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sábado, 7 de abril de 2018

Guerra Antisubversiva: El atentado al bebé de Raúl Laguzzi

Septiembre negro: el atentado contra el bebé del rector de la UBA que desencadenó el terrorismo en las aulas

En septiembre de 1974, una bomba mató al hijo de Raúl Laguzzi, de cinco meses. Fue el punto de partida para la imposición del autoritarismo y la represión ilegal en los claustros. La vida oculta de Laguzzi después del crimen

Por Marcelo Larraquy | Infobae
Periodista e historiador (UBA)


A las 3.10 de la madrugada del sábado 7 de septiembre de 1974, una bomba estalló en el 8° piso del edificio ubicado en la esquina de Senillosa y Guayaquil, en el barrio porteño de Caballito.

La bomba fue colocada en el cuarto de incineración, lindera al dormitorio de Pablo Gustavo Laguzzi, de cuatro meses. Su cuerpo cayó por el hueco del ascensor. Los padres del bebé resultaron heridos, pero quedaron retenidos en una viga que les salvó la vida. La explosión sólo dejó en pie algunos marcos de hierro del departamento.

El padre luego se repuso, encontró a su hijo en el 2° piso y lo llevó al hospital.

Pocas horas más tarde el bebé murió.



El padre era Raúl Laguzzi, rector interino de la Universidad de Buenos (UBA), de 33 años.

Había sido decano de la Facultad de Farmacia y  Bioquímica hasta el 25 de julio, cuando fue designado por el ministro de Cultura y Educación  Jorge Taiana para el Rectorado.

En la primera semana en funciones, Laguzzi recibió una amenaza de muerte en su escritorio.



Sonó el teléfono.

-¿Vió lo que pasó con Ortega Peña? –le preguntaron (el diputado acababa de ser fusilado en el centro porteño).

-Sí.

-El próximo es usted.

Laguzzi pidió custodia policial para su casa.

Luego sabría que el policía asignado realizó la inteligencia del atentado.

"Mi papá me dijo que el policía que hacía de guardaespaldas, el que habían enviado para la custodia, le abrió la entrada a una mujer para que pusiera la bomba. Él escuchó los tacos cuando caminaba esa madrugada…Era un policía de la Triple A", afirma María Laura, hija de Raúl Laguzzi, que nació diez años después del atentado, en entrevista con el autor.



El 14 de agosto Taiana entregó su renuncia forzada a la presidenta Isabel Perón. Hacía un mes y medio había muerto Perón. Comenzaba una nueva etapa de gobierno, que viraba la ortodoxia.

Su reemplazante era Oscar Ivanissevich, de 79 años, un ex ministro del primer gobierno peronista, que al momento de ser ungido en la cartera educativa dirigía la campaña de forestación del ejido urbano.

La nueva etapa de gobierno ya revelaba un mayor desarrollo de la Triple A. El terrorismo paraestatal también apuntaba hacia el Congreso.

El 4 de septiembre dio a conocer un comunicado con la "condena a muerte" de dos senadores y nueve diputados. Avisó que serían "ejecutados donde se encuentren por infame traición a la Patria".

Entre los "condenados" volvía a anunciarse al senador radical Hipólito Solari Yrigoyen, que había sobrevivido a una bomba en su auto en noviembre de 1973.

"Esta vez no fallaremos", le anticipaban en la posdata.

Con la llegada de Ivanissevich, Raúl Laguzzi comenzó a sufrir presiones directas para que abandonara el Rectorado.

Si bien contaba con el apoyo de los doce decanos de la UBA, el Consejo de Facultades y la comunidad estudiantil, el hecho de que la Juventud Universitaria Peronista (JUP) sostuviera su nominación, y lo considerara un "cuadro propio", lo convertía en un blanco de la "depuración ideológica", que estaba a  punto de ejecutarse.


Juventud Universitaria Peronista – Medicina (JUP)

Laguzzi no entendía semejante reacción contra su designación. No era un cuadro político. Era un científico con experiencia de gestión que entendía que la medicina, como la educación, tenía que tener acceso popular. Como decano de Farmacia y Bioquímica había comenzado a crear una planta de producción de medicamentos –que resultarían mucho más económicos que los de los laboratorios- e impulsó a los estudiantes a participar en proyectos de salud para implementarlos en las provincias.

Sus ideas le generaron enemigos.

Laguzzi había pedido una audiencia con el ministro Ivanissevich para entablar un diálogo. No la obtuvo.

El día que mataron a su hijo retiró el pedido.

Laguzzi escribió al ministro:
"En el día de la fecha mi hogar y mi familia fueron objeto de un atentado criminal que costó la vida de mi hijo de cuatro meses. Los autores materiales del hecho fugaron impunemente. Su acción contó con el pretexto político que se brindó injustificada e irresponsablemente desde el Ministerio de Cultura y Educación y otras fuentes oficiales, con la excusa de la infiltración ideológica y del desorden interno de la Universidad, así como con la complicidad abierta de las fuerzas de seguridad, que pocas horas antes del atentado levantaron la custodia de mi domicilio. Quiero expresar al señor ministro que estos actos de inhumana y sistemática violencia contra los sectores que pretenden mantener en alto las banderas de liberación votadas por el pueblo argentino, son también de responsabilidad del gobierno al que pertenece; que ya no volveré a insistir con pedidos de audiencia, pues he comprendido cuáles son las formas que el diálogo asume hoy en esta dolorosa etapa de la historia argentina".
Casi mil personas acompañaron el cortejo al cementerio de la Chacarita.

"Yo veía las fotos de Pablo Gustavo en casa y empecé a preguntar quién era. ¿Dónde estaba ese bebé? Mi papá me dijo que no estaba, que era mi hermano, pero que había muerto. Yo tendría 4 ó 5 años. Todavía no había empezado la escuela primaria. Poco a poco me fue contando cómo había sido. Que había sido rector, que había problemas políticos… Me acuerdo que esa noche justo vino a dormir una compañerita del jardín de infantes a casa y le conté todo, pobre", agrega María Laura, que vive en Francia.

Menos del gobierno peronista, Laguzzi recibió la solidaridad del ámbito académico y partidario.

Llamó la atención el atenuante que expresó  Ricardo Balbín sobre el atentado. El jefe radical mencionó "el desprestigio" de la UBA en el marco de su condena.

"Hoy será noticia que al Rector le han puesto una bomba que le mató al hijo e hirió gravemente a su mujer y a él. Nosotros vamos a documentar nuestro reclamo, pero ese Rector, antes de la bomba, no había serenado al ámbito universitario", expresó.

La frase impactó en la Juventud Radical-Franja Morada, que aún con diferencias, apoyaba a Laguzzi.

La preocupación por la represión policial y los atentados excedía a la izquierda peronista o marxista.

Justamente el mes anterior, los sectores juveniles del radicalismo –liderados por Federico Storani, Marcelo Stubrin y Leopoldo Moreau- reclamaron a la UCR que propiciara una comisión parlamentaria para investigar "la existencia de un plan represivo en gran escala que contempla hasta la eliminación física de militantes de diversas organizaciones populares".


Federico Storani – FUA

Y pidieron la destitución del comisario Alberto Villar, jefe de la Policía Federal, "quien haciendo uso abusivo de las fuerzas que dispone encabeza en grado de ejecutor esta escalada represiva".

Las bombas ya habían empezado a golpear la Universidad. Una de ellas fue depositada en el edificio de Salguero y Arenales donde vivía la decana de Filosofía y Letras, Adriana Puiggrós.

Se expresó en el diario "La Opinión".
"Yo pregunto qué es lo que crea el caos en la universidad: la inscripción ordenada de 25.000 alumnos en nuestra Facultad, que rinden sus exámenes en los plazos previstos o la colocación de una bomba a las 3 de la madrugada por manos cobardes, en un edificio donde viven criaturas y que debió apuntalarse porque peligraba su estructura".
Cuarenta y cuatro años después, Puiggrós todavía  recuerda el atentado: "Era una bomba de 5kg de gelinita. Volaron toda la parte de abajo del edificio y en la pared pusieron mi nombre y debajo "AAA". También pusieron una bomba en un sector de la Facultad, en el Clínicas", agrega.

La bomba que mató a Pablo Laguzzi no provocó la renuncia del Rector de la UBA. Apenas se repuso de sus heridas continuó en su despacho de la calle Viamonte. Su esposa Elsa Repetto se ocultó en el interior del país.

Laguzzi apoyaba la continuidad de las políticas universitarias votadas el 25 de mayo y el 23 de septiembre de 1973, y aplicadas por los rectores interventores precedentes de la UBA, Rodolfo Puiggrós y Ernesto Villanueva y Vicente Solano Lima:

  • Ampliación de canales de acceso a la Universidad (ingreso irrestricto).
  • Transformación de programas y planes de estudios y fin del autoritarismo pedagógico y académico.
  • Proyectos de investigación acordes a las necesidades del proceso de liberación.

En este punto, se apoyaba en el último discurso de Perón ante la Asamblea Legislativa:

"Sin base científico-tecnológica propia y suficiente, la liberación se hace imposible".

Pero con la designación de Ivanissevich, el gobierno de Isabel quería terminar con el último eco del peronismo del 25 de mayo de 1973.

Y generó la resistencia universitaria.


(Gustavo Gavotti)

Al momento del atentado terrorista contra Laguzzi, las facultades hacía un mes que estaban tomadas. Se daban clases públicas en las puertas de los edificios; incluso los alumnos de Agronomía soltaron algunas vacas por avenida San Martín -que utilizaban para sus prácticas de estudio-, en señal de protesta. Se producían detenciones: trescientos estudiantes fueron apresados cuando marchaban hacia el Congreso.

Las tomas habían sido acordadas por 10 de los 12 decanos y los estudiantes de JUP, JR y el comunismo (MOR). Coincidían en una universidad comprometida con el "proceso de liberación", pero la JR y los comunistas desconfiaban del "sectarismo" de la JUP, conducida subterráneamente por Montoneros. Y mucho más luego de que el 6 de septiembre la organización guerrillera definió su pase a la clandestinidad para "reasumir las formas armadas de lucha". Para Montoneros, muerto Perón, se acababa el último factor de unidad latente.

El llamado a la clandestinidad complicó al frente interno  estudiantil. Los dirigentes de la JUP quedaron descolocados: muchos de ellos se vieron obligados a  abandonar espacios de militancia pública. El decano de Abogacía Mario Kestelboim, que contaba con el  apoyo de la JUP, decidió renunciar.

El martes 10 de septiembre, finalmente, se anunció  la "restauración educativa", con la ruptura de las políticas universitarias previas.

El ministro Ivanissevich atacó el Estatuto Docente, condenó el ingreso irrestricto –"es un engaño que no aceptan ni los países comunistas-; dijo que la investigación científica debían hacerla las empresas privadas, anticipó la eliminación del gobierno tripartito y afirmó que la destrucción de la universidad era por "la acción disolvente de  organizaciones que quieren transformar a los jóvenes justicialistas en marxistas".

Su exposición en el Teatro Colón fue aplaudida por el gabinete peronista y apoyada por el Partido Justicialista en un comunicado, para no dejar dudas.

Las reacciones fueron inmediatas.

El físico y matemático Manuel Sadosky, echado de la Universidad por el general Onganía, lo comparaba con la reproducción de "la noche de los bastones largos".

"En 1966, los ideólogos del golpe de Estado expertos en campañas psicológicas supieron crear una imagen de calamidad pública: la Universidad estaba en manos del Demonio, todos los males del país derivaban del caos universitario y extirpada la camarilla marxista-reformista de la Universidad de Buenos Aires la patria encontraría su destino…".

Después de la presentación del plan de Ivanissevich, el ministro quedó enfrentado al rector Laguzzi y los decanos de la UBA.

Fue una tregua implícita de una semana.

Los estudiantes y decanos decidieron lanzar un referéndum para que se votara por la continuidad o no de las políticas universitarias.

Pero no se realizó.

El 17 de septiembre, Ivanissevich designó como nuevo rector a Alberto Ottalagano y la policía y el Ejército ingresó a las facultades lanzado gases y a punta de pistola.


Alberto Eduardo Ottalagano

"Estábamos en el Rectorado de la calle Viamonte y entró la policía y escapamos por otra puerta. Nos echaron a todos los decanos. No hubo renuncia. Yo estaba amenazada y al otro día me exilié a México", recuerda Adriana Puiggrós.

"Mi papá se fue del Rectorado. Y estuvo escondido durante un mes. Mi mamá también, pero estaban separados. Lograron entrar a la embajada de México y se fueron de urgencia en el primer vuelo, perseguidos por la policía al aeropuerto. Quedarse en la Argentina era morir por morir", afirma María Laura Laguzzi.

Ottalagano, un nacionalista católico que se confesaba fascista, ordenó el ingreso de un cuerpo centenares de "celadores" en las aulas para mantener el "orden" y separó las carreras para dispersar a los alumnos, a quienes pretendía como  obedientes y silenciosos soldados de la enseñanza autoritaria.



El nuevo decano de Filosofía y Letras, el sacerdote Raúl Sánchez Abelenda se paseaba por las facultades con un olivo para exorcizar los malos espíritus que habían dejado en las aulas las obras de Freud, Piaget y Marx en las aulas.

En un trimestre de gestión, Ottalagano produjo una cesantía masiva de docentes. Hubo libertad de acción para el terrorismo "parapolicial": cuatro alumnos de la UBA fueron secuestrados y desaparecieron y a once los mataron. En las facultades se empezó a exigir el certificado de "buena conducta" y de "domicilio" expedido por la Policía Federal para poder cursar.

Hasta antes del golpe de Estado del 24 de marzo de 1976, las cifras de estudiantes muertos y desaparecidos alcanzarían casi a medio millar en todo el país.

Raúl Laguzzi volvió a la Argentina casi veinte años después del atentado que mató a su hijo Pablo.

"Fue la primera vez que lo ví llorar –recuerda María Laura Laguzzi-. Fue en el año 1993, en el cementerio de la Chacarita. Debía ser Pascua. Había dos fechas muy difíciles: el 10 de abril, cuando nació Pablo y el 7 de septiembre. Papá no quiso volver a la vivir a la Argentina. Le dejó un trauma muy importante. Hizo el duelo del país y no quiso volver a instalarse. Era psicológicamente imposible para él. Siguió viviendo en Francia, estudiando el sueño, el stress, cuestiones de neurociencia. A partir de entonces volvió cada dos o tres años para ver a su familia, pero en secreto. Nosotros nunca dábamos la dirección. Una vez, cuando empezó a hacer el juicio contra el Estado por la muerte de Pablo, llegó un fax con una amenaza en el hospital donde trabajaba. Y habían pasado veinticinco años. Increíble. Con el dinero que recibió de la indemnización creó junto a mi mamá una escuela de oficios manuales que lleva el nombre de mi hermano, la escuela "Pablo Gustavo Laguzzi Por los Derechos del Niño" y una radio para chicos huérfanos en una villa de Buenos Aires. Dieron todo. No se quedaron ni con un centavo para ellos", dice su hija María Laura.

En la madrugada del 28 de noviembre de 2008, Raúl Laguzzi murió en París de un paro cardíaco en su departamento.

*Marcelo Larraquy es periodista e historiador (UBA). Su último libro es "Primavera Sangrienta. Argentina 1970-1973. Un país a punto de explotar. Presos políticos, guerrilla y represión ilegal". Ed. Sudamericana.

viernes, 30 de marzo de 2018

Hitler: Georg Elser y el inquebrantable destino del Führer

Georg Elser, la fascinante historia del artesanal y pionero atentado de la cervecería de Munich contra Hitler




Johan Georg Elser

De los diversos intentos de atentados que se propusieron acabar con la vida de Adolf Hitler sin duda el más conocido es el que perpetró el coronel Claus von Staufenberg con la implicación de importantes personajes de la política y el ejército alemán. Sin embargo, si hay un atentado que llama la atención por el tesón, la preparación artesanal y por lo cerca que estuvo de conseguir su objetivo es el llevado a cabo en Munich el 8 de noviembre de 1939 por Johan Georg Elser.

Elser era un ciudadano alemán de ideología cercana al socialismo y al comunismo (en 1928 se afilió a la Asociación de Combatientes del Frente Rojo), que había trabajado como tornero, como carpintero y ebanista y que tenía conocimientos de relojería. Poco a poco y a medida que el nazismo con su ideología xenófoba y anticomunista iba escalando hacia el poder único e indiscutido en Alemania y hacia una conflagración mundial, se convenció de que la única forma de evitar que su país se viera abocado a un desastre sin precedentes era terminar con la vida del principal causante de la situación, Adolf Hitler.

A medida que esta idea se iba afianzando en el cerebro de Elser, dos cuestiones se le revelaron como claves para que el magnicidio tuviera éxito: la primera era que debía trabajar solo, porque debido al brutal número de delatores y confidentes que los nazis tenían entre la población, hacer partícipe de sus planes a otras personas suponía un serio riesgo de que llegaran a oídos de la Gestapo; la segunda era que el éxito del atentado pasaba en gran medida por una planificación llevada a cabo muy cuidadosamente y con mucha anticipación respecto de su ejecución, porque Hitler se encontraba siempre rodeado de un enjambre de guardaespaldas por lo que acercarse a él sería imposible, lo que hacia necesario que el artefacto utilizado para atentar contra él se encontrase colocado en el lugar elegido con mucha antelación a la fecha prevista para su puesta en marcha.

Con estas premisas, Elser vio su oportunidad de actuación en un acontecimiento que meses antes de celebrarse contaba con la segura presencia del Fuhrer: la celebración anual del aniversario del fallido putsch de Munich de 1923, que se celebraría el 8 de noviembre de 1939 en la cervecería Bürgerbräukeller de la capital bávara.


La cervecería luego del atentado

Sus conocimientos de carpintería y relojería fueron muy útiles para sus propósitos y para aprender lo necesario sobre la manipulación y manejo de explosivos se empleó durante un tiempo como cantero en Könningsbronn y se dedicó a robar explosivos de la fábrica de armas donde trabajaba.

En los meses previos a la fecha del atentado y tras visitar en varias ocasiones la Bürgerbräukeller, Elser decidió que la mejor opción era colocar el explosivo dentro de una de las columnas de la cervecería cercanas al estrado desde el que Hitler daría su discurso. Esta ubicación y la seguridad de que los máximos dirigentes del partido nazi se encontrarían cerca de su líder en tan señalada ocasión garantizaba que el atentado acabase con la vida de la plana mayor del Estado. Además, según las previsiones de Elser, era más que probable que la fuerza de la explosión derribara el tejado de la cervecería sobre los asistentes a la reunión.

Con una tenacidad y una puntillosidad increíbles Elser se escondió noche tras noche durante varios días en los aseos de la Bürgerbräukeller al cierre de la misma y trabajó en la columna elegida para horadar un hueco donde colocar la dinamita y el detonador que fijaría la hora de la explosión; su meticulosidad le llevó no sólo a limpiar diariamente los restos de su trabajo nocturno y forrar la columna de un revestimiento de madera del mismo color que la columna, sino incluso a forrar interiormente este revestimiento de una plancha de acero para evitar que sonara a hueco.

De esta forma sus trabajos pasaron totalmente desapercibidos y el día 6 de noviembre todo se encontraba dispuesto; faltaba fijar el momento exacto de la deflagración en el detonador y Elser decidió que la mejor hora eran las nueve y media de la noche. Pensó que el gusto de Hitler por los largos discursos y el hecho de encontrarse con sus más antiguos y queridos camaradas (los del putsch de 1923) harían que la intervención de Hitler se alargase hasta tarde.

Tras comprobar que todo estaba dispuesto y que su escondite no había sido detectado, el día del atentado Elser dejó Munich con intención de huir a Suiza y recibir allí la noticia del éxito de su plan.

Sin embargo, aunque la explosión se produjo y causó ocho muertos y decenas de heridos (el techo de la cervecería efectivamente se derrumbó como consecuencia de la onda expansiva), ni Hitler ni ningún jerarca nazi resultaron afectados por el atentado, porque tras un discurso inusualmente breve del líder todos ellos habían abandonado la Bürgerbräukeller antes de la hora prevista por Elser y se encontraban en un tren de vuelta a Berlín cuando se produjo la deflagración.

El atentado causó una reacción de rabia y alarma en los dirigentes del partido que se plasmó en un impresionante despliegue policial para detener a los responsables del mismo. Elser no tuvo tiempo de librarse de este dispositivo y fue detenido en un bosque fronterizo cerca de Constanza antes de poder llegar a Suiza. En su poder se encontraron una postal de la Bürgerbräukeller, partes de la maquinaria de un reloj y un pequeño detonador de aluminio, lo que le convirtió rápidamente en sospechoso del intento de magnicidio.

Tras seis días de intenso interrogatorio Elser confesó ser autor del atentado; lo que la Gestapo no consiguió fue que implicara a otros cómplices, pues consideraban increíble que tan magna catástrofe la hubiese causado una sola persona. Incluso trataron infructuosamente de conectar a Elser con una operación contra espías británicos que se desarrolló en esos días… pero esa es otra historia.

Elser fue condenado a muerte, aunque la sentencia no se ejecutó inmediatamente. De hecho por una trágica ironía, tras pasar por los campos de Sachsenhausen y Dachau fue ejecutado en este último el 9 de abril de 1945, menos de un mes antes del suicidio de Hitler y de la rendición de Alemania.



Curiosidades de la Historia

viernes, 15 de diciembre de 2017

JAR: El atentado de 1891

Los chicos que atentaron contra Roca

En el verano de 1891, tres adolescentes se apostaron a dos cuadras de la Casa Rosada y dispararon al carruaje en que pasaba el entonces ministro de Interior; estuvo involucrado un hermano de Alfredo Palacios
Daniel Balmaceda | LA NACION



Como tantos otros inmigrantes, la familia Zambrizzi arribó a nuestro país atraída por la promesa de trabajo y progreso. Llegaron en 1889 desde el pueblo de Tizano, en Lombardía, Italia, y se instalaron en Barracas.

La situación política del país era compleja y se vivía una crisis económica. En 1890 se produjo la Revolución del Parque, que tuvo dos grandes consecuencias: el nacimiento de la Unión Cívica Radical y la renuncia del entonces presidente Miguel Juárez Celman, quien fue reemplazado por Carlos Pellegrini.

Tomás, hijo de José Zambrizzi, de oficio carrero, consiguió un trabajo como aprendiz en una talabartería de la calle Artes (actual Pellegrini) y Tucumán. Tenía 14 años. Durante una de las comidas cotidianas que se hacían en el negocio para ahorrar, uno de los comensales comentó que alguien debería matar a Roca por ser el causante de los males económicos del país y por haber provocado la renuncia de Juárez Celman para acumular poder.


Julio A. Roca

El comentario no pasó desapercibido para el joven Zambrizzi, quien siguió escuchando atento al interlocutor que, muy convencido, agregó que lo ideal sería que el asesinato lo cometiera un menor porque, en caso de ser apresado, los "cívicos" conseguirían su libertad y hasta, tal vez, le pagaran. Tomás comentó esta idea con su hermano (se llamaba Eduardo) y con su amigo Octavio Palacios, hermano de Alfredo Palacios. Los tres comenzaron a urdir un plan.

Lo que parecía una travesura de chicos empezó a tomar otro tenor cuando Leandro Alem, uno de los fundadores de la Unión Cívica Radical, recibió en su casa una carta anónima en la que se le pedía un consejo sobre cómo matar a Roca. Alem desestimó la carta por considerarla obra de algún loco. Mientras Alem no se tomaba en serio el asunto, los hermanos Zambrizzi y Palacios lograron comprar un revólver Bull-dog de 9 milímetros.

El 19 de febrero de 1891, pasadas las seis de la tarde, el ministro de Interior, general Julio A. Roca, se retiró de la Casa de Gobierno luego de una larga reunión de gabinete. Subió a su carruaje victoria junto con Gregorio Soler y tomaron la calle 25 de Mayo hacia el norte. Al llegar a Cangallo (actual Perón), se escuchó un disparo. Roca le informó a Soler que lo habían herido. Pero no fue así. El proyectil perforó el panel trasero del carruaje, ingresó a la caja, atravesó el forro de crin del asiento y se amortiguó entre los resortes del respaldo. Apenas lastimó la espina dorsal del ministro.

Roca bajó del carruaje, desenvainó el estoque que portaba y comenzó a correr como pudo al agresor. Unos policías detuvieron a Tomás, quien había cumplido quince años el 25 de diciembre. Aunque se encarceló a veintiséis personas y hasta se decretó el estado de sitio en la ciudad, sólo tres quedaron detenidos: los chicos Zambrizzi y Palacios.

Tomás y Eduardo Zambrizzi fueron liberados el 5 de junio, también Octavio Palacios, y luego sobreseídos por el juez Saavedra, en cuya sentencia argumentó que estaban exentos de responsabilidad y sanción en razón de su edad.

El carruaje victoria en el que viajaba Roca aquel 19 de febrero aún se conserva en el Complejo Museográfico Enrique Udaondo de la ciudad de Luján. En el coche, aunque restaurado, se puede ver el impacto de la bala que disparó un niño al que le habían llenado la cabeza de falsos ideales.

domingo, 18 de junio de 2017

SGM: El intento de asesinato de Hitler

El intento de asesinato de Hitler

William L. Shirer

Un coronel del ejército alemán penetra en el cuartel general de Hitler; coloca una bomba a menos de dos metros del Führer y se retira. Una explosión, llamas, gritos. En este fragmento extraído y traducido de su libro, «The rise and fall of the Third Reich», publicado en 1960, el periodista norteamericano William L. Shirer, analiza las fases del atentado del 20 de Julio de 1944, explicando las razones de su fracaso.


Coronel Klaus von Stauffenberg


El coronel Klaus von Stauffenberg era hombre de una amplitud de espíritu rara en un militar de carrera. Había nacido en 1907 y descendía de una vieja familia aristocrática del sur de Alemania, profundamente católica y muy cultivada. Dotado de una magnífica salud física, von Stauffenberg se forjó un pensamiento brillante, curioso y admirablemente equilibrado. Durante cierto tiempo había acariciado la idea de dedicarse a la música, luego a la arquitectura, pero, a los diecinueve años, entró como cadete en el ejército y, en 1936, fue admitido en la Escuela de Guerra de Berlín. Monárquico de corazón, como la mayoría de los hombres de su clase, no se opuso, por entonces, al régimen nacionalsocialista. Fueron, al parecer, los «pogroms» de 1938 los que sembraron en su espíritu las primeras dudas, que aumentaron cuando vio al Führer, en el verano de 1939, empujar a Alemania a una guerra que podía ser larga y terriblemente costosa en vidas humanas. No obstante, cuando llegó la guerra, se lanzó a ella con su energía característica. Pero en Rusia perdió von Stauffenberg sus últimas ilusiones sobre el Tercer Reich. El inútil desastre de Stalingrado le hizo caer enfermo. Inmediatamente después, en Febrero de 1943, solicitó ser enviado al frente de Túnez. Pero el 7 de Abril, su automóvil voló en un campo de minas y von Stauffenberg resultó gravemente herido. Perdió el ojo izquierdo, la mano derecha y dos dedos de la mano izquierda. Durante su larga convalecencia tuvo tiempo para reflexionar y llegar a la conclusión, a pesar de su estado, que tenía una misión que cumplir en bien de la patria. «Creo que debo hacer algo para salvar a Alemania» –dijo a su mujer, la condesa Nina, que había ido a verle al hospital- «Nosotros, oficiales del Alto Estado Mayor, tenemos todos que asumir nuestra parte de responsabilidad».


von Stauffenberg y su esposa Nina

A fines de Septiembre de 1943, estaba de vuelta en Berlín, en la comandancia general del ejército. Empezó a ejercitarse, valiéndose de pinzas, en la tarea de activar una bomba con los tres dedos de la mano que le quedaban. Hizo mucho más aún. Su personalidad dinámica, la claridad de su inteligencia y su notable talento de organizador, infundieron en los conspiradores una mayor resolución. Los conspiradores, sin embargo, no tenían en sus filas a ningún mariscal en actividad. Se hizo una propuesta al mariscal von Rundstedt, que mandaba las tropas del sector occidental, pero rehusó faltar a su juramento de fidelidad al Führer. El mariscal von Manstein dio una respuesta idéntica. Tal era la situación a comienzos de 1944, cuando un mariscal, muy activo y muy popular, prestó oídos a los conspiradores, sin que von Stauffenberg lo supiera al principio. Era Rommel, y su participación en el complot contra Hitler sorprendió mucho a los jefes de la conspiración. Pero, en Francia, Rommel se había dedicado a frecuentar a dos de sus viejos amigos, el general von Falkenhausen, gobernador militar de Bélgica y del Norte de Francia, y el general Karl Heinrich von Stülpnagel, gobernador militar de Francia. Estos dos generales formaban parte ya de la conspiración antihitleriana y, poco a poco, lo pusieron al corriente de sus actividades en este terreno.


General von Falkenhausen

General Karl Heinrich von Stülpnagel

Después de algunas vacilaciones, Rommel aceptó: «Creo –les dijo- que es mi deber acudir en socorro de Alemania». Y ahora que se acercaba el verano decisivo de 1944, los conspiradores comprendían la necesidad de actuar con urgencia. El ejército ruso estaba casi en las fronteras de Alemania. Los Aliados se disponían a lanzar una operación de gran envergadura en las costas francesas del Canal. En Italia, la resistencia alemana se derrumbaba. Si querían obtener una paz inmediata, que ahorrase a Alemania un aplastamiento y una ruina totales, tenían que desembarazarse lo más pronto posible de Hitler y del régimen nazi. En Berlín, von Stauffenberg y sus conjurados tenían, al fin, sus planes a punto. Los habían reunido bajo el nombre convencional de «Operación Valkiria», término apropiado, ya que las valkirias eran, según la mitología escandinava, cada una de las divinidades con forma de mujer, que se precipitaban sobre los campos de batalla, para designar a los héroes que debían morir en los combates. En el caso presente, era Adolf Hitler quien debía desaparecer. Resulta irónico que el almirante Canaris, antes de su caída, hubiera dado al Führer la idea de un plan Valkiria, destinado a garantizar, por el ejército del interior, la seguridad de Berlín y de las demás grandes ciudades, en caso de una insurrección de los millones de trabajadores extranjeros que vivían maltratados en estos centros. Semejante insurrección era muy improbable –en realidad era imposible-, pues los trabajadores no estaban armados ni organizados, pero el Führer, muy suspicaz en aquella época, veía acechar el peligro por todas partes y, como casi todos los soldados útiles estaban ausentes del país (ya en el frente o ya de guarnición), aceptó fácilmente la idea de que el ejército del interior garantizase la seguridad del Reich contra las “hordas” de los trabajadores forzados. De este modo, el plan Valkiria de Canaris llegó a ser una perfecta tapadera para los conspiradores militares, permitiéndoles elaborar casi a la luz del día unos planes para que el ejército del interior cercara la capital y algunas ciudades como Viena, Munich y Colonia, en el momento mismo en que Hitler fuese asesinado.
En Berlín, la principal dificultad residía en el hecho de que disponían de muy pocas tropas y las formaciones S.S. eran mucho más numerosas. Había también un número considerable de unidades de la Luftwaffe, en el interior mismo de la ciudad y en sus alrededores, que servían las defensas antiaéreas. Estas tropas, a menos que el ejército obrara rápidamente, seguirían fieles a Goering y lucharían por salvar el régimen nazi y colocarlo bajo la autoridad de su jefe, aun cuando Hitler hubiera muerto. Frente a las fuerzas de las S.S. y de las tropas de aviación, von Stauffenberg sólo contaba con la rapidez de las operaciones para asegurar el control de la capital. Las dos primeras horas serían las más críticas. En este breve tiempo, las tropas sublevadas deberían ocupar y defender la central de radio y las dos emisoras de la ciudad, las centrales telegráficas y telefónicas, la cancillería del Reich, los ministerios y los cuarteles generales de la Gestapo. Goebbels, el único alto dignatario nazi que salía raras veces de Berlín, debería ser detenido con los oficiales S.S. En cuanto Hitler hubiera muerto, su cuartel general de Rastenburg se aislaría de Alemania, para que ni Goering, ni Himmler, ni ninguno de los generales nazis, como Keitel y Jodl, pudieran tomar el mando y tratar de incorporar a las tropas y a la policía a un régimen nazi del que tan sólo el jefe habría cambiado. El general Fellgiebel, jefe de transmisiones, cuyas oficinas se hallaban en el cuartel general, se encargó de esta misión. Los planes, pues, estaban listos. A finales de Junio, los conspiradores tuvieron una baza a su favor. Klaus von Stauffenberg fue ascendido a coronel y nombrado jefe de estado mayor del general Fromm, general en jefe del ejército del interior. Este puesto no sólo le ponía en posición de dar órdenes a aquel ejército en nombre de Fromm, sino que le permitía acercarse a Hitler.


General Fellgiebel

Este último, en efecto, había adquirido la costumbre de convocar al jefe del ejército del interior, o a su ayudante, a su cuartel general, dos o tres veces por semana, para pedirle nuevos refuerzos para las divisiones diezmadas que luchaban en el frente ruso. En una de estas entrevistas pensaba von Stauffenberg hacer explotar su bomba.
En la tarde del 19 de Julio, Hitler convocó a von Stauffenberg en Rastenburg. Debía hacer su informe para la primera conferencia cotidiana, que tendría lugar en el cuartel general del Führer, al día siguiente, 20 de Julio, a la una de la tarde. Los oficiales que ocupaban los puestos más importantes en la guarnición de Berlín y sus alrededores recibieron aviso de que el 20 de Julio sería «Der Tag», el gran día. Poco después de las 6,00 hs. de la cálida y soleada mañana del 20 de Julio de 1944, el coronel von Stauffenberg, acompañado de su ayudante el teniente von Haeften, se dirigió hacia Rangsdorf, el aeropuerto de Berlín. En su cartera atestada, entre sus documentos, y envuelta en una camisa, llevaba una bomba con detonador retardado. El aparato despegó y, poco después de las 10,00 hs., aterrizaba en Rastenburg. El teniente von Haeften dio al piloto la orden de que estuviera listo para emprender el vuelo de regreso, en cualquier momento después del mediodía. Un coche del estado mayor condujo al grupo al cuartel general de «Wolfsschanze» (cubil del lobo), situado en un rincón sombrío, húmedo y muy boscoso de Prusia Oriental. No era fácil ni la entrada ni la salida, observó von Stauffenberg. El cuartel general se componía de tres recintos, protegidos cada uno de ellos por campos de minas, reductos de hormigón y una alambrada electrificada; día y noche hacían la ronda patrullas de S.S. Para penetrar en el recinto interior, donde vivía y trabajaba Hitler, hasta el general de mayor graduación tenía que presentar un salvoconducto especial, valedero para una sola visita, y sufrir una inspección individual. No obstante, ellos franquearon fácilmente los tres controles. Una vez en su interior, von Stauffenberg se dirigió en seguida a ver al general Fellgiebel, jefe de transmisiones en el O.K.W., uno de los ejes principales del complot, con el propósito de asegurarse de que el general estaba dispuesto a transmitir sin demora las noticias del atentado a los conspiradores de Berlín, para que entraran inmediatamente en acción. En tal momento, Fellgiebel aislaría al cuartel general del Führer, cortando todas las comunicaciones telefónicas, telegráficas y radiofónicas. Luego von Stauffenberg se encaminó a las oficinas de Keitel, colgó su gorra y su cinturón en la antesala, y entró en el despacho del jefe del O.K.W. Supo por él que tendría que actuar más rápidamente de lo proyectado. Ya era algo más del mediodía cuando Keitel le informó de la llegada de Mussolini en el tren de las 2,30 hs. de la tarde, por lo cual se había adelantado la conferencia cotidiana del Führer, que se celebraría a las 12,30 hs. en vez de a la 1,00 hs. A continuación, von Stauffenberg resumió a Keitel lo que se proponía decir a Hitler y, hacia el final, notó que el jefe del O.K.W. miraba su reloj con impaciencia. Unos minutos antes de las 12,30 hs., Keitel se levantó diciendo que debían dirigirse inmediatamente a la conferencia si no querían llegar con retraso. Salieron de su despacho, pero von Stauffenberg dijo que había olvidado su gorra y su cinturón en la antesala, y dio rápidamente media vuelta antes de que Keitel tuviese tiempo de enviar a su ayudante por ellos. En la antesala, von Stauffenberg abrió con celeridad su cartera, tomó una pinza con los tres dedos que le quedaban y rompió la cápsula del detonador de tiempo. Si no se producía una falla en el mecanismo, diez minutos después exactamente la bomba estallaría. Keitel, se irritó por este retraso y se volvió para gritar a von Stauffenberg que se apresurara. No obstante, como Keitel temía, llegaron con demora. La conferencia había empezado. En el momento en que Keitel y von Stauffenberg entraban en el barracón, el segundo se detuvo un instante en el vestíbulo de entrada para decir, al sargento jefe encargado de la central telefónica, que esperaba una llamada urgente de su despacho de Berlín, de donde tenían que transmitirle una información absolutamente necesaria para su exposición (esto lo dijo por Keitel, que estaba escuchando). Por lo tanto, había que avisarle en cuanto le llamaran. Los dos hombres entraron en la sala. Habían pasado ya cuatro minutos desde que von Stauffenberg rompió la cápsula. Quedaban seis minutos. La habitación era relativamente pequeña, de unos 9 metros de largo por 4,50 metros de ancho, y tenía diez ventanas, abiertas todas de par en par para dejar entrar un poco de aire. Todas aquellas ventanas abiertas iban a reducir, sin duda, el efecto de la explosión. En medio de ese cuarto había una mesa ovalada, de roble macizo, de unos 5 metros de largo. Esta mesa tenía la particularidad de que no descansaba sobre patas, sino sobre dos peanas (bases o soportes) grandes y pesadas, colocadas en sus extremos y casi tan anchas como ella. Este detalle iba a influir notablemente en el desarrollo de los sucesos. Cuando von Stauffenberg penetró en la estancia, Hitler estaba sentado en el centro del lado más largo de la mesa, de espaldas a la puerta. A su derecha estaban el general Heusinger, jefe de operaciones y jefe del estado mayor adjunto del ejército; el general Korten, jefe de estado mayor del Aire; y el coronel Heinz Brandt, jefe de estado mayor de Heusinger. Keitel tomó asiento a la izquierda del Führer; a su lado se hallaba el general Jodl. Había alrededor de la mesa dieciocho oficiales más, de los tres ejércitos y de las S.S. El coronel von Stauffenberg se sentó entre Korten y Brandt, a la derecha del Führer. Puso su cartera en el suelo y la empujó bajo la mesa para apoyarla contra la pared «interior» del pesado soporte de roble. Se hallaba de este modo, a unos dos metros de las piernas del Führer. Eran las 12,37 hs. Quedaban aún cinco minutos. Heusinger continuó hablando, refiriéndose constantemente al mapa desplegado sobre la mesa. Cuando von Stauffenberg salió de la habitación, parece que nadie se dio cuenta, con excepción quizá del coronel Brandt. Este oficial, absorto en lo que decía Heusinger, se inclinó sobre la mesa para ver mejor el mapa, y descubrió que la abultada cartera de von Stauffenberg le estorbaba, probó de empujarla con el pie y, finalmente, la tomó por el asa, la levantó y la apoyó sobre el lado «exterior» del soporte de la mesa, que ahora se interponía entre la bomba y Hitler. Esta circunstancia insignificante, salvó probablemente la vida del Führer y costó la suya a Brandt. «Los rusos –concluía Heusinger- se dirigen con fuerzas importantes desde el oeste del Dvina hacia el norte. Si nuestro grupo de ejércitos que opera alrededor del lago Peipus no se repliega inmediatamente, una catástrofe…». No pudo acabar la frase: en ese momento exacto, 12,42 hs., la bomba hizo explosión; von Stauffenberg estaba a 200 metros de allí, en compañía del general Fellgiebel, ante la mesa de trabajo de este último en el bunker 88. Mientras pasaban lentamente los segundos, su mirada iba ávidamente de su reloj al barracón de la conferencia. De repente, saltó de su asiento, una llamarada y una humareda se elevaron rugiendo –contó después- como si el sitio hubiera sido alcanzado de lleno por un proyectil de 155. Salían cuerpos proyectados por las ventanas y volaban escombros por el aire. En la imaginación sobreexcitada de von Stauffenberg, todos los que se hallaban en la sala de conferencias debían estar muertos o moribundos. Lanzó un rápido adiós a Fellgiebel, que debía telefonear a los conspiradores de Berlín para anunciarles que el atentado había salido bien, y luego cortar todas las comunicaciones hasta que los conspiradores se apoderaran de Berlín, proclamando el nuevo gobierno. Pero von Stauffenberg tenía ahora por objetivo inmediato salir del cuartel general con vida y lo más pronto posible. En los puntos de control, los centinelas habían visto y oído la explosión y habían cerrado inmediatamente todas las salidas. En la primera barrera, situada a unos metros del bunker de Fellgiebel, detuvieron el coche de von Stauffenberg. Este se bajó y solicitó hablar con el oficial de servicio del cuerpo de guardia. En su presencia, telefoneó a alguien –se ignora a quien-, habló brevemente, colgó y volviéndose hacia el oficial le dijo: «Teniente, estoy autorizado para salir». Era un «bluff», pero dio resultado y, según parece, después de haber anotado cuidadosamente en su registro: «12,44 hs. El coronel von Stauffenberg ha franqueado el control», el teniente ordenó a los controles siguientes que le dejaran pasar. A toda velocidad, el automóvil se dirigió al aeródromo, cuyo comandante aún no había recibido la alarma. El piloto tenía en marcha el motor cuando los dos hombres llegaron al campo. Un minuto después, el avión despegaba. Era un poco más de la 1,00 h. de la tarde. Las tres horas siguientes debieron parecer a von Stauffenberg las más largas de su vida. En aquel avión no podía hacer nada, sino tener la esperanza de que Fellgiebel hubiera transmitido a Berlín la importantísima señal, y que sus camaradas de conspiración se hubieran apoderado de la ciudad y enviado los mensajes, previamente redactados, a los comandantes militares en funciones en Alemania y en el oeste. Su avión aterrizó en Rangsdorf a las 3,45 hs. y von Stauffenberg, lleno de confianza, se precipitó hacia el teléfono más próximo para llamar al general Olbricht y saber exactamente lo que había sucedido en el curso de aquellas tres horas de las que todo dependía. Con gran consternación supo que no se había hecho nada. Inmediatamente después de la explosión recibieron una llamada telefónica de Fellgiebel, pero la comunicación era tan mala que los conspiradores no habían entendido si Hitler había muerto o no había muerto. En consecuencia, no se hizo nada.
Pero Hitler no había muerto como pensaba von Stauffenberg. Lo había salvado, sin sospecharlo, el coronel Brandt, al desplazar la cartera al otro lado del pesado soporte de la mesa. Sus heridas no eran graves, aunque se hallaba fuertemente conmocionado. Como un testigo diría más tarde, apenas se le reconocía cuando salió del edificio destrozado y en llamas, del brazo de Keitel, con el rostro ennegrecido, el pelo echando humo y el pantalón hecho jirones. Keitel, milagrosamente salió ileso. Pero la mayor parte de los que se hallaban sentados en el extremo de la mesa, cerca de lugar donde estalló la bomba, estaban gravemente heridos; sólo murió Brandt. En la confusión y alboroto reinantes, nadie se acordó, al principio, de que von Stauffenberg se había escabullido de la sala de conferencias poco antes de la explosión. Se creyó, en los primeros momentos, que se encontraba en el barracón y que debía figurar entre los heridos graves que habían sido trasladados rápidamente al hospital. Hitler, que no sospechaba de él todavía, ordenó que se pidiera información sobre los heridos. Unas dos horas después de la explosión comenzaron a conocerse indicios sospechosos. El sargento primero encargado del teléfono, se presentó para declarar que «el coronel tuerto», que le había dicho que esperaba una llamada de Berlín, había salido de la sala de conferencias y, sin aguardar esta comunicación, abandonó el barracón a toda prisa. Algunos oficiales asistentes a la conferencia se acordaron de que von Stauffenberg había dejado su cartera de mano bajo la mesa. En los puestos de control, los centinelas manifestaron que von Stauffenberg y su ayudante habían salido del campo inmediatamente después de la explosión. Hitler comenzó a sospechar. Una llamada telefónica al aeródromo de Rastenburg aportó un informe interesante: el coronel von Stauffenberg había tomado el avión precipitadamente después de la 1,00 h. de la tarde, indicando como destino el aeródromo de Rangsdorf. Hasta ese momento, nadie había sospechado en el cuartel general, que en Berlín se estaban desarrollando graves acontecimientos. Todos creían que von Stauffenberg había actuado solo. No sería difícil capturarlo, a menos que, como algunos sospechaban, hubiera aterrizado detrás del frente ruso. Hitler, que mostró mucha serenidad todo ese tiempo, tenía otra preocupación inmediata, la de recibir a Mussolini, cuya llegada estaba prevista para las 4,00 hs. de la tarde, por haberse retrasado su tren. Escena rara y grotesca la de ese último encuentro entre los dos dictadores, aquella tarde del 20 de Julio de 1944, contemplando las ruinas de la sala de conferencias, y tratando de persuadirse de que, el Eje que habían formado y que había dominado el continente, no estaba también en ruinas. Aquel Duce, anteriormente tan altivo, aquel hombre a quien gustaba pavonearse, ya era un simple «Gauleiter» (representante del partido nazi) en Lombardía, evadido de su prisión con la ayuda de comandos alemanes, y apoyado únicamente por Hitler y las S.S. Sin embargo, la amistad y la estimación que el Führer sentía por él, nunca se desmintieron, y le recibió con todo el entusiasmo que su estado físico le permitía. Hacia las 5,00 hs. de la tarde empezaron a llegar los primeros informes de Berlín, indicando que había estallado una sublevación militar, la cual posiblemente se extendía al frente del Oeste. Hitler tomó el teléfono y ordenó a las S.S. de Berlín que exterminaran hasta el menor sospechoso. Esta rebelión de Berlín, tan larga y meticulosamente preparada, se había iniciado con mucha lentitud. Entre la 1,15 hs. y las 3,45 hs. no se había hecho nada. Y cuando el general Thiele fue a avisar a los conspiradores que las emisoras de radio iban a lanzar la noticia que Hitler había escapado con vida a un atentado, no se les ocurrió aún que lo primero que había que hacer –y con toda urgencia- era apoderarse de la emisora nacional, impedir a los nazis servirse de ella, y difundir sus proclamas anunciando la formación de un nuevo gobierno. En lugar de ocuparse de ello inmediatamente, von Stauffenberg llamó al cuartel general de von Stülpnagel para que los conspiradores entrasen en acción en París, luego trató de convencer a su superior, el general Fromm (a quien Keitel acababa de comunicar que Hitler estaba vivo), cuya obstinada negativa a unirse a los rebeldes amenazaba seriamente con comprometer el éxito de la operación. Tras una violenta discusión, Fromm fue arrestado en el despacho de su ayudante. Los rebeldes tomaron la precaución de cortar los cables telefónicos de ese cuarto. Poco después de las 4,00 hs. de la tarde, después del regreso de von Stauffenberg, el general von Hase, que mandaba la plaza de Berlín, telefoneó al comandante del batallón escogido de la guardia Grossdeutschland, en Doeberitz, para ordenarle que tuviese preparada su unidad y que se presentara inmediatamente en la Kommandantur de la avenida Unter den Linden. El comandante del batallón, recientemente nombrado, se llamaba Otto Remer e iba a jugar un papel primordial en aquella jornada, aunque no el que esperaban los conjurados. Estos lo habían sondeado, puesto que iban a confiar a su batallón una misión muy importante, pero se contentaron con saber que era un militar sin opiniones políticas y que ejecutaría sin discutir las órdenes que le dieran sus superiores. Remer alertó a su batallón, de acuerdo con las instrucciones recibidas, y se dirigió apresuradamente a Berlín para recibir las órdenes particulares de von Hase. El general le anunció el asesinato de Hitler, la inminencia de un «putsch» S.S., y le dio instrucciones para que aislara totalmente los ministerios de la Wilhelmstrasse y la Oficina central de seguridad S.S. situada en el mismo sector, en el barrio de la estación de Anhalt. A las 5,30 hs., Remer, actuando con gran celeridad, ya había cumplido su misión y se presentó en la Kommandantur para recibir nuevas instrucciones. Pero en el Ministerio de Propaganda, Goebbels acababa de recibir una llamada telefónica de Hitler, informándole del atentado de que había sido víctima, y ordenándole que difundiera, lo antes posible, un comunicado anunciando que dicho atentado había fracasado. En ese mismo momento, advirtió que las tropas se apostaban alrededor del ministerio. Goebbels, entonces, llamó con urgencia a Remer, quien, por su parte, había recibido la orden de detener al ministro de propaganda. Así pues tenía la orden de apresar a Goebbels y el ministro se lo había facilitado, pidiéndole que fuera a verlo. Remer fue con veinte hombres al Ministerio de Propaganda y a continuación, revólver en mano, su ayudante y él entraron en el despacho del más alto dignatario nazi que estaba entonces en Berlín, para arrestarlo. Goebbels sabía hacer frente a las situaciones críticas; recordó al joven comandante el juramento de fidelidad que había prestado a Hitler. Remer replicó secamente que Hitler había muerto. Goebbels le respondió que el Führer estaba vivo, pues acababa de hablar con él por teléfono, y podía demostrarlo. Pidió una conferencia urgente con Rastenburg. El error cometido por los conspiradores al no apoderarse de la red telefónica de Berlín, iba a conducirlos al desastre. En un minuto estaba Hitler al aparato. Goebbels tendió el auricular a Remer: -«¿Reconoce usted mi voz?»-, preguntó el Führer. ¿Quién no iba a reconocer en Alemania aquella voz ronca, oída centenares de veces por la radio? Dicen que el comandante, al escucharlo, se cuadró en el acto. Hitler le ordenó reprimir la rebelión, y obedecer únicamente las órdenes de Goebbels y de Himmler, a quien enviaba a Berlín para que tomara el mando del ejército del interior. El Führer ascendió a Remer a coronel. Esto fue suficiente. Remer acababa de recibir órdenes de arriba y se apresuró a ejecutarlas con una energía de que carecían los conspiradores. Retiró su batallón de la Wilhelmstrasse, ocupó la Kommandantur de la avenida Unter den Linden, envió patrullas a detener a las unidades que pudieran estar en marcha hacia la capital y se encargó personalmente de descubrir el cuartel general de los conjurados, para detener a sus jefes.


Mayor Otto Remer

Comenzaba el último acto. Poco después de las 9,00 hs. de la noche, los conspiradores, defraudados en sus esperanzas, escucharon estupefactos por la radio que el Führer se dirigiría al pueblo alemán. Unos minutos después, se enteraban de que el general von Hase, que mandaba la plaza de Berlín, había sido detenido, y que el general nazi Reinecke, apoyado por las S.S., se había puesto al frente de todas las tropas de Berlín, para asaltar el puesto de mando de los rebeldes situado en la calle Bendlerstrasse. La enérgica acción emprendida inmediatamente en Rastenburg; lo rápido de la reacción de Goebbels; la movilización de las S.S. en Berlín, debido en gran parte a la sangre fría de Otto Skorzeny; la confusión y la inacción increíbles de los rebeldes de la Bendlerstrasse; hicieron que gran número de oficiales, a punto de unir su suerte con los conspiradores, cambiaran de opinión. Hacia las 8,00 hs. de la noche, después de cuatro horas de reclusión en el despacho de su ayudante, el general Fromm pidió autorización para retirarse a su propio despacho, situado en el piso inferior. Dio su palabra de honor de no intentar huir ni establecer ningún contacto con el exterior. El general Hoepner accedió a ello y, además, como Fromm se quejara de tener hambre y sed, hizo que le llevasen unos sandwiches y una botella de vino. Poco antes habían llegado tres generales de estado mayor, que se negaron a unirse a la rebelión, pero que solicitaron hablar con su jefe, el general Fromm. Inexplicablemente fueron llevados ante su presencia, aunque seguía arrestado. Fromm les dijo, inmediatamente, que había una puertecita de salida en la parte posterior del edificio y, faltando a la palabra dada a Hoepner, ordenó a los generales que fueran en busca de refuerzos, se apoderaran del edificio y reprimiesen la rebelión. Lo generales así lo hicieron. Asimismo, un grupo de oficiales del estado mayor de Olbricht había empezado a sospechar que la rebelión corría hacia el fracaso, y comprendieron que si ésta realmente fracasaba, a ellos los colgarían sin darles tiempo a cambiar de idea. A las 10,30 hs. de la noche estos oficiales solicitaron hablar con el general Olbricht. Querían saber exactamente lo que él y sus amigos pensaban hacer. El general se los dijo y se marcharon sin discutir. Veinte minutos más tarde, volvieron a presentarse seis u ocho de ellos y, con las armas en la mano, pidieron a Olbricht más explicaciones. Cuando von Stauffenberg acudió ante el escándalo, lo arrestaron. Como intentara escapar, echando a correr hacia el pasillo, dispararon sobre él, hiriéndolo en un brazo. Luego cercaron la parte del edificio que había servido de cuartel general a los conspiradores. Beck, Hoepner, Olbricht, von Stauffenberg, von Haeften y Mertz fueron metidos a empujones en el despacho vacío de Fromm, donde éste no tardó en aparecer, empuñando un revólver: -¡Muy bien, señores! –dijo-. Ahora voy a tratarlos como ustedes me han tratado- Pero no lo hizo.
-Depongan las armas –ordenó-. Están ustedes arrestados-
-No se atreverá usted a arrestar a su antiguo jefe –respondió tranquilamente Beck echando mano a su revólver-. Esto es cosa mía-
Beck apretó el gatillo para suicidarse, pero la bala no hizo más que rozarle la cabeza. Se desplomó en un sillón, sangrando ligeramente. -¡Ayuden a ese anciano!- ordenó Fromm a dos oficiales jóvenes, pero cuando quisieron quitarle el revólver, Beck protestó, pidiendo que le dieran otra oportunidad. Fromm accedió. Luego, volviéndose hacia los otros conspiradores, les dijo: -Señores, si ustedes tienen que escribir alguna carta, les concedo aún unos minutos- Olbricht y Hoepner se sentaron a escribir unas palabras de despedida para sus esposas. Mertz, von Stauffenberg, von Haeften y los demás, permanecieron en silencio. Fromm salió de la estancia. Volvió al cabo de cinco minutos para anunciar que, «en nombre del Führer», había formado un «tribunal militar» (no existen pruebas de que lo hiciera) y que éste había sentenciado a muerte al coronel del Alto Estado Mayor, Mertz; al general Olbricht; al general Hoepner; a ese coronel cuyo nombre no quiero acordarme (von Stauffenberg) y al teniente von Haeften. Los dos generales, Olbricht y Hoepner, estaban aún ocupados en escribir a sus mujeres. El general Beck yacía desplomado en su sillón, con el rostro manchado de sangre. -¡Y bien, señores! –dijo Fromm, dirigiéndose a Olbricht y Hoepner-, ¿están ustedes listos?- Hoepner y Olbricht terminaron sus cartas. Beck, que empezaba a recobrar el ánimo, pidió otro revólver. Se llevaron a von Stauffenberg y a los restantes «sentenciados». En el patio, a la luz de los faros oscurecidos de un coche militar, los oficiales «condenados» fueron rápidamente fusilados por un pelotón de ejecución. El coronel Klaus von Stauffenberg murió gritando: «¡Viva nuestra sagrada Alemania!».
Había pasado la media noche. La única rebelión importante que hubo contra Hitler, en los once años y medio transcurridos desde el advenimiento del Tercer Reich, fue sofocada en once horas y media. Otto Skorzeny llegó a la Bendlerstrasse al frente de un grupo S.S., prohibiendo inmediatamente que se procediera a nuevas ejecuciones (como buen policía quería someter a los detenidos a tortura para conocer la ramificación del complot). Esposó a los conspiradores, enviándolos a la prisión de la Gestapo, y dio orden de recoger los papeles que los conspiradores no hubieran destruido. Himmler, llegado de Berlín poco antes, había establecido temporalmente su cuartel general en el ministerio de Goebbels, y telefoneó a Hitler para anunciarle que la rebelión había sido reprimida. En Prusia Oriental un camión-radio rodaba a toda velocidad por la carretera de Königsberg a Rastenburg para que el Führer pronunciase por radio aquel mensaje que el «Deutschlandsender» anunciaba incesantemente de las nueve:

«¡Camaradas alemanes! Si me dirijo hoy a vosotros, es para que oigáis mi voz y sepáis que no estoy herido y también para que os enteréis que acaba de cometerse un crimen sin precedente en la historia. Una camarilla de militares ambiciosos, irreflexivos, estúpidos e insensatos, ha urdido un complot para eliminarme, y conmigo al estado mayor del alto mando de la Wehrmacht. La bomba colocada por el coronel conde von Stauffenberg ha estallado a dos metros de mí, hiriendo gravemente a varios de mis fieles y leales colaboradores y ha matado a uno de ellos. Yo sólo he sufrido algunos arañazos, contusiones y quemaduras superficiales. Este suceso es para mí la confirmación de la misión que me ha confiado la Providencia. Los conspiradores no constituyen más que un pequeño grupo que no representa a la Wehrmacht, y mucho menos al pueblo alemán. Se trata de una banda de criminales, y todos serán exterminados implacablemente. Los trataremos de la forma en que nosotros, nacionalsocialistas, hemos tratado siempre a nuestros enemigos».
Hitler cumplió su palabra. Una oleada de persecuciones asoló al país. El Tribunal del Pueblo se mantuvo en sesión permanente durante seis meses. Fueron ejecutadas cerca de 5.000 personas. Rommel fue el único de todos los conspiradores que tuvo derecho a un trato especial. Hitler, a pesar de su furor, se daba cuenta de que la detención del más popular de sus mariscales, causaría agitación y malestar en el país. El 14 de Octubre, dos generales, Burgdorf y Maisel, fueron a ver a Rommel, convaleciente en su casa de Herrlingen de la grave herida que había sufrido en Normandía. Una hora después, el mariscal se reunió con su mujer y le expresó lo siguiente: -«He venido a decirte adiós. Dentro de un cuarto de hora habré muerto. Sospechan que he tomado parte en la tentativa de asesinato contra Hitler. El Führer me deja escoger entre el veneno o el juicio por el Tribunal del Pueblo. Han traído el veneno. Dicen que obrará en tres segundos. No temo ser juzgado públicamente, pues puedo justificar todos mis actos. Pero sé que no llegaré vivo a Berlín»-. Eligiendo el suicidio, sabía que su mujer y su hijo no serían molestados. Un cuarto de hora después, el mariscal Erwin Rommel había dejado de existir.

Fuente
Gran Crónica de la Segunda Guerra Mundial













sábado, 14 de enero de 2017

SGM: 10 aspectos del patán Reinhard Heydrich

10 cosas que no sabía sobre el patán nazi Reinhard Heydrich

David Herold - War History Online




A menos que seas un aficionado de la Segunda Guerra Mundial, es probable que no tengas todos los datos sobre cada funcionario nazi memorizado. Sin embargo, cada individuo que desempeñó un papel importante en el régimen nazi tiene una historia que contar. Aquí están algunos hechos que usted no puede saber sobre el alto funcionario nazi Reinhard Heydrich, una figura oscura en un período aún más oscuro de la historia de la guerra.

1. Tuvo varios trabajos a lo largo de su vida.


Heydrich era conocido por ser uno de los principales arquitectos del Holocausto. Nombrado por Hitler mismo, que lo llamó "el hombre con el corazón de hierro", Heydrich era un líder de grupo de alto nivel en las SS, así como el jefe de policía. Él también se desempeñó como el diputado o protector del Reich en funciones de Moravia y Bohemia (ahora la República Checa).

En un momento dado, fue el presidente actual de la Comisión Internacional de Policía Criminal, también conocida como Interpol. Durante la Conferencia de Wannsee en enero de 1942, supervisó los planes finales para deportar y promover el genocidio de la población judía en Europa.


2. Él ayudó a coordinar Kristallnacht.



- Bundesarchiv CC BY-SA 3.0

Los días 9 y 10 de noviembre de 1938, una unidad militar de la SA y civiles alemanes se unieron para llevar a cabo lo que se llama la "Noche de Cristal Roto", un ataque contra judíos en Alemania dirigida por los nazis, así como por partes de Austria. Las tiendas, los escaparates y las sinagogas tenían sus ventanas destrozadas, haciendo que las calles estuvieran llenas de cristales rotos que le dan a este día su nombre.

Este fue el comienzo de la deportación masiva de los judíos y llevó al inicio del Holocausto. Cientos de judíos perecieron en los ataques, mientras que más de 30.000 fueron detenidos y enviados a campos de concentración. Heydrich fue el principal ejecutor de esta operación y los acontecimientos precedentes a partir de entonces.

3. Creció en una casa de grandes medios financieros y de apreciación musical.


El padre de Heydrich era Richard Bruno Heydrich, un talentoso compositor y cantante de ópera. Su madre, una pianista misma, enseñaría a los estudiantes en el Conservatorio de Música, Teatro y Enseñanza de Halle, que fue fundado por el padre de Heydrich. Debido a esta educación artística, se introdujo a la música a una edad temprana y se interesó en tocar el violín. Su talento y amor por la música impresionó a muchos de la élite de la sociedad en la que su familia creció, lo que parece sorprendente para un hombre con tal odio y oscuras ideas sobre el mundo que le rodea en su carrera militar posterior.

4. Tuvo una infancia preocupada.


Mientras que un amor por la música y el arte, aparentemente, crear un ambiente feliz en una casa de la familia, Heydrich creció bajo estrictas reglas de su padre. Su hermano Heinz y él practicarían la esgrima inventando duelos simulados para aprender estrategia y deportividad.

Su padre, un nacionalista alemán, tenía la intención de inculcar valores patrióticos en sus hijos también. Mientras que Heydrich era un estudiante inteligente y dedicado, fue intimidado por otros niños, haciéndolo tímido e inseguro. Estaba especialmente descontento con su voz aguda, y otros estudiantes lo burlaban de su supuesta ascendencia judía, un factor que pudo haber engendrado su odio hacia los de ascendencia judía.


5. Fue despedido de la Armada alemana por sus asuntos románticos.



Heydrich como cadete del Reichsmarine en 1922 - Bundesarchiv CC BY-SA 3.0

Heydrich sirvió casi diez años en la Marina, moviéndose rápidamente en las filas y ganando admiración de sus compañeros oficiales. Sin embargo, eventualmente terminó siendo despedido por mala conducta debido a su inclinación por los dalliances femeninos. En 1930, conoció a una mujer llamada Lina von Osten, un miembro del Partido Nazi con el que rápidamente se enamoró, y pronto se involucraron abruptamente.

Sin embargo, aparentemente Heydrich ya estaba involucrado en un compromiso anterior con otra mujer, y había roto su unión por su nuevo novio en su lugar. Este acto fue considerado como algo más que un simple mal comportamiento, y fue acusado en 1931 de "conducta impropia de un oficial y caballero" por parte de la administración de la Marina. Fue liberado en abril del mismo año, lo que fue un golpe devastador para su carrera de otra manera vertical.

6. Heinrich Himmler quedó impresionado por él inmediatamente.



Heydrich y Lina von Osten - Archivos Federales CC BY-SA 3.0

Mientras Himmler lo que la planificación de una división de contrainteligencia para la unidad de las SS, que lo persuadido por un amigo de von Osten de entrevistar a Heydrich para el trabajo de la gestión de este proyecto. Inicialmente, Himmler canceló la cita, pero a partir de este ignorado esta noticia y envió Heydrich embalaje para reunirse con funcionarios nazis de todos modos.

Himmler Convino en la entrevista y lo Independientemente de inmediato llevado por sus planes para la nueva operación. Heydrich lo contrató en un abrir y cerrar de ojos, y una vez hecho su camino a través de la clasificación de manera rápida y eficiente. Himmler incluso lo ascendió a Mayor de las SS como regalo de bodas.

7. Oye lo asignado para ayudar a organizar los Juegos Olímpicos de Berlín en verano 1936a


El partido nazi decide utilizando los juegos como una herramienta para la propaganda nazi sería una gran manera de promover su plan, Y le enviaron embajadores de buena voluntad para tratar de promover su causa a aquellos países que se opusieron a las políticas nazis ,: tales como el antisemitismo. SIN EMBARGO, el sentimiento anti-judío permaneció prohibido a partir de los juegos. A pesar de esto, Heydrich, que recompensado por su trabajo en la organización, y recibió un alemán Juegos Olímpicos de la decoración como un regalo para sus esfuerzos.


8. Engañó a los checos en el pensamiento de que estaba de su lado.



Reinhard Heydrich en un castillo en Praga (Federal Archivo / CC-BY-SA 3.0)

Una vez Heydrich wurde el interino Protector del Reich en Praga, trabajó lentamente su camino en las mentes de la población. Él organizó eventos para la fuerza de trabajo, que aparece como si lo que les ayuda a encontrar trabajo. Que produzca el alimento y por lo tanto libres de los zapatos, que se distribuyeron a los que estaban empobrecidos.

Aumentó de pensiones e incluso promulgó "sábados libres" de la mano de obra que tomar tiempo para descansar y relajarse con sus familias. A pesar de tesis muchos signos de buena voluntad hacia los checos, Heydrich lo bajo mano buscando a ellos erradicar Durante todo el tiempo. Oye lo que la esperanza de tener toda la zona a ser "Germanized" lo más rápidamente posible.


9. Fue asesinado en un Mercedes Benz.



Mercedes 320 B convertible; después del intento de asesinato de 1942 en Praga. - Bundesarchiv CC BY-SA 3.0

El gobierno de Checoslovaquia, exiliado en Londres lo que la intención de tomar abajo Heydrich. Por lo que el Ejecutivo de Operaciones Especiales británica (SOE) capacitó a un grupo de asesinos para llevar a cabo este plan de ejecución. El equipo que llevó por Jan Kubis y Jozef Gabčík. El 27 de mayo de 1942, Heydrich lo que en su camino para reunirse con Hitler.

Como él lo doblar una curva del enrollamiento en el camino, y Kubis Gabcik llevado a cabo su operación. el arma de Gabcik no disparó a Heydrich, pero habían sido manchado, y Heydrich ordenó a su conductor que se detuviera para poder enfrentarlos. Mientras que el vehículo que se detuvo, Kubis arrojó una bomba golpeó la parte trasera del vehículo, la explosión en el impacto. Heydrich lo hirió gravemente en su lado izquierdo y llevado a un hospital, donde más tarde cayó en coma y murió.

10. Heinrich Himmler lo elogió en su funeral, y asistió Hitler.



Funeral Heydrich Estado Praga Castillo 07/06/1942. Bundesarchiv CC BY-SA 3.0

Dos funerales se llevaron a cabo por la muerte de Reinhard Heydrich, una en Praga y un después en Berlín. Heydrich tenía un decorado fue disco ya, pero bueno lo que el sombrero bei der Buchmesse grado más alto de la Orden Alemana, la medalla de la Orden de la sangre, por Hitler, que lo dejó con sus otros sobre su almohada funeral.

martes, 6 de septiembre de 2016

Guerra Antisubversiva: Obarrio discute por el atentado de la madre de De Pedro

Polémica entre Obarrio y Wado de Pedro por un crimen de la Dictadura
La madre del diputado podría haber sido la autora de un atentado en el que murió una familiar del periodista. La conversación telefónica.


Julian D'Imperio - Perfil


Mariano Obarrio y Wado de Pedro Mariano Obarrio y Wado de Pedro
Foto:Cedoc

El periodista Mariano Obarrio y el diputado del FpV Wado de Pedro tuvieron un cruce tras un tuit del columnista de La Nación asegurando que la madre del funcionario (ex montonera) fue protagonista junto a su pareja de un atentado en el que mataron a un familiar de Obarrio.

"Hoy supe que la mama de Wado De Pedro era montonera y pareja de quien puso la bomba que mató a Margarita Obarrio, mi tia abuela. No tuvo justicia", tuiteó el periodista.

Y agregó: "Atentado al depto de Lambruschini mato a Paula L. de 15 años y a mi tia abuela 2da Margarita Obarrio 82 años y vecina. No eran el blanco obvio", explicó Obarrio, haciendo alusión al atentado contra el Vicealmirante Armando Lambruschini, Jefe del Estado Mayor, acusado de torturador durante la última dictadura argentina.

Luego de estos tuits, el exsecretario de Cristina Fernández se contactó con Obarrio para esclarecer el tema: "Él arrancó diciéndome que estaba indignado por la publicación mía en Twitter sin antes haberle consultado, y yo le expliqué que no acusaba a su madre sino que consignaba que la madre había sido pareja de alguien que está acusado de hacer un atentado muy grave", señaló a PERFIL el periodista.

"En el libro "Fuimos Todos" de Yofre, se menciona que tanto Lucila Rébora de Pedro así como Carlos Fassano están vinculados en el atentado, y en otros documentos se menciona que fue Fassano el autor. También hay otros documentos que dicen que fue ella, pero la versión más creíble que tengo yo es que fue Fassano. Por supuesto que ella era montonera y pareja de Fassano, con lo cual no podía no saberlo", aseguró Obarrio.

"También figuran en documentos de Internet. Yo lo dije en función de esas publicaciones. Luego seguí investigando y me enteré que en ese atentado había fallecido un familiar mío. Era prima hermana de mi abuelo", explicó a este portal.

Por otro lado, el periodista contó que la respuesta del diputado de Pedro sostenía que esas eran "versiones del submundo, de la inteligencia militar, que eran disparatadas y que no había nada en la Justicia que pudiera acreditar que ninguno de ellos dos pudiera tener algo que ver en ese atentado".

"Yo le dije que respeto su versión, me parece bien y por supuesto que yo voy a seguir buscando información porque me interesa, ahora en hasta en lo personal, antes como periodista. No quiero reabrir el caso judicialmente ni buscar revancha, simplemente para saber la verdad", destacó el periodista. Este medio intentó comunicarse con el diputado nacional por el Frente para la Victoria, pero no obtuvo respuestas.

"También le dije que si su madre hubiera tenido que ver en este tema, él no tiene ningún tipo de responsabilidad. Además le aclaré que lo respeto mucho porque siempre ha vivido esto con moderación. Ha sido una víctima. Me duele mucho su historia, tuvo una vida muy dura y yo no pretendo incriminarlo de nada", agregó.

Además, Obarrio relató que "por alguien de Twitter me llegó una resolución judicial de 150 páginas que dice que dos detenidos en el Olimpo (Lucila Rébora y Carlos Fasano) confesaron estar vinculados al atentado y que a raíz de esa confesión en el campo clandestino salió un grupo de tareas y los fueron a buscar para matarlos".

Y concluyó: "Él (Wado de Pedro) me contó que conoció a la hija del asesino del padre y que tuvieron una charla y lo perdonó. Es una actitud muy valorable. Yo aproveché para decirle que no tengo nada contra él. Hay que conocer la verdad, dejarlo en la historia y ahora vivir una reconciliación porque no sirve de nada echar culpas. La verdad es sanadora, no para buscar culpables".

jueves, 17 de diciembre de 2015

Peores y más recientes ataques terroristas en el Mundo

Los peores atentados terroristas de la historia




Los recientes ataques terroristas que asolaron la ciudad de París y conmovieron al mundo entero invitan a un repaso por la historia reciente del terror no estatal: esta es una lista de algunos de los más mortales atentados de todos los tiempos.

11 de Septiembre de 2001 en Estados Unidos: una serie de atentados terroristas perpetrados por miembros de la red yihadista Al Qaeda provocaron la muerte de unas 3.000 personas y heridas a otras 6.000, la destrucción del World Trade Center en Nueva York y daños en el Pentágono, en el Estado de Virginia.

7 de Agosto de 1998 en Kenia y Tanzania: dos coches-bomba estallaron en las inmediaciones de las embajadas de Estados Unidos en Nairobi y Dar es-Salam, capitales de Kenia y Tanzania, provocando 224 muertos y miles de heridos.

11 de Marzo de 2004 en España: 10 explosiones en cuatro trenes entre las 07:36 y las 07:40 de la mañana provocaron la muerte de 191 personas, y heridas a 1.858.

9 de Abril de 1995 en Estados Unidos: ataque terrorista llevado a cabo por Timothy McVeigh en el Edificio Federal Alfred P. Murrah, de Oklahoma City, tuvo como resultado168 muertos y más de 500 heridos.

10 de octubre de 2015 en Turquía: una marcha convocada a favor de la paz en la ciudad de Ankara derivó en el peor atentado terrorista de la historia moderna de este país, con un saldo de al menos 95 muertos y 246 heridos.

18 de julio de 1994, Argentina: este ataque con coche bomba contra la Asociación Mutual Israelita Argentina (AMIA) de Buenos Aires constituyó el mayor atentado terrorista no estatal ocurrido en Argentina, con un saldo de 85 personas muertas y 300 heridas, y el mayor ataque sufrido por judíos desde la Segunda Guerra Mundial.

22 de julio de 2011 en Noruega: una explosión en el distrito gubernamental de Oslo,  y un tiroteo ocurrido dos horas después en la Isla de Utøya, dejaron un saldo de 77 muertos y más de un centenar de heridos, muchos de ellos adolescentes.

7 de julio de 2005 en Inglaterra: A las 8:50 AM explotaron tres bombas, con 50 segundos de intervalo en tres vagones del metro de Londres. Una cuarta bomba explotó en un autobús a las 9:47 AM en la Plaza Tavistock. Murieron 52 personas y resultaron heridas 770.

History Channel

domingo, 15 de noviembre de 2015

El error de Occidente respecto a los musulmanes

Los errores de Occidente respecto al Mundo Musulman
Javier Sanz - Historias de la Historia




Tras la publicación del post relativo a lo que podría ocurrir en Túnez y Egipto, hubo varios comentarios de Jake la motta en los que dejaba claro que tenemos, o tengo,  una visión sesgada y errónea del mundo musulmán, en general, y del islam, en particular. Siempre he tenido claro que las diferentes opiniones, expresadas con argumentos, enriquecen cualquier debate; así que le pregunté si estaría dispuesto a escribir un post con los errores, que a su juicio, comete Occidente al tratar el mundo musulmán y el Islam. Su respuesta es esta:

Los errores de occidente y su percepción del mundo árabe son muchos y variados; sin embargo, el error más grande es que Occidente ha superado todos los umbrales de incompetencia ética. Y con esos mimbres se usa del etnocentrismo más atroz, los prejuicios y el desdén por una cultura simplificando las realidades. Incapaces de advertir su propia incompetencia moral, Occidente no se mira el obligo, y acusa de integrismo la relación vívida que los musulmanes tienen con su propia religión. Esto no es un panegírico del mundo musulmán. En el mundo musulmán hay canallas, hay buenos y hay malos; en definitiva, en el mudo musulmán hay hombres, como aquí, como allá. Pero si hay algo que nunca han realizado los musulmanes es el crimen lógico, ni la inmoralidad política, su religión no se lo permite. Y eso se puede argumentar incluso para casos extremos, como fueron los atentados terroristas, y el término de yihad.

El error de Occidente ha sido creer que los avances, el progreso, colocaba a la civilización Occidental por delante de todas las civilizaciones de la historia universal. 2000 años de era Cristiana son un cifra considerable. La civilización Egipcia duró 3000, la sumeria 1500; el error de la civilización cristiana es el egocentrismo. La caída del muro de Berlín supusieron vientos de cambio y de esperanza en que la libertad se desaparramada. Pero el error de Occidente es que necesitaba un interpretación maniquea de la verdad y de la maldad y que las ideas de libertad y de democracia son un camelo: el Poder es la Verdad. Cayó el muro de Berlín y se necesitaba buscar un enemigo. Occidente siempre necesita enemigos, y los atentados del 11 de septiembre fueron la excusa perfecta. La verdad es la voluntad del más fuerte, y se inventó un término: Guerra de civilizaciones. Como ayer fue guerra de clases o guerra al comunismo, se impuso una nueva verdad, la verdad del Poder. El choque entre dos civilizaciones Occidente y Oriente. El error de Occidente es que esa es una verdad falsa. El mundo musulmán no quería esa guerra. El mundo musulmán nunca ha querido las guerras. No las ha escamoteado nunca, nunca ha sido un pueblo cobarde. Nunca las ha iniciado.

El error de Occidente es un error de orgullo, y es un error de espiritualidad. El Islam, en todo caso, es una esperanza. Martin Heidegger fue consciente de que el hombre moderno, el nacido por el cartesianismo y el racionalismo, había perdido el interés por el Ser. Malraux escribió que el siglo XXI será religioso, o no será. El islam es la esperanza. Occidente equivocó el camino, pese a sus grandes avances tecnológicos y científicos: el pragmatismo ha sido de gran ayuda.

El error de Occidente es que se ha convertido en la civilización más grande, más poderosa, más destructiva, más egoísta y más inmoral que ha poblado el planeta tierra. Si existe una civilización capaz de destruir el planeta esa es, sin duda, la civilización Occidental. La civilización árabe es también una civilización de hombres y mujeres, se dice que anclada en el pasado; pero eso no es cierto. Los vientos de cambio también llegaron a ellos, los grandes valores de la ilustración se desparramaban, secularizando sus sociedades. Las ideas siempre ha circulado por este mundo, y las civilizaciones nunca han sido compartimentos estancos.

El error de occidente es hablar de democracia como si el invento fuera suyo, y no hablar de que los gobiernos se sustentan por legitimidades y por la crueldad. Que el fin justifica los medios, que las bombas de racimo se siguen usando y que a la población civil se la bombardea sin escrúpulos, del mismo modo que las tribus comanches eran confinadas, sus poblados arrasados, y sus víveres arrojados al lodazal.

El error de occidente es darla con un hueso duro: el del buen salvaje. Tratar a la milenaria religión de Mahoma y su civilización como incivilizada y sin cultura. Los errores de Occidente son muchos y variados, y uno de ellos es el de pisar el orgullo de una cultura milenaria de pastores y guerreros, de médicos y científicos, de artistas y arquitectos, de traductores y escritores, de mercaderes, de  comerciantes y de artesanos, que nunca ha pecado contra su Dios.

El error de Occidente ha sido el crimen.

miércoles, 4 de noviembre de 2015

Argentina: 20 años de la explosión que encubrió a Menem

Se cumplen 20 años de la explosión de la Fábrica Militar de Río Tercero
Sin responsables políticos aunque con cuatro militares condenados, se recuerda hoy la trágica fecha en la que siete personas murieron. Galería de imágenes.


Perfil


20 años de la explosión para ocultar la venta ilegal de armas.


El 3 de noviembre de 1995 se produjo una explosión en la Fábrica Militar de Río Tercero, Córdoba, que provocó la muerte de siete personas, dejó más de 300 heridos y generó la destrucción de gran parte de la ciudad.

Si bien desde un primer momento el entonces presidente Carlos Menem instaló la idea de que se había tratado de un accidente, la Justicia determinó el año pasado que fue un hecho "intencional, organizado y direccionado" para ocultar el contrabando de armas a Ecuador y Croacia -por el que fue condenado el ex mandatario-, y sentenció a cuatro militares a penas de entre 10 y 13 años de prisión. El hecho dejó además de daños materiales en viviendas particulares.

En el marco de los homenajes que se realizarán este martes, miembros de la Asociación de Reporteros Gráficos de Argentina (Argra) y el Círculo Sindical de la Prensa y la Comunicación de Córdoba (Cispren) realizarán una exposición en el Anfiteatro Municipal 'Luis Amaya'. En tanto, para las 19.30 está prevista una marcha que partirá desde la plaza San Martín, luego de una misa.

Para los más de 46.000 habitantes de esta ciudad, distante 110 kilómetros al sur de la capital provincial, aquella serie de explosiones marcaron un antes y un después para el resto de sus vidas y de la propia fisonomía del lugar, que quedó devastado. Así lo demuestran las primeras imágenes de aquella trágica jornada, similares a las de una ciudad en guerra, consignó Télam.

Ésta será la primera conmemoración anual tras conocerse la sentencia del fallo judicial que condenó a 13 años de prisión a los militares Edberto González de la Vega, Carlos Franke y Jorge Antonio Cornejo Torino; y a 10 años a Marcelo Diego Gatto. En todos los casos las penas fueron por el delito de 'estrago doloso agravado por muerte de personas'.


El juicio finalizó en diciembre de 2014 y el ex presidente Carlos Menem no figuró entre los acusados. Es que si bien fue incluido en el proceso en 2007 por su presunta responsabilidad política, la Cámara Federal de Córdoba le dictó en 2010 una falta de mérito que lo dejó fuera de la causa.

Río Tercero: Condenan a cuatro militares por la explosión
Al conocerse los fundamentos de las condenas, lo que surge de la investigación y el proceso de enjuiciamiento es que la explosión sucedió a partir de una acción "intencional, programada y organizada", que tuvo origen en el "incendio de un tambor que contenía en su interior mazarota de trotyl o trotyl de descarga, ubicado en un tinglado existente en la Planta de Carga de la Fmrt". Ese fuego se expandió y, en pocos minutos, se generaron explosiones simultáneas, en tanto que una explosión de mayor magnitud tuvo lugar en los depósitos de Expedición y Suministro situados hacía el sector sur de la Planta de Carga, tinglados que en su interior contenían gran cantidad de explosivos, municiones y proyectiles, que generaron la onda expansiva que dispersó de manera violenta proyectiles y esquirlas sobre la población de la ciudad de Río Tercero.


El expediente de la investigación sostiene que el objetivo fue el "ocultar un faltante de proyectiles, municiones y/o explosivos". Como consecuencia de los hechos, perdieron la vida Aldo Aguirre, Leonardo Solleveld, Romina Torres, Laura Muñoz, Hoder Francisco Dalmasso, José Varela y Elena Ribas de Quiroga.

El mes pasado el Gobierno nacional promulgó la ley para indemnizar a los damnificados en la tragedia de aquella mañana de noviembre de 1995, a partir de una iniciativa presentada por el ex diputado y actual secretario general de la Presidencia, Eduardo "Wado" De Pedro, que fue aprobada por unanimidad el 16 de septiembre por el Senado. Las indemnizaciones, que alcanzarán a 10.691 personas, estarán dirigidas a herederos de personas fallecidas, a quienes sufrieron lesiones graves, daño moral y/o psíquico y a quienes han tenido perjuicios por daños materiales o desvalorización de las propiedades.