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sábado, 15 de octubre de 2016

ARA: El asesinato del Comandante Mallo

El Asesinato del Comandante Mallo
Historia Digital - Artículos y fotos




El asesinato del Comandante Mallo, en la base naval de Punta Alta, fue un evento que caló hondo en la opinión pública del país en el año 1900. Raúl Oscar Infrán nos relata la historia de Mallo y su matador, Pablo Funes, protagonistas de un crimen del que nunca se llegó a saber toda la verdad.


El asesinato del Comandante Mallo: Entre la historia y la leyenda.
por Raúl Oscar Ifrán (Blog Personal)



I - Un hombre libre

El hombre se arregló el impecable traje oscuro, se acomodó el bigote de manubrio a la usanza de la época y saludó cortesmente al director del Hospital Militar. Había concluido los exámenes médicos que la ley imponía para su liberación.
- A partir de este momento, las puertas están abiertas para usted - le dijo el funcionario - es un hombre libre.
Eran las 9.00 a.m del martes 1 de agosto de mil novecientos once. Nadie hubiera reconocido en este joven de treinta y cuatro años, de aspecto distinguido y modales educados, al penado número 40 del Presidio Militar de Ushuaia, ó al sargento segundo distinguido del Cuartel de Artillería de Costas del Puerto Militar de Bahía Blanca, y menos aún, al alevoso matador del teniente coronel Carlos A. Mallo, primer comandante de este cuerpo, cuna de la actual Base de Infantería de Marina Baterías. Pablo L. Funes, culminaba una dolorosa etapa de su vida iniciada trágicamente once años antes en las desoladas dunas de la Punta sin Nombre.
En el exterior, un grupo de amigos que lo aguardaba impaciente, prorrumpió en exclamaciones de júbilo. El comandante Aníbal Villamayor fue el primero en abrazarlo. Habían sido compañeros de celda en 1905, cuando el ex jefe del Batallón II de Infantería de Bahía Blanca fuera condenado por su adhesión a la revolución radical, involucrado en la masacre de Estación Pirovano. Funes, con la cara hundida en el pecho de su amigo, no pudo contener el llanto. El teniente Orfila, a unos pasos, aguardaba su turno para manifestar su alegría y su afecto.
Un fotógrafo y un cronista de la revista Caras y Caretas documentaban el momento.
- Estoy resuelto a formar en las filas de los hombres honrados y de trabajo - expresó lacónicamente el ex sargento.
Luego cruzó la calle del brazo de sus compañeros y cerró un capítulo escrito con sangre en la historia del primer puerto militar de la República Argentina.




El ex sargento Pablo Funes, en el centro, rodeado por el comandante Villamayor y el teniente Orfila, en las puertas del Hospital Militar, el 1 de agosto de 1900, al momento de recuperar su libertad.

II - Tormenta en el Cuartel de Artillería de Costas

La noche del jueves diez de mayo de mil novecientos, una paloma mensajera levantó vuelo desde el Cuartel de Artillería de Costas del Puerto Militar hacia la unidad del ejército de la que dependía en Bahía Blanca. Abajo, entre los muros de piedra y hormigón de la flamante fortificación, un grupo de hombres alentaba su vuelo con desesperación. Una rigurosa tormenta, típica de la inhóspita región, confundió el rumbo del animal e hizo que llegara muy tarde a su destino.
Portaba un mensaje del doctor Sixto Laspiur dirigido a sus colegas Lucero y Vigo para que, provistos de algunos equipos de cirugía, se trasladasen con urgencia a Puerto Belgrano; el teniente coronel Carlos Mallo, sufría una violenta hemorragia. El doctor Lucero se comunicó enseguida por teléfono para obtener precisiones de lo que ocurría en el cuartel. La respuesta lo dejó atónito. Nada podía hacerse, ya. El comandante había fallecido el día once a la mañana, entre las 7 y 8.30 horas.
Poco a poco comenzó a destejerse la maraña del luctuoso acontecimiento. La muerte del jefe había sido ocasionada por 18 heridas punzantes causadas por un machete de máuser, esgrimido por su subalterno el sargento distinguido Pablo L. Funes.
Las cosas fueron así. En las últimas horas de la tarde del jueves, luego de las formalidades del cambio de guardia de prevención, el comandante Mallo requirió la presencia del sargento Funes en su despacho que se encontraba en el edificio de la séptima batería. A los pocos minutos se escucharon gritos desgarradores y desesperados.
- ¡Me asesinan! - vociferaba alguien - ¡Me asesinan!
Cuando los efectivos de la guardia y los oficiales de la comandancia acudieron al patio de la batería, encontraron al teniente coronel acribillado a puñaladas, yacente en un charco de su propia sangre. Parado frente a él, absorto, en actitud contemplativa, el sargento aún aferraba el arma. Uno de los cabos desarmó al victimario que no ofreció resistencia, mientras el resto de los hombres auxiliaba al jefe.
El doctor Laspiur, en un ligero examen, contó 18 heridas, todas en la caja del tórax, muchas de ellas afectando órganos vitales. Hizo unas primeras curas pero su rostro sombrío anticipaba el peor final. No existían esperanzas para el desdichado oficial. El agresor fue engrillado, incomunicado y encerrado en una de las mazmorras de la fortificación. El motivo del crimen era un misterio y, aún hoy, es motivo de controversias. Un redactor del diario “El porteño” de Bahía Blanca escribió con genuina amargura que esas 18 puñaladas se llevaban dos gratas esperanzas a la tumba.


Foto donde se observa al teniente coronel Mallo, a pocos metros del sitio donde fue herido (1) y donde cayó para no volver a levantarse (2).

III - El tren de la muerte pasó por Punta Alta

Eran varias chatas de hierro negro atravesando la nada.
El domingo 13 de mayo de mil novecientos, la formación que procedía del Cuartel de Artillería de Costas del Puerto Militar trasladando los restos mortales del comandante Mallo, pasó por Punta Alta y llegó a la Estación del Ferrocarril del Sud en Bahía Blanca a las 2:20 horas de la madrugada. En diez minutos se agregaría al tren ordinario con destino a la Capital Federal. Allá, el almirante Daniel de Solier, ya organizaba los honores fúnebres a tributar por orden del Ministro de Marina. Allá, destrozada por el dolor, aguardaba una madre, la señora Magdalena García de Mallo.
Escoltaba el convoy una compañía de artilleros, en guardia de honor, con uniforme de gala y fusiles al hombro. En la estación de Bahía Blanca, por orden del ministerio de marina, esperaba una comisión de oficiales que, en señal de duelo, lucían un crespón negro en la empuñadura de sus espadas. A la comitiva se sumaron los hermanos del extinto jefe, señores Martín e Ignacio Mallo, llegados de La Plata apenas conocida la infausta nueva. Una verdadera multitud se agolpaba en el andén para despedir al distinguido jefe. Quedaron registrados, entre otros, los nombres de Ramón Zabala, Ángel Brunel, Luis Costa, Felipe Machado, Lorenzo Garay, Manuel Tobia, Sixto Laspiur, Rafael Rica, Guillermo Barker, Víctor Foricher, Juan Manuel López Camelo, Juan Rufrancos, Santos Brian, Augusto Brunel, Juan Lamberti, Eugenio Villanueva, Eduardo Córdoba, Bernardo Feinberg, Juan Schap, Marcos Mora, Martín Delpech, Manuel Moneta, Antonio Viñas, Juan Canata, Agustín López Camelo, Mario Fernández, Tomás Gutiérrez, Acacio Paiva, Santiago Rubert. Todos querían estar presentes en el último adiós al amigo .
El teniente coronel Carlos A. Mallo era un militar muy competente e ilustrado. Alumno destacado del Colegio Militar de la Nación, gozaba de mucho prestigio entre sus pares. Los cinco galones de su divisa eran fruto de su contracción al trabajo y su permanente capacitación. Su preparación fuera de lo común hizo posible que integrara numerosas comisiones técnicas en las que siempre sobresalió. El ejército y la artillería habían sido su vida. El ejército, la artillería y la sociedad argentina sufrían una gran pérdida.
Cuando el pito del tren anunció la partida, en medio del cataclismo ferruginoso de las ruedas, obnubilado por el humo de las calderas, el comandante Mallo emprendió su último viaje, dejando atrás las desoladas extensiones, feudo de las tribus de los Ancalao y los Linares. Partía el primer jefe del Cuartel de Artillería de Costas del Puerto Militar, y por designios de la fatalidad, lo hacía para siempre.


Teniente Coronel Carlos Mallo, primer jefe del Cuartel de Artillería de Costas del Puerto Militar.



Formación ferroviaria conduciendo los restos del comandante Mallo a Buenos Aires.

IV - Un destino sellado en un día

Mientras en Puerto Belgrano se instalaba la capilla ardiente, con el cadáver del comandante todavía caliente, el capitán Badaró puso al tanto de la situación al comodoro Martín Rivadavia, ministro de marina. Éste le ordenó hacerse cargo de la jefatura de policía del Puerto Militar y envió un telegrama al ingeniero Luiggi para que facilitara toda la colaboración que el caso requería.
El capitán de fragata Eduardo Lan, designado Juez instructor del proceso, partió hacia Bahía Blanca con la misión del levantamiento del sumario y el esclarecimiento de los hechos.
El doctor Adolfo J. Orma, antiguo rector del Colegio Nacional de Buenos Aires, se ofreció para llevar adelante la defensa del sargento. En ese establecimiento, Funes había cursado estudios hasta el tercer año, antes de ingresar al ejército y había dejado una excelente im-presión y amables recuerdos.
Correspondía actuar al Consejo Permanente de Guerra para marinería presidido por el capitán de navío Manuel Guerrico, a quienes secundaban los tenientes de navío Alegre, Pozzo, Aparicio, Bello y César, el subteniente Bosch como secretario y el doctor Escalada como auditor. En esa época, la ley tenía previsto para este tipo de delito, la sustanciación del juicio en una misma jornada. En un procedimiento breve y sumario, se oiría la acusación del fiscal, la defensa del doctor Orma y se dictaría sentencia. El destino de Funes, tenía que quedar sellado en un día.
Las opiniones estaban muy divididas. Había trascendido que el teniente coronel Mallo trataba con excesiva dureza al sargento y que existía una profunda antipatía entre ambos. Funes, en reiteradas ocasiones había confesado a sus camaradas que estaba profundamente disgustado con este trato. Días antes de la tragedia, en rueda de amigos, dijo que había soportado demasiados insultos y hasta bofetones de su superior, pero que no iba a tolerar otra vez aquella ofensa que ningún buen hijo puede perdonar. Evidentemente, se refería a un insulto que involucraba el honor de su madre.
Otra versión que circuló en esos días, afirmaba que Mallo había degradado a Funes por cuestiones del servicio, arrancándole brutalmente las jinetas y despojándolo del destacamento que tenía a su cargo. Los comentarios que hizo el sargento entre la tropa y en algunas casas de la guarnición, fueron motivo para que el jefe lo llamara a su despacho la noche del 10 de mayo cuando se desencadenó el sangriento drama.
Algunos hablaban de un pleito de polleras.
Unos doscientos vecinos de Puerto Belgrano, hicieron llegar a la redacción del diario “El porteño” de Bahía Blanca una petición dirigida al ministro de marina. Pedían consideración para el sargento Funes, mostrándolo víctima de humillaciones. La gente del diario, se negó a publicar esta petición. El comodoro Martín Rivadavia también desestimó el pedido.
En la memoria de la floreciente sociedad crecida alrededor de las obras del puerto, aún cruzaban las imágenes de la conmemoración, el último marzo, del primer aniversario del cuartel. Hubo una nutrida concurrencia que quedó impactada por la galantería, gallardía y hospitalidad del comandante Mallo y sus subordinados. La fiesta, en medio del desierto, duró todo un día.
Un mes después, con motivo de las pruebas de tiro de la batería III, el teniente coronel Mallo impresionó a personalidades de la zona, como el coronel Arent, los doctores Arata y Laspiur, el coronel Day, los mayores Lagos y Dieserens, el ingeniero Luiggi y el capitán Badaró. Era innegable, que el alto jefe, gozaba de mucho prestigio.
El 30 de mayo el capitán Lan dio por terminado el sumario, caratulándolo “Homicidio alevoso sin ninguna causa atenuante”. El fiscal pidió la pena de muerte. El doctor Orma, en tanto, pedía que se declare a su defendido exento de pena por sufrir de epilepsia. La epilepsia de Funes, decía Orma, estaba comprobada fehacientemente por exámenes médicos y otros medios de prueba, y era causa suficiente de exención de pena. De la actuación sumarial los médicos forenses habían determinado que Funes era epiléptico y que, en el acto de cometer el crimen se encontraba bajo los efectos de un paroxismo epiléptico. Esto lo impulsaba irresistiblemente a hundir una y otra vez el machete en el cuerpo de la víctima sin responsabilidad de su acción. Sugerían que el propio jefe lo había puesto en situación de violencia.
Una década más tarde, el ilustre José Ingenieros, comentó este caso y demolió el alegato del doctor Orma en su obra “Simulación de la locura ante la criminología, la psiquiatría y la medicina legal”, aduciendo que el epiléptico impulsivo es el más peligroso de todos los criminales, y por ende, merece la más grave de las condenas. Según Ingenieros, la condena de Funes se fundó en la responsabilidad de su acto y no en su verdadera peligrosidad criminal. Según este experto en criminología, la circunstancia de su enfermedad en lugar de absolverlo lo condenaba.
Gran conmoción causó la noticia del fallo absolutorio que, en un brillante triunfo forense, logró el doctor Orma, diputado nacional por Buenos Aires, para el sargento Funes ante el Consejo permanente, con solo dos votos en contra del tribunal, el 11 de julio de 1900. Sobre todo, considerando que prima facie, los argumentos de la fiscalía parecían abrumadores. Sin embargo, el 1 de agosto de 1900, en la próxima instancia, el Supremo Consejo de Guerra hizo lugar a la apelación del procurador fiscal y anuló esta sentencia condenando al sargento Funes a presidio indeterminado, a cumplirse en la Cárcel Militar de la Isla de los Estados.

El caso estaba cerrado.



La oficialidad del Cuartel de Artillería de Costas, con el comandante Mallo detrás del oficial sentado, en ocasión de la fiesta por el aniversario del Cuartel, en marzo de 1900.



Otra imagen de esa fiesta, donde los invitados posan junto al cañón nro 4 de la Tercera Batería.



Comida en el Cuartel de Artillería de Costas, en Abril de 1900, donde el comandante Mallo homenajeó a distinguidas personalidades.



El consejo de Guerra encargado de enjuiciar a Funes.



Izquierda dr. Adolfo Orma, defensor de Funes. Derecha, capitán de fragata Eduardo Lan, fiscal.

V - Un viaje al fin del mundo

El círculo de amistades de Pablo L. Funes se mostró consternado ante la noticia del crimen. Tenía veintitrés años y había sido alumno aventajado del Colegio Nacional de Buenos Aires, donde había cursado hasta el tercer año de estudios. El doctor Orma era rector del Establecimiento cuando Funes fue alumno.
Pablo Funes era nativo del Bragado y, huérfano desde muy pequeño, había sido recogido por el señor Miró, diputado provincial. Parte de su familia biológica residía en Tucumán, en el departamento de Famaillá.
Fue uno de los fundadores del Centro Literario Nicolás Avellaneda, y en más de una oportunidad demostró sus condiciones de poeta, sentimental y romántico.
En 1893 se incorporó al Batallón de Infantería de Marina creado el 26 de agosto de ese año en Capital Federal, permaneciendo en él hasta el 27 de noviembre de 1898 en que se disolvió el cuerpo. Junto con el resto de los efectivos pasó a revistar en la Artillería de Costas. Era buen subordinado, muy aplicado, y sus fojas de servicio muy satisfactorias. Llegó a desempeñarse como subteniente en comisión, teniendo un destacamento bajo su mando en el Cuartel de Puerto Belgrano.
Tenía auténtica vocación militar, y gran pasión por el arma de artillería. No perdía ocasión de devorar cuanto libro cayera en sus manos, y siempre estaba buscando alguna materia nueva que aprender.
El miércoles 16 de mayo de 1900, engrillado y custodiado por un piquete formado por un sargento, un cabo y cuatro soldados al mando del teniente Spurr, Funes llegó en tren a la Estación Constitución, donde lo aguardaba una pequeña muchedumbre que le hizo muestras de simpatía y le deseó suerte. Luego, el reo fue entregado al jefe de la prisión militar instalada en el pontón “La Paz”, viejo casco de madera del vapor Rosetti estacionado en el dique 3 de la darsena Sud.
En los últimos días de agosto Funes fue embarcado en el transporte “Guardia Nacional” con rumbo a los mares del sur, hacia el presidio del fin del mundo en la Isla de los Estados. Unos cronistas se habían apostado en el puerto para arrancarle alguna declaración. Su caso había interesado a la opinión pública de todo el país.
- Estudiaré zoología, botánica y mineralogía - dijo -Trataré de prestar mi concurso a la ciencia de aquellas apartadas y casi desconocidas regiones.


Sargento distinguido Pablo L. Funes.


Cárcel Militar en el Pontón La Paz, en la Dársena Sur.



El sargento Funes en el bote que lo conduce al transporte Guardia Nacional.

VI - El despensero del presidio

La colorida y variada población que despidió al “Guardia Nacional” fue el último contacto de Funes con la civilización por varios años. Este barco viajaba periódicamente hacia las áridas y salvajes zonas de nuestro sur, de modo que cada vez que partía reunía en el muelle a misioneros salesianos, buscadores de oro, marinos extranjeros, parientes de los escasos tripulantes y comerciantes que cargaban sus provisiones.
No hay registros de su estadía en isla de Los Estados. No hay fotos vistiendo el traje de rayas horizontales amarillas y negras. A la prisión de San Juan de Salvamento, y luego la de Puerto Cook, los hombres iban a morir de frío y soledad. Los presos gozaban de cierta libertad porque el clima y el mar, profundo y gélido, desbarataban cualquier idea de fuga. La cárcel no eran las miserables casuchas de chapa y madera, era el aire húmedo y enfermizo, era la vegetación rala y descolorida, era la turba que devoraba sus pisadas, era el silencio cubriéndolo todo. Como había dicho el mercenario rumano Julius Popper, la verdadera cárcel era la isla. El único descanso que esperaba a esos desdichados, era una tumba en el cementerio del presidio, anónima y sin flores.
En 1902 el gobierno decide, por razones humanitarias, trasladar el presidio a Puerto Golondrina, en Ushuaia. Este movimiento propició el cruento escape de cincuenta y un presos con muertos y heridos. Aquí se destacó el nombre del penado Pablo L. Funes, ex sargento del cuerpo de Artillería de Costas del Puerto Militar, se negó a participar del motín. Se quedó en el presidio auxiliando a los guardias heridos. Este comportamiento le valdrá el reconocimiento y la consideración de las autoridades del presidio.
En 1909, en el presidio militar de Ushuaia, había 62 penados a quienes custodiaba un destacamento de conscriptos. El director del penal era el mayor Herrera, secundado por el teniente Gregory y el contador Zambra. Los presos se dedicaban a diferentes trabajos. Martín Alfonso era boyero, Evaristo Sosa era pastor de una majada de carneros, Felipe Arce era el panadero, Angelino Arancibia cortaba y repartía leña, Martín Alfonso era boyero, Angel Urueña ayudaba al contador con sus libros. Todos estos nombres tenían un triste pasado, protagonistas de oscuros crímenes.
Todas las mañanas, los vecinos del pequeño pueblo de Ushuaia, veían un carrito pintado color plomo tirado por un caballo, pasar frente a la iglesia y devorar los tres kilómetros que separaban el presidio del almacén del señor Piqué. Lo conducía un joven alto, a quien todos conocían y estimaban. Era el ex sargento Pablo L. Funes encargado de comprar los víveres que consumían en la cárcel. Como no era practicable una licitación pública en el Territorio de Tierra del Fuego para proveer a la Cárcel de Reincidentes de racionamiento y artículos en general por falta de licitantes, el Ministerio de Hacienda asignaba 15.000 pesos moneda nacional para que la Dirección del Penal afrontara ese abastecimiento administrativamente.
Funes no sólo hacía las compras, también era responsable del reparto de la mercadería y llevaba la contabilidad de los gastos. Era el despensero del presidio.
Era un buen muchacho y los jefes lo querían mucho. Le permitían comer en la cocina del jefe de la cárcel el mismo rancho de los oficiales. En sus ratos libres se dedicaba a la lectura y a la fotografía. De Punta Arenas le habían mandado de regalo una cámara y con ella tomaba vistas de los paisajes fueguinos.
A los penados de buena conducta se les permitía tener su quinta y su gallinero. Con la venta de las aves y los huevos juntaban algunos pesos para sus gastos. Otros, se dedicaban a las tallas de madera que comercializaban con los pasajeros de los barcos que llegaban al puerto.
En la publicación “Registro Nacional de la República Argentina-Año 1910-Segundo Trimestre”, página 202, se lee “Decreto acordando indultos en conmemoración del primer centenario de la emancipación nacional- Buenos Aires. Mayo 18 de 1910. En conmemoración del primer centenario de la emancipación nacional y en uso de los poderes de guerra que la Constitución le acuerda, el Presidente de la República decreta: Artículo 1.0. Conmútase las penas de presidio indeterminado por la de presidio por 11 años, a los siguientes penados que han demostrado conducta intachable y demostrado arrepentimiento: Ejército.- Vicente Castillo, Teodoro Sánchez, Arturo Ortiz, Justino Sánchez, Angelino Arancibia, Pedro Ilcyesy, Amadeo Rinaldi. Armada.- Esteban Britos Pereyra y PABLO L. FUNES.”





El ex sargento Funes, en el carrito color plomo del presidio, de compras en el pueblo de Ushuaia.



El sargento Funes con el señor Pique, dueño del comercio que abastecía al presidio. Año 1910.

VII - Conclusión

Una de las primeras leyendas que los habitantes de Punta Alta, Puerto Belgrano, Baterías y toda la región aprenden, es la del Capitán sin Cabeza. Pero claro, es una leyenda borrosa, difuminada por la transmisión boca a boca de abuelos a padres y de padres a hijos. A veces se parece mucho y se confunde con la Leyenda de Sleepy Hollow de Washington Irving. Hablan de un soldado que espera trepado en las ramas de un árbol el paso del capitán, montado en su caballo, y le corta la cabeza que luego entierra en un lugar nunca revelado. Hablan de un duelo a espada, en las playas de Baterías, por una mujer que no se decide por uno o por otro.
En algún momento se descubre que la historia fantástica nace a partir de una historia real.
Aquí se sabe que el capitán era un teniente coronel y el asesino un sargento, porque en un principio, el Cuartel de Artillería de Costas pertenecía al ejército. Se sabe que los protagonistas de este drama eran dos caballeros ejemplares y admirados y que tenían rostros y nombres propios, Carlos Mallo y Pablo Funes.
No se sabe, y ya no se sabrá nunca, porqué las cosas sucedieron como sucedieron.
Inútil es emitir juicios cuando ha pasado tanto tiempo. Hubo mucha gente que simpatizaba con uno ó con otro y que justificaba a éste y denostaba a aquél. Sólo ellos dos conocieron lo que sucedió el 10 de mayo de 1900 por la noche, y las causas que condujeron a la muerte de Mallo y la condena de Funes. Lo cierto es que la muerte nunca se justifica y que nuestra historia, como dijo el periodista de “El porteño”, perdió con aquellas puñaladas dos gratas esperanzas.

Raúl Oscar Ifrán.
Punta Alta.


Fuentes:

  • Revista Caras y Caretas primera época.
  • Diarios "El porteño" y "La Prensa"
  • Diario de Sesiones de la Cámara de Diputados 1905
  • Revista Militar del Círculo Militar Vol. 49
  • Revista Jurídica Argentina La Ley Vol. 126
  • José Ingenieros. "Simulación de la locura"
  • Alfredo Becerra. "Los prófugos de la is. de Los Estados según diarios de la época"
  • Argentina hacia el sur. Construcción social y utopía en torno a la creación del primer puerto militar de la República. 1895-1902
  • Revista Argentina Austral vol. 15
  • Registro Nacional 1901
Las fotos son, en su totalidad, de revista Caras y Caretas primera época.

viernes, 15 de enero de 2016

Argentina: Encuentran los restos del "Republicano" en el Paraná

HALLAN BARCO DE LA BATALLA DE VUELTA OBLIGADO HUNDIDO EN EL RÍO PARANÁ 


Restos pertenecientes al bergantín goleta “Republicano”, un buque de la Armada Argentina que fue hundido durante la batalla de Vuelta de Obligado, en 1845, fue hallado sumergido en las aguas del Río Paraná. El hallazgo es inédito y constituye una pieza fundamantal de la historia argentina.



El descubrimiento, que comenzó con el hallazgo de algunas piezas del buque en octubre último, fue anunciado este viernes en el Salón Dorado de la Municipalidad de San Pedro, durante un acto del que participaron autoridades del Museo Paleontológico local "Fray Manuel de Torres", de la Armada Argentina y de la Municipalidad de esa ciudad.

"Se trata de un descubrimiento sin precedentes en la provincia de Buenos Aires y de un gran valor histórico", expresó el ministro de Defensa. "Haber podido encontrar piezas de tanto valor, que son parte fundamental de nuestra historia, de un enfrentamiento por nuestra soberanía nacional, no hace más que llenarme de orgullo", agregó.

La Batalla de la Vuelta de Obligado se produjo el 20 de Noviembre de 1845 en aguas del Río Paraná, sobre su margen derecha y al norte de la provincia de Buenos Aires, en un recodo donde el cauce se angosta y gira, conocido como Vuelta de Obligado, en lo que hoy es la localidad de Obligado (Partido de San Pedro)

Enfrentó a la Confederación Argentina liderada por el Brigradier Juan Manuel de Rosas, quien nombró comandante de las fuerzas defensoras al general Lucio N. Mansilla, y a la escuadra Anglo-Francesa, cuya intervención se realizó bajo el pretexto de lograr la pacificación ante los problemas existentes entre Buenos Aires y Montenivdeo, pero que tenía como fin último dominar el estuario del Río de la Plata con fines comerciales.

El director del Museo Paleontológico de San Pedro, José Luis Aguila, junto a un empleado del mismo establecimiento, Felipe Aguilar, y al representante de la Asociación de Veteranos de Guerra de Malvinas de San Pedro, Javier Huber Saucedo, navegaban en esas aguas para realizar tareas de relevamiento y filmaciones en busca de producciones para el museo, cuando detectaron en la pantalla del sonar un elemento delgado de unos diez metros de largo, que parecía ser el mástil de una embarcación que había naufragado.

El contraste de las imágenes obtenidas por el sonar de barrido lateral y los datos históricos, permitieron que el equipo a cargo del hallazgo afirmara que los restos pertenecían al buque “Republicano”,  el único de la Armada Argentina que realizó tareas de defensa durante la Batalla de Obligado y fue hundido por su capitán, Tomás Craig, el 20 de noviembre de 1845.

A mediados de noviembre, los descubridores solicitaron la colaboración de la Armada Argentina para confirmar el hallazgo, tarea de la que participaron activamente las autoridades del Área Naval Fluvial.

El 10 de diciembre, en tanto, el buque multipropósito ARA “Ciudad de Rosario” fondeó en Obligado a fin de intentar una confirmación visual o física del hallazgo, tarea que llevó a cabo junto a un equipo de Buzos Tácticos y del Servicio de Salvamento de la Armada Argentina. Fue así que se pudo confirmar el descubrimiento del barco hundido y luego iniciar el rescate de los restos, mediante la colocación de un cabo de descenso con andarivel, lo que permitió  tomar contacto con el mástil sumergido.

Luego de repetir tres veces la misma maniobra, quienes participaron de las tareas pudieron finalmente confirmar que se trataba de piezas del navío que hace 170 años participó de la Batalla de la Vuelta de Obligado.

El Federal

viernes, 25 de diciembre de 2015

Crisis del Beagle: Movimientos antes de Navidad

21 DE DICIEMBRE DE 1978 :


"LA ARMADA ARGENTINA INTENTA EL PRIMER GOLPE"


El Jueves 21 de Diciembre de 1978
la Flomar zarpó de la Caleta la Misión (53º 31´30 ¨ S y 67º 49´ 00¨ O )hacia Santa Cruz .
A las 9hs de la mañana se recibió un viento predominante del Oeste de 10 nudos y las olas llegaron a una altura máxima de 2m.

Esa mañana hubieron novedades en el frente diplomático con una respuesta argentina a las 13.30hs que hacia presumir como inevitable el conflicto.

Las defensas del ARA 25 de Mayo habían sido modificadas con redes anti torpedos que colgaban desde la cubierta.

«La invasión sería el sábado 23 de diciembre.
No queríamos que coincidiera con la Navidad»
(Gral.Videla)
Foto de Conflicto Beagle 1978.

INICIATIVA DE OFENSIVA ARGENTINA :


Mientras navegaba estas aguas la flota tuvo un contacto de sonar, que fue clasificado como un probable submarino y fue atacado sin éxito por aviones, helicópteros AS y destructores. Este contacto sonar fue atacado con un SH-3H Sea King 2-H-231 el cual intentó arrojar un torpedo MK-44 que no se desprendió de su calzo. Las naves escolta del POMA atacaron al contacto con los erizos hedgehog .
Aparentemente se escucharon explosiones pero no hubo evidencia de impacto. También es posible que un Tracker haya lanzado un torpedo antisubmarino.

La tarde del 21 de diciembre, fotos satelitales de la inteligencia estadounidense mostraron un avance de tanques en las cercanías del paso Puyehue ( Paso Pajaritos, actualmente Paso Cardenal Samoré )por el lado argentino, con el fin de partir a Chile en dos.
Desde Osorno (Chile) y por la Ruta Panamericana Austral se comunica con Villa La Angostura en nuestro país.

A las 19.19hs de ese mismo día la aviación naval chilena detectó a nuestra flota a la altura del meridiano casi frente a las islas.

A las 22 h los aviones chilenos informaron haber detectado en la zona del Cabo de Hornos a nuestra flota en posición de ataque.
La flota argentina, comandada por el Contraalmirante Humberto J. Barbuzzi, tomó posiciones al este del Cabo de Hornos en las aguas poco profundas del Banco Burdwood para minimizar el peligro de los submarinos.

En otro incidente, un avión Skyhawk naval A-4Q pilotado por el TN Marquez interceptó un Casa Aviocar 212 chileno de patrulla naval cerca de la flota, pero el piloto fue ordenado de no disparar primero.

A las 23hs hubo un falso informe de un avión de exploración de la FACH quien creyó vera nuestras fuerzas cuando en realidad eran las torpederas chilenas Fresia, Guacolda, Quidora y Tegualda.

El día D iba a ser el jueves 21 de diciembre a las 23.45hs.

En la noche del 21 al 22 de diciembre de 1978, tras más de veinte días en alta mar y por lo menos una postergación del inicio de las hostilidades, los buques argentinos con tropas y material de desembarco enfilaron hacia la zona de conflicto para iniciar la operación anfibia que establecería la soberanía argentina sobre las islas.

En 2011, el Tte Gral. Jorge Rafael Videla, declaró que el 21 de diciembre de 1978 Argentina ya se consideraba en guerra debido a que la flota de mar navegaba hacia el Pacífico, los aviones habían cambiado sus bases y había patrullas del Ejército operando en territorio chileno:

«La invasión sería el sábado 23 de diciembre. No queríamos que coincidiera con la Navidad».

CONTRAATAQUE CHILENO :


A los efectos de neutralizar al portaaviones ARA 25 de Mayo si la guerra comenzaba , el submarino chileno Simpson (clase Balao) con sus torpedos listos para ser disparados transitó el Pasaje de Drake e ingresó en el Atlántico sur .

En la tarde de ese mismo día, el Infante de Marina chileno Pablo Wunderlich recibió la orden de trasladarse de inmediato a la isla Nueva con una compañía de unos 150 hombres. Zarpan abordo del destructor Serrano de 2130 ton. desplazándose a la vista de las fuerzas argentinas.

foto : buque hermano clase Lawrence

domingo, 22 de febrero de 2015

Argentina: Creación de la Escuela de Náutica

Escuela de Náutica


Gral. Manuel Belgrano (1770-1820)

Portal www.revisionistas.com.ar

La historia de la Primera Flotilla Mercante Armada de Buenos Aires, fue tan heroica como efímera. En el breve período entre 1800 y 1803; nació, se cubrió de gloria y desapareció sin casi dejar rastros. La cúspide de gloria estuvo dada por la Batalla de Bahía de Todos los Santos, Primer Combate de la Historia Naval Argentina. Sus héroes no pasaron al bronce ni al mármol, pero sus herederos de la Marina Mercante Argentina nunca dejamos de recordarlos, conmemorarlos y emularlos.

Desde los lejanos tiempos de la conquista, para los vecinos de puertos y ciudades de ultramar, tanto como desde siempre para los peninsulares, era tan común entrar en guerra contra Portugal; Francia o Gran Bretaña, como hacer las paces, o, incluso aliarse fraternalmente a ellas con la misma naturalidad con la que algún tiempo antes se las había combatido a muerte. Particularmente en el Río de la Plata, el enfrentamiento permanente era entre españoles y portugueses por la posesión de la Colonia del Sacramento en la costa enfrentada a la capital virreinal: Santa María de los Buenos Aires.

La entrada en vigor en 1778 del Real Reglamento de Aranceles de Comercio Libre, junto al permanente arribo de toneladas de plata provenientes del Alto Perú que partían hacia España, aumentaron notablemente el volumen del comercio de Buenos Aires. Esto no pasaba inadvertido a los portugueses e ingleses, sobre todo en tiempos de guerra. Las naves españolas, cargadas de valores, eran atacadas en alta mar por los mismos mercantes que comerciaban en el mercado negro de los puertos cercanos a Buenos Aires o Montevideo.

En marzo de 1797, “…deseando el Rey fomentar en sus dominios de América el armamento de Corsarios que protejan nuestras costas y hostilicen al enemigo…” firma en Aranjuez esta Real Orden, “… concediendo con este objeto las gracias y franquicias que proporciona a los que armen en corso la ultima ordenanza de este ramos…”.

Esta orden hace eco inmediato en el Real Consulado de Buenos Aires. Este tribunal que reunía a los más poderosos comerciantes de la próspera capital, había sido erigido para estímulo del comercio, la industria y la educación especializada, apenas tres años antes. Al frente de la Secretaría, y a título Perpetuo fue designado directamente por S.M. el joven abogado porteño Dn. Manuel Belgrano, universitario formado en los claustros salamantinos, de gran visión y claras ideas sobre las potencialidades de su tierra natal.

Su puesto en el Consulado sirvió para difundir esas ideas de desarrollo e intentar concretarlas. Una de las más interesantes tuvo su hora el 25 de noviembre de 1799, cuando en una de las salas del tribunal consular se inauguraban los cursos de la Escuela de Náutica, que a semejanza de las establecidas en la Península, fue erigida bajo la protección del Real Consulado. Era la consagración de una de sus ideas más fuertemente promovidas. Belgrano había observado, estimulado por la lectura de Jovellanos y otros singulares contemporáneos, la importancia estratégica de la posesión de una flota mercante.

El establecimiento de la Escuela de Náutica, reforzó la añeja rivalidad entre Buenos Aires y Montevideo. Aquella era la capital virreinal y este un excelente puerto de mar, pero el comercio de la Reina del Plata era cinco veces mayor que el de su vecina cisplatina. Para colmo, la Comandancia de Marina del Río de la Plata -inspectora natural de las eventuales Escuelas de Náutica que pudiesen crearse- no se encontraba en la capital sino en el puerto oriental.

En esta coyuntura, la colaboración que prestaba la Armada al comercio de Buenos Aires, no era precisamente perfecta. Las pasiones humanas competían con los ideales del deber, amparados por la lejanía de la Metrópolis. A la hora de patrullar y combatir a los corsarios enemigos que asolaban a los buques españoles en tránsito hacia y desde Buenos Aires, siempre había plausibles fundamentos -ciertamente muy relacionados con la realidad colonial- para no salir a navegar: cuando no faltaban velas, cabuyería o pólvora; hacían falta marineros, pilotos o prácticos experimentados en la riesgosa navegación del inmenso Río de la Plata.

Los ataques portugueses ya eran alevosos. Las impunes naves enemigas podían verse en el horizonte argentino del río. Colmada la paciencia y exasperados por las cuantiosas pérdidas económicas, en noviembre de 1800, a instancias de Belgrano, la Junta de Gobierno del Real Consulado porteño resuelve recaudar fondos para armar buques mercantes en corso para la defensa de la ciudad y el comercio. Para ello se cobraría un Derecho de Avería del 4% a las importaciones y de la mitad para las exportaciones.

La Navidad de 1800 encontró a los miembros del regio tribunal ensimismados con los arreglos administrativos referentes a la compra y entrega del bergantín estadounidense “Antilop”, que había sido el elegido para encabezar la Armada de Buenos Aires.
Su precio había sido convenido en 11.000 pesos corrientes, que fueron abonados a su capitán con fondos de la Tesorería consular, previo acuerdo y visto bueno del Marqués de Avilés, virrey del Río de la Plata. El virrey había ya expresado su urgencia para que

“… pueda sin más demora proceder a activar las disposiciones concernientes á su apresto y pronta habilitazion, realizando el armamento qe tiene ofrecido pª concurrir de su parte á la defensa del comercio por medio del predicho Bergantin y otros buques que pueda proporcionarse, ya que el Navio Pilar (de la Real Armada. N. del A.) no remitió á propósito, y qe en estos puertos no hay otro alguno de su porte que poder subrrogar en su lugar…”

El “Antilop” era un bergantín guarnido como goleta, artillado con 4 carronadas cortas de a 16 libras; 10 cañones de a 10´ (5 en la banda de babor y 5 en la de estribor; todos sobre la cubierta principal y con sus correspondientes troneras), y otros 4 de a 4´.

Finalizados los trámites administrativos, el 28 de marzo de 1801, el buque del consulado se encontraba fondeado en las Balizas, frente a Buenos Aires. Ese día todo relucía particularmente; sus guarniciones habían sido renovadas: velas, cabos, amarras. Pilotos, marineros, artilleros y los granaderos que componían su guarnición militar estaban formados sobre la cubierta, impecablemente vestidos con sus correspondientes uniformes, orgullosos de su nave.

El Consulado había confiado el comando en el capitán mercante, Dn. Juan Bautista Egaña, un prestigioso criollo, fogueado en las lides de la mar que prestaba servicios en el puerto del Callao (Perú). A la hora señalada, varias lanchas acercaron a la nave a los miembros del Consulado, quienes encabezarían una particular ceremonia. Sonaron silbatos indicando órdenes desconocidas para el común de las gentes de tierra. Todo se puso en su sitio.

El Prior y el Secretario del Consulado pronunciaron sendos discursos arengando el fervor patriótico de la tripulación encargada de la defensa de la ciudad y su comercio. Se designó formalmente a Egaña capitán de la nave, que a partir de ese instante llevaría el nombre del Santo Patrono del Consulado: “San Francisco Xavier”, aunque todos conocerían al buque por su alias de “Buenos Aires”, pues ese nombre llevaba escrito en su popa, designando a su puerto de Matrícula como a su propietario.

Se hizo un solemne silencio mientras por la driza del pico de la cangreja se izaba el magnífico pabellón mercante del Río de la Plata , acompañado por el correspondiente toque de silbato. Al llegar al tope, la quietud del río se estremeció por el bramido del cañonazo con que se afirmaba el pabellón. Toda la tripulación e invitados rompieron en gritos de alegría y vivas a España y al Rey.

Abastecido de personal -a través de las “levas” que se hacían periódicamente en los puertos de Buenos Aires y Montevideo-, de guarniciones, munición y alimentos, zarpó de las “Balizas” en su viaje inaugural, el 11 de abril, llevando a su bordo varios cadetes de la Escuela de Náutica quienes, según su instituto, y por especial iniciativa de su Segundo Director -el piloto mercante corcubionés Dn. Juan de Alsina- pues se inclinaba decididamente hacia la enseñanza práctica. Según su idea, los cadetes “…debían saber cortar las jarcias, y otras faenas, para que cuando sean jefes, conozcan aquello que van a mandar…”.

Junto a su compañera, la goleta “Carolina”, adquirida también por el Consulado porteño, se dedicaron al patrullaje del Río de la Plata, persiguiendo a los corsarios portugueses y evitando sus tropelías. La iniciativa de Belgrano daba frutos concretos, y el comercio estaba protegido por una fuerza naval propia con un poder disuasorio suficiente.

La helada mañana del 25 de agosto de 1801, zarpa el “San Francisco Xavier” en el viaje de corso que lo llevaría a la gloria. La patrulla se extendería hasta donde fuese necesario. Recorrieron la costa sur de Buenos Aires, para luego subir por la costa oriental del Uruguay y más allá hacia el norte.

El amanecer del 12 de octubre, encontró al “Buenos Aires” a 8 leguas al sudeste de la barra de la Bahía de Todos los Santos, al norte del Brasil. Desde la cofa del trinquete, el vigía anunció tres velas unidas.

Egaña dio las órdenes para arribar sobre ellas. Eran un paquebote armado en guerra, y dos mercantes a los que comboyaba: un bergantín y una zumaca. Serían los mismos de los que le habían dado noticias a Egaña los prisioneros portugueses que llevaba a su bordo.

El paquebote de guerra “San Juan Bautista”, armado en guerra con más de 20 cañones de gran calibre, izó las señales de reunión, a lo que los mercantes respondieron de inmediato. Al punto Egaña ordenó zafarrancho: Aprontar velas, armas mayores y menores, agua y arena para los incendios, municiones, aclarar los cabos, etc… Se aproximó a las naves portuguesas, y estando a tiro de cañón, enarboló su pabellón español de primer tamaño, afianzándolo con su correspondiente cañonazo; los adversarios ejecutaron igual maniobra, y a las 7 de la mañana, apenas clareaba el día, rompieron el fuego por ambas partes. En ese momento quedó perfectamente clara la diferencia de poder de fuego entre el “San Francisco Xavier” y sus oponentes, tal como le habían predicho a Egaña. Aun así, los primeros disparos no surtieron mayores efectos, sobre todo porque el portugués se afanaba en desarbolar el bergantín porteño.

Egaña aprovecho el tiempo y el entrenamiento de su tripulación, para generar varias escaramuzas con el objeto de verificar cuáles podrían ser sus ventajas sobre el enemigo, quien lo superaba claramente en poder de fuego. A poco andar pudo observar que su preeminencia radicaba en el poder de maniobra del “Buenos Aires”. En él Egaña haría pivotear el combate para intentar volcarlo en su favor. No se podía arriesgar al combate de artillería, la diferencia era abismal; debería forzar a los portugueses a maniobrar de modo tal que pudiera abordarlo.

La confianza de Egaña en el valor y destreza de su gente, se emparejaba con la que tenía en su nave y en su propia idoneidad en los arcanos de la mar.

Resuelto el capitán criollo a la acción, y a darle la victoria a las armas de Su Majestad, ordenó largar todo aparejo en ademán de huir, a fin de engañar al enemigo, llamando toda su atención a su maniobra. Por su parte, el capitán del paquebote portugués, persuadido como estaría de la victoria, descuidó el buen arreglo que había mantenido durante el corto combate y, sin contención, dispuso largar “cuanto trapo podía” haciendo los mayores esfuerzos para alcanzar a los huidizos españoles. En ese estado de la persecución, viró Egaña repentinamente “por avante”, quedando “de vuelta encontrada” con el enemigo.

En pocos minutos las bordas del “San Francisco Xavier” y del “San Juan Bautista” quedaron enfrentadas y a tiro de fusil. Antes de que los portugueses pudieran salir de su asombro, el bergantín porteño descargó toda la artillería que tenía previamente lista con bala y metralla, para cubrir el abordaje.

Las descargas de bala, metralla, palanqueta y pie de cabra que efectuaba el paquebote lusitano, no surtían efecto en la tripulación de Egaña que se encontraba íntegramente tendida sobre cubierta; pero hicieron estragos en la arboladura del trinquete del “San Francisco Xavier”, provocando severos incendios en el velamen.

Con su autoridad e idoneidad, el capitán criollo había adiestrado tan disciplinadamente a su tripulación, que ningún contratiempo distraía su atención. Ordenadamente disparaban la artillería, la fusilería y “esmeriles” de las cofas. Los granaderos hacían estragos con sus granadas de mano. El desorden y horror provocado entre los portugueses, abrió paso a los 36 hombres del “San Francisco Xavier” quienes, a la voz de Egaña, abordaron el paquebote, con sable y pistola en mano.

En el combate cuerpo a cuerpo, los bravos españoles y criollos no tardaron mucho en superar ampliamente a los sorprendidos portugueses que se defendieron con valor y coraje. En medio del fragor del combate, entre disparos,humo de pólvora, golpes de acero, fuego y charcos de sangre; un marinero del “Buenos Aires”, eludiendo a la muerte a cada paso, corrió evadiendo directamente hacia la popa del paquebote.

Un solo objetivo nublaba su visión: Obsequiar a su bravo capitán el Pabellón de Guerra Portugués, el premio que tanta bizarría merecía. Al llegar al sitio del honor, los siete escoltas de la Bandera de Guerra, atacaron al marinero Manuel Díaz con fiereza. Nada podría interponerse entre este bravo marinero canario y ese pabellón.

Un portugués le asesta un chuzaso en la sien, a lo que el canario responde con un certero pistoletazo que le vuela la sien. Hiere a unos y ahuyenta al resto, corta la driza y recibe su tan ansiado trofeo. El Pabellón de Guerra cae tersamente en las manos de Díaz, condecorándose con la valiente sangre de los hijos de Portugal que el marinero llevaba entre sus dedos.

A las 10:30 de esa mañana, el paquebote se rendía bajo el pabellón de España. Habían muerto 7 portugueses, entre ellos su piloto; y otros 30 salieron heridos, contando a su capitán, quien lo estaba de gravedad. El propio Egaña había recibido dos serias heridas. Los dos mercantes portugueses, al percibir la derrota de su escolta, forzando la vela, se pusieron en huida hacia el puerto de Bahía desde donde habían zarpado.

Egaña encargó a algunos de sus oficiales el cuidado de su presa y, desatracándose de ella, se dispuso a la persecución. A pocas millas los apresó a ambos, descubriendo que en el bergantín llevaban 250 esclavos, y la zumaca estaba cargada de carnes.
Ante tan apretada circunstancia, viéndose Egaña con tres buques apresados y 160 prisioneros, resolvió embarcar a estos en la nave de menor entidad – la zumaca -, y devolverlos al puerto de Bahía de donde habían partido, llevando en triunfo Buenos Aires al paquebote y el bergantín portugueses. La alegría entre la tripulación era tanta, que en Acción de Gracias, Egaña ordenó celebrar una “función” litúrgica, junto a su tripulación, en honor a Nuestra Señora del Pilar, por ser ese día del combate, el de su solemnidad.

El alborozo de los porteños a la llegada de la “Flota” no tenía comparación. En el muelle se apiñaban los curiosos para vivar al valiente capitán, cuyo buque se erguía orgulloso sobre el manto de plata del anchuroso río, escoltando a sus presas. Los miembros del Consulado, acompañaron a Egaña y al valiente marinero Díaz hacia el Salón Noble del regio tribunal, para expresarles la gratitud del “Comercio” y de la ciudad toda. A Egaña se le honró con el asiento del Prior, y a Díaz con el de uno de los Cónsules. La multitud, desde la calle, escuchó atentamente a través de los amplios ventanales enrejados, los laudatorios discursos.

Como premio a tan valerosa acción de guerra, se obsequió a Egaña con un “sable con su cinturón a nombre de este Real Consulado con Puño de Oro y las armas de este mismo Cuerpo con la inscripción correspondiente que en todo tiempo acredite su valor y pericia”, y al marinero Manuel Díaz, la Junta de Gobierno le concedió “un Escudo de Plata con las armas de este Real Consulado para que lo lleve en el brazo derecho en memoria de su valor y desprendimiento con su correspondiente inscripción”. Asimismo el Consulado “informará de la acción a S.M. con toda energía, y suplicándole le conceda los honores de Teniente de Fragata”.

El año de 1801 pasó sin mayores sobresaltos. Los buques del Consulado continuaron patrullando las costas, desde “La frontera” en Carmen de Patagones, hasta el Brasil, llevando a su bordo cadetes de la Escuela de Náutica, tanto en puerto como en navegación.
A pesar de los resultados positivos, oscuras presiones ejercidas desde el anonimato por sicarios que veían en la “Armada de Buenos Aires” la evidencia de su inoperancia, hizo que esta vea el fin de sus días de gloria para las Armas de S.M..

En febrero de 1802, se abría un “Expediente formado para la venta de la Goleta nombrada Carolina perteneciente al Real Consulado, y el Bergantín San Francisco Xavier Alias Buenos Ayres”.

Fuente

Efemérides – Patricios de Vuelta de Obligado
Escuela Nacional de Náutica Manuel Belgrano
Historia y Arqueología Marítima (Histarmar)
Vázquez, Horacio Guillermo – Glorioso origen de nuestra Marina Mercante

sábado, 12 de julio de 2014

El ataque de Bouchard al rancho "El Refugio" en Baja California


Desembarco en Rancho "El Refugio"


Esta hermosa foto aérea permite apreciar con claridad el escenario del ataque y destrucción del casco del Rancho El Refugio, propiedad de los Ortega, una tradicional familia realista californiana. El lugar está muy cerca de Santa Bárbara y 2 millas tierra adentro de la costa.


Esquema del ataque corsario argentino sobre Rancho "El Refugio", Alta California (hoy EEUU).


Foto de base: cnsm.csulb.edu
Esquema: DC

domingo, 25 de mayo de 2014

Tres anécdotas de una Argentina sin corrupción para festejar el Día de la Patria

Viva la Patria sin corrupción


Bajo la presidencia del Gral. Roca, ante los riesgos de algunos conflictos fronterizos, éste, con patriótica previsión, encomendó al Gral. Pablo Riccheri, que viajara a Alemania y adquiriera 40 mil fusiles Máuser para equipar convenientemente al ejército.
El general Riccheri formalizó rápidamente la compra de los máuseres con las fábricas alemanas. En la entrevista final, se le acercó un representante de los fabricantes, quien le presentó un sobre y le expresó: -General, los fabricantes me han encomendado que le entregara este sobre con el importe de ´´la comisión´´ que le corresponde por su intervención.
Riccheri abrió el sobre y encontró un cheque de un considerable monto. Sin titubear, tomó el cheque, lo endosó y se lo devolvió al funcionario diciéndole:
-Mande tres mil Máuser más.


Unos años después, el gobierno argentino, envió al Almirante Onofre Betbeder a Inglaterra, para controlar la entrega de buques construidos allí en las debidas condiciones.
Éste viajó a los astilleros de Southampton y por 4 meses inspeccionó los barcos tornillo a tornillo. Al concluir satisfactoriamente su inspección, telegrafió al gobierno argentino para que saldara la cuenta. Al día siguiente, un empaquetado funcionario de levita, se presentó a su oficina y le dijo:
-Almirante, permítame que le entregue este sobre en reconocimiento por su trabajo y la imparcialidad con que ha cumplido su misión.
Betbeder abrió el sobre y retiró un cheque, e inmediatamente llamó a un secretario y le dictó la siguiente nota:
´´El gobierno de la República Argentina cumple en agradecer a los directores de los astilleros la rebaja por la cantidad de 300 mil libras esterlinas, que han tenido a bien hacerle sobre el precio de los barcos´´.






Otros años más tarde, bajo la presidencia de Victorino de la Plaza, el presidente del Brasil viajó a la Argentina en una visita de confraternidad. Entre los agasajos se programó el banquete oficial. Como éste no podía realizarse en la Casa Rosada, por hallarse en reparaciones, resolvió que se celebrara en la casa particular del presidente, en la calle Libertad. Al día siguiente del banquete, Victorino de la Plaza, llamó a su ama de llaves y comenzó a extender los cheques de su cuenta personal, para pagar a los proveedores. Al concluir le observó al ama de llaves:
-Señora, falta la cuenta de los vinos.
Ésta le explicó:
-Sr. Presidente, como era una comida oficial, se trajo los vinos de la bodega de la Casa de Gobierno.
Plaza le contestó:
-Señora, en mi casa el gobierno no paga los vinos. Vaya al almacén y reponga a la bodega las botellas que se consumieron.
En aquel entonces, la Argentina ocupaba el 6º lugar en la escala mundial


Jamás vamos a escuchar anécdotas así de Perón ni Yrigoyen, lamentablemente.

domingo, 4 de mayo de 2014

¿A qué vino William Brown a Argentina?

Guillermo Brown: ¿Por qué vino?
Carlos A. Estévez

En el 223 aniversario del natalicio del almirante Guillermo Brown, que se cumplirá el martes venidero, puede ser bien recibido, para quienes llegaron a estas tierras buscando un futuro mejor, decir que él es un ejemplo entre los inmigrantes que hicieron nuestra nación.

Viene al caso, por ello, recordar que, en el transcurso de una conferencia sobre Guillermo Brown, una concurrente preguntó por qué el almirante había venido a nuestras tierras. Quien exponía atinó a decir que la razón era su amor por la libertad y su decisión de luchar por ella. No parece ser eso correcto, si se analizan algunos hechos.

En el caso del general José de San Martín y otros que vinieron con él, que eran militares de carrera, no hay duda de que lo hicieron para terminar con el dominio español en América. Desde su arribo, ofrecieron sus servicios a las Provincias Unidas y actuaron en consecuencia.

Pero en lo que a Brown se refiere, puede pensarse que no vino con esos fines. Poco sabemos de sus antecedentes como para asegurar lo que comentamos. Responde esto al hecho de que él poco y nada dejó escrito de su vida previa, no dejando tampoco trascender algo en sus memorias ni entre sus amigos. Hoy, se da como muy probable que no había pertenecido a la armada de su majestad británica, no era miembro de logia alguna, no ostentaba grado ni carrera militar previa. Eran muchos los que venían al Río de la Plata por otras razones ajenas a la guerra y él no tenía por qué ser una excepción. 

Brown fue capitán de buque a los 19 años, para arribar al Plata cuando tenía 32 años de edad. Su vida, en este período, según ha trascendido, no fue placentera, de escritorio, administrativa ni pueblerina. Fue de navegante, luchando contra piratas y marinos de otras naciones y, como siempre es y será, combatiendo contra la naturaleza.

Era, pues, un hombre formado en la acción y el riesgo. Por su sangre irlandesa, era tozudo, perseverante; poseía espíritu de hombre libre, poco afecto a gobiernos fuertes y luchador incansable.

Sus riquezas o posesiones materiales, cuando se casó con Elizabeth Chitty, en 1809, si bien tampoco son conocidas, deben haber existido. Ella provenía de familia de armadores, de comerciantes marítimos y con otras actividades afines, lo que permite asegurar que tenía buen pasar. En aquella época, no era sencillo unir dos almas con grandes diferencias sociales y religiosas, por lo que puede presumirse que Brown aportó a ese casamiento buenas referencias personales y alguna aceptable posición económica.

En esta parte del mundo, en el virreinato del Río de la Plata, por entonces, las invasiones inglesas de 1806 y 1807 habían concluido en la firma de un tratado de paz, con el que los ingleses consiguieron la libertad de comerciar con Buenos Aires. En 1809, cuando pudo ponerse en ejecución tal acuerdo y floreció el intercambio, fondeaban en la rada porteña docena y media de buques ingleses cargados de mercaderías, esperando comerciar las mismas. Había un buen negocio para los fletes marítimos y para los exportadores e importadores de la Gran Bretaña.

Dadas todas estas condiciones, no resulta difícil deducir que Brown, efectivizado su casamiento, vino formando parte de negocios navieros y a observar qué otras posibilidades de actividades comerciales podían encararse. Podría adelantar que vino fletando cargas y a "husmear" el ambiente.

Recordemos que se desconoce fehacientemente si vino en 1809, pero es indudable que, desde entonces y hasta junio de 1812, en que adquirió las tierras de Casa Amarilla, en Barracas, Buenos Aires, cruzó el Atlántico en más de una oportunidad. Finalmente, en febrero de 1813, trae a su esposa y a sus dos hijos nacidos en Inglaterra y ese mismo año adquiere la goleta "Industria". Al poco tiempo, agregará la "Hope" ("Esperanza"), la "Amistad" y la "Unión".

Posteriormente, llamó a Buenos Aires a tres de sus hermanos (Miguel, Juan y Thomas), mientras que su esposa Elizabeth hizo otro tanto con cuatro hermanos (Gideón, John, Thomas y Walter) y con su tío Richard. Tres sobrinas se casaron y vivieron aquí. Caso típico de un inmigrante que, entusiasmado por lo que encuentra en lejanas tierras y el porvenir que vislumbra, llama a sus allegados para progresar en estas tierras.

Conclusión: Brown vino a comerciar y, convencido de las posibilidades que brindaba esta parte del mundo, no dudó en afincarse en Buenos Aires como tantos otros, como fueron muchos de nuestros ancestros en esos mismos años o nuestros abuelos y padres desde el último tercio del siglo XIX y en el XX.

Como buen inmigrante, cuatro de sus hijos nacieron en Buenos Aires, los que, a su vez, tuvieron descendencia en ambas márgenes del Plata y, hoy, siete generaciones rioplatenses posteriores al tronco Brown-Chitty prolongan su sangre en el tiempo.

Por qué se incorpora poco después a la lucha independentista de las Provincias Unidas del Río de la Plata y arriesga, a lo largo de treinticinco años, su fortuna, su vida y la paz familiar por defender el pabellón nacional sin embanderarse en las luchas políticas internas, es tema que trataremos en otro momento.

Brown falleció en su casa de Buenos Aires en 1857, tras cuarenticinco años de residencia entre nosotros.


Carlos A. Estévez es capitán de navío (RE) y miembro del Instituto Nacional Browniano.

sábado, 19 de abril de 2014

El Daguerrotipo en el Río de la Plata

EL DAGUERROTIPO EN EL RIO DE LA PLATA;
DAGUERROTIPOS DEL ALMIRANTE GUILLER­MO BROWN 

Por el TN Médico (RN) Daniel A. Pérez -Cirujano Consultor-
Dedico esta pequeña contribución a todos los veteranos de la Guerra de Malvinas; militares y civiles,
sin exclusión y de ma­ nera particular a los héroes caídos en combate…
7 Páginas A4



INDICE

I- Introducción
II- Desarrollo
Bibliografía



I- INTRODUCCIÓN
El daguerrotipo es el antepasado más ilustre de la fotografía El hombre, siempre estuvo interesado por conseguir imágenes fieles de todos los objetos. Animales, personas, paisajes, etc., que lo rodea ban.
Aún antes que el daguerrotipo, fue creada en el siglo VXIII, la famosa "cámara oscura"; la que tenía todos los elementos básicos de una cámara fotográfica, pero no podía grabar las imágenes- En esta cámara, el paso de la luz, a través de un pequeño orificio y una lente, proyectaba una imagen del objeto invertida, sobre una superficie planeen el interior de una caja, generalmente de madera. Este fenóme­ no, guardaba una cierta similitud con el funcionamiento del ojo huma­no.- Empero , considero que fue, el gran pintor veneciano Antonio Ca nale -CANALETTO- quien nació hacia la segunda mitad del siglo XVIII, el verdadero precursor, en la invención y empleo del daguerro­tipo- Así lo confirman las exactas vistas panorámicas de Venecia y o-tras, elaboradas por el eximio pintor italiano- Se dice pues, que Cana letto utilizó algo así como una cámara oscura o bien elaboro sus o bras casi perfectas contando con el auxilio de una grilla superpuesta al paisaje.
Fue el litógrafo NICÉFORO NIEPCE (1.765-1.833), físico de origen francés, quien junto a su primo Claudio, se dedicaron a realizar investigaciones mecánicas y físicas, y hacia el año 1813, tuvo la idea genial de la obtención de fotografías, hecho que concretó en 1826, al fijar una imagen desde una ventana de su casa, en una placa de estaño impregnada en betún de Judea, siendo necesario exponer la placa unas ocho horas o más.

Nicéforo Niepce
 (creador del daguerrotipo)
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II- DESARROLLO
Posteriormente, el pintor francés Louis Daguerre (1787-1851) perfeccionó el método para las tomas fotográficas al utili­ zar láminas de plata sensibles a la luz y estas tomas llevaban unos pocos minutos. En 1839, el inglés Talbot, tomó la primera fotogra­ fía sobre un papel, captando imágenes negativas.
La novedad del invento fue anunciada, el 19 de agosto de de 1839, ante la Academia de Ciencias de París, Daguerre publicó un manual con la técnica, que fuera traducido en 8 idiomas.
La fotografía iba a llegar algo más tarde al Río de la Plata, en Julio de 1843, debido al bloqueo que habían impuesto por en­tonces los franceses.
La fidelidad de la imagen fotográfica, no resistía comparación con las semblanzas, a menudo mediocres, que realizaban los pinto­res miniaturistas y la propia Mariquita Sánchez de Thompson, se maravilló con la fidelidad de los daguerrotipos, pues, había observado por vez primera un daguerrotipo, en 1840, tomado en Montevideo.
Aunque los intelectuales de siglo XIX, despreciaban a los fotógrafos, pues consideraban que solo los pintores, eran verdaderos artistas, el invento terminó por imponerse.
En los comienzos del daguerrotipo, los tiempos de exposición eran prolongados, y para que los modelos permanecieran inmovilizados se usaban aparatos especiales para el apoyo de: cabeza, cuello y tronco. La película de plata, se hacía sensible a la luz por vapores de yodo. A las mujeres se les pedía que evitaran los colores claros en la vestimenta y con frecuencia las imágenes se coloreaban a mano a pedido del interesado. En la época de Rosas, los hombres se cuidaban de colorear la divisa punzó.


Año de invención: 1839 Inventores:
Nicéphore Niepce
Louis J.M. Daguerre.
Fuente: www.ccsd.ca/
EL DAGUERROTIPOFue muy popular en los primeros años de la fotografía. La obra acabada es una imagen positiva, impresa sobre una placa recubierta con una capa de plata muy bien pulida.


La placa
Debía tener su superficie plateada perfectamente pulida. Se sensibilizaba en la oscuridad con vapores de yodo.


La toma
Luego de colocar la placa en la cámara oscura se retiraba la tapa de la lente. El tiempo de exposición de cada toma variaba entre 5 y 10 minutos. Se realizaba en exteriores con luz de día. El modelo se sentaba en una silla con el cuello sostenido para que no se moviera.
En junio de 1843, el norteamericano John Elliot, anunciaba la apertura de una galería de retratos en la nueva recova de la Plaza de Mayo y también el español Gregorio Ibarra, litógrafo, había recibido de París, dos cámaras para tomar retratos, vistas y planos.
Como ya mencionamos, el primer daguerrotipo en el Río de la Plata, tuvo lugar en Montevideo, en Febrero de 1.840, ocasión en que había recalado una fragata francesa, L'ORIÉNTALE, llevando a bordo alumnos y profesores que estaban de viaje, dando la vuelta al mundo. Este episodio, fue presenciado, entre otros por emigrados argentinos, entre quienes se encontraban: Mariquita Sánchez de Thompson, el Gral. Tomás de Triarte y el periodista y político Florencio Várela.

Imagen del primer daguerrotipo (1826)
Los primeros daguerrotipos, se entregaban enmarcados y con estuche, oscilando su valor entre 100 y 200 pesos, cuando el salario de un dependiente era de veinte pesos mensuales.
Hacia 1845, otro norteamericano. John Bennet, abre la segunda galería de daguerrotipos de Buenos Aires, en la calle La Piedad 121 y hacia 1848, había en la ciudad 10 daguerrotipistas, todos ellos extranjeros.
Charles Fredricks, fue quizás el fotógrafo más relevante de todos los que actuaron en la Argentina, a mediados del siglo XIX, quien también registró numerosas imágenes de América Latina. Instaló su es­ tudio, frente al muelle portuario, en 1852. Finalmente, en 1855 el a lemán Adolfo Alexander, llegó desde Chile, para hacer daguerrotipos en San Juan y en Mendoza. En Buenos Aires, había establecido, hacia 1.865 su negocio, ubicado en la calle Artes, Nº 79.
Otras figuras relevantes, fueron. Antonio Pozzo (1829-1910) Federico Artigue (1826-1871), Tomás Helsby y el recordado famoso rector del Colegio Nacional de Buenos Aires, el francés Amadeo Jac ques.
Las imágenes de los daguerrotipos, tenían los laterales invertidos, como si los modelos se mirasen en un espejo y estas imágenes, eran delicadas con el contacto con el aire, pues se oxidaban.
Al decir de Luis Priamo, haciendo referencia a las viejas fotos de los próceres. "...Surge la sorpresa, muchas veces, por el divor cio entre la imagen del prócer-hombre y la que integra el imaginario mítico...." Gracias al daguerrotipo, podemos conocer los verdaderos ros­ tros de los personajes que han marcado los tiempos de la historia.
Así, fueron fotografiados, entre otros: el Gral. Don José de San Martín, el Gral. Juan Gregorio de las Heras, el Almirante Guillermo Brown; Mariquita Sánchez de Thompson, el Gral. Justo José de Urquiza, Doña Paula Albarracín de Sarmiento, Juan Bautista Aberdi, Carlos E. Pellegrini -padre del ex Presidente y uno de los primeros daguerrotipistas-, Manuelita Rosas, el Gral. Oribe, Eduardo Belgrano, el Gral. Prudencio Rosas, Vicente López y Planes, José María Roxas y Patrón, Esteban Adrogué, Domingo Faustino Sarmiento, el Gral. Bartolomé Mitre, Müller -militar argentino-, el Com. Antonio Sometiera, y muchos otros.
Daguerrotipo del Gral. San Martín. (Paris, 1848)
Daguerrotipo del Gral. Juan Gregorio Las Heras
Daguerrotipo del Gral. Justo José de Urquiza
Probable daguerrotipo
del Gral. J. M.Paz
El Brig. Don Juan Manuel de Rosas, nunca quiso posar para un daguerrotipo, pues consideraba que esas cosas. "... eran zonce­ ras de gringo..." Era de opinión similar, el General Don José de San Martín, a quien su hija Mercedes, tuvo que convencer, en 1.848, para que se tomara el famoso daguerrotipo en París, tomado dos años antes de su muerte, que es el que hoy conocemos, impreso en los ac­ tuales billetes.
Pero, de ningún otro prócer argentino, se conservan tantos daguerro­ tipos como del Gral. Justo José de Urquiza, habiendo sido fotogra fiado, antes del combate de Caseros, en Arroyo Grande, por Char­ les Fredricks.
Muy conocido, es el daguerrotipo del Gral. Gregorio de Las Heras- daguerrotipo de (1850 a 1855) donde se advierten con nitidez las condecoraciones por su actuación en las batallas de Chacabuco, Maipú y por la expedición libertadora al Perú.
También, hubo modas como las de fotografías a los recién na­ cidos muertos y a los soldados fallecidos, tal el caso del Teniente Feloni. Perteneciente a la "Legión Italiana", en compañía de sus ca maradas de armas, el día 30 de mayo de 1853.
Estas fotos primitivas, poseen una gran importancia histórica y documental -En mi opinión, observando de manera particular los trajecitos de los niños- muchas veces confeccionados por las madres o abuelas, nos remontan a la indumentaria de épocas aún anteriores al momento en que se obtuvo el daguerrotipo correspondiente.
Hacia el año 1851, Frederick Archer, inventó las placas al colodión húmedo, de las que derivó el AMBROTIPO, más barato que el daguerrotipo. En 1839, el inglés William Talbot, tomó la primera fotografía sobre papel, capturando imágenes negativas. Con máquinas transportables, se podía, como ya señalamos, tomar fotos de enfermos y difuntos, en sus casas.
El gran fotógrafo Antonio Pozzo; en 1864, realizó tomas fotográfi­ cas aéreas de la ciudad de Buenos Aires, ascendiendo en globo, como lo había hecho Nadar en París, algunos años antes. Los ambrotipos, eran fotos sobre papel.
Hacia 1865, comienza el final de la era de los daguerrotipos- Con posterioridad Samuel Botte, gran fotógrafo piálense, con un local ubicado en la calle Florida 134, anuncia la toma de fotografías nocturnas, en 1883. La sociedad Fotográfica Argentina Amateur, fue fundada por el Dr. Francisco Ayerza, en 1889.
El Almirante Guillermo Brown (1777-1857), gran marino de origen irlandés, fue uno de los más populares revolucionarios de Mayo muy admirado por los vecinos de Buenos Aires, conservándose gran abundancia de deguerrotipos del ilustre marino.
El Almirante Brown
en un daguerrotipo
de John Elliot (1843)
Daguerrotipo
del Almirante Brown
y su esposa
Litografía del Almirante Guillermo Brown
Daguerrotipo del Almirante Brown
La mayoría de ellos, le fueron tomados algunos años antes de su muerte entre 1849 y 1857, pero el que lo fotografió por vez primera fue John Elliot, en 1843. Se observa una notable similitud, en los rasgos faciales y en el uniforme, con las obras realizadas por los grandes retratistas como Enrique Mac Grech y otros- También se conserva una litografía - vestido de civil-del gran almirante, obra esta de Desmadryl -de 1857-, la que igualmente guarda notable similitud con un daguerrotipo de la época. Vemos en algu­ nos de estos daguerrotipos, un cierto endurecimiento en las facciones del prócer. En efecto, su vida fue amargada por un duro golpe. En ocasión de la heroica muerte del joven escocés Francisco Drummond, ocurrida a la e dad de 24 años, en el combate de Monte Santiago, episodio ocurrido duran­te la Guerra con el Brasil, y estando este al mando del bergantín Independencia , habiendo perdido una oreja en combate, el joven oficial, no obstante lo­gra llegar hasta la Sarandí, con el objeto de conseguir más munición, siendo entonces herido de muerte.- Alcanzó a dejar un mensaje, destinado al almirante Brown, donde le expresaba que creía haber cumplido con el deber, ".... Que es como un hombre debe morir...", entregándole un anillo, des­tinado a su novia. Eliza Brown, la joven rubia, hija del ALMIRANTE.
Daguerrotipo del Cadete Naval Chileno (1850)
Eliza, hija del Almirante Brown
Retrato del Almirante Guillermo Brown
Retrato del Almirante Guillermo Brown
Eliza, a partir de entonces, concurría con nostalgia, junto a su hermano Eduardo, a las proximidades del Riachuelo, hasta el "pozo de k Tres Brazas" y en un caluroso día 27 de diciembre, Eliza, de 26 años de edad, vistiendo su traje de novia, se interna en el río, para no volver jamás. Nos relata ANTONIO Somellera, que cuando al Almirante Brown, le informaron de la trá­ gica muerte de su hija, se cayó, fracturándose una pierna. A la muerte de Brown, ocurrida en 1857, hace 150 años, sus restos fueron colocados en el cementerio de la Recoleta, junto a los de Eliza.
También, se conservan daguerrotipos del matrimonio, donde observamos al Almirante en compañía de su esposa, Elisa Chitty, no demasiado agraciada.
Litografía del Muelle de la Aduana Taylor (1857)
Daguerrotipo del Cabildo
de Buenos Aires (1850)
Casa de Guillermo Brown - fotografía -
(AGNB 107.670)
Retrato del Almirante Guillermo Brown
Volviendo al daguerrotipo, diremos que el contacto con estas viejas imágenes, siempre emociona. El resurgimiento del pasado, le otorga un aura especial y en coincidencia con la importancia que le asigna a las antiguas fotos, el filósofo Roland Barthes, afirmamos, hablando de la esencia de la foto grafía, que es: "…el estar allí, de lo que ya no está …”

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BIBLIOGRAFÍA
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