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jueves, 29 de junio de 2017

Coraje en combate: 5 batallas en que los cojones se impusieron (2/2)

5 Batallas donde el espíritu luchador superó las adversidades
Parte 2
Andrew Knighton | War History Online


Gettysburg - Little Round Top


Thure de Thulstrup "La batalla de Gettysburg"

La acción en Little Round Top el 2 de julio de 1863, el segundo día de la Batalla de Gettysburg, es justamente uno de los incidentes más famosos de la Guerra Civil Americana.

La colina de Little Round Top estaba en el flanco izquierdo de la línea de la Unión, indefensa frente a un avance confederado. Su caída habría dado a los Confederados la oportunidad de convertir a todo el ejército de la Unión, ganando la batalla y posiblemente incluso la guerra.

Las tropas de la Unión llegaron justo a tiempo, y en su flanco extremo estaban el Maine 20, comandado por el Coronel Joshua Chamberlain. Superados en número de tres a uno, el Maine 20 se dobló de nuevo a un ángulo de noventa grados durante un tiroteo de corto alcance. Después de una hora, la mitad de sus hombres estaban fuera de acción y su munición fue gastada casi por completo.


Viendo que no podían detener otro ataque, Chamberlain decidió tomar medidas desesperadas. Tenía la 20ma bayoneta de la corrección de Maine y carga en la cara de los rifles enemigos. A medida que los hombres vacilaban, el teniente Holman S. Melcher corrió hacia adelante, agitando su espada y gritando "¡Vamos, muchachos!" Siguiendo su ejemplo valiente, el vigésimo Maine cargó por la colina, rompió dos líneas de tropas confederadas y tomó más prisioneros que ellos Tenían hombres para guardarlos. El flanco izquierdo había sido salvado y con él la Unión.

Sitio de Hamaitá



Vista de planta de la Fortaleza de Humaitá.

A veces superar las probabilidades no es sobre la victoria, sino sobre la supervivencia. Para las fuerzas paraguayas en el sitio de Hamaitá, esto significaba sobrevivir en la cara no sólo del enemigo sino de su propio presidente.

En el invierno de 1867-1838, la Fortaleza Paraguaya de Humaitá fue sitiada por fuerzas brasileñas y argentinas, parte de una coalición contra Paraguay que también incluyó a Uruguay. Paraguay estaba entonces bajo el gobierno de Francisco Solano López, un dictador megalomaníaco cuya ambición militar devastaría su país. Cuando Humaitá se vio rodeado por una fuerza más grande, López retiró a la mayor parte de sus tropas del fuerte, dejando una pequeña guarnición bajo el coronel Francisco Martínez.

Completamente rodeado, Martínez y sus hombres se redujeron a comer sus caballos y cualesquiera raíces pudieran forrajear. Empujaron un ataque por fuerzas que superaron en gran medida a ellos. Al darse cuenta de su desesperada situación, Martínez pidió el 19 de julio que le permitieran retirar a sus hombres. López le ordenó que mantuviera el fuerte durante cinco días más.

Cuando Martínez se retiró el 24 de julio, él y sus hombres habían estado sin comida durante días. Habían sostenido el fuerte frente a abrumadoras adversidades y bajo órdenes imposibles. Sin embargo, incluso, después de todo, esto, López a muchos de ellos habría de torturarlos y fusilarlos por rendir la fortaleza.


Los Worcesters en Geluvelt



El 31 de octubre de 1914, los Aliados se acercaron a perder la Primera Guerra Mundial. Un ataque alemán masivo al este de Ypres aplastó a los británicos en Gheluvelt, amenazando con romper la línea aliada, destruir la Fuerza Expedicionaria Británica y tomar los puertos del Canal.

Tres compañías del 2do Batallón, el Regimiento de Worcestershire, marcharon en la brecha - las últimas reservas británicas disponibles. Mientras los proyectiles de artillería explotaban a su alrededor, y el fuego enemigo tomó a más de cien hombres, avanzaron impávido sobre Gheluvelt. Retratantes rezagados les dijeron que avanzar significaba muerte segura, pero seguían avanzando. Las tropas alemanas numéricamente superiores, que nunca esperaban un avance contra esas abrumadoras probabilidades, fueron sorprendidas. Los Worcesters retomaron a Gheluvelt, y con él aseguraron la línea Aliada.

Como dijo el mariscal de campo Sir John French: "Los Worcesters salvaron al Imperio".

sábado, 29 de abril de 2017

SGM: El nazi (otro más) que vivió en Argentina y murió en Paraguay

La asombrosa historia del criminal nazi que acabó bajo el bisturí de estudiantes de medicina paraguayos
Eduard Roschmann, alias Federico Wegener, vivió en Argentina y murió en Paraguay después de una larga fuga y con un periodista pisándole los talones. El tercer capítulo de los nazis que se escondieron en Sudamérica, en la pluma y el recuerdo de Alfredo Serra
Por Alfredo Serra | Especial para Infobae




Eduard Roschmann, comandante del campo de concentración en la capital de Letonia y responsable de la muerte de 40.000 judíos, terminó en una morgue paraguaya como objeto de estudio de aprendices de medicina

"En los ómnibus que oficiaban como cámaras de gas, Roschmann había ordenado pintar en los vidrios las figuras de seres humanos sonriendo. El que los veía pensaba, tal vez, que era gente feliz camino a su weekend. Pero en ese mismo momento, morían asfixiados adentro". (Frederick Forsyth, testimonio de 1977)

De cuantos sucesos extraños me ha deparado mi oficio, éste es el mayor. En 1972, Forsyth escribió uno de sus grandes best-sellers: "Odessa", basado en la organización del mismo nombre que protegió a criminales nazis del derrotado Tercer Reich. Eligió como protagonista a Eduard Roschmann, un SS que huyó de Alemania sin dejar rastros.


La primera mitad del libro es real: una biografía del SS hasta su desaparición. La segunda, ficción: un periodista lo busca para vengarse porque Roschmann asesinó a su padre. Pero esa segunda parte -la real- es la que yo investigué hasta su muerte siguiendo cada uno de sus pasos. Completé lo que para Forsyth hubiera sido imposible…

Lo que sigue es la exacta verdad.


Eduard Roschmann también fue protagonista de la novela best seller “Odessa”, del británico Frederick Forsyth, y del film del mismo nombre

Casi todos los pasajeros que iban en el ómnibus sonreían. Casi todos. El único gesto hosco, huidizo, era el del hombre del asiento número 23 -izquierda, ventanilla-: un hombre gordo, de cara roja y espeso bigote negro. A las ocho en punto de la noche del 6 de julio de 1977, el ómnibus de la compañía La Internacional -gris, con los colores de la bandera paraguaya pintados a lo largo- salió de Buenos Aires rumbo a Puerto Falcón, a 15 kilómetros de Asunción del Paraguay.

Un cuarto de hora antes, el hombre había llegado en un taxi a la estación terminal, jadeante, y se había desplomado en su asiento. Vestía pantalón negro, saco sport gris muy grueso, camisa blanca, corbata azul, y un sombrero brilloso por el uso y algo echado hacia delante le tapaba la cara. Mientras aseguraba su equipaje, su compañero de asiento bajó la vista: el hombre, a pesar de su sombrero y de su severa ropa, llevaba zapatillas deportivas blancas. Más tarde, en la primera parada, cuando el hombre bajó para tomar un café, su compañero de asiento notó que rengueaba.

A lo largo del viaje, el hombre se mantuvo despierto. Mientras pudo se sumergió en las páginas de un libro escrito en alemán. Cuando el chofer apagó las luces, guardó el libro en uno de los bolsillos de su saco y se quedó inmóvil, con los ojos fijos en el vidrio, como si quisiera descifrar el paisaje borrado por la noche.

El ómnibus llegó a Puerto Falcón el 7 de julio a las tres de la tarde. Asunción gemía bajo 32 grados y 90 de humedad. Unas nubes oscuras con borde violeta estaban a punto de estallar en diluvio.

El hombre bajó del ómnibus y se mezcló entre la gente, en la ruidosa terminal Brújula: una confusa geografía en la esquina de Presidente Franco y Colón. Adormilado, entró a una de las casas de cambio y metió un billete de 100 dólares por el hueco abierto en el vidrio blindado de la ventanilla. El empleado le dio 11.300 guaraníes.


Eduard Roschmann, “el carnicero de Riga”, vivió en Olivos, Buenos Aires, con documentos argentinos a nombre de Federico Wegener

A las tres y veinte se sentó en una mesa de la Pez Mar, una antigua taberna, y pidió una gaseosa de cualquier marca, "pero bien helada", exigió. Le sirvieron Guaraná, y se la tomó de un golpe. Mientras pagaba le preguntó al mozo si conocía alguna pensión tranquila. El mozo anotó en una servilleta: "Señora Ríos, Iturbe 859".

A las cuatro de la tarde, Juana Echagüe de Ríos, flaca, morena, de 65 años, tomaba tereré en el ancho patio de su pensión de la calle Iturbe, sentada en un sillón de mimbre, cuando un taxi celeste frenó delante de la puerta. El hombre, con el pesado saco colgado del brazo, cruzó el angosto pasillo de entrada y saludó. Juana Echagüe lo miró de arriba abajo: un hábito que después de cuarenta años de oficio le bastaba para aprobar o rechazar al cliente.

-Necesito una pieza. ¿Tiene algo?

-Tengo.

-¿Cuál es el precio?

-Cuatrocientos guaraníes por día con pensión completa.

Aceptó sin mirar siquiera el lugar. Pagó diez días por adelantado. Puso su cédula de identidad en la rugosa mano de la mujer y se hundió en la pieza: un cuadrado de cinco por cinco pintado de rosa furioso, con puerta y ventana verdes, cinco camas de una plaza (una, coronada por un enorme mosquitero), dos roperos que conocieron tiempos mejores y una mesa cubierta por hule deshilachado, albergue de botellas de vino vacías, fruta, remedios y revistas deshojadas.


El hombre no abrió la valija. Colgó el sombrero en un clavo y se tiró en la cama. Sus cuatro compañeros dormían la siesta con los pies desnudos y la cara tapada con revistas. Cuando se despertaron los saludó apenas con un gesto. Los cuatro eran chinos y sólo hablaban chino. Esa noche, mientras devoraba un guiso de fideos en la mesa común, instalada en el patio, se enteró de que los chinos trabajaban como vendedores ambulantes.

En los días que siguieron, Juana Echagüe trató de arrancarle algunas confesiones. Inútil. Se estrelló contra un pétreo silencio. Pero, como una araña en su tela, la dueña de la pensión esperaba su oportunidad. "En algún momento –pensaba–, este hombre me contará su historia". Acaso con la complicidad de la noche, o el café, que tanto le gustaba.


Eduard Roschmann era austríaco y había nacido en 1908. Pero, según el documento argentino, se llamaba Federico Wegener, y era un checo nacido en junio de 1914 (Nazis en las sombras, Atlántida)

Pero el hombre no se rendía. Se levantaba al amanecer. Desayunaba -pan, manteca, dulce, mucho café- y volvía a la miserable pieza. No se levantaba de la cama ni siquiera cuando limpiaban. Respiraba con dificultad y se agitaba por nada. Leía revistas (siempre las mismas), y el libro escrito en alemán. No hablaba por teléfono ni recibía llamadas. Jamás le llegó una carta. Una vez, ella lo sorprendió mientras quemaba en el baño una de las revistas que guardaba debajo del colchón…

A la hora del almuerzo se sentaba, puntual, en la cabecera. Oía la charla de todos, pero no abría la boca. Comía con avidez. Casi con ferocidad. Con el último bocado volvía a la pieza. Salía otra vez para tomar la merienda y esperaba en la cama, alumbrado por una lámpara sin pantalla, las palmadas que anunciaban la comida de la noche. Aceptaba cualquier menú. Luego, vuelta a la cama. No intentaba hablar con los chinos ni los chinos se esforzaban por hablar con él. Vivían juntos. Los unía la promiscuidad. Pero no había entre ellos siquiera una precaria forma de comunicación.

El día número diez, la dueña de la pensión le preguntó a quemarropa qué hacía en Asunción. El hombre le dijo que había ido a visitar a una amiga alemana, pero que no podía encontrarla. Ella advirtió que mentía: nunca había salido de la pensión… Pero aprovechó la brecha para preguntarle algunas cosas más.

El hombre le dijo que nació en Checoslovaquia. Hablaba con fuerte acento alemán y no entendía bien el español. Había que repetirle frases, ya que preguntaba con muletillas: "¿Cómo dice? ¿Dice usted?". También reveló no tener familia y trabajar como empleado. Pero el undécimo día rompió la reclusión.

Salió a las cinco de la tarde y volvió tres horas después con un paquete en la mano. Un pantalón que compró en la casa Monarca, en pleno centro, y que pagó 1.500 guaraníes. Cuando la dueña estaba a punto de darse por vencida empezaron a suceder cosas extrañas.

El día decimoquinto, por la mañana, uno de los chinos abandonó la pensión. Una hora después ocupó la cama libre un uruguayo joven, de pobrísimo aspecto. Al otro día, cuando Juana asomó su cabeza para anunciar que el desayuno estaba servido descubrió que el uruguayo había desaparecido. En ese momento, su enigmático cliente salía del baño.

-Me robó. El uruguayo me robó cinco mil guaraníes y dos camisas.

-Ya mismo llamo a la policía.

-No, por favor. No llame a nadie. No importa.

Ella insistió. Y por primera vez, el hombre perdió la calma.

–¡La policía no! ¡La policía no! ¡Deje todo como está!


El terrible hacinamiento en los campos de concentración. Así dormían los prisioneros judíos del régimen nazi (Archivo)

Tres días más tarde empezó el final de la historia. La noche del 25 de julio comió con brutalidad. Después del postre -dos enormes pedazos de mamón en almíbar- rechazó el café, dijo que estaba muy fatigado y se acostó vestido. A las seis de la mañana del otro día, uno de los chinos se despertó sobresaltado por unos ronquidos.

Saltó de la cama. El hombre estaba violeta. Tenía los ojos abiertos, y su boca dejaba escapar algo parecido a la espuma. Los gritos del chino alertaron a toda la pensión.

Epifanio Ríos, hijo de la dueña, salió a la calle y llamó un taxi. Lo envolvieron en una frazada, lo metieron en el taxi y lo llevaron al Hospital de Clínicas, a unos tres kilómetros del centro. Félix Motta, uno de los médicos residentes, ordenó que lo internaran en la sala B de la primera cátedra de Clínica Médica: un rectángulo de quince por siete casi centenario y recién pintado de verde claro. Lo acostaron en la cama número 16, debajo de una repisa llena de flores de material plástico.

Motta, después de revisarlo, informó que estaba en coma. Sin embargo, no murió. Resistió ese día, el otro, el tercero. Los médicos le hicieron una traqueotomía.

El primer día de agosto se levantó de la cama. El 4 pidió permiso para volver a la pensión y sacar su equipaje. Tomó un taxi en la puerta del hospital, entró en la pensión, hizo su valija en cinco minutos y se despidió de la dueña.

-¿No va a volver?

-No sé. Pero me espera un tratamiento muy largo. No vale la pena que pierda un cliente por guardarme la pieza…

Al otro día, 5 de agosto, la enfermera Mirtha Rodríguez no lo encontró en su cama. Temprano, mezclado entre los otros enfermos y las visitas, bajó por la escalera (la sala B está en el primer piso), atravesó el enorme patio y salió a la calle. Volvió cinco horas después. Le preguntaron adónde había ido, pero se encerró en un terco silencio: como en sus días en la pensión.

El día 10 a las siete de la mañana, la misma enfermera se acercó a la cama 16 con el termómetro en la mano. El hombre tenía los ojos abiertos. El brazo derecho colgaba fuera de la cama. La sábana, retorcida, dejaba sus pies al descubierto. Pies mutilados. Un solo dedo en el derecho y cuatro en el izquierdo.


A Roschmann le faltaba un dedo del izquierdo y tres del derecho, amputados después de su fuga por la nieve tras el suicidio de Hitler (Nazis en las sombras, Atlántida)

Estaba muerto. Hora del final: 0.45. Causa: infarto de miocardio. Cerca de la medianoche del mismo día 10, uno de los secretarios de redacción del diario ABC Color revisaba las últimas pruebas de la edición. Sonó el teléfono. Una voz de una mujer dijo: "Esta mañana murió un hombre en el Hospital de Clínicas, Federico Wegener. Investiguen. Ese hombre es Eduard Roschmann, el criminal de guerra".

Una hora más tarde, la morgue del Hospital de Clínicas se iluminó con el resplandor de los flashes. Federico Wegener, el pensionista silencioso de la calle Iturbe, estaba sobre una gastada mesa de mármol. Su cara, su bigote, las cicatrices de su cuerpo, sus pies mutilados, eran pistas. Pero no definitivas.

Al amanecer del 11 de agosto, el comisario de la primera sección de Asunción revisó todos los papeles del muerto. Entre ellos, una libreta de enrolamiento argentina número 8209470 a nombre de Federico Wegener, nacido el 21 de junio de 1914 en Eger, Sudeti, Checoslovaquia. Y una cédula de identidad argentina, Policía Federal, número 7.550.943, del 9 de noviembre de 1967. Fecha de entrada a la Argentina: 2 de octubre de 1948.

"No es Roschmann. Alguien murió por él", dijo Simón Wiesenthal en su bunker: el Centro de Documentación Judía de Viena. Acababa de recibir un cable con la noticia de la muerte de Federico Wegener. Con esa misma frase empezó, dos horas más tarde, esta conversación telefónica con él.

-Insisto. No es Roschmann. Alguien murió por él. La organización es tan grande que puede disponer de cadáveres de reemplazo. Según mis informantes, Roschmann está en Bolivia.

-Pero hay muchas coincidencias, Wisenthal. Los dedos de los pies cortados, por ejemplo.

-Sí, lo leí en un cable. Eso me confunde. No tengo ese dato.

-Sin embargo, Forsyth asegura que sí. (Nota: un mes antes, el escritor le dijo a una enviada especial que Roschmann perdió los dedos de los pies por congelamiento. A fines del invierno de 1948, mientras lo llevaban detenido de Graz a Dacha, saltó del tren por la ventanilla del baño. Había mucha nieve, y caminó varios kilómetros hasta una población. Se le congelaron los pies. La gangrena obligó a un médico a cortarle los dedos).

-¿Qué archivos consultó Forsyth para lograr sacar esos datos?

-Los archivos británicos.

-Entonces es posible que sea Roschmann. Mi ficha sobre él no es demasiado completa.


Roschmann en la camilla de la morgue de Asunción, Paraguay. Murió en julio de 1977 de un ataque al corazón. Nadie sabía su nombre: era un NN (Nazis en las sombras, Atlántida)

Emilio Wolf es un fiambrero próspero. Su negocio, La Alemana número 1, está en la calle Yegros, centro de Asunción. Cuando vio la fotografía de Wegener en los diarios no pudo reprimir el grito: "Ese hombre es Roschmann! No puedo equivocarme. Si lo hubiera encontrado por la calle, yo mismo lo habría matado!

Ese mismo día lo entrevistó un periodista del ABC Color. Y veinticuatro horas después, siete balas se clavaron en el frente de la fiambrería. Crucé la calle -yo vivía en el hotel de enfrente-.

-¿Qué pasó?

-Lo que tenía que pasar. Ayer, después de la nota en el diario, recibí cuarenta amenazas de muerte. Pero no le tengo miedo ni a un batallón de nazis.

-¿Por qué está tan seguro de que el muerto es Roschmann?

-Estuve en siete campos de concentración. En tres estuvo Roschmann. Pasaron muchos años. Pero cuando alguien te da una paliza todos los días, no te olvidás de él aunque engorde, se quede pelado o se haga cirugía estética. La mirada de su fotografía es la misma del hombre que gozaba castigando a los prisioneros con un látigo de alambre.

Doce del mediodía del sábado 13 en Asunción. Estoy a punto de partir. Bajo la luz agónica de una lámpara, sobre una mesa de mármol, veo por última vez el cadáver de Federico Wegener o Eduardo Roschmann. Afuera, 160 estudiantes del primer curso de Anatomía ríen, hablan, cantan. Salgo. Uno de ellos me pregunta.

-¿Nadie reclamó el cadáver?

-Nadie.

-Qué bien.

-¿Por qué?

-Somos futuros médicos. Necesitamos cadáveres para estudiar, y no tenemos muchos. Podemos usar su cuerpo para las clases prácticas.

En 1944, ese hombre que está tapado con una lona verde sobre una mesa de mármol, mandó a la muerte a 80 mil judíos. Y ahora, mediodía del sábado, es apenas un despojo que espera el bisturí.

Su fuga duró 34 días: su infierno privado. No lo alcanzó el castigo: extradición, juicio, condena, horca. Caso cerrado. Me voy. Lo último que veo y oigo es un grupo de muchachos con guardapolvo blanco celebrando la llegada de un cadáver sin dueño. Como un acto de justicia. Como una sinfonía.

lunes, 23 de enero de 2017

Guerra del Paraguay: Las RREE de Paraguay antes de la Guerra

Misión paraguaya a Europa 


Uno de los primeros actos del presidente del Paraguay, Carlos Antonio López, fue ponerse en relación con todos los gobiernos civilizados del mundo. Como resultado de sus gestiones diplomáticas, pronto el Paraguay salió del aislamiento en que había vivido, entrando de lleno en la convivencia internacional. De todas partes les llegaron los mejores testimonios de sincera simpatía, reconociéndose la independencia y formulándose votos por el resurgimiento paraguayo. Y no tardaron en llegar a Asunción los representantes de las grandes potencias, con los que se firmaron tratados de amistad, comercio y navegación. 


Elisa Alicia Lynch (1835-1886)


Para responder a estas atenciones, para restablecer las relaciones con la madre patria, y con otros fines relacionados con el desenvolvimiento del progreso del Paraguay, fue enviado a Europa, como ministro plenipotenciario, el general López, que era ya, a la sazón, el hombre más preparado y más discreto de su país. 

El domingo 12 de junio de 1853 partió de la Asunción, a bordo de la nave de guerra Independencia del Paraguay, llevando como secretarios a Juan Andrés Nelly y a Angel Benigno López. Lo acompañaban también el entonces comandante Vicente Barrios, el capitán José María Aguiar, el teniente Rómulo Yegros y el alférez Paulino Alen. 

El 14 de setiembre llegó el representante paraguayo a Southampton pasando enseguida a Londres, donde mereció la más amable acogida por parte del gobierno británico. (1) 

En aquella ocasión tuvo oportunidad de conocer allí personalmente al famoso publicista argentino Nicolás Calvo, quien había de ser después uno de sus corresponsales secretos en el Río de la Plata. De una correspondencia enviada por dicho escritor a un diario de Buenos Aires se tomaron los párrafos que siguen, donde sus palabras trasuntan la impresión que le causara el representante paraguayo: 

“Tenemos aquí al general López, ministro plenipotenciario del Paraguay, que pronto pasará a París. El general es un hombre distinguido en sus modales, dotado de una fisonomía inteligente y apacible, que gana la voluntad del que le trata. Su viaje a Europa es, a mi juicio, una garantía de prosperidad y un gaje de progreso y de mejora infalible para su patria. Observador, reservado y estudioso, se ve en sus acciones la preocupación del hombre seriamente contraído a llevar la aplicación de lo bueno y de lo útil que la Europa le presenta en provecho de su patria. 
“El Paraguay, ofreciendo una estabilidad que, desgraciadamente, falta entre nosotros, llama ya la atención de la Europa comercial, y la emigración agrícola de que tanto necesitan estos países puede muy bien acordarle la preferencia, tanto más cuanto que es éste uno de los puntos a que el ilustrado general López contrae su preferente atención, y reuniendo, como reúne, a la capacidad personal los medios materiales y pecuniarios de desenvolver su plan, poco arriesgo es presagiar que una corriente de inmigración europea, no tardará en pronunciarse hacia el Paraguay. 
“Esta legación es, quizás, la más numerosa que ha venido de la América, y hará buena figura en la lujosa Corte del Emperador Napoleón”. 

Llegada a Francia 
Después de una corta estada en Londres, y antes de visitar, como deseaba, las grandes ciudades manufactureras del Reino, a causa del cólera, que empezaba a propagarse en forma alarmante, pasó a Francia, donde fue recibido en sesión pública por Napoleón III, quien, desde un principio, le brindó sus simpatías, así como la hermosa Emperatriz. 

Muchas leyendas se han forjado sobre su paso por París y sobre el deslumbramiento que causó en su alma el falso brillo de aquella Corte corrompida. 

Hay a qué atenerse sobre el carácter del joven patriota, sobre las intimidades de su alma, sobre sus verdaderas inclinaciones. Se sabe que era morigerado en sus costumbres y que desdeñaba los laureles de la gloria militar. En su alma no cabía otra ambición que la de ver a su patria engrandecida y en paz con sus vecinos… 

Mal, pues, podía seducirle una Corte marcial, fastuosa, pero degradada, a los encantos íntimos de una ciudad alegre. En su mente no llevaba clavada sino una sola idea fija: la prosperidad de su pequeño país. Inútil buscar documentos, pruebas reales de que hubiese llevado en París una vida licenciosa. Inútil pretender dar verosimilitud siquiera a las patrañas forjadas por los falsificadores de la historia. 

Queda, felizmente, el diario íntimo de uno de sus compañeros –el mayor Rómulo Yegros- gracias al cual es posible seguirle, sin perderle de vista un momento, a través de la gran ciudad. Y por ese diario se sabe toda la verdad de su actuación irreprochable. 

Lo que hay de cierto es que Eugenia, que quiso confundirle con uno de esos embajadores semibárbaros de los países orientales, quedó prendada de su gentileza tan pronto como lo conoció en una de las fiestas del Palacio. Y que Napoleón, que era un hombre de vasta cultura, se sintió sorprendido en presencia de aquel joven lleno de ilustración que, en un francés correcto, disertaba con él sobre las más diversas cuestiones, con un dominio absoluto de la política europea y de la historia del mundo. 

Aquella simpatía se transformó pronto en amistad que le valió las más honrosas distinciones. Así, es verdad que el Emperador lo invitó una vez a presenciar unas maniobras militares, brindándole el comando de las tropas, en medio del estupor de los presentes. López, sin afectación y sin embarazo alguno, agradeció aquella inusitada distinción, dando en el acto las órdenes correspondientes y haciendo desfilar batallones y regimientos en su presencia con singular acierto. Precisamente toda su cultura militar era francesa, estando bien interiorizado de los secretos de la táctica y de su estrategia. No podía, pues, tomarle de sorpresa aquel rasgo inesperado del Monarca. 

Por lo demás, en París, como en Londres, no perdió su tiempo en frivolidades, trabajando por allegar ventajas a su patria, procurando abrir mercados a los productos paraguayos, vincularse a la banca europea y encaminar hacia Paraguay una buena corriente de emigración. 

Y como resultados de sus gestiones tan fecundas, el Paraguay se vio pronto impulsado por un creciente progreso, en medio de una renovación completa. 

No se puede omitir aquí un detalle íntimo de su vida que ha dado lugar a tantas injustas acusaciones, a tantos calumniosos denuestos. El mismo está referido a sus relaciones con la famosa Elisa Alicia Lynch, a quien amó apasionadamente desde el momento que la conoció en Paris. 

Esta célebre mujer, tan vinculada a la historia del Paraguay, tan discutida y tan interesante a los ojos del investigador sereno, ha dejado en un panfleto poco conocido los siguientes datos autobiográficos: 

“Nací en Irlanda, el año 1835, de padres honorables y pudientes, perteneciendo a una familia irlandesa que contaba, por parte de mi padre, dos Obispos y más de setenta magistrados, y, por parte de mi madre, un vicealmirante de la Marina Inglesa, que tuvo la honra de combatir, con cuatro de sus hermanos, a las órdenes de Nelson, en las batallas del Nilo y Trafalgar. 

“Todos mis tíos fueron oficiales de la Marina o del Ejército inglés. Mis primos lo son hoy, y varios otros de mis parientes ocupan altas posiciones en Irlanda. 

“El 3 de junio de 1850, fui casada en Inglaterra, a la edad de quince años, con Mr. Quatrefages, persona que ocupa un alto puesto en Francia. A su lado viví tres años, residiendo en Francia y Argelia, sin tener descendencia. 

“Separada de él a causa de mi mala salud, me reuní a mi madre en Inglaterra, quedando algún tiempo con ella. Estuve después con mi tío, el comandante de la Marina real inglesa, William Royle Crooke y su esposa, hermana de mi madre. 

“Residí en París muy poco tiempo, y, mientras estuve allí, viví con mi madre y la familia de Strafor, compuesta de la madre y tres hijas, siendo el padre magistrado en Dublín. 

“Poco tiempo después de separada de mi esposo conocí al mariscal López, y ya en 1854 me encontraba en Buenos Aires, de paso para Asunción. 

“Los que se han empeñado en presentarme como una mujer de mala vida en París, se encuentran descubiertos ante la evidencia de lo que dejo referido, porque falta materialmente el tiempo necesario para que yo haya podido entregarme a la vida licenciosa que se ha pretendido atribuirme. No he podido, pues, ser la mujer que han pintado mis enemigos. 

“El antecedente más desfavorable a mi reputación ha sido el hecho de mi matrimonio. Casada y pasando a ser la compañera del mariscal López era autorizar el cargo de adúltera. Hasta hoy no he querido desmentir esta acusación por motivos de delicadeza que me obligaban a no perjudicar la posición que ocupa Mr. Quatrefages. Pero ahora estoy obligada a romper ese silencio, porque me debo a mis hijos y mi nombre está ligado a una época histórica. 

“Mi matrimonio con Mr. Quatrefages fue considerado nulo por no haberse cumplido las formalidades exigidas por la ley, y la prueba más concluyente de ello es que él se volvió a casar en 1857 y tiene varios hijos de ese matrimonio. 

“Dados estos antecedentes respecto a mis primeros años, no necesito detenerme a dar cuenta de los quince años que residí en el Paraguay, porque nadie, nadie, se atreverá, ni se ha atrevido, a atribuirme una deslealtad al hombre al cual ligué mi porvenir”. 

Tal es la madama Lynch de la realidad, pintada por ella misma con emocionante sinceridad… Mujer de extraordinaria belleza y distinción, llena de talento y de una discreta cultura, despertó en Solano López un apasionado amor. Se conocieron un día en la estación de San Lázaro… se conocieron y se amaron. 

En una palabra, Solano López había encontrado en su camino la compañera que le deparaba su trágico destino. Y ésta, respondiendo también a un mandato superior, le dio la mano y lo siguió en la vida. 

Fracasan las negociaciones con España 
De París pasó a Madrid, donde presentó sus credenciales, gestionando un tratado de paz con la madre patria. Le tocó en la Corte española poner a prueba sus dotes de diplomático y su singular energía. Desde el primer momento encontró dificultades insalvables en las extrañas pretensiones de la Cancillería, que se empeñaba en sentar principios inadmisibles de derecho internacional, en cláusulas que rechazó resueltamente. 

Así, quería el señor Angel Calderón de la Barca, ministro de Relaciones Exteriores, que se estableciera que los hijos de españoles nacidos en el territorio del Paraguay tendrían el derecho de optar por ser paraguayos o españoles, y otras estipulaciones por el estilo, contrarias al derecho de gentes, a las leyes de la República y hasta el decoro nacional. Con tal motivo tuvo que formular numerosas notas, en las que se ve el rastro de la garra del león. Su estilo es inconfundible, siendo imposible no reconocer en todo cuanto escribió desde entonces el sello potente de su personalidad. 

Aquel joven, que por primera vez salía de su patria, hablaba con la autoridad de un hombre cargado de experiencia y acostumbrado a tratar de igual a igual a los más poderosos de la tierra. Todo es dignidad, energía, autoridad en lo que escribe. Se ve que se siente fuerte en su derecho; no conciente en ceder un ápice a su contendor. Y cuando se convence de que no hay nada que hacer ya frente a la terquedad de la Cancillería española, a la que ha demostrado inútilmente la sinrazón de sus pretensiones y hasta sus flagrantes inconsecuencias, anuncia oficialmente su retiro, y se marcha, sin perder la línea de la más exquisita cortesía. 

Meses después, cambiado el ministro de Relaciones Exteriores, recibió un llamado del nuevo titular de dicha cartera, que se avenía, por fin, a zanjar todas las dificultades. Pero era ya tarde. El ministro paraguayo contestó que le era imposible volver a Madrid, porque había sido llamado por su Gobierno y en el puerto de Burdeos le esperaba, con los fuegos encendidos, un vapor de guerra de su país, listo para partir. 
Palacio de Benigno López (Asunción, 1869). Fuente

El más completo éxito coronó sus gestiones ante el Rey de Cerdeña, consiguiendo sin dificultad que fueran canjeados y ratificados los Tratados firmados en Asunción. 

Por todas partes no encontró sino buena voluntad para su patria y para su persona, recibiendo de Napoleón las insignias de Comendador de la Legión de Honor y del Rey de Cerdeña las de Comendador de San Mauricio y San Lázaro. 

Hasta el propio Juan Manuel de Rosas, entonces en Inglaterra, requerido para dar informes sobre el Paraguay, no titubeó en decir que era el único país al cual se podía abrir un crédito ilimitado, certificando que la firma de su ministro estaba garantida por las riquezas de un pueblo pacífico y trabajador y por la solvencia del Gobierno más serio de América. 

Puede decirse, pues, que su misión fue coronada por el más completo éxito. Y, así, después de haber hecho un lucido papel diplomático; después de haber estudiado detenidamente todo lo que podía interesar a su patria; después de haber hecho magníficas adquisiciones, asegurando el concurso de hombres e instituciones de trascendental importancia, regresó, a bordo del hermoso y veloz vapor Tacuarí, adquirido por él en Inglaterra. 

El 11 de noviembre de 1854, a las diez y media de la mañana, partió de Burdeos. Venían con él, a más del personal de la Legación, numerosos técnicos contratados en Inglaterra y Francia, entre ellos los ingenieros Whitehead y Richardson, que tan valiosos servicios habían de prestar al Paraguay. 

A su paso por Río de Janeiro se entrevistó con el Emperador y con varios personajes de la Corte, tratando inútilmente, de buscar una solución a las graves cuestiones que empezaban a poner en peligro la paz entre el Brasil y Paraguay. 

Finalmente llegó a la Asunción en la tarde del 21 de enero de 1855. 

Referencia 

(1) El lunes 5 de diciembre de 1853 fue recibido Solano López por la Reina Victoria en su palacio de la isla de Wight. Rómulo Yegros, al anotar este hecho en su minucioso diario, escribe: “Después de haber visto el señor general a la Reina, dice que le ofreció su vapor de paseo para que regresase y su coche para que lo usase en el puerto. Esta oferta fue aceptada por el señor ministro. El inmenso gentío que había en la ribera y los marineros, al verle bajar, creyeron que era la Reina la que venía a su paseo de costumbre… Por este feliz viaje vemos que el señor general es tenido en mucho aprecio por la Reina y sus ministros”. 

Fuente 
Efemérides – Patricios de Vuelta de Obligado 
O’Leary, Juan E. – El mariscal Solano López 

Revisionistas.com.ar

jueves, 8 de diciembre de 2016

Guerra del Paraguay: Batalla de Acayuazá (1868)

Batalla de Acayuazá



Batalla de Acayuazá – 18 de julio de 1868

Guerra del Paraguay. Sofocada la revolución del interior y ya de regreso la mayor parte de los cuerpos retirados del frente para combatirla, aumentaba aún más en los argentinos el deseo de que se aceleren las operaciones. Quienes venían de la guerra civil, anhelaban volver definitivamente a sus hogares. Había que desplegar todo el empuje y el valor de aquellos cuerpos prematuramente envejecidos por las penurias de casi tres años de campaña, para poner fin a la contienda. Así pensaban los que se aprestaban a participar en las operaciones sobre la fortaleza de Humaitá.

Sin embargo el mariscal Francisco Solano López levantaba nuevas fortificaciones sobre el Timbó, que podían tornar dificultoso lograr el objetivo. De ahí que en mayo de 1868, argentinos y brasileños desplegaran sus fuerzas para cerrar el cerco y obstaculizar los trabajos de apuntalamiento. El mando aliado designó al frente de las tropas argentinas allí destacadas a Ignacio Rivas. Como se sabe, el general se pintaba solo para los ataques vigorosos y no escatimaba la vida de sus hombres ni la propia existencia cuando le ordenaban tomar una posición. Y pidió como jefe de estado mayor al coronel Miguel Martínez de Hoz, otro arriesgado.

En un ataque a la bayoneta, el 5 de línea, con este último al frente, ocupó el 30 de mayo de 1868 una batería de importancia táctica que protegía con sus fuegos a Humaitá. Un mes y medio más tarde, Rivas decidió realizar un reconocimiento sobre un reducto artillado construido por el coronel Caballero. Para efectuar la operación, el grueso de los sus efectivos debían ocupar uno de los puentes situados sobre el río Acayuazá, con el fin de permitir que una guerrilla lo cruzara y realizara dicha tarea. Martínez de Hoz partió con su batallón; con el Cazadores de la Rioja, comandado por el teniente coronel Gaspar Campos, y con otros dos cuerpos brasileños. Además llevaba como elemento de choque una partida formada por 40 hombres escogidos.

Desde la ocupación de Andaí por parte de los aliados, fueron hostigados permanentemente por los paraguayos, y se produjeron diariamente tiroteos y refriegas entre las tropas.
Los paraguayos habían construido en reducto a media distancia entre las posiciones de las tropas, al que llamaron Reducto-Corá, defendido por 200 hombres de caballería desmontada, conocidos con el nombre de Acá-Morotí (cabeza blanca), por el sombreo blanco que usaban. Al mando de las topas paraguayas estaba el entonces coronel Bernardino Caballero, mientras que al mando de los aliados estaba el general Ignacio Rivas, quien se propuso tomar el reducto.

Por su parte el coronel Caballero, el 17 de julio de 1868 se propuso preparar una celada a las tropas aliadas que diariamente solían recorrer el campo, y a tal objeto ordena que al día siguiente, los Acá-Morotí al mando del capitán Melitón Taboada, se escondieran en el monte a la vera del camino que solían recorrer los aliados. Cuando apareciesen, debían los paraguayos salirles al cruce, y tiroteándose con ellos, simular la fuga para tratar de arrastrarlos tras sí hacia el reducto.

Era el 18 de julio. Los aliados marchaban en columnas paralelas: los brasileños por el monte y los argentinos por la costa. Estos últimos, al llegar al puente, arrollaron a los paraguayos, que fingían dispersarse para obligarlos a entrar el propio terreno. Martínez de Hoz y Campos se dejaron llevar por su temeridad indómita y se pusieron al frente de la guerrilla, que se lanzó en persecución de manera desenfrenada. Los Cazadores de la Rioja habían quedado sobre el puente, sin tener quien los mandara, y los brasileños estaban lejos. Pasaron así por el punto en que estaba oculto el capitán paraguayo Taboada, sin advertir su presencia. El Reducto Corá no daba señales de vida. Cuando los dos jefes advirtieron la maniobra era tarde. De pronto la artillería lanzó sobre los aliados una furiosa andanada. Martínez de Hoz despachó a su ayudante con un pedido de refuerzos al general Rivas, le ordenó a Campos que tratase de desplegar una compañía de su batallón y se dispuso a vender cara la vida. El coronel y sus hombres fueron rodeados y acribillados a bayonetazos y lanzazos, pues no quisieron rendirse por más que el Cnl. Bernardino Caballero, admirado por la presencia de ánimo de su adversario lo invitó a deponer las armas.


Mientras tanto las tropas brasileñas huyeron siendo acuchilladas por la espalda hasta las proximidades de Andaí.

Campos llegó al puente, tomó la bandera de su unidad, la hizo flamear por última vez con el fin de que la contemplasen sus soldados, y la arrojó al río para que no la tomase el enemigo. De inmediato volvió con algunos de sus hombres al lugar en que expiraba Martínez de Hoz y, tras resistirse con furia, fue tomado prisionero. Al saber lo ocurrido, el mariscal López dispuso que se lo condujera a San Fernando con los demás sobrevivientes. El gallardo jefe argentino corrió después la suerte del ejército paraguayo, sufrió con él sus penurias y privaciones, pero mereció siempre los respetos debidos por parte del enemigo. Enfermó gravemente de disentería en la retirada al Pikisyry y falleció en Itá Ybaté el 12 de setiembre cuando tenía sólo 37 años. El coronel Bernardino Caballero le asistió en sus últimos momentos y recibió de sus manos algunas reliquias para los suyos, que entregó después de la guerra.

Humaitá cayó, finalmente, el 5 de agosto de 1868, y pareció que se aproximaba el fin de la guerra. Pero faltaba más de un año de esfuerzos y sacrificios para que argentinos, brasileños y orientales pudieran regresar a sus respectivas patrias.

Fuentes
De Marco, Muguel A. – La Guerra del Paraguay – Buenos Aires (2003)
O’Leary, Juan E. – El Centauro de Ybycui – París (1929)

Revisionistas
Wikipedia

jueves, 10 de noviembre de 2016

Guerra del Chaco: RC7 "Gral San Martín" en la Guerra del Chaco

Un hecho histórico poco conocido

El Regimiento de Caballería 7 "General San Martín" en la Guerra del Chaco 

La Guerra del Chaco entre Paraguay y Bolivia se fue gestando desde muchos años antes de que las Fuerzas Armadas Bolivianas ocuparan el fortín Carlos Antonio López, sobre la laguna de Pitiantuta, en junio de 1932. 

Allí se encontraba una pequeña guarnición paraguaya y el hecho marcó la iniciación de las hostilidades. Los residentes argentinos en el Paraguay y los paraguayos que querían a la Argentina ya en aquella época, se reunían en la Casa Argentina ubicada, aún hoy, en la avenida Mariscal López de la ciudad de Asunción. Todos ellos decidieron contribuir al esfuerzo de guerra de la nación guaraní, la cual no se encontraba en las mejores condiciones para iniciar la movilización. 

Desde los tiempos de paz disponía de 3000 hombres bajo bandera, mal armados, con fusiles españoles modelo 1928, descalibrados, llamados "mata paraguayos", sin transportes ni equipos y con un servicio de sanidad desorganizado. El país carecía de industrias, las fábricas y talleres existentes eran rudimentarias. La situación se presentaba muy crítica. 

En la Casa Argentina se decidió organizar un regimiento de caballería para incrementar el orden de batalla del Ejército del Chaco. Conseguida la autorización del Gobierno del Paraguay, decretos y leyes mediante, se dio comienzo, apresuradamente, a la organización del Regimiento 7 de Caballería con el nombre de General San Martín. 

La Casa Argentina se convirtió en centro de movilización; se recaudaron fondos, se compraron armamentos y organizó la provisión de uniformes, equipos y víveres. Desde tempranas horas, largas filas de voluntarios concurrieron a inscribirse para integrar el regimiento, algunos desde Goya, Corrientes, Formosa y del Chaco Austral. 

Entre la oficialidad se encontraban muchos argentinos, varios de los cuales se convirtieron en héroes durante la campaña. 

 

El mayor, Argentino, Domingo Aguirre fue el segundo jefe del Regimiento; Aristigueta, Ortiz, Ochoa, Lezica, Barrera, Flores, Alvarenga, Chávez, fueron algunos de ellos. 

El mayor Francisco Vargas, edecán del Presidente de Paraguay, fue nombrado Jefe del Regimiento, habiéndose educado en la Argentina. 

El 14 de noviembre de 1932, el Regimiento "Grl. San Martín", se desplazaba al son de la marcha de San Lorenzo desde el Campamento de Cerro León hacia el puerto de Asunción para embarcarse hacia el teatro de operaciones. Al frente, la banderade guerra con los colores paraguayos y con el bordado en oro del nombre del Libertador de América, despertaba la emoción del pueblo de Asunción. La enseña fue bordada y donada por la madrina del Regimiento, señorita Dora Gelosi. 

Con un efectivo de 1000 hombres el Regimiento fue embarcado en el vapor Holanda, de la empresa Mihanovich, luego de 48 horas de navegación por el río Paraguay con rumbo al norte, desembarcó las tropas en Puerto Casado.

La penetración hacia el desierto chaqueño se produjo en un convoy ferroviario de trocha angosta, el cual cubrió 145 km. en 12 horas hasta llegar a punta de rieles. La recepción no fue nada cordial, puesto que a la bienvenida dada por los mosquitos y los mbariguis, en medio de un calor insoportable y nubes de polvareda, se sumaron tres aviones Bolivianos que bombardearon y ametrallaron el lugar ocasionándole al regimiento su bautismo de fuego y ocasionándole 6 muertos y 15 heridos. 

Con mucha tristeza se enteraron que harían la campaña desmontados, dado que no se proveerían caballos ni mulas. Caminando por charcos, esteros y por un espantoso desierto sin agua, debieron recorrer más de 250 km. hasta el frente de combate. 

En diciembre de 1933 el Regimiento cortó el camino Alihuatá _ Saavedra, contribuyendo a cerrar el cerco de dos divisiones Bolivianas, que debieron rendirse con más de 10.000 hombres. El fuerte ruido de motores que se escuchaba en una picada, era producido por dos tanques enemigos que avanzaban disparando con sus cañones y sus ametralladoras. Un tronco de corpulento quebracho derribado a hachazos por los solados del "San Martín", cortó el paso de los tanques y sus tripulaciones cayeron en la emboscada. Uno de esos tanques se exhibe en la plazoleta frente al Colegio Militar del Paraguay, en Asunción. 

El Regimiento participó en las batallas de Fortín Toledo, Alihuatá, Cañada El Carmen, Algodonal y otras, llegando al final de la guerra, en 1935, hasta los cerros andinos Bolivianos, amenazando los pozos de petróleo del altiplano en el camino a Camirí. 

Jóvenes oficiales argentinos quedaron para siempre en las caldeadas soledades chaqueñas. El Fortín Boliviano "Palmar Ustares" fue bautizado por el Comandante en Jefe del Ejército con el nombre del Tte. Evaristo Ochoa, correntino, caído al frente de su escuadrón, en el asalto a un nido de ametralladoras.

viernes, 23 de septiembre de 2016

Guerra del Paraguay: A 150 años de Curupaytí

150 años de la batalla de Curupaytí, emblema y orgullo del Paraguay
Fue la derrota más grande de la Triple Alianza formada por Argentina, Brasil y Uruguay. Quedó marcada en todos los combatientes pero no modificó el desenlace de una guerra que cambió la historia de Sudamérica
Infobae


“Asalto de la 4° columna”, de Cándido López (Museo Nacional de Bellas Artes)

En la mañana del 22 de septiembre de 1866, tras varios días de una lluvia intensa y cuatro horas del bombardeo de lo acorazados brasileños, el ejército de la Triple Alianza conformada por Brasil, Argentina y Uruguay se lanzó sobre la fortaleza de Curupaytí, a unos 220 kilómetros de Asunción.

Desde el principio las cosas salieron mal para los casi 18.000 atacantes: el cañoneo brasileño perdió sus objetivos y casi no dañó las defensas paraguayas, el barro de las lluvias convirtió el terreno en un pantano y no se realizó el reconocimiento previo necesario. Luego de cuatro horas de cargas y marchas, los aliados se retiraron dejando enormes bajas en el campo.

"A pesar del valor desplegado en el ataque por todos los combatientes, desde los generales a los soldados, los aliados sufrieron 4.000 bajas y los paraguayos, que no podían ser alcanzados desde su inconquistable posición, perdieron sólo 92 hombres", explicó a Infobae el historiador argentino Miguel Ángel de Marco.



La batalla de Curupaytí, de la que se cumplen 150 años este jueves, fue la derrota más grande de la Triple Alianza en la Guerra del Paraguay y constituyó la última victoria del ejército paraguayo de Francisco Solano López antes de su derrota total. Un verdadero ícono de la terrible guerra que enfrentó a vecinos y hermanos durante más de cinco años, la más sangrienta en la historia de Sudamérica.
Para los aliados fue un punto de quiebre que potenció la desconfianza. "Jefes militares brasileños y, en menor medida, argentinos se veían como aliados circunstanciales", considera el historiador brasileño Francisco Doratioto, quien publicó este año junto a De Marco el texto Guerra, Memoria e Integración en el N°48 del programa Historia Visual Argentina del Museo Roca, en Buenos Aires. "Se consideraban probables enemigos del futuro", agrega.

Para el Paraguay, en cambio, fue un motivo de orgullo y un efímero respiro que no modificó en nada el desenlace final. "A pesar de la reducida cantidad de muertos en relación a las bajas de los aliados en la batalla, el país no sólo fue aniquilado en su población y su economía, sino también política y moralmente", señaló a Infobae Edwin Britez, analista político y periodista del diario ABC en Paraguay.

Si bien hay dudas sobre el comienzo exacto de la Guerra de la Triple Alianza, o Guerra del Paraguay o Guerra Grande, según la perspectiva, para la mayoría de los historiadores adquiere su dimensión exacta con la invasión paraguaya de la provincia argentina de Corrientes, en abril de 1865, ordenada por el entonces dictador del Paraguay, el Mariscal Francisco Solano López, para llegar con sus ejércitos al Uruguay e intervenir en la guerra civil. La agresión propició la alianza entre Argentina y Uruguay con Brasil, que ya se encontraba en conflicto con el Paraguay en el Mato Grosso e involucrado también en los conflictos internos del Uruguay.

La Triple Alianza, con el presidente argentino Bartolomé Mitre como comandante general, derrotó a las columnas paraguayas y las expulsó de Corrientes en enero de 1866, dando inicio a la invasión del Paraguay y a la campaña para desbaratar el complejo defensivo de Humaitá, en el camino a Asunción. Así, tras una categórica victoria en mayo en Tuyutí y una rápida conquista del fuerte de Curuzú en septiembre, los aliados pretendieron hacer lo mismo con Curupaytí, la formidable fortaleza justo sobre la vera del río Paraguay y defendida por unos 5.000 soldados paraguayos.


Uniformes del ejército argentino en la Guerra del Paraguay (Museo Roca, Historia Visual Argentina N°48)

"El comandante de la escuadra brasileña, barón de Tamandaré, había prometido el día anterior que destruiría 'tudo isso em duas horas', pero el bombardeo de los cañones de grueso calibre no hizo mella a las baterías paraguayas ni destruyó los depósitos de municiones", explicó De Marco sobre los preparativos antes del asalto.

Mientras que para Doratioto "la superioridad aliada en armamentos modernos fue compensada por las ventajas defensivas por parte del Paraguay, como el conocimiento del terreno y el fácil acceso a fuentes de provisión de alimentos en la retaguardia".

El número de bajas entre los aliados es motivo de discusión, con algunos historiadores hablando de tanto como 10.000 entre muertos y heridos, aunque las estimaciones más actuales consideran unos 2000 brasileños y 2000 argentinos, en todo concepto. Diezmados por anteriores batallas, las fuerzas uruguayas casi no participaron del asalto a Curupaytí.

En el caso argentino, la sangría llegó a todos los niveles de la jerarquía militar: entre los muertos figuraban "dominguito" Sarmiento, hijo adoptivo del futuro presidente y Francisco Paz, hijo del vicepresidente Marcos Paz, en ejercicio durante la guerra; en tanto el pintor Cándido López perdió una mano en el combate.


“Viva la República del Paraguay. Vencer o Morir”, de Adolfo Methfessel (Museo Roca, Historia Visual Argentina N°48)

"Dada la magnitud del descalabro fue necesaria una larga etapa de  reorganización que duró casi un año, pues recién en junio de 1867 pudo el comando aliado ordenar un movimiento de flanco del este para interponerse entre las fortificaciones paraguayas y la ciudad de Asunción", señaló De Marco.

La debacle en Curupaytí, las enfermedades y una serie de revueltas en las provincias argentinas de Cuyo limitaron la participación argentina en el conflicto, y a partir de finales de 1867 las fuerzas brasileñas al mando del Duque de Caxias y bajo la mirada del Emperador Pedro II tomaron la iniciativa en la etapa final de la Guerra, que terminó con la caída de Asunción y la persecución del Mariscal López hasta su muerte en Cerro Corá, al noreste de Paraguay, en 1870.

"La importancia de la Guerra del Paraguay fue tal que ella repercutió en las generaciones siguientes y está presente en las memorias de las sociedades que la libraron", afirma Doratioto.


“Después de la batalla de Curupaytí”, de Cándido López (Museo Nacional de Bellas Artes)

La guerra, sin embargo, tuvo sus mayores efectos en el Paraguay, que sufrió masivas pérdidas humanas, sobre todo en su población masculina, y la destrucción de sus principales factores productivos. Pero todavía es fuente de orgullo nacional.

"El pueblo sigue siendo un gran admirador del soldado paraguayo por la valentía y el patriotismo con el que ha actuado. Batallas como la de Curupaytí son factores de unión, admiración y respeto", dijo Britez. "Lamentablemente ese sentimiento nacional se fue debilitando con el tiempo por la actitud engañosa de politiqueros de turno que convirtieron a las fuerzas armadas en instrumentos de dominación de la población", consideró.

En Argentina, la guerra no tiene una connotación de ese tenor en la actualidad, pero motivó siempre un interés muy fuerte entre sus historiadores y un debate historiográfico que por momentos se entrelazó con diferentes proyectos políticos.


Un cabo del ejército de Brasil (História Ilustrada)

"Hoy por hoy, aquella trágica guerra que involucró a cuatro países hermanos, provoca la labor seria de los estudiosos, aunque también trae a colación lugares comunes y frases militantes que hacen mucho ruido pero contribuyen poco", consideró De Marco.

Hoy, a 150 años de esa mañana de muerte que pareció durar una eternidad, Argentina, Brasil, Paraguay y Uruguay son miembros fundadores del Mercosur, lo que para Britez es muestra de que el Paraguay "ha demostrado desde la batalla de Curupaytí tener un espíritu pacifista, no revanchista".

"Aún cuando sigue siendo víctima de un juego sucio en las relaciones comerciales y sigue esperando la devolución de todos los trofeos", agregó.

domingo, 4 de septiembre de 2016

Guerra del Paraguay: Estero Bellaco (1866)

Batalla de Estero Bellaco

Comandantes
José Eduvigis Díaz (Paraguay)
vs
Bartolomé Mitre (Argentina)
Manuel Luís Osório (Brasil)
Venancio Flores (Uruguay)
Fuerzas en combate
5.000 a 7.000 hombres (Paraguay)
vs
5 batallones de infantería
1 batería de artillería
6ª división del ejército aliado

Bajas
2500 a 4000 muertos y heridos (Paraguay)
1200 a 2500 muertos y heridos (Aliados)




La Batalla de Estero Bellaco fue uno de los combates más sangrientos de la Guerra de la Triple Alianza.
En esta batalla librada el 2 de mayo de 1866, el ejército paraguayo sufrió 2.000 muertos. Asimismo, 300 de sus hombres fueron tomados prisioneros por las tropas integrantes de la Triple Alianza: Argentina, Brasil y Uruguay.

Ubicación del Estero Bellaco
Este estero está situado en el Departamento de Ñeembucú, Paraguay, a orillas del río del mismo nombre. Al sur se encuentra la República Argentina.

Antecedentes
 
La Guerra de la Triple Alianza (1865 y 1870) ha sido uno de los más trágicos y dolorosos acontecimientos de la América Meridional. Llamada en Paraguay como Guerra contra la "Triple Alianza", fue un terrible enfrentamiento bélico donde la República Argentina, el Emperador del Brasil y el Partido Colorado de la República Oriental del Uruguay, se unieron en alianza ofensiva y defensiva en la guerra promovida por el Imperio del Brasil contra los gobiernos paraguayo y uruguayo. 
Después de dos semanas en suelo paraguayo, los aliados no habían visto mucha acción. Las tropas de López se trasladaron hacia el interior, esperando la oportunidad de conducir a los hombres de Mitre fuera del territorio paraguayo. Las fuerzas aliadas se movieron con cuidado hacia el norte a un lugar llamado Estero Bellaco, un pantano de terreno fangoso cubierto de palmas. Desde entonces los problemas de la relación entre Mitre y los comandantes brasileños estaban presentes.
Muchos oficiales del ejército imperial estaban descontentos que el comando del ejército aliado se le diera a un argentino. Las tropas brasileñas componían las dos terceras partes del ejército unido. En particular, los oficiales brasileños se vieron mejor entrenados que sus homólogos de los Aliados. Ahora, ellos se mostraron molestos por la conducta de las operaciones de Mitre. A su juicio, las fuerzas aliadas debían ser más ofensivas. Las dos semanas de precaución y lento avance era intolerable para ellos. El principal problema de los dos oponentes era cómo calcular las fuerzas del enemigo. Mitre, sin embargo, tenía otro. No tenía ni idea del tipo de terreno en frente de sus tropas. Por lo tanto, prefirió ser cauteloso.


Sin embargo, no habría que esperar mucho tiempo para la acción. 

Combate en Estero Bellaco
El 16 de abril de 1866 pasaron el río tropas brasileñas al mando del mariscal Osorio y se establecieron en el Fuerte de Itapirú. Luego, el mismo día, cruzó el general Flores al frente del primer cuerpo del ejército de Argentina y de una división de infantería uruguaya. Al día siguiente lo hicieron las tropas de Paunero.
El general Flores, posicionado en Estero Bellaco, fue atacado el 2 de mayo por una fuerza paraguaya de 6.000 hombres con cuatro piezas de artillería. Los paraguayos cayeron sobre Flores con tanta rapidez y sorpresa que prácticamente arrollaron a las tropas argentinas, en completa confusión hasta que estas fueron auxiliadas por doce batallones de reserva.
El 2 de mayo de 1866, el Mariscal López ordenó un reconocimiento ofensivo al sur del Estero Bellaco, para imponerse de la ubicación del oponente.
Las fuerzas aliadas entraron en campo paraguayo, sin figurarse el peligro y los sinsabores que les esperaban. El ejército adversario retrocedía sin hacer resistencia. Todo vaticinaba un éxito próximo y seguro. Siguiendo las huellas de las tropas de López, avanzaron por el camino real de Humaitá, hasta llegar, sin dificultad, al Estero Bellaco del Sur, en cuyas proximidades acampó la vanguardia, compuesta de cuatro batallones uruguayos, cuatro batallones brasileños, cuatro piezas de artillería, algunos regimientos de caballería riograndense y doscientos jinetes de la escolta particular del general Flores. En total, siete mil hombres de las tres armas.



La posición de las fuerzas de Flores era, como sigue, en aquel momento:
Los cuatro batallones brasileños citados estaban acampados detrás de una suave cuchilla. El batallón 7º, que era el más avanzado, protegía las cuatro piezas del regimiento 1º de artillería. A ochocientos metros a retaguardia estaban el 21 y 38 cuerpos de “Voluntarios da Patria”. Los batallones uruguayos Veinticuatro de Abril, Florida, Independencia y Libertad ocupaban la izquierda de las tropas imperiales.
El 2 de mayo de 1866, 3.500 tropas paraguayas, al mando del coronel José Díaz, lanzaron un ataque a la vanguardia de los Aliados bajo el mando del general Venancio Flores, dirigente del Partido Colorado y actual presidente de Uruguay. A las doce del día, cuando los aliados se entregaban a devorar el rancho, hicieron irrupción los paraguayos por los tres pasos del Estero, arrollando los puestos avanzados de la vanguardia. El empuje de la caballería paraguaya sembró en un primer momento el desconcierto entre las fuerzas brasileñas y orientales, más, rehechos los batallones y regimientos y recibidos oportunos refuerzos, fue rechazada junto con los cuerpos de infantería comprometidos en la operación. 

El ataque fue una completa sorpresa para él y sus hombres. Además, la fuerza atacante les superaban en número. Los soldados de Flores lucharon con gran tenacidad contra los hombres de Díaz, pero no pudieron evitar la pérdida de una batería de cuatro cañones La Hitte. Pronto Flores tuvo que emprender la retirada. Esta maniobra fue dificultada por un piletón natural y terrenos inundados que había entre su posición y el ejército en Mitre. Díaz persiguió a las tropas uruguayas, tal vez tratando de capturar un gran número de prisioneros. Desafortunadamente, para él, los disparos y lucha puso el ejército aliado consciente de la situación. De un vistazo, la situación había cambiado. Ahora Díaz fue la lucha contra el grueso del ejército enemigo. Sólo con feroz determinación que él y sus hombres escaparon de vuelta al campamento paraguayo. 
En efecto, cuando la vanguardia del ejército aliado había sido completamente derrotada, el coronel José Díaz, comandante de las tropas paraguayas, quiso ir más allá todavía. En vez de ordenar en el acto la retirada, toda vez que el objetivo de la operación ya había sido cumplido, se empeñó en una imprudente persecución, sin pensar que se alejaba de su base, para estrellarse contra el grueso del ejército aliado. Y hubo de soportar, con tropas fatigadas, la presión terrible de todo el poder del oponente en movimiento.
Al otro lado del Estero, Díaz hizo fracasar un movimiento envolvente de las tropas brasileñas, intentado por el Paso Sidra, rechazándolos dos veces a la bayoneta, obligándolos a huir.

Perspectivas de los acontecimientos
Diferentes testimonios y evaluaciones de la Batalla de Estero Bellaco permiten analizar las diversas perspectivas con que fueron juzgados los acontecimientos:
Mitre informó a Paz: Los paraguayos 


“fueron obligados a abandonar los bosques en que se guarecían, y haciéndoles dejar en muestro poder más de 1.200 muertos, 3 piezas de artillería, 2 banderas, como 800 fusiles, que son el regocijo y gran cantidad de prisioneros, en su mayor parte heridos, que hasta este momento no es posible precisar (…) la pérdida de los ejércitos aliados asciende en su totalidad de 656 hombres fuera de combate, en su mayor parte heridos” (Mitre a Paz. Cuartel General en el Estero Bellaco, 3 de mayo de 1866. Partes Oficiales. p.31 y 32).

La literatura de Mitre daba por "victoria", lo que en la realidad fue una "derrota". Los paraguayos tomaron “cuatro cañones rayados, con sus carros de municiones, y todos fusiles en pabellón” (Resquín. Partes históricos. p.43) y según el Natalcio Talavera, adscripto al cuartel del general López, dejo un saldo de 200 a 300 muertos y 1.000 heridos en la filas paraguayas en tanto en las filas aliadas contabiliza entre 5 y 6 mil bajas, entre muertos y heridos. (Natalicio Talavera. Crónica de guerra. Campamento de Rojas, mayo de 1866. El semanario N° 628). Para Thompson, las bajas fueron de 2.300 por cada una de las partes.
El derrotado fue Mitre y el propio Flores. Según O´Leary : 


“Flores, el gaucho orgulloso, azote de su país, terror de sus compatriotas, no perdió tiempo para abandonar a sus tropas, huyendo cobardemente en un caballo desensillado que encontró a mano” (O´Leary. El centauro de Ibycuí.p.113)

Por lo visto Flores, “yendo por lana salió trasquilado”, según su propia predicción: 


“Yo no sé que será de nosotros” escribe Venancio Flores a su esposa el 3 de marzo, al día siguiente de un contraste que había costado “perder casi totalmente la División Oriental, y de veras que si a la crítica situación en que estamos se agrega la constante apatía del general Mitre, bien puede suceder que yendo por lana salgamos trasquilados”.

El propio general Garmendia reconoce implícitamente la derrota, tratando de disimularla insultando al enemigo:


“El batallón (Argentino) empieza a retroceder, diezmado cruelmente: maltratado con la insolencia cobarde del fuerte, retrocede acuchillado enérgicamente, sin descanso, por el enemigo que como un enjambre de indios se le viene encima, enarbolando sus armas vencedoras, prorrumpiendo alaridos de combate, rugidos que piden sangre hasta hartarse, haciendo de la piedad un escarnio” .


Batalla de Estero Bellaco. Detalle del óleo de Diógenes Hequet. "Historia del Ejército".


Posteriormente, dado el desempeño excelente demostrado por el Teniente Coronel Díaz, el Mariscal Francisco Solano López lo asciende al grado inmediato de Coronel. Las acciones continúan:
El error de López en esta etapa de la guerra estuvo en replegar el grueso de sus tropas a Paso Pacú para arriesgar el todo por el todo en una sola batalla (que habría de ser Tuyutí, según su plan). Una sola batalla puede ganarse o perderse por causas ajenas al mando en jefe o la calidad de las tropas, como sucedería precisamente en Tuyutí. López suponía condiciones militares a Mitre, por lo menos dignas del prestigio pregonado en La Nación Argentina. Cuando se dio cuenta, después de Curupayty, con qué clase de estratega tenía que habérselas, era tarde para ganar la guerra. También los brasileños habían comprendido los puntos que calzaba el General en Jefe; poco menos que exigirían más tarde su reemplazo por el duque de Caixas para que la guerra tuviese fin. 



Los aliados sufrieron 1.600 bajas. El Batallón de Infantería 38 del Ejército del Brasil, que vino en ayuda Flores, tuvo 94 muertos y 188 heridos. Las bajas del 1er Regimiento de Caballería del Ejército Argentino sumaron un centenar de hombres. El batallón Florida de Flores perdió 19 de sus 27 oficiales. 
Las pérdidas de los paraguayos alcanzaron hasta un número de entre 2.000 y 2.300, pero habían capturado a una batería de cañones.   

Wikipedia

Ulysses Costa