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lunes, 2 de enero de 2017

Biografía: ¿Diésel fue asesinado o se suicidó?

¿Suicidio o asesinato? El enigma de la muerte del inventor del motor diésel
Rudolf Diésel fue el ingeniero alemán que inventó el motor de alto rendimiento que lleva su apellido. Su muerte, en la vísperas de la Primera Guerra Mundial, está cubierta por un manto de misterio. Conjeturas y conspiraciones sobre el final de un hombre avanzado a su época. ¿Quién lo mató y por qué?
Por Milton Del Moral - Infobae



Se crió en Alemania, pero había nacido en París el 18 de marzo de 1858. Murió a los 55 años el 29 de septiembre de 1913 en el Canal de la Mancha

Rudolf Christian Karl Diesel se suicidó. O lo mataron. La historia tiene enigmas sin resolver. La acumulación de presentes inoportunos multiplican la superstición y debilitan lo verosímil. El inventor de los motores bautizados con su apellido murió por su gesta, por su épica, por su propia cronología. La incógnita opera sobre las sombras de una muerte teñida de misterios y conspiraciones; y difumina el origen de la motorización moderna.

La noche del 29 de septiembre de 1913 era fría y tormentosa. El mar estaba inquieto. Diésel viajaba a bordo del SS Dresden, un ferry que cruzaba el Canal de la Mancha, que había partido de Bélgica, con destino a Inglaterra. Había terminado de cenar. Su ropa de dormir estaba en la cama de su cabina. Eligió no ponérsela. Caminó sobre la cubierta del barco. Se quitó el abrigo. Lo dejó cuidadosamente sobre una baranda. Y se tiró sobre las arremolinadas aguas negras.

O lo tiraron.


Antes de embarcar le había entregado un bolso a su esposa con todo su dinero junto a una serie de documentos que delataban la crisis financiera que lo ahorcaba. Una instrucción sugería abrirlo en una semana. Su esposa nada sospechaba. Rudolf Diésel fue el ingeniero alemán que había inventado el motor de combustión de alto rendimiento. Una idea rupturista, paradigmática y próspera que, sin embargo, lo había catapultado a la bancarrota. Los recursos aplicados a la optimización del producto -aún ineficiente y falible-, los primeros clientes insatisfechos que lo demandaron, la inversión obstinada estaban ahogándolo. La metáfora de su final. Había muerto en el mar un alemán endeudado mientras viajaba a Londres por negocios en vísperas de la Primera Guerra Mundial.


Las teorías de su suicidio son tan fuertes como las conspiraciones de asesinato

Relativizando las teorías de un suicidio, sobre tal razonamiento se consolida la primera hipótesis del asesinato. Un diario de época publicó su muerte con un titular especulativo: "Inventor arrojado al mar para evitar venta de patentes al gobierno británico". Su producto había interrumpido una coyuntura oportuna para la popularización de una nueva variable de motorización.

Las economías industrializadas utilizaban, por entonces, vapor para mover sus trenes y activar sus fábricas. El transporte urbano dependía de los caballos. Una gripe equina paralizó en esos años las actividades comerciales en los Estados Unidos. Antes una dotación de cien mil caballos había cubierto las calles con quince kilos de excremento y cuatro litros de orina por día. El diésel o un motor eficiente, asequible, dósil y fiable podía ser la solución.

Bajo ese contexto cultural, el motor diésel fue adquiriendo interés. Era más noble en comparación con los motores de combustibles, porque además de ser más económicos de refinar, liberaban menos gases disminuyendo los riesgos de explosiones. Un componente sugerente para el transporte militar, que preferiría que sus bombas no explotaran accidentalmente. Los submarinos franceses, por ejemplo, se propulsaban con motores diésel en 1904. Es el sustento de la primera conspiración sobre la muerte de Rudolf Diésel. La divulgación -la presentación del producto a capitales ingleses- de un invento revolucionario de cuna alemana en los albores de la Gran Guerra podría suponer la desaparición del responsable.


Rudolf Diésel murió muchos años antes de que su motor se volviera popular (iStock)

La segunda conjetura del asesinato confabula contra la industria del petróleo. Para comprender el marco, es menester recopilar la obra póstuma de los motores diésel. En los años veinte, los primeros camiones adoptaron esta nueva motorización. Los trenes, en los años treinta. Para antes de la década del cuarenta, un cuarto del comercio marítimo global era propulsado por motores del ingeniero fallecido. El científico checo Vaclav Smil lo considera uno de los principales promotores del mundo moderno: "Si la globalización hubiera sido impulsada por vapor en vez de diésel, el comercio habría crecido mucho más despacio". El economista irlandés Brian Arthur asocia el éxito del motor de combustión interna al concepto de "la dependencia de la ruta tomada": un fenómeno cíclico que se dedica a reforzar en retrospectiva el plan inicial. Por más que el vapor era tan viable como el petróleo en 1913, la influencia expansiva de la industria petrolera dirigió la inversión y el esfuerzo a evolucionar el motor de combustión interna.

La teoría de "la dependencia de la ruta tomada" explica por qué hoy los vehículos utilizan combustible. Quizá, si los negocios no movieran el rumbo de la humanidad, si el vapor hubiese tenido los mismos beneficios que el petróleo, la historia sería distinta. O sería como Rudolf Diésel lo hubiera deseado: que la rueda de la economía global se moviera por vegetales. Y aquí yace la segunda hipótesis de su asesinato. Aunque el diésel sea emparentado con el combustible -acreedor de una imagen negativa por su responsabilidad en la emisión de gases contaminantes-, el inventor que le dio su apellido al motor lo diseñó para que pueda alimentarse de infinidad de componentes de combustión.


Ingeniero e inventor del motor de combustión diésel: aún su muerte está cubierta de misterio

Diésel fue un acérrimo defensor de su tecnología alternativa. Sus motores podían ser alimentados por polvo de carbón o aceites vegetales, entre otros elementos compatibles. En la Feria Mundial de París de 1900, exhibió un modelo que operaba con aceite de maní. Un año antes de su muerte había presagiado que los aceites vegetales se iban a convertir en una fuente de combustible tan poderosa como el petróleo. Aquella sentencia pudo haber sido también una predicción de su carta de defunción. Otro diario sensacionalista tituló en aquella época la segunda teoría de conspiración: "Inventor asesinado por agentes de grandes compañías petroleras".

El biodiésel resucitó varias décadas después. Ya en otro contexto sociopolítico. Rudolf Diésel vivió en un tiempo y espacio donde adivinar la eficiencia de motores alternativos que contribuyeran al desarrollo de economías agrícolas pobres era desatinado o -al menos- peligroso.

Se suicidó por asfixia económica o lo mataron acusado de traición a su patria o a manos de la temerosa industria petrolera. Su cuerpo apareció una semana después, flotando al lado del barco. No le hicieron la autopsia por su grado de descomposición. Ni siquiera fue llevado a bordo. Sólo se quedaron con su billetera, su navaja y el estuche de sus gafas, pertenencias que luego su hijo identificó. El mar se había apoderado del cuerpo y la verdad.

sábado, 15 de octubre de 2016

ARA: El asesinato del Comandante Mallo

El Asesinato del Comandante Mallo
Historia Digital - Artículos y fotos




El asesinato del Comandante Mallo, en la base naval de Punta Alta, fue un evento que caló hondo en la opinión pública del país en el año 1900. Raúl Oscar Infrán nos relata la historia de Mallo y su matador, Pablo Funes, protagonistas de un crimen del que nunca se llegó a saber toda la verdad.


El asesinato del Comandante Mallo: Entre la historia y la leyenda.
por Raúl Oscar Ifrán (Blog Personal)



I - Un hombre libre

El hombre se arregló el impecable traje oscuro, se acomodó el bigote de manubrio a la usanza de la época y saludó cortesmente al director del Hospital Militar. Había concluido los exámenes médicos que la ley imponía para su liberación.
- A partir de este momento, las puertas están abiertas para usted - le dijo el funcionario - es un hombre libre.
Eran las 9.00 a.m del martes 1 de agosto de mil novecientos once. Nadie hubiera reconocido en este joven de treinta y cuatro años, de aspecto distinguido y modales educados, al penado número 40 del Presidio Militar de Ushuaia, ó al sargento segundo distinguido del Cuartel de Artillería de Costas del Puerto Militar de Bahía Blanca, y menos aún, al alevoso matador del teniente coronel Carlos A. Mallo, primer comandante de este cuerpo, cuna de la actual Base de Infantería de Marina Baterías. Pablo L. Funes, culminaba una dolorosa etapa de su vida iniciada trágicamente once años antes en las desoladas dunas de la Punta sin Nombre.
En el exterior, un grupo de amigos que lo aguardaba impaciente, prorrumpió en exclamaciones de júbilo. El comandante Aníbal Villamayor fue el primero en abrazarlo. Habían sido compañeros de celda en 1905, cuando el ex jefe del Batallón II de Infantería de Bahía Blanca fuera condenado por su adhesión a la revolución radical, involucrado en la masacre de Estación Pirovano. Funes, con la cara hundida en el pecho de su amigo, no pudo contener el llanto. El teniente Orfila, a unos pasos, aguardaba su turno para manifestar su alegría y su afecto.
Un fotógrafo y un cronista de la revista Caras y Caretas documentaban el momento.
- Estoy resuelto a formar en las filas de los hombres honrados y de trabajo - expresó lacónicamente el ex sargento.
Luego cruzó la calle del brazo de sus compañeros y cerró un capítulo escrito con sangre en la historia del primer puerto militar de la República Argentina.




El ex sargento Pablo Funes, en el centro, rodeado por el comandante Villamayor y el teniente Orfila, en las puertas del Hospital Militar, el 1 de agosto de 1900, al momento de recuperar su libertad.

II - Tormenta en el Cuartel de Artillería de Costas

La noche del jueves diez de mayo de mil novecientos, una paloma mensajera levantó vuelo desde el Cuartel de Artillería de Costas del Puerto Militar hacia la unidad del ejército de la que dependía en Bahía Blanca. Abajo, entre los muros de piedra y hormigón de la flamante fortificación, un grupo de hombres alentaba su vuelo con desesperación. Una rigurosa tormenta, típica de la inhóspita región, confundió el rumbo del animal e hizo que llegara muy tarde a su destino.
Portaba un mensaje del doctor Sixto Laspiur dirigido a sus colegas Lucero y Vigo para que, provistos de algunos equipos de cirugía, se trasladasen con urgencia a Puerto Belgrano; el teniente coronel Carlos Mallo, sufría una violenta hemorragia. El doctor Lucero se comunicó enseguida por teléfono para obtener precisiones de lo que ocurría en el cuartel. La respuesta lo dejó atónito. Nada podía hacerse, ya. El comandante había fallecido el día once a la mañana, entre las 7 y 8.30 horas.
Poco a poco comenzó a destejerse la maraña del luctuoso acontecimiento. La muerte del jefe había sido ocasionada por 18 heridas punzantes causadas por un machete de máuser, esgrimido por su subalterno el sargento distinguido Pablo L. Funes.
Las cosas fueron así. En las últimas horas de la tarde del jueves, luego de las formalidades del cambio de guardia de prevención, el comandante Mallo requirió la presencia del sargento Funes en su despacho que se encontraba en el edificio de la séptima batería. A los pocos minutos se escucharon gritos desgarradores y desesperados.
- ¡Me asesinan! - vociferaba alguien - ¡Me asesinan!
Cuando los efectivos de la guardia y los oficiales de la comandancia acudieron al patio de la batería, encontraron al teniente coronel acribillado a puñaladas, yacente en un charco de su propia sangre. Parado frente a él, absorto, en actitud contemplativa, el sargento aún aferraba el arma. Uno de los cabos desarmó al victimario que no ofreció resistencia, mientras el resto de los hombres auxiliaba al jefe.
El doctor Laspiur, en un ligero examen, contó 18 heridas, todas en la caja del tórax, muchas de ellas afectando órganos vitales. Hizo unas primeras curas pero su rostro sombrío anticipaba el peor final. No existían esperanzas para el desdichado oficial. El agresor fue engrillado, incomunicado y encerrado en una de las mazmorras de la fortificación. El motivo del crimen era un misterio y, aún hoy, es motivo de controversias. Un redactor del diario “El porteño” de Bahía Blanca escribió con genuina amargura que esas 18 puñaladas se llevaban dos gratas esperanzas a la tumba.


Foto donde se observa al teniente coronel Mallo, a pocos metros del sitio donde fue herido (1) y donde cayó para no volver a levantarse (2).

III - El tren de la muerte pasó por Punta Alta

Eran varias chatas de hierro negro atravesando la nada.
El domingo 13 de mayo de mil novecientos, la formación que procedía del Cuartel de Artillería de Costas del Puerto Militar trasladando los restos mortales del comandante Mallo, pasó por Punta Alta y llegó a la Estación del Ferrocarril del Sud en Bahía Blanca a las 2:20 horas de la madrugada. En diez minutos se agregaría al tren ordinario con destino a la Capital Federal. Allá, el almirante Daniel de Solier, ya organizaba los honores fúnebres a tributar por orden del Ministro de Marina. Allá, destrozada por el dolor, aguardaba una madre, la señora Magdalena García de Mallo.
Escoltaba el convoy una compañía de artilleros, en guardia de honor, con uniforme de gala y fusiles al hombro. En la estación de Bahía Blanca, por orden del ministerio de marina, esperaba una comisión de oficiales que, en señal de duelo, lucían un crespón negro en la empuñadura de sus espadas. A la comitiva se sumaron los hermanos del extinto jefe, señores Martín e Ignacio Mallo, llegados de La Plata apenas conocida la infausta nueva. Una verdadera multitud se agolpaba en el andén para despedir al distinguido jefe. Quedaron registrados, entre otros, los nombres de Ramón Zabala, Ángel Brunel, Luis Costa, Felipe Machado, Lorenzo Garay, Manuel Tobia, Sixto Laspiur, Rafael Rica, Guillermo Barker, Víctor Foricher, Juan Manuel López Camelo, Juan Rufrancos, Santos Brian, Augusto Brunel, Juan Lamberti, Eugenio Villanueva, Eduardo Córdoba, Bernardo Feinberg, Juan Schap, Marcos Mora, Martín Delpech, Manuel Moneta, Antonio Viñas, Juan Canata, Agustín López Camelo, Mario Fernández, Tomás Gutiérrez, Acacio Paiva, Santiago Rubert. Todos querían estar presentes en el último adiós al amigo .
El teniente coronel Carlos A. Mallo era un militar muy competente e ilustrado. Alumno destacado del Colegio Militar de la Nación, gozaba de mucho prestigio entre sus pares. Los cinco galones de su divisa eran fruto de su contracción al trabajo y su permanente capacitación. Su preparación fuera de lo común hizo posible que integrara numerosas comisiones técnicas en las que siempre sobresalió. El ejército y la artillería habían sido su vida. El ejército, la artillería y la sociedad argentina sufrían una gran pérdida.
Cuando el pito del tren anunció la partida, en medio del cataclismo ferruginoso de las ruedas, obnubilado por el humo de las calderas, el comandante Mallo emprendió su último viaje, dejando atrás las desoladas extensiones, feudo de las tribus de los Ancalao y los Linares. Partía el primer jefe del Cuartel de Artillería de Costas del Puerto Militar, y por designios de la fatalidad, lo hacía para siempre.


Teniente Coronel Carlos Mallo, primer jefe del Cuartel de Artillería de Costas del Puerto Militar.



Formación ferroviaria conduciendo los restos del comandante Mallo a Buenos Aires.

IV - Un destino sellado en un día

Mientras en Puerto Belgrano se instalaba la capilla ardiente, con el cadáver del comandante todavía caliente, el capitán Badaró puso al tanto de la situación al comodoro Martín Rivadavia, ministro de marina. Éste le ordenó hacerse cargo de la jefatura de policía del Puerto Militar y envió un telegrama al ingeniero Luiggi para que facilitara toda la colaboración que el caso requería.
El capitán de fragata Eduardo Lan, designado Juez instructor del proceso, partió hacia Bahía Blanca con la misión del levantamiento del sumario y el esclarecimiento de los hechos.
El doctor Adolfo J. Orma, antiguo rector del Colegio Nacional de Buenos Aires, se ofreció para llevar adelante la defensa del sargento. En ese establecimiento, Funes había cursado estudios hasta el tercer año, antes de ingresar al ejército y había dejado una excelente im-presión y amables recuerdos.
Correspondía actuar al Consejo Permanente de Guerra para marinería presidido por el capitán de navío Manuel Guerrico, a quienes secundaban los tenientes de navío Alegre, Pozzo, Aparicio, Bello y César, el subteniente Bosch como secretario y el doctor Escalada como auditor. En esa época, la ley tenía previsto para este tipo de delito, la sustanciación del juicio en una misma jornada. En un procedimiento breve y sumario, se oiría la acusación del fiscal, la defensa del doctor Orma y se dictaría sentencia. El destino de Funes, tenía que quedar sellado en un día.
Las opiniones estaban muy divididas. Había trascendido que el teniente coronel Mallo trataba con excesiva dureza al sargento y que existía una profunda antipatía entre ambos. Funes, en reiteradas ocasiones había confesado a sus camaradas que estaba profundamente disgustado con este trato. Días antes de la tragedia, en rueda de amigos, dijo que había soportado demasiados insultos y hasta bofetones de su superior, pero que no iba a tolerar otra vez aquella ofensa que ningún buen hijo puede perdonar. Evidentemente, se refería a un insulto que involucraba el honor de su madre.
Otra versión que circuló en esos días, afirmaba que Mallo había degradado a Funes por cuestiones del servicio, arrancándole brutalmente las jinetas y despojándolo del destacamento que tenía a su cargo. Los comentarios que hizo el sargento entre la tropa y en algunas casas de la guarnición, fueron motivo para que el jefe lo llamara a su despacho la noche del 10 de mayo cuando se desencadenó el sangriento drama.
Algunos hablaban de un pleito de polleras.
Unos doscientos vecinos de Puerto Belgrano, hicieron llegar a la redacción del diario “El porteño” de Bahía Blanca una petición dirigida al ministro de marina. Pedían consideración para el sargento Funes, mostrándolo víctima de humillaciones. La gente del diario, se negó a publicar esta petición. El comodoro Martín Rivadavia también desestimó el pedido.
En la memoria de la floreciente sociedad crecida alrededor de las obras del puerto, aún cruzaban las imágenes de la conmemoración, el último marzo, del primer aniversario del cuartel. Hubo una nutrida concurrencia que quedó impactada por la galantería, gallardía y hospitalidad del comandante Mallo y sus subordinados. La fiesta, en medio del desierto, duró todo un día.
Un mes después, con motivo de las pruebas de tiro de la batería III, el teniente coronel Mallo impresionó a personalidades de la zona, como el coronel Arent, los doctores Arata y Laspiur, el coronel Day, los mayores Lagos y Dieserens, el ingeniero Luiggi y el capitán Badaró. Era innegable, que el alto jefe, gozaba de mucho prestigio.
El 30 de mayo el capitán Lan dio por terminado el sumario, caratulándolo “Homicidio alevoso sin ninguna causa atenuante”. El fiscal pidió la pena de muerte. El doctor Orma, en tanto, pedía que se declare a su defendido exento de pena por sufrir de epilepsia. La epilepsia de Funes, decía Orma, estaba comprobada fehacientemente por exámenes médicos y otros medios de prueba, y era causa suficiente de exención de pena. De la actuación sumarial los médicos forenses habían determinado que Funes era epiléptico y que, en el acto de cometer el crimen se encontraba bajo los efectos de un paroxismo epiléptico. Esto lo impulsaba irresistiblemente a hundir una y otra vez el machete en el cuerpo de la víctima sin responsabilidad de su acción. Sugerían que el propio jefe lo había puesto en situación de violencia.
Una década más tarde, el ilustre José Ingenieros, comentó este caso y demolió el alegato del doctor Orma en su obra “Simulación de la locura ante la criminología, la psiquiatría y la medicina legal”, aduciendo que el epiléptico impulsivo es el más peligroso de todos los criminales, y por ende, merece la más grave de las condenas. Según Ingenieros, la condena de Funes se fundó en la responsabilidad de su acto y no en su verdadera peligrosidad criminal. Según este experto en criminología, la circunstancia de su enfermedad en lugar de absolverlo lo condenaba.
Gran conmoción causó la noticia del fallo absolutorio que, en un brillante triunfo forense, logró el doctor Orma, diputado nacional por Buenos Aires, para el sargento Funes ante el Consejo permanente, con solo dos votos en contra del tribunal, el 11 de julio de 1900. Sobre todo, considerando que prima facie, los argumentos de la fiscalía parecían abrumadores. Sin embargo, el 1 de agosto de 1900, en la próxima instancia, el Supremo Consejo de Guerra hizo lugar a la apelación del procurador fiscal y anuló esta sentencia condenando al sargento Funes a presidio indeterminado, a cumplirse en la Cárcel Militar de la Isla de los Estados.

El caso estaba cerrado.



La oficialidad del Cuartel de Artillería de Costas, con el comandante Mallo detrás del oficial sentado, en ocasión de la fiesta por el aniversario del Cuartel, en marzo de 1900.



Otra imagen de esa fiesta, donde los invitados posan junto al cañón nro 4 de la Tercera Batería.



Comida en el Cuartel de Artillería de Costas, en Abril de 1900, donde el comandante Mallo homenajeó a distinguidas personalidades.



El consejo de Guerra encargado de enjuiciar a Funes.



Izquierda dr. Adolfo Orma, defensor de Funes. Derecha, capitán de fragata Eduardo Lan, fiscal.

V - Un viaje al fin del mundo

El círculo de amistades de Pablo L. Funes se mostró consternado ante la noticia del crimen. Tenía veintitrés años y había sido alumno aventajado del Colegio Nacional de Buenos Aires, donde había cursado hasta el tercer año de estudios. El doctor Orma era rector del Establecimiento cuando Funes fue alumno.
Pablo Funes era nativo del Bragado y, huérfano desde muy pequeño, había sido recogido por el señor Miró, diputado provincial. Parte de su familia biológica residía en Tucumán, en el departamento de Famaillá.
Fue uno de los fundadores del Centro Literario Nicolás Avellaneda, y en más de una oportunidad demostró sus condiciones de poeta, sentimental y romántico.
En 1893 se incorporó al Batallón de Infantería de Marina creado el 26 de agosto de ese año en Capital Federal, permaneciendo en él hasta el 27 de noviembre de 1898 en que se disolvió el cuerpo. Junto con el resto de los efectivos pasó a revistar en la Artillería de Costas. Era buen subordinado, muy aplicado, y sus fojas de servicio muy satisfactorias. Llegó a desempeñarse como subteniente en comisión, teniendo un destacamento bajo su mando en el Cuartel de Puerto Belgrano.
Tenía auténtica vocación militar, y gran pasión por el arma de artillería. No perdía ocasión de devorar cuanto libro cayera en sus manos, y siempre estaba buscando alguna materia nueva que aprender.
El miércoles 16 de mayo de 1900, engrillado y custodiado por un piquete formado por un sargento, un cabo y cuatro soldados al mando del teniente Spurr, Funes llegó en tren a la Estación Constitución, donde lo aguardaba una pequeña muchedumbre que le hizo muestras de simpatía y le deseó suerte. Luego, el reo fue entregado al jefe de la prisión militar instalada en el pontón “La Paz”, viejo casco de madera del vapor Rosetti estacionado en el dique 3 de la darsena Sud.
En los últimos días de agosto Funes fue embarcado en el transporte “Guardia Nacional” con rumbo a los mares del sur, hacia el presidio del fin del mundo en la Isla de los Estados. Unos cronistas se habían apostado en el puerto para arrancarle alguna declaración. Su caso había interesado a la opinión pública de todo el país.
- Estudiaré zoología, botánica y mineralogía - dijo -Trataré de prestar mi concurso a la ciencia de aquellas apartadas y casi desconocidas regiones.


Sargento distinguido Pablo L. Funes.


Cárcel Militar en el Pontón La Paz, en la Dársena Sur.



El sargento Funes en el bote que lo conduce al transporte Guardia Nacional.

VI - El despensero del presidio

La colorida y variada población que despidió al “Guardia Nacional” fue el último contacto de Funes con la civilización por varios años. Este barco viajaba periódicamente hacia las áridas y salvajes zonas de nuestro sur, de modo que cada vez que partía reunía en el muelle a misioneros salesianos, buscadores de oro, marinos extranjeros, parientes de los escasos tripulantes y comerciantes que cargaban sus provisiones.
No hay registros de su estadía en isla de Los Estados. No hay fotos vistiendo el traje de rayas horizontales amarillas y negras. A la prisión de San Juan de Salvamento, y luego la de Puerto Cook, los hombres iban a morir de frío y soledad. Los presos gozaban de cierta libertad porque el clima y el mar, profundo y gélido, desbarataban cualquier idea de fuga. La cárcel no eran las miserables casuchas de chapa y madera, era el aire húmedo y enfermizo, era la vegetación rala y descolorida, era la turba que devoraba sus pisadas, era el silencio cubriéndolo todo. Como había dicho el mercenario rumano Julius Popper, la verdadera cárcel era la isla. El único descanso que esperaba a esos desdichados, era una tumba en el cementerio del presidio, anónima y sin flores.
En 1902 el gobierno decide, por razones humanitarias, trasladar el presidio a Puerto Golondrina, en Ushuaia. Este movimiento propició el cruento escape de cincuenta y un presos con muertos y heridos. Aquí se destacó el nombre del penado Pablo L. Funes, ex sargento del cuerpo de Artillería de Costas del Puerto Militar, se negó a participar del motín. Se quedó en el presidio auxiliando a los guardias heridos. Este comportamiento le valdrá el reconocimiento y la consideración de las autoridades del presidio.
En 1909, en el presidio militar de Ushuaia, había 62 penados a quienes custodiaba un destacamento de conscriptos. El director del penal era el mayor Herrera, secundado por el teniente Gregory y el contador Zambra. Los presos se dedicaban a diferentes trabajos. Martín Alfonso era boyero, Evaristo Sosa era pastor de una majada de carneros, Felipe Arce era el panadero, Angelino Arancibia cortaba y repartía leña, Martín Alfonso era boyero, Angel Urueña ayudaba al contador con sus libros. Todos estos nombres tenían un triste pasado, protagonistas de oscuros crímenes.
Todas las mañanas, los vecinos del pequeño pueblo de Ushuaia, veían un carrito pintado color plomo tirado por un caballo, pasar frente a la iglesia y devorar los tres kilómetros que separaban el presidio del almacén del señor Piqué. Lo conducía un joven alto, a quien todos conocían y estimaban. Era el ex sargento Pablo L. Funes encargado de comprar los víveres que consumían en la cárcel. Como no era practicable una licitación pública en el Territorio de Tierra del Fuego para proveer a la Cárcel de Reincidentes de racionamiento y artículos en general por falta de licitantes, el Ministerio de Hacienda asignaba 15.000 pesos moneda nacional para que la Dirección del Penal afrontara ese abastecimiento administrativamente.
Funes no sólo hacía las compras, también era responsable del reparto de la mercadería y llevaba la contabilidad de los gastos. Era el despensero del presidio.
Era un buen muchacho y los jefes lo querían mucho. Le permitían comer en la cocina del jefe de la cárcel el mismo rancho de los oficiales. En sus ratos libres se dedicaba a la lectura y a la fotografía. De Punta Arenas le habían mandado de regalo una cámara y con ella tomaba vistas de los paisajes fueguinos.
A los penados de buena conducta se les permitía tener su quinta y su gallinero. Con la venta de las aves y los huevos juntaban algunos pesos para sus gastos. Otros, se dedicaban a las tallas de madera que comercializaban con los pasajeros de los barcos que llegaban al puerto.
En la publicación “Registro Nacional de la República Argentina-Año 1910-Segundo Trimestre”, página 202, se lee “Decreto acordando indultos en conmemoración del primer centenario de la emancipación nacional- Buenos Aires. Mayo 18 de 1910. En conmemoración del primer centenario de la emancipación nacional y en uso de los poderes de guerra que la Constitución le acuerda, el Presidente de la República decreta: Artículo 1.0. Conmútase las penas de presidio indeterminado por la de presidio por 11 años, a los siguientes penados que han demostrado conducta intachable y demostrado arrepentimiento: Ejército.- Vicente Castillo, Teodoro Sánchez, Arturo Ortiz, Justino Sánchez, Angelino Arancibia, Pedro Ilcyesy, Amadeo Rinaldi. Armada.- Esteban Britos Pereyra y PABLO L. FUNES.”





El ex sargento Funes, en el carrito color plomo del presidio, de compras en el pueblo de Ushuaia.



El sargento Funes con el señor Pique, dueño del comercio que abastecía al presidio. Año 1910.

VII - Conclusión

Una de las primeras leyendas que los habitantes de Punta Alta, Puerto Belgrano, Baterías y toda la región aprenden, es la del Capitán sin Cabeza. Pero claro, es una leyenda borrosa, difuminada por la transmisión boca a boca de abuelos a padres y de padres a hijos. A veces se parece mucho y se confunde con la Leyenda de Sleepy Hollow de Washington Irving. Hablan de un soldado que espera trepado en las ramas de un árbol el paso del capitán, montado en su caballo, y le corta la cabeza que luego entierra en un lugar nunca revelado. Hablan de un duelo a espada, en las playas de Baterías, por una mujer que no se decide por uno o por otro.
En algún momento se descubre que la historia fantástica nace a partir de una historia real.
Aquí se sabe que el capitán era un teniente coronel y el asesino un sargento, porque en un principio, el Cuartel de Artillería de Costas pertenecía al ejército. Se sabe que los protagonistas de este drama eran dos caballeros ejemplares y admirados y que tenían rostros y nombres propios, Carlos Mallo y Pablo Funes.
No se sabe, y ya no se sabrá nunca, porqué las cosas sucedieron como sucedieron.
Inútil es emitir juicios cuando ha pasado tanto tiempo. Hubo mucha gente que simpatizaba con uno ó con otro y que justificaba a éste y denostaba a aquél. Sólo ellos dos conocieron lo que sucedió el 10 de mayo de 1900 por la noche, y las causas que condujeron a la muerte de Mallo y la condena de Funes. Lo cierto es que la muerte nunca se justifica y que nuestra historia, como dijo el periodista de “El porteño”, perdió con aquellas puñaladas dos gratas esperanzas.

Raúl Oscar Ifrán.
Punta Alta.


Fuentes:

  • Revista Caras y Caretas primera época.
  • Diarios "El porteño" y "La Prensa"
  • Diario de Sesiones de la Cámara de Diputados 1905
  • Revista Militar del Círculo Militar Vol. 49
  • Revista Jurídica Argentina La Ley Vol. 126
  • José Ingenieros. "Simulación de la locura"
  • Alfredo Becerra. "Los prófugos de la is. de Los Estados según diarios de la época"
  • Argentina hacia el sur. Construcción social y utopía en torno a la creación del primer puerto militar de la República. 1895-1902
  • Revista Argentina Austral vol. 15
  • Registro Nacional 1901
Las fotos son, en su totalidad, de revista Caras y Caretas primera época.

lunes, 10 de octubre de 2016

Che Guevara: Un resentido, asesino, comunista, homofóbico e inútil latinoaméricano

A 49 años de la muerte del "Che" Guevara, el revolucionario que también fue ideólogo económico
A casi medio siglo de su asesinato en Bolivia, el historiador Pacho O’Donnel analiza su pensamiento económico, uno de sus legados menos comentados
Por Pacho O'Donnell - Infobae


El “Che” Guevara hablando ante la Asamblea General de las Naciones Unidas (Photo by Keystone/Getty Images)

El 9 de octubre se cumplen 49 años de la muerte de nuestro Ernesto "Che" Guevara, a quien se lo recata como combatiente y no, injusta y sospechosamente, como teórico político y económico. Ello surge de estos apuntes de un diálogo con Orlando Borrego, estrecho colaborador del "Che" cuando fue ministro de Industrias y presidente del Banco Nacional como integrante del Gobierno de Fidel Castro.

El "Che" estaba muy preocupado por el tema de la burocratización. Era un fenómeno del que teníamos cierta información y presumíamos que podía ser un mal que afectara a la dirección y a la administración socialista. Así había sucedido en la Unión Soviética. El "Che" estuvo muy preocupado por eso, no porque entonces en Cuba hubiese un desmesurado desarrollo de la burocracia pero le preocupaba, por ejemplo, que el acomodamiento de funcionarios pudiese afectar la eficiencia de la revolución. Pero también advertía sobre lo que supuestamente era el antídoto de lo burocrático: un cierto criterio de cuestionamiento a la dirección por un mal entendido principio democrático de imposibles consensos e interminables asambleísmos que diluían las responsabilidades en la marcha de los centros de producción a favor de la prédica demagógica de cierta dirigencia sindical que lo enmascaraba como una mayor participación de los trabajadores en la toma de decisiones.

Esto se relaciona con la conciencia que él tenía de los sacrificios que la revolución iba a demandar a la clase obrera. El 12 de febrero de 1959, resaltaba por televisión el ejemplo de los obreros azucareros, a quienes se les pidió que postergaran un merecido aumento del 20% al 30% en sus salarios para no complicar las ya complicadas relaciones salariales heredadas de la tiranía. En ese mismo discurso, explicó que las medidas reformistas en una agricultura en la que dos mil dueños de finca poseían el 50% de la tierra, mientras que el otro 50% se lo repartían 150 mil pequeños propietarios no podía desligarse del indispensable desarrollo industrial. En cuanto a este, la prioridad era instalar fábricas que permitieran la sustitución de importaciones para ahorrar divisas, y mientras mejores fuesen las posibilidades de exportación, mayor sería el apoyo.

Ya en 1959, opinaba sobre el Fondo Monetario Internacional, criticaba a quienes ponían esperanzas en su apoyo crediticio: "El FMI cumple la función de asegurar el control de toda América Latina por parte de unos cuantos capitalistas que están instalados fuera de sus países. Los intereses del FMI son los grandes intereses internacionales que hoy parece que están asentados y tienen su base en Wall Street". ¡Eso lo escribía hace casi cincuenta años!

El "Che" teórico abordó algunas de las cuestiones que por entonces el economista norteamericano John Bellamy había desarrollado y elaboró lo que en Cuba se llamó oficialmente el sistema presupuestario de financiamiento. De la misma manera que el autor norteamericano hablaba del dinero algebraico, el "Che" sostenía como una premisa fundamental en su esquema teórico el uso del dinero como dinero aritmético y la no utilización del crédito bancario. Insistía, además, en que eran inconcebibles relaciones mercantiles dentro del sector estatal de una economía socialista como preconizaba Moscú y acataban las economías satélites. El "Che", en cambio, puso en práctica la centralización de la producción. Lo definía con pocas palabras, señalando que entre las empresas socialistas no puede haber tránsito de mercancías, porque no hay cambio de propiedad. Un tema complejo y polémico al cual el Che dedicó gran parte de su actividad teórica, en oposición a los criterios soviéticos que ponían en práctica lo opuesto.

Para él, el modelo de dirección a aplicar en Cuba estaba organizativamente cercano al utilizado en aquellos años por los monopolios capitalistas, más orientado a la centralización que a la descentralización propuesta por el sistema soviético que propugnaba la competitividad entre las empresas estatales. En esa dirección, en Cuba se centralizaron los fondos en efectivo de todas las empresas administradas por el Estado en el Fondo Central en el que todas las empresas depositaban sus ingresos y recibían de allí los recursos necesarios para su desenvolvimiento de acuerdo con las prioridades fijadas por la planificación. Esto resolvía el problema de la carencia de fondos de algunas empresas que, por su tamaño, su falta de organización o la inexperiencia de sus administradores, no podían depender de sus ingresos. La centralización sirvió también para que los administradores tuvieran mayor exigencia en responder por la utilización de los fondos recibidos.

El "Che" tuvo un alto vuelo teórico, tanto en aspectos doctrinarios como económicos. Esto es bueno resaltarlo, porque a veces ingenuamente y otras interesadamente algunos biógrafos no advierten que su creación conceptual no se queda atrás de sus virtudes de combatiente, y enaltecer únicamente sus acciones guerrilleras es retacear la riqueza de sus aportaciones en el campo intelectual.


El “Che” Guevara marcha junto a Fidel Castro en La Habana (AP)


Preocupados en el bloque comunista por la baja productividad de sus empresas, pusieron en práctica los estímulos materiales. Según el "Che", eso correspondía nítidamente a una concepción capitalista y su hibridización en el campo socialista sólo podía conducir al desastre, como efectivamente sucedería, no sólo por razones de la economía, sino también porque pervertía la esencia moral del ciudadano socialista sin la cual el sistema no podría sostenerse.

Un concepto para él importante y decisivo era la lucha por el desarrollo de la conciencia socialista y la incorporación masiva del trabajo voluntario como un factor fundamental para el desarrollo de una economía revolucionaria. Es esa la base del hombre nuevo, esencialmente diferente y mejor al hombre envilecido por el capitalismo y sólo motivado por el afán de lucro. Él nunca negó la necesidad de utilizar estímulos materiales; es más, otorgaba, dentro de sus atribuciones, premios materiales —televisores, artículos para el hogar, viajes a Europa— en mayor cantidad de lo que actualmente se está dando en Cuba. Luchaba por erradicar la concepción, infiltrada solapadamente en las teorizaciones soviéticas, que veía a la estimulación material como el único motor de motivación laboral y el deplorable ejemplo que la sociedad de consumo da hoy planetariamente no deja dudas de que fue un visionario.

El "Che" era muy consciente de que en determinados asuntos le hacía falta conocer más y entonces se dedicaba a investigarlo; de ahí que, estando al frente del Ministerio de Industrias, llegó a la conclusión de que no tenía suficiente competencia en contabilidad. Buscó un profesor y estudió hasta convertirse en un especialista en la materia. En otro momento, percibió que los métodos económicos matemáticos podrían ser importantes para su función en la dirección económica de Cuba y se dedicó a estudiar matemáticas superiores intensivamente, hasta que un día su profesor le dijo: "Bueno, hasta aquí llegamos, porque todo lo que tenía que enseñarte ya te lo enseñé". Entonces, el Che le respondió: "Entonces sigamos estudiando juntos".

Ya en 1961, el "Che" insistía en que había que penetrar rápidamente en el dominio de ramas industriales que tendían a crecer aceleradamente y que, en definitiva, darían la impronta del próximo siglo. El acento lo ponía en la química, la electrónica, la mecánica fina y de precisión, la técnica de la elaboración de nuevos metales; tenía muy incorporada la convicción de que la electrónica era la ciencia del futuro y que constituiría una medida de desarrollo.

Entre los errores del comunismo soviético, según él, estaba el haber considerado a la cibernética como una pseudociencia reaccionaria por haberse originado en los Estados Unidos, lo que la impregnaba de implicancias filosóficas. Pero, para el "Che", el problema no estaba en la tecnología que el capitalismo había desarrollado sino en sus mecanismos de explotación del trabajo humano. Era claro que era una persona sensibilizada por esto, porque su concepto de la megaplanificación y la megacentralización estatal requerían, para su eficiencia, de estos avances cibernéticos que comenzaban a utilizarse en las grandes empresas capitalistas. El país que dominara la electrónica, insistía, sería un país de vanguardia, por eso llegó a considerar que ese debía ser un problema político fundamental en Cuba. Estos conceptos el "Che" los desarrollaba hace más de cuarenta años.

sábado, 30 de julio de 2016

Guerra antisubversiva: Buscan reabrir la causa del asesinato del Cap. Viola (EA)

Piden que un crimen del ERP sea considerado delito de lesa humanidad y reabrir la causa
Se trata de los asesinatos del capitan Viola y su pequeña hija de tres años, ocurridos en 1974. Infobae accedió al documento que la viuda presentó ante la Comisión Interamericana de Derechos Humanos
Por Nicolás Gilardi - Infobae



El capitán Viola y su pequeña hija María Cristina. Fueron asesinados por el ERP

El violento ataque que culminó con el asesinato del capitán del Ejército Humberto Viola y su pequeña hija de tres años María Cristina, y provocó serias heridas a María Fernanda, de cinco, fue uno de los más violentos que perpetró el Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP). El lamentable episodio ocurrió el 1 de diciembre de 1974 en Tucumán, en pleno gobierno constitucional peronista, y se convirtió en un caso paradigmático de la violencia guerrillera, que no dudó en disparar contra menores.

A más de cuatro décadas de los hechos, la viuda de Viola, María Cristina Picón, que estaba embarazada de cinco meses cuando ocurrió el trágico crimen, busca que los responsables sean castigados. Tras un largo derrotero judicial que llevó al expediente al olvido, Picón de Viola hizo una presentación ante la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) buscando que el asesinato de su esposo y su hija sean considerados delitos de lesa humanidad y se reabra la investigación.

Infobae accedió al largo escrito que el abogado de Picón de Viola envió a la CIDH. Allí, la viuda de Viola denunció la violación de los derechos contemplados por los artículos 5°, 8° (garantías judiciales), 11° y 25° (protección judicial), así como del artículo 3°, común de las Convenciones de Ginebra de 1949.


El capitán Humberto Viola

Este último artículo puede resultar clave para que prospere la petición, ya que configura como delitos de lesa humanidad a los atentados contra civiles inocentes en conflictos armados, ya sean internacionales o de orden interno, como el que vivía la Argentina en aquellos trágicos años.

Asimismo, Picón de Viola citó numerosos testimonios, libros e incluso publicaciones de las organizaciones armadas, que la llevan a concluir que "los miembros de la guerrilla fueron instruidos en Cuba, de quienes recibieron un apoyo directo financiero y militar". Se trata de otro dato de relevancia, ya que explicita el apoyo de otro país al accionar terrorista en la Argentina.



"Los terroristas del Ejército Revolucionario del Pueblo, que los acribillaron por la espalda, seguían las enseñanzas de Ernesto Guevara; estaban envenenados por el odio como factor de lucha, ese odio intransigente al enemigo que no reconoce límites morales; se habían convertido, como él lo exigía, en 'efectivas, violentas, selectivas y frías máquinas de matar'", sostuvo en otra parte de la presentación.

Los testimonios y pruebas citada por la señora Viola también apuntan a demostrar que el Estado argentino, por acción u omisión, facilitó en cierta manera el accionar de los grupos terroristas.


María Cristina Picón, viuda de Viola

En la parte final del escrito, la mujer hizo referencia a los recientes casos de corrupción del kirchnerismo que salieron a la luz y señaló que "como es público y notorio, los gobiernos de Néstor Kirchner y Cristina Fernández de Kirchner estuvieron integrados por prominentes miembros de la guerrilla montonera y erpiana".

"En los días en que se presenta esta denuncia, la enorme corrupción de esos gobiernos va saliendo a la luz y son encarcelados ex funcionarios y empresarios ligados a sus máximos dirigentes políticos, mientras la ex presidenta de la Nación es indagada", agregó al respecto.

El camino de la investigación

En octubre de 2009, la viuda de Viola apeló ante la Cámara Federal de Tucumán la sentencia del juez federal subrogante Daniel Bejas, quien se negó a reabrir la investigación al considerar que no se trataba de delitos de lesa humanidad.

La Cámara no compartió el criterio de Bejas y recordó que la CIDH estableció que la aparición de nuevas pruebas que permitan establecer que un crimen fue delito de lesa humanidad puede permitir la reapertura de un expediente. Sin embargo, se opuso a esto último al considerar que los responsables ya habían sido juzgados.

La señora de Viola interpuso a su vez un recurso en Casación, al considerar que los autores mediatos del ataque contra sus familiares habían sido los integrantes del buró político de la organización guerrillera que lideraba Roberto Santucho. La Cámara rechazó también este recurso y luego la Corte Suprema se opuso a abrir el recurso extraordinario. Ahora, la viuda del militar asesinado recurrió a la CIDH en la búsqueda de justicia.


Roberto Santucho, líder del Ejército Revolucionario del Pueblo

jueves, 14 de abril de 2016

Egipto Antiguo: El asesinato de Ramses III


La ciencia revela increíbles detalles del violento asesinato del faraón Ramses III

Son lamentablemente corrientes las noticias sobre brutales asesinatos; lo extraordinario de esta es que el salvaje crimen se cometió hace varios miles de años.
Así es: corre el año 1155 a.C., en el Imperio Nuevo de Egipto. Varias personas rodean al faraón Ramsés III; una de ellas lo ataca con un cuchillo por la espalda, el resto lo ultima de frente, con hachas o espadas, hiriendo su cuello.



Tiempo después, los embalsamadores del Imperio intentan borrar los signos del brutal ataque mediante prótesis y cirugías estéticas. Pero el ocultamiento no dura por siempre: los investigadores Zahi Hawass y Sahar Saleem de la Universidad de El Cairo, en Egipto, reconstruyen el asesinato de Ramsés III mediante el uso de tecnología avanzada, en pleno siglo XXI.
Las conclusiones, publicadas en el libro “Scanning the Pharaohs: CT Imaging of the New Kingdom Royal Mummies”, indican que el asesinato fue llevado a cabo por varias personas, y que hubo varias armas involucradas en su violenta muerte.

History Channel

miércoles, 16 de marzo de 2016

Revolución de Mayo: ¿Asesinato de Mariano Moreno?

La misteriosa muerte de Mariano Moreno

Por: Juan Pablo Bustos Thames - Infobae

¿Enfermedad o envenenamiento? ¿Fatalidad o conspiración? La trágica desaparición del secretario de la Primera Junta, el 4 de marzo de 1811, es uno de los tantos episodios de nuestra historia convertido en materia de interminable polémica




Mariano Moreno murió en alta mar, el 4 de marzo de 1811

El polémico secretario de la Primera Junta de Gobierno, Mariano Moreno, murió en alta mar, el 4 de Marzo de 1811 hace 205 años. Ya no integraba el gobierno patrio, pues había renunciado luego de la escandalosa votación del 18 de Diciembre de 1810, en la que se resolvió, contra la voluntad de Moreno, incorporar a los diputados de las Provincias, dando origen así a la llamada Junta Grande.

La hipótesis del asesinato: "La gran conspiración"

La teoría más difundida sostiene que Moreno fue asesinado por sus enemigos. Afirma que agentes de Cornelio Saavedra habrían contratado el pasaje en la fragata inglesa Fame; o que espías saavedristas, dirigidos por Pedro Medrano, se habrían asegurado de que embarcase en la Fame, en Ensenada.

Para darle un tono más conspirativo, se sostiene que la Junta Grande, conducida por Saavedra y por el deán Gregorio Funes, suscribió, el 9 de febrero de 1812 (pocos días después del embarque de Moreno), con el comerciante norteamericano David Curtis de Forest un contrato de provisión de armas para los ejércitos patrios. En el art. 5º de dicho contrato se preveía que "para poner en ejecución el convenio deberá Mr. Curtis ponerse antes de acuerdo con el enviado de esta Junta a la Corte de Londres, señor doctor Mariano Moreno, cuya aprobación será requisito necesario para que los comprometimientos de Mr. Curtis obtengan los de esta Junta". El art. 11º del convenio establecía: "Si el señor doctor don Mariano Moreno hubiere fallecido, o por algún accidente imprevisto no se hallare en Inglaterra, deberá entenderse Mr. Curtis con don Aniceto Padilla en los mismos términos que lo habría hecho con el doctor Moreno". Una cláusula vista como de capciosa naturaleza profética, al prever la muerte de Moreno.


Moreno tenía tan sólo 32 años cuando murió en la fragata que lo llevaba a Londres

Manuel Aniceto Padilla había sido comisionado por la Primera Junta a Londres, desde Setiembre de 1810, para adquirir armamento. Allí se contactó con el legendario general francés Charles-François du Périer Dumouriez, vencedor de Valmy (1792), el primer gran triunfo de la Revolución Francesa contra la Primera Coalición. Más tarde, Dumouriez, ante el riesgo de ser decapitado por los jacobinos, abjuró de la República y se pasó al bando borbónico. En 1804 se refugió en Inglaterra; sirvió como consejero del Ministerio de Guerra británico y se relacionó con la industria de armamentos. Como Inglaterra no podía vender armas directamente a la Junta para no resentir su alianza con España en la lucha contra Napoleón, Dumouriez haría los contactos y las armas se venderían a un particular norteamericano (Curtis) quien las llevaría al Plata.

El 31 de Julio de 1811, muerto Moreno y habiendo arribado a Londres sus secretarios, Manuel Moreno y Tomás Guido, éstos advirtieron que las armas adquiridas por Padilla estaban sobrevaluadas y lo acusaron de "sacar partido de las presentes circunstancias, y (de) recibir de la corte de Inglaterra una pensión de 300 libras en calidad de espía", calificándolo además de "bribón, miserable parásito e intrigante". También descalificaron a Curtis y a Dumouriez, inculpándolos de "espionaje y quebrantadores de la fe pública". Esto hace suponer a algunos que, en previsión de que Moreno tomara conocimiento de este tráfico de armas y se opusiera a convalidar sobreprecios, estos traficantes conspiraron, en combinación con el saavedrismo, para borrar del mapa al ex secretario de la Primera Junta.

EL CABILDO SAAVEDRISTA CONSIDERÓ QUE LA REIMPRESIÓN DEL CONTRATO SOCIAL DE ROUSSEAU ORDENADA POR MORENO ERA "MÁS BIEN PERJUDICIAL"

Para reforzar esta tesis, agregan que el Cabildo saavedrista de Buenos Aires había expresado, en su oportunidad que "la lectura de la reimpresión del Contrato social de Rousseau ordenada por el doctor Moreno no sólo no es útil sino más bien perjudicial", sosteniendo "superflua la compra de 200 ejemplares de la obra"; archivando de este modo definitivamente el proyecto morenista de difundir la obra rousseauniana en el Plata.

A ello agregan que, el 2 de febrero de 1811, Guadalupe Cuenca, la mujer de Moreno, recibió en su casa un paquete sellado con un abanico, un velo y mitones de luto, con un anónimo: "Mi estimada señora: Como sé que va usted a ser viuda, me tomo la confianza de remitirle estos artículos que pronto corresponderán a su estado".

UN TESTIGO DIJO HABER OÍDO AL PADRE AZCURRA DECIR: "YA ESTÁ EMBARCADO Y VA A MORIR"
Tiempo después, la Asamblea del Año XIII constituyó una comisión para investigar a los Gobiernos Patrios. En la causa de la muerte de Moreno, Pedro Jiménez, que había sido oficial de la Secretaría de Guerra cuando el fallecido prócer era su titular, contó que le sugirió a éste que se refugiara en algún lugar seguro porque "corrían voces de que se lo quería asesinar". Otros declararon que Moreno habría renunciado a la Junta por temor a que se lo matase. El testigo Juan Madera declaró haber oído en Oruro (Alto Perú) al padre Azcurra decir, sobre Moreno: "Ya está embarcado y va a morir". Finalmente, el otro argumento que da sustento a esta tesis es que la fragata Fame sí habría retornado a Buenos Aires, pero jamás lo hizo su capitán, George Stephenson, lo que revelaría su participación en la trama del asesinato.


La refutación de la tesis conspirativa

Son varios los argumentos esgrimidos contra la tesis antes expuesta. Cornelio Saavedra no era un hombre sanguinario, ni vengativo. La única sentencia de muerte que firmó (y a regañadientes) fue la de Santiago de Liniers. No era su estilo matar adversarios. Ya había triunfado políticamente sobre Moreno, y se lo había sacado de encima, cuando éste renunció voluntariamente a la Junta y pidió ser enviado a Londres. No tenía sentido matarlo. Es falso que Saavedra o sus agentes hubieran contratado el pasaje de Moreno en la Fame.

Fue el mismo Mariano quien decidió embarcarse en esa fragata, y rechazó los ofrecimientos de su amigo Robert Ramsay, comandante de la goleta de guerra británica Mistletoe, de conducirlo en esta nave, más ágil y mejor protegida, hacia Río de Janeiro, y desde allí hacia Londres. Ramsay desembarcó a Moreno en el puerto de Ensenada, para trasbordar a la fragata mercantil Fame. A bordo lo esperaban sus secretarios: su hermano Manuel y Tomás Guido. No obstante ello, Ramsay lo escoltó hasta que la Fame salió del Río de la Plata y rumbeó por el Atlántico, hacia Río.

MORENO NO VIAJÓ A LONDRES A COMPRAR ARMAS, SINO A GESTIONAR RESPALDO PARA LA REVOLUCIÓN

El hecho de que espías saavedristas hubieran observado su partida sólo significa que se aseguraron que Moreno no hubiera cambiado de opinión. La misma Junta Grande le había pedido a Ramsay proteger a Moreno de un abordaje realista. De haber querido matarlo, era más fácil dejarlo a merced de la escuadra de Montevideo.

La estrafalaria idea del tráfico de armas

Moreno no viajó a Londres a comprar armas, sino a gestionar respaldo para la Revolución. En el camino, la Junta Grande le encomendó que supervisara la compra de armas. De haber sido Moreno un obstáculo para este negocio, ni siquiera lo hubieran designado para tal fin, toda vez que la Junta ya contaba para ese rol, en Londres, con Aniceto Padilla. La previsión de que, en caso de muerte o imposibilidad de Moreno, el contratista se entendiera con Padilla, no hace más que considerar una posibilidad concreta y común en la época: que el navío naufragara, u ocurriera alguna eventualidad que le impidiera actuar al enviado. Éste nunca había gozado de salud rozagante.

UN VIAJE TRANSATLÁNTICO DEMORABA TRES MESES: NO HABÍA POSIBILIDAD MATERIAL DE CONSPIRAR DE ESE MODO

Además, el lapso que medió entre la renuncia de Mariano a la Junta y su designación como embajador (fines de diciembre de 1810), y su partida (mediados de enero) hacía imposible confabular a todos los miembros de la supuesta trama: Dumouriez y Padilla, en Londres, Saavedra y Funes, en Buenos Aires, y Curtis, cuya presencia se registra en la Capital, en febrero de 1811, cuando la Fame ya había partido. Un viaje transatlántico demoraba unos tres meses, por lo cual no había posibilidad material de conspirar de ese modo. En Londres no se sabía aún que Moreno había sido designado representante, cuando éste murió; y, salvo que los hipotéticos conspiradores fueran adivinos, nadie sabría cómo iría a reaccionar ante el contrato de provisión de armas, que estaba yendo –supuestamente- a desbaratar.

La oposición del Cabildo a la impresión del Contrato Social de Rousseau, fue una simple decisión, explicable porque los regidores veían las ideas de la Revolución Francesa lesivas al sentir religioso del pueblo. Por otro lado, la trama de amenazas y anuncios de pronta muerte se explican por el alto grado de agresividad y de conflicto político entre morenistas y saavedristas al que se había arribado entre 1810 y 1811. El mismo Saavedra contó que Moreno pretendía encarcelarlo y ajusticiarlo. Mariano, por su carácter, tenía muchos enemigos que no dudarían en amenazarlo, sabiéndolo alejado del gobierno. Amenazas cruzadas invocando la muerte de Moreno y Saavedra (los líderes de los dos bandos enfrentados) eran moneda habitual en la época.


El Capitán del Fame

Que el capitán de la Fame nunca haya retornado a Buenos Aires, no tiene por qué significar que fue parte de una conspiración. El Plata era por entonces un destino marginal en la navegación mundial. No teníamos puertos de gran movimiento, como los europeos, los de América del Norte, el Caribe, Australia, África o la India. Además, se trataba de un oficial sin lazos ni intereses en el Plata, como para que se prestase a participar en alguna conspiración local, en la cual no tenía arte ni parte alguna.

AMBOS APUNTARON SIEMPRE A UNA ÚNICA E IMPRUDENTE DOSIS DE EMÉTICO QUE LE SUMINISTRÓ EL CAPITÁN
Ni Tomás Guido, ni Manuel Moreno acusaron a Saavedra, ni a nadie, de la muerte del prócer. Ni siquiera cuando aquel cayó en desgracia. Ambos apuntaron siempre a una única e imprudente dosis de emético que le suministró el capitán (y no una serie de aplicaciones como erróneamente dicen algunos, creyendo que se trató de un envenenamiento progresivo).

En la época no había tantos médicos; tampoco había muchas Facultades de Medicina en el mundo. No todos los barcos tenían médicos. De hecho, el Fame carecía de un facultativo a bordo. A falta de profesionales, el propio capitán disponía de un modesto botiquín, donde según su experiencia y su pobre saber o entender, aplicaba una u otra solución al pasaje que se enfermaba. Moreno siempre tuvo una salud endeble, y en ocasiones estuvo al borde de la muerte. Ante los síntomas de descompostura que refería, el capitán debió haber pensado que con un fuerte vomitivo, solucionaría sus malestares. Sin embargo, fue peor el remedio que la enfermedad, y el pobre agonizó durante tres días, hasta perecer, "a los 28º 07' Sur en la madrugada del 4 de Marzo de 1811", "en los 32 años 6 meses y un día de edad", como consignara su hermano.

Habían transcurrido 38 días de zarpar; y hacía bastante tiempo que la calma chicha había afectado al buque, que permanecía casi inmóvil, por falta de vientos. Por eso fue imposible que la fragata se dirigiera a otro destino, como pretendía Manuel Moreno. El ex secretario de la Primera Junta falleció casi enfrente de la Isla de Santa Catalina; hoy destino favorito de muchos argentinos, para vacacionar.

martes, 26 de enero de 2016

República Dominicana: Detalles de la muerte de Trujillo

Nuevos detalles de la muerte de Trujillo

por Bernardo Vega (ver abajo) | 23-May-04

Fuerzas Militares Domicanas (blog desaparecido)


Nueva versión sobre los hechos de la noche del 30 de mayo de 1961. Documento inédito sobre la muerte del tirano. Por Benardo Vega.
Zacarias de la Cruz, su chofer militar, dijo que Trujillo pudo salir del coche con vida y murió disparando contra los ajusticiadores.
Zacarías de la Cruz, el chofer militar de Trujillo la noche del 30 de mayo, narró su versión de lo acontecido ese día al Procurador Fiscal y a un Juez de Instrucción. Ese documento nunca antes había sido publicado y El Caribe lo ha obtenido en exclusiva.
Su declaración fue dada casi al morir Trujillo, el 21 de julio de 1961, es decir hace exactamente 40 años al día de hoy, cuando todavía su hijo Ramfis controlaba el país y no se había iniciado el proceso de apertura del régimen, por lo que se podría pensar que su versión de los hechos reflejó la necesidad de mostrar una actitud valiente por parte del dictador en el momento de su muerte. Sin embargo, lo dicho por Zacarías coincide en muchos aspectos, mas no en todos, con las versiones dadas por algunos de los ajusticiadores que sobrevivieron al hecho.
Los aspectos más importantes de su declaración son:
1. El primer disparo contra Trujillo, que fue de escopeta, fue hecho cuando el carro que conducía Antonio Imbert y en el cual se encontraban Antonio de la Maza, Salvador Estrella Sadhalá y el Teniente Amado García Guerrero, todavía estaba detrás del de Trujillo y no, como según las versiones de tres de los participantes (Antonio Imbert, Huáscar Tejeda y Salvador Estrella Sadhalá), cuando éste estuvo al lado del de Trujillo. Ese primer disparo hirió al dictador. Por otras versiones se sabe que quien lo hizo fue Antonio de la Maza, quien estaba en el asiento delantero derecho del vehículo.
2. Zacarías le sugirió a Trujillo que se fueran del lugar, pero el dictador insistió en que se parasen a pelear. Salvador Estrella Sadhalá, ya preso, dijo que Trujillo ordenó: "Párate a pelear".
3. Desde el vehículo con los cuatro héroes y mientras rebasaban el carro del dictador, se efectuaron disparos con un fusil M-1. Algunos pudieron haber impactado en Trujillo. Por otra versión se sabe que quien le disparó fue Amado García Guerrero, que estaba en el asiento trasero derecho.
4. Al ordenar Trujillo que se detuvieran, el vehículo conducido por Imbert les rebasó y éste luego tuvo que frenar y volverse. Entonces el vehículo de los héroes dobló y bloqueó el lado derecho de la autopista. Zacarías trató de volver su auto hacia Ciudad Trujillo, pero no lo hizo pues Trujillo, mal herido, optó por desmontarse del carro y pelear en la intemperie, sin la protección del interior del vehículo. Eso cuadra con la declaración que en la cárcel dio Huáscar Tejeda.
5. La única arma que utilizó Trujillo fue un pequeño revólver 38 de bolsillo.
6. Zacarías le advirtió a Trujillo que él también había sido herido. Como su carro ya se había detenido, pudo disparar con un rifle M-1. El dictador, ya fuera del carro, también disparó con su revolver, avanzando 3 ó 4 metros desde el frente de su automóvil, moviéndose al descubierto hacia los vehículos que le atacaban. De pronto cayó de bruces, inerte, presumiblemente ya muerto.
7. Zacarías, ya solo, siguió disparando con su M-1 y luego con una ametralladora Luger. Vio cuando uno de los héroes avanzó hacia el cuerpo de Trujillo, lo que aprovechó para tirarle y herirle. De los integrantes del automóvil de los cuatro héroes, tres recibieron heridas leves: Amado García Guerrero, Salvador Estrella Sadhalá y Antonio Imbert.


El 2 de Junio de 1961, el cadáver del Dictador dominicano Rafael Trujillo es velado ante una muchedumbre en el Palacio Nacional. Foto de Corbis.com


El auto donde viajaba Zacarias y Trujillo fue presentado a la prensa internacional por el gobierno dominicano el 5 de junio de 1961. El día anterior las autoridades anunciaron que dos de los participante en la muerte de Trujillo mueren a tiros en un enfrentamiento con las fuerzas de seguridad. Entre esto se encontraba Juan Tomas Diaz.


El 5 de Junio de 1961, el gobierno dominicano presenta a la prensa internacional los cadáveres de Antonio de la Maza (al fondo) y Juan Tomas Dizas después que se enfrentaran a fuerzas del SIM (Servicio de Inteligencia Militar). Foto de Corbis.




Carro Oldsmobile modelo 1956 usados por el grupo que dieron muerte a Trujillo. Se pueden apreciar los impactos de balas sucedidos en el intercambio de disparo entre estos, Zacarias y Trujillo.


Los dos únicos sobreviviente del grupo que dieron muerte a Trujillo. Antonio Imbert Barreras a la izquierda y Luis Amiama Tio.


8. Al acabársele los tiros a Zacarías, salió del carro para buscar una ametralladora que estaba en el asiento de atrás del mismo y entonces fue alcanzado por un tiro en la cabeza y se desmayó. En total recibió 9 impactos. De creerse su versión, los héroes no lo vieron ni lo remataron cuando se acercaron al vehículo. Eso es improbable, luce más bien que Zacarías se ocultó en la finca que en ese entonces bordeaba la autopista.
9. Zacarías no cita la llegada del segundo vehículo, manejado por Huáscar Tejeda y donde estaban Pedro Livio Cedeño y Fifí Pastoriza. Debió haberse desmayado antes, por lo que la grave herida que sufrió Pedro Livio entonces fue hecha por uno de sus compañeros. Luis Salvador Estrella, en su libro, probablemente en base a lo narrado por Salvador Estrella la misma noche del 30 de mayo antes de esconderse, coincide en que el segundo vehículo llegó después de muerto Trujillo y que fue Salvador quien, por error, hirió a Pedro Livio, quien en efecto obtuvo heridas de una pistola 38. El único que usó ese arma esa noche fue Salvador.
Esta versión de los hechos difiere en detalles importantes de lo declarado por Antonio Imbert a la prensa y también de lo dicho por Huáscar Tejeda, Pedro Livio Cedeño, Roberto Pastoriza y Salvador Estrella Sadhalá bajo interrogatorio cuando fueron detenidos y de lo que luego contaron a sus amigos en la cárcel, antes de ser asesinados en noviembre de 1961.
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La segunda versión del chofer.

Articulo e Informe publicado en El Caribe el 21 de julio de 2001
En un libro publicado en España en 1965 por el ecuatoriano Gerardo Gallegos, aparece una segunda declaración jurada de Zacarías, efectuada en Madrid en 1964.
Allí exagera un poco su declaración de 1961. Pone a Trujillo a decir: "Zacarías, párate que estoy herido". Y luego: "Para Zacarías, coge la ametralladora, vamos a pelear, que estoy herido". Allí se cita la llegada del segundo vehículo y agrega que fue Trujillo quien, con su revólver, hirió a Pedro Livio Cedeño, que había llegado en ese segundo vehículo y que el dictador disparó los seis proyectiles de su revólver y que murió cuando ya no contaba con balas. Esta segunda versión, reproducida en la prensa dominicana en 1999, es la que ha sido citada por algunos dominicanos que se han especializado en el tema y que tienden a defender el trujillismo.

La suerte de Zacarías

El chofer de Trujillo fue condecorado por el Presidente Balaguer en junio de 1961. Al caer los remanentes de la dictadura, Zacarías junto a Ramfis Trujillo y otros, se fue a vivir a España, regresando al país en 1966, al asumir el gobierno Joaquín Balaguer, siendo entonces nombrado en un alto cargo en el Consejo Estatal del Azúcar (CEA), en el departamento encargado de reclutar haitianos para el corte de la caña.
Nunca más hizo declaraciones a la prensa. Murió el 3 de junio de 1999 a los 93 años de edad. El presidente Leonel Fernández ordenó que fuese sepultado con honores militares. Última Hora editorializó: "Con la muerte de Zacarías de la Cruz se esfuma la posibilidad de conocer, de primera mano y a través de un testigo de excepción, más detalles reveladores sobre el ajusticiamiento de Rafael Trujillo en 1961 y otros aspectos sobre la vida privada del dictador que dominó toda una época de la vida contemporánea. Por una suerte de invariable convicción que algunos nunca entendieron cabalmente pero que todos debieron respetar por su firmeza de carácter, Zacarías fue siempre una tumba en la que nadie pudo penetrar para que hablara sobre lo que conocía como chofer preferido de Trujillo".
Antonio Imbert dice que Trujillo no podía estar herido cuando se inició la balacera
Antonio Imbert es el único otro testigo de los hechos que pudo hacer una declaración formal sin cohersión sobre lo que ocurrió. En su más amplia declaración a la prensa sobre el asunto, en 1964, explicó que el primer tiro, el de Antonio de la Maza, lo trató de dar cuando los dos vehículos estaban paralelos y que apuntó a Zacarías, pero la escopeta le falló. También erró el segundo, porque coincidió con el frenazo que dio Zacarías. A unos 500 metros Antonio Imbert dio la vuelta en redondo y el vehículo se detuvo en el carril derecho de la pista, como a 15 metros del de Trujillo, el cual estaba estacionado a la derecha y del cual tiraban con una ametralladora. Los cuatro héroes salieron del vehículo y tuvo lugar un intercambio de disparos que duró unos cuatro minutos. Considera que Trujillo no pudo haber estado herido al iniciarse la balacera, pues los dos escopetazos de De la Maza habían fallado. No cree que Trujillo disparó con un revólver, tal vez con una ametralladora.
Imbert y De la Maza entonces avanzaron hacia el carro de Trujillo, recibiendo Imbert una ligera herida en el pecho. De la Maza fue por detrás del carro de Trujillo, quien se encontraba parado fuera del mismo. Imbert oyó un disparo de la escopeta de De la Maza, el cual a quemarropa le dio en el hombro a Trujillo quien se quejó por el dolor. Este caminó y se puso frente a las luces de su propio carro, y, en ese momento Imbert le disparó. Trujillo cayó sentado y luego boca arriba, muerto, con la cabeza hacia Haina.
Fue tan sólo en ese momento que llegó el segundo carro, manejado por Huáscar Tejeda y con Fifí Pastoriza y Pedro Livio Cedeño. Este último en ese momento fue herido por un disparo en el vientre, proveniente ya sea de Zacarías, Amado García Guerrero o Salvador Estrella Sadhalá. Imbert fue al carro de Trujillo y tomó un revólver 38 que encontró en el asiento de atrás, y que todavía estaba con su cinturón, por lo que no cree que Trujillo lo usara.

La declaración del chofer de Trujillo:

Juzgado de Instrucción de la Primera Circunscripción del Distrito Nacional (21/7/1961)
P. ¿Qué podría usted informarnos con relación al atentado criminal perpetrado la noche del 30 de mayo del año en curso, contra la ilustre persona del Generalísimo doctor Rafael L. Trujillo Molina, y con el cual usted fue herido?
R. Yo era encargado de los vehículos privados del Jefe y era la persona que el Jefe utilizaba como chofer para sus viajes personales tanto en la ciudad como en el interior. Alrededor de las 8 p.m., del día 30 de mayo del año en curso, cuando él se preparaba a dar su acostumbrado paseo por la avenida George Washington, me dijo que me preparara para ir a la Hacienda Fundación.
Yo le pregunté entonces: "Jefe, ¿sigo detrás o lo espero aquí?". Él me contestó entonces: "Espere aquí". Luego, como a eso de la 9:40 p.m., el Jefe regresó del paseo, subió a su casa de la Estancia Radhamés, donde yo lo esperaba y más tarde volvió a bajar, a las 9:45 p.m. Momentos antes, el Teniente Pedro de la M.G.D., y quien servía como camarero del Jefe había preparado el maletín que acostumbraba a llevar el Jefe y que, según me expresó éste, dicho maletín contenía una gran cantidad de dinero por lo pesado que estaba. Partimos de la Estancia Radhamés a la residencia de doña Angelita Trujillo, ubicada en la avenida Máximo Gómez, donde el Jefe permaneció como diez minutos. El Jefe salió de la casa y se montó en la parte trasera del carro marca Chevrolet, modelo 1957, color azul, BelAir. De ahí, conduje el carro por la derecha en la George Washington, avanzando hacia la autopista, marchando a una velocidad estable de 90 kilómetros por hora.
Momentos antes de llegar al Bar Restaurante El Pony, rebasamos un automóvil Mercedes Benz. Proseguimos marcha por la autopista en dirección a San Cristóbal, y aproximadamente después de haber avanzado un kilómetro después del último poste del alumbrado eléctrico, repentinamente sentí un disparo desde un carro que iba detrás con las luces apagadas. Al mismo tiempo que sentí el disparo, que supongo fue de escopeta por la enorme detonación, pude darme cuenta de que el mismo vehículo que creo que nos perseguía, encendió las luces y volvió y las encendió. Segundos después, el Jefe me expresó: "Estoy herido, coge la ametralladora y párate a pelear". Entonces, yo le contesté: "Jefe, son muchos, vamos a ver si nos vamos, quiero salvarlo". Él volvió a repetirme: "Coge la ametralladora y vamos a pelear, que estoy herido". Mientras tanto, el carro que nos perseguía nos había rebasado por la derecha, tirándose un poco al paseo y desde el carro que lo rebasaba se hicieron disparos, que por su rapidez, presumo eran de fusiles ametralladoras; todas esas balas se pegaron en el carro y entiendo que algunas de ellas le dieron al Jefe. El carro que nos rebasó se tiró aun más a la derecha en el paseo, a consecuencia de yo haberle tirado encima el carro que conducía con el propósito de hacerlo salirse de la autopista. Pero al ser un carro tan veloz, de más potencia que el mío, pudo rebasarme y se cruzó hacia la izquierda, atravesándonos y debiendo yo frenar para no chocar con el carro que se me cruzó.
En esos momentos en que frenaba, traté de virar el carro nuestro hacia Ciudad Trujillo, desviándome hacia la izquierda y quedando nuestro vehículo ubicado con el frente izquierdo ligeramente introducido en la grama central de la autopista. Al detenerme y volver la cara hacia detrás para mirar al Jefe, había abierto la puerta y se apresuraba a desmontarse, teniendo ya un pie en tierra. Lo vi bajar deslizando su cuerpo hacia el estribo, dándome la impresión de que estaba mal herido. Mientras bajaba hacia el estribo, pude ver que con sus manos buscaba en los bolsillos traseros un revólver pequeño calibre 38 corto, que acostumbraba portar y que fue la única arma que utilizó. Mientras tanto, desde el automóvil enemigo que nos había rebasado y el cual se había ubicado en la pista contraria a la nuestra, es decir, dirección oeste-este, se había detenido a unos 13 metros de distancia del nuestro, con el frente delantero derecho saliendo de la autopista y penetrando en el paseo derecho de ellos. Los ocupantes de este automóvil ya se habían desmontado y nos disparaban con nutrido fuego hacia nosotros.
En esos momentos, le dije al Jefe: "A mí me hirieron también". El fuego que se nos hacían era cada vez más intenso. El Jefe se desmontó del vehículo y avanzó hacia la parte delantera derecha, y pude ver que disparaba con su revólver hacia los enemigos, con su pequeño revólver. Mientras tanto, yo tomé un fusil automático M1 (semi) y comencé a disparar sobre ellos. Cuando yo comencé a disparar, fue cuando vi al Jefe que avanzaba tres o cuatro metros delante del bómper del carro y cayó de bruces con el frente hacia el pavimento, dando media vuelta al caer, cayendo inerte. Presumo que el Jefe cayó muerto ya que no lo vi moverse más durante el tiempo que duró el combate que yo sostuve con los asaltantes. Descargué el fusil M-1 semi-automático con el cual disparaba y tomé una ametralladora Luger corta, disparando hacia el enemigo de manera intermitente, ya que debía racionar mis cápsulas para el combate que yo entendí se prolongaría. Vi cuando uno de los asaltantes avanzó hacia el cuerpo inerte del Jefe y al llegarle cerca le disparé algunas cápsulas que lo hirieron, dejando caer el asaltante su pistola o dando gritos de que se sentía herido.
Luego, después me salió otro asaltante delante del carro disparando hacia mí; yo entonces le contesté con disparos, habiéndome dado cuenta que había caído y su pistola había caído en el pavimento, pero prontamente se levantó y volvió hacia su carro. Luego, cuando se acabaron los tiros de la ametralladora que yo portaba adelante, abrí la puerta del lado derecho del carro y me desmonté para coger la ametralladora del Jefe que estaba detrás del carro. Logré alcanzarla, y cuando me disponía a sobarla para disparar, fui alcanzado una vez más en la cabeza, por un disparo que me derribó, dejándome sin sentido. Es lo último que recuerdo en relación al asalto y al combate, en el cual recibí heridas en las dos piernas, en el muslo izquierdo y dos heridas en el vientre, dos heridas en el hombro derecho, una herida en el tobillo derecho y una herida en la cabeza que me fracturó o astilló la parte superior del frontal. Cuando recobré el conocimiento, un tiempo después que no puedo precisar, encontré la ametralladora Thompson a unos pasos de mí, así como algunas distancias de la ametralladora, en el lugar donde vi caer al Jefe, el kepis que éste usaba esa noche.
Recogí ambas cosas y me senté en una verja situada a la derecha de donde me encontraba y esperé unos cinco minutos para ver si me traía a Ciudad Trujillo, ya que el vehículo en que nosotros andábamos no estaba en el lugar del hecho y los asaltantes tampoco se encontraban ya en ese lugar, suponiendo yo que se habían llevado el cuerpo del Jefe. Momentos después, aparecieron algunos campesinos, quienes fueron los que me condujeron hacia la antigua carretera Sánchez, donde fui trasladado al Hospital Marión donde quedé internado, habiendo sido dado de alta el día 17 de junio de este año.
P. ¿Tiene usted algo más que declarar?
R. No señor.
Con lo cual dimos por terminado el presente interrogatorio que después de leído al declarante y expresar su conformidad, lo firma junto con nosotros y el secretario que certifica.
• Zacarías de la Cruz
Mayor, A.M. Declarante
• Dr. Wilfredo Mejía Alvarado
Juez de Instrucción
• Ricardo Fco. Gaspar Thevenin
Secretario
• Dr. Teodoro Tejeda Díaz
Procurador Fiscal

sábado, 19 de diciembre de 2015

Arqueología: Un pozo de asesinatos

Pozo de muertos de 6000 años de la muerte indica que algunas personas neolíticos no eran tan igualitarias



Publicado por Kambiz Kamrani en Arqueología,
Fosas circulares como el que se muestra arriba eran comunes durante el período Neolítico en Europa Central y Occidental hace unos 6.500 a 5.500 años. Pero rara vez tumbas de esta época alusión a tanta brutalidad.

Éste, un 6,5 pies (2 metros) de profundidad pozo circular excavado en Bergheim, Francia, incluye varios esqueletos humanos completos esparcidos encima de un montón de brazos izquierdos y fragmentos de manos que parecen haber sido hackeado de sus antiguos propietarios por ejes.

Los arqueólogos tras el descubrimiento sospechan que los dos hombres, una mujer y sus cuatro hijos enterrados en la parte superior de la fosa fueron asesinadas durante algún tipo de incursión violenta. El origen de los miembros amputados por debajo sigue siendo desconocido.

Anthropology.net

martes, 22 de septiembre de 2015

Guerra contra la Subversión: Pelea de ratas en Bonasso y Verbitsky

Bonasso enfureció con Verbitsky: "Me acusó de la desaparición de Rodolfo Walsh"
El dirigente desafió a un “cara a cara” al columnista de Página/12 y advirtió que lo denunciará penalmente.




El escritor Miguel Bonasso enfureció hoy con el columnista de Página/12, Horacio Verbitsky, y advirtió que lo denunciará penalmente por “inventar pérfidamente que Rodolfo (Walsh) murió por mi culpa”.

Se trata de un documental de Canal Encuentro que se está emitiendo durante esta semana, titulado “Perro-nismo”. Los episodios tratan de entrevistas a Verbitsky, repasan su biografía y su relación con el peronismo.

Según contó el propio Bonasso, en una de las emisiones, el autor de Robo Para la Corona “sale a culparme del secuestro y la muerte de Rodolfo Walsh”.

“Verbitsky, el ghost writer del brigadier Graffigna, que sale por el Herald a defenderlo, inventa pérfidamente que Rodolfo murió por mi culpa”, sentenció Bonasso, en una catarata de mensajes en la red social Twitter.

El escritor esbozó que las palabras de Verbitsky se deben a que el columnista de Página/12 ahora tiene que defenderse de la investigación de Gabriel Levinas, que lo acusó de haberle escrito discursos a Graffigna durante la última Dictadura.

“Verbitsky fue un agente de la fuerza aérea y es un entenado de la Fundación Ford. Sale a atacarme ahora porque es el quien está en la mira. Si "sabía" que yo dejé caer a Walsh, porqué se "demoró" 38 años en decirlo. ¿Porqué me trató como colega durante todos esos años?”, replicó.

Más aún, el escritor fue a fondo y le recordó a Verbitsky un viejo “favor” que le había hecho. “¿Por qué el mitológico Perro me pidió que no descubriera una gruesa mentira de su fuente en ‘El Vuelo’? ¿Porqué me pidió un nexo con Chávez?”, siguió.

Bonasso contó que accionará judicialmente no sólo contra el periodista, si no también con las autoridades del canal. “Yo no hablo por hablar. Cuando dije que la Barrick iba a terminar envenenando los ríos así ocurrió. Ahora revelaré el por qué de esta infamia”, escribió.

Por último, Bonasso lanzó un reto para Verbitsky: “Te desafío a que me digas en la cara, frente a los medios, la mentira inmunda sobre Walsh que me tiraste en Canal Encuentro”.

Perfil

domingo, 23 de agosto de 2015

Chile: El ocultamiento de Chile de los "quemados"

Archivos de EE UU detallan cómo Pinochet encubrió el ‘caso Quemados’
La dictadura chilena quemó vivos a dos jóvenes en 1986 y el crimen se acaba de reabrir

Silvia Ayuso / Rocío Montes Washington / Santiago de Chile - El País



Cables confidenciales sobre el caso de Rodrigo Rojas.

El dictador chileno Augusto Pinochet fue el principal responsable de las maniobras de encubrimiento de uno de los peores crímenes del régimen, conocido como el caso Quemados, según indican cinco cables confidenciales del Gobierno de Estados Unidos que publicará este viernes el National Security Archive. De acuerdo a la organización investigadora independiente de la Universidad George Washington, Pinochet en persona ordenó que se frenaran las pesquisas para determinar la responsabilidad de los hechos ocurridos el 2 de julio de 1986, cuando patrullas militares quemaron con gasolina a dos jóvenes que protestaban en la primera de las dos jornadas del Paro Nacional contra la dictadura. El fuego provocó la muerte del fotógrafo de 19 años, Rodrigo Rojas, y las heridas graves de la estudiante universitaria, Carmen Gloria Quintana, de 18, que sobrevivió con una inmensa parte de su cuerpo desfigurado.

Según explicó a EL PAÍS Peter Kornbluh, responsable de la investigación, aunque estos cables llevan desclasificados más de una década, adquieren especial relevancia ahora que la Justicia chilena ha reabierto recientemente el Caso Quemados, 29 años después de los sucesos. “Los abundantes detalles de los documentos desclasificados podrían servir de apoyo a la acusación (…) Los documentos vinculan a Pinochet con el encubrimiento de un crimen de cuya autoría militar no caben dudas”, señaló.

La causa sufrió un vuelco la semana pasada, luego de que un exmilitar rompiera un pacto de silencio entre los involucrados y testigos. Junto con detallar capítulos desconocidos de lo que ocurrió el 2 de julio de 1986 en un callejón de la comuna de Estación Central de Santiago, el ex conscripto Fernando Guzmán denunció una operación de encubrimiento digitada por el Ejército para que nunca se supiera la verdad: “A cambio de nuestro silencio, la institución nos proveyó de permisos, de dinero, como una manera de continuar con esta mentira y mantenernos callados”, indicó ante los tribunales.

Los documentos exponen detalles de un caso crucial en la historia de violaciones de derechos humanos en Chile
El magistrado Mario Carroza, tras decretar nuevas diligencias, determinó el procesamiento de un grupo de doce militares en retiro del Ejército, por los delitos de homicidio y homicidio frustrado. La decisión del Poder Judicial ha puesto nuevamente a los derechos humanos en la primera línea de la agenda pública, como sucede cada cierto tiempo en Chile. El debate se ha centrado, sobre todo, en la supuesta información que todavía mantienen las Fuerzas Armadas sobre el paradero de las víctimas de la represión y los involucrados en los delitos de lesa humanidad. “Basta de silencio. Hay personas que saben la verdad de muchos casos que aún permanecen sin resolver. Chile les pide que sigan el ejemplo del conscripto Fernando Guzmán, que ayuden a reparar tanto dolor”, señaló el lunes pasado la Presidenta Michelle Bachelet.

De acuerdo a los archivos confidenciales que este viernes publica el National Security Archive, las maniobras para ocultar los hechos comenzaron en el mismo hospital de urgencias adonde fueron transportados los jóvenes, gravemente heridos. En un primer cable estadounidense, enviado desde la embajada en Chile al Departamento de Estado el 8 de julio, dos días después de la muerte de Rojas, se dice ya que el joven fue “quemado de forma deliberada por soldados”. Se revela el primer obstáculo de los muchos que se interpondrían a lo largo de los siguientes días, meses y hasta décadas para ocultar el rastro que llevaba a los militares. “Médicos en la Posta Central (el hospital público de urgencias) afirman que el director de la Posta obstruyó el traslado de Rojas a una clínica mejor equipada para tratarlo”, reseña el reporte estadounidense. El director médico de la Posta Central, identificado como el doctor Guzmán, “escribió una nota en el historial médico (de Rojas) ordenando que no recibiera visitas debido a los problemas legales de su caso y de Quintana, y que tampoco debía ser trasladado”, continúa el cable. Esta disposición “impidió que se tomara cualquier declaración legal” al joven malherido, agrega.

En un segundo documento, remitido esta vez a la Casa Blanca con fecha de 14 de julio, se advierte de que, pese a las declaraciones de testigos y una investigación de la inteligencia chilena que “claramente” señalan a miembros del Ejército como responsables del ataque a los dos jóvenes, “el Gobierno chileno, siguiendo directivas de Pinochet, está tratando de tachar públicamente como terroristas a Rojas y a Quintana, que habrían sido víctimas de sus propios cócteles molotov”. “No es probable que Pinochet vaya a permitir que se juzgue a soldados, ni siquiera si un investigador oficial los señalara como los culpables. Si se desbarata la defensa del cóctel molotov, deberíamos esperar otras explicaciones, como que responsabilicen a comandos comunistas”, señala el escrito.

El 22 de julio llega otro recuento desde Santiago al Departamento de Estado en Washington. En él se explica que el informe final de Carabineros concluye que la investigación “indica claramente que los miembros de una unidad militar chilena de patrulla estuvieron involucrados en la quema de los dos jóvenes”, aunque solo se identifica a uno de los responsables con nombre. El reporte es redactado en “una sola página sin copias”. El director general de Carabineros de la época, Rodolfo Stange, le entregó el informe el 11 de julio a Pinochet. “El presidente Pinochet le dijo al general Stange que no creía el informe y se negó a recibir el documento del general Stange”, describe el cable estadounidense.

Un mes más tarde, el 27 de agosto, la inteligencia militar estadounidense afirma que el Gobierno chileno “ha cambiado varias veces su versión sobre su implicación en la quema y posterior muerte de Rodrigo Rojas y aparentemente ha emprendido una campaña de intimidación para presionar a los testigos” del crimen. “Algunos miembros del Gobierno probablemente seguirán intimidando a los testigos para convencerles para que cambien su testimonio, con el objetivo de liberar al régimen de responsabilidad alguna del crimen”, agrega.

El último cable publicado data del 18 de diciembre y lo firma la CIA. En él se cita a abogados relacionados con el caso según los cuales “el ministro de Justicia, Hugo Rosende Subiabre, está ejerciendo presión sobre el fiscal del Estado y los jueces para atascar y finalmente desestimar el caso por falta de pruebas”. El objetivo, según deduce el informe estadounidense, es “alargar el caso”, porque mientras no haya una sentencia los abogados de Rojas no podrán acudir a la Corte Suprema, que es “su mejor oportunidad de exponer los detalles del asesinato” del joven.

Los documentos exponen detalles desconocidos de “un caso crucial en la historia de violaciones de derechos humanos en Chile y, también, en las relaciones entre el régimen de Pinochet y EE UU”, resumió Kornbluh, para quien este caso supuso la ruptura definitiva de Washington con la dictadura chilena y el comienzo de las presiones del presidente Ronald Reagan a favor de un regreso a la democracia en el país sudamericano.