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miércoles, 23 de septiembre de 2026

Crisis del Beagle: Relatos de la vida de conscriptos chilenos

Ex conscriptos de 1978 relatan cómo vivieron el conflicto del Beagle

Un grupo de jóvenes fue trasladado al sur de Chile para defender la frontera del país de una invasión argentina que nunca llegó.
Diario El Día



Hoy rondan los 60 años, pero hace 40 años atrás, cuando apenas abandonaban la adolescencia, jóvenes conscriptos del entonces Regimiento “Arica” de La Serena fueron trasladados al sur del país para defender la soberanía chilena de una probable invasión argentina, en lo que se denominó el Conflicto del Beagle.

En la actualidad, los ex conscriptos del año 1978 anhelan que sus esfuerzos sean reconocidos por la sociedad y el Estado. Advierten que, de alguna forma, se sienten olvidados.

Un viaje inesperado

Segundo Tello, Humberto Lazo, Héctor Rojas, Víctor Echeverría, Mario Mendieta y Ricardo Prado son parte de un grupo de 37 jóvenes que hacían su Servicio Militar en el Regimiento Arica de La Serena a fines de los 70.

En 1978, Chile estaba enfrentado en un conflicto político con Argentina por la traza de la boca oriental del Canal Beagle. Un conflicto que sólo años después se hizo público en nuestro país en su total dimensión y que hasta el día de hoy ha sido poco conocido, y que el director Alex Bowen recreó muy bien en la película “Mi Mejor Enemigo” el año 2005.

Víctor Echeverría cuenta que durante su período de instrucción sabían que serían destinados a Arica, pero por filtraciones de otros soldados se enteraron de los cambios de planes y que viajarían a Punta Arenas. Algo en lo que coincide Mario Mendieta, quien señala que gracias a su padrino, que era suboficial mayor, se enteró que su destino serían las tierras australes.

“Me fui algo abrigado y con zapatos mocasines que se usaban en la época, y allá dábamos la hora porque era un clima distinto”, recuerda.

Héctor Rojas, recrea que el viaje se hizo bajo el amparo de la noche. “Todo el traslado nuestro fue nocturno, sin que la población se diera cuenta, en buses con cortinas cerradas, con el avión de Santiago a Punta Arenas despegando a las 2 de la madrugada y después llegamos al regimiento”.

Mendieta agrega que una vez que llegaron a Punta Arenas se juntaron. Un paso inicial en una relación fraternal que ha persistido en el tiempo. “Éramos 37, teníamos un capitán que nos mandó a todos al Regimiento Caupolicán. De ahí nos derivaron”.

Rojas enfatiza en que fueron días difíciles, “con soldados provenientes de distintos puntos del país, con hambre. Habían soldados que comíamos dos o tres de un mismo plato, dos cucharadas uno y luego dos cucharadas otro, realmente la pasábamos mal”. Después vinieron las designaciones.

Estadía y La última cena

De su estadía, Segundo Tello dice que nunca supieron a lo que iban. “Cuando llegamos nos encontramos con una realidad caótica, porque, primero, no teníamos ni siquiera un lugar dónde dormir. Durante un tiempo, dormimos en las galerías del estadio del regimiento y había militares por todos lados de la ciudad”, expresa.

Tiempo después, los conscriptos fueron distribuidos en distintos puntos de la frontera. “A mí me correspondió estar en una compañía de comandos en el Regimiento de Blindados Número 5 de Punta Arenas y luego, en terreno, en la frontera. Fui destinado a los alrededores de las cuevas de Pali-Aike en Punta Arenas, donde ya andamos de civil, de guerrillero: patilludos y con una ametralladora debajo del poncho”.

En los recorridos por la frontera, los conscriptos chilenos se encontraban con sus “colegas” argentinos. “Con ellos conversábamos y nos decían que tenían hambre y ganas de fumar. Nosotros lo único que teníamos era cigarrillos y les regalábamos”, asegura Segundo Tello, quien añade que “nos preguntamos mutuamente cuánto tiempo tenían allí, cuántas veces eran abastecidos o si tenían agua en forma permanente”, agrega.

Héctor Rojas recuerda que en esa época vivían prácticamente bajo tierra, “estábamos en una trinchera, durmiendo y comiendo allí”. En su caso, “éramos una especie de grupo de avanzada, éramos grupos de ocho, éramos el grupo de choque, barba, bigote, con guantes, bien desastrosos y más parecíamos mercenarios que soldados”.

Mario Mendieta, en tanto, fue destinado  al área de telecomunicaciones, en que le tocó interceptar mensajes y conocer más de la estrategia de los argentinos. Ahí se enteró de que por las noches los trasandinos hacían simulacros “en que se preparaban para el conflicto”.

Todos recuerdan la escasa comunicación que tuvieron con sus parientes, que atribuyen al reguardo dada las circunstancias.

“No teníamos televisor, celular como se usa ahora. Estábamos aislados y leíamos las cartas si es que llegaban, porque supe después que las quemaban. Hubiera sido bueno haberlas guardado porque estábamos in situ”, dice.

Lazo, señala que entre los efectos de la prolongada estadía en las trincheras, los conscriptos perdieron la noción del tiempo con el transcurso de los meses. “No sabíamos en qué día estábamos viviendo. Si era lunes o martes, daba lo mismo, sólo veíamos pasar las horas”.

Uno de los hechos que marcaron a estos exuniformados fue lo que se denominó la última cena.


“Me acuerdo de una navidad, el 19 de diciembre de 1978 fue el tiempo más crítico entre Chile y Argentina, a nosotros nos hicieron firmar un documento el cual podíamos enviar algo a nuestra familia, nos dieron la última cena, en que nos entregaron un escapulario. Era triste, llegaba la Navidad y nos dieron una bolsa con medio pollo, medio cartón de cigarros y caramelos, media botella de ron, y hacíamos té caliente, lo poníamos en el hielo para tomarlo como una bebida”.

Humberto Lazo cuenta que “en ese momento, nos pasaron un medalla de guerra para que en  caso de falleciéramos en combate, fuéramos reconocidos”.

Para Ricardo Prado, en tanto, como parte de la Unidad de Ingenieros, encargada de dinamitar puentes, plantar minas, repeler con bombas, ese diciembre le correspondió esperar en la avanzada. “Cuando estaban avanzando, lo único que faltó es que pasara un camión y se iniciara el combate”, dice.

Gracias a la mediación del Papa Juan Pablo II, un 24 de diciembre de 1978 se inició un diálogo que permitió que la guerra no se concretara. “Ese día comenzamos a respirar más tranquilos porque podíamos volver a nuestros hogares”, dice Lazo, quien había dejado a su polola en La Serena y con quien a su regreso, contrajo matrimonio.

El regreso tampoco fue una nota alegre para todos. Cuenta  Echeverría que fue  uno de los últimos en volver debido a las condiciones climáticas. “Cuando se mejoró el tiempo cruzó la barcaza y nos encontramos con la gente de Puerto Natales y nos dejaron en Santiago botados”, dice.

Relata que quedó a la deriva y que gracias a un compañero que tenía familia en Santiago permaneció en la capital por cerca de una semana, en un hecho que le parece increíble. “Me quedé una semana en Santiago y mi familia me estaba esperando”.

Los soldados desconocidos

La mayor parte de los exconscriptos coinciden que las circunstancias les forjó lazos especiales, pero Héctor Rojas enfatiza es el desinterés y poca empatía hacia quienes vivieron estos hechos.

Rojas, que se casó con una mujer argentina y tiene hijos de esa nacionalidad, señala que sabe que en Argentina a los soldados que estuvieron en el conflicto “salieron como excombatientes y con una jubilación”.

“Acá hemos tratado de pelear por algo como eso, que algo se recuerde.  Acá a todos se recuerda: se cayó alguien a un hoyo, lo sacan y lo recuerdan. A nosotros nadie nos recuerda a menos que hagamos este tipo de cosas para que sepan lo que realmente pasamos”, dice.

Rojas agrega que “como hombres y niños lloramos nuestras lágrimas porque estábamos lejos de la familia. Cada vez que nos juntamos es una alegría y una tristeza también, porque cuando un compañero se muere, nadie sabe directamente nada. Es bueno que la gente se recuerde que nosotros aunque fuera inconscientemente estábamos para defender un país y creo que es importante”.

Reconocimiento

Humberto Lazo es actualmente funcionario de la municipalidad de La Serena y en septiembre del 2017 fue invitado por el regimiento “Caupolicán” de Punta Arenas, para recibir una medalla por su participación en el conflicto por el canal Beagle.

Lazo indica que la unidad militar puntarenense cumplirá 50 años de existencia en abril del año 2019 y como una forma de homenajear a los jóvenes chilenos que se sumaron a las filas del Ejército para defender al país en el marco del Conflicto del Beagle, realizará un homenaje a los ex conscriptos.

Lazo reconoce que “la mayoría de quienes tenían 18 años en esa época no han regresado al sur, a esas tierras donde pasamos momentos muy difíciles y donde vivimos tristezas y alegrías, donde nos convertimos en camaradas”.

“Después de 40 años tendremos la oportunidad de recorrer nuevamente los lugares donde estuvimos desplegados (...) Para nosotros es un orgullo haber defendido nuestra  soberanía”, agrega.

 

jueves, 28 de mayo de 2026

Reyno de Chile: La mayor masturbación mental de la historia de América

Chile en 1810: entre aspiraciones, mapas y realidad



En los albores de 1810, cuando comenzaban a encenderse las primeras chispas de independencia en Sudamérica, el territorio que hoy conocemos como Chile no era aún una nación consolidada, sino una capitanía general del Imperio español, subordinada al Virreinato del Perú.
En los mapas de la época, el llamado Reino de Chile aparecía extendiéndose hacia el sur, proyectando su presencia sobre vastas tierras australes. Sin embargo, esa representación no reflejaba un dominio efectivo.
La realidad era distinta.

Más allá del río Biobío comenzaba un territorio indómito: la Araucanía, donde el pueblo mapuche mantenía una resistencia activa y sostenida frente a la corona española. Durante siglos, ni España ni Chile lograron un control pleno de esa región.

Y aún más al sur, en la inmensa y fragmentada Patagonia, el panorama era todavía más claro:
no existía una ocupación chilena real. Estas tierras estaban habitadas por diversos pueblos indígenas —como tehuelches, kawésqar y selk’nam— y permanecían, en gran medida, fuera del alcance administrativo efectivo de cualquier autoridad colonial.

Entonces, ¿por qué algunos mapas muestran a Chile extendiéndose sobre la Patagonia?
Porque en la cartografía colonial era común representar reclamaciones teóricas o jurisdicciones nominales, más que un control político o militar concreto. Eran mapas de aspiraciones imperiales, no de dominio real.

📜 En 1810, Chile no tenía un control efectivo sobre la Patagonia. Su presencia al sur era limitada, fragmentaria y en muchos casos inexistente. La consolidación territorial vendría mucho después, ya en el siglo XIX, tras procesos complejos, conflictos y expansiones estatales.


domingo, 10 de mayo de 2026

Crisis del Beagle: Acción submarina en el conflicto

Acción submarina en la crisis del Beagle


Las fuerzas de submarinos enfrentadas

Los submarinos argentinos operaron en un entorno muy hostil (aguas frías, fuertes corrientes, canales estrechos con poco espacio para maniobrar sumergidos, y riesgo constante de detección por aviones chilenos o buques de superficie). En cualquier caso, del lado argentino se contaba con apoyo técnico especializado para el apoyo ASW. El Comando de Aviación Naval operaba desde hacía años activos específicos como los S-2 Tracker, P-2 Neptune y Sea King que limitaba la libertad de acción chilena, pero también enfrentaba problemas operativos como las averías reales (ej. el San Luis con motor diésel al 50%, lo que lo relegó a zona segura). 

Los modelos clase Balao y GUPPY

Los submarinos clase Balao y los modelos GUPPY (Greater Underwater Propulsion Power Program) fueron dos generaciones de submarinos que desempeñaron papeles cruciales en las armadas de varios países, especialmente en América Latina.

Submarinos clase Balao

Los submarinos clase Balao fueron diseñados y construidos durante la Segunda Guerra Mundial por la Armada de los Estados Unidos. Se trataba de una mejora de los submarinos clase Gato, con mayor resistencia y una profundidad operativa mejorada. Alcanzaban una profundidad de prueba de 120 metros (400 pies) y tenían un desplazamiento de aproximadamente 1,500 toneladas. Con una autonomía considerable, su velocidad máxima sumergida era de alrededor de 9 nudos, y en superficie alcanzaban hasta 20 nudos. Eran conocidos por su robustez y eficacia en operaciones de guerra en el Pacífico durante la guerra.

Programas GUPPY

El programa GUPPY surgió después de la Segunda Guerra Mundial con el objetivo de modernizar los submarinos clase Balao y otros de su generación para hacerlos más eficaces en la guerra antisubmarina y permitirles competir con submarinos más modernos, como los alemanes tipo XXI. El programa GUPPY se centraba en mejorar la velocidad sumergida, la capacidad de la batería y el rendimiento hidrodinámico. Los submarinos modernizados bajo este programa tenían perfiles más hidrodinámicos, mejores sistemas de sonar y equipos de radar, así como motores eléctricos más potentes para aumentar la capacidad de maniobra bajo el agua. Aunque mantenían muchas características de los Balao originales, se convirtieron en submarinos más aptos para la guerra submarina en la era de la Guerra Fría.




Similitudes y diferencias

En común, ambos modelos compartían la estructura base de los submarinos diésel-eléctricos y su diseño estaba orientado a maximizar la capacidad de realizar patrullas prolongadas bajo el agua. Además, las dos clases participaron en importantes conflictos y fueron transferidos a armadas extranjeras.

Lo que los diferenciaba principalmente era el programa de actualización GUPPY, que incorporó tecnologías de postguerra, especialmente en lo referente a sistemas de propulsión, reducción de ruido y diseño aerodinámico, lo que aumentó la capacidad de operación sumergida.

Los submarinos enfrentados:

Aspecto
ARA (GUPPY II / Type 209)
ACh (Balao no modernizado, Simpson)
Velocidad sumergida
17-18 nudos (209) / ~15 nudos (GUPPY)
~9 nudos
Snorkel
Sí (209 y GUPPY)
No (o muy limitado)
Sonar
Modernizado (BQR-2/7 en GUPPY, CSU-83 en 209)
Anticuado (JT/QC)
Torpedos
Mk 14/37, SST-4 (en 209)
Mk 14/27 (vetustos)
Profundidad operativa
~200-250 m
~120-150 m
Ruido
Reducido post-GUPPY
Alto (diseño de la SGM)


Operaciones en América Latina

Varios países latinoamericanos operaron submarinos clase Balao y GUPPY en sus armadas. Argentina y Chile fueron dos de los principales usuarios de estos submarinos.

Argentina

Durante la crisis del Beagle a fines de la década de 1970, Argentina operaba submarinos de la clase GUPPY II, que eran el ARA Santa Fe y el ARA Santiago del Estero. Ambos eran modernizaciones de los Balao adquiridos a los Estados Unidos. Estos submarinos jugaban un papel esencial en las capacidades de patrullaje y disuasión del país.






Submarino clase IKL-209 ARA Salta (S-31) de la Armada de la República Argentina

Chile

Chile también contaba con submarinos clase Balao, uno ya dado de baja y otro que terminó siendo el que quedó remanente con capacidad de combate que era el ACh Simpson. Sin embargo, este no había sido modernizados bajo el programa GUPPY. Más aún, hasta pocos meses antes del conflicto, el Simpson (S-31) todavía montaba un cañón a popa de 127mm para atacar blancos no defendidos.



Imagen de un Grumman S-2E Tracker, similar al mencionado en esta entrada, tomada desde el periscopio de un submarino. Chile no tenía ningún un avión ASW equivalente. (Fuente: http://www.nuestromar.org/)



El submarino clase Balao ACh Simpson (SS-21) de la ACH. Al fondo se ve un crucero clase Brooklyn.

Durante la crisis entre Argentina y Chile en 1978, tras el fallo arbitral que otorgaba a Chile las islas Picton, Lennox y Nueva, la Junta Militar Argentina rechazó la decisión, lo que llevó a una escalada de tensiones entre ambos países. Ante la posibilidad de un conflicto bélico, las Fuerzas Armadas de Argentina planearon el “Operativo Soberanía” con el objetivo de invadir Chile y tomar las islas en disputa. La intervención del papa Juan Pablo II y un temporal en diciembre de 1978 evitaron la guerra, pero ambas armadas se prepararon intensamente para un posible enfrentamiento.

IKL-209 ARA "Salta"

En este contexto, el 8 de diciembre de 1978, cuatro submarinos argentinos zarparon de la Base Naval de Puerto Belgrano: los veteranos ARA Santa Fe (S-21) y ARA Santiago del Estero (S-22), junto con los modernos submarinos IKL-209 ARA Salta y ARA San Luis. Mientras tanto, la Marina Chilena, con una fuerza submarina en desventaja, solo tenía operativo el ACh Simpson, ya que el resto de sus submarinos estaba fuera de servicio.

El ARA Santa Fe fue asignado a patrullar la Bahía Cook, una posición estratégica para controlar el acceso al Canal de Beagle. Durante su patrulla, detectó la presencia de buques chilenos sin ser detectado, y aunque estuvo listo para el combate, cumplió con la orden de no atacar a menos que fuera agredido primero. Luego de la tensa situación, el submarino se replegó para informar a sus superiores y fue dirigido a la Isla de los Estados.


Esta imagen correspondería a la fotografía obtenida a través del periscopio por el ARA Santiago del Estero, del ACh Simpson navegando en superficie para recargar baterías. Nótese que si bien se observa el pequeño domo del sonar WFA a mitad de proa característico de los Balao chilenos, no se observa a popa de la vela el cañón de 127mm, que podría haber sido removido para esa campaña (Fuente: nuestromar.org)


Tripulación del ARA Salta

La necesidad del submarino chileno de navegar en superficie se debía a su antigüedad, ya que al carecer de snorkel, debía emerger para recargar sus baterías. A pesar de esto, el Capitán de Navío Rubén Scheihing, comandante del “Simpson” durante ese período, niega haber tenido contacto alguno con submarinos argentinos durante sus casi 70 días de patrulla, a pesar de la evidencia fotográfica que parece contradecirlo. En parte es lógico ese alegato porque cómo haría para ver a quién lo observa desde la profundidad a través de un periscopio. Por otro lado, jamás se hubiese enterado cuando muriese al ser impactado por un torpedo argentino.



Por su parte, el ARA Santiago del Estero patrullaba cerca del Cabo de Hornos. Durante su misión, su sonar detectó al submarino chileno ACh Simpson navegando en superficie para recargar sus baterías. Aunque el Santiago del Estero estuvo preparado para lanzar un ataque, su comandante optó por no hacerlo debido a la falta de hostilidad por parte del submarino chileno, limitándose a tomar una fotografía del Simpson antes de retirarse.

Ambos submarinos argentinos completaron exitosamente sus misiones sin entrar en combate, demostrando el profesionalismo de sus tripulaciones bajo condiciones adversas. Su cautela evitó el inicio de una guerra que habría tenido consecuencias impredecibles.





Tras informar las novedades a su Comando, el Capitán de Fragata Carlos Sala recibió la orden de replegarse a la Isla de los Estados. Durante su patrulla, el ARA Santiago del Estero recorrió 4012 millas náuticas (7430 km) en 36 extenuantes días de navegación, del 8 de diciembre de 1978 al 13 de enero de 1979.



El pesquero Aracena que requisado por la Armada Argentina sirvió las veces de buque nodriza de la Fuerza de Submarinos en 1978 (Fuente: http://www.histarmar.com.ar/)

Durante la crisis de 1978 entre Argentina y Chile, la Armada Argentina desplegó sus submarinos IKL 209, ARA Salta (S-31) y ARA San Luis (S-32), ambos de tecnología avanzada. Aunque eran submarinos modernos, los altos mandos los asignaron a zonas de patrulla más seguras en comparación con los veteranos GUPPY. El ARA San Luis, bajo el mando del Capitán de Fragata Félix Bartolomé, sufrió la avería de uno de sus motores diésel durante su navegación hacia el sur, lo que redujo su capacidad en un 50%. A pesar de los esfuerzos de la tripulación, el problema no pudo solucionarse, y el submarino fue reasignado a una zona de patrulla más cercana a territorio argentino, completando su misión sin novedades. El San Luis recorrió 6.270 kilómetros en 876 horas de navegación, y tres años más tarde participaría activamente en la Guerra de Malvinas.


Los tres submarinos chilenos en servicio activo en 1978. Los modernos Oberon de origen britanico "Hyatt" y "O'Brien" con el característico domo de proa, y el antiguo sumergible clase Balao de origen norteamericano, "Simpson". Observe como curiosidad en este último, que a popa de la vela, todavía subsiste el montaje de cañón de 127mm (Fuente: nuestromar.org)

Por su parte, el ARA Salta, comandado por el Capitán de Fragata Eulogio Moya, se dirigió hacia el Cabo de Hornos. Durante su travesía, el Salta fue detectado accidentalmente por un avión Grumman S-2E Tracker argentino, que lo confundió con un submarino chileno. Tras una maniobra evasiva exitosa, el Salta continuó su misión. En una patrulla posterior, el Salta detectó un submarino chileno en superficie, identificándolo como el ACH Simpson. Aunque las condiciones estaban dadas para un enfrentamiento, el comandante Moya decidió no atacar, siguiendo las órdenes de no iniciar hostilidades. El Salta luego recibió un mensaje informando la suspensión de las operaciones debido a la mediación del Papa.


El ARA Santa Fe (S-21) en inmersión deja asomar sobre la superficie del mar sus mástiles. De izquierda a derecha: 1º periscopio y carenado de antena RWR AT-222, 2º periscopio, mástil de comunicaciones VLF, AN/BLR-1, snorkel con luz de navegación y antenas AS-1198 y AS-1287 (Fuente: www.harpoondatabase.com)

Ambos submarinos completaron patrullas exitosas sin entrar en combate, evitando un conflicto bélico que podría haber tenido consecuencias impredecibles.

Otros temas a considerar en este conflicto:
  • Subestimación de riesgos reales: Patrullar en el Beagle/Cabo de Hornos era extremadamente peligroso (olas de 10-15 m, visibilidad nula, fondos irregulares que limitan inmersión profunda). Un GUPPY o 209 podía quedar atrapado o dañado fácilmente.
  • La "superioridad" argentina: Un submarinista argentino podría decir "sí, teníamos ventaja cualitativa, pero en ese escenario (canales estrechos, apoyo aéreo limitado, inteligencia chilena) un error podía costar un submarino entero". Asimismo, en el caso de los U 209 tenían problemas de juventud (recién estrenados, ruido, fiabilidad inicial) y, tal vez, de manera poco feliz, se hubiesen anticipado los problemas de operatividad de los torpedos alemanes que sería detectados cuatros años después en Malvinas.
  • No olvidemos del costo humano: El estrés de la tripulación (36-50 días sumergidos, con aislamiento, tensión constante de "contacto posible pero sin orden de ataque"). Cuando se habla de los submarinistas se suele olvidar el ambiente hostil externo pero también interno de convivir en un espacio muy acotados, bajo presión y con serios riesgos para su vida.




Torpedo Mk-14

Mark 14 (Mk-14)Torpedo de vapor de la Segunda Guerra Mundial, ampliamente usado en submarinos clase Balao y derivados. Era conocido por su fiabilidad una vez corregidos problemas iniciales.

Especificación
Detalle
Longitud
6.25 m (20 ft 6 in)
Diámetro
533 mm (21 in)
Peso
Aprox. 1,361-1,490 kg (3,000-3,280 lb), dependiendo de la modificación
Alcance/Velocidad
4,100 m (4,500 yd) a 85 km/h (46 nudos); 8,200 m (9,000 yd) a 57 km/h (31 nudos)
Cabeza de guerra
230-303 kg (507-668 lb) de TNT o Torpex
Propulsión
Turbina de vapor alimentada por alcohol
Guía
Giroscópica (recta, no homing en versiones base)


Mark 37 (Mk-37)
Torpedo antisubmarino eléctrico de la Guerra Fría, con homing acústico. Usado en submarinos modernos como los Type 209. Variantes incluyen Mod 0 (sin guía por cable) y Mod 1 (con guía por cable).

Especificación
Detalle
Longitud
3.4-4.1 m (135-161 in), dependiendo de la variante (Mod 0 vs. Mod 1)
Diámetro
483 mm (19 in), con rieles de guía de 533 mm (21 in)
Peso
650-766 kg (1,430-1,690 lb)
Alcance/Velocidad
21 km (23,000 yd) a 31 km/h (17 nudos); 9.1 km (10,000 yd) a 48 km/h (26 nudos)
Cabeza de guerra
150 kg (330 lb) de HBX
Propulsión
Eléctrica (batería)
Guía
Homing acústico activo/pasivo; variantes con guía por cable hasta 9 km
SST-4 (Seehund)Torpedo alemán de exportación de los años 1970-1980, antisuperficie con homing pasivo. Equipado en submarinos Type 209 como los ARA Salta y San Luis. Es una mejora del SST-3 con capacidades adicionales.

Especificación
Detalle
Longitud
6.08 m (239 in)
Diámetro
533 mm (21 in)
Peso
1,414 kg (3,116 lb)
Alcance/Velocidad
11 km (12,000 yd) a 65 km/h (35 nudos); 20 km (22,000 yd) a 52 km/h (28 nudos); 37 km (40,000 yd) a 43 km/h (23 nudos)
Cabeza de guerra
260 kg (573 lb) de alto explosivo
Propulsión
Batería de plata-zinc
Guía
Guiado por cable y homing pasivo acústico


Mark 27 (Mk-27)
Torpedo antisubmarino eléctrico de la posguerra, con homing acústico pasivo. Usado en submarinos Balao no modernizados. Hay variantes: Mod 0 (para superficie) y Mod 4 (para submarinos).

Especificación
Detalle
Longitud
2.3-3.2 m (90-125 in), dependiendo de la variante (Mod 0 vs. Mod 4)
Diámetro
483 mm (19 in), con rieles de guía de 533 mm (21 in)
Peso
327-534 kg (720-1,174 lb)
Alcance/Velocidad
Aprox. 5.5 km (6,000 yd) a 22 km/h (12 nudos) en Mod 0; variantes posteriores hasta 11 km a velocidades similares
Cabeza de guerra
43 kg (95 lb) de HBX en Mod 0; hasta 49 kg (107 lb) en otras
Propulsión
Eléctrica (batería)
Guía
Homing acústico pasivo