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sábado, 27 de mayo de 2017

Guerra antisubversiva: Salen a luz los decretos antiterroristas secretos de Perón

El decreto secreto en el que Perón acusó a la "subversión armada" de atacar la democracia "pluripartidista" y ordenó enfrentarla
Fechado en abril de 1974 y desclasificado hoy por el gobierno junto a otro de Isabel Martínez, en él se habla de "conflicto grave" y se dispone elaborar un plan para "eliminar las acciones subversivas violentas y no violentas"

Por Claudia Peiró | Infobae



El decreto secreto por el cual Perón dispone un combate integral contra la subversión armada

"El Estado argentino enfrenta la subversión armada de grupos radicalizados que buscan la toma del poder para modificar el sistema de vida democrático pluripartidista. Firmado: Juan Perón".

En uno de sus últimos actos -murió el 1º de julio de 1974- el entonces Presidente de la Nación comunica la aprobación de "las Directivas para los Conflictos graves nº1 denominado 'Topo' y nº 2 denominado 'Yacaré'". El conflicto grave nº 1 es el que corresponde a la definición del párrafo anterior: el desafío que representaba para el Estado argentino el accionar armado de organizaciones que operaban en el país y que no habían depuesto las armas tras el fin de la dictadura de Lanusse (mayo de 1973).

El decreto secreto nº 1.302, que el actual gobierno ha decidido desclasificar, llevaba la firma de Perón y de su ministro de Defensa, Angel Federico Robledo, e iba destinado a los ministros del Gabinete nacional, al Secretario de Informaciones de Estado, a los Comandantes Generales, al Subsecretario de Planeamiento para la Defensa y al Jefe de Estado Mayor Conjunto.


Los dos decretos presidenciales secretos que el Gobierno dispuso desclasificar

Es un documento histórico de gran importancia porque revela la opinión que tenía el entonces Presidente sobre las organizaciones armadas y su intención de combatir a la subversión con la ley y de un modo integral, no puramente militar.

En el Anexo I del decreto (texto completo en PDF adjunto), titulado "Directiva para el Planeamiento correspondiente al conflicto grave nº 1 Topo", se fija el objetivo: "Eliminar las acciones subversivas violentas y no violentas, las causas que las provocan y consolidar espiritual y materialmente al régimen democrático como ámbito de realización integral del hombre".

La misión encomendada al "equipo interministerial coordinado por el Ministerio del Interior" -a cargo de Benito Llambí– fue la de "elaborar un Plan plurisectorial que prevea acciones sobre la violencia, sobre sus causas y que tienda a fortalecer los valores del sistema democrático".

 El decreto ratifica la opinión lapidaria que tenía Perón sobre los grupos que, a más de un año de reinstaurada la democracia, seguían perpetrando atentados violentos
Explícitamente se menciona a las carteras de Justicia, Economía, Bienestar Social, Cultura y Educación, Trabajo y Defensa como responsables de planificar "una estrategia nacional para superar el conflicto".

Este decreto ratifica la opinión lapidaria que tenía el Presidente de la Nación a esa altura de los acontecimientos sobre los grupos que, a más de un año de reinstaurada la democracia y la vigencia de la Constitución, seguían perpetrando atentados violentos.

El contexto histórico y político de este decreto

Luego del breve interregno camporista (del 11 de marzo al 13 de julio de 1973), se convocó nuevamente a elecciones, esta vez sin la proscripción de Perón, que el 23 de septiembre obtuvo el 62 por ciento de los votos y asumió la presidencia el 12 de octubre.


Perón junto a su esposa Isabel, una copera (escort) que encontró en un prostíbulo de Panamá. Asumió su tercera presidencia el 12 de octubre de 1973, tras ganar las elecciones con el 62 por ciento de los votos

Poco después, y luego de que en enero de 1974 el grupo armado trotskista PRT-ERP (Partido Revolucionario de los Trabajadores – Ejército Revolucionario del Pueblo) asaltara el cuartel militar de Azul (provincia de Buenos Aires), Perón envió al Congreso un proyecto de reforma del Código Penal para endurecer las leyes contra las acciones insurgentes. Esto generó resistencia y críticas de un grupo de diputados ligados a Montoneros.

Perón los convocó a Olivos para reprenderlos, y en público, puesto que hizo transmitir la reunión por TV. Más adelante, el 1º de Mayo de 1974, rompería con Montoneros en la Plaza, por lo que este encuentro fue la antesala de lo que siguió. No obstante, y por cuerda separada, envió emisarios para tratar de disuadirlos de continuar la lucha armada, como lo han relatado varios testigos y protagonistas de la época (1). Una oportunidad que fue desaprovechada por la jefatura de la organización.

Un decreto que contradice el relato

Por mucho tiempo, y en especial al compás de la instalación del "relato" en los últimos años, los Montoneros, sus simpatizantes y sus herederos o continuadores por otros medios se dedicaron a dar una versión edulcorada del carácter y las finalidades de la organización: no habría sido una guerrilla que buscaba la toma del poder por el atajo de la lucha armada -los votos les eran muy esquivos como lo demostró el magro 5% obtenido por Montoneros con el sello Partido Peronista Auténtico en abril de 1975 en la elección provincial de Misiones-; tampoco habría sido un grupo insurrecto que quería instaurar alguna forma de dictadura socialista -inspirados en especial por el modelo cubano-, sino casi una organización de autodefensa frente a gobiernos de facto y que sólo buscaba la vuelta a la democracia.

 El decreto desmiente una versión benévola y edulcorada de los objetivos de la guerrilla
Es esa visión benévola la que este decreto desmiente. Para el tres veces Presidente constitucional de los argentinos, la subversión armada buscaba "la toma del poder para modificar el sistema de vida democrático pluripartidista". El Estado argentino debía defenderse.

José Ignacio Rucci, secretario general de la CGT y uno de los más estrechos colaboradores  de Perón, había sido asesinado por Montoneros el 25 de septiembre de 1973; un hecho que llenó de dolor y rabia al Presidente y que, en opinión de su entorno, lo afectó al punto de acortarle la vida.



José Ignacio Rucci junto a sus hijos. El secretario general de la CGT, un hombre clave en el dispositivo de conducción de Perón, fue asesinado por Montoneros el 25 de septiembre de 1973

Ante los diputados que se negaban a votar sus reformas al Código Penal, Perón aludió a ese asesinato: "¿Nos vamos a dejar matar? Lo mataron al secretario general de la Confederación General del Trabajo, están asesinando alevosamente y nosotros con los brazos cruzados porque no tenemos una ley para reprimirlos".

En este ambiente ya caldeado, el ataque al Regimiento de Caballería Blindada de Azul por el ERP resultó una clara provocación y un desafío a la autoridad del Estado que el Presidente no podía dejar pasar.

 Aniquilar cuanto antes este terrorismo criminal es una tarea que compete a todos (Perón)
"Hechos de esta naturaleza evidencian elocuentemente el grado de peligrosidad y audacia de los grupos terroristas que vienen operando en la provincia de Buenos Aires ante la evidente desaprensión de sus autoridades", dijo Perón al hablar esa misma noche en televisión, y en obvia referencia al gobierno camporista de Oscar Bidegain, que renunciaría como consecuencia de este comentario.

El Presidente eligió aparecer con su traje de teniente general para darle más fuerza al mensaje emitido aquel domingo 20 de enero a las 9 de la noche, al día siguiente del ataque guerrillero. "Aniquilar cuanto antes este terrorismo criminal es una tarea que compete a todos", dijo.

Advertencias que fueron desoídas

Las reformas al Código Penal enviadas al Congreso incluían cambios en la figura de la asociación ilícita y un agravamiento de las penas para la tenencia de armas de guerra.

Los votos de los ocho diputados montoneros no eran necesarios para aprobarlas, por lo que cabe suponer que Perón los convocó con el fin de dar un mensaje de condena a la lucha armada, de advertencia, y también para darles una oportunidad. "Toda esta discusión debe hacerse en el bloque. Y cuando éste decida por votación lo que fuere, ésta debe ser palabra santa para todos (…); de lo contrario, se van del bloque. (…) Por perder un voto no nos vamos a poner tristes".



Perón y el encuentro con el líder de la oposición, Ricardo Balbín (UCR) en su intento de consolidar la reconciliación y unidad de los argentinos

Y agregó: "Con lo que acabamos de ver, que una banda de asaltantes invoca cuestiones ideológicas o políticas para cometer un crimen, ¿vamos a pensar que eso lo justifica? ¡No! Un crimen es un crimen, cualquiera sea el pensamiento o el sentimiento o la pasión que impulse al criminal".

Premonitoriamente, advirtió que había dos caminos para combatir la subversión: dentro o fuera de la ley. Y que el gobierno no quería ponerse al mismo nivel que los insurgentes optando por la segunda alternativa.

"Queremos seguir actuando dentro de la ley -fueron sus palabras- y para no salir de ella necesitamos que la ley sea tan fuerte como para impedir esos males. Ahora bien: si nosotros no tenemos en cuenta a la ley, en una semana se termina todo esto, porque formo una fuerza suficiente, lo voy a buscar a usted y lo mato, que es lo que hacen ellos. De esa manera, vamos a la ley de la selva (…). Necesitamos esa ley, porque la República está indefensa".

Lo que también revelan el decreto secreto y su Anexo es que Perón no pensaba limitar su estrategia a lo penal. El hecho de apelar a todo el gabinete, hablar de "causas" de la violencia y de "consolidar espiritual y materialmente al régimen democrático" demuestra que se proponía dar un combate integral y especialmente en el plano de las ideas. "El Plan Militar sólo será puesto en ejecución por orden expresa del Poder Ejecutivo", dice el punto 7.b del Anexo.

El plan que debía elaborar el gabinete sería "elevado al Poder Ejecutivo antes del 15 de agosto de 1974". La muerte de Perón sobrevino un mes y medio antes.

El decreto secreto 993/75 que firma Isabel Perón un año más tarde dispone, visto el resultado de las tareas desarrolladas por el Equipo de Planeamiento n°2, en cumplimiento de lo dispuesto [por] el decreto secreto 1302/74" [el de Perón], poner "en vigor la Directiva General de Planeamiento". Esta vez, la coordinación está en manos del Ministro de Defensa.



Impresentable: de la cama al poder. Isabel Perón firmó el decreto secreto 993/75, continuación del anterior 

Sucede que, aun después de los contactos con Perón en el 74, lejos de modificar su postura, la guerrilla acentuó la política que la llevaría a un mayor aislamiento y facilitaría su exterminio tras el derrocamiento de Isabel. El 24 de enero de 1974, los ocho diputados renunciaron a sus bancas y el 6 de septiembre de ese año Montoneros pasó a la clandestinidad; una estrategia que contribuyó a pavimentar el camino hacia la opción del combate "fuera de la ley", como Perón les había advertido.

Última revelación importante de estas desclasificaciones: la represión ilegal no puede de ninguna manera encontrar avales en estos decretos secretos.

Quienes condujeron y ejecutaron esa "guerra sucia" están rindiendo cuentas ante la justicia.

Los jefes guerrilleros responsables de haber contribuido sustantivamente a frustrar una ocasión histórica de reencuentro de los argentinos y de plena democracia, declarando la guerra a gobiernos constitucionales de grandes mayorías están a resguardo de toda persecución penal. Pero la historia no los absolverá.


(1) José Amorín en "Montoneros, la buena historia" y Carlos Chango Funes en "Perón y la guerra sucia", entre otros.

LOS DECRETOS SECRETOS DESCLASIFICADOS



viernes, 26 de mayo de 2017

Guerra Antisubversiva: El arrepentimiento de un Montonero

Carta abierta de un sobreviviente de los 70 a un mito
Es necesario comenzar a demoler mitos y hablar honestamente sobre nuestro pasado, no sea cosa que terminemos repitiendo los mismos errores y nos encontremos en un futuro lamentando nuevas muertes de un enfrentamiento sin sentido que ha sido peligrosamente reavivado en los últimos años.

Por Marcelo Vagni | Infobae



El escritor y terrorista Rodolfo Walsh

Don Rodolfo, le cuento que la carta que usted escribió a la Junta Militar el 24 de marzo de 1977, al cumplirse un año del golpe militar, se ha vuelto muy conocida y hasta se enseña en los colegios secundarios. Esto, aunque usted no lo pueda creer, no es producto del triunfo de la revolución socialista. No. Muy por el contrario, aunque esto lo va a sorprender más aún, no sólo dicha revolución jamás triunfó en la Argentina, sino que hasta la mismísima Unión Soviética capituló y dejó de existir hace más de 25 años. En esta época, hasta Rusia y China son capitalistas. El Pacto de Varsovia se disolvió. El muro de Berlín fue derrumbado y Alemania se ha reunificado; obviamente la que dejó de existir fue Alemania Democrática. Contrariamente a la proclamada "irreversibilidad del proceso revolucionario mundial", el mundo finalmente no terminó siendo comunista. Aunque no pueda creerlo, hasta en Vietnam, que en la época de su muerte acababa de ganar la guerra contra Estados Unidos (1975), hoy están radicadas las multinacionales norteamericanas, y las zapatillas Nike, unas que usted no llegó a conocer pero que son tan importantes como las alemanas de las tres tiras, se fabrican allí.

Cuando usted escribió su famosa carta, yo tenía 16 años y me encontraba preso en la cárcel de Devoto a disposición del Poder Ejecutivo Nacional. La dictadura me había secuestrado, torturado y finalmente encarcelado. Fui secuestrado en mi casa el 19 de enero de 1977 y permanecí detenido hasta el 17 de junio del mismo año. Detenido desaparecido a los 15 años y puesto a disposición del PEN a los 16, me convertí en el preso político más joven de la historia argentina.

Pero, claro, eso lo logré gracias a que no le hice caso a usted y su hija, que promovían suicidarse para no "caer vivos", ya sea tomándose la pastilla de cianuro como su amigo Paco Urondo, según usted mismo relata, tiroteándose sin ninguna posibilidad de éxito como usted, o pegándose un tiro en la cabeza como su hija Vicki.

Como en esta época la verdad carece de mayor valoración y la gente dice cosas sin justificar de dónde las saca, un amigo, periodista como usted, me recomienda que ponga entre comillas a qué me refiero cuando opino de sus dichos, así que me tomaré este trabajo, aunque a mí particularmente me resulte tedioso.

Walsh: "Mi hija no estaba dispuesta a entregarse con vida. Era una decisión madurada, razonada… Llevaba siempre encima una pastilla de cianuro, la misma con la que se mató nuestro amigo Paco Urondo… He visto la escena con sus ojos… Me ha llegado el testimonio de uno de esos hombres, un conscripto… 'De pronto, dice el soldado, hubo silencio. La muchacha dejó la metralleta… Empezó a hablarnos en voz alta pero muy tranquila. No recuerdo todo lo que nos dijo. 'Ustedes no nos matan', dijo el hombre, 'nosotros elegimos morir'. Entonces se llevaron una pistola a la sien y se mataron enfrente de todos nosotros'".

Le tengo que decir que hace pocos días compré un diario en un quiosco que reproduce la carta que usted escribió a propósito de la muerte de su hija con el título de "Carta a mis amigos" y no puedo más que acompañarlo en el profundo dolor que este hecho debe producir. Terrible.

Pero, don Rodolfo, voy a tener que refutarlo en este punto de promover la conducta de no entregarse vivo y morir heroicamente suicidado que usted alienta en dicha carta.

Walsh: "Me he preguntado si mi hija, si todos los que mueren como ella tenían otro camino… Vicki pudo elegir otros caminos que eran distintos sin ser deshonrosos, pero el que eligió era el más justo, el más generoso, el más razonado".

¿Sabe qué, don Rodolfo? Yo tenía 15 años cuando caí preso, era militante, me torturaron, no canté a nadie, después fui preso, finalmente me liberaron, seguí mi vida. Tengo dos hijos, hice muchísimas cosas en mi vida y hasta fui feliz. Estoy acá escribiendo estas líneas a más de 40 años de mi detención a manos del Batallón 601 de Operaciones del Ejército. Mis hijos hermosos son prueba de lo que digo.

Suicidarme no era ni más justo ni más generoso, ni mucho menos razonado. No era mejor que me matase en el momento de la detención como usted proponía. Vivir siempre es mejor que morir. Lástima que usted jamás supo ni pudo decirle esto a los jóvenes, ya que usted es producto de una época en que se promovió la guerra, y su lamentable lógica e irremediable consecuencia: la muerte.

¿Sabe, don Rodolfo? Recientemente, llegando a casa, pasé por donde hoy funciona un espacio de derechos humanos en lo que fue un centro de detención clandestino, y allí un grupo de jóvenes, muy jóvenes, en un acto cortaban la calle y entonaban viejas consignas, tal vez hoy dichas de manera muy distinta a cuando se cantaban en su época. "Montoneros: patria o muerte" escuché nuevamente cantar a viva voz. Y me pregunté: ¿De la muerte de quién estarán hablando estos chicos? ¿De la de ellos mismos? ¿O de quienes piensan matar?

¿Será que los miles de militares y civiles asesinados por la guerrilla, que los millones de argentinos que vieron su vida alterada por estos sucesos y que los 30 mil desaparecidos que llegó a haber en la Argentina no han sido suficientes para que aprendamos la lección?

Haberme cruzado a los chicos cantando consignas de Montoneros y que pueda comprarse en un kiosco el periódico que reproduce su carta de apología del suicidio heroico con la misma facilidad con que se compra un helado en una heladería son dos hechos que me han decidido finalmente a escribirle estas líneas. No sea cosa que terminemos repitiendo los mismos errores y nos encontremos en un futuro lamentando las nuevas muertes de un enfrentamiento sin sentido que tiene que ser claramente condenado y que ha sido peligrosamente reavivado por el relato en los últimos años.

Para esto, don Rodolfo, disculpe, pero hay que empezar demoliendo mitos. Como el suyo, buscando una mirada que comprenda lo que nos pasó.

martes, 23 de mayo de 2017

G6D: 50 años de la victoria israelí

Seis días de guerra, 50 años de ocupación
Israel sigue ocupando tierras palestinas 50 años después de su guerra de seis días
Israel se ha vuelto poderoso y rico, pero no ha encontrado la paz con los palestinos-ni con sí mismo, dice Anton La Guardia

The Economist



EN EL PRINCIPIO destruyeron la fuerza aérea de Egipto en el suelo y derribaron los aviones de Jordania, Irak y Siria. Eso fue el lunes. Luego rompieron las masivas defensas de Egipto en el Sinaí. Eso fue el martes. Luego, tomaron la antigua ciudad de Jerusalén y oraron. Eso fue miércoles. Luego llegaron al Canal de Suez. Eso fue jueves. Ascendieron los Altos del Golán. Eso fue viernes. Luego tomaron los picos que daban a la llanura de Damasco. Por la noche, el mundo declaró un alto el fuego. Eso fue sábado. Y el séptimo día descansaron los soldados de Israel.

En sólo seis días de lucha en junio de 1967, Israel creó un nuevo Oriente Medio. Tan rápida y repentina fue su victoria sobre los ejércitos árabes circundantes que algunos vieron la mano de Dios. Muchos habían temido otro Holocausto. En cambio, Israel se convirtió en el mayor poder de la región. El himno de Naomi Shemer, "Jerusalén de Oro", adquirió nuevas líneas después de la guerra: "Hemos regresado a las cisternas / Al mercado y al mercado / Un shofar llama al Monte del Templo en el Viejo Ciudad."
Este es un año de grandes aniversarios en Israel: 120 años desde el Primer Congreso Sionista en Basilea; 100 años desde que la Declaración Balfour prometió a los judíos un hogar nacional; Y 70 años desde que la ONU propuso dividir Palestina en un estado judío y un estado árabe. Pero la conmemoración del medio siglo desde la guerra de seis días será la más intensa.

Este informe especial examinará el legado de ese conflicto. Los territorios que Israel capturó son el tema definitorio de su política y sus relaciones con el mundo; También están en el corazón de los sueños palestinos de la independencia. La guerra de seis días fue la última victoria militar absoluta para Israel y el inicio de una transición de las guerras existenciales contra los Estados árabes, que siempre ganó, para enervar las campañas contra las milicias no estatales que nunca podría borrar. La amenaza de invasión a través de sus fronteras ha desaparecido, pero la violencia dentro de ellos es incesante.

En 1967 las armas occidentales golpearon decisivamente a los soviéticos. Mientras Estados Unidos se alía firmemente con Israel, las divisiones de la guerra fría superaron el conflicto árabe-israelí. Y cuando Charles de Gaulle cambió de lado para alinear a Francia con los árabes en 1968, prohibiendo las ventas de armas a Israel (especialmente de los jets Mirage), sin querer sentó las bases para la floreciente industria de alta tecnología de Israel. Hoy en día es Francia quien compra aviones no tripulados desde Israel.

El asediado refugio de los judíos se convirtió en un mini-imperio, gobernando a millones de palestinos. Fue, en muchos aspectos, una conquista improvisada, "El Imperio Accidental" (el título de un libro de Gershom Gorenberg), pero que ha sufrido. La guerra despertó el irredentismo palestino y el fanatismo israelí, y añadió el intratable poder de la religión a las fuerzas del nacionalismo. El muro que dividió Jerusalén se ha ido, pero Israel ha erigido muchas más barreras que atomizan a la sociedad palestina. Los israelíes se han enriquecido, lo que hace que la miseria de los palestinos sea aún más inquietante. Al unir la antigua tierra de Israel, la victoria ha dividido al pueblo de Israel y ha dilapidado su democracia.




Casamiento a la fuerza

Ese embriagador día de junio de 1967, cuando Levi Eshkol, entonces primer ministro de Israel, escuchó noticias de la captura de Jerusalén, dijo a los colegas del partido: "Nos han dado una buena dote, pero viene con una novia que no nos gusta. Sus palabras resultaron más prescientes de lo que él imaginaba.

Los viejos soldados israelíes todavía cuentan sus historias de la guerra día a día, colina por cuesta. Reuven Gal era comandante de pelotón en la Brigada de Jerusalén, una unidad de reservistas de la ciudad que lucharon al alcance de sus hogares. Después de una batalla para controlar la sede de la ONU el día anterior, el Sr. Gal recuerda avanzar al amanecer del 7 de junio hacia las trincheras jordanas en la colina de Jebel Abu Ghneim. Para su alivio la posición había sido abandonada. Mientras sus hombres descansaban, oyó la señal de radio de Motta Gur, comandante de los paracaidistas que habían entrado en la ciudad amurallada: "Har habayit beyadeinu" (el Monte del Templo está en nuestras manos). A su alrededor, soldados endurecidos lloraban ante la noticia.
Después de la guerra, los israelíes amaban caminar en las antiguas colinas, redescubriendo Hebrón, Elí, Shiloh y más; Para el Sr. Gal, los judíos "se emborracharon" con euforia al tomar las tierras de su ascendencia bíblica. Y él pensó que después de tal derrota los árabes tendrían que demandar para la paz. Se rompe en una canción de la época: "Mañana, cuando el ejército quitarse sus uniformes / Todo esto vendrá mañana, si no hoy / Y si no mañana, entonces al día siguiente."

Pero la paz no llegó. Cada generación de israelíes debe todavía ponerse el uniforme y prepararse para luchar. El Sr. Gal se convirtió en el principal psicólogo del ejército y más tarde en un alto funcionario de seguridad nacional. "Poco sabemos lo que esta victoria militar traería", reflexiona. "Las celebraciones fueron el comienzo de la tragedia de la ocupación. Ha tenido un tremendo impacto en nuestra moralidad, democracia, las almas de nuestros hijos y la pureza de las armas [la moralidad del uso de la fuerza] ".

Los palestinos, por su parte, hablan de su consternación de cómo las tropas jordanas abandonaron la Ciudad Vieja de Jerusalén con apenas una pelea y de su sorpresa al descubrir que los vehículos blindados que rumbo a la ciudad no eran refuerzos iraquíes sino israelíes. En el borde del barrio judío de la ciudad amurallada, Abu Munir al-Mughrabi vive en un pequeño apartamento de un dormitorio que es un museo provisional a la pérdida de la Jerusalén árabe. En su pared de fotos de la ciudad, uno lo muestra como un joven de 25 años con un traje, de pie en medio de los escombros de su barrio, el Barrio de Mughrabi. Fue demolido por Israel inmediatamente después de la captura de la Ciudad Vieja, convirtiendo el callejón frente al Muro Occidental, el lugar más importante de la oración judía, en la amplia plaza que es hoy. Él levanta su mapa dibujado a mano de los edificios desaparecidos y una lista de las 138 familias que fueron despejadas.




Abu Munir había estado en Ammán cuando estalló la guerra. Se deslizó de nuevo a través de la frontera para llegar a Jerusalén justo cuando su casa estaba siendo derribada. Durante un tiempo contrabandeó gente de y hacia Jordania. También contrabandeó armas para Fatah, luego un movimiento militante ascendente, y pasó tiempo en la cárcel.

Su historia ilustra un cambio de mentalidad por parte de los palestinos. En la guerra de 1947-48, cuando Israel fue establecido, los palestinos huyeron o fueron expulsados ​​en masa. Cientos de pueblos fueron destruidos. Por el contrario, en 1967 la mayoría se quedó. "Tuvimos suerte de que fuimos derrotados tan rápido y tan masivamente", dice Ali Jarbawi, ahora profesor de ciencias políticas en Birzeit, una universidad palestina en Cisjordania. "Israel no tuvo tiempo de echarnos."

También hubo algunos beneficios inesperados: los palestinos de la Ribera Occidental, que habían sido anexados por Jordania, renovaron los lazos con los palestinos de Haifa y Jaffa, que habían formado parte de Israel después de 1948; Y de Gaza, que había sido ocupada por Egipto. "El sentimiento nacional palestino resurgió debido a la ocupación", dice Jarbawi.

Ese sentimiento estalló con la primera intifada palestina en 1987. Hasta entonces los palestinos bajo el dominio israelí habían permanecido en su mayoría plácidos, mientras que la Organización para la Liberación de Palestina (OLP), dedicada a la expulsión de Israel por la fuerza, llevó a cabo Ataques transfronterizos desde el extranjero. La lucha armada fue, en su mayor parte, un fracaso. La OLP perdió una guerra civil contra el rey Hussein de Jordania en 1970; Emprendió una campaña de terrorismo internacional, incluida la masacre de atletas israelíes en los Juegos Olímpicos de Munich de 1972; Ayudó a precipitar la guerra civil en el Líbano en 1975; Y fue desalojado a Túnez después de la invasión de Israel de 1982.

Por el contrario, la intifada estuvo marcada principalmente por enfrentamientos de lanzamiento de piedras. Desechó la ilusión de que Israel podría mantener los territorios ocupados a un costo pequeño. Los acuerdos de Oslo de 1993 establecieron una Autoridad Palestina autónoma bajo la dirección de Yasser Arafat, el líder de la OLP, que regresó triunfalmente en julio de 1994. Los extremistas de ambos bandos se propusieron destruir el trato con una violencia sin precedentes. Un colono judío mató a 29 palestinos en oración en Hebrón en 1994. Hamas y la Yihad Islámica, ambas facciones islamistas, se embarcaron en una campaña de atentados suicidas. En 1995 un judío de la derecha asesinó al primer ministro, Yitzhak Rabin.

La segunda intifada, precipitada por el fracaso de las conversaciones de paz en Camp David en 2000, involucró armas y bombas. Arafat a menudo parecía tolerar, o incluso alentar, a los militantes. Los israelíes retiraron unilateralmente del Líbano en 2000 y de Gaza en 2005 (después de la muerte de Arafat), y tampoco trajeron paz: Israel luchó contra Hamas y Hizbullah (una milicia libanesa chiíta), que dispararon numerosos cohetes contra Israel.
Las décadas del "proceso de paz" trajeron mucho proceso y poca paz. Para los israelíes, tierra para la paz se convirtió en tierra para los suicidas-bombas y cohetes
Las décadas del "proceso de paz" trajeron mucho proceso y poca paz. Para los israelíes, la tierra para la paz se convirtió en tierra para los suicidas-bombas y cohetes. "La mayoría de la gente siente que la ocupación ya no es nuestra culpa", dice Yossi Klein Halevi del Shalom Hartman Institute, un grupo de expertos. "Salí de la primera intifada como votante laborista. Pero la segunda intifada me movió hacia la derecha ".
Para la mayoría de los palestinos, el acuerdo de Oslo trajo una ocupación peor: más derramamiento de sangre, división interna, pérdida de tierras para los colonos y fragmentación territorial. Los palestinos en estos días viven como refugiados en el mundo árabe; En una prisión abierta en la Franja de Gaza dirigida por Hamas; En un mosaico de enclaves autónomos aislados en Cisjordania dirigidos por la facción nacionalista Fatah; Como "residentes" descuidados de Israel en Jerusalén; Y como ciudadanos de segunda clase que luchan por la igualdad en las fronteras de Israel antes de 1967.

El caos en Oriente Medio desde los levantamientos árabes de 2011 ha endurecido la convicción de Israel de que es demasiado arriesgado abandonar más tierras: ¿qué pasa si Hamas o el Estado Islámico (IS) se apoderan de las colinas de Cisjordania con vistas a las zonas más pobladas de Israel? Israel estuvo cerca de regresar los Altos del Golán en conversaciones de paz con Siria. Ahora que las milicias como Hizbullah, al-Qaeda e IS se han implantado en la frontera, muchos israelíes están agradecidos porque las negociaciones fracasaron. Por su parte, los palestinos sienten que su causa ha sido abandonada por los árabes que en otro tiempo lo tuvieron.

Los encuestadores dicen que la oposición a la idea de paz basada en la creación de un estado palestino junto a Israel es más fuerte entre los jóvenes de ambos lados, los de 18 a 24 años. Sus padres pudieron haber conocido una época sin barreras internas y relaciones cordiales, aunque desiguales, entre árabes y judíos. Hoy en día la mayoría de los jóvenes israelíes y palestinos tienen poco contacto.

La vida en Israel, segura detrás de la pared de seguridad y la mental que dice que "no hay socio para la paz", es más cómoda de lo que ha sido durante la mayor parte de la corta vida del país. La seguridad ha mejorado, por ahora. La economía está en auge. Y a medida que su política se vuelve más chauvinista, su sociedad se abre de otras maneras. Los ciudadanos árabes de Israel, que vivieron bajo la ley marcial hasta 1966, se están integrando cada vez más económicamente. En Jerusalén, algunos judíos y árabes se desafían en el backgammon y bailan el dabke palestino. La música israelí está redescubriendo los ritmos y tonos del Oriente. El ejército da la bienvenida a mujeres y gays, a pesar de las objeciones de algunos rabinos. Los viejos conflictos sobre la observancia del sábado son, en su mayor parte, cosa del pasado. Incluso en Jerusalén, han surgido islas de secularismo.
Visita las playas o los pulsantes bares de Tel Aviv, comiendo gambas tailandesas no kosher, discutiendo el último algoritmo y viendo la hermosa juventud a la deriva, y te imaginas en California. Cincuenta años después de 1967, se ha vuelto demasiado fácil para Israel olvidar que, a un corto trayecto en coche, la ocupación de los palestinos se ha vuelto casi permanente.

domingo, 16 de abril de 2017

Argentina: Perón represor

Los impunes de siempre están de regreso
Jorge Fernández Díaz
LA NACION




Después de haber echado a los Montoneros de la Plaza y antes de encontrarse con su viejo amigo Alfredo Stroessner, Perón se reunió para coordinar acciones con el mismísimo Augusto Pinochet. La presencia del dictador chileno en tierra argentina levantó repudios en las propias filas del peronismo. Irritado por ellas, y muy especialmente por una declaración que firmaban los concejales porteños, el General los paró en seco: "Yo tengo dos funciones, las relaciones exteriores y la defensa nacional, mientras que ustedes, en el Concejo Deliberante, tienen tres: Alumbrado, Barrido y Limpieza".

Contrariamente a lo que se piensa, el último discurso del líder antes de morir no fue en su famosa despedida ("llevo en mis oídos la más maravillosa música"), sino en un cónclave con la dirigencia sindical, cuyos matones ya habían realizado represalias letales contra la izquierda siguiendo sus expresas directivas. El contenido de ese discurso puede leerse en la página 362 del extraordinario libro "Perón y la Triple A", que escribieron Sergio Bufano y Lucrecia Teixidó. Allí Perón instruyó a los caciques de la CGT en la idea de emplear una "represión un poco más fuerte y más violenta". Los sindicalistas obedecieron la sugerencia y recrudecieron sus incursiones ilegales y sus matanzas. Tiene razón Arturo Pérez-Reverte: leer historia no soluciona nada, pero al menos sirve como analgésico para digerir el presente. ¿Cómo pudimos olvidar todas estas graves circunstancias, qué extraño virus social o demencia colectiva hizo que perdonáramos los crímenes de lesa humanidad perpetrados por el justicialismo? Esa misma desmemoria operó desde entonces con pecados menos trágicos pero igualmente destructivos. Una extraña amnesia perdonó el Rodrigazo, el intento de autoamnistía de 1983, el jaqueo con 14 paros y todo tipo de zancadillas que le efectuamos a Raúl Alfonsín, la política entreguista y turbia junto con el indulto y la hiperdeuda externa que caracterizaron la reencarnación noventista, la participación subterránea en la destitución de Fernando de la Rúa, la pesificación bestial, y los 12 años de megacorrupción de Estado, descalabro económico, aislamiento, autoritarismo y florecimiento del narcotráfico. Apenas dos o tres de estas calamidades hubieran bastado para borrar del mapa electoral a una fuerza política en cualquier otro país más o menos evolucionado. Pero ya se sabe: aquí los culpables nunca pagan, y tienen además el descaro de arrinconar a cualquiera que no pertenezca a su rancia corporación y pretenda gobernar, lo que implica casi siempre levantar la hipoteca que ellos mismos dejaron y ligarse los tomatazos de la calle. No todo el peronismo es este adefesio: las innegables conquistas de los años 40 y la renovación intentada por Cafiero, Bárbaro y Bordón todavía inspiran a muchos militantes, y no hemos perdido la esperanza de un peronismo republicano. Pero ese proyecto inestable convive con la "tara autoritaria" (Pichetto dixit) y con un reflejo caníbal según el cual cuando alguien sangra debe ser inmediatamente devorado.

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Las torpezas del Gobierno y la tardanza en la reactivación enardecen a los caranchos. En dos semanas, los triunviros que Cristina combatía y Cambiemos corteja lanzaron un paro nacional; los gremios docentes cortaron abruptamente el diálogo y anunciaron una huelga salvaje; las organizaciones sociales aceptaron y violaron los millonarios acuerdos de diciembre y armaron nueve piquetes por día, y el kirchnerismo y el propio titular del Partido Justicialista pidieron un juicio político contra el presidente constitucional, preocupados por "la transparencia y las instituciones" (sic). Los impunes, con una pequeña ayudita de los desmemoriados y de los vivillos, están de regreso. Peronistas de todos los pelajes y con responsabilidades en distintos tramos de la "década saqueada" o con complicidad indirecta en la quiebra económica, son ahora impiadosos fiscales de quienes tratan de arreglar el mecanismo roto que les legaron. Vamos a decirlo en lenguaje elegante: los argentinos vivimos en una nube de gases, el rojo fiscal sobre el que estamos sentados es de 400 mil millones de pesos e hizo falta pedir prestados 25.000 millones de dólares para poder financiarlo y seguir en Babia. Estamos fundidos, y encima andamos con ínfulas. Pero ¿quiénes fueron los responsables de crear semejante bola de nieve? Los mismos millonarios que en nombre de los pobres se ponen ahora en pie de guerra.

Tampoco hay por qué asombrarse: los libros de historia contemporánea demuestran que después de los fiesteros vienen siempre los pagadores, y que los primeros se dedican a limar a los segundos como si nada tuvieran que ver con el desaguisado ni con los consecuentes dolores y sacrificios. Baradel responde a Sabbatella y los triunviros mayormente a Massa, Pérsico confiesa intenciones políticas detrás de sus movidas callejeras, Gioja y los Suturados de Cristina no han sido capaces de la mínima autocrítica, e Insaurralde, Katopodis y otros prohombres de las nuevas generaciones se abrazaron por fin con Máximo Kirchner y cerraron filas con la Pasionaria del Calafate, en una ceremonia bonaerense que cancela cualquier ilusión renovadora y que confirma una notable falta de escrúpulos, porque pretende convertir las investigaciones judiciales de la democracia en persecución política y porque reivindica a la mayor sospechosa, a su estado mayor corrupto y a su inefable secta del helicóptero. Todos juntos triunfaremos, compañeros; total la Argentina tiene Alzheimer y nadie nos pedirá cuentas. Quienes destrozaron la casa se postulan como plomeros y albañiles de su reconstrucción, para felicidad del pueblo y salvación de la patria.

El gran truco del peronismo es muy conocido; consiste en señalar que sus sucesivos disfraces no le pertenecen. Cristina no era peronista, ni Josecito López ni Boudou ni De Vido ni Jaime. Menem tampoco. Ni Luder ni Isabel ni López Rega ni los Montoneros. Ni siquiera Perón era peronista, con lo que el peronismo siempre está a salvo de sus trastadas y en condición de alumbrar en la próxima estación su verdadera y esplendorosa identidad. Fue interesante leer, en este contexto, un excelente artículo de Fernando "Chino" Navarro que publicó el viernes en este diario, donde defiende con inteligencia la ley de emergencia social. Al final no puede, sin embargo, evitar el malabarismo peronista de autoexculpación. "Es curioso que en un país con familias con una tercera generación sin trabajo -escribe, se le diga al nieto que es mejor que espere a un posible empleo formal cuando son las políticas que defendieron los abanderados del libre mercado las que dejaron sin trabajo regular a su abuelo y a su padre". ¿Quién es responsable de esa familia desgraciada, diputado? Porque la fuerza que más gobernó durante estas décadas de desigualdad fue el peronismo. Si esas políticas son las culpables de la miseria y la demolición de la cultura del empleo, alguna factura debería caerles a los últimos cuatro presidentes peronistas. A menos que pensemos seriamente que Alfonsín y Macri inventaron la pobreza. Hay un agregado fatal: a ese nieto desocupado que menciona lo alcanzó últimamente la maldición del paco y la tentación del tráfico; el kirchnerismo de arcas llenas fue incapaz de devolver a esas familias al sistema y entregó inermes a esos chicos sin destino a la mafia de la droga. No se puede ser a un mismo tiempo el partido hegemónico y el inocente perpetuo de un país quebrado y decadente.

lunes, 10 de abril de 2017

Araucanos viven estafando en la Patagonia

Novedades mapuches en la Patagonia
Aquí no hay nadie originario, no hay otra bandera que la de Belgrano y, desde Roca en adelante, nadie cobra peaje ni exige tributos salvo la propia nación
Por Rolando Hanglin | Infobae




El empresario hotelero Gustavo Fernández Capiet envió una carta pública al secretario de Turismo local, Esteban Bosch, y al intendente del Parque Nacional Lanín, Horacio Peloso, con algunas reflexiones sobre el creciente problema mapuche. Sostiene que ha llegado la hora de poner límites.

"Esta comunidad originaria quiere tomar cada vez más espacio público para uso propio al amparo de supuestos derechos ancestrales, que en lo personal creo que corresponderían a los tehuelches". "En esta cultura parece que no valen el trabajo y el esfuerzo, aunque hay excepciones. Tienen miles de hectáreas, y no producen más que lo mínimo. Pero en verdad podrían ser proveedores de determinadas frutas y hortalizas de toda la provincia, y sus derivados con valor agregado como dulces, conservas, salsas, etcétera. Ganadería ovina y bovina: podrían producir mucha carne y derivados como leches y quesos. De turismo, ni hablar: sea con cabalgatas, servicios de gastronomía típica, trekking, camping, cultura, guías reconocidos de montaña, etcétera, pero pensando en dar servicio y no en sacar plata por sólo por sus derechos ancestrales".

"Cobran por entrar a la islita, no por algún servicio sino solo por 'pisar su propiedad' cuando la islita y sus playas son un espacio público". "Cobran acceso al Parque Lanín gracias al comanejo, o mejor dicho al des-manejo, y no sólo en el muelle, afectando a una excursión emblemática del destino, sino que lo hacen al llegar a la villa, que se supone que sería un barrio abierto, al que se llega por un camino público y no propiedad de ellos, mantenido por la provincia y no por ellos".

"Cobran por entrar a la cascada de Quila Quina, donde parece que no hay franja de ribera. Si fueran estancieros, los acusarían de violar la Constitución y como mil leyes, por terratenientes y usurpadores del espacio público. Nótese que el acceso a la cascada nunca se aleja de los 15 metros del río, pero no reparan la baranda. Hemos tenido víctimas fatales allí, ya que ninguno acompaña a los visitantes ni por prevención ni para explicar nada, ni siquiera para tener limpio el lugar. Que generalmente es una mugre, como el puesto que tienen a la entrada. Lo sé porque paso y lo veo regularmente".

"Uno va al mirador Arrayán y te roban ahí arriba mismo. Todos saben quiénes son. Desde nuestro hotel no recomendamos más ir allí, pero sí a la casa de té. El Mirador del Centenario, por falta de mantenimiento y de acción nuestra, está cerrado e inaccesible".

"Si se intenta organizar una carrera que pase por 'su territorio' y no les pagás a ellos, no se hace, y siempre se exceden en el cobro, pero Parques los cobija, porque si no les llevás el pago de ellos, no te autorizan la carrera".

"¿Querés madera? Ellos te la venden: la marcan como leña y la venden como madera. Pregunten a varios de los comerciantes que les compran… después hacen un escándalo en Villa la Angostura, por 50 lengas que tiraron para un circuito de cross, y que entiendo que fueron reemplazadas por muchas más que se plantaron. Allí se hicieron tres carreras en tres años, no se corre todos los domingos, y metieron en la villa 15 mil, 20 mil y 28 mil espectadores, y fue elegido dos veces el mejor de todos los circuitos del campeonato. Como yo estaba allí, aseguro que, de toda la gastronomía en oferta, la mitad era 'legal' y la otra mitad era de ellos a través de clubes, cooperadoras y demás. Los vi: serían unos cien trabajando y diez, quince protestando por la deforestación. En Manzano Brujo, en cualquier momento empiezan a poner obstáculos peores".

"Cobran un canon por la concesión de Chapelco. Sin embargo, en su momento se opusieron a la construcción de suficiente reservorio de agua para los cañones, crearon un negocio de dudosa legitimidad en la base y, ante cualquier reclamo, apelan al corte de ruta como medida de extorsión, perjudicando a turistas que nada tienen que ver con la problemática".

"Les dieron el espacio en la plaza para que pusieran la bandera como si estuviéramos en otro país. En el fondo, es lo que persiguen. Ya lo han proclamado".

Algunas aclaraciones históricas sobre el asunto. En toda la correspondencia de Calfucurá, desde 1833, no se habla jamás de mapuches. Se habla de "chilenos". Son los araucanos que cruzaron la Cordillera de los Andes desde la Capitanía General de Chile, formando al principio dos grupos aislados: los vorogas (de Vorohué, Chile) y los ranqueles o ranculches.

En 1831, Calfucurá cruza la Cordillera y pasa a degüello a los jefes vorogas Alon, Rondeado, Meilín y otros. La población se incorpora aterrorizada a las huestes del chileno y lo mismo van haciendo los pobladores tehuelches de la Pampa, Córdoba, Mendoza, Patagonia, Buenos Aires, San Luis. Ellos sí eran aborígenes argentinos y han sufrido infinidad de abusos a manos de los conquistadores españoles y, después de 1810, de los argentinos. Mientras tanto, fueron absorbidos por los jefes chilenos. Predominó la magnífica y expresiva lengua araucana. Ya no quedan en nuestro país tehuelche-parlantes. Uno de los últimos fue el antropólogo argentino Rodolfo Casamiquela, que ha explicado muy bien la diferencia (hoy convenientemente confundida) entre tehuelches argentinos y araucanos chilenos. Estos últimos abandonaron sus rucas de piedra y adoptaron el toldo o paravientos de cuero, propio de los tehuelches nómades. Del hombre blanco tomaron el caballo, la vaca (elemento de comercio) y las mujeres, que raptaban en gran cantidad. Por eso los que hoy se presentan como aborígenes tienen generalmente la piel y los ojos claros. Son descendientes de caciques.

Es cierto que en las "raciones" que repartían los gobiernos de Juan Manuel de Rosas, Justo José de Urquiza y otros (para frenar los malones en una vergonzosa extorsión) abundaban el aguardiente, las botas, los aperos, el tabaco, la yerba, el vino, los acordeones, los ponchos ingleses, los pañuelos, la harina, el azúcar. ¡De todo menos una pala o un arado!

Aquellos hombres de Calfucurá no eran argentinos y mucho menos originarios. Sus descendientes sí lo son, igual que los descendientes de genoveses, asturianos o bearneses. Ciudadanos argentinos. Aquí no hay nadie originario, no hay otra bandera que la de Belgrano y, desde Roca en adelante, nadie cobra peaje ni exige tributos salvo la propia nación.

Cabe resaltar que el año 1810 es primordial: la lucha entre chilenos y realistas contó con la participación de los araucanos, casi siempre a favor de los españoles porque España había tenido que reconocerles un territorio propio, entre los ríos Maule y Bío-Bío, hecho único en la historia de los imperios. Por lo tanto, al caducar el dominio español, los araucanos chilenos buscaron en La Pampa, San Luis, Córdoba, Mendoza, Buenos Aires, un vasto territorio donde se podía cazar (vacas ajenas) y cautivar lindas mujeres rubias, también ajenas.

El autor de este artículo es partidario de que se mantenga impoluta y sin manchas la estatua del gran presidente argentino Julio Roca, y también de que se enseñe el lenguaje mapudungún en las escuelas de Pampa y Patagonia, se celebre el Año Nuevo Pampa el 24 de junio y se estudie la vida de los grandes caciques en nuestra escuela, incluyendo a Pincén, Catriel, Calfucurá y su hijo también chileno Namuncurá. Porque todos ellos contribuyeron a formar nuestra nación en tiempos salvajes, tanto como Juan Lavalle y Manuel Dorrego. Son parte entrañable de la historia.

domingo, 5 de marzo de 2017

Perón, el terrorista de Estado

Terrorismo de estado: las culpas de Perón que el PJ calla
Marcelo Larraquy escribe sobre el renovado debate acerca de los ´70. Apunta a la culpa del líder que alentó a la Triple A y persiguió a Montoneros.
Por Marcelo Larraquy
Noticias



Ningún león herbívoro. Perón no fue el viejo bonachón de su propaganda. En la foto, con López Rega e Isabel.

Los años ’70 vuelven como un fulgor inesperado al debate histórico. Basta una frase sobre “la complicidad con la dictadura”, “el accionar de la guerrilla”, o “el número de desaparecidos”, para que la mecha se encienda. Después de los juicios por lesa humanidad contra los militares, en la mayoría de los casos, juzgados y condenados, la evidencia jurídica permitió probar que existió un terrorismo de Estado conducido por las Fuerzas Armadas, que estableció un plan sistemático de represión ilegal.
Quizás el temor de que se pensara que la represión ilegal y la actuación del peronismo y la guerrilla fueran males simétricos evitó ampliar el marco temporal del debate público, que fue limitado al período que arranca con el golpe del 24 de marzo de 1976. O dicho de otro modo, la magnitud del terror que la dictadura militar impuso contribuyó a oscurecer u olvidar el terror que ya se venía ejerciendo desde el Estado, que funcionó como un desordenado ensayo general de la represión militar posterior.
El peronismo lo explicaría como el resultado de la acción mesiánica e individual del secretario y ministro de Perón, José López Rega, o a lo sumo, como la consecuencia de “la lucha interna peronista”.
Pero la Conadep registró alrededor de 1.000 denuncias sobre desapariciones de personas perpetradas durante el gobierno constitucional de 1973-1976, además de los crímenes paraestatales. Este dato a menudo omitido o negado, conduce a una nueva pregunta: ¿cuándo comenzó el terror?
El peronismo –que en su historia desde 1955 a 1973 había sido perseguido, encarcelado y proscripto por gobiernos militares y civiles– buscó excluir al gobierno de Perón de cualquier responsabilidad política.
Sin embargo, para un debate abierto, no habría que prescindir de la revisión de su actuación en relación con los actores centrales del conflicto en los primeros años de la década del ‘70: las Fuerzas Armadas, la guerrilla, Cámpora y la Triple A. Esa es la intención de este artículo.

Los hechos

En 1971, Alejandro Lanusse fue el primer general de las Fuerzas Armadas que decidió dialogar con Perón aún en contra de la opinión de la mayoría de los generales y la totalidad de la Armada. Perón había sido bombardeado, arrojado del poder, desterrado, y además le secuestraron el cuerpo de su esposa. Fue la palabra prohibida por más de 15 años. Pero en el exilio y con el mito permanente de su retorno, ningún gobierno militar o civil pudo construir un orden político estable con su proscripción.
En 1970, el secuestro y crimen de Aramburu desencadenó la caída del gobierno de Onganía –ya golpeado por el “Cordobazo” del año anterior– y los levantamientos sociales provocaron la renuncia del general Levingston. Ambas instancias despertaron a los partidos, que reclamaron el fin de la veda política y elecciones democráticas.
El general Lanusse entendió que era la única salida y para ello era inevitable conocer la opinión de Perón. Necesitaba saber si participaría del proceso de “normalización institucional” y cuál era su posición frente a la guerrilla.
De hecho, el crimen de Aramburu, según lo justificó Montoneros, se había realizado en favor de su regreso. Perón, que no lo había reclamado, tampoco lo desautorizó: “Nada puede ser más falso que la afirmación que con ello ustedes estropean mis planes tácticos porque nada puede haber en la conducción peronista que pueda ser interferido por una acción deseada por todos los peronistas (…)”. Y también avaló la beligerancia para el desgaste progresivo del enemigo. “Organizarse para ello y lanzar las operaciones para ‘pegar cuando duele y donde duele’ es la regla. (…) todo es lícito si la finalidad es conveniente”, escribió a los jefes montoneros. También le escribiría una carta de aliento a Carlos Maguid, detenido por su participación en el crimen de Aramburu: “La hora de la redención de los proscriptos llegará a su tiempo, y en ella, cada uno recibirá su merecido porque no se puede escarnecer a un pueblo, sin que un día ‘se sienta tronar el escarmiento’”.
El coronel Francisco Cornicelli, en un viaje secreto a Madrid como enviado personal de Lanusse, dialogó con Perón en Puerta de Hierro. La conversación fue grabada por ambas partes. Cornicelli, sobre la guerrilla, afirmó: “En este momento hay muchos que masacran vigilantes y asaltan bancos en su nombre”. “Habrá más”, respondió Perón. “Lo seguirán haciendo hasta tanto usted no defina su posición respecto de ellos”, insistió Cornicelli, pero en más de cuatro horas de conversación no logró que moviera una letra de su aval inicial a Montoneros.
Lanusse creía que con la oferta de un retiro político honorable, la devolución del cadáver de su esposa, de su grado militar, las pensiones y los bienes patrimoniales incautados, lograría que Perón apoyara la salida institucional por la vía del Gran Acuerdo Nacional (GAN). E incluso bendijera un candidato propio y se quedara en Madrid.
Perón tenía otros planes
En su dispositivo para el retorno al país, manejó dos variables: presentarse como la garantía de pacificación, con el acuerdo del PJ con los partidos políticos, denominado “La Hora de los Pueblos, como antítesis del GAN; y, por otro andarivel, el apoyo implícito a la “guerra revolucionaria”, sostenida con la consigna montonera “Perón o guerra”, que se ejecutaba con ataques a fuerzas policiales y militares.
Esa coordinación de esfuerzos entre el Movimiento Peronista y la guerrilla fue conjunta y convergían en la conducción estratégica de Perón. La acción de la guerrilla le permitía a Perón mantener el “dedo en el gatillo” en su duelo con Lanusse, en el marco de una posible “trampa electoral” y la negociación por las condiciones de su regreso.
En agosto de 1972, los militares le allanaron el camino: el fusilamiento de 16 guerrilleros en la base naval de Trelew bloqueó la continuidad del régimen militar, incluso por legitimidad electoral, como secretamente aspiraba Lanusse.
Sin aceptar el GAN ni las imposiciones electorales, con la candidatura de su delegado Héctor Cámpora, Perón polarizó la elección del 11 de marzo de 1973: se votaba “peronismo o dictadura militar”; el candidato radical Ricardo Balbín ni siquiera era mencionado como adversario. De este modo, en poco menos de tres años, Perón se convirtió en el “mito unificador”, la gran esperanza para la resurrección argentina en 1973, después de 17 años de inestabilidad política.
Pero bajo la superficie de su victoria frente a las Fuerzas Armadas, emergerían dos distorsiones en su arte de conducción, que hicieron que las cosas salieran mal.
La primera de ellas fue Cámpora. Por su lealtad –que había sido su capital político-electoral–, Perón convirtió al presidente electo en un sujeto vulnerable, sin poder propio, al que manejaba con su ambigüedad. Y no quedaba claro qué quería Perón de Cámpora después de la victoria del 11 de marzo, y tampoco estaba claro cuál sería el rol de Perón durante su gobierno.
Cámpora suponía que, una vez ungido el 25 de mayo, gobernaría él y con el apoyo de Perón. Cuando le preguntaron sobre la posibilidad de un doble poder, la rechazó. “Si ejecutamos toda la inspiración que el General nos transmite, y la que nosotros tratamos de auscultar en él, no habrá doble poder. Y el primero que se encargará de que no lo haya –si está en Argentina cuando el Frente ejerza el gobierno– será el mismo general Perón”. (“Clarín”, 9/3/73).
La otra distorsión en la conducción de Perón fue la guerrilla. Perón sabía cómo crispar a las Fuerzas Armadas, que “tienen la cabeza de florero”, como decía, pero no supo cómo controlar a la guerrilla, tras la descomposición del régimen militar con acciones armadas, boicot o sabotajes.
Perón creía que, después de la victoria, la guerrilla desaparecería. “La violencia popular en la Argentina ha sido consecuencia de la violencia gubernamental de la dictadura militar y, naturalmente, todo nos hace pensar que desaparecidos los sistemas de represión violenta y sus deformaciones hacia el campo de la delincuencia oficial, no tendrán ya razón de ser los métodos violentos que el pueblo puso en ejecución como elemento de defensa de sus derechos conculcados”. (“Clarín”, 15/3/73)
Cámpora no obtuvo el respaldo político de Perón en sus pocos días de gobierno. Ni siquiera lo visitó en la Casa Rosada, como lo hizo con López Rega en el Ministerio de Bienestar Social. La conspiración contra Cámpora ya anidaba desde Puerta de Hierro, con sus reuniones con dirigentes de la ortodoxia peronista, que habían quedado afuera del armado electoral, y luego de su retorno al país, en la casa de la calle Gaspar Campos, donde se gestaría un poder latente dentro del peronismo. Faltaba resolver cómo se iría Cámpora, si con una salida elegante o indecorosa, y para ello Perón eligió la segunda opción. Se sirvió de la matanza de Ezeiza, el 20 de junio, para respaldar a los organizadores –López Rega, coronel Osinde, entre otros– y amenazar al día siguiente “a los que ingenuamente piensan que pueden copar nuestro Movimiento (…), les aconsejo que cesen en sus intentos porque cuando los pueblos agotan su paciencia suelen hacer tronar el escarmiento”.
Ahora, en la visión de Perón, la amenaza de escarmiento no sería para los represores, sino para los que antes apoyaba, la “juventud maravillosa”.
Esta imprevista reconversión pública de Perón desacomodó a Cámpora. Y cuando el Presidente le pidió a Perón su aval para despedir Osinde del Ministerio de Bienestar, y no lo obtuvo, ya no le quedaba margen de acción para gobernar.
No era del estilo de Perón pedirle que la renuncia y la convocatoria a nuevas elecciones; sólo hacía llegar a sus oídos su disgusto por la “situación del país”. Perón dejó que los hechos tomaran su propia dinámica y fuese el propio Cámpora quien, en medio de una reunión de gabinete en el living de Gaspar Campos, subiera a la habitación de Perón y le ofreciera la renuncia, mientras reposaba en una mecedora, convaleciente de un infarto. Camino a su tercer gobierno, la salud de Perón se consumía, pero desde su perspectiva, la consolidación de Cámpora también podría implicar la de Montoneros, que conservaba su autonomía.
La “unidad de acción en la lucha” para el retorno había sido exitosa, pero tras la victoria de marzo se iniciaba una relación nueva, incierta para ambas partes. Pronto emergerían las tensiones. Ya no se sostenía que “Sin Perón no hay pacificación”. No bastaba Perón. Montoneros continuó con sus formas violentas que podía brindarle un mecanismo de guerrilla urbana que no había desactivado: el 5 de abril mató al coronel Héctor Iribarren, jefe de inteligencia del III Cuerpo de Ejército en Córdoba. En un comunicado, explicó las razones: “Con los votos conseguimos el gobierno, pero tanto nosotros como nuestro enemigo sabemos que el poder brota de la boca de un fusil. Por eso, con el mismo fervor con que trabajamos para ganar el gobierno mediante las elecciones, seguimos apoyando nuestras ideas, nuestras organizaciones y nuestras armas en la persecución del enemigo, para impedirle su reorganización y destruirlo”.
No se conoció una reacción pública de Perón. Pero dos semanas después, en las “Instrucciones del Consejo Superior”, dio por terminada la misión del FREJULI, ordenó no modificar las autoridades partidarias, y sobre todo, a través del periodista argentino Emilio Abras, de la agencia EFE, anticipó que con las “Instrucciones…” Perón quería “dar un ‘grito de alarma’ para evitar que a los elementos ‘exitistas” o “arribistas” se infiltren en la estructura peronista e impedir la infiltración en el justicialismo de “elementos disolventes empeñados en entorpecer o hacer naufragar el propósito justicialista de lograr un gobierno de auténtica unidad nacional con participación de todos los sectores políticos patrióticos o populares”. (“Clarín”, 18/4/1973). Diez días después, en un “careo” en Madrid, Perón destituyó a Rodolfo Galimberti de su cargo de Delegado Juvenil, por haber convocado a las “milicias populares”. Galimberti explicaría los alcances a la conducción montonera: “Perón nos bajó a todos”.
En los meses que siguieron, con Cámpora fuera de circulación y Raúl Lastiri como presidente interino, López Rega fue engrosando su guardia armada en el Ministerio de Bienestar Social –ex policías exonerados por crímenes y robos, el primer círculo de la Triple A– y juntó un puñado de jóvenes peronistas –la Juventud Peronista República Argentina (JPRA)– a los que empleó en el Estado para “ganarles la calle” a los montoneros y “defender la doctrina”. El microcine del ministerio fue utilizado como depósito de armas, importadas por contrabando. En agosto de 1973, después de Ezeiza, comenzaron las primeras señales: ametrallamientos, bombas, incendios en unidades básicas de la Tendencia (la izquierda peronista), secuestros, y también algunos militantes muertos en Rosario, San Nicolás y Córdoba. Los “grupos de choque” del sindicalismo también se organizaban: autos, armas y las decisiones sobre posibles “blancos”: delegados de fábricas, militantes barriales.
El enfrentamiento estaba instalado. “En la guerra hay momentos de enfrentamiento, como los que hemos pasado, y momentos de tregua en los que cada fuerza se prepara para el próximo enfrentamiento”, afirmó Firmenich, en una conferencia de prensa, en septiembre.
Perón fue reduciendo la capacidad de maniobra de Montoneros en el nuevo esquema de poder, ahora dominado por la ortodoxia y el sindicalismo, y la fórmula “Perón – Perón”, en la que se cerraban las filas del Movimiento. El justicialismo blindaba la herencia de Perón en la figura de Isabel, en “el peronismo verdadero”.
La intención de Perón de conducir una coalición intrapartidaria –en la que pugnaban proyectos ideológicos contrapuestos– daba señales de fracaso. Perón había agitado las aguas de la violencia contra la dictadura de Lanusse y ahora no podía controlarlas en su propio Movimiento. El clima de enfrentamiento estaba instalado.
Perón advertía que su ala izquierda no tendría espacio en el Movimiento si no se adecuaba a sus directivas. Pero no quería romper con Montoneros: tenía por delante las elecciones del 23 de septiembre de 1973 (ganaría con el 62%). Montoneros, aturdido en la confusión, navegaba en su impotencia política, entre la subordinación y el rechazo a su líder, tampoco quería romper con Perón. Pero, cerrados los canales de comunicación interno, quería llevarle un mensaje: dos días después de su triunfo electoral, mató a José Rucci, su sindicalista más leal, que controlaba el movimiento obrero.
Una semana después, el Consejo Superior Justicialista se declaró en “estado de guerra”. Y esa guerra, desde el Estado, la condujo Perón como presidente.
Las nuevas “Instrucciones” ordenaban: “Deben excluirse de los locales partidarios a todos aquellos que se manifiesten de cualquier modo vinculados al marxismo. En todos los distritos se organizará un sistema de inteligencia al servicio de esta lucha, el que estará vinculado con el organismo central que se creará. Se utilizarán todos los medios de lucha que se consideren eficientes, en cada lugar y oportunidad. Los compañeros peronistas, sin perjuicio de sus funciones específicas, deben ajustarse a los propósitos de esta lucha, haciendo actuar todos los elementos de que dispone el Estado para impedir los planes del enemigo y reprimirlo con todo rigor”.
A partir de entonces, comenzó la purga de funcionarios en municipios, gobernaciones y organismos del Estado, una purga que no admitía matices y contradicciones: el nuevo enemigo eran “los elementos infiltrados”, “los infiltrados marxistas”. Había que detectarlos y depurarlos. “Corresponde a los organismos del Movimiento hacer una limpieza”, aconsejó Perón. (Conferencia de prensa, 8/2/74).
La ley pasó a ser una referencia ambigua. Después del ataque del ERP a un cuartel militar en Azul, en enero de 1974, Perón amenazó con reprimir a la guerrilla en forma ilegal. “A la lucha, y yo soy técnico en esto, no hay nada que hacer más que imponerle y enfrentarla con la lucha. Nosotros, desgraciadamente, tenemos que actuar dentro de la ley, porque si en este momento no tuviéramos que actuar dentro de la ley ya lo habríamos terminado en una semana. Nosotros estamos con las manos atadas dentro de la debilidad de nuestras leyes. Queremos seguir actuando dentro de la ley. Pero si no contamos con la ley, entonces tendremos que salirnos de la ley y sancionar en forma directa, como hacen ellos. Si nosotros no tenemos en cuenta la ley, en una semana se termina todo esto, porque formo una fuerza suficiente, lo voy a buscar a usted y lo mato”.
También prometía el “aniquilamiento cuanto antes del terrorismo criminal” y, para el bien de la República, el exterminio del “reducido número de psicópatas que van quedando”. Perón anticipaba en forma verbal una represión que comenzaba a ejecutarse en forma ilegal desde el Estado. Del mismo modo que no desautorizó la violencia guerrillera frente al coronel Cornicelli tampoco lo haría con los atentados y crímenes de la Triple A durante el gobierno constitucional.
Ese verano del ’74, la consigna de “eliminar al infiltrado” fue asumida por bandas armadas paraestatales, sindicales y agrupaciones de la ortodoxia peronista, como un permiso de impunidad para la acción. El Estado no decía nada. A lo sumo, Perón, cuando se le consultaba por grupos parapoliciales de ultraderecha “que habían volado 25 unidades básicas, que no pertenecen precisamente a la ultraizquierda, y había matado a doce militantes muertos en las últimas dos semanas”, respondía: “Esos asuntos policiales, lo están provocando la ultraizquierda y la ultraderecha; la ultraizquierda que son ustedes (a la periodista) y la ultraderecha que son los otros señores. Arréglensela entre ustedes. El Poder Ejecutivo lo único que puede hacer es detenerlos a ustedes y entregarlos a la Justicia. A ustedes y a los otros”.
Dos días después, a la periodista Ana Guzzetti, –Perón pidió sus datos para iniciarle una causa judicial por su pregunta–, le colocaron una bomba en la casa y fue detenida en Coordinación Federal. A las dos semanas fue liberada. Durante su detención, le escribió una carta al presidente: “General. Usted no ignora mi trayectoria, cuatro veces presa y torturada por luchar, no sólo por la liberación sino también por su retorno. Vi caer compañeros gritando ¡Perón o Muerte! General, mientras usted estaba en Madrid nosotros hicimos la resistencia, pasamos el Plan Conintes, nos tragamos tres dictaduras militares, gestamos los cordobazos, los rosariazos, los tucumanazos, y toda esa lucha, General, no se la vamos a regalar. Nos costó cárcel, torturas, sangre. ¿Qué quiere decirnos? ¿Qué Ramus, Abal Medina, Cambareri, Olmedo, Blajaquis eran infiltrados? Bueno, si usted cree eso lo tendría que haber dicho antes. ¿Se acuerda? Éramos las gloriosas formaciones especiales, los héroes”.
Después de la pregunta, la bomba en su casa, la detención y la carta, a fines de abril de 1974 Guzzetti fue secuestrada “por desconocidos” durante dos semanas. Apareció en un zanjón de la ruta Panamericana, con signos de tortura.
Para entonces, la represión ilegal del Estado había avanzado en su desarrollo con el reingreso del comisario Alberto Villar a la Policía Federal. Fue una decisión presidencial. Perón le pidió que actuara porque “el país lo necesita”. Sabía quién era el comisario Villar porque, durante la dictadura de Lanusse, había reprimido al peronismo. Un día después del regreso de Villar a la Policía Federal apareció la primera lista de “condenados” de la Triple A. Una de sus primeras medidas fue la creación del Departamento de Extranjeros –el embrión del Plan Cóndor– para perseguir a los exiliados de las dictaduras de Chile, Brasil y Uruguay, que luego empezarían a aparecer fusilados en la Argentina, entre tantos cadáveres carbonizados lanzados a la calle.
Fin y principio. Cuando Perón murió el 1 de julio de 1974, de la debilidad de las instituciones devino un vacío de poder que fue agigantado por las Fuerzas Armadas, quienes atizaron más fuego al caos de violencia, y desde marzo de 1976 organizaron un terror más profesionalizado y pulcro, frente a una sociedad que, también vaciada de responsabilidad civil, prefirió cerrar los ojos para no ver más nada. En 1983, un pacto político por la “unidad nacional” del gobierno de Raúl Alfonsín e Isabel Perón, para no generar un clima de tensión que amenazara la estabilidad democrática, se propuso olvidar la represión ilegal entre 1973-1976 para preservar al Partido Justicialista.
Después, en la revisión posdictadura de aquellos años, la historia oficial, la hipocresía política y la necesidad de buscar alguna explicación a tanto terror y tanta muerte, la culpa empezó a centralizarse en la figura de José López Rega y su cerrado círculo de policías, gestores originales, pero no únicos, de la Triple A, que actuaban con el aval del Estado. El peronismo, en cualquiera de sus variantes, trató de desligar a Perón e incluso a su esposa, de sus responsabilidades políticas sobre crímenes que luego la Justicia Federal definiría como “de lesa humanidad”. Prefirieron imaginar a un Perón ausente en los últimos meses de su vida, a una sucesora inexperta dominada por un “brujo” que había ingresado a la intimidad del poder por afuera de las estructuras del Movimiento, y de ese modo dejar en el olvido las complicidades y alianzas que Perón y López Rega cosecharon en el justicialismo para la campaña desde el Estado de la “eliminación del infiltrado”, que luego los militares ampliaron y continuaron a su modo, para “eliminar la subversión”.
*Historiador (UBA) y periodista. Autor de “Los 70. Una historia violenta”.

miércoles, 1 de marzo de 2017

Terrorismo: Montoneros reclutaba niños de 13 años

Montoneros me reclutó a los 13 años. Yo también soy una víctima
Marcelo Vagni - Infobae



Un adolescente Marcelo Vagni

Fui invitado, hace unos días, al programa Intratables para intentar participar de un debate sobre los años 70. Pretendía aportar al mismo desde mi experiencia personal, por haber sido secuestrado en 1977, a los 15 años, por mi militancia secundaria (primero dentro de la UES, Montoneros, y luego en la Juventud Guevarista, expresión juvenil del PRT-ERP). Por otra parte, durante treinta años, entre 1984 y 2014 inclusive, he sido convocado en numerosas oportunidades por la Justicia para declarar en calidad de testigo en varias causas por delitos de lesa humanidad desde mi vivencia personal de ex desaparecido y ex preso político.

Digo bien, "intentar participar de un debate", porque mi intención y la de la producción del programa de TV quedaron sólo en eso, en un deseo, un intento. Sucede que, mientras hablaba, fui interrumpido agresivamente y descalificado por Miguel Bonasso, también presente en el estudio. "Contanos para quién trabajás…", inquirió primero. "Con vigilantes no discuto", me acusó luego en el aire.

Hasta esas interrupciones sólo había alcanzado a decir que, visto a la distancia y con la serenidad que permiten los años, sentía que mi reclutamiento a los 13 años de edad, las actividades que se me ordenaba llevar a cabo (a mí como a tantos jóvenes de mi edad), la actitud que se me convenció debía adoptar a partir del golpe de Estado de marzo de 1976 ("Se impone al pueblo argentino…afrontar con heroísmo los sacrificios necesarios y librar…la victoriosa guerra revolucionaria de nuestra segunda y definitiva Independencia", El Combatiente, 31 de marzo de 1976), nos puso tanto a mí como a muchos más en una situación de riesgo de vida de la que sólo tomé conciencia dentro de un calabozo oscuro, orinado, muy lastimado, seguro de que iba a morir, y pensando en mi mamá y mi papá antes que en la guerra revolucionaria.

Dije textualmente en el programa: "Soy una víctima de la represión militar pero antes de eso fui una víctima de la guerrilla que me reclutó a los 13 años, para convertirme a los 14 en un miliciano de la guerra revolucionaria".

Respecto de aquella historia trágica de los años 70, estoy convencido de otra cosa: que a los efectos de nuestros objetivos y planes (los de la guerrilla) no importaba que estuviésemos viviendo en democracia, bajo un gobierno que -pese a sus características por todos conocidas-, había sido elegido por una enorme mayoría en 1973. Tanto la organización de la que yo participaba como la organización Montoneros (de la que Bonasso era un importante dirigente, un "jefe") llevamos adelante acciones contra los gobiernos de Perón e Isabel, desconociendo la voluntad popular y asumiendo que esa voluntad la expresábamos nosotros mismos, como "vanguardia lúcida", como "destacamento de avanzada". No nos preparaban entonces para las próximas elecciones. Nos preparaban para los próximos combates revolucionarios.

Por eso la interrupción con gritos e insultos de Bonasso la interpreté claramente como un: "No cuentes, no digas nada, nadie se tiene que enterar de eso".

Tal actitud sólo confirma mi idea de que se pretende manipular esa porción de nuestra historia contando lo que no pasó. Y no contando lo que efectivamente sucedió. Yo había llegado a Intratables por propia voluntad, a expresar mi rechazo a un proyecto de ley que impulsa la diputada Nilda Garré, que busca poner una mordaza legal a un debate que viene siendo contado de manera falsa y tendenciosa. Para hablar en contra de este intento de imponer una mentira de prepo. Una cosa que, por la dinámica del programa y debido a la interrupción de Bonasso, ni siquiera llegué a esbozar.

Bonasso, visiblemente enojado, expresó que mi discurso reavivaba la teoría de los dos demonios. Ni siquiera conozco en profundidad esa teoría. Ni intento emparentar nada con nada. Sí acuerdo con denominar "demoníaca" -si se quiere- a la salvaje e ilegal represión que viví al igual que miles de argentinos (aunque no todos, ya que hubo excepciones, como Firmenich y Bonasso por ejemplo).

Pero yo no estoy hablando de la dictadura. Estoy hablando de nuestro accionar -del entonces adulto Bonasso y del mío propio, que era casi un niño- en los años previos al Golpe de Estado. ¿Qué palabra podríamos encontrar para denominar ese accionar, con su secuela de muertos y el enorme daño que le provocó al país? ¿Si no fue "demoníaco", qué fue? ¿Angelical? ¿Justo? ¿Necesario?

Conmigo no, Bonasso. Simplemente porque yo estoy hablando de mi experiencia personal: yo la viví. Vos también la viviste: fuiste uno de los jefes de una organización que no dejó gobernar a Perón, que lo atacó sistemáticamente, y sólo porque pensaban que el proyecto que debía imponerse en la Argentina no era el de Perón (que acababa de ganar las elecciones con más del 60% de los votos) sino el de ustedes. Por eso le advirtieron que no iban a dejarlo gobernar y asesinaron a Rucci sólo dos días después de su triunfo electoral. Y lo siguieron enfrentando hasta que los echó. Y pasaron a la clandestinidad en plena democracia e intensificaron el accionar armado.

En aquellos años, sólo algunos, como usted Bonasso, tuvieron la ventaja de la clandestinidad y acceso a mecanismos para eludir o enfrentar la represión. Los miles de jóvenes que creían en ustedes, en las facultades, en las escuelas, en las fábricas y en los barrios, tuvieron que seguir ocupando sus lugares, "escrachados" y "quemados", claramente identificados por la represión. Una mayoría de nosotros siguió haciéndolo, valiente o inconsciente del riesgo, hasta que la Triple A o la dictadura los secuestró y los asesinó.

Conmigo no, Bonasso. Hubiera sido más digno que me interrumpieras para reconocer aquellos tremendos errores, o para contarles a los jóvenes de hoy que hay que vivir en democracia y cuidar de ella, y que te equivocaste cuando la atacaste. Hubiera sido genial que dijeras que para imponer ideas hay que convencer a los demás, no asesinarlos ni secuestrarlos. Y decirles a los peronistas que cuando Perón ya no enfrentaba ni al Almirante Rojas, ni a Aramburu, ni a Lanusse… aparecieron ustedes –los jóvenes de vanguardia- y se constituyeron en su principal enemigo en sus últimos años.

Aquellos últimos años en los que justamente Perón se abrazaba con Balbín y nos decía que "para un argentino no debe haber nada mejor que otro argentino".

Me vi obligado a responderte de este modo Miguel Bonasso, por escrito, porque durante el programa no me dejaste hablar ni decir estas cosas. Vos tenés una enorme posibilidad de contribuir a la verdad histórica no ocultando datos, no falseando hechos, sin engañar a las nuevas generaciones, que tienen derecho a saber qué sucedió realmente en la Argentina de aquellos años. Y, además, pidiendo perdón por todo el daño y sufrimiento causados.

lunes, 20 de febrero de 2017

Guerra antisubversiva: Mantener la memoria del terrorismo comunista

Por qué es necesario seguir hablando del accionar guerrillero de los 70
Una sociedad que alberga infinitas fabulaciones sobre su pasado nunca podrá calmar los odios y encontrar la madurez que necesita para encarar el presente. 
Por Julio Bárbaro | Infobae
Politólogo y Escritor. Fue diputado nacional, secretario de Cultura e interventor del Comfer.


Montoneros esperan el regreso de Perón en Ezeiza

Somos una sociedad que alberga limitadas visiones del presente pero infinitas fabulaciones sobre el pasado. No es cuestión de buscar coincidencias en el ayer, sería absurdo y carente de sentido. Al menos de intentar calmar los odios y resentimientos que arrastramos para encontrar la madurez de hoy. Hace años escribí un libro que titulé "Juicio a los setenta", tuvo escasa repercusión como todo aquello que busca ocupar el espacio de la cordura en una sociedad donde los bandos suelen terminar imponiéndose. Soy un protagonista privilegiado de aquellos tiempos, aunque por supuesto eso no sirve de mucho para valorar mis conclusiones.

Suelo insistir en que a Perón lo derrocan acusado de autoritario, esos mismos derrocan luego a Frondizi y a Illia, y con Onganía asumen su sueño de una dictadura definitiva. Copian al Franco de España, no al De Gaulle de Francia. Destruyen la universidad, que en ese entonces era conducida por los humanistas, un progresismo de origen cristiano digno de ser reivindicado. Formé parte de la conducción de ese grupo, y vimos de pronto como la violencia del Estado engendraba la de los estudiantes, la confrontación como fenómeno masivo nace en ese momento. Luego viajarán a Cuba, a China y a otros lugares decenas de estudiantes a formarse para la guerra de guerrillas.

El peronismo ni existía en la universidad, solo un pequeño grupo en filosofía. La división era entre marxistas de la FUA y socialcristianos del Humanismo. Años más tarde, con el asesinato de Aramburu, los montoneros, de origen católico, se van a acercar a Perón, y el General, antes de su retorno, les otorga una enorme cuota de poder en el último intento de que la democracia impida la confrontación armada. Fue ahí donde los llama "juventud maravillosa" y le otorga un lugar protagónico a Rodolfo Galimberti, con quien me cansé de discutir con él: ellos nunca dejaron de pensar que Perón no entendía que la violencia era la única salida.

Pero no nos engañemos, los golpes de Estado engendraron semejante violencia, Perón solo intenta integrarlos al gobierno, y los termina expulsando en aquel "qué quieren esos imberbes", después que ellos asesinan a Rucci para romper definitivamente con Perón y la democracia.

Tuve diálogos y debates con los guerrilleros que abarcan una buena parte de mi vida. Me hice responsable del velatorio de los asesinados en Trelew y pasé días en aquella cárcel dialogando con los presos que nunca imaginaron que los íbamos a poder liberar. Y acompañé los dos primeros aviones donde los trajimos de Trelew a esta capital, participé y discutí, siempre estuve en contra de sus sueños de tomar el poder por las armas, nunca dejó de parecerme ridículo.

Insisto en reivindicar el ejemplo de los Tupamaros, ellos hicieron su autocritica y son parte del gobierno y responsables de la pacificación de su país. Ellos supieron transformar sus errores en sabiduría; nosotros soportamos todavía algún resentido que niega sus errores, pero casi ninguno que los haya vuelto enseñanza y coherencia para que esos sueños de justicia social se conviertan al menos en ejemplo de vida.

Como diputado nacional, en aquella débil democracia descubrimos de pronto que la guerrilla había decidido volver a matar. Recuerdo los debates con el ERP que nunca había dejado sus armas, que no asesinaba sindicalistas aunque fueran burócratas pero que albergaba su sueño de enfrentar al ejército con sus formaciones. Los del ERP nunca se acercaron a la política, ellos solo tenían fe en la violencia, en las armas. Hablé y mucho con ellos, siempre me quedaba la amarga sensación de que marchaban consientes al suicidio. Y al no acercarse al peronismo no tuvieron vigencia en su memoria.

A los montoneros Perón les dio poder en la democracia y se cansó de explicarles que una guerrilla nunca podía derrotar a un ejército regular. De pronto comenzaron a explicarnos que necesitaban el golpe de Estado para desarrollar sus fuerzas militares, que el pueblo los iba a acompañar. Ya arrastraban un error garrafal al pensar que ellos permitieron el retorno de Perón, sobre ese error se forjó Ezeiza y toda la confrontación. Aquella reiterada tesis que expresaban como un mantra, "cuanto peor mejor", aquella muletilla ideológica de "agudizar la contradicción". Mantuve un dialogo con ellos hasta el Mundial del 78, hasta que luego me secuestran los militares para exigirme datos que nunca tuve.

La dictadura y el peronismo fueron las dos fuerzas que confrontaron, la dictadura expresaba al poder económico y el peronismo se fue convirtiendo en la vanguardia de la democracia. La guerrilla fue importante, pero no como para considerarse la causa del retorno de Perón. La dictadura se había agotado en sí misma, la guerrilla solo tenía como salida incorporarse a la democracia. Y Montoneros tuvo vigencia por su relación con el peronismo, y Perón los convoca en la lógica de que sean parte de la democracia. Aquel abrazo con Balbín es hoy necesario para heredar lo mejor de aquella coyuntura. Luego, si los demonios fueron dos o uno solo carece de trascendencia. El acierto fue la convocatoria a la unidad nacional en democracia y el error fue la violencia de las minorías. La violencia del Estado es nefasta, pero eso no hace que en democracia la violencia de la guerrilla no merezca ser condenada.

sábado, 7 de enero de 2017

Guerra contra la Subversión: Aniversario del inicio del Operativo Independencia

Un día como hoy pero de 1975 se iniciaba la guerra contra la guerrilla marxista en la selva de Tucumán. 
Por Nicolás Márquez - Prensa Republicana




En el fragor de la dramática guerra civil acaecida en la Argentina en los años 70´, un tema tan esencial como poco explorado (y en torno del cual giró la contienda), fue el intento por parte del ERP (Ejército Revolucionario del Pueblo)- la organización guerrillera mejor preparada y más aguerrida del continente- de llevar la guerra a la selva de Tucumán con el propósito de dominar la provincia, expandir su imperio a las provincias del norte, segregar una porción del territorio argentino e intentar conseguir el aval de la comunidad internacional para que fuera reconocido Estado Independiente, y desde allí, bajar a Buenos Aires y hacer un golpe de Estado revolucionario de filiación castro-comunista.


Formación del ERP en plena selva tucumana lista para entrar en combate. El ERP llegó a contar con 7200 terroristas entrenados para matar por la revolución comunista en la Argentina.1

Miles de terroristas del ERP al mando del emblemático guerrillero Mario Roberto Santucho, se lanzaron al ataque contra la democracia en búsqueda de ese objetivo. Para tal fin, a partir de mayo de 1974 (tercera presidencia de Perón) los castristas locales montaron numerosos campamentos guerrilleros en la selva de Tucumán secundados por un formidable aparato de retaguardia tanto en zonas urbanas de esa Provincia como en las provincias aledañas. Atacaron numerosos cuarteles, guarniciones militares y dependencias policiales en todo el país, con el propósito de conseguir armamentos y reforzar la Compañía de Monte en la Cuna de la Independencia. Crearon sofisticadas fábricas de armas, imprentas clandestinas, asesinaron familias enteras (niños incluidos) y llevaron adelante un plan sistemático de secuestros a empresarios y militares (muchos de ellos seguidos de muerte), para canjearlos por dinero o negociarlos por guerrilleros detenidos por las fuerzas legales.


Terroristas del ERP en sus fábricas clandestinas, preparando bombas y granadas para asesinar a sus víctimas. Entre ellas, hubo numerosos niños.1

Por entonces, la experiencia cubana, el ejemplo del Che Guevara y otros episodios ideológicamente afines, fueron el faro que marcó la senda de la guerrilla local. Pero sin dudas, fue la guerra de Vietnam la que atravesó y marcó por completo al ERP y la virtual guerra de secesión que vivió la Argentina entre 1974 y 1977. El Che Guevara había ordenado a sus feligreses “crear dos, tres, cien Vietnam” y encender la pradera revolucionaria en el conosur. Santucho y sus miles de combatientes leían permanentemente a los doctrinarios vietnamitas, estudiaban sus estrategias, se entrenaban en función de ellas; a Buenos Aires la llamaban “Saigón”. Su objetivo era cumplir el papel del Vietcong (ejército irregular que peleó contra las tropas americanas en Vietnam) y para tal fin, escogieron la zona geográfica más parecida posible a la existente en Vietnam. Ahora la selva vietnamita sería reemplazada por la de Tucumán (que era más cerrada y espesa) y los cañaverales de azúcar ocuparían el lugar de los arrozales. Sendos ámbitos eran ideales para “pegar y esconderse” tal el dogma de la “guerra de guerrillas”. Asimismo, la gran densidad de población y la pobreza imperante en Tucumán, les permitiría (según ellos creían) ganarse el apoyo masivo de la gente.



Conferencia de prensa clandestina del ERP. En la imagen, se puede ver a los terroristas encapuchados y secundados por un estandarte del asesino serial Ernesto Che Guevara: su guía y referencia a imitar.
El ERP no estaba sólo: peleó con tropas de refuerzo de guerrillas provenientes del MIR de Chile, del ELN de Bolivia, de Tupamaros del Uruguay y de otros países. El entrenamiento y adoctrinamiento fue proporcionado por el estado totalitario de Cuba y fue el único campo de batalla donde el ERP realizó tareas de guerra conjuntas con Montoneros.


No había día en que los diarios no informaran acerca de los atentados terroristas tanto a unidades militares como a instituciones civiles.

En tanto, el gobierno nacional, en medio de una situación pre-anárquica en un país en grave riesgo de ser segregado, tras varios fracasos y bajas tenía previsto en lanzar una drástica respuesta militar de guerra prolongada y para tal fin, el día 5 de enero de 1975 (del que hoy se cumplen exactamente 41 años), se envió a un avión del Ejército al corazón de la selva para efectuar tareas de reconocimiento, pero la nave nunca regresó: dicho avión fue derribado por el ERP a través de un fusil lanzamisiles de origen ruso y murieron 13 oficiales[1].

 La noticia fue catastrófica para el Gobierno, quien seguidamente apuró el lanzamiento semanas después del “Operativo Independencia”, ordenándole a las Fuerzas Armadas entrar en guerra y aniquilar a través de operaciones de combate el accionar de los elementos subversivos obrantes en Tucumán.


Uno de los tantos aviones atacados por el terrorismo en Tucumán. En la foto, un C-130 de Gendarmería totalmente destruido durante la guerra revolucionaria que durante los últimos doce  años se quiso silenciar.

Durante los primeros tiempos, dicho Operativo fue encabezado por el General Acdel Vilas. No es casualidad que dadas las condiciones de una guerra que por imposición del bando atacante siguiera a pie juntillas la experiencia vietnamita, meses después fuera convocado a comandar el Operativo el General Antonio Domingo Bussi, quien fuera entrenado precisamente en Vietnam en 1968. Nunca se imaginaría Bussi que casi un lustro después, todo lo allí aprendido debería aplicarlo en su país, ahora no como aprendiz y espectador, sino como protagonista y conductor. Tanto sea por el lado de la guerrilla como por el de las fuerzas legales, el emblema de Vietnam sobrevolaba Tucumán (el corazón de la guerra revolucionaria) y por añadidura el resto del país.


El Gral. Antonio Domingo Bussi revistando sus tropas, las cuales tras dos años de combates lograron aniquilar el terrorismo en Tucumán.

Los documentos, los dramáticos testimonios, el fanatismo ideológico, la estructura sectaria del ERP, los combates, los objetivos, el nexo con tropas guerrilleras extranjeras, la vida en los campamentos terroristas, el apoyo de Montoneros, el Operativo Independencia, la respuesta militar, la lucha por ganar el consenso de la población, los enfrentamientos terrestres, aéreos y todos los detalles de esta dramática guerra, constituyen el objeto de análisis de un libro que yo publicara hace ocho años, y que ahora relanzamos en edición limitada para interés del lector.



“EL VIETNAM ARGENTINO – LA GUERRILLA MARXISTA EN TUCUMÁN” de Nicolás Márquez.




[1] Notas: en el avión derribado murieron  Gral. De Brigada Enrique Eugenio Salgado, Gral. De Brigada Ricardo Agustín Muñoz, Cnel. Eduardo Wilfredo Cano, Tte Cnel. Oscar Rubén Bevione, Tte. Cnel. Pompilio Shilardi, Tte. Cnel. Pedro Santiago Petrecca, Mayor Roberto Dante Biscardi, Mayor Pedro Antonio Zelaya, Mayor Héctor Abel Sanchez, Mayor Aldo Emilio Pepa, Capitán Roberto Carlos Aguilera, Tte. Primero Carlos Eduardo Correa y Sargento Primero Aldo Ramón Linares