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sábado, 7 de abril de 2018

Guerra Antisubversiva: El atentado al bebé de Raúl Laguzzi

Septiembre negro: el atentado contra el bebé del rector de la UBA que desencadenó el terrorismo en las aulas

En septiembre de 1974, una bomba mató al hijo de Raúl Laguzzi, de cinco meses. Fue el punto de partida para la imposición del autoritarismo y la represión ilegal en los claustros. La vida oculta de Laguzzi después del crimen

Por Marcelo Larraquy | Infobae
Periodista e historiador (UBA)


A las 3.10 de la madrugada del sábado 7 de septiembre de 1974, una bomba estalló en el 8° piso del edificio ubicado en la esquina de Senillosa y Guayaquil, en el barrio porteño de Caballito.

La bomba fue colocada en el cuarto de incineración, lindera al dormitorio de Pablo Gustavo Laguzzi, de cuatro meses. Su cuerpo cayó por el hueco del ascensor. Los padres del bebé resultaron heridos, pero quedaron retenidos en una viga que les salvó la vida. La explosión sólo dejó en pie algunos marcos de hierro del departamento.

El padre luego se repuso, encontró a su hijo en el 2° piso y lo llevó al hospital.

Pocas horas más tarde el bebé murió.



El padre era Raúl Laguzzi, rector interino de la Universidad de Buenos (UBA), de 33 años.

Había sido decano de la Facultad de Farmacia y  Bioquímica hasta el 25 de julio, cuando fue designado por el ministro de Cultura y Educación  Jorge Taiana para el Rectorado.

En la primera semana en funciones, Laguzzi recibió una amenaza de muerte en su escritorio.



Sonó el teléfono.

-¿Vió lo que pasó con Ortega Peña? –le preguntaron (el diputado acababa de ser fusilado en el centro porteño).

-Sí.

-El próximo es usted.

Laguzzi pidió custodia policial para su casa.

Luego sabría que el policía asignado realizó la inteligencia del atentado.

"Mi papá me dijo que el policía que hacía de guardaespaldas, el que habían enviado para la custodia, le abrió la entrada a una mujer para que pusiera la bomba. Él escuchó los tacos cuando caminaba esa madrugada…Era un policía de la Triple A", afirma María Laura, hija de Raúl Laguzzi, que nació diez años después del atentado, en entrevista con el autor.



El 14 de agosto Taiana entregó su renuncia forzada a la presidenta Isabel Perón. Hacía un mes y medio había muerto Perón. Comenzaba una nueva etapa de gobierno, que viraba la ortodoxia.

Su reemplazante era Oscar Ivanissevich, de 79 años, un ex ministro del primer gobierno peronista, que al momento de ser ungido en la cartera educativa dirigía la campaña de forestación del ejido urbano.

La nueva etapa de gobierno ya revelaba un mayor desarrollo de la Triple A. El terrorismo paraestatal también apuntaba hacia el Congreso.

El 4 de septiembre dio a conocer un comunicado con la "condena a muerte" de dos senadores y nueve diputados. Avisó que serían "ejecutados donde se encuentren por infame traición a la Patria".

Entre los "condenados" volvía a anunciarse al senador radical Hipólito Solari Yrigoyen, que había sobrevivido a una bomba en su auto en noviembre de 1973.

"Esta vez no fallaremos", le anticipaban en la posdata.

Con la llegada de Ivanissevich, Raúl Laguzzi comenzó a sufrir presiones directas para que abandonara el Rectorado.

Si bien contaba con el apoyo de los doce decanos de la UBA, el Consejo de Facultades y la comunidad estudiantil, el hecho de que la Juventud Universitaria Peronista (JUP) sostuviera su nominación, y lo considerara un "cuadro propio", lo convertía en un blanco de la "depuración ideológica", que estaba a  punto de ejecutarse.


Juventud Universitaria Peronista – Medicina (JUP)

Laguzzi no entendía semejante reacción contra su designación. No era un cuadro político. Era un científico con experiencia de gestión que entendía que la medicina, como la educación, tenía que tener acceso popular. Como decano de Farmacia y Bioquímica había comenzado a crear una planta de producción de medicamentos –que resultarían mucho más económicos que los de los laboratorios- e impulsó a los estudiantes a participar en proyectos de salud para implementarlos en las provincias.

Sus ideas le generaron enemigos.

Laguzzi había pedido una audiencia con el ministro Ivanissevich para entablar un diálogo. No la obtuvo.

El día que mataron a su hijo retiró el pedido.

Laguzzi escribió al ministro:
"En el día de la fecha mi hogar y mi familia fueron objeto de un atentado criminal que costó la vida de mi hijo de cuatro meses. Los autores materiales del hecho fugaron impunemente. Su acción contó con el pretexto político que se brindó injustificada e irresponsablemente desde el Ministerio de Cultura y Educación y otras fuentes oficiales, con la excusa de la infiltración ideológica y del desorden interno de la Universidad, así como con la complicidad abierta de las fuerzas de seguridad, que pocas horas antes del atentado levantaron la custodia de mi domicilio. Quiero expresar al señor ministro que estos actos de inhumana y sistemática violencia contra los sectores que pretenden mantener en alto las banderas de liberación votadas por el pueblo argentino, son también de responsabilidad del gobierno al que pertenece; que ya no volveré a insistir con pedidos de audiencia, pues he comprendido cuáles son las formas que el diálogo asume hoy en esta dolorosa etapa de la historia argentina".
Casi mil personas acompañaron el cortejo al cementerio de la Chacarita.

"Yo veía las fotos de Pablo Gustavo en casa y empecé a preguntar quién era. ¿Dónde estaba ese bebé? Mi papá me dijo que no estaba, que era mi hermano, pero que había muerto. Yo tendría 4 ó 5 años. Todavía no había empezado la escuela primaria. Poco a poco me fue contando cómo había sido. Que había sido rector, que había problemas políticos… Me acuerdo que esa noche justo vino a dormir una compañerita del jardín de infantes a casa y le conté todo, pobre", agrega María Laura, que vive en Francia.

Menos del gobierno peronista, Laguzzi recibió la solidaridad del ámbito académico y partidario.

Llamó la atención el atenuante que expresó  Ricardo Balbín sobre el atentado. El jefe radical mencionó "el desprestigio" de la UBA en el marco de su condena.

"Hoy será noticia que al Rector le han puesto una bomba que le mató al hijo e hirió gravemente a su mujer y a él. Nosotros vamos a documentar nuestro reclamo, pero ese Rector, antes de la bomba, no había serenado al ámbito universitario", expresó.

La frase impactó en la Juventud Radical-Franja Morada, que aún con diferencias, apoyaba a Laguzzi.

La preocupación por la represión policial y los atentados excedía a la izquierda peronista o marxista.

Justamente el mes anterior, los sectores juveniles del radicalismo –liderados por Federico Storani, Marcelo Stubrin y Leopoldo Moreau- reclamaron a la UCR que propiciara una comisión parlamentaria para investigar "la existencia de un plan represivo en gran escala que contempla hasta la eliminación física de militantes de diversas organizaciones populares".


Federico Storani – FUA

Y pidieron la destitución del comisario Alberto Villar, jefe de la Policía Federal, "quien haciendo uso abusivo de las fuerzas que dispone encabeza en grado de ejecutor esta escalada represiva".

Las bombas ya habían empezado a golpear la Universidad. Una de ellas fue depositada en el edificio de Salguero y Arenales donde vivía la decana de Filosofía y Letras, Adriana Puiggrós.

Se expresó en el diario "La Opinión".
"Yo pregunto qué es lo que crea el caos en la universidad: la inscripción ordenada de 25.000 alumnos en nuestra Facultad, que rinden sus exámenes en los plazos previstos o la colocación de una bomba a las 3 de la madrugada por manos cobardes, en un edificio donde viven criaturas y que debió apuntalarse porque peligraba su estructura".
Cuarenta y cuatro años después, Puiggrós todavía  recuerda el atentado: "Era una bomba de 5kg de gelinita. Volaron toda la parte de abajo del edificio y en la pared pusieron mi nombre y debajo "AAA". También pusieron una bomba en un sector de la Facultad, en el Clínicas", agrega.

La bomba que mató a Pablo Laguzzi no provocó la renuncia del Rector de la UBA. Apenas se repuso de sus heridas continuó en su despacho de la calle Viamonte. Su esposa Elsa Repetto se ocultó en el interior del país.

Laguzzi apoyaba la continuidad de las políticas universitarias votadas el 25 de mayo y el 23 de septiembre de 1973, y aplicadas por los rectores interventores precedentes de la UBA, Rodolfo Puiggrós y Ernesto Villanueva y Vicente Solano Lima:

  • Ampliación de canales de acceso a la Universidad (ingreso irrestricto).
  • Transformación de programas y planes de estudios y fin del autoritarismo pedagógico y académico.
  • Proyectos de investigación acordes a las necesidades del proceso de liberación.

En este punto, se apoyaba en el último discurso de Perón ante la Asamblea Legislativa:

"Sin base científico-tecnológica propia y suficiente, la liberación se hace imposible".

Pero con la designación de Ivanissevich, el gobierno de Isabel quería terminar con el último eco del peronismo del 25 de mayo de 1973.

Y generó la resistencia universitaria.


(Gustavo Gavotti)

Al momento del atentado terrorista contra Laguzzi, las facultades hacía un mes que estaban tomadas. Se daban clases públicas en las puertas de los edificios; incluso los alumnos de Agronomía soltaron algunas vacas por avenida San Martín -que utilizaban para sus prácticas de estudio-, en señal de protesta. Se producían detenciones: trescientos estudiantes fueron apresados cuando marchaban hacia el Congreso.

Las tomas habían sido acordadas por 10 de los 12 decanos y los estudiantes de JUP, JR y el comunismo (MOR). Coincidían en una universidad comprometida con el "proceso de liberación", pero la JR y los comunistas desconfiaban del "sectarismo" de la JUP, conducida subterráneamente por Montoneros. Y mucho más luego de que el 6 de septiembre la organización guerrillera definió su pase a la clandestinidad para "reasumir las formas armadas de lucha". Para Montoneros, muerto Perón, se acababa el último factor de unidad latente.

El llamado a la clandestinidad complicó al frente interno  estudiantil. Los dirigentes de la JUP quedaron descolocados: muchos de ellos se vieron obligados a  abandonar espacios de militancia pública. El decano de Abogacía Mario Kestelboim, que contaba con el  apoyo de la JUP, decidió renunciar.

El martes 10 de septiembre, finalmente, se anunció  la "restauración educativa", con la ruptura de las políticas universitarias previas.

El ministro Ivanissevich atacó el Estatuto Docente, condenó el ingreso irrestricto –"es un engaño que no aceptan ni los países comunistas-; dijo que la investigación científica debían hacerla las empresas privadas, anticipó la eliminación del gobierno tripartito y afirmó que la destrucción de la universidad era por "la acción disolvente de  organizaciones que quieren transformar a los jóvenes justicialistas en marxistas".

Su exposición en el Teatro Colón fue aplaudida por el gabinete peronista y apoyada por el Partido Justicialista en un comunicado, para no dejar dudas.

Las reacciones fueron inmediatas.

El físico y matemático Manuel Sadosky, echado de la Universidad por el general Onganía, lo comparaba con la reproducción de "la noche de los bastones largos".

"En 1966, los ideólogos del golpe de Estado expertos en campañas psicológicas supieron crear una imagen de calamidad pública: la Universidad estaba en manos del Demonio, todos los males del país derivaban del caos universitario y extirpada la camarilla marxista-reformista de la Universidad de Buenos Aires la patria encontraría su destino…".

Después de la presentación del plan de Ivanissevich, el ministro quedó enfrentado al rector Laguzzi y los decanos de la UBA.

Fue una tregua implícita de una semana.

Los estudiantes y decanos decidieron lanzar un referéndum para que se votara por la continuidad o no de las políticas universitarias.

Pero no se realizó.

El 17 de septiembre, Ivanissevich designó como nuevo rector a Alberto Ottalagano y la policía y el Ejército ingresó a las facultades lanzado gases y a punta de pistola.


Alberto Eduardo Ottalagano

"Estábamos en el Rectorado de la calle Viamonte y entró la policía y escapamos por otra puerta. Nos echaron a todos los decanos. No hubo renuncia. Yo estaba amenazada y al otro día me exilié a México", recuerda Adriana Puiggrós.

"Mi papá se fue del Rectorado. Y estuvo escondido durante un mes. Mi mamá también, pero estaban separados. Lograron entrar a la embajada de México y se fueron de urgencia en el primer vuelo, perseguidos por la policía al aeropuerto. Quedarse en la Argentina era morir por morir", afirma María Laura Laguzzi.

Ottalagano, un nacionalista católico que se confesaba fascista, ordenó el ingreso de un cuerpo centenares de "celadores" en las aulas para mantener el "orden" y separó las carreras para dispersar a los alumnos, a quienes pretendía como  obedientes y silenciosos soldados de la enseñanza autoritaria.



El nuevo decano de Filosofía y Letras, el sacerdote Raúl Sánchez Abelenda se paseaba por las facultades con un olivo para exorcizar los malos espíritus que habían dejado en las aulas las obras de Freud, Piaget y Marx en las aulas.

En un trimestre de gestión, Ottalagano produjo una cesantía masiva de docentes. Hubo libertad de acción para el terrorismo "parapolicial": cuatro alumnos de la UBA fueron secuestrados y desaparecieron y a once los mataron. En las facultades se empezó a exigir el certificado de "buena conducta" y de "domicilio" expedido por la Policía Federal para poder cursar.

Hasta antes del golpe de Estado del 24 de marzo de 1976, las cifras de estudiantes muertos y desaparecidos alcanzarían casi a medio millar en todo el país.

Raúl Laguzzi volvió a la Argentina casi veinte años después del atentado que mató a su hijo Pablo.

"Fue la primera vez que lo ví llorar –recuerda María Laura Laguzzi-. Fue en el año 1993, en el cementerio de la Chacarita. Debía ser Pascua. Había dos fechas muy difíciles: el 10 de abril, cuando nació Pablo y el 7 de septiembre. Papá no quiso volver a la vivir a la Argentina. Le dejó un trauma muy importante. Hizo el duelo del país y no quiso volver a instalarse. Era psicológicamente imposible para él. Siguió viviendo en Francia, estudiando el sueño, el stress, cuestiones de neurociencia. A partir de entonces volvió cada dos o tres años para ver a su familia, pero en secreto. Nosotros nunca dábamos la dirección. Una vez, cuando empezó a hacer el juicio contra el Estado por la muerte de Pablo, llegó un fax con una amenaza en el hospital donde trabajaba. Y habían pasado veinticinco años. Increíble. Con el dinero que recibió de la indemnización creó junto a mi mamá una escuela de oficios manuales que lleva el nombre de mi hermano, la escuela "Pablo Gustavo Laguzzi Por los Derechos del Niño" y una radio para chicos huérfanos en una villa de Buenos Aires. Dieron todo. No se quedaron ni con un centavo para ellos", dice su hija María Laura.

En la madrugada del 28 de noviembre de 2008, Raúl Laguzzi murió en París de un paro cardíaco en su departamento.

*Marcelo Larraquy es periodista e historiador (UBA). Su último libro es "Primavera Sangrienta. Argentina 1970-1973. Un país a punto de explotar. Presos políticos, guerrilla y represión ilegal". Ed. Sudamericana.

sábado, 24 de marzo de 2018

Guerra antisubversiva: Los muertos invisibles

Los muertos invisibles de la Argentina

Jorge Fernández Díaz || LA NACION




El último gesto de vida de Antonio Muscat, segundos después de recibir una lluvia de plomo, es esta lágrima furtiva que le cruza el rostro final, tendido sobre la vereda ensangrentada. Nació en Dock Sud, provenía de una humilde familia de inmigrantes malteses y se casó con una bella croata de tres nombres a quien todos llamaban Beba. Se recibió de contador público, ingresó en Molinos e hizo una larga carrera en el grupo Bunge & Born. Su vida personal siguió siendo sencilla, frugal y feliz: se lo veía siempre cortando el pasto del jardín de su casa de Quilmes, acompañando a sus tres hijas mujeres y ayudando a los más pobres desde sociedades de fomento, club de leones y parroquias ribereñas. Beba lo esperaba todas las tardes con la alegría de una novia. Al día siguiente del secuestro de los hermanos Born, ella atendió un llamado: "Decile al hijo de puta de tu marido que va a ser el próximo". Al principio de los violentos años 70, la compañía le había ofrecido trasladarse a Brasil; luego le intervinieron el teléfono y le pusieron una custodia. Pero Antonio no quería asilarse ni vivir vigilado; pensó sinceramente que nadie querría matar a un simple gerente, a un tipo de barrio. Más bien cavilaba, y no sin algo de razón, que esos amagues eran simples presiones para que el patriarca de los Born soltara por fin el dinero del rescate. Pero el patriarca se ponía duro y las negociaciones se dilataban, y entonces los responsables de la Operación Mellizas tomaron secretamente la decisión de "ejecutar" a algún empleado de la compañía para ablandar la voluntad, para aceitar el diálogo. Antonio Muscat no tenía forma de saber que ya se había transformado en un blanco móvil.

Esta mañana del 7 de febrero de 1975 gobierna Isabel Perón, y hay un sol radiante. Muscat, como todos los días, se levanta temprano, sale a hacer flexiones y ejercicios de respiración, se ducha y despierta a Beba: siempre se sienta a su lado en la cama y le ceba unos mates. Luego carga a dos hijas en su Ford Falcon y cambia su itinerario de rutina, puesto que debe dejar a una de ellas en la estación de trenes. "Apurate que tengo varios coches atrás", le dice. Ella se apura y, por lo tanto, solo le deja un beso fugaz. Todavía hoy, 43 años después y con la perspectiva del drama, se arrepiente de aquella fugacidad. El dolor nos vuelve injustos con los detalles.

En la barrera Rodolfo López un coche le frena a Muscat por la retaguardia, y otro se adelanta y se le pone a la par. El contador entiende que algo grave está por suceder, porque comienzan a sonar dos sirenas. La barrera se alza y él pisa el acelerador. Pero a los pocos metros un tercer auto sale de la nada y lo bloquea, y lo encierran hacia la derecha. De ellos surgen nueve tipos armados con ametralladoras y le arrojan gas pimienta. La otra hija de Muscat baja aturdida y se refugia por un instante detrás del Falcon, y Antonio parece alejarse de ella quizá porque intuye que van a rociarlo de muerte, y no quiere que las balas la alcancen. Los asesinos se concentran en él: uno de los proyectiles le entra por el brazo, le atraviesa el tórax y le toca el corazón.



Cuando se acerca, su hija lo ve caído y por el rabillo del ojo divisa a los nueve homicidas, que regresan a sus coches con las ametralladoras humeantes. Es en ese instante de conmoción cuando observa que aquella lágrima solitaria y última surca la cara de su padre. Un conscripto que pasa por ahí la ayuda a cargar el pesado cuerpo y a conducirlo a la Clínica Modelo. Beba Muscat, pocos minutos más tarde, entra en el quirófano sin saber que su marido ya ha expirado y le grita: "¡Vamos, Antonio, fuerza!". Hasta que una enfermera la acaricia amorosamente, ella se da cuenta de la verdad y se desmorona.

Muscat fue sepultado en el cementerio de Avellaneda; dentro de la caja fuerte de su oficina encontraron varias amenazas firmadas por Montoneros y ERP. Born, que lo conocía y lo estimaba, ordenó fríamente que pagaran una indemnización, pero solo envió unas flores y una tarjeta impersonal. Sus dos hijos recobraron la libertad, pero nadie se acordó nunca de esa familia mutilada. Ni una línea, ni una palabra, ni un llamado. Beba se sintió abandonada emocionalmente por los patrones de su esposo. Estuvo un año entero muerta en vida, hasta que de pronto resucitó: dijo que nunca más iba a consumir la yerba ni la harina ni ningún otro producto que fabricaran las empresas de los Born, y se dedicó con risas y con garra a sacar adelante a sus hijas. Jamás volvió a enamorarse, pero logró que todas hicieran un buen duelo y que no se agitara obsesivamente en el hogar la memoria de aquel terrible atentado; no quería que sus nietos crecieran con resentimiento. La dictadura militar les pareció a todas ellas una aberración inexcusable: lavar sangre con más sangre, combatir el terrorismo transformando al Estado en terrorista y en sádico asesino en masa. Los posteriores negocios de Born con Galimberti les hicieron rechinar los dientes. Y la irresponsable mitificación de los montoneros operada por el gobierno kirchnerista les crispó los nervios. Tuvieron que romper su propio criterio con esos hijos y sobrinos cuando descubrieron que el clima de época les inculcaba la épica de la "juventud maravillosa". Se vieron forzadas a sentar a esos chicos y a explicarles seriamente lo que había sucedido con el abuelo. Y cómo los miembros de aquellas bandas armadas jamás pidieron perdón, y el modo en que se silenciaron a todas sus víctimas mediante una extraña extorsión pública según la cual evocar las aberraciones terroristas implicaba necesariamente disculpar el exterminio de Videla y de Massera, o sustentar de manera automática la "teoría de los dos demonios".

Por esa misma razón, hay 1094 muertos invisibles en la Argentina; la mayoría de ellos, eliminados en tiempos de democracia. Civiles y no combatientes. Personas que trabajaban para una multinacional y eran fusiladas con alevosía bajo la acusación de "colaborar con el capitalismo", o que se encontraban en el lugar equivocado a la hora equivocada, y una bomba las volaba en pedazos. O policías recién salidos de la escuela que eran agentes de tránsito y servían como bautismo de fuego para los militantes más ambiciosos: les disparaban a los vigilantes a mansalva en una esquina y ganaban así prestigio en el escalafón interno de la Orga. Hirieron, por ese camino, a 2362 ciudadanos y secuestraron a 756 hombres y mujeres.



Los Muscat no reivindican la represión ilegal, ni repudian las condenas a los militares, ni siquiera esperan que un juez alcance alguna vez a las cúpulas guerrilleras: parece demasiado tarde. Solo aspiran a salir del pozo del olvido, ese averno de silencios donde la muerte es omitida por el Estado y por la sociedad. Los desaparecidos, con gran justicia, tienen actos, homenajes, museos, parques de la memoria, lugar en los libros. Estos muertos, en cambio, no tienen nada. Su recuerdo no solo es necesario para reparar esa sustracción, sino para cuestionar esta nueva historia oficial que se cuenta en las aulas colonizadas, según la cual hubo una generación "heroica" que dio todo por cambiar el mundo. Incapaces de un mínimo pedido de disculpas, muchos de ellos fueron en verdad asesinos autoindulgentes, arrogantes e impunes recubiertos bajo la piel de "idealistas". Pensé mucho en ellos y en Muscat al leer esta semana la novela Patria, sobre ETA y el País Vasco. Fernando Aramburu, su autor, vino a Buenos Aires y lo dejó claro: "Matar por un ideal es un crimen".

domingo, 18 de marzo de 2018

Guerra Antisubversiva: La copera y el operativo Independencia

Isabel Perón y el "Operativo Independencia": la firma del decreto secreto que condujo al golpe de Estado

Hospedada en una base naval, la Presidenta decidió la intervención del Ejército en Tucumán en 1975. La disputa de López Rega y Massera por el control de la represión, y de Isabel

Por Marcelo Larraquy || Infobae
Periodista e historiador (UBA)




El miércoles 5 de febrero de 1975, hace 43 años, Isabel Perón y siete ministros de su gobierno firmaron en la Casa Rosada un decreto de carácter "secreto".

En su artículo 1, facultaba al Ejército la ejecución de "las operaciones militares que sean necesarias a efectos de neutralizar y/o aniquilar el accionar de los elementos subversivos" en Tucumán.

Pasados los años se discutió si la orden de "aniquilar el accionar…" implicaba la "eliminación física", pero en los hechos fue lo que sucedió.



Aún más: el decreto aceleró la autonomía de las Fuerzas Armadas frente al sistema político, que la condujo a la toma del poder, y terminó por encarcelar o perseguir a los funcionarios que lo habían firmado.


Ese verano de 1975 la agenda política estaba marcada por la convocatoria a paritarias –y la consecuente negociación entre el Gobierno y los gremios- y la posibilidad de un llamado a la elección de Vicepresidente, cargo que había quedado vacante tras la asunción de Isabel Perón.

En la rutina política veraniega se transmitía el malestar que había generado –aún en el Justicialismo- la creación de la Secretaría Privada de la Presidencia, un decreto concebido por una iniciativa del ministro de Bienestar Social y Secretario José López Rega.


Isabel Perón y José López Rega

Era el hombre fuerte del país, que acompañaba día y noche a la Presidenta.
Ambos dormían en la residencia de Olivos.

Se sospechaba que, después de la muerte del comisario Alberto Villar, jefe de la Policía Federal –muerto por Montoneros en noviembre de 1974- López Rega era quien detentaba el mayor poder para la represión no institucional.

Nadie del Gobierno ni del Justicialismo le reservaba críticas públicas ni se animaba a reclamar su renuncia. La oposición apenas hacía notar "el centralismo del poder" y requería que las decisiones las tomara "la Presidenta, y no un Supersecretario".

Hasta ahí se llegaba. No más.

El analista Mariano Grondona describió con crudeza todo lo que no se decía.

Escribió:

"La caída, que muchos desean, entrañaría peligros. López Rega ha promovido o facilitado una serie de desenvolvimientos que se aprueban en voz baja y se critican en voz alta. La firmeza ante la guerrilla, la desideologización del peronismo, la recuperación de la universidad, pasan por el discutido secretario ministro. De la estirpe de los Ottalagano y los Lacabanne, José López Rega es uno de esos luchadores que recogen, por lo general, la ingratitud del sistema al que protegen". (Mariano Grondona, revista "Carta Política", diciembre de 1974).

En la esfera presidencial se vivía un verano calmo.

La Presidenta, de vacaciones, hospedada en la Unidad Turística Chapadmalal, realizaba paseos en auto por Cabo Corrientes y la Playa Bristol de Mar del Plata. También caminaba las calles del balneario acompañaba de López Rega y otros colaboradores.

La Secretaría de Prensa le acondicionó una habitación del Hotel Provincial para que disfrutara del Gran Premio de Brasil de Fórmula Uno, con un equipo con sistema francés de televisión en color.

Alternaba las vacaciones con reuniones de trabajo. Recibió al ministro de Defensa Adolfo Savino, al jefe de la Policía Federal Luis Margaride, y también a los sindicalistas Lorenzo Miguel y Casildo Herrera.

Después de una semana de reuniones y paseos, López Rega decidió distanciarse de la rutina presidencial, dejó a Isabel al cuidado de su yerno, y subsecretario de Prensa y Difusión Jorge Conti y el peluquero Bruno Porto, y se fue a Brasil.

La distracción del ministro

Hacía tiempo quería hacer ese viaje y no encontraba el momento.

El ministro fue a conocer un terreno que le había comprado Claudio Ferreira, un brasileño amigo, umbandista, que había conocido en la casa de su Madre Espiritual, Victoria Montero, en los años '50.

El terreno estaba sobre la playa Arena Blanca, en el municipio de Sombrío, al sur de Santa Catarina. Tenía 350 metros de frente y 1.000 de fondo. Aspiraba a construir un complejo hotelero.

Llegar a esa playa le resultó accidentado.

En el camino, fue detenido en el balneario de Torres junto a Ferreira y sus custodios Miguel Ángel Rovira y Rodolfo Almirón, quienes muchos años más tarde serían procesados en la causa de Triple A.

El conserje de hotel Sao Paulo Palace se asustó por el nivel armamentístico -supuso que llegaban para robar el banco-, y alertó a la comisaría. El 25 de enero, al amanecer, ocho policías irrumpieron en la habitación de López Rega, lo detuvieron y esposaron.


José López Rega

El ministro les mostró una cédula de identidad brasileña a nombre de "José López", con domicilio en Uruguayana, pero como la verificación de su autenticidad se demoraba, López Rega explicó que era el secretario privado de la presidenta argentina y el resto de los detenidos eran sus colaboradores. Al cabo de unas horas lo liberaron.

López Rega les regaló postales que promocionaban el Mundial '78.

Mayúscula fue su sorpresa cuando, de regreso al país, se enteró que Isabel Perón había abandonado la Unidad Chapadmalal y se había hospedado en la Escuela de Suboficiales de Infantería de Marina, en Punta Mogotes. Su director, el capitán de fragata Roque Funes, ya había dispuesto un cuarto para que hiciera gimnasia y refaccionó otro para que lo usara de estudio.
López Rega entendió que, aprovechando sus cuatro días de ausencia, la Armada había tendido un cerco sobre Isabel.

Era la primera vez que la Presidenta escapaba de su radar.

Era cierto que fue Perón el que había borrado su histórica enemistad con la Marina, expresada en los bombardeos de 1955, y había designado como jefe del arma a Eduardo Massera, uno de los partícipes de aquella masacre que dejó cientos de muertos. Su presencia, expuesto al viento y al frío, un mes y medio antes de su muerte, en la base naval de Puerto Belgrano, con Massera como anfitrión, confirmaba la reconciliación con esa fuerza.

Pero ahora era Massera el que atravesaba la línea de la intimidad presidencial y le daba alojo a su viuda.

Isabel había quedado bajo protección naval.

Este hecho tensó la disputa de poder entre el ministro y el contralmirante en torno a la Presidenta.



Desde hacía meses que López Rega desconfiaba del exceso de cortesía del contralmirante. Y en el último diciembre, en una reunión de hermanos masones –ambos eran miembros de la logia P2- expresaron sus diferencias con insultos a la vista de todos.

Incluso más: se supo que el ministro había ordenado a su custodia que mataran a Massera y que el contralmirante planificó con sus grupos de tareas el incendio de dos automóviles Ford Falcon de los parapoliciales de López Rega, como advertencia.

La relación se astilló aún más cuando, a su regreso de Brasil, el ministro intentó ver a la Presidenta en la Escuela de la Armada y le prohibieron el acceso.


El control de la represión


La estadía de Isabel en la base naval fue el anticipo del despliegue de las Fuerzas Armadas para la "lucha antisubversiva".

En una de sus reuniones con el comandante del Ejército Leandro Anaya, Isabel fue persuadida de la necesidad de firmar el decreto para intervenir en Tucumán.

Para López Rega, que la represión se institucionalizara en tropas militares implicaba una pérdida importante de su poder. Hasta entonces esa tarea se libraba desde fuerzas clandestinas reunidas bajo el sello de la "Triple A". Él, desde el Estado, había sido su impulsor original.

En su génesis, la Triple A se había gestado para enfrentar a "los infiltrados en el Movimiento" –la izquierda peronista- y luego ese radio se había ampliado para combatir a los "zurdos", armados o no armados, peronistas o no peronistas. Para las Fuerzas Armadas, la "lucha contra la subversión" excedía las fricciones internas del peronismo, por más violenta que fuesen. Se enmarcaba en la guerra contra el comunismo, por la defensa de Occidente.

Se había instruido en distintas academias militares para esa guerra.

Las Fuerzas Armadas estaban por encima de la "Triple A". De hecho, luego la absorberían.

Las horas decisivas


Después de tres semanas en Mar del Plata, Isabel Perón retomó la actividad en la Casa Rosada el lunes 3 de febrero. Los temas de la agenda política que reflejaba la prensa eran más o menos los mismos.

Isabel Perón en Mar del Plata

Sólo había impactado la irrupción de alrededor de sesenta hombres armados, que colocaron cuatro bombas en las máquinas rotativas del diario "La Voz del Interior" de Córdoba.

Y las habían volado.

La semana política transcurrió sin otros sobresaltos.

Isabel fue a almorzar dos veces a lugares públicos, una vez a "La Cabaña" y otra en el hotel Plaza, acompañada de ministros y colaboradores.

Al día siguiente festejó su cumpleaños 44 en la residencia presidencial. Una multitud se acercó al portón para saludarla y la Presidenta correspondió la gratitud con un saludo desde un helicóptero, en un corto vuelo por los alrededores de Olivos.

El miércoles 5 de febrero, Isabel presidió la ceremonia de entrega de sables a nuevos oficiales de las tres armas en el Teatro Colón, junto a los tres comandantes de las Fuerzas Armadas.

Ese día firmó con su gabinete el decreto secreto que habilitó la intervención militar en Tucumán.

Dos días después ya estaba descansando en el hotel Llao Llao de Bariloche, aprovechando las fiestas de Carnaval. La acompañaba López Rega.

Las tropas militares comenzaron a desplegarse en Tucumán el domingo 9 de febrero en camiones, Unimog, y Jeeps, a lo largo de la ruta 38.



Eran alrededor de 3500 efectivos, dispuestos en los valles Calchaquíes, desde Lules hacia el sudoeste, casi hasta el límite con Catamarca. Lo secundaban tropas de la Gendarmería, la Policía Federal y la provincial.

Los militares también se instalaron en Acheral, a 45 km al sur de San Miguel de Tucumán. Era un pueblo de dos mil habitantes que en mayo de 1974 había sido tomado por algunas horas por el ERP, y se vio a guerrilleros desfilar con uniforme verde oliva y fusiles al hombro.

Los comunicados oficiales sobre la intervención militar comenzaron a emitirse por la tarde del domingo 9, por radio y televisión. Se leyeron dos. Uno era de la Secretaría de Prensa y Difusión.

"La Argentina marcha hacia su destino de potencia. Es nuestro triunfo. El triunfo del pueblo. La victoria de la voluntad mayoritaria de la ciudadanía que votó libremente su destino de grandeza. Combatir a los enemigos del pueblo se convierte así en un imperativo de la hora actual".

El otro fue redactado por la V Brigada de Infantería, a cargo del general Acdel Vilas.

Aseguraba que la operación del Ejército tenía por objetivo "restituir la tranquilidad a sus habitantes alterada por el accionar de delincuentes subversivos que pretenden explotar la impunidad que garantiza la imposición del miedo".

El ministro del Interior Rocamora manifestó que, con el decreto, la autoridad presidencial se mantendría "incólume" y las Fuerzas Armadas acatarían el orden constitucional. Sobre la duración del operativo manifestó: "…habría que preguntárselo a los guerrilleros. Dependen de cuánto duren ellos", afirmó, en tono de broma.

Las respuestas políticas desde la UCR fueron dispares.

Ricardo Balbín apoyó la intervención militar; aseguraba que "no tenía segundas intenciones".



Raúl Alfonsín, en cambio, criticó que el Congreso hubiese sido marginado. Dijo que la decisión del Poder Ejecutivo no contribuía a consolidar el proceso político y ponía en evidencia "la ineficacia del gobierno para solucionar un problema ajeno a esa fuerza (el Ejército)".

Además Alfonsín también atacó la Ley de Seguridad para combatir la guerrilla "que en realidad amenaza a dirigentes políticos y gremiales que luchamos por la liberación nacional".

Desde aquel domingo 9 de febrero de 1975, las tropas militares actuaron sin ningún control político ni judicial en Tucumán.

El gobernador peronista Amado Juri, elegido el 25 de mayo de 1973, se limitó a prestar su "más amplio apoyo a las operaciones militares". Pronto quedó en un segundo plano.


La autoridad política de la provincia era el general Acdel Vilas.

El jefe de la V Brigada de Infantería –que alguna vez había comandado el general Videla- instaló su centro operativo en la localidad de Famaillá.

Y transformó la escuela del pueblo en el primer centro de detención ilegal durante gobierno de Isabel, "La Escuelita".

Los pasos previos


Durante su Presidencia, Perón había confiado en la Policía Federal para enfrentar a la guerrilla. Tras su muerte, las Fuerzas Armadas fueron obteniendo una autorización progresiva para la represión.

En agosto de 1974, luego de que ERP intentara asaltar el Regimiento 17 de Catamarca, el Ministerio de Defensa autorizó la acción militar para aprehender a una veintena de guerrilleros que habían quedado aislados en una lomada, cuando emprendían la fuga.

Las tropas del Ejército intervinieron. Los detectaron, los rodearon y luego de la rendición, los mataron con tiros en la nuca.

Eran 16. Fueron enterrados como NN en un cementerio de la zona.

El gobernador de Catamarca (Montt), el de La Rioja (Menem) y la Presidenta felicitaron a las fuerzas de seguridad y al Ejército por los servicios a la Nación.

El ERP decidió vengar cada uno de los fusilados. Los objetivos fueron tomados al azar. En dos meses ejecutaron a nueve oficiales del Ejército en distintas provincias.

El último sería el capitan Humberto Viola, en el centro de Tucumán, en diciembre de 1974. Lo mataron cuando ingresaba el auto en una casa, y en forma no prevista, también mataron a su hija María Cristina, de 3 años.

A partir de este ataque, la represalia indiscriminada del ERP se detuvo.

Al mes siguiente, las tropas del Ejército, aún sin el decreto presidencial, comenzaron a rastrillar Famaillá y Monteros en busca de campamentos guerrilleros asentados en la selva. En uno de los operativos de reconocimiento, el 5 de enero de 1975, cayó un avión militar en la zona boscosa y provocó la muerte del jefe del III Cuerpo de Ejército, general Eugenio Salgado y el jefe de la Brigada V, general Ricardo Muñoz y otros once oficiales.

Como consecuencia, el general Carlos Delía Larroca fue designado jefe del III Cuerpo y el general Vilas, de la V Brigada, quienes comandaron el "Operativo Independencia", autorizado por Isabel Perón y su gabinete a partir del 5 de febrero de 1975.



Muchos años más tarde, la justicia federal de Tucumán requirió la extradición de Isabel para juzgarla por su responsabilidad en la represión ilegal que sobrevino luego de su firma en el decreto 261/75.

Se argumentó que no podía ignorarla, dado que como Presidenta había visitado Santa Lucía y Famaillá, donde se habían asentado centros de detención ilegal.

Ésa era la tercera causa por delitos de lesa humanidad que afrontaba la ex Presidenta.

Pero una vez más, la Audiencia Nacional de España denegó la extradición.

Desde 1981, Isabel Perón vive en Madrid.

Ayer cumplió 87 años.

*Marcelo Larraquy es periodista e historiador (UBA). Su último libro es "Primavera Sangrienta. Argentina 1970-1973. Un país a punto de explotar. Guerrilla, Presos políticos, represión ilegal".
Bibliografía: "López Rega, el peronismo y la Triple A", ed Aguilar, y artículos de "La Opinión" y "La Nación", de enero y febrero de 1975.

sábado, 24 de febrero de 2018

Guerra Antisubversiva: El impune Perro Verbitsky

¿Quién es usted, Verbitsky? 

Por Pedro José Güiraldes
Prensa Republicana




“El Perro” ha puesto en pausa su activa participación en Página 12 tras revelar recientemente, desde allí, una lista parcial de quienes blanquearon bienes ante la AFIP. Una vez más, se cumplió lo que sobre él afirmó Rodolfo Galimberti, su compañero en Montoneros, en 1987: “Ud. pertenece a la raza de los que no se arrepienten de nada, pero se borran de todo”.

Verbitsky ya había confesado, en 1992: “He sido peronista desde los 13 años. He sido periodista desde los 18. He sido militante peronista desde los 19 años. He sido militante montonero. He dejado de ser peronista en 1973 y dejado de ser montonero en 1977. Sigo siendo periodista”.

Su disposición a prestar servicios por derecha y por izquierda se manifestó precozmente. En la década de 1960 trabajó simultáneamente para “Semanario CGT de los Argentinos” y “Noticias Gráficas” de la izquierda y en la derechista “Confirmado”, entre otros.

En 1974 escapó a Perú, en un avión del gobierno militar peruano, antes del secuestro de los hermanos Born y de los asesinatos de Juan Carlos Pérez y Alberto Bosch. Cobrado el rescate y enviada la mitad de los 60 millones de dólares a Cuba, vía Lima, volvió a la Argentina, a fines de 1975. “El Perro” afirma no haber tenido nada que ver con dicha operación.

Dos personas atestiguaron que pasó el golpe militar del 24 de marzo de 1976 escondido, por mi padre, en su campo. Allí encontré, en 2015, los borradores manuscritos de Verbitsky para los discursos de los Comandantes en Jefe de la Fuerza Aérea Argentina (FAA) y las memorias del Instituto Jorge Newbery (IJN), dependiente de la misma, en las que constan sus contratos con la FAA a través del IJN y los pagos.

Como lugarteniente de Rodolfo Walsh en Montoneros planificó el atentado del 2 de julio de 1976 en el comedor de la Superintendencia de Seguridad Federal (SSF), que causó 24 muertos y 60 heridos. Walsh caería peleando el 25 de marzo de 1977. Y de nuevo Galimberti lo desnuda: “a Verbitsky no le tocaron ni el timbre”.

Otros lo sindican como colaborando con el Ejército Argentino a cambio de salvoconductos a Cuba para Mario Eduardo Firmenich, Fernando Vaca Narvaja, Roberto Perdía y otros jefes Montoneros.

Un testigo presencial me relató, con todo detalle, los encuentros de “el Perro” con Leandro Sánchez Reisse, agente del Batallón de Inteligencia 601, quien terminó liderando una banda de secuestros extorsivos, durante la dictadura militar.

Simultáneamente, entre 1977 y 1979, como parte de sus planes presidenciales, tenían lugar las reuniones de Massera con los jefes montoneros, en Europa. Mi tía, Elena Holmberg, y el Embajador Héctor Hidalgo Solá, fueron asesinados por haber informado de las mismas.

Las contraofensivas de 1979 y 1980, a las que las Tropas Especiales de Infantería de Montoneros fueron enviadas a una muerte segura, se cobraron las vidas de Francisco Soldati y del Cabo Ricardo Durán, salvando las suyas Juan Alemann y Guillermo Walter Klein, suerte que no tuvieron sus custodios, Hugo Cardacci y Julio Moreno.

Por todo ello, la supervivencia de Horacio Verbitsky, a cara descubierta, durante la última dictadura militar, no admite otra explicación que una amplia, efectiva y determinante colaboración con la misma.

“El Perro” dejó de ser periodista cuando se convirtió en aliado de los Kirchner, a cuyos gobiernos aportó el poder simbólico malversado de la causa de los Derechos Humanos y protección periodística para el saqueo desde Página12, a cambio de manos libres para la multinacional usurpadora de los DD.HH. que encabeza el CELS, con la presidencia del propio Verbitsky, y que integran otras organizaciones.

Desarrollada a partir de 2003 para llevar adelante los juicios de la venganza por la derrota militar de las Organizaciones Armadas Revolucionarias (OAR) durante la década de 1970, la multinacional de los DD.HH. no pudo ser más exitosa. Según las propias cifras del CELS al 30 de junio de 2017, entre más de 3100 acusados por delitos de lesa humanidad, sólo 27 tenían sentencias firmes no recurridas ante la CSJN. No obstante lo cual 1144 seguían presos, 511 de ellos con prisiones preventivas de hasta diez y seis años. Muchos de los prisioneros superan largamente los setenta años y/o son enfermos terminales, pero no gozan de prisión domiciliaria. Los mismos informes del CELS daban cuenta de 508 acusados fallecidos, 438 de ellos sin condena.

Del lado de las OAR, en cambio, no existen procesados, ni condenados, ni presos y Verbitsky, junto con Firmenich, último jefe máximo de Montoneros, se beneficiaron con la prescripción en la causa de la masacre en el comedor de la SSF ya mencionado, como si los crímenes terroristas no hubieran sido delitos de lesa humanidad.

“El Perro” ataca a quien se atreva a poner en duda la cifra de 30.000 muertos y desaparecidos, eso a pesar de los tres informes oficiales de 1984, 2006 y 2015 que detallan 8.961; 8.368 y 8.631 casos respectivamente, cifras que coinciden con las 8.717 placas del Parque de la Memoria.

Las leyes de reparación histórica indemnizaron sin discriminar entre guerrilleros muertos en combate y víctimas del terrorismo de estado y cada uno de los más de los más de quince mil beneficiarios cobró unos US$ 250.000. Asimétricamente, las víctimas de las organizaciones terroristas no recibieron ni reconocimiento, ni justicia, nada.

El protagonismo de la multinacional de los DD.HH. en el caso de Santiago Maldonado tuvo la impronta de Verbitsky y una única hipótesis autorizada: “el gobierno de Macri es el responsable de su desaparición forzada seguida de muerte”. La estrategia se completó con el aporte de pruebas, pericias y testimonios falsos; presión mediática; acciones directas violentas y demonización de todo aquello que terminó probando que la hipótesis santificada era una mentira.

“El Perro”, sigue intentando sacar provecho político de casos como los de Maldonado, Milagro Sala y Rafael Nahuel; insistiendo con falsas acusaciones por delitos de lesa humanidad; adhiriendo solapadamente a proclamas como “Macri, basura, vos sos la dictadura”; minimizando el accionar del RAM; promoviendo la violencia callejera y sosteniendo la teoría penal abolicionista.

Pocos parecen haberlo conocido mejor que Rodolfo Galimberti quien también afirmó sobre el ex periodista: “Tira mierda sobre todos como si él meara agua bendita”

La suerte del submarino ARA San Juan y sus 44 tripulantes está echada y resulta imposible no recordar que Verbitsky ha contribuido con su prédica, como pocos, al desprestigio, humillación, desarme y reducción hasta la inexistencia de las fuerzas de defensa argentinas.

“Episodios como el del Jueves son alentadores”, dijo “El Perro” en su discurso de presentación del Informe Anual 2017 del CELS, refiriéndose a la violencia golpista del 14 de diciembre pasado, multiplicada hasta el paroxismo el Lunes 18.

Odios y resentimientos de origen incierto parecen alimentar la pulsión destructiva de Horacio Verbitsky. Su largo derrotero al servicio de intereses encontrados confunde, al mismo tiempo que confirma su habilidad para seguir haciendo el mal, a diestra y siniestra, con total impunidad.
Si más testigos se animan a hablar, aparecen nuevas revelaciones y pruebas, ¿será la suerte de El Perro terminar siendo acusado, procesado, juzgado y condenado por delitos de lesa humanidad?

www.eldiarioexterior.com

martes, 23 de enero de 2018

Argentina: La guerrilla de los Urutuncos, pelotudos profesionales

Uturuncos: La guerrilla comenzó en Navidad

Antes que el ERP, Montoneros, FAP, FAL, EGP, RL, y MTP, existió Uturuncos, la 1ra. guerrilla del siglo 20 en la Argentina, de pertenencia peronista, que procuraba conseguir el regreso de Juan Domingo Perón de su exilio, tras haber sido derrocado en 1955 por la Revolución Libertadora. La Resistencia peronista nació tras el bombardeos de los marinos de Isaac Francisco Rojas sobre Plaza de Mayo y se extendió hasta ya entrados los años '70. Fue integrada por diversas organizaciones sindicales, juveniles, guerrilleras, religiosas, estudiantiles, barriales y culturales, todos compartían un mismo objetivo: la vuelta de Perón. Pero fue el germen para que, una vez regresado Perón, se intentara condicionarlo sobre el rumbo a tomar, y ante su negativa, muchos de ellos terminaron enfrentados con Perón, José Ignacio Rucci, María Estela Martínez de Perón, José López Rega y los otros.
Por Urgente 24


  • la derecha (COR - Centro de Operaciones de la Resistencia), dirigida por el general Miguel Iñiguez, y
  • la izquierda (FRP - Frente Revolucionario Peronista), dirigida por John William Cooke, quien en 1959 se había exiliado en Cuba, donde frecuentó a otro argentino, Ernesto Guevara.

Cooke, 'el Gordo', había sido designado por Juan Perón como apoderado del Movimiento Nacional Justicialista y, por lo tanto, principal líder de la Resistencia peronista luego del golpe de Estado de 1955.

Ya exiliado el General y con Arturo Frondizi, con el voto peronista, el 26/06/1958, el Congreso Nacional prohibió al peronismo (Ley N°4.161/56), pero dispuso una ley de amnistía que dejó en libertad a los miles de peronistas y sindicalistas encarcelados.

El entonces mandatario Arturo Frondizi esperaba que, ante el beneficio, los seguidores de Perón se dieran por vencidos y la Resistencia muriera.

Sin embargo, Frondizi cometió 3 errores:
  • no generó, en simultáneo, algún movimiento que absorbiera a los que él imaginaba serían ex peronistas,
  • no consideró la necesidad de generar un incremento de su propia popularidad antes de alejarse de Perón, y
  • no reflejó en lo cotidiano los eventuales éxitos en la economía.

Pero Perón también cometió errores al avalar el terrorismo:
  • Perón era hombre del cabotaje, creía que podía abstraerse de las consecuencias de la Guerra Fría;
  • Perón no consideró que la guerrilla que él o toleraba o alentaba sí estaba inmersa en la Guerra Fría, inspirada en la Revolución Cubana que había comenzado en 1953 y gobernaba la isla desde 1959; y
  • Perón no había contemplado un mecanismo eficiente para cesar la guerrilla cuando fuese necesario (y esto lo pagó muy caro después).
La guerrilla había sido un rasgo de la Revolución Cubana (Movimiento 26 de Julio), y fue casi una obviedad que 'el Gordo' creara lo que sería el 1er. grupo guerillero argentino, "Uturuncos", que integraba el Movimiento Peronista de Liberación (MPL).

En 1956 un porteño llamado Enrique Manuel Mena había organizado en Tucumán un grupo de la Resistencia Peronista que se autodenominó “Comando 17 de Octubre”, y tomó contacto con el Comando Nacional Peronista que comandaba Cooke.

El “17 de Octubre” era equivalente a otras organizaciones que había en el país, que pintaban los muros con consignas a favor del retorno de Perón y en contra de la “Revolución Libertadora”, y hasta hacían estallar algunos “caños” de fabricación casera, aunque Mena y Cooke comenzaron con el tráfico de gelinita desde Bolivia. La gelinita (60% nitroglicerina) era utilizada en canteras, y en voladuras bajo agua.

Historia de los Uturuncos




'El Gallego' Mena invitaba a obreros y campesinos a "combatir al Imperio" (se supone que a USA). Decenas de pequeños sabotajes ocurrían en diferentes lugares, acciones inofensivas de alto contenido emocional. Cuando los militares decidieron la exhibición compulsiva de la única película que había filmado Eva Duarte (luego de Perón), "La Cabalgata del Circo", los comandos tucumanos se robaron la copia del largometraje que había llegado a San Miguel y se la enviaron de regalo a Perón en Panamá.

De pronto, Félix Serravalle, peronista de La Banda (Santiago del Estero), y militante peronista de padre sindicalista ferroviario anarquista, tomó contacto con Mena. Era audaz, buen tirador, subteniente de reserva.

Otro contacto decisivo fue Juan Carlos Díaz, el comandante Uturunco, jornalero hijo de un foguista del ferrocarril Mitre, de la localidad tucumana Lamadrid (en el cruce de la Ruta Nacional 157 y la Ruta Provincial 308), donde su madre, Dominga Heredia, tenía una Unidad Básica peronista. A los 16 años, Juan Carlos migró a San Miguel de Tucumán, obtuvo empleo como obrero metalúrgico, quedó desocupado y se integró a los comandos de la Resistencia peronista.

En 1959 el comando "17 de Octubre", bajo la influencia de Abraham Guillén, discutió la eficacia de los métodos utilizados por la Resistencia, y comenzó a hablarse de "estrategia insurrecional".

Entonces ocurrió una fractura:
  • el Comando Insurreccional Perón o muerte (CIPOM),
  • el Movimiento de Liberación Nacional (MLN), que derivó en el Ejército de Liberacion Nacional (ELN).
En octubre, en la base del cerro Cochuna, casi en el límite con Catamarca, comenzó el 1er. agrupamiento guerrillero argentino. Los comandantes eran Juan Carlos Diaz, 'el Uturunco' (en lengua quechua "uturunco" significa "Hombre Puma"); Franco Lupi, 'el Tano'; y Ángel Reinaldo Castro. La tropa: Juan Silva, alias 'Polo'; Diógenes Romano, alias 'Búfalo'; Miranda, alias 'Rulo'; Villafañe, alias 'Azúcar'; y Santiago Molina, alias 'el Mejicano', todos tucumanos.

Gabriel Rot y los archivos de la guerrilla argentina




Más tarde llegaron León Ibañez y Pedro Anselmo González, 'Gorrita'.

La formación militar era casi nula y el armamento era escaso (1 ametralladora PAM, 1 pistola .45 y 1 revólver .38) aunque habían participado en sabotajes y acciones menores.

La zona era de una selva tupida. Desde allí hasta el ingenio Concepción era todo terreno azucarero.

Contexto: luego de la presidencia de facto de Eduardo Lonardi y Pedro Eugenio Aramburu, con el regreso de la "democracia" y el nacimiento de los Uturuncos, Frondizi dictó el decreto secreto N°9.880/58, conocido con "Plan Conintes", que restringía la vigencia de los derechos y garantías constitucionales y habilitaba la militarización de la sociedad y la declaración del Estado de Sitio. El 9880/58 consideraba ilegal toda huelga y/o manifestación, y autorizaba a las Fuerzas Armadas a realizar allanamientos y detenciones sin cumplir las normas constitucionales.

Volviendo a la selva tucumana, el grupo perdió el contacto con el Estado Mayor. En noviembre fueron descubiertos. Comenzó un policial, y divergencias internas.

Franco Lupi, Juan Silva y Ángel Castro se separaron del grupo para buscar un nuevo campamento, más arriba.

En tanto, se aproximaba una patrulla policial, y los que estaba en el campamento, huyeron. La policía montó una emboscada en la que cayeron, de regreso de su exploración, Lupi, Silva y Castro.

El Estado Mayor del "17 de Octubre" se reunió y decidió encarar una operación que les diera prestigio, y para “ver si los dirigentes peronistas que vivían en Uruguay se decidían a prestar su apoyo”.

Díaz y Felipe Genaro Carabajal, 'comandante Alhaja' o 'Pila', miembro del Estado Mayor y cuñado de Manuel Mena, fueron enviados a Santiago del Estero con un grupo de militantes para acompañar a Serravalle, quien había elegido el alias "comandante Puma" (según él, siglas de Perón Unico Mandatario Argentino y Por Una Mejor Argentina).

Lograron reunir 22 hombres, y se hizo un entrenamiento en la finca ladrillera de Manuel Paz, en Chumillo.

Una entrevista al Comandante Uturunco, Juan Díaz


El 23/12/|959, el contingente de tucumanos, simulando ser acampantes fueron trasladados en un ómnibus prestado por gitanos amigos de Serravalle, hasta Puesto del Cielo, a 35 kilómetros de Santiago del Estero.

El 24/12/1959 fueron recogidos por un camión que los llevó a Frías, una localidad que tenía 25.000 habitantes.

En la Nochebuena, Serravalle -vestido de teniente coronel-, Carlos Alberto Gerez y Pedro Adolfo Velardez, tomaron un automovil de alquiler, de Timoteo Rojo, y fueron hasta los talleres de Obras Sanitarias, donde les habían preparado un camión Ford modelo 1957, y buscaron al resto del grupo guerrillero.

En aquel entonces se hablaba de un golpe de Estado contra Frondizi. A las 4:00 del 25/12/1959 llegaron a la comisaría, y encararon al guardia:

-¡Ha triunfado una revolución, venimos a hacernos cargo!

La tropa policial formó frente a los supuestos militares, sin sospechar. Así, con un ardid, los Uturuncos tomaron la comisaría. Luego metieron en el calabozo a los policías, tras quitarles las armas y los uniformes, rompieron la radio policial y cortaron los cables del teléfono.

Un agente aseguró después a la prensa que quién los dirigía se hacia llamar 'comandante Uturunco' y el nombre llegó a los diarios. En la huída dejaron el camión abandonado en un lugar llamado El Potrerillo y se internaron en el monte.

Al día siguiente la noticia conmovió la país y fue tapa de todos los diarios: había un grupo guerrillero peronista al mando del “capitán Uturungo” (sic).

El ministro del Interior, Alfredo Vítolo, en conferencia de prensa identificó a varios de los asaltantes: los había denunciado el remisero Timoteo Rojo. Así fue conocida la identidad de Félix Serravalle y la de su compadre Gerez.

El gobierno comprobó que la guerrilla y sus apoyos eran conocidos peronistas de la zona. El gobernador de Santiago del Estero, Eduardo Miguel; y su par de Tucumán, Celestino Gelsi, ctendieron una trampa a los guerrilleros. Pero es otra historia.

miércoles, 6 de diciembre de 2017

Montoneros: Graiver, el financista del terror

¿Fue ficticia la muerte de David Graiver, el banquero de los Montoneros?

Una fortuna en tiempo récord, conexiones en lo más alto del poder, vínculos secretos con la guerrilla, juventud, temeridad y una desaparición “accidental” –un 7 de agosto, hace 41 años- son los ingredientes del cóctel de la sospecha

Por Claudia Peiró | Infobae


David Graiver, desapareció en un sospechoso accidente aéreo en un vuelo hacia Acapulco el 7 de agosto de 1976

Las dudas sobre lo sucedido con David Graiver, el banquero al que la organización Montoneros confió una buena parte del millonario rescate cobrado por el secuestro de los hermanos Juan y Jorge Born, dueños de una de las cinco grandes cerealeras del mundo, no son nuevas. Pero un flamante libro de Miguel Bonasso –El hombre que sabía morir (Sudamericana)- acaba de reflotar la tesis de que Graiver no murió, sino que vive o vivió otra vida, bajo otra identidad y con otro rostro.

Bonasso escuchó esta teoría, en el año 2011, en la embajada de México en Buenos Aires, de boca del diplomático Juan Miguel Ponce Edmondson, que había sido jefe de Interpol en su país, con quien tuvo el siguiente diálogo:

— ¿Qué piensa, don Miguel, del tema Graiver? ¿Cree que murió?

— No lo sé, dígamelo usted que era jefe de Interpol México…

— Mire, Graiver está vivo, no murió, se bajó en la escala de Houston.

"Así, tal cual, me lo dijo el ex jefe de Interpol México", contó Bonasso a Infobae.

En realidad, la frase le sonó como el eco de algo que ya lo había impactado mucho tiempo antes, cuando, "dos años después del avionazo (sic) en Guerrero", el New York Times publicó declaraciones del célebre fiscal de Manhattan, Robert Morgenthau, afirmando que Graiver estaba vivo. Lo del funcionario mexicano reavivó aquella vieja inquietud y terminó gestando este libro, explica.


Juan Miguel Ponce Edmondson y Robert Morgenthau: para ambos, David Graiver no murió en el accidente aéreo

"La peripecia de alguien que aparentemente había muerto, pero no había muerto, me parece fascinante", dijo el escritor, que ya ha incursionado en este tipo de novelización de hechos del pasado de los que en muchos casos fue protagonista o testigo durante su larga trayectoria periodística y como integrante de la organización Montoneros en los años 70 (Recuerdos de la muerte y Diario de un clandestino, entre otros).

Apenas producido el accidente aéreo en el que Graiver –vivo o muerto- desapareció de la luz pública, el 7 de agosto de 1976, durante un vuelo de Nueva York a Acapulco que no llegó a destino, surgieron las primeras hipótesis sobre una desaparición voluntaria.

La trama del estafador multimillonario que se esfuma simulando su muerte para reciclarse en alguna isla paradisíaca y disfrutar de su botín es cinematográficamente atractiva pero, aunque no imposible, difícil de imaginar. Como un testigo protegido, debe soltar todas las amarras del pasado y, en el caso de Graiver, de su familia, ya que el accidente sólo le ocurrió a él. Ser un muerto para todo su entorno pero seguir viviendo.

"Yo sostengo la hipótesis del atentado", responde categórico Juan Gasparini, autor de David Graiver, el banquero de los Montoneros (editado por primera vez en 1990, y reeditado en 2007 y 2010), ante la consulta de Infobae. En su opinión, ya vertida en aquel libro, las versiones sobre una muerte fingida fueron fogoneadas desde el comienzo por los autores de lo que para él fue en realidad un asesinato. "El contraespionaje norteamericano sabría echarle arena en los ojos a la opinión pública", escribe y enumera las maniobras: el cráneo de Graiver fue separado del torso para generar duda sobre su presencia en el vuelo, se insinuó que el avión pudo ser abatido por un rayo, que viajaban más de tres personas… Y ya por entonces se dijo que el banquero "habría aprovechado la escala en Houston para evaporarse, siendo visto en días posteriores en Miami, España, Cuba, Bolivia, Guatemala, Israel o detrás de la Cortina de Hierro".


El libro de Juan Gasparini que postula la tesis de que Graiver fue víctima de un atentado

No es que David Graiver no tuviera motivos para una fuga de este estilo, como se verá, pero sus apuros no eran todavía críticos y su personalidad no encuadraba con una fácil rendición. Puede decirse que la muerte o la desaparición voluntaria de Graiver desencadenó la quiebra de su grupo y no al revés.

Cuando el avión privado en el que viajaba como único pasajero junto a dos pilotos estadounidenses se estrelló contra una ladera en serranías del estado de Guerrero, David Graiver tenía tan sólo 35 años, pero ya había construido una multinacional de 200 millones de dólares, con base en Argentina y ramificaciones en Suiza, Bélgica, Israel y Estados Unidos.

En 1969, a los 28 años, había comprado su primer banco, el Banco Comercial de La Plata, con el fin de salvar de la quiebra a la inmobiliaria de su padre, Juan Graiver. Desde ese momento, no se detuvo. Con el tiempo, el Comercial de La Plata sería el primer corresponsal del Banco Nacional de Cuba. Luego adquirió el Banco de Hurlingham que se convertiría en el banco de la colectividad judía.

Graiver no sólo salvó el negocio de su padre sino que lo expandió hasta convertirlo en un grupo con acciones en una treintena de empresas y con una gran diversidad de negocios. Que llegarán a incluir medios, como el canal 2 de televisión y, más tarde, el diario La Opinión de Jacobo Timmerman. Y, en 1973, Papel Prensa, de reciente polémica. La red bancaria de los Graiver incluso se internacionalizará, con bancos en Israel, Bélgica y Nueva York.

Al talento natural para los negocios, David Graiver le sumaba una personalidad cautivante y siempre optimista –fundamental para generar confianza- y vocación por la política. O por el poder. Pragmático, pasó de ser funcionario del ministerio de Bienestar Social bajo Francisco Manrique  a acercarse al peronismo, a medida que se vislumbraba que el presidente de facto, el general Alejandro Lanusse, perdería la pulseada que había encarado con Juan Perón.

Este tránsito lo hizo Graiver de la mano de José Ber Gelbard, el titurlar de la Confederación General Económica que agrupaba a cerca de un millón de pequeñosy medianos empresarios, y que era dueño de FATE (neumáticos) y de ALUAR (aluminio), y que más tarde sería ministro de Economía de Héctor Cámpora y de Juan Perón.


José Ber Gelbard, ministro de Economía de Perón, durante su tercera presidencia

Según Bonasso, Gelbard  ("agente doble, triple o cuádruple") era el verdadero jefe de Graiver. El líder de la CGE hasta mandó a su discípulo a Puerta de Hierro a conocer a Perón, lo que no le impediría a éste traicionar a Gelbard, como a cualquier otro cliente.

Es que el joven Graiver era una suerte de Bernard Madoff, hiperactivo, con una inteligencia especial para los negocios, uno de esos personajes del mundo de las finanzas a los que no les tiembla el pulso ni la conciencia a la hora de "trabajar" con el dinero de otros y a los que, mientras sus audaces apuestas van generando ganancias fáciles, mucha gente les confía su fortuna personal para un día descubrir que la estaban depositando en un castillo de naipes cuyas paredes, al derrumbarse, dejan un interior vacío.

Como el Bobby Axelrod de la serie Billions, también Graiver tenía a su "Wendy Rhoades": en este caso, su propia esposa, la psicóloga Lidia Papaleo, en quien confiaba para que le hiciera la "evaluación" de sus colaboradores o le dijera en quién podía confiar y en quién no.

El libro de Gasparini es muy instructivo en cuanto a los manejos de esta clase de personajes del planeta bancario en general y de los de Graiver en particular. "Mi OPM es la 'Other People's Money'… ¡hacerse rico con la 'mosca' de los demás!", dice Gasparini que les decía Graiver a los jefes guerrilleros, ironizando sobre la sigla OPM (organización político militar, en la jerga, un sinónimo de Montoneros).


Montoneros veía en Graiver a su interlocutor en la burguesía

También explica mucho sobre la clase de vínculo que se había establecido entre el banquero y Montoneros. "Graiver –escribe Gasparini- se veía como un Rockefeller económico revestido con la ideología de Carter y acondicionado a la Argentina, en las puertas de una gran revolución nacional y popular. Si ERP y Montoneros insurreccionaban a las masas y  capturaban el poder, Graiver no perdería el tren de la historia. Los guerrilleros, por su  lado, lo consideraban como el único interlocutor de la burguesía."

El vínculo con la organización Montoneros se estableció al parecer por iniciativa del propio David Graiver, y por contactos de Lidia. "Los busqué por la política, no por la guita. Cuando empezamos a reunirnos, ustedes eran unos secos": es otra frase que Gasparini pone en la boca del banquero.

Más allá de una personalidad aventurera, provenía Graiver de la misma constelación que su mentor, José Ber Gelbard, por lo que ese acercamiento a la guerrilla bien pudo ser una misión –esto no lo dice Gasparini, vale aclarar-, en los tiempos en que nuestro país era uno de los tantos escenarios donde las potencias libraban la guerra que no podían hacerse directamente, a riesgo de una mutua destrucción.

Lo cierto es que se establece un vínculo de confianza –Graiver se reúne en más de una ocasión con Roberto "el Negro" Quieto, de la conducción de Montoneros- que llevará a que, en 1975, la organización decida confiarle el manejo de 14 millones de dólares. Era la última cuota del rescate acordado con los Born.


Los hermanos Jorge y Juan Born durante su largo secuestro por Montoneros

La historia de ese traspaso del botín es de película (y así la cuenta Gasparini). Con Ginebra (Suiza) como locación. Valijas repletas de billetes pasaron de manos de los representantes de la multinacional Bunge & Born a las de dos cuadros montoneros que, bajo nombres falsos, las depositaron en dos cuentas de bancos diferentes.

Cuando se presentó una dificultad en el "trámite" –los bancos se negaban a transferir luego los fondos a otras cuentas-, David Graiver llamó al delegado del Mossad en la embajada de Israel en Argentina y ese servicio de inteligencia se encargó de resolver el problema: los 14 millones fueron transportados por vía aérea a Nueva York, la ciudad en la cual en mayo del 75 David Graiver había decidido instalarse a medida que la renuncia de Gelbard –unos tres meses después de la muerte de Perón- y otros acontecimientos le hicieron presentir que el ambiente se enturbiaría en la Argentina. Allí había comprado el Century National Bank; la expansión no se detenía.

Pero los verdaderos problemas para Graiver empezaron cuando intenta adquirir un segundo banco estadounidense, el American Bank and Trust (ABT), y la Reserva Federal pone entonces la lupa en él y en sus negocios.

De hecho, cuando se produce el accidente, Graiver llevaba once meses en ese trámite. Algo inhabitual. Por un lado, la vigilancia del Tesoro americano no le daba la luz verde para la adquisición pese a los infinitos avales y llamados de recomendación –de pesos pesados como Nelson Rockefeller o Cyrus Vance– por el otro, en la Argentina, el cerco se cerraba sobre sus amigos clandestinos con y podía trascender de un momento al otro que había estado moviendo dinero mal habido.


Juan Gasparini, autor de “David Graiver, el banquero de los Montoneros”

De los 28.500.000 dólares que costaron inicialmente los títulos de los bancos –explica Gasparini- 16.825.000 de los CNB y ABT provenían de los fondos que Montoneros había obtenido del secuestro de los Born y de Henrich Franz Metz, de la Mercedes Benz y que luego había "invertido" en el grupo Graiver.

Según Gasparini, la CIA vetaba a Graiver, pero sin dar razones. Inclusive, dice, la Reserva Federal había puesto plazo a la Compañía: septiembre de 1976. Si para entonces no aparecían las pruebas contra Graiver, "con balances del ABT y del CNB en regla, iba a dar luz verde".

Al parecer, ya el coronel Roberto Rualdes, del batallón 601, Servicio de Inteligencia del Ejército Argentino, había pasado el dato a la Inteligencia estadounidense: Graiver administraba fondos de la "subversión".

Todo esto abona la teoría de que la CIA decidió cortar la carrera meteórica de Graiver ante lo que consideró un desafío, una burla en sus propias narices.

"La CIA decidió la ejecución, tomando los recaudos de realizarla fuera de los Estados Unidos. Y disfrazarla de accidente", sostiene Gasparini.

Graiver acostumbraba viajar a México todos los fines de semana donde estaban instaladas su esposa y su pequeña hija, a la espera de que se le otorgase a la familia la residencia en USA. Cuando su jornada de trabajo se extendía demasiado y no llegaba a tomar el vuelo de línea, contrataba un avión de la empresa Hansa, de Houston, Texas. Aquel viernes de agosto del 76, voló en un Falcon birreactor, matrícula N-888-AR, piloteado por el capitán Michael Bann y el copiloto Kevin Barnes, que también murieron en el accidente.


Lidia Papaleo, viuda de David Graiver

La tesis de Gasparini es que el sabotaje se produjo en la famosa escala de Houston, en la cual según algunos Graiver se habría bajado. El avión permaneció 47 minutos en el aeropuerto y hasta fue llevado a hangares, previo descenso de la tripulación y del único pasajero, para una supuesta revisión. Allí se habrían remplazado los altímetros por otros, saboteados, para confundir al piloto e impedir un descenso seguro.

Intereses millonarios

Graiver aplicó a los montoneros el mismo método que a todos sus clientes –o víctimas-: los convencía de entregarles sus fondos y se aseguraba de que no pudiesen recuperarlos. Pagaba los intereses, mientras las cosas marchaban bien. Pero si algo salía mal, sería imposible para los damnificados resarcirse de las pérdidas. "Graiver era un financista, si cedía plata era para ganar más", dice Gasparini.

Por varios meses, la organización político militar cobró mensualmente 196.300 dólares mensuales de intereses por su "inversión" de casi 17 millones. Caído Graiver, se hizo evidente que el grupo –o, mejor dicho, el sistema- no sobreviviría sin él. Su estilo de conducción era muy centralizado, pero además el tipo de tejemanejes que hacía requería discreción; tanta, que pocos conocían el dispositivo completo.

Vale un paréntesis para preguntarse por qué una organización millonaria como Montoneros enviaba a sus militantes a operaciones suicidas como el copamiento del cuartel de Formosa para recuperar un puñado de fusiles que podían haber comprado o por qué dejaron a tantos "camaradas" a la intemperie durante lo más duro de la represión cuando la clandestinidad forzaba a muchos a dejar casa y trabajo…

Documento incluido en el anexo del libro de Gasparini

La bicicleta de Graiver consistía en prestarse a sí mismo, haciendo que el ABT otorgase créditos a empresas de su propio grupo. Así se apropiaba de los fondos de los clientes que se ponían en sus manos.

Cuando en Wall Street cayeron en la cuenta era algo tarde y los bancos de Graiver protagonizaron una quiebra cuyo costo fue de 40 millones.

El antes citado fiscal del distrito de Manhattan, Robert Morgenthau, fue quien inició la investigación para descubrir que casi al 90 por ciento de los créditos del ABT tenían por destino trece sociedades ficticias de Graiver. El ABT quebró el 16 de septiembre de 1976.

La viuda de Graiver, Lidia Papaleo, su hermano Isidoro, sus propios padres y varios de sus más cercanos colaboradores serían otras víctimas de esta caída cuando, tras la muerte del banquero, regresaron a Buenos Aires con la intención de salvar lo más posible de su patrimonio. Una decisión temeraria, sobre todo por parte de quien, como la viuda, conocía el secreto más comprometedor de Graiver.

Pero el deal con Montoneros no fue el único ni el primer obstáculo: primero, la dictadura –según Gasparini, a instancias de Alfredo Martínez de Hoz- había decidido que le convenía controlar Papel Prensa para mejorar, a través de una prensa amiga, su imagen en los medios. Forzaron entonces a los Graiver –negándoles el apoyo estatal que necesitaban para salvar la empresa- a ceder sus acciones a los diarios Clarín, La Nación y La Razón.

Gasparini recuerda que esto no era nuevo: Martínez de Hoz reeditaba el método por el cual Gelbard había favorecido la compra de Papel Prensa en 1973 por su protegido David Graiver, tras quitársela al Grupo Civita.

Por otro lado, los militares habían capturado a algunos de los miembros de la organización que conocían el secreto de la relación con Graiver. Vieron una oportunidad para capturar un botín –o lo que quedara de él- denunciando la conexión Gelbard-Graiver-Montoneros. Lidia Papaleo, los demás miembros de la familia, incluyendo los padres de David Graiver, y varios empleados del grupo, una veintena en total, fueron detenidos ilegalmente y llevados a Pozo de Banfield, un centro clandestino de detención, donde fueron sometidos a tormentos para obligarlos a revelar, entre otras cosas, el destino del dinero de Montoneros.


La edición del 22 de abril de 1977 de la revista Somos. Con la familia Graiver encarcelada, la dictadura expone la trama: Graiver, Gelbard, Quieto

Para evitar problemas futuros, Graiver había puesto un "cortafuego" legal entre él y Montoneros, mediante una ingeniería de empresas y prestanombres para no quedar vinculado él mismo a la maniobra.

Todavía Montoneros era una organización poderosa pero no por mucho tiempo más. La dictadura ponía en marcha su plan de aniquilamiento, muy bien servido por la propia conducción nacional que no tomó ninguna medida preventiva sino que puso el cuerpo –el de sus militantes- en una lucha desigual y suicida.

La hipótesis de Gasparini es que la CIA decidió eliminar a Graiver a instancias de la dictadura argentina. Es posible que sectores del establishment norteamericano hayan querido escarmentar en la persona del banquero argentino a futuros osados. En todo caso, si esto fue así, lo habrán hecho por sus razones y no por las de terceros.

Graiver jugaba con fuego y desafiaba a interlocutores que no estaban para bromas. Gente que no puede permitir que se la tome por tonta.


Documento incluido en el anexo del libro de Gasparini

Para su viuda, la muerte de Graiver fue un asesinato. Desde los conflictos presentes, Lidia Papaleo dice que fue por lo de Papel Prensa. Pero el repaso de los acontecimientos no respaldaría esa versión.

Su hermano, Osvaldo Papaleo, que estaba en prisión cuando se produjo el accidente aéreo de su cuñado, dice, ante la consulta de Infobae, que se encuentra "más cerca ahora de la tesis del atentado", aunque advierte que "charlar de algo que pasó hace 40 años es más de opinólogo que otra cosa". No leyó el libro de Bonasso, aunque sabe de qué se trata. Sobre la trama, concede que, "para vender libros, es lícito el argumento".

En efecto, una vida y una desaparición dignas de un thriller político. De hecho, siendo de no ficción, el libro de Juan Gasparini también se lee como una atrapante novela de intriga.

¿Quiso Bonasso poner solamente un anzuelo para el lector o verdaderamente cree que Graiver vive y que, como postula en el libro, fue reciclado por uno de los poderes a los cuales sirvió en su vida anterior?



"En principio está logrando tener mucho suceso como novela –se congratula el autor-. Lo cual no significa que no haya cosas terribles que prefiguraban incluso, en 1989, el horror al que está llegando México hoy".

"A diferencia del 'Graiver' de mi novela, Morgenthau decía que estaba vivo en sentido acusatorio. Se fugó porque hizo un desfalco, se quedó con la guita. Está vivo. Pero lo dijo muy categórico. Morgenthau no era cualquiera, tenía peso político, era un fiscal de relieve. Hay notas de aquella época, en Siete Días por ejemplo, que lo ubicaban en Cuba, en Israel… Más o menos como en el caso de Yabrán. Pero de Yabrán estoy categóricamente seguro de que murió. De Graiver, no".

"Gasparini, dice Bonasso, que ha escrito ya dos versiones de Graiver, con buena información, me critica por falsear datos de personajes reales. No es así, es tomar hechos reales para contar otra cosa, para hacer una novela. Hay cosas que el novelista cambia; si no, no sería una novela, sería una biografía no autorizada. Categóricamente es una novela. Por eso el personajes se llama Goldberg y no Graiver".

—Pero, en definitiva, ¿usted tiene sospecha, íntima convicción o certeza de que está vivo?

— Yo no tengo ninguna manera de probar que lo dice Ponce Edmondson es cierto o no es cierto, o es un invento de Ponce por razones que ignoro. Pero estoy cumpliendo un poco el paradigma de esa charla que está en el libro cuando El hombre que sabía morir, dice "hay que tratar de que lo verdadero parezca falso y lo falso parezca verdadero". Y agrega groseramente, perdón, "así los jodemos a todos". Hay una intención irónica, de despiste y de generar una intriga.

— La tesis sobre quiénes lo protegieron y en qué se convirtió después, que es la trama de su libro, ¿es lo que usted cree que pudo haber pasado?

— Sí. Bueno, es un poco el fin de Gelbard, por eso aparece como personaje en el libro. Gelbard es un personaje importante en el libro.

— ¿Gelbard era un hombre de los soviéticos?

— Sí, sí. Pero era más complejo que eso. A mí la organización (Montoneros) me mandó a tomar contacto con Gelbard y yo me hice amigo de él. Fuimos a Moscú en el viaje famoso del 74, y me contó muchas cosas en el avón y yo dije bueno, no hay duda. Pero Juan Carlos Argañaraz, corresponsal de Clarín en Madrid, me dijo "es curioso porque es un tipo pro ruso pero es un patriota". Y sí, su participación en el gobierno peronista es muy clara y muy correcta. Fue leal a su clase. Fue un gran constructor de la burguesía nacional. Por eso sospecho que no murió de muerte natural.


José Ber Gelbard junto a Leonid Brezhnev, jefe de Estado soviético, durante una gira por la URSS (mayo de 1974)

— En el caso de Graiver, esté o no vivo, ¿tiene la convicción de que fue un atentado?

— Ah, eso sí, categóricamente.

— ¿Usted conoció a David Graiver?

— Sí, por supuesto. Entre otras cosas porque Graiver fue avalista de Timerman, en La Opinión y yo estuve entre los primeros secretarios de redacción del diario. Jacobo me lo presentó personalmente. Después lo vi varias otras veces. (…) Lo hago quedar bien en mi libro.

— ¿Cómo era?

— Un tipo muy audaz y con datos también oscuros, obviamente. No se llega a hacer 300 millones de dólares bajo la luz de un poderoso reflector… Y siendo tan joven.

lunes, 13 de noviembre de 2017

Guevara y su ajusticiamiento: El principio de la invasión cubana a Latinoamérica

La historia detrás de la última foto del Che vivo

Por Juan Bautista Yofre | Infobae




El encuentro –a pedido mío- con el cubano-norteamericano Félix Ismael Fernando José Rodríguez fue hace solo unos pocos meses. Se sentó a mi izquierda y enfrente nos observaban un ex alto miembro del Departamento América del Partido Comunista Cubano y un conocido intelectual cubano. Al finalizar el almuerzo, intercambiamos algunos presentes. Le di mi primera versión de Fue Cuba. Él, sus memorias (Guerrero de las sombras) sobre sus actividades dentro de la CIA, y una foto en cuyo epígrafe escribió que, tras la caída de Ernesto Guevara, "se cambio un poco la historia del mundo a nuestro favor".

Cuando leí la amable dedicatoria que me escribió Don Félix al pie de la última foto del Che vivo, intenté decirle que para los argentinos la historia no cambió "un poco", porque ese hombre con aspecto de linyera que el "capitán Ramos" (Félix Rodríguez) pretendió llevar a Panamá y los bolivianos se lo impidieron había prendido la mecha. Con los años aprendí a mantener silencio y no dar el aspecto de un argentino "guarango" como nos supo retratar José Ortega y Gasset en Intimidades (septiembre de 1929).

Antes de que el prisionero fuese fusilado -a las 13.10 del 9 de octubre de 1967-, Don Félix fue el último en conversar (aclaró: no interrogar) durante una hora y media con lo que quedaba de Ernesto "Che" Guevara de la Serna. El jefe guerrillero era un despojo viviente, abandonado a su suerte por Fidel y Raúl Castro, Carlos Rafael Rodríguez y sus camaradas. Ya no era el altanero que repartía "aspirinas" (condenas de  fusilamiento) en La Cabaña mientras se fumaba un puro o daba lecciones a unos incautos sobre cómo hacer la revolución en la Argentina en 1960 (durante la presidencia constitucional de Arturo Frondizi). Ni qué decir de su manifiesta altivez y su discurso provocador en las Naciones Unidas (17 de diciembre de 1964)  o en Argel (24 de febrero de 1965) que lo condena al ostracismo y la pérdida de la nacionalidad cubana.


El Che, increíble inútil, habla ante la ONU en 1964

Tampoco se lo veía seguro como cuando teledirigía desde Cuba la "Operación Penélope", en Orán, Salta) cuyo jefe era el "comandante Segundo", Jorge Ricardo Masetti, y que produjo el primer héroe argentino en la guerra contra el castro-comunismo, el gendarme Juan Adolfo Romero, en manos del capitán cubano Hermes Peña (hombre de la intimidad de Guevara). Fue el 18 de abril de 1964 en pleno mandato constitucional de Arturo Illia. No en vano, mientras los políticos en general solían mirar para otro lado, el jefe de la Gendarmería dijo: "Éste es el primer paso de la guerra revolucionaria. No es un hecho aislado."

A los pocos meses del ajusticiamiento de Ernesto Guevara, el 31 de julio de 1967, se inauguraban en La Habana las sesiones de la Organización Latinoamericana de Solidaridad (OLAS) bajo la "presidencia honoraria" del Che. Faltaba poco para que en la Argentina se abrieran las puertas a la violencia extrema dentro del mundo de la Guerra Fría. El Ejército Argentino, a cuyos integrantes Guevara trataba de "mercenarios", y que se debía eliminar, consideró en su momento que "fue la primera vez que el comunismo internacional realizó un acto de esta magnitud, contra el mundo no comunista, con una clara intención de expansionismo ideológico y geopolítico" (documento en mi archivo). El análisis castrense se olvidó de Venezuela, República Dominicana y Perú, entre otros países. Al margen de las jornadas de la OLAS varios argentinos fueron conformando en los campos de entrenamiento cubanos ("PETI", "preparación especial a tropas irregulares") el Ejército de Liberación Nacional (ELN) que iba a apoyar la guerrilla guevarista. Al morir su jefe en Bolivia sus 180 miembros adelantaron los tiempos de "guerra popular prolongada" y comenzaron a regresar a la Argentina vía La Habana-Praga-Buenos Aires. Nunca pensaron que la muerte del comandante Guevara habría de cambiar "un poco" la historia, como me escribió Don Félix.


Foto de Keystone (Getty Images)

No formaban un cuerpo homogéneo pero todos coincidían en el mismo objetivo: la toma del poder y hacer de la Argentina "una nueva Cuba". Así lo expresó Marcos Osatinsky, quien sería jefe de las FAR (ficha del 19 de abril de 1967, escrito por la agente de la Inteligencia Klimplová, reportando un contacto en el aeropuerto de Praga en el marco de la "Operación Manuel").  El 31 de mayo de 1968, Fernando Luis Abal Medina ("Ricardo Roque Suárez") y Esther Norma Arrostito ("Ana María Cruz Sandoval"), "esposa", pasaron por Praga con pasaportes cubanos falsos. La ficha la realizó el Mayor Dyk: "Brevemente después de su llegada fue establecido el contacto con el grupo. Después de la verificación vimos que podían continuar el viaje el mismo día. Por lo tanto, fueron conducidos al restorán para tomar un refresco. Se les cambió el dinero, se realizó la compra de los pasajes por tren a Viena con reservas de asientos". Junto con estos pasaron por Ruzyne (actual Aeropuerto Internacional "Václav Havel") decenas y decenas de futuros jefes terroristas. Así en los archivos de la Inteligencia checoslovaca (y señalados en Fue Cuba).

 Todos los jefes guerrilleros llevaban en sus mochilas el “huevo de la serpiente” inoculado por la memoria de Guevara
En pleno mandato de facto del teniente general Juan Carlos Onganía, 1969 fue el año del inicio de la guerra revolucionaria: el 26 de junio de 1969 realizaron la "Operación Juanita" (quema de 14 supermercados Minimax). El 30 de junio asesinaron al dirigente sindical Augusto Timoteo Vandor y al año siguiente, "la hora de las armas", tras el secuestro y asesinato del presidente de facto Pedro Eugenio Aramburu, salían a la superficie Montoneros, FAR y el Ejército Revolucionario del Pueblo. Todos los jefes guerrilleros llevaban en sus mochilas el "huevo de la serpiente" inoculado por la memoria de Guevara. Todos creían que estaban dadas las "condiciones objetivas" de las que hablaba el "Che". El único que nunca creyó eso fue Juan Domingo Perón (aunque los utilizó).

El 7 de julio de 1968 durante una conversación con jóvenes (cuya grabación poseo) les dijo: En Cuba "luchaban contra un ejército que era cualquier cosa menos un ejército. Mandaban un general y le daban 10.000 dólares y entregaba todo. Eso era Jauja…allá  no. En nuestros países no. En nuestros países hay una fuerza militar organizada, que sabe luchar, que va a luchar, etc. Y hasta que esa disciplina no se rompa, es difícil voltear ese muro, diremos así." El viejo General les habló pero no lo escucharon. No eran tiempos para recibir consejos.