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domingo, 24 de mayo de 2026

Reino Unido: Oxford vs Cambridge en el poder británico

Oxford contra Cambridge: el poder británico y la pregunta que nadie termina de responder

Un soliloquio sobre ideología, espionaje y la anatomía secreta del gobierno inglés


Empecemos por donde siempre hay que empezar: con un dato que parece trivial y resulta ser una ventana.

¿Cuántos primeros ministros británicos desde la Segunda Guerra Mundial se graduaron en Cambridge? La respuesta correcta no es "pocos". La respuesta correcta es ninguno. Cero. El último fue Stanley Baldwin, que dejó el cargo en 1937, cuando Hitler ya llevaba cuatro años en el poder y todavía faltaban dos para que el mundo se incendiara. Desde entonces —ochenta y pico de años, más de una docena de primeros ministros— todos los que fueron a la universidad en Inglaterra fueron a Oxford. Todos. Sin excepción, salvo Gordon Brown, que estudió en Edimburgo y que, significativamente, era escocés.

Bien. ¿Y qué? ¿Por qué debería importarle esto a alguien que vive en Buenos Aires?

Porque el poder tiene anatomía, y entender cómo se reproduce —quiénes lo heredan, de dónde vienen, qué instituciones los forjan— es entender algo fundamental sobre cómo funciona el mundo. Y Gran Bretaña, que alguna vez gobernó un cuarto del planeta y que todavía hoy moldea instituciones, lenguajes y estructuras de poder desde Lagos hasta Hong Kong, tiene una anatomía particularmente interesante. Arrancamos.


Universidad de Oxford

La pregunta obvia: ¿cuántos primeros ministros salieron de cada universidad?

Hagamos las cuentas históricas primero, porque el cuadro completo es más rico que el dato moderno.

De los 58 primeros ministros que tuvo Gran Bretaña desde que el cargo existe formalmente —y existe desde Robert Walpole, que asumió en 1721—, 31 fueron a Oxford y 14 a Cambridge. Durante buena parte del siglo XVIII y el XIX las dos universidades competían con relativa paridad. Cambridge tiene figuras enormes: William Pitt el Joven, el fundador de la premiership moderna, fue a Cambridge. Walpole mismo fue a Cambridge. Palmerston, Melbourne, varios de los grandes whigs del siglo XIX.

Pero después algo cambia. Oxford empieza a distanciarse. Y después de la Segunda Guerra, la brecha se convierte en un abismo.

La lista de primeros ministros de posguerra que fueron a Oxford es casi la historia entera del cargo: Attlee, Eden, Macmillan, Douglas-Home, Harold Wilson, Heath, Thatcher, Blair, Cameron, May, Boris Johnson, Liz Truss, Rishi Sunak. Los que no fueron a Oxford no fueron a Cambridge tampoco: Churchill no fue a ninguna universidad (fue al Sandhurst militar), Callaghan tampoco, John Major tampoco, y Brown fue a Edimburgo. Nadie de Cambridge. Literalmente nadie.

¿Cómo es posible que una de las dos universidades más prestigiosas del mundo no haya producido un solo líder de gobierno en casi noventa años?

¿Hay algo estructural, más allá del azar?

Acá la respuesta es sí, y viene de varias direcciones.

La primera explicación es institucional y casi banal: Oxford tiene la Oxford Union y una cultura política que funciona como un Congreso en miniatura. Los futuros primeros ministros debatían ahí desde los veinte años, hacían redes, aprendían a hablar en público, cultivaban alianzas. Heath fue presidente de la Union. Boris Johnson también. Macmillan tuvo múltiples cargos. Thatcher participaba activamente. La Union no es solo un club de debates: es, en palabras de quienes la conocen de adentro, una suerte de "Cámara de los Comunes para chicos de veinte años".

La segunda explicación es académica: la carrera de Filosofía, Política y Economía —el famoso PPE de Oxford— se convirtió en el conveyor belt por excelencia hacia la política británica. Tres de los últimos seis primeros ministros la estudiaron. El PPE impregna los ministerios, los think tanks, el periodismo político, las bancadas de los dos partidos principales. Cambridge nunca tuvo un equivalente con ese peso político específico.

La tercera explicación es más sutil y más interesante: las dos universidades desarrollaron identidades culturales distintas. Oxford, con toda su carga monárquica, anglicana y conservadora, se convirtió en el hogar natural de quienes aspiraban a gobernar desde adentro del sistema. Cambridge, más orientada a las ciencias, más dispuesta a cuestionar el orden establecido, más internacionalista en su cultura intelectual, formó brillantes científicos, jueces, CEOs tecnológicos, premios Nobel —pero no tantos primeros ministros.

Momento. ¿Tiene algo que ver la ideología con todo esto?

Acá nos ponemos más interesantes.

La diferencia Oxford-Cambridge no es simplemente una diferencia de partido. No es que Oxford forme conservadores y Cambridge forme laboristas. Los datos lo refutan de entrada: los primeros ministros laboristas de posguerra —Attlee, Wilson, Blair— también fueron a Oxford. La hegemonía oxoniense atraviesa partidos.

Pero sí hay una diferencia de temperamento político que viene de larga data. Oxford históricamente cargó con la tradición anglicana, monárquica, tory en el sentido más profundo del término: el poder como algo a preservar, administrar y transmitir dentro de ciertos círculos. Cambridge, la más "joven" de las dos (fundada en 1209 contra los 1096 de Oxford), adoptó antes el newtonianismo, las ciencias, y más tarde una cultura intelectual más irreverente y dispuesta al cuestionamiento radical.

Y en los años treinta del siglo pasado, esa diferencia de temperamento produjo algo que marcaría la historia política británica durante décadas: en Cambridge, entre 1929 y 1935, un grupo de jóvenes brillantes, privilegiados y profundamente desilusionados con el capitalismo en crisis y con el avance del fascismo en Europa, se convirtieron en comunistas. Y algunos de ellos, reclutados por la inteligencia soviética, se convirtieron también en espías.

¿Cambridge tenía elementos de extrema izquierda en su cuerpo docente y estudiantil?

Sí, y esto no es propaganda anticomunista retrospectiva: es historia documentada.

En los treinta, ser comunista o simpatizante del marxismo era, en ciertos círculos intelectuales de Cambridge, casi una posición mainstream entre quienes pensaban con seriedad. El capitalismo había producido la Gran Depresión. El fascismo avanzaba. La Unión Soviética parecía, a ojos de muchos jóvenes idealistas, la única alternativa creíble al desastre. En ese contexto, agentes de la NKVD —el predecesor del KGB— identificaron en Cambridge un terreno fértil para el reclutamiento.

Lo que encontraron excedió sus propias expectativas.

¿Qué fue exactamente la pandilla de Cambridge?

Cinco hombres. Guy Burgess, Donald Maclean, Kim Philby, Anthony Blunt y John Cairncross. Todos pasaron por Cambridge en los años treinta. Todos fueron reclutados por la inteligencia soviética. Y todos lograron infiltrarse en los lugares más sensibles del Estado británico: el MI5, el MI6, el Ministerio de Relaciones Exteriores, la embajada en Washington, el Palacio de Buckingham.

Lo que hace al caso particularmente perturbador —y fascinante— no es solo lo que espiaron, sino cómo pudieron hacerlo.



Universidad de Cambridge

La respuesta está en la propia anatomía de la clase dirigente británica. Estos cinco hombres eran exactamente el tipo de persona que se supone que debe gobernar Gran Bretaña: educados en los mejores colegios privados, egresados de Cambridge, con los modales, los acentos, las redes sociales y la confianza irradiada por siglos de clase alta. El sistema de "old boys" —esa red de confianza implícita entre quienes comparten escuela, universidad y club— estaba diseñado para funcionar sin documentar, sin cuestionar, sin sospechar de los suyos. Y los soviéticos lo aprovecharon con maestría.

Philby llegó a ser el jefe de contrainteligencia soviética del MI6 —es decir, el hombre a cargo de encontrar espías soviéticos dentro del servicio de inteligencia británico era él mismo un espía soviético. Desde ese cargo filtró información sobre operaciones conjuntas con la CIA, avisó a Maclean y Burgess que estaban por ser descubiertos, y durante años fue considerado el sucesor más probable del jefe del MI6.

Maclean tuvo acceso al Comité de Desarrollo Atómico conjunto entre Estados Unidos y Gran Bretaña. Blunt fue asesor de arte de la reina Isabel y trabajó en el MI5. Cairncross pasó documentos sobre el proyecto nuclear y sobre los planes de la OTAN. La penetración fue total, sostenida durante dos décadas, y sus consecuencias para la relación especial angloamericana fueron devastadoras.

¿Y cuándo se supo todo esto?

En etapas, y cada revelación fue más escandalosa que la anterior.

El primer golpe fue en 1951, cuando Burgess y Maclean desaparecieron abruptamente y reaparecieron en Moscú. La sospecha inmediata cayó sobre Philby —que los había avisado— pero no había pruebas suficientes para acusarlo formalmente. Philby siguió operando, negando todo, con esa aplomada seguridad que solo dan los colegios privados británicos. Recién en 1963 huyó a la Unión Soviética.

Blunt fue descubierto en 1964, confesó a cambio de inmunidad, y siguió siendo el curador de arte de la reina durante quince años más, su secreto celosamente guardado por el Estado británico. Fue Margaret Thatcher quien finalmente lo expuso públicamente ante el Parlamento en noviembre de 1979 —en uno de los momentos más dramáticos de la historia política de posguerra— y la reina le retiró el título de caballero.

Cairncross no fue públicamente identificado como el "quinto hombre" hasta los noventa.

Entonces, ¿el escándalo de los espías explica por qué Cambridge dejó de dar primeros ministros?

Acá hay que ser precisos, porque la tentación de construir una causalidad directa es grande pero no del todo sostenida por los hechos.

El problema cronológico es este: el último primer ministro de Cambridge, Baldwin, dejó el cargo en 1937. El escándalo público del anillo no estalló hasta 1951, con la fuga de Burgess y Maclean. Es decir: la sequía de primeros ministros de Cambridge precede en catorce años al momento en que la opinión pública se enteró de que había espías soviéticos formados en esa universidad.

Entonces, la causalidad directa —"Cambridge dejó de dar PMs porque sus egresados resultaron espías"— no funciona como explicación principal. El fenómeno ya estaba en marcha antes.

Lo que sí puede decirse con más cuidado es esto: el anillo de Cambridge y la izquierda radical de los treinta eran síntomas del mismo fenómeno subyacente que también explica la sequía. La cultura intelectual de Cambridge —más abierta al cuestionamiento radical, más internacionalista, más distante del conservadurismo establecido— creó al mismo tiempo espías soviéticos y una reputación de institución políticamente "poco confiable" para quien aspirara a dirigir el Estado. Oxford, con su cultura de preservación del orden y su infraestructura política (la Union, el PPE, los clubes), era simplemente el lugar donde se formaban los que querían gobernar y donde el sistema los reconocía como suyos.

Dicho de otro modo: no es que Cambridge produjera espías y por eso dejó de producir primeros ministros. Es que las mismas razones por las que Cambridge era culturalmente más permeable al radicalismo también explican por qué no era el hogar natural de quienes aspiraban a ejercer el poder desde las instituciones establecidas. El anillo de espías y la sequía de PMs son dos síntomas del mismo diagnóstico, no causa y efecto.

Ahora bien: a partir de 1951, con cada nueva revelación —Philby en el 63, Blunt en el 79— la asociación simbólica entre Cambridge y la traición se profundizó en el imaginario político británico. Y eso sí puede haber contribuido, en el margen, a desalentar a los pocos egresados de Cambridge con ambiciones políticas que pudieran haber llegado a lo más alto. El estigma no crea la tendencia, pero puede reforzarla.

¿Por qué debería importarle esto a un argentino?

Por varias razones que van más allá del cotilleo histórico.

Primera: porque ilustra cómo el poder se reproduce. Gran Bretaña es, en muchos sentidos, el caso más puro que existe de una oligarquía moderna: un sistema que logró sobrevivir la democratización, las guerras mundiales, la descolonización y el Estado de bienestar sin perder el núcleo de sus élites. Esas élites se reproducen a través de las public schools y de Oxford principalmente —no por conspiración, sino por mecanismos institucionales mucho más sutiles y por eso mismo más eficaces que cualquier conspiración.

Segunda: porque muestra que las instituciones tienen cultura, y que esa cultura importa tanto como el conocimiento que transmiten. Oxford no formó mejores economistas ni mejores filósofos que Cambridge. Formó mejores operadores políticos porque tenía la infraestructura, los ritos y la identidad que orientaban a sus estudiantes hacia el poder del Estado.

Tercera: porque el caso de los espías de Cambridge es una de las advertencias más elocuentes de la historia sobre los límites del modelo de la confianza de clase. Los soviéticos no necesitaron infiltrarse en los barrios obreros de Manchester. Fueron directo al corazón de la élite, donde el sistema funcionaba sobre la base de que "los nuestros" no traicionan. Y los nuestros traicionaron durante veinte años seguidos.

Y cuarta: porque la Argentina tiene su propia versión de estas preguntas. ¿Qué universidades forman a quienes gobiernan? ¿Qué culturas institucionales los moldean? ¿Cuándo la permeabilidad ideológica es una virtud intelectual y cuándo una vulnerabilidad política? ¿Cómo se reproduce el poder en una sociedad que dice ser meritocrática pero que funciona sobre redes de confianza no del todo distintas a las del viejo sistema de old boys inglés?

La distancia geográfica con Cambridge es enorme. La distancia entre esas preguntas y las nuestras, mucho menos.

Todas las cifras citadas en este texto están documentadas en registros de las universidades de Oxford y Cambridge, Wikipedia, Times Higher Education y la Sutton Trust, entre otras fuentes.

sábado, 7 de abril de 2018

Guerra Antisubversiva: El atentado al bebé de Raúl Laguzzi

Septiembre negro: el atentado contra el bebé del rector de la UBA que desencadenó el terrorismo en las aulas

En septiembre de 1974, una bomba mató al hijo de Raúl Laguzzi, de cinco meses. Fue el punto de partida para la imposición del autoritarismo y la represión ilegal en los claustros. La vida oculta de Laguzzi después del crimen

Por Marcelo Larraquy | Infobae
Periodista e historiador (UBA)


A las 3.10 de la madrugada del sábado 7 de septiembre de 1974, una bomba estalló en el 8° piso del edificio ubicado en la esquina de Senillosa y Guayaquil, en el barrio porteño de Caballito.

La bomba fue colocada en el cuarto de incineración, lindera al dormitorio de Pablo Gustavo Laguzzi, de cuatro meses. Su cuerpo cayó por el hueco del ascensor. Los padres del bebé resultaron heridos, pero quedaron retenidos en una viga que les salvó la vida. La explosión sólo dejó en pie algunos marcos de hierro del departamento.

El padre luego se repuso, encontró a su hijo en el 2° piso y lo llevó al hospital.

Pocas horas más tarde el bebé murió.



El padre era Raúl Laguzzi, rector interino de la Universidad de Buenos (UBA), de 33 años.

Había sido decano de la Facultad de Farmacia y  Bioquímica hasta el 25 de julio, cuando fue designado por el ministro de Cultura y Educación  Jorge Taiana para el Rectorado.

En la primera semana en funciones, Laguzzi recibió una amenaza de muerte en su escritorio.



Sonó el teléfono.

-¿Vió lo que pasó con Ortega Peña? –le preguntaron (el diputado acababa de ser fusilado en el centro porteño).

-Sí.

-El próximo es usted.

Laguzzi pidió custodia policial para su casa.

Luego sabría que el policía asignado realizó la inteligencia del atentado.

"Mi papá me dijo que el policía que hacía de guardaespaldas, el que habían enviado para la custodia, le abrió la entrada a una mujer para que pusiera la bomba. Él escuchó los tacos cuando caminaba esa madrugada…Era un policía de la Triple A", afirma María Laura, hija de Raúl Laguzzi, que nació diez años después del atentado, en entrevista con el autor.



El 14 de agosto Taiana entregó su renuncia forzada a la presidenta Isabel Perón. Hacía un mes y medio había muerto Perón. Comenzaba una nueva etapa de gobierno, que viraba la ortodoxia.

Su reemplazante era Oscar Ivanissevich, de 79 años, un ex ministro del primer gobierno peronista, que al momento de ser ungido en la cartera educativa dirigía la campaña de forestación del ejido urbano.

La nueva etapa de gobierno ya revelaba un mayor desarrollo de la Triple A. El terrorismo paraestatal también apuntaba hacia el Congreso.

El 4 de septiembre dio a conocer un comunicado con la "condena a muerte" de dos senadores y nueve diputados. Avisó que serían "ejecutados donde se encuentren por infame traición a la Patria".

Entre los "condenados" volvía a anunciarse al senador radical Hipólito Solari Yrigoyen, que había sobrevivido a una bomba en su auto en noviembre de 1973.

"Esta vez no fallaremos", le anticipaban en la posdata.

Con la llegada de Ivanissevich, Raúl Laguzzi comenzó a sufrir presiones directas para que abandonara el Rectorado.

Si bien contaba con el apoyo de los doce decanos de la UBA, el Consejo de Facultades y la comunidad estudiantil, el hecho de que la Juventud Universitaria Peronista (JUP) sostuviera su nominación, y lo considerara un "cuadro propio", lo convertía en un blanco de la "depuración ideológica", que estaba a  punto de ejecutarse.


Juventud Universitaria Peronista – Medicina (JUP)

Laguzzi no entendía semejante reacción contra su designación. No era un cuadro político. Era un científico con experiencia de gestión que entendía que la medicina, como la educación, tenía que tener acceso popular. Como decano de Farmacia y Bioquímica había comenzado a crear una planta de producción de medicamentos –que resultarían mucho más económicos que los de los laboratorios- e impulsó a los estudiantes a participar en proyectos de salud para implementarlos en las provincias.

Sus ideas le generaron enemigos.

Laguzzi había pedido una audiencia con el ministro Ivanissevich para entablar un diálogo. No la obtuvo.

El día que mataron a su hijo retiró el pedido.

Laguzzi escribió al ministro:
"En el día de la fecha mi hogar y mi familia fueron objeto de un atentado criminal que costó la vida de mi hijo de cuatro meses. Los autores materiales del hecho fugaron impunemente. Su acción contó con el pretexto político que se brindó injustificada e irresponsablemente desde el Ministerio de Cultura y Educación y otras fuentes oficiales, con la excusa de la infiltración ideológica y del desorden interno de la Universidad, así como con la complicidad abierta de las fuerzas de seguridad, que pocas horas antes del atentado levantaron la custodia de mi domicilio. Quiero expresar al señor ministro que estos actos de inhumana y sistemática violencia contra los sectores que pretenden mantener en alto las banderas de liberación votadas por el pueblo argentino, son también de responsabilidad del gobierno al que pertenece; que ya no volveré a insistir con pedidos de audiencia, pues he comprendido cuáles son las formas que el diálogo asume hoy en esta dolorosa etapa de la historia argentina".
Casi mil personas acompañaron el cortejo al cementerio de la Chacarita.

"Yo veía las fotos de Pablo Gustavo en casa y empecé a preguntar quién era. ¿Dónde estaba ese bebé? Mi papá me dijo que no estaba, que era mi hermano, pero que había muerto. Yo tendría 4 ó 5 años. Todavía no había empezado la escuela primaria. Poco a poco me fue contando cómo había sido. Que había sido rector, que había problemas políticos… Me acuerdo que esa noche justo vino a dormir una compañerita del jardín de infantes a casa y le conté todo, pobre", agrega María Laura, que vive en Francia.

Menos del gobierno peronista, Laguzzi recibió la solidaridad del ámbito académico y partidario.

Llamó la atención el atenuante que expresó  Ricardo Balbín sobre el atentado. El jefe radical mencionó "el desprestigio" de la UBA en el marco de su condena.

"Hoy será noticia que al Rector le han puesto una bomba que le mató al hijo e hirió gravemente a su mujer y a él. Nosotros vamos a documentar nuestro reclamo, pero ese Rector, antes de la bomba, no había serenado al ámbito universitario", expresó.

La frase impactó en la Juventud Radical-Franja Morada, que aún con diferencias, apoyaba a Laguzzi.

La preocupación por la represión policial y los atentados excedía a la izquierda peronista o marxista.

Justamente el mes anterior, los sectores juveniles del radicalismo –liderados por Federico Storani, Marcelo Stubrin y Leopoldo Moreau- reclamaron a la UCR que propiciara una comisión parlamentaria para investigar "la existencia de un plan represivo en gran escala que contempla hasta la eliminación física de militantes de diversas organizaciones populares".


Federico Storani – FUA

Y pidieron la destitución del comisario Alberto Villar, jefe de la Policía Federal, "quien haciendo uso abusivo de las fuerzas que dispone encabeza en grado de ejecutor esta escalada represiva".

Las bombas ya habían empezado a golpear la Universidad. Una de ellas fue depositada en el edificio de Salguero y Arenales donde vivía la decana de Filosofía y Letras, Adriana Puiggrós.

Se expresó en el diario "La Opinión".
"Yo pregunto qué es lo que crea el caos en la universidad: la inscripción ordenada de 25.000 alumnos en nuestra Facultad, que rinden sus exámenes en los plazos previstos o la colocación de una bomba a las 3 de la madrugada por manos cobardes, en un edificio donde viven criaturas y que debió apuntalarse porque peligraba su estructura".
Cuarenta y cuatro años después, Puiggrós todavía  recuerda el atentado: "Era una bomba de 5kg de gelinita. Volaron toda la parte de abajo del edificio y en la pared pusieron mi nombre y debajo "AAA". También pusieron una bomba en un sector de la Facultad, en el Clínicas", agrega.

La bomba que mató a Pablo Laguzzi no provocó la renuncia del Rector de la UBA. Apenas se repuso de sus heridas continuó en su despacho de la calle Viamonte. Su esposa Elsa Repetto se ocultó en el interior del país.

Laguzzi apoyaba la continuidad de las políticas universitarias votadas el 25 de mayo y el 23 de septiembre de 1973, y aplicadas por los rectores interventores precedentes de la UBA, Rodolfo Puiggrós y Ernesto Villanueva y Vicente Solano Lima:

  • Ampliación de canales de acceso a la Universidad (ingreso irrestricto).
  • Transformación de programas y planes de estudios y fin del autoritarismo pedagógico y académico.
  • Proyectos de investigación acordes a las necesidades del proceso de liberación.

En este punto, se apoyaba en el último discurso de Perón ante la Asamblea Legislativa:

"Sin base científico-tecnológica propia y suficiente, la liberación se hace imposible".

Pero con la designación de Ivanissevich, el gobierno de Isabel quería terminar con el último eco del peronismo del 25 de mayo de 1973.

Y generó la resistencia universitaria.


(Gustavo Gavotti)

Al momento del atentado terrorista contra Laguzzi, las facultades hacía un mes que estaban tomadas. Se daban clases públicas en las puertas de los edificios; incluso los alumnos de Agronomía soltaron algunas vacas por avenida San Martín -que utilizaban para sus prácticas de estudio-, en señal de protesta. Se producían detenciones: trescientos estudiantes fueron apresados cuando marchaban hacia el Congreso.

Las tomas habían sido acordadas por 10 de los 12 decanos y los estudiantes de JUP, JR y el comunismo (MOR). Coincidían en una universidad comprometida con el "proceso de liberación", pero la JR y los comunistas desconfiaban del "sectarismo" de la JUP, conducida subterráneamente por Montoneros. Y mucho más luego de que el 6 de septiembre la organización guerrillera definió su pase a la clandestinidad para "reasumir las formas armadas de lucha". Para Montoneros, muerto Perón, se acababa el último factor de unidad latente.

El llamado a la clandestinidad complicó al frente interno  estudiantil. Los dirigentes de la JUP quedaron descolocados: muchos de ellos se vieron obligados a  abandonar espacios de militancia pública. El decano de Abogacía Mario Kestelboim, que contaba con el  apoyo de la JUP, decidió renunciar.

El martes 10 de septiembre, finalmente, se anunció  la "restauración educativa", con la ruptura de las políticas universitarias previas.

El ministro Ivanissevich atacó el Estatuto Docente, condenó el ingreso irrestricto –"es un engaño que no aceptan ni los países comunistas-; dijo que la investigación científica debían hacerla las empresas privadas, anticipó la eliminación del gobierno tripartito y afirmó que la destrucción de la universidad era por "la acción disolvente de  organizaciones que quieren transformar a los jóvenes justicialistas en marxistas".

Su exposición en el Teatro Colón fue aplaudida por el gabinete peronista y apoyada por el Partido Justicialista en un comunicado, para no dejar dudas.

Las reacciones fueron inmediatas.

El físico y matemático Manuel Sadosky, echado de la Universidad por el general Onganía, lo comparaba con la reproducción de "la noche de los bastones largos".

"En 1966, los ideólogos del golpe de Estado expertos en campañas psicológicas supieron crear una imagen de calamidad pública: la Universidad estaba en manos del Demonio, todos los males del país derivaban del caos universitario y extirpada la camarilla marxista-reformista de la Universidad de Buenos Aires la patria encontraría su destino…".

Después de la presentación del plan de Ivanissevich, el ministro quedó enfrentado al rector Laguzzi y los decanos de la UBA.

Fue una tregua implícita de una semana.

Los estudiantes y decanos decidieron lanzar un referéndum para que se votara por la continuidad o no de las políticas universitarias.

Pero no se realizó.

El 17 de septiembre, Ivanissevich designó como nuevo rector a Alberto Ottalagano y la policía y el Ejército ingresó a las facultades lanzado gases y a punta de pistola.


Alberto Eduardo Ottalagano

"Estábamos en el Rectorado de la calle Viamonte y entró la policía y escapamos por otra puerta. Nos echaron a todos los decanos. No hubo renuncia. Yo estaba amenazada y al otro día me exilié a México", recuerda Adriana Puiggrós.

"Mi papá se fue del Rectorado. Y estuvo escondido durante un mes. Mi mamá también, pero estaban separados. Lograron entrar a la embajada de México y se fueron de urgencia en el primer vuelo, perseguidos por la policía al aeropuerto. Quedarse en la Argentina era morir por morir", afirma María Laura Laguzzi.

Ottalagano, un nacionalista católico que se confesaba fascista, ordenó el ingreso de un cuerpo centenares de "celadores" en las aulas para mantener el "orden" y separó las carreras para dispersar a los alumnos, a quienes pretendía como  obedientes y silenciosos soldados de la enseñanza autoritaria.



El nuevo decano de Filosofía y Letras, el sacerdote Raúl Sánchez Abelenda se paseaba por las facultades con un olivo para exorcizar los malos espíritus que habían dejado en las aulas las obras de Freud, Piaget y Marx en las aulas.

En un trimestre de gestión, Ottalagano produjo una cesantía masiva de docentes. Hubo libertad de acción para el terrorismo "parapolicial": cuatro alumnos de la UBA fueron secuestrados y desaparecieron y a once los mataron. En las facultades se empezó a exigir el certificado de "buena conducta" y de "domicilio" expedido por la Policía Federal para poder cursar.

Hasta antes del golpe de Estado del 24 de marzo de 1976, las cifras de estudiantes muertos y desaparecidos alcanzarían casi a medio millar en todo el país.

Raúl Laguzzi volvió a la Argentina casi veinte años después del atentado que mató a su hijo Pablo.

"Fue la primera vez que lo ví llorar –recuerda María Laura Laguzzi-. Fue en el año 1993, en el cementerio de la Chacarita. Debía ser Pascua. Había dos fechas muy difíciles: el 10 de abril, cuando nació Pablo y el 7 de septiembre. Papá no quiso volver a la vivir a la Argentina. Le dejó un trauma muy importante. Hizo el duelo del país y no quiso volver a instalarse. Era psicológicamente imposible para él. Siguió viviendo en Francia, estudiando el sueño, el stress, cuestiones de neurociencia. A partir de entonces volvió cada dos o tres años para ver a su familia, pero en secreto. Nosotros nunca dábamos la dirección. Una vez, cuando empezó a hacer el juicio contra el Estado por la muerte de Pablo, llegó un fax con una amenaza en el hospital donde trabajaba. Y habían pasado veinticinco años. Increíble. Con el dinero que recibió de la indemnización creó junto a mi mamá una escuela de oficios manuales que lleva el nombre de mi hermano, la escuela "Pablo Gustavo Laguzzi Por los Derechos del Niño" y una radio para chicos huérfanos en una villa de Buenos Aires. Dieron todo. No se quedaron ni con un centavo para ellos", dice su hija María Laura.

En la madrugada del 28 de noviembre de 2008, Raúl Laguzzi murió en París de un paro cardíaco en su departamento.

*Marcelo Larraquy es periodista e historiador (UBA). Su último libro es "Primavera Sangrienta. Argentina 1970-1973. Un país a punto de explotar. Presos políticos, guerrilla y represión ilegal". Ed. Sudamericana.