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martes, 4 de octubre de 2016

Japón Imperial: Yasuke, un samurái negro

El primer samurai no japonés fue un esclavo africano llamado Yasuke
The Vintage News





Según Histoire des Isles ecclésiastique Et royaumes du Japon, escrito por François Solier de la Compañía de Jesús en 1627, Yasuke era un musulmán de Mozambique. la cuenta de Solier puede sin embargo haber sido una suposición, ya que se ha escrito mucho después del evento y no hay ninguna cuenta contemporánea sobrevivir que lo corrobora. Por lo tanto, aunque no hay evidencia, también es posible que él también vino de Portugal, Angola o Etiopía, y que posiblemente podría haber sido originalmente un mercenario africano en el empleo de un soberano de la India, de los cuales había muchos en este tiempo.

Una investigación de 2013 del programa de televisión de entretenimiento luz descubrimiento de los misterios del mundo sugiere que era un Yasuke Makua nombrado Yasufe. Sin embargo, esto fue una investigación muy periodística; el programa proporcionado pocas pruebas de sus conclusiones. Que de lo contrario puede haber sido un miembro de la gente de Yao, que acaba venían en ponerse en contacto con los portugueses en este momento, lo que podría explicar su nombre, 'Yao' añade al nombre japonés sufijo masculino común de "suke. '


Un grupo Nanban viajar en Japón. Fuente: Wikipedia Dominio / Público

Yasuke llegó a Japón en 1579 como el sirviente del jesuita italiano Alessandro Valignano, que había sido nombrado Visitador (inspector) de las misiones jesuíticas en las Indias (es decir el este de África, Asia Oriental Southand). Acompañó Valignano cuando éste llegó a la zona de capital en de marzo de 1581 y causó una especie de sensación. En un caso, varias personas murieron aplastadas mientras clamando a echar un vistazo a él Los jesuitas temían que su iglesia sería aplastada en la estampida, pero se las arreglaron para evitar el desastre. El señor de la guerra Nobunaga, famoso por sus intentos de unificar Japón, oyó el ruido del templo donde se alojaba y expresó el deseo de verlo. Ante la sospecha de que el color oscuro de su piel sea de tinta negro, Nobunaga le tenía tira de cintura para arriba y le hizo frote su piel. Estos eventos son registrados en una carta de 1581 el jesuita Luis Frois a Lorenço Mexia, y en el Informe Anual de 1582 de la Misión Jesuita en Japón, también por Frois. Estos fueron publicados en 'Cartas Que os Padres e Irmãos da Companhia de Jesús escreverão dos reynos de Japão correo de China II', normalmente conocido simplemente como 'Cartas', en 1598. Satisfecho de que él era, de hecho, negro, Nobunaga parece tener dado un brillo a él. En algún momento después de esto, aunque cuando no está claro, se le da bien (cuentas japonesas indican lo presentó a Nobunaga, aunque las cuentas europeas no mencionan esto) o se deja que entre en servicio de Nobunaga.

La "Crónica del Señor Nobunaga" corrobora cuenta Frois ', y describe su reunión de este modo: "El día 23 del segundo mes [23 de marzo de, 1581], una página de negro vino de los países cristianos. El hombre estaba sano y de buen aspecto con un buen comportamiento. Por otra parte, alabó la fortaleza de Nobunaga Yasuke, y lo describió como el de diez hombres normales. El sobrino de Nobunaga, probablemente Tsuda Nobusumi, le dio una suma de dinero en esta primera reunión.

jueves, 11 de agosto de 2016

Samurai: El harakiri

Cómo hacerse el harakiri en 10 sencillos pasos (no intenten hacerlo en sus casas)
   
Javier Sanz — Historias de la Historia


Japón ha dado grandes inventos al mundo: el tren bala, los sudoku, los fideos instantáneos, el karaoke… El harakiri, truculento ritual mediante el cual los antiguos samuráis se rajaban las entrañas para suicidarse, es otra de esas aportaciones genuinamente japonesas a la cultura universal. Estrictamente hablando, eso de destriparse a espadazo limpio tampoco es tan japonés como pueda pensarse. Los centuriones romanos ya se quitaban discretamente de en medio, dejándose caer tripa abajo sobre su herreruza cuando eran derrotados en batalla. Los guerreros íberos hacían otro tanto (la famosa “devotio ibérica”). Pero es innegable que los japoneses de antaño supieron darle al macabro y pringoso asunto del suicidio un toque de distinción.

Harakiri

Las razones que podían empujar a un samurái a hacerse el seppuku (término más correcto que el vulgar “harakiri“) eran muy diversas. Podía ser un modo de aplicar la pena capital a un reo, una alternativa para salvar el honor ante una derrota, o incluso una forma de protesta. Pero uno no podía hacerse el seppuku de cualquier manera. Había una serie de reglas y protocolos que, en la medida en que la situación lo permitiese, era preciso observar para marcharse de este mundo con estilo. Veamos en qué consiste la perfecta etiqueta para un suicidio ejemplar.

1. La indumentaria

Solo los samuráis podían hacerse el seppuku, y para un samurái el momento culminante de su vida es, precisamente, el de la muerte. Para irse al otro barrio con el debido decoro, hay que hacerlo ataviado con las mejores galas. En este caso, un kimono de ceremonia, que vendría a significar más o menos lo que para nosotros sería suicidarse de esmoquin. El color queda a gusto del consumidor, pero es preferible el blanco. Huelga decir que el sujeto, llamémoslo “suicidante”, debe presentarse debidamente peinado y aseado.

2. El lugar

El seppuku puede practicarse en cualquier sitio, según lo dicten las circunstancias, pero los lugares más recomendables son las dependencias de un templo, la propia casa o la celda donde uno se halle recluido. Los samuráis de alto rango pueden optar por hacerlo al aire libre, en algún patio o jardincillo acondicionado a tal efecto, mientras que los de condición más humilde, por regla general, procederán a destriparse en habitaciones interiores. No se necesitan grandes preparativos. Basta con una sencilla tarima, sobre la que el suicidante se colocará para ejecutar la faena, y un pequeño cesto (u hoyo en el suelo) para recoger su cabeza una vez debidamente cercenada. A partir de ahí, según el rango social del suicidante, pueden añadirse más elementos y decorar el espacio con cortinajes (siempre blancos), pasarelas, esteras de tatami, etc. Es preferible que la iluminación sea más bien tenue, para hacer el espectáculo un poco menos desagradable a los asistentes a la ceremonia. También es buena idea poner a quemar cantidades generosas de incienso, para disimular en lo posible el hedor a vísceras e higadillos.

3. El poema de despedida

El ritual del seppuku se realiza en el más estricto silencio, no hay lugar para que el suicidante pronuncie sus últimas palabras. Pero siempre tiene la opción de dejarlas por escrito, lo que se considera un gesto de gran elegancia. Un epitafio de lo más estiloso antes de partir al más allá. Algunos de los versos más sublimes de la literatura japonesa se han escrito, precisamente, como poemas de despedida.

4. Los testigos 

Todo suicidio que se precie debe contar con la presencia de testigos que den fe de que el suicidante ha quedado bien muerto tras el proceso. Se espera de ellos que acudan a la cita vestidos de rigurosa etiqueta.

5. El asistente

Abrirse las entrañas es un asunto doloroso. Por mucho temple que tenga uno, es muy posible que el dolor acabe haciéndole perder los papeles. No queremos afear tan sublime del momento dando el espectáculo, así que, para ahorrar sufrimientos innecesarios al suicidante y evitar mayores engorros, todo seppuku que se precie debe contar con la figura del asistente, también llamado kaishaku. Su tarea consiste en cortar la cabeza de un tajo limpio al sujeto una vez este ha terminado de eviscerarse (más sobre esto en el punto 9). El asistente suele ser alguien elegido por el suicidante, generalmente un amigo, aunque en caso necesario también se puede contar con un kaishaku de oficio. Si bien de todo samurái se espera cierta destreza con la espada, es preferible asegurarse de que el asistente tenga buena mano, ya que decapitar a un hombre no es tarea precisamente fácil.

6.La herramienta

En vez de la espada larga, la famosa katana, poco manejable para estos menesteres, lo ideal es usar la espada corta, llamada kodachi o wakizashi. También se puede usar una daga, llamada tanto. Evidentemente, conviene que esté debidamente afilada. Para mayor refinamiento y belleza estética, la espada ha de presentarse con la hoja desnuda, sin guardamanos ni empuñadura, sobre una bandeja de madera. Antes de entrar en faena, el suicidante envolverá la hoja en un trozo de papel o de tela para no cortarse la mano al empuñarla.

7. La postura

El suicidante se posiciona sentado en suelo (al modo japonés) sobre un pequeño estrado o tarima, a la vista de los testigos. Frente a él, al alcance de su mano, se coloca la espada a utilizar en el seppuku. El asistente, por su parte, permanecerá de pie detrás suyo en todo momento, listo para actuar cuando sea necesario. Antes de empezar con la carnicería, el suicidante saluda a los testigos con una reverencia. Ante todo, es importante mantener las formas. Una vez concluidas las salutaciones, se despoja de la parte superior del kimono y se queda con el torso al descubierto, para que la hoja penetre más fácilmente en la carne.

8.El corte

Llegamos al meollo del asunto, al seppuku en sí. La palabra “seppuku”, igual que su sinónimo vulgar “harakiri”, significa “rajar la tripa” en japonés. Y eso es es exactamente lo que hay que hacer. Se coge la espada y se la clava uno en el bajo vientre; una vez hundida la punta en la barriga, se tira de la hoja para rasgar la carne. Para hacer más fuerza, es recomendable asir el acero con ambas manos. Lo habitual es sajar en sentido horizontal, de izquierda a derecha. Cuanto más largo y profundo sea el corte, mejor. Si quedan arrestos suficientes, se puede dar un segundo tajo, en dirección vertical, para quedar como un señor. Este seppuku en dos cortes, en forma de L o de cruz, es el más habitual (ver imagen adjunta). Pero, en realidad, llegados a este punto no hay reglas estrictas. Da igual el número o dirección de las cuchilladas, el caso es rajarse bien rajado. El seppuku es un asunto de honor, en el que uno ha de demostrar su hombría, así que cuantos más tajos se dé, mejor. Hay registros de samuráis que llegaron a abrirse en canal de arriba abajo, y otros se daban hasta tres y cuatro cortes antes de estirar definitivamente la pata. Las posibilidades son infinitas.


9. El golpe de gracia

El instante preciso en que darle la puntilla al suicidante es un asunto delicado. El “timing”, en última instancia, queda a entera discreción del asistente. En algunos casos, para evitar sufrimientos, el kaishaku se realiza en cuanto el suicidante hace el ademán de coger la espada, sin darle siquiera tiempo a clavársela en el vientre. Pero lo habitual es esperar a que haya terminado con los cortes y aguardar al momento justo en que empiecen a fallarle las fuerzas. Por la cuenta que le tiene, es de agradecer que el suicidante coopere dejándose caer levemente hacia delante, estirando el pescuezo, para que el asistente tenga un mejor ángulo de corte. En caso de no tener a mano ningún asistente, el sujeto puede guardar sus últimas fuerzas (si es que le quedan) para darse un tajo en el cuello que acabe con su agonía.

10. Recogida y cierre

Una vez el sujeto está debidamente eviscerado y decapitado, se procede a retirar el cadáver y limpiar el estropicio. Un criado recoge la cabeza y se la presenta a los testigos, con lo que se da por concluida la ceremonia.

Naturalmente, cada caso es un mundo, y dependiendo de las circunstancias este ritual podía variar bastante. Por ejemplo, si uno está huyendo a uña de caballo de una hueste de enemigos y no quiere que lo cojan vivo, lógicamente no puede andarse con demasiados remilgos para quitarse de en medio. Además, el seppuku es una tradición muy antigua que ha ido evolucionando a lo largo de los siglos. Pero podemos considerar los puntos arriba citados como una especie de decálogo estándar, unas reglas generales por las que, en la medida de lo posible, debía guiarse todo samurái que se quisiera destripar como Dios manda.

Eso sí, por lo que pueda pasar, rogamos a nuestros lectores que no intenten hacerlo en sus casas.

Colaboración de R. Ibarzabal

Fuente: Seppuku: A History of Samurai Suicide – Andrew Rankin

miércoles, 10 de febrero de 2016

Samurai: La tregua que salvó libros

El día que se firmó una tregua para poner a salvo... los libros

JAVIER SANZ —


A veces tendemos a idealizar todo lo que viene de Oriente. Sin ir más lejos, a ojos occidentales la figura del samurái suele estar rodeada de un halo de misticismo que poco tiene que ver con la realidad. Nos pensamos que eran guerreros honorables, espirituales y de elevados principios morales, pero a la hora de la verdad tampoco eran tan distintos de los caballeros medievales europeos. Otro mito es el pintarlos como cultos, refinados y amantes de las bellas artes. Como si todo samurái, cuando no estaba en el campo de batalla, dedicara su tiempo libre a cultivar bonsáis y componer versos. Es cierto que el nivel cultural de los japoneses de la época, sobre todo entre la nobleza, era más bien elevado. Pero de ahí a pensar que todos eran gentilhombres doctos e instruidos va un trecho bastante largo. De hecho, como suele pasar con la gente de armas en todas las culturas, en general eran tipos bastante brutos.

Pero sí que había honrosas excepciones. Samuráis que, además de guerreros, fueron auténticos humanistas. Almas sensibles y exquisitas, de gustos distinguidos, capaces de apreciar las cosas bellas y entender las verdades más elevadas de la vida. Uno de ellos fue Hosokawa Fujitaka, un verdadero hombre del Renacimiento que, además de aguerrido soldado, era maestro en ceremonia del té, experto calígrafo, historiador, poeta, pintor, filósofo, coleccionista de antigüedades y a saber cuántas cosas más. La perfecta encarnación del ideal de guerrero ilustrado que tanto se asocia con la figura del samurái.


Hosokawa Yusai, el samurái poeta

Hosokawa Fujitaka nació en 1534, en plena era de las guerras civiles, una época de caos y luchas intestinas en las que Japón entero se desangraba sin remisión en conflictos interminables. Buenos tiempos para los samuráis, cuyo oficio principal es la batalla. Pero nuestro protagonista, además de un señor de la guerra, caudillo de mesnadas y jefe de uno de los clanes más poderosos del país, era también un hombre de letras de renombre en todo el imperio. Como buen poeta, era más conocido por su nombre artístico, Yusai. Para él, la pluma era tan poderosa como la espada, y ambas las manejaba con igual soltura.

Su fama de hombre sabio, culto y árbitro del buen gusto venía de lejos. Yusai había servido en la corte de los últimos shogunes de la dinastía Ashikaga, antes de que las guerras civiles acabaran por hundir del todo al país en el caos. Cuando el shogunato cayó, los nuevos amos de Japón también quisieron contar con el talento y experiencia de Yusai. Así, el docto general pasó por la corte de Oda Nobunaga y después por la de su sucesor, Toyotomi Hideyoshi. Su reputación de erudito no hizo sino crecer en todo el imperio.

A finales del s. XVI, el bueno de Yusai se iba haciendo viejo. Decidió retirarse a sus dominios en la provincia de Tango (al norte de Kyoto) y dejar los asuntos de la familia en manos de su hijo y heredero, Tadaoki. Pero, por desgracia, no iba a poder disfrutar de la tranquilidad de sus fincas mucho tiempo. Tras un breve intervalo de paz, en 1600 Japón entero volvía a estar en pie de guerra. Hideyoshi, amo y señor del país, había muerto dejando como heredero a su hijo aún niño, y el recién unificado imperio amenazaba con hacerse pedazos de nuevo. El país se dividió en dos bandos: los partidarios del poderoso Tokugawa Ieyasu, en el Este, y los del heredero de Hideyoshi, en el Oeste. Ambas facciones acabarían chocando en la madre de todas las batallas, Sekigahara, donde se decidiría el destino de la nación. Si se nos permite el spoiler, diremos que la cosa acabó con victoria total de los Tokugawa.

Todos los grandes clanes se vieron obligados a tomar partido: Este u Oeste, Tokugawa o Toyotomi. La familia Hosokawa se declaró del lado Tokugawa. Tadaoki, el joven líder del clan, partió a la batalla con el grueso de sus legiones, y su padre Yusai quedó en Tango cuidando del feudo familiar. Pero en los prolegómenos del choque final entre ambos ejércitos, un contingente de 15.000 hombres de las fuerzas Toyotomi se adentró en Tango y puso sitio al castillo de Tanabe, donde el anciano Yusai residía. La guarnición que le quedaba era de apenas 500 hombres, mas no estaban dispuestos a rendirse. Por mucha fama de hombre de letras que tuviera, Yusai era ante todo un samurái, y como tal debía de comportarse. A sus 66 años, superado en número por prácticamente 30 hombres a 1, Hosokawa Yusai se aprestó para la batalla. El viejo poeta iba a vender cara su vida.


Castillo de Tanabe

Con una superioridad tan aplastante, el asedio debería haber sido pan comido para el ejército del Oeste. Sin embargo, las cosas no se desarrollaron a la manera habitual. El prestigio de Yusai le precedía, y el aprecio que se le tenía en todo el imperio a este sabio venerable era inmenso. El respeto que inspiraba en los propios soldados enemigos era tal, que no pusieron demasiado empeño en ganar la batalla. Muchos de aquellos samuráis habían sido pupilos de Yusai en la corte de Hideyoshi unos años antes. Llegaron a “olvidarse” convenientemente de cargar los cañones con balas a la hora de bombardear el castillo. Los disparos de los artilleros Toyotomi eran simples salvas de fogueo. No querían acabar con una gloria nacional.



Entre unos atacantes sin excesivas ganas de combatir y un defensor amante de la poesía y la porcelana fina, aquel debió de ser el asedio más pacífico de la historia de Japón. Pero tampoco era todo sake y rosas. Yusai se enfrentaba a una situación límite, y en esa batalla se arriesgaba a perder algo más que su honor y sus tierras. A lo largo de los años, el anciano esteta había ido acumulando en su castillo una exquisita colección de pinturas, manuscritos y obras de arte de valor incalculable. Piezas únicas en todo Japón. Para que no se dañaran en el asedio, quiso ponerlas a salvo, y la mejor solución era enviárselas al mismísimo emperador para dejarlas bajo su custodia. La corte de Kyoto era el único destino digno para la colección de Yusai. Sin tiempo que perder, mandó un emisario a palacio y el hijo del cielo atendió a sus ruegos. Ambos bandos acordaron un alto al fuego (aunque fuego, precisamente, no había mucho) para que se pudieran evacuar… los libros.

Preocupado por el destino del anciano Yusai, en su regio mensaje el emperador también lo conminaba a rendirse. En aquellos tiempos el emperador de Japón era una figura meramente decorativa que apenas pintaba nada en la política del país. Vivía apartado del mundo en su corte de Kyoto, por encima del bien y del mal, y cumplía un papel puramente ceremonial. Pero el respeto que inspiraba su figura era absoluto. Pocas veces abría la boca pero, cuando lo hacía, su palabra era ley. Lamentaba profundamente que la valiosa vida de un humanista de la talla de Yusai se pusiera tontamente en riesgo en aquella estúpida batalla. Con apenas 500 efectivos, no tenía ninguna oportunidad de resistir un asalto serio. Seguir luchando era a todas luces un suicidio. Pero Yusai era samurái antes que sabio, y estaba empeñado en demostrarlo. No se iba a rendir a los Toyotomi.

Por desgracia para el empecinado anciano, el emperador tampoco estaba dispuesto a dejarlo morir. Su siguiente mensaje ya no fue ningún ruego, sino una orden directa: su vida era demasiado preciosa para el imperio, y no podía tirarla a la basura alegremente. Debía claudicar y evacuar el castillo de inmediato. Ante tal ultimátum, Yusai no pudo negarse: el 19 de octubre de 1600 rindió el castillo al ejército del Oeste. Los asaltantes lo dejaron salir con sus hombres y Yusai, harto de batallas, se retiró a Kyoto para dedicarse a las artes a tiempo completo. En cualquier caso, su terca resistencia había rendido un buen servicio a la causa de su señor Tokugawa: había tenido ocupado durante casi dos meses a un contingente entero de tropas enemigas, soldados que ya no llegarían a tiempo de participar en la gran batalla decisiva.

Yusai vivió hasta la venerable edad de 76 años, esta vez sin guerras que le amargaran la existencia. Dedicado por entero a sus versos y sus cerámicas, pasó sus últimos días tal y como siempre quiso. Pero nadie dudaba de que, cuando la ocasión lo requería, aquel abuelete sibarita y refinado sabía luchar y morir como un verdadero samurái. Así era Hosokawa Yusai, el epítome del ideal caballeresco de su época. El guerrero que blandía con igual destreza la pluma que la espada.

Colaboración de R. Ibarzabal de Historias de Samuráis

Historias de la Historia

miércoles, 13 de enero de 2016

Japón medieval: Musashi, el invicto samurai

Un punto de inflexión en la vida de Musashi, El invicto Samurai



Miyamoto Musashi fue de tres horas de retraso. Esta fue su manera. En la playa de la tensión en el aire era palpable. Sasaki Kojiro se paseaba arriba y abajo en la arena fina con las manos detrás de su espalda. Su ira se levantaba con el sol, y con cada minuto que pasaba se sentía el insulto a su honor cada vez mayor. La fecha era el 13 de abril 1612.

Kojiro fue considerado uno de los más grandes Samurai en Japón. Era famoso por todo el país por su velocidad y precisión, que se hizo aún más notable por su arma preferida. Él manejaba una pala-no dachi enorme, una espada japonesa curva en el estilo clásico, pero con una hoja de más de un metro de longitud. El tamaño y el peso de la no-dachi hicieron un arma brutal, poco sutil, pero Kojiro habían perfeccionado su uso en un grado sin precedentes en todo Japón.

Como su habilidad había crecido, se había ganado muchos duelos, y por el tiempo que esperó en la playa de Isla Ganryu había asegurado una posición cómoda como maestro armas al Daimyo del clan Hosokawa. Su fama había crecido con su habilidad, y, finalmente, se llegó a la atención de Miyamoto Musashi.




Un grabado que muestra un samurai armado con un enormeespadón no dachi 

Musashi era un Ronin, un samurai sin señor. Había matado a su primer rival en combate singular a la edad de trece años y había llegado a ganar el duelo después de duelo mientras viajaba Japón y perfeccionó sus habilidades. En Japón en ese momento, no era raro para desafiar a otros a duelo, incluso a la muerte, por ninguna otra razón que para mostrar la propia maestría. Musashi no fue la excepción. Su talento era tan grande que, por la edad de treinta años, se había enfundado sus dos katana, y hecho un punto de duelo únicamente con bokken - espadas de práctica de madera - no importa qué arma su enemigo eligió usar.

Séquito de Kojiro consistió en siervos del cuerpo, amigos, estudiantes, cocineros, y un puñado de funcionarios que habían acudido a presenciar el evento e informar a los daimyo. Habían llegado en barco por la mañana temprano, y los criados habían levantado una sombra para los funcionarios de más arriba en la playa. Se había iniciado un pequeño fuego, comida y té preparados, y todo hecho listo para el gran samurai para conocer a su oponente. El duelo se había organizado a través de un intermediario, a petición de Miyamoto, y la fecha y hora fijado por él.

Kojiro había llegado tres horas antes, y al amanecer lentamente y sus sirvientes se ocuparon con la creación de campamento, se había sentado en profunda meditación cierta distancia, preparándose mentalmente para el combate. Se levantó un poco de tiempo antes de que su oponente debía llegar y tomó un poco de té, haciendo conversación cortés con los funcionarios, y bromeando con sus amigos. Su compostura fue sublime, y su séquito, estudiantes y perchas en no tenía ninguna duda de que él haría el trabajo por debajo de su rival.


Tres horas más tarde, sin embargo, a la mañana llevaba encendido en la tarde, y Kojiro ya no se compone. Se paseó, refunfuñó, juró y espetó a sus siervos, y estaba claro que aquellos que lo observaba que su rabia por el comportamiento ofensivo de su rival estaba construyendo en un grado peligroso. En un intento de aplacarlo, uno de los funcionarios habían sugerido que Musashi no llegaría, y habían huido del duelo en el terror ante la perspectiva de enfrentarse a la gran Kojiro, pero Kojiro no aceptó esto. Conocía la reputación de Musashi como espadachín. Este comportamiento sólo podía tener como objetivo insulto.

De hecho, Miyamoto no estaba muy lejos. Se sentó con las piernas cruzadas en un pequeño barco de pesca que se balanceaba suavemente en la marea en una pequeña ensenada al sur de la playa, donde el enfurecido Kojiro paseaba. El fondo de la embarcación estaba llena de virutas de madera rizadas, como el maestro de la espada trabajó sin prisa en una larga pieza de madera con el cuchillo. También ocupa el barco era su propietario, una arrugada, pescador ancianos, bronceada, que había sido pagado generosamente para poner a sí mismo, su barco y su remo de repuesto al servicio de Musashi para el día.

Este remo de repuesto ahora estaba sentado en el regazo de Musashi, y con su cuchillo afilado, el samurai había pasado cuidadosamente la mañana trayendo una nueva forma de salir de ella. Era largo y se había convertido elegantemente curvado y perfectamente equilibrado: un bokken de la mejor mano de obra. Musashi observaba el sol mientras trabajaba.

Era una persona de aspecto extraño. No llevaba galas, sólo un traje sencillo y cinturón de la espada. Sus pies estaban desnudos, y sus ojos tenían una que sobresale, mirando de calidad que era desconcertante. Su pelo recogido en un moño sencillo y funcional en la parte superior de la cabeza. Había varios días el crecimiento de la barba en su cara pálida y huesuda, y su piel estaba cubierta con muchas cicatrices pequeñas, lívidos.

Estaba claro desde muy cerca que no había lavado desde hace algún tiempo, y su túnica llanura llevaba muchas manchas y parches descoloridos. En total, se cortó una figura más de mala reputación, muy diferente de los ostentación de riqueza y armas preferidas por muchos samurai del tiempo. La única parte de su atuendo que parecía bien cuidada era la katana emparejado en el cinturón. La madera oscura pulida de sus vainas brillaba en el sol de la mañana.



Con una palabra tranquila, Musashi preguntó el pescador para llevarlos y vuelta a la playa donde Kojiro esperó. El pescador obedeció, y juntos remando hacia el mar un poco, antes de volver a acercarse a la playa.

Al principio, Kojiro no reconoció a su oponente. Musashi se sentó bajo y transmita en el pequeño barco, sus armas oculto, que parecía sumido en sus pensamientos.

"Es él!", Gritó uno de los criados, que habían corrido hasta la línea de agua. "Musashi llega al duelo!"

La sangre abandonó el rostro de Kojiro como Musashi lentamente se puso de pie en el barco. La insolencia, era algo inaudito. Esto no fue un camino para un Samurai comportarse! Para llegar tan tarde era bastante malo, pero para llegar así ... sin afeitar, sucio, con ropa desaliñada y sin séquito, sino un viejo pescador miserable; Kojiro sintió el insulto a su honor con mayor intensidad, y la ira que había estado construyendo lentamente durante toda la mañana se desbordó. Temblaba de rabia y le tendió una mano al portador espada que se apresuraron a presentarlo con su gran no-dachi.

La enorme espada brilló en el sol como Kojiro entró por la playa hacia su oponente. Se centró su ira a un punto fino, que se desarrolló a través de sus brazos y manos y se estableció en la cruel punta de la cuchilla. En su mente, donde hace un momento se había producido un gran enojo, ahora se hizo el silencio. Pero, ¿qué fue eso? Musashi saltó en el surf y se lanzó hacia la izquierda, pero él sacó ninguna lámina; su única arma era un bokken de madera, similar en tamaño y alcance de la espada de Kojiro. Kojiro vaciló durante una fracción de segundo.

¿Qué podría significar esto? La arrogancia del hombre que pondría en entredicho la gran Kojiro con una espada de madera de la práctica era incomprensible. Se dio la vuelta para seguir Musashi y se metió en con un gran movimiento de su espada. El hombre insolente agachó justo a tiempo para evitar el golpe. La no-dachi barrió sólo centímetros por encima de la cabeza. Una pequeña nube de pelo negro flotaba en el aire quieto.



Entonces Musashi estaba debajo de su guardia. El bokken estaba subiendo, pero el gran no-dachi estaba en las manos de un maestro, y Kojiro no lo hizo retroceder. Él trajo su espada silbando hacia abajo a su oponente ... pero Musashi había desaparecido. Había caminado paso a la derecha, y su bokken golpear carne. El aliento de Kojiro salió de él, y su siguiente golpe se volvió loco.

La espada de madera le asestó un duro golpe en el lado de la cabeza y en el momento que se tambaleó, el arma de su enemigo se estrelló contra el costado izquierdo con una fuerza increíble. Sintió que su grieta costillas, seguido de un terrible dolor agudo en el interior de su pecho. No podía respirar, y el mundo nadó ante sus ojos.

La funcionarios, el personal y los funcionarios vieron con horror como Sasaki Kojiro cayó hacia delante sobre la arena. La participación ha sido más en cuestión de segundos, y el victorioso Samurai ahora estaba haciendo una profunda reverencia a su oponente caído, a continuación, hacia ellos. Él los miró por un momento, a punto, y luego comenzó a retirarse rápidamente hacia el barco. Hubo un anillo de acero y un grito como un número de amistades de Kojiro, y los estudiantes sacaron sus espadas y corrió por la playa hacia Musashi, pero estaba en el surf, que estaba en el barco, se había ido. Su propósito en la isla Ganryu se cumplió, pero las lágrimas cayeron de sus extraños ojos como el viejo pescador que remó lejos.

Miyamoto Mushashi salió victorioso, pero él había destruido uno de los más grandes guerreros de la tierra, y la inutilidad del acto lo golpeó tan duro como su propio golpe de muerte había golpeado Kojiro. No había nada adquirida por su victoria, y todo lo perdido. Como bokken de Mushashi, habilidad de Kojiro había sido tallada lentamente de la materia prima de su vida. Ahora él se había ido, pero su muerte se había servido de nada.

Musashi siguió estudiando y enseñar el arte de la espada lo largo de su vida, pero nunca de nuevo mató a un oponente en un duelo.

War History Online

domingo, 13 de diciembre de 2015

Japón: "El Último Samurái" fue francés

EL ÚLTIMO SAMURÁI, LA VERDADERA HISTORIA
 
JAVIER SANZ — Historias de la Historia


Esta es la verdadera historia en la que está inspirada la película “El último samurái” (2003), protagonizada por Tom Cruise y dirigida por Edward Zwick. Tom Cruise interpreta a Nathan Algren, un soldado del ejército de los EEUU que llega a Japón en la Restauración Meiji, un período de transición que puso fin al Shogunato Tokugawa. Los clanes, señores feudales (daimyos), samuráis y shogunes gobernaron Japón durante años, pero fueron desplazados y relegados por la modernidad y la industria de Occidente. La figura del Emperador existía en dicha época del Shogunato, si bien estaba relegada a un discreto segundo plano. Sería pues, desde la Restauración Meiji hasta el final de la Segunda Guerra Mundial, cuando el Emperador cobraría protagonismo.



Aunque aparentemente Japón había estado aislado del mundo durante un largo tiempo, dicho aislamiento (Sakoku) nunca fue completo. El contacto con europeos, tales como portugueses y españoles, ya se había producido años antes a través de misioneros y comerciantes (“namban” o “bárbaros del sur” era el nombre que los japoneses dieron a españoles y portugueses). Otros hechos ocurridos en Asia, como la invasión japonesa de Corea y su fin a manos del almirante Yi Sun Sin con sus barcos tortuga en Noryang o años antes las dos invasiones mongolas de Kublai Khan en las que Japón se salvó gracias a las tempestades y fuertes vientos (de ahí la palabra kamikaze o “viento divino“), demuestran que Japón no estaba tan aislado y que sí estaba en los mapas. Sería el comodoro Perry el que tendría un papel relevante en la apertura de Japón a Occidente con la firma del Tratado de Kanagawa en 1854. Nathan, en realidad, está inspirado en un personaje histórico que vivió en dicha época, pero no era un norteamericano sino el francés Jules Brunet.


Jules Brunet

Brunet nació en Belfort, en el Este de Francia, en 1838. En 1857 se graduó en la Escuela Politécnica de París en la especialidad de artillería. Entre 1862-1867 participó en la segunda intervención francesa de México bajo las órdenes de Napoleón III, donde Brunet destacó por su valentía recibiendo la Légion d’Honneur. Sería en 1867 cuando Brunet llegaría a Yokohama como miembro de la primera misión militar francesa en Japón. Su tarea como miembro de dicha misión era formar e instruir a las fuerzas de élite del Shogún Tokugawa Yoshinobu. Durante dicha misión, Brunet quedó fascinado por las tradiciones y por la cultura japonesa, pero como pasa también en la película era un periodo de inestabilidad política. En 1868 el Emperador Meiji se hizo oficialmente con el poder, poder que había ostentado el Shogún desde hacía 600 años. El Emperador fue respaldado y apoyado por multitud de clanes, pero el Shogún no reconoció al Emperador… y comenzó una guerra civil (Boshin) que enfrentó a la facción aperturista, liderada por el Emperador, contra el Shogún y los partidarios de la tradición.

Las tropas imperiales marcharon a Edo, donde el embajador francés Léon Roches elaboró un plan para defender la ciudad, pero en el último momento el Shogún decidió dejarlo a un lado y sus tropas fueron derrotadas el 29 de marzo de 1868 en la batalla de Koshu-Katsunama. Dos meses más tarde, Edo capitulaba y Yoshinobu se rendía. Unos pocos hombres del Shogún, entre los que se encontraban Brunet y cuatro oficiales franceses, lograron escapar con la ayuda del almirante Enomoto Takeaki, leal al Shogunato Tokugawa, a la isla Ezo al norte de Japón (actual Hokkaidō). El 3 de septiembre de 1868, Edo pasó a denominarse Tokyo y el Emperador Meiji se estableció en la que, desde ese momento, será la capital de Japón. Napoleón III declaró la neutralidad de Francia. Sin embargo, Brunet y los oficiales decidieron abandonar la misión del ejército francés y unirse a Takeaki con la esperanza de reagrupar las tropas y poder contraatacar. Con Jules Brunet al mando, los rebeldes sitiaron y capturaron el fuerte de Goryokaku, en manos de las tropas imperiales. Seguirían otras victorias hasta conquistar Hakodate, donde el 15 de diciembre de 1868 se proclamó la República de Ezo, nombrándose presidente a Enomoto Takeaki. Francia y otras naciones europeas reaccionaron reconociendo la República de Ezo (la única en la historia de Japón).


Proclamación de la República

En marzo de 1869, cerca de 10.000 hombres del ejército Imperial llegaron a Ezo, donde Brunet, los cuatro oficiales franceses (Fortant, Marlin, Cazeneuve y Bouffier) y unos 3.000 hombres de la República protagonizan una épica resistencia. Finalmente, la superioridad numérica pudo con el entusiasmo de los partidarios del Shogunato y fueron derrotados en mayo de 1869. Cuando cayó el fuerte de Goryokaku, sólo había una guarnición 800 hombres de la República de Ezo frente a 8.000 del ejército Imperial… era el fin de 600 años de Shogunato y de la aventura japonesa de Jules Brunet. Abandonó Japón rumbo a Francia, donde a pesar de ser recibido como un héroe fue juzgado por desobedecer las órdenes de permanecer al margen. Aún así, pudo continuar su carrera miliar alcanzando el rango de general.

A pesar de lo hecho por Brunet, la colaboración franco-japonesa continuó en la Restauración Meiji: otras dos misiones llegaron a Japón en 1872 y 1884 con el objetivo de modernizar el ejército japonés. Dos oficiales franceses fueron los primeros occidentales en ser aceptados en un prestigioso dojo y practicar las artes marciales japonesas. En 1886, al ingeniero Louis Emile-Bertin se le encomendó la construcción de la primera Armada moderna japonesa, llegando a convertirse en íntimo amigo del Emperador. En 1919, ingenieros franceses supervisaron la creación de la primera fuerza de aviación japonesa.

Hoy en día, el nombre de Jules Brunet ha caído casi en el olvido en Francia, pero los japoneses aún recuerdan al soldado francés que luchó junto a los últimos samuráis.

lunes, 30 de noviembre de 2015

Japón medieval: Goemon, el samurai frito

ISHIKAWA GOEMON, EL ROBIN HOOD JAPONÉS QUE ACABÓ HERVIDO

JAVIER SANZ — Historias de la Historia


Los amigos de lo ajeno han existido en todas las épocas y lugares y, si echamos un vistazo a los periódicos, vemos que no están precisamente en peligro de extinción. Pero siempre ha habido clases y, entre tanto mangante y estafador de poca monta, también hay bandidos que se han acabado convirtiendo en auténticos héroes de leyenda. Nuestro protagonista de hoy es uno más en esa lista de nombres míticos que va desde Robin Hood hasta Bonnie & Clyde y demás forajidos de legendarios. Hablamos de Ishikawa Goemon, un ladrón de guante blanco que sembró el terror entre los ricachones de Kyoto y alrededores a finales del siglo XVI. Tan sonados fueron sus golpes que llegó a ser poco menos que el enemigo público número de su época. Pero, como dice el refrán, al final el crímen siempre se acaba pagando. Por desgracia para Goemon, iba a acabar saliendo literalmente escaldado de tanto atraco.


Goemon

Goemon tuvo una vida (y sobre todo una muerte) digna de la mejor novela. De él se ha dicho de todo: unos lo pintan como un paladín de los desfavorecidos que robaba a los ricos para repartir el botín entre los pobres; otros dicen que era un antiguo ninja (criado por el no menos legendario Momochi Sandayu), al que la reciente unificación del país había dejado en paro y que, sin guerras en las que luchar, se veía obligado a robar para ganarse el arroz. La historia más plausible nos lo pinta como el hijo segundón de una familia samurái de poca monta al que, tras caer en desgracia por un turbio asunto de robo con homicidio de por medio, no se le ocurrió mejor manera de salir adelante que echarse al monte y hacerse bandolero. Hay versiones para todos los gustos, y seguramente todas tengan algo de verdad.

Lo poco que sabemos de él a ciencia cierta nos lo cuenta un vallisoletano, el padre Pedro Morejón, misionero jesuita que, por aquellos días, estaba en Japón pescando almas para mayor gloria del Señor. Aunque, en realidad, Morejón solo llega a tiempo de relatarnos sus últimos momentos:

El incidente aconteció en 1594. Un tal Ixicava Goyemon y nueve o diez de sus parientes fueron hervidos en aceite.
No sabemos si el aceite sería de oliva o de soja pero, en cualquier caso, debió de ser una muerte bastante desgradable. La ejecución tuvo lugar en Kyoto, la capital del país por aquel entonces, y al parecer fue un éxito de público. Gentes de las más lejanas provincias acudieron a ver cómo cocían a fuego lento en un enorme caldero a aquel bandido indomable. Como condimento al macabro estofado, aderezaron el puchero con su propio hijo, a quien Goemon trató de mantener a salvo de las llamas hasta su último aliento. Para acompañar el guiso, también pasaron por el fuego a varios familiares y compinches. Un final sonado para la banda de ladrones más famosa del momento.


Goemon y su hijo

Semejante calvario se nos antoja un poco excesivo para ejecutar a un simple ladronzuelo, pero es que Goemon no era un chorizo cualquiera. Su clientela predilecta eran los potentados de la época: ricos comerciantes, grandes señores feudales, gerifaltes del clero… No había en todo Japón muro lo bastante alto ni puerta lo suficientemente recia para detenerle. Mientras, el pueblo llano veía con simpatía cómo él y su banda de amigos de lo ajeno limpiaban impunemente las cajas fuertes de los peces gordos de Kyoto. La fama de Goemon crecía a ojos vista, pero a la vez se estaba ganando enemigos muy poderosos.

Entre ellos se encontraba nada menos que Toyotomi Hideyoshi, el amo y señor del recién unificado Japón. La leyenda dice que, indignado por el giro despótico que había tomado el gobierno de Hideyoshi, Goemon empleó sus habilidades ninja para colarse en el mismísimo castillo de Fushimi, su residencia oficial en Kyoto, y rebanarle el pescuezo mientras dormía. Pero se ve que, para haber sido ninja, era un poco torpe, porque lo de moverse en sigilo no se le daba muy bien. En medio de la oscuridad acabó derribando un incensario de un puntapié y el ruido alertó al instante a toda la guarnición que se le echó encima antes de que pudiera acercarse siquiera a los aposentos del tirano. Seguramente todo esto no es más que una bonita historia, ya que ni a Goemon ni a nadie en su sano juicio se le habría ocurrido atacar al hombre más poderoso del país en su propio castillo. Pero el ladrón ninja se había convertido en una figura tan fabulosa que ninguna hazaña, por descabellada que fuera, se le quedaba pequeña. Su truculento final, cocinado en su propio jugo, no haría sino agrandar su leyenda.

La imagen que ha quedado de Goemon para la posteridad es una mezcla entre Robin Hood y Arsène Lupin, un caballero ladrón, un dandy del Japón feudal amante de los lujos caros pero, a la vez, con un corazón de oro. Un rebelde que se ríe del peligro y gusta de desafiar a los ricos y poderosos, con un punto descarado y bravucón. El teatro kabuki lo terminó de consagrar, convirtiéndolo en personaje recurrente y dándole su característico tupé, seña de identidad inconfundible de ahí en adelante. Desde entonces hasta nuestros días, Ishikawa Goemon ha sido una de los héroes más reconocibles de la cultura popular nipona. Su nombre les sonará a algunos lectores, ya que aún hoy es fácil encontrárselo como protagonista de videojuegos, películas y dibujos animados.



400 años después de su truculento final, Goemon sigue estando muy vivo. Como muestra, un botón: hoy en día, no sin cierta mala leche, los japoneses llaman a las bañeras hechas de metal “Goemon Buro”, o sea, baños a lo Goemon, recordando la olla en la que lo cocieron a fuego lento. Apenas se usan ya en las casas particulares, pero aún es posible verlas en balnearios y termas públicas. Con la afición que tienen los japoneses a bañarse con el agua a temperaturas imposibles, no sería raro que el día menos pensado alguien acabara marcándose un Goemon en toda regla. Pero, por escaldado que salga, es difícil que se llegue a hacer tan famoso como el último baño de este intrépido Robin Hood japonés.


Baño Goemon


Colaboración de R. Ibarzabal
Fuente: Relación del Reino de Nippon a que llaman Corruptante Japón – Bernardino de Ávila; Ninja Attack – Matt Alt y Hiroko Yoda

martes, 4 de agosto de 2015

Japón: Un samurái negro

Un samurai negro en la corte del Señor más poderoso de Japón
Javier Sanz - Historias de la Historia


A mediados del siglo XVI, las costas de Japón empezaban a ser frecuentadas por barcos portugueses y españoles, que por aquellos tiempos ya surcaban el Pacífico como quien va de Santurce a Bilbao. Además de las sedas y especias de rigor, en estos mercantes solían ir también, como parte del lote, cuadrillas de misioneros, jesuitas en su mayoría, deseosos de recolectar almas frescas para el Señor por aquellas tierras paganas. Y hay que decir que no eran pocos los nobles japoneses que veían con curiosidad, y hasta con buenos ojos, esta nueva religión. Uno de estos aficionados a las novedades extranjeras era Oda Nobunaga, el primero de los tres grandes unificadores del imperio insular, que hacia 1580 se las había arreglado para poner bajo su control medio país y tener atado en corto al otro medio. No era exagerado considerarlo el rey de facto de Japón. Hombre de inquieta inteligencia y miras avanzadas, Nobunaga estaba en buenos términos con los jesuitas y, aunque convertirse al cristianismo no entraba en los planes de un ateo convencido como él, gustaba de recibir de cuando en cuando a los frailes en audiencia para informarse de cómo era el mundo más allá de los confines del archipiélago nipón.


Oda Nobunaga, el gran unificador de Japón

Pero cuentan las crónicas que, un buen día de 1581, la paz que con tanto esfuerzo había logrado imponer Nobunaga en la capital se vio de pronto alterada por la llegada de un pintoresco invitado. Recién llegado a Kyoto, el padre visitador de los jesuitas, Alessando Valignano, traía en su comitiva a alguien cuyo verdadero nombre desconocemos, pero a quien los japoneses no tardarían en bautizar como Yasuke:

Habría traído el Padre Alexandre consigo de las Indias un vasallo mauro, tan negro como los etíopes de Guinea, pero nativo de Mozambique, de esos que son llamados propiamente cafres, habitantes del cabo de Buena Esperanza.
No sabemos si Yasuke era la primera persona de raza negra que ponía pie en Japón, ya que no era raro encontrar esclavos africanos en los galeones europeos de la época. Pero, por lo que parece, debió de ser el primer negro que veían en la capital nipona, porque las gentes de Kyoto se volvieron locas con él. Una multitud enfervorecida se agolpaba día y noche a las puertas de la residencia de los jesuitas. Hubo hasta trifulcas a pedrada limpia para pillar un buen sitio desde el que divisar el portento. Todos querían ver a aquel misterioso hombre de piel atezada como el carbón. Las autoridades, desbordadas, tuvieron que intervenir para poner orden en aquel desmadre. Y, por aquel entonces, la autoridad en Kyoto era Nobunaga. En cuanto se enteró del revuelo, le faltó tiempo para convocar al gerifalte jesuita a la corte y comprobar en persona la causa de tanta algarabía. Cuando vio a Yasuke aparecer ante sus ojos, se quedó de una pieza. No podía creerse que esa piel, negra zahína, fuese de verdad. De hecho, sospechando que los jesuitas estuvieran tratando de dársela con queso y en realidad no se tratase más que de un tipo pintarrajeado de betún, Nobunaga mandó traer un barreño de agua y, tras ponerlo en pelota picada, hizo que enjabonaran al pobre esclavo a conciencia. Solo después de ver que, lavado tras lavado, aquello no desteñía, Nobunaga se convenció de que no había trampa ni cartón. Efectivamente, tenía ante sí a un fulano negro como noche sin luna.


Esclavos negros y comerciantes europeos vistos por los artistas de la época

El señor de los Oda, siempre amigo de las novedades, quedó encantado con el descubrimiento, y consiguió que los jesuitas le cedieran a Yasuke para ponerlo a su servicio. Pero Yasuke, un chicarrón espabilado y con don de lenguas, sería algo más que una nueva adquisición para la colección de rarezas de Nobunaga. Las crónicas de la época lo describen así:

Aparenta entre 26 o 27 años, grande y oscuro como un buey; tiene la fuerza de diez hombres y buen discernimiento.
Según cuentan, se convirtió en un miembro destacado de su séquito, hasta el punto de despertar celos e intrigas en palacio. Las malas leguas decían que Nobunaga, tan satisfecho de sus servicios como estaba, acabaría por nombrarlo señor de algún castillo el día menos pensado. Aunque no hay constancia de ello, hay quien asegura incluso que llegó a armarlo samurái. Este extremo es poco probable pero, conociendo al señor de los Oda y su gusto por las excentricidades, tampoco es del todo descartable (De hecho, algunos cuentos infantiles así lo relatan y dibujan). Si alguien llegó a tener alguna vez un samurái negro a su servicio, ese era Nobunaga,


Yasuke como héroe de un libro de cuentos infantiles

Nadie sabe cuán lejos podría haber llegado Yasuke en la corte. Al morir Nobunaga en 1582, su pista se desvanece definitivamente entre las brumas de la Historia. Se dice que estuvo presente la fatídica noche en que Nobunaga cayó víctima del ataque a traición de Akechi Mitsuhide, uno sus propios generales. En uno de los episodios más famosos de la historia de Japón, por razones que aún 400 años después siguen sin estar claras, Mitsuhide decidió rebelarse contra su señor y caer por sorpresa sobre el templo de Honnoji, en Kyoto, donde Nobunaga pernoctaba plácidamente protegido por una reducida guarnición antes de reunirse con el grueso de sus tropas y partir a la batalla. Al amanecer, las llamas habían consumido Honnoji hasta los cimientos y el cadáver de Nobunaga desaparecía para siempre entre sus cenizas.

Según dicen, Yasuke habría formado parte de esa pequeña guarnición de leales y se habría batido el cobre como un samurái más tratando de evitar lo inevitable. Entre rescoldos humeantes, las tropas rebeldes dieron con él y lo llevaron ante su general, Mitsuhide, que debió pensar que no merecía la pena añadir su cabeza a la nutrida colección que ya habían acumulado y lo envió al “templo bárbaro” (o sea, la iglesia de los jesuitas en Kyoto) para que los suyos se hicieran cargo de él.


Ilustración moderna de Yasuke escoltando a su señor

Lo más probable es que, bajo la tutela de los frailes, acabara en Goa o en alguna otra de sus misiones en Asia. Quién sabe, hasta puede que el bueno de Yasuke tuviera la suerte de volver a casa y acabar sus días en su Mozambique natal. A buen seguro, habría tenido un buen repertorio de historias con las que asombrar a sus compatriotas a su regreso. Samurái o no, podía jactarse de haber servido en la corte del señor más poderoso de Japón. No está mal para alguien que empezó su viaje cubierto de cadenas en un barco negrero.

Colaboración de R. Ibarzabal

Fuentes: The Chronicle of Lord Nobunaga – Ota Gyuichi; Interracial Intimacy in Japan: Western Men and Japanese Women – Gary Leupp; Histoire ecclesiastique des isles et royaumes du Japon – François Solier

martes, 21 de abril de 2015

Medioevo: Himiko, una samurái que conquistó Corea

HIMIKO, LA SAMURÁI QUE CONQUISTÓ COREA

Javier Sanz - Historias de la Historia


La palabra “samurái” generalmente se utiliza para designar una gran variedad de guerreros del antiguo Japón Feudal. Tal era la fuerza de este sector de la población, que desde el siglo X hasta el siglo XII detentaron el poder. Sin embargo, “samurái” quiere decir literalmente “el que sirve” y durante siglos, eso fue lo que hicieron. Eran guerreros diestros en el arte de la lucha, y muchos de ellos contaban con hijas o hermanas que también eran entrenadas en este arte. Su función era la de proteger el hogar, el honor y la familia en tiempos de guerra, y para ello utilizaban principalmente la nagigata, un arma de asta que contiene una hoja curva en uno de sus extremos. Algunas de estas mujeres pasaron a los anales de la historia por sus hazañas y su fortaleza. Estas figuras eran conocidas como “Onna Bugeisha” (mujer samurái). Su número es escaso, pero tales eran sus proezas que muchas de ellas se convirtieron en leyenda.


Onna Bugeisha con naginata

Probablemente, de este reducido grupo la más famosa sea la Emperatriz Okinaga, conocida póstumamente como la Emperatriz Consorte Jingū e identificada comúnmente con la reina Himiko o Pimiko de las crónicas chinas. Fue la mujer del Emperador Chūai y tras su muerte en 209, ocupó el puesto de regente y líder hasta que su hijo accedió al trono en 269. Numerosas son las leyendas en torno a esta mujer. Las crónicas chinas la describen como una reina chamánica, ocupada en la brujería y que hechizaba a las gentes. Así mismo, estos textos relatan las relaciones tributarias que el reino de Cao Wei mantuvo con el reino de Himiko. Según la leyenda recogida en el Kojiki y el Nihonshoki., los dioses hablaron con la Emperatriz Okinaga para que liderara un ejército con el fin de invadir el reino del Oeste (identificado como el Reino de Silla en el suroeste de Corea). Siguiendo las indicaciones del oráculo, se dirigió a la bahía de Kashihi, en Kiushu, se desató el cabello y se bañó en el agua del mar. Inmediatamente, su pelo se dividió en dos partes iguales. Después, se lo recogió en dos moños, adoptando el aspecto de un guerrero. Tras este hecho, se dirigió a sus ministros dando órdenes para reunir un gran ejército que ella misma capitanearía adoptando el aspecto de un hombre.

Una vez reunido el ejército, la soberana se preparó para la batalla. Al estar embarazada y a punto de dar a luz, la soberana tomó unas piedras y las puso en la cintura de su vestido, con el fin de retrasar el parto. Sin duda, el truco de las piedras funcionó considerando que la campaña duró tres años, y la emperatriz no daría a luz hasta después de la misma. En el primer mes de invierno, la flota zarpó desde la isla de Tsushima, próxima a la de Kiushu, hacia el reino de Silla. Atemorizado ante la llegada de tal potencia naval y armamentística, el rey de Silla decidió preparar una bandera blanca y mostrarse ante los conquistadores con las manos atadas a la espalda como gesto de sumisión.


La emperatriz en Corea (pintura de 1880)

Los historiadores rechazan esta leyenda alegando que se trata de una invención para justificar el período interregno durante su regencia. Sin embargo, las fuentes japonesas sí que describen a una soberana íntimamente ligada a la diosa Amaterasu, que desempeñaba todas las funciones sacerdotales y con grandes dotes para la guerra. Aunque el nombre de Himiko o Pimiko no aparece en las fuentes niponas, la correspondencia en cronología y descripción de la misma en las fuentes chinas, parece establecer un claro paralelismo entre ambas figuras. Además, su traducción literal, “hija del sol”, la relacionan claramente con Amaterasu, de cuyo templo sería suma sacerdotisa, elevándola a la categoría de deidad.

La verdadera identidad de Himiko sigue siendo un misterio. En 2009, científicos japoneses descubrieron lo que parecía ser su tumba cerca de Nara. Sin embargo sus resultados no fueron concluyentes. De momento, nos toca fantasear con una de las grandes mujeres samurái. La mujer que conquistó Corea.

Colaboración Raquel Castañón de Okaerinasai

Fuentes: “Los mitos de Japón. Entre la historia y la leyenda”- Carlos Rubio, “Religiones de Japón” – Yusa Michiko