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jueves, 30 de abril de 2026

España Colonial: La heroica Cartagena

Cartagena, la heroica 


REVISTA GUARDACOSTA

Fuente: Revista GUARDACOSTA- N°   Año 19    Autor: Gabriel Porras Troconis



El 20 de enero de 1533 echó el madrileño Pedro do Heredia, en la amplia bahía denominada Cartagena por el experimentado marino y cartógrafo Juan de la Cosa, los fundamentos de la ciudad que después habría de tomar ese nombro. La fundación la narra Juan de Castellanos y la confirma Gonzalo Fernández do Oviedo cuando dice: "Primero de junio de aquel año de mil ó quinientos treinta y tres años, nombró el gobernador por primeros alcaldes ó regidores para el pueblo de Calamar, donde hizo su asiento, é mandó que se llamase la ciudad de Cartagena". En efecto, Castellanos, en el relato que hace de la fundación, reconoce que en ese momento no se dio a la nueva población nombre alguno, sino que lo adquirió más tarde. En el primer Congreso Hispano Americano de Historia reunido en Cartagena a fines de diciembre de 1933, después de cinco sesiones dedicadas a dilucidar cuidadosamente la fecha de la fundación, la opinión de los congresistas unificada aceptó como indiscutible, la dicha fecha del 20 de enero. El propio Oviedo en el capítulo VII de la obra ya citada, enfáticamente reconoce que "Calamar es Cartagena". Pueden releerse los relatos citados.

Fundada la población española y denominada Cartagena como lo dice Oviedo, inicia el reconocimiento del territorio, conforme a las capitulaciones por él firmadas, le correspondía, y halla que en él hay oro en tanta abundancia, que pudo decirse con fundamento: "Pobre el Perú si se descubre el Sinú". Con la riqueza, el desarrollo de la población aumentó con rapidez inusitada, llegaron de la Península las primeras mujeres españolas y el modesto caserío fue cobrando contornos de auténtica urbe civilizada.

No descuidaban los reyes las necesidades espirituales de sus subditos ultramarinos y así un año después, en 1534, la corte de Madrid solicitó y obtuvo del papa Clemente VII, por mediación de su embajador ante la' Santa Sede, el marqués de Dosfuentes, la erección del obispado y el nombramiento de fray Tomás de Toro, como primer obispo. Fue éste protector constante y misericordioso de los indios "varón no menos santo que letrado", al decir de Castellanos; pero no tuvo la dicha de poder erigir su catedral.  Una modesta construcción pajiza, al estilo de los bohíos indígenas, sirvió para la celebración de los oficios divinos y las festividades de San Sebastián. Un incendio que arrasó con la mayor parte del poblado consumió aquel primer esfuerzo de la religiosidad de los habitantes de Cartagena, el año de 1552.

Los conquistadores y colonizadores españoles tenían en mucho los títulos y dignidades para sus personas, como para sus familias y las poblaciones por ellos fundadas. Los cartageneros no fueron excepción de aquella regla general, sino que la siguieron y acataron. Por eso algunos vecinos no descuidaron estas, al parecer, minucias, que en verdad no lo eran en aquella época caballeresca y batalladora. Insistentes fueron sus solicitudes ante Felipe II, quien al cabo concedió a Cartagena títulos de ciudad, escudo de armas y calidad de nobleza y lealtad, por reales cédulas de 1574 y 1575. El escudo debía ostentar, en campo de oro una cruz natural, con dos leones levantados, tan altos como la cruz y sobre el conjunto una corona, con su correspondiente timbre y follaje. Con estas donaciones Cartagena se ponía ya al nivel de otras ciudades del Nuevo y Viejo Mundo.

Al finalizar el siglo XVI, la nueva urbe americana gozaba de cuanto en materia de honores y distinciones oficiales podía aspirar a poseer una ciudad tan reciente.

Mas tampoco habían faltado los sufrimientos. Los mares del Nuevo Mundo se hallaban ya cruzados en todas direcciones por hábiles y arrojados marinos ingleses, franceses, holandeses y escoceses, acechando los navios españoles transportadores del oro, la plata, maderas de tinte y otros productos del territorio sujeto a los dominios de los reyes de España, que sus bravos y audaces colonizadores enviaban a su patria. La piratería era una actividad reprobable pero productiva. La fama de las riquezas de Cartagena andaba de boca en boca y muchos eran tentados por ellas. En 1544 la venganza de un piloto castigado por mandato del teniente de gobernador Alonso Vejines facilitó la entrada a la bahía al pirata Roberto Baal.


Detalle de la fachada de la iglesia de Santo Domingo, construida en el siglo XVI. La concha marina simboliza a los peregrinos. Actualmente las efigies ya no están... ladrones...

 Del tranquilo sueño con perspectivas de grandes fiestas de bodas para el día siguiente, despertaron los vecinos a los estampidos del cañón del pirata. Por suerte para ellos si padecieron un saqueo que no perdonó los bienes materiales, las mujeres fueron preservadas de violencias, porque el vencedor no se olvidó que procedía de la patria de Bayardo. Doscientos mil pesos de buen oro, gruesa copia de paños y otros objetos de valor, se llevaron como botín los asaltantes.

Pasados apenas diez y seis años de aquella ruina de Cartagena, se tomaron sorpresivamente la indefensa ciudad los piratas Martín Cote y Juan Buen Tiempo, quienes entraron a la bahía con siete gruesos navios, la saquearon e impusieron fuerte rescate para no reducirla a cenizas. El obispo Juan de Simancas pudo negociar con los asaltantes, y salvar de total destrucción a Cartagena. Los vecinos, alentados por los capitanes Ñuño de Castro y Alvaro de Mendoza, acompañados por el cacique Marídalo, postraron en la lucha a numerosos piratas.

Pasada la tormenta, prosiguió el desarrollo de la ciudad: se construyeron los primeros fuertes llamados la Tranchera de la Caleta, el Boquerón, el de San Matías y la plataforma de Santángel. Se iniciaron las edificaciones dé la' iglesia catedral en el sitio en que ahora se halla, el convento e iglesia de San Francisco en el arrabal de Getsemaní. En la Machina, frente al castillo primitivo del Boquerón, se reparaban los navios de las averías sufridas en la larga navegación desde la Península. El tráfico de esclavos negros, en manos de ingleses, portugueses y genoveses, daba fisonomía mercantil al puerto. Menudeaban asimismo las reales cédulas para el fomento de las obras públicas, la protección militar de la ciudad y la seguridad de los vecinos. La sociedad cobraba buen aspecto urbano, numerosas iban siendo las edificaciones particulares, como lo comprueba el inventario hecho al finalizar el siglo por el pirata Francisco Drake. Pero en la historia de los pueblos las bonanzas alternan con las amarguras.

Este audaz, experto e implacable corsario inglés, protegido por la reina Isabel de Inglaterra, el miércoles de ceniza, 9 de abril de 1586, con velas enlutadas, anunciadoras de sus proditorias intenciones, se presentó frente a Playa' Grande, o sea la de Santo Domingo, y echando su gente a tierra comenzó el ataque. Aún no poseía Cartagena suficientes defensas militares para resistir la acometida de un marino tan atrevido y formidable como Drake, así que, convencido el gobernador Pedro Fernández de Bustos y sus principales tenientes de la inutilidad de la resistencia, abandonaron la ciudad, y aunque Pedro Mexia de Mirabal quiso mantenerse en el pequeño castillete del Boquerón, llamado Pastelito, hubo de retirarse para no sacrificar sin fortuna a sus compañeros de armas. Nombrados negociadores por el gobernador, el obispo Juan de Montalvo, Juan de Fernández, Francisco de Carvajal, Pedro Mexia de Mirabal, José Barros, Tris-tán' de Uribe Salazar, Esteban Fernández, Pedro López Triviño y Juan Manuel, se concertó el rescate, en pesos 463.915 de plata, para que no se prosiguiese la destrucción, comenzada por el interior de la iglesia catedral. Pero la soldadesca tuvo libertad para adelantar el saqueo. Drake estaba furioso por haber hallado una comunicación de la corte española en que se le anunciaba al gobernador la venida suya, mencionándolo como pirata. Trabajo costó al obispo calmarlo.

Duro fue aquel golpe para Cartagena pero no se abatieron sus vecinos ni lloraron como mujeres los que estuvieron incapacitados para defenderse como hombres. El siglo XVII es período de intensa y variada actividad constructiva y de realizaciones. Durante él la ciudad adquiere carácter externo de tal  su sociedad alcanza a equipararse con cualquiera otra de las más antiguas de América. Ya no es el poblado indígena con injertos españoles, sino bien encarada urbe en camino de llegar a ser de las mejores del Nuevo Mundo. Ingenieros como Cristóbal de Rodas, Juan Bautista Antonelli, Juan de Semovilla Texada, José de Lara, Francisco Ficardo, Juan de Hita y Ledesma, Luis de Venegas, Juan de Herrera y Sotomayor y el holandés Ricardo Car, autor de los planos del castillo deSan Felipe de Barajas, tienen a su cargo las múltiples obras materiales que por doquiera se adelantaban en esos cien años de la vida de la ciudad de Heredia. Aún resisten la demoledora acción del tiempo muchas de ellas, para honra de quienes las realizaron y grandeza histórica de la ciudad.
Dentro de las enormes murallas de Cartagena hay veintitrés bóvedas de doce metros de altura y de un ancho de quince a dieciocho metros, construidas en 1789 para resguardo de la tropa y almacén de víveres y municiones. Posteriormente fueren usadas como cárcel para presos políticos. Vista de la muralla desde el interior.

La iglesia catedral quedó concluida en sus obras principales el año 1612; a los conventos de Santo Domingo, San Francisco y San Agustín siguieron el de la Candelaria de la Popa, las iglesias de la Trinidad, de San Roque y Santo Toribio, el convento e iglesia de Santa Teresa, el convento e iglesia de la Merced, los de la Compañía de Jesús, los conventos e iglesias de Santa Clara y recoleta de San Diego. En 1610 se estableció el Tribunal del Santo Oficio de la Inquisición, tan condenado por quienes en realidad desconocen cómo fue su funcionamiento en Cartagena, y cuyo edificio es uno de los más hermosos y artísticos de dicha ciudad.

Entre las edificaciones oficiales para servicio público figuran la Casa de la Moneda (destruida por un incendió en este siglo), las Casas reales, o sea las ahora denominadas de la Aduana, la Casa de la Isla para el cobro de ciertos impuestos reales, demolida en mala hora para erigir allí el edificio de la Andian, y la casa del Ayuntamiento, hoy Palacio de Gobierno departamental.

Las edificaciones castrenses se prosiguieron con no menor interés, actividad y eficacia. Bajo el gobierno de Diego de Acuña (1611-1613), se comenzó con gran solemnidad el baluarte que se llamó de San Felipe. Se puso bajo tierra una lámina metálica con la fecha y el año (8 de setiembre de 1614), acompañada por una medalla de la Virgen y varias monedas de las circulantes en ese tiempo. Ese baluarte es el llamado hoy de Santo Domingo. Los planos fueron de Cristóbal de Roda. Se prosiguieron los tramos de muralla o baluartes hacia el Oriente bajo los gobiernos de García Girón de Loayza (1618-1626), de gloriosa memoria por su persecución a los piratas, y de Francisco de Murga (1629-1626).

En 1654, un temporal que amenazó inundar la ciudad destruyó gran parte de la llamada Muralla de la Marina, o sea el baluarte de Santa Clara, y la parte posterior del convento de ese nombre. El resto de las construcciones en esa direccióncorresponde al siglo XVIII. El naufragio, ocurrido el 17 de marzo de 1640, de la nave capitana y dos navios más de la escuadra portuguesa de Rodrigo Labod de  Silva, a la entrada del canal de Bocagrande, entonces de acceso a la bahía, produjo allí una acumulación de arena en forma tan excesiva que terminó por cerrar del todo dicha entrada, uniéndose así la península de Bocagrande con la isla fronteriza de Codego. Se comentó si debería abrirse de nuevo ese canal o dejarlo cerrado y despejar el de Bocachica para que sirviese de entrada a los navios que viniesen a la ciudad. Se decidió esto último y entonces se hizo fortificar esta nueva entrada, comenzándose la construcción de San Luis de Bocachica y una plataforma fronteriza, que vino a ser el castillo de San José. Estas obras fueron terminadas por Pedro Zapata de Mendoza, constructor también del castillo de San Felipe de Barajas.

Cartagena iba a grandes pasos recorriendo la vía de su engrandecimiento y fortificación y motivando a los pregones de la fama para hacer sonar su nombre en los ámbitos del mundo. Pero de nuevo vendría el infortunio a torturarla. En 1689 se había desatado en Europa la guerra de la última coalición de naciones contra Luis XIV dé Francia, por causa de la sucesión del Palatinado. Del Viejo pasó la contienda al Nuevo Mundo.

Una escuadra a las órdenes de Jean Bernard Janes,  barón de Pointis, fue despachada por el Rey Sol, para que con la cooperación de Juan Bautista Ducasse, gobernador de Petit-Goave y de los bucaneros de Tortuga, se apoderase de Cartagena de Indias. Gobernaba en ésta don Diego de los Ríos y Quesada, mandatario de notoria incapacidad e indecisión, circunstancias que facilitaron la toma de la ciudad por el marino francés. El honor de las armas españolas quedó, sin embargo, a salvo con la tenaz y prolongada defensa que del castillo de San Luis de Bocachica hizo Sancho Jimeno de Orozco y por la lucha cuerpo a cuerpo librada por una parte de la tropa y algunos vecinos notables y valerosos que cerraba el paso de los invasores en la brecha abierta al baluarte de la Media Luna.

Tristes y duros los días de permanencia de los franceses en Cartagena, por los desmanes de los bucaneros que la saquearon a despecho de la oposición de Pointis. En la relación de la toma de la plaza hecha por el coronel José Valle jo,' dice éste que en París vio pesar en la Casa de Moneda el oro, la plata, y avaluar las joyas y piedras preciosas' del botín" por la toma de Cartagena, lo cual se elevó a siete millones de pesos plata.

De los castillos y baluartes se llevaron noventa y ocho cañones de grueso calibre y todos los pertrechos existentes en los almacenes de guerra. Pointis mandó volar algunas porciones de las fortalezas y quemar las estacadas de las orillas del mar e hizo otros desperfectos en las fortificaciones, actos de destrucción inaceptables entre ejércitos regulares de naciones civilizadas. Luego que Pointis evacuó la ciudad, los bucaneros volvieron sobre ella y de nuevo se produjeron, y con mayor saña ahora, las escenas de violencia anteriores.

A la catedral fueron llevadas cuantas personas notables pudieron hallar a mano, y colocándolas entre barriles de pólvora destapados, las amenazaban con hacerlas volar si no denunciaban las riquezas que tuvieran escondidas. Nunca antes, ni después, Cartagena estuvo tan entregada a la violencia como en esta ocasión de la vuelta de los bucaneros. Durante muchos años se conservó el recuerdo angustioso de aquellos días entre las familias principales de la ciudad. El autor de este trabajo oyó, de niño, referencias trasmitidas por sus antepasados a sus padres y abuelos.

Pero Cartagena, como el Ave Fénix de los helenos, renació de sus cenizas. No vale ella tanto en sus días de prosperidad y gloria, como en los de postración y vencimiento. Y así la vemos, en la aurora del siglo XVIII, bajo la enérgica conducta de Juan Díaz Pimienta y Zaldívar, acometer la singular hazaña de expulsar del itsmo de Panamá a los escoceses conducidos y establecidos allí por la aventurera personalidad de William Paterson y comandados ahora por Alejandro Campbell. En las inmediaciones del sitio en donde estuvo la antigua Acia, los escoceses habían levantado una ciudad llamada Nueva Edimburgo, un fuerte con título de San Andrés, dominando un territorio apellidado Nueva Caledonia.

Aquella parecía una conquista definitiva. Pero de Cartagena zarpó su gobernador Díaz Pimienta el 12 de febrero del año 1700, con una pequeña escuadra al mando del almirante Salomón, y tropas criollas de la ciudad, de la villa de Santiago de Tolú y de la comarca del Sinú, dispuesto a arrojar de allí a los invasores. El 22 de abril del mismo año entró Díaz Pimienta a Nueva Edimburgo, después de otorgar una honrosa capitulación a los escoceses! Las almas nobles son siempre generosas. Los vencidos salieron con armas y banderas para no volver.

Páginas inolvidables en la historia de Cartagena fueron las de las vidas esclarecidas de fray Alonso de Sandoval y el padre Pedro Claver, en la empresa de redimir las almas de los esclavos negros. Los capitanes negreros que saqueaban las costas de África para proveer de esclavos a los explotadores de las minas y de las plantaciones de caña de azúcar en los territorios del Nuevo Mundo y llegaban con su mercancía al puerto de Cartagena de Indias, allí topaban con Sandoval, el Precursor, primero, y luego con Pedro Claver, el Apóstol, enseñando al mundo cómo debe practicarse la doctrina de Cristo. Nunca en ningún otro lugar de la tierra y en ningún tiempo se ha llevado a cabo una empresa más hermosa, más justiciera ni más noble que la de aquellos dos santos varones. Las modernas campañas en pro de las clases obreras son grotescas caricaturas de la magnífica labor de auténtica caridad de Sandoval y Claver. Su labor iba dirigida no sólo al cuerpo, sino principalmente al alma.

Torre de la Iglesia de San Pedro Claver. Llamado "el esclavo de los esclavos", Claver evangelizó y protegió a los esclavos africanos que construyeron las fortificaciones de la ciudad.
 
Fortaleza de San Felipe de Barajas, diseñada por el holandés Richard Car y construida par Pedro Zapata de Mendoza, fortificación clave de la heroica defensa de Cartagena contra los ingleses en 1741.

El hombre no podrá nunca despojarse de sus pasiones ni substraerse a las flaquezas de la naturaleza orgánica. La adquisición de la santidad atempera, mas no suprime los impulsos de la materia. Las consecuencias de tales fallas de la voluntad causan a veces sorpresas dolorosas. En el siglo XVII, un sonado escándalo religioso sembró en Cartagena la intranquilidad y desorientó las conciencias de los cartageneros. Las monjas adoratrices del convento de Santa Clara de Asís de Cartagena elevaron al obispo Antonio de Benavides y Piérola (1681-1712) una queja razonada contra los padres franciscanos, a quienes estaban espirítualmente sujetas. El prelado halló justas las quejas y desligó al monasterio de la dirección de los padres franciscanos, tomándolo a su cuidado personal.

Mas pasados algunos días, veleidades femeninas muy humanas, habiendo tenido noticia las monjas de que sería electo provincial de los franciscanos fray Antonio Chávez, hermano de cinco de las monjas clarisas, pidieron al prelado que volviese las cosas a su primitivo estado. El señor Benavides no era hombre que atendiese caprichos mujeriles y negó la petición.

De acuerdo ahora franciscanos y clarisas, se revelaron contra el obispo y acudieron a la Audiencia de Santafé en queja contra su diocesano. Los oidores, hombres también sujetos a pasiones y flaquezas, invadiendo jurisdicción que no les correspondía, decretaron conforme se les pedía. El prelado reclamó para ante el rey y mantuvo las cosas como estaban. Prodújose la escisión. Apoyaron a los frailes y monjas rebeldes otros conventos de la ciudad, excepto los jesuitas. Toda la población se dividió, según sus simpatías, por el obispo o por los frailes y monjas.

El gobernador Rafael Capsir y Sanz, el obispo de Santa Marta Diego de Baños y Sotomayor, comisionado por la Audiencia, los gobernadores siguientes, Juan de Pando y Estrada, Francisco de Castro y Martín de Pardo y Cevallos, y hasta el Tribunal de la Inquisición, abrazaron el partido de los rebeldes. El señor Benavides hubo de salir de Cartagena para Turbaco y después para la Península, y sólo al cabo de años fallaron el rey y el papa en favor del perseguido prelado; pero cuando se disponía a regresar a su grey, postrado por las amarguras soportadas, falleció en Sevilla, en 1712. En la historia de Cartagena hay esta sombra de ofuscación y pecado.

La política de extensión comercial instaurada en Inglaterra por el primer ministro Walpole en el siglo XVIII llevó al país a fuertes choques con el gobierno español. Llegó un momento en que el Parlamento estuvo por la guerra y se preparó una expedición como antes no había sido vista, al mando del marino y parlamentario Sir Edward Vernon para que viniese a la América a apoderarse de Cartagena. Aproximadamente 115 navios de combate, entre los cuales se contaban 34 de línea con 9.000 marinos y 14.569 hombres de desembarco y 2.070 cañones, y abundancia de pertrecho constituían la expedición. La plaza sólo tenía 1.774 hombres de tropa, 150 marinos armados y 500 milicianos, con 369 cañones de grueso calibre. La inferioridad numérica era notoria, no así el potencial humano y las formidables fortalezas castrenses. El asedio se prolongó desde el 13 de marzo, fecha en la cual se vieron las primeras naves enemigas acercándose desde Punta de Canoas hacia la plaza, hasta el 8 de mayo, que salieron de la bahía los últimos navios ingleses.

Blas de Lezo, comandante de la marina, resistió en el castillo de San Luis de Bocachica desde el 14 de marzo hasta el 9 de abril. La acción de armas más violenta fue el asalto al castillo de San Felipe de Barajas, el 20 de abril conforme al calendario gregoriano (9 de marzo para los ingleses). Los héroes de la defensa fueron el virrey Sebastián de Eslava, Blas de Lezo, el gobernador Melchor de Navarreta, el ingeniero Carlos de Noux, el comandante Pedro Casellas, el ayudante mayor Francisco Piñeiro, los capitanes Pedro Mur, Nicolás Carrillo, Lorenzo Alderete, Miguel Pedrol, Juan Jordán, Félix Celdrán, Bernardo Fuentes, Francisco Obando, Baltasar de Ortega, el edecán Manuel Briceño, los tenientes José Campuzano, Joaquín Andrade, Carlos Gil Frontín, Jerónimo Loayzaga, Manuel Moreno y E. Conni y el vecino Andrés de Madariaga. De Londres enviaron, creyendo asegurada la toma de Cartagena, un variado surtido de medallas conmemorativas, en las cuales se exaltaba la supuesta victoria, con frases elogiosas para los imaginarios vencedores y ridiculizantes de Eslava y Lezo. Triste despertar de un sueño ilusorio.

Monumento d Blas de Lezo, frente al castillo de San Luis

Los acontecimientos políticos y militares que se sucedían en Europa tenían necesaria repercusión en la América. Napoleón había cambiado la división política del Viejo Mundo en los quince primeros años del siglo XIX. España estuvo a punto de sucumbir. Las posesiones españolas, inspiradas por un sentimiento de lealtad a su metrópoli, se alistaron para la defensa. Pero mal comprendidas en la Península, intuyeron que había llegado la hora de constituirse en estados libres e independientes y surgió así la prolongada guerra de emancipación Cartagena realiza entonces la parte más gloriosa de su historia. Se declara independiente, se constituye en estado libre y adelanta campañas llenas de gloria y heroísmo, como la de la reconquista de Venezuela bajo el mando de Simón Bolívar y la resistencia al Pacificador Pablo Morillo en 1815. Se defiende denodadamente hasta el límite de la resistencia humana, agotando cuantos recursos le fue posible obtener y, antes que rendirse o capitular, se embarcan sus defensores en los pocos navios con que contaban, y pasando a velas desplegadas por en medio de la escuadra española, partieron el exilio llevando las banderas de la libertad, para regresar vencedores a recuperar la ciudad y entrar triunfantes en ella el 10 de octubre de 1821, después de conceder una honrosa capitulación al gobernador español Gabriel de Torres.

Muchos de sus hijos prosiguieron tras el penacho blanco del Libertador Simón Bolívar, oyendo las dianas victoriosas de Pantano de Vargas, Boyacá, Carabobo segundo, Pichincha, Junín, batalla naval del Lago de Maracaibo y Ayacucho. Ninguna otra ciudad de América ha hecho tanta historia como ella, ni ha padecido más que ella por la causa de la independencia y la libertad. Los sufrimientos, la miseria, los sacrificios, la despoblación y la muerte han sido ofrendas en los altares de la patria, soportadas con decisión, entereza y constancia. Bolívar, cambiándole los títulos de muy noble y muy leal que le otorgara Felipe II, dijo: "Salve Cartagena Redentora", y la apellidó "Heroica".

Ahora, Cartagena, bajo el tricolor colombiano y persuadida de que sólo la democracia es fuente de bienestar para las naciones, libra las campañas del trabajo, ufana y confiada en su porvenir.

Ha desbordado los viejos muros que la Circundan y se extiende con ritmo acelerado por la campiña circundante en nuevos barrios industriales y residenciales, para albergar una población que en breve superará el medio millón. Las fábricas más variadas en ella hallan favorable acogida, el mar la provee de toda clase de productos agrícolas o fabriles y la navegación aérea la mantiene en comunicación con el mundo entero con la brevedad del sonido. Edificaciones modernas la embellecen y a la sombra de la paz y de la libertad va triunfadora hacia el porvenir.


jueves, 22 de enero de 2026

Independencia: La Argentina enfrenta a piratas malayos

La fragata "La Argentina" combate contra piratas malayos

7 de Diciembre de 1817.




Durante el viaje de corso realizado por Hipólito Bouchard a bordo de la Fragata "La Argentina", en proximidades de la Isla de Borneo la nave fue víctima del ataque de piratas malayos que asolaban la zona.
El combate se produjo al mediodía, en momentos en la que la fragata se hallaba inmóvil por falta de viento.
Es en esta circunstancia una nave pirata, la más grande de cuatro, se lanzó al abordaje enarbolando una bandera negra. Bouchard decidió no utilizar sus cañones de babor a causa de la debilidad de los artilleros y prefirió el combate cuerpo a cuerpo, resultando en 7 marineros de "La Argentina" heridos.
"...A la hora y media de fuego y del golpe de las armas, el capitan de la prao, viendo frustrados sus designios, se dió dos puñaladas y se arrojó al agua. Lo mismo hicieron otros cinco, y el resto de la tripulacion se defendió muy poco tiempo despues, desmayada sin duda por la desesperacion de su jefe y de los que le siguieron, no menos que por la multitud de muertos y heridos que tenian sobre cubierta, y cuyos gritos debian consternarlos..."
Diario de a bordo de Bouchard.
Tras vencerlos, se dió la orden de tomar el barco al abordaje, mientras el resto de los piratas huían. Encontró en la embarcación 42 piratas, que fueron amarrados con cordeles, y otra cantidad igual de muertos y heridos. Algunos de los piratas siguieron el ejemplo de su jefe y se suicidaron. 
Bouchard convocó un consejo de guerra para juzgar a quienes habían sido tomados prisioneros, teniendo en cuenta que esos piratas habían recientemente capturado un barco portugués, matando a todos sus tripulantes. Fueron sentenciados a la pena de muerte, lo usual para casos de piratería, salvo a los más jóvenes en cantidad de 24, los que fueron sumados a la tripulación. 
La forma de ejecución fue la siguiente: los prisioneros fueron devueltos a su nave, atados a la cubierta, habiendo derribado previamente los palos, y se procedió a disparar los cañones sobre la misma, hasta hundirla, llevándose a la tripulación hasta las profundidades del mar.
Nos cuenta Bouchard en su bitácora:
"... Sentenciar a los tripulantes de las praos no identificadas con nombre ni pabellón de nación conocida, a la pena correspondiente a quienes cometen intentos o actos de piratería en el mar.
(...) La pena consistirá en el hundimiento de las naves piratas dedicadas al pillaje, con su tripulación a bordo debidamente amarrada, por parte de esta fragata de guerra.
A bordo de la Fragata Corsaria “La Argentina” al servicio del Superior Gobierno de las P.U.R.P. sobre el estrecho de Moccassar, a los siete días del mes de Diciembre del año de Mil Ochocientos Diecisiete. Ejecútese.
Hipólito Bouchard, Capitán."
Imagen de la Fragata "La Argentina".

viernes, 23 de mayo de 2025

Virreinato del Río de la Plata: El naufragio de piratas en Mar del Plata

Speedwell. El naufragio de los piratas británicos que precedió a la fundación de Mar del Plata


En 1742, antes de la llegada de los jesuitas y la fundación del Puerto de la Laguna de los Padres, un grupo de marinos ingleses padeció mil desventuras hasta que fue capturado.

Pablo Junco || La Nación


El Wager poco antes de encallar.

El 18 de septiembre de 1740 salió de Inglaterra una escuadra con seis embarcaciones a cargo del almirante George Anson rumbo al Pacífico. El objetivo era claro: saquear las colonias españolas de América del Sur.

El MS Wager integraba una escuadrilla de seis barcos que el Comodoro Anson había enviado el 18 de setiembre de 1740 a las colonias españolas del Pacífico, para apoderarse de sus riquezas.

El 14 de mayo de 1741, a causa de un temporal, una de las naves –la fragata Wager– se separó de la flota y naufragó en el Golfo de Penas dentro del archipiélago de Guayaneco, muy cerca de caleta Tortel (Chile). La situación de la tripulación no pudo ser más caótica y penosa, al punto de no poder evitar un motín. Luego de encallar en esa suerte de restinga frente a los desolados cantiles de aquella ribera, se trasladaron a una isla a doscientas millas de Chile. Del naufragio se salvaron los botes, todo el malotaje, armamentos, víveres, una campana de bronce y lo que tenían en cubierta.

La isla les sirvió de refugio. Utilizaron maderas para levantar unas viviendas muy precarias y se dedicaron por completo a reparar las embarcaciones. Por suerte, en el lugar había habitantes indígenas pacíficos que les proporcionaban alimentos. Fue entonces cuando se escuchó un disparo que inició el principio de sus desventuras. El capitán Cheap con su pistola humeante en la mano, le había disparado al oficial Cozens, quien sangraba profusamente por una herida en el pecho. Mientras Cozens se quejaba del dolor, el segundo capitán de la fragata, Pemberton, un sargento de brigada y el carpintero Cummius se juntaron para ponerse de acuerdo y desarmar al capitán Cheap.


Capitán David Cheap. Wikipedia


Por la noche, entre varios hombres encabezados por Pemberton, lograron desarmar y reducir a Cheap. Finalmente, se tomó la decisión de volver a Inglaterra. No había chances de reunirse con la escuadra de Anson: encontrarla en el Pacífico era como buscar una aguja en un pajar. Resolvieron entonces construir una embarcación pequeña con los restos de la fragata Wager, que solo alcanzaban para una balandra pequeña o, a lo sumo, una goleta.

Un largo regreso a casa

Al cabo de cinco meses, el carpintero Cummius armó, en un improvisado astillero, una goleta que bautizaron con el nombre de Speedwell. Fueron cinco interminables meses desprovistos de las más elementales normas de convivencia. Quien llevaba el mando de los trabajos, era el designado capitán Pemberton. Había dispuesto una guardia para mantener vigilado a Cheap y sus hombres. Algunos de ellos se dedicaban a la pesca y a la caza, el resto ayudaba a Cummius en la construcción de la nave y los que quedaban sin tareas, montaban guardia cuidando a Cheap.


El Wager quedó encallado el 14 de mayo de 1741 a 200 millas al sur de Chiloé.

Ese capitán había sido tan malvado en todo el viaje, que todos preferían estar a las órdenes de Pemberton. Cuando terminaron la goleta, se pasaron largas horas observándola. Se sentían dueños de ella, ya que la habían construido con sus propias manos. No pasó mucho tiempo hasta tener todo listo para partir. Pemberton no quería correr riesgos de un motín a bordo. Se decidió que el capitán Cheap y sus oficiales irían en la falúa y en el bote del Wager. El resto, navegarían a bordo de la Speedwell.

Comenzaron su largo retorno siguiendo la línea de la costa hacia el sur. La goleta navegaba extraordinariamente bien, pero su línea de flotabilidad no era la indicada. Era demasiado peso el que movía, y si el mar se embravecía, corrían un serio riesgo de hundimiento. Pemberton lo sabía. Decidió volver hacia la orilla y dejar a doce hombres librados a su suerte.

Mar del Plata a la vista

La navegación diaria se hacía muy difícil. Las existencias de comida se habían terminado y se alimentaban muy mal. En esas condiciones, Pemberton decidió tocar tierra nuevamente y comenzaron a buscar un lugar adecuado para fondear el buque. Finalmente encontraron lo que estaban buscando. Era una costa extraña. Cuando se estaban acercando, podían divisarse con el catalejo gran cantidad de lobos marinos, caballos salvajes, perros cimarrones, cerdos montaraces o pecaríes, lo cual les llamó mucho la atención. Los hombres estaban famélicos, algunos se encontraban sin fuerzas ya. Cuando vieron tanta vida salvaje sin poder resistirse, se tiraron al agua para ser los primeros en cazar algo que llevarse a la boca. Uno se ahogó.


Los tripulantes del Speedwell llegaron a las costas de Mar del Plata en 1742
Ricardo Hogg. Colección César Gotta.

A esta altura ya estaban hartos de comer foca hedionda. De los 43 hombres que partieron de Puerto Deseado, solamente quince se encontraban en buenas condiciones para nadar, mientras que los otros se encontraban con claras muestras de desnutrición y cansancio. Los que siguieron nadando llegaron a la costa y pudieron conseguir alimento y agua. Podían considerarse salvados.

Era un 10 de enero de 1742, cuando la goleta Speedwell llegó a esas playas a una distancia relativamente corta de la costa y a una profundidad de ocho brazas se detuvieron y la denominaron “Bahía del Bajío” por haber coincidido la llegada con una bajamar. Los hombres que se encontraban en la goleta, desenrollaron la baderna para hacer una balsa improvisada que sirvió para desembarcar parte de los tripulantes. Llevaban, además, armas, municiones, implementos para pescar, cuchillos y hachas. El 12 de enero decidieron echar ancla frente a esas costas bravías.

Una vez obtenidas las provisiones, el grupo de tierra se dividió. Se asignó a cinco hombres la tarea de llevar algunos víveres a bordo del Speedwell. El resto, Guy Broadwater, Samuel Cooper, Benjamín Smith, John Duck, Joseph Clinch, John Andrews, John Allen e Isaac Morris, serían los encargados de buscar alimentos en tierra.

Abandonados a su suerte

Al pretender volver a la nave, no pudieron hacerlo por estar el viento al sudeste, temible por su violencia en esta costa. Y luego sucedió lo inconcebible. La goleta levó anclas, se alejó del fondeadero, y se perdió de vista. Era evidente que habían sido abandonados.

Ese golpe inesperado dejó a esos ocho sobrevivientes –los ocho primeros “turistas” de Mar del Plata– en una parte del mundo salvaje y desolada, fatigados, enfermos y desprovistos de víveres. El lugar habitado más cercano del que tenían noticias era Buenos Aires, a unas 300 millas al noroeste, pero estaban por el momento en muy pobre condición para emprender ese viaje.


Los ocho marinos abandonados en la costa marplatense improvisaron un refugio en las cavernas de la barranca costera.Ricardo Hogg. Colección César Gotta.

No tuvieron mas remedio que enfrentar la situación y construyeron un refugio al pie de la barranca, excavando una de las tantas cavernas naturales que había en el lugar, cuya formación de arcilla arenosa lo permitía. Para alimentarse, se dedicaron a la pesca y a cazar pecaríes. A pocos metros tenían un ojo de agua dulce.

Al comienzo de la primavera intentaron dos veces llegar a Buenos Aires para entregarse a las autoridades españolas y terminar así ese calvario. Mientras caminaban sin éxito –prácticamente sin un rumbo fijo– luego de haber recorrido un tercio del camino, retornaron desanimados por no conocer el terreno.

Una tarde, la desgracia ensombreció el razonable equilibrio que habían conseguido, pues al regresar de una de sus acostumbradas excursiones de caza por los alrededores, Isaac Morris y Duck se encontraron frente a un macabro hallazgo: tirados en el piso y sangrando copiosamente de sus gargantas se encontraban muertos Broadwater y Smith. ¡Estaban degollados! Clinch y Allen habían desaparecido... ¡Y la caverna había sido saqueada! Ante estas terribles circunstancias, Cooper, Duck, Andrews y Morris, se sintieron empujados a emprender el proyectado camino a Buenos Aires.
Epílogo de una larga desventura

Al día siguiente prepararon las pocas cosas que les quedaban e iniciaron la marcha, seguidos de algunos perros y un par de chanchos. Pero siempre volvían al punto de partida. No estaban seguros de exponerse por la costa, teniendo en cuenta, además, que eran sólo cuatro. No podían protegerse de las amenazas, y así, a un año de haber llegado a esas costas, los náufragos fueron capturados por la tribu del cacique Cangapol quien, después de tenerlos prisioneros por un tiempo, los vendió como esclavos.


El investigador Alberto E. Flugel junto al autor de la nota, Pablo Junco, en la Reducción de Nuestra Sra. del Pilar de Puelches. Gentileza Pablo Junco

Fueron pasando de mano en mano hasta que todos se perdieron de vista. John Duck, que era de raza negra, terminó vendido como esclavo cerca de Córdoba en manos de un acaudalado del norte de Buenos Aires. Cooper, Andrews y Morris años después fueron rescatados por un buque negrero inglés que pasó por Buenos Aires, llamado Grey y más tarde destinados a trabajos forzados en el buque inglés Asia, que estaba en el puerto de Montevideo. Morris pudo embarcar hacia Londres el 28 de abril de 1746, previo paso por Montevideo.

Siete meses más tarde de esta aventura, unos padres jesuitas decidieron instalarse muy cerca de esas tierras y fundar una orden a la que llamarían Nuestra Señora del Pilar de Puelches, lo que más tarde sería el Puerto de Laguna de los Padres, y finalmente Mar del Plata. Pero esa es otra historia…


domingo, 17 de abril de 2022

España Imperial: La Flota de Indias, infalible contra piratas

 

«La Historia se manipula con demasiada frecuencia por la política, las frustraciones y el resentimiento»

El dos veces ganador del Premio Nacional de Historia acaba de publicar el libro 'Las flotas de Indias' (La Esfera de los libros) sobre un sistema que resultó infalible contra los piratas

César Cervera ||

Frente a los depredadores alemanes y sus emboscadas nocturnas, los líderes británicos se vieron obligados, tanto en la Primera como en la Segunda Guerra Mundial, a desempolvar métodos navales que en el pasado habían desdeñado. Los británicos estudiaron a fondo y hasta adaptaron el sistema de convoyes puesto en marcha por Felipe II, en otro tiempo su más mortal enemigo, para conseguir que la Flota de Indias no fuera alcanzada por los piratas. «Recurrir a los convoyes de buques mercantes protegidos por navíos de guerra fue la solución anglosajona al cruce del Atlántico durante la guerra para paliar los efectos de los submarinos alemanes. El caso español un precedente clarísimo y eficaz. Por eso no se olvidó», recuerda Enrique Martínez Ruiz, dos veces ganador del Premio Nacional de Historia, que acaba de publicar 'Las flotas de Indias' (La Esfera de los libros).

Portada del libro.

Este monumental libro analiza los entresijos del sistema de la Flota de Indias, que estuvo vigente durante casi dos siglos y medio en los que demostró su efectividad y se elevó como uno de los grandes hitos logísticos de su tiempo. El trayecto, que se efectuaba dos veces al año, tenía como punto de partida Sanlúcar de Barrameda, donde la flota realizaba las últimas inspecciones, y desde allí partía hacia La Gomera, en las islas Canarias. Tras la aguada (recoger agua en tierra), la escuadra conformada por unas 30 barcos navegaba entre veinte y treinta días, en función de las condiciones climáticas, hasta las islas Dominica o Martinica (Centroamérica) donde se reponían los suministros. Desde allí cada barco se repartía hacia su puerto de destino. Luego, tocaba hacer el trayecto inverso.

El objetivo era que ningún barco se desviara de su rumbo y que las grandes remesas de plata y oro cruzaran intactas el Atlántico. Para ello fue necesario una estructura «única en el mundo» y si se quiere «revolucionaria», solo al alcance de una potencia de la envergadura de España. «Cuando hablamos de las Flotas de Indias tenemos que pensar no solo en la organización naval de los viajes de ida y vuelta, sino también en la infraestructura que organizaba, desarrollaba, mantenía y protegía el funcionamiento de las flotas. Una organización compleja, que exigía infraestructura comercial, construcción de naves, redes logísticas de aprovisionamiento, puertos adecuados para las escalas, armadas protectoras de los galeones y ciudades y fortificaciones para rechazar los ataques enemigos», apunta Martínez Ruiz.

–Aparte de las cuestiones tácticas y estratégicas, se necesitaba una constante reinvención tecnológica. ¿Cómo fue capaz España, que se suele tildar de decadente, de mantener un ritmo tecnológico así durante el reinado de los Austrias?

–Estamos ante otro de los infundios que con frecuencia se lanza sobre la ciencia española, de la que se destaca su atraso debido, sobre todo, a un dogmatismo intolerante y a un inmovilismo persistente. Se desconsidera que un despliegue territorial como el de la Monarquía Hispánica solo se puede mantener con los recursos y los medios adecuados y la ciencia y la tecnología son dos de ellos. Por lo pronto, la construcción naval española era de lo más avanzado en Europa en la era de los descubrimientos. Los tratados españoles de navegación tuvieron amplia difusión en Europa, la producción cartográfica era puntera en su tiempo e institucionalmente, la Casa de la Contratación es más que un centro de contratación comercial: organiza y controla las flotas, recibe y procesa la información que dan los pilotos a su regreso de los viajes, tiene una 'escuela de pilotos'; cartógrafos, cosmógrafos, etc. que trabajan en ella. Es un centro polivalente, clave en la navegación y solo comprable a la Casa da India portuguesa, los dos centros más avanzados en la navegación y el comercio durante mucho tiempo en Europa.

«España se esforzó en mantener el comercio con América y Filipinas en régimen de monopolio, una estructura que no perjudicó el comercio mundial»

–Uno de los mitos clásicos es que la piratería británica fue el azote de los barcos españoles, ¿fueron las flotas de Indias una estrategia eficaz contra estos ataques?

–La piratería no solo fue inglesa, también fue francesa y holandesa, aunque los piratas ingleses, los «perros de la reina», tal vez, fueran los más famosos, con personajes como Drake y Hawkins. Si tenemos en cuenta que solo fue capturada una Flota, en Matanzas (Cuba, 1628) por una flota holandesa muy superior, tendremos que admitir que fue una estrategia eficaz, pues la piratería lo más que podía hacer era capturar algún barco aislado y ataques sorpresa a poblaciones costeras. Respecto a su actividad, un viejo y admirado maestro dijo que la piratería significó para la Monarquía Hispánica lo que los mosquitos en la piel de un elefante. Desde mi punto de vista, fueron sus ataques a ciudades más duros y trágicos que a las Flotas o a la navegación española en general.

–La literatura ha terminado por romantizar los ataques piratas como la reacción lógica (liberal) y necesaria contra el monopolio español en América. ¿Impuso España una estructura monopolística perjudicial para el comercio mundial?

–A los piratas, como a los corsarios y filibusteros les rodea una leyenda mítica, que le confiere un aura heroica a muchos personajes, que se presentan como símbolos de la resistencia al poderoso, valentía y abnegación, olvidando sus rasgos negativos y el rechazo que provocaron de manera generaliza hasta desaparecer en las primeras décadas del siglo XVIII. En ese tiempo, España se esforzó en mantener el comercio con América y Filipinas en régimen de monopolio, una estructura que no perjudicó el comercio mundial, pues siguió existiendo y desarrollándose; en todo caso, sería perjudicial para los intereses de las otras potencias, celosas del protagonismo español en este sentido.

Fotografía de Martínez Ruiz.

–¿Era tan profunda la dependencia económica desarrollada por la Monarquía católica por esas remesas de oro y plata americanos?

–Evidentemente, la Corona necesitó los metales americanos para mantener su aparato administrativo, diplomático y militar, pues sus posesiones estaban repartidas por las cuatro partes del mundo entonces conocidas y las necesidades defensivas era grandes. Todo ello suponía un costo elevado, que hizo quebrar la Hacienda real en varias ocasiones, sucediéndose las bancarrotas. Por eso se ha dicho y repetido que España dilapidó esa fortuna en el mantenimiento de unas guerras inútiles, que la condujeron a su ruina.

–¿Por qué España no aprovechó su dominio comercial para desarrollar una marina mercante poderosa?

–Yo sí creo que desarrolló una marina mercante poderosa y cualquiera que lea este libro pienso que llegará a la misma conclusión. Se mantiene un nexo comercial durante más de dos siglos gracias a las Flotas de Indias y al Galeón de Manila, que comunicaba Manila (Filipinas) con Acapulco (México), continuaba por tierra hasta Veracruz (México) y seguía por mar hasta La Habana (Cuba), a donde llegaban los galeones de Tierra Firme desde Cartagena de Indias (Colombia) para continuar hasta Sevilla, en España. Eso exigía no solo unos recursos navales considerables, sino también disponer de unas armadas protectoras y a todo ello hay que añadir el despliegue en el Mediterráneo. Sí creo que España tuvo una marina mercante poderosa, pero tuvo que competir con otros despliegues navales tan considerables como el británico y el holandés y en el enfrentamiento, estos no tenían que proteger un dispositivo territorial tan extenso ni unas relaciones comerciales navales tan considerables como la española, que puede competir con ellos hasta el siglo XVIII.

–Hablar del comercio de metales desde América resulta peligroso en estos tiempos de corrección política. ¿Dónde han quedado los tiempos de celebrar el encuentro cultural y el intercambio?

–La Historia se manipula con demasiada frecuencia por la política, las frustraciones y el resentimiento, como si de esa forma se pudiera cambiar el pasado, convirtiendo el discurso histórico en una especie de engaña-bobos. Estamos en uno de esos periodos, en el que la negación o el silencio se impone para no herir sensibilidades de otros, sin importar que resulte herida la nuestra.

miércoles, 2 de diciembre de 2020

Medioevo: La guerra pirata de 1402-1404 (1/4)

La guerra pirata, 1402–1404 

Parte I || Parte II || Parte III || Parte IV
W&W








La piratería había sido endémica en el Canal y el Golfo de Vizcaya durante siglos, pero el destructivo crucero del conde de Crawford en 1402 fue diferente. Estaba más organizado, era de mayor escala y claramente contaba con el apoyo de hombres influyentes en el gobierno francés, si no del propio consejo del rey. Los allanamientos dejaron un rastro de reclamos insatisfechos por parte de comerciantes y armadores que habían perdido sus propiedades y un legado de malestar entre los dos gobiernos. Cada uno respondió de la manera tradicional autorizando represalias contra la propiedad del otro en un ciclo creciente de violencia. Estas operaciones fueron principalmente obra de corsarios ingleses, franceses y flamencos. Inauguraron la primera gran época del corso atlántico y el nacimiento de una tradición que continuaría hasta el siglo XVIII. En una época posterior, el jurista holandés Hugo Grocio clasificaría tales operaciones como guerra privada legítima, pero algunos de los involucrados podrían llamarse piratas. El límite entre la guerra y el crimen, entre la violencia pública y privada, era tan incierto y permeable en el mar como en tierra.

El corso, una práctica que fue sancionada por el derecho internacional hasta mediados del siglo XIX, era un método de hacer la guerra que había sido desarrollado en gran parte por los ingleses desde el siglo XIII y que ya había alcanzado un alto grado de organización. Los gobiernos emitieron cartas de compromiso a los comerciantes alegando haber sufrido pérdidas a manos de nacionales de un príncipe extranjero, lo que les autorizó a recuperar sus pérdidas mediante "represalias", es decir, confiscando barcos y cargamentos de los súbditos del príncipe extranjero en el mar. En tiempo de guerra, las cartas de marca solían emitirse en términos más generales, que no se limitaban a incautaciones a modo de represalia. Autorizaron a las personas nombradas a capturar los buques mercantes y los cargamentos de enemigos declarados para su propio beneficio, siempre que dejaran en paz la propiedad neutral. El tratado anglo-francés de 1396 había prohibido la emisión de las cartas de marca y, con algunas excepciones, se había respetado la prohibición. Pero a partir de 1402 empezaron a emitirse de nuevo, y la mayoría de los corsarios tenían al menos la autoridad tácita de sus soberanos aunque no tuvieran comisiones formales. "Know you", declaraba un documento típico en inglés,

que le hemos dado permiso a nuestro querido Henry Pay para que navegue y atraviese los mares con tantos barcos, barcazas y balingers de guerra, hombres de armas y arqueros, todos completamente equipados, como pueda reclutar en para hacer todo el daño que pueda a nuestros enemigos declarados, así como para su destrucción y para la salvaguardia y defensa de nuestros fieles señores.



El Rey ordenó a sus almirantes y a todos sus oficiales en las áreas costeras que dieran cualquier consejo o asistencia que Pay pudiera requerir. Esta fue evidentemente una empresa autorizada oficialmente.

A principios del siglo XV, los ingleses habían comenzado a ampliar el alcance de sus operaciones de corsario apuntando no solo a los barcos enemigos, sino a los barcos neutrales que transportaban cargamentos enemigos. Las recompensas eran altas y los corsarios sin duda necesitaban poco aliento. Pero parece claro que la iniciativa vino del gobierno. Bloquear el comercio marítimo de un enemigo era un arma de guerra muy eficaz. Pero también fue extremadamente abrasivo y provocó amargas quejas en el siglo XV, tal como lo haría en la época de Blake o Nelson, ya que requería que los barcos neutrales se sometieran a ser detenidos y registrados en el mar y llevados a puertos ingleses si los encontraban. llevar mercancías sospechosas. Esta podría ser una experiencia aterradora. A principios de 1403, el Christopher del puerto Hanse de Danzig fue capturado en el Canal por cuatro barcos de Londres y Dartmouth que operaban desde Calais. Enrique IV entrevistó personalmente a sus maestros para descubrir los hechos antes de defender a sus súbditos en una carta al Gran Maestre de la Orden Teutónica. Esto revela muy claramente lo que el rey esperaba de los corsarios que ocupaban su cargo. El barco alemán, dijo, navegaba sin marcas nacionales. Cuando los ingleses desafiaron a la tripulación a declarar su nacionalidad, no respondieron, llenaron de hombres armados los castillos superiores, soltaron todas las velas y trataron de escapar. Los ingleses abrieron fuego con bombardas montadas en sus castillo de proa. Alcanzaron al barco que huía y lo abordaron, venciendo y capturando a la tripulación después de una larga y sangrienta lucha cuerpo a cuerpo. Se descubrió que llevaba vino de La Rochelle y la llevaron a Southampton, donde finalmente la entregaron a sus captores. Las ciudades hanseáticas habían perdido ocho barcos de esta manera durante 1402, además de otros cuatro que fueron saqueados y luego se les permitió partir. Castilla, otro importante neutral, perdió diecisiete.

La distinción entre propiedad enemiga y neutral no siempre fue fácil de aplicar. La propiedad a menudo era incierta. Los barcos enemigos podían navegar con colores neutros. Las cargas enemigas podrían transportarse en cascos neutrales y viceversa. Los manifiestos de los barcos no siempre eran honestos. No siempre estuvo claro si existía una tregua en el momento de la captura. Por supuesto, los corsarios no eran particularmente exigentes con los límites de su autoridad. Pero su comercio no fue tan libre como a veces se supone que fue. Se había desarrollado un elaborado cuerpo de práctica y derecho para decidir sobre el derecho al premio, que era administrado en parte por el canciller y el consejo del rey, en parte por los almirantes y sus diputados, mariscales, sargentos y secretarios locales. Su trabajo ha generado una gran cantidad de documentos en los registros supervivientes notablemente completos del gobierno inglés. Muestran que las denuncias de violaciones de la tregua, actos de guerra no autorizados o ataques a propiedades neutrales se tomaron en serio y se investigaron de forma rutinaria. Los corsarios, por muy favorecidos que fueran, podían ser citados ante el consejo o los oficiales de los almirantes para demostrar su derecho a la presa "como exige el derecho del mar". Había un flujo regular de órdenes para restaurar mercancías o cascos neutrales o para pagar una compensación a los armadores y comerciantes alemanes o castellanos arruinados. En un caso notable, el almirante de Inglaterra preparó especialmente un escuadrón de barcos para capturar al famoso pirata de Rye William Long, quien fue sacado de su barco en el mar y consignado a la Torre de Londres. Si algunos hombres desobedecían al rey y se salían con la suya, era de esperar de los procesos inciertos y los poderes policiales limitados del estado medieval. Pero hubo otros que pagaron sus transgresiones con su propiedad y unos pocos con su libertad o con su cuello.



El crecimiento del corso patrocinado oficialmente a principios del siglo XV reflejó la retirada progresiva de los gobiernos del costoso negocio de construir y operar los propios buques de guerra. En Francia, el gran arsenal estatal de Rouen, que había producido buques de guerra a remo desde el siglo XIII, había dejado de construir y reacondicionar barcos a finales de la década de 1380 y, aparte de breves rachas de actividad en 1405 y 1416, nunca se reinició. En Inglaterra, el último de los grandes barcos de Eduardo III, la carraca Dieulagarde de 300 toneladas, había sido regalada a un cortesano en 1380. En los primeros años de su reinado, Enrique IV poseía solo un velero además de cuatro barcazas que parecen haber Se ha utilizado principalmente para mover el equipaje de la casa real a lo largo del Támesis. Solicitar barcos no era mucho menos costoso que poseerlos, ya que el alquiler tenía que pagarse por tonelada y el salario de la tripulación por día. Principalmente por razones de costo, el gobierno inglés había confiado desde 1379 gran parte del trabajo rutinario de mantener el mar para contratar flotas levantadas por sindicatos comerciales en Londres y West Country. Los corsarios y las flotas contratadas tenían sus limitaciones. Eran indisciplinados. Pusieron al Rey en colisión con países neutrales. Tenían poco interés en sus objetivos estratégicos más amplios. Eran particularmente malos en el trabajo defensivo, como el deber de convoyes y patrullar el Canal contra los invasores costeros, que ofrecían perspectivas limitadas de botín. Un ambicioso intento de traspasar todo el trabajo de "mantener los mares" a los operadores comerciales en 1406 a cambio de las ganancias del tonelaje y las cuotas de carga resultó ser desastroso por todas estas razones, y los arreglos tuvieron que terminarse anticipadamente. Pero para las operaciones ofensivas contra el comercio enemigo y los asentamientos costeros, los corsarios desplazaron en gran medida a las flotas reales durante el reinado de Enrique IV. Operaron bajo su propio riesgo y gasto y no costaron nada en salarios, alquiler o mantenimiento. Por tanto, eran el recurso natural de los gobiernos mezquinos.

A principios del siglo XV existían sindicatos de corsarios activos en Londres, Hull, Cinque Ports y Guernsey. Pero West Country ya era el centro principal de este tipo de bucaneros, ya que lo seguiría siendo durante siglos. Dartmouth, Plymouth y Fowey eran importantes bases corsarias. Según un estatuto de Ricardo II, Dartmouth había "sobre todo los lugares del reino durante mucho tiempo y sigue siendo fuerte en el transporte marítimo y, por lo tanto, ha causado grandes estragos en los enemigos del rey en tiempo de guerra". Los corsarios ingleses más famosos, la familia Hawley de Dartmouth, padre e hijo, eran un testimonio vivo de la riqueza que se podía obtener de los premios. Hawley el mayor pudo haber sido un pirata a los ojos de los franceses y ocasionalmente a los ingleses, pero era un hombre de cierta posición social en casa, el dueño de Hawley's Hall, la casa más grande de Dartmouth, catorce veces alcalde de la ciudad y regresó dos veces al Parlamento. Fundó la Iglesia de San Salvador en Dartmouth, donde todavía se puede ver su gran bronce conmemorativo, que muestra a un caballero idealizado con armadura completa. Su hijo, que llevaba a cabo el negocio familiar, adquirió extensas propiedades en West Country, se casó con la hija de un presidente del Tribunal Supremo de King’s Bench y se sentó doce veces en el Parlamento de Dartmouth. Los Hawley estaban cerca de los gobiernos de Ricardo II y Enrique IV y comúnmente actuaban bajo comisiones reales.

Quizás más típico fue el mucho más rudo Harry Pay, el destinatario de la comisión citada anteriormente. Era un pirata profesional con base en Poole, Dorset, que había estado atacando los barcos y puertos de la Castilla neutral durante años antes de recibir una comisión. Sus operaciones en el Canal contra los franceses lo convertirían en un héroe popular en la primera década del siglo XV. Mark Mixtow de Fowey y los hermanos Spicer de Plymouth y Portsmouth eran hombres del mismo sello, aunque en menor escala y por períodos más cortos. Los Spicer habían estado involucrados activamente en la piratería en el Atlántico durante al menos dos años antes de que la ruptura con Francia diera legitimidad a sus operaciones y respetabilidad a sus vidas. Richard Spicer representó a Portsmouth en el Parlamento, sirvió en comisiones de orden y terminó como un caballero de Hampshire. Los piratas del Canal contribuyeron en gran medida a la economía de las deprimidas ciudades costeras del sur de Inglaterra y, como muestran las carreras de hombres como Hawley y Spicer, disfrutaron de un fuerte apoyo popular. Cuando William Long fue finalmente liberado de la Torre, la ciudad de Hythe celebró un banquete en su honor y Rye lo eligió al Parlamento.


Los franceses utilizaron aventureros muy similares. Los bretones eran considerados en Inglaterra como "los más grandes rovers y los más grandes ladrones que han estado en el mar muchos años". Saint-Malo, un enclave del territorio real francés dentro del ducado de Bretaña, fue el principal centro de piratería y corsario en la costa atlántica francesa. Sus marineros fueron responsables de una gran cantidad de las capturas de 1402. En marzo de 1404 se dijo que los corsarios que operaban desde Harfleur, otra base importante, habían tomado cargamentos por valor de £ 100.000 además de exigir rescates exorbitantes a sus prisioneros. Un contemporáneo describió el puerto como la capital de la piratería atlántica, rica en el botín del transporte marítimo inglés. Gravelines, aunque técnicamente formaba parte de Flandes, estaba de hecho bajo el control de los capitanes generales franceses al mando de la marcha de Calais, que lo construyó como otro importante centro corsario.

En Francia, como en Inglaterra, la mayoría de las empresas corsarias eran empresas comerciales, financiadas por hábiles empresarios con fines de lucro. Guillebert de Fretin, un nativo de Calais pálido que había huido después de negarse a jurar lealtad al rey inglés, estableció su base en Le Crotoy en Ponthieu y alcanzó una fama de corta duración como el principal corsario francés de su tiempo. Su carrera de destrucción culminaría con el saqueo de Alderney en junio de 1403 en el que gran parte de los habitantes perdieron la vida. Los cruceros de Guillebert fueron financiados por un sindicato de comerciantes de Abbeville y casi con certeza autorizados por funcionarios franceses. Cuando los franceses retiraron temporalmente su apoyo a los corsarios franceses y lo desterraron, él y uno de sus lugartenientes continuaron sus depredaciones bajo la bandera de Escocia. Igualmente comerciales en su inspiración fueron las campañas de Wouter Jansz, probablemente el corsario flamenco más exitoso de la época, que operaba varios barcos desde Bervliet y Sluys en el noroeste de Flandes. Su hazaña más famosa fue navegar por el Támesis y capturar un carguero inglés cargado con el botín de una incursión reciente en la costa de Flandes, incluido el retablo pintado de Sint Anna ter Muiden. Jansz parece haber sido financiado al menos en parte por un corsario italiano llamado Giovanni Portofino que había aterrorizado el Mediterráneo occidental durante la década de 1390 antes de trasladar sus operaciones al norte de Europa. Los ingleses consideraban a Jansz como un "pirata notorio" y es poco probable que haya ocupado un cargo formal. Pero se hizo útil para las ciudades del estuario de Zwin al proteger las entradas contra las incursiones enemigas y ciertamente tenía protectores bien ubicados.

En julio y agosto de 1402, los embajadores ingleses y franceses se reunieron en Leulinghem para hacer frente a la escalada de violencia en el mar. Fieles a la pretensión cada vez más vacía de que la tregua de 1396 seguía vigente, llegaron a un acuerdo el 14 de agosto sobre un procedimiento de verificación y atención de reclamaciones y sobre medidas para evitar que se repita. Los marineros involucrados en ambos bandos fueron formalmente repudiados y declarados criminales impulsados ​​enteramente por malicia y codicia. Se ordenó la liberación sin pago de todos los prisioneros y cargamentos en sus manos y se cancelaron las cartas de corso pendientes y las represalias. Los piratas que persistieran en atacar a los buques mercantes no serían recibidos en ninguno de los dos países.
El repentino aumento de los combates en el mar despertó a los antiguos fantasmas en Flandes. Flandes era una provincia de Francia, pero como una de las principales regiones comerciales y navieras de Europa, había disfrutado de estrechas relaciones comerciales y políticas con Inglaterra durante siglos. Flandes necesitaba lana inglesa, materia prima indispensable para las grandes industrias textiles de las que dependía gran parte de su población. Inglaterra también fue un mercado importante para el producto terminado. Había una gran comunidad flamenca en Inglaterra, con base principalmente en Londres, y una comunidad mercantil inglesa aún mayor en Brujas y en el puerto holandés de Middelburg al otro lado del estuario del Escalda. Inglaterra y Flandes tenían un interés común en la seguridad de las rutas comerciales del Mar del Norte. No se trataba simplemente de preservar el comercio entre ellos. Como los flamencos habían aprendido a su costa en la década de 1380, el mantenimiento de la paz a través del Mar del Norte era la clave para el negocio bancario y comercial internacional de Brujas y el comercio del condado con las ciudades marítimas italianas de Venecia y Génova y las ciudades bálticas de la Liga Hanseática.7 Había una dimensión política importante en los vínculos de Flandes con Inglaterra. Los reyes ingleses siempre habían tenido aliados en las ciudades de Flandes y oportunidades incomparables de causar problemas allí. Habían sido los patrocinadores de todas las grandes revoluciones urbanas que dividieron a los flamencos y socavaron el poder de sus condes desde finales del siglo XIII. Jacob van Artevelde, el líder de la revolución flamenca de 1339, había sido cliente de Inglaterra y su hijo Felipe, que había dirigido la revolución de Gante durante las guerras civiles de la década de 1380, era un pensionista de Ricardo II. Las flotas y los ejércitos ingleses lucharon en Flandes en apoyo de su causa. Una guarnición inglesa había sido estacionada en Gante tan recientemente como en 1385.

La alianza informal entre Inglaterra y Flandes fue un problema perenne para los condes. Estaban bajo la presión constante de sus súbditos para evitar la guerra con Inglaterra o, si no podía evitarse, al menos sacar a Flandes de la línea del frente. Felipe de Borgoña había heredado estos problemas con el territorio. Los Cuatro Miembros de Flandes, una especie de gran comité que representaba los intereses de Brujas y su distrito y las ciudades industriales de Gante e Ypres, ejercían una influencia política considerable. Presionaron abiertamente por un tratado comercial que permitiera a Flandes permanecer neutral incluso en momentos en que Inglaterra y Francia estaban en guerra. Sus demandas plantearon un incómodo dilema para el duque de Borgoña. Como tío del rey y una figura considerable en su consejo, Felipe no pudo sacar fácilmente un principado francés de la órbita internacional de Francia. Pero tampoco podía ignorar el interés de las poderosas oligarquías comerciales e industriales de Flandes, de las que dependía para su autoridad política y una proporción creciente de sus ingresos.

A principios del siglo XV, cuando Francia se acercó a la guerra con Inglaterra y la guerra en el mar adquirió un impulso propio, estos antiguos dilemas resurgieron. El gobierno inglés generalmente había tratado a Flandes como un estado autónomo y neutral, a pesar de su estatus legal como parte del reino francés. Pero la expansión del corso inglés para apuntar a cargamentos franceses transportados en fondos neutrales supuso un desastre para el importante comercio de transporte flamenco. En el curso de 1402 no menos de veintisiete barcos flamencos fueron capturados en el mar a causa de la disputa de Inglaterra con Francia. Cuando amainaron las tormentas invernales en marzo de 1403 y los corsarios ingleses reanudaron sus cruceros, tomaron otros veintiséis barcos flamencos en el espacio de dos meses. El primer instinto del duque de Borgoña fue tomar represalias contra los comerciantes y mercancías ingleses en Flandes. Pero sus súbditos, aterrorizados por la pelea con su principal socio comercial, se negaron a cooperar. Reunidos en Ypres en julio de 1402, los cuatro miembros resolvieron buscar un acuerdo con Inglaterra. Como dijo uno de sus representantes a los agentes ingleses en Calais, diga lo que diga el duque "la tierra de Flandes no es enemiga del rey de Inglaterra".

Ese otoño enviaron embajadores a Inglaterra y Escocia para iniciar negociaciones por lo que equivalía a un tratado de neutralidad. Estas iniciativas culminaron en un acuerdo con el consejo de Enrique IV en Westminster el 7 de marzo de 1403. Los términos preveían una tregua temporal en espera de una conferencia en Calais en julio, cuando se esperaba llegar a un acuerdo más permanente. Mientras tanto, las mercancías flamencas serían inmunes a la incautación en Inglaterra o en el mar, con el compromiso de los flamencos de no hacer pasar las mercancías francesas como propias. Se confirió la correspondiente inmunidad a los cargamentos ingleses en Flandes. El efecto práctico fue permitir a los comerciantes flamencos excluir los productos franceses del comercio de transporte flamenco como si Francia fuera un país extranjero. Los emisarios flamencos lo entendieron perfectamente. Cuando Felipe los recibió en París después de su regreso, lo presionaron para que permitiera que Flandes "permaneciera neutral en la guerra de los dos reinos". A los pocos días les siguió una delegación de los Cuatro Miembros. Hubo "rumores y temores en todo Flandes", dijeron, de que pronto estallaría la guerra con Inglaterra. La vida del territorio dependía del comercio de telas y lana. Todos se arruinarían si se permitiera que la guerra los interrumpiera.

Dado que uno de los negociadores flamencos en Westminster era su consejero y el otro un canónigo de San Donato en Brujas, el duque de Borgoña debe haber dado al menos su consentimiento tácito a sus tratos con los ingleses. Pero los consideraba una necesidad desagradable. A medida que se acercaba la fecha fijada para la conferencia anglo-flamenca en Calais, Felipe se sometió a regañadientes a las demandas flamencas. A principios de mayo de 1403, durante un intervalo de lucidez, Carlos VI fue inducido a dejar que Felipe negociara un tratado por separado con Inglaterra en su calidad de conde de Flandes. Los términos de su autoridad negociadora fueron acordados entre sus funcionarios y los consejeros de Carlos en París durante el mes de junio. Era un documento notable, que preveía una inmunidad no solo para el comercio anglo-flamenco sino para el propio condado. El duque estaba autorizado a aceptar que, si estallaba la guerra, los flamencos no estarían obligados a tomar las armas por la causa de Francia. No se permitiría que las tropas reales francesas operaran desde Flandes a menos que los ingleses realmente la invadieran, y los barcos de guerra franceses no podrían utilizar los puertos flamencos excepto para visitas breves para tomar agua y víveres. Es obvio que algunas características de este arreglo eran completamente inaceptables para el consejo real francés y se habían incluido simplemente para satisfacer a los cuatro miembros. En un protocolo secreto redactado poco después, Felipe prometió al rey que, a pesar de la amplitud de la autoridad que se le había conferido, no acordaría nada que pudiera impedir que un ejército francés lanzara una expedición a Escocia o una invasión de Inglaterra desde los puertos flamencos.

Durante algunos años, Flandes estuvo destinada a seguir dos políticas incompatibles con Inglaterra, la política del Duque y la de los Cuatro Miembros. Los Cuatro Miembros hicieron todo lo posible para hacer cumplir el acuerdo que habían hecho con Enrique IV. Enviaron a sus agentes a todos los puertos del oeste de Flandes, desde Sluys hasta Gravelines, con órdenes de detener el equipamiento de los barcos de guerra contra Inglaterra. Al menos un corsario que desafió sus deseos fue encarcelado. Mientras tanto, Felipe de Borgoña se negó a estar obligado por el acuerdo y en abril de 1403 autorizó la incautación de mercancías inglesas por valor de 10.000 libras esterlinas por parte del alguacil del agua de Sluys en represalia por las últimas incursiones piratas en el Mar del Norte. Philip nombró a sus propios representantes para participar en la conferencia anglo-flamenca en Calais junto con los de los Cuatro Miembros, pero fueron consistentemente obstructivos, planteando una objeción de procedimiento tras otra. Como resultado, la conferencia se suspendió repetidamente sin un acuerdo permanente. No obstante, los arreglos provisionales acordados en Westminster se extendieron de una sesión a otra y se expandieron progresivamente a medida que los ingleses presionaron sus demandas y los flamencos cedieron. En agosto de 1403, los Cuatro Miembros acordaron formalizar la prohibición del transporte de cargamentos franceses en barcos flamencos y la ampliaron para incluir también las mercancías escocesas. También prometieron liberar a los prisioneros ingleses y los cargamentos incautados por los oficiales del duque. Todo esto se hizo bajo su propia autoridad sin ningún respaldo formal ni por parte del duque de Borgoña ni del rey de Francia. El consejo real francés expresó los más fuertes recelos sobre todo el asunto y, en caso de que el acuerdo de agosto nunca fuera ratificado. Pero en general se observó en la práctica y las negociaciones nunca se interrumpieron por completo. El gobierno inglés mantuvo lo que equivalía a una misión diplomática permanente en Calais encargada de la conducción de las relaciones con Flandes bajo la supervisión del vicegobernador de la ciudad de Enrique IV, Richard Aston, y un meticuloso abogado de Oxford llamado Nicholas Ryshton. Pasarían cuatro años de negociaciones continuas y propensas a accidentes antes de que finalmente se concluyera un tratado anglo-flamenco en condiciones políticas muy diferentes en 1407.

jueves, 12 de septiembre de 2019

Barbarroja, el pirata islamista

Barbarroja, el terror pirata de la cristiandad.

Weapons and Warfare



El Mediterráneo del siglo XVI fue devastado por piratas brutales llamados corsarios. Cuando la más temida de todas, Barbarroja, aliada con el Imperio Otomano, ninguna nave o ciudad cristiana estaba a salvo.




Desde su base en Argel, África del Norte, Hayreddin Barbarroja aterrorizó el Mediterráneo occidental en la primera mitad del siglo XVI. Sin temor a ello, secuestró barcos y saquearon puertos, cargando sus galeras piratas con vastas acumulaciones de tesoros y prisioneros destinados a la esclavitud. Sin embargo, Barbarroja era mucho más que un soldado de fortuna. Era un guerrero hábil con un instinto político que lo llevó a fundar un reino próspero, se alió con el imperio islámico de los turcos otomanos y desafió activamente a uno de los monarcas más poderosos de la Europa cristiana, el emperador español Carlos V.

Sin embargo, Barbarroja tuvo modestos comienzos. Nació en la isla griega de Lesbos, hijo de un renegado cristiano que se había unido al ejército otomano. Oruç, el hermano mayor de Barbarroja, fue el primero en lanzarse al mar en busca de aventuras. No está claro si Oruç se unió a la poderosa marina otomana o a un buque mercante, pero en 1503 su barco fue atacado y capturado por los Caballeros Hospitalarios, una orden militar cristiana con sede en la isla de Rodas, en la actual Grecia. Oruç pasó dos años terribles como esclavo en una de las galeras en una de las naves de los caballeros, pero finalmente logró escapar. Reunidos con su hermano, se establecieron en la isla de Djerba, frente a las costas de Túnez. El lugar era una verdadera guarida de corsarios, y se unieron con entusiasmo a sus filas.

Los hermanos encontraron que tenían un talento para la piratería. Sus ataques contra barcos cristianos, especialmente los españoles, les trajeron enormes cantidades de botín y atrajeron la atención del emir de Argel, con quien se unieron. Pronto comandaron una flota de aproximadamente una docena de barcos, que usaron para lanzar ataques audaces contra los baluartes españoles en el norte de África. Fue mientras atacaba a uno de estos que Oruç perdió un brazo por un disparo de un mosquete temprano llamado arcabuces.

Fundando un reino pirata

Oruç había empezado a soñar con convertirse en algo más que un simple pirata: quería gobernar su propio reino del norte de África. Su oportunidad llegó en 1516, cuando el emir de Argel solicitó su ayuda para expulsar a los soldados españoles del vecino Peñón de Argel, una pequeña fortaleza isleña. Sin ser un hombre que se pierda una oportunidad, Oruç estableció su gobierno en la ciudad de Argel, eliminando al emir, que aparentemente se ahogó mientras tomaba su baño diario. Oruç se hizo proclamar sultán, para alegría de su hermano y de un creciente ejército de partidarios.

Oruç no se detuvo allí. Se movió rápidamente para capturar las ciudades argelinas de Ténes y Tlemcen, creando para sí mismo un poderoso reino del norte de África que amenazaba y desafiaba la autoridad del rey Carlos, a poca distancia de España. La reacción española no tardó en llegar. En 1518, una flota partió del puerto de Orán, controlado por los españoles, y los soldados asaltaron Tlemcen. Oruç huyó, y se lo encontró escondido en un corral de cabras, donde un soldado español lo lancó y luego lo decapitó, un final ignominioso para el gran corsario.



En Argel, Barbarroja asumió como líder de los corsarios. Ante la renovada presión española, Barbarroja mostró su astucia política y buscó la ayuda de Süleyman el Magnífico, el sultán islámico del vasto Imperio Otomano centrado en Constantinopla, la actual Estambul, Turquía. Süleyman le envió 2.000 janízaros, la élite del ejército otomano. A cambio, Argel se convirtió en un nuevo sanjak otomano, o distrito. Esto le permitió a Barbarroja continuar con su piratería mientras consolidaba su posición al conquistar fortalezas adicionales. Sin embargo, la principal amenaza seguía en su puerta: los españoles todavía ocupaban el Peñón de Argel. En 1529, bombardeó la guarnición para rendirse antes de matar a muerte a su comandante.

Sultán contra emperador

La fama de Barbarroja se extendió por todo el mundo musulmán. Los corsarios experimentados, como Sinan el judío y Ali Caraman, llegaron a Argel, atraídos por las perspectivas de hacer su fortuna. Pero Barbarroja luchó tanto por la política como por la piratería. Cuando el gran almirante genovés de Carlos V, Andrea Doria, capturó puertos en la Grecia otomana, Süleyman convocó a Barbarroja, quien respondió rápidamente a la llamada. Para impresionar al sultán, cargó a sus barcos con lujosos regalos: tigres, leones, camellos, seda, telas de oro, plata y oro, así como esclavos y 200 mujeres para el harén en Estambul. Süleyman estaba encantado y se convirtió en almirante de Barbarroja en jefe de la flota otomana.

Barbarroja ahora comandaba más de cien galeras y galerías, o medias galeras, y comenzó una fuerte campaña naval en todo el Mediterráneo. Después de reconquistar los puertos griegos, la flota de Barbarroja aterrorizó la costa italiana. Cerca de Nápoles, Barbarroja y sus hombres intentaron capturar a la bella condesa Giulia Gonzaga, quien solo escapó por poco. Barbarroja incluso amenazó a Roma, donde los cardenales abandonaron a un papa moribundo, Clemente VII, que huyó después de saquear el tesoro papal. Sin embargo, estas redadas eran solo parte de una estrategia más grande, una distracción para distraer de la verdadera meta de Barbarroja, Túnez. Funcionó; Tomó por sorpresa el puerto en 1534.

La venganza de Barbarroja

Sin embargo, el éxito de Barbarroja fue breve. Al año siguiente, Carlos V envió una poderosa expedición militar que logró recuperar Túnez después de un asedio de una semana salpicado de sangrientas batallas. De vuelta en Argel, Barbarroja no se desanimó y salió por venganza. Navegó hacia el Mediterráneo occidental y, al acercarse a la isla española de Menorca, sus barcos izaron banderas capturadas de la flota española el año anterior. Este truco de guerra le permitió entrar en el puerto sin ser molestado. Cuando la pobre guarnición se dio cuenta del engaño, intentaron una defensa, pero se rindieron unos días después con la promesa de que se salvarían vidas y bienes. Barbarroja rompió esta promesa y de todos modos despidió a la ciudad, llevando a cientos de personas a vender como esclavas.

Durante los siguientes años, Barbarroja, que ahora comandaba 150 barcos, allanó todo el litoral cristiano del Mediterráneo. En 1538, acorralado en el puerto otomano de Preveza, Grecia, derrotó a una flota más fuerte comandada por Andrea Doria. En 1541 también repelió la gran expedición que Carlos V dirigió personalmente contra Argel. Las crónicas españolas mencionan que Barbarroja, a sus 70 años, se enamoró de la hija del gobernador español de la fortaleza costera italiana de Reggio. Fiel a su forma, Barbarroja se la llevó.

Un héroe musulman

Barbarroja se dirigió desde Italia a los puertos franceses de Marsella y Toulon. Fue recibido con todos los honores, ya que Francia y el Imperio Otomano habían formado una alianza, unida por su rivalidad con Charles V. Desde Francia, algunos de los barcos de Barbarroja navegaban a lo largo de la costa española saqueando pueblos y ciudades.

En 1545, Barbarroja finalmente se retiró a Estambul, donde pasó el último año de su vida, dictando pacíficamente sus memorias. Murió el 4 de julio de 1546 y fue enterrado en Estambul en el Barbus de Türbesi, el mausoleo de Barbarroja. La tumba fue construida por el célebre Mimar Sinan, considerado el Miguel Ángel Otomano. Todavía se encuentra en el moderno distrito de Besiktas, en el banco europeo del Bósforo. Durante muchos años, ningún barco turco salió de Estambul sin hacer un saludo honorífico a la tumba del marinero más temido del país, cuyo epitafio dice: "[Esta es la tumba] del conquistador de Argel y de Túnez, el ferviente soldado islámico de Dios. el Capudan Khair-ed-Deen [Barbarroja], sobre quien puede descansar la protección de Dios ".

martes, 23 de julio de 2019

Roma: La campaña contra los piratas

Campaña contra los piratas, 66-67 aC

Weapons and Warfare



Los lembos (Lat. Lembus, Plautus, Mercator, I, 2,81 y II, 1,35) fue un barco rápido ilirio, probablemente originalmente utilizado en piratería y muy importante para los romanos por su capacidad de carga de hombres, equipo y botín. Puede ser abierto y agradable, con una fuerte capacidad de embestir y remar a dos niveles (biremis). A partir de esto se desarrolló la liburna.


Pompeyo, a quien se le ordenó limpiar los mares de piratas, tenía plena autoridad sobre todo el Mediterráneo y el Mar Negro, y todas las tierras dentro de un radio de 80 km (50 millas) del mar. Levantó 500 barcos, 120.000 soldados y 5000 caballería. Luego dividió esta fuerza en 13 órdenes. La única área que quedó (deliberadamente) sin vigilancia fue Cilicia. Pompeyo tomó un escuadrón de 60 barcos y llevó a los piratas de Sicilia a los brazos de otro escuadrón. Luego se dirigió al norte de África y completó el triángulo al unirse con otro legado de la costa de Cerdeña, asegurando así las tres áreas principales de producción de granos que servían a Roma. Pompeyo barrió el Mediterráneo desde España hacia el este, derrotando o conduciendo a los piratas ante él. Los restos debidamente reunidos en Cilicia, donde Pompeyo había planeado un asalto total tanto por tierra como por mar. Unos cuantos baluartes piratas fueron destruidos, y hubo una batalla final en la bahía de Coracesium, pero gracias a la clemencia de Pompeyo, la mayoría de los piratas se rindieron fácilmente.


POMPEYO LOS GRANDES FALTAS DE LOS PIRATOS CILIARES, 66 a. C. Fue Pompeyo el Grande quien aplastó a los piratas del Cilician y dio libertad y seguridad a los canales de la República Romana. Para hacer esto, Pompeyo recibió del Senado, después de largos debates, poderes extraordinarios en el 67 AC: el poder proconsular (Imperium Proconsolare) durante tres años en toda la cuenca del Mediterráneo hasta el Mar Negro, con el derecho de operar hasta 45 millas tierra adentro. Quince legados fueron sometidos a él con el título de propraetores y 20 legiones (120,000 hombres) y 4,000 jinetes, 270 barcos y un presupuesto de 6,000 talentos. En una campaña rápida y bien organizada derrotó a los piratas. Dos meses fueron suficientes para patrullar el Mar Negro y erradicar a los alborotadores; luego fue el turno de Creta y Cilicia (App., Mithridatic War, 96). Los piratas fueron destruidos en sus propios territorios y entregaron a Pompeya una gran cantidad de armas y barcos, algunos en construcción, algunos ya en el mar, junto con bronce, hierro, tela para velas, cuerdas y varios tipos de madera. En Cilicia se tomaron 71 naves para su captura y 300 para entrega. Esta escena muestra una operación anfibia de la flota de Pompeyo el Grande contra los piratas. El principal barco romano es un `tres '. Las naves de Cilician en llamas son dos myoparones.


El período inicial de la expansión romana estuvo marcado por una sucesión de guerras con vecinos cercanos y lejanos. Primero fueron los otros estados en Italia y luego Cartago. Cuando Cartago fue derrotado, la Roma se volvió hacia el este. Macedonia, Grecia y luego el Pontus (Turquía asiática moderna) cayeron a Roma durante varios años. Pero fue mientras Roma se centró en estas guerras que la piratería levantó su cabeza en el Mediterráneo oriental.

Durante muchos años, la isla de Rodas utilizó su armada para reprimir la piratería y proteger su posición como puerto de tránsito en el lucrativo comercio de este a oeste. Sin embargo, Rhodes se cayó del reino macedonio y apeló a Roma, quien envió una fuerza de quinqueremes para defender a su aliado. La fuerza combinada obligó a los macedonios a demandar por la paz. En virtud del tratado, los romanos ganaron la pequeña isla de Delos, que devolvieron a Macedonia con la condición de que funcionara como un puerto libre sin impuestos ni cuotas sobre las mercancías que entran o salen. Desafortunadamente para Rhodes, la presencia de este paraíso fiscal en el exterior socavó los ingresos de su comercio y de la isla y su marina entró en declive a largo plazo. Como Rhodes ya no puede vigilar las aguas del Mediterráneo, los piratas extienden sus depredaciones más allá del Mediterráneo oriental. Los puertos y las ciudades costeras fueron saqueados, los santuarios profanados y los cargamentos, tripulaciones y barcos capturados en el mar. Las mercancías, los barcos y su tripulación se vendieron en varios mercados. Los cautivos ricos fueron llevados a rescate.

Los mercaderes ordinarios del mundo antiguo navegaban en barcos mucho más simples en diseño que los buques de guerra de la época. Dichos barcos no podían costear a los remeros caros del buque de guerra y tenían que confiar en el mástil principal único y la vela cuadrada única con el refinamiento opcional de bauprés y la segunda vela cuadrada, más pequeña. Las naves posteriores agregaron una vela triangular sobre la cañería para propulsión adicional. Los buques mercantes podrían tener una longitud de hasta 60 m (200 pies), posiblemente con más de un mástil, pero en general tenían solo 30 m (100 pies) de largo y 8 m (26 pies) en viga, extrayendo solo 3 m (10 pies) de agua y transportando Cargas de alrededor de 100-150 toneladas brutas. Construidos para la capacidad en lugar de la velocidad, no fueron rápidos, tal vez de 5 a 6 nudos si el viento lo permitía. Las tripulaciones se redujeron al mínimo ya que consumieron los beneficios: 10-15 hombres eran habituales en un barco de tamaño mediano; menos en una nave más pequeña y más en una más grande.
Mientras que el mercader a vela dependía del viento para la velocidad, el barco de guerra o el barco pirata de propulsión a remo no se vio afectado por los vientos principales o los mares agitados. Dado que la vela cuadrada significaba que el comerciante navegaría más rápido en dirección al viento, las tácticas piratas eran simples: navegar en el viento para que cualquier presa que venía por el otro lado encontrara casi imposible escapar. Alternativamente, los piratas se esconden detrás de los promontorios para un arrebato rápido para atrapar a cualquier comerciante que pase. El miedo y la intimidación eran las mejores armas para inducir una rendición rápida. Frente a un barco pirata aparentemente lleno de hombres armados y sin forma de escapar, la mayoría de los barcos mercantes se verían obligados a capitular. Luego, los piratas podían usar sus remos para girar la nave y llevar sus arcos a la popa de la víctima, donde era seguro abordar. La tripulación estaría amontonada debajo y bien atada y los piratas instalarían su propia tripulación para navegar el premio para el hogar.

Los piratas crecieron tan extendidos y poderosos que cuando el líder rebelde Spartacus y su ejército de ex esclavos quedaron atrapados en el dedo del pie de Italia en el 72 AC, negociaron con los piratas para evacuar a todo el ejército, unos 90,000 hombres, mujeres y niños. en barco Los piratas fueron pagados aún más por el político romano Crassus para que no cumpliera el contrato. El problema de la piratería llegó a tal punto que los piratas capturaron a dos Praetors romanos, junto con su personal. Otro escuadrón atacó el puerto de Roma en Ostia y saqueó otras ciudades de la región.

La cita de Pompeyo

En muchos sentidos, la élite romana se benefició de las actividades del pirata. Para aquellos que podían comprar, la piratería mantenía bajo el precio de los esclavos y la oferta era abundante. Por otro lado, sí interrumpió el comercio. Así que las clases más ricas de Roma, que necesitaban comprar esclavos para trabajar en sus fincas, se beneficiaron mientras que las clases mercantiles y las clases inferiores y sus trabajadores sufrieron. En el 69 aC, sin embargo, los piratas se destacaron y saquearon la isla de Delos. No es de extrañar, entonces, que el cónsul Metelo haya sido elegido como ejército para reducir la base pirata en Creta. Se dirigió y emprendió su tarea, reuniendo a algunos piratas y estableciéndose para asediar a otros en la base principal de piratas de la isla.

En el 67 a. C., el tribuno romano Aulus Gabinus presentó un proyecto de ley a la Asamblea de los Pueblos para nombrar al general más famoso de la época, Pompeyo Magnus, más conocido como Pompeyo, para barrer a los piratas de los mares de una vez por todas. Las ramificaciones fueron enormes. Limpiar el Mediterráneo de los piratas facilitaría enormemente la suerte del hombre común. De hecho, los precios en los mercados de Roma cayeron significativamente simplemente en la presentación de este proyecto de ley. Los ciudadanos romanos, la plebe, estaban justo detrás de la idea. Sin embargo, las clases dominantes ricas, los senadores y, en menor medida, los caballeros estaban casi universalmente en contra del proyecto de ley. La única excepción notable fue Julio César. Siempre el populista, apoyó la moción. Fue pasado

Pompeyo ya había disfrutado de una carrera militar muy distinguida. Primero fue nombrado comandante de un ejército a la edad de 24 años, apoyando al lado de Sulla en una guerra civil anterior. Aunque ocasionalmente fue acusado de crueldad, tuvo tanto éxito durante las campañas en Sicilia y en África que fue aclamado "Grande" por Sulla. Incluso pidió y le concedieron una procesión triunfal que no debería haber sido permitida dado su rango juvenil y juvenil. Apenas murió Sila, se avecinó otra guerra civil y Pompeyo se encontró en España, liderando un ejército contra Sertorio. Aunque fue apoyado por un segundo ejército bajo Metelo, fue Pompeyo quien ganó un segundo triunfo. Fue un logro verdaderamente notable.

Los recursos inicialmente propuestos para Pompeyo en esta próxima tarea fueron enormes. Comprendieron unos 200 barcos más remeros, tripulantes de vela y marines que suman un total de más de 40,000 hombres. Le darían 15 legados (comandantes militares), un tesoro ilimitado y poderes ilimitados en todo el Mediterráneo y hasta 7 km (4,5 millas) hacia el interior. Sin embargo, la votación se pospuso por un día y cuando se aprobó la versión modificada final, la Asamblea votó a través de una fuerza aún mayor. Esto consistió en no menos de 500 barcos, 120,000 de infantería y 5000 hombres de caballería, 24 comandantes militares de alto rango y un par de cuestores (magistrados responsables de las finanzas militares). Contra esto, sin embargo, los piratas tenían la reputación de tener 1000 barcos a su disposición y bases grandes y pequeñas en todo el Mediterráneo.
Pompeya contra los piratas del mar 67 aC

Los piratas debían evitar el contacto con elementos militares más poderosos para poder continuar extrayendo el saqueo de puertos y comunidades menos defendidas en el Mediterráneo, mientras que los escuadrones romanos buscaron reunir a los piratas y llevarlos a una justicia muy rudimentaria. Pompeyo eligió dividir el Mediterráneo en áreas discretas y conquistar cada una de ellas, comenzando en el extremo oeste de la costa de España. Esto condujo a los piratas hacia la costa sur de Turquía y el enfrentamiento final ocurrió cerca de Soli, en el sur de Turquía actual. Allí, el asalto de Pompeyo derrotó a los piratas, destruyendo sus fortalezas en el área. Aunque aclamado como una gran victoria del Imperio, no tuvo éxito a largo plazo. Pocos años después, en Sicilia, Anthony y Octavian tuvieron que unirse para combatir al hijo de Pompeyo, que había recurrido a la piratería.

La planificación y la preparación son claves para el éxito de cualquier empresa y las órdenes de Pompey fueron decisivas. El Mediterráneo se dividió en 13 áreas y a cada una se le asignó un comandante y una fuerza apropiada para la amenaza en esa área. Pompeyo mantuvo el control directo sobre una reserva de 60 de sus mejores barcos, casi seguramente quinqueremes con tripulaciones bien entrenadas. Comenzando con las aguas al oeste de Italia, los comandantes locales restringieron los movimientos marítimos de los piratas y los obligaron a desembarcar, donde fueron destruidos. Solo tomó 40 días para limpiar estos mares de la amenaza. Aquellos piratas que escaparon, regresaron a las bases a lo largo de la inhóspita costa de Cilicia en lo que hoy es Turquía.

La mayor amenaza para el éxito de Pompeyo vino del interior de Roma. Los amplios poderes del general eran envidiados y temidos, especialmente por aquellos que más se beneficiaban de la actividad de los piratas. El cónsul Piso, a salvo dentro de las murallas de Roma, llegó a revocar las órdenes de Pompeyo, pagando a algunas de las tripulaciones de los barcos. Mientras la flota de Pompeyo navegaba hacia el sur alrededor del pie de Italia para atacar a los piratas en el Adriático, Pompeyo regresó a Roma. Allí, su amigo y partidario, Gabinius, ya había comenzado el proceso de despedir a Piso de su puesto de cónsul. Esto habría sido una mancha terrible y permanente en el honor y la reputación de su familia. Sin embargo, después de haber recuperado a sus tripulaciones, a Pompeyo se le retiró el proyecto de ley y, por lo tanto, se dejó salir a Piso. Mientras tanto, Roma se había transformado: los mercados estaban llenos de alimentos de todo el Mediterráneo y los precios casi volvían a la normalidad. Desde Roma, Pompeyo se dirigió a Brundisium en la costa este de Italia y se embarcó para Grecia y la parte final de la guerra.

Algunos de los escuadrones piratas más aislados se rindieron a Pompeyo, quien confiscó sus barcos y arrestó a los hombres. No llegó a crucificar a los piratas, la forma normal de ejecución de tal crimen (todos los sobrevivientes de la rebelión de Espartaco habían sido crucificados). Así alentado, una gran cantidad de piratas también enviaron un mensaje de rendición de Creta, donde estaban sentados a un sitio de Metelo. Pompeyo aceptó su rendición y envió a uno de sus propios comandantes, Lucio Octavio, con instrucciones de que nadie debería prestar atención a Metelo, sino solo a Octavio. Mettelus estaba comprensiblemente lívido y continuó el asedio. Octavio, siguiendo las órdenes de Pompeyo, ahora planteó la defensa de la ciudad en nombre de los piratas. Finalmente, la ciudad, y Octavian, se vieron obligados a rendirse. Metelo humilló a su rival frente al ejército reunido antes de enviarlo de regreso a Roma con una pulga en la oreja.

La rehabilitación de Pompeyo funcionó. Alrededor de 20,000 antiguos piratas fueron finalmente asentados en áreas interiores poco pobladas como Dyme en Achea, en la costa norte del Peloponeso, y Soli, en lo que hoy es Turquía. Sin embargo, un cuerpo sustancial de los malhechores ocupó las fortalezas de las montañas de Cilicia con sus familias. La inevitable batalla con los hombres de Pompeyo tuvo lugar en Coracesium en Cilicia en 67 a. Que hubo una batalla y que los piratas la perdieron es todo lo que se sabe. Sin embargo, la victoria de Pompeyo no fue sorprendente. Los hombres entrenados y experimentados del ejército y la armada de Pompeyo, con su equipo adecuado, eran más que un rival para los piratas indisciplinados. Vale la pena registrar que entre los despojos de la guerra después de la última batalla había 90 barcos equipados con carneros de cabeza de bronce.

Pompeya contra los piratas del mar 67 DC

Los piratas debían evitar el contacto con elementos militares más poderosos para poder continuar extrayendo el saqueo de puertos y comunidades menos defendidas en el Mediterráneo, mientras que los escuadrones romanos buscaron reunir a los piratas y llevarlos a una justicia muy rudimentaria. Pompeyo eligió dividir el Mediterráneo en áreas discretas y conquistar cada una de ellas, comenzando en el extremo oeste de la costa de España. Esto condujo a los piratas hacia la costa sur de Turquía y el enfrentamiento final ocurrió cerca de Soli, en el sur de Turquía actual. Allí, el asalto de Pompeyo derrotó a los piratas, destruyendo sus fortalezas en el área. Aunque aclamado como una gran victoria del Imperio, no tuvo éxito a largo plazo. Pocos años después, en Sicilia, Anthony y Octavian tuvieron que unirse para combatir al hijo de Pompeyo, que había recurrido a la piratería.

La planificación y la preparación son claves para el éxito de cualquier empresa y las órdenes de Pompey fueron decisivas. El Mediterráneo se dividió en 13 áreas y a cada una se le asignó un comandante y una fuerza apropiada para la amenaza en esa área. Pompeyo mantuvo el control directo sobre una reserva de 60 de sus mejores barcos, casi seguramente quinqueremes con tripulaciones bien entrenadas. Comenzando con las aguas al oeste de Italia, los comandantes locales restringieron los movimientos marítimos de los piratas y los obligaron a desembarcar, donde fueron destruidos. Solo tomó 40 días para limpiar estos mares de la amenaza. Aquellos piratas que escaparon, regresaron a las bases a lo largo de la inhóspita costa de Cilicia en lo que hoy es Turquía.

La mayor amenaza para el éxito de Pompeyo vino del interior de Roma. Los amplios poderes del general eran envidiados y temidos, especialmente por aquellos que más se beneficiaban de la actividad de los piratas. El cónsul Piso, a salvo dentro de las murallas de Roma, llegó a revocar las órdenes de Pompeyo, pagando a algunas de las tripulaciones de los barcos. Mientras la flota de Pompeyo navegaba hacia el sur alrededor del pie de Italia para atacar a los piratas en el Adriático, Pompeyo regresó a Roma. Allí, su amigo y partidario, Gabinius, ya había comenzado el proceso de despedir a Piso de su puesto de cónsul. Esto habría sido una mancha terrible y permanente en el honor y la reputación de su familia. Sin embargo, después de haber recuperado a sus tripulaciones, a Pompeyo se le retiró el proyecto de ley y, por lo tanto, se dejó salir a Piso. Mientras tanto, Roma se había transformado: los mercados estaban llenos de alimentos de todo el Mediterráneo y los precios casi volvían a la normalidad. Desde Roma, Pompeyo se dirigió a Brundisium en la costa este de Italia y se embarcó para Grecia y la parte final de la guerra.

Algunos de los escuadrones piratas más aislados se rindieron a Pompeyo, quien confiscó sus barcos y arrestó a los hombres. No llegó a crucificar a los piratas, la forma normal de ejecución de tal crimen (todos los sobrevivientes de la rebelión de Espartaco habían sido crucificados). Así alentado, una gran cantidad de piratas también enviaron un mensaje de rendición de Creta, donde estaban sentados a un sitio de Metelo. Pompeyo aceptó su rendición y envió a uno de sus propios comandantes, Lucio Octavio, con instrucciones de que nadie debería prestar atención a Metelo, sino solo a Octavio. Mettelus estaba comprensiblemente lívido y continuó el asedio. Octavio, siguiendo las órdenes de Pompeyo, ahora planteó la defensa de la ciudad en nombre de los piratas. Finalmente, la ciudad, y Octavian, se vieron obligados a rendirse. Metelo humilló a su rival frente al ejército reunido antes de enviarlo de regreso a Roma con una pulga en la oreja.

La rehabilitación de Pompeyo funcionó. Alrededor de 20,000 antiguos piratas fueron finalmente asentados en áreas interiores poco pobladas como Dyme en Achea, en la costa norte del Peloponeso, y Soli, en lo que hoy es Turquía. Sin embargo, un cuerpo sustancial de los malhechores ocupó las fortalezas de las montañas de Cilicia con sus familias. La inevitable batalla con los hombres de Pompeyo tuvo lugar en Coracesium en Cilicia en 67 a. Que hubo una batalla y que los piratas la perdieron es todo lo que se sabe. Sin embargo, la victoria de Pompeyo no fue sorprendente. Los hombres entrenados y experimentados del ejército y la armada de Pompeyo, con su equipo adecuado, eran más que un rival para los piratas indisciplinados. Vale la pena registrar que entre los despojos de la guerra después de la última batalla había 90 barcos equipados con carneros de cabeza de bronce.