una condena casi con seguridad a cadena perpetua, Kurt Gustav Wilckens dormía en su celda. El frío caño de un máuser lo iba despertar. “¿Vos sos Wilkens?”, dijo el matador. “Jawohl”, dice Osvaldo Bayer que respondió el alemán. Haya contestado como lo haya hecho, el asesino apretó el gatillo del arma que había apoyado sobre su pecho para no errarle. El disparo a quemarropa le destrozó el pulmón izquierdo y salió por la espalda.
El vengador había sido vengado. “Yo he sido subalterno y pariente del comandante Varela. Acabo de vengar su muerte”, declaró Jorge Ernesto Pérez Millán Temperley ante el inspector Luis Conti apenas fue detenido.



El crimen de Pérez Millán fue para ajustar cuentas con un terrorista del anarquismo internacional, esa pieza intelectual de los ávidos para imaginar linealidades y poco preparados para el trabajo práctico de mejorar la sociedad. El imbécil de Bayer, completamente resentido en sus apreciaciones y completamente gagá en la actualidad, llega a decir de Pérez Millán “El crimen de Pérez Millán es solo comparable con el que cometen los torturadores o aquellos cazadores de animales que tienen a su víctima indefensa, atada, y la hacen sufrir. Es igual que los cazadores de zorros en el sur, que los cazan y los despellejan vivos haciéndolos sufrir a propósito porque –como ellos dicen- son “animales ladrones” cuando, en realidad, gozan con ese acto porque arrastran una tradición sádica”, describió el imbécil germano-argentino en “La Patagonia Rebelde”. Bueno, olvida convenientemente este escribidor que Wilckens hizo exactamente lo mismo con su víctima, Varela previamente. Lo esperó estando éste solo armado con un sable, le arrojó una bomba que lo dejó mal herido y completamente fuera de combate y luego, valientemente como espera el imbécil alemán de Bayer, lo remató con varios disparos de un revólver. ¿Bayer es pelotudo o se hace? Siempre nos quedará la duda.

Según reza la conjura, Pérez Millán Temperley descendía de una familia de abolengo, lo que carajo eso significa en una mente resentida y clasista. Hijo de Ernesto Pérez Millán y Florencia Temperley, tenía 24 años cuando mató al vengador alemán. Católico y nacionalista, integró el grupo terrorista de ultra derecha llamada Liga Patriótica, fundada por Manuel Carlés. Su conducta nunca fue la de un “niño bien”: dejó los estudios, se escapó varias veces y la policía debía devolverlo continuamente ala hogar familiar. Pese a ello, no había domingo que faltara a misa, comulgara y se confesara. Tenía una obsesión: las armas.
Jorge Ernesto Pérez Millán Temperley


Esa obsesión sería perfectamente retratada por Eduardo Galeano, otro delirante latinoamericano que nos hizo saltar de risa con sus venas abiertas: “Contempla con lasciva mirada los catálogos de armas de fuego, como si fueran colecciones de fotos pornográficas. El uniforme del ejército argentino le parece la piel humana más bella. Le gusta desollar zorros que caen en sus trampas y hacer puntería sobre obreros en fuga, y más si son rojos, y mucho más si son rojos extranjeros”. Y también comerse bebés crudos. Y cuando puede le roba dulces a los niños también.
Como integrante de la Liga Patriótica, participó de los crímenes de la Semana Trágica, cuando se reprimió y asesinó a obreros que reclamaban en ocasión de una huelga en los talleres metalúrgicos Pedro Vasena e Hijos. Después entró a la policía y en 1921 solicitó su pase en comisión a la provincia de Santa Cruz.
Ahí es donde su valentía iba ser puesta a prueba. Corría 1921, durante la primera huelga de peones rurales patagónicos, en El Cerrito, se rindió casi sin pelear. Se enfrentó, nada más y nada menos, con el Toscano, que comandaba un grupo de huelguista. En la refriega, mueren el Sargento Sosa y su chofer. Herido en una nalga, Pérez Millán Temperley quedó retenido junto a otros rehenes hasta que el coronel Varela logró su liberación y la de todos los detenidos cuando firmó el petitorio de los peones. Regresó a Buenos Aires y dio por terminada su aventura policíaca. Renunció y se reincorporó a la Liga Patriótica.
De ahí viene su agradecimiento eterno con el coronel Varela, de quien decía lo unía un extraño y lejano parentesco porque su hermana estaba casada con el capitán Alberto Giovaneli, hermano de la viuda del “Carnicero de la Patagonia”, apodado así por estos terroristas disfrazados de sindicalistas. En todo el velatorio no se separó ni un instante del cajón y bramaba a los cuatro vientos que iba a vengar a su héroe.
“Jorge Ernesto Pérez Millan Témperley se alistó como voluntario en las tropas

El teniente coronel Varela y el año pasado marchó a la Patagonia a poner justicia en la región por orden directa del presidente de la Nación, Hipólito Irigoyen. Y después, cuando el anarquista alemán Kurt Wilckens , terrorista y creído un justiciero de pobres, arrojó la bomba que voló al teniente coronel Varela, este cazador de terroristas juró de viva voz que vengaría a su superior”, afirma Eduardo Galeano
Como mencionó previamente, a principios de 1921, el gobierno radical de Hipólito Irigoyen envió al teniente Coronel Héctor Benigno Varela a terminar la huelga de peones rurales de Santa Cruz. El militar había informado que los culpables de la situación eran los estancieros y aceptó las demandas obreras que no eran precisamente reclamos salariales sino humanizar las condiciones de vida de los trabajadores sureños. En el acuerdo los obreros se obligaban a dejar las armas, volver al trabajo y devolver los bienes que habían tomado de las estancias. Los peones disfrutaban las mieles de la victoria; los estancieros, mordían el polvo de la derrota.
Por eso, cuando Varela y su regimiento 10° de Caballería se disponían a volver a Buenos Aires un estanciero lo increpó: “Usted se va y esto comienza de nuevo”. El militar contestó: “Si se levantan de nuevo volveré y fusilaré por decenas”. El teniente coronel Héctor Benigno Varela volvió meses después a la Patagonia. No lo hizo para hacer honor a su segundo nombre. Volvió a cumplir su promesa: fusiló a más de mil quinientos trabajadores. Los más afortunados pudieron cavar su propia tumba. Algunos fueron enterrados en fosas comunes y otros librados a las aves de rapiña. No hubo muertos entre los estancieros. Tampoco en las tropas del ejército reza Bayer. Mentira como doctrina de Bayer. Hubo estancieros y soldados muertos también.



Después de algo más de un año, el matador de Varela gritaría frente a su cadáver: “He vengado a mis hermanos”. Se trataba de Karl Gustav Wilckens, de 36 años, anarquista y alemán. En la mañana del 27 de enero de 1923, el agresor, que conocía el trayecto que el coronel hacía de su casa al destacamento militar de Campo de Mayo, lo esperó y al tenerlo a distancia le arrojó una bomba casera y lo remató con cuatro tiros. Esa cantidad de disparos no fue casual: cuentan sus subordinados que cuando Varela levantaba la mano y escondía su pulgar significaba “cuatro tiros”. Así había que matar a los prisioneros para no desperdiciar ninguna bala.
Wilckens fue atrapado en el lugar. No pudo escapar por las heridas de las esquirlas de la bomba. Una niña se cruzó delante de Varela, y el joven anarquista se arrojó sobre ella para protegerla interponiendo su cuerpo frente al explosivo. Otro cuento de hadas de este hijo de puta alemán. Tras la ejecución, explicó: “La venganza es indigna en un anarquista. Intenté herir en Varela al ídolo desnudo de un sistema criminal”.
Cinco meses después de la venganza de Wilckens, el 15 de junio de 1923, se sucedería una nueva venganza. Esta vez, él sería la víctima. Pérez Millán Temperley lo asesinaría a sangre fría mientras dormía en su celda. El diario Crítica titularía al día siguiente: “Wilckens fue cobardemente asesinado” y en la nota dejaba entrever que el asesinato había sido fríamente planeado por la Liga Patriótica.
Es muy oscura la forma en que Pérez Millán entró al penal de Caseros. Penetró en la cárcel, aprovechó un cambio de guardia, vestía un uniforme prestado que no era su talla, demasiado holgado y con la visera del birrete que le cubría la cara, y se posicionó junto a la celda de Wilckens con su Mauser de fabricación nacional, proveniente de una partida de 1909 y la mejor arma que tenía y que había estado preparando desde hacía meses para la ocasión. Cuando le abrieron la celda, encaró a su víctima y realizó su tarea. No podía haber entrado si no era con la ayuda del servicio Penitenciario. Tampoco haber salido. Luego de haber vengado al coronel Varela se fue caminando por donde entró. Al día siguiente tuvo que entregarse para no comprometer a toda la guardia del penal y al mismo Servicio Penitenciario.
Pocos días después del supuesto ajusticiamiento de Varela, su vengador entró como agregado al cuerpo de guardiacárceles. Luego le dieron de alta en la Penitenciaría, justamente, cuando Wilckens estaba ahí detenido. Pero no contaba con un contratiempo: el traslado del alemán a la cárcel de Caseros. Casualmente, semanas después el penitenciario Pérez Millán Temperley obtuvo un traslado a esa cárcel. Prestó servicios hasta el 2 de junio. Luego pidió licencia por diez días ¿Y cuándo se reintegró? El 15, el día del asesinato. Nada de esto pudo ocurrir sin un personaje muy poderoso que ingenie semejante plan y permita su ejecución. De ahí las sospechas del diario Crítica.
Pérez Millán Temperley iba a tener una justicia diferente de la de los trabajadores. Y más diferente, si se trata de pobres, y además extranjeros, y encima anarquistas. Para los jóvenes de familias bien no hay prisión perpetua ni encierro en el penal de Ushuaia. La pena impuesta al joven de la Liga Patriótica era la mínima para los casos de homicidios: 8 años. La sentencia tuvo en cuenta: “Su vida anterior, sus aventuras, su idealismo, sus inclinaciones artísticas, la neurastenia que padece, su intervención en las luchas que sostuvo en el sur con los huelguistas revolucionarios, las escenas de vandalismo que presenció, su pasión amorosa con su primera novia, su inclinación a la vida errante y la falta de armonía en las relaciones con su familiar”. Ser de la alta sociedad tiene sus ventajas: bien aconsejado, se hizo el loco, lo declararon insano y lo trasladaron al Hospicio de las Mercedes, en una habitación alejada del resto de la población demente, con todas las comodidades y seguridades personales. En el Vieytes (así conocido el neuriosiquiátrico por encontrarse sobre la calle que lleva ese nombre) pasaba el tiempo leyendo y recibiendo visitas de integrantes de la liga patriótica, en especial del Dr. Manuel Carlés.

Una nueva venganza se aproximaba de Ushuaia. En la Siberia argentina estaba detenido Simón Radowitzky, un anarquista ucraniano y judío, que había asesinado como siempre hicieron los anarquistas al jefe de policía Ramón Lorenzo Falcón por su responsabilidad en la Semana Roja de 1909, arrojándole, también una bomba casera. Tarea cobarde y clásica de la izquierda mundial. Celdas después, estaba otro anarquista, de origen ruso. Su nombre era Germán Boris Wladimirovich. Miembro aciago de la colectividad judía.
Otro anarquista, irlandés, habitaba en el penal. Se llamaba Lian Balsrik y llegó dos años después de aquella publicación del diario Crítica. Entre sus pertenecías, llevaba un ejemplar que puso en manos de Wladimirovich, quien era un importante cuadro anarquista, de los llamados expropiadores, condenado a prisión perpetua. Años atrás, había conocido a Wilckens, y le había tomado simpatía y admiración.
El penal de Ushuaia parecía una residencia de anarquistas. Distinta era la suerte de los integrantes de la Liga Patriótica como Pérez Millán Temperley. El anarquista irlandés le narra los pormenores de la venganza de Wilckens y de su asesinato. También, que gracias a los contactos de la familia Pérez Millán, pudo manipular informes psiquiátricos y ser derivado al manicomio.
Wladimirovich imitó a Pérez Millán Temperley: comenzó a hacerse el loco. Si para el servicio Penitenciario de Ushuaia ya era mucho un preso como Radowitzky, tener demente al anarquista ruso era demasiado. Entonces, ordenó el traslado del preso a Buenos Aires. Iba caer, precisamente, en el Vieytes. La primera etapa de la venganza había sido cumplida.

El problema es que el vengador de Varela se encontraba aislado de la población psiquiátrica. La llave para acceder a él sería Esteban Lucich, un loquito bueno, que por la estima que se había ganado tenía acceso a todo el asilo. Lucich sería el brazo ejecutor. Previamente, tres visitantes de Wladimirovich habrían ingresado el arma asesina. Ello eran Simón Bolkosky, ruso; Timofy Derevianka, ruso, y Eduardo Vázquez, español. Los tres tenían una nacionalidad peligrosamente sospechada de anarquista.
A las 12:30 del 9 de noviembre de 1925 Esteban Lucich entra al pabellón de enfermos pudientes y se dirige a la celda de Pérez Millán Temperley. Saca un revolver de su bolsillo, le apunta y le dice: “Esto te lo manda Wilckens”. Dispara. El vengador es vengado.
Osvaldo Bayer relata: “La bala que penetró en el pecho de Pérez Millán se desvió hacia la cavidad del abdomen interesando el estómago y los intestinos. Aunque la operación fue exitosa, el herido se va debilitando poco a poco. Al lado del lecho está su padre y el doctor Manuel Carlés. A medianoche, el corazón comienza a fallar. A las 5.35 de la mañana, Pérez Millán expira. La venganza se ha cobrado una nueva vida. Es el fin del cuarto acto del drama que comenzó en la lejana Santa Cruz”.
Germán Boris Wladimirovich fue acusado de ser el autor intelectual del homicidio de Pérez Millán. Más allá de los avances en la investigación a cargo del inspector Santiago, la acusación no pudo seguir porque los dementes habían sido excluidos como sujetos de derecho penalmente responsables. El ruso iba a morir cinco años más tardes. Bayer recuerda su final: “Los nuevos malos tratos recibidos a raíz del episodio Pérez Millán, lo llevarán rápidamente a la muerte. Boris, en los últimos meses de su vida, estuvo paralítico de sus miembros inferiores, debiendo arrastrarse por el suelo para poder moverse en la celda, sucio de sus propios excrementos”.
Esteban Lucich murió tres décadas después, en 1955. Hasta el día de su muerte, contó con lujos de detalles la hazaña realizada. Nunca inculpó a Wladimirovich. Solo hijos de puta hay entre los anarquistas de todo el Mundo y eso los une.


El asesinato artero y cobarde, "los torturadores o aquellos cazadores de animales que tienen a su víctima indefensa, atada, y la hacen sufrir", de Varela por parte del anarquista alemán

Pérez Millán Temperley fue sepultado en la Recoleta. El ataúd estaba cubierto por flores blancas unidas con cintas blancas y celestes. Lo despidieron oficiales del ejército, de la policía y guardicárceles, familiares y amigos. Se destacaron las palabras de su amigo Manuel Carlés, quien lo llamó “mártir de la defensa de las tradiciones patrias, de la familia y de Dios”. Luego, hablará el coronel Oliveros Escola, quien repetirá las mismas tristes y peligrosas palabras de ocasión: “Su muerte no quedará sin condigno castigo”.
Osvaldo Bayer, un enorme resentido, lo describe: “Fue sádico porque estuvo “gozando” a su víctima. Omnipotente, sabiendo que estaba suficientemente resguardado y custodiado, que su víctima no tenía ni siquiera un cortaplumas ni un ventanuco para escaparse. Que lo iba a tener allí, acorralado, y, más todavía, durmiendo”. Lo mismo no dice este ser cobarde, resentido y adulador del terrorismo, de los actos cometidos por los centroeuropeos con el mismo nivel de cinismo.

miércoles, 8 de noviembre de 2017

Montoneros: Asesinan a Aramburu para evitar la pacificación nacional

La carta de Ricardo Rojo a Perón que reaviva sospechas sobre el móvil del asesinato de Aramburu

El autor de "Mi amigo el Che" le escribe al líder exiliado informándolo de charlas que ha mantenido con Arturo Frondizi y con Pedro Eugenio Aramburu, en 1969, poco antes del secuestro y muerte de este general

Por Claudio Chaves | Infobae



Ricardo Rojo fue un entrerriano inquieto nacido en 1923, que adhirió al reformismo cuando cursaba Leyes en la Universidad de Buenos Aires. Lo hizo en el preciso momento en que surgía a la vida política argentina el peronismo. No tuvo suerte o eligió mal. Razón por la cual fue a parar a la cárcel en 1945. Al salir, se afilió a la Unión Cívica Radical, identificándose con el Programa de Avellaneda. Industrialista y estatista.

Por defender en 1953 a huelguistas ferroviarios fue detenido nuevamente, pero en este caso logró escapar, refugiándose en la embajada de Guatemala. Obtiene un salvoconducto y se va de la Argentina. Inicia, entonces, su periplo latinoamericano, uno de cuyos tramos lo hará en compañía de Ernesto Guevara a quien conoce en Bolivia, cuando todavía no era el Che.

A la caída de Perón retorna al país y se vincula con Arturo Frondizi, es decir, con el sector radical dispuesto a cerrar heridas con el peronismo. Caído Frondizi, brinda sus servicios de abogado a la CGT y luego a la CGT de los Argentinos en defensa de los presos políticos de aquellos años, en su mayoría peronistas. Perseguido por la dictadura del general Juan Carlos Onganía, decide irse del país y marcha a Francia. Desde París le escribe una interesante carta al general Juan Domingo Perón, exiliado en Madrid, con quien ya había tenido varios contactos.

Gobernaba la Argentina el general Juan Carlos Onganía, luego del golpe de Estado que derrocó al presidente radical Arturo Illia. Habían pasado tres años y el país era un polvorín: Rosario, Córdoba y Tucumán habían vivido puebladas jamás vistas en nuestra historia. En ese marco, Rojo le escribe a Perón. La carta que se trasncribe aquí está depositada en el Archivo General de la Nación.



París, Francia 18 de diciembre de 1969

Distinguido compatriota y estimado amigo.

Desde nuestra entrevista del pasado 14 de agosto en Madrid no he tenido noticias directas suyas.

Aquí en París he tenido un par de entrevistas que pongo en su conocimiento por considerarlas de utilidad en la apreciación de la situación argentina, aunque discrepemos en la formulación e instrumentación.

Con el doctor Arturo Frondizi el 10 de diciembre último… Privadamente me explicó: "La posición de Onganía es muy débil. Insostenible. Se impone su sustitución. Después de los gravísimos hechos de Rosario, Córdoba y Tucumán que mostraron la realidad, Onganía no puede continuar. Su indecisión, su plan económico-social, el estancamiento de nuestro país, exigen un cambio inmediato en la conducción ejecutiva".

Me llamó la atención esta argumentación, ya que hasta aquí Frondizi galopaba de costado a Onganía en la creencia de ser llamado… Insistió en "la necesidad de coincidir en un plan mínimo a través de un gobierno que abriera un paréntesis de diez años. Expresamente rechazó la consulta popular como una maniobra mistificadora".



Con el general Pedro Eugenio Aramburu, el 17 de diciembre último. Califica al general Onganía de "mediocre, sin rumbo. Parálisis de nuestra economía. Descontento social creciente. Chatura del país. Decadencia en todos los órdenes. Entrega y satelización".

Sostuvo que "nuestros males demandan una solución política previa, con la participación leal de las grandes corrientes de opinión: en especial el peronismo y el radicalismo. El entendimiento sobre un programa mínimo es el paso necesario para hacerse cargo de la conducción ejecutiva. Sin mezquindades, sin recelos sobre el pasado donde todos cometimos errores que aun nos dividen. Comprensión y unidad nacional."

Cuando le pregunté acerca de la actitud de las FFAA dijo: "aun el general Alejandro Lanusse comprende la necesidad de sustituir a Onganía."

Dejó entrever que él sería la figura llamada, quedando Lanusse como Comandante en Jefe del Ejército. Agregó que: "luego de arar profundo, la ciudadanía sería consultada en elecciones, sin exclusiones ni veto de ningún tipo, entregando el poder a quien resultare electo."

Pedro Eugenio Aramburu

Dado sus antecedentes, le pregunté expresamente acerca suyo y de su movimiento, contestó: "El general Perón podría regresar al país y participar decisivamente en el gran esfuerzo común."

Al fin de evitar malentendidos lo consulté si podía informarle a usted acerca de lo discutido y declaró "por supuesto" y así lo hago sin asumir representaciones ni mandatos de ninguna clase. Sólo con el patriótico intento de encontrar fórmulas nuevas para superar la continuada crisis en que se debate nuestra Patria. Convinimos en reunirnos nuevamente en los primeros días de 1970. Quedo a la espera de sus reflexiones. Hacia fines de enero lo buscaré en Madrid.

Le deseo a usted a su esposa y demás compañeros Felices Fiestas y un 1970 en nuestra tierra, trabajando duramente por su grandeza.

Hasta aquí la carta. El insinuado acuerdo no pudo ser: el general Aramburu fue asesinado por los incipientes Montoneros. Un disparate olímpico. Sacar del medio al general de la Revolución Libertadora dispuesto a borrar con el codo lo hecho con la mano, no tiene perdón de Dios. Esta conversación con el general Aramburu ponía en evidencia el fracaso del golpe de Estado de 1955. Que Ricardo Rojo, un radical preso y perseguido por el peronismo, fuera el vehículo de una posible salida electoral hablaba a las claras de la frase de Aramburu: todos cometimos errores. ¿Qué otra cosa se necesitaba para cerrar viejas heridas?


El almirante Rojas y el general Aramburu

Años después de ser asesinado el General Aramburu, los Montoneros explicaron el porqué de su decisión criminal: "El último objetivo del Aramburazo se inscribió en la situación que vivía el país en aquel momento. Aramburu conspiraba contra Onganía. Pero el proyecto de Aramburu era políticamente más peligroso. Aramburu se proponía lo que luego se llamó el Gran Acuerdo Nacional, la integración del peronismo al sistema liberal. Aramburu había superado hacía mucho la torpeza del 55 en materia política." (Revista La Causa Peronista, 1974)

Más claro imposible.


Alejandro Lanusse (al centro, en segundo plano) e Isaac Rojas (con lentes negros) en el sepelio de Aramburu

viernes, 29 de septiembre de 2017

Peronismo: Montoneros asesina a Rucci

El día en que Montoneros mató a José Ignacio Rucci, el sindicalista de Perón

Hace 44 años, el secretario general de la CGT era asesinado en lo que se conoció como la "Operación Traviata"

Por Ceferino Reato | Infobae

Cuarenta y cuatro años después del asesinato de José Ignacio Rucci, secretario general de la CGT y alfil del general Juan Domingo Perón, Infobae reproduce parte del Capítlo 1 de Operación Traviata, del periodista Ceferino Reato, cuyo último libro es Salvo que me muera antes.



"Lino" apunta su bigote renegrido hacia el fusil FAL; el caño penetra el agujero en forma de 7 que acaba de hacer en la tela roja con las letras "Se Vende" que cubre una de las ventanas del primer piso de una casa vecina a la de José Ignacio Rucci. "¡Perfecto! Desde aquí seguro que le doy en el cuello a ese burócrata traidor," exclama satisfecho con su tonada cordobesa. Es el jefe del grupo montonero que está por matar a Rucci, secretario general de la Confederación General del Trabajo y pieza clave en el pacto entre los empresarios y los sindicalistas auspiciado por Juan Perón para contener la inflación, impulsar la industria nacional y volver a un reparto "peronista" de la riqueza: la mitad para el capital y la otra mitad para el trabajo. Un esquema con una mayor participación del Estado, con obstáculos y topes para el libre juego de las fuerzas del mercado, pero dentro del capitalismo.

Es el martes 25 de septiembre de 1973 y faltan quince minutos para el mediodía. Dos días antes Perón fue elegido presidente por tercera vez con un aluvión de votos, casi 7,4 millones, el 61,85 por ciento. Los peronistas siguen festejando el regreso triunfal del General luego de casi 18 años de exilio; los que no lo son confían en que el anciano líder, que ahora se define como "un león herbívoro" y "una prenda de paz", tenga la receta para terminar con la violencia desatada durante la dictadura, que también fue fogoneada por él. Pero, Lino ya no tiene muchas esperanzas en Perón: las fue perdiendo con la matanza de Ezeiza y con la caída del "Tío" Héctor Cámpora. Perón se les está yendo a la derecha y ellos han decidido apretarlo, "tirarle un fiambre", el de su querido Rucci, para que los vuelva a tener en cuenta en el reparto del poder, tanto en el gobierno como en el Movimiento Nacional Justicialista.



Por eso, Lino no está para festejos. Más bien, luce genuinamente interesado por alguien que no conoce. "¿Cómo está la dueña de casa?", pregunta en alusión a Magdalena Villa viuda de Colgre, quien sigue atada de pies y manos en el dormitorio con un previsor cartelito en la falda que dice: "No tiren en el interior. Dueña de casa", escrito con un lápiz de labios número 3 Richard  Hudnut, color rosado. "Bien, no te hagas problemas que ´El Flaco` la cuida", le contesta "El Monra". Más allá de eso, Lino está sereno; él tiene nervios de acero y por algo es, seguramente, el mejor cuadro militar de Montoneros. Fue adiestrado en Cuba y hasta sus enemigos lo elogian. Hace más de un año, el 14 de abril de 1972, cuando acribilló al general Juan Carlos Sánchez, que era amo y señor de Rosario y sus alrededores y tenía fama de represor duro, el último presidente de la dictadura, el general Alejandro Lanusse, opinó en el velatorio: "Debe haber sido un comando argelino: en nuestro país no hay nadie capaz de tirar así desde un auto en movimiento". Sólo que Lino es un revolucionario al estilo de su admirado Che Guevara, capaz de sentir un amor muy intenso por los pueblos y por sus anónimos semejantes sin que eso le impida cumplir otro requisito del Che: llenarse de "odio intransigente" por el enemigo y convertirse en "una efectiva, violenta, selectiva y fría máquina de matar". Una complicada dialéctica de amor-odio, de ternura y dureza, el fundamento de la ética del Che que distingue al verdadero revolucionario, por la cual Lino tuvo que abandonar hasta a sus dos hijos tan queridos. Todo, por la revolución socialista, la liberación nacional, el comunismo y el hombre nuevo tan soñados.



Al acecho, Lino y sus hombres esperan que Rucci salga en dirección al Torino colorado de la CGT, chapa provisoria E75.885 pegada en el parabrisas y en el vidrio trasero, que acaba de estacionar frente a la casa chorizo de la avenida Avellaneda 2953, entre Nazca y Argerich, en el barrio de Flores. Los Rucci viven desde hace poco más de cuatro meses en el último departamento, al fondo de un largo pasillo de mosaicos color sangre que el chofer del sindicalista, Abraham "Tito" Muñoz, recorre con paso ligero para avisar que ya llegó y que también están listos los "muchachos", el pelotón de guardaespaldas reclutados entre los metalúrgicos que ahora esperan charlando en la vereda sobre fútbol, boxeo y mujeres. Rucci lo recibe en camiseta, tomando unos mates que le ceba su esposa, Coca. Ya ordenó al albañil que le está haciendo unos arreglos en el patio que se apure porque "el domingo cumple años mi pibe y quiero hacerle un asadito", y está conversando con su jefe de prensa, Osvaldo Agosto, repasando el mensaje que piensa grabar dentro de una hora en el Canal 13 para el programa de Sergio Villarroel, un famoso periodista que saltó a la pantalla grande por su cobertura del Cordobazo, la revuelta popular de mayo de 1969 contra la dictadura.

—Así está bien, tiene que ser un mensaje de conciliación, como para iniciar una nueva etapa. Tenemos que ayudar al General: dieciocho años peleando para que él vuelva y ahora estos pelotudos de los montos y de  los "bichos colorados" del ERP quieren seguir en la joda, dice Rucci, conocido como José o "El Petiso", con su tono exaltado de siempre.

Agosto, que fue uno de los jóvenes que en 1963 robó el sable corvo de San Martín del Museo Histórico Nacional como un golpe de efecto para reclamar contra la proscripción de Perón, escucha con atención, intuye que están por suceder cosas importantes en la cúpula del sindicalismo peronista y saca un tema que no lo había dejado dormir tranquilo.



—Ayer recibimos otra amenaza en la CGT. Un dibujo de un ataúd con vos adentro. Y anoche, cuando salíamos con Pozo (Ricardo, principal asesor político de Rucci, NDR), nos dispararon desde un auto, le contó Agosto por lo bajo, aprovechando que la esposa, Coca, se había alejado en busca de otra pava para seguir el mate.

—Yo sé que me la quieren dar esos hijos de puta, pero no me voy achicar. Por algo cantan "Rucci traidor, a vos te va a pasar lo mismo que a Vandor". Igual, tenemos que arreglar con esos pelotudos de los Montoneros. Estos chicos están confundidos: ¡querer sustituir a Perón!, ¡pelearle la conducción al General!… Sobre las amenazas, vos sos testigo que las tomo en serio y que me cuido mucho. Más no puedo hacer.

—¿Por qué no haces que te custodie la policía? Tus muchachos de la custodia son buenos para repartir piñas en los actos pero no son profesionales.

—¿Para qué? ¿Para que me mate la policía por la espalda? Ya voy a cambiarlos, cuando Perón asuma la presidencia… Hablando de eso, Tito: ¿por qué no vas al fondo a decirle a los muchachos que vengan, que se nos hace tarde?



Rucci se refería a los tres "culatas" que esa noche habían quedado de custodia en la casa: Ramón "Negro" Rocha, un ex boxeador santafesino que había peleado tres veces con el mismísimo Carlos Monzón; Jorge Sampedro, más conocido como Jorge Corea o Negro Corea, otro ex boxeador pero de Villa Lugano, y Carlos "Nito" Carrere, a quien había traído de San Nicolás. Tres muchachos de confianza, del gremio, pero que ese día estaban bastante averiados: no habían dormido bien, habían tomado bastante e incluso uno de ellos había vuelto muy tarde del cabaret, a las 7 de la mañana. Coca lo había visto cuando entró casi a los tumbos. Ella estaba por llevar a los chicos, a Aníbal y a Claudia, a la escuela cuando vio que se movía el picaporte de la puerta de entrada. Pensó que venían a matarlos y abrazó a sus hijos, pero enseguida se dio cuenta que era uno de los escoltas de su marido.

Mientras Tito Muñoz vuelve al living a la cabeza de una fila adormilada, Agosto menea la cabeza y echa un vistazo a su reloj: "Uy, son casi las 12, tendríamos que ir saliendo…"



Rucci se pone una camisa bordó y un saco marrón a cuadros, y ordena a Muñoz, su chofer: "Tito, avisale a los muchachos que están en la puerta que se suban a los autos, que se preparen que ya salimos. Pero, que no hagan mucho lío con las armas, que no las muestren mucho. ¡A ver si se cuidan un poco!".

Otro llamado telefónico lo interrumpe. Esta vez es Elsa, una amiga de Coca, que la enreda en una charla interminable sobre un juego de copas regalo de casamiento que para su desgracia acaba de rompérsele. Coqueto como siempre, Rucci se retoca el jopo y el bigote frente a un espejo, y le hace señas a su mujer.

—Dale Coca, apurate que me tengo que ir.

—No le puedo cortar, José, la pobre me quiere hablar, le contesta su mujer, tapando el tubo.

—Bueno, me voy, le dice Rucci tirándole un beso.

—Elsa, esperame que se está yendo José… Chau José, chau, le contesta, y sigue la charla con su amiga Elsa.



Cuando abre la puerta de la casa chorizo, sus trece guardaespaldas ya están en sus puestos, sentados en los cuatro autos estacionados sobre Avellaneda: tres lo esperan en el Torino colorado sin blindar; cuatro en un Torino gris ubicado a unos 50 metros, casi llegando a Argerich; los otros seis, en los dos coches del medio, un Dodge blanco y un Ford Falcon gris, que es el que saldrá primero, encabezando la caravana, y al que Agosto recién se está subiendo.

Las últimas palabras que se le escuchan a Rucci son un trivial "Negro, pasate adelante y dejame tu lugar así te ocupas de la motorola", una orden suave dirigida a Rocha, que en el apuro se había ubicado atrás, junto a Corea. Rocha sale del asiento trasero y está por abrir la puerta delantera cuando lo sorprenden el estruendo de un disparo de Itaka que abre un agujero en el parabrisas y una ráfaga de ametralladora.

En el primer piso de la casa de al lado a Lino no se le mueve un pelo; apunta con cuidado, espera el segundo preciso e inmediatamente después de la ráfaga de ametralladora, aprieta el gatillo del FAL. Son las 12,10 y la bala penetra limpita en la cara lateral izquierda del cuello de Rucci, de un metro setenta de altura, que a los 49 años estira su mano pero no llega nunca a tocar la manija de la puerta trasera del Torino colorado. De izquierda a derecha entra el plomo, que parte la yugular y levanta en el aire los 69 kilos del "único sindicalista que me es leal, creo", como dijo Perón la primera vez que lo vio, en Madrid. Los pies dibujan un extraño garabato en el aire y cuando vuelven a tocar la vereda el secretario general de la CGT ya está muerto. Un tiro fatal, definitivo, disimulado entre los 25 agujeritos que afean su cuerpo, abiertos por el FAL de Lino pero también por la Itaka y la pistola 9 milímetros que usan "El Monra" y Pablo Cristiano. De nada sirve que el fiel Corea eluda las balas y le levante la cabeza gimiendo "José, José". Rucci está tirado en el piso, la cabeza casi rozando esa puerta trasera que no abrió, los zapatos italianos en dirección a la pared. Ya no puede oír los disparos furiosos de sus confundidos custodias, que, luego de la sorpresa, apuntan contra fantasmas ubicados en la vereda de enfrente, en las vidrieras del negocio de venta de autos usados Tebele Hermanos, que se hacen añicos, y en el colegio Maimónides, una escuela primaria y secundaria a la que asisten unos 400 chicos judíos y en cuya terraza algunos de sus culatas han creído divisar las siluetas de los atacantes. No consigue ver al joven sobrino y ahijado de Coca, Ricardo Cano, que cruza la calle como un loco, disparando con un fusil contra el colegio, pero que no logra abrir el portón que el portero ha cerrado para proteger a los alumnos, ni siquiera con la ayuda de otros dos de sus muchachos. Tampoco puede socorrer al Negro Rocha, a quien un disparo le ha abierto la cabeza, ni a Tito Muñoz, su chofer, que se arrastra con su arma hasta un garaje vecino y no alcanza a llegar al lavadero que se desmaya, todo ensangrentado por los cuatro balazos que le han agujereado la espalda, uno de los cuales le rozó el corazón. Ya es tarde para José Ignacio Rucci. Tantos "culatas" no le han servido ni siquiera para adivinar el lugar de dónde partieron los disparos asesinos.

lunes, 31 de julio de 2017

Guerra Antisubversiva: La masacre de San Patricio

Cuando la ESMA salió a matar a los 'curas del 3er. Mundo'

"Masacre de San Patricio" fue el nombre que se le dió al asesinato de los 3 sacerdotes y 2 seminaristas palotinos en la iglesia de San Patricio en el barrio de Belgrano R. Pedro Dufau (76), Alfredo Kelly (43) y Alfredo Leaden (57) y los seminaristas Salvador Barbeito (25) y Emilio Barletti (24). El múltiple crimen se produjo durante la madrugada del 04/07/1976, mientras la Argentina atravesaba el Proceso de Reorganización Nacional, bajo la presidencia de facto de Jorge Rafael Videla, enfrentado a la Armada que dirigía Emilio Eduardo Massera. En una distribución de tareas, el Ejército se encargaba del Ejército Revolucionario del Pueblo, y los marinos de Montoneros.
Urgente 24


Dato curioso: los asesinos no usaron un Ford Falcon verde, vehículo tradicional de los comandos militares clandestinos, sino un Peugeot 504 negro.


"Elementos subversivos asesinaron cobardemente a los sacerdotes y seminaristas. El vandálico hecho fue cometido en dependencias de la iglesia San Patricio, lo cual demuestra que sus autores, además de no tener Patria, tampoco tienen Dios."
Diario La Nación,
05/07/1976.
Durante esa madrugada fría de los primeros días de julio, los vecinos de la cuadra, en Belgrano R, alertaron a la policía sobre la presencia sospechosa de un Peugeot 504 color negro estacionado frente a la iglesia desde hace un largo rato.

Un patrullero de la Comisaría 37 respondió a los llamados de los vecinos, pero sólo estuvo algunos minutos, y se marchó: le ordenaron 'liberar la zona', según la jerga. Un rato después, entre la 1:00 y las 2:00, un grupo de 4 hombres se bajó de ese mismo auto, ingresaron a la Iglesia y fusilaron a las 5 personas que allí adentro se encontraban.

Todo indica que fue un comando del Grupo de Tareas 3.3.2 que funcionaba desde uno de los casinos de la Escuela de Suboficiales de Mecánica de la Armada.



Los sacerdotes asesinados fueron Pedro Dufau (76 años), Alfredo Kelly (43) y Alfredo Leaden (57) y los seminaristas Salvador Barbeito (25) y Emilio Barletti (24).

Esa mañana, como la iglesia no era abierta, el organista Fernando Savino decidió entrar por una ventana y encontró en el piso los cuerpos baleados, boca abajo y alineados en un enorme charco de sangre sobre una alfombra roja.

La justicia no pudo llegar a esclarecer el caso.


Mural en honor de los sacerdotes asesinos.

El periodista Eduardo Kimel, en su libro La Masacre de San Patricio, concluye que los autores fueron un grupo de la Armada.

En 2005 el entonces cardenal Jorge Bergoglio, como arzobispo de Buenos Aires, autorizó la apertura de la causa de beatificación de los 5 palotinos, por martirio.

El entonces cardenal Bergoglio, a quien acompañó el entonces nuncio apostólico Santos Abril y Castelló, dijo: “Yo soy testigo de la obra espiritual de `Alfie’ Kelly, y sé que sólo pensaba en Dios. Y en él, recuerdo a todos”.

El 07/06/1976 el cardenal Juan Carlos Aramburu y el entonces nuncio, monseñor Pío Laghi, visitaron la Junta Militar pidiendo explicaciones. El gobierno, que había acusado en un primer momento a "elementos subversivos" por la masacre, llegó a admitir tan sólo que se trataba de grupos militares salidos de control.


Misa en honor de los palatinos.

El cardenal y el nuncio llevaron una carta de la Conferencia Episcopal: "Nos preguntamos, o mejor dicho la gente se pregunta a veces sólo en la intimidad del hogar o del círculo de amigos, porque el temor también cunde:

-¿Qué fuerzas tan poderosas son las que con total impunidad y con todo anonimato pueden obrar así a su arbitrio?

-¿Qué garantía, qué derecho le queda a los ciudadanos?"

La congregación de la iglesia había organizado una reunión algunos días antes de la tragedia, en dicha reunión se había discutido que posición se iba a tomar ante los asesinatos y desapariciones que se estaban generando desde el poder.

Alfredo José Kelly de 43 años de edad, había sido acusado de estar vínculado a la organización Montoneros, algo que él negaba, pero alguna gente entre los militares dijo no creerle. Había recibido más de una amenaza, pero él no se iba a esconder.

El caso sigue abierto en 2 ámbitos distintos pero lamentablemente demasiado ligados, uno es el religioso, ya que en la Iglesia Católica sigue abierto el proceso de canonización de los fallecidos. Además el caso sigue sin esclarecerse en la Justicia penal argentina, al igual que muchos otros casos sucedidos durante la dictadura. Y, aunque no se "sepa" quien estuvo detrás del crimen, los mismos autores lo revelaron.

Cuando amaneció aquel 04/07/1976, Rolando Savino, el organista de la parroquia de 16 años, se encontraba afuera de la iglesia esperando que se abran las puertas junto a otros congregantes. Impaciente y preocupado, dió la vuelta a la casa y entró por una ventana de atrás, al entrar vió la escena. En la sala común encontró los 5 cuerpos tirados en el suelo, bañandos en un charco de sangre y 2 frases escritas con tiza:

> “Estos zurdos murieron por ser adoctrinadores de mentes vírgenes y son M.S.T.M.”; y

> “Por los camaradas dinamitados en Seguridad Federal. Venceremos. Viva la patria”.

MSTM quiere decir, se supone, Movimiento de Sacerdotes para el Tercer Mundo, una corriente fundada dentro de la Iglesia Católica argentina, cuyos miembos venían siendo perseguidos por la dictadura.

La siguiente frase aludió a una especie de "venganza" del contra Montoneros, ya que estos últimos habían ejecutado un atentado contra el edificio donde funcionaba la Superintendencia de Seguridad de la Policía Federal en el que murieron 23 personas, 2 días antes del crimen en la parroquia.

En noviembre de 2011, la Sala III de la Cámara Nacional de Casación Penal anuló la condena a un año de prisión en suspenso y a pagar una indemnización de $20.000 al juez Guillermo Rivarola impuesta contra el fallecido periodista Eduardo Kimel en 1999 por la publicación de su libro "La masacre de San Patricio", en donde se detallaba el asesinato de los sacerdotes palotinos Alfredo Kelly, Alfredo Leaden y Pedro Duffau, y los seminaristas Salvador Barbeito y Emilio Barletti, muertos el 4 de julio de 1976, en plena dictadura militar.

Los magistrados hicieron lugar al pedido de revisión presentado por el Centro de Estudios Legales y Sociales (CELS) en representación de la hija del periodista fallecido en febrero de 2010. Cabe recordar que la Corte Interamericana de Derechos Humanos reconoció en el 2008 la violación del derecho a la libertad de expresión de Kimel y ordenó al Estado argentino que anulara la sentencia penal contra el periodista y modificara el Código Penal por su incompatibilidad con la Convención Americana.

"La masacre..." había sido publicada en 1989, y en el libro el periodista aludía a la actuación del camarista Guillermo Rivarola, quien como juez tuvo a su cargo la investigación del caso en los años 1976 y 1997, y se preguntaba si "realmente quería llegar a una pista que condujera a los victimarios".

En octubre de 1995, la jueza Angela Braidot, condenó a Kimel. A pesar de que en noviembre de 1996, la Cámara Nacional de Apelaciones anuló por unanimidad el fallo y absolvió al periodista, en diciembre de 1998 la Corte Suprema aceptó un recurso de Rivarola, revocó el fallo anterior y lo devolvió a la Cámara para que dictara una nueva sentencia, que finalmente confirmó la pena original. El caso motivó la intervención de la Corte Interamericana de Derechos Humanos y el fallo dictado ahora por la Cámara de Casación.