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lunes, 3 de julio de 2017

Polonia: La Legión del Vístula de España a la SGM

¡Recordad Zaragoza! El grito de guerra de los polacos frente a los Nazis
Javier Sanz | Historias de la Historia



En el Tratado de Fontainebleau de 27 de octubre de 1807, firmado por Manuel Godoy, valido del rey de España Carlos IV de Borbón, y Napoleón I Bonaparte, se estipulaba la invasión militar conjunta franco-española de Portugal —el cual se había unido a Inglaterra—; además, se permitía para ello el paso de las tropas imperiales francesas por territorio español y se prestaría el apoyo logístico necesario. Bajo el mando del general Junot, las tropas francesas entraron en España el 18 de octubre de 1807, cruzando su territorio a toda marcha en invierno, y llegaron a la frontera con Portugal el 20 de noviembre. Sin embargo, los planes de Napoléon iban más allá, y sus tropas fueron tomando posiciones en importantes ciudades y plazas fuertes con objeto de derrocar a los Borbones y suplantarla por su propia dinastía.

Entre las tropas imperiales que invadieron la Península ibérica y que participaron en la Guerra de Independencia española había unos 20.000 soldados y oficiales polacos distribuidos en tres formaciones militares: la Legión del Vístula, la División del Ducado de Varsovia y el Regimiento de Caballería Ligera de la Guardia.


Miembros de la Legión del Vístula

¿Qué hacían los polacos luchando a las órdenes de Napoléon?
En 1795, tras varias derrotas frente a Suecia y divisiones internas, la República de las Dos Naciones (Polonia y Lituania), también llamada Mancomunidad de Polonia-Lituania, quedó tan maltrecha que sus vecinos/enemigos (Imperio ruso, Prusia y Austria) no tuvieron muchos problemas para llegar a un acuerdo y repartirse el reino -no volvería a existir un estado polaco independiente hasta 1918-. Ante la desaparición de su patria, muchos polacos emigraron, sobre todo a Italia y Francia. El surgimiento de Francia, con Napoleón al frente, como potencia europea, y por aquello de “el enemigo de mi enemigo es mi amigo”, los polacos vieron en el emperador a un posible liberador que les permitiese restaurar el estado polaco. La realidad es que Napoleón utilizó aquel sentimiento patriótico para hacerles creer que restablecería la independencia de Polonia y, de esta forma, convertir a aquellos apátridas, otrora polacos, en una fuente inagotable de reclutas que formaron un ejército polaco en el exilio bajo el mando francés.

Los polacos destacaban por su preparación, disciplina y valentía, y tuvieron un papel relevante en las campañas de Italia, Haití, Rusia… y España. En los dos asedios sufridos por la ciudad de Zaragoza (España) en 1808 durante la Guerra de la Independencia, los llamados sitios de Zaragoza, participaron alrededor de 3.500 polacos entre las filas imperiales. Los polacos tenían que luchar con un enemigo que, como ellos, estaba defendiendo su libertad e independencia, lo que les suponía una enorme carga moral al sentirse identificados con las mujeres y hombres que defendían Zaragoza hasta las últimas consecuencias. Aquellos que lograron sobrevivir y volver a su hogar contaron después la valentía de aquellas gentes, poniéndolas como ejemplo de luchadores por su libertad, tal y como decían que debían hacer ellos por Polonia. Prueba de ello, fueron las palabras del embajador de Polonia, Tomasz Arabski, y del historiador Jan Stanislaw, Director de la Oficina de excombatientes y personas represaliadas de Polonia, cuando en 2013 Zaragoza rindió homenaje a los 300 polacos caídos en los sitios de Zaragoza…

la resistencia del pueblo aragonés fue un ejemplo de gran patriotismo con el que se encontraron unos soldados que vinieron de lejos porque trataban de luchar por su libertad y se encontraron con otros jóvenes que luchaban por lo mismo. […] Nunca en la historia, los soldados polacos tuvieron tanta discordia moral como aquí en España […] esta intervención, en la que cayeron unos 300 soldados polacos, se convirtió en un remordimiento de conciencia nacional. El coraje que observaron del pueblo aragonés pervivió durante años en el espíritu de los polacos…

Placa homenaje polacos caídos

De hecho, las referencias al coraje aragonés se escucharon en Varsovia el 1 de agosto de 1944 cuando los polacos se levantaron contra los invasores nazis y lo hicieron al grito de…

Pamietajcie o Saragosiee! (¡Recordad Zaragoza!)



Monumento al Levantamiento de Varsovia


Fuentes: Soldados polacos en España – Fernando Presa González, Pamietajcie o Saragosiee!, El Periódico de Aragón

domingo, 3 de mayo de 2015

España: 2 de Mayo

El Levantamiento del 2 de Mayo

Javier Sanz - Historias de la Historia

Antecedentes

En el año 1807, Francia y España  firman el Tratado de Fontainebleau. Acuerdan el reparto de Portugal (aliado de Inglaterra) entre ambas potencias. Controlado el mar por ingleses y portugueses, la única opción es que las tropas francesas atraviesen la pení­nsula, por lo que numerosos contingentes militares franceses entran en España. Napoleón consciente de la crisis polí­tica del régimen borbónico, decidió aprovechar la situación.

En la corte del rey Carlos IV (tonto, calzonazos y cornudo), cuyo gobierno era ejercido en la práctica por Godoy -amante de la reina-, existía un grupo de conspiradores, liderados por su hijo Fernando. Este grupo estaba encabezado por los sectores más reaccionarios y por los descontentos con Godoy. Tal situación, desembocó en el motín de Aranjuez (17 de marzo de 1808). La conspiración de la corte, un rey débil, Godoy caído en desgracia y la protesta popular obligaron al rey a ceder el trono a su hijo Fernando VII (el peor rey de la historia). Nada cambió en España, el rey era un pelele en manos de Murat y sus tropas militares. Fernando VII es llamado a Bayona para entrevistarse con Napoleón. El rey, deseoso de que el emperador le reconociese, parte hacia Bayona, dejando a la Junta Suprema de Gobierno el control de la nación. Murat solicita a la Junta de Gobierno que se le entregue a Godoy, al principio se niega pero finalmente tiene que ceder. El dí­a 30 de abril, Napoleón reúne en Bayona a Carlos IV, Godoy y Fernando VII. Napoleón controla España (o eso creí­a él).


Levantamiento del 2 de mayo

En torno a las ocho de la mañana del 2 de mayo dos coches se encontraban detenidos a las puertas del Palacio Real de Madrid, habí­a mucha gente en los alrededores , ya que era dí­a de mercado. En el primero de ellos la gente vio subir a la reina de Etruria (Marí­a Luisa, hija de Carlos IV) y en el segundo coche la gente pensó que era para el infante Francisco de Paula. En ese momento, el maestro José Blas Molina gritó:

¡Traición!
Muchos se unieron al maestro gritando:

Quieren llevarse al infante
Soltaron los caballos y entraron al Palacio, donde el infante saludó a la multitud. La revuelta habí­a estallado. Murat envió compañí­as de granaderos de la Guardia Imperial acompañados de 2 piezas de artillerí­a que sembraron el suelo de cadáveres. Por todo Madrid los franceses aislados eran asesinados y, en la Puerta de Sol, centenares de madrileños se concentraron. Allí­ llegaron los mamelucos, coraceros y dragones que acuchillaron a la multitud, ésto todaví­a encendió más la furia y el odio de los madrileños.

Los insurrectos se dirigieron al parque de Artillería de Monteleón, donde algunos artilleros y dos capitanes, Daoiz y Velarde, haciendo caso omiso de las órdenes de su superior, el general Negrete, se unieron a los sublevados. Defendieron heróicamente el parque, pero al final fue tomado al asalto por los franceses. Madrid habí­a sido el triste protagonista de una batalla campal, entre dos ejércitos desiguales: uno formado por las tropas de élite francesas y otro formado por el pueblo llano madrileño.


Carga de los mamelucos (Goya)

Murat encontró la escusa perfecta para ocupar la capital. Actuó de forma implacable y violenta. Confirmó la orden de acuartelamiento del general Negrete (así­ controlaba al ejército español) y castigó, sentencias de muerte, a los rebeldes. Reproducimos la proclama publicada en la Gaceta de Madrid el 6 de mayo:

Art. I: Esta noche, convocará el general Grouchy la comisión militar.
Art. II: Serán arcabuceados todos cuantos durante la rebelión han sido presos con armas.
Art. III: La Junta de Gobierno va a mandar desarmar a los vecinos de Madrid. Todos los moradores de la Corte, que pasado el tiempo prescrito para la ejecución de esta resolución, anden con armas, o las conserven en su casa sin licencia especial serán arcabuceados.
Art. IV: Todo corrillo, que pase de ocho personas, se reputará reunión de sediciosos y se disparará a fusilazos.
Art. V: Toda villa o ladea donde se aaseinado un francés será incendiada.
Art. VI: Los amos responderán de sus criados, los empresarios de fábricas de sus oficiales, los padres de sus hijos, y los prelados de los conventos de sus religiosos.
Art. VII: Los autores de libelos impresos o manuescritos que provoquen la sedición, los que los distribuyeren o vendieren, se reputarán agentes de Inglaterra y como tales pasados por las armas.

Dado en nuestro cuartel general de Madrid, a 2 de mayo de 1808.


Fusilamientos del 3 de mayo (Goya)

Madrid fue la mecha que prendió la revuelta, pero esa misma tarde, fugitivos de Madrid, llevaron las noticias de lo ocurrido en la capital. Andrés Torrejón y Simón Hernández, alcaldes de Móstoles,  dictaban una proclama a sus vecinos instándoles a tomar las armas (Bando de Independencia):

Señores justicias de los pueblos a quienes se presentare este oficio, de mi el alcalde ordinario de la villa de Móstoles.
Es notorio que los franceses apostados en las cercanías de Madrid, y dentro de la Corte, han tomado la ofensa sobre este pueblo capital y las tropas españolas; por manera que en Madrid está corriendo a estas horas mucha sangre. Somos españoles y es necesario que muramos por el rey y por la patria, armándonos contra unos pérfidos que, so color de amistad y alianza, nos quieren imponer un pesado yugo, después de haberse apoderado de la augusta persona del rey. Procedan vuestras mercedes, pues, a tomar las más activas providencias para escarmentar tal perfidia, acudiendo al socorro de Madrid y demás pueblos, y alistándonos, pues no hay fuerza que prevalezca contra quien es leal y valiente, como los españoles lo son.
Dios guarde a vuestras mercedes muchos años.
Móstoles, dos de Mayo de mil ochocientos ocho.
Andrés Torrejón
Simón Hernández
Era la primera declaración de Guerra contra el ejército invasor y fue hecha por los alcaldes.

jueves, 7 de agosto de 2014

Cine: El cadete San Martín retratado por la televisión española

EL CADETE JOSE DE SAN MARTIN


Magnifica visión española de los años 60 de nuestro Libertador
Serie producida por TVE, emitida a finales de los años sesenta. El personaje de San Martín surge en el minuto 16.
La acción se centra en las aventuras de un joven recién llegado a la península desde una provincia de ultramar, durante los acontecimientos habidos en España en los últimos años del reinado de Carlos IV, que coinciden con la invasión napoleónica; de esta manera, a lo largo de trece capítulos pudimos conocer hechos tan significativos como el Motín de Aranjuez, la Conjura de El Escorial, el secuestro de la familia real y su posterior traición en Bayona y el alzamiento del Dos de Mayo, entre otros, desfilando por la pantalla personajes históricos tales como rey Carlos IV y la reina María Luisa, su favorito Godoy, la Duquesa de Alba y don Francisco de Goya, los capitanes Luis Daoiz y Pedro Velarde, Manuela Malasaña, Molina "el Cerrajero" y los sorprendentemente bien tratados Simón Bolivar, José de San Martín y el príncipe de Asturias.

sábado, 20 de julio de 2013

Guerras napoleónicas: La derrota de Bailén

Bailén, la batalla donde Napoleón fue cruelmente humillado por el Ejército español


MANUEL P. VILLATORO

El 19 de julio de 1808, las tropas de Bonaparte sufrieron en Andalucía su primera derrota de la historia en campo abierto

ABC
«La rendición de Bailén», cuadro de José Casado del Alisal que se exhibe en el Museo del Prado, con el general Castaños a la izquierda y el derrotado general Dupont a la derecha
Un día como hoy, aunque hace nada menos que 205 años, las tropas españolas lograron un hito que ningún otro ejército había conseguido antes: vencer a las fuerzas de Napoleón en combate abierto. Aquella jornada, bajo un sol de justicia andaluz que acosaba a los soldados con una temperatura de 40 grados, las huestes del «pequeño corso» nada pudieron hacer contra los briosos hispanos que, a mosquete y espada, defendieron el pequeño pueblo jienense de Bailén del invasor.
Ese 19 de julio de 1808 los españoles no sólo humillaron a las altivas tropas napoleónicas mediante un ejército formado por multitud de milicianos, sino que también lograron dar un golpe de efecto quemarcaría el principio del fin de la ocupación francesa en España. Así, la batalla de Bailén quedaría grabada con tinta indeleble en la Historia.
Corrían malos tiempos para España en los inicios del s. XIX. Todo había comenzado con un pequeño megalómano, Napoleón Bonaparte, quien, después de subir al poder en Francia años atrás, asumió como suya la tarea de dominar una buena parte de Europa y derrotar al gran enemigo de su Imperio: Gran Bretaña.
Tras caer en la cuenta de que no podía asediar a la indomable Albión por mar, el corso prefirió pasar a una táctica menos invasiva:bloquear el comercio de Reino Unido. Sin embargo, para que esta idea se sucediera a la perfección, Bonaparte debía conquistar Portugal, una región tradicionalmente aliada de los ingleses y que no se plegaría sus deseos.

Una trampa mortal

Pero para llegar hasta Portugal una tierra se interponía en el camino de Napoleón, España. Por ello, en 1807 el francés firmó con Godoy –valido del rey- el Tratado de Fontainebleau, mediante el cual logró obtener el permiso para atravesar con más de 100.000 hombres el territorio hispano.
El macabro plan de Napoleón había comenzado. Y es que, en su paso a través de España, el disciplinado ejército francés fue ocupando diferentes ciudades hasta llegar a Madrid. Así, lo que en un principio comenzó como un permiso de paso, acabó convirtiéndose en una invasión a gran escala. A su vez, las intrigas políticas del «pequeño corso» –que consiguió finalmente dar el trono español a su hermano- terminaron por minar la paciencia de la población que, a partir de mayo, comenzó a levantarse contra los casacas azules.
Así, se iniciaron una serie de revueltas por todo el territorio a base de rastrillo y cuchillo en contra del águila imperial. Tocaba defender el territorio del invasor y, ante la escasez de tropas regulares, el pueblo no dudó en proteger cada palmo de tierra hispana con su sangre. Además, a lo largo y ancho de toda España, los defensores se fueron constituyendo en pequeñas juntas locales –encargadas de organizar la resistencia contra Francia- ante la destrucción y la inactividad de los organismos centrales.

Camino de Andalucía

Sin embargo, en casi toda España comenzaba a imponerse el entrenamiento de los soldados galos que, mejor pertrechados, plantaban cara con osadía a cualquier levantamiento local. Por ello, con el centro y el norte asediados, Napoleón no tardó en plantearse la conquista del sur de la Península.
«Confiado en el éxito inmediato de la ocupación, Napoleón ordenó al general Pierre Dupont de l'Etang que ocupara Córdoba y avanzara hacia Sevilla y luego a Cádiz. El objetivo era rescatar a una escuadra francesa allí bloqueada desde la batalla de Trafalgar y hacerse con el control de los puertos andaluces, al tiempo que amenazaba Gibraltar» señala el escritor y periodista Fernando Martínez Laínez en su obra«Vientos de gloria».
Para cumplir esta misión, los franceses enviaron unos 9.000 soldados de infantería, a los que los que se sumaron unos 4.000 hombres montados (entre coraceros –la caballería de élite del ejército galo experta en ataques cuerpo a cuerpo- y dragones –jinetes armados con mosquetes-). Al mando de esta fuerza estaba Dupont, uno de los generales más destacados y fiables del «pequeño corso».
No obstante, la campaña andaluza salió muy cara a los franceses que,acosados por los guerrilleros y el hambre, decidieron asentarse en Andújar (ubicada a 28 kilómetros de Bailén) con la intención de esperar refuerzos. Con todo, prefirieron dejar su sello de destrucción arrasando y saqueando Valdepeñas y Córdoba. Sin embargo, lo que no sabían los soldados del águila imperial es que los españoles les harían pagar cada gota de sangre derramada.
Una vez llegados sus refuerzos, Dupont levantó la cabeza con orgullo al saber que contaba a sus órdenes con 34.000 hombres divididos en cinco divisiones. Para facilitar la organización de este ejército tan numeroso -como bien explica el escritor y experto Francisco Vela en su obra «La batalla de Bailén. El águila derrotada» - el galo entregó cada una a un oficial. Entre ellos destacaba el General de división Vedel, un militar que se había ganado sus galones y el favor de Napoleón combatiendo contra los austríacos varios años antes.

«El águila derrotada»
A su vez, el francés sabía que de su lado estaba, además del gran número de soldados galos, la experiencia de los mismos. De hecho, se creyó tranquilo al conocer que combatiría al lado de un buen numero de sanguinarios coraceros y un batallón de marinos de la guardia imperial (una de las unidades de élite de la infantería imperial).

El levantamiento andaluz

Por su parte, y ante el peligro que se cernía sobre la patria, España llamó a filas a los ciudadanos, que se sumaron las escasas tropas regulares existentes. «Tras el levantamiento madrileño del 2 de mayo, que se extendió prácticamente a España entera, las Juntas de Sevilla y Granada comenzaron a formar dos ejércitos que deberían unirse en algún punto de Sierra Morena para detener a los franceses», explica Laínez.
Así, los defensores consiguieron reunir una fuerza equiparable a la de los crueles «gabachos» al contar con 30.000 soldados. Sin embargo, más de la mitad del ejército estaba formado por milicianosque, aunque tenían en su interior el ardor propio de un militar español, carecían de experiencia en combate. Con todo, cada uno sabía que plantaría cara al invasor francés hasta la última bala de mosquete.
Al mando de la fuerza se destacó el general Francisco Javier Castaños. Éste, a su vez, decidió dividir a sus hombres en tres columnas, como bien explica Laínez en su obra: «La primera, con9.450 hombres, al mando del mariscal de campo de origen suizo Reding. […] La segunda, mandada por el mariscal de campo belga marqués de Coupigny [contaba] unos 8.000 hombres. […] La tercera columna, compuesta de dos divisiones al mando de los tenientes generales Félix Jones y Manuel La Peña [disponía] de 12.000 hombres de las milicias provinciales. […] Además, se contaba conuna “columna volante” que mandaba el coronel Juan de la Cruzcon unos 2.000 hombres, casi todos voluntarios».

El general Castaños
Tras una serie de pequeñas escaramuzas iniciales entre ambos contingentes, el día 17 de julio de 1808 se realizaron una serie de movimientos que marcarían directamente el resultado de los combates. Todo comenzó el 16, jornada en que Dupont –ubicado en Andújar- envió a la división de Vedel hacia el entonces insignificante pueblo de Bailén con órdenes de plantar cara a las tropas de Reding, a las que se suponía defendiendo el lugar.
Pero el general francés encontró este minúsculo pueblo vacío. ¿Qué había podido suceder? Casi sin tiempo para pensar, en la cara de Vedel se pudo adivinar una expresión de terror. Y es que, la posibilidad más lógica era que la división española hubiera partido hacia Despeñaperros (un paso a través de las montañas en dirección a Madrid) para cortar una posible retirada francesa.
«En esta ocasión todo el equívoco parte de las informaciones dadas por el paisanaje a los franceses, en especial por un alemán afincado en el pueblo, el cual le confirmó el paso de tropas enemigas encabezadas por los Dragones de Lusitania, lo que acabó por confundir a Vedel que vio cómo fuerzas regulares le sacaban ventaja en la carrera por llegar a Despeñaperros», explica en su libro Vela.
Velozmente, Vedel inició la marcha hacia las colinas dejando atrás el verdadero teatro de operaciones. Sin embargo, este no fue el único error que cometieron los franceses, sino que, además, enviaron a otro de sus generales con una considerable cantidad de tropas hacia dos posiciones ubicadas en la sierra.

El curioso encuentro

Mientras, el altivo Dupont continuó esperando despreocupado en Andújar creyendo inocentemente que su experimentado ejército podría hacer frente a cualquier hueste formada por los españoles. Al parecer,nunca tuvo demasiado respeto a un ejército que, según sus palabras, carecía de instrucción y disciplina.
Días después, y ante la falta de noticias, Dupont dio un giro radical a su plan de operaciones y partir hacia Bailén, en el cual creía que había solo un pequeño contingente de tropas españolas. Todo cambió cuando, en la noche del día 18, sus exploradores le informaron de que a las puertas del lugar le esperaban nada menos que 14.000 soldados enemigos: las divisiones de Reding y Coupigny movilizadas días antes por Castaños.
A los españoles, por su parte, también les cogió por sorpresa el encuentro, pues sabían que, aunque eran superiores en número a las tropas francesas, no contaban con la experiencia suficiente para vencer al poderoso ejército galo. No obstante, y a pesar de esta curiosa sorpresa de verano, ambos bandos se prepararon para la batalla. Ahora sólo quedaba ganar tiempo hasta que llegaran los refuerzos: Vedel por parte de los franceses y Castaños por el bando español.
«Como se puede comprobar, de todo esto deducimos que ambos bandos se encontraban mal informados sobre las fuerzas y posiciones respectivas y que se dirigían a una batalla de encuentro. Ni Dupont sabía que se iba a topar con Reding ni éste que se le echaba Dupont encima. Aquel tenía su retaguardia amenazada por las dos divisiones de Castaños, y Reding amenazada la suya por Vedel», completa el autor de «La batalla de Bailén. El águila derrotada».

¡A formar la línea!

Tras el primer contacto con las unidades de exploración francesas –aproximadamente a las tres de la madrugada del día 19-, los españoles dieron comienzo a una alocada carrera contra el tiempo para formar su línea defensiva. El ejército, ahora al mando de Reding, tuvo que organizar a dos divisiones que incluían, según Vela, a unos 12.600 infantes (armados principalmente con mosquetes) y 16 piezas de artillería. A su vez, la fuerza contaba con el apoyo de casi 1.200 jinetes, entre los que había varias unidades de los famosos garrochistas (pastores que, diestros en el uso de la lanza, se incorporaron a filas para combatir al invasor francés).
Para hacer frente a los galos, las tropas españolas formaron a las afueras de Bailén. «Al amanecer, el ejército español se desplegó en forma de arco o herradura abierta con los extremos apoyados en los cerros Valentín, al norte, y Haza Walona, al este», completa el autor español en su obra.
En vanguardia se situó la infantería formando una consistente fuerza de choque a base de mosquete y bayoneta. Como apoyo, se intercalaron varias piezas de artillería con las que aplastar las formaciones francesas. En segunda línea, Reding ubicó varias unidades de infantería de reserva además de algunos regimientos de caballería con un doble objetivo: apoyar a los cañones y flanquear al enemigo.
Por su parte, el experimentado Dupont contaba a sus órdenes con unos8.000 infantes (entre los que se encontraban los marinos de la guardia imperial), unos 2.000 jinetes (sumando a coraceros y dragones) y 23 cañones. Como siempre, la fuerza de los franceses la componía principalmente la caballería pesada, que solía ser usada como un martillo en contra de las formaciones enemigas.
Como era de esperar, Dupont ordenó formar con un sólido bloque de infantería en el centro, la temible caballería en los flancos y varios cañones como apoyo (estas de menor potencia que las españolas). Con las piezas dispuestas para la partida de ajedrez, ahora todo quedaba en manos de la resistencia, la valentía y la tenacidad de los soldados.

Comienza la batalla

La contienda comienza bajo un caos total, pues eran las tres de la mañana y la oscuridad todavía no había abandonado Bailén. «Entre las tres y las cinco de la madrugada lo único claro es que no hay nada claro. En medio de la oscuridad […] lo único cierto son las voces de ¡quién va!, los fogonazos de los disparos y poco más», determina en su completísima obra Vela.
A las cinco de la mañana, y sin más dilación, varias unidades del ejército español se lanzaron -en el extremo del flanco izquierdo- a la conquista de una posición que les podía otorgar una ventaja táctica de gran importancia: el cerro Haza Walona. Con sus mosquetes cargados y una buena visibilidad tomaron este emplazamiento sin combates y se aprestaron a la defensa.
Sin embargo, su alegría dura poco, pues, con la primera luz de la mañana, Dupont ordenó a la brigada suizo-española (antiguamente al servicio de España y ahora encuadrada a la fuerza en el ejército francés) asaltar la colina. Por suerte, la tenacidad de los defensores se hizo patente y consiguieron resistir este primer embiste.

La treta española

Sin más paciencia que agotar, Dupont organizó a su caballería para que, al galope y colina arriba, tomara el Walona. En este caso, ni el incesante fuego de mosquete español valió para detener a lo mejor del ejército imperial, que arrasó a dos batallones españoles a los que, incluso, arrebató sus estandartes, un hecho muy significativo para la época.
Pero, a pesar de que los jinetes franceses podrían haber abierto brecha en la línea española, se retiraron a sus posiciones azuzados por una curiosa treta de los defensores. «[Una unidad española] a las órdenes de un teniente mantuvo una frenética actividad para dar la impresión de contar con un mayor número de efectivos. Sin saberlo, esta actividad, junto con los agudos toques del trompeta de este destacamento ejecutando todos los toques reglamentarios, confundió a los jinetes galos», añade el autor de «La batalla de Bailén. El águila derrotada».


Cuadro del pintor Ferrer-Dalmau sobre la batalla de Bailén
Mientras, en el centro del campo de batalla, los franceses formaron columnas para lanzar la que, según creían, sería la ofensiva definitiva sobre las tropas españolas. «La Brigada Chabert desplegó en cuatro columnas de ataque […] e inició la contrastada maniobra gala del choque a la bayoneta en columnas cerradas», señala Vela.
En perfecto orden, los soldados franceses avanzaron hasta situarse frente a las tropas defensoras. Sin embargo, los galos no contaban ya con parte de su artillería –la cual había sido destruida por los cañones españoles desde la lejanía- lo que provocó que fueran tiroteados sin piedad.
Tras sufrir considerables bajas, la situación terminó de complicarse para los soldados de Napoleón cuando Reding ordenó a una parte de la caballería española cargar contra sus filas. La presión fue demasiada para los experimentados casacas azules, que, sin poder resistir ni un segundo más, se retiraron manteniendo la formación.
Sin embargo, la inexperiencia de algunas de las tropas hispanas salió cara a Reding cuando los garrochistas, ávidos de venganza, no mantuvieron la formación y se lanzaron solos contra varios olivares defendidos por soldados galos. Por desgracia, los mosquetes franceses no perdonaron este error e hicieron mella en las filas de los confiados lanceros.

La imprudencia sale cara

Con el espeso polvo surcando el campo de batalla y el calor haciendo mella en los soldados, la situación se recrudeció en el flanco derecho cuando un escuadrón español, fogoso y ávido de hacer sangrar a tantos soldados franceses como pudiera, se adelantó demasiado y perdió el apoyo de sus compañeros.
Tras un breve intercambio de disparos con la infantería gala, la imprudencia de estos españoles les terminó pasando factura cuando, de improviso, tuvieron que hacer frente nada menos que a una carga de caballería francesa. Por suerte, y a pesar del gran número de bajas que sufrió esta unidad, se consiguió mantener la línea gracias al apoyo de varios regimientos cercanos.

La batalla de Bailén en el momento del tercer ataque de Dupont

La última carga del águila

Ya al medio día, el sol se convirtió en un desagradable protagonista para ambos ejércitos cuando la temperatura sobrepasó los 40 grados. En ese momento hicieron su entrada en batalla cientos de mujeres del vecino pueblo de Bailén que, arriesgando sus vidas, trasportaron cántaros de agua entre sus compatriotas.
Abrasados por el calor, extenuados por el cansancio y temerosos ante la posibilidad de que Castaños atacase su retaguardia, los franceses organizaron entonces a sus últimas tropas para llevar a cabo un desesperado asalto contra Bailén. Para ello, además de a las mermadas unidades de infantería que le quedaban, Dupont llamó también a sus escasas reservas: los marinos de la guardia imperial.
«Eran en total unos 3.300 hombres desesperados encabezados por el mismísimo Dupont y su Estado Mayor, que sabían que se les acaba el tiempo», señala el experto. Conocedores de que necesitaban un milagro para dar un vuelco a la contienda, los franceses trataron de sacar últimas fuerzas y plantar cara a sus enemigos.
No obstante, la misión era casi imposible y las últimas tropas galas fueron pasadas a mosquete por los ávidos españoles. La última gota de ánimo que aún mantenía vivos a los franceses se acabó cuandoDupont fue herido y casi derribado de su montura. Finalmente, la esperanza imperial se desvaneció cuando vieron aparecer a las tropas de La Peña por su retaguardia.

Rendición final

Todo había acabado. Sabedor de la derrota, Dupont ordenó la rendición y llegó a un acuerdo con los españoles para que sus tropas fueran repatriadas a Francia (cosa que nunca se llegó a realizar, pues una gran parte de los soldados imperiales acabaron muriendo deinanición en una isla cercana).
De nada valió la llegada en el último momento de las tropas de Vedel por la retaguardia española, pues Dupont ordenó a su subordinado detener el ataque ante el temor de las represalias sobre los soldados franceses capturados. Había aparecido demasiado tarde para poder ser determinante y las «inexpertas» tropas españolas se habían hecho con la victoria.
La capitulación fue, al parecer, demoledora para Napoleón,que nunca antes había visto a su ejército derrotado en campo abierto.Además, el hecho de que hubiera sido vencido por una fuerza formada por multitud de milicianos no ayudó a calmar su ira. Tal fue su enojo que acabó con la carrera de los pocos oficiales galos que volvieron a Francia.
Una vez acabada la batalla hubo que recontar las bajas. Por el lado francés sumaban –entre muertos, heridos y contusos- unos 2.200 soldados (el resto fueron hechos presos). «En el bando español […] se confirmaron 192 muertos, 656 heridos, 8 contusos y 1.013 extraviados», finaliza Vela.

Francisco Vela, autor de «La batalla de Bailén. El águila derrotada»: «La reacción de Napoleón fue iracunda»