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viernes, 19 de mayo de 2017

Roma: ¿Y si Arabia hubiese sido romana?

¿Y si Arabia hubiese sido una provincia romana?
JAVIER SANZ — Historias de la Historia


Pues no es tan descabellado el asunto, y cerca estuvo de serlo. Los geógrafos romanos dividieron la península arábiga en tres grandes territorios poco definidos más allá del llamado Limes Arabicus: la Arabia Petrea, el antiguo reino de los nabateos que ocupaba aproximadamente la actual Jordania, el Sinaí y el sur de Siria, que fue anexionado por el Cornelio Palma en tiempos de Trajano como provincia romana hasta que el empuje del Islam se la arrebató a Bizancio en el 635; la Arabia Deserta, insondable e inhóspito centro de la península habitado por tribus nómadas, y la Arabia Felix, extremo suroeste de la península equiparable en dimensiones a los actuales Yemen y Omán y presunto lugar donde estuvo ubicado el legendario reino de Saba que aparece mencionado en la Biblia.



Nos centraremos en este último territorio, la Arabia Felix, el más atractivo para la implacable codicia romana. Ya los viajeros griegos llamaban a aquel territorio “la fértil arabia” (εὐδαιμονία), por influencia del semítico oriundo y-m-n que significaba fértil, debido a la fecundidad de aquel rincón costero y montañoso de la península arábiga donde sí que llovía regularmente, había ríos irregulares y agua potable y era punto inevitable de paso y peaje en el comercio marítimo de especias provenientes del Lejano Oriente. Además del monopolio de la canela índica, en aquellas tierras agrestes se producía incienso (tan demandado en todos los templos de la Ecúmene y bien pagado por los comerciantes) y un pequeño fruto que al tostarlo servía como bebida estimulante. Todavía hoy se toma café con el nombre del puerto árabe desde donde se exportaba: Moca.



Ante aquel halo de riqueza no tardarían en asomarse las urracas. No hubo personas más codiciosas en toda la Antigüedad clásica que los gobernadores provinciales romanos, aquellos pretores que sabían que su mandato fuera de Roma era efímero y el beneficio inmenso si se tenía pocos escrúpulos. Corría el año 26 a.C. Cleopatra y Marco Antonio llevaban muertos cuatro años y el primer gobernador romano de Egipto, el poeta y amigo personal de Augusto, Gayo Cornelio Galo, había sido depuesto por pasarse esquilmando la provincia de Egipto; en su lugar ejerció la pretura Aelio Galo, hombre de oscuro pasado y ningún logro militar previo digno de mención.

Parece ser que por orden directa del princeps, el prefecto Aelio Galo emprendió una “exploración armada” desde su residencia de Alejandría hacia Arabia Felix. Dion Casio y Plinio el Viejo dan noticia de la misma, así como de la gran amistad del prefecto con un geógrafo griego al que había conocido durante su pretura y que, al final, sería el único que sacase provecho de aquella expedición: hablamos de Estrabón. Aquel griego curioso ya lo había acompañado hasta la frontera sur de la provincia, Asuán, recorriendo el Nilo y sus territorios y, a sabiendas de su afán de describir hasta el último rincón de la Ecúmene, bien pudo ser uno de los inductores de esta arriesgada incursión en tierras incógnitas, ricas y presuntamente hostiles.

La expedición empezó mal, y lo que mal empieza, peor acaba. Aelio Galo confió en un guía nabateo de dudosa reputación llamado Sylleus que desde el principio de la campaña los hizo atravesar un territorio desértico y abrasado por el sol y con poca agua con la que abrevar bestias y sofocar la sed. Como le pasaría a la Armada española siglos después, Galo fue derrotado por los elementos antes de lanzar un solo pilum a los jinetes árabes. Después de seis meses de padecimientos inenarrables tratando de alcanzar esos tesoros que custodiaba la inmensa Arabia, hostigado por los jinetes y el clima severo del desierto por igual, el prefecto decidió volver a Alejandría. Había perdido dos terceras partes de sus tropas en el intento. Quizá a causa de este descalabro monumental, poco tiempo después fue destituido como gobernador de Egipto, cargo que le fue adjudicado a un mejor militar y amigo íntimo de Augusto, Gayo Petronio, el futuro vencedor de Meroe… Pero esa es otra historia.

viernes, 13 de noviembre de 2015

¿La legión perdida terminó en China?

¿QUÉ FUE DE LA LEGIÓN PERDIDA?
 
JAVIER SANZ — Historias de la Historia


A finales de la primavera del 53 a.C., un enorme ejército romano comandado por Marco Licinio Craso, el hombre más rico y arrogante de Roma, triunviro junto a César y Pompeyo y gobernador de Siria en aquel año, se adentró en territorio parto dispuesto a lograr en los confines de Asia el honor y la gloria que no podía comprar con su inmensa fortuna. Fue el 9 de Junio cuando se encontró con el general parto Surena al frente de un contingente de caballería ligera y catafractos (caballería pesada) Aquel enfrentamiento se produjo en la desolada planicie de Carrhae (hoy Harrán, en Turquía), y se saldó con la más ignominiosa derrota de un ejército romano en Oriente. De los cerca de 40.000 efectivos que movilizó Craso, sólo volvieron a Siria unos 6.000 hombres al mando del cuestor Cayo Casio Longino (uno de los posteriores asesinos de César). Unos 20.000 legionarios dejaron su sangre y vida en el desierto, así como Craso y su hijo, pero… ¿Qué sucedió con el resto?



La leyenda de la legión perdida es fascinante; sabemos por Plutarco y Tito Livio que no todos los prisioneros fueron esclavizados en las minas de Bactriana (hoy Afganistán), sino que una parte de ellos pudieron ser utilizados como tropas auxiliares en los confines del Imperio Parto, formando una primera línea de choque cerca del río Oxus (hoy Amu Daria) ante la presión de los nómadas de las estepas, los hunos.

Nunca más se supo de ellos; Marco Antonio trató de invadir Partia unos años después dispuesto a vengar a Craso y su expedición contra el rey Fraates acabó en un absoluto desastre, sumando casi 10.000 muertos más a la lista negra que rodeaba la campaña parta. Años después, Augusto, menos beligerante y más diplomático, trató de recuperar las águilas, pero sólo consiguió un intercambio de prisioneros sobre el 19 a.C. Y tras las postreras gestiones del princeps, el olvido se tragó a los cautivos de Carrhae hasta que la tecnología y el conocimiento global de la Historia nos ayudaron a atar cabos; recientes investigaciones nos permiten conjeturar una hipótesis tan insólita como factible: quizá los extraños soldados que mencionó el historiador chino Ban Gu en su relato sobre la defensa de la ciudad de Zhizhi en el 36 a.C. (hoy Dzhambul en el Uzbekistán) pudiesen ser los restos de las legiones de Craso; este cronista describió en su biografía de las gestas en los confines de Xinjiang del general Gan Yanshou como se encontraron con hombres veteranos y muy disciplinados que se fortificaban en campamentos cuadrados de madera y que luchaban siempre «alineados y desplegados en una formación como de escamas de pescado», una descripción muy gráfica del testudo romano… ¡Una legión contra los ejércitos de la dinastía Han!



Tras duros combates, la ciudad de Zhizhi cayó y los chinos deportaron cerca de un millar de aquellos bravos soldados, alojándolos sobre el año 5 d.C. en una nueva ciudad en el territorio de Zhelaizhai, ya a las puertas del desierto del Gobi, a la que llamaron Li-jien (adaptación de la palabra legión, que era como los chinos conocían al fastuoso país que se extendía más allá de Alejandría, el Imperio Romano) Este lugar cambió de nombre años después, siguiendo las tendencias de Confuncio, para llamarse Jie-Lu (que significa cautivos)



A día de hoy, en Zhelaizhai sigue habiendo personas de ojos azules o verdes, rubias o pelirrojas, o con nariz aguileña y cabello rizado; además, en los habitantes de la zona hay una coincidencia del 46% con el ADN de la población europea… ¿Serán los herederos de la Legión Perdida?