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martes, 16 de enero de 2018

Guerra mexicana-estadounidense: Batalla de Cerro Gordo

Batalla de Cerro Gordo


Wikipedia


La Batalla de Cerro Gordo fue el enfrentamiento librado el 18 de abril de 1847 por los ejércitos de México y de los Estados Unidos en la llamada Intervención estadounidense en México.



Antecedentes

Los Estados Unidos decidieron abrir un frente oriental vía Veracruz-México y como primera fase sus fuerzas navales y terrestres bombardearon y capturaron el casi indefenso puerto de Veracruz que capituló el 27 de marzo de 1847. Inmediatamente, el General Winfield Scott, al mando de este frente, avanzó hacia el interior, teniendo como objetivo final la Ciudad de México.

El 18 de abril de 1847 el ejército norteamericano se enfrentó a las fuerzas mexicanas en el lugar llamado Cerro Gordo, a unos 35 kilómetros de Xalapa. Ahí en los cerros El Telégrafo (Cerro Gordo) y La Atalaya, que dominaban la villa, se fortificó Santa Anna.

El teniente coronel de ingenieros Manuel Robles fue encargado por el General Valentín Canalizo de hacer un reconocimiento en Cerro Gordo y manifestó que las encontraba ventajosas para molestar al ejército invasor mediante guerrillas a su tránsito para Xalapa pero no como el punto más viable para comprometer la totalidad del ejército, su opinión la fundaba principalmente en que el camino podría ser cortado por el enemigo a retaguardia de la posición, la imposibilidad de maniobrar con la caballería, el poco efecto de la artillería por lo accidentado y boscoso del terreno que protegería a la infantería enemiga en caso de ataque, la falta de agua y por último, lo difícil que sería salvar la artillería en caso de derrota. En su lugar, recomendaba que donde debía presentarse la batalla era en Corral Falso, posición favorable a las maniobras de la numéricamente superior caballería mexicana, además de que Scott sería incapaz de esconder los movimientos de sus tropas, que podrían ser atacadas fácilmente con la artillería de largo alcance. A pesar de estas opiniones, que lamentablemente probarían ser ciertas, el general Canalizo, por orden expresa del general Santa Anna, dispuso que el teniente coronel Robles comenzase la fortificación de Cerro Gordo.

En una proclama expedida el 29 de marzo se adjudicó el mando del ejército de Oriente al general Valentín Canalizo. El ejército de Oriente estaba compuesto de la división del mismo nombre al que se le había incorporado la brigada de Rangel, la división formada por los restos del ejército del Norte, la brigada Pinzón, Guardias Nacionales de Coatepec y Xalapa, el grueso de la caballería que más tarde constituyó la división especial de Canalizo, y a lo último la Brigada Arteaga, compuesta esta última de los batallones activos y de Guardia Nacional de Puebla con un total de 1000 hombres. Con estos cuerpos excepto la mencionada brigada Arteaga y que no llegó sino en los momentos finales de la batalla del 18 de Abril, no tomando parte ya en ella, estableció Santa Anna su campamento en Cerro Gordo.

Preparativos

Desde el 11 de abril una avanzada estadounidense comandada por Twiggs persiguió una tropa de lanceros mexicanos y pronto se dieron cuenta de que el ejército mexicano estaba ocupando las colinas cercanas. Twiggs esperaba la llegada de refuerzos dirigidos por el general de división Robert Patterson, que marcharían al día siguiente.



Área principal del campo de batalla. (Justin H. Smith's The War with México).

Aunque Patterson era de un rango superior, estaba enfermo, por lo que permitió a Twiggs que planeara él mismo el ataque. Con esta intención envió a WHT Brooks y a PGT Beauregard a explorar el terreno; éstos encontraron un pequeño camino desde donde se podía flanquear la posición mexicana y apoderarse de "La Atalaya", un cerro desde donde se dominaba toda la posición.

Beauregard informó sus hallazgos a Twiggs. A pesar de esta información, Twiggs decidió preparar un ataque frontal contra las tres baterías mexicanas en los acantilados, utilizando la brigada del general GJ Pillow. Preocupado por las altas bajas que provocaría esa medida y el hecho de que el grueso del ejército no había llegado, Beauregard expresó sus opiniones a Patterson. Como resultado de su conversación, Patterson asumió de nuevo el mando (a pesar de su enfermedad) en la noche del 13 de abril y ordenó posponer el asalto del día siguiente. El 14 de abril, Scott llegó a Plan del Río con las tropas adicionales y se hizo cargo de las operaciones.

La batalla

Tras evaluar la situación, Scott decidió enviar el grueso del ejército alrededor del flanco mexicano, mientras dirigía un ataque en contra de las alturas. Como Beauregard había enfermado, la exploración adicional de la ruta de flanqueo fue dirigida por el capitán Robert E. Lee. Confirmando la viabilidad de utilizar el camino, Lee exploró más lejos y casi fue capturado. Informado de sus hallazgos, Scott envió equipos de ingenieros para ampliar la ruta que fue apodada "el sendero" ("the trail"). Preparado para avanzar, el 17 de abril dirigió la división de Twiggs, compuesta por brigadas dirigidas por los coroneles William Harney y Bennet Riley, para moverse sobre el sendero y ocupar La Atalaya. Al llegar a la colina, deberían acampar y estar listos para atacar a la mañana siguiente. Para apoyar el esfuerzo, Scott unió la brigada del general James Shields al comando de Twiggs.1​

Avanzando hacia La Atalaya, las tropas de Twiggs fueron atacadas por mexicanos de Cerro Gordo. En su contraataque, parte de las tropas de Twiggs avanzó demasiado lejos y recibió intenso fuego de las principales líneas mexicanas, antes de retroceder. Durante la noche, Scott emitió órdenes para que Twiggs se abriera camino hacia el oeste a través de bosques densos y cortara la Carretera Nacional en la retaguardia mexicana. Esto sería apoyado por un ataque contra las baterías por Pillow. Arrastrando un cañón de 24 libras a la cima de la colina durante la noche, los hombres de Harney renovaron la batalla en la mañana del 18 de abril y asaltaron las posiciones mexicanas en Cerro Gordo. Superando las trincheras enemigas, obligaron a los mexicanos a huir de las alturas.1​

Hacia el este, Pillow comenzó a moverse contra las baterías. Aunque Beauregard había recomendado una demostración sencilla, Scott ordenó a Pillow atacar una vez que escuchó los disparos de la acción de Twiggs contra Cerro Gordo. Protestando su misión, Pillow pronto empeoró la situación discutiendo con el Teniente Zealous Tower quien había explorado la ruta de aproximación. Insistiendo en un camino diferente, Pillow expuso su comando al fuego de artillería durante gran parte de la marcha hasta el punto de ataque. Con sus tropas recibiendo una paliza, comenzó a reprender a sus comandantes de regimiento antes de abandonar el campo con una pequeña herida en el brazo. Habiendo fracasado en muchos niveles, la ineficacia del ataque de Pillow tuvo poca influencia en la batalla ya que Twiggs había logrado superar la posición mexicana.1​

Distraído por la batalla por el cerro de El Telégrafo (el ahora llamado Cerro Gordo), Twiggs sólo envió a la brigada de Shields para cortar la Carretera Nacional al oeste, mientras que los hombres de Riley se movían alrededor del lado oeste de Cerro Gordo. Marchando a través de bosques espesos y tierra sin explorar, los hombres de Shields surgieron de los árboles en el momento en que Cerro Gordo estaba cediendo ante Harney. Poseyendo sólo 300 voluntarios, Shields fue rechazado por 2,000 de caballería mexicana y cinco cañones. A pesar de esto, la llegada de tropas estadounidenses en la retaguardia mexicana generó un pánico entre los hombres de Santa Anna. Un ataque de la brigada de Riley a la izquierda de Shields reforzó este temor y llevó a un colapso de la posición mexicana cerca del pueblo de Cerro Gordo. Aunque obligados a retroceder, los hombres de Shields sostuvieron el control sobre el camino y complicaron el retiro mexicano.1​

Apuntes para la Historia

En los "Apuntes para la historia de la guerra entre México y los Estados Unidos" se describe la sangrienta derrota: 2​

«Al amanecer del día 18, el estruendo del cañón enemigo resonó en aquellos campos como anuncio solamente de la batalla...El enemigo arrojaba sin cesar granadas, cohetes y toda clase de proyectiles que caían sobre el cerro, sobre el camino y aún más allá de nuestro campo...
Sobre la cumbre del cerro, se veía entonces, en medio de una columna de humo denso, una multitud de americanos, circundados de la rojiza luz de sus fuegos dirigidos sobre la enorme masa de hombres que se precipitaba por la pendiente, cubriéndola como de una capa blanca por el color de sus vestidos. Era aquel horrible espectáculo, como la erupción violenta de un volcán, arrojando lava y cenizas de su seno y derramándolas sobre su superficie. Entre el humo y el fuego sobre la faja azul que formaban los americanos alrededor de la cima del Telégrafo, flameaba aún nuestro pabellón abandonado. Pero bien pronto en la misma asta, por la parte opuesta, se elevó el pabellón de las estrellas, y por un instante flotaron entre ambos confundidos, cayendo por fin el nuestro desprendido con violencia entre la algazara y el estruendo de las armas de los vencedores, y los ayes lastimeros y la grita confusa de los vencidos. Eran los tres cuartos para las diez de la mañana...
El general Santa Anna, acompañado de algunos de sus ayudantes, se dirigía por el camino a la izquierda de la batería cuando saliendo ya del bosque la columna enemiga le impidió absolutamente el paso con una descarga que le obligó a retroceder. El coche del mismo general, que salía para Jalapa, fue acribillado a balazos, muertas las mulas, y hecho presa del enemigo, así como un carro en el que había diez y seis mil pesos recibidos el día anterior, para el socorro de las tropas...
¡Cerro Gordo se había perdido!... ¡México quedaba abierto a la iniquidad del invasor!»


Consecuencias

Finalmente la batalla de Cerro Gordo, ocurrida el 17 y 18 de abril, fue ganada por los estadounidenses, quienes escalaron los cerros y lograron rodear el flanco izquierdo de los mexicanos, los que a su vez se retiraron en total desorden por el camino a Jalapa.

La brigada Arteaga, y los restos de la reserva de infantería y de los cuerpos de la misma arma que se retiraron del cerro de El Telégrafo, pudieron seguir defendiendo la guarnición pero la pérdida del punto principal de la defensa causó la desmoralización y el terror de las tropas, haciendo huir a los que ni aún se habían batido como el caso de ésta que llegó tarde, e impidiendo a los jefes contener el desorden.

Por el camino de Jalapa se retiraron la división de caballería de Canalizo y la referida brigada, desorganizada y disuelta siendo perseguida empeñosamente por destacamentos de las divisiones de Twiggs y de la brigada de Shields, fracciones del regimiento de Nueva York, y 3º y 4º de Illinois, causándole más o menos destrozo.

Fue también en una escaramuza de esta acción persecutoria en la que el general norteamericano Shields fue igualmente herido de cierta gravedad. A Jalapa llegaron los heridos como dice una crónica de la época:

«A inmediaciones de los hospitales el ruido estridente y casi continuo de la sierra, los gritos de los amputados a quienes no se aplicaba todavía el cloroformo y la vista de los haces de piernas y brazos sacados para su cremación o enterramiento, aterrorizaban a los vecinos, quienes para dar variedad a sus emociones, tenían el espectáculo de las comitivas fúnebres en que, tras un sencillo ataúd de pino pintado de negro y llevado en hombros, marchaban silenciosos y cabizbajos oficiales o soldados al compás de una sinfonía de pitos, que es lo más triste que he oído...»

Vista la incapacidad del ejército mexicano para detener a los invasores, el gobierno del general Anaya autorizó la formación de guerrillas, cuya misión era hostilizar al enemigo, en especial en el camino de Veracruz a Puebla. Se integraron del diezmado ejército de Oriente y de rancheros de la región. No obstante, estas guerrillas lograron interrumpir el avance y ocasionaron pérdidas a los norteamericanos de cientos de hombres, además de medios de transporte, carros y mulas, así como convoyes con ropa y víveres.

Esta batalla ha sido llamada por los estadounidenses "Batalla de las Termópilas" porque el uso del terreno y de traidores fue similar a la maniobra que los persas utilizaron para derrotar finalmente a los griegos. Sin embargo, los números difieren de esta aseveración, ya que las bajas estadounidenses fueron moderadas, mientras las bajas mexicanas fueron más numerosas. Scott avanzó posteriormente sobre Puebla, a 120 kilómetros de Ciudad de México, de la que se posesionó sin disparar un solo tiro el 15 de mayo de 1847.

Después de la desastrosa batalla, muchos sectores políticos comenzaron a ejercer presión para conseguir una paz a toda costa, por lo que personajes como Melchor Ocampo propugnaban por el uso de un sistema de guerrillas:

Honorable Congreso. Hay un temor que contrista todos los ánimos, que lentamente corroe y destruye todo entusiasmo, que produce el peor de los estados en que pueden hallarse los pueblos o los individuos: el de la incertidumbre: y el origen de tan grave mal es el vago rumor, porque no quiero decir funesto presentimiento, de que hay en México una porción infame de la sociedad que piensa hacer a todo trance la paz con Norteamérica, por no perder las materiales ventajas que esta paz produce; por no hacer en obsequio del honor nacional y de la dignidad humana, tan vilmente hollados en nosotros, el insignificante sacrificio de cambiar por unos cuantos meses el régimen de vida; por ceder al pueril e inconcebible susto que le ha inspirado la noticia de armas de algún poder. Un inexplicable sentimiento de vergüenza, de indignación y despecho, impide hoy al Ejecutivo del Estado a depositar en el seno de la representación michoacana sus dudas y temores; dudas, no de lo que debe hacer; temores, no de lo que debe arrostrar, sino de la funesta influencia que sobre los espíritus tímidos, sobre las almas pacatas, sobre los hombres comodines, puede ejercer el infame rumor que esparcen el miedo de algunos y la casi universal corrupción.
Hay quienes quieran hacer la paz; ¿y saben estos insensatos lo que hoy sería la paz para la República? Hay quienes quisieran hacer la paz. Y quienes tal pretenden, ¿se han formulado siquiera las consecuencias de semejante infamia? Hay quienes quieran hacer la paz; ¿y se ignora acaso o se aparenta ignorar, que éste sería el último medio a que podía acudirse como conveniencia pública, cuando hubiésemos llegado al último punto de la desesperación? Si hoy que sólo hemos perdido algunas ciudades, algunas ridículas batallas; si hoy que todavía no hemos ensayado el único sistema que pudiera sernos provechoso, el de las guerrillas, y aún nos queda mucho que emprender; si hoy que el enemigo no hace más que amagar a la capital de la República, ya se piensa en pedirle una paz oprobiosa, ¿qué se dejaría para cuando verdaderamente hubiésemos padecido por la guerra; para cuando hubiésemos hecho todo aquello de que somos capaces Y viésemos que resultaban inútiles nuestros esfuerzos? En nombre de Dios y de cuanto hay de santo, que cada uno ponga la mano en su conciencia, y que en un momento en que callen sus pasiones se pregunte imparcialmente: ¿he hecho yo cuanto estaba en mi arbitrio para corresponder a la sagrada obligación social de defender esta patria a la que debo cuanto soy civilmente? Y cuando la conciencia le diga, como infaliblemente debe decimos a todos, que bien poco o nada se ha hecho, ¿habrá resolución para tratar de paz? ¿Será posible un tal desentendimiento de todos los deberes sociales, una tal abnegación sobre todo lo que es grande y generoso, una tal renuncia de todo lo que honra a los pueblos? ¿Podrán los rastreros y mezquinos intereses de conservar en pie cuatro adobes, algunas cabezas de ganado o algunos puñados de semillas, anteponerse al fallo inexorable de la historia? ¿Qué hemos hecho? ¿Qué podíamos hacer todavía? Esto era lo que debía discutirse, y no entregarse maniatados, como tímidas y estúpidas ovejas, a la insultante rapacidad de nuestros enemigos.
Morelia, Abril 29 de 1847. Melchor Ocampo.



Batalla de Cerro Gordo
Intervención estadounidense en México
Fecha17-18 de abril de 1847
LugarCerro Gordo, Veracruz
ResultadoVictoria estadounidense
Beligerantes
Bandera de Estados Unidos Estados UnidosBandera de México Segunda República Federal de México
Comandantes
Bandera de Estados Unidos Winfield Scott
Bandera de Estados Unidos Robert E Lee
Bandera de México Antonio López de Santa Anna
Bandera de MéxicoCiriaco Vázquez  
Fuerzas en combate
10 000-12 000 soldados
30 piezas de artillería
9000-12000 soldados
40 piezas de artillería
Bajas
63 muertos
365 heridos
~1000 muertos y heridos (Gen. Ciriaco Vázquez †); Generales Luis Pinzón, José María Jarero, Rómulo Díaz de la Vega, Noriega y José María Obando, capturados
3036 prisioneros
Artillería capturada


miércoles, 27 de diciembre de 2017

Guerra mexicano-estadounidense: Batalla de la Angostura (1847)

Batalla de la Angostura

Memoria Política de México

En la Batalla de la Angostura, luchan las tropas nacionales contra las invasoras norteamericanas.


Entre San Luís y Saltillo, en un paso de montaña llamado La Angostura, próximo a la hacienda de Buenavista, inicia el combate más impresionante de la guerra entre Estados Unidos y México, entre las fuerzas mexicanas -comandadas por Santa Anna, Mora, Villamil, Micheltorena, Blanco, Corona, Pacheco, Lombardini, Urrea y otros- y las invasoras norteamericanas al mando de Zacarías Taylor. Se trata de la Batalla de la Angostura o de Buenavista.


Febrero 22 de 1847

Serán dos días de encarnizada y crudelísima lucha, entre catorce mil mexicanos con buena caballería pero con viejos cañones de alcance y capacidad de fuego reducidos, y siete mil invasores mejor posicionados, que contaban con moderna artillería del doble de alcance.




Hoy Santa Anna exige a Taylor que se rinda, lo que sólo provoca su ira, y al negarse, se inician algunas escaramuzas para tomar posiciones y movilizar sus efectivos. Al día siguiente, Santa Anna atacará con todas sus fuerzas y al mediodía habrá roto la línea de los invasores, pero Taylor contraatacará y detendrá momentáneamente el avance de las tropas mexicanas. Cuando las columnas nacionales serán casi dueñas del campo de batalla, de pronto recibirán de Santa Anna la orden de retirada en plena noche.





La retirada del ejército mexicano en la madrugada del 24 de febrero, cuando Santa Anna parecía tener la victoria y podía apoderarse de Saltillo, será muy cuestionada. Al parecer la tropa estaba exhausta, carecía de elementos y llevaba varios días sin probar alimento, tras haber cruzado el desierto durante uno de los más crudos inviernos. Pero en Saltillo podía encontrar agua y alimentos. Además los invasores norteamericanos estaban desalentados y tan convencidos de su derrota, que cuando se dieron cuenta de la retirada de sus enemigos, estallaron en júbilo y hasta se cuenta que, llorando, los generales Taylor y Woolse abrazaron.



Santa Anna cargará su derrota a la falta de valor del general exrealista José Vicente Miñón, cuya caballería de unos mil quinientos efectivos, actúo erráticamente durante las horas más decisivas, por lo que será sometido a juicio militar.



En los "Apuntes para la historia de la guerra entre México y los Estados Unidos", se da cuenta de la batalla en los siguientes términos:

Poco se dilató en alcanzar a los enemigos en el campo de batalla conocido con el nombre de la Angostura. EI terreno que se acababa de andar, estaba formado de vastas y estensas llanuras, en que no se hubiera podido resistir el empuje vigoroso de nuestras tropas, principalmente el de nuestra hermosa caballería; pero en donde el enemigo se había detenido para combatir, empezaban dos series sucesivas de lomas y barrancas, que constituían una posición verdaderamente formidable. Cada loma estaba defendida por una batería, pronta a dar la muerte a los que intentaran tomarla; y la disposición del lugar, que presentaba grandes obstáculos para el ataque, manifestaba con claridad que, aun cuando las armas mexicanas tuviesen el triunfo, no sería sin una perdida de consideración

Luego que la caballería llegó a la Encantada, desde donde avistó al enemigo, comenzó a batirse en tiradores. Inmediatamente envió orden el general en gefe para que la infantería apresurara su marcha, caminando a paso veloz. Así se verificó: a pesar del cansancio de la tropa, se siguió adelante hasta llegar a la Angostura, con lo que se completó una jornada de 12 leguas. La fatiga mató a varios soldados, que quedaron tendidos en el camino. Luego que llegó la infantería, la brigada del general Mejia se situó a la izquierda de éste entre unos sembrados, sostenida por un cuerpo de caballería. EI resto la infantería se colocó a la derecha, formando en dos líneas con sus competentes reservas y baterías. Las brigadas de caballería quedaron a la retaguardia.



Respecto de los cuerpos ligeros, el general en gefe dispuso que Ampudia, que los mandaba, fuera a apoderarse de un cerro que había quedado abandonado a nuestra derecha, y que importaba demasiado ocupar para el éxito de la batalla. Los cuerpos ligeros se dirigieron a esa posición; pero el general Taylor conoció entonces la falta que había cometido, y para remediarla envió por su parte una fuerza respetable, esperando que llegara primero que la nuestra. Las dos divisiones se acercaron una a otra: conociendo que la ocupación del cerro no era ya empresa fácil, y que no debía quedar sino en poder del vencedor, rompieron sus fuegos, trabando un reñido combate. Además de la oposición del enemigo, aquella eminencia presentaba por si misma obstáculos de consideración: el ascenso era casi perpendicular, de suerte que aun para subir el parque había penosas dlflcultades, siendo necesario valerse de mil arbitrios para superarlas.

El combate continúa con encarnizamiento: la noche cierra completamente, y está aun indeciso el resultado. Los cuerpos ligeros se baten con denuedo: el resto del ejército, simple espectador de la acción, sigue ansioso con la vista la dirección de los fuegos, luchando entre la duda y la esperanza. "Luego que oscureció”, dice la relación citada anteriormente "el espectáculo era magnífico. Se veía flotar realmente en los cielos una nube de fuego, que o se elevaba o se abatía, según los enemigos ganaban o perdían terreno". Por ultimo, los americanos ceden; sus soldados se retiran; los nuestros coronan el cerro  tenazmente defendido como intrépidamente ganado.

El resto de la noche se pasó al vivac y enfrente del enemigo. Estuvo lloviendo: el frío era crudísimo: se había prohibido hacer lumbradas, por lo que no se veía ninguna luz en el campamento. La mayor parte del ejército esperaba el combate indiferente y tranquilo,. como si la muerte no girara sonriendo sobre sus cabezas, mientras algunos oficiales velaban, agobiados de los pensamientos que siempre dominan la víspera de una gran batalla.

Amaneció el 23: la aurora de aquel día de grandioso recuerdo, fue saludada con las marciales dianas de los cuerpos: el general Santa-Anna estaba ya a esa hora a caballo dando sus disposiciones. El fuego de cañón comenzó: las tropas ocuparon sus puestos: la brigada del general Mejia pasó de la izquierda a la derecha del camino. La batalla se generalizó  poco después, y como no hubo tiempo para repartir el rancho, los soldados pelearon todo el día sin tomar alimento.



El combate comenzó por el cerro ganado la víspera, y que de nuevo disputaron los contrarios sin fruto a los cuerpos ligeros. Entre siete y ocho de la mañana ordenó el general en gefe que se diese una carga sobre el enemigo. Entonces avanzaron todas las tropas, moviéndose en batalla paralelamente: por el camino iba una columna a las órdenes del general Blanco (D. Santiago) compuesta de los batallones de zapadores, misto de Tampico y Fijo de México, llevando al regimiento de húsares a la izquierda. A la derecha de esta columna marchaba la división del general Lombardini, que formaba el centro de nuestra línea, y a su lado la del general Pacheco. Un poco atrás, y siempre a la derecha como sirviendo de reserva, seguía la del general Ortega; y el general Ampudia con los cuerpos ligeros, reforzados con el 4º de línea, seguía batiendo a las fuerzas americanas que había al pie del cerro.

La línea enemiga era oblicua, de suerte que, aunque nuestro ejército marchaba paralelamente como se ha dicho, la columna del camino empezó a recibir un mortífero fuego de cañón, mientras que las otras divisiones estaban aun lejos del enemigo. Sin embargo, aquella no se desconcertó: los soldados seguían impávidos para adelante, cerrando los claros que las balas abrían en sus filas, con la arma al brazo, y esperando llegar a la bayoneta para vengar la muerte de sus compañeros, impunemente sacrificados; pero el general Santa-Anna,. observando Ios estragos que sufría, dispuso que se detuviera, abrigándose tras de una colina que podía defenderla del fuego de los americanos.

Entretanto, las divisiones de Lombardini y Pacheco habían roto los suyos, que fueron al punto contestados. Cuando se empeñó el combate, recibió una herida honrosa el general Lombardini, que tuvo que retirarse del combate, recayendo el mando de su división en el general Pérez. La tropa del general Pacheco, casi toda bisoña, vacila y no tarda en desbandarse, acosada por el fuego certero que recibía de frente, y más aun por el de flanco, que la desordena completamente. La dispersión es general: en vano Pacheco, con un valor digno de elogio, procura contener a sus soldados, que no se detienen hasta que llegan a las últimas filas. El enemigo, por su parte quiere aprovecharse de la ventaja que ha obtenido para alcanzar el triunfo: avanza intrépidamente; pero la división del general Pérez, con serenidad y firmeza, hace un cambio de frente sobre la derecha, y lo obliga a retroceder. Aquel diestro movimiento es favorecido por una batería de a 8 que mandaba el capitán Ballarta, y que Santa-Anna puso a las inmediatas órdenes del sereno general Micheltorena. El fuego de las piezas que la componen, ocasiona a los contrarios pérdidas de consideración: todos los tiros se aprovechan por la corta distancia a que combaten unos de otros, siendo de una loma a la inmediata: los americanos, que han soñado un momento con la victoria, se retiran destrozados, quedando el campo cubierto con los cadáveres confundidos de los valientes que por ambas partes han caído en esta sangrienta lucha.



Grande había sido en efecto el arrojo con que unos y otros habían peleado: ya trepan nuestras soldados a la loma, cargando a la bayoneta; ya descienden a la barranca, revueltos con los enemigos: ahora suben de nuevo sin dejar de combatir; luego vuelven a precipitarse de arriba a abajo, como una avalancha; y así pierden o ganan terreno, y así perecen los mas distinguidos, así, por fin, quedan dueños del terreno ganado a costa de esfuerzos heroicos.

EI triunfo hubiera sido completo desde aquel instante, si la caballería hubiese estado a la mano, para arrojarse sobre los restos desorganizados de las fuerzas vencidas: por desgracia, estaba algo distante, y cuando llegó, ya las encontró rehaciéndose. Sin embargo, carga con denuedo, dirigida por el valiente general Juvera: todos cumplen con su deber: el general D. Ángel Guzmán, coronel del regimiento de Morelia, se distingue de una manera especial, rechazando al enemigo hasta la hacienda de Buena- Vista. Parte de la caballería siguió tan lejos en su persecución, que para volver a nuestro campo, tuvo que tomar por la retaguardia de las tropas de Taylor, viniendo a salir por la izquierda de la posición.

En la primera carga, que acabamos de referir, habían vencido las mexicanas; pero las ventajas que el terreno presentaba a los enemigos, exigían esfuerzos continuados y no una victoria, sino muchas. Replegadas sus tropas de una loma se reorganizaban en la siguiente: era necesario irIas tomando una por una, a costa de la sangre de la parte más escogida del ejército.

Para dar la segunda carga, antes que se disipe el entusiasmo del triunfo, se forma una nueva línea de batalla, a la que entran todas las tropas de reserva, incorporándose con las que se habían batido. La columna que hemos dejado en el caminó, defendida por una colina, viene ahora a formar la reserva de esa nueva linea. Nuestra tropa avanza ordenadamente; la batería del general Micheltorena, única que jugaba por nuestra parte, destroza a los contrarios: se llega a la bayoneta batiéndose los soldados cuerpo a cuerpo: por segunda vez  nuestros valientes vencen: los americanos se replegan a la loma inmediata, dejándonos por trofeo uno de sus cañones y tres banderas.

En estos momentos se presentan al general en gefe unos parlamentarios, intimando rendición. Santa-Anna les contesta con dignidad, negándose a acceder a tan original pretensión. Hubiéramos pasado este hecho en silencio, como insignificante, si no fuera porque el envío de los referidos parlamentarios provino de la inteligencia en que estaba el general Taylor de que Santa-Anna Ie había enviado otro previamente, y así asegura en su parte oficial. En aclaración de los hechos, vamos a esplicar en lo que consistió esta equivocación.

Al dar nuestras tropas la segunda carga, el teniente de plana mayor D. José Maria Montoya, que iba en las primeras filas quedó confundido entre los americanos. Viéndose solo, y no queriendo ser muerto ni hecho prisionero, se valió de la estratagema de fingirse parlamentario, por lo que fue llevado a presencia del general Taylor. Este lo hizo volver a nuestro campo, en compañía de dos oficiales de su ejército para que se entendieran con el general Santa-Ana; pero Montoya, que tenia sus razones para no presentársele, se separó de los comisionados, los que cumplieron con su encargo.

Despues del segundo combate, que seria entre las diez y las once del día, cayó una ligera llovizna: los soldados toman algún respiro, y a las doce vuelven a marchar de nuevo sobre las posiciones del enemigo. Habían vuelto ya a entrar entonces en batalla los zapadores y demás cuerpos, que estuvieron de reserva. El general Taylor, creyendo débil nuestra izquierda, hace avanzar algunas fuerzas en aquella dirección, las que hallan una resistencia invencible. La brigada de Torrejon carga sobre ellas, y pierde a sus mejores oficiales y soldados. La acción se generaliza: nuestra línea avanza: los cuerpos ligeros que en el curso de la batalla habían hecho retroceder a las tropas que encontraron al paso, estaban ya en el extremo de la loma misma en que se batían los enemigos. De nuevo se empeña la refriega: por ambos lados se multiplican los muertos y heridos: unos atacan bizarramente; otros se defienden con gallardía; ninguno cede: el combate se prolonga por horas enteras y solo al cabo de inauditos esfuerzos, es cuando se logra arrollar al enemigo hasta su última posición. Otras dos piezas y una fragua de campaña, cayeron en nuestro poder.

En aquellos instantes se suelta un fuerte aguacero: las tropas, muertas de cansancio, se detienen: el general Taylor, que ha 'tenido que retroceder de loma en loma, perdiéndolas todas después de una obstinada resistencia, se prepara a hacer el último esfuerzo antes de ceder enteramente la palma de la victoria pero la batalla ha cesado: la carga que se acababa de dar, fue el postrer empuje de nuestras fuerzas. EI enemigo no se cree derrotado, porque si bien ha perdido todas sus posiciones menos una, le basta conservar estar en actitud hostil para pretender la gloria del vencimiento. Por nuestra parte, se proclama el ejército vencedor: alega por títulos los trofeos adquiridos, las posiciones tomadas, las divisiones enemigas vencidas. La verdad es que nuestras armas derrotaron a los americanos en todos los encuentros, sin que el éxito de la batalla nos fuera favorable: hubo tres triunfos parciales, pero no una victoria completa.”



El general Wool comunica lo sucedido en la batalla. “Después que el fuego cesó, el Mayor General en comando regreso nuevamente a Saltillo para ver los asuntos en ese lugar y protegerlo contra la caballería del general Miñón (...) Las tropas permanecieron sobre las armas durante la noche en las mismas posiciones que ocupaban al cerrarse el día. Alrededor de las 2 de la mañana del día 23, nuestros vigías fueron rodeados por los mexicanos y a la alborada, la acción fue renovada por la infantería ligera mexicana sobre nuestros rifleros situados a un lado de la montaña (... ) una fuerte columna de la infantería y caballería enemigas junto con la batería localizada en el costado de la montaña, se movilizó sobre nuestra izquierda (...) la infantería norteamericana, en lugar de avanzar; se retiró en desorden y, a pesar de los esfuerzos de su general y oficiales, dejó a la artillería sin apoyo, al abandonar el campo de batalla (... ) lamento profundamente decir que la mayor parte de esta fuerza no regresó al campo de batalla y muchos continuaron su estampida rumbo a Saltillo. El enemigo de inmediato puso a la delantera una batería sobre nuestra línea de fuego iniciando un certero fuego sobre nuestro centro y continuó su avance perpendicular a nuestro costado izquierdo para cruzar el arroyo seco con objeto de tomar nuestra retaguardia. Un gran cuerpo de lanceros formó una columna en la garganta de la montaña, la cual se adelantó a la infantería para descender sobre la Hacienda de Buena Vista cerca de la cual habían sido estacionados nuestros trenes de reservas y equipaje (...) La columna que había pasado nuestra línea izquierda y había avanzado cerca de 2 millas de nuestra retaguardia, fue detenida y empezó a replegarse (...) muchos fueron forzados a escapar por las montañas y el resto fue dispersado (...) Este fue el último gran esfuerzo del general Santa Anna. Sin embargo, el fuego entre la artillería enemiga y la nuestra continuó hasta en la noche.”



Por su parte, Santa Anna y sus generales informan: “No se puede negar que los norteamericanos combatieron brillantemente ni que su general maniobró con habilidad; pero, a pesar de sus esfuerzos, tenían perdida la batalla desde el momento en que nuestras tropas desbordaron la izquierda de sus líneas. Sin las faltas cometidas por nuestros generales, con la carencia de la dirección que se nota desde aquel momento crítico, la posición del ejército norteamericano era insostenible. Así, sin duda, la juzgó el general Taylor comenzando a preparar su retirada por el camino de Saltillo (...) si aquella retirada se hubiera verificado, enorgullecidas nuestras tropas habían cargado con mayor brío (...) por desgracia nada de esto sucedió. La columna de carros que inicio la retirada sin duda tuvo noticias de la presencia del general Juan José Miñón. No pudieron seguir adelante ni esperar tropas que la protegieran [...] no tuvo más remedio que retroceder y formar un reducto con los carros en la Hacienda de Buena Vista para aumentar la resistencia. La polvareda y el gran movimiento de aquella columna de carros que llegaban al trote, por el camino de Saltillo, hizo creer al principio que los americanos recibían refuerzos [...] el general Taylor estaba, pues, sin retirada, encerrado en una garganta cuyas salidas ocupaba el ejército mexicano. Pero el enemigo tenía víveres, mientras nosotros no contábamos siquiera con una ración por plaza. Ni aun los oficiales tenían con qué alimentarse. Por consiguiente no había esperanza de obligar a Taylor a rendirse por hambre. Era indispensable destruirlo con las armas. Así pues, la combinación de colocar la columna de caballería del general Miñón a retaguardia del enemigo, salió contraproducente. La máxima de al enemigo que huye, puente de plata, hubiera sido conveniente observarla esta vez.”



El ejército mexicano declarará la “victoria” y se retirará de regreso hacia San Luís Potosí, en cuya penosa marcha perecerán otros miles. Esta retirada será muy importante porque causará mucho desaliento entre las tropas nacionales.





Más de 3,400 hombres de Santa Anna resultarán muertos o heridos, mientras que Taylor sólo perderá 650. Otras cifras que se citan son: 594 muertos y 1,039 heridos mexicanos; 267 muertos y 456 heridos estadounidenses. Lo cierto es que regresará menos de la mitad de los hombres que salieron de San Luis. Esta trágica campaña de Santa Anna resultará quizás la más costosa en vidas de nuestra historia militar. Aunque las tropas norteamericanas detendrán su avance en el norte, otras invadirán al país por Veracruz y marcharán hasta apoderarse de la capital mexicana.


Roa Bárcena, (Recuerdos de la Invasión Norteamericana) refiere que: “En cuanto á Santa-Anna, los enemigos de su gobierno le preguntaban en aquellos días por que fue á atacar á Taylor sin los elementos necesarios para vencerle; por qué avanzó hasta las posiciones del enemigo cuando carecía aun de los víveres necesarios para sitiarle en ellas durante dos ó tres días. La respuesta de entonces es la de ahora y será la de siempre: Santa-Anna se hallaba en la terrible disyuntiva de llevar desde luego al combate á un ejército que no contaba con otros elementos que sus armas y decisión, ó verle desaparecer por efecto de la pobreza y de la deserción si le hacia aguardar mejores circunstancias para batirse.”

Doralicia Carmona: MEMORIA POLÍTICA DE MÉXICO.

lunes, 17 de marzo de 2014

Pensando en las razones de una Hispanoamérica partida

¿Por qué perdimos?


Mapa de México (Nueva España) en 1794, que se exhibe en el Salón Principal de la Sociedad Mexicana de Geografía y Estadística. Con la incorporación de Luisiana (1764-1803) llegó a alcanzar los 7 millones de Km2, el más extenso territorio del continente, pero la fragmentación de Hispanoamérica tras la independencia provocó la pérdida de la mayor parte del territorio mexicano ante el empuje arrollador de Estados Unidos.
Artículo del jesuita español Baltasar Pérez Argos originalmente titulado “Un luminoso ejemplo de filosofía de la historia aplicado a Hispanoamérica. José Vasconcelos: ¿Por qué perdimos?”, publicado en el sitio web Fundación Speiro.
(NOTA: Hispanoamérica Unida no es un sitio web confesional y no se identifica necesariamente con la postura ideológica o religiosa del autor de este artículo. El objetivo que guía la publicación de diversos materiales en nuestra web es poner de manifiesto y reivindicar la unidad de nuestra América de habla española)
El gran pensador mexicano José Vasconcelos, una de las más altas y señeras figuras de la filosofía hispanoamericana de nuestro tiempo, en un artículo, que bien puede considerarse su testamento espiritual –fue lo último que escribió y publicó- nos dejó un luminoso ejemplo de filosofía de la historia, aplicado a Hispanoamérica. Se pregunta ya desde el título, ¿Por qué perdimos?, y concreta el problema de la siguiente manera:
“¿Cuáles son las causas de que, a principios del siglo XIX, todavía México haya sido el primer país de Hispanoamérica y actualmente los Estados Unidos lo tienen aventajado en forma tan gigantesca?”.
Pregunta las causas, quiere hacer filosofía, filosofía de la historia, de una historia, que hoy precisamente, al conmemorarse el V centenario del descubrimiento y evangelización de América, se ha hecho actualidad. El problema de un modo o de otro se ha planteado, y se le han dado soluciones, soluciones muy peregrinas. Escuchemos la que, con su capacidad y reconocida competencia, nos ofrece el ilustre mexicano José Vasconcelos en este artículo memorable.
Empieza el gran pensador dando por asentado el hecho de que España, en el momento de la independencia, deja a México situado tanto en lo cultural como en lo económico, a una altura inconmensurable con respecto a sus vecinos del Norte, los Estados Unidos, apenas unos ranchos dispersos por el gran continente. Así se expresa Vasconcelos:
“En primer lugar hace falta convencer a los no letrados de que, en efecto, México fue la primera nación del Nuevo Mundo durante todo el siglo XVIII; en la misma época en que los Estados Unidos eran un modesto grupo de colonias sin importancia, ya no digo cultural, ni siquiera comercial”.
Afirmación clara y contundente “para convencer a los no letrados” y a otros “ignorantes” de la historia: “México fue la primera nación del Nuevo Mundo durante todo el siglo XVIII”. La primera nación: ¿En qué consistió su primacía? Nos lo va a comprobar con un testimonio, no precisamente de un español –no sería ni hábil ni eficaz- sino de una personalidad neutral, alemán por más señas, de la categoría científica de un Alejandro Humboldt. Humboldt, en efecto, como todos sabemos, fue por decirlo así el primer periodista científico. Recorre detenidamente todo el continente americano, desde las tierras del norte hasta el Virreinato del Perú, y recoge en más de 30 volúmenes sus experiencias, lo que vio, lo que vivió y observó en tan largo recorrido. De un mérito extraordinario, nosotros, los españoles de hoy, deberíamos conocer mejor lo que escribió para la Historia, aquel periodista. Oigamos a Vasconcelos lo que nos resume en brevísima pincelada:
“Para darse cuenta de lo que México era, basta con recordar el libro de Humboldt,El Ensayo Político sobre la Nueva España. Teníamos entonces mejores carreteras que las norteamericanas; nuestro territorio llegaba por el Norte hasta Alaska y por el Sur hasta Honduras. Nuestro país era centro comercial del mundo. Nuestra marina, aun la construida en astilleros mexicanos, imponía respeto a la americana y estuvo ayudando a contener los asaltos de los bucaneros, que pretendían apoderarse por la fuerza de nuestros puestos. Constituimos en aquel tiempo una de las rutas comerciales más frecuentadas del mundo, por virtud del tráfico de los galeotes de Manila, que estuvieron comunicando el Asia con Europa, durante más de dos siglos. El último viaje de esta empresa de navegación coincidió con la ocupación de Acapulco por los insurgentes de Morelos.
“Desde el punto de vista financiero fue aquella una época en que nuestra moneda era patrón mundial. El valor de la moneda, al fin y al cabo, lo determina el valor del metal que la respalda, ya sea plata u oro. Pero a la vez, para garantizar la posesión de la plata y el oro, hacen falta las escuadras y los ejércitos. Por eso es que la moneda sigue al Imperio. En nuestros buenos tiempos la garantía metálica de nuestra moneda –única sólida- estaba en las Casas de Moneda, que abundaban por el país y todas se hallaban protegidas por el Ejército Colonial y por la Marina española. Actualmente tenemos que garantizar nuestro peso con divisas extranjeras, que son un giro contra depósitos metálicos, que se encuentran en los Estados Unidos, custodiados por el Ejército norteamericano”.
Dibujo de la Ciudad de Veracruz y San Juan de Ulúa en 1615. Se le llamaba Ciudad de Tablas debido a que las casas eran de madera con techos de palma.
Dibujo de la Ciudad de Veracruz y San Juan de Ulúa en 1615 (autor desconocido). Se le llamaba Ciudad de Tablas debido a que las casas eran de madera con techos de palma.
La descripción de la riqueza material, en que vive México, hecha por Alejandro Humboldt y resumida brevísimamente por Vasconcelos, no puede ser más elocuente. En el libro de Humboldt además se encuentran datos sorprendentes de alto nivel cultural y científico de toda la América española. Recordemos este gran elogio: “Ninguna ciudad del Nuevo Continente, sin exceptuar las de los Estados Unidos del norte, presentan establecimientos científicos tan grandiosos y sólidos como la capital de México. Me bastaría citar la Escuela de Minas, dirigida por el sabio Elhuyar, el Jardín Botánico y la Academia de Nobles Artes, fundada por personas particulares con la protección del ministro Gálvez. El Rey dotó a esta última de una espaciosa casa y de una colección de modelos de yeso, de obras maestras de la antigüedad clásica, como el Apolo de Belvedere o el grupo de Lacoonte, valuada en cerca de 800.000 reales” (Nueva España, I, 112; II, 46). De su estancia en Venezuela–para no quedarnos sólo en México- nos refiere la sorpresa que le causó encontrar en la población del interior, Calabozo, una máquina eléctrica de grandes discos, electróforos, electrómetros, baterías, un material casi tan completo como el que poseen nuestros físicos en Europa, construidos por el señor Carlos del Pozo. Y en Lima, a una distancia inmensa de Europa, le mostraron las últimas novedades en química, en matemáticas y en fisiología” (Nueva España, I, 290).
Vasconcelos también hace referencia en su artículo al nivel cultural y científico, que alcanzó México bajo la dominación española, y que se consolidó al llegar a su independencia. Su afirmación concisa es muy de notar, más en este tiempo, en que sólo mirar al África descolonizada produce escalofríos. La afirmación es breve, pero sorprendente:
“Culturalmente también es de sobra conocido que en nuestro país había más bibliotecas, más universidades, más imprentas, que en las trece colonias británicas de la orilla del Atlántico”.
Más bibliotecas, más universidades e imprentas que en las trece colonias británicas de la orilla del Atlántico. Con la famosa Universidad de San Marcos de Lima, nada menos que 19 ciudades de Hispanoamérica gozaron de otras tantas o más universidades repartidas por aquellos vastos territorios de México y de Perú. ¿Cuántas universidades se han levantado después con más medios y más facilidades sin duda en África y en Asia por otros pueblos colonizadores? No se puede negar sólo con este dato, que la obra cultural de España en América, aun prescindiendo de su aspecto evangelizador, fue enorme. Con razón León XIII, al celebrarse el IV Centenario del descubrimiento, escribió: “La obra de España en América fue el hecho, de por sí, más grande y maravilloso entre los hechos humanos”. “Entre los hechos humanos” porque en cuanto a la evangelización, no hay ni que hablar. La evangelización esto sí que fue maravilloso. Un verdadero milagro de la divina Providencia. No hay más que ver que ahora con tanta “teología de la liberación”, con tanta “inculturación”, no saben qué hacer para seguir los pasos de aquellos evangelizadores y al menos contener la descristianización creciente de aquel inmenso continente católico. El Obispo de Cuernavaca, el famoso Méndez Arceo, me decía en su Palacio episcopal, sede que fue de Hernán Cortés: “Mire, padre, la fe que España nos dejó en México; a pesar de siglo y medio de persecución sistemática contra la Iglesia católica. Mire la fe tan arraigada que tiene este pueblo”. Textual.
Pues bien, ante este panorama de extraordinaria prosperidad se pregunta Vasconcelos y con toda razón: ¿Por qué perdimos? ¿Por qué nos encontramos ahora, siglo y medio después de nuestra independencia, en esta situación, tan contraria de la que partimos? Ellos, los americanos del norte, entonces un “modesto grupo de colonias”; y nosotros, los mexicanos, financiera y culturalmente muy por encima de ellos. México “la primera nación del nuevo mundo durante todo el siglo XVIII”. ¿Y ahora? ¿Qué ha ocurrido? La pregunta se impone y no puede ser más interesante, desde el punto de vista de la filosofía de la historia. Hoy, con ocasión del V Centenario se ha suscitado de nuevo el problema y con más virulencia que nunca por una poderosa razón: por la situación de injusticia social y de miseria, que vive hoy Hispanoamérica, tan floreciente entonces y tan domeñada hoy por el vecino del norte. ¿Dónde está la causa o las causas de esta pérdida? He aquí lo que plantea y a lo que noblemente quiere responder Vasconcelos en este artículo, que desgraciadamente dejó sin concluir. Lo que dice no tiene desperdicio. Veámoslo.
***
El artículo de Vasconcelos, cuyas partes principales transcribimos, apareció en la revistaLatinoamérica, en su número 116, de septiembre de 1958. Sólo se publicó la primera parte, no la segunda que prometía ser la más interesante. ¿Por qué sólo la primera parte? La revista se editaba en México D.F. desde su fundación. Pero a fines de 1958 se trasladó a La Habana, con la esperanza de que en la Cuba de Fidel Castro mejoraría su situación económica y tendría mayor tirada que en México, donde por la falta de libertad de imprenta a las que estaban sometidas las editoriales católicas al tener el gobierno mexicano en su mano el monopolio y el control del papel, la revista llevaba una vida lánguida. Urgía salir de Caribdis, pro se encontraron con Escila. Efectivamente, se empezó a publicar en la Habana, pero pronto se frustraron las esperanzas. La revista dejó de salir y el artículo de Vasconcelos quedó truncado a la mitad. Además el gran pensador mexicano moría poco después en México D.F. su querida patria en abril de 1959. Tuve el honor y la satisfacción de asistir a su sepelio y contemplar la alta estima que hacía de él el pueblo mexicano con marcado carácter católico y patriótico.
A la pregunta, que encabeza su artículo, ¿Por qué perdimos? responde Vasconcelos, indagando sus causas, causas de orden político, de orden geográfico, de orden social y religioso, que evidentemente pudieron influir e influyeron en esa pérdida.
Real Casa de la Moneda de México, obra del arquitecto Juan Peinado, contruida en el siglo XVIII. Hoy es el Museo Nacional de las Culturas.
Real Casa de la Moneda de México, obra del arquitecto Juan Peinado, contruida en el siglo XVIII. Hoy es el Museo Nacional de las Culturas.
Causas políticas
Vasconcelos fundamenta su análisis político en esta tesis: la guerra de la independencia fue para los Estados Unidos  la razón y el comienzo de la unión de las colonias y la participación de las mismas en el proceso ascendente de la Madre Patria, Inglaterra, y su influjo en el mundo; mientras que para nosotros, los hispanos, la guerra de la independencia fue causa de la disgregación nacional y de la participación de nuestros pueblos en la derrota y declive del imperio español. Oigamos a Vasconcelos:
“Para analizar las causas de orden político habría que trasladarse a la guerra de la independencia, que fue para los Estados Unidos comienzo de unión de las colonias y participación de ellas en el ascenso que tuvo en el mundo la Madre Patria, Inglaterra.
Para nosotros la independencia fue disgregación nacional y participación en la derrota de España; cuyo imperio, al perder la Marina, se quedó sin medios de protegernos de la codicia extranjera; nos dejó entregados a nuestros propios recursos y obligados a transar con el enemigo exterior, que era Inglaterra”.
Sobre el principio de que la guerra de la independencia fue causa de la disgregación nacional, Vasconcelos apunta a una razón más profunda que lo explica, “la codicia extranjera”; codicia extranjera que tiene un origen y una cabeza, que con habilidad va a dirigir toda la trama, Inglaterra. No duda en calificar a este conjunto de “el enemigo exterior”.
La afirmación que nos va a hacer ahora Vasconcelos es para tomar muy buena nota de ella, tanto los hispanos de aquí, como los hispanos de allí:
“Pronto los ingleses, después de fomentar nuestra guerra de Independencia, se apoderaron de la dirección de todos los negocios de los pueblos hispanoamericanos, a través de la Banca Internacional y de la Marina Comercial inglesas”.
He aquí el virus, el virus que explica los síntomas de la continua convulsión social que padecen los pueblos hispanoamericanos desde su independencia, a saber el virus del capitalismo liberal manchesteriano. La dirección de los negocios, la Banca Internacional, la Marina Comercial inglesa en manos de los ingleses, no de los nativos. Qué clarividencia la de Vasconcelos. Le resulta este análisis tan evidente, que más adelante insiste sobre lo mismo en un párrafo genial, que hay que leer con todo cuidado. Dice así:
“Por entonces las naciones americanas, surgidas antes de tiempo, fatalmente cayeron en la dispersión. Y peor aún: se dejaron dominar por la propaganda, que las llevaba a renegar de su antigua Metrópoli para aceptar sumisas la penetración anglosajona en lo económico y también en lo espiritual, mediante un liberalismo, que nos distraía con la lucha religiosa, mientras acaparaba la dirección y el usufructo de los recursos nacionales”.
¿Lo peor? Lo peor según Vasconcelos, haberse “dejado dominar las naciones de Hispanoamérica por la propaganda, que las llevaba a renegar de su antigua Metrópoli para aceptar sumisas la penetración anglosajona en lo económico y también en lo espiritual”. Esto es hacer filosofía de la historia, aplicada al caso concreto de Hispanoamérica. El origen del mal aquí está, se les ha querido arrancar de sus raíces, materiales y espirituales.
En el arte de “la propaganda” y en particular de la “leyenda negra” no cabe duda de que “el enemigo, ese enemigo extranjero” ha sido y sigue siendo maestro. Se ha podido comprobar ahora en tantos escritos, reuniones y conferencias que han tenido lugar con ocasión del V Centenario, tanto es así que, intuyéndolo desde su alta jerarquía de Vicario de Cristo, el mismo Sumo Pontífice Juan Pablo II quiso adelantarse y empeñó su altísima autoridad espiritual en deshacer esa propaganda y esa leyenda negra agradeciendo a España públicamente ante todos los obispos y todos los pueblos del continente americano, su ingente obra de evangelización y de cultura en Hispanoamérica,
Era acertada la estrategia. Renegando de la Madre Patria, la antigua Metrópoli, y aceptando sumisas la penetración anglosajona, se dejaba “abierto el camino –nos dice Vasconcelos- a una fácil y profunda penetración del enemigo exterior” en las naciones americanas, surgidas antes de tiempo. De esto se libró el Brasil: de “esto”, que Vasconcelos califica con palabra fuerte “premarxismo del odio interno”. Muy fuerte y expresiva palabra. Dice así:
“Tan sólo Brasil logró escapar a este premarxismo del odio interno y en vez de pelear con su Metrópoli a la hora de la angustia común, al contrario, le abrió sus puertas y aplazó su independencia hasta poder realizarla por medio de Tratados y Convenciones favorables al interés común… Pero entre nosotros, la penetración extraña había sido profunda, como no tardó en demostrarlo el éxito que obtuvo Poinsett atrayendo hacia sí y a su programa imperialista, toda una generación de gente capaz, que insensiblemente fue derivando hacia la cooperación con los planes anglosajones de destruir todo lo hispánico en beneficio de la nueva situación, que prometía crear hombres libres y acabó convirtiéndonos en factorías, ya que ni siquiera como antes, en las colonias”.
Patio principal de la Academia de San Carlos, fundada en 1781. Fue la primera escuela de arte en el continente y Desde su creación ha sido el centro medular de la creación artística en América, particularmente durante los siglos XVIII y XIX, al constituirse como el semillero de grandes talentos en el mundo del arte.
Patio principal de la Academia de San Carlos, fundada en 1781. Fue la primera escuela de arte en América y desde su creación ha sido el centro medular de la creación artística en el continente, particularmente durante los siglos XVIII y XIX, al constituirse como el semillero de grandes talentos en el mundo del arte.
Penetración extraña y profunda, la penetración anglosajona; que se concreta en el “éxito que obtiene el Programa Imperialista de Poinsett”. Programa que propone nada menos que “la cooperación con los planes anglosajones de destruir todo lo hispánico en beneficio de la nueva situación”. ¿Cuál es esa nueva situación? No se expresa pero claramente se deduce: el imperialismo anglosajón, que de una manera o de otra, aún perdura. Todo esto, aliñado con la añagaza de siempre, la promesa de libertad, de “crear hombres libres”. Como si la libertad fundamental no fuera un “don preciosísimo, innato al hombre”; que recibimos de Dios; que no hay que crear, sino potenciar regulándolo y sometiéndolo a la ley natural, como tan profundamente nos explica León XIII en su enclíticaLibertas.
Vasconcelos resume y concluye así el análisis de las causas políticas, que han influido tan decididamente en la pérdida del alto nivel cultural y material que poseía México en el momento de su independencia, y en el “desfase histórico”,  que ahora vive con relación al gran vecino del Norte. Dice así Vasconcelos, con una agudeza que sorprende por su acierto:
“Inglaterra se apoderó de nuestro comercio de nuestra minería; y todas las pequeñas naciones sueltas se dejaron llevar  a la patriotería,  que engendra el culto del Caudillaje. Aquello tenía que conducir al fracaso. Una a una, nuestras naciones fueron cayendo en la sumisión; que primero se impuso con rudeza y ahora se ejercita dentro de las formas  de la más exquisita cortesía, en la Panamericana de Washington”.
Por último se consuela Vasconcelos al ver que su análisis de las causas políticas, por las que los pueblos hispanoamericanos “perdieron” su grandeza, lo intuyó también Bolívar, “aquel genio”; lo que constituye un germen de esperanza, o como él dice con más exactitud, “las bases para que alguna vez conquistemos de verdad la autonomía”. Hispanoamérica no tiene otro camino para la recuperación de su identidad. Oigamos una vez más a Vasconcelos:
“Bolívar, que era un verdadero genio, se dio cuenta de todo esto. Por eso murió decepcionado, pero reconociendo lo inevitable y aconsejando que se pusieran las bases para que alguna vez conquistásemos de verdad la autonomía”.
Causas orográficas
Poco espacio le queda en su artículo para el análisis de las causas orográficas, como él las llama. Sin embargo, en tan poco espacio es mucho lo que dice. Empieza por asentar el valor de lo que con orgullo denomina “nuestra raza mestiza”, no es otra que la que allí sembró España, llevada de su instinto cristiano y evangelizador; instinto nada racista. Un auténtico cristiano no puede serlo. Esto supuesto, es evidente, dice Vasconcelos que “entre lo que fuimos y lo que somos hay un abismo”; no ya entre lo que tuvimos y lo que tenemos. El problema que analizamos es más hondo, toca al ser,  no sólo al tener. Pues bien, presentado así el problema, se le han buscado también soluciones. Nos dice Vasconcelos:
“Se ha adoptado la explicación más fácil, porque es la de la prueba más difícil. Se ha atribuido a nuestra raza mestiza el origen del fracaso. Por eso en los países del norte se evitó el mestizaje”.
Nada de eso, responde Vasconcelos. Ni el mestizaje se evitó en los países del Norte por esa razón de evitar el fracaso sino por razones de tipo racista; ni el mestizaje fue origen del fracaso, ni mucho menos. El mestizaje, en efecto, ha sido siempre fecundo en la historia, como s fácil comprobar:
“Los pensadores de hoy que han logrado investigar a fondo el problema racial, se inclinan más bien a hacerlo a un lado, puesto que el mestizaje ha sido fecundo en la historia. Grecia es el primer caso de mezcla de sangres nórdicas con razas orientales y España misma, la de la Reconquista, era una mezcla fecunda de las mejores razas europeas con semitas y africanos”.
No, “nuestra raza mestiza”. Todo lo contrario. Hay otras causas: “El panorama moderno de la sociología nos revela causas más profundas que las étnicas”. Entre esas causas, la orografía: “Serranías y montañas nunca han sido morada ni base de un pueblo importante, mucho menos de un Imperio. La montaña es enemiga del hombre”. Así nos lo explica Vasconcelos:
“Quien quiera que contemple el Mapa Mundi habrá de darse cuenta de que aquellas regiones  manchadas de oscuro, que representan serranías y montañas, nunca han sido morada ni base de un pueblo importante, mucho menos de un Imperio. La montaña es enemiga del hombre. La civilización se desarrolla en las llanuras, a orillas de los ríos y sobre los puertos de mar. Atenas tenía cerca el Epiro, Roma estaba próxima al mar y lo mismo puede decirse de Londres y de París, de Nueva York y Buenos Aires. Egipto no se desarrolla sino hasta que se acerca a la delta del Nilo para ver que lo superan los fenicios, que se atrevieron a lanzar flotas al mar”.
Pues bien, hemos de reconocer que “a nosotros nos faltó –prosigue Vasconcelos- un gran centro marítimo; nuestras provincias, repartidas en nudos montañosos, se mantuvieron alejadas del mundo por el desierto y la lejanía, influyendo aún en nuestro temperamento, que se ha vuelto reservado y particularista”. Hay que reconocer esta realidad. Pero, ¿esta realidad, esta cause orográfica, la montaña enemiga del hombre influyó en nuestra decadencia? Nos sorprende Vasconcelos con su respuesta, con lo que deja la puerta abierta, por contraste, a una reflexión más profunda. En efecto, ante la premisa que ha planteado, sorprende la conclusión que saca. Dice así:
“Sin embargo las montañas no nos impidieron ser nación mundial, cuando formábamos parte del poderío de España. Ahora nuestro futuro depende de que llegue a bombearse hacia el altiplano el agua del mar, previamente purificada para usos agrícolas”.
Extraña conclusión, repito. Si la montaña es enemiga del hombre, si la civilización de desarrolla en la llanuras, ¿por qué con España no? ¿Por qué “las montañas no nos impidieron ser nación mundial, cuando formábamos parte del poderío de España”? ¿Estará la explicación en una reflexión más profunda, que se esconde en las últimas palabras, que a continuación escribe Vasconcelos y con las que pone punto final a su artículo? Dicen así:
“Pero esto no modifica la defensa que hace de nuestra raza, en alguna ocasión memorable para mí”
Retrato de Carlos del científico e historiador novohispano  Sigüenza y Góngora (1689), por autor desconocido (Biblioteca Nacional de Madrid). Contemporéno de Newton y Leibniz, fue un astrónomo y literato e introdujo el métido experimental en Nueva España.
Retrato de Carlos Sigüenza y Góngora (1689), por autor desconocido (Biblioteca Nacional de Madrid). Nacido en Ciudad de México en 1645, este científico, historiador y literato fue contemporáneo de Newton y Leibniz e introdujo el método experimental en Nueva España.
“Nuestra raza mestiza”. Aquí está en definitiva la explicación, en “nuestra raza”, la “raza mestiza” que en ocasión para él memorable defendió. Esa “nuestra raza” la lleva en el corazón y en ella encuentra el secreto de la grandeza de su patria.
La raza mestiza, la raza que allí sembró España. Esa raza mestiza –nótese bien- estaba impregnada de catolicismo, en un grado verdaderamente admirable y hoy hasta incomprensible. El mestizaje fue exactamente lo contrario del racismo; tiene su origen y su explicación en la visión católica del hombre. Aquí está –nos dice Vasconcelos- la raíz profunda de donde brotó la grandeza de los pueblos de Hispanoamérica: “nuestra raza”. Quitada, arrancada esta raíz, lo más contrario al racismo, es lógico, es obligado, que el árbol, por frondoso que sea, se seque.
Detengámonos aquí. Desde esta óptica, sólo desde esta óptica se puede valorarlo que suponía para Vasconcelos el hecho de que los pueblos hispanoamericanos se dejaron dominar por una propaganda que les llevaba a renegar de su antigua  Metrópoli para aceptar sumisos la penetración anglosajona en lo económico y en lo espiritual; y “cooperar con los planes anglosajones de destrucción de todo lo hispánico en beneficio de la nueva situación”. Era arrancar la raíz misma que dio origen a “nuestra raza”, cuya defensa hizo, en ocasión memorable para él, y seguía haciéndola.
Causas sociales y religiosas
Lástima que se interrumpiera aquí definitivamente la publicación del artículo y nos privara de sus reflexiones sobre las causas sociales y religiosas, sin duda las más interesantes y decisivas.
Decía Donoso que detrás o en el fondo de todo acontecimiento político hay un acontecimiento religioso y desde luego social. Esto nos da esperanza, , porque de lo que nos acaba de decir Vasconcelos sobre las causas políticas que más han influido en la decadencia y desfase histórico de Hispanoamérica, podemos con fundamento deducir algo de lo que nos hubiera dicho sobre las causas sociales y religiosas de esa decadencia.  Las causas políticas derivan  y se apoyan en las causas sociales y religiosas.
Cuando Vasconcelos nos dice que la causa política más decisiva fue “la penetración anglosajona en lo económico y en lo espiritual,  mediante un liberalismo que, por un lado, nos distraía con la lucha religiosa, mientras, por otro, acaparaba la dirección y el usufructo de los recursos nacionales”; clarísimamente nos está diciendo que la causa social y religiosa, no podía ser otra que el capitalismo en lo social y el liberalismo en lo religioso.
Más adelante insiste en señalar como causa política de esa pérdida, la aceptación del “Programa Imperialista que empujó al pueblo hacia la cooperación  con los planes anglosajones y la destrucción de todo lo hispano en beneficio de la nueva situación” con la promesa de “crear hombres libres”; con lo que nos está señalando  también clarísimamente cuáles son las causas sociales y religiosas, el capitalismo –fomentado y dirigido desde el vecino del Norte- y el liberalismo, concentrado en una persecución religiosa larvada y camuflada, bajo la etiqueta de “destruir todo lo hispánico en beneficio de la nueva situación” y “renegar de la antigua Metrópoli”.
“Destruir todo lo hispánico”, ¿qué puede significar esto? Si por algo se caracteriza “lo hispánico”, a fuer de católico, es precisamente por esto, por ser todo lo contrario del capitalismo (en el sentido peyorativo de la palabra) y del liberalismo. Y la razón es clara. Elliberalismo tiene su origen en J.J. Rousseau; y desde luego Rousseau es su modelo más conocido e influyente. Y el capitalismo moderno tiene su origen en la concepción calvinista de la salvación. Nada más lejos, ambas cosas, de la concepción católica de la economía y de la política y, por consiguiente, de lo “hispánico”. Destruir lo hispánico a beneficio de la nueva situación es simplemente destruir lo católico. Ahora se comprende el profundo significado social y religioso de esa frase incorporada al programa imperialista de Poinsett.
Liberalismo y capitalismo moderno o capitalismo liberal: he aquí las causas, he aquí el enemigo. No busquemos más. Agradezcamos al gran pensador mexicano su gallardía y sinceridad al enfrentarse tan abiertamente al problema y llamar a cada cosa por su nombre. ¿Le haremos caso? ¿Le harán caso los pueblos hispanos? Una garantía valiosísima de acierto en este análisis de Vasconcelos es su coincidencia total, verdaderamente notable, por caminos “a  posteriori”, con la doctrina social y política de la Iglesia; la que los Sumos Pontífices no dejan de enseñarnos por caminos “a priori” una y otra vez y el Vaticano II recoge en la Constitución Gauduim et spes sobre la Iglesia en el mundo de hoy.
Terminemos con la palabra esperanzada de Vasconcelos, al mismo tiempo consigna y canto a lo que debió ser y no fue la independencia de Hispanoamérica:
“Bolívar, que era un verdadero genio, se dio cuenta de todo esto; por eso murió decepcionado, pero reconociendo lo inevitable y aconsejando que se pusieran las bases para que alguna vez conquistásemos de verdad la autonomía”.

Hispanoamérica Unida