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miércoles, 24 de diciembre de 2025

Guerra del Paraguay: Senado brasileño pidió una comisión investigadora

Durante el Imperio, el Senado consideró la posibilidad de crear una Comisión Parlamentaria de Investigación sobre la Guerra del Paraguay.

Batalla de Avaí: pintura de Pedro Américo en el Museo Nacional de Bellas Artes. La batalla de Avaí se libró cerca del arroyo homónimo, en territorio paraguayo, el 11 de diciembre de 1868, durante la Guerra de la Triple Alianza, entre las fuerzas de la Triple Alianza y las de Paraguay. Fuente: Wikipedia. Foto: Pedro Américo/Museo Nacional de Bellas Artes.

Por Ricardo Westin

En medio de la Guerra del Paraguay (1864-1870), el Senado consideró la posibilidad de crear una comisión similar a las actuales comisiones parlamentarias de investigación (CPI) para investigar las supuestas fallas del gobierno brasileño en el conflicto militar con el país vecino.

La solicitud fue presentada en 1867, cuando la guerra tenía dos años y medio, por el senador Silveira da Mota (GO). Argumentó que el Senado debía investigar por qué los combates consumían tanto dinero público mientras que la paz parecía no llegar nunca.

Tras acalorados debates en el Palacio del Conde dos Arcos, sede del Senado Imperial en Río de Janeiro, los senadores decidieron archivar la propuesta. De haberla aprobado, habría sido la primera comisión de investigación en la historia del Senado.

Amarillentos por el paso del tiempo, los Archivos del Senado en Brasilia conservan ahora todas las discusiones que los senadores sostuvieron sobre la propuesta de Comisión Parlamentaria de Investigación sobre la Guerra del Paraguay.

El mismo día en que presentó la propuesta, según documentos históricos, Silveira da Mota pronunció un discurso:

"Por mucho que las autoridades públicas intenten minimizar la gravedad de la situación actual y hacer pasar este doloroso período por algo normal, todos estamos descubriendo que todas las consecuencias desastrosas que sufre el país provienen de la guerra. No puedo mirar la guerra sin estremecerme, sin enfrentarme no solo a las consecuencias presentes, sino también a las futuras, a las dificultades que traerá a la vida de nuestros hijos."

Esta fue la guerra más grande en la que Brasil haya participado, tanto por su duración (cinco años y dos meses) como por el número de combatientes muertos (unos 50.000 aproximadamente).

En un lado del frente estaban Brasil, Argentina y Uruguay, aliados en la llamada Triple Alianza. En el otro lado, aislado, estaba Paraguay.

Los combates comenzaron después de que soldados leales al dictador paraguayo Francisco Solano López invadieran la provincia de Mato Grosso en respuesta a una intervención política y militar del emperador Pedro II en Uruguay. La guerra terminaría con la derrota de Paraguay.

La solicitud de una Comisión Parlamentaria de Investigación presentada al Senado en 1867: “Solicito que se nombre una comisión especial de investigación para recabar, a partir de testimonios de funcionarios públicos y particulares, tomando declaraciones si fuera necesario, la información más completa sobre las causas de la prolongación de la guerra contra Paraguay” (imagen: Archivos del Senado).

«Además del tributo de sangre, estaba el tributo de la riqueza pública, el tributo de los impuestos, el gasto excesivo, los déficits y la necesidad de préstamos», continuó Silveira da Mota. «En resumen, se produjo toda esta horrenda procesión de males que hoy aterroriza al pueblo brasileño: abundante sangre derramada en las llanuras paraguayas, nuestras finanzas arruinadas y nuestras arcas agotadas».

Según la solicitud de una Comisión Parlamentaria de Investigación (CPI), se notificaría a la Cámara de Diputados sobre el inicio de la investigación. Si los diputados también aceptaran participar, la comisión se convertiría en una CPI conjunta. La idea era que los parlamentarios no solo interrogaran a autoridades, funcionarios públicos y empresarios en Río de Janeiro, sino que también viajaran a la región del Río de la Plata para investigar mejor los presuntos problemas en los propios campos de batalla.

El senador Barão de São Lourenço (BA) apoyó la creación del CPI:

— Desde el principio, uno de nuestros políticos pragmáticos de esa región [del Río de la Plata] dijo que la guerra duraría más de dos años. Nuestros estadistas se rieron. Las profecías se están cumpliendo, pero ellos, que cada día daban por terminada la guerra, persisten en sus errores, convencidos de que solo ellos conocen nuestros asuntos.

Cuando se solicitó la creación de una Comisión Parlamentaria de Investigación, la guerra del Paraguay aún continuaba. Pasarían otros dos años y medio antes de que finalmente se alcanzara un alto el fuego.

Al término de los cinco años, el conflicto consumió 614.000 contos de réis de las arcas imperiales, según el historiador Francisco Doratioto, profesor de la Universidad de Brasilia (UnB) y autor del libro Maldita Guerra — Nova História da Guerra do Paraguai (Companhia das Letras). Esta cifra equivale a la suma de los presupuestos públicos de los once años anteriores a la guerra y explica por qué las cuentas del gobierno registraron déficit durante las dos décadas siguientes.

El Ministro de Guerra era el Senador Marqués de Paranaguá (PI). En el Imperio, a diferencia de hoy, los parlamentarios podían ocupar cargos gubernamentales sin ausentarse del Poder Legislativo. Aprovechó su libre acceso a la tribuna del Senado para defender al gobierno y rechazar la apertura de la CPI (Comisión Parlamentaria de Investigación).

«No puedo aceptar la moción y espero que el Senado no la apruebe, ya que resulta sumamente inconveniente», declaró el senador y ministro. «El honorable senador [Silveira da Mota] comprende perfectamente las circunstancias extremadamente difíciles en las que se encuentra el país. Seguramente no querrá agravarlas. En circunstancias tan delicadas y difíciles, su palabra autorizada podría obstaculizar el progreso de la administración pública. Una investigación sobre los asuntos de la guerra tiende a quebrar la fortaleza moral que el gobierno necesita con tanta urgencia».

Según el Ministro de Guerra, el gobierno no era responsable de la demora en el conflicto. Explicó que Brasil se vio sorprendido por la declaración de guerra. Nadie podía imaginar que Solano López invadiría Mato Grosso y desafiaría a Dom Pedro II. El Marqués de Paranaguá declaró:

Esta guerra había sido planeada y preparada durante muchos años por nuestro enemigo, quien había redirigido su odio contra el Imperio, esperando una oportunidad propicia para vengarse o satisfacer sus ambiciosos planes. Tuvimos que aceptar la guerra, aunque no estábamos preparados para ella.

La senadora Silveira da Mota, que solicitó la creación de la Comisión Parlamentaria de Investigación sobre la Guerra del Paraguay, y el senador y ministro Marquês de Paranaguá, que trabajó para rechazar la investigación (imágenes: Museu Paulista da USP y Alberto Henschel)

El talón de Aquiles de Brasil era la falta de un ejército digno de tal nombre. Contaba con relativamente pocos soldados. En las guerras y revueltas que surgieron poco después de la Independencia, por ejemplo, Dom Pedro I tuvo que contratar mercenarios extranjeros para luchar en nombre del Imperio. Durante la Regencia, los gobernantes optaron por no organizar un ejército fuerte, temiendo que, como había ocurrido en ciertas partes de Hispanoamérica, los militares se rebelaran y tomaran el poder.

“No contábamos con un ejército adecuado, dada nuestra posición en Sudamérica”, continuó el Ministro de Guerra. “Fue necesario formarlo, prepararlo y emprender largas marchas, superando innumerables obstáculos. Al finalizar la guerra en Uruguay, Brasil contaba con 10.857 hombres, sin incluir la fuerza naval. Con esta cifra nos sorprendió la guerra del Paraguay. Se hizo un llamamiento a la nación, y entonces llegaron estas legiones de voluntarios, a quienes el ferviente amor a la patria hizo marchar desde todos los rincones del Imperio”.

En el Senado, la estrategia del marqués de Paranaguá consistía en asegurar a los parlamentarios que él mismo estaría constantemente disponible para brindarles cualquier aclaración que solicitaran, lo que haría innecesaria la CPI (Comisión Parlamentaria de Investigación).

El autor de la solicitud pronto se percató de la trampa e intentó provocar y desestabilizar al ministro. Ambos incluso protagonizaron un tenso intercambio en la sesión plenaria.

—¿Así que comenzamos la campaña con unos 10.000 hombres? Excelentísimo Señor Presidente, explíqueme esto —preguntó Silveira da Mota, interrumpiendo al orador.

—Eso es lo que supongo —respondió el marqués de Paranaguá.

No, Su Excelencia no puede dar nada por sentado. Usted es ministro, debe saberlo.

—Bueno, responderé con los mapas y documentos oficiales que tengo. No vengo ante el Senado a recitar una novela.

Es cierto, pero no puedes dar nada por sentado.

— Creo que puedo contar con la benevolencia del honorable senador.

- Sin duda.

—No pido clemencia. De hecho, quiero ser juzgado con severidad, esperando justicia, lo cual no excluye cierto grado de indulgencia.

— Con el debido respeto al honorable ministro, simplemente estoy corrigiendo los hechos. Su Excelencia no debería preocuparse por esto.

Batalla de Avaí: pintura de Pedro Américo en el Museo Nacional de Bellas Artes.
La batalla de Avaí se libró cerca del arroyo homónimo, en territorio paraguayo, el 11 de diciembre de 1868, durante la Guerra de la Triple Alianza, entre las fuerzas de la Triple Alianza y las de Paraguay. Fuente: Wikipedia.
Foto: Pedro Américo/Museo Nacional de Bellas Artes.

Otro entusiasta de la creación de la CPI (Comisión Parlamentaria de Investigación) sobre la Guerra del Paraguay fue el senador Barão de Cotegipe (BA). Haciéndose eco de la petición de Silveira da Mota, enumeró una larga lista de críticas al gobierno en materia financiera, administrativa e incluso militar.

Según el barón de Cotegipe, los únicos que realmente se beneficiaron de la guerra paraguaya fueron los empresarios:

— La guerra beneficia a los proveedores. El negocio de los suministros se basa en favores: ya sea que el Sr. F esté a cargo de este suministro o que el Sr. S esté a cargo de aquel otro.

Acusó al gobierno de contratar barcos privados para transportar municiones, alimentos y medicinas a los soldados, mientras que barcos militares navegaban con las bodegas vacías desde Río de Janeiro hacia la zona de guerra.

Informó que algunos batallones recibieron una cantidad tan excesiva de carne que parte de ella terminó en la basura, mientras que otros batallones "se vieron obligados a ir a la orilla del río para mojar la carne dura y tal vez podrida que les estaban distribuyendo".

En la provincia argentina de Corrientes, según el barón de Cotegipe, los soldados brasileños habían recibido munición "suficiente para una guerra de seis años" y otros artículos esenciales "que ni siquiera durarían cuatro meses".

«¿Acaso el Senado no comprende el motivo de tales acontecimientos?», preguntó. «Si no hay rigor en la gestión de los fondos públicos, la guerra no terminará. Son tales los intereses creados que, mientras Brasil pueda gastar un centavo, esto no acabará», declaró el senador.

Tropas aliadas atrincheradas en la Batalla de Tuiuti, una de las batallas más sangrientas de la Guerra del Paraguay (imagen: Bate y Cia./Libro: Guerra do Paraguai)

El barón de Cotegipe también denunció irregularidades en la nueva política imperial de pagar por la manumisión de personas esclavizadas pertenecientes a particulares y enviar a los nuevos soldados negros a la guerra:

«¿Qué opina Su Excelencia sobre los abusos que se han cometido al otorgar condecoraciones a los amos que presentan libertos?», preguntó al Ministro de Guerra. «Quien tenga un esclavo vicioso, incorregible, enfermo, etc., lo envía para que sea ofrecido como defensor de la patria ¡y es considerado excelente! Muchos son presentados como buenos, pero al cabo de unos días son juzgados ineptos y regresan a sus lugares de origen. Y quien los entregó se queda con las condecoraciones y los títulos. ¡Es un fraude!».

Para reforzar su argumento, relató un episodio ocurrido en Bahía, su provincia:

Un hombre lisiado llegó para ser examinado, gracias a influencias electorales. El médico, que tenía intereses creados, dijo: «No es nada, le haré un corte en la mano y estará bien». Le hizo el corte, y parece que el hombre quedó aún más lisiado. Mientras tanto, la nación lo compró, y es uno de los que seguramente regresaron. Incluso ahora les tiñen el pelo a los ancianos negros y les ponen dentaduras postizas nuevas.

—Digo que han sido rechazados —replicó el ministro de Guerra—. Puede que algunos hayan sido aceptados en las provincias, pero aquí [en Río de Janeiro] esto se ha manejado con gran escrúpulo.

"Muchos han pasado a través de la red", insistió el barón de Cotegipe.

"Han pasado peces grandes", coincidió Silveira da Mota.

Sin embargo, los historiadores afirman que no hay pruebas de que tales fraudes fueran recurrentes. El escenario más probable, según ellos, es que esta narrativa fue inventada por terratenientes poderosos que no deseaban renunciar a sus esclavos, ni siquiera con compensación, e hicieron todo lo posible por sabotear las políticas abolicionistas del Imperio, incluyendo la liberación de esclavos para luchar en la Guerra de Paraguay. Desde la perspectiva de los dueños de esclavos, el gobierno no tenía derecho a interferir en la propiedad privada de los ciudadanos.

El barón de Cotegipe pertenecía a la facción proesclavista. En 1888, por ejemplo, fue uno de los pocos senadores que votó en contra de la aprobación de la Ley Dorada (Lei Áurea).

En defensa del gobierno, el senador Marquês de Jequitinhonha (BA) pronunció un discurso:

—Me opondré a esta nominación [del CPI], votaré en contra, si Dios quiere, porque la considero inoportuna. Toda esta investigación debería realizarse cuando nuestra situación mejore. Ahora no es el momento de ocuparse de un asunto de esta naturaleza.

El emperador Pedro II, quien solo aceptó el fin de la guerra tras la muerte de Solano López (imagen: Museo Imperial)

Apenas unos días después de su presentación, la solicitud de una Comisión Parlamentaria de Investigación fue rechazada por el Senado. De los aproximadamente 50 senadores, solo 11 votaron a favor de la investigación. Silveira da Mota se indignó y acusó al Parlamento de estar supeditado al gobierno.

Señores, no entiendo cómo un gobierno constitucional puede ignorar el derecho del poder legislativo a examinar minuciosamente todos los aspectos de este importante acontecimiento y a ejercer una supervisión rigurosa del gasto de los recursos y fondos públicos. Hasta ahora, y es doloroso decirlo, el poder legislativo se ha conformado con la información extraoficial que el gobierno ha proporcionado en sus informes y documentos, pero dicha información solo muestra los puntos favorables a la administración y oculta todas sus debilidades. El Parlamento debe alzar la voz y reclamar sus prerrogativas, que han sido absorbidas por el Poder Ejecutivo.

No abandonó la idea. Poco después, volvió a proponer la creación del IPC, pero esta vez mediante un proyecto de ley, no una solicitud. Sin embargo, la nueva propuesta nunca se sometió a votación.

Contrariamente a lo que pueda parecer a primera vista, la apertura de la Comisión Parlamentaria de Investigación sobre la Guerra del Paraguay no fue una forma de atacar al emperador Pedro II. Fue, en realidad, una lucha entre partidos políticos.

Brasil era un sistema parlamentario. El gobierno estaba encabezado por el primer ministro, quien elegía a todos los ministros de su gabinete. En 1867, los liberales progresistas ostentaban el poder. Los conservadores estaban en la oposición. Como miembro del bloque conservador, Silveira Mota solicitó la creación de la Comisión Parlamentaria de Investigación (CPI) con la intención de desestabilizar a sus adversarios para que su propio grupo político pudiera ascender al poder.

El historiador Vitor Izecksohn, profesor de la Universidad Federal de Río de Janeiro (UFRJ) y autor del libro Dos guerras en las Américas (Editorial Alameda), explica:

Los conservadores criticaban la Guerra del Paraguay no por ser pacifistas, sino para derrocar a los liberales progresistas. Se trataba de un proceso de debilitamiento y desgaste del gabinete ministerial, la práctica habitual de la política. En 1868, los liberales progresistas cayeron y los conservadores tomaron el control del gabinete. En ese momento, quienes se oponían a la guerra se convirtieron en partidarios y viceversa. Los liberales progresistas, otrora en la oposición, incluso quisieron investigar la actuación del senador conservador Duque de Caxias como comandante de las fuerzas aliadas en la Guerra del Paraguay.

Izecksohn recuerda que los políticos y diplomáticos del Imperio no imaginaban que Paraguay, uno de los países más pequeños de Sudamérica, ofrecería tanta resistencia antes de ser derrotado. El país, tan tenaz, jamás se rindió. Esto contribuyó a la prolongación de la guerra.

El historiador Ricardo Henrique Salles, profesor de la Universidad Federal del Estado de Río de Janeiro (UniRio) y autor del libro "La guerra paraguaya: esclavitud y ciudadanía en la formación del ejército" (Editorial Paz e Terra), afirma que no se puede culpar a las oficinas ministeriales ni a los partidos políticos por la demora en la resolución del conflicto.

Inicialmente, según él, la guerra se prolongó porque Brasil no estaba preparado, ya sea por deficiencias en el Ejército o por la falta de conocimiento del territorio paraguayo por parte de los militares, lo que contribuyó al lento avance de las tropas.

«Entonces, la guerra se prolongó por culpa de Dom Pedro II», continúa Salles. «Cuando las fuerzas aliadas finalmente tomaron Asunción, a finales de 1868 y principios de 1869, Caxias aconsejó al emperador que pusiera fin a la guerra, pero este se negó. Dom Pedro II insistió en que la acción militar solo terminaría cuando Solano López, que había huido, fuera capturado. Temía que el dictador volviera al poder. Por ello, la guerra se prolongó durante más de un año. Solano López no fue localizado ni asesinado hasta 1870».

Sin embargo, Dom Pedro II jamás podría ser objeto de la Comisión Parlamentaria de Investigación ni ser responsabilizado por la demora en la Guerra del Paraguay. Según la Constitución de 1824, la figura del emperador era inviolable y sagrada.

Según Salles, a pesar de las acusaciones, nunca se ha probado ningún caso significativo de corrupción o despilfarro de dinero público en las gestiones relacionadas con la guerra del Paraguay.

Uno de los últimos retratos del duque de Caxias.

Durante el Imperio, las Comisiones Parlamentarias de Investigación (CPI) no eran exactamente como las actuales. La Constitución no otorgaba poderes de investigación al Senado ni a la Cámara de Diputados. Sin embargo, los senadores y diputados brasileños solían seguir el modelo inglés, donde el Parlamento tenía una larga tradición de fiscalizar minuciosamente al gobierno mediante investigaciones.

Aunque no mencionaba las «comisiones parlamentarias de investigación», el reglamento del Senado durante el Imperio permitía la creación de «comisiones especiales», de modo que algunos senadores pudieran dedicarse durante unos meses a debatir un problema nacional específico. Lo que Silveira da Mota propuso en 1867 fue una «comisión especial de investigación».

Las Comisiones Parlamentarias de Investigación (CPI) fueron establecidas oficialmente por la Constitución de 1934, la segunda de la República. Sin embargo, solo la Cámara de Diputados tenía potestad para crearlas. Al año siguiente, los diputados federales establecieron una CPI sobre las condiciones de vida de los trabajadores urbanos y agrícolas.

Fue la Constitución de 1946 la que otorgó al Senado la facultad de crear Comisiones Parlamentarias de Investigación (CPI). Los senadores ejercieron esta facultad de supervisión por primera vez en 1952, con una CPI centrada en la industria y el comercio del cemento. En aquel momento, el sector de la construcción atravesaba una crisis debido a la escasez generalizada del producto en el mercado.

El Senado y la Cámara de Diputados pudieron establecer comisiones parlamentarias mixtas de investigación (CPI), aunando esfuerzos en la investigación, comenzando con la Constitución de 1967. La primera CPI mixta, en 1976, examinó "la posición inferior atribuida a las mujeres brasileñas en todos los sectores", incluyendo la política y el mercado laboral.

Las comisiones de investigación adquirieron mayor eficacia tras la Constitución de 1988, que les otorgó su formato actual. Las comisiones parlamentarias de investigación obtuvieron facultades investigativas equivalentes a las de las autoridades judiciales, como la capacidad de investigar irregularidades bancarias, fiscales y telefónicas. Las conclusiones de las investigaciones comenzaron a remitirse al Ministerio Público para que los infractores pudieran ser procesados ​​civil y penalmente.

Desde 1952, los senadores han creado 117 Comisiones Parlamentarias de Investigación (CPI), la más reciente de las cuales es la CPI sobre la pandemia (también llamada CPI sobre la COVID-19), que comenzó en abril. Desde 1976, senadores y representantes han establecido 70 CPI conjuntas.

Entre los temas más recurrentes en las investigaciones parlamentarias se encuentran la corrupción en el gobierno, la malversación de fondos de empresas estatales, los problemas en las privatizaciones, las irregularidades que involucran a los bancos, la crisis de la Seguridad Social, los conflictos agrarios, la masacre de pueblos indígenas y la destrucción del Amazonas.

FUENTE : Agencia del Senado

lunes, 22 de diciembre de 2025

Guerra del Paraguay: Batalla de Humaitá

Batalla de Humaitá

Revisionistas






Batalla de Humaitá – 18 de febrero de 1868

Guerra de la Triple Alianza. Marcos Paz, vicepresidente de la República Argentina, había muerto en Buenos Aires por la epidemia de cólera que traída del frente de guerra, se propagó como una maldición durante el verano de 1867-68. La verdad es que los brasileños – dueños casi únicos de la guerra, pues solamente del Imperio llegaban refuerzos y armas – se pusieron serios con Mitre después del feo desastre de Tuyú-Cué y le impusieron volverse a Buenos Aires. Constitucionalmente no era necesaria su presencia, no obstante la muerte de Paz, porque el gabinete desempeñaba sus funciones (no había ley de acefalía) y faltaban escasamente ocho meses para la conclusión del período presidencial. Pero Brasil quería apresurar la conclusión de la guerra.

Alejado Mitre (para no volver más), las perspectivas fueron más risueñas para Brasil: Caxias volvió a tomar el mando en jefe. Tal vez no había leído a Federico II, pero llevaba a Mitre la ventaja de ganar batallas.

Sin el general en jefe todo resultaría fácil. El 19 de enero el almirante Inácio fuerza el paso de Humaitá; el 24 dos monitores brasileños llegan hasta Asunción y bombardean la capital paraguaya. Dominado el río por los brasileños, no le era posible al mariscal mantener las fortificaciones de Humaitá y Curupaytí, y el 10 de marzo hizo el repliegue del grueso de su ejército por el camino del Chaco. Apenas dejó cuatro mil hombres de Humaitá para cubrir la retirada. En canoas, chatas y jangadas, los diezmados paraguayos que han defendido hasta más allá del heroísmo la línea de Curupaytí y Humaitá, cruzan el río Paraguay, y por el Chaco toman rumbo norte: en Monte Lindo vuelven a atravesar el río y acampan finalmente en San Fernando. Esa operación resulta un alarde de conducción y valor: es todo un ejército con sus bagajes y armas, heridos y enfermos, evacuando una posición comprometida y en presencia del enemigo. Dos veces cruzaron el río sin que “la escuadra de Brasil se diera por enterada de la doble y audaz maniobra”, dice Arturo Bray.

El coronel Martínez quedó en Humaitá como cebo para inmovilizar al ejército aliado. Pero ya la fortaleza inexpugnable carecía de objeto. El julio recibe la orden de abandonarla con sus pocos efectivos clavando los 180 cañones que no pueden transportarse. Pero el impaciente mariscal Osorio quiere darse la satisfacción de tomarla por las armas y ataca con 8.000 soldados. Martínez hará en Humaitá y con Osorio la misma defensa de Díaz en Curupaytí y ante Mitre: lo deja acercar hasta las primeras líneas y allí lo envuelve en la metralla de su fuego de artillería. Muy cara pagaría Osorio la pretensión de entrar en Humaitá tras un ataque; finalmente se vio obligado a desistir y ordenar la retirada. Fue Humaitá la última gran victoria paraguaya. Pero más afortunado que Mitre, Osorio ha dado a tiempo la orden de retirada y consigue salvar gran parte de sus efectivos. Los cambá (negros brasileños) entrarían en Humaitá y en Curupaytí solamente después de que el último paraguayo las hubiera evacuado el 24 de julio. El 23 a la noche, Martínez ha hecho salir por el río a los efectivos postreros, hombres y mujeres. El 24 al amanecer los brasileños izan la bandera imperial en la ya legendaria fortaleza; poco antes lo habían hecho en Curupaytí. No es feliz la retirada de Martínez a través del Chaco. Los heroicos defensores de la fortaleza han debido sacrificarse para proteger el repliegue del grueso del ejército; van por el Chaco hostilizados por fuerzas muy superiores, ametrallados desde el río por la escuadra. Inácio y Osorio quisieran vengar en Martínez el respeto que le han tenido a Humaitá durante tres años. Finalmente la diezmada guarnición queda encerrada en Isla Poi; logra resistir durante diez días y debe rendirse agobiada por el hambre y el número. Se rinden así los últimos paraguayos que quedaban en ese teatro de guerra. Conmovido, el general Gelly y Obes, hace desfilar a los nuestros “ante los grandes héroes de la epopeya americana”. Hermoso ejemplo que nos debe llenar de orgullo.

Un paraguayo no puede rendirse, aunque la inanición le impida moverse y la falta de municiones no le permita contestar el fuego enemigo. Solano López, ya convertido en el frenético “soldado de la gloria y el infortunio” que dice Bray, es implacable con quienes no demuestran tener su mismo temple. Es imposible ganar la guerra y no han sido prósperas las gestiones de una paz honrosa. Por lo tanto el solo camino que queda a los paraguayos es la muerte; dar al mundo una lección de coraje guaraní.

El coronel Martínez se había conducido como un héroe en su defensa de Humaitá y en su imposible retirada por el Chaco. Pero se había rendido. No importa que contara con mil doscientos hombres y mujeres sin más uniforme que un calzón desgarrado, un quepí, sin pólvora para su fusil de chispa, ni alimentos, frente a tropas veinte veces superiores. Pero el mariscal se había rendido y eso no le era permitido a un paraguayo: la palabra “rendición” había sido borrada del léxico. López declara traidor al defensor de Humaitá.

Los tres años de guerra injusta y desproporcionada han hecho del atildado Francisco Solano una verdadera fiera: está resuelto a morir con su patria y no comprende ni perdona otra conducta. Ni a sus amigos ni a sus jefes más capaces ni a su misma madre y hermanos. Ante todo está Paraguay y por él sacrificará sus afectos más caros. No es la suya una conducta “humanitaria”, seguro; pero López no es en aquella agonía un ser humano sometido a la moral corriente. Es el símbolo mismo de un Paraguay que quiere morir de pie; un jaguar de la selva acosado sin tregua por sus batidores.

En esa última etapa de la guerra nacerá la versión del monstruo, del tirano sanguinario, del gran teratólogo, que alimentaría medio siglo de liberalismo paraguayo. Se le imputaron hechos terribles y no todo fue leyenda urdida por el enemigo. Hay cosas que estremecen, pero pongámonos en la tierra y en el tiempo para juzgarlos; en ese Paraguay de fines de la guerra envuelto en un halo de tragedia. Pensemos en los miles de paraguayos muertos en los combates por defender su tierra o caídos de inanición o de peste en la retaguardia. Sólo así puede juzgarse ese conductor que no puede perdonar a quienes manifiestan flaqueza, hablen de rendirse o tengan simplemente otro pensamiento que no sea morir en la guerra. Para comprenderlo hay que tener un corazón como el de los paraguayos y un alma lacerada por la inminencia de la derrota de la patria. Porque ocurrirán ahora cosas espantosas: el fusilamiento del obispo Palacios, los azotes y el fusilamiento de la esposa de Martínez, la muerte de los hermanos de López, acusados de conspiración; la prisión y los azotes de sus hermanos y hasta de su misma madre. En la atmósfera de tragedia, se yergue la figura del mariscal implacable, convencido de que a los paraguayos, con él a la cabeza, sólo les queda disputar palmo a palmo el querido suelo o morir.

Fuente

Bray, Arturo – Solano López Soldado de la Gloria y el Infortunio, Asunción  (1984)

Efemérides – Patricios de Vuelta de Obligado

Portal www.revisionistas.com.ar

Rosa, José María – La Guerra del Paraguay y las Montoneras Argentinas, Buenos Aires (1985)

Se permite la reproducción citando la fuente: www.revisionistas.com.ar


martes, 2 de septiembre de 2025

Guerra del Paraguay: La hecatombe de Boquerón

El Boquerón de la muerte hace 159 años





El miércoles 18 de julio de 1866 se reanuda el combate, a las 06:30 de la mañana, en el boquerón de las trincheras del Sauce. El enemigo tenía que conquistar las líneas paraguayas cueste lo que cueste.
Las tropas argentinas al mando del Comandante Elías y del Coronel Domínguez avanzaron por el frente y el flanco izquierdo. El General Monteiro con los brasileños y otros tantos argentinos avanzó por el bosque hacia la posición paraguaya.
El Mayor Coronel defendía Punta Carapá y oponiendo una débil resistencia, se replegó protegido por los cañones del General Bruguez. Los aliados lo siguieron y sufrieron terribles pérdidas a causa de los certeros disparos de las piezas de artillería de a 68 de los paraguayos.
El boquerón que los aliados tenían que recorrer en su avance, era un corredor de 40 metros de ancho por 400 de largo hasta las líneas paraguayas. A ambos lados bosques tupidos y cerrados en donde estaban posicionados los fusileros paraguayos.
 Los aliados avanzaron con temerario arrojo bajo el fuego cruzado de los guaraníes. El General Flores asumió el mando del ataque y ordenó al Coronel Palleja que ataque la trinchera principal paraguaya con el batallón Florida y la tercera división argentina.
Nada detenía el denodado pero inútil avance de los argentinos y uruguayos. Contaba el Coronel Crisóstomo Centurión:

Los cuerpos que venían a vanguardia sufrieron horriblemente, en cuyas filas se abrían inmensos claros que volvían a cerrarse, siendo reemplazados los que caían por otros que venían más atrás. Marchaban en confusión tropezando unos con otros sobre los cadáveres mutilados de los caídos y de los heridos que exhalaban sus gritos de dolor. Al llegar a la trinchera cesaron los tiros de la artillería, también calló la fusilería y se desarrolló una terrible lucha cuerpo a cuerpo.





El General argentino Garmendia contaba:
Aquellos demonios de paraguayos se batían desesperados, embriagados por el frenesí de la batalla, parecían leones enfurecidos. Habían cesado las detonaciones que aturden, dominando el sonido seco de los aceros que se chocan en el entrevero y cruzan con el horror de la muerte. Defendían sus trincheras ciegos de coraje a bayonetazos, con piedras y balas que lanzaban con la mano, paladas de arena que arrojaban para cegar al asaltante, a culatazos, a golpes de escobillón, a sablazos, a botes de lanza. La defensa estaba a cargo del General Díaz.

El Coronel Palleja, oficial español al servicio del ejército uruguayo, llevó a sus tropas al ataque y estas lograron penetrar dentro de la trinchera paraguaya clavando en su parapeto una bandera y apoderándose de los cañones. Momentos después el mismo Palleja caía de un certero balazo en el pecho. Los hombres del batallón Florida, comandados por él, llevaron su cadáver hacia la retaguardia rindiéndole honores en medio de las balas paraguayas.
Mitre ordenó un segundo ataque. La columna aliada siguió el mismo camino que Palleja, sufriendo los efectos de la formidable artillería que defendía la trinchera paraguaya.
El Juan Crisóstomo Centurion contaba:
"De modo que aquel boquerón llegó a ser una voragine que tragaba masas de carne humana semejante a un monstruo insaciable"

A las 14:30, el general Flores dió la orden de retirada. Se luchó durante ocho horas. Los aliados, mientras se replegaban, seguían sufriendo el fuego de la artillería y fusilería paraguaya. No hubo orden de persecución. La victoria fue saludada en las trincheras paraguayas con grandes aclamaciones.


  • En la primera imagen, una foto, quizás, de la Compañía Bate, en donde se observa el homenaje de los soldados uruguayos a su jefe, el Coronel José Pons de Ojeda, conocido como León de Palleja, español nacido en Sevilla en 1816
  • En la segunda imagen se observa un dibujo de Walter Bonifazi. 

viernes, 1 de agosto de 2025

Guerra contra Brasil: El combate naval de Quilmes

Guerra contra Brasil: El combate naval de Quilmes





30 de Julio del año 1826, combate naval de Quilmes. El día anterior Brown, a bordo de la fragata 25 de Mayo, acompañada por tres bergantines, tres goletas, una barca y ocho cañoneras, zarpa de Buenos Aires, y en horas de la noche, en aguas cercanas a Quilmes, se enfrenta con una flota brasileña compuesta por 19 naves. Se produce un corto combate sin consecuencias para bando alguno. El día 30 se reinicia la lucha y Brown iza una señal comunicando a sus tripulaciones: "Es preferible irse a pique que rendir el pabellón". De inmediato se inicia el combate. El Almirante Brown iza su insignia en la fragata 25 de Mayo, cuyo comandante es el bravo Espora. Debe enfrentar a fuerzas navales imperiales que lo aventajan en número de buques y poder de fuego. Luego de una encarnizada lucha en la cual Brown únicamente es apoyado por la goleta Río de la Plata, al mando de Rosales. La actuación de la dotación de la goleta rayó en el heroísmo a punto tal que algunos marineros de la misma (Francisco Caparróz, Reyes Cosio, Luis Badley, Santos Gaona, Félix Acosta y Juan Arrascaeta) al agotarse los saquetes de pólvora, con las piernas de sus pantalones y las mangas de sus blusas y pólvora a granel improvisaron los saquetes faltantes, para seguir disparando el único cañón con el cual estaba artillado aquella goleta. No se sabe el destino final de estos valientes artilleros, como tampoco el de los gavieros (gente de mar) que al pié del velamen sin descanso mantuvieron su nave navegando y combatiendo. La historia no los menciona, únicamente sabemos que Arrascaeta llegó a Condestable (artillero) en la Armada. Brown se ve obligado a abandonar la 25 de Mayo, que es remolcada a Buenos Aires tras sufrir muy graves averías en aquel combate. Continúa la lucha a bordo del bergantín República. Ante el temor de quedar varados por la bajante, las naves brasileñas se retiran, y la Escuadra de Brown, empavesada como en días de gala, llega al puerto de Buenos Aires. Espora fue herido gravemente en este combate.

domingo, 10 de noviembre de 2024

Guerra del Paraguay: El terror a las enfermedades

 

El terror de las enfermedades en la Guerra del Paraguay

La mayoría de los soldados que participaron en el mayor conflicto armado de América del Sur murieron a causa del cólera y otras dolencias infecciosas, no por las heridas de la batalla

Batalha do Avaí, librada en diciembre de 1868 y retratada en esta pintura al óleo realizada por Pedro Américo entre 1872 y 1877

Wikimedia Commons

Carlos Fioravanti
Revista Pesquisa




En 1982, el historiador Jorge Prata de Sousa encontró en el Archivo Histórico del Ejército de Brasil, en el centro de la ciudad de Río de Janeiro, una colección con 27 libros, cada uno con entre 100 y 370 páginas, que registraban los movimientos en los 10 hospitales y enfermerías de campaña que atendieron a los enfermos o heridos durante la Guerra del Paraguay, el mayor conflicto bélico entre países sudamericanos, que tuvo lugar entre diciembre de 1864 y abril de 1870. Prata de Sousa no pudo evaluarlos de inmediato porque estaba yéndose a hacer una maestría en México, pero volvió a ellos en 2008, durante su investigación posdoctoral en la Escuela Nacional de Salud Pública de la Fundación Oswaldo Cruz (Ensp/Fiocruz), y desde 2018 los está estudiando nuevamente, ahora intercambiando información con la historiadora Janyne Barbosa, de la Universidad Federal Fluminense.

Los análisis de los registros que contienen nombres, edades, grados militares, motivos de la hospitalización, tratamientos, fechas de ingreso y egreso de los hospitales y cantidades de curados o fallecidos, de lo cual se ocupó Barbosa, dimensionaron por primera vez el impacto de las enfermedades en esa guerra: alrededor del 70 % de los integrantes de las tropas aliadas (Brasil, Argentina y Uruguay) habrían muerto a causa de enfermedades infecciosas, principalmente cólera, paludismo, viruela, neumonía y disentería.

El trabajo de ambos aporta un enfoque amplio sobre las causas de la mortandad en la guerra que unió a la llamada Triple Alianza –conformada por Brasil, Uruguay y Argentina– contra Paraguay y, sumado a otros, da cuenta de la precariedad de las condiciones sanitarias en que vivían y luchaban los soldados. Antes, los historiadores tan solo disponían de una conclusión genérica de que las enfermedades habían causado más muertos que las heridas de batalla. La guerra concluyó con unos 60.000 decesos para el bando brasileño, mientras que Paraguay, derrotado en el conflicto que inició al invadir lo que entonces era la provincia de Mato Grosso, perdió alrededor de 280.000 combatientes, más de la mitad de su población.

Una iglesia adaptada para funcionar como hospital de campaña en Paso de Patria (Paraguay), sin fecha
Excursão ao Paraguay
/ Biblioteca Nacional

“Las altas tasas de mortalidad por enfermedades infecciosas también caracterizaron a otras guerras de la misma época, tales como la de Crimea, en Rusia (1853-1856), y la Guerra de Secesión, en Estados Unidos (1861-1865)”, dice Prata de Sousa, autor del libro intitulado Escravidão ou morte: Os escravos brasileiros na Guerra do Paraguai [Esclavitud o muerte. Los esclavos brasileños en la Guerra del Paraguay] (editorial Mauad, 1996). Fueron lo que se conoció como guerras de trincheras, zanjas excavadas que servían de cobijo a las tropas, pero facilitaban la propagación de enfermedades infecciosas, a causa de la falta de higiene, la abundancia de roedores e insectos y las inundaciones.

“La Guerra del Paraguay fue una guerra epidémica”, concluye Barbosa. “Las enfermedades infecciosas eran parte del conflicto, de principio a fin, sin contar los brotes, como fue el caso del cólera”. El historiador Leonardo Bahiense, quien realiza una pasantía posdoctoral en la Universidad Federal de Río de Janeiro (UFRJ), reitera: “Tan solo el cólera fue responsable, como mínimo, de 4.535 muertos entre los soldados brasileños durante el tiempo que duró la guerra”. Según él, con base en documentación que se conserva en el Instituto Histórico y Geográfico Brasileño, durante el primer semestre de 1868, el 52,5 % de los decesos entre las tropas aliadas obedeció a la grave deshidratación causada por la bacteria Vibrio cholerae y un 3,6 % al paludismo y otras enfermedades caracterizadas genéricamente como fiebres. “A menudo”, añade la investigadora de la UFF, “los soldados y prisioneros paraguayos con cólera eran abandonados en los caminos por orden de los comandantes, cuando las tropas se desplazaban de un campamento a otro”.

Los relatos de quienes vivieron la guerra respaldan sus conclusiones. En el libro A retirada da Laguna, publicado en francés en 1871 y en portugués tres años más tarde, el ingeniero militar Alfredo Taunay (1843-1899) describió a los brotes de cólera como “el adversario oculto”, “que no perdonaba a nadie”. “La peste es la mayor enemiga que tenemos”, informó el mariscal de campo Manuel Luís Osório (1808-1879) al ministro de Guerra, Ângelo Muniz da Silva Ferraz (1812-1867), al asumir el mando de las tropas, en julio de 1867.

Registro del Archivo Histórico del Ejército de Brasil de soldados atendidos en hospitales
Carlos Cesar / Biblioteca Nacional

En los libros del Archivo del Ejército, Barbosa halló registros de una categoría de enfermedades infecciosas raramente recordada en los relatos de la época, las enfermedades de transmisión sexual: “La sífilis era habitual. Los oficiales acusaban a sus esposas o amantes que convivían con los soldados. En los campamentos había prostitución, principalmente con las paraguayas, a causa del hambre”. Una peculiaridad de esta guerra residió en que las mujeres que acompañaban a la tropa eran las madres, hijas, hermanas o las parejas de los soldados, para quienes lavaban los uniformes y cocinaban.

Incluso los desplazamientos eran riesgosos. “Un grupo de médicos y enfermeros que partió en abril de 1865 desde la ciudad de Río de Janeiro se unió a un batallón de 500 soldados en la ciudad de São Paulo, pero tuvieron que detenerse dos semanas después en Campinas, donde había un brote de viruela que causó la muerte de seis integrantes de la tropa”, relata el médico intensivista José Maria Orlando, autor de Vencendo a morte – Como as guerras fizeram a medicina evoluir (editorial Matrix, 2016). Tras ello, el grupo debió enfrentarse al paludismo que transmitían los insectos que proliferaban en las ciénagas del Pantanal, que debían atravesar para llegar a los campos de batalla, casi nueve meses después.

“Muchos de los soldados no estaban vacunados contra la viruela y eran portadores de enfermedades propias de sus regiones”, comenta la historiadora Maria Teresa Garritano Dourado, del Instituto Histórico y Geográfico de Mato Grosso do Sul, basándose principalmente en los documentos del Archivo de la Marina, también de Río de Janeiro. Autora de A história esquecida da Guerra do Paraguai: Fome, doenças e penalidades [La historia olvidada de la Guerra del Paraguay: Hambre, enfermedades y penurias] (editorial UFMS, 2014), ella identificó otro enemigo: el clima. “Ante la falta de ropa adecuada y al no estar acostumbrados al clima del sur, los soldados del norte se morían de frío”, relata. “La lucha no era solamente contra el enemigo, sino también por la supervivencia en los campamentos”.

El general Dionísio Evangelista de Castro Cerqueira (1847-1910), quien estuvo en el frente y escribió Reminiscências da campanha do Paraguai, 1865-1870 (Biblioteca do Exército, 1929), relató que en los campamentos se bebía “agua espesa y amarillenta, contaminada por la proximidad de los cadáveres”. Los muertos se amontonaban o se los arrojaba a los ríos, contaminando el agua. Otro problema era la faena y la preparación de los animales con los que se alimentaban: las vísceras y otras partes que no se aprovechaban se dejaban expuestas al sol, generando mal olor. “Los buitres y los caranchos [aves de rapiña] se encargaban de la limpieza, devorando los restos”, describió el oficial.

Registro del Archivo Histórico del Ejército de Brasil de soldados atendidos en hospitales
Archivo Histórico del Ejército / Reproducción Janyne Barbosa / UFF

Los heridos en combates
Los cirujanos civiles que fueron al frente de batalla, concluyó Bahiense, inicialmente aprendieron con los informes de los equipos médicos que habían servido en guerras anteriores. En las Guerras Napoleónicas (1803-1815), Dominique Jean Larrey (1766-1842) cirujano en jefe del ejército francés, insistió en ubicar a los equipos quirúrgicos cerca del frente de batalla, para asegurar una atención de prisa y el rápido retiro de los hombres heridos en ambulancias, en ese entonces tiradas por caballos. En la Guerra de Crimea, la enfermera inglesa Florence Nightingale (1820-1910) implementó lo que Orlando denominaba “filosofía de la UTI [unidad de terapia intensiva]”: ubicar a los pacientes más graves cerca del puesto de enfermería, para su atención permanente, y a los menos graves más lejos.

“Durante la Guerra del Paraguay, se suscitó un fructífero debate al respecto de las técnicas quirúrgicas”, recalca Bahiense. Se discutió, por ejemplo, si el mejor momento para amputar un brazo o una pierna [afectados por balas, machetes o bayonetas] era inmediatamente después de ser heridos o si se debía esperar a que el combatiente asimile que había sido herido. Aunque las intervenciones quirúrgicas fueran bien hechas, los soldados podían morir poco después debido a una infección generalizada, a causa de la escasa preocupación –y conocimientos– acerca de la asepsia. Él comprobó que los medicamentos –principalmente el cloroformo, que se usaba como anestésico, y el opio, para el dolor–, los vendajes y la ropa para los pacientes hospitalizados tenían gran demanda, porque siempre se agotaban las existencias.

El general argentino Bartolomé Mitre junto a sus oficiales en la región de Tuyutí, escenario de la batalla más encarnizada de la guerra, en mayo de 1866, que dejó un saldo de 7.000 muertos y 10.000 heridos

Excursión al Paraguay / Biblioteca Nacional

“Las guerras, al igual que las epidemias, han hecho del mundo un campo de experimentación y, aún a costa de un inmenso sufrimiento, han acelerado el descubrimiento de nuevas técnicas quirúrgicas, el tratamiento de las quemaduras o de las enfermedades infecciosas”, comenta Orlando. Según él, solo a partir de la Primera Guerra Mundial (1914-1918) fue que el número de muertes por heridas en combate comenzó a ser mayor –en este caso, el doble– que las causadas por enfermedades infecciosas.

Las razones de este cambio han sido la mejora de las condiciones de higiene y la adopción de técnicas de tratamiento: se les inyectaba a los heridos una solución salina directamente en sus venas para compensar las consecuencias de la gran pérdida de sangre. A partir de la Segunda Guerra Mundial (1939-1945), el uso de antibióticos como la penicilina redujo aún más la mortandad de los soldados a causa de las infecciones generadas por las heridas. Durante la Guerra de Corea (1950-1953), las amputaciones se hicieron menos necesarias con el desarrollo de las técnicas de cirugía vascular.

Bahiense apunta otra razón para la elevada mortalidad debido a las enfermedades infecciosas durante la Guerra del Paraguay: “En Brasil todavía no existía la enfermería profesional, como en Estados Unidos y en Europa”. El equipo de asistencia de los cirujanos estaba integrado por soldados, cabos o prisioneros paraguayos adiestrados a toda prisa con un curso rápido de enfermería y luego reemplazados por las religiosas o las mujeres que acompañaban a los militares.

Entre ellas se destacó Anna Nery (1814-1880) quien se convirtió en una referente del área en Brasil. A disgusto por tener que separarse de dos de sus hijos, ambos reclutados para marchar al frente, se alistó como voluntaria para cuidar a los heridos. Tras conseguir la autorización del gobierno de Bahía, Nery los acompañó, aprendió nociones de enfermería con unas monjas en Rio Grande do Sul y trabajó como enfermera en los hospitales del frente de batalla. En reconocimiento a su labor, el emperador Pedro II le concedió una pensión vitalicia, con la cual pudo educar a sus otros hijos.

En marzo y abril de 2022, la Universidad Federal de Mato Grosso do Sul, campus de Aquidauana, celebrará un congreso internacional para debatir sobre el 150º aniversario del final de la guerra, que se cumplió el año pasado.


viernes, 5 de julio de 2024

Argentina: Visita de un príncipe a La Plata

 

El príncipe que llegó a La Plata y dijo que era una "ciudad fantasma"

Luis de Orleans y Bragance recorrió la capital bonaerense a comienzos del siglo XX. Asistió al Museo de Ciencias Naturales y presenció una identificación dactiloscópica hecha por Juan Vucetich. Advirtió sobre la falta de proyección del puerto y la escasez de población



De la noche a la mañana, alzar allí una ciudad destinada, en sus pensamientos, a convertirse en rival de la metrópoli que les habían quitado.

Hechas estas reservas, no tengo dificultad alguna en adherirme a la opinión del publicista que cité con anterioridad. Si las manzanas se llenaran de casas de habitantes, no hay duda de que La Plata se convertiría en la ciudad más bella de la Unión. Pero me parece que este “si” representa a la mas improbable de las hipótesis. No se improvisa así, de la noche a la mañana, una gran ciudad, a una hora de distancia de una capitan que tiene un millón de habitantes. La Plata se poblará… el día que Buenos Aires, en su frenético desarrollo, extienda hasta allí sus suburbios.c

Para rescatar su concepción embrionaria, los fundadores de la ciudad se aferran con desesperación a las últimas tablas de salvación. Se habla de ampliar el puerto de “La Ensenada”, a cinco kilómetros de aquí, de unirlo, mediante trabajos gigantescos, al de Buenos Aires. Pero, además de que estos trabajos supondrían un gasto formidable, el nuevo puerto presentaría los mismos inconvenientes que el de la capital. El porvenir no está allí, sino en Bahía Blanca o en Rosario, puertos profundos y seguros, hacia donde, tarde o temprano, se volcará todo el movimiento marítimo de las costas argentinas. Se habla también de crear una zona franca alrededor de la ciudad. Idea excelente, en teoría, pero que en la práctica requerirá todo un servicio aduanero de los más difíciles de asegurar.

Luis Felipe De Orleans y Bragance

Por el momento, La Plata sigue en estado de mito -y sólo la administración prospera-, con sus pomposos edificios, melancólicamente erguidos, como las pirámides de Egipto, en medio del desierto. Palacio de Gobierno, palacio de la Legislatura, Dirección de Escuelas, de Correos, Municipalidad, servicios hidráulicos y de vialidad: los platenses, sin duda para consolarse por la falta de casas particulares, se aprovechan a más y mejor. En esta extraordinaria ciudad fantasma hay bibliotecas y teatros, hipódromos y asilos de indigentes, sanatorios y observatorios… Todo es vasto y lujoso, ultramoderno… pero tan desprovisto de lectores, de comediantes, de caballos como de indigentes, de enfermos y de astrónomos. Incluso los funcionarios a quienes se les ha asignado estas suntuosas residencias prefieren vivir con modestia en Buenos Aires.

Si las manzanas se llenaran de casas de habitantes, no hay duda de que La Plata se convertiría en la ciudad más bella de la Unión.

Así pues, tomado el café, se nos conduce inmediatamente al edificio de la Policía, para asistir luego al desfile impecable de la guardia municipal, precedida por su banda y por el escuadrón de la gendarmería volante de la provincia.

El método de Vucetich

Después pasamos a la oficina de Vucetich. El señor Vucetich, director del Servicio Antropométrico de la provincia, es el inventor de un nuevo sistema de identificación: la dactiloscopía.

La dactiloscopía tiene us base en la diversidad infinita de dibujo que presentan, para cada individuo, las impresiones de los diez dedos. La idea de utilizar las impresiones para la identificación procede de un inglés, Francis Galton, que fue el primero en aplicarla, en el imperio indio. El mérito de Vucetich consiste en haber simplificado el método, de una manera genial, al establecer que las impresiones digitales pueden clasificarse en cuatro grupos, absolutamente distintos, según la disposición de las líneas que las componen. Para los pulgares, Vucetich designa los cuatro grupos con las letras A,I,E, V; para los demás dedos, con las cifras 1, 2, 3, 4. Así, las impresiones digitales de un individuo se designan con dos letras y ocho cifras. El número de combinaciones es tan considerable que resulta materialmente imposible que dos individuos puedan tener designaciones idénticas.

Pero pasemos a la práctica. Por orden de Vucetich traén a un detenido que acaba de llegar, uno de esos atorrantes, italianos en la mayoría de los casos, vagabundos, ladrones y quizás asesinos, que la policía apresa en abundancia, durante sus semanales redadas, en los barrios de mala fama de Buenos Aires. Nuestro moderno e inofensivo Torquemada se adueña del malviviente, le hace poner las dos manos sobre una placa recubierta de tinta de imprenta, para luego tomarle, una a una, las impresiones de los diez dedos sobre una hoja de papel blanco.

El Bertillón sudamericano lee estas impresiones como vosotros y yo leemos el diario o el difunto Champollion, los jeroglíficos egipcios.

El porvenir no está allí, sino en Bahía Blanca o en Rosario, puertos profundos y seguros, hacia donde, tarde o temprano, se volcará todo el movimiento marítimo.

“A1342 - V2412”, dice el sabio. Detrás de nosotros están los prontuarios judiciales. Un armario contiene las letras A (de la mano derecha), una caja las series 1111 a 1414. “Ni siquiera necesito de la mano izquierda”, nos dice al instante el amable Argus de la provincia, “aquí está”. Y nos tiende un prontuario que lleva la identificación “A1342 - V24142 y el nombre: “Henrique Civelli”. “¿Cómo se llama?, le pregunta al individuo. “Henrique Civelli”, responde el atorrante con uno de esos acentos cantarinos que denuncian al napolitano a cien metros de distancia. La demostración queda hecha.

No es esta la única utilidad del sistema. Sería necesario agregar un consejo al manual del perfecto ladrón: “Cuando trabajes, no coloques nunca tus manos sobre una superficie lisa, sobre todo si antes de actuar no te las lavaste. Si lo haces, sería lo mismo que dejar tu tarjeta de visita”. Incluso si la impresión es invisible, Vucetich o sus émulos lo harán aparecer con la ayuda de procedimientos químicos recientemente inventados. Y como la denominación es de las más sencillas, no está lejano el día en que todas las policías del mundo intercambien archivos con identificación digital de todos los delincuentes de sus respectivos países.

Un museo para no perderse

De la oficina de Vucetich pasamos a los bomberos, movilizados un minuto y veinte segundos después de sonar la alarma; después al jardín público, magnífico e inútil, ya que en él no se encuentran por el momento ni soldados ni niñeras; luego vamos a la Asistencia Pública, a la Universidad… Pedimos compasión. Pero todavía queda el Museo.

Los museos, en general, me inspiran un saludable temor,m sobre todo en países que como la Argentina, que carecen, por así decirlo, de pasado y quieren, cueste lo que costare, crearse uno a partir de cualquier fragmento, un pasado flamante, podría decirse. Pero yo había olvidado los tiempos prehistóricos.

¿Os gustan los tiempos prehistóricos? ¡Cómo nos envejecen! Si es así, id al Museo de La Plata. Por escasas que sean vuestras apetencias antropológicas, etnológicas, geológicas, mineralógicas, paleontológicas, arqueológicas… encontrareis allí con que satisfacerlas. Veréis plantas fósiles de la formación carbonífera o de la época mesozoica, moluscos de las edades silúricas, peces y cangrejos de la época terciaria, vestigios de la edad de piedra, de la vajilla y de las armas de gentes que ni vosotros ni yo habríamos podido conocer. Pero con quienes los eruditos alemanes, encargados de estos estudios por iniciativa del juicioso eclecticismo internacional del gobierno, viven en la más conmovedora intimidad.

Imagen del Museo de Ciencias Naturales en el Paseo del Bosque en sus primeros años de vida

Os codearéis allí con los dasipontes, los hoploforos, los dacdicuros, los milodontes, los megaterios, los trigodontes, los tocodsontes y todos los demas mamíferos gigantescos, de nombres repulsivos, que sin duda encontraron a la tierra demasiado pequeña para sus retozos y prefirieron desaparecer. Admiraréis allí al tatuajes del tamaño de un buey y osos de las cavernas que harán palidecer de envidia a los del Museo de París, ballenas fósiles y elefantes extraordinarios. ¿Sabíais que en esos remotos tiempos, tan remotos que el solo pensarlo provoca vértigo, las pampas de la Argentina, en epecial las de la Patagonia, contenían más elefantes que las selvas africanas o las junglas de Ceilán en la actualidad?

Por último, veréis también, empleado a sueldo, de la más moderna de las repúblicas, al tipo del sabio neolítico, representante también él de otra época, cuya labor sin tregua de toda la vida recibirá quizás la consagración, en caso de éxito, de una de las pocas líneas en la Larousse o alguna otra enciclopedia.


El principe se maravilló con las colecciones del museo platense

Y si todo esto os fastidia -en los detalles- podréis al menos soñar con el origen de los mundos, con el caos primitivo, con las grandes convulsiones geológicas, a través de las cuales se elaboran lentamente los tipos actuales de la vida, y remontar así, escalón por escalón, período por período, hasta el principio creador de todas las cosas. Y descansar un momento, en medio de los esqueletos y de los fósiles, de las absorbentes cuestiones del precio de la hectárea, del cálculo de la cosecha o de la intervención federal de las provincias.

*El presente texto fue publicado originalmente en Sous la Croix-du-Sud, París en 1912 y luego traducido para el libro La Plata vista por viajeros, compilado por Pedro Luis Barcia.