Sana costumbre

Caricatura argentina de 1870, representando al emperador de Brasil como un mono.
Algunas costumbres nunca mueren.


El siglo III d. C. fue un período difícil para el Imperio romano, marcado por frecuentes guerras civiles, problemas económicos y mayores presiones externas. Si bien no se trataba de una crisis existencial, el imperio enfrentó una tensión significativa entre el 217 y el 284 d. C. debido a las luchas de poder entre numerosos aspirantes al trono, que afectaron gravemente al ejército y la economía romanos. La inflación devaluó la moneda romana, mientras que las invasiones bárbaras desde el norte y los ataques persas sasánidas desde el este se intensificaron.
La evidencia arqueológica de este período es escasa en comparación con épocas anteriores, lo que dificulta el seguimiento de los movimientos y la organización de las legiones romanas. Sin embargo, la atención médica en el ejército romano era relativamente avanzada, y cada legión y unidad auxiliar tenía su propio personal médico, incluidos médicos entrenados en Grecia y médicos de campo de batalla conocidos como Capsarii. Se han encontrado hospitales sofisticados e instrumentos médicos en los fuertes romanos, lo que indica un enfoque estructurado para tratar heridas y lesiones.
La obra de arte Oficial Romano Herido, una pieza conmovedora y evocadora, ofrece una visión del costo humano de la guerra y el costo emocional de quienes lucharon en los conflictos de la antigua Roma. El oficial, representado con una mezcla de dolor y estoicismo, encarna los valores romanos del deber, la lealtad y el sacrificio. Sus heridas, cuidadosamente reproducidas para transmitir la brutalidad de la batalla, sirven como testimonio de las cicatrices físicas y emocionales que llevan los soldados. La atención al detalle de la obra de arte, desde la armadura desgastada del oficial hasta su puño cerrado, transmite una sensación de realismo y autenticidad. El uso del claroscuro en la composición, con el oficial sobre un fondo oscuro, crea una sensación de intimidad y aislamiento, atrayendo la atención del espectador hacia la lucha del individuo. Esta obra de arte no solo muestra la habilidad artística de su creador, sino que también ofrece una ventana al paisaje psicológico y emocional de la guerra romana antigua, invitando al espectador a contemplar los costos personales del conflicto militar.

"Su vestimenta era más o menos como la de los gauchos, pero el poncho y el chiripá, generalmente azules con dibujos blancos y colorados, son obra de sus mujeres. Ellas confeccionan esa clase de tejidos con una gran habilidad, empleando telares rudimentarios y completamente primitivos. Algunas estacas clavadas en la tierra sirven para sostener los hilos del género, que ellas entrecruzan con destreza para ir formando los dibujos. La trama se hace con un simple ovillo o con una mala lanzadera; una especie de sable de madera les sirve para apretar bien el tejido y juntar los hilos de la trama. A veces tiñen la lana en madejas; pero a menudo las indias van tejiendo todo en blanco, y tiñen luego la pieza entera, reservando los dibujos en blanco que forman cruces y rombos, y lo logran empleando sistemas completamente primitivos, pero muy ingeniosos. Sus tinturas las extraen de las plantas, unas veces de sus raíces, otras de su corteza o de su fruto, y los colores que emplean son sobre todo el azul, el amarillo, el rojo y el castaño. El mordiente empleado no es otra cosa que una materia orgánica que no tengo necesidad de nombrar; por eso, los ponchos nuevos tienen un olor amoniacal muy poco agradable; pero su color es inalterable, y los tejidos son de mucha duración y casi impermeables al agua."
Así describía el médico francés Henry Armaignac, desde su mirada permeada por los avances tecnológicos de la revolución industrial europea hace casi un siglo y medio, a la vestimenta y las destrezas de las tejedoras de la población "pampa" de la zona de Azul que observó durante su viaje por el Río de la Plata. Este interés que despertó en Armaignac la numerosa población indígena que poblaba entonces la zona de Azul, Tapalqué y Olavarría es apenas la punta de un ovillo que conduce a una historia milenaria desde los primeros grupos de cazadores y recolectores a la región pampeana hasta los actuales descendientes de las tribus "pampas", de este sector de la frontera bonaerense durante el siglo XIX. Historia que ha sido indagada por muchas personas, desde los enfoques más diversos y se ha plasmado en narraciones disímiles, entre las que se hallan las descripciones de los primeros viajeros y misioneros, tales como el jesuita Tomás Falkner, las crónicas de las expediciones de Manuel Pinazo o Pedro A. García, los escritos de militares asignados a la frontera que estuvieron en contacto directo con la población indígena, Juan Cornell, Federico Barbará y Alvaro Barros, entre otros, así como los relatos de viajeros que recorrieron la zona en distintos momentos del siglo XIX: Charles Darwin, William Mac Cann, Alfred Ebelot o el nombrado Henry Armaignac. Finalmente, deben mencionarse las recientes investigaciones científicas desarrolladas desde la historia, la antropología, la arqueología, entre otras disciplinas sociales. A partir de todo el cúmulo de información, en este trabajo se presenta una semblanza histórica de los pueblos indígenas, tocando especialmente las cuestiones referidas a la territorialidad, la continuidad cultural y el desarrollo de las actividades textiles entre los grupos "pampas" y sus actuales descendientes.
Antes de la llegada de los españoles al Río de la Plata, la región pampeana estaba habitada por grupos de cazadores y recolectores organizados en pequeñas bandas que tenían una alta movilidad. De tal modo, explotaban eficientemente los recursos naturales que ofrecían los distintos ambientes, tales como las sierras, las llanuras, los ríos, arroyos, lagunas y la costa. En estos amplios espacios cazaban animales, tales como guanacos, venados de las pampas, ñandúes, peludos, mulitas, coipos, etc, a la vez que recolectaban huevos, frutas, raíces y semillas y se aprovisionaban de distintos elementos necesarios para su vida cotidiana. Así, obtenían agua en los arroyos y las lagunas; en las sierras, rocas para elaborar instrumentos y colorantes minerales para hacer pigmentos y madera de los escasos árboles y arbustos nativos que crecían en la región. Las evidencias más antiguas de los primeros pobladores del partido de Azul se remontan a unos 7.000 años atrás y se hallaron en el sitio arqueológico La Moderna, cercano a las nacientes de arroyo Azul, donde fue carneado un gliptodonte utilizando instrumentos de piedra.
Si bien son pocos los testimonios arqueológicos azúleños posteriores a La Moderna, las investigaciones desarrolladas en otros sitios de la región han permitido conocer algunos de los cambios que fueron experimentando esas primeras bandas de cazadores. Estos cambios se vinculan con el crecimiento demográfico de las poblaciones originarias y con una tendencia a la disminución de la movilidad, que se fue traduciendo en reocupaciones más asiduas de los lugares de habitación, así como en estadías más prolongadas en los mismos. A su vez, hace unos 3.000 a 5.000 años, comenzaron a registrarse importantes innovaciones técnicas, tales como la alfarería, el arco, la flecha y la boleadora, se incorporaron nuevos objetos de uso cotidiano y se desarrollaron expresiones artísticas y rituales que se plasmaron en pinturas rupestres y en la decoración de otros objetos, tales como bolsas y mantos de cuero (Nde. Claras evidencias de la evolución comunes de los pueblos Hets o querandies, con idénticos usos, costumbres, cultura y artes, incluido la funeraria).
Simultáneamente, las poblaciones indígenas integraban amplias redes de intercambio con otros grupos de regiones distantes, mediante las cuales accedían a otros bienes foráneos. La llegada de los conquistadores europeos al Río de la Plata en el siglo XVI desencadenó profundos cambios ecológicos en la pampa. Se reemplazaron los pastizales nativos y las llanuras se poblaron de miles de vacas (Nde. esto desde principios del siglo XVI) y caballos que habían sido introducidos por los españoles (Nde. los pocos abandonados por la primera fundación de Buenos Aires de 1536 por Pedro de Mendoza) y encontraron un hábitat óptimo en las planicies herbáceas pampeanas, multiplicándose en estado salvaje a un grado tal que constituyeron la base productiva de los grupos indígenas durante casi tres siglos.
En este nuevo escenario, los cazadores recolectores originarios (Nde. Taluhets, Chechehets y Diuihets, todos “Querandies” o antiguos pampas caguaneros, algarroberos y serranos) se convirtieron en hábiles jinetes que reorientaron su economía hacia la captura de este ganado y su cría para consumo propio y comercialización. Los caballos de la pampa fueron un bien de mucha demanda. Rápidamente se sumó la demanda de ganado vacuno, requerido tanto por los indígenas como por los comerciantes españoles al oeste de la cordillera de los Andes y, al sur/este de la misma, por los habitantes de los escasos enclaves hispano-criollos de la costa patagónica.
El uso del caballo permitió un manejo más eficiente e intensivo de la producción pastoril y de las actividades de caza y recolección, potenciando el comercio regional dentro de las sociedades nativas y entre éstas y los centros hispano-criollos. Para mediados del siglo XVIII funcionaban verdaderas ferias comerciales en las Sierras de Tandilia, la más conocida fue la llamada "feria del Chapaleofú" (Nde. ancestralmente en el Cayru) donde, además de ganado, se intercambiaban manufacturas de sogas, tientos, lazos, botas y mantos en cuero, ponchos, matras, vinchas y fajas tejidas, así como una variedad de productos de procedencia europea: cuentas de vidrio, armas de metal, bebidas alcohólicas, tabaco, azúcar, ponchos ingleses, etc.
En esta zona confluían entonces extensas redes de intercambio que llegaban incluso hasta el actual Chile y a la sureña Patagonia, conectadas por las rastrilladas. Historiadores y antropólogos, como R. Mandrini y M. A. Palermo, sostienen que en las sierras bonaerenses y la llanura interserrana se había desarrollado, para comienzos del siglo XIX, un centro especializado en la producción pastoril. De hecho, las poblaciones indígenas que habitaban la región pampeana al sur del río Salado ocuparon ese espacio con un alto grado de independencia y autonomía, organizando el control territorial y los mecanismos de explotación y obtención de recursos desde una lógica de funcionamiento interna y a partir de la articulación de asentamientos semipermanentes, la movilidad estacional, las redes de caminos y las encrucijadas territoriales.
Este modo de ocupación del espacio, cuyas características son aplicables al período colonial y se extendieron hasta la segunda década del siglo XIX, estuvo ligado, indefectiblemente, a la explotación del ganado cimarrón y a la instalación y desarrollo de los asentamientos hispano-criollos. Sin embargo, a partir de 1820 comenzó un proceso de expansión territorial estatal de carácter en principio ofensivo (en base a campañas militares como las efectuadas por Martín Rodríguez, Juan Manuel de Rosas, etc), que estuvo precedido por un incipiente poblamiento hispano-criollo espontáneo. Esto ocasionó el desplazamiento hacia el sur y al oeste de las poblaciones indígenas pampeanas, con la consiguiente pérdida y reorganización territorial y la imposición por parte de Rosas de una única lengua indígena general “franca” para toda la region. Así, con el devenir secular fue concluyendo un tipo de ocupación del espacio posibilitada por la independencia relativa de las sociedades nativas y sus actividades económicas, aunque condicionada, indudablemente, por sus vínculos con la sociedad "blanca". Tales vínculos se basaban, entre otros elementos, en los intercambios comerciales y las actividades laborales, en el marco de relaciones interétnicas que incluyeron recíprocas influencias culturales.
La territorialidad de la comunidad "pampa" en el centro de la actual provincia de Buenos Aires se rastrea ya desde inicios del siglo XIX hasta finales del mismo, cuando la campaña militar efectuada por el general Roca, la mentada y mal denominada "campaña al desierto" (Nde. antes por Alsina y ambos bajo la presidencia de Avellaneda) significó la desestructuración física y cultural de las poblaciones originarias y el comienzo de su incorporación como minoría relegada dentro de la sociedad y el estado nacional argentinos. El establecimiento in situ de numerosos contingentes de "indios amigos” …
Los textiles han tenido y tienen, sin duda, una enorme importancia dentro de la economía de las sociedades indígenas de la región pampeana. En primer lugar, los productos de confección textil tuvieron una gran relevancia entre los intercambios mercantiles que se desarrollaron durante los siglos XVII al XIX, tanto al interior de los circuitos indígenas dentro de la región pampeana, el norte de la patagonia y la zona cordillera andina, como con la sociedad hispano-criolla. El "poncho pampa", en particular, fue un producto articulado al circuito comercial con el interior del espacio rioplatense durante la colonia y también un bien de prestigio, pues los de mayor calidad se convirtieron en prendas buscadas y exhibidas por personajes de la sociedad criolla que tuvieron un papel destacado en la interacción con los indígenas. A modo de ejemplo, basta mencionar los famosos ponchos del mismo gobernador de la provincia de Buenos Aires durante 1829-1852, Juan Manuel de Rosas, y de su sobrino Lucio V. Mansilla, quien había recibido el valioso obsequio del cacique Ranquel Mariano Rosas. A su vez, los ponchos confeccionados de forma menos elaborada en las tolderías se tornaron indispensables dentro de la indumentaria de los pobladores rurales, sin ser nunca superados por los ponchos importados de fabricación industrial (Nde. de Inglaterra y Francia). Pero más allá de su valor de uso doméstico o ceremonial y como bienes de intercambio, los diversos objetos confeccionados mediante la actividad textil constituyen una vía de expresión y comunicación simbólica, pues son vehículos de un antiguo lenguaje que encierra mensajes, historias, mitos y recetas, entre otros conocimientos. Las mujeres comprenden ese lenguaje y custodian su saber, siendo las encargadas de escribirlo en los tejidos para las generaciones futuras, así como de transmitirlo a su propia descendencia.
La región del centro de la provincia de Buenos Aires fue habitada por poblaciones indígenas mucho antes de la instalación de los "indios amigos" (Nde. y otros pueblos vecinos “invitados” por el poder de turno) que se produjo durante el rosismo. De aquellas primeras bandas de cazadores-recolectores ancestrales (Querandies-Hets) que han llegado hasta nuestros días evidencias arqueológicas sobre su modo de vida, rituales, creencias y cultura material, que testimonian su interacción con el medio, así como con otros pueblos de regiones distantes (sic). A partir de la conquista española las tribus pampeanas reorganizaron sus actividades económicas, aprovechando el ganado introducido, dando un fuerte impulso a las actividades comerciales e incorporando nuevas prácticas, saberes y objetos a su vida cotidiana, a la vez que la sociedad hispanocriolla se transformó a lo largo de estos siglos de interrelación. Durante el siglo XIX, una vez producida la revolución independentista, se produjo una diversidad de situaciones entre los pueblos indígenas y las autoridades criollas. Así, algunas tribus mantuvieron su autonomía política y territorial mientras otras negociaron nuevas relaciones con el estado provincial porteño, como los "indios amigos"
Por: Sergio Smith
NACION QUERANDI MEGUAY
Compartió: vestigios tehuelches
Fragmento de: Los "Pampas" de Azul y Tapalqué desde sus orígenes hasta hoy - Una mirada al universo femenino del arte textil
Por: Dra. Victoria Pedrotta - (CONICET/ INCUAPA-UNICEN/ Fundación Azara-U. Maimónides)
Dra. Sol Lanteri - (CONICET/ Instituto Ravignani-UBA)
6 de septiembre de 1816: Emeric Essex Vidal, acuarelista británico, desde la borda de la fragata inglesa “Hyacinth”, pintó una acuarela de gran valor documental, donde se ve a pleno color la insignia celeste y blanca tremolando en la torre del Fuerte de la ciudad. Es la primer representación de la Bandera Nacional.
Esta acuarela sobre papel, mide 25 x 37 cm. Firmado E. E. Vidal y fechada 1816 abajo a la derecha.
Ref: En el reverso una detallada descripción de la costa de la ciudad de Buenos Ayres, debajo lleva la inscripción "The Castle of Buenos Ayres, and the beach beneath taken from the Mole Head: 6 sept. 1816 -
E.E. Vidal".
Reproducida en la lámina 58 del libro "Iconografía de Buenos Aires" de Bonifacio del Carril y Anibal Aguirre Saravia. Citamos el comentario de esta acuarela tomada del libro ".. En la primera acuarela que Vidal pintó al llegar a Buenos Aires el 6 de septiembre de 1816 dibujó, precisamente la imagen del Fuerte. Se estaban realizando en esos días las ceremonias del juramento de la independencia, declarada el 9 de julio en Tucumán.
Aparece enarbolada en el bastión norte la bandera adoptada como símbolo patrio por el Congreso. Es también la primera representación pictórica de la Bandera que se conoce. Para ejecutar esta acuarela, Vidal se situó en el antiguo muelle que existía desde la época colonial a la altura de las calle Cangallo y Sarmiento, frente a la Alameda ...".

Hace unos años, en el programa Conversaciones en el laberinto -una serie del canal Encuentro sobre Jorge Luis Borges que conducía Claudia Piñeiro- el escritor Carlos Gamerro sostuvo que, contra lo que se suele suponer, el escritor argentino no era frío respecto de la política sino todo lo contrario: muy caliente. Lo decía, Gamerro, por el convencido antiperonismo del autor de El Aleph.
Pero tal vez también haya que pensar que ese calor está detrás de sus escritos sobre el Estado de Israel. Allí analizó, recordó, vio lo que pasaba y vislumbró lo que seguiría pasando.“Cuando empezó la Guerra de los Seis Días, me acuerdo que el primer día yo no estaba seguro de la victoria, dudaba como todos acaso dudábamos en Buenos Aires, pero estaba seguro de mi fervor a la causa de Israel”, contó Borges en una entrevista publicada en 1971 en Tierra de Israel. Testimonios Argentinos.
El ya fallecido escritor Bernardo Ezequiel Koremblit -que dirigió la revista literaria Davar, de la Sociedad Hebraica Argentina- contó en la revista Sefardica que ese fervor de Borges se tradujo, no podía ser de otra manera, en palabras: “No ha de quedar omitido el recuerdo de la mañana en que Borges se nos apareció en nuestra alcazaba cultural de Hebraica, el tercer día de la Guerra de los Seis Días, diciendo por todo saludo al entrar en el cuarto: “¡Viva la Patria!”. Llevaba, para publicar, un poema.

Cuenta Koremblit: “Con la voz emocionada, resistiéndose a sentarse, rechazando el café, comenzó a decir los estremecedores endecasílabos del célebre soneto: Quién me dirá si estás en el perdido/ laberinto de ríos seculares/ de mi sangre, Israel? ¿Quién los lugares/ que mi sangre y tu sangre han recorrido? / No importa. Sé que estás en el sagrado/ libro que abarca el tiempo y que la historia/ del rojo Adán restaca y la memoria/ y la agonía del Crucificado. / En ese libro estás, que es el espejo/ de cada rostro que sobre él se inclina/ y del rostro de Dios, que en su complejo/ y arduo cristal, terrible se adivina. / Salve, Israel, que guardas la muralla/ de Dios, en la pasión de tu batalla”.
“Un poema que escribí en esos días refleja tal angustia”, contaría Borges más tarde. “Luego le siguió otro poema, posterior a la victoria israelí, en el cual ya entendía que Israel venció y se salvó, con todo lo que ello implica”.
En ese primer poema, Borges ya muestra algunas de las ideas que seguiría desarrollando: un pueblo antiguo, el vínculo de ese pueblo con uno de los libros que considera fundantes de la civilización occidental -la Biblia- y ese presente de batallas.
Después del triunfo israelí, Koremblit había quedado en ir a la casa de Borges a buscar otro poema pero el escritor se le adelantó y volvió a aparecer en la redacción de Davar. Llevaba estos versos.
Un hombre encarcelado y hechizado, /un hombre condenado a ser la serpiente/ que guarda un oro infame, /un hombre condenado a ser Shylock/ un hombre que se inclina sobre la tierra/ y que sabe que estuvo en el Paraíso,/ un hombre viejo y ciego que ha de romper/las columnas del templo, /un rostro condenado a ser una máscara,/ un hombre que ha pesar de los nombres/ es Spinoza y el Baal Shem y los cabalistas,/ un hombre que es el Libro,/ una boca que alaba desde el abismo/ la justicia del firmamento,/ un procurador o un dentista/ que dialogó con Dios en una montaña,/ un hombre condenado a ser el escarnio,/ la abominación, el judío, / un hombre lapidado, incendiado/ y ahogado en cámaras letales, un hombre que se obstina en ser inmortal/ y que ahora ha vuelto a su batalla, /a la violenta luz de la victoria, /hermoso como un león al mediodía.
Otra vez, Borges retomaba la historia del viejo Israel -ya no el Estado sino el pueblo judío-, recorría su historia -ahí están Adán y Eva, Sansón, los filósofos, la Biblia, Moisés, el nazismo- y llegaba al presente de un Israel combativo.
El autor, se sabe, siempre apeló a la contradicción entre hombres de letras y hombres de acción. En su propia familia, la biblioteca por un lado, el paterno, y las armas, el materno. Él, que imaginaba el Paraíso “bajo la especie de una biblioteca”, también hizo un culto del coraje. Aquí, hace de la historia del pueblo judío la de un solo hombre y va de la filosofía y el Libro -la Biblia- a la batalla, a la “violenta luz de la victoria”. La biblioteca y las armas, en un recorrido.
En 1969, Borges visitó Israel. Pero unos años había intercambiado algunas cartas David Ben Gurión, quien fuera Primer Ministro entre 1948 -la creación del Estado- y 1954. El investigador argentino Martín Hadis encontró esas cartas.
“Acaso usted no ignore la afinidad que siempre he sentido por su admirable pueblo. He estudiado con singular dedicación la mente de Espinoza, he aprendido el alemán en la obra de Heine, he procurado penetrar a través de las páginas de Buber y de Scholem en el orbe insondable de la cábala y de los Hasidim. Creo asimismo que más allá de los azares de la sangre, todos somos griegos y judíos”, le decía Borges a Ben Gurión en octubre de 1966.
De ahí saldría la invitación a visitar Israel. Borges escribiría luego: “A principios de 1969, pasé diez días muy emocionantes en Tel Aviv y Jerusalén como invitado del Gobierno de Israel. Volví con la convicción de haber estado en la más antigua y la más joven de las naciones, de haber venido de una tierra viva, alerta, a un rincón medio dormido del mundo”.
Después escribió otro poema, en el que vuelve a la Historia, esta vez para ir dejándola atrás. Esta es la Historia, dice, pero ¿hay nostalgia? Ahora que conoce el terreno advierte que el riesgo -el que él imaginaba- era trasladar a la nueva tierra a los judíos diaspóricos y extrañar una forma de ser que había quedado atrás. Pero, dice “la más antigua de las naciones es también la más joven”. Entonces, lo que hubo que hacer -lo deduce pero lo escribe omo un mandato bíblico, es olvidar las viejas lenguas, olvidar quién se ha sido y ser “un israelí, un soldado”. En Israel ve el reencuentro de judíos dispersos. Por eso: “Trabajará contigo tu hermano, cuya cara no has visto nunca”, dice. Nada de esto -Borges lo sabe- es gratis. Por eso advierte, como si estuviera mirando al futuro: “Una sola cosa te prometemos: /tu puesto en la batalla”.
Éste es el poema. Como los dos anteriores, integra el libro Elogio de la sombra.
Temí que en Israel acecharía
con dulzura insidiosa
la nostalgia que las diásporas seculares
acumularon como un triste tesoro
en las ciudades del infiel, en las juderías,
en los ocasos de la estepa, en los sueños,
la nostalgia de aquellos que te anhelaron,
Jerusalén, junto a las aguas de Babilonia,
¿Qué otra cosa eras, Israel, sino esa nostalgia,
sino esa voluntad de salvar,
entre las inconstantes formas del tiempo,
tu viejo libro mágico, tus liturgias,
tu soledad con Dios?
No así. La más antigua de las naciones
es también la más joven.
No has tentado a los nombres con jardines,
con el oro y su tedio
sino con el rigor, tierra última.
Israel les ha dicho sin palabras:
olvidarás quién eres.
Olvidarás al otro que dejaste.
Olvidarás quién fuiste en las tierras
que te dieron sus tardes y sus mañanas
y a las que no darás tu nostalgia.
Olvidarás la lengua de tus padres y aprenderás la lengua del Paraíso.
Serás un israelí, serás un soldado.
Edificarás la patria con ciénagas: la levantarás con desiertos.
Trabajará contigo tu hermano, cuya cara no has visto nunca.
Una sola cosa te prometemos:
tu puesto en la batalla.






Nació en Bredford, cerca de Londres, el 29 de marzo de 1791. Se le supone ascendencia francesa, a pesar de ser hijo de Emeric Vidal (se pronuncia Vaidel), contador de la Real Marina Inglesa. Siguió las huellas de su padre, e ingresó a la Armada a los catorce años. Entró a prestar servicios en el “Clyde” como voluntario en 1806, de estación en el Mar del Norte. Desde entonces, evidenció amplios conocimientos de dibujo y pintura a la acuarela, habilidades que le serían muy útiles para llenar las horas de holganza a bordo. Pasó luego como escribiente y oficial de secretaría al “Calypso”, y después al “Caliope”.
En 1808, formó en la escuadrilla inglesa que escoltó a la flota lusitana que condujo al Brasil a la familia real portuguesa, cuando las tropas napoleónicas invadieron su reino. De ese primer contacto del artista con la América del Sur, no se conoce ninguna noticia relativa a su estada.
Desde 1809 a 1823, estuvo en situación de retiro. En 1814 se casó en Londres con Anna Jane, hija del reverendo James Capper, con la que tuvo varios hijos. Entre 1814 y 1816, Vidal prestó servicios en los lagos de Canadá, ocupándose de trabajos cartográficos. Se conocen sus primeras acuarelas, tales como las que representan a Kingston Harbour (Lago Ontario), las cataratas del Niágara (1806) y Sacketts Harbour (1815), que pintó para lady G. Moore, esposa del almirante George Moore. Debajo de estos cuadros se encuentran anotaciones hechas por el artista de los diversos edificios, embarcaciones y otros detalles que agregan a su mérito artístico, gran valor histórico.
Entre mayo de 1816 y setiembre de 1818, durante 31 meses, estuvo a bordo del “Hyacinth” como comisario y secretario del almirante de la flota inglesa del Atlántico Sur, patrullando con los navíos encargados de proteger en aquella zona, el comercio británico. En ese lapso pintó en el Brasil como en el Río de la Plata, el mayor número de acuarelas que le dieron notoriedad. Muchas de ellas representan aspectos de Río de Janeiro: Botafogo, Pan de Azúcar, la Isla de Bon Viagem, etc., paisajes que dan exactos detalles de la vegetación que cubre todos estos parajes, representaciones arquitectónicas de gran valor, apareciendo la figura humana solamente como algo accesorio.
Cuando Vidal arribó a Montevideo, en el navío “Hyacinth”, en setiembre de 1816, realizó una acuarela titulada “Vista de la ciudad y Puerto de Montevideo”, que fue el primer trabajo que efectuó en el Río de la Plata. En esos años críticos para la estabilidad política de estos países, dicha nave quedó fondeada durante largo tiempo en la rada de Buenos Aires, haciendo periódicos viajes a Montevideo, y algunos a Río de Janeiro. Aprovechó entonces para interesarse por las costumbres, maneras e indumentarias de las gentes en la forma más sorprendente. Se vinculó a personas de la sociedad porteña, entre ellas, a Mariquita Sánchez de Thompson.
Representó a Buenos Aires de esos años desde el fondeadero de las naves entre la rada exterior e interior. En sus acuarelas llenas de color, mostró las vistas de la ciudad, de sus edificios: Iglesias, Fuerte, torre del Cabildo, etc., de sus calles, y de los habitantes transitando por ellas, vendedores ambulantes, gauchos, indios y soldados, escenas al aire libre en la campaña, como La Posta (1819), La carrera de caballos (1819), etc. Pintó una de sus más interesantes acuarelas, El desembarco en Buenos Aires, de la misma fecha, donde se puede apreciar el complicado sistema para desembarcar en la ciudad. Aparecen en ella, el bote que los conducía desde la rada a una “carretilla” de grandes ruedas, con llantas de madera dura, que era arrastrada “a la cincha” hasta llegar al muelle. En la playa dibuja a los pescadores y a las carretas que llevaban las mercancías a la Aduana.
Desde el muelle de piedra, pintó en setiembre de 1816, el Fuerte de Buenos Aires y la playa animada por la colorida presencia de multitud de negras lavanderas y alegres bañistas. Detrás del Fuerte, muy bien dibujadas, se ven las torres y cúpulas de San Francisco y Santo Domingo. En La Plaza del Mercado, realizó Vidal su pintura más evocadora, de un trozo de la vida porteña de ese tiempo. También pintó los pueblos de alrededores, como El pueblo de San Isidro (1817). Realizó varios aspectos de la Plaza Mayor, con el arco de la Recova, el Cabildo, la Catedral y la Pirámide de Mayo.
En su Vista General de Buenos Aires desde la Plaza de Toros (1819), se observa el macizo edificio destinado a las corridas demolido en ese año. En la acuarela titulada Señoras paseando (1817), reprodujo una evocadora escena: una señora porteña en compañía de sus dos hijas y de una criada se pasean por la vereda de toscas piedras junto a la doble puerta en la esquina de una tienda.
El gaucho rioplatense interesó mucho al artista, que lo evocó repetidas veces en sus costumbres, faenas campesinas, juegos favoritos, dibujando los detalles de vestimenta, sus útiles de labor, así como todo lo relativo al caballo.
Un motivo que pintó con asiduidad fue el modo como los gauchos enlazaban el ganado vacuno o boleaban avestruces. También fueron objeto de su curiosidad los indios pampas que llegaban a la ciudad trayendo los productos de sus industrias: ponchos, lazos, bolas, botas de potro, plumero de plumas de avestruz y cueros de animales salvajes. En febrero de 1818, realizó Vidal la primera acuarela sobre este tema Los Indios de La Pampa, boceto ejecutado con gran facilidad, vigor y colorido bellamente armonizado.
Las acuarelas y sus grabados fueron “el punto de partida de la iconografía de Buenos Aires, verídica y prolijamente documentada”, ha escrito Alejo B. González Garaño. Fue el primer pintor que entró a la ciudad, porque antes de él, otros se ocuparon de ilustrarla a lo lejos; circuló Vidal por sus calles y anotó todo lo que vio.
José León Pagano lamenta de que no tuvo acceso a los interiores, a las casas de familia, a las costumbres de los porteños de entonces. De haberlo hecho le hubiera brindado una materia preciosa, y si no se detuvo a transcribirla, fue porque no alcanzó a observarla directa y detenidamente.
En setiembre de 1818, regreso el “Hyacinth” a Inglaterra, y Vidal se reintegró a su hogar. Alejado por un tiempo del servicio activo, ordenó sus notas y los apuntes realizados en el viaje.
En 1819, R. Ackermann, uno de los editores más importantes de Londres, observó sus acuarelas y decidió publicarlas en una edición de lujo. Vidal accedió a ello, eligió 25 acuarelas originales y las pintó de nuevo; al mismo tiempo, preparó el texto, basado en las notas que había escrito al dorso de las pinturas y en su libreta de apuntes. Cuando estuvo terminado su trabajo fue llamado a prestar servicios como secretario del contralmirante Lambert, jefe de la escuadra estacionada en el Cabo de Buena Esperanza y en la Isla de Santa Elena. Debido a su apresurada partida, tuvo que entregar al editor sus acuarelas junto con las inconclusas notas del texto,
En 1820, R. Ackermann publicó el álbum, bajo el título: Picturesque Illustrations of Buenos Ayres and Montevideo, etc., consistente en 24 vistas, acompañadas de descripciones del paisaje y de las indumentarias, costumbres, etc., de los habitantes de esas ciudades y sus alrededores. Lo imprimió en Londres, L. Harrison. El tiraje fue de ochocientos ejemplares, y se imprimieron también 150 de mayor tamaño. Durante la edición de su libro, Vidal no se encontraba en Londres. De julio de 1820 a setiembre de 1821, fue secretario de Lambert, jefe de la escuadra en el sur de Africa.
En 1821, año de la muerte de Napoleón, hizo apuntes de la Isla de Santa Elena, habiendo compuesto unas vistas de Longwood y de la tumba del emperador. Incluso, realizó tres pinturas que representan la mascarilla de Napoleón, sus funerales y su entierro, ceremonias a las que asistió el artista.
Vidal realizó un segundo viaje al Río de la Plata y Brasil en 1827/28, embarcado en la nave “Ganges”. Las acuarelas cariocas son muy numerosas, y reflejan en su mayoría diferentes aspectos de Río de Janeiro.
Entre las que realizó en el Río de la Plata figuran: El muelle de Montevideo en 1828; Modo de enlazar ganado en Buenos Aires y Carreta atravesando un pantano, éstas dos últimas dedicadas a Lord Ponsomby (1829).
Entre 1831 y 1834, estuvo embarcado en el “Asia” de estación en Lisboa, donde una bala de mosquete le atravesó el cuerpo, dañándole el hígado durante los combates que se llevaron a cabo entre los portugueses. Desde que fue herido, el hígado le ocasionó frecuentes molestias que, complicadas con otros males, le hicieron inútil para el servicio de la marina. Sin embargo, por pedido especial del almirante Bart viajó a Río de Janeiro en 1835/37, a bordo del “Talbot”, ejecutando alrededor de 50 dibujos y acuarelas, entre las cuales se halla una Vista de la ciudad de Río de Janeiro, dibujos de fiestas ofrecidas a bordo de las naves en honor del emperador Pedro II de Brasil, así como un retrato del soberano a la edad de diez años, vestido de gala. Pero lo más valioso de esta serie son las 20 acuarelas dedicadas a representar tipos populares cariocas y damas de la sociedad de esa ciudad. Varias marinas, panoramas amenísimos, mansiones brasileñas del pasado y otros temas configuran un ameno ramillete de cuadros dignos de la paleta del afamado artista.
Vidal se retiró de la Marina en 1853, redactó su testamento en 1860, y en el mismo se refiere cariñosamente a su esposa y cinco hijos. Murió repentinamente en Brighton, el 7 de mayo de 1861, a los 70 años.
Dejó una obra gráfica y documentada que es un aporte invalorable para el arte y la historia de los argentinos. En 1933, González Garaño realizó en los salones de “Amigos del Arte” una exposición de todas las piezas que había reunido sobre Vidal, exhibiendo además raros ejemplares de su obra, y de las publicaciones posteriores a ésta en la que se reproducían sus láminas. Con este motivo publicó un detallado Catálogo en el que se reeditaba su monografía y se estudiaban y describían prolijamente todos los ejemplares expuestos. Una calle de la ciudad de Buenos Aires lo recuerda.
Fuente
Cutolo, Vicente Osvaldo – Nuevo Diccionario Biográfico Argentino – Buenos Aires (1985)
Efemérides – Patricios de Vuelta de Obligado
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Soldados estadounidenses con el famoso cuadro “Wintergarden” de Edouard Manet. Estaba entre el tesoro saqueado por el ejército alemán y escondido en una mina de sal en Merkers, Alemania. (Crédito de la foto: Bettmann / Getty Images) The Silesian Bridge Foundation in #Poland claims to have found a hidden canister dating back to #WW2 with the help of SS documents. They believe it contains of tonnes of looted gold. An interesting project to keep an eye on!
— Aquila Polonica (@polandww2) May 10, 2022
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Tesoro alemán escondido en una iglesia en Ellingen, Alemania. Fue descubierto por el Tercer Ejército de EE. UU. en abril de 1945. (Crédito de la foto: Pictures from History / Universal Images Group / Getty Images) 
Una de las pocas fotos a color que existen de la Cámara de Ámbar, tomada en 1917. (CC/Wikimedia Commons)
Imagen del SS Karlsruhe, tomadas por el equipo de Stachura. (Reuters) 

El historiador argentino Osvaldo Bayer descubrió el episodio de las prostitutas que inspiró una obra de teatro