Mostrando entradas con la etiqueta intervención militar. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta intervención militar. Mostrar todas las entradas

jueves, 15 de marzo de 2018

Rumbo a Caseros: El combate de Campos de Álvarez (1852)

Combate de Campos de Alvarez






Juan Manuel de Rosas y Angel Pacheco, respectivamente, le propiciaban al Imperio del Brasil y a Urquiza el éxito fácil que éstos alcanzaban en su marcha triunfante hasta las campañas de Buenos Aires.  Rosas lo refería todo a Pacheco; y Pacheco a nada proveía atinadamente.  Júzguese por estos hechos, decisivos en el orden de las operaciones que terminaron en Caseros.  Un mes antes de la capitulación de Oribe, el coronel Martiniano Chilavert le dirigió a Rosas una memoria en la que le demostró con caudal de razones y mejores probabilidades, la conveniencia de que Oribe marchase a batir a Urquiza y de que simultáneamente se aprestase un ejército para invadir el Brasil (1).  Rosas aprobó la memoria, manifestó que la consultaría con Pacheco, pero dejó que le minasen el ejército a Manuel Oribe.  Cuando Urquiza reunía sus fuerzas en Gualeguaychú, el mismo Chilavert le encareció a Rosas la urgencia de defender la línea del río Paraná, y se ofreció a hacerlo personalmente.  Rosas le hizo decir que lo consultaría con Pacheco, y poco después Pascual Echagüe se vio en la precisión de abandonar a Santa Fe.  Cuando Urquiza se mueve de Rosario y Pacheco hace retirar a Lucio Norberto Mansilla de las posiciones en la costa del Paraná, Mansilla imagina que ello tiene por objeto destinarlo con infantería y artillería al extremo norte que domina Lagos con 8.000 jinetes, y defender la línea del arroyo del Medio, adonde irá a apoyarlo oportunamente Pacheco con las fuerzas que tiene en la Villa de Luján, y reunidos presentarle allí a Urquiza una batalla.  En caso de un desastre, quedaba asegurada la retirada a los cuarteles de Santos Lugares; y en todo caso se daba tiempo a que Rosas levantase la campaña del sur como un solo hombre y pusiese a Urquiza en críticas circunstancias, cercándolo de enemigos y cortándole la línea de sus recursos.  En este sentido le representó Mansilla a Rosas.  Pero Rosas le respondió que se entendiese con Pacheco; y Urquiza adelantó su vanguardia hasta el arroyo del Medio.  Cuando a la vista de Urquiza sobre este arroyo, Pacheco insiste en que Hilario Lagos se repliegue hacia el cuartel general, y Lagos le declara a Rosas por vía de protesta que él y sus soldados están resueltos a quedar allí defendiendo el suelo invadido por los aliados, Rosas le responde que está seguro de su patriotismo, y que armonice su conducta con las órdenes del genera Angel Pacheco.

Hay momentos en que Rosas reacciona.  Es cuando palpa la desorganización de todas sus fuerzas.  Entonces llama al mayor Antonino Reyes, jefe de Santos Lugares, y le habla de llamar a junta de guerra a los oficiales superiores.  Pero la reacción dura un minuto.  Es Pacheco; siempre la necesidad de Pacheco lo que lo hace variar de resolución.  Sin embargo, le dice a Reyes: “He de necesitarlo a usted a mi lado; es urgente ver a quién se ha de nombrar para que mane su batallón, y el de costeros y demás piquetes que reunidos formarán como 1.500 hombres con 6 piezas de artillería”.  Reyes indica al coronel Pedro José Díaz, experimentado militar que residía en Buenos Aires desde que fue hecho prisionero en el Quebracho Herrado (28 de noviembre de 1840) con el último cuadro de la infantería de Juan Lavalle.  “Dígale usted al señor Gobernador, le respondió Díaz a Reyes, que aprecio la confianza con que me honra: que aunque “unitario”, he de cumplir mi deber como soldado a las órdenes del gobierno de mi patria”.  Por tal incidencia se organizó esa brigada de infantería, la única que con la famosa artillería de Chilavert sostuvo hasta el fin el fuego contra los imperiales.

Lo cierto es que las disposiciones del general Pacheco daban por resultado dejar expedito a los aliados el camino que traían.  El 26 de enero, cuando los aliados llegaban al arroyo del Gato, y seguían de aquí a la laguna del Tigre (chacras de Chivilcoy), ordenó que se retiraran todas las fuerzas de la “Guardia de Luján” (actual ciudad de Mercedes), dejándole sólo 600 hombres al coronel Lagos que era el único que hostilizaba al enemigo.  Sin embargo, el 28 le escribe a Lagos que disponga lo conveniente para sus movimientos, “como lo verificó en la noche del 26 con las divisiones acampadas en el arroyo de Balta”; y que si ha hecho retirar al mayor Albornoz es por ser innecesario en presencia de la fuerte división que Lagos comanda.

Pero resultaba que no se habían verificado los movimientos que suponía el general Pacheco, pasando por alto el hecho grave de ordenar la retirada de todas las reservas a las órdenes del jefe de la vanguardia, y dejando a éste aislado con una diminuta división enfrente del enemigo a quien hostilizaba:  Lagos le respondió el mismo día 28: “El coronel Lagos, señor general, no ha verificado movimiento de ninguna especie con las divisiones acampadas en el arroyo de Balta en la noche del 26; sabía por el mayor Albornoz que V. S. había mandado retirar todas las fuerzas de la Guardia de Luján y con prontitud aquel día 26.  Si el infrascripto ha llegado a verse últimamente precisado a maniobrar, y hostilizar al enemigo, sólo por su flanco izquierdo, ha sido a consecuencia de la reprimenda que recibió por haber ido con su fuerza a la laguna de las Toscas a ponerse al frente del enemigo y en la ruta inerrable que calculó debía éste traer, como traía en efecto”. (2)

Simultáneamente con esto circulan graves acusaciones contra el general Pacheco.  Algunos avanzan que entre el 26 y 27 de enero se ha puesto al habla con el general Urquiza, a cuyo efecto hizo retirar hasta a los ayudantes del coronel Bustos de las inmediaciones de Luján.  El coronel Bustos se decide a transmitírselo a Rosas por intermedio del mayor Reyes.  “Está loco señor”, se limita a responder Rosas.  “Esta loco”, dice de un juez de paz que baja expresamente de su destino para repetir lo que sabe al respecto.  Y de uno de los que más importante papel desempeña en la legislatura, y que igualmente se lo repite, “esta loco”, dice también.

El ejército aliado avanzó de Chivilcoy hasta Luján adonde llegó en la mañana del 29 de enero.  El día 30 su vanguardia se hallaba en los campos de Alvarez, a poco más de dos leguas de algunas divisiones de la vanguardia de Buenos Aires, situada en la margen izquierda del río de las Conchas (actual río Reconquista), cubriendo el puente de Márquez.  Pacheco acababa de pasar este puente sin dar disposición alguna y tomó camino de su estancia del Talar.  Al comunicar Lagos la aproximación del enemigo, Rosas le ordenó que lo batiese, advirtiéndole que el general Pacheco, con fuerzas superiores defendería el puente de Márquez.  Con su división y las de los coroneles Domingo Sosa y Ramón Bustos (hijo del caudillo cordobés Juan Bautista Bustos), Lagos reunió como 2.500 hombres.  En la madrugada del 31 de enero formó tres columnas paralelas, cubrió su frente con algunos escuadrones ligeros y marchó al encuentro del enemigo.


Monolito emplazado en el sitio donde se libró el combate de Campos de Alvarez, el 31 de enero de 1852

Este tomo posiciones prolongándose sobre la izquierda en la dirección que Hilario Lagos traía, y donde se colocó el general Juan Pablo López con su división; en el centro el coronel Galarza con las caballerías entrerrianas, y a derecha e izquierda de este último las divisiones de los coroneles Aguilar y Caraballo, formando un total de 5.000 hombres.  Los mejores escuadrones de Buenos Aires chocaron con las aguerridas caballerías entrerrianas, y éstas vacilaron cuando Lagos en persona les llevó esas cargas que justo renombre le valieron en los ejércitos argentinos.  Pero rehechas sobre algunos regimientos que López lanzó oportunamente, mientras él maniobraba de flanco con rapidez, pudo Lagos penetrarse de la desigualdad de la lucha cuando, al generalizarse el combate, se arremolinaron algunos de los escuadrones bisoños ante aquella masa de caballería que comenzaba a envolverlos.  Entonces reunió sus mejores fuerzas, dio una brillante carga que contuvo al enemigo, y se retiró en orden sobre el puente de Márquez; perdiendo como 200 hombres, entre ellos el comandante Marcos Rubio y algunos oficiales, armas y caballos.

Los boletines del ejército aliado y el general César Díaz en sus “Memorias inéditas” (páginas 265 a 267) dan a Lagos 6.000 soldados de la mejor caballería, y contradiciéndose en los términos, así dicen que no hubo resistencia por parte de Lagos, como afirman que éste tuvo 200 muertos entre ellos jefes y oficiales, y que los aliados sólo tuvieron 26 hombres fuera de combate.  No es de extrañar que el general Díaz aceptase tales datos, pues que no tenía otros, hallándose como se hallaba a dos leguas del campo de Alvarez, e incorporándose a la vanguardia de los aliados en la mañana siguiente a la de la acción.  “Es que se creyó (y a la verdad que debía creerse) que Lagos conservaba bajo su mando la misma fuerza con que se retiró de la línea del norte.  Pero es lo cierto que en la acción de Alvarez, Lagos tenía únicamente las siguientes fuerzas: su división inmediata, milicia del Bragado y piquetes veteranos, 600 hombres; división Sosa 1.300; división Bustos 600 hombres.  La división Echagüe no estuvo en la acción, ni tampoco la división Cortina; y el grueso de la división que Lagos organizó en Bragado la hizo pasar consigo Pacheco por el puente de Márquez.

En el puente de Márquez, Lagos creía encontrar a Pacheco con infantería y artillería, conforme a las prevenciones que había recibido.  Pero Pacheco no estaba allí, ni había dejado un hombre.  Pidió órdenes, comunicando que seguía tiroteándose con las avanzadas enemigas.  Se le respondió de Santos Lugares que conservase su posición.  En la mañana del 11 de febrero se reunió a la vanguardia todo el ejército aliado en los campos de Alvarez.  Lagos lo comunicó a Santos Lugares, y recién al caer la tarde se le ordenó que si el enemigo avanzaba a pasar el río se replegase al cuartel general.

En estas circunstancias, Pacheco renunció a su cargo de general en jefe.  Fundaba su renuncia en que Rosas se hallaba en Santos Lugares a la cabeza del ejército.  Rosas recibió el golpe en medio del pecho.  Enseñándole la renuncia al mayor Reyes para que la contestase, le dijo: “Pero ¿no ve señor?…. Pacheco está loco, señor”. (3)  Y como Pacheco les ha comunicado su renuncia a los jefes para que se entiendan directamente con Rosas, y el jefe de la vanguardia pide órdenes a Santos Lugares, Rosas le responde que “no ha accedido a los deseos del señor general Pacheco, por lo que en el importantísimo destino que ocupa y que tan acertada como honorablemente desempeña, es que el ilustre general prosigue sus distinguidos servicios”. (4)

Sin embargo, Rosas montó en cólera cuando se le dijo que Pacheco no había defendido el puente de Márquez con la infantería y artillería que hizo retrogradar desde Luján, y como se le había ordenado.  “Si no puede ser -le decía a Reyes paseándose irritado- si no puede ser que el general Pacheco haya desobedecido las órdenes del gobernador de la Provincia”.  En la noche del 31 de enero, Benjamín Victorica fue a Santos Lugares de parte de Pacheco.  Rosas le habló sobre la conveniencia de poner la suma en las notas que se le dirigían, y lo despidió sin escucharle el mensaje.  En la tarde siguiente llegó el general Pacheco a Santos Lugares.  Reyes fue a anunciarlo y se volvió a conversar con el coronel Bustos.  No habían pasado cinco minutos cuando con asombro estos jefes vieron salir de las habitaciones de Rosas al general Pacheco, cabizbajo, que pasó sin saludarlos, montó a caballo y se dirigió a la chacra de Witt (5) desde donde asistió a los hechos de armas que tuvieron lugar en esos días.

La victoria de Alvarez fue naturalmente celebrada en el campo de Urquiza, y retempló la moral de los aliados quienes, en presencia de ella y de las facilidades que venía proporcionándoles el enemigo, llegaron a imaginarse, y no sin motivo, que en breves días entrarían con el arma a discreción en Buenos Aires.  En el campo de Rosas, si se experimentó la impresión de esa derrota, no se tradujo en signo visible alguno; que antes por el contrario, en la noche del 1º de febrero se pasaron de los aliados a Santos Lugares como 400 hombres, los cuales fueron recibidos entre las aclamaciones de sus antiguos compañeros.  El mismo espíritu de decisión en favor de Rosas mostraban las poblaciones de Buenos Aires, movidas por cierto atavismo encarnado en sentimientos enérgicos, que vivían al calor del esfuerzo común iniciado en la adversidad, e incontrastablemente mantenido entre los rudos vaivenes de la lucha.  Los que formaban en el ejército creían defender el honro nacional contra un extranjero que invadía la Patria.  ¿Sería eso pura poesía?  Es la poesía del honor, el cual no tiene más que un eco para la conciencia individual: las gentes de las campañas no veían más que el hecho inaudito de la invasión del Imperio del Brasil y rodeaban a Rosas en quien personificaban la salvación de la Patria.

Véase lo que respecto de esto último decía el general César Díaz, jefe de la división oriental del ejército aliado: “Los habitantes de Luján manifestaban hacia nosotros la misma estudiada indiferencia que los de Pergamino; y a los signos exteriores con que éstos habían hecho conocer su parcialidad con Rosas, agregaban otras acciones que denotaban con bastante claridad sus sentimientos.  Exageraban el número y calidad de las tropas de Rosas.  Traían a la memoria todas las tempestades políticas que aquél había conjurado, y tenían por cosa averiguada que saldría también victorioso del nuevo peligro que lo amenazaba”.

Y cuando todo el ejército aliado acampó en Alvarez, véase cuales eran las impresiones del general Urquiza, según el mismo general Díaz: “Fui a visitar, dice el general Urquiza y lo encontré en la tienda del mayor general.  Se trató primero de la triste decepción que acabábamos de experimentar respecto del espíritu de que habíamos supuesto animado a Buenos Aires.  Hasta entonces no se nos había presentado un pasado.  Si no hubiera sido –dijo el general- el interés que tengo en promover la organización de la República, yo hubiera debido conservarme aliado a Rosas, porque estoy persuadido que es un hombre muy popular en este país”.  Y el general Díaz agrega: “Si Rosas era públicamente odiado, como se decía, o más bien, si ya no era temido, ¿cómo es que dejaban escapar tan bella ocasión de satisfacer sus anhelados deseos?  ¿Cómo es que se les veía hacer ostentación de un exagerado celo en defensa de su propia esclavitud?  En cuanto a mí, tengo una profunda convicción, formada por los hechos que he presenciado, de que el prestigio del poder de Rosas en 1852 era tan grande, o tal vez mayor, de lo que había sido diez años antes, y que la sumisión y aun la confianza del pueblo en la superioridad de su genio, no le habían jamás abandonado”. (6)

Referencias

(1) Papeles de Martiniano Chilavert (Copia en archivo de Adolfo Saldías).
(2) Manuscrito en el Archivo de Adolfo Saldías.
(3) Referencia del señor Antonino Reyes.
(4) Manuscrito original en el archivo de Adolfo Saldías.
(5) Referencia del señor Antonio Reyes.
(6) Véase “Memorias inéditas”, páginas 263 y 270.

Fuente

Díaz, César – “Memorias Inéditas” – Publ. Adriano Díaz – Buenos Aires (1878).
Efemérides – Patricios de Vuelta de Obligado
Portal www.revisionistas.com.ar
Saldías, Adolfo – Historia de la Confederación Argentina – Ed. El Ateneo, Buenos Aires (1951)


Se permite la reproducción citando la fuente: http://www.revisionistas.com.ar/?p=7303

sábado, 17 de febrero de 2018

Primera invasión a Afganistán: A 29 años de la campaña

A 29 años del fin de la intervención militar de la Unión Soviética en Afganistán que terminó en derrota y el auge de los talibanes

El 15 de febrero de 1989 Moscú retiró a sus últimas tropas tras reconocer la derrota diez años después de iniciada la guerra. En los años posteriores el país entró en un conflicto civil que se saldó en 1996 con la llegada al poder del grupo extremista


Infobae


Dos soldados soviéticos fuman y se molestan con el fotógrafo, en un puesto de control del aeropuerto de Kabul en 1989

Hace exactamente 29 años la Unión Soviética (URSS) retiró sus últimos soldados de Afganistán tras una década de brutales combates que terminaron en derrota, fortalecieron al grupo extremista de los talibanes y contribuyeron a la caída del gigante comunista casi tres años después.

Las tropas de Moscú habían llegado al país a fines de 1979 y en apoyo del gobierno comunista de Babrak Karmal en Kabul, y de inmediato se vieron envueltas en una ola de protestas y levantamientos en su contra de parte de los afganos organizados principalmente en numerosos movimientos islamistas.


Un técnico de la fuerza aérea soviética descarta en 1989 los cartuchos vacíos de bengalas usadas por los aviones para desviar los misiles antiaéreos guiados por calor


En total, la URSS llegó a sostener una fuerza de unos 100.000 soldados (600.000 participaron en toda la guerra) que reprimieron con violencia a los civiles que creían vinculados a los muyahidines (combatientes de la yihad islámica), lo cual sólo potenció la resistencia en su contra.

La guerra atrajo la atención del mundo y los rebeldes comenzaron a recibir ayuda de los adversarios de los soviéticos: Estados Unidos, China, Pakistán e incluso Irán.


Un cañón antiaéreo operado por muyahidines en la provincia de Paktia, 1986

Se cree un millón de civiles perdieron la vida en una década de conflicto, además de 90.000 muyahidines, 18.000 tropas afganas leales al régimen en Kabul y unos 15.000 soldados soviéticos.

Cuando el 15 de febrero de 1989 Moscú finalmente reconoció la derrota en su objetivo de controlar el país y retiró a sus últimos tropas, el país derivó en una terrible guerra civil que sentó las bases para que los talibanes ("los estudiantes", en pastún), surgidos como un movimiento político ente los muyahidines, tomaran el poder en 1996 autoproclamándose el "Emirato Islámico de Afganistán".


La tripulación de un tanque soviético T-62 observa la destrucción sobre una aldea afgana en la región de Salang

La historia siguiente es más cercana. En 2001 Estados Unidos y sus aliados en la OTAN invadieron y derrocaron al grupo extremista, reavivando la guerra civil que desde entonces sigue sembrando la muerte y destrucción en el país centroasiático.


Un ícono de la guerra: el misil antiaéreo guiado por calor Stinger que los servicios de inteligencia de Estados Unidos proveyeron a los muyahidines. Esta arma les permitió derribar numerosas aeronaves militares soviéticas, especialmente helicópteros


El presidente de los Estados Unidos en ese entonces, Ronald Reagan, recibe a rebeldes afganos en la Casa Blanca en 1982 (Ronald Reagan Presidential Library)


Rebeldes afganos celebran el derribo de un helicóptero Mil Mi-8 de transporte de tropas


Anticuados cazas de fabricación soviética Mig-17 de la fuerza aérea afgana en 1980, en la provincia de Kandahar


Afganos en la cárcel de Pulicharkhi para prisioneros políticos, en Kabul, en enero de 1980 poco después de la llegada al poder de Babrak Karmal


Un grupo de muyahidines en la ciudad de Herat en 1980. En primer plano figura un ex capitán del ejército afgano que desertó para luchar contra los soviéticos


Soldados soviéticos se preparan para cambiar de posición en 1988 (AP)


Una columna de tanques T-62 a mediados de la década de 1980 (AFP)


Otro símbolo de la guerra: el helicóptero de ataque Mil Mi-24 “Hind” protege un convoy que llevaba combustible y comida a Kabul en 1989 (AP)


Veteranos del conflicto y familiares colocan flores en el monumento a los soldados soviéticos caídos en la guerra, el 15 de febrero de 2018 en Kiev, Ucrania

miércoles, 7 de febrero de 2018

Argentina: ¿Traición a la Patria en Caseros?

Caseros, la traición a la patria

El pronunciamiento de Justo José de Urquiza, que implicó la ruptura con Juan Manuel de Rosas y derivó en una alianza de Entre Ríos con el gobierno de Montevideo y el Imperio de Brasil, fue el prólogo de un episodio clave en la historia nacional
Por Pacho O'Donnell || Infobae





El 1º de marzo de 1851 el gobernador de Entre Ríos emitió un decreto, conocido como "el pronunciamiento de Urquiza", en el cual aceptaba la renuncia que Rosas presentaba anualmente en la seguridad de que le sería rechazada unánimemente por gobernadores y legisladores. Era, lisa y llanamente, una declaración de guerra.

La ruptura de los jefes federales se daba en medio de una tensa situación entre la Confederación gobernada por Rosas y el Imperio del Brasil de Pedro II. La relación de fuerzas era claramente favorable para nuestra patria pues el Restaurador había preparado cuidadosamente, en armamento y en adiestramiento, dos fuertes cuerpos militares: el Ejército de Operaciones de la Confederación Argentina acantonado en Entre Ríos y Corrientes bajo el mando del general Urquiza, que podía poner entre 15 ó 16 mil hombres sobre las armas. Y el Aliado de Vanguardia, en la Banda Oriental, con un número semejante de combatientes argentinos y orientales, comandado por el general Oribe.

Pero entonces sucede lo insólito: en febrero de 1851 llega dirigida al canciller brasileño Paulino una nota del Encargado de Negocios brasileños en Montevideo informándole que un agente del Comandante en Jefe del Ejército de Operaciones argentino lo había visitado para hablarle de la posibilidad de "neutralizar" a ese ejército.

Urquiza era rico, riquísimo, y uno de los secretos de ello era la salida de oro hacia el extranjero por la puerta falsa de Entre Ríos lo que le proporcionaba grandes ganancias irregulares pues Rosas había prohibido en 1837 la exportación del oro a fin de mantener una existencia que sostuviera el valor del peso e hiciera elásticas las reacciones del mercado.

Antonio Cuyás y Sampere era hombre de confianza y socio comercial de Urquiza, lo que hoy se llamaría un "operador". Herrera y Obes, canciller en Montevideo, llamó a Cuyás y en nombre del Brasil le formuló una pregunta: "En caso de una guerra de la Confederación con Brasil, ¿podría contarse con la defección de Urquiza a sus deberes?", tal como lo registró el catalán en sus Memorias. En ese entonces la mayor expectativa brasilera era la no intervención del ejército enemigo.

La respuesta de Urquiza fue la que podía esperarse de un general de la Nación a cuyo mando estaba el principal ejército que se aprestaba a una guerra contra el Imperio que osaba hacer una pregunta tan atrevida: "¿Cómo cree, pues, el Brasil, como lo ha imaginado por un momento, que permanecería frío e impasible espectador de esa contienda en que se juega nada menos que la suerte de nuestra nacionalidad o de sus más sagradas prerrogativas, sin traicionar a mi Patria, sin romper los indisolubles vínculos que a ella me unen, y sin borrar con esa ignominiosa mancha mis antecedentes?" (Carta a Cuyás, 20 abril de 1851).

Pero las relaciones entre Rosas y Urquiza se fueron deteriorando a pasos agigantados pues don Juan Manuel no ignoraba las maquinaciones del entrerriano, uno de cuyos secretarios, Nicanor Molinas, explicaría los motivos de su insubordinación: "Al pronunciamiento se fue porque Rosas no permitía el comercio del oro por Entre Ríos".

Los contactos entre Urquiza y los brasileños continuaron. El canciller Paulino se preguntaría: "¿Pero obrará Urquiza, en efecto, de buena fe?¿No será una comedia entre él y Rosas?".

Los brasileños imponen sus condiciones: Brasil se comprometería en una acción militar contra Rosas solamente con la certeza de un público e irreversible "pronunciamiento" de Urquiza contra el Restaurador. Además exigían un compromiso escrito de que luego de la inevitable victoria de ambos ejércitos unidos el entrerriano garantizaría al Imperio sus premios: el reconocimiento de sus derechos sobre las Misiones Orientales, la libre navegación de los ríos interiores argentinos, el probrasileño Garzón elevado a la presidencia de la República Oriental, el reconocimiento de la independencia paraguaya para que cayera en la órbita del Imperio.

Finalmente Urquiza, argumentando la necesidad de dar una Constitución a la Argentina, a lo que Rosas se negaba, hace redactar el pronunciamiento en contra del Restaurador. En el comunicado las tropas a sus órdenes habían dejado de ser el Ejército de Operaciones de la Confederación, ahora era el Ejército de Entre Ríos.

A continuación cruzó el río Uruguay el 19 de julio, dejando a otros 10.000 hombres en Entre Ríos para cuidar la retaguardia. El 4 de septiembre, de acuerdo a lo acordado, 16.000 soldados de las fuerzas brasileñas, entre los cuales se contaban 3.000 temible mercenarios alemanes, también atraviesan la frontera. Oribe capitularía en la Banda Oriental el 8 de octubre y el Ejército Grande se incrementaría aún más con la incorporación de oficiales y soldados del Ejército de Vanguardia.

Domingo Sarmiento, convertido poco después de Caseros en acérrimo enemigo del entrerriano, le escribirá: "Se me caía la cara de vergüenza al oírle a aquel Enviado (del Brasil) referir la irritante escena y los comentarios: ¡Sí, los millones con que hemos tenido que comprarlo (a Urquiza) para derrocar a Rosas! Todavía, después de entrar en Buenos Aires, quería que le diese cien mil duros mensuales".

El "Ejército Grande" podía haber entrado en Buenos Aires al día siguiente de Caseros, 3 de febrero, que fue una breve escaramuza con el resultado definido de antemano, pero los brasileños forzaron a Urquiza a hacerlo recién el 20, aniversario de la batalla de ltuzaingó, como reparación por aquella derrota del Imperio a manos del ejército argentino.

lunes, 5 de febrero de 2018

Argentina: Batalla de Caseros logra la unificación nacional y la entrada en la modernidad

La Batalla de Caseros, punto de partida de la unión nacional

La contienda militar, celebrada el 3 de febrero de 1852, es el hecho que habilita la organización del país y la sanción de una constitución orientada a construir un estado central republicano

Por Diego Valenzuela ||  Infobae




La Batalla de Caseros (3 de febrero de 1852) es uno de los momentos clave en la fundación de la Argentina moderna. Por un lado representa la conclusión de un debate por el control del puerto de Buenos Aires, su aduana o el acceso a los ríos, y por otro es el epílogo final de un conflicto entre federalismo y centralismo. No es sólo una batalla, es el punto de partida para la unión nacional, el hecho que habilita la organización del país y la sanción de una constitución orientada a construir un estado central republicano, resguardando los valores del federalismo.

Siempre me sentí orgulloso de haber nacido en Caseros, muy cerca de donde ocurrió esta histórica batalla. Hoy me toca ser el intendente de Tres de febrero, justamente, municipio que debe su nombre a ese hecho y donde se asientan dos mudos testigos de aquellos acontecimientos: la chacra de Diego Casero y su histórico Palomar, ambos declarados monumentos históricos nacionales y situados dentro del predio del Colegio Militar de la Nación. En la casa de Casero -una chacra construida en 1788 que producía alimentos para la Buenos Aires colonial- se realizó además la primera reunión que culminó con el Pacto de Unión Nacional (San José de Flores).

El lugar merece una visita: en él se respira historia, se puede observar un paisaje casi como el que vieron Rosas y Urquiza.  Allí hacemos la Noche de los Museos y una muy entretenida carrera de 10 kilómetros que atraviesa no sólo los lugares históricos, sino la pista de entrenamiento de los cadetes del Colegio Militar y hasta un arroyo.

La batalla en sí misma se realizó probablemente entre las 8 y las 14 horas de aquel 3 de febrero de 1852. En total participaron algo más de 50 mil hombres y desde el mismo comienzo las tropas del Ejército Grande mostraron su superioridad, pese a que los federales contaban con cuatro coheteras, última tecnología en armas por entonces.

Según se sabe, algunos de los jefes rosistas -con Ángel Pacheco a la cabeza- desistieron en días previos al combate por estar en desacuerdo con los planes trazados por Rosas; cuando éste advirtió que el resultado del enfrentamiento era irreversible, comenzó a alejar a sus asistentes delegándoles diversas misiones y acompañado por un reducido grupo se alejó del campo de batalla.

Fue en estas circunstancias que su yegua Victoria, así llamada en homenaje a la reina de Inglaterra, rodó (se cree que metió una de sus patas en una vizcachera) y provocó una supuesta caída de Rosas. Las consecuencias de esto se ven claramente expresadas en su renuncia cuando pide perdón "por lo trabajoso de mi letra". La caída hizo que un almacén de ramos generales (pulpería) de las cercanías pasase a llamarse "El trompezón", término que dio el nombre a una estación del ferrocarril Urquiza: Tropezón, en el actual barrio de Caseros.

En la batalla sobresale la presencia, además de Rosas y de Urquiza, de futuros presidentes argentinos: Mitre y Sarmiento, quien obraba como boletinero del Ejército Grande. Es este último quién relata los hechos y pone foco en algo singular: Purvis, el perro de Urquiza. El nombre se lo puso el entrerriano como homenaje a Robert Purvis, un militar inglés que había adherido a la causa contra Oribe (sitio de Montevideo). Parece que el perro era celoso guardián de su jefe, quien lo halló en Montevideo y lo mantuvo cerca durante toda la campaña; aparece incluso en los grabados que realiza Penutti y que se editan en la imprenta del Ejército Grande. Sarmiento contaba que una vez se cruzó con Mitre volviendo de la carpa de Urquiza y lo primero que le preguntó don Bartolomé fue: ¿No lo mordió Purvis?

El autor es historiador e intendente de Tres de Febrero.

domingo, 7 de enero de 2018

Guerra de Angola: Los MiG-23s cubanos en Angola (1)

Los MiG-23 en Angola 
Por Rubén

I Parte. Misiones de apoyo aéreo 

Llegada a Angola 




MiG-23ML cubanos siendo "empacados" para su destino operacional en África 

A partir de 1984 la FAR en Angola recibe cazas MiG-23ML y MiG-23UB, hasta llegar a la cifra de 50 aparatos. Allí el grueso de sus misiones fueron de ataque a tierra. Estos excelentes cazas rusos, llamados “chorizos” por los pilotos cubanos, tenían el doble del radio de acción y carga de combate que los MiG-21 (llamados “salchichas”), y se convierten en un importantísimo factor en la victoria cubano-angolana, siendo el azote de la UNITA en 1984-1987, y del SADF sudafricano al intervenir éste en 1987-1988. 

 

Los MiG-23 cubanos en la campaña de 1987 
Cuando en noviembre de 1987 Angola pide ayuda militar a Cuba tras la derrota de la ofensiva de la FAPLA "Saludando a Octubre", el mando cubano decide intervenir en la batalla de Cuito Cuanavale. Los primeros destacamentos acorazados y de artillería cubanos son enviados a Cuito desde Menongue, y avanzan los 200 km bajo la cobertura de los MiG-21 y MiG-23. Otra medida decisiva es mandar desde Cuba los mejores pilotos de MiG-23 en vuelos directos de Ilyushin Il-62M. Los MiG-23ML del Teniente Coronel Armando González "El Guajiro", son concentrados en Menongue y actuarán desde esta base aérea, junto a los MiG-21bis. Otro escuadrón entero de MiG-23ML es enviado de Cuba en el buque "Las Coloradas". La primera tarea de los MiG-23ML, es cubrir el repliegue de la FAPLA hacia Cuito Cuanavale. 

 
MiG-23 con los colores de la FAPA. La imagen refleja un MiG-23MF, que en realidad no estuvo en Angola, sino sólo los ML y UB. (Dibujo de Chris Banyai-Riepl) 

Con la aparición de los MiG-23ML en el sur de Angola la FAR conquista la superioridad aérea sobre la SAAF, la cual el 27 de setiembre pierde su primer Mirage F1 derribado por MiG-23ML, desde lo cual la SAAF evitaba contacto directo con los MiG-23. De noviembre de 1987 a enero de 1988 los MiG-21 y MiG-23 de la FAR hacen más de 1,000 misiones de combate en apoyo de la FAPLA y frenando el avance del SADF y la UNITA hacia Cuito Cuanavale, obligándolos a moverse sólo de noche, y a enmascararse muy bien de día. Ya el 5 de enero de 1988 el soldado sudafricano V.W. Beling escribía en su diario (ocupado luego de la derrota sudafricana en el combate de Tchipa el 27 de junio de 1988): 

"Hoy ha sido un día aburrido, al levantarnos tuvimos una marcha de iglesia, despues sólo tuvimos el resto del día. Todo el día estamos huyendo de los MiGs. Corremos hacia nuestros huecos y nos sentamos ahí hasta que se van. Entonces volvemos a la red de enmascaramiento...." (1) 

El 15 de diciembre de 1987 el SADF comienza la "Operación Hooper", con el objetivo de destruir junto a la UNITA a la agrupación de la FAPLA en Cuito Cuanavale. Sus obuses enmascarados G5 y G6 con 42 km de alcance, inician el hostigamiento de la base aérea de Cuito, lo cual obliga a sus defensores a limitar el empleo de la base aérea por los MiGs, aunque los helicópteros Mi-8 y Mi-24 siguen operando desde allí. Pero con sus intensos bombardeos, los MiGs permiten ganar un vital tiempo para preparar la defensa, y con ello los MiG-23 comienzan a convertirse en factor decisivo de la batalla. 

Papel de los MiG-23 en la defensa de Cuito Cuanavale 
Esta fue la batalla más grande en la historia del Africa negra, y tuvo consecuencias que decidieron la guerra a favor del lado cubano-angolano. El SADF y la UNITA realizan varios intentos de romper las defensas de Cuito Cuanavale. El 13 de enero por la mañana se produce el primer gran ataque, pero se encuentran con una defensa inesperada, y sólo logran avanzar 3 km en algunos puntos. 

 
MiG-23ML FAPA C-436 con cuatro bombas FAB-250 de 250 kg y un tanque PTB-600 de 600 litros 

Ese día era tormentoso, con torrenciales aguaceros, y los sudafricanos pensaron que los MiGs no despegarían. Por eso se agruparon abiertamente para efectuar un segundo ataque por la tarde, sin enmascararse y en estrechas formaciones de blindados. Este error lo pagan caro. El tiempo mejora ligeramente, y de inmediato despegan de Menongue los MiG-21bis y MiG-23ML cubanos lidereados por el Coronel Humberto Trujillo, con 1 tonelada de bombas cada uno. Ellos sorprenden a la agrupación del SADF, y le causan cuantiosas bajas, destruyendo numerosos equipos. Para aprovechar la ocasión despegan de nuevo los MiGs otras dos veces, esta vez con 2 toneladas de bombas cada uno, y escoltados por 4 MiG-23ML con misiles R-24 y R-60 por si aparecen los Mirage F1 de la SAAF. Los MiGs hacen esa tarde 22 misiones, machacando con 32 toneladas de bombas al SADF, que pierde numerosos equipos pesados. Tras este bombardeo, el SADF desiste del ataque, y se retira de la zona de combates para reponer fuerzas, tras perder 7 tanques Olifants, varios blindados Elands y otros vehículos por el fuego de la artillería, los T-55 y los MiG-21bis y MiG-23ML de la FAR. 

 

Tres días después, el 16 de enero el Coronel Trujillo y el Teniente Coronel Armando Gonzáles realizan una misión de exploración con MiG-23, y descubren un Olifant solitario, a varios km al este de Cuito Cuanavale. Siguiendo sus huellas, encuentran una agrupación del SADF enmascarada, con tanques, blindados, obuses y camiones. Los MiGs siguen de largo, para hacer creer al enemigo que no fueron descubiertos, y a 25 km de distancia suben a 7,000 m para llamar y esperar al grupo de choque de 4 MiG-23ML con bombas. Al llegar el grupo, los seis MiG-23ML se lanzan en una picada de 60° al enemigo, lanzando varias toneladas de bombas, y ascendiendo de la picada con 7 Gs de sobrecarga. Los sudafricanos sufrieron tal sorpresa, que no se defendieron con sus misiles ni cañones. Los fragmentos de la técnica enemiga ascendieron a 300 m de altura. 

 
Vehículos del SADF destruídos por ataques de MiG-23 por Cuito el 13 de enero de 1988 (Humberto Trujillo, "Trueno justiciero") 
 
MiG-23ML se reabastace de combustible. Bajo las alas racimos de cohetes UB-32 
 
La moral de los cubanos siempre fue alta. Técnicos colocan un misil R-24R al MiG-23ML (César Gómez, "Viaje al centro de los héroes") 

 
La zona civil de Cuito Cuanavale era bombardeada por los G5 sudafricanos, y su población tuvo que ser evacuada (César Gómez, "Viaje al centro de los héroes") 

El enemigo necesita todo un mes para reponer fuerzas tras su primer fracaso, y el 14 de febrero de 1988 las fuerzas del SADF y la UNITA inician un segundo ataque a las defensas de Cuito Cuanavale. A las 9.30 h de la mañana los MiG-23 de Juan Pérez y Eladio Avila detectan el enemigo avanzando en formación de combate. De inmediato despegan otros 5 MiG-23ML, descargando sus bombas en medio de las líneas enemigas. El ataque enemigo es rechazado, pero a las 13.30 h se repite. Fuerzas de hasta tres batallones del SADF y seis de la UNITA avanzan apoyados por más de 100 blindados de varios tipos, entre ellos 40 tanques Olifants. Con tal superioridad de fuerzas, logran romper la defensa de la 59° Brigada angolana, pero son detenidos por un audaz contraataque de 8 tanques T-55 cubanos, y los sudafricanos pierden 10 Olifants, retirándose. La FAR contribuye al rechazo del ataque enemigo, cumpliendo los MiGs 35 misiones de apoyo aéreo con bombas, y 14 de cobertura aérea. Días después, el 20 de febrero, se repite el ataque con los tanques Olifant, blindados Eland, Ratel y Casspir, que fue rechazado de nuevo con el apoyo de los MiG-23. Ese mismo sábado 20 de febrero por la mañana, la SAAF tiene otra pérdida dolorosa, cuando los cubanos derriban otro Mirage F1AZ SAAF-245 (del mayor Edward R. Every), con llos cañones de 23 mm de la Shilka ZSU-23-4 de Juan y José, y el misil Strela-3 (SA-14) del cohetero Ernesto. 

 
El personal de tierra trabajó arduamente. Ningún MiG-23 estuvo de baja durante la campaña final de 1988 
 
Sistema antiaéreo cubano Strela-10 (SA-13) en Cuito. Los sudafricanos le abjudican la pérdida de su Mirage F1AZ del 20 de febrero de 1988 (La guerra de Angola) 
 
Restos del Mirage F1AZ del major Edward Every derribado el 20 de febrero por ZSU-23-4 y Strela-3 cubanos (César Gómez, "Viaje al centro de los héroes") 

El 25 de febrero por la madrugada el SADF y la UNITA inician otra fuerte ofensiva, iluminándose con bengalas. Sin embargo, caen en los nuevos campos de minas, y bajo el fuego de los cañones de 130mm cubanos y los T-55. En la oscuridad su infantería y blindados se detienen confundidos, y avanzan lentamente con grandes pérdidas. Los MiG-21 y MiG-23 hacen 52 misiones desde Menongue, arrojando 26 toneladas de bombas al enemigo, cuyo ataque de turno es rechazado. 

Este día 25 de febrero se producen los últimos encuentros aéreos de los MiG-23 en la guerra. Durante febrero comienza la caza de los obuses G5 y G6, que hostigaban todo el tiempo a las tropas por Cuito. Anteriormente los MiG-23ML salían a atacar estos obuses, guiándose por las indicaciones de los angolanos o rusos. Pero esta información era inexacta, o retrasada, y no los encontraban. Los sudafricanos se enmascaraban muy bien, y dejaban de disparar cuando detectaban en despegue de los MiG-23, además de que también todo el tiempo cambiaban de posición. Entonces el mando de la aviación cubana organiza su propia fuente de información, explorando la zona con parejas MiG-23ML, que debían llamar al grupos de apoyo de MiG-23. A mediados de febrero el Coronel Trujillo detecta un cañón G5 por el río Chambinga, y en vuelo rasante le lanza bombas con paracaídas, luego llegan los demás MiG-23, que destruyen la pieza. El 21 de febrero el Coronel Trujillo junto al Coronel Luis Alonso Reina organiza la exploración aérea contra los G5. Desde entonces los sudafricanos son más cuidadosos, se tienen que retirar al alcance máximo de sus piezas (disminuyendo la puntería), y cada vez que detectan el despegue de los MiGs de Menongue, dejan de disparar y se enconden. Los obuses son en buena medida neutralizados por los MiG-23ML. Un soldado sudafricano reconoce: 

“Los MiGs eran el gran problema en Angola. Nosotros no podiamos usar nada contra ellos, y la FAPLA (con apoyo de Cuba y Rusia) tenian efectivamente la superioridad aerea. Un sargento de G5 (Artilleria) me dijo: “Cuando los MiGs estan en el aire, la guerra se detiene”. Los G5 y lanzacohetes multiples tenian que ser cuidadosos en hacer fuego en dias claros, porque sus posiciones se detectaban, y venian los MiGs a cazarlos” (2) 

 
Pareja de cazas MiG-23ML FAPA C-454 y C-436 
 
MiG-23ML cubano en Angola, con dos misiles R-60M y dos R-24T. 1988 
 
MiG-23ML en Angola, 1988 (Humberto Trujillo, "Trueno justiciero") 
 
Este MiG-23ML acaba de soltar su paracaídas al aterrizar 

El último ataque enemigo a Cuito Cuanavale. La Victoria 
El 1 de marzo de 1988 se produce el quinto ataque a las defensas angolano-cubanas por Cuito Cuanavale. Ese día el SADF pierde 20 muertos y 59 heridos, según sus radiocomunicaciones monitoreadas desde el lado cubano. El SADF y la UNITA demoran en reponerse 1,5 mes, y el 23 de marzo inician el último intento de avance por Cuito Cuanavale, que termina con otro gran fracaso, conocido como "El desastre de Tumpo". Para entonces la defensa de Cuito ya había sido reforzada con tropas regulares cubanas. Tras horas de combate, el enemigo comienza a retirarse a las 16.00 horas, con grandes bajas, y la pérdida de cuantiosa técnica en manos cubano-angolanas, entre ellos 3 tanques Olifants. La aviación apoya intensamente la defensa de Cuito. Para elevar la efectividad de sus golpes, la artillería cubana lanza proyectiles fumígenos en medio de las líneas enemigas, marcánle el objetivo exacto a los rasantes MiG-21 y MiG-23. Ese día el combate fue tan intenso, que los sudafricanos dispararon 700 proyectiles de 155 mm de G5, 36 cohetes de Walkirie, y 66 granadas de mortero. 
El fracaso definitivo del SADF ante Cuito Cuanavale, en su mayor batalla de su historia, tiene varias consecuencias. Una de ellas es que la SAAF desiste seguir participando activamente en la guerra, hasta que no reciba nuevo equipamiento, pues sus Mirage F1AZ con misiles Kukri son netamente inferiores al MiG-23ML con misiles R-24/R-60. Ese mismo día 23 de marzo los Mirage F1AZ de la SAAF se ven obligados a hacer su último 683 vuelo de combate en la campaña, abandonando a sus tropas terrestres y dejando definitivamente el aire en manos de los MiG-23ML, que seguirán machacando impunemente al SADF y la UNITA. Sólo de enero a marzo de 1988 los MiGs cubanos cumplen 1,283 misiones de vuelo por Cuito Cuanavale, realizando 722 misiones de bombardeo y 561 misiones de cobertura aérea, arrojan 358 t de bombas y 4,000 cohetes S-5, además de otras municiones, causando inmensas pérdidas en hombres y equipos. Aunque oficialmente el SADF reconoció sólo 31 muertos durante Cuito Cuanavale, fuentes extraoficiales sudafricanas admiten que tuvieron 715 muertos. 

 
Tanque Olifant del SADF destruído en Cuito Cuanavale (Foto de "La guerra de Angola") 
 
Este Olifant fue capturado tras caer en un campo de minas (La guerra de Angola) 
 
Soldados cubanos posan junto a uno de los Olifants de trofeo (César Gómez, "Viaje al centro de los héroes") 
 
El General Cintra Frías satisfecho maneja uno de los Olifants capturados (La guerra de Angola) 

Fuente original

sábado, 16 de diciembre de 2017

Guerra civil: Batalla de Cagancha

Batalla de Cagancha




Pascual Echagüe (1797-1867)


Luego de ser depuesto el general Manuel Oribe, Juan Manuel de Rosas ordena al ejército entrerriano al mando del general Pascual Echagüe que se interne en el Estado Oriental para enfrentar al general Fructuoso Rivera.  Desde mediados de octubre de 1839 sólo hubo entre ambos pequeñas escaramuzas.  Hasta principios de diciembre Echagüe estaba situado del otro lado del río Santa Lucía, y Rivera de este lado.  Pocos días después el primero acampó en San Jorge y el segundo en Santa Lucía Grande.  Echagüe en sus partes a Rosas le comunicaba que había provocado en vano a Rivera a una batalla, pero que éste la rehuía; y Rivera alegaba por su parte que no le convenía atacar a Echagüe en las posiciones que éste había escogido, porque la infantería de su adversario era superior en número a la suya, fuera de que quería dar tiempo a que Lavalle organizase sus elementos.  Precisamente en nombre de esta última circunstancia, que Rivera alegaba sincera o especulativamente, Rosas le manifestó a Echagüe la necesidad que había de resolver cuanto antes la contienda en el Estado Oriental.  En vista de esto Echagüe levantó su campamento, y el 29 de diciembre marchó sobre Rivera, el cual se había atrincherado entre los arroyos de la Virgen y de San José, en los campos de Cagancha.

Rivera esperó a su enemigo con su línea tendida, en sus posiciones, colocando en el centro diez piezas de gruesa artillería al mando del coronel Pirán, y dos batallones de infantería al mando del coronel Lavandera; en la derecha e izquierda toda su caballería al mando superior de los generales Aguiar y Medina, e inmediato de los coroneles Nuñez y Flores, y que con la reserva que mandaba el general Martínez componían un total de unos cinco mil hombres.  Echagüe avanzó con igual número de fuerzas, aproximadamente, y en la misma formación de Rivera, con la diferencia de que escalonó su caballería de las alas derecha e izquierda, mandadas, la primera por el general Urquiza, y la última por el general Lavalleja, y colocando 4 piezas de artillería al mando del coronel Thorne, en medio de los batallones Rincón y Entrerriano, en el centro y a las órdenes del general Garzón.

El ala derecha de Echagüe fue la primera que se lanzó al combate; y lo verificó con tanta rapidez que, según lo afirma el coronel Pirán en una carta en la que da cuenta detallada de la batalla de Cagancha, “la vanguardia de Rivera tuvo que replegarse al galope atrás de su ala izquierda”.  El coronel Núñez pudo rehacerse en parte y aun contener las cargas que le llevó Urquiza; pero los federales consiguieron al fin flanquear por la izquierda al ejército oriental, y se introdujeron en la retaguardia de éste, dispersándole toda esa parte de la línea, y causándole gran número de bajas.  El mismo descalabro se produjo en la derecha de Rivera.  “El costado izquierdo del enemigo –dice el coronel Pirán en la referida carta- se precipitó poco después, pero no encontró resistencia, y trajo su carga hasta nuestra retaguardia, pues una de las causas de no encontrarla fue que nuestra reserva, compuesta de más de 600 hombres, disparó con el más miserable amago”.

En estas circunstancias avanzaron Garzón con su infantería y Thorne con sus cuatro piezas de cañón hasta colocarse a unas cien varas frente al costado izquierdo del centro de Rivera, desde donde empeñaron el verdadero combate con la artillería e infantería de este último.  Era indudable que la victoria pertenecía en este momento a Echagüe, pues que sus alas izquierda y derecha estaban victoriosas en efecto, y a retaguardia de la línea enemiga en dispersión.  Para asegurarla completamente no había sino arrojar una fuerte columna de caballería sobre la retaguardia de la artillería e infantería de Rivera que sufrían en esos momentos los fuegos de mosquetería y de cañón de Garzón y de Thorne.

El momento era decisivo, y el recurso era tan ventajoso que iba a dar la victoria al primero que lo usara.  “Hubo un espacio de tiempo –dice el coronel Pirán- que la distancia que mediaba de la artillería al parque, eras un enredo de jefes, oficiales, tropa y mujeres que se abrigaban en aquel recinto”.  Pero Echagüe cometió el error de comprometer todas sus fuerzas desde los primeros momentos de la batalla; y cuando le fue menester esa fuerte columna de caballería, ésta se encontraba fraccionada y a larga distancia, persiguiendo la caballería de Rivera.  Este pudo reunir una columna como de mil quinientos hombres; y como su artillería e infantería se conservaban en sus trincheras, a Echagüe no le fue posible restablecer el éxito de la batalla, y se vio obligado a ponerse fuera de tiro de su adversario, acampando como a legua y media del lugar de la batalla.  Rivera quedó dueño del campo, pero con su ejército destruido, pues Echagüe le hizo como mil quinientas bajas debido a la dispersión y a la persecución bien dirigida de Urquiza, Lavalleja y Gómez; y le tomó todo el parque y como quince mil caballos.  No era, pues, de extrañar que no le molestara a Echagüe.  A la mañana siguiente este último empezó a reunir sus dispersos, y mientras que Rivera se dirigía a Santa Lucía, él emprendió su retirada al Uruguay, pasando a Entre Ríos a pesar de los buques de la escuadra francesa que quisieron impedirlo. (1)

La batalla de Cagancha fue festejada, sin embargo, en Corrientes y en el Estado Oriental como un triunfo de Rivera, y éste quiso aprovechar de las facilidades que le proporcionaba la retirada de Echagüe para hacerse el árbitro en los negocios de la guerra contra el gobierno argentino, extendiendo su preponderancia al litoral y muy principalmente a Corrientes con cuyo gobierno había abierto negociaciones al respecto, y donde campeaba la influencia del general Lavalle.  Las circunstancias y los hechos producidos de mancomún con sus aliados, favorecían su intriga.  Desde luego Rivera ofrecía aplicar a los objetos de la guerra los recursos y el apoyo que los franceses se obligaron a suministrar por el tratado Berón de Astrada, y que habían suministrado en efecto, con más los que él podía proporcionarse del Estado Oriental que estaba sometido a su imperio.  La “Comisión Argentina” de Montevideo era, por otra parte, la que había trabajado esa alianza con Corrientes sobre la base de que Rivera dirigiera en jefe la guerra.  Y el general Lavalle, siguiendo los consejos de sus amigos que fueron a buscarlo a su retiro de Mercedes, había entrado en un todo en este plan y le había escrito a Rivera poniéndose a sus órdenes con las fuerzas que reunió en Martín García.  Ni el gobernador Ferré podía negarse en justicia a la ratificación del tratado Berón de Astrada, que solicitaba Rivera para unir sus recursos a los que estaban comprometidos en Corrientes, ni la “Comisión Argentina”, ni el general Lavalle podían tampoco oponer una razón seria a las pretensiones de Rivera que ellos mismos habían fomentado, quizá con la idea de reducirlas después a cortos límites, pero sin pensar que Rivera había de sacrificarlo todo a su antigua aspiración de tener bajo su imperio todo el litoral, como lo sacrificó en efecto, desbaratando los cuantiosos recursos militares que se pusieron en sus manos.

Referencia


(1) Estas noticias sobre la batalla de Cagancha, las tomó Adolfo Saldías de la carta arriba indicada del coronel Pirán, jefe de la artillería de Rivera en la misma batalla; de apuntes y referencias del coronel Thorne, jefe de la artillería de Echagüe en Cagancha, y del parte oficial de Echagüe a Rosas que concuerda con lo que afirman esos dos jefes.

Fuente

Efemérides – Patricios de Vuelta de Obligado
Portal www.revisionistas.com.ar
Saldías, Adolfo – Historia de la Confederación Argentina – Ed. El Ateneo – Buenos Aires (1951).