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jueves, 28 de septiembre de 2017

SGM: El día que Churchill traicionó a los cosacos

El día que Churchill traicionó a los cosacos y los entregó a una muerte segura

Javier Sanz - Historias de la Historia


Los cosacos fueron un pueblo establecido en las estepas del sur de los actuales territorios de Rusia y Ucrania. Expertos jinetes, diestros en el manejo de las armas y de carácter indómito, durante el régimen zarista las once comunidades cosacas integradas en el Imperio ruso firmaron un acuerdo con el zar por el que, a cambio de su lealtad, recibieron un estatus especial y gozaron de cierta autonomía. Con la caída del zar, durante la Revolución rusa de 1917, los cosacos permanecieron ajenos a las disputas por llegar al poder, pero al final les obligaron a tomar partido. Al haber formado parte de la guardia del zar, para los bolcheviques y el Ejército Rojo habían sido el brazo ejecutor de la opresión zarista. Así que, se vieron obligados a tomar partido por los mencheviques y lucharon junto al Ejército Blanco, aunque no por convencimiento sino por aquello de “el enemigo de mi enemigo es mi amigo”. Con el triunfo de los bolcheviques, muchos cosacos tuvieron que huir estableciéndose en varios países de Europa Oriental… los que se quedaron sufrieron la represión durante 10 años.



A comienzos de los años treinta, la represión sobre los cosacos rusos había terminado e incluso habían llegado a recuperar alguno de sus privilegios. Con el estallido de la Segunda Guerra Mundial se iba a producir la paradoja de que había cosacos luchando en el Ejército Rojo y en la Wehrmacht. Muchos de los cosacos que luchaban en el Ejército Rojo lo hacían con el convencimiento de que la Unión Soviética era la heredera del Imperio ruso, pero también los había que lo hicieron por obligación. Sabiendo del pasado zarista de los cosacos, Stalin no permitió que se crease un regimiento de cosacos y fueron repartidos por distintas unidades. En el otro lado, y siguiendo con el dicho de “el enemigo de mi enemigo es mi amigo”, Goebbels supo ganarse a los cosacos que habían huido de los bolcheviques ofreciéndoles luchar contra los que les habían expulsado de sus tierras y, sobre todo, un estado libre cosaco –Kazakia– tras derrotar a Stalin. De esta forma, se constituyó el Escuadrón de Caballería cosaca adscrito al 40º Cuerpo Panzer, bajo la dirección del capitán cosaco Zagorodnyy. Además, a este escuadrón se unieron muchos cosacos hechos prisioneros por los alemanes a los que Stalin habían obligado a luchar en las filas del Ejército Rojo.

conferencia-de-yalta

Cuando terminó la guerra en el frente europeo y sabiendo del odio de Stalin, los prisioneros cosacos que habían luchado junto a los alemanes trataron de quedar bajo la custodia de los aliados occidentales, pero en la Conferencia de Yalta (1945) Winston Churchill, Franklin D. Roosevelt y Joseph Stalin sellaron su suerte. Stalin consguió de Churchill y Roosevel un acuerdo para repatriar a todos los ciudadanos soviéticos prisioneros de los alemanes y Stalin, a cambio, repatriaría a los prisioneros de guerra aliados que el Ejército Rojo había liberado de los campos nazis. Aunque inicialmente no se incluyeron en el acuerdo los cosacos emigrados durante la Revolución rusa, Stalin lo exigió más tarde para encerrarlos en los gulags o ejecutarlos por traición a la patria.



Un caso especialmente sangrante y cruel se produjo en Lienz (Austria), donde el ejército británico tenía bajo custodia unos 2.500 cosacos entre oficiales y soldados. El 28 de mayo de 1945, los británicos comunicaron a sus líderes que estaban invitados a una importante conferencia junto a oficiales ingleses en una localidad cercana y que estarían pronto de regreso. Ante la desconfianza de los cosacos, un oficial británico juró por su honor que no mentían. Esa misma noche, fueron transportados a la vecina Tristach… donde les esperaba el Ejército Rojo.

Los rusos nos mataban a porrazos, los británicos lo hicieron con su palabra de honor.
Es difícil cuantificar la cifra exacta de cosacos entregados a Stalin, pero algunas fuentes hablan de “50.000 cosacos, entre ellos 11.000 mujeres, niños y ancianos”. Los cosacos que lograron huir se repartieron por Europa y mantuvieron su identidad en secreto hasta la disolución de la Unión Soviética en 1991.

sábado, 23 de septiembre de 2017

SGM: La toma del Reichstag

Capturando “El corazón de la Bestia Fascista” – 2 de Mayo de 1945




Berlín, el corazón del Reich no cayó fácilmente. El Ejército Rojo estaba empujando agresivamente por el territorio alemán, más fuerte que nunca, pero los alemanes tuvieron una última pelea en defensa de la patria, que habían declarado al principio de la guerra invulnerable al enemigo.

La invasión soviética se detuvo temporalmente después de la Ofensiva Vístula-Oder, a sólo 60 km de Berlín. La ofensiva vio la liberación de las ciudades polacas, Varsovia, Poznan y Cracovia. Mientras tanto, el comando de la defensa fue dado a Gotthard Heinrici, uno de los últimos generales capaces de la Wehrmacht. Aunque sólo tenía un mes para cavar y preparar la defensa de la ciudad, el esfuerzo parecía inútil.

El Ejército Rojo trajo 2.500.000 soldados, una fuerza poderosa de veteranos endurecidos por la batalla con la sed de venganza, después de la agresión alemana en la Unión Soviética. También incluían más de 6.000 tanques, 7.500 aviones y aproximadamente 45.000 piezas de artillería.


Los miembros de Volkssturm están siendo entrenados para usar el arma anti-tanque Panzerfaust. Wikipedia / Bundesarchiv CC-BY-SA 3.0

Los defensores eran superados en número y desprovistos de personal, ya que el ejército alemán, en su desesperado intento de defender a Berlín, reclutó a la Juventud Hitlerista en sus filas. Estos niños tenían entre 14 y 18 años, no tenían experiencia en combate y sólo servían como forraje de cañón para los soviéticos. Además, como la última línea de defensa, el Partido Nazi reclutó a los ciudadanos de Berlín en una milicia de trapos.

Fueron llamados Volkssturm y la mayoría de ellos eran ciudadanos de la tercera edad. La fuerza de defensa designada para defender lo que quedaba del Reich era 766.750 soldados, 1.519 vehículos de combate blindados, 2.224 aviones y 9.303 piezas de artillería, pero dentro de la Zona de Defensa de Berlín, sólo 45.000 soldados con 40.000 Volkssturm y miembros de la Juventud Hitler batallaban.

Los soviéticos superaron en número y superaron al enemigo de manera significativa, la victoria estaba a su alcance.

La batalla de Berlín comenzó el 16 de abril y terminó el 2 de mayo con la victoria decisiva que marcó el final del conflicto militar más grande en la historia de la humanidad. La única línea importante de la defensa de la ciudad de Berlín fue en Seelow Heights, también conocida como las "Puertas de Berlín", como la principal ruta oriental atraviesa. Después de varios días de intensos combates, las "puertas" fueron violadas.

El 19 de abril, la batalla había terminado, con 12.000 alemanes muertos y 20.000 soldados del Ejército Rojo muertos o heridos. La batalla de Seelow Heights se considera una de las últimas batallas campales de la guerra, ya que ambas partes se prepararon para el encuentro en esa ubicación exacta, que resultó ser un inevitable campo de batalla. Durante las dos semanas siguientes, los combates continuaron en las calles de Berlín.

Cada calle, cada cuadra y cada apartamento representaban un campo de batalla, porque los alemanes, en su último intento desesperado, estaban más bien dispuestos a morir que a caer en manos del enemigo.

Y tal vez tenían razón al hacerlo, durante años de combate y el esfuerzo de propaganda del tío Joe convirtió al Ejército Rojo en un puño vengativo, decidido a aplastar al Reich alemán ya depositar desechos en su capital. Ellos fueron dirigidos por Marshall Zhukov, quien, según la leyenda, fue instruido para capturar a Hitler y entregarlo a Moscú en una jaula de oro.


El Reichstag después de su captura por las tropas soviéticas.

Después de la batalla de Seelow Heights, sólo las formaciones rotas de la Wehrmacht se extendían entre las afueras de Berlín y el Reichstag, el corazón simbólico de la máquina de guerra alemana, aunque el edificio no había estado en uso desde el gran incendio de febrero de 1933. El 23 de abril de 1945, elementos del primer y segundo Frente de Belarús (grupo de ejército) soviético y el primer frente ucraniano habían rodeado completamente a Berlín. El nudo se estaba apretando alrededor del cuello de Hitler.

Hitler nombró a SS Brigadefuhrer Wilhelm Mohnke como el Comandante de Batalla para el distrito del gobierno central que incluyó la Cancillería del Reich y el Fuhrerbunker. Se organizó una contraofensiva, pero no tuvo éxito en romper el sitio.

En las primeras horas del 29 de abril, el 3er ejército de choque soviético cruzó el puente de Moltke y comenzó a ventilarse en las calles y edificios circundantes. Los ataques iniciales contra los edificios, incluido el Ministerio del Interior, se vieron obstaculizados por la falta de artillería de apoyo. No fue hasta que los puentes dañados fueron reparados que la artillería podría ser levantada en apoyo.

A las 04:00 horas, en el Führerbunker, Hitler firmó su último testamento y, poco después, se casó con Eva Braun. Al amanecer, los soviéticos continuaron con su asalto en el sureste. Después de una lucha muy intensa lograron capturar la sede de la Gestapo en Prinz Albrechtstrasse, pero un contraataque Waffen-SS obligó a los soviéticos a retirarse del edificio. Al suroeste, el 8vo ejército de los protectores atacó el norte a través del canal de Landwehr en el Tiergarten.


Izquierda - Foto original; Derecha - Versión alterada sin el reloj de pulsera.

Al día siguiente, el 30 de abril, los soviéticos habían resuelto sus problemas de puente y con el apoyo de la artillería a las 06:00 lanzaron un ataque contra el Reichstag, pero debido a los atrincheramientos alemanes y el apoyo de armas de 12,8 cm a 2 km En el techo de la torre del zoológico, en el zoológico de Berlín, no fue hasta esa noche que los soviéticos pudieron entrar en el edificio. Las tropas alemanas adentro estaban fuertemente arraigadas. Siguió una feroz pelea de cuarto a cuarto.

En ese momento, todavía había un gran contingente de soldados alemanes en el sótano que lanzaron contraataques contra el Ejército Rojo. Finalmente, el 2 de mayo de 1945, el Ejército Rojo controló el edificio enteramente. La foto famosa de los dos soldados que plantan la bandera en el tejado del edificio es una foto del re-actuada tomada el día después de que el edificio fuera tomado. El evento con la bandera ocurrió originalmente a las 22:40 horas del 30 de abril de 1945, y fue tomado por el teniente Rakhminzhan Qoshqarbaev.


Batalla por el Reichstag - Por Ivengo (RUS) - CC BY-SA 3.0

Los soldados tenían órdenes de Stalin personalmente de tomar el edificio del Reichstag, el "corazón de la bestia fascista", antes del 1 de mayo, Día Internacional de los Trabajadores. La foto que presenta la recreación también se alteró con la adición de humo en el fondo para el efecto dramático. Además, un reloj en la muñeca de uno de los soldados fue editado fuera de la foto, ya que implicaba que las tropas del Ejército Rojo cometieron saqueos. Fue tomada por un fotógrafo, Yevgeny Khaldei.

Para los soviéticos, el acontecimiento representado por la foto se convirtió en símbolo de su victoria demostrando que la batalla de Berlín, así como las hostilidades del Frente Oriental en su conjunto, terminaron con la victoria soviética total. Como el comandante del Regimiento 756, Zinchenko, había declarado en su orden al Comandante del Batallón Neustroev:

martes, 19 de septiembre de 2017

Frente Oriental: La experiencia de la División Azul

“Vi cómo amputaban los 20 dedos por el frío a compañeros”

Los últimos supervivientes de la División Azul, que rondan los 100 años, cuentan la tragedia que vivieron en un frente al que muchos llegaron empujados por el hambre o el miedo

PEPE SEIJO | El País


Soldados de la División Azul leen el 'Marca'. La imagen pertenece al documental 'Extranjeros de sí mismos'.

Corrían malos tiempos. Apenas dos años después de rematada la Guerra Civil, 1941, con la hambruna haciendo estragos, en plena efervescencia de la segunda guerra mundial y Alemania esperando algún gesto del nuevo gobierno de Franco que finalmente se concretó en la creación de la que se bautizaría como División Azul, ideada, según algunos historiadores, por los falangistas. En realidad era la 250 División de Voluntarios Españoles de la Wehrmacht.


Muchos fueron los españoles que se alistaron en esta aventura, que los conduciría al frente soviético y a un gran número a la muerte o al padecimiento de los implacables gulags. “La gloriosa epopeya de los voluntarios españoles en la lucha contra el bolchevismo”, proclamaban desde el NO-DO, en la despedida de este contingente del que apenas quedan supervivientes. Los que quedan rondan el siglo.

El hambre en muchos casos, un espíritu aventurero, fidelidad al régimen o incluso jóvenes que pretendían purgar los pecados de sus familias que habían sido republicanas. Esas eran algunas de las razones para enrolarse y hacer casi 5.000 kilómetros, los últimos 1.200 a pie. Fue el caso del lucense Gerardo Dorado, a punto de cumplir 99 años, que vivió en primera persona la Guerra Civil y después se hizo voluntario de la División Azul.

Gerardo Dorado recuerda perfectamente el caldo "con 27 garbanzos" que le dieron en África

En el 37 lo llamaron a filas. Se incorporó a Astorga y un mes más tarde ya estaba en el frente en León. “Pertenecíamos a un batallón que venía de África”, se esmera en recordar este divisionario que no pierde la sonrisa, ni el buen humor. Después volvió a África y, una vez concluida la guerra, se embarcó en esta odisea que le llevó a Rusia, pasando por Ceuta, Sevilla, Berlín y Polonia. Ya desde Polonia, atravesaron más de 1200 kilómetros “a pie” sorteando temperaturas extremas; la más baja “53 grados bajo cero”. Una experiencia, la del frío, que le hizo presenciar cómo "a algunos compañeros les tuvieron que amputar los 20 dedos, de mano y pies".

“Aún lo cuento hoy”, resopla mientras se recrea hablando de las “varias razas” que conoció en el frente ruso: alemanes, italianos, rumanos, pero “como el español nada”, comenta eufórico. La comida fue una de las razones que le llevaron a Rusia, o el hambre en su caso, dentro de ese contingente de unos 46.000 hombres de los que 4.954 murieron. Hubo también casi 9.000 heridos de los que 2.100 resultaron mutilados y casi 400 fueron hechos prisioneros.


Gerardo Dorado, uno de los últimos de la División Azul. P. S. MENDOZA

Mariano Tejero es hijo de un oficial lucense con el mismo nombre que también combatió contra la Unión Soviética. Era hijo de un teniente que el siete de julio de 1941 era movilizado. Con más suerte que Gerardo Dorado, por ser hijo de un mando, hizo el mismo itinerario de Sevilla, Francia y Berlín. El 26 de julio fue designado jefe superior al mando de la tercera columna de la División Española de Voluntarios, y su traslado al frente ruso se hizo en una brigada móvil alemana, de moto y sidecar.

“En uno de los combates sufrió congelamiento. Al cabo de un mes le dieron la baja por agotamiento físico”, narra el hijo. Dice que su padre “prácticamente no hablaba nada” de su experiencia. “Lo que decía era que pasó mucho frío”, evoca quien guarda su legado con numerosas fotografías de su padre con alemanes, o el sable que le regaló un oficial de la Wehrmacht y también condecoraciones.

Los españoles “trataban muy bien” a los prisioneros rusos en comparación con los alemanes

En el caso de Dorado, la escasez de comida era tal que rememora con sorprendente precisión cómo cuando estaba en África le dieron un plato “de caldo, solo con nabizas y 27 garbanzos”. “No les entendíamos nada... y a los alemanes tampoco”, rememora el anciano, que al igual que Tejero fue herido durante un ataque que sufrió su unidad a cargo de la aviación rusa. En otro momento de la conversación se muestra lleno de un orgullo que él califica de “patriótico” y dice que ellos también fueron capaces de abatir dos aviones. Apenas habían transcurrido cinco meses y fue hospitalizado. Después, trasladado a Madrid.

Los cinco meses transcurridos no estuvieron exentos de aventuras, como cuando recogieron y devolvieron a España a "12 niños de la Pasionaria que estaban abandonados". También en Alemania antes de partir al frente, cuenta cómo él y cinco compañeros más fueron ignorados en una “cantina” donde habían pedido unas cervezas. Un amigo cogió un banco y lo hizo golpear contra una mesa. Llegaron hasta allí policías militares nazis. Echaron a correr, y cuando llevaban 200 metros gritó uno de los militares españoles “cada uno por donde pueda”, se escabulleron y así esquivaron un casi seguro castigo.

Usaron los cadáveres de los soldados rusos a modo de escalones para bajar al río helado en busca de agua potable

La propaganda franquista del 41 al 43 a mancillar la imagen del dictador soviético al que se señalaba como el “georgiano sanguinario”. Un reclamo, el del anticomunismo, que no caló tanto entre la tropa. Gerardo asegura que los españoles “trataban muy bien” a los prisioneros rusos en comparación con los alemanes. Los españoles rebajaban la vigilancia mientras "jugaban a las siete y media", en tanto que los nazis "los ataban con alambres de espino", una crueldad que no dejaba indiferente al contingente español, que "ofrecía comida" a los rusos.

Este veterano divisionario combina serenamente esta “epopeya” con episodios de la Guerra Civil. El uno de agosto de 1937 fue incorporado a filas. Cuatro años después combatía contra los soviéticos. Sin perder cohesión en el relato justifica el porqué de esta guerra perdida: “Fue por pagar una deuda que tenía Franco con Alemania”. Muchos de los combatientes experimentaron la crueldad de la batalla en el cerco a Leningrado, de los más violentos asedios en la historia de la humanidad, con miles de muertos. Las autoridades soviéticas reconocieron en su momento que fueron 600.000, una cifra que según algunos historiadores se podría doblar. 900 días con sus 900 noches.

Gerardo revive con lucidez cómo en medio de la batalla él y sus compañeros se encontraban a un lado del puente. Frente a frente con el enemigo. Se abastecían de agua, burlando a los soviéticos, en un lago helado y tenían que descender a él sorteando un sinfín de obstáculos. Al joven soldado en aquel momento, con 23 años, originario del municipio lucense de Baleira, se le ordenó ir a la “cabeza del puente”. “Ten cuidado, me dijeron”, y en eso que vio aproximarse hasta la posición que defendían los españoles a “tres o cuatro rusos” con trajes blancos que se confundían con la nieve. “Así vestidos casi no se notaban. Avisé al cabo. Me dijo: déjales que se acerquen y haz fuego. Los dejé acercar y disparé con el fusil ametrallador hasta que cayeron todos”, cuenta entusiasmado y presumiendo de sus dotes bélicas.

No se quedó ahí la cosa. Al día siguiente de la escaramuza, a alguien se le ocurrió utilizar esos cadáveres a modo de escaleras para bajar al lago y hacerse con agua potable. “Pasábamos por encima de los cuerpos y así estuvimos un mes en que avanzamos adelante”, describe. “Aún lo cuento hoy”, sonríe delante de su hija y su yerno que lo saca a la calle y lo acompaña abriéndose a las vivencias del casi centenario. Gerardo se lanzó a la guerra por el hambre y así lo confiesa muchas veces durante la conversación.

lunes, 11 de septiembre de 2017

SGM: Cómo un batallón de paracaidistas canadienses impidió que Dinamarca fuese soviética

Cómo un pequeño grupo de paracaidistas canadienses salvó a Dinamarca de la ocupación soviética


Gabe Christy | War History Online



Izquierda: Soldados canadienses y rusos reunidos en Wismar, Derecha: Personal del 1r Batallón Canadiense de Paracaidistas, a punto de partir para el campo de tránsito del Día D, Inglaterra, mayo de 1944. 


En mayo de 1945 la guerra en Europa finalmente había empezado a disminuir. Sin embargo, para los hombres del 1 er batallón de paracaidistas canadiense, había una misión final que debía completar antes de ser relevados. Debido a las crecientes tensiones entre ellos y la URSS, los Aliados Occidentales reconocieron que tenían que tomar tanto territorio alemán como podían antes de que llegaran los soviéticos.


Personal del 1r batallón canadiense del paracaídas, a punto de partir para el campo del tránsito del día D, Inglaterra, mayo de 1944. 

Temían la expansión comunista. Debido a esto, un pequeño grupo de paracaidistas canadienses ligeramente armados fue encargado de tomar la ciudad de Wismar.

Estos canadienses, del 1r batallón canadiense del paracaídas, o 1CanPara, habían estado luchando casi sin parar desde el 6 de junio de 1944. Después de saltar en Normandía, los hombres lucharon con el resto de la campaña francesa. A continuación, se utilizaron como apoyo en la Batalla de las Ardenas. Y en abril de 1945, formaban parte del último cruce del Rin: la Operación Varsity.

Poco después Varsity que la unidad consiguió órdenes marchar al norte a Wismar. Wismar es una ciudad en la costa báltica de Alemania. Se encuentra en el extremo norte de un punto de choque entre el mar y el lago Schweringer y es un centro de transporte. Winston Churchill reconoció la importancia de la ciudad y sabía que si caía en manos rusas demasiado rápido, podría permitirles avanzar mucho más allá de las líneas convenidas establecidas en la conferencia de Yalta y tomar la mayor parte del norte de Alemania e incluso Dinamarca.


La Operación Varsity fue la mayor operación aerotransportada de la guerra. Alrededor de 40.000 paracaidistas fueron derribados por 1.500 aviones y planeadores de tropas que comenzaron el 24 de marzo de 1945

Churchill era firmemente anticomunista y sabía que los soviéticos nunca abandonarían voluntariamente el territorio que habían tomado. Necesitaba un grupo de hombres que pudieran avanzar y detener su avance lo antes posible. Debido a su excelente reputación, los hombres de 1CanPara fueron reconocidos como los mejores candidatos para el trabajo. Fueron unidos a la 6ta división aerotransportada británica y así comenzaron una marcha larga al norte.

Este avance fue rápido, y los hombres se sorprendieron de que ellos y sus transportes (a veces los tanques, a veces los camiones) se mueven pasado grandes grupos de soldados alemanes. El sargento Andy Anderson describió un acontecimiento de este tipo: "La extrañeza de la situación es que estamos pasando unidades completas del ejército de Alemania, acostado a la orilla del camino, algunos con vehículos, incluso artillería tirada por caballos, pero no se intercambian disparos, Fueron mostrados, y no podemos parar para desarmarlos. "

Los hombres estaban comprensiblemente desconcertados por esta experiencia, pero los pedidos eran órdenes, y seguían adelante.


1CanPara avanza hacia el norte hasta Wismar

Finalmente, el 9 de mayo de 1945, el batallón llegó a su destino. Los residentes de la ciudad estaban aliviados de haber sido liberados por los canadienses; Habían oído las historias de horror de la retribución rusa y sabían que estaban mucho mejor con 1CanPara.

El Batallón estaba contento de estar allí también; Podían relajarse un poco, y algunos de los hombres incluso fueron a nadar en el Mar Báltico.

Fue más tarde en el día 2 de mayo cuando el batallón primero entró en contacto con los rusos. El sargento Nelson N. Macdonald fue uno de los primeros hombres en hacer contacto cuando él y una sección de unos siete hombres fueron a patrullar. La sección encontró a un sargento ruso conduciendo una motocicleta con su comandante en el sidecar.

Los dos hombres se detuvieron, saludaron a los canadienses e intercambiaron bromas ásperas (no había intérprete presente). Poco después, el sargento ruso produjo una botella de vodka y vasos, y todos los hombres tostaron y bebieron. Es poco después de esta reunión cordial que la historia registrada se divide de lo que puede haber sucedido realmente.


Tropas canadienses posando con una bandera alemana capturada, el 10 de agosto de 1944; Nota Sten arma y rifle Lee-Enfield

De hablar con los veteranos de la unidad hemos aprendido que una nueva guerra casi estalló sobre Wismar. Nos han explicado que poco después del contacto inicial con los rusos, el Teniente Coronel Eadie, Comandante de 1CanPara, se reunió con su homólogo ruso.

Fue durante esta reunión que el comandante ruso, respaldado por tanques, exigió una retirada canadiense, explicando que su objetivo era Lubeck, cerca de Dinamarca. El teniente coronel Eadie, negándose a ceder, le dijo a Papa que se preparara para el combate. El comandante ruso se sorprendió; Él sabía que ningún grupo de paracaidistas tendría una oportunidad contra una unidad blindada.

Asumiendo erróneamente que los canadienses debían tener poder aéreo y armadura propios, retrocedió y las discusiones se desarrollaron de manera más diplomática. La verdad era que aparte del destacamento de artillería de la 6ta división aerotransportada los hombres en Wismar eran casi totalmente no apoyados por el resto de la fuerza aliada.


Reunión de soldados canadienses y rusos en Wismar (Archivos Nacionales de Canadá, PA150930)

Si bien este pequeño trozo de historia nunca fue oficialmente registrado, ha sido confirmado por los veteranos de 1CanPara y las tensiones causadas por este breve encuentro se hizo eco en el resto de las discusiones. El comandante Richard Hilborn, Comandante de la Compañía de la Sede, incluso señaló que mientras la artillería de la Sexta División Aerotransportada estaba siendo preparada para el transporte de vuelta a casa, los rusos habían comenzado a excavar y apuntar sus armas hacia Wismar.

Las tensiones aumentaron a medida que los dos ejércitos se instalaron, y los canadienses pronto se dieron cuenta de por qué los alemanes estaban tan contentos de haber sido liberados por ellos. Hubo numerosos informes de tropas rusas que pasaban por las filas de noche y violaban o mataban a civiles en la ciudad. Este era un problema persistente, y no parecía haber ninguna solución efectiva para ello.

Aunque no está confirmado por otras fuentes, el Sargento de Lance Feduck de 1CanPara afirmó que los incidentes se detuvieron después de que unos pocos rusos fueron baleados y asesinados. Sin embargo, no especifica quién los mató, y es poco probable que fuera un canadiense, ya que probablemente habría sido la última gota que desató el ejército soviético en Wismar.

Mientras 1CanPara trataba de proteger a los ciudadanos de Wismar; Las conversaciones continuaron entre Oriente y Occidente. Después de romperse entre el teniente coronel Eadie y su contraparte rusa, subieron la cadena de mando. El general ruso se comunicaba con el mayor general Bols, de la 6a División Aerotransportada Británica y exigía, una vez más, que los canadienses abandonaran la ciudad.

Bols, como Eadie, se enfrentó a un contingente masivo de armadura rusa, pero no retrocedió. Explicó que sus hombres ya estaban en posesión de la ciudad, y estaban decididos a quedarse allí. La negativa de Bols a moverse forzó a las negociaciones a arrastrar de nuevo y con el tiempo subieron la cadena al mariscal de campo Bernard Montgomery y al mariscal soviético Rokossovsky.



Zonas de ocupación acordadas en la conferencia de Yalta

Desafortunadamente para la gente de Wismar, Montgomery era menos confrontacional que Bols o Eadie eran y tomó un acercamiento más político. Dejó de lado las líneas redactadas en la conferencia de Yalta de 1944. Este acuerdo puso a Wismar en manos de los rusos y, en julio de 1945, las fuerzas aliadas se retiraron hacia el oeste y los rusos se trasladaron.

Aunque las negociaciones acabaron con los rusos que sostuvieron la ciudad, debe entenderse que los canadienses, al tomarla temprano, y mantenerla durante tanto tiempo como ellos, todavía cumplían un propósito muy importante. Tomando la ciudad antes de que los rusos les impidieran pasar. Si se les hubiese permitido avanzar libremente hacia Lubeck, podrían haber ido muy fácilmente al norte de Dinamarca.

También permitió que muchos ex soldados y civiles alemanes huyeran de las represalias rusas y del terror. La renuncia del teniente coronel Eadie y del general Bols a retirarse obligó a las negociaciones a durar más tiempo y compró tiempo para que muchos de los inocentes de la zona huyeran hacia el oeste.

La toma de Wismar es un espectáculo poco conocido desde el final de la Segunda Guerra Mundial, pero sus consecuencias probablemente salvaron un número incalculable de vidas. Estos pequeños eventos e historias individuales son lo que la historia de maquillaje, incluso si no se registran oficialmente, y mirando en ellos; Podemos obtener una comprensión mucho más profunda de la misma.

Si bien puede no haber sido terriblemente glamoroso o bien reconocido, los hombres del 1er Batallón de Paracaidistas de Canadá estaban orgullosos de haber sido parte de esta misión, y es probable que muchas personas vivan hoy debido a su disposición y capacidad para hacer lo que tenía que ser hecho.

viernes, 28 de julio de 2017

SGM: El frente oriental y la Operación Barbarossa

LA INVASIÓN DE RUSIA 

por el General Heinz Guderian 

 

Autor del libro Achtung, Panzer! donde deja establecidos los principios de lo que fue la «blitzkrieg» (guerra relámpago), el General Heinz Guderian, a la cabeza de sus panzers, había sido el principal artífice de las victorias alemanas en Polonia y en Francia. Estas páginas fueron traducidas y extraídas de su libro de memorias, Erinnerungen Eines Soldaten, publicado en 1954, en donde evoca la fulgurante ofensiva de sus tanques al comienzo de la Operación Barbarroja. Pero demuestra también cuál fue su drama de conciencia cuando estimó que su deber era oponerse a las órdenes de Hitler y de los jefes nazis. 

El 14 de Junio, Hitler reunió a sus generales en Berlín a fin de exponerles sus motivos para atacar a Rusia. Dada la imposibilidad de derrotar a Inglaterra, dijo en sustancia, tenía que triunfar en el continente; ahora bien, las posiciones alemanas en Europa no serían inexpugnables hasta que Rusia fuese aplastada…Estas justificaciones de la guerra preventiva contra Rusia no eran convincentes. Mientras la lucha prosiguiese en el oeste, toda nueva empresa militar equivaldría a abrir la guerra en dos frentes. En 1914, esta misma situación había conducido a la derrota, y la Alemania de Adolf Hitler no parecía mejor armada que la del Kaiser. De ahí que la asamblea acogiese sin comentarios el discurso de Hitler, en medio de una atmósfera muy tensa. Ningún intercambio de opiniones se produjo y nos separamos en silencio. 


  


Antes de describir los acontecimientos, lancemos una breve ojeada sobre la situación de conjunto del ejército alemán al comienzo de esta decisiva campaña a Rusia. Según los informes de que disponía, las 205 divisiones alemanas se distribuían, el 22 de Junio de 1941, de la manera siguiente: en el oeste habían quedado 38 divisiones, 12 se hallaban en Noruega, una en Dinamarca, 7 en los Balcanes, 2 en Libia; así, pues, 145 divisiones se encontraban disponibles para la campaña del Este. Esta división de las fuerzas demostraba un lamentable desmenuzamiento de su poder. La cifra de 38 divisiones para el oeste, más 12 para Noruega, parecía exagerada. Además, la campaña de los Balcanes tuvo como consecuencia demorar el ataque a Rusia. 
Pero la subestimación del adversario ruso tuvo un efecto aún más grave. Los informes del ejército, sobre todo los del general Koestring, nuestro excelente agregado militar en Moscú, sobre la potencia militar del gigantesco imperio soviético, encontraron tan poco eco en Hitler, como los informes sobre la capacidad de producción industrial o la solidez de la cohesión interna del régimen. En cambio, Hitler había logrado transmitir su optimismo irracional a su camarilla militar, y el O.K.W. (Oberkommando der Wehrmacht) y el O.K.H (Oberkommando der Heeres), convencidos de que la campaña habría terminado antes del comienzo del invierno, no habían previsto el equipo apropiado, en el ejército de tierra, más que para un hombre de cada cinco. Hasta el 30 de Agosto de 1941, el O.K.H. no se ocupó seriamente de dotar con este equipo a las unidades más importantes. No puedo en modo alguno admitir una afirmación que se oye ahora de vez en cuando: «Hitler fue el único culpable de que faltase ropa de invierno a las fuerzas terrestres en 1941». La Luftwaffe y las Waffen S.S. se hallaban, en efecto, ampliamente provistas y habían recibido estos equipos a su debido tiempo. Pero el mando supremo soñaba con vencer militarmente a Rusia en una ocho o diez semanas y provocar después el derrumbamiento político. Tan firmemente confiaba en este proyecto quimérico que, ya en 1941, se operó la reconversión de la industria que trabajaba para el ejército de tierra hacia otros sectores de la economía. Inclusive se pensó en volver a traer a Alemania, al comienzo del invierno, de 60 a 80 divisiones del este, con el convencimiento de que el resto de las fuerzas bastaría para contener a Rusia durante la estación invernal; en cuanto a las tropas que quedasen en Rusia, al terminar las operaciones de otoño, se pretendía que invernasen en buenos acantonamientos, en una línea de apoyo. Todo parecía muy sencillo y regulado a las mil maravillas. Se rechazaron las objeciones con optimismo. La narración de los acontecimientos demuestra cuán alejados de la dura realidad estaban estos proyectos. 
Mencionaremos aún otro asunto que, más adelante, fue muy perjudicial para el prestigio alemán. Poco antes del comienzo de las hostilidades, una orden del O.K.W. sobre el trato que debía darse a las poblaciones civiles y a los prisioneros de guerra en Rusia, fue transmitida directamente a los cuerpos de ejército. Con arreglo a estas disposiciones, ya no era obligatorio aplicar el código de justicia militar para sancionar las crueldades cometidas contra la población civil y los prisioneros de guerra, sino que cada caso debería someterse a la apreciación de los superiores. Esta orden podía perjudicar gravemente la disciplina. Prohibí divulgarla entre mis divisiones y ordené su devolución a Berlín. Otra orden, igualmente injusta, disponía la ejecución inmediata de los comisarios políticos, es decir, de los miembros del partido comunista destacados cerca de los jefes militares capturados. Si bien, al parecer, fue recibida en el grupo de ejércitos del centro, jamás llegó a conocimiento de mis unidades. Retrospectivamente, no puede menos que lamentarse que estas órdenes no hubiesen sido anuladas por el O.K.W. o el O.K.H., evitando el desprestigio del buen nombre alemán y los amargos sufrimientos de soldados irreprochables. Poco importaba que los rusos se hubiesen o no adherido a los convenios de La Haya o que hubiesen reconocido o no la Convención de Ginebra; los soldados alemanes debían ajustar su actitud a estas prescripciones internacionales y a los imperativos de su fe cristiana. Aún sin estas órdenes excesivas, ya la guerra pesaba abrumadoramente sobre la población civil rusa, la cual tenía tan poca responsabilidad como la nuestra en el desencadenamiento de las hostilidades. 

  


Así pues, el 22 de Junio, las tropas alemanas cruzaron la frontera. En unas cuantas semanas realizaron un enorme avance. En el centro, Smolensk fue tomada en el transcurso del mes de Julio. Moscú sólo se encontraba a 300 kilómetros. Al norte, los ejércitos marchaban a buen paso hacia Leningrado, mientras que al sur amenazaban a Kiev. El 23 de Agosto fui citado a una conferencia en el grupo de ejércitos. El jefe del Alto Estado Mayor del Ejército, general Halder, asistió a ella. Me comunicó que, de ahora en adelante, Hitler estaba decidido a renunciar a las operaciones previstas tanto hacia Leningrado como en dirección a Moscú; quería apoderarse en primer término de Ucrania y de Crimea. Se discutió largamente sobre la manera de modificar «la inquebrantable decisión» de Hitler. Considerábamos unánimemente que la solución, adoptada ya irrevocablemente, de dirigir nuestro esfuerzo en dirección a Kiev, nos llevaría inevitablemente a una campaña de invierno y provocaría las complicaciones que el O.K.H. tenía poderosas razones para evitar. 
Después de largas y estériles discusiones, el mariscal von Bock propuso que yo acompañase al general Halder al cuartel general del Führer, para exponerle nuestra posición. Como yo venía directamente del frente, creí que mis argumentos tendrían más peso y podría lograr que se nos permitiese hacer un último ataque contra Moscú. Se aceptó el proyecto, partimos a media tarde y, a la hora del crepúsculo, aterrizamos en el aeródromo de Loetzen, en Prusia Oriental. Fui a ver a Hitler. Ante un vasto auditorio del que formaban parte Keitel, Jodl, Schmundt y otros generales del O.K.W., pero, desgraciadamente, ningún representante de las fuerzas terrestres. Hice una exposición de la situación de mi panzergruppe, de su estado y de la configuración del terreno. Cuando terminé, Hitler me preguntó: 
-¿Después de lo que acaban de hacer, considera usted aún capaces a sus unidades de realizar un gran esfuerzo?- 
-Sí, siempre que se fije a las tropas un objetivo cuya importancia pueda ser comprendida por cualquier soldado- respondí. 
-Evidentemente, piensa usted en Moscú- replicó Hitler. 
-Sí- dije. –Puesto que ha abordado el tema, permítame que le explique mis razones- 
Hitler consintió en ello. Le expuse detalladamente los motivos a favor de la prosecución de las operaciones hacia Moscú y en contra de la marcha sobre Kiev. Expliqué que, desde el punto de vista militar, lo más importante era destruir las fuerzas combatientes del enemigo, ya muy debilitadas en los últimos encuentros. Describí la importancia geográfica de la capital de Rusia. A diferencia de París para Francia, Moscú no era solamente el centro de la red de transportes, de transmisiones y el corazón político del país, sino también una importante zona industrial; su caída causaría una inmensa impresión tanto en el pueblo ruso como en el mundo. Hablé de la moral de la tropa que sólo esperaba la orden de marchar sobre Moscú y se había preparado con entusiasmo para ello. Traté de demostrar que, una vez iniciado el ataque en la dirección decisiva, los territorios de Ucrania, tan importantes desde el punto de vista económico, caerían como fruta madura en nuestro poder, pues los desplazamientos de norte a sur de los rusos se complicarían notablemente a causa de la desorganización que la toma de Moscú causaría en sus comunicaciones. Describí el estado de las carreteras en el sector de ofensiva que me había sido asignado y las dificultades de abastecimiento, que aumentarían de día en día en el caso de avanzar hacia Ucrania. Mencioné, en fin, los graves problemas que suscitaría una demora de las operaciones. Si estas tenían que proseguir durante el período de mal tiempo, sería entonces demasiado tarde para llevar a cabo los proyectos del Estado Mayor y asestar el golpe definitivo sobre Moscú antes de terminar el año 1941. 
Hitler me dejó hablar sin interrumpirme ni una sola vez. Después tomó la palabra y explicó con todo detalle por qué había preferido adoptar otra decisión. Las materias primas y la base de abastecimiento de Ucrania, explicó en particular, eran de vital necesidad para proseguir la guerra. A partir de ahí, continuó subrayando la importancia de Crimea, «portaaviones natural que podía servir a la Unión Soviética para lanzarse sobre el petróleo rumano». Había que eliminarla de la partida. Por primera vez oí la frase: «Mis generales no entienden nada de la economía de guerra». También por primera vez fui testigo de una escena que iba a repetirse muy a menudo: todos los presentes aprobaban cada frase de Hitler, y yo me encontré solo frente a él. Ante el bloque compacto de la O.K.W., contradiciéndome, renuncié a luchar aquel día, pues en esa época todavía creía que nadie podía permitirse hacer una escena violenta al jefe supremo de Reich en presencia de su camarilla. Era más de medianoche cuando regresé a mi alojamiento. El 24 por la mañana fui a ver al general Halder y le informé del fracaso de la última tentativa por hacer cambiar de opinión a Hitler. 
Con arreglo a las órdenes del Führer, la batalla de Kiev se entabló el 25 de Agosto. Los combates terminaron victoriosamente el 26 de Septiembre. Los rusos capitularon. La cifra de prisioneros se elevó a 665.000 hombres. El general en jefe del frente sudoeste y su jefe de estado mayor perecieron en los últimos encuentros intentando perforar nuestro frente. El general que mandaba el Vº ejército fue hecho prisionero. Tuve con él una conversación interesante: 
-¿Cuándo se enteró usted de que mis tanques se desplegaban a su espalda?- pregunté. 
-Hacia el 8 de Septiembre- respondió. 
-¿Por qué no evacuó Kiev en aquel momento?- insistí. 
-Habíamos recibido la orden de evacuar y retirarnos hacia el este, y ya nos disponíamos a cumplirla, cuando una contraorden nos obligó a defender Kiev a toda costa- 
La ejecución de la contraorden tuvo como consecuencia el aniquilamiento de aquel grupo de ejércitos. Nos asombramos de semejante intervención. El enemigo no volvió a repetirla. Pero nosotros padecimos, desgraciadamente, las peores intromisiones del mismo orden. Sin duda esta victoria representaba un gran éxito táctico, pero era dudoso que produjese consecuencias estratégicas de importancia. Eso dependía de una cosa: ¿lograrían los alemanes obtener resultados decisivos antes del invierno, e inclusive antes de que, ya entrado el otoño, la tierra se convirtiera en un barrizal? Desde luego, ya había sido preciso renunciar al ataque proyectado para estrechar el cerco de Leningrado. Sin embargo, el O.K.H. creía que el adversario no estaba ya en condiciones de oponer al grupo de ejércitos del sur un frente de defensa coherente y capaz de ofrecer una seria resistencia. Con aquel grupo de ejércitos podría, pues, conquistar la cuenca del Donetz y llegar al Don antes del invierno. Pero Moscú era el punto donde había que asestar el golpe principal con el grupo de ejércitos del centro reforzado. ¿Tendríamos tiempo para ello? 
La ofensiva sobre Orel-Briansk constituía una fase preliminar del ataque a Moscú. Una vez más concluyó victoriosamente la batalla, pero ¿tendríamos fuerza para proseguir el ataque y explotar la victoria? Esta era la interrogación más grave que la guerra había planteado hasta entonces al mando supremo. Mientras las operaciones de invierno proseguían de este modo, nos preocupábamos de alimentar a Alemania, a nuestros ejércitos y a la población civil rusa. Después de las abundantes cosechas del otoño de 1941, se encontraba en todo el país gran cantidad de cereales panificables. Tampoco había escasez de ganado para el matadero. Las necesidades de las tropas fueron cubiertas y como el lamentable estado de las vías férreas, hasta la primavera de 1942, impedía al IIº ejército blindado enviar estos productos a Alemania, se entregaron a la población, especialmente a la de Orel. Algunas fábricas de esta ciudad, cuya maquinaria no pudo ser evacuada por los rusos, se pusieron de nuevo en servicio para cubrir las necesidades del ejército y dar trabajo y pan a la población civil. Esto sucedió con una fábrica de hojalata y con talleres que trabajaban el cuero y el fieltro para la fabricación de calzado. En cuanto al estado de ánimo de la población rusa, se refleja en una conversación que sostuve en Orel, durante ese período, con un viejo general zarista. «Si ustedes hubieran venido hace veinte años» me dijo «les habríamos acogido con entusiasmo. Pero ahora es demasiado tarde. Llegan ustedes cuando empezábamos a revivir y nos hacen retroceder veinte años atrás; tenemos que rehacerlo todo desde el principio. Ahora combatimos por Rusia y estamos todos unidos en la lucha». Además, cuando los comisarios del Reich, todos ellos funcionarios nazis, reemplazaron a la administración militar, se las arreglaron para matar en poco tiempo toda posible simpatía por los alemanes y preparar así la plaga de los guerrilleros. 
Habíamos instalado nuestro puesto de mando avanzado en Yasnaia Poliana, la célebre finca de Tolstoi, y allí me trasladé el 2 de Diciembre. Se encuentra a siete kilómetros al sur de Tula. La propiedad constaba de dos edificios: el «castillo», que fue dejado para uso exclusivo de la familia Tolstoi, y el museo, donde nosotros nos instalamos. Todos los muebles y los libros, que habían pertenecido al gran escritor, se guardaron en dos habitaciones, cuyas puertas se sellaron. Amueblamos nuestras habitaciones con muebles sencillos, construidos por nuestros hombres con toscas tablas. La leña del bosque vecino suministraba la calefacción. No se quemó ningún mueble, y ningún libro ni manuscrito fue dañado. Todo cuanto han dicho los rusos a este respecto después de la guerra es falso. Fui a ver la tumba de Tolstoi. Se hallaba en buen estado. Ningún soldado alemán la tocó. Y así estuvo hasta el momento en que abandonamos la propiedad. Desgraciadamente, la propaganda rusa de una posguerra rencorosa no ha vacilado en tergiversar tendenciosamente la verdad para probar nuestra pretendida barbarie. Todavía viven muchos testigos que pueden confirmar mi descripción. ¡En cambio los rusos habían minado concienzudamente los alrededores de la tumba de su gran escritor! 
El 2 de Diciembre, las divisiones panzer 3ª y 4ª abrieron una brecha en las posiciones avanzadas del enemigo. El ataque los sorprendió. Prosiguió, el 3 de Diciembre, con violenta nevada y fuerte viento. El hielo en los caminos dificultaba los movimientos. La 4ª división panzer voló la vía férrea Tula-Moscú y se apoderó de seis cañones; llego por fin a la carretera Tula-Serpukhov pero la falta de carburante y el agotamiento de los hombres la obligaron a detenerse. El enemigo pudo zafarse hacia el norte. La situación seguía siendo tensa. Se desarrollaron combates encarnizados en la zona de los bosques, al este de Tula, el 4 de Diciembre. Se progresó muy poco en la jornada. El termómetro descendió hasta -35º y el reconocimiento aéreo descubrió un poderoso grupo enemigo que se encaminaba hacia el sur de Kachira. Una fuerte protección de cazas rusos nos impidió observarla desde más cerca. Como esta presencia amenazaba mis flancos y mi retaguardia, y como mis fuerzas no podían maniobrar con una temperatura anormalmente baja de -50º, en la noche del 5 al 6 de Diciembre decidí, por primera vez desde el comienzo de esta guerra, detener el ataque –un ataque llevado aisladamente- e hice retroceder a mi vanguardia para ponerla a la defensiva en la línea general Alto Don-Chatt-Upa. Aquella misma noche informé telefónicamente a mi superior, el mariscal von Bock. Me preguntó: «¿Dónde se encuentra su puesto de mando?». Me creía en Orel, alejado de las operaciones. Los generales de panzers no deben alejarse del campo de batalla, y yo me encontraba lo bastante cerca, tanto del frente como de mis soldados, de modo de tener una opinión sólidamente fundada. Nuestra ofensiva contra Moscú había fracasado. Los esfuerzos y los sacrificios de la tropa habían sido vanos. Acabábamos de sufrir una grave derrota que, por la obstinación del alto mando, iba a ser fatal en las semanas próximas. En la lejana Prusia Oriental, los jefes del O.K.H. y del O.K.W. no podían hacerse la menor idea, pese a los informes, de la verdadera situación de sus tropas en esta guerra invernal. Tal desconocimiento los condujo a exigir sin cesar desmesurados esfuerzos imposibles de llevar a cabo. Para restablecer la situación en pocos meses, lo mejor habría sido replegarnos, a su debido tiempo y con amplitud suficiente, a posiciones fortificadas, en un lugar donde la configuración del terreno nos favoreciese. En el sector del IIº ejército blindado, la posición de Zucha-Oka, fortificada en Octubre, parecía la más indicada. Pero Hitler no se decidía a aceptar esta solución. Además de su habitual testarudez, ¿representó la política exterior un papel importante en las decisiones que se tomaron por aquellos días? Nunca lo supe. Pero me inclino a creerlo, pues el 7 de Diciembre se produjo la entrada de Japón en la guerra, seguida el 11 de Diciembre por la declaración de guerra de Alemania a Estados Unidos. Nuestros soldados se asombraron al ver que Hitler declaraba la guerra a los Estados Unidos sin que Japón la declarase a su vez a la Unión Soviética, lo cual permitió que las fuerzas rusas del Extremo Oriente fueran utilizadas contra los alemanes, trayéndolas a nuestros frentes en trenes que se sucedían sin descanso. La consecuencia de esta extraña política no fue un alivio, sino un agravamiento de nuestra situación, cuyo alcance era difícil de calcular. La guerra, cada vez, iba haciéndose más «total». El potencial económico y militar de la mayor parte del globo se coaligaba contra Alemania y sus débiles aliados. 
Pero volvamos a Tula. Durante los días siguientes, el 24º cuerpo blindado consiguió efectuar un ordenado repliegue ante el enemigo; mientras que, desde Kachira, se ejercía una fuerte presión sobre las tropas alemanas. Al mismo tiempo, un ataque inesperado de los rusos la noche del 7 al 8 de Diciembre arrebataba Mikhailov al 47º cuerpo blindado, infligiéndole elevadas pérdidas. A nuestra derecha, el adversario avanzó hacia Livny y se fortificó ante Yefremov. Una carta del 8 de Diciembre refleja lo que yo pensaba entonces: «Nos encontramos ante una triste situación: el mando supremo ha tirado demasiado de la cuerda porque no quiso creer en el descenso del poder combativo de la tropa; ha formulado sin cesar nuevas exigencias sin tomar medidas contra los rigores del invierno, y ahora se encuentra sorprendido por el frío ruso, que llega a 35º bajo cero. Nuestras fuerzas no han sido capaces de rematar con una victoria la ofensiva contra Moscú, y así fue como el 5 de Diciembre, con el ánimo afligido, tomé la decisión de interrumpir un combate que a nada conducía, retirándome a una línea bastante corta, previamente elegida; con las fuerzas que tengo no aspiro a más que a mantenerla. Los rusos nos acosan de manera incesante y tenemos que prever toda clase de penosos incidentes. Las pérdidas, sobre todo por enfermedad y congelación, fueron considerables, aunque haya esperanzas de alguna recuperación cuando las unidades puedan tomarse algún descanso. Los daños causados por el frío en los vehículos y en los cañones sobrepasan todo lo previsto. Utilizamos trineos como recurso provisional, pero los servicios que prestan son pequeños. Hemos logrado conservar nuestros tanques. Pero, ¿cuánto tiempo seguirán funcionando con este frío? Jamás hubiera creído que en dos meses cambiase hasta este punto una situación tan brillante. Si se hubiese tomado a tiempo la decisión de interrumpir la ofensiva y de instalarse cómodamente durante el invierno en una línea adecuada para la defensa, nada peligroso podía acontecer. Por espacio de meses, todo será ahora un interrogante. No me inquieta mi propia suerte, me inquieta mucho la de nuestra Alemania; temo por ella». 
El 13 de Diciembre, el IIº ejército prosiguió su repliegue. Pero en estas condiciones no podía realizar su intención de mantenerse en la línea Stalinogorsk-Chatt-Upa, tanto más cuanto la XIª división no tenía ya la capacidad de resistencia indispensable para frenar a las fuerzas rusas de refresco. Hubo que continuar el movimiento de repliegue detrás de Plava. El IVº ejército que estaba a nuestra izquierda, y los grupos de tanques 3º y 4º, no pudieron tampoco seguir manteniendo sus posiciones. El 14 de Diciembre hice llegar al Führer una descripción pesimista de la situación. Esperaba, al terminar el día, una llamada telefónica que me trajese su respuesta. Aquella tarde escribí: «A menudo paso la noche acostado, sin dormir, torturándome y preguntándome: ¿Qué más puedo hacer para aliviar a mis pobres soldados, obligados a permanecer a la intemperie sin protección contra este terrible frío? Es espantoso, inimaginable. Los miembros del O.K.H. y del O.K.W., que jamás han visto el frente, no pueden hacerse idea de estas condiciones de vida. No hacen más que cablegrafiar órdenes que no se pueden cumplir y denegar todas las peticiones que se les hacen». La respuesta telefónica que yo esperaba de Hitler llegó por la noche. Exhortaba a mantenerse firme, prohibía los movimientos de repliegue, prometía la llegada de un refuerzo -500 hombres si no me equivoco- por vía aérea. Tuvo que repetirme sus palabras porque se le oía muy mal. En vista de ello decidí, con autorización superior, trasladarme en avión al cuartel general del Führer y explicarle personalmente la situación de mi ejército., puesto que todos los informes telefónicos y escritos no habían surtido efecto. La entrevista fue fijada para el 20 de Diciembre. «Fraile, frailecito, emprendes un arduo camino». Mis camaradas me recordaron este estribillo de mi tierra cuando les comuniqué mi decisión de tomar el avión para ir a ver a Hitler. Sabía muy bien que no sería fácil convencer al Führer. Pero en aquella época todavía tenía confianza en nuestro jefe supremo; creía que haría caso de razonamientos sensatos si un general con experiencia del frente se los exponía. 
El 20 de Diciembre, a eso de las 15,30 hs., aterricé en el aeródromo de Rastenburg. Mi conversación con Hitler duró cinco horas, con dos cortas interrupciones de una media hora para cenar y para la exhibición del noticiario cinematográfico que el Führer no dejaba de ver nunca. A las 18,00 hs. fui recibido por Hitler en presencia de Keitel, Schmundt y otros altos jefes. Ni el jefe del Alto Estado Mayor ni ningún representante del O.K.H. tomaron parte en esta conferencia con el nuevo comandante en jefe de las fuerzas terrestres (Hitler había asumido el puesto al despedir al mariscal von Brauchitsch). Igual que el 23 de Agosto de 1941, volví a encontrarme solo frente a la camarilla del O.K.W. Mientras Hitler se adelantaba para saludarme, observé por vez primera que clavaba en mí una mirada hostil. Esto me despertó el convencimiento de que lo habían predispuesto en mi contra. La oscuridad del pequeño aposento aumentó mi desazón. La conferencia empezó exponiéndoles la situación. Después hablé de mi intención de replegar por etapas los dos ejércitos hacia la posición Zucha-Oka, ya que no quedaba otra alternativa si se quería conservar las tropas y mantenerse durante el invierno en posiciones estables. Mi sorpresa fue grande al oír a Hitler exclamar con violencia: «¡No; lo prohíbo terminantemente!». 
-Es preciso incrustarse en el suelo y defender cada metro de terreno- dijo Hitler. 
-No es posible incrustarse en todas partes en el suelo –respondí-; está helado hasta un metro o metro y medio de profundidad, y nuestras deficientes herramientas de campaña no nos permiten ya excavar trincheras- 
-Abran hoyos en el suelo con la artillería pesada. Es lo que hacíamos en Flandes durante la primera guerra- replicó el Führer. 
-En la primera guerra –rebatí- nuestras divisiones ocupaban en Flandes sectores de cuatro a seis kilómetros de ancho, y los defendían con dos o tres grupos de cañones pesados y abundancia de municiones. Mis divisiones tienen que defender frentes de 20 a 40 kilómetros y yo tengo cuatro cañones pesados por división, dotados de 50 disparos por cañón. Jamás hubo en Flandes temperaturas tan bajas como las que soportamos. Además, necesito municiones para rechazar a los rusos. Ni siquiera podemos ya clavar postes en el suelo para instalar nuestras líneas telefónicas; tenemos que abrir los hoyos a fuerza de explosivos. ¿De dónde sacaríamos explosivos suficientes para construir una posición de semejante extensión?- 
Pero Hitler reiteró su orden: resistir donde nos encontrábamos. 
-Eso significa pasar a la guerra de posiciones en un terreno inadecuado, como en el frente occidental durante la primera guerra –le advertí-. En ese caso sufriremos las mismas batallas de desgaste y las mismas pérdidas enormes que en aquella época, sin obtener un resultado decisivo. Siguiendo esa táctica este invierno, sacrificaremos a la flor y nata de nuestros oficiales y suboficiales, con sus reservas; este sacrificio será estéril y, por lo demás, no podremos compensarlo- 
-¿Cree usted que los granaderos de Federico el Grande morían por capricho? –preguntó Hitler-. También ellos querían vivir y, sin embargo, el rey podía pedirles el sacrificio de sus vidas. Considero que yo también tengo derecho a exigir el mismo sacrificio a todos los soldados alemanes- 
-El soldado alemán –respondí- sabe que, en tiempo de guerra, debe poner su vida a disposición de su patria y, verdaderamente, lo ha demostrado hasta ahora. Pero no debe exigírsele este sacrificio sino en caso de absoluta necesidad. Le ruego que piense que la intensidad del frío nos ha costado doble número de bajas que el fuego enemigo. Quien ha visto los hospitales llenos de hombres congelados sabe lo que eso significa- 
-Me consta –dijo Hitler- que ha trabajado usted mucho y ha convivido con la tropa. Lo reconozco. Pero ve las cosas demasiado cerca. Le impresionan demasiado los sufrimientos del soldado y siente demasiada compasión por él. Necesitaría alejarse un poco para ver la perspectiva. Créame: de lejos se ven las cosas con mayor precisión- 
-Mi deber –señalé- es aminorar cuanto pueda los sufrimientos de mis soldados. Pero esto es muy difícil cuando los hombres no tienen ropa de invierno, y casi toda la infantería lleva aún pantalones de verano- 
-No es cierto –gritó Hitler encolerizándose-. El jefe de la intendencia me ha dicho que el equipo de invierno ha sido enviado- 
-Enviado, sí -respondí-; pero no ha llegado todavía. Sigo con precisión su ruta. Desde hace varias semanas se encuentra en la estación de Varsovia; está allí parado porque faltan locomotoras y las vías férreas se hallan embotelladas- 
Se llamó al jefe de la intendencia, quien se vio obligado a confirmar mi relato. La campaña para el aprovisionamiento de ropas que hizo Goebbels en la Navidad de 1941 fue consecuencia de esta conversación. Pero el producto de esta colecta no llegó a manos de los soldados alemanes durante el invierno 1941-1942. Luego tocamos la cuestión de los efectivos de las unidades de combate y de los servicios. A causa de los numerosos vehículos inutilizados por los barrizales de otoño, y después por los grandes fríos, el parque de transporte para el abastecimiento era insuficiente tanto en las unidades como en los servicios de retaguardia. Como los vehículos perdidos no eran reemplazados, la tropa tenía que arreglárselas con los medios del país. Estos consistían en carros de campesinos y en trineos de capacidad muy reducida; para reemplazar a los camiones que faltaban había que utilizar un elevado número de estos vehículos que, además, requerían demasiados hombres. Hitler exigió entonces la reducción implacable de los efectivos, muy numerosos a su parecer, de las unidades de abastecimiento y del parque móvil, a fin de recuperar fusiles para el frente. Ni que decir tiene que ya se había procedido a ello, hasta donde era posible, sin poner en peligro el abastecimiento. Para reducirlos aún más sería preciso mejorar todos los medios de abastecimiento en general y las comunicaciones ferroviarias en particular. Resultó penoso hacerle comprender a Hitler esta perogrullada. Durante la cena, sentado junto al Führer, aproveché la ocasión para darle detalles de la vida en el frente. Pero estos relatos no surtieron el efecto que yo esperaba. A Hitler, lo mismo que a su camarilla, le parecían exagerados. Por esta razón propuse, cuando se reanudó la conferencia después de cenar, transferir al O.K.W. y al O.K.H. a oficiales de estado mayor que hubiesen experimentado la guerra en el propio frente. –La reacción de los miembros del O.K.W. –dije- me ha dado la impresión de que nuestras comunicaciones y nuestros informes no son bien comprendidos y que, por consiguiente, no le son correctamente presentados. Me parece, pues, necesario trasladar a los puestos de estado mayor del O.K.H. y del O.K.W. a oficiales que tengan experiencia en el frente. Decídase a proceder a un relevo de la guardia. Aquí, en la cumbre, hay oficiales que forman parte de uno de los dos estados mayores desde el principio de la guerra, hace ya dos años por consiguiente, y que nunca han visto el frente. Esta guerra es tan diferente de la anterior que no vale de nada haber servido en la de 1914- 
Me había metido en un avispero. 
-¡No es ahora el momento oportuno para separarme de mis consejeros!- replicó Hitler con indignación. 
-No tiene necesidad de separarse de sus ayudantes personales; no se trata de eso –aclaré-. Lo que importa, en cambio, es destinar a los puestos clave de los estados mayores a oficiales que tengan una experiencia reciente del frente y, sobre todo, de las campañas de invierno- 
Esta petición fue también rechazada secamente. Todas mis proposiciones acababan en un total fracaso. Cuando abandonaba la sala de conferencia, Hitler dijo a Keitel: «No he convencido a ese hombre». Así se consumó entre nosotros una ruptura que ya no fue posible reparar. 
El 21 de Diciembre regresé a Orel para redactar y difundir las órdenes que debían ajustarse a las intenciones de Hitler. El 24 de Diciembre, el IIº ejército perdió Livny. La noche del 24 al 25 de Diciembre perdimos Chern a consecuencia de un ataque envolvente del enemigo. El éxito de los rusos nos sorprendió por su amplitud. Di inmediatamente cuenta de este desgraciado incidente al grupo de ejércitos. El mariscal von Kluge me hizo los más vivos reproches y aquella misma noche tuvimos una violenta discusión; me acusó de haberle transmitido un informe falso y colgó el teléfono diciendo: «Daré un informe al Führer sobre usted». Esta vez se había colmado la medida. Dije al jefe de Estado Mayor del grupo de ejércitos que pedía ser relevado de mi mando y transmití inmediatamente por telégrafo esta decisión. El mariscal von Kluge se me había adelantado en el O.K.H. pidiendo mi relevo, que fue, en efecto, dispuesto por Hitler; la orden me llegó el 26 de Diciembre, por la mañana, juntamente con mi traslado a la reserva de mando del O.K.H. Mi sucesor era el general Rudolf Schmidt, que mandaba el IIº ejército. 

Fuente: Gran Crónica de la Segunda Guerra Mundial.

domingo, 23 de julio de 2017

Unión Soviética: Propaganda infantil en la entreguerra

La Propaganda Artística de la Literatura Infantil Soviética
En la década de 1920 en Rusia, los niños leían sobre remolacha azucarera, plantas hidroeléctricas y planes quinquenales.

Por Anika Burguess | Atlas Obscura


 Las páginas iniciales de ¿Qué estamos construyendo ?: Un libro con imágenes, un libro sobre la industria, la agricultura y los recursos naturales de Rusia, 1930.


"Tal vez ningún libro infantil del siglo XX borre las fronteras entre el arte y la propaganda de manera tan convincente" como la literatura infantil soviética temprana, dice Andrea Immel, curadora de la Cotsen Children's Library en la Universidad de Princeton. El Cotsen tiene cerca de 1.000 de estos libros, publicados entre 1917 y el comienzo de la Segunda Guerra Mundial. La colección demuestra cómo las nuevas ideologías soviéticas fueron comunicadas a la generación más joven, aunque la idea de adoctrinar a los niños con libros coloridos no fuera nueva.

"Si bien es tentador imaginar que la experiencia soviética no tuvo precedentes debido al derrocamiento del zar, es posible encontrar otros momentos históricos en los que los reformadores o radicales creían que la clave para un futuro mejor era proporcionar a los niños libros que comunicaran valores superiores" Dice Immel, citando a John Newbery, conocido como el Padre de la Literatura Infantil. "En la década de 1760, publicó a partir de la convicción de que la sociedad inglesa era corrupta y que una de las mejores maneras de cambiar la tendencia era educar a los niños de manera diferente".

Sin embargo, señala Immel, hubo una diferencia crucial. "Los soviéticos eran muy conscientes de la necesidad de saltar lo más rápido posible, creando al mismo tiempo una nueva raza de hombres", dice. "De modo que el tremendo poder de fuego artístico que podía ser aprovechado en la Unión Soviética de los años veinte hizo brillantemente el trabajo duro y poco glorioso de la agricultura o la electrificación heroica y patriótica".


80.000 caballos, una historia rimada sobre la central hidroeléctrica Volkhov, 1925.

El alejamiento de llenar libros infantiles con cuentos de hadas no fue un accidente. En su lugar, la literatura para niños se centró en las preocupaciones prácticas y la industria. El libro de 1930 Kak svekla sakharom stala (Cómo la remolacha se convirtió en azúcar) ilustra y describe el proceso de producción de azúcar: "El trabajo está sucediendo noche y día. En 80.000 loshadeĭ (80.000 caballos), la historia de la central hidroeléctrica Volkhov -la primera en Rusia y el nombre de Lenin- se cuenta en rima. Algunos de los libros incluso crearon el trabajo ellos mismos. El título 1930 Shimpanze i martyshka (chimpancé y Marmoset) proporciona instrucciones sobre cómo el lector puede hacer un mono de juguete.


Ilustraciones de cómo la remolacha se convirtió en azúcar, 1930.

Los lectores de estos libros no se limitaban a la Unión Soviética tampoco. Immel se correspondía con un escritor de Calcuta que recuerda con cariño los libros de la editora infantil soviética Raduga. En el archivo Immel descubrió Millionnyĭ Lenin, de Lev Zilov, en el que dos muchachos de la India participan en un levantamiento contra el Raj. Huyen del país y tienen una serie de aventuras que los llevan a la Unión Soviética. Allí, miran un desfile ante la tumba de Lenin y ponen ropa de abrigo (mientras conservan sus turbantes). "Nunca se me había ocurrido que los libros de Raduga hubieran sido traducidos a idiomas del sur de Asia o que el pueblo de Asia Meridional estuviera representado en los libros infantiles soviéticos", dice Immel.


Las páginas finales de The Millionth Lenin, que representan a dos niños de la India que se convierten en soviéticos, 1926.

También hay libros sobre logros gloriosos, como el vuelo sin escalas del piloto Georgiĭ Baĭdukov sobre el Polo Norte a mediados de la década de 1930. Pero para entonces, había habido un cambio político que cambió la manera que los libros de los niños miraron. A lo largo de la década de 1920, la estética de los libros fue diversa e incluyó la influencia de la vanguardia rusa, incluyendo el trabajo de escritores y artistas conocidos. En 1934, el Congreso Soviético de Escritores de toda la Unión declaró que el realismo socialista era el único estilo artístico aceptable. Con los años, algunos escritores y artistas escaparon al exilio. Otros no.


Mochin el heroísmo del pionero, una historia sobre un joven pionero que ayuda al ejército rojo, ilustrado por Vera Ermolaeva, 1931.

En 1931, la artista Vera Ermolaeva ilustró el libro Podvig pionera Mochina (Mochin el heroísmo del pionero). En la historia, un joven pionero -la respuesta más militarista de la Unión Soviética a los Boy Scouts- ayuda al Ejército Rojo en Tayikistán. Pero a finales de la década, Ermolaeva y el autor del libro, Aleksandr Ivanovich Vvedenskiĭ, fueron víctimas de una de las purgas de Stalin.

Los recuerdos de la literatura infantil soviética permanecen hoy. Immel relata la historia de un colega ruso que la visitó y descubrió algunos folletos de Raduga. "Sabía exactamente lo que eran, siendo viejos amigos de su infancia", dice. "Recogió la copia de Barmelai de Kornei Chukovsky, ilustrada por Mstislav Dobuzhinski, y comenzó a recitarla de memoria".

Atlas Obscura ahondó en las posesiones de la literatura soviética de los Cotsen para una selección de títulos para niños de los años 1920 y 1930.