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viernes, 28 de julio de 2017

SGM: El frente oriental y la Operación Barbarossa

LA INVASIÓN DE RUSIA 

por el General Heinz Guderian 

 

Autor del libro Achtung, Panzer! donde deja establecidos los principios de lo que fue la «blitzkrieg» (guerra relámpago), el General Heinz Guderian, a la cabeza de sus panzers, había sido el principal artífice de las victorias alemanas en Polonia y en Francia. Estas páginas fueron traducidas y extraídas de su libro de memorias, Erinnerungen Eines Soldaten, publicado en 1954, en donde evoca la fulgurante ofensiva de sus tanques al comienzo de la Operación Barbarroja. Pero demuestra también cuál fue su drama de conciencia cuando estimó que su deber era oponerse a las órdenes de Hitler y de los jefes nazis. 

El 14 de Junio, Hitler reunió a sus generales en Berlín a fin de exponerles sus motivos para atacar a Rusia. Dada la imposibilidad de derrotar a Inglaterra, dijo en sustancia, tenía que triunfar en el continente; ahora bien, las posiciones alemanas en Europa no serían inexpugnables hasta que Rusia fuese aplastada…Estas justificaciones de la guerra preventiva contra Rusia no eran convincentes. Mientras la lucha prosiguiese en el oeste, toda nueva empresa militar equivaldría a abrir la guerra en dos frentes. En 1914, esta misma situación había conducido a la derrota, y la Alemania de Adolf Hitler no parecía mejor armada que la del Kaiser. De ahí que la asamblea acogiese sin comentarios el discurso de Hitler, en medio de una atmósfera muy tensa. Ningún intercambio de opiniones se produjo y nos separamos en silencio. 


  


Antes de describir los acontecimientos, lancemos una breve ojeada sobre la situación de conjunto del ejército alemán al comienzo de esta decisiva campaña a Rusia. Según los informes de que disponía, las 205 divisiones alemanas se distribuían, el 22 de Junio de 1941, de la manera siguiente: en el oeste habían quedado 38 divisiones, 12 se hallaban en Noruega, una en Dinamarca, 7 en los Balcanes, 2 en Libia; así, pues, 145 divisiones se encontraban disponibles para la campaña del Este. Esta división de las fuerzas demostraba un lamentable desmenuzamiento de su poder. La cifra de 38 divisiones para el oeste, más 12 para Noruega, parecía exagerada. Además, la campaña de los Balcanes tuvo como consecuencia demorar el ataque a Rusia. 
Pero la subestimación del adversario ruso tuvo un efecto aún más grave. Los informes del ejército, sobre todo los del general Koestring, nuestro excelente agregado militar en Moscú, sobre la potencia militar del gigantesco imperio soviético, encontraron tan poco eco en Hitler, como los informes sobre la capacidad de producción industrial o la solidez de la cohesión interna del régimen. En cambio, Hitler había logrado transmitir su optimismo irracional a su camarilla militar, y el O.K.W. (Oberkommando der Wehrmacht) y el O.K.H (Oberkommando der Heeres), convencidos de que la campaña habría terminado antes del comienzo del invierno, no habían previsto el equipo apropiado, en el ejército de tierra, más que para un hombre de cada cinco. Hasta el 30 de Agosto de 1941, el O.K.H. no se ocupó seriamente de dotar con este equipo a las unidades más importantes. No puedo en modo alguno admitir una afirmación que se oye ahora de vez en cuando: «Hitler fue el único culpable de que faltase ropa de invierno a las fuerzas terrestres en 1941». La Luftwaffe y las Waffen S.S. se hallaban, en efecto, ampliamente provistas y habían recibido estos equipos a su debido tiempo. Pero el mando supremo soñaba con vencer militarmente a Rusia en una ocho o diez semanas y provocar después el derrumbamiento político. Tan firmemente confiaba en este proyecto quimérico que, ya en 1941, se operó la reconversión de la industria que trabajaba para el ejército de tierra hacia otros sectores de la economía. Inclusive se pensó en volver a traer a Alemania, al comienzo del invierno, de 60 a 80 divisiones del este, con el convencimiento de que el resto de las fuerzas bastaría para contener a Rusia durante la estación invernal; en cuanto a las tropas que quedasen en Rusia, al terminar las operaciones de otoño, se pretendía que invernasen en buenos acantonamientos, en una línea de apoyo. Todo parecía muy sencillo y regulado a las mil maravillas. Se rechazaron las objeciones con optimismo. La narración de los acontecimientos demuestra cuán alejados de la dura realidad estaban estos proyectos. 
Mencionaremos aún otro asunto que, más adelante, fue muy perjudicial para el prestigio alemán. Poco antes del comienzo de las hostilidades, una orden del O.K.W. sobre el trato que debía darse a las poblaciones civiles y a los prisioneros de guerra en Rusia, fue transmitida directamente a los cuerpos de ejército. Con arreglo a estas disposiciones, ya no era obligatorio aplicar el código de justicia militar para sancionar las crueldades cometidas contra la población civil y los prisioneros de guerra, sino que cada caso debería someterse a la apreciación de los superiores. Esta orden podía perjudicar gravemente la disciplina. Prohibí divulgarla entre mis divisiones y ordené su devolución a Berlín. Otra orden, igualmente injusta, disponía la ejecución inmediata de los comisarios políticos, es decir, de los miembros del partido comunista destacados cerca de los jefes militares capturados. Si bien, al parecer, fue recibida en el grupo de ejércitos del centro, jamás llegó a conocimiento de mis unidades. Retrospectivamente, no puede menos que lamentarse que estas órdenes no hubiesen sido anuladas por el O.K.W. o el O.K.H., evitando el desprestigio del buen nombre alemán y los amargos sufrimientos de soldados irreprochables. Poco importaba que los rusos se hubiesen o no adherido a los convenios de La Haya o que hubiesen reconocido o no la Convención de Ginebra; los soldados alemanes debían ajustar su actitud a estas prescripciones internacionales y a los imperativos de su fe cristiana. Aún sin estas órdenes excesivas, ya la guerra pesaba abrumadoramente sobre la población civil rusa, la cual tenía tan poca responsabilidad como la nuestra en el desencadenamiento de las hostilidades. 

  


Así pues, el 22 de Junio, las tropas alemanas cruzaron la frontera. En unas cuantas semanas realizaron un enorme avance. En el centro, Smolensk fue tomada en el transcurso del mes de Julio. Moscú sólo se encontraba a 300 kilómetros. Al norte, los ejércitos marchaban a buen paso hacia Leningrado, mientras que al sur amenazaban a Kiev. El 23 de Agosto fui citado a una conferencia en el grupo de ejércitos. El jefe del Alto Estado Mayor del Ejército, general Halder, asistió a ella. Me comunicó que, de ahora en adelante, Hitler estaba decidido a renunciar a las operaciones previstas tanto hacia Leningrado como en dirección a Moscú; quería apoderarse en primer término de Ucrania y de Crimea. Se discutió largamente sobre la manera de modificar «la inquebrantable decisión» de Hitler. Considerábamos unánimemente que la solución, adoptada ya irrevocablemente, de dirigir nuestro esfuerzo en dirección a Kiev, nos llevaría inevitablemente a una campaña de invierno y provocaría las complicaciones que el O.K.H. tenía poderosas razones para evitar. 
Después de largas y estériles discusiones, el mariscal von Bock propuso que yo acompañase al general Halder al cuartel general del Führer, para exponerle nuestra posición. Como yo venía directamente del frente, creí que mis argumentos tendrían más peso y podría lograr que se nos permitiese hacer un último ataque contra Moscú. Se aceptó el proyecto, partimos a media tarde y, a la hora del crepúsculo, aterrizamos en el aeródromo de Loetzen, en Prusia Oriental. Fui a ver a Hitler. Ante un vasto auditorio del que formaban parte Keitel, Jodl, Schmundt y otros generales del O.K.W., pero, desgraciadamente, ningún representante de las fuerzas terrestres. Hice una exposición de la situación de mi panzergruppe, de su estado y de la configuración del terreno. Cuando terminé, Hitler me preguntó: 
-¿Después de lo que acaban de hacer, considera usted aún capaces a sus unidades de realizar un gran esfuerzo?- 
-Sí, siempre que se fije a las tropas un objetivo cuya importancia pueda ser comprendida por cualquier soldado- respondí. 
-Evidentemente, piensa usted en Moscú- replicó Hitler. 
-Sí- dije. –Puesto que ha abordado el tema, permítame que le explique mis razones- 
Hitler consintió en ello. Le expuse detalladamente los motivos a favor de la prosecución de las operaciones hacia Moscú y en contra de la marcha sobre Kiev. Expliqué que, desde el punto de vista militar, lo más importante era destruir las fuerzas combatientes del enemigo, ya muy debilitadas en los últimos encuentros. Describí la importancia geográfica de la capital de Rusia. A diferencia de París para Francia, Moscú no era solamente el centro de la red de transportes, de transmisiones y el corazón político del país, sino también una importante zona industrial; su caída causaría una inmensa impresión tanto en el pueblo ruso como en el mundo. Hablé de la moral de la tropa que sólo esperaba la orden de marchar sobre Moscú y se había preparado con entusiasmo para ello. Traté de demostrar que, una vez iniciado el ataque en la dirección decisiva, los territorios de Ucrania, tan importantes desde el punto de vista económico, caerían como fruta madura en nuestro poder, pues los desplazamientos de norte a sur de los rusos se complicarían notablemente a causa de la desorganización que la toma de Moscú causaría en sus comunicaciones. Describí el estado de las carreteras en el sector de ofensiva que me había sido asignado y las dificultades de abastecimiento, que aumentarían de día en día en el caso de avanzar hacia Ucrania. Mencioné, en fin, los graves problemas que suscitaría una demora de las operaciones. Si estas tenían que proseguir durante el período de mal tiempo, sería entonces demasiado tarde para llevar a cabo los proyectos del Estado Mayor y asestar el golpe definitivo sobre Moscú antes de terminar el año 1941. 
Hitler me dejó hablar sin interrumpirme ni una sola vez. Después tomó la palabra y explicó con todo detalle por qué había preferido adoptar otra decisión. Las materias primas y la base de abastecimiento de Ucrania, explicó en particular, eran de vital necesidad para proseguir la guerra. A partir de ahí, continuó subrayando la importancia de Crimea, «portaaviones natural que podía servir a la Unión Soviética para lanzarse sobre el petróleo rumano». Había que eliminarla de la partida. Por primera vez oí la frase: «Mis generales no entienden nada de la economía de guerra». También por primera vez fui testigo de una escena que iba a repetirse muy a menudo: todos los presentes aprobaban cada frase de Hitler, y yo me encontré solo frente a él. Ante el bloque compacto de la O.K.W., contradiciéndome, renuncié a luchar aquel día, pues en esa época todavía creía que nadie podía permitirse hacer una escena violenta al jefe supremo de Reich en presencia de su camarilla. Era más de medianoche cuando regresé a mi alojamiento. El 24 por la mañana fui a ver al general Halder y le informé del fracaso de la última tentativa por hacer cambiar de opinión a Hitler. 
Con arreglo a las órdenes del Führer, la batalla de Kiev se entabló el 25 de Agosto. Los combates terminaron victoriosamente el 26 de Septiembre. Los rusos capitularon. La cifra de prisioneros se elevó a 665.000 hombres. El general en jefe del frente sudoeste y su jefe de estado mayor perecieron en los últimos encuentros intentando perforar nuestro frente. El general que mandaba el Vº ejército fue hecho prisionero. Tuve con él una conversación interesante: 
-¿Cuándo se enteró usted de que mis tanques se desplegaban a su espalda?- pregunté. 
-Hacia el 8 de Septiembre- respondió. 
-¿Por qué no evacuó Kiev en aquel momento?- insistí. 
-Habíamos recibido la orden de evacuar y retirarnos hacia el este, y ya nos disponíamos a cumplirla, cuando una contraorden nos obligó a defender Kiev a toda costa- 
La ejecución de la contraorden tuvo como consecuencia el aniquilamiento de aquel grupo de ejércitos. Nos asombramos de semejante intervención. El enemigo no volvió a repetirla. Pero nosotros padecimos, desgraciadamente, las peores intromisiones del mismo orden. Sin duda esta victoria representaba un gran éxito táctico, pero era dudoso que produjese consecuencias estratégicas de importancia. Eso dependía de una cosa: ¿lograrían los alemanes obtener resultados decisivos antes del invierno, e inclusive antes de que, ya entrado el otoño, la tierra se convirtiera en un barrizal? Desde luego, ya había sido preciso renunciar al ataque proyectado para estrechar el cerco de Leningrado. Sin embargo, el O.K.H. creía que el adversario no estaba ya en condiciones de oponer al grupo de ejércitos del sur un frente de defensa coherente y capaz de ofrecer una seria resistencia. Con aquel grupo de ejércitos podría, pues, conquistar la cuenca del Donetz y llegar al Don antes del invierno. Pero Moscú era el punto donde había que asestar el golpe principal con el grupo de ejércitos del centro reforzado. ¿Tendríamos tiempo para ello? 
La ofensiva sobre Orel-Briansk constituía una fase preliminar del ataque a Moscú. Una vez más concluyó victoriosamente la batalla, pero ¿tendríamos fuerza para proseguir el ataque y explotar la victoria? Esta era la interrogación más grave que la guerra había planteado hasta entonces al mando supremo. Mientras las operaciones de invierno proseguían de este modo, nos preocupábamos de alimentar a Alemania, a nuestros ejércitos y a la población civil rusa. Después de las abundantes cosechas del otoño de 1941, se encontraba en todo el país gran cantidad de cereales panificables. Tampoco había escasez de ganado para el matadero. Las necesidades de las tropas fueron cubiertas y como el lamentable estado de las vías férreas, hasta la primavera de 1942, impedía al IIº ejército blindado enviar estos productos a Alemania, se entregaron a la población, especialmente a la de Orel. Algunas fábricas de esta ciudad, cuya maquinaria no pudo ser evacuada por los rusos, se pusieron de nuevo en servicio para cubrir las necesidades del ejército y dar trabajo y pan a la población civil. Esto sucedió con una fábrica de hojalata y con talleres que trabajaban el cuero y el fieltro para la fabricación de calzado. En cuanto al estado de ánimo de la población rusa, se refleja en una conversación que sostuve en Orel, durante ese período, con un viejo general zarista. «Si ustedes hubieran venido hace veinte años» me dijo «les habríamos acogido con entusiasmo. Pero ahora es demasiado tarde. Llegan ustedes cuando empezábamos a revivir y nos hacen retroceder veinte años atrás; tenemos que rehacerlo todo desde el principio. Ahora combatimos por Rusia y estamos todos unidos en la lucha». Además, cuando los comisarios del Reich, todos ellos funcionarios nazis, reemplazaron a la administración militar, se las arreglaron para matar en poco tiempo toda posible simpatía por los alemanes y preparar así la plaga de los guerrilleros. 
Habíamos instalado nuestro puesto de mando avanzado en Yasnaia Poliana, la célebre finca de Tolstoi, y allí me trasladé el 2 de Diciembre. Se encuentra a siete kilómetros al sur de Tula. La propiedad constaba de dos edificios: el «castillo», que fue dejado para uso exclusivo de la familia Tolstoi, y el museo, donde nosotros nos instalamos. Todos los muebles y los libros, que habían pertenecido al gran escritor, se guardaron en dos habitaciones, cuyas puertas se sellaron. Amueblamos nuestras habitaciones con muebles sencillos, construidos por nuestros hombres con toscas tablas. La leña del bosque vecino suministraba la calefacción. No se quemó ningún mueble, y ningún libro ni manuscrito fue dañado. Todo cuanto han dicho los rusos a este respecto después de la guerra es falso. Fui a ver la tumba de Tolstoi. Se hallaba en buen estado. Ningún soldado alemán la tocó. Y así estuvo hasta el momento en que abandonamos la propiedad. Desgraciadamente, la propaganda rusa de una posguerra rencorosa no ha vacilado en tergiversar tendenciosamente la verdad para probar nuestra pretendida barbarie. Todavía viven muchos testigos que pueden confirmar mi descripción. ¡En cambio los rusos habían minado concienzudamente los alrededores de la tumba de su gran escritor! 
El 2 de Diciembre, las divisiones panzer 3ª y 4ª abrieron una brecha en las posiciones avanzadas del enemigo. El ataque los sorprendió. Prosiguió, el 3 de Diciembre, con violenta nevada y fuerte viento. El hielo en los caminos dificultaba los movimientos. La 4ª división panzer voló la vía férrea Tula-Moscú y se apoderó de seis cañones; llego por fin a la carretera Tula-Serpukhov pero la falta de carburante y el agotamiento de los hombres la obligaron a detenerse. El enemigo pudo zafarse hacia el norte. La situación seguía siendo tensa. Se desarrollaron combates encarnizados en la zona de los bosques, al este de Tula, el 4 de Diciembre. Se progresó muy poco en la jornada. El termómetro descendió hasta -35º y el reconocimiento aéreo descubrió un poderoso grupo enemigo que se encaminaba hacia el sur de Kachira. Una fuerte protección de cazas rusos nos impidió observarla desde más cerca. Como esta presencia amenazaba mis flancos y mi retaguardia, y como mis fuerzas no podían maniobrar con una temperatura anormalmente baja de -50º, en la noche del 5 al 6 de Diciembre decidí, por primera vez desde el comienzo de esta guerra, detener el ataque –un ataque llevado aisladamente- e hice retroceder a mi vanguardia para ponerla a la defensiva en la línea general Alto Don-Chatt-Upa. Aquella misma noche informé telefónicamente a mi superior, el mariscal von Bock. Me preguntó: «¿Dónde se encuentra su puesto de mando?». Me creía en Orel, alejado de las operaciones. Los generales de panzers no deben alejarse del campo de batalla, y yo me encontraba lo bastante cerca, tanto del frente como de mis soldados, de modo de tener una opinión sólidamente fundada. Nuestra ofensiva contra Moscú había fracasado. Los esfuerzos y los sacrificios de la tropa habían sido vanos. Acabábamos de sufrir una grave derrota que, por la obstinación del alto mando, iba a ser fatal en las semanas próximas. En la lejana Prusia Oriental, los jefes del O.K.H. y del O.K.W. no podían hacerse la menor idea, pese a los informes, de la verdadera situación de sus tropas en esta guerra invernal. Tal desconocimiento los condujo a exigir sin cesar desmesurados esfuerzos imposibles de llevar a cabo. Para restablecer la situación en pocos meses, lo mejor habría sido replegarnos, a su debido tiempo y con amplitud suficiente, a posiciones fortificadas, en un lugar donde la configuración del terreno nos favoreciese. En el sector del IIº ejército blindado, la posición de Zucha-Oka, fortificada en Octubre, parecía la más indicada. Pero Hitler no se decidía a aceptar esta solución. Además de su habitual testarudez, ¿representó la política exterior un papel importante en las decisiones que se tomaron por aquellos días? Nunca lo supe. Pero me inclino a creerlo, pues el 7 de Diciembre se produjo la entrada de Japón en la guerra, seguida el 11 de Diciembre por la declaración de guerra de Alemania a Estados Unidos. Nuestros soldados se asombraron al ver que Hitler declaraba la guerra a los Estados Unidos sin que Japón la declarase a su vez a la Unión Soviética, lo cual permitió que las fuerzas rusas del Extremo Oriente fueran utilizadas contra los alemanes, trayéndolas a nuestros frentes en trenes que se sucedían sin descanso. La consecuencia de esta extraña política no fue un alivio, sino un agravamiento de nuestra situación, cuyo alcance era difícil de calcular. La guerra, cada vez, iba haciéndose más «total». El potencial económico y militar de la mayor parte del globo se coaligaba contra Alemania y sus débiles aliados. 
Pero volvamos a Tula. Durante los días siguientes, el 24º cuerpo blindado consiguió efectuar un ordenado repliegue ante el enemigo; mientras que, desde Kachira, se ejercía una fuerte presión sobre las tropas alemanas. Al mismo tiempo, un ataque inesperado de los rusos la noche del 7 al 8 de Diciembre arrebataba Mikhailov al 47º cuerpo blindado, infligiéndole elevadas pérdidas. A nuestra derecha, el adversario avanzó hacia Livny y se fortificó ante Yefremov. Una carta del 8 de Diciembre refleja lo que yo pensaba entonces: «Nos encontramos ante una triste situación: el mando supremo ha tirado demasiado de la cuerda porque no quiso creer en el descenso del poder combativo de la tropa; ha formulado sin cesar nuevas exigencias sin tomar medidas contra los rigores del invierno, y ahora se encuentra sorprendido por el frío ruso, que llega a 35º bajo cero. Nuestras fuerzas no han sido capaces de rematar con una victoria la ofensiva contra Moscú, y así fue como el 5 de Diciembre, con el ánimo afligido, tomé la decisión de interrumpir un combate que a nada conducía, retirándome a una línea bastante corta, previamente elegida; con las fuerzas que tengo no aspiro a más que a mantenerla. Los rusos nos acosan de manera incesante y tenemos que prever toda clase de penosos incidentes. Las pérdidas, sobre todo por enfermedad y congelación, fueron considerables, aunque haya esperanzas de alguna recuperación cuando las unidades puedan tomarse algún descanso. Los daños causados por el frío en los vehículos y en los cañones sobrepasan todo lo previsto. Utilizamos trineos como recurso provisional, pero los servicios que prestan son pequeños. Hemos logrado conservar nuestros tanques. Pero, ¿cuánto tiempo seguirán funcionando con este frío? Jamás hubiera creído que en dos meses cambiase hasta este punto una situación tan brillante. Si se hubiese tomado a tiempo la decisión de interrumpir la ofensiva y de instalarse cómodamente durante el invierno en una línea adecuada para la defensa, nada peligroso podía acontecer. Por espacio de meses, todo será ahora un interrogante. No me inquieta mi propia suerte, me inquieta mucho la de nuestra Alemania; temo por ella». 
El 13 de Diciembre, el IIº ejército prosiguió su repliegue. Pero en estas condiciones no podía realizar su intención de mantenerse en la línea Stalinogorsk-Chatt-Upa, tanto más cuanto la XIª división no tenía ya la capacidad de resistencia indispensable para frenar a las fuerzas rusas de refresco. Hubo que continuar el movimiento de repliegue detrás de Plava. El IVº ejército que estaba a nuestra izquierda, y los grupos de tanques 3º y 4º, no pudieron tampoco seguir manteniendo sus posiciones. El 14 de Diciembre hice llegar al Führer una descripción pesimista de la situación. Esperaba, al terminar el día, una llamada telefónica que me trajese su respuesta. Aquella tarde escribí: «A menudo paso la noche acostado, sin dormir, torturándome y preguntándome: ¿Qué más puedo hacer para aliviar a mis pobres soldados, obligados a permanecer a la intemperie sin protección contra este terrible frío? Es espantoso, inimaginable. Los miembros del O.K.H. y del O.K.W., que jamás han visto el frente, no pueden hacerse idea de estas condiciones de vida. No hacen más que cablegrafiar órdenes que no se pueden cumplir y denegar todas las peticiones que se les hacen». La respuesta telefónica que yo esperaba de Hitler llegó por la noche. Exhortaba a mantenerse firme, prohibía los movimientos de repliegue, prometía la llegada de un refuerzo -500 hombres si no me equivoco- por vía aérea. Tuvo que repetirme sus palabras porque se le oía muy mal. En vista de ello decidí, con autorización superior, trasladarme en avión al cuartel general del Führer y explicarle personalmente la situación de mi ejército., puesto que todos los informes telefónicos y escritos no habían surtido efecto. La entrevista fue fijada para el 20 de Diciembre. «Fraile, frailecito, emprendes un arduo camino». Mis camaradas me recordaron este estribillo de mi tierra cuando les comuniqué mi decisión de tomar el avión para ir a ver a Hitler. Sabía muy bien que no sería fácil convencer al Führer. Pero en aquella época todavía tenía confianza en nuestro jefe supremo; creía que haría caso de razonamientos sensatos si un general con experiencia del frente se los exponía. 
El 20 de Diciembre, a eso de las 15,30 hs., aterricé en el aeródromo de Rastenburg. Mi conversación con Hitler duró cinco horas, con dos cortas interrupciones de una media hora para cenar y para la exhibición del noticiario cinematográfico que el Führer no dejaba de ver nunca. A las 18,00 hs. fui recibido por Hitler en presencia de Keitel, Schmundt y otros altos jefes. Ni el jefe del Alto Estado Mayor ni ningún representante del O.K.H. tomaron parte en esta conferencia con el nuevo comandante en jefe de las fuerzas terrestres (Hitler había asumido el puesto al despedir al mariscal von Brauchitsch). Igual que el 23 de Agosto de 1941, volví a encontrarme solo frente a la camarilla del O.K.W. Mientras Hitler se adelantaba para saludarme, observé por vez primera que clavaba en mí una mirada hostil. Esto me despertó el convencimiento de que lo habían predispuesto en mi contra. La oscuridad del pequeño aposento aumentó mi desazón. La conferencia empezó exponiéndoles la situación. Después hablé de mi intención de replegar por etapas los dos ejércitos hacia la posición Zucha-Oka, ya que no quedaba otra alternativa si se quería conservar las tropas y mantenerse durante el invierno en posiciones estables. Mi sorpresa fue grande al oír a Hitler exclamar con violencia: «¡No; lo prohíbo terminantemente!». 
-Es preciso incrustarse en el suelo y defender cada metro de terreno- dijo Hitler. 
-No es posible incrustarse en todas partes en el suelo –respondí-; está helado hasta un metro o metro y medio de profundidad, y nuestras deficientes herramientas de campaña no nos permiten ya excavar trincheras- 
-Abran hoyos en el suelo con la artillería pesada. Es lo que hacíamos en Flandes durante la primera guerra- replicó el Führer. 
-En la primera guerra –rebatí- nuestras divisiones ocupaban en Flandes sectores de cuatro a seis kilómetros de ancho, y los defendían con dos o tres grupos de cañones pesados y abundancia de municiones. Mis divisiones tienen que defender frentes de 20 a 40 kilómetros y yo tengo cuatro cañones pesados por división, dotados de 50 disparos por cañón. Jamás hubo en Flandes temperaturas tan bajas como las que soportamos. Además, necesito municiones para rechazar a los rusos. Ni siquiera podemos ya clavar postes en el suelo para instalar nuestras líneas telefónicas; tenemos que abrir los hoyos a fuerza de explosivos. ¿De dónde sacaríamos explosivos suficientes para construir una posición de semejante extensión?- 
Pero Hitler reiteró su orden: resistir donde nos encontrábamos. 
-Eso significa pasar a la guerra de posiciones en un terreno inadecuado, como en el frente occidental durante la primera guerra –le advertí-. En ese caso sufriremos las mismas batallas de desgaste y las mismas pérdidas enormes que en aquella época, sin obtener un resultado decisivo. Siguiendo esa táctica este invierno, sacrificaremos a la flor y nata de nuestros oficiales y suboficiales, con sus reservas; este sacrificio será estéril y, por lo demás, no podremos compensarlo- 
-¿Cree usted que los granaderos de Federico el Grande morían por capricho? –preguntó Hitler-. También ellos querían vivir y, sin embargo, el rey podía pedirles el sacrificio de sus vidas. Considero que yo también tengo derecho a exigir el mismo sacrificio a todos los soldados alemanes- 
-El soldado alemán –respondí- sabe que, en tiempo de guerra, debe poner su vida a disposición de su patria y, verdaderamente, lo ha demostrado hasta ahora. Pero no debe exigírsele este sacrificio sino en caso de absoluta necesidad. Le ruego que piense que la intensidad del frío nos ha costado doble número de bajas que el fuego enemigo. Quien ha visto los hospitales llenos de hombres congelados sabe lo que eso significa- 
-Me consta –dijo Hitler- que ha trabajado usted mucho y ha convivido con la tropa. Lo reconozco. Pero ve las cosas demasiado cerca. Le impresionan demasiado los sufrimientos del soldado y siente demasiada compasión por él. Necesitaría alejarse un poco para ver la perspectiva. Créame: de lejos se ven las cosas con mayor precisión- 
-Mi deber –señalé- es aminorar cuanto pueda los sufrimientos de mis soldados. Pero esto es muy difícil cuando los hombres no tienen ropa de invierno, y casi toda la infantería lleva aún pantalones de verano- 
-No es cierto –gritó Hitler encolerizándose-. El jefe de la intendencia me ha dicho que el equipo de invierno ha sido enviado- 
-Enviado, sí -respondí-; pero no ha llegado todavía. Sigo con precisión su ruta. Desde hace varias semanas se encuentra en la estación de Varsovia; está allí parado porque faltan locomotoras y las vías férreas se hallan embotelladas- 
Se llamó al jefe de la intendencia, quien se vio obligado a confirmar mi relato. La campaña para el aprovisionamiento de ropas que hizo Goebbels en la Navidad de 1941 fue consecuencia de esta conversación. Pero el producto de esta colecta no llegó a manos de los soldados alemanes durante el invierno 1941-1942. Luego tocamos la cuestión de los efectivos de las unidades de combate y de los servicios. A causa de los numerosos vehículos inutilizados por los barrizales de otoño, y después por los grandes fríos, el parque de transporte para el abastecimiento era insuficiente tanto en las unidades como en los servicios de retaguardia. Como los vehículos perdidos no eran reemplazados, la tropa tenía que arreglárselas con los medios del país. Estos consistían en carros de campesinos y en trineos de capacidad muy reducida; para reemplazar a los camiones que faltaban había que utilizar un elevado número de estos vehículos que, además, requerían demasiados hombres. Hitler exigió entonces la reducción implacable de los efectivos, muy numerosos a su parecer, de las unidades de abastecimiento y del parque móvil, a fin de recuperar fusiles para el frente. Ni que decir tiene que ya se había procedido a ello, hasta donde era posible, sin poner en peligro el abastecimiento. Para reducirlos aún más sería preciso mejorar todos los medios de abastecimiento en general y las comunicaciones ferroviarias en particular. Resultó penoso hacerle comprender a Hitler esta perogrullada. Durante la cena, sentado junto al Führer, aproveché la ocasión para darle detalles de la vida en el frente. Pero estos relatos no surtieron el efecto que yo esperaba. A Hitler, lo mismo que a su camarilla, le parecían exagerados. Por esta razón propuse, cuando se reanudó la conferencia después de cenar, transferir al O.K.W. y al O.K.H. a oficiales de estado mayor que hubiesen experimentado la guerra en el propio frente. –La reacción de los miembros del O.K.W. –dije- me ha dado la impresión de que nuestras comunicaciones y nuestros informes no son bien comprendidos y que, por consiguiente, no le son correctamente presentados. Me parece, pues, necesario trasladar a los puestos de estado mayor del O.K.H. y del O.K.W. a oficiales que tengan experiencia en el frente. Decídase a proceder a un relevo de la guardia. Aquí, en la cumbre, hay oficiales que forman parte de uno de los dos estados mayores desde el principio de la guerra, hace ya dos años por consiguiente, y que nunca han visto el frente. Esta guerra es tan diferente de la anterior que no vale de nada haber servido en la de 1914- 
Me había metido en un avispero. 
-¡No es ahora el momento oportuno para separarme de mis consejeros!- replicó Hitler con indignación. 
-No tiene necesidad de separarse de sus ayudantes personales; no se trata de eso –aclaré-. Lo que importa, en cambio, es destinar a los puestos clave de los estados mayores a oficiales que tengan una experiencia reciente del frente y, sobre todo, de las campañas de invierno- 
Esta petición fue también rechazada secamente. Todas mis proposiciones acababan en un total fracaso. Cuando abandonaba la sala de conferencia, Hitler dijo a Keitel: «No he convencido a ese hombre». Así se consumó entre nosotros una ruptura que ya no fue posible reparar. 
El 21 de Diciembre regresé a Orel para redactar y difundir las órdenes que debían ajustarse a las intenciones de Hitler. El 24 de Diciembre, el IIº ejército perdió Livny. La noche del 24 al 25 de Diciembre perdimos Chern a consecuencia de un ataque envolvente del enemigo. El éxito de los rusos nos sorprendió por su amplitud. Di inmediatamente cuenta de este desgraciado incidente al grupo de ejércitos. El mariscal von Kluge me hizo los más vivos reproches y aquella misma noche tuvimos una violenta discusión; me acusó de haberle transmitido un informe falso y colgó el teléfono diciendo: «Daré un informe al Führer sobre usted». Esta vez se había colmado la medida. Dije al jefe de Estado Mayor del grupo de ejércitos que pedía ser relevado de mi mando y transmití inmediatamente por telégrafo esta decisión. El mariscal von Kluge se me había adelantado en el O.K.H. pidiendo mi relevo, que fue, en efecto, dispuesto por Hitler; la orden me llegó el 26 de Diciembre, por la mañana, juntamente con mi traslado a la reserva de mando del O.K.H. Mi sucesor era el general Rudolf Schmidt, que mandaba el IIº ejército. 

Fuente: Gran Crónica de la Segunda Guerra Mundial.

domingo, 23 de julio de 2017

Unión Soviética: Propaganda infantil en la entreguerra

La Propaganda Artística de la Literatura Infantil Soviética
En la década de 1920 en Rusia, los niños leían sobre remolacha azucarera, plantas hidroeléctricas y planes quinquenales.

Por Anika Burguess | Atlas Obscura


 Las páginas iniciales de ¿Qué estamos construyendo ?: Un libro con imágenes, un libro sobre la industria, la agricultura y los recursos naturales de Rusia, 1930.


"Tal vez ningún libro infantil del siglo XX borre las fronteras entre el arte y la propaganda de manera tan convincente" como la literatura infantil soviética temprana, dice Andrea Immel, curadora de la Cotsen Children's Library en la Universidad de Princeton. El Cotsen tiene cerca de 1.000 de estos libros, publicados entre 1917 y el comienzo de la Segunda Guerra Mundial. La colección demuestra cómo las nuevas ideologías soviéticas fueron comunicadas a la generación más joven, aunque la idea de adoctrinar a los niños con libros coloridos no fuera nueva.

"Si bien es tentador imaginar que la experiencia soviética no tuvo precedentes debido al derrocamiento del zar, es posible encontrar otros momentos históricos en los que los reformadores o radicales creían que la clave para un futuro mejor era proporcionar a los niños libros que comunicaran valores superiores" Dice Immel, citando a John Newbery, conocido como el Padre de la Literatura Infantil. "En la década de 1760, publicó a partir de la convicción de que la sociedad inglesa era corrupta y que una de las mejores maneras de cambiar la tendencia era educar a los niños de manera diferente".

Sin embargo, señala Immel, hubo una diferencia crucial. "Los soviéticos eran muy conscientes de la necesidad de saltar lo más rápido posible, creando al mismo tiempo una nueva raza de hombres", dice. "De modo que el tremendo poder de fuego artístico que podía ser aprovechado en la Unión Soviética de los años veinte hizo brillantemente el trabajo duro y poco glorioso de la agricultura o la electrificación heroica y patriótica".


80.000 caballos, una historia rimada sobre la central hidroeléctrica Volkhov, 1925.

El alejamiento de llenar libros infantiles con cuentos de hadas no fue un accidente. En su lugar, la literatura para niños se centró en las preocupaciones prácticas y la industria. El libro de 1930 Kak svekla sakharom stala (Cómo la remolacha se convirtió en azúcar) ilustra y describe el proceso de producción de azúcar: "El trabajo está sucediendo noche y día. En 80.000 loshadeĭ (80.000 caballos), la historia de la central hidroeléctrica Volkhov -la primera en Rusia y el nombre de Lenin- se cuenta en rima. Algunos de los libros incluso crearon el trabajo ellos mismos. El título 1930 Shimpanze i martyshka (chimpancé y Marmoset) proporciona instrucciones sobre cómo el lector puede hacer un mono de juguete.


Ilustraciones de cómo la remolacha se convirtió en azúcar, 1930.

Los lectores de estos libros no se limitaban a la Unión Soviética tampoco. Immel se correspondía con un escritor de Calcuta que recuerda con cariño los libros de la editora infantil soviética Raduga. En el archivo Immel descubrió Millionnyĭ Lenin, de Lev Zilov, en el que dos muchachos de la India participan en un levantamiento contra el Raj. Huyen del país y tienen una serie de aventuras que los llevan a la Unión Soviética. Allí, miran un desfile ante la tumba de Lenin y ponen ropa de abrigo (mientras conservan sus turbantes). "Nunca se me había ocurrido que los libros de Raduga hubieran sido traducidos a idiomas del sur de Asia o que el pueblo de Asia Meridional estuviera representado en los libros infantiles soviéticos", dice Immel.


Las páginas finales de The Millionth Lenin, que representan a dos niños de la India que se convierten en soviéticos, 1926.

También hay libros sobre logros gloriosos, como el vuelo sin escalas del piloto Georgiĭ Baĭdukov sobre el Polo Norte a mediados de la década de 1930. Pero para entonces, había habido un cambio político que cambió la manera que los libros de los niños miraron. A lo largo de la década de 1920, la estética de los libros fue diversa e incluyó la influencia de la vanguardia rusa, incluyendo el trabajo de escritores y artistas conocidos. En 1934, el Congreso Soviético de Escritores de toda la Unión declaró que el realismo socialista era el único estilo artístico aceptable. Con los años, algunos escritores y artistas escaparon al exilio. Otros no.


Mochin el heroísmo del pionero, una historia sobre un joven pionero que ayuda al ejército rojo, ilustrado por Vera Ermolaeva, 1931.

En 1931, la artista Vera Ermolaeva ilustró el libro Podvig pionera Mochina (Mochin el heroísmo del pionero). En la historia, un joven pionero -la respuesta más militarista de la Unión Soviética a los Boy Scouts- ayuda al Ejército Rojo en Tayikistán. Pero a finales de la década, Ermolaeva y el autor del libro, Aleksandr Ivanovich Vvedenskiĭ, fueron víctimas de una de las purgas de Stalin.

Los recuerdos de la literatura infantil soviética permanecen hoy. Immel relata la historia de un colega ruso que la visitó y descubrió algunos folletos de Raduga. "Sabía exactamente lo que eran, siendo viejos amigos de su infancia", dice. "Recogió la copia de Barmelai de Kornei Chukovsky, ilustrada por Mstislav Dobuzhinski, y comenzó a recitarla de memoria".

Atlas Obscura ahondó en las posesiones de la literatura soviética de los Cotsen para una selección de títulos para niños de los años 1920 y 1930.

miércoles, 12 de julio de 2017

SGM: La vida del soldado soviético desmitificada

Meridiano de sangre
Una nueva historia expone la agonía de la guerra de Rusia desde abajo hacia arriba

The Economist


¿QUÉ fue la segunda guerra mundial como para los soldados rusos? Esa simple pregunta tiene una respuesta compleja. Las cuentas oficiales soviéticas cubrieron la verdadera historia humana, política y militar de la guerra con una gruesa capa de mito pegajoso y auto-congratulatorio. Hay relatos de compañerismo y heroísmo en abundancia, pero poco que le diga a un lector de hoy en día lo que la guerra más grande en la historia era realmente como.

Catherine Merridale, una historiadora británica, ha elegido las cerraduras que mantuvieron escondida esta historia. A través del trabajo duro con archivos oficiales, diarios, cartas y entrevistas duramente ganadas con los veteranos, ella da vida a la guerra de los soldados: el caos y el pánico de la retirada antes de la embestida alemana, cuando hasta 3 millones de tropas soviéticas fueron hechos prisioneros; El brutal castigo de los desertores y sus familias; Los primeros días de la guerra, cuando la escasez de equipo, ropa y municiones fue acompañada por el implacable sloganeering y la intromisión política; La embriaguez épica y el mercadeo negro; Y las orgías de destrucción y crueldad de ambos lados.

La obtención de cuentas de primera mano de toda esta habilidad requerida y perseverancia. La "Gran Guerra Patriótica", como los rusos todavía la llaman, tiene un lugar tan sagrado en la mentalidad nacional que cualquier interrogatorio, particularmente por una joven extranjera, habría golpeado a mucha gente como indecente.

El resultado es una lectura esencial para cualquier persona que quiera entender la historia de la época, o la dependencia moderna de Rusia de ella. El libro anterior de la Sra. Merridale, "Noche de Piedra" (2000), fue un relato definitivo de la actitud rusa hacia la muerte y el sufrimiento que empapan su historia. Ahora su sensación por la naturaleza humana y su excelente conocimiento de la lengua y la cultura rusa, junto con su investigación entre fuentes rusas (y alemanas), han producido una consecuencia digna.

Mientras que otros historiadores se han centrado recientemente en los salazinos detalles de la vida en la parte superior de la Unión Soviética de Stalin, el enfoque de la Sra. Merridale es de abajo hacia arriba, junto con su propio análisis cuidadoso pero incisivo. Ella ilumina uno de los grandes rompecabezas: lo que los rusos realmente pensaron de Stalin. Incluso bajo el Terror, su personalidad y el patriotismo soviético se fusionaron para inspirar no sólo el miedo, sino el respeto, así como una especie de amor. La gente sobrevivió, escribe, "evolucionando para encajar en el marco de un estado monstruoso. Era mucho más fácil, aun para los que dudaban, unirse al colectivo y compartir el sueño que quedarse solo, condenado al aislamiento ya la amenaza de muerte ". Cuando comenzó la guerra, Stalin se retiró de la vista pública. Un soldado citado en el libro, Ivan Gorin, se rió cuando se le preguntó si los soldados realmente gritaban al unísono "Por la patria, por Stalin" (como dice el mito oficial) antes de ir a la batalla. "Estoy seguro de que gritamos algo cuando fuimos a las armas. Pero no creo que haya sido tan cortés.

Ms Merridale destaca la respuesta cada vez más salvaje de las autoridades cuando la derrota surgió después del ataque sorpresa de Hitler. La respuesta del Estado, escribe, "fue preparar una guerra contra su propio pueblo. Si no se comportaran como héroes épicos por su propia voluntad, entonces los cañones NKVD los obligarían a hacerlo ".

Eventualmente, eso cambió. Los comisarios políticos fueron reprimidos y el profesionalismo regresó. En un pasaje revelador, la Sra. Merridale describe la vuelta en 1942 del entrenamiento apropiado y del ethos militar al ejército. Drill reemplazó a "heroics de la tira cómica", escribe. "Ya no habría más saltos suicidas a las barricadas, ni más competiciones perturbadoras para ver qué unidad podía marchar más rápido o formar en la línea más recta". Las autoridades trajeron medallas e incluso charreteras de oficiales -que antes de la guerra habían sido Un símbolo odiado del privilegio zarista. Algunos soldados esperaban, en vano, que el siguiente paso fuera la abolición de las granjas colectivas.

A pesar de todos sus esfuerzos, algunos detalles de la vida en el Ejército Rojo son tan rememorados ahora como no se registraron entonces. Nadie anotó las canciones no oficiales, las bromas o la jerga, y los veteranos les resulta difícil desenterrarlos de los recuerdos cubiertos por décadas de pompa e invención oficiales. Ms Merridale tiene un poco más suerte en la plomería de las profundidades más oscuras-las violaciones, la destrucción y el saqueo que el Ejército Rojo cumplió, en primer lugar en los países vistos como haber colaborado con el Reich de Hitler, y luego en la propia Alemania. "La violación combinaba el deseo de vengarse con el impulso de destruir, aplastar los lujos alemanes y desperdiciar la riqueza de los fascistas. Castigó a las mujeres y reforzó la frágil masculinidad de los perpetradores ".

La suavidad de los recuerdos de muchos soldados, aunque eran vivos relatores cuando hablaban de la vida fuera de la guerra, parecía desconcertante. Ms Merridale vino a verlo como un secreto de su resistencia. "El camino hacia la supervivencia estaba en la aceptación estoica". Lamentablemente, eso permaneció cierto durante algún tiempo. Como ella señala, "la patria nunca fue conquistada, pero se había esclavizado".

lunes, 29 de mayo de 2017

URSS: Un homenaje a los héroes de Stalingrado

Una historia de la Segunda Guerra Mundial que todavía da temblores en espina 

George Winston - War History Online



Octubre 1942: Un Oberleutnant alemán (teniente primero) con una ametralladora soviética PPSh-41 en los escombros de la fábrica de Barrikady. 

A lo largo de Rusia, muchas personas están tomando el tiempo para rendir homenaje a las víctimas de la Segunda Guerra Mundial. Un 22 de junio, marcó el 75 aniversario de la Alemania nazi invadiendo la Unión Soviética. Encendió algunas de las batallas más sangrientas en la historia humana conocida en Rusia como la Gran Guerra Patriótica.

Una mujer vino a encender una vela en el terraplén del río Moskva. Ella habló a RT y dijo: "Vine aquí hoy para honrar la memoria de mis dos grandes tíos y mis abuelos - que sobrevivieron a la batalla de Stalingrado, los horrores de los campos de concentración y el resto de la guerra. Mi abuela me habló de las atrocidades de la Segunda Guerra Mundial, que siguen vivas en mi mente. Envían escalofríos por mi espina dorsal y me hacen estallar en lágrimas. "

La guerra en el frente oriental duró del 22 de junio de 1941, hasta el 9 de mayo de 1945, cuando la Alemania nazi se rindió. En honor de cada día de la guerra, 1.418 velas se encendieron en Moscú. Otra mujer en la asistencia describió esto como: "Un recordatorio de lo difícil que fue para nuestros antepasados ​​para luchar y restaurar nuestro país sacudido, la forma en que renunció a todo para su patria".


Los soviéticos defienden una posición, Stalingrado. 

Según las estadísticas oficiales, la guerra costó 26,6 millones de vidas en la Unión Soviética. En total, más de 8 millones de personas murieron en la línea de frente de la guerra para repeler la invasión de la máquina de guerra nazi. Era la única manera de derrotar al nazismo. Sin duda, la Unión Soviética sufrió más durante la Segunda Guerra Mundial con más del 75% de las fuerzas de los nazis y aliados en Europa en el Frente Oriental. El Frente Oriental fue también donde Alemania nazi sufrió el 74% de sus pérdidas de guerra.

En el frente oriental, tuvo lugar la batalla de Stalingrado. Esta fue la batalla más grande y más sangrienta de la Segunda Guerra Mundial. Más de un millón de soldados participaron a través de ambos lados.

En última instancia, fue el punto de inflexión en el teatro europeo de la Segunda Guerra Mundial. Los nazis nunca fueron capaces de recuperar el impulso que tenían antes. El ejército soviético tomó este éxito militar en la gran batalla siguiente de Kursk que comenzó durante julio / agosto de 1943. Aquí, una de las batallas blindadas más grandes en historia ocurrió; Resultando en otro éxito estratégico soviético. Después de esto, no habría más empujones nazis importantes en el frente del este.

Los civiles soviéticos también sufrieron en esta guerra. Casi 7,5 millones de civiles fueron asesinados deliberadamente por los nazis que ocuparon varios territorios durante la guerra. Otros 4,1 millones de personas murieron debido a las terribles condiciones perpetradas por el régimen.


Leningradinos en la avenida de Nevsky durante el cerco. 

Durante el Sitio de Leningrado, más de 630.000 civiles murieron de hambre y exposición al frío. Durante 872 días, los nazis y sus aliados bloquearon la ciudad. Durante la peor parte del bloqueo, la ración de alimentos en la ciudad disminuyó a sólo 125-250 gramos de pan por día. Sería difícil encontrar una familia soviética que no sufriera una pérdida durante la guerra. Una vez terminada la guerra, el país quedó devastado. La producción agrícola para el país fue de 40% en comparación con los tiempos anteriores a la guerra.

Durante la ceremonia, la élite política de Rusia colocó coronas en la Tumba del Monumento al Soldado Desconocido, ubicada junto al muro del Kremlin. Cientos de miles de rusos conmemoraron a los héroes y víctimas de la Segunda Guerra Mundial en el día nacional de la conmemoración y el dolor. Aproximadamente, 3.000 personas participaron en "Una vela de la memoria" en la ciudad Urals rusa de Yekaterinburg. La gente allí también formó una palabra gigante "recordar" en una de las plazas. La primera vela fue encendida a las 3:15 para conmemorar las primeras bombas nazis que cayeron sobre la ciudad en 1941.

10.000 musulmanes de varias regiones de Rusia se reunieron en la ciudad de Kazan para celebrar una ceremonia religiosa especial. Fue en recuerdo de las víctimas de la Gran Guerra Patriótica. Belarús también celebró ceremonias conmemorativas el mismo día.

viernes, 12 de mayo de 2017

SGM: Fotos de la batalla de Smolensk

La batalla de Smolensk de 1941 en 20 impresionantes imágenes

Damian Lucjan - War History Online




Los tanques alemanes PzKpfw IV en Vitebsk, 130 km de Smolensk 


La batalla de Smolensk fue una batalla a gran escala durante las etapas iniciales de la invasión alemana nazi de la Unión Soviética, la Operación Barbarroja, en la Segunda Guerra Mundial.

Fue la primera batalla donde la Unión Soviética logró retrasar significativamente toda la ofensiva alemana de la Wehrmacht que atacó hacia Smolensk. La fuerza alemana consistió en el 2do ejército de Panzer, comandado por Heinz Guderian, y el 3ro ejército de Panzer de Hermann Hoth.

Los soviéticos desplegaron contra los invasores bajo el mando de Semyon Timoshenko, el frente de reserva de Georgy Zhukov, el frente central de Fyodor Kuznetsov y el frente de Bryansk de Andrey Yeryomenko.

Al final, todos los ejércitos soviéticos de los siglos XVI, XIX y XX quedaron rodeados del Este y del Norte de Smolensk, aunque una cantidad significativa de soldados lograron escapar del bolsillo.

Algunos historiadores han afirmado que las pérdidas en términos de hombres y materiales incurridas por la Wehrmacht durante esta prolongada batalla, junto con el retraso de dos meses en su marcha hacia Moscú, fueron una de las razones por las que fueron derrotados por el Ejército Rojo en La batalla de Moscú tres meses después.

Según informes alemanes, las víctimas alcanzaron 250.000 durante la batalla de Smolensk. Los defensores soviéticos pagaron un alto precio por la resistencia también. La mayoría de la ciudad estaba en ruinas cuando los alemanes finalmente la ocuparon.

En 1985, Smolensk fue galardonado con el título de Hero City por la feroz resistencia.


Un par de Messerschmitt alemán BF-109E en vuelo sobre Smolensk

Vista aérea del área de Smolensk. Foto realizada por un reconocimiento aéreo alemán.

Batalla de Smolensk. T-26 durante el avance. Agosto 1941.

Soldados soviéticos cerca de Smolensk, julio de 1941.

Equipo antiaéreo en la ciudad de Smolensk

Equipo de artillería del Ejército Rojo atacando tanques alemanes en su camino a Smolensk

Soldados soviéticos durante las peleas en la estación de tren.

Tripulación del tanque soviético BT-7 antes de la Batalla de Smolensk. Julio 1941.

Infantería observa un avance de tanques soviéticos T-26 cerca de Smolensk. Agosto 1941

Soviéticos durante un ataque contra Wehrmacht. Julio 1941 

Un soldado soviético que enseña combatientes partisanos cómo manejar una pistola Browning Hi-Power, cerca de Smolensk. 23 de agosto de 1941.

Los cuarteles del 16° Ejército cerca de la zona de Yartsevo 

Las tropas alemanas en una ciudad cerca de Mogilev en el Dnieper, en su camino a Smolensk

División motorizada alemana durante el avance en Smolensk. Nota El cañón antiaéreo alemán PaK 36 

Tropas motorizadas alemanas durante el avance. 1 de junio de 1941 

El mariscal de campo Fedor von Bock, comandante del Centro del Grupo de Ejércitos (izquierda) en conversación con el general Hermann Hoth, comandante del 3er grupo blindado y el general Wolfram von Richthofen. 8 de julio de 1941

Prisioneros de guerra soviéticos después de la Batalla de Smolensk 

Los prisioneros de guerra soviéticos son transportados a la Alemania nazi. La mayoría de ellos no sobrevivieron.


Hitler se reunió con von Bock en la sede del Centro de Grupos de Ejército el 4 de agosto de 1941. Altrough von Bock presionó para un avance inmediato en Moskow, Hitler dijo que los recursos económicos sobre Ucrania eran una prioridad estratégica mayor.

Soldados alemanes en la quema de Smolensk

miércoles, 3 de mayo de 2017

GYK: Rusia devuelve un tanque israelí capturado

Israel reemplazará tanque siendo devuelto por Rusia
George Winston - WHO



Uno de los tanques israelíes capturados M48 por el ejército egipcio durante la guerra de Yom Kippur en 1973 Wrightbus / CC-BY-3.0


En 1982, las fuerzas sirias se apoderaron de un tanque de las Fuerzas de Defensa de Israel (FDI) durante la Primera Guerra del Líbano. El tanque de Magach, basado en el tanque estadounidense M48 Patton, ha sido exhibido en el museo de tanques Kubinka cerca de Moscú. El presidente ruso Vladimir Putin ha decidido devolver el tanque a Israel.

"Agradezco al presidente ruso Vladimir Putin por acceder a mi pedido de regresar a Israel el tanque de la Batalla del Sultán Yacoub", dijo el primer ministro Benjamin Netanyahu en un comunicado publicado en el sitio web de su oficina.

Netanyahu señala lo importante que esto es para las familias de tres soldados de las FDI que desaparecieron durante la guerra. El secretario de prensa del primer ministro dijo que Israel proporcionará un tanque del mismo modelo a Rusia para su exhibición en la exposición.

"Para las familias de MIAs Zechariah Baumel, Zvi Feldman y Yehuda Katz, no ha habido nada para recordar a los muchachos y no hay tumba para visitar desde hace 34 años. El tanque es la única evidencia de la batalla y ahora está regresando a Israel gracias a la respuesta del Presidente Putin a mi petición ", dijo Netanyahu.

Netanyahu visitó Moscú para conmemorar el 25 aniversario del restablecimiento de las relaciones diplomáticas entre Israel y Rusia.

Los tanques Magach están basados ​​en los tanques American M48 y M60 Patton. Magach 1, 2, 3 y 5 se basan en tanques M48; Magach 6 y 7 se basan en tanques M60. Fueron vendidas a las Fuerzas de Defensa de Israel (FDI) por Alemania Occidental y más tarde por Estados Unidos, durante los años sesenta y setenta.

Varias decenas de tanques jordanos M48, capturados intactos durante la Guerra de los Seis Días de 1967, también fueron puestos en servicio, agregando a los 150 de Israel ya en servicio en ese momento.

Después de la guerra de 1967, se hicieron varias modificaciones para mejorar el tanque hasta el nivel M48A3, resultando con el Magach 3. Estas modificaciones incluyeron la sustitución del cañón original de 90 mm por el cañón de 105 mm L7 británico, bajando el perfil de la torre de mando, Y el reemplazo del motor de gasolina inflamable y débil con un diesel de 750 caballos de fuerza.

Desde los años 80 y 90, los Magachs han sido gradualmente reemplazados por tanques Merkava como el tanque de combate principal de Israel. Sin embargo, la gran mayoría del cuerpo blindado de las FDI continuó formando variantes Magach hasta la década de 1990, y el tanque fue continuamente mejorado durante este tiempo. Para 2006, todos los Magachs en unidades regulares habían sido reemplazados por Merkavas.

jueves, 27 de abril de 2017

SGM: La red Gehlen (Parte 1)

La Red Gehlen 

(Primera Parte) 

«La esencia de los servicios secretos, aparte de la obligación de conocer el máximo de los hechos, consiste en saber discernir las tendencias históricas pasadas y prever su evolución futura.»
Reinhardt Gehlen
 


Reinhardt Gehlen 
 

Berna: Enero de 1972. Una lluvia helada me acoge al bajar del avión que me trae de París. Al dirigirme al centro de la capital helvética, intento imaginarme cómo va a desarrollarse mi entrevista con este hombre que, veintiocho años después de la caída del Reich, ha aceptado finalmente hablar... Retrocedo mentalmente en el tiempo. Pienso en ese notorio mes de Mayo de 1945. ¿Cuál fue la reacción de Erich Sauber, el hombre que vengo a ver, al enterarse de la muerte de su Führer y de la rendición de su país? ¿Qué va a revelarme sobre la desaparición de los fieles servidores del régimen nazi, sobre los falsos suicidas y sobre la caza de los criminales de guerra organizada por los aliados, sobre la «extraordinaria reconversión» de algunos de ellos? Es la primera vez que voy a encontrarme con Erich Sauber, este antiguo adjunto de Walter Schellenberg. 

Walter Schellenberg 
 
Estrechamente ligado a todos los contactos que se establecieron entre ciertos jefes nazis y los aliados durante los últimos meses de la guerra, Sauber participó especialmente en las primeras conversaciones con los servicios secretos suizos y, por medio de ellos, con el norteamericano Allen Welsh Dulles, por ese entonces, jefe de la O.S.S. (Office of Strategic Services - Oficina de Servicios Estratégicos), en Berna, Suiza. 

Allen Welsh Dulles 
 
Schellenberg, jefe de los servicios de contraespionaje del R.S.H.A. (Reichssicherheitshauptamt – Oficina Central de Seguridad del Reich), quería proteger sus relaciones con la Abwehr, servicio de contraespionaje que reportaba directamente al O.K.W. (Oberkommando der Wehrmacht - Estado Mayor de las Fuerzas Armadas), dirigido durante mucho tiempo por el almirante Wilhelm Walter Canaris. 

Almirante Canaris 
 
Erich Sauber ha sido, también, testigo de las horas críticas de la Abwehr y de la caída de Canaris. El sucesor de Canaris, después de la guerra, Reinhardt Gehlen, no le es desconocido. Se ha encontrado con él a menudo, mucho antes de que ocupara sus altas funciones para los aliados y para el gobierno de Bonn. Gehlen ha sido siempre un funcionario brillante y eficaz. Se mantenía a la sombra de Canaris y esperaba su suerte. El nombre de Gehlen aparece a menudo en la correspondencia que he intercambiado con Erich Sauber a lo largo de estos últimos meses. Sauber no me ha ocultado la fascinación que ejercía sobre él, en la época, el joven coronel. Su testimonio es uno de los más sinceros y también de los más sorprendentes que he oído, durante esta encuesta, sobre una de las redes de inteligencia nazi: la Red Gehlen. 
Erich Sauber empieza su narración. Habla muy lentamente, sopesando cada palabra. Intenta acordarse con exactitud de lo que pasó hace casi treinta años. «Hace tanto tiempo», me dice a lo largo de la conversación. Le pregunto si conocía bien a Reinhardt Gehlen. –Si usted quiere decir con eso: «¿Era usted amigo de Gehlen?», puedo contestarle sin vacilar: no. Y nadie, que yo sepa, en mi medio de contraespionaje, puede enorgullecerse de haberlo sido. Era muy frío. Las relaciones con él se limitaban a las cuestiones estrictas del servicio. Me intimidaba mucho y estaba deslumbrado por su brillante capacidad de síntesis. Con él ningún problema era insuperable. En esa época yo trabajaba en el fichero central del Amt VI (seguridad exterior) del R.S.H.A. Gehlen dependía de la Abwehr, es decir, de los servicios de información del estado mayor general. Por eso estaba directamente a las órdenes del almirante Canaris. Las tensiones entre el R.S.H.A. y la Abwehr, entre Canaris y Himmler, creaban una competencia cerrada entre los agentes de ambas organizaciones. Himmler se volvía loco de rabia cada vez que la Abwehr lograba una operación exitosa. El habría deseado que los dos servicios se fusionaran y se pusieran bajo su dirección, ¡por supuesto! Nos prohibía todo contacto con los colaboradores de Canaris. Yo tenía algunos amigos que trabajaban en la Abwehr. Me acuerdo de una historia que estuvo a punto de provocar mi traslado al frente ruso. Conocía desde hacía tiempo a un oficial superior de la Abwehr. Una noche nos reunimos en un restaurante berlinés para cenar. De repente, reconocí en una mesa vecina a uno de los «soplones» de Heydrich, el teniente de Himmler. Dos días más tarde fui convocado al despacho del Reichsführer. Recorría la habitación completamente encolerizado. ¡Me hizo sufrir un interrogatorio en regla sobre mis relaciones con este oficial y terminó acusándome de develar secretos del servicio! Le cito este ejemplo para demostrarle hasta qué punto eran tensas las relaciones entre los dos servicios. En 1944, después del atentado del 20 de Julio contra Hitler, Himmler, con razón o sin ella, pensó que podría sacar partido de la situación. El almirante Canaris fue, de este modo, una de las víctimas de la gran purga que diezmó al estado mayor alemán, fue incluso acusado falsamente de colaboración con el enemigo. Ya sabe usted lo que le ocurrió a Canaris. Después de su destitución, su servicio fue reorganizado y más tarde integrado al R.S.H.A. Himmler triunfaba. Mi despacho, el Amt VI, absorbió al servicio de información de la Abwehr. Entonces veía más a menudo a Reinhardt Gehlen. Tenía cuarenta y dos años. Era coronel responsable del F.H.O (Fremde Heere Ost – Armadas Extranjeras del Este), el servicio de espionaje y contraespionaje dirigido contra la Unión Soviética- 
-A partir del momento en que la derrota de Alemania parecía inminente, la actitud de Gehlen debió cambiar sin duda- le pregunto. 

Reinhardt Gehlen 
 
-Gehlen había previsto indudablemente esta eventualidad –responde Erich Sauber-. Gehlen había sido siempre de un anticomunismo virulento. Todas sus acciones contra la Unión Soviética eran cuidadosamente preparadas. Daba siempre la impresión de que estaba saldando una antigua cuenta con los rusos. El odio de Gehlen contra este régimen era muy profundo. Un día me confió que estaba convencido de que íbamos a perder la guerra. Me sorprendió mucho que Gehlen me participara su pesimismo de esta manera. «Estoy al corriente de todos los trámites iniciados por nuestros dirigentes para salvar el pellejo –insistió Gehlen-. ¿Por qué el Reichsführer S.S. Himmler se ve tan a menudo con el conde Bernadotte? ¿Sabe usted que Kaltenbrunner se sirve del Sturmbannführer Wilhem Höttl como mediador con los norteamericanos, y que nuestro Reichsmarschall Hermann Goering busca el modo de entrar en contacto con los ingleses? No creo decirle nada nuevo, ¿no es verdad Sauber? Usted es sin duda una de las personas mejor informadas dentro de este servicio. Y usted ha participado de conversaciones con los suizos con conocimiento y por indicación de Schellenberg». Gehlen no ignoraba nada de las tentativas hechas por nuestros dirigentes para ponerse en contacto con los norteamericanos y los ingleses. Me pregunto cómo podía estar tan bien informado de todos estos tratos secretos. Yo no había hablado a nadie de mi misión y estaba seguro que Schellenberg tampoco. A finales de Febrero –continúa Sauber- Gehlen había enviado al teniente coronel Gerhard Wessel, que en aquella época era responsable de una de las secciones del F.H.O., a Bad Reichenhall con una parte de los archivos. Había instalado allí un despacho que fue incluso adherido al cuartel general del grupo de ejércitos del Sur. Supongo que los documentos importantes no se encontraban en Bad Reichenhall, pero este despacho era una buena tapadera. Así Gehlen tenía las manos libres para poder esconder sus expedientes en otra parte- 

Bad Reichenhall 
 
Sauber se detiene unos instantes; después me confía las confidencias que le ha hecho Gehlen sobre la manera como él preveía la posguerra. 
-A partir del mes de Abril –continúa Sauber-, nuestros servicios estaban completamente desorganizados. Las órdenes y contraórdenes se sucedían a un ritmo infernal. La última vez que he visto a Gehlen fue durante la primera semana de Abril: «Dentro de poco seremos detenidos por los aliados –me dijo-. ¿Ha pensado ya usted en lo que puede ocurrirnos entonces, Sauber? Yo, sí. Quiero una rendición honorable y tengo un instrumento formidable que ofrecerles. Es absolutamente necesario que me entregue a los americanos. Tengo un plan dispuesto para la posguerra. Sauber, si tiene problemas con los aliados, piense en mí. Quizá podría ayudarle». –No sabía bien lo que quería decir. ¿Cuál era este plan? El instrumento era evidentemente su servicio de información sobre la U.R.S.S. y comprendía que esto pudiera interesar enormemente a los norteamericanos. ¿Pero esto era lo que él llamaba una «rendición honorable»? ¡Vender sus servicios a los norteamericanos! Sobre todo no veía de qué modo podría ayudarme. Antes de salir de mi despacho dijo: «Intente de todos modos evitar a los rusos, Sauber. ¡Podría arriesgarme a no volver a verle!» Tres días después supe que Gehlen había sido relevado del mando del F.H.O. y había sido jubilado. Era el 10 de Abril- 
En realidad, el viejo corso que es Reinhardt Gehlen no ha esperado al 10 de Abril para comenzar su plan de repliegue. «Lo más tarde a mediados de 1944 –refiere el historiador alemán Jürgen Thorwald-, Gehlen ha comenzado a reunir los informes, actas, estudios y archivos sobre la Unión Soviética en sus expedientes particulares y a ocultarlos en distintos lugares de los Alpes bávaros. De este modo, los archivos del servicio F.H.O. no pueden ser destruidos nunca». El 4 de Abril de 1945 tiene lugar en Bad Elster, en Sajonia, la última puesta a punto entre Gehlen y dos de sus ayudantes, Wessel y Baun. 

Bad Elster 
 
 
La cita ha sido concertada en el Kurhous Hotel. Los tres hombres se registran con nombres falsos. Las bases de la futura organización alemana de espionaje se van a establecer en una modesta habitación de hotel. De este modo, Wessel se encargará, junto con Gehlen, de asegurar el personal y los archivos del F.H.O. en la Alpenfestung (la Fortaleza Alpina). 

Alpenfestung 
 
Allí esperarán la llegada de los norteamericanos. Baun debe continuar ocupándose de los grupos Walli (nombre en código de los oficiales de información encargados de la «recuperación» de los prisioneros rusos y de la instalación de antenas de radio en la U.R.S.S., cuyos operadores eran desertores de la armada soviética), que él había dirigido sucesivamente para la Abwehr y para el R.S.H.A. Baun propone a Gehlen cortar temporalmente el contacto con los hombres de la armada Vlassov (general de la armada soviética, hecho prisionero por los alemanes en Mayo de 1942), que trabajaban en Moscú y en los estados mayores militares soviéticos. Gehlen le pide dar las órdenes para que todos los agentes diseminados en Silesia y entre el Oder y el Elba recorran los Alpes bávaros. En los días siguientes a esta conferencia secreta, reina una intensa actividad en los servicios de Gehlen. Se queman toneladas de papel, todos los documentos importantes son pasados a microfilmes en triple ejemplar y después colocados en cajas de hierro. Una de las series es enviada a Naumburgo en Turingia, y ocultada en casa de unos amigos de la familia Gehlen. Wessel vuelve a su despacho en Bad Reichenhall y Baun se instala en Baden. El 10 de Abril, el jefe del servicio F.H.O. dicta las últimas instrucciones a sus subordinados. Algunos reciben simplemente la orden de rendirse en el frente Oeste y de hacerse tranquilamente prisioneros de los americanos. A sus colaboradores más próximos les recomienda no decir nada, una vez hechos prisioneros. Al mismo tiempo, el servicio se valía de una particular «hecatombe». Comunicaciones de «fallecimientos» legan a los domicilios de algunos agentes de Gehlen, anunciando a sus familias que han muerto «por el Führer, el pueblo y la patria». Un complejo sistema de pistas es puesto a punto por Gehlen para poder tomar contacto con sus colaboradores prisioneros o «muertos». Establece un código especial de palabras y mensajes cifrados. Wessel se convierte en «W», Gehlen ofrece una «X», a Baun se le denomina «Y». Termina así la ejecución de la primera fase de su plan. 
Se trata ahora de salvaguardar al estado mayor del F.H.O., los archivos y a su propio jefe. Desde hace varias semanas, Gehlen ha escogido su lugar de refugio. En un principio, ha pensado que llegar al reducto alpino sería empeorar las cosas. Pero se ha dado cuenta en seguida de que la campaña de intoxicación llevada a cabo por los servicios de propaganda de Goebbels y el R.S.H.A., iba a ayudarle considerablemente. Porque, al hacer pasar el reducto alpino por una fortaleza inexpugnable, Goebbels va a transformar la estrategia militar norteamericana. Esta falsa noticia es, además, confirmada por los rusos, que piensan de este modo desviar de Berlín a las fuerzas norteamericanas. Estas van a dar máxima prioridad al reducto alpino. De este modo, Gehlen, al refugiarse en esta región, tiene garantizado el caer en sus manos. Todo el estado mayor del F.H.O. inicia entonces el largo trayecto que debe llevarle al refugio secreto. Para más seguridad, los oficiales se dividen en tres grupos y deciden llegar separadamente a la Alpenfestung. Gehlen y su familia forman parte del primer grupo y llevan con ellos los archivos que han ido a buscar a Naumburgo. El viaje se efectúa en condiciones deplorables: las carreteras están sobrecargadas de convoyes militares y de columnas de refugiados que huyen ante el avance del Ejército Rojo, y los bombardeos son continuos. El grupo, de hecho, corre un peligro muchos más grave, el de ser detenido por las patrullas S.S. En efecto, unos días antes, Hitler ha nombrado al almirante Doenitz como comandante en jefe de la zona norte, y ha ordenado a todos los oficiales que abandonan Berlín que se dirijan con sus hombres a Flensburg, donde se encuentra el cuartel general de Doenitz. Esta orden se aplica, naturalmente, también al estado mayor del F.H.O. Si Gehlen y sus hombres son detenidos en la carretera que lleva al Sur, les será difícil dar una explicación aceptable, y se arriesgan a ser fusilados por deserción. 
«En las orillas del Lena –refiere Gehlen en sus Memorias- dos camiones escaparon milagrosamente a una incursión aérea y más tarde, por la noche, fueron detenidos en Hof por elementos de las S.S., que los obligaron a entrar en un caserón: los S.S. deseaban examinar sus documentos. Este incidente exponía a los hombres a un peligro más grande que los bombardeos. Afortunadamente, los dos conductores, de los cuales uno era hijo de mi colaborador el mayor Baun, encontraron una verja sin el cerrojo por la que ellos pudieron escapar con los vehículos. Dejaron a mi familia en casa de unos amigos cerca de Cham y siguieron su camino hacia el Sur, hasta Bad Reichenhall, donde estaba replegado la mayor parte de mi servicio». 
Aquí, Wessel y algunos de sus oficiales se dispusieron a ayudar a Gehlen a ocultar las cajas. Decide distribuirlas en tres partes: una es depositada en Reit-in-Winkel, al sur del lago Chiem; la segunda en Wildermohalm, cerca de Kufstein; y la última se oculta en las montañas junto al pequeño pueblo de Valepp. Se da la orden de dispersión a Miesbach. Es preciso evitar a toda costa llamar la atención, porque Miesbach y sus alrededores, están llenos de oficiales nazis y S.S. Gehlen juzga preferible no permanecer personalmente en este lugar. Da la orden a treinta y ocho de sus oficiales de buscar un alojamiento cerca de ella y esperar su aviso. Sus hombres se dispersan por los pueblos vecinos: Achliersee, Fischhausen y Losefsthal. 
 
Acompañado de nueve de sus más fieles colaboradores, entre los que se encuentran tres jóvenes secretarias, Gehlen abandona Miesbach con los documentos ultrasecretos del F.H.O. Todos los hombres van vestidos como auténticos montañeses. Las cajas son llevadas en carretillas a lo largo de los senderos forestales. El ascenso les lleva varias horas. Finalmente, a la salida del bosque, llegan ante una gran explanada de nieve. En medio de una pendiente poco acentuada, Gehlen y sus compañeros descubren un pequeño chalet. El paraje lleva un nombre siniestro: Elendsalm, el «Pasto de la Miseria». Al anochecer, los hombres entierran profundamente las cajas en el límite del bosque. Gehlen está satisfecho. Tiene en su poder documentos de tal importancia que puede enfrentarse tranquilamente con el porvenir. 
«Para el éxito de nuestro plan –dice Gehlen en sus Memorias- era indispensable no dejarnos atrapar demasiado pronto. Una parte de nuestro grupo se iba todas las mañanas, al amanecer, a lo alto de la montaña, mientras que las tres chicas y dos de mis oficiales heridos se quedaban abajo resguardando el chalet. Escalábamos generalmente hasta la cresta del Auer y montábamos allí la tienda, en terreno cubierto parcialmente por los árboles. Pasábamos la jornada contemplando el paisaje y observando los primeros signos de vegetación que surgían poco a poco de la nieve. Al atardecer bajábamos y, antes de llegar al refugio, nos asegurábamos que nuestros compañeros habían colgado el mantel en un alambre para indicarnos que no había peligro». Gehlen teme mucho más las acciones de los grupos S.S. que a las tropas regulares aliadas. El 28 de Abril escucha por la radio que el Ejército Rojo ha entrado en Berlín. Al día siguiente se entera por uno de sus oficiales de reserva, Weck, que los americanos están en Munich y que han abierto las puertas del campo de concentración de Dachau. El 1º de Mayo la radio anuncia la muerte del Führer. Gehlen está cada vez más nervioso. Los S.S. rondan las montañas. «Weck no había permanecido inactivo –cuenta-. Gracias al Servicio de Aguas y Bosques de la región, había conseguido la llave de un refugio casi inaccesible, cerca de la cumbre del Maroldschneid. 

 


Era la tercera semana de Mayo. Consideré que había llegado el momento de pasar a la acción, de bajar al valle y de entregarse a la unidad americana más próxima. Los padres de uno de mis colaboradores, el mayor Schoeller, vivían en Fischausen, a orillas del Schliersee. Nos propuso pasar en su casa las vacaciones de Semana Santa, antes de entregarnos a los norteamericanos. No queríamos ser capturados: deseábamos entregarnos voluntariamente, y esto es lo que hicimos». 
En la mañana del 19 de Mayo, Gehlen y cuatro de sus oficiales bajan al valle. El día anterior, por la noche, han descosido las insignias de su graduación, se han quitado sus pantalones con franjas rojas –distintivo exclusivo de los oficiales del estado mayor general- y se han vestido con uniformes ordinarios de combate, de tal forma que ya no se distinguen de los miembros del ejército alemán que se repliegan hacia el Este. Tres días más tarde se entregan a los americanos. En una Alemania en plena derrota, Gehlen, con un orden perfecto, ha llevado a cabo su plan hasta el final. 
Reinhardt Gehlen ha dejado una parte de su equipo en el «Pasto de la Miseria» para recibir los mensajes de radio de los otros miembros del servicio. Ahora que su jefe ya no está con ellos, la vigilancia alrededor del chalet puede relajarse. Los oficiales del F.H.O. no desconfían de los montañeses, y menos aún de los pastores que ven pasar de vez en cuando. Uno de ellos, sin embargo, va a denunciarles. Rudi Kreidl sospecha mucho, en efecto, de esos hombres que le han dicho un día que son investigadores científicos. Los ha visto enterrar uniformes e insignias nazis. No le gustan nada los nazis. Mutilado de guerra, no perdona a Hitler el haber llevado a Alemania a un conflicto tan largo y tan mortífero.