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jueves, 5 de noviembre de 2026

Chile: El Boinazo de Pinochet (h)

“Boinazo” a Aylwin por un hijo de Pinochet

Pocos momentos en la historia de Chile un caso de corrupción termina sacando militares a la calle para amedrentar al poder civil. Lo ocurrido en mayo de 1993 fue uno de esos tristes casos, que se adornó con otras demandas institucionales pendientes.




El 28 de mayo de 1993 la imagen de militares con boinas negras y tenidas de camuflaje sorprendió al país: Un problema familiar de Augusto Pinochet ligado al manejo irregular de dineros de uno de sus hijos llevó al Ejército a provocar una crisis con el mundo político.


Por Oscar Sepúlveda P. || La Segunda


Escudriñar en lo ocurrido en Santiago de Chile ese viernes 28 de mayo de 1993 es un ejercicio tenso, nervioso y a ratos incluso triste, pero necesario.

El tiempo transcurrido desde entonces –casi tres décadas– ayuda a separar lo esencial de lo accesorio, y a distinguirlo negro del blanco, superados temores y sensibilidades que en esos años imponían lecturas en extremo cautelosas.

A Patricio Aylwin –quien acababa de cumplir entonces tres de los cuatro años que duraba el mandato para el que había sido elegido en 1989– le tocó vivir entre fines de mayo y comienzos junio del 93 una nueva pesadilla, y esta vez a la distancia, porque desde hacía una semana se encontraba fuera de Chile, en gira por los países nórdicos de Europa y la Rusia de Boris Yeltsin, acompañado de cuatro de sus ministros: Alejandro Foxley, Edgardo Boeninger, Enrique Silva Cimma y Alejandro Hales.

Personaje principal de ese episodio que remecía al país y agitaba los cuarteles, una vez más, era Augusto Pinochet Ugarte.
Habiendo perdido, en el plebiscito del 5 de octubre de 1988, la conducción del gobierno que ejerció a sangre y fuego durante 17 años, y utilizando una norma estipulada en su Constitución de 1980, permanecía aún al mando del Ejército como capitán general, uno de los tantos rasgos sui generis de la llamada “transición” chilena que eran incomprensibles para el mundo. Hoy hasta el nombre de esa etapa resulta controversial.

Cuando avisaron al Presidente Aylwin, en medio de una cena oficial en Copenhague, que los altos mandos militares en Chile se estaban movilizando nuevamente por orden de Pinochet –y esta vez, además, luciendo boinas negras, propias de las tenidas de combate–, el septuagenario gobernante debe de haber sentido una mezcla de desagrado y temor, pero no de sorpresa. Mal que mal, el primer gran gesto de amenaza lo conoció en diciembre de 1990 –cuando daba los primeros cuidados a la recién nacida criatura democrática, que aún ni siquiera cumplía un año–, bajo el tragicómico eufemismo de “ejercicio de enlace”.

Para Aylwin, lo que ocurría ahora en Santiago era uno más de los tironeos que él supo que tendría que soportar desde el minuto en que aceptó convertirse en Presidente elegido por el pueblo, pero bajo las reglas dictadas por la Constitución de Pinochet

Para Aylwin, lo que ocurría ahora en Santiago era uno más de los tironeos que él supo que tendría que soportar desde el minuto en que aceptó convertirse en Presidente elegido por el pueblo, pero bajo las reglas dictadas por la Constitución de Pinochet. De hecho, cuando en las reuniones de coordinación del cambio de mando, Aylwin insinuó al general derrotado que sería mejor para la democracia que él renunciara y aceptó recibir de vuelta esa irónica respuesta de que “nadie lo va a defender mejor que yo”, intuía en lo que se estaba metiendo.

Lo que asomaba en el trasfondo de ambas movilizaciones militares, bien lo sabía Aylwin, era uno de los problemas que más preocupaba al general: los efectos para él, su familia y su institución, del escándalo de los “pinocheques”. Se trataba de documentos por 971 millones de pesos (unos tres millones de dólares de esa época) girados por el Ejército a la cuenta del mayor de sus hijos varones, Augusto Pinochet Hiriart, por la compra de su empresa Valmoval, que se encontraba en quiebra. En 1990, el asunto derivó en la formación de una comisión investigadora de la Cámara de Diputados, que presidió el PPD Jorge Schaulsohn. Según este parlamentario, los cheques habían sido usados por el hijo de Pinochet para pagar deudas contraídas en razón de créditos conseguidos para sostener su empresa.

De todos los sinsabores que el poder trajo a Pinochet, sin duda que lo relativo a sus hijos era lo que más lo conmovía. Me lo comentó él mismo en una entrevista que me concedió ese año para el diario “La Época”. El lugar escogido para ese encuentro periodístico fue el Comando de Telecomunicaciones del Ejército, ubicado en los faldeos de la cordillera, en La Reina. Acudí esa mañana acompañado del editor fotográfico del diario, Miguel Ángel Larrea. Pinochet se mostraba,al comienzo, un tanto desconfiado sobre lo que le iba a preguntar, pero finalmente adoptó un tono distendido y cordial, mientras unos cuarenta generales lo esperaban en medio de un notorio nerviosismo para conocer las evaluaciones de la Junta Calificadora de la institución, es decir, para saber si continuaban o pasaban a retiro. Hablamos largamente de ello, del proceso de reinserción del Ejército en la nueva etapa que vivía el país y de varios otros temas. Cuando le pregunté qué haría ante la evolución del proceso por el caso de los millonarios cheques pagados por la institución a su hijo, se puso melancólico, hizo una mueca con la barbilla, y confesó que las cosas que más le dolían en la vida eran los problemas que le originaban sus hijos con sus líos de negocios. La sola mención de los “pinocheques” puso en alerta al coronel Mortimer Jofré, su ayudante, quien le recordó que lo estaban esperando hace largo rato los demás generales, lo que había parecido no importar al ex dictador. En ese momento concluyó la entrevista. Mientras nos dirigíamos con Larrea hacia la salida, venía llegando el general Jorge Ballerino, quien me había anunciado que quería estar presente durante la reunión.


–¿Y por qué te vas yendo? –me interrogó, nervioso.
–Porque ya hice la entrevista –le respondí.

–¡¿Cómo?! Pucha, yo no alcancé a llegar, mi chofer tuvo un problema con el auto. ¿Y qué pasó? ¿Qué te dijo mi general?
-¡Uf, fue bombástica la entrevista! Llega a echar humo la grabadora –me sonreí mientras le mostraba mi casetera Sony.


No sé si la cara de angustia que puso Ballerino fue sobreactuada o real, pero me divertí con la broma.

En la lectura que hacía Pinochet, acostumbrado como estaba a considerar que él y la institución eran prácticamente lo mismo, el revuelo en torno a los cheques pagados a su hijo no era más que una persecución política y una vendetta en contra del Ejército. Pese a la presión militar y a los esfuerzos del gobierno por administrar la crisis en 1990, luego de una investigación parlamentaria en la Cámara de Diputados el asunto parecía haberse cerrado. Sin embargo, cuando ya muchos lo daban por enterrado, se conoció públicamente la decisión del Consejo de Defensa del Estado(CDE) de traspasar a la justicia el caso por considerar que había presunción de delitos.




La contraparte en las negociaciones del Ejercito con el gobierno fue el general Jorge Ballerino, de larga relación con Pinochet. Aquí se ve como su edecán el 11 de septiembre de 1980, cuando se aprobó la Constitución. Al lado mira Margarita Riofrío de Merino, esposa del Almirante José Toribio Merino.

Ello motivó la amenazante reacción de Pinochet: La mañana del viernes 28 de mayo las calles en torno al palacio de La Moneda amanecieron envueltas en oscuros nubarrones, y no solo por el cielo gris con que se inauguraba esa fría jornada otoñal, sino también por los numerosos uniformes verde oscuro con manchas de camuflaje y las boinas negras de los militares apostados en los exteriores del edificio de las Fuerzas Armadas, en la esquina de la Alameda Bernardo O’Higgins con Zenteno, desde cuyo quinto piso el general Pinochet ejercía su nuevo estatus de comandante en jefe.

Comandos portando de forma visible armamento de guerra escoltaban el ingreso y salida de generales y otros altos oficiales, e impedían acercarse a los numerosos periodistas chilenos y corresponsales extranjeros que intentaban averiguar qué estaba pasando.

Coronaba la escena el bamboleo irónico de la Llama de la Libertad que el gobierno militar había instalado en el denominado Altar de la Patria, en plena Plaza Bulnes, como un homenaje a los héroes nacionales.

Horas tensas se vivían dentro y fuera de La Moneda. Desde las distintas regiones del país confirmaba el acuartelamiento y estado de alerta grado uno en que se encontraban las unidades militares y la creciente inquietud en las otras instituciones de la Defensa. No eran pocos los que temían un nuevo golpe de Estado. En los días previos había corrido insistente el rumor de un nuevo “ejercicio de enlace”, similar al realizado en diciembre de 1990.

La primera y obvia interpretación sobre la agitación castrense apuntaba a una reacción ante el titular publicado esa mañana por el diario “La Nación”, que anunciaba: “Reabren caso cheques del hijo de Pinochet”. El antetítulo agregaba: “Ocho generales citados a declarar ante la justicia”. La información aludía al traspaso realizado un mes antes por el Consejo de Defensa del Estado al 5º Juzgado del Crimen de los antecedentes de la compra de la empresa en crisis Valmoval, de Pinochet Hiriart. Sin duda, ese era el motivo central del movimiento en el tablero, aunque a medida que pasaban las horas el petitorio de los generales se iría ampliando a otros temas, que si bien también les resultaban preocupantes desde antes, en esta ocasión les resultaba oportuno plantearlos para hacer más presentable el pliego de demandas,y evitar que esta manifestación se interpretara como motivada solo por un problema familiar que angustiaba a su líder.

Cuando esa mañana el brazo político del comandante en jefe, el general Jorge Ballerino, pidió, en nombre de un Pinochet enfurecido, ser recibido en forma inmediata por el Vicepresidente de la República, Enrique Krauss, se deslizaron las primeras exigencias extras del Ejército. Sin embargo, todos sobreentendían que la situación del hijo de Pinochet era lo crucial. El titular que llameaba desde todos los quioscos era lo que hizo estallar la crisis. Una vez más, la gran historia era gatillada por una puntual herida personal.

Que el Ejército no tenía espacio para un golpe, es una aseveración fácil de formular hoy, pero no había certeza de ello en esos primeros años post dictadura saturados de peligros.

Esas consideraciones las debe de haber tenido en cuenta Krauss al ofrecer tan prestamente a Ballerino una salida a la impasse con La Nación: “No te preocupes, de eso yo me encargo”, le dijo, en respuesta a la solicitud de un desmentido del diario. El Vicepresidente estimaba que necesitaba ofrecer algo rápido para bajar la presión, puesto que frente a la decisión del Consejo de Defensa del Estado, en proceso de autonomía legal, nada podía hacer. Menos aun cuando Aylwin un mes antes había sido informado por el presidente del CDE, Guillermo Piedrabuena, de que pensaban traspasar los antecedentes a la justicia y no se había opuesto. “Haga lo que le indica la ley”, le respondió el mandatario.

A medida que pasaban las horas el petitorio de los generales se iría ampliando a otros temas, que si bien también les resultaban preocupantes desde antes, en esta ocasión les resultaba oportuno plantearlos para evitar que esta manifestación se interpretara como motivada solo por un problema familiar que angustiaba a su líder

Tras hablar Krauss con el ministro secretario general de Gobierno, Enrique Correa, sobre la exigencia del Ejército de que“La Nación” desmintiera su titular, apelando al vinculo legal del Ejecutivo con ese medio, el vocero quedó de hablar con el diario. Llamó primero al director, Abraham Santibáñez, quien se encontraba en una recepción. Habló entonces con el subdirector, Alberto Luengo. Cuando este le comentó el titular que pretendía dictarle el general Manuel Concha, director del Comité Asesor –“Ejército actúa conforme a la ley en el caso cheques”–, Correa coincidió en que esa exigencia era, además de absurda, improcedente, y le dijo que el diario se sintiera libre de hacer lo que estimara conveniente de acuerdo a sus criterios editoriales. La solución encontrada fue no llevar titular al día siguiente. En su lugar, solo una foto de los militares emboinados y embetunados. De esa forma, La Nación dio su propio boinazo en medio de ese clima tenso.

El asunto no tuvo mayores costos, porque el pliego de peticiones ya se había extendido a otros varios asuntos. Para los mismos generales, exceptuado Pinochet, no era cómodo aparecer centrando toda su fuerza en la protección del hijo del jefe.

A medida que pasaban las horas, en la reunión entre deliberativa y conspirativa que sostenía el cuerpo de generales de Ejército en los salones de Zenteno la tensión no bajó; más bien se incrementó.


 


El ministro del Interior, Enrique Krauss, enfrentó esta crisis como vicepresidente de la República, en una de las jornadas tensas que tuvo durante el gobierno de Aylwin. Aquí en otro momento: una visita de uno de sus nietos a La Moneda.

Pinochet encontraba insuficientes las respuestas del gobierno y no creía en sus explicaciones. Y mientras empezaba a ampliarse el pliego de demandas –incluyendo ahora la aceleración de los juicios a oficiales inculpados de violaciones a los derechos humanos; el no exponer a los funcionarios citados a los tribunales al escarnio de manifestantes; el retiro de la anunciada reforma a la ley orgánica de las Fuerzas Armadas; el desbloqueo de un centenar de asuntos administrativos por parte del Ministerio de Defensa, y la renuncia del titular de esa cartera, Patricio Rojas, a quien responsabilizaban de esas trabas–, surgían voces exaltadas que proponían nuevas demostraciones de fuerza, entre ellas se mencionó hasta la posibilidad de un ingreso a La Moneda. ¿Una simple visita de los generales? ¿Un copamiento? ¿Una toma del palacio?

La impasse con La Nación había sido solo el comienzo de una serie de delicadas conversaciones con el Ejército en que entraron Krauss y Correa, en los días siguientes. Como Vicepresidente de la República, Krauss invitó a Pinochet a dialogar en La Moneda, pero él no aceptó. Contrapropuso un recinto militar, a lo que Krauss se negó. Finalmente, consensuaron un encuentro en la casa del general Ballerino, en Vitacura. Allí se revisó la extensa lista de problemas que el Ejército pedía solucionar. Krauss se comprometió a hacer gestiones para resolver algunos de esos temas y estudiar otros. Lo que descartó de plano, por no estar entre sus facultades, fue acceder a la petición de cambiar al ministro de Defensa, Patricio Rojas, a quien Pinochet siempre ninguneaba y trababa de evitar. Respecto del subsecretario de Defensa, Marcos Sánchez, Krauss planteó que se podría pensar en un cambio, y agregó que de momento pondría a trabajar en los temas administrativos a su propio asesor Jorge Burgos. Tampoco aceptó firmar un acta con esos acuerdos como en un momento pidió Pinochet. Sí se concordó formar un equipo bilateral de trabajo para avanzar en el abordaje de esa agenda.

A medida que trascendían cada vez más contenidos sensibles de esas reuniones con los militares, otros asesores se encargaron de convencer al Presidente Aylwin de que era indispensable emitir desde Noruega una señal de autoridad: “No hay ni podría haber, ni el gobierno aceptaría, ningún tipo de petitorio que implicare ejercicios por parte de instituciones de la Defensa de deliberación o de actividades en el campo político. El gobierno no negocia con instituciones sujetas a obediencia respecto del gobierno”, declaró Aylwin.

El Ejército comunicó días después al gobierno que daba por suspendidas las medidas de presión.

Cuando Patricio Aylwin volvió al país, lo primero que hizo fue citar a Pinochet y representarle su molestia por lo ocurrido. El general, en su estilo cazurro, le reiteró que no había desobediencia en la actuación del Ejército sino expresión de malestar por la cantidad de problemas que estaban afectando a su institución.

Las demandas más ambiciosas, como una reinterpretación de la ley de amnistía o, incluso,una ley de punto final, naufragarían más tarde por falta de piso político

El mandatario se negó a pedir la renuncia de Rojas y solo accedió a remover al subsecretario Sánchez, nombrando en su lugar a Burgos. La solución al resto de los temas seguiría siendo analizada por la vía institucional y por los equipos de trabajo que ya estaban avanzando. Algunos asuntos lograron pronta solución. La ley orgánica fue congelada y los juicios a militares decrecieron en intensidad y empezaron a volverse más discretos. Las demandas más ambiciosas, como una reinterpretación de la ley de amnistía o, incluso,una ley de punto final, naufragarían más tarde por falta de piso político.

El espinudo tema de los cheques pagados al hijo de Pinochet se selló dos años más tarde, cuando el Presidente Eduardo Frei Ruiz-Tagle pidió al CDE no volver a apelar y dar por cerrado el caso. Esto, luego de un picnic de militares de civil en Punta Peuco, como nuevo acto “creativo” de presión.

Tras el boinazo del ’93, en términos formales en el país no había pasado nada. La transición seguía su curso con aparente normalidad. Pero todos sabían –y en sordina comentaban– que a la democracia chilena la habían obligado a tomar un nuevo trago amargo, que afectaba su salud. El gobierno de Aylwin había aliviado los síntomas con unos calmantes y creyó haber terminado con esa enfermedad del pretendido tutelaje militar, pero no podría disimular nunca más la dolorosa mancha de debilidad que le marcó a fuego ese 28 de mayo el batallón de boinas negras, con armas automáticas y lanzacohetes, parapetado en torno a su cuartel general.


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miércoles, 23 de septiembre de 2026

Crisis del Beagle: Relatos de la vida de conscriptos chilenos

Ex conscriptos de 1978 relatan cómo vivieron el conflicto del Beagle

Un grupo de jóvenes fue trasladado al sur de Chile para defender la frontera del país de una invasión argentina que nunca llegó.
Diario El Día



Hoy rondan los 60 años, pero hace 40 años atrás, cuando apenas abandonaban la adolescencia, jóvenes conscriptos del entonces Regimiento “Arica” de La Serena fueron trasladados al sur del país para defender la soberanía chilena de una probable invasión argentina, en lo que se denominó el Conflicto del Beagle.

En la actualidad, los ex conscriptos del año 1978 anhelan que sus esfuerzos sean reconocidos por la sociedad y el Estado. Advierten que, de alguna forma, se sienten olvidados.

Un viaje inesperado

Segundo Tello, Humberto Lazo, Héctor Rojas, Víctor Echeverría, Mario Mendieta y Ricardo Prado son parte de un grupo de 37 jóvenes que hacían su Servicio Militar en el Regimiento Arica de La Serena a fines de los 70.

En 1978, Chile estaba enfrentado en un conflicto político con Argentina por la traza de la boca oriental del Canal Beagle. Un conflicto que sólo años después se hizo público en nuestro país en su total dimensión y que hasta el día de hoy ha sido poco conocido, y que el director Alex Bowen recreó muy bien en la película “Mi Mejor Enemigo” el año 2005.

Víctor Echeverría cuenta que durante su período de instrucción sabían que serían destinados a Arica, pero por filtraciones de otros soldados se enteraron de los cambios de planes y que viajarían a Punta Arenas. Algo en lo que coincide Mario Mendieta, quien señala que gracias a su padrino, que era suboficial mayor, se enteró que su destino serían las tierras australes.

“Me fui algo abrigado y con zapatos mocasines que se usaban en la época, y allá dábamos la hora porque era un clima distinto”, recuerda.

Héctor Rojas, recrea que el viaje se hizo bajo el amparo de la noche. “Todo el traslado nuestro fue nocturno, sin que la población se diera cuenta, en buses con cortinas cerradas, con el avión de Santiago a Punta Arenas despegando a las 2 de la madrugada y después llegamos al regimiento”.

Mendieta agrega que una vez que llegaron a Punta Arenas se juntaron. Un paso inicial en una relación fraternal que ha persistido en el tiempo. “Éramos 37, teníamos un capitán que nos mandó a todos al Regimiento Caupolicán. De ahí nos derivaron”.

Rojas enfatiza en que fueron días difíciles, “con soldados provenientes de distintos puntos del país, con hambre. Habían soldados que comíamos dos o tres de un mismo plato, dos cucharadas uno y luego dos cucharadas otro, realmente la pasábamos mal”. Después vinieron las designaciones.

Estadía y La última cena

De su estadía, Segundo Tello dice que nunca supieron a lo que iban. “Cuando llegamos nos encontramos con una realidad caótica, porque, primero, no teníamos ni siquiera un lugar dónde dormir. Durante un tiempo, dormimos en las galerías del estadio del regimiento y había militares por todos lados de la ciudad”, expresa.

Tiempo después, los conscriptos fueron distribuidos en distintos puntos de la frontera. “A mí me correspondió estar en una compañía de comandos en el Regimiento de Blindados Número 5 de Punta Arenas y luego, en terreno, en la frontera. Fui destinado a los alrededores de las cuevas de Pali-Aike en Punta Arenas, donde ya andamos de civil, de guerrillero: patilludos y con una ametralladora debajo del poncho”.

En los recorridos por la frontera, los conscriptos chilenos se encontraban con sus “colegas” argentinos. “Con ellos conversábamos y nos decían que tenían hambre y ganas de fumar. Nosotros lo único que teníamos era cigarrillos y les regalábamos”, asegura Segundo Tello, quien añade que “nos preguntamos mutuamente cuánto tiempo tenían allí, cuántas veces eran abastecidos o si tenían agua en forma permanente”, agrega.

Héctor Rojas recuerda que en esa época vivían prácticamente bajo tierra, “estábamos en una trinchera, durmiendo y comiendo allí”. En su caso, “éramos una especie de grupo de avanzada, éramos grupos de ocho, éramos el grupo de choque, barba, bigote, con guantes, bien desastrosos y más parecíamos mercenarios que soldados”.

Mario Mendieta, en tanto, fue destinado  al área de telecomunicaciones, en que le tocó interceptar mensajes y conocer más de la estrategia de los argentinos. Ahí se enteró de que por las noches los trasandinos hacían simulacros “en que se preparaban para el conflicto”.

Todos recuerdan la escasa comunicación que tuvieron con sus parientes, que atribuyen al reguardo dada las circunstancias.

“No teníamos televisor, celular como se usa ahora. Estábamos aislados y leíamos las cartas si es que llegaban, porque supe después que las quemaban. Hubiera sido bueno haberlas guardado porque estábamos in situ”, dice.

Lazo, señala que entre los efectos de la prolongada estadía en las trincheras, los conscriptos perdieron la noción del tiempo con el transcurso de los meses. “No sabíamos en qué día estábamos viviendo. Si era lunes o martes, daba lo mismo, sólo veíamos pasar las horas”.

Uno de los hechos que marcaron a estos exuniformados fue lo que se denominó la última cena.


“Me acuerdo de una navidad, el 19 de diciembre de 1978 fue el tiempo más crítico entre Chile y Argentina, a nosotros nos hicieron firmar un documento el cual podíamos enviar algo a nuestra familia, nos dieron la última cena, en que nos entregaron un escapulario. Era triste, llegaba la Navidad y nos dieron una bolsa con medio pollo, medio cartón de cigarros y caramelos, media botella de ron, y hacíamos té caliente, lo poníamos en el hielo para tomarlo como una bebida”.

Humberto Lazo cuenta que “en ese momento, nos pasaron un medalla de guerra para que en  caso de falleciéramos en combate, fuéramos reconocidos”.

Para Ricardo Prado, en tanto, como parte de la Unidad de Ingenieros, encargada de dinamitar puentes, plantar minas, repeler con bombas, ese diciembre le correspondió esperar en la avanzada. “Cuando estaban avanzando, lo único que faltó es que pasara un camión y se iniciara el combate”, dice.

Gracias a la mediación del Papa Juan Pablo II, un 24 de diciembre de 1978 se inició un diálogo que permitió que la guerra no se concretara. “Ese día comenzamos a respirar más tranquilos porque podíamos volver a nuestros hogares”, dice Lazo, quien había dejado a su polola en La Serena y con quien a su regreso, contrajo matrimonio.

El regreso tampoco fue una nota alegre para todos. Cuenta  Echeverría que fue  uno de los últimos en volver debido a las condiciones climáticas. “Cuando se mejoró el tiempo cruzó la barcaza y nos encontramos con la gente de Puerto Natales y nos dejaron en Santiago botados”, dice.

Relata que quedó a la deriva y que gracias a un compañero que tenía familia en Santiago permaneció en la capital por cerca de una semana, en un hecho que le parece increíble. “Me quedé una semana en Santiago y mi familia me estaba esperando”.

Los soldados desconocidos

La mayor parte de los exconscriptos coinciden que las circunstancias les forjó lazos especiales, pero Héctor Rojas enfatiza es el desinterés y poca empatía hacia quienes vivieron estos hechos.

Rojas, que se casó con una mujer argentina y tiene hijos de esa nacionalidad, señala que sabe que en Argentina a los soldados que estuvieron en el conflicto “salieron como excombatientes y con una jubilación”.

“Acá hemos tratado de pelear por algo como eso, que algo se recuerde.  Acá a todos se recuerda: se cayó alguien a un hoyo, lo sacan y lo recuerdan. A nosotros nadie nos recuerda a menos que hagamos este tipo de cosas para que sepan lo que realmente pasamos”, dice.

Rojas agrega que “como hombres y niños lloramos nuestras lágrimas porque estábamos lejos de la familia. Cada vez que nos juntamos es una alegría y una tristeza también, porque cuando un compañero se muere, nadie sabe directamente nada. Es bueno que la gente se recuerde que nosotros aunque fuera inconscientemente estábamos para defender un país y creo que es importante”.

Reconocimiento

Humberto Lazo es actualmente funcionario de la municipalidad de La Serena y en septiembre del 2017 fue invitado por el regimiento “Caupolicán” de Punta Arenas, para recibir una medalla por su participación en el conflicto por el canal Beagle.

Lazo indica que la unidad militar puntarenense cumplirá 50 años de existencia en abril del año 2019 y como una forma de homenajear a los jóvenes chilenos que se sumaron a las filas del Ejército para defender al país en el marco del Conflicto del Beagle, realizará un homenaje a los ex conscriptos.

Lazo reconoce que “la mayoría de quienes tenían 18 años en esa época no han regresado al sur, a esas tierras donde pasamos momentos muy difíciles y donde vivimos tristezas y alegrías, donde nos convertimos en camaradas”.

“Después de 40 años tendremos la oportunidad de recorrer nuevamente los lugares donde estuvimos desplegados (...) Para nosotros es un orgullo haber defendido nuestra  soberanía”, agrega.

 

jueves, 28 de mayo de 2026

Reyno de Chile: La mayor masturbación mental de la historia de América

Chile en 1810: entre aspiraciones, mapas y realidad



En los albores de 1810, cuando comenzaban a encenderse las primeras chispas de independencia en Sudamérica, el territorio que hoy conocemos como Chile no era aún una nación consolidada, sino una capitanía general del Imperio español, subordinada al Virreinato del Perú.
En los mapas de la época, el llamado Reino de Chile aparecía extendiéndose hacia el sur, proyectando su presencia sobre vastas tierras australes. Sin embargo, esa representación no reflejaba un dominio efectivo.
La realidad era distinta.

Más allá del río Biobío comenzaba un territorio indómito: la Araucanía, donde el pueblo mapuche mantenía una resistencia activa y sostenida frente a la corona española. Durante siglos, ni España ni Chile lograron un control pleno de esa región.

Y aún más al sur, en la inmensa y fragmentada Patagonia, el panorama era todavía más claro:
no existía una ocupación chilena real. Estas tierras estaban habitadas por diversos pueblos indígenas —como tehuelches, kawésqar y selk’nam— y permanecían, en gran medida, fuera del alcance administrativo efectivo de cualquier autoridad colonial.

Entonces, ¿por qué algunos mapas muestran a Chile extendiéndose sobre la Patagonia?
Porque en la cartografía colonial era común representar reclamaciones teóricas o jurisdicciones nominales, más que un control político o militar concreto. Eran mapas de aspiraciones imperiales, no de dominio real.

📜 En 1810, Chile no tenía un control efectivo sobre la Patagonia. Su presencia al sur era limitada, fragmentaria y en muchos casos inexistente. La consolidación territorial vendría mucho después, ya en el siglo XIX, tras procesos complejos, conflictos y expansiones estatales.


domingo, 10 de mayo de 2026

Crisis del Beagle: Acción submarina en el conflicto

Acción submarina en la crisis del Beagle


Las fuerzas de submarinos enfrentadas

Los submarinos argentinos operaron en un entorno muy hostil (aguas frías, fuertes corrientes, canales estrechos con poco espacio para maniobrar sumergidos, y riesgo constante de detección por aviones chilenos o buques de superficie). En cualquier caso, del lado argentino se contaba con apoyo técnico especializado para el apoyo ASW. El Comando de Aviación Naval operaba desde hacía años activos específicos como los S-2 Tracker, P-2 Neptune y Sea King que limitaba la libertad de acción chilena, pero también enfrentaba problemas operativos como las averías reales (ej. el San Luis con motor diésel al 50%, lo que lo relegó a zona segura). 

Los modelos clase Balao y GUPPY

Los submarinos clase Balao y los modelos GUPPY (Greater Underwater Propulsion Power Program) fueron dos generaciones de submarinos que desempeñaron papeles cruciales en las armadas de varios países, especialmente en América Latina.

Submarinos clase Balao

Los submarinos clase Balao fueron diseñados y construidos durante la Segunda Guerra Mundial por la Armada de los Estados Unidos. Se trataba de una mejora de los submarinos clase Gato, con mayor resistencia y una profundidad operativa mejorada. Alcanzaban una profundidad de prueba de 120 metros (400 pies) y tenían un desplazamiento de aproximadamente 1,500 toneladas. Con una autonomía considerable, su velocidad máxima sumergida era de alrededor de 9 nudos, y en superficie alcanzaban hasta 20 nudos. Eran conocidos por su robustez y eficacia en operaciones de guerra en el Pacífico durante la guerra.

Programas GUPPY

El programa GUPPY surgió después de la Segunda Guerra Mundial con el objetivo de modernizar los submarinos clase Balao y otros de su generación para hacerlos más eficaces en la guerra antisubmarina y permitirles competir con submarinos más modernos, como los alemanes tipo XXI. El programa GUPPY se centraba en mejorar la velocidad sumergida, la capacidad de la batería y el rendimiento hidrodinámico. Los submarinos modernizados bajo este programa tenían perfiles más hidrodinámicos, mejores sistemas de sonar y equipos de radar, así como motores eléctricos más potentes para aumentar la capacidad de maniobra bajo el agua. Aunque mantenían muchas características de los Balao originales, se convirtieron en submarinos más aptos para la guerra submarina en la era de la Guerra Fría.




Similitudes y diferencias

En común, ambos modelos compartían la estructura base de los submarinos diésel-eléctricos y su diseño estaba orientado a maximizar la capacidad de realizar patrullas prolongadas bajo el agua. Además, las dos clases participaron en importantes conflictos y fueron transferidos a armadas extranjeras.

Lo que los diferenciaba principalmente era el programa de actualización GUPPY, que incorporó tecnologías de postguerra, especialmente en lo referente a sistemas de propulsión, reducción de ruido y diseño aerodinámico, lo que aumentó la capacidad de operación sumergida.

Los submarinos enfrentados:

Aspecto
ARA (GUPPY II / Type 209)
ACh (Balao no modernizado, Simpson)
Velocidad sumergida
17-18 nudos (209) / ~15 nudos (GUPPY)
~9 nudos
Snorkel
Sí (209 y GUPPY)
No (o muy limitado)
Sonar
Modernizado (BQR-2/7 en GUPPY, CSU-83 en 209)
Anticuado (JT/QC)
Torpedos
Mk 14/37, SST-4 (en 209)
Mk 14/27 (vetustos)
Profundidad operativa
~200-250 m
~120-150 m
Ruido
Reducido post-GUPPY
Alto (diseño de la SGM)


Operaciones en América Latina

Varios países latinoamericanos operaron submarinos clase Balao y GUPPY en sus armadas. Argentina y Chile fueron dos de los principales usuarios de estos submarinos.

Argentina

Durante la crisis del Beagle a fines de la década de 1970, Argentina operaba submarinos de la clase GUPPY II, que eran el ARA Santa Fe y el ARA Santiago del Estero. Ambos eran modernizaciones de los Balao adquiridos a los Estados Unidos. Estos submarinos jugaban un papel esencial en las capacidades de patrullaje y disuasión del país.






Submarino clase IKL-209 ARA Salta (S-31) de la Armada de la República Argentina

Chile

Chile también contaba con submarinos clase Balao, uno ya dado de baja y otro que terminó siendo el que quedó remanente con capacidad de combate que era el ACh Simpson. Sin embargo, este no había sido modernizados bajo el programa GUPPY. Más aún, hasta pocos meses antes del conflicto, el Simpson (S-31) todavía montaba un cañón a popa de 127mm para atacar blancos no defendidos.



Imagen de un Grumman S-2E Tracker, similar al mencionado en esta entrada, tomada desde el periscopio de un submarino. Chile no tenía ningún un avión ASW equivalente. (Fuente: http://www.nuestromar.org/)



El submarino clase Balao ACh Simpson (SS-21) de la ACH. Al fondo se ve un crucero clase Brooklyn.

Durante la crisis entre Argentina y Chile en 1978, tras el fallo arbitral que otorgaba a Chile las islas Picton, Lennox y Nueva, la Junta Militar Argentina rechazó la decisión, lo que llevó a una escalada de tensiones entre ambos países. Ante la posibilidad de un conflicto bélico, las Fuerzas Armadas de Argentina planearon el “Operativo Soberanía” con el objetivo de invadir Chile y tomar las islas en disputa. La intervención del papa Juan Pablo II y un temporal en diciembre de 1978 evitaron la guerra, pero ambas armadas se prepararon intensamente para un posible enfrentamiento.

IKL-209 ARA "Salta"

En este contexto, el 8 de diciembre de 1978, cuatro submarinos argentinos zarparon de la Base Naval de Puerto Belgrano: los veteranos ARA Santa Fe (S-21) y ARA Santiago del Estero (S-22), junto con los modernos submarinos IKL-209 ARA Salta y ARA San Luis. Mientras tanto, la Marina Chilena, con una fuerza submarina en desventaja, solo tenía operativo el ACh Simpson, ya que el resto de sus submarinos estaba fuera de servicio.

El ARA Santa Fe fue asignado a patrullar la Bahía Cook, una posición estratégica para controlar el acceso al Canal de Beagle. Durante su patrulla, detectó la presencia de buques chilenos sin ser detectado, y aunque estuvo listo para el combate, cumplió con la orden de no atacar a menos que fuera agredido primero. Luego de la tensa situación, el submarino se replegó para informar a sus superiores y fue dirigido a la Isla de los Estados.


Esta imagen correspondería a la fotografía obtenida a través del periscopio por el ARA Santiago del Estero, del ACh Simpson navegando en superficie para recargar baterías. Nótese que si bien se observa el pequeño domo del sonar WFA a mitad de proa característico de los Balao chilenos, no se observa a popa de la vela el cañón de 127mm, que podría haber sido removido para esa campaña (Fuente: nuestromar.org)


Tripulación del ARA Salta

La necesidad del submarino chileno de navegar en superficie se debía a su antigüedad, ya que al carecer de snorkel, debía emerger para recargar sus baterías. A pesar de esto, el Capitán de Navío Rubén Scheihing, comandante del “Simpson” durante ese período, niega haber tenido contacto alguno con submarinos argentinos durante sus casi 70 días de patrulla, a pesar de la evidencia fotográfica que parece contradecirlo. En parte es lógico ese alegato porque cómo haría para ver a quién lo observa desde la profundidad a través de un periscopio. Por otro lado, jamás se hubiese enterado cuando muriese al ser impactado por un torpedo argentino.



Por su parte, el ARA Santiago del Estero patrullaba cerca del Cabo de Hornos. Durante su misión, su sonar detectó al submarino chileno ACh Simpson navegando en superficie para recargar sus baterías. Aunque el Santiago del Estero estuvo preparado para lanzar un ataque, su comandante optó por no hacerlo debido a la falta de hostilidad por parte del submarino chileno, limitándose a tomar una fotografía del Simpson antes de retirarse.

Ambos submarinos argentinos completaron exitosamente sus misiones sin entrar en combate, demostrando el profesionalismo de sus tripulaciones bajo condiciones adversas. Su cautela evitó el inicio de una guerra que habría tenido consecuencias impredecibles.





Tras informar las novedades a su Comando, el Capitán de Fragata Carlos Sala recibió la orden de replegarse a la Isla de los Estados. Durante su patrulla, el ARA Santiago del Estero recorrió 4012 millas náuticas (7430 km) en 36 extenuantes días de navegación, del 8 de diciembre de 1978 al 13 de enero de 1979.



El pesquero Aracena que requisado por la Armada Argentina sirvió las veces de buque nodriza de la Fuerza de Submarinos en 1978 (Fuente: http://www.histarmar.com.ar/)

Durante la crisis de 1978 entre Argentina y Chile, la Armada Argentina desplegó sus submarinos IKL 209, ARA Salta (S-31) y ARA San Luis (S-32), ambos de tecnología avanzada. Aunque eran submarinos modernos, los altos mandos los asignaron a zonas de patrulla más seguras en comparación con los veteranos GUPPY. El ARA San Luis, bajo el mando del Capitán de Fragata Félix Bartolomé, sufrió la avería de uno de sus motores diésel durante su navegación hacia el sur, lo que redujo su capacidad en un 50%. A pesar de los esfuerzos de la tripulación, el problema no pudo solucionarse, y el submarino fue reasignado a una zona de patrulla más cercana a territorio argentino, completando su misión sin novedades. El San Luis recorrió 6.270 kilómetros en 876 horas de navegación, y tres años más tarde participaría activamente en la Guerra de Malvinas.


Los tres submarinos chilenos en servicio activo en 1978. Los modernos Oberon de origen britanico "Hyatt" y "O'Brien" con el característico domo de proa, y el antiguo sumergible clase Balao de origen norteamericano, "Simpson". Observe como curiosidad en este último, que a popa de la vela, todavía subsiste el montaje de cañón de 127mm (Fuente: nuestromar.org)

Por su parte, el ARA Salta, comandado por el Capitán de Fragata Eulogio Moya, se dirigió hacia el Cabo de Hornos. Durante su travesía, el Salta fue detectado accidentalmente por un avión Grumman S-2E Tracker argentino, que lo confundió con un submarino chileno. Tras una maniobra evasiva exitosa, el Salta continuó su misión. En una patrulla posterior, el Salta detectó un submarino chileno en superficie, identificándolo como el ACH Simpson. Aunque las condiciones estaban dadas para un enfrentamiento, el comandante Moya decidió no atacar, siguiendo las órdenes de no iniciar hostilidades. El Salta luego recibió un mensaje informando la suspensión de las operaciones debido a la mediación del Papa.


El ARA Santa Fe (S-21) en inmersión deja asomar sobre la superficie del mar sus mástiles. De izquierda a derecha: 1º periscopio y carenado de antena RWR AT-222, 2º periscopio, mástil de comunicaciones VLF, AN/BLR-1, snorkel con luz de navegación y antenas AS-1198 y AS-1287 (Fuente: www.harpoondatabase.com)

Ambos submarinos completaron patrullas exitosas sin entrar en combate, evitando un conflicto bélico que podría haber tenido consecuencias impredecibles.

Otros temas a considerar en este conflicto:
  • Subestimación de riesgos reales: Patrullar en el Beagle/Cabo de Hornos era extremadamente peligroso (olas de 10-15 m, visibilidad nula, fondos irregulares que limitan inmersión profunda). Un GUPPY o 209 podía quedar atrapado o dañado fácilmente.
  • La "superioridad" argentina: Un submarinista argentino podría decir "sí, teníamos ventaja cualitativa, pero en ese escenario (canales estrechos, apoyo aéreo limitado, inteligencia chilena) un error podía costar un submarino entero". Asimismo, en el caso de los U 209 tenían problemas de juventud (recién estrenados, ruido, fiabilidad inicial) y, tal vez, de manera poco feliz, se hubiesen anticipado los problemas de operatividad de los torpedos alemanes que sería detectados cuatros años después en Malvinas.
  • No olvidemos del costo humano: El estrés de la tripulación (36-50 días sumergidos, con aislamiento, tensión constante de "contacto posible pero sin orden de ataque"). Cuando se habla de los submarinistas se suele olvidar el ambiente hostil externo pero también interno de convivir en un espacio muy acotados, bajo presión y con serios riesgos para su vida.




Torpedo Mk-14

Mark 14 (Mk-14)Torpedo de vapor de la Segunda Guerra Mundial, ampliamente usado en submarinos clase Balao y derivados. Era conocido por su fiabilidad una vez corregidos problemas iniciales.

Especificación
Detalle
Longitud
6.25 m (20 ft 6 in)
Diámetro
533 mm (21 in)
Peso
Aprox. 1,361-1,490 kg (3,000-3,280 lb), dependiendo de la modificación
Alcance/Velocidad
4,100 m (4,500 yd) a 85 km/h (46 nudos); 8,200 m (9,000 yd) a 57 km/h (31 nudos)
Cabeza de guerra
230-303 kg (507-668 lb) de TNT o Torpex
Propulsión
Turbina de vapor alimentada por alcohol
Guía
Giroscópica (recta, no homing en versiones base)


Mark 37 (Mk-37)
Torpedo antisubmarino eléctrico de la Guerra Fría, con homing acústico. Usado en submarinos modernos como los Type 209. Variantes incluyen Mod 0 (sin guía por cable) y Mod 1 (con guía por cable).

Especificación
Detalle
Longitud
3.4-4.1 m (135-161 in), dependiendo de la variante (Mod 0 vs. Mod 1)
Diámetro
483 mm (19 in), con rieles de guía de 533 mm (21 in)
Peso
650-766 kg (1,430-1,690 lb)
Alcance/Velocidad
21 km (23,000 yd) a 31 km/h (17 nudos); 9.1 km (10,000 yd) a 48 km/h (26 nudos)
Cabeza de guerra
150 kg (330 lb) de HBX
Propulsión
Eléctrica (batería)
Guía
Homing acústico activo/pasivo; variantes con guía por cable hasta 9 km
SST-4 (Seehund)Torpedo alemán de exportación de los años 1970-1980, antisuperficie con homing pasivo. Equipado en submarinos Type 209 como los ARA Salta y San Luis. Es una mejora del SST-3 con capacidades adicionales.

Especificación
Detalle
Longitud
6.08 m (239 in)
Diámetro
533 mm (21 in)
Peso
1,414 kg (3,116 lb)
Alcance/Velocidad
11 km (12,000 yd) a 65 km/h (35 nudos); 20 km (22,000 yd) a 52 km/h (28 nudos); 37 km (40,000 yd) a 43 km/h (23 nudos)
Cabeza de guerra
260 kg (573 lb) de alto explosivo
Propulsión
Batería de plata-zinc
Guía
Guiado por cable y homing pasivo acústico


Mark 27 (Mk-27)
Torpedo antisubmarino eléctrico de la posguerra, con homing acústico pasivo. Usado en submarinos Balao no modernizados. Hay variantes: Mod 0 (para superficie) y Mod 4 (para submarinos).

Especificación
Detalle
Longitud
2.3-3.2 m (90-125 in), dependiendo de la variante (Mod 0 vs. Mod 4)
Diámetro
483 mm (19 in), con rieles de guía de 533 mm (21 in)
Peso
327-534 kg (720-1,174 lb)
Alcance/Velocidad
Aprox. 5.5 km (6,000 yd) a 22 km/h (12 nudos) en Mod 0; variantes posteriores hasta 11 km a velocidades similares
Cabeza de guerra
43 kg (95 lb) de HBX en Mod 0; hasta 49 kg (107 lb) en otras
Propulsión
Eléctrica (batería)
Guía
Homing acústico pasivo