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domingo, 8 de marzo de 2026

Biografía: Almirante Manuel Domecq García

Manuel Domecq García


Almirante Manuel Domecq Garcia

(01) Robo de niños (Guerra del Paraguay)
(02) El niño Manuel
(03) El hombre Domecq Garcia
(04) Fuentes
(05) Artículos relacionados

Robo de niños (Guerra del Paraguay)

 

Desde el inicio de la Guerra del Paraguay y las primeras acciones, muchos oficiales aliados robaban prisioneros que eran vendidos como esclavos en brasil o como sirvientes en la argentina. La documentación al respecto no deja dudas. El propio Mitre lo confirma este robo de prisoneros en nota al vicepresidente Marcos Paz en carta del 4 de octubre de 1865, en que le da cuenta de la disminución del número de prisioneros tomados en las acciones de Uruguayana:


“Nuestro lote de prisioneros en Uruguayana fue de poco más de 1.400. Extrañará a usted el número, que debiera ser más; pero por parte de la caballería brasileña hubo tal robo de prisioneros que por lo menos arrebataron 800 o 1.000 de ellos, lo que muestra a usted el desorden de esa tropa, la falta de energía de sus jefes y la corrupción de esa gente, pues los robaron para esclavos, hasta hoy andan robando y comprando prisioneros. El comandante Guimaraes, jefe de una brigada brasileña, me decía el otro día que en las calles de Uruguayana tenía que andar diciendo que no era paraguayo para que no lo robaran” (Carta de Mitre a Marcos Paz - 4 de octubre de 1865 - JMR.La guerra del Paraguay.p.239)


Esta conducta pervesa se mantuvo a lo largo del conflicto, lo que provocó energicas protestas de Solano López, desmentidas cínicamente por Mitre y otros jefes aliados.

Durante la ocupación y saqueo de Asunción en febrero de 1869, los brasileños que entraron a la ciudad se dedicaron al sistemático saqueo y otros crímenes aberrantes, saqueando hasta las tumbas del cementerio. Las tropas argentinas se mantuvieron inectivas en las afueras de asunción, mientras la soldadesca brasileña se dedicaba a violar mujeres, robar templos y hasta delegaciones extrajeras, como para que el saqueo sea “más democrático”.

D.F.Sarmiento



El presidente Sarmiento, con vistas a la historia, aprueba este proceder del General Emilio Mitre: “Aplaudo la determinación prudentísima de Ud. de no entrar en Asunción, dejando a la soldadesca brasileña robar a sus anchas. Esta guerra tomará proporciones colosales en la historia y es bueno que nuestro nombre figure limpio de reproche” (Sarmiento a Emilio Mitre. Buenos Aires, 21 de enero de 1969- Obras Completas, 10 tomos. Buenos Aires 1888-1913) Extraña actitud de Sarmiento felicitando y aplaudiendo al jefe Argentino “dejando a la soldadesca robar a sus anchas” la ciudad tomada.

Efectivamente saquearon a sus anchas la ciudad, donde arrancan hasta puertas y ventanas de algún valor, y quemando el resto, para cargarlos en la rada del puerto los barcos, que a carga completa, conducían el producto del saqueo hasta Río de Janeiro o Buanos Aires, donde eran rematadas al mejor postor. Esto fue tan a cara descubierta, que el propio príncipe de su Alteza Real y yerno de Pero II, más conocido como el sádico conde D´Eu, en su visita a Sarmiento que lo recibe en la Casa de Gobierno con motivo de la inauguración del nuevo mobiliario y tapicería francesa de la Casa de Gobierno, deja asentado en su diario: “se dice que pertenecieron a López” (Archivo del conde d´Eu. Archivo de la familia real en Petrópolis)

“Novecientas mujeres que cayeron en poder de los brasileños fueron víctimas de la lascivia de la soldadesca…Los brasileños, posesionados de la ciudad, se entregaron al más implacable saqueo y devastación. Ni las legaciones, ni los consulados, ni los sepulcros, ni las iglesias fueron respetados. La tarea destructora siguió varios días. Durante la noche, las casas de fácil combustión, incendiadas después de saqueadas, y grandes fogatas alimentadas por los muebles sin valor y por puertas y ventanas, alumbraban el cortejo de vehículos que transportaban hasta los buques los frutos del saqueo. Las embarcaciones zarparon hacia Buenos Aires y Río de Janeiro repletas de objetos de valor. La escuadra brasileña también se prestó a esa tarea” (Cardozo, Efraín. “Paraguay independiente”.p.245, en Historia de América y de los pueblos americanos, dirigida por Antonio Ballesteros y Beretta. t.XXI. Barcelona 1949)


Guerra del Paraguay - Leonardo Castagnino A esta salvajada, llevada a cabo por “los civilizadores de Paraguay”, no escaparon los niños paraguayos de la más corta edad, que durante el saqueo deambulaban desorientados por las calles de Asunción, ya huérfanos o separados de sus padres y parientes, y que fueron victimas del robo o secuestro para ser canjeados o vendidos en el lugar, o trasladados como esclavos y sirvientes.

La historia nos da muchos nombres de niños que fueron secuestrados y llevados a los países vecinos, como los casos de Ramón Grance, Mateo Rivas, José Cantero o Manuel Domecq García. Otros quedaron perdidos en las oscuras páginas del pasado, pues no solo fueron secuestrados sino robadas sus propias identidades. Relatos de sobrevivientes refieren estos hechos lamentables, donde cientos de niños harapientos y famélicos eran secuestrados por la soldadesca y llevados aguas abajo por miembros de los ejércitos invasores, en medio de dramáticas escenas de parte de sus parientes, imposibilitados de evitar tal despojo, pues fuertes cordones de soldados no dejaban acercarse a parientes y conocidos para despedirse de los desgraciados.

Bartolomé Yegros, paraguayo niño en aquella época, y que sobrevivió a la tragedia, nos deja esl siguiente testimonio:

"Yo contaba entonces nueve años de edad. Centenares de criaturas hambrientas y desparramadas llegaban de la campaña a la capital, tras los peregrinos que regresaban de los desiertos, extraviados por causas múltiples, de nuestras familias o tutores, rastreándolos inútilmente. Y amedrentados por los que robaban niños en la ciudad, los que podíamos escapar a estas persecuciones huíamos de nuevo al interior, vagando hasta encontrar alguna persona piadosa en las poblaciones cercanas, que habían sido abandonadas y empezaban de nuevo a ser pobladas.

"Esta caza de menores había durado de 1869 a 1870, o hasta más tarde. Yo retrocedí hasta el pueblo de Capiatá, amparándome en una señora de la familia de Mongelós, hasta que una única hermana mía regresó de Cerro Corá, y hubo de recogerme consigo en la capital. Mis hermanos varones sucumbieron todos. El hecho que dejo relatado no puede considerarse un caso aislado, porque lo realizaban sistemáticamente, pues los mismos soldados argentinos salían a recorrer las calles, en busca de pequeños errantes, o de los hijos de los mismos vecinos, que habían vuelto a ocupar sus casas, para llevarlos a distribuir después, en son de dádiva, a sus familiares, como trofeos vivientes o como "cautivos". He tenido ocasión de conocer a muchos de esos desgraciados, tanto en la capital federal argentina, como en los pueblos de las provincias, antes y después que permanecí en el ejército de dicho país".


El niño Manuel

El caso del niño Manuel Domecq García es relevante, pues con el tiempo llegó a ser una personalidad notable y respetadísima en la sociedad argentina. Había nacido en el pueblo de Tobatí el 12 de junio de 1859 y, con apenas seis años, fue arrastrado por la vorágine de la guerra. Su padre, Tomás Domecq, médico militar, perdió la vida en el cerco de Humaitá, en 1868, y su madre, doña Eugenia García Ramos de Domecq, habría fallecido en la batalla de Peribebuy del 12 de agosto de 1869 o a causa de las penurias siguiendo al ejército paraguayo como residenta.

Con las fuerzas aliadas llegaron al país numerosas familias que, hasta entonces, vivían en el exilio, como el caso de la familia Decoud Domecq, conformado por don Juan Francisco Decoud, segundo jefe de la Legión Paraguaya (1), y su esposa, doña Concepción Domecq de Decoud, padres de don José Segundo Decoud Domecq, periodista, convencional de 1870 y ministro de estado , Juan José, Adolfo, Diógenes y Héctor Francisco Decoud Domecq.

Según un informe proporcionado por la propia señora Concepción Domecq de Decoud al doctor Estanislao Zeballos, el niño Manuel Domecq García había sido recogido por soldados de las fuerzas brasileñas de ocupación. "Después del regreso de las familias a la Asunción, cuenta el doctor Zeballos, una noche que en la casa del señor Decoud (Juan Francisco) se celebraba una comida en regocijo de la reunión de la familia, llamaron a la puerta unos brasileños. Salió el joven José Segundo a inquirirse del objeto de la visita, y ellos dijeron que querían hablar con la señora”.

Cuando doña Concepción se presentó, ella con dos de sus hijos, se desarrolló el siguiente diálogo:

- Usted busca un sobrino, señora; nosotros lo tenemos".
- Traiganlo, pues".
- Es necesario que nos pague el servicio"
- Tráiganlo, les daré una libra esterlina (una cifra elevada, en la época)".


Los brasileños se negaron a entregar al niño por esa suma y recién luego de varios minutos de puja, se acordó la entrega, cuando la señora de Decoud ofreció entregar ocho libras esterlinas por el rescate del niño, quien se encontraba escondido en una carpa en el campamento brasileño.

Ante la ausencia de los padres del niño Manuel Tomás Domecq García y de su hermana Eugenia, de unos cinco años, también rescatada por sus tíos, y ante el clima de desolación que se vivía en Asunción, los niños fueron enviados a la Argentina para ser criados por un tío materno, don Manuel García Ramos, fuerte estanciero de la época.

En un momento dado del largo viaje a la Argentina, el pequeño Manuel Domecq se extravío, ante la desesperación de la persona qe los trasladaba. Los esfuerzos por encontrarlos no tuvieron resultado y continuaron viaje a Buenos Aires comunicando al don Manuel García Ramos de la desaparición del niño.

Don Manuel recurrió entones a cuanto recurso estaba a su alcance para recuperar a su sobrino.. Apeló a muchos amigos, tanto en la Argentina, como en Uruguay y en Brasil. Logró que las autoridades emitieran un bando que decía así:

"Circular. Dirigida a varios Jefes y Oficiales del Ejército Aliado en operaciones en el Paraguay y otras personas residentes en el mismo País, pidiendo noticias del niño Manuel Domecq que se ha extraviado.

Se suplica a cualquiera persona a cuyas manos llegue este impreso, que si tiene alguna noticia del paradero del niño Manuel Domecq de diez años, blanco, ojos negros, pelo negro; tenga la bondad de transmitirla al señor Comisionado Argentino en la Asunción Coronel D. Pedro José Agüero, directamente si le es posible y si no al jefe más inmediato, a quien también se pide que haga llegar la noticia a dicho Coronel.

Este niño venía con la señora a cuyo cargo hallaba, entre un grupo de familias que fueron recogidas por las fuerzas aliadas en el mes de agosto próximo pasado. Durante la marcha a pie para la estación de Ferrocarril el niño se cansó o se enfermó y un oficial brasilero lo tomó en ancas de su caballo y en la confusión se extravió, no pudiendo darse con él hasta ahora.

"La familia que se encuentra desolada con la pérdida de este niño agradecerá profundamente y gratificará a la persona que le proporcione indicaciones sobre su paradero. "En Buenos Aires puede ocurrirse a la calle Perú esquina Rivadavia".

Este bando se repartió por todas partes, pero, por suerte, tuvo efecto y, luego de cuatro meses de angustiosa espera, el niño Manuel Tomas Domecq García pudo reunirse con la familia de su tío.

¿Qué pasó con el niño, el tiempo que estuvo nuevamente desaparecido? Cuando viajaba para reunirse con su tío Manuel García Ramos, el niño sube a la grupa del caballo de un oficial brasileño, quien le llevó al Brasil, donde fue recogido por mariscal Luis Alves de Lima e Silva, duque de Caxías, quien llegó a encariñarse tanto con él que quiso adoptarlo.

Luego sus familiares lo localizaron y su tío viajó al Brasil a rescatarlo. Ya en Buenos Aires, el niño Manuel y su hermana Eugenia, pasaron a vivir en la casa de una hermana de su madre, doña Demofila García Ramos de Lanús.


El hombre Domecq García

A partir de entonces la historia de Manuel Domeq Garcia es un poco mas coocida o facil de rastrear, pero vale la pena hacer una breve reseña sobre la actuación de este hombre notable.

En 1877, de joven, ingresa a la Escuela Naval Argentina fundada en 1873, y que por entonces funcionaba en el buque Almirante Brown, destacándose como alumno y egresando como el primero de su promoción.

Ya egresado participa en varias expediciones de relevamientos hidrográficos en los ríos Paraná, Iguazu y Pilcomayo, que lo convierten en un experimentado conocedor de esos ríos, ingresando en 1886 a la Comisión Argentina de Limites con Brasil, a las órdenes del comandante Valentin Virasoro, efectuando relevamientos de los ríos San Antonio y Pepiry-Guazu.

Posteriormente, este paraguayo nacionalizado argentino, es encargado de variso fuciones relevantes por parte el gobierno argentino.

Es enviado a Europa para contratar la construcción de la fragata Sarmiento, destinada a ser buque escuela de la Armada Argentina. Luego de estudiar las diversas propuestas de astilleros europeos, finalmente, en 1896, se contrató con la firma Laird Brothers, establecida en Birkenhead, Inglaterra. Terminada la construcción de la fragata Sarmiento, Domecq retornó a su país, siendo designado comandante en Jefe de la División del Río de la Plata.

Luego el gobierno del general Julio Argentino Roca lo designa presidente de la omision argentina encargada de la construcción de los cruceros acorazados Moreno y Rivadavia en los astilleros Gio Ansaldo de Genova. Pese la muerte por entonces de su hija mayor, se dedicó de lleno a la fiscalización de la construcción de estos dos buques, los más avanzados de la época en materia naval, además de otros ya entregados a la Armada Argentina: Garibaldi, San Martín, Belgrano y Pueyrredón. (2)

El destino final de aquellos buques no seria la Armada Argentina, por cuanto en 1902 la Argentina firmó con Chile un pacto de desarme y de equiparación del poder naval de ambos países, y los acorazos terminados de construir en 1904 fueron vendidos al Imperio del Japón. Domecq García, como jefe de la Misión Naval en Génova, fue el encargado de entregar los buques a los enviados japoneses, que rebautizaron los acorazados con los nombres de Kasuga y Nisshin. Durante la guerra Ruso-japonesa, el Imperio de Japón invita a la Argentina a que designase un oficial de la Armada como observador de esa guerra. La designación recayó en Manuel Domecq García, quien desde Génova se trasladó hasta el escenario de guerra, permaneciendo en el teatro de la guerra durante dos años, donde embarcado presenció varios combares navales. Retresa a la Argentina en mayo de 1906

El 19 de mayo de 1908, a los cuarenta y nueve años, Manuel Tomás Domecq García recibió las palmas del almirantazgo al ser ascendido a Contralmirante, luego de una larga postergación como capitán de navío, prestando servicios en la Armada en diferentes destinos.

El 17 de diciembre de 1908, el presidente Figueroa Alcorta le designara Presidente de la Comisión Naval en Europa, para estudiar las propuestas y recoger informes de los distintos astilleros que construirían buques para reforzar el poder naval argentino.

Con ese objeto viajó nuevamente a Europa y Estados Unidos, donde encargó la construcción de los dos buques de guerra más grandes del mundo en ese momento y que costaron al país cinco millones de libras esterlinas. Estos dos acorazados fueron nuevamente bautizados con los nombres Moreno y Rivadavia.

Luego de tres años al frente de la misión naval en los EE.UU., Domecq García retornó a la Argentina, siendo designado comandante en jefe de la Escuadra de Mar. Comandó el acorazado Moreno, y ya con el grado de Vicealmirante, comandó el buque insignia argentino, el acorazado Rivadavia.

En 1922, el doctor Marcelo Torcuato de Alvear fue elegido presidente de la República y designa Ministro de Marina al marino más prestigioso del momento: Manuel Domecq García. Desde sus funciones ministeriales, Domecq García fue factor preponderante de la modernización de la Armada Argentina, que vio incrementar su flota, especialmente por la adquisición de submarinos, que se sumaron a la flota argentina, algunos años más tarde.

Tanto el presidente Alvear como el almirante Domecq García alentaron la construcción de submarinos por la Armada Argentina y promovieron el equipamiento de un astillero especial. Ese astillero fue bautizado con el nombre de su principal mentor: "Astillero Ministro Manuel Domecq García", y que actuamente se haya ubicado en la costanera Sur del la Capiltal Federal.

También fue uno de los fundadores, durante su juventud, del Centro Naval argentino. En 1912, fue uno de los propulsores de la creación de la Aeronáutica.

Como Ministro de Marina de la República Argentina, Manuel Domecq García fue el redactor, entre otras cosas, del proyecto de acuerdo con la República del Uruguay para la determinación de la jurisdicción de ambos países. Impulsa la formación de la Marina Mercante argentina de ultramar; la explotación de minerales ferrosos y plumbíferos de la mina Valcheta, entre otras realizaciones.

Siendo Ministro, y por cumplir el límite de edad, se retiró de la actividad naval. Retirado de la actividad pública, los gobiernos que vinieron supieron recurrir a su experiencia. El rey Jorge V de Inglaterra le honró con la condecoración de Caballero del Imperio Británico.

Cuando estalló la guerra que ensangrentó a las Rpúblicas de Paraguay y Bolivia (1932-1935), el almirante Domecq García, tan unido al Paraguay por lazos de sangre y amistad, adhirió a la suerte paraguaya y fue uno de los principales promotores de la ayuda argentina al Paraguay. Fue personalmente fundador de la Asociación Fraternal Pro Cruz Roja Paraguaya, que envió al frente uniformes, frazadas, alimentos, etc. Integra, como asesor especial, la Comisión Argentina que, presidida por el Canciller argentino, Carlos Saavedra Lamas, que logró finalmente el acuerdo de paz entre los beligerantes, firmado en Buenos Aires el 12 de junio de 1935.

En la posguerra, el almirante Domecq García siguió fiel a sus lazos de amistad hacia el Paraguay. Ante el desesperado pedido del general José Félix Estigarribia, prisionero luego del derrocamiento del presidente Eusebio Ayala, acogió en su domicilio a la esposa y a la hija del héroe paraguayo y se ocupó en movilizar a las autoridades de la Argentina y de Brasil, hasta obtener finalmente su libertad.

En 1938, Domecq García fue uno de los propulsores de la candidatura del general Estigarribia a la presidencia de la República del Paraguay, diciéndole, entre otras cosas: "...así como en la guerra pasada se movilizó el pueblo entero del Paraguay para defenderlo, Ud. debe movilizar en su gobierno, si es que llega como lo deseo, a ese mismo pueblo para el trabajo, para que la pala y el pico, en lugar del fusil, sean las armas del progreso".

Manurl Domeq Garcia fallece el 11 de enero de 1951, a los noventa y dos años de edad, dejando al morir al morir, en herencia, una casa hipotecada, un automóvil de veinte años de antigüedad, sus uniformes, sus cartas, sus galardones y el recuerdo y asdmiracion de algunos de sus compatriotas argentinos.

(1) La Legión Paraguaya estaba formada por disidentes paraguayos que participaron en la guerra en contra de Paraguay, sostenidos por los aliados.

(2) Lamientamos que algunos buques hayan sido bautizados con nombres como Sarmieto, Rivadavia o Garibaldi.

                          


Fuentes


- Obras citadas
- Castagnino L. Guerra del Paraguay. La Tripe Alianza contra los paises del Plata
- La Gazeta Federal www.lagazeta.com.ar

La Gazeta

miércoles, 18 de febrero de 2026

Guerra del Paraguay: El Tratado Machaín-Irigoyen

El Tratado Machaín-Irigoyen: su firma en 1876, la definición de la frontera y su impacto duradero entre Argentina y Paraguay

El acuerdo, firmado el 3 de febrero de 1876 en Buenos Aires, descartó cualquier cesión territorial. A partir de ese entendimiento quedó ratificada la soberanía argentina sobre Misiones y Chaco.
Perfil



El Chaco Boreal se resolvió después; nunca hubo cesión de Misiones ni Bermejo-Pilcomayo al Paraguay | Collage

El 3 de febrero de 1876 marcó un punto de inflexión irreversible para la geopolítica del Cono Sur. En Buenos Aires, el canciller argentino Bernardo de Irigoyen y el representante paraguayo Facundo Machaín estamparon sus firmas en el documento que pondría fin a una de las disputas territoriales más tensas y prolongadas de la región: el Tratado de Límites que cerraba las heridas administrativas de la Guerra de la Triple Alianza.

A un siglo y medio de aquel evento, la configuración actual de las provincias del noreste argentino y la fisonomía de la soberanía paraguaya no pueden entenderse sin desglosar los términos de este acuerdo, que fue tanto un ejercicio de diplomacia pragmática como un alivio para una nación paraguaya que luchaba por su supervivencia tras el conflicto.


El acuerdo establece el límite oeste por el canal principal del río Paraguai hasta el Pilcomayo

La consolidación de Misiones y el Chaco Central

Uno de los pilares fundamentales del tratado fue la resolución del destino de la Provincia de Misiones. El acuerdo ratificó de manera definitiva la soberanía argentina sobre este territorio, extinguiendo las antiguas pretensiones paraguayas que se remontaban a la época colonial y la etapa de la independencia.

Sin embargo, el punto de mayor fricción se encontraba en el Gran Chaco. El tratado estableció una división clara basada en los cursos de agua:

-Franja Bermejo-Pilcomayo: El Paraguay renunció a toda reclamación sobre el territorio comprendido entre los ríos Bermejo y Pilcomayo. Esta franja quedó bajo dominio argentino, integrando lo que hoy conocemos como parte de las provincias de Formosa y Chaco.

-El arbitraje de Hayes: El área situada entre el río Pilcomayo y el río Verde fue sometida al arbitraje del presidente de los Estados Unidos, Rutherford Hayes, quien fallaría a favor de Paraguay en 1878.
Un contexto de pragmatismo y presión

El tratado de 1876 no surgió de un vacío. Argentina, que había mantenido la tesis de que "la victoria no da derechos" —frase acuñada por el propio Mariano Varela años antes—, tuvo que equilibrar sus intereses territoriales con la necesidad de evitar la absorción total de Paraguay por parte de las ambiciones del Imperio del Brasil.

Un correntino, eslabón clave de una banda narco, fue procesado en Córdoba tras 13 años prófugo

Para Paraguay, la firma representó una cesión dolorosa. Con la capital aún bajo ocupación de las tropas aliadas y una economía devastada, la definición de fronteras le permitió iniciar un proceso de reconstrucción institucional y soberana.

lunes, 29 de diciembre de 2025

Revolución Libertadora: La huida de Perón

 

(1) Camino del exilio

Eduardo Lonardi ha establecido Capital en Córdoba, proclamándose presidente provisional, al tiempo que ha enviado un ultimátum a la Junta Militar, exigiendo la renuncia de Perón. En la madrugada del 20 de setiembre el mayor Renner -ayudante de Perón- es convocado al Comando del Ejército: allí se le comunica que la Junta ha aceptado la dimisión del presidente constitucional (que, en rigor, no había presentado) y que éste deberá alejarse del país. 

Figura 1:
 

Cañonera Paraguay amarrada, vista desde tierra firme. En ella Perón fue recibido con los honores correspondientes a su grado de general paraguayo.

Esa misma mañana, en compañía de Renner y unas pocas personas de su confianza - y llevando un escaso equipaje-, Perón se dirige a la casa del embajador del Paraguay doctor Juan Chávez, con quien ha tomado contacto previamente. Luego, en el automóvil del embajador, será conducido a la cañonera Paraguay, amarrada en Puerto Nuevo.

Figura 2:
 

Mesa de trabajo en la cámara del capitán de la cañonera Paraguay, que fue cedida al general Perón por el Capitán del buque.

Sólo Renner, Cailceta y el mismo embajador, acompañan a Perón en ese primer trayecto  hacia lo que será un exilio de casi dieciocho anos. En esa neblinosa y solitaria mañana, Perón traspone la planchada del buque: la tripulación espera formada en cubierta y el comandante lo recibe, tributándole los honores militares correspondientes. Es que, desde un año atrás, Perón es ciudadano honorario del país hermano y general de su ejército. Esos títulos le han sido conferidos por el gobierno del presidente Alfredo Stroessner -con quien ha trabado amistad- en reconocimiento a la política fraternal del justicialismo, culminada en la restitución de los trofeos tomados durante la infame guerra de la Triple Alianza.

Figura 3:
 
Cama que utilizó Perón en la cañoñera Paraguay.

Recibido con gran cordialidad, el general se aloja en la cabina del capitán. Es el momento para descansar de las tensiones vividas en los últimos días, como también para reflexionar acerca de los hechos inmediatos y el difuso futuro. 

Figura 4:
 

El general Perón en 1955.

En el ocio obligado del buque, amenizado por las charlas y reuniones con la tripulación, la lectura de los diarios y las noticias radiales que dan cuenta de su caída, Perón aprovechará también para escribir durante largas horas: comenzará a dar forma a los que serán sus primeros libros en el exilio. Al día siguiente de su llegada, retorna a bordo el embajador Chávez en compañía del agregado militar paraguayo, general Demetrio Cardozo. Este último es amigo y compadre de Perón, a quien trae unas valijas con efectos personales, preparadas por el mayor Renner. 

Figura 5:
 

El embajador del Paraguay en la Argentina, Juan R. Chaves y el coordinador de la Unión Económica con el Paraguay, Idelfonso Cavagna Martínez, visitan en el Arsenal “Esteban de Luca”, el 29 de julio de 1954, los trofeos de guerra que han de ser devueltos por la Argentina al gobierno y pueblo paraguayos.




El embajador comunica a Perón que, el día anterior, ha estado en el ministerio de Ejército en compañía del mismo Cardozo, para comunicar a la Junta su asilo político y solicitar las seguridades y garantías de práctica. Ellas aparecen indispensables, a la luz de la furibunda ola de antiperonismo que se ha desatado en el país. No puede descartarse la posibilidad de un atentado, aun de sectores de las fuerzas armadas encaramados en el poder. 
Figura 6:
 

Perón rumbo a su exilio.

La Junta ha accedido al pedido, ordenándose así la Prefectura Naval montar guardia, garantizando la seguridad del buque. Se ha dado inicio también a las gestiones destinadas a obtener el salvoconducto para que Perón abandone el país. Estas se demorarán algunos días, en virtud de la confusión imperante.

Tensa espera

En tanto, los acontecimientos se suceden. El 21 de septiembre se ha difundido un comunicado: “La Junta Militar, en virtud de la autoridad que asumiera a continuación de la renuncia presentada por el Excmo. Señor presidente de la Nación, ha llegado a un total acuerdo con el comando de la oposición, aceptando los puntos estipulados con sus representantes. El día 22 de septiembre se hará cargo del gobierno provisional el general de división retirado, don Eduardo A. Lonardi". 

Figura 7:
 

General Lonardi, a cargo del gobierno provisional.

La asunción del mando será postergada, pero desde Córdoba se emiten los primeros decretos del gobierno provisional: son disueltas ambas cámaras del Congreso, comienzan a producirse intervenciones en provincias, se ordena la libertad de presos políticos y se levanta la clausura a varias publicaciones periodísticas. Asimismo, es restituido el nombre de La Pampa y Chaco a las provincias Eva Perón y Presidente Perón. Finalmente, Lonardi jurará el 23. 

Figura 8:
 

A bordo de un chinchorro Perón se dispone a abordar el hidroavión Catalina enviado por el gobierno paraguayo.

Mientras tanto, la agitación crece. El embajador Chávez renueva sus gestiones, porque hay fundados rumores de que algunos sectores de la oposición pretenden atentar contra la vida de Perón. En el muelle, frente a la cañonera, es apostada una compañía de infantes de marina en actitud de combate, lo que obliga a reforzar las guardias en el buque paraguayo. 

Figura 9:
 

Mayor Máximo Alfredo Renner, ayudante de Perón en el período crítico anterior a su alejamiento del país.

En la noche del 23, un oficial argentino -previamente obligado a dejar su armamento- asciende a la nave: “manifiesta al comandante que existe el rumor de que Perón hablará por radio a la población. Si eso sucede –le advierte- el barco será atacado”. El marino paraguayo le responde en tono firme: no hay a bordo radio para transmitir a las ciudades, y cualquier agresión será repelida. La cañonera es alejada algunos metros del muelle. 

Figura 10:
 

Perón a bordo de la cañonera Humaitá, a la espera de las tensas negociaciones entre la embajada paraguaya y el gobierno militar de la “libertadora”.

Por fin, el 24, el gobierno provisional da un comunicado: "en forma terminante, el gobierno provisional ofrece toda clase de garantías al ex presidente de la nación, general Perón, embarcado en una nave militar perteneciente a una país amigo y en donde ha buscado asilo voluntario" 

Figura 11:
 

En una actitud que se repetiría en el futuro la clase media argentina daría rienda suelta a su odio antiperonista. Fueron la más eficaz herramienta de la oligarquía para el consenso social que todo golpe de facto necesita.

Hacia Asunción

Se suceden nerviosas tratativas con las nuevas autoridades. El 25, la Paraguay sale de la rada, donde la espera otra cañonera -la Huamita- lista para zarpar. Sin embargo el gobierno provisional se opone a que Perón se aleje por vía fluvial, remontando el Paraná. Es que, pasados los primeros momentos de desconcierto, el pueblo comienza a reaccionar. Se teme que Perón pueda volver a tierra y sublevar unidades en el Litoral, o que su presencia produzca una conmoción popular incontrolable. 

Figura 12:
 

Una vista de la cañoñera Paraguay en la rada del puerto de Buenos Aires.

El nuevo canciller, Mario Amadeo, se muestra favorable a facilitar el trámite para que Perón viaje a Asunción. Pone a disposición del general Cardozo un avión para que se traslade a su país y consulte al presidente Stroessner. Así se hace, y el mandatario paraguayo dispone el envío de un hidroavión del tipo Catalina, para que Perón sea llevado a destino. 

Figura 13:
 

Dos vistas de la cámara del capitán de la Paraguay, cedidas a Perón durante su estadía en el buque.
Por fin, el 3 de octubre ultimado el acuerdo entre ambos gobiernos, parte de Asunción el Catalina PBY-T 29, tripulado por el capitán Leo Nowak, el teniente Angel Souto y el subteniente Edgar Usher. Acuatizan hacia el mediodía, en las proximidades de la Paraguay. La maniobra no es fácil, porque el río está agitado. 
Figura 14:

Cubierta de la cañoñera Paraguay.

Desde la cañonera se desprende un chinchorro que se aproxima al hidroavión. En él viaja Perón, a quien acompañan el canciller Amadeo, el embajador Chávez, el general Cardozo, el mayor Cialceta y el capitán de navío Barbita. Amadeo, cumplimentando los compromisos asumidos, entrega a Perón el salvoconducto, y el expresidente se ubica en la aeronave. 

Figura 15:
 

Avión Catalina PB-Y-T-29, de la fuerza aérea paraguaya. Piloteado por el capitán Leo Nowak, este aparato transportó a Perón a Asunción.

Después de algunos intentos, dificultados por el fuerte viento, el Catalina logra despegar. Al tomar altura, Perón echa una última mirada hacia Buenos Aires, entrevista tras una cortina de niebla. En cinco horas, volará sobre Asunción. 

Figura 16:


Avión en que el presidente del Paraguay, general Alfredo Stroessner, salió al encuentro del avión Catalina que traía al Paraguay al general Perón.




Fuente

lunes, 22 de diciembre de 2025

Guerra del Paraguay: Batalla de Humaitá

Batalla de Humaitá

Revisionistas






Batalla de Humaitá – 18 de febrero de 1868

Guerra de la Triple Alianza. Marcos Paz, vicepresidente de la República Argentina, había muerto en Buenos Aires por la epidemia de cólera que traída del frente de guerra, se propagó como una maldición durante el verano de 1867-68. La verdad es que los brasileños – dueños casi únicos de la guerra, pues solamente del Imperio llegaban refuerzos y armas – se pusieron serios con Mitre después del feo desastre de Tuyú-Cué y le impusieron volverse a Buenos Aires. Constitucionalmente no era necesaria su presencia, no obstante la muerte de Paz, porque el gabinete desempeñaba sus funciones (no había ley de acefalía) y faltaban escasamente ocho meses para la conclusión del período presidencial. Pero Brasil quería apresurar la conclusión de la guerra.

Alejado Mitre (para no volver más), las perspectivas fueron más risueñas para Brasil: Caxias volvió a tomar el mando en jefe. Tal vez no había leído a Federico II, pero llevaba a Mitre la ventaja de ganar batallas.

Sin el general en jefe todo resultaría fácil. El 19 de enero el almirante Inácio fuerza el paso de Humaitá; el 24 dos monitores brasileños llegan hasta Asunción y bombardean la capital paraguaya. Dominado el río por los brasileños, no le era posible al mariscal mantener las fortificaciones de Humaitá y Curupaytí, y el 10 de marzo hizo el repliegue del grueso de su ejército por el camino del Chaco. Apenas dejó cuatro mil hombres de Humaitá para cubrir la retirada. En canoas, chatas y jangadas, los diezmados paraguayos que han defendido hasta más allá del heroísmo la línea de Curupaytí y Humaitá, cruzan el río Paraguay, y por el Chaco toman rumbo norte: en Monte Lindo vuelven a atravesar el río y acampan finalmente en San Fernando. Esa operación resulta un alarde de conducción y valor: es todo un ejército con sus bagajes y armas, heridos y enfermos, evacuando una posición comprometida y en presencia del enemigo. Dos veces cruzaron el río sin que “la escuadra de Brasil se diera por enterada de la doble y audaz maniobra”, dice Arturo Bray.

El coronel Martínez quedó en Humaitá como cebo para inmovilizar al ejército aliado. Pero ya la fortaleza inexpugnable carecía de objeto. El julio recibe la orden de abandonarla con sus pocos efectivos clavando los 180 cañones que no pueden transportarse. Pero el impaciente mariscal Osorio quiere darse la satisfacción de tomarla por las armas y ataca con 8.000 soldados. Martínez hará en Humaitá y con Osorio la misma defensa de Díaz en Curupaytí y ante Mitre: lo deja acercar hasta las primeras líneas y allí lo envuelve en la metralla de su fuego de artillería. Muy cara pagaría Osorio la pretensión de entrar en Humaitá tras un ataque; finalmente se vio obligado a desistir y ordenar la retirada. Fue Humaitá la última gran victoria paraguaya. Pero más afortunado que Mitre, Osorio ha dado a tiempo la orden de retirada y consigue salvar gran parte de sus efectivos. Los cambá (negros brasileños) entrarían en Humaitá y en Curupaytí solamente después de que el último paraguayo las hubiera evacuado el 24 de julio. El 23 a la noche, Martínez ha hecho salir por el río a los efectivos postreros, hombres y mujeres. El 24 al amanecer los brasileños izan la bandera imperial en la ya legendaria fortaleza; poco antes lo habían hecho en Curupaytí. No es feliz la retirada de Martínez a través del Chaco. Los heroicos defensores de la fortaleza han debido sacrificarse para proteger el repliegue del grueso del ejército; van por el Chaco hostilizados por fuerzas muy superiores, ametrallados desde el río por la escuadra. Inácio y Osorio quisieran vengar en Martínez el respeto que le han tenido a Humaitá durante tres años. Finalmente la diezmada guarnición queda encerrada en Isla Poi; logra resistir durante diez días y debe rendirse agobiada por el hambre y el número. Se rinden así los últimos paraguayos que quedaban en ese teatro de guerra. Conmovido, el general Gelly y Obes, hace desfilar a los nuestros “ante los grandes héroes de la epopeya americana”. Hermoso ejemplo que nos debe llenar de orgullo.

Un paraguayo no puede rendirse, aunque la inanición le impida moverse y la falta de municiones no le permita contestar el fuego enemigo. Solano López, ya convertido en el frenético “soldado de la gloria y el infortunio” que dice Bray, es implacable con quienes no demuestran tener su mismo temple. Es imposible ganar la guerra y no han sido prósperas las gestiones de una paz honrosa. Por lo tanto el solo camino que queda a los paraguayos es la muerte; dar al mundo una lección de coraje guaraní.

El coronel Martínez se había conducido como un héroe en su defensa de Humaitá y en su imposible retirada por el Chaco. Pero se había rendido. No importa que contara con mil doscientos hombres y mujeres sin más uniforme que un calzón desgarrado, un quepí, sin pólvora para su fusil de chispa, ni alimentos, frente a tropas veinte veces superiores. Pero el mariscal se había rendido y eso no le era permitido a un paraguayo: la palabra “rendición” había sido borrada del léxico. López declara traidor al defensor de Humaitá.

Los tres años de guerra injusta y desproporcionada han hecho del atildado Francisco Solano una verdadera fiera: está resuelto a morir con su patria y no comprende ni perdona otra conducta. Ni a sus amigos ni a sus jefes más capaces ni a su misma madre y hermanos. Ante todo está Paraguay y por él sacrificará sus afectos más caros. No es la suya una conducta “humanitaria”, seguro; pero López no es en aquella agonía un ser humano sometido a la moral corriente. Es el símbolo mismo de un Paraguay que quiere morir de pie; un jaguar de la selva acosado sin tregua por sus batidores.

En esa última etapa de la guerra nacerá la versión del monstruo, del tirano sanguinario, del gran teratólogo, que alimentaría medio siglo de liberalismo paraguayo. Se le imputaron hechos terribles y no todo fue leyenda urdida por el enemigo. Hay cosas que estremecen, pero pongámonos en la tierra y en el tiempo para juzgarlos; en ese Paraguay de fines de la guerra envuelto en un halo de tragedia. Pensemos en los miles de paraguayos muertos en los combates por defender su tierra o caídos de inanición o de peste en la retaguardia. Sólo así puede juzgarse ese conductor que no puede perdonar a quienes manifiestan flaqueza, hablen de rendirse o tengan simplemente otro pensamiento que no sea morir en la guerra. Para comprenderlo hay que tener un corazón como el de los paraguayos y un alma lacerada por la inminencia de la derrota de la patria. Porque ocurrirán ahora cosas espantosas: el fusilamiento del obispo Palacios, los azotes y el fusilamiento de la esposa de Martínez, la muerte de los hermanos de López, acusados de conspiración; la prisión y los azotes de sus hermanos y hasta de su misma madre. En la atmósfera de tragedia, se yergue la figura del mariscal implacable, convencido de que a los paraguayos, con él a la cabeza, sólo les queda disputar palmo a palmo el querido suelo o morir.

Fuente

Bray, Arturo – Solano López Soldado de la Gloria y el Infortunio, Asunción  (1984)

Efemérides – Patricios de Vuelta de Obligado

Portal www.revisionistas.com.ar

Rosa, José María – La Guerra del Paraguay y las Montoneras Argentinas, Buenos Aires (1985)

Se permite la reproducción citando la fuente: www.revisionistas.com.ar


viernes, 5 de diciembre de 2025

Argentina: Descalzi explora el Bermejo y es apresado por la dictadura paraguaya

15 de junio de 1826 

Nicolás Descalzi recorre el Bermejo y es apresado por los salvajes paraguayos


El piloto Nicolás Descalzi con una pequeña embarcación inicia la exploración del río Bermejo, levantando un prolijo plano de esa vía fluvial. Terminada la exploración se
dirigió a Asunción del Paraguay donde fue apresado y se le apropiaron de todas sus pertenencias entre ellas el citado plano.
Permaneció en la cárcel durante seis años regresando luego a Buenos Aires. 


sábado, 15 de noviembre de 2025

Guerra del Paraguay: Las trincheras nocturnas de Thompson

Las trincheras nocturnas




HACE 159 AÑOS LOS PARAGUAYOS APRESTAN SUS TRINCHERAS EN PLENA NOCHE EN PUNTA ÑARÓ Y PUNTA CARAPÁ


Apagado el eco de la batalla de Yataity Corá, los paraguayos aprovecharon la oscuridad de la noche para  comenzar a excavar sus trincheras casi en las mismas barbas del enemigo.
Los chaflaneros de los batallones  6º y 7º empezaron la tarea, supervisados por el director de obras, el Ingeniero Inglés Thompson.
Las tropas de seguridad estaban a cargo del Coronel Elizardo Aquino, quien dispuso que cien fusileros en posición de guerrilla estén atentos ante cualquier movimiento de los Aliados. En algunos sectores estos fusileros de guardia estaban tan mezclados con los caídos, putrefactos o momificados, de la batalla del 24 de mayo, que era imposible distinguir, en la noche, los vivos de los muertos.
Thompson realizó el delineado de la trinchera a la luz de una linterna, que se oculto de la vista del enemigo con cueros de vaca tendidos en los árboles.
Los guaraníes colocaron sus fusiles en tierra y comenzaron a cavar una trinchera de una vara de ancho por una de profundidad, tirando la tierra hacia adelante para cubrirse lo más posible de la vista del enemigo.
Contaba el Ingeniero Inglés, que estaban tan cerca de las líneas enemigas que se escuchaba claramente la conversación de los centinelas, las risotadas y hasta la tos de los soldados aliados.
Se tomaron todas las precauciones posibles, pero seguro que en algún momento de la tenebrosa noche se habrán chocado las palas, picos y azadas de los zapadores paraguayos. Pero por suerte el enemigo no había advertido absolutamente nada.
Con las primeras luces del día sábado 14 de julio de 1866 los aliados se dieron cuenta, con estupor y admiración, que los paraguayos estaban instalados y prestos a combatir hacia el extremo izquierdo en una larga trinchera de más de 700 metros de largo. Esta trinchera estaba dividida en dos sectores. Uno, el más extenso, que cerraba el boquerón del norte, denominado Punta Ñaró y el más pequeño que cerraba el boquerón del sur, llamado Punta Carapá.
Natalicio Talavera escribió que el susto de los aliados fue tremendo, ya que creyeron en un inminente ataque paraguayo. En el campo enemigo se dió la alarma, se dispusieron en posición de combate y se inició un intenso cañoneo sobre los guaraníes.
Los paraguayos continuaban tranquilamente los trabajos. Comunicando las nuevas trincheras con las líneas cercanas a Paso Gómez.
Fueron los días previos a las grandes batallas del Sauce y del Boquerón de la muerte, del 16 y 18 de julio de 1866 respectivamente.

martes, 2 de septiembre de 2025

Guerra del Paraguay: La hecatombe de Boquerón

El Boquerón de la muerte hace 159 años





El miércoles 18 de julio de 1866 se reanuda el combate, a las 06:30 de la mañana, en el boquerón de las trincheras del Sauce. El enemigo tenía que conquistar las líneas paraguayas cueste lo que cueste.
Las tropas argentinas al mando del Comandante Elías y del Coronel Domínguez avanzaron por el frente y el flanco izquierdo. El General Monteiro con los brasileños y otros tantos argentinos avanzó por el bosque hacia la posición paraguaya.
El Mayor Coronel defendía Punta Carapá y oponiendo una débil resistencia, se replegó protegido por los cañones del General Bruguez. Los aliados lo siguieron y sufrieron terribles pérdidas a causa de los certeros disparos de las piezas de artillería de a 68 de los paraguayos.
El boquerón que los aliados tenían que recorrer en su avance, era un corredor de 40 metros de ancho por 400 de largo hasta las líneas paraguayas. A ambos lados bosques tupidos y cerrados en donde estaban posicionados los fusileros paraguayos.
 Los aliados avanzaron con temerario arrojo bajo el fuego cruzado de los guaraníes. El General Flores asumió el mando del ataque y ordenó al Coronel Palleja que ataque la trinchera principal paraguaya con el batallón Florida y la tercera división argentina.
Nada detenía el denodado pero inútil avance de los argentinos y uruguayos. Contaba el Coronel Crisóstomo Centurión:

Los cuerpos que venían a vanguardia sufrieron horriblemente, en cuyas filas se abrían inmensos claros que volvían a cerrarse, siendo reemplazados los que caían por otros que venían más atrás. Marchaban en confusión tropezando unos con otros sobre los cadáveres mutilados de los caídos y de los heridos que exhalaban sus gritos de dolor. Al llegar a la trinchera cesaron los tiros de la artillería, también calló la fusilería y se desarrolló una terrible lucha cuerpo a cuerpo.





El General argentino Garmendia contaba:
Aquellos demonios de paraguayos se batían desesperados, embriagados por el frenesí de la batalla, parecían leones enfurecidos. Habían cesado las detonaciones que aturden, dominando el sonido seco de los aceros que se chocan en el entrevero y cruzan con el horror de la muerte. Defendían sus trincheras ciegos de coraje a bayonetazos, con piedras y balas que lanzaban con la mano, paladas de arena que arrojaban para cegar al asaltante, a culatazos, a golpes de escobillón, a sablazos, a botes de lanza. La defensa estaba a cargo del General Díaz.

El Coronel Palleja, oficial español al servicio del ejército uruguayo, llevó a sus tropas al ataque y estas lograron penetrar dentro de la trinchera paraguaya clavando en su parapeto una bandera y apoderándose de los cañones. Momentos después el mismo Palleja caía de un certero balazo en el pecho. Los hombres del batallón Florida, comandados por él, llevaron su cadáver hacia la retaguardia rindiéndole honores en medio de las balas paraguayas.
Mitre ordenó un segundo ataque. La columna aliada siguió el mismo camino que Palleja, sufriendo los efectos de la formidable artillería que defendía la trinchera paraguaya.
El Juan Crisóstomo Centurion contaba:
"De modo que aquel boquerón llegó a ser una voragine que tragaba masas de carne humana semejante a un monstruo insaciable"

A las 14:30, el general Flores dió la orden de retirada. Se luchó durante ocho horas. Los aliados, mientras se replegaban, seguían sufriendo el fuego de la artillería y fusilería paraguaya. No hubo orden de persecución. La victoria fue saludada en las trincheras paraguayas con grandes aclamaciones.


  • En la primera imagen, una foto, quizás, de la Compañía Bate, en donde se observa el homenaje de los soldados uruguayos a su jefe, el Coronel José Pons de Ojeda, conocido como León de Palleja, español nacido en Sevilla en 1816
  • En la segunda imagen se observa un dibujo de Walter Bonifazi. 

martes, 22 de julio de 2025

Literatura militar: Swamp of Blood. The Battle of Tuyuti (2000)




Williams, John Hoyt (2000). "A Swamp of Blood. The Battle of Tuyuti". Military History 17 (1).



Williams, John Hoyt (2000). "A Swamp of Blood. The Battle of Tuyuti". Military History 17 (1).


  • Si a usted le interesó este episodio de la Guerra del Paraguay, puede visitar la primera referencia a la batalla de Tuyuty.

miércoles, 9 de julio de 2025

Conquista del Chaco: La Compañía de Navegación del Río Bermejo


La Compañía de Navegación del Río Bermejo





Desde tiempos coloniales existió la inquietud de unir el altiplano boliviano con Buenos Aires mediante la navegación del río Bermejo. En 1790, el salteño Dr. Juan Adrián Cornejo, tras varios intentos, logró unir el río Tarija con el de la Plata en 42 días.

Natalio Roldán, explorador auténtico, acompañado por algunos amigos, sentados de izq a der: Aureliano Huergo, Natalio Roldán, Tte Gral. Emilio Mitre, Tte Gral. Bartolomé Mitre y su cuñado el Gral. Julio de Vedia.

A fines del siglo XIX, Natalio Roldán, un comerciante porteño de espíritu explorador, realizó más de 20 expediciones al Chaco, convencido de las posibilidades productivas y estratégicas de la región. Creía firmemente en el país, en sus instituciones y en su capacidad transformadora. Su visión era transformar la zona en un eje comercial clave entre Argentina y Bolivia.

Junto a su esposa Genara y su hermano Rufino, Roldán impulsó la Compañía de Navegación a Vapor del Río Bermejo, fundada hace un siglo (1869). El objetivo: explorar el Bermejo, estudiar su navegabilidad y colonizar el Chaco. La iniciativa fue apoyada por personalidades como Guillermo Matti, y financiada en parte por Francisco P. Molina, además de inversores como Juan Videla, Sebastián Casares y Agustín Cara. El presidente Sarmiento dio su respaldo.

 

Acción de la Compañía

Se contrató al ingeniero Tomás J. Page (llamado por Roldán “Comodoro”), y la empresa fue legalizada mediante la Ley Nacional N.º 354. El primer barco de la compañía, el "Sol Argentino" (101 pies de eslora), partió el 26 de febrero de 1871. Remontaron el Paraná, pasaron por Humaitá, recogieron a Roldán enfermo de paludismo, y el 12 de marzo ingresaron al río Bermejo.

La navegación resultó extremadamente difícil: bajantes, bancos de arena, rápidos, y obstáculos naturales como raigones y troncos. A mitad de camino, a la altura de Zorro Muerto, el barco encalló. El ingeniero Page consideró la expedición un fracaso, pero Roldán no se rindió. Con un pequeño grupo, remó 8 días hasta Fortín Rivadavia, enfrentando ataques indígenas y falta de víveres. Logró apoyo del gobierno de Salta y regresó para continuar la empresa.

Roldán reorganizó la operación desde tierra, conquistando la confianza de los indígenas mediante regalos y respeto. Grupos como los chunupíes, tobas, matacos y vilelas colaboraron. Instaló un campamento, limpió la costa y formó cuadrillas de trabajo. Se capacitó a los indígenas en el uso de herramientas, y se fijó un sistema de pago en bienes (ropa, tabaco, alimentos), ya que el dinero no tenía utilidad en la selva. Llegó a emplear casi 2.000 trabajadores indígenas.

Una vez canalizado el río, eliminado los escapes y taponamientos, y corregido el cauce con empalizadas y obras hidráulicas, el "Sol Argentino" fue liberado y alcanzó Fortín Rivadavia. El grupo regresó a Buenos Aires el 22 de febrero de 1872, casi exactamente un año después de haber partido.

La expedición demostró la viabilidad técnica del proyecto, pero dejó consecuencias. Se produjo una ruptura definitiva entre Roldán y el ingeniero Page, a quien el Directorio removió del cargo, dejando a Roldán como único responsable de la dirección técnica y ejecutiva del proyecto.

Rufino Roldan

A pesar de los avances, el hundimiento del último vapor en 1884 marcó el fin del emprendimiento. Zonas como Salta y el sur de Bolivia quedaron aisladas. Las causas del fracaso: desinterés estatal, intereses creados, falta de continuidad y abandono político. Sin embargo, el ejemplo de Natalio Roldán perdura como símbolo de lucha, sacrificio y visión transformadora.

En palabras del Ing. Luis A. Huergo (Instituto Geográfico Argentino, 1886), Roldán fue un hombre de carácter firme, cuya lucha de más de 17 años representa un modelo moral y patriótico. Y como señaló el Dr. Adolfo A. Dávila, su nombre quedará para siempre ligado al Bermejo, como sinónimo de esfuerzo nacional por conectar el norte con el mar.

martes, 10 de junio de 2025

Guerra del Paraguay: Paraguay obliga a Argentina a ingresar a la guerra

13 de Abril de 1865

Paraguay ataca a la ciudad de Corrientes

Se inicia la guerra de la Triple Alianza



Fotografía del Vapor "25 de Mayo" y su tripulación en 1861. Muchos de ellos morirán con la captura del vapor por parte de las fuerzas paraguayas. Otros más, sufrirán un penoso cautiverio. El vapor capturado, servirá bajo bandera paraguaya durante varios años de la guerra.

Surtos en el puerto de la Ciudad Capital de la Provincia de Corrientes, se hallan dos buques argentinos, el "25 de Mayo" y el "Gualeguay".
Ambos buques se encuentran en el puerto para realizar reparaciones. Se hallan desarmados, y con sus tripulaciones disminuidas, o con permiso de tierra.
La mañana del 13 de abril de 1865, cerca de las seis, cinco vapores paraguayos se aparecen frente a las costas de la Ciudad de Corrientes. Pronto toman posiciones, y atacan a los indefensos navíos argentinos, sin declaración de guerra, en una acción sin ningún tipo de provocación.
Los marinos argentinos , superados en número, intentan una resistencia heroica, pero pronto son sometidos y tomados prisioneros. Trescientos marineros paraguayos capturan a cerca de ochenta marinos argentinos, varios de los cuales, ya rendidos, son degollados inmediatamente por los guaraníes. Arrían el pabellón argentino, arrojando la bandera al suelo, gritando vivas por el Mariscal Solano López. Algunos marinos que intentan evitar la captura, se arrojan al agua, y son baleados, muriendo todos ellos.
En tanto, 2.500 hombres del ejército paraguayo desembarcan en la Ciudad de Corrientes, ocupando la Ciudad Capital de la Provincia homónima. Otras columnas paraguayas invaden por distintos pasos la Provincia Mesopotámica, sumando un total de 27.000 hombres.
Los marinos sobrevivientes, pasaran el resto de la guerra en cautiverio en condiciones infrahumanas. Muchos morirán en presidio.
La ocupación paraguaya de la Ciudad de Corrientes será muy dura y cruel. Habrá secuestros, violaciones, destrucción de propiedades argentinas, y fusilamientos sumarios. Incluso, se secuestrará a cinco mujeres, algunas con sus hijos pequeños, y se las llevarán al Paraguay, las famosas "Cautivas correntinas".
El Gobernador legítimo, Manuel Lagraña, logra escapar con algunos soldados al interior de la provincia con intención de reunir hombres, para repeler la invasión paraguaya.
Los invasores, a su vez, imponen un gobierno títere, sujeto a las decisiones de Asunción.
Cerca de un año se tardará en expulsar a los invasores, de la Provincia de Corrientes, a costa de sangrientas batallas, como Yatay y Pehuajó.
El ataque paraguayo, provocará la entrada en la guerra de la República Argentina.

martes, 17 de diciembre de 2024

Guerra del Chaco: Boquerón

Boquerón, la tragedia de la sed




Camión utilizado en la Guerra del Chaco para el transporte de agua.

Si es verdad que allende los dominios de esta vida terrenal existe un infierno para los malvados, y si en ese infierno hay tormentos físicos, a buen seguro que el de la sed ha de estar reservado para los más grandes pecadores que mueren sin contrición. No hay tortura, física o moral que pueda igualar, o compararse siquiera, a la agonía horripilante del sediento. La falta de agua altera el cerebro con una suerte de locura agotadora, que entumece todas las inclinaciones nobles y buenas, destruye el dominio de sí mismo y convierte al hombre más reposado en una fiera, que ruge, brama y se enfurece ante la sola visión, real o imaginaria, de una gota de agua que humedezca la lengua. Quien haya visto un ser humano pereciendo de sed bien puede reclamar para sí el triste privilegio de haber presenciado la escena más dolorosa que ofrece el melodrama de la vida ingrata de las luchas, porque casi siempre se lleva las de perder. La sed no tiene siquiera ese amago de belleza exótica de los profundos dramas. Es tan sólo la más grosera manifestación de la humana miseria, fría y repelente como el espumarajo de muerte que arrojan los labios del sediento. No impresiona, sino que horroriza; no inspira lástima, sino que infunde pavor.

El espectro de la sed apareció desde el primer día de la batalla de Boquerón, en la Guerra del Chaco. Fuese por la escasez de los medios de transporte o a causa de aquella inexplicable falta de organización inicial de los paraguayos, fruto de su ingenuidad y producto de su excesiva fe en los procedimientos conciliatorios, lo cierto es que el precioso líquido llegó a faltar a los combatientes a poco de iniciadas las operaciones contra el reducto enemigo, en cuya conquista iba todo el prestigio de Paraguay.

Desde el primer momento, los Comandos Superiores y subordinados se sintieron inquietos; pronto esa inquietud se trocó en angustia, y la angustia en desesperación. Los hilos telefónicos vibraron sin cesar transmitiendo mensajes que eran otros tantos pedidos clamorosos. De Isla Poí, precaria base que sustentaba el orden de batalla paraguayo, se respondía asegurando que de allí partían los camiones-tanques dentro del plan prefijado y con ajuste a los horarios establecidos; se despacha –afirmaban desde allá- suficiente cantidad de agua para dar de beber seis litros diarios a cada soldado. La información, con ser alentadora, no podía satisfacer, y menos resolver el problema, calmando la angustia. No es que se pusiera en duda la diligencia de los órganos de retaguardia, a cuyo cargo estaba este importante, mejor dicho vital, servicio de abastecimiento, pero era el caso que el agua no llegaba, o llegaba en cantidad tan escasa que su distribución resultaba una tarea más que difícil, dolorosa. Solamente más tarde se habría de descifrar el misterio de los miles de litros de agua que se despachaban de Isla Poí para no llegar nunca a Boquerón: la llamada “recta” con sus 40 kilómetros de extensión, encerraba ese misterio. A lo largo de ese camino, que parece trazado sobre la plancheta de un topógrafo con escuadra y tiralíneas, se escalonaba el siempre inevitable apéndice de todo ejército que marcha o que combate, las obligadas cuentas que los preliminares de la batalla van desgranando, en grande o pequeña cantidad, hacia los portales entreabiertos del templo de Jano…

Mientras tanto, los primeros escalones comienzan a experimentar una escasez que va orillando una crisis peligrosa. Se producen escenas de horror. Hay compañías y batallones que no beben desde hace cuarenta y ocho horas. El fragor del combate y la altísima temperatura contribuyen a poner un sombrío telón de fondo a este episodio, único en su género, de la guerra chaqueña. El olor de la pólvora, ese olor irritante de la cordita en combustión, y el hedor de los cadáveres insepultos vician la atmósfera hasta provocar náuseas; el sol del Trópico, implacable y calcinante, quema con sus rayos despiadados la piel sudorosa y bronceada de los combatientes y hace reverberar la selva con los destellos de una inmensa quemazón. El polvo fino del desierto occidental se atraganta en los pulmones hasta convertir la respiración del hombre en mugido de bestia. Detrás de cada arbusto, de cada tronco de quebracho o de algarrobo, está un combatiente agazapado jadeante; de vez en cuando, levanta su fusil para hacer un disparo o introduce un nuevo cargador en el almacén de su arma; y en los intervalos de esta lucha tan intensamente personal, escarba la tierra con sus uñas para buscar un abrigo que proteja las partes más vulnerables del cuerpo contra los proyectiles enemigos, que pasan veloces con su silbido característico para incrustarse en el ramaje o cortar un gajo con ese golpe seco, inconfundible, que se asemeja al chasquido de una fusta. Los árboles, a fuerza de tantos impactos, van convirtiéndose en esqueletos, esqueletos que abren sus descarnados brazos en ese inmenso campo santo de bárbara desolación. No son ya ráfagas sino verdaderos vendavales de plomo. Y qué lejos estaban entonces de aquellas elaboradas trincheras, de aquellos sólidos parapetos, de aquellos cómodos “pagüiches” con cubrecabeza de quebracho que se conocieron más tarde, en Saavedra, en Nanawa, en Toledo!

En Boquerón sólo había el pecho del soldado! Y hallar un zapa-pico o una azuela era un presente de los dioses! Al poco tiempo, el ansia de beber se torna en delirio, y ese delirio en locura. Los soldados piden de beber y sus oficiales, hombres también pero más sujetos al dominio de sí mismos por esa esclavitud que impone el ejercicio de una severa auto-disciplina se muerden los labios y crispan los puños en un gesto de impotencia, incitándoles a no ceder, a esperar un poco más porque el socorro ha de venir pronto. Las caramañolas hace tiempo que están vacías y es inútil que, en el desahucio de una esperanza que nació muerta, los labios se apliquen al aluminio del recipiente, que ya nada contiene. El último vestigio de resistencia física va abandonando a los sedientos y la razón, que ya no razona, da en vagar sin rumbo en aquel páramo sin oasis del sufrimiento humano. Los hombres se tienden boca arriba, abandonan a ratos su fusil y así permanecen como extasiados, en actitud de pedir al cielo un remedio para sus males o un fin más cercano o menos doloroso; o de cara a la tierra, succionar el suelo en busca de una veta, que saben no está ni puede estar allí, o escarban con sus manos para dar con el hipotético “yby-á”, pulposo tubérculo con que los aborígenes suelen calmar la sed. Arroyitos de mi pueblo, arroyitos cristalinos de mi “valle”, rumorosos manantiales de mis “pagos”, clama la imaginación encabritada de cada sediento en un fantástico remolino mental, persiguiendo un imposible. Sus labios están amoratados y entreabiertos, dejando ver la lengua que, muy hinchada y de color azul subido, asoma entra las comisuras sombreadas de espuma amarillenta; el rostro, desfigurado por la mueca de una tortura indecible, algo tiene de aquella repulsiva expresión del Gwymplain de Victor Hugo; los ojos saltones, como queriendo fugarse de las órbitas para interrogar el por qué de tanto horror. Algunos, enloquecidos del todo por la más feroz de las locuras y con esa fuerza que adquieren los dementes en el paroxismo de la enajenación, se incorporan a duras penas y tratan de echar a correr hacia las líneas enemigas, porque alguien lo ha dicho, y muchos lo han repetido, que allí hay agua en abundancia, un extenso “pirizal” de cristalina y tentadora superficie, y hasta un molino de viento! Mirajes que sólo existieron en la imaginación de aquellos mártires! Se lucha dos días por la posesión de un “tajamar”; el solo anuncio de la proximidad del agua vale más que todas las arengas. A punta de bayoneta, con furia incontenible, realizando proezas de valor, gastando y desgastando las últimas reservas de energía física y moral, se llega al tajamar para encontrar que… tan solo es otro miserable embuste con visos de leyenda, de esos que, en forma misteriosa, suele engendrar la excitación turbulenta de una batalla. El “tajamar”, si es que eso ha sido alguna vez, esta seco.

 
Pero hay que contener a esa gente que pugna por acercarse a las líneas enemigas, hay que poner una camisa de fuerza a estos “locos”, a estos heroicos y sublimes locos que, en la inconciencia de su desvarío, no miden ni pueden medir las consecuencias de un acto tan irreflexible como estéril. La disciplina, esa majestad que reina y gobierna sobre el campo de batalla con la férula del más implacable rigorismo, y aún de crueldad, debe imponerse a la carne doliente y vencer al instinto. La sed es grande, pero el deber es más grande todavía! Y por eso, los oficiales, ahogando todo sentimiento de piedad, porque así lo requiere la lógica inflexible del deber, se ven obligados a golpear con el cabo de sus pistolas la cabeza de aquellos desdichados hasta hacerles perder el conocimiento y evitarles, de tal suerte, la humillación sin ventajas del cautiverio o la muerte aterradora y solitaria del que se atrevía en el desierto. Ese joven oficial, niño casi, que hace frente a las peripecias de la guerra con la escasa ciencia y experiencia de sus veinte años, también tiene sed; también su garganta, seca como el parche de un tambor, está ronca de dar voces de mando, de aliento, de consejo. Manda, implora y hasta ruega. Y en el ejercicio de sus funciones como conductor de hombres, perdido ya en el laberinto de su extenuado raciocinio, se ve por momentos compelido a recurrir a la piedad de una mentira o la acidez de una amenaza. Pero antes que nada, sobre todas las cosas, está su deber de razonar, de “mandar” siempre, aún en las peores circunstancias y en la más estrecha de las encrucijadas. Así le enseñaron un día en sus tiempos de cadete, diciéndole que el oficial paraguayo no depone nunca las armas ante ningún enemigo, y menos cuando ese enemigo aparece disfrazado con el ropaje de su propia flaqueza.

Mucho le han predicado entonces sobre la necesidad del saber dominarse a sí mismo antes de pretender dominar a los demás. Y a la memoria le viene aquella frase que es todo un mandamiento militar de legítimo corte espartano: “Ser soldado es no comer cuando se tiene hambre, no dormir cuando se tiene sueño, no beber cuando se tiene sed…”. Y ahora, mi Teniente, mi joven guía de hombres y de voluntades, es llegado el momento de demostrar a la faz de tus soldados que te miran y te juzgan, que no fueron vanas tantas enseñanzas, que no llegaste un día a los dinteles de la Escuela Militar a abrazar la profesión de las armas tan solo seducido por la ridícula vanidad de llevar un sable al cinto. Hora es de evidenciar ante este tribunal inexorable que las aptitudes de mando no están, como algunos simulan creer, en el dorado transitorio de las presillas sino en la reciedumbre del corazón y que, quien viste el uniforme militar, no como un hábito sacerdotal sino como una mera prenda decorativa, se engaña a sí mismo sin engañar a los demás. No basta la mímica del oficio, de fácil aprendizaje hasta para los más negados, hay que agregarle la vocación, la vocación honda y espiritualmente sentida. Sobradamente humano es que tu joven corazón se rebele y se desgarre ante el martirio de estos hombres que la nación ha puesto en tus manos para conducirlos a la victoria o a una muerte digna, pero … golpea, mi Teniente, golpea con furia hasta hacer saltar borbotones de sangre, porque es la Patria misma la que golpea por tus manos! Así salvas las vidas de tus soldados, bien que prolongándoles la agonía en un gesto paradójico, de difícil, casi imposible, comprensión para aquellos que contemplan la guerra desde la cómoda butaca del espectador.

La razón ha de imponerse, aunque como suele acontecer en no contadas ocasiones, se imponga apelando a la fuerza bruta como medio persuasivo, como recurso final. Un cadete, adolescente aún, se extravía en la selva en una desesperante búsqueda de agua y sólo es hallado tres días después, cuando ya en los estertores de la agonía, masticaba inconciente las raíces de una hierba venenosa. Los camilleros le conducen al Puesto de Socorro más próximo, sobre una perihuela improvisada; hay que sujetarle de pies y manos porque en la furia de su delirio arremete contra todo aquel que se pone a su alcance. El médico separa con trabajo sus mandíbulas con una cuchara de hojalata y, gota a gota, va vertiendo el agua vivificante en aquella boca, de cuyos labios sólo salen quejidos de moribundo. Más allá, un sargento de línea, magnífica estampa de zagal robusto, se abraza a una planta de cactus y roe desesperado las fibras de su tallo, sin reparar en las espinas que se clavan en su rostro, en sus manos, en su pecho desnudo, hasta convertirlo en un retrato vivo del evangélico Ecce Homo; ha perdido por completo la lucidez de su entendimiento, y en su desvarío, alterna sollozos con palabras incoherentes; errante el cerebro, de sus labios surge, sin embargo, una exclamación, un llamado de esos que sirven de plegaria al hombre en sus momentos de suprema orfandad: “¡Mamá… che Mamita!” Invocación estéril que llega al alma y cuyo eco se pierde en la lóbrega inmensidad de aquella tierra desolada. Uno de sus compañeros trata de levantarlo para humedecer sus labios con unas gotas de jugo de limón, pero sus miembros, fláccidos ya por la proximidad de la muerte, no responden, y sus ojos se cierran…, se cierran lenta y pesadamente, llevando a la eternidad la imagen de este “mejor bosquejo que pueda darse del juicio final”. En otro sector de la línea, un comandante de pelotón hace de un enorme tacho de cocina un mingitorio colectivo, teniendo antes cuidado de eximir de la contribución voluntaria a los que espontáneamente se declaran enfermos de cierto mal originado por el “dulce pecado”; hecha la recolección y luego de echarle un poco de yerba, se distribuye el líquido por cucharadas y todos beben con fruición el inmundo desperdicio del organismo humano. Un oficial de reserva se abre una vena del brazo izquierdo con una hoja de afeitar para beber su propia sangre, y cae desfallecido por la hemorragia que no puede contener. Soldadito paraguayo, soldadito heroico que sufriste sed en Boquerón, cuando la victoria final levante arcos triunfales al vencedor afortunado y al sobreviviente feliz, cuando el público asunceño aclame a los laureados de la fama, ¿se acordará alguien de ti? ¿O te sentarás, como Lázaro, a la puerta para recoger las migajas del festín? Soldadito de mi patria, cuando en los años por venir, apagada la novedad de esta contienda, vayas arrastrando los achaques de tu vejez por las calles de tu ciudad o de tu pueblo, en demanda de una limosna, tal como tu generación hizo con aquellos corazones de bronce de otra contienda, ya muy lejana y casi olvidada, ¿habrá una mano cristiana y cariñosa que te alargue un mendrugo de pan? Y si muy cerca ya de esa tangente que define el misterio de la vida y de la muerte, blancos los cabellos, enfermo el cuerpo y marchitas las ilusiones todas, te rehúsan todavía la última misericordia del que va a partir, diles, soldadito bueno de la Patria: “Por el amor de Dios, un vaso de agua, yo estuve en Boquerón…!”.
 

Las mulas de la artillería y los montados de los oficiales reciben como ración diaria de agua el contenido de un plato de los reglamentarios en el ejército, es decir, escasamente medio litro, y muchas veces, ni siquiera eso; las pobres bestias, víctimas mudas de este gran crimen, que es la guerra, y para las cuales esa miseración es como una cucharadita, caen extenuadas en las “picadas” y en los “cañadones” para allí aguardar la liberación por una muerte inevitable y espantosa, si antes una mano compasiva no pone término a su sufrimiento con un tiro de pistola a la altura de la testera. Enjambres de mariposas, de las que harto apropiadamente se denominan “cadavéricas” y que parecen llevar la imagen macabra de la Muerte en el blanco pardusco de sus alas diminutas, se posan sobre estas osamentas y envuelven los restos a manera de un sudario que se agita al viento al ritmo de un incesante aleteo.

En las Ambulancias Divisionarias, y Puestos de Curación, la falta de agua se hace sentir con más crueldad aún. Los instrumentos de metal bruñido se hunden en las carnes del herido sin previa ebullición, porque el agua disponible apenas da para hacer beber unos sorbos a los que, agotados y febriles, piden una gota, nada más que una gota. A sol y sombra están las largas hileras de camillas, cada una con su cargamento de dolor, con un pedazo de sangrante humanidad que espera paciente un poco de alivio y de consuelo. La tarea de los cirujanos se cumple en silencio y ordenadamente. La Cruz de Ginebra, sujeta a lo alto de un esbelto palo santo, parece acoger a estos pobres despojos con el abrazo abierto y amplio de una hermosa candad. En el tronar de la batalla, esta insignia universal es como un remanso de paz, que algo tiene de caricia en su elevado simbolismo, y algo también de brutal sarcasmo ante la incomprensible mentalidad humana, que destroza y destruye con la misma estudiada diligencia con que se trata de reparar después! Para los que sufren, y en la guerra son muchos si no todos, la visión de esa bandera de amor y de hermandad es como una venda color de rosa sobre sus ojos doloridos.

Entre tanto, en la famosa “recta” los camiones tanques que han logrado sortear las acechanzas del largo trayecto, llegan para ser pronto asediados por multitudes incontenibles. Los conductores se defienden como pueden contra ese montón enloquecido y sin freno. En la estación de llegada de los vehículos se han congregado representantes de todas las unidades que se hallan en la línea, enviados allí por orden y recado de sus superiores. Estos son los menos. Los más son los desesperados, enloquecidos por el demonio de la sed, que se han alejado de sus puestos de combate para saciar sus ansias y anticiparse así a los demás; sólo un pensamiento los domina, y es beber, beber antes que otro, beber siempre. El sentimiento de camaradería está embotado; nadie piensa en su compañero, en el prójimo que, más paciente o más disciplinado, continúa en primera línea el asedio al fortín enemigo. El tormento de la sed horada el cerebro de estos infelices con el hierro candente del más refinado egoísmo.

Otros hay que aparecen llevando a cuestas, y ensartadas entre dos palos, todo un rosario de caramañolas ajenas, y se resignan a esperar la distribución para poder llevar algo a sus camaradas de la línea de fuego. Cientos de recipientes y de jarros de todo tamaño y especie se agitan en el aire, reclamando prioridad en la distribución que tarda en hacerse. El desbarajuste, engendrado por la impaciencia, toma cuerpo y avanza con el rugido amenazador de una tempestad, tempestad de apetitos inmoderados e inmoderables, que ahoga todo lo bueno, todo lo generoso con que el humano suele cubrir su primitiva complexión de irracional. Brilla el sable de un gendarme militar que, jinete en zaino de escuálida figura, intenta poner orden en aquel tumulto, pero es pronto arrancado de su cabalgadura y echado por tierra a manos de los que, con la furia de un mar embravecido, avanzan incontenibles sobre los vehículos. Suena un tiro, no se sabe de dónde, y la sangre dibuja una rúbrica sobre el tostado barrizal del camino. Los sedientos trepan a los camiones y allí, a golpe de puño o de yatagán, se disputan la primicia de un sorbo de agua que apague ese incendio diabólico que los devora por dentro. Y en su egoísmo, comprensible al fin porque no es lícito pedir que en esta copia legalizada de las torturas infernales lo racional domine a lo animal, no comprenden que sus camaradas, más sufridos o menos audaces que ellos, no recibirán nunca ni una gota de esa agua, si en su distribución no entra el orden y la disciplina. De pronto, alguien, criminal inconciente, dispara su fusil contra el tanque de agua hasta ahora tenazmente defendido; el líquido salta a chorros y el montón –ese montón de conciencias sin conciencia- se arroja con ímpetu sobre la cinta de agua, se apretuja, cede y retrocede, para terminar lamiendo la tierra en cuya superficie apenas ha quedado una tenue humedad de lo vertido en esta orgía del deseo. Hasta que la presencia de un Jefe, sereno pero resuelto, impone su autoridad para restablecer la disciplina.

Tales fueron las escenas diarias de Boquerón. Al cabo de dos semanas largas, alguna organización se hizo y el agua ya no faltó, si bien nunca fue abundante, como no podía serlo porque los factores adversos estaban fuera del alcance de la voluntad humana en aquel sitio y por aquellos tiempos. Aquel triunfo aparente de la indisciplina, o mejor expresado, aquel desborde de una enajenación circunstancial, cuyos sufrimientos físicos, llevados al límite de lo humanamente soportable, hicieron saltar los resortes de toda reflexión, constituye un fenómeno de simple explicación patológica, sin relación alguna con los valores intrínsecos de la moral y del coraje. Fue tan solo una congestión transitoria, y sólo Dios sabe cuan justificada, de las facultades humanas. Los cuadros de desenfreno que con pálido e inadecuado colorido se ha ensayado pintar, no oscurecen sino que iluminan la gloria de Paraguay. Porque… a pesar de todo, los paraguayos vencieron en Boquerón. ¡Vencer al enemigo fue duro! Pero vencer a la sed ¡eso fue portentoso!

En el transcurso de aquellos catorce días que duró la penosa odisea de la falta de agua, las líneas paraguayas se mantuvieron firmes, sin que se aflojara un solo eslabón de la cadena de hierro que aprisionaba a los sitiados, no se descuidó un solo resquicio del vigoroso asedio que iba ahogando la resistencia enemiga. Y muy justo y conveniente es que así se proclame para que se haga carne en la conciencia pública que la reconquista de Boquerón no se hizo con un simple despliegue de fuegos de bengala ante un pávido adversario, sino agotando hasta las raíces mismas la energía humana para vencer al invasor, que bien se defendía, y a la sed que puso lo mejor de su empeño en hacer añicos aquella admirable capacidad de resistencia de la tropa paraguaya y en dislocar las aptitudes de mando de sus oficiales, cuya falta de experiencia estuvo suplida con una voluntad indoblegable. No es cierto, pues, como afirma un cronista de la guerra y conocido escritor, que el ejército paraguayo en Boquerón fue una turba, es decir, una “muchedumbre desordenada y confusa”, a estar por la definición académica, algo así como una legión de “sans-culottes”, extraños a toda ciencia y a toda virtud militar. El grifo abierto de un lirismo, no siempre serenamente encausado, no excusa ni autoriza el libre empleo de ciertos términos que, a más de ser inapropiados, resultan agraviantes. Agraviantes para la memoria de los que se fueron y para la dignidad de los que sobreviven. No, en Boquerón los paraguayos vencieron con un gran ejército, improvisado, es verdad, y pleno de las tareas de la improvisación, máxime de aquellas realizadas bajo el fuego enemigo, pero un gran ejército, no una turba. Grande, si no por los medios materiales, por su espíritu, por su energía, por su unidad absoluta de pensamiento y de acción. Con las “turbas” se triunfa a veces, en las callejuelas del motín y se asaltan barricadas derrochando coraje y entusiasmo; pero sólo con un Ejército se gana una batalla.

En Boquerón vencieron la ciencia, el valor y la fuerza, vale decir, la trilogía que encierra el secreto del éxito en toda operación de guerra.

Fuente 

Bray, Arturo – Primicia de sangre – Ed. El Lector – Asunción, Paraguay (1987). 

Efemérides – Patricios de Vuelta de Obligado. 

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